EL Rincón de Yanka: OPINIÓN

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sábado, 19 de julio de 2025

"LA OPINIÓN DE LOS HOMBRES" por JUAN MANUEL DE PRADA 💬

LA OPINIÓN DE LOS HOMBRES

Son muchas las personas que me escriben o me preguntan la razón por la que he dejado de intervenir en 'tertulias' radiofónicas o televisivas. Sin duda, se trata de personas cándidas que viven en Babia.

En un pasaje especialmente abyecto de su Contrato social, Rousseau se refiere sin empacho a la necesidad de conformar la 'opinión pública' de forma inducida: «La voluntad es siempre recta, pero el juicio que la guía no siempre es esclarecido. Hay que hacerle ver los objetos tal cual son. Todos tienen igualmente necesidad de guías. Hay que obligar a unos a conformar sus voluntades a su razón; hay que enseñar a otros a reconocer lo que quieren». Y, un poco más adelante, Rousseau apuntala esta visión ignominiosa del ser humano con un apotegma maligno: «Corregid las opiniones de los hombres y sus costumbres se depurarán por sí mismas».

Para coronar un ejercicio de ingeniería social que cambie las costumbres de los hombres, convirtiéndolos en un rebaño fácilmente manipulable, hay primero que corregir sus 'opiniones'. ¿Y cómo se 'corrigen' las opiniones de los hombres? En los regímenes totalitarios antañones, la fórmula era muy sencilla: se recurría a la técnica del martillo pilón, que golpeaba machaconamente las meninges de la pobre gente sometida, hasta molturar sus almas: los comisarios políticos repetían como papagayos la doctrina de obligado cumplimiento; la propaganda oficial ubicua se preocupaba de recordarla a cada instante; y las cachiporras se encargaban de aleccionar a los disidentes. Pero este método, propio de regímenes totalitarios, no resulta presentable en los regímenes democráticos, que proclaman una fingida 'libertad de opinión'; y tampoco resulta eficaz y operativa, pues la doctrina que se impone con violencia o siquiera obligatoriamente acaba siendo detectada incluso por las personas más lerdas, que procuran zafarse de su influjo (porque a nadie le gusta que le den la tabarra y le digan lo que tiene que pensar). Así que los regímenes democráticos han probado otros sistemas más sofisticados para corregir las opiniones de los hombres.

Para ello, hay que crear lo que Marcuse denominaba una «dimensión única de pensamiento», infundiendo en los hombres la creencia ilusoria de que piensan por sí solos, cuando en realidad están siendo dirigidos por otros. Tal ilusión se genera consiguiendo que los individuos «internalicen» o hagan suyos una serie de paradigmas culturales que el sistema les impone, para convertirlos en seres pasivos, conformistas y gregarios, sometidos a consignas que confunden con expresiones emanadas de su voluntad (esa voluntad que el bellaco de Rousseau consideraba siempre «recta», aunque necesitase «guías» que encarrilasen su «juicio»). Para lograr esta «dimensión única de pensamiento» manteniendo el espejismo de que existe una sacrosanta pluralidad, los regímenes democráticos limitan las ideas que pueden ser sometidas a discusión o controversia, mediante la imposición de unas premisas fundamentales que permanecen tácitas o inexpresadas. 

Se otorga la voz a personas que comparten unas mismas premisas que sin embargo nunca se enuncian; y se las pone a 'debatir' fingidamente en representación en representación de los negociados ideológicos en liza, siempre sobre cuestiones menores (aunque presentadas con mucha grandilocuencia tremebunda, para que parezca que son cuestiones primordiales), con un ardor tan enconado y una apariencia de disentimiento tan aspaventera y chirriante que la gente ingenua piensa que defienden posiciones contrarias (cuando en realidad están de acuerdo en lo fundamental). Como ha señalado Noam Chomsky, «la forma inteligente de mantener a las personas pasivas y obedientes es limitar estrictamente el espectro de la opinión aceptable, pero permitir un airado debate dentro de este espectro (incluso fomentando puntos de vista críticos y disidentes). Esto les brinda a las personas la sensación de que hay un libre pensamiento aconteciendo, pese a que todo el tiempo los presupuestos del sistema están siendo reforzados por los límites impuestos en el espectro del debate».

Cualquier opinión que contradiga las premisas fundamentales sobre las que se sostiene el sistema, cualquier pensamiento que se salte los límites impuestos al debate, acaba siendo silenciado. Durante algún tiempo, en mi participación en estos cochambrosos lodazales mediáticos donde se representa una apariencia de debate, logré camuflar mis pensamientos disolventes de las ideologías en liza mediante el uso de la prudencia y hasta de la disciplina del arcano. Pero tarde o temprano te calan, descubren que eres un elemento peligroso y te expulsan. That´s all, folkes. ▄


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La DURÍSIMA Crítica de Juan Manuel de Prada a Los Medios de Comunicación


miércoles, 15 de enero de 2025

LIBRO "FRANCISCO FRANCO SIN ADJETIVOS" por JOSÉ RAMÓN FERRÁNDIZ MUÑOZ

FRANCISCO FRANCO 
SIN ADJETIVOS


Se han escrito muchos libros sobre Francisco Franco. Muchos. Y se siguen escribiendo. Entonces, ¿por qué este nuevo libro? ¿Qué añade a lo que ya se conoce? ¿Qué obtendrá el lector de este nuevo ensayo sobre el estadista más analizado de España en los últimos siglos, cuya figura no pierde vigencia con el paso del tiempo?
La respuesta está en que el lector encontrará en muy pocas páginas un enfoque multifacético y completo de la vida y actuaciones de Franco, desde su nacimiento hasta su muerte. Más aún, los dos últimos capítulos se refieran a la Transición y a la situación en que nos encontramos, mostrando la evolución que experimentó el Régimen hasta nuestros días.
De forma sucinta, el lector hallará la descripción del devenir de España desde los primeros años 20 del siglo pasado hasta 1975 y más acá. Para ello he utilizado las perspectivas militar, administrativa, internacional, económica y política. Todo ello con datos, muchos datos, sin comentarios y sin valoraciones. Y con 833 pies de página, de los cuales no pocos extensos y con vida propia.
A lo largo de la primera fase de la historia de Franco, el libro trae al alcance del lector distintos protagonistas de la Historia de España, que condicionaron los acontecimientos que afectaron directa o indirectamente a Franco: Miguel Primo de Rivera, Niceto Alcalá-Zamora, José Millán-Astray, Manuel Azaña, José Calvo Sotelo y, con menor entidad, otros muchos actores con peso específico suficiente como para aparecer en este libro.
Además de todo esto, el libro está iluminado con fotografías, no todas conocidas, que permiten fijar mejor lo textos que las enmarcan. 
El resumen es que en este texto se halla lo esencial de la vida de Francisco Franco, de su entorno, de sus circunstancias y de la España que el tocó vivir.
Por todo eso he escrito este libro.


PREFACIO

El adverbio es para el escritor o periodista como esa camisa chillona que te gusta al comprarte pero que, pasado un tiempo, te pones a regañadientes porque sabes que llama la atención. Mi consejo es que, en la duda, se rechace. En cambio, el adjetivo es un complemento imprescindible en cualquier texto, pero que hay que usar con cuidado y hasta precaución. En el armario de todo caballero sería como esa chaqueta preciosa, escogida por tu mujer, que sólo encaja con una camisa y una corbata concretas. Si además has seleccionado hasta el cinturón que te pones y abrillantado los zapatos, te convierte en centro de miradas y hasta de admiración. Pero si, impulsado por las prisas o el entusiasmo, te la colocas de cualquier manera y en cualquier compañía, la chaqueta protesta y te señala como desaliñado. El adjetivo, como el titular de periódico, corona pero también condena. Por tanto, al escribir hay que tratar de prescindir de los adverbios y cribar los adjetivos. 

En esta época de ofendidos con observatorios y redes sociales, el adjetivo correcto en ocasiones se vuelve imprescindible para que un texto no se convierta en prueba de cargo contra su autor para justificar su despido o su linchamiento. Por ejemplo, siempre que se hable de la esclavitud que existió los países europeos o sus dominios desparramados por el resto del mundo, deben aparecer adjetivos como execrable, racista, odiosa, vergonzosa… Pero cuando al referirse a la esclavitud en África o Asia o incluso a la que sufrían los españoles a manos de los andalusíes y los piratas berberiscos hay que tirar de adjetivos como cultural, compensadora, ceremonial, necesaria, forzada… Es decir, la realizada por los hombres blancos cristianos es imperdonable, mientras que la realizada por todos los demás, por el contrario, es disculpable y comprensible. 

La misma norma se ha de aplicar cuando se escribe sobre el general Francisco Franco. Para referirse al español más importante del siglo XX se ha elaborado en estas últimas décadas un catálogo de adjetivos al que el doctorando, el periodista, o el historiador debe acudir para escoger unos cuantos y distribuirlos por su texto, como –siguiendo con las comparaciones de moda masculina- se mete la mano en el corbatero y se despliegan unas cuantas sobre la cama hasta que se encuentra la que combina con la chaqueta y la camisa. Sí, es una tarea larga y enojosa. Franco siempre tiene que ser sanguinario, inculto, torpe, vengativo, idiota, zafio, insensible, aburrido, calculador, beatorro, incompetente… “Astuto como campesino gallego” es una expresión que repite uno de sus más penosos y sectarios biógrafos, pero por eso mismo promocionado hasta por todo el régimen, incluso el ABC.

Por supuesto deben ocultarse sus aciertos o méritos y atribuirse en exclusiva a la suerte, a sus colaboradores o hasta a sus enemigos. Si España no entró en la Segunda Guerra Mundial como aliada del Eje la causa se debió sólo al rechazo por Berlín, ya que Franco lo deseaba; y el «milagro español» es consecuencia del desarrollo económico mundial de los años 60, sin ninguna aportación española. En 2013, participé en una rueda de prensa organizada por la editorial que publicaba un libro del historiador Max Hastings sobre la Gran Guerra y le pregunté por la neutralidad de España, debida al esfuerzo del rey Alfonso XIII y a su presidente de gobierno, el conservador Eduardo Dato, que resistieron todas las presiones (incluso las familiares en el caso del monarca). Y Hastings respondió que “los españoles siempre deberían estar agradecidos a Francisco Franco por haber evitado la entrada en la guerra”. Esa declaración sólo se pudo leer en el periódico en el que yo publicaba entonces, Libertad Digital (10-XII-2013). Ni se recogió en el teletipo de la agencia cuyo redactor también había acudido. Para Franco no puede haber un solo elogio, aunque ello contradiga la realidad. Quizás dentro de unos años alguien filme una película de terror estilo Viernes 13 en la que una muchacha imprudente traiga a su pacífico pueblo de Iowa a un monstruo sediento de sangre al pronunciar tres veces el nombre de Franco delante de un espejo durante una noche de luna llena…

El mérito de este pequeño libro de José Ramón Ferrandis es que prescinde de adjetivos y adverbios. Sintácticamente aplica la máxima del periodismo: frases compuestas por sujeto, verbo y predicado. Y en cuanto al contenido se limita a exponer hechos y datos. Queda así un Francisco Franco sorprendente y, en consecuencia, más fascinante, más (oh, maldición) atractivo. En mi opinión, quien convierte en victorioso al bando de la guerra civil que se hallaba en inferioridad en todo frente el gubernamental, quien resiste las amenazas de Adolf Hitler, quien dirige la salida de España de la pobreza y quien deja tras de sí como sucesor y jefe del Estado a un rey en el siglo que ha visto la caída de las más poderosas y prestigiosas monarquías, es una figura sugerente para historiadores y lectores, sean españoles o extranjeros. José Ramón parece ser de la misma opinión y por eso ha escrito Franco pelado de adjetivos y cubierto con datos. 

Un consejo, José Ramón: cómprate un casco. 

Pedro Fernández Barbadillo

INTRODUCCIÓN

Francisco Franco Bahamonde fue jefe del Estado español desde el 1 de octubre de 19361 hasta el 20 de noviembre de 1975. En total, sus servicios desde la más alta magistratura del Estado sumaron 39 años ininterrumpidos, que habían de dejar una profunda huella. Ello fue así no sólo entre sus contemporáneos, sino en adelante, pues no se observa (tras unos primeros años de lógico impacto mediático y analítico después de su muerte) descenso en el interés que despiertan su figura y su obra. 

En la Historia de España2, pocos jefes de Estado han permanecido más tiempo que Franco en el poder. Sólo Felipe V, 45 años; Alfonso XIII, 44 años3; Felipe IV, 44 años; Felipe II, 42 años; Carlos I de España y V de Alemania, 40 años y Juan Carlos I, con 39 años y 7 meses, le superan en longevidad en el puesto. 

De ideas conservadoras, Franco valoraba sobre todo el orden y la autoridad. Haberse educado en un entorno militar y serlo él mismo contribuía a la rectitud de carácter que le era propia. Desconfiaba del régimen parlamentario de partidos, que creía causantes de la decadencia de España en el Siglo XX; consecuentemente, identificaba la Segunda República con desorden, crimen, fragmentación nacional, humillaciones al Ejército e infiltración comunista. Esa postura era representativa del grupo de militares denominados “africanistas”4, que veían en el ejército la quintaesencia del patriotismo y la garantía de la unidad nacional. 

Desde el 18 de octubre de 1939, Franco fijó su residencia cerca de Madrid, en el palacio de El Pardo, del que utilizaba unas pocas habitaciones. Disponía de dos áreas de trabajo: una para recepciones o audiencias y otra para el Consejo de ministros. 

Era muy metódico en sus espartanas costumbres, arraigadas en su juventud. No fumaba ni bebía. Se levantaba a las 8:00, desayunaba poco, leía la prensa y paseaba. Iniciaba su jornada laboral antes de las 10:00. Concedía audiencias en días distintos a militares, a civiles y a diplomáticos (salvo los viernes, días destinados a los largos consejos de ministros). Comía frugalmente al terminar. Tras pasear o pintar, volvía a su despacho. Después de cuatro horas de trabajo, muchas con presencia de los ministros, veía la televisión o jugaba a las cartas. Cenaba, rezaba y leía largamente antes de dormir. 

Entre sus aficiones se hallaban el cine5, la pintura6, el golf, la caza y la pesca. Pescaba en alta mar con el yate Azor. Cazaba fundamentalmente los fines de semana. Era aficionado al fútbol, deporte que ya había alcanzado gran predicamento social en la época. Se desconoce de qué equipo era seguidor, si lo era de alguno, pero ello no obsta para que, en varias ocasiones,salvara al FC Barcelona de la quiebra.7

Franco pasaba sus vacaciones de verano, con su corta familia nuclear8, entre el Pazo de Meirás (La Coruña) y el Palacio de Ayete, en San Sebastián. Franco murió el 20 de noviembre de 1975, tras una larga agonía. Fue enterrado, contra su voluntad expresa, en la Basílica del Valle de los Caídos9.

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1 Fecha en la que fue investido jefe supremo de los sublevados por los mismos sublevados.
2 Entendiendo como tal no sólo desde finales del Siglo XV, sino desde el inicio del Reino Visigodo.
3 Estas cifras son equívocas: Alfonso XIII fue Rey desde su nacimiento en 1886, pero no asumió las responsabilidades del cargo hasta 1902.
4 Los africanistas eran militares que habían hecho sus carreras en el norte de África, todos en combate. Era un grupo muy cohesionado. Entre ellos se hallan Franco, Goded, Mola, Orgaz, Sanjurjo, Varela y Yagüe.
5 Especialmente westerns, que veía en pases privados en el palacio de El Pardo.
6 Era un más que pasable pintor de acuarela, como atestiguan sus obras.
7 El Barça superó reiteradamente sus deudas gracias a Francisco Franco. En 1951 se acordó una recalificación de terrenos. En 1956, Franco autorizó otra recalificación. En 1962, el Generalísimo posibilitó que el pleno municipal recalificara otros terrenos. En 1965 tuvo lugar una recalificación más. Hubo dos subvenciones directas adicionales, de 45 y 50 millones de pesetas. Consecuentemente, el club le condecoró tres veces.
8 Que se amplió mucho con el matrimonio de única su hija Carmen con el médico Cristóbal Martínez Bordiú y los siete hijos de la pareja.
9 La Basílica del Valle de los Caídos es un monumento extraordinario, gigantesco, grandioso, espectacular. Se halla en la Sierra de Guadarrama (Cuelgamuros), rodeada de bosques. Está construida en piedra de la misma zona y culminada por una cruz majestuosa, la mayor cruz cristiana del mundo. Mide 152,4 metros de altura y 46,4 metros de anchura en sus brazos, rodeada por inmensas esculturas. La Basílica se erigió como símbolo de reconciliación, por lo que alberga restos de combatientes de ambos bandos. Se hizo para cerrar las heridas de la guerra. La decisión de construir la Basílica fue anunciada el 1.4.1940. Durante los dieciocho años que duró su construcción murieron sólo 14 obreros, en una demostración de cuidado por los aproximadamente 2.000 operarios que conformaban la plantilla. De ellos, menos de la mitad eran presos. Éstos redimieron penas por el trabajo a un ritmo de cinco días por cada uno trabajado (siendo la ratio habitual de dos por uno). Cobraban por el trabajo que realizaban. Francisco Franco nunca quiso ser enterrado allí, razón por la cual había adquirido un panteón en el cementerio de El Pardo, donde yace su esposa. Fue el rey Juan Carlos I quien tomó la iniciativa de que los restos mortales de Franco fueran enviados al Valle de los Caídos. Los herederos del Frente Popular han exhumado a Franco de la cripta en la que reposaba su cadáver.
***
Hace más de cuarenta años hubo en España una dictadura horrible dónde...
🇪🇦 Se construyeron más de cuatro millones de viviendas sociales donde hacinaron a la clase trabajadora española
🇪🇦 Dónde se destruyó la ecología con seiscientos pantanos de agua para el consumo humano y energía hidroeléctrica en España
🇪🇦 Era tan horrible que obligaba a trabajar a todos los españoles y no existía ningún tipo de desempleo 
🇪🇦 Ese régimen criminal inauguró la seguridad social para asegurar la salud de los españoles y que pudieran continuar trabajando sanos hasta la muerte 
🇪🇦 Por culpa de aquel régimen llegaron los accidentes de tráfico pues facilitó que 5 millones de familias pudieran tener vehículos a motor como el popular seiscientos 
🇪🇦 Aquel régimen trajo la contaminación , obligó a los españoles a vivir en la novena potencia industrial del mundo 
🇪🇦 La crueldad de aquel régimen llegó al extremo de casi facilitar a los trabajadores que tuvieran una casa en la ciudad, una casa de campo dónde trabajar horas extras y sábados y domingos cuidando la tierra y un apartamento en la playa donde trabajar cuidando a los hijos durante las vacaciones 
🇪🇦 El dieciocho de julio prácticamente se obligaba a todos los españoles a no trabajar durante un mes, .... Llegaron las vacaciones de verano pagadas, pero era con la cruel finalidad de que te recuperases para continuar trabajando más
🇪🇦 La crueldad llegó al extremo de que  las familias  existan 20 millones de españoles de mas que no pudieron ser abortados 
🇪🇦 Los segundos terceros y cuartos hijos de cualquier familia y sus descendientes, saber que la culpa de vuestra vida llena de penalidades, y trabajos, es de Franco, 👉 que estáis vivos debido a que aquel régimen tiránico prohibió el aborto

Podría seguir denunciando más maldades de aquel régimen de Franco, .... PERO Otro día será

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PASALO,... ES MEMORIA
HISTÓRICA REAL🇪🇸🇪🇸🇪🇸🇪🇸🇪🇸🇪🇸

LA CANCIÓN DE FRANCO

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LOS LIBERTONTOS... o como el fanatismo ideológico te convierte en un perfecto imbécil

Personajes históricos opinan sobre Franco , con Pío Moa.


La figura de Francisco Franco sigue siendo una de las fronteras emocionales y políticas más intensas de la historia de España. Entre la propaganda, el tabú y las lecturas interesadas, la complejidad histórica queda a menudo enterrada bajo capas de relato que distorsionan el pasado. 
Este documental propone una cita directa con la historia: sin filtros, sin simplificaciones y sin manipulaciones. 
A través de archivos, contexto y las voces de quienes vivieron, investigaron y analizaron una etapa esencial de nuestra memoria nacional, el documental construye una narrativa que busca acercarse a los hechos con rigor.. “Franco, Verdad y Victoria” es un testimonio colectivo que aspira a rescatar la historia real del ruido, la censura y la tergiversación. Una invitación a mirar de frente un pasado, no para reescribirlo, sino para comprenderlo con matices, documentación y voluntad de verdad. 
✔ Toda la actualidad nacional e internacional contada desde un punto de vista políticamente incorrecto, aquí: www.eltorotv.com


viernes, 23 de junio de 2023

LIBRO "PROPAGANDA": CÓMO MANIPULAR LA OPINIÓN EN DEMOCRACIA por EDWARD BERNAYS 🐑🐑🐑🐑🐑🐑🐑🐑

EDWARD BERNAYS


CÓMO MANIPULAR LA OPINIÓN 
EN DEMOCRACIA

La psicología y la historia de la manipulación:
6 lecciones del maestro de la propaganda
«La manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones organizados de las masas es un elemento de importancia en la sociedad democrática. Quienes manipulan este mecanismo oculto de la sociedad constituyen el gobierno invisible que detenta el verdadero poder que rige el destino de nuestro país. Quienes nos gobiernan, moldean nuestras mentes, definen nuestros gustos o nos sugieren nuestras ideas son en gran medida personas de las que nunca hemos oído hablar». Este es el manual de la industria de las relaciones públicas. Bernays es una especie de gurú. Su gran golpe, el que le catapultó a la fama en la década de 1920, fue conseguir que las mujeres empezaran a fumar. En esa época las mujeres no fumaban y él lanzó campañas masivas para Chesterfield. Conocemos las técnicas: modelos y estrellas de cine con cigarrillos en la boca y demás. Consiguió un enorme éxito y se convirtió en una figura destacada y su libro en el auténtico manual. Noam Chomsky
La propaganda es el sello distintivo de la revolución y el mundo está inundado de ella. Es la herramienta del Tecnocrata para lograr la llamada original de la Tecnocracia para la “Ciencia de la Ingeniería Social”. Si no entiendes el poder manipulador y la aplicación de la propaganda en el mundo de hoy, entonces no entiendes nada sobre el avance de la Tecnocracia. 

Edward L. Bernays fue un consultor de negocios estadounidense que es ampliamente reconocido como el padre de las relaciones públicas. Bernays fue uno de los hombres responsables de "vender" la Primera Guerra Mundial al público estadounidense calificándola de guerra necesaria para "hacer del mundo un lugar seguro para la democracia".
Durante la década de 1920, Bernays fue consultor de varias corporaciones importantes, ayudando a impulsar su negocio a través de campañas de marketing diseñadas por expertos destinadas a influir en la opinión pública.

En 1928, Edward Bernays publicó su famoso libro, Propaganda, en el que describió las teorías detrás de sus exitosos esfuerzos de "relaciones públicas". El libro proporciona información sobre el fenómeno de la psicología de masas y describe métodos efectivos para manipular los hábitos y opiniones de las personas.
Para un libro que tiene casi 100 años, Propaganda hoy no podría ser más relevante. De hecho, su relevancia es un testimonio de la naturaleza inmutable de la psicología humana.

Uno de los puntos clave del libro es que el control mental es un aspecto importante de cualquier sociedad democrática. De hecho, Bernays sostiene que sin la “manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones organizados de las masas”, la democracia simplemente no “funcionaría”.
Estamos gobernados, nuestras mentes moldeadas, nuestros gustos formados, nuestras ideas sugeridas, en gran parte por hombres de los que nunca hemos oído hablar. Este es un resultado lógico de la forma en que se organiza nuestra sociedad democrática. Un gran número de seres humanos deben cooperar de esta manera si quieren vivir juntos como una sociedad que funcione sin problemas.
Según Bernays, quienes “gobiernan” constituyen una clase dirigente invisible que “comprender los procesos mentales y patrones sociales de las masas”.

En Propaganda, Bernays se basa en el trabajo de Gustave Le Bon, Wilfred Trotter, Walter Lippmann y Sigmund Freud (¡su tío!), destacando el poder de la psicología de masas y cómo se puede utilizar para manipular la "mente grupal".
Si comprendemos el mecanismo y los motivos de la mente grupal, ¿no es posible controlar y regir a las masas de acuerdo con nuestra voluntad sin que ellas lo sepan?
Recientemente exploré este tema en un ensayo sobre cómo rituales ocultos y programación predictiva se utilizan para manipular la conciencia colectiva, influyendo en los pensamientos, creencias y acciones de grandes grupos de personas, dando como resultado la creación de lo que los ocultistas llaman "egregores".
Aquí he extraído algunas ideas clave de Bernays en un intento de mostrar cómo su libro Propaganda es, en muchos sentidos, el libro de jugadas utilizado por la criptocracia globalista para procesar la mente grupal de las masas.

1. SI MANIPULAS AL LÍDER DE UN GRUPO, LA GENTE SEGUIRÁ

Bernays nos dice que una de las formas más fáciles de influir en los pensamientos y acciones de un gran número de personas es influir primero en su líder.
Si puede influir en los líderes, con o sin su cooperación consciente, automáticamente influye en el grupo al que dominan.
De hecho, uno de los principios más firmemente establecidos de la psicología de masas es que la “mente de grupo” no “piensa”, sino que actúa de acuerdo a impulsos, hábitos y emociones. Y al decidir sobre un determinado curso de acción, su primer impulso es seguir el ejemplo de un líder de confianza.

Los seres humanos somos, por naturaleza, una especie grupal. Incluso cuando estamos solos, tenemos un profundo sentido de pertenencia grupal. Ya sea que lo sepan conscientemente o no, gran parte de lo que hace la gente es un esfuerzo por ajustarse a los ideales de su grupo elegido para sentir una sensación de aceptación y pertenencia.
Este método exacto de influir en el líder y observar cómo la gente lo sigue se ha utilizado ampliamente en los últimos años. Un ejemplo notable que me viene a la mente es el terriblemente inexacto modelos epidemiológicos creados por Neil Ferguson, que formaron la base de las políticas de cierre del primer ministro Boris Johnson.
Una vez que Johnson se convenció de la necesidad de encerrarse y enmascararse, la gente lo siguió con gusto.

2. LAS PALABRAS TIENEN PODER: LA CLAVE PARA INFLUIR EN UN GRUPO ES EL USO INTELIGENTE DEL LENGUAJE

Ciertas palabras y frases están asociadas con ciertas emociones, símbolos y reacciones. Bernays nos dice que a través del uso inteligente y cuidadoso del lenguaje, uno puede manipular las emociones de un grupo y, por lo tanto, influir en sus percepciones y acciones.
Jugando con un viejo cliché, o manipulando uno nuevo, el propagandista a veces puede hacer oscilar toda una masa de emociones grupales.
El uso inteligente del lenguaje se ha empleado durante la pandemia de Covid-19 con gran efecto. Un ejemplo obvio de esto fue cuando la definición de “vacuna” fue cambiada para incluir inyecciones utilizando tecnología de ARNm experimental.

Verá, la palabra "vacuna" está asociada en la mente del público con una determinada imagen: la de una intervención médica segura y comprobada que no solo salva vidas sino que es absolutamente necesaria.
Si los gobiernos le hubieran dicho a la gente que fuera a buscar sus “terapias génicas”, la gran mayoría del público probablemente cuestionaría los motivos detrás de tal campaña; se sentirían extremadamente escépticos porque la frase “terapia génica” no está asociada con las mismas imágenes, emociones y sentimientos que “vacuna”.
Lo mismo ocurre con la palabra “pandemia”, cuya definición también fue modificada. La palabra “pandemia” generalmente se asocia en la conciencia colectiva con el miedo, la muerte, el caos y la emergencia (en gran parte gracias a hollywood y la miríada de películas de virus que ha lanzado a lo largo de los años).

3. CUALQUIER MEDIO DE COMUNICACIÓN ES TAMBIÉN UN MEDIO DE PROPAGANDA

Cualquier sistema de comunicación, ya sea teléfono, radio, prensa o redes sociales, no es más que un medio para transmitir información. Bernays nos recuerda que cualquier medio de comunicación de este tipo es también un canal de propaganda.
No hay medio de comunicación humana que no pueda ser también un medio de propaganda deliberada.
Bernays continúa enfatizando que un buen propagandista siempre debe estar al tanto de las nuevas formas de comunicación, para que puedan cooptarlas como medios de propaganda deliberada.
De hecho, los sistemas que la mayoría de la gente asociaría con la libertad de expresión y la democracia no son más que medios para hacer circular la propaganda. Los verificadores de datos de Facebook, la censura de Big Tech y los carteles de Covid de YouTube ciertamente entran en esta categoría.

Otros ejemplos de esto incluyen la reciente actualizaciones de algoritmo realizado por varios motores de búsqueda (incluidos Google y DuckDuckGo) para penalizar los sitios web rusos. Aunque esto no debería sorprender (Google ha estado participando en este tipo de "propaganda en la sombra" durante muchos años).

4. REITERAR LA MISMA IDEA UNA Y OTRA VEZ CREA HÁBITOS Y CONVICCIONES

Aunque Bernays llama a esta una técnica utilizada por los “viejos propagandistas”, él, no obstante, reconoce su utilidad.
Era una de las doctrinas de la psicología de la reacción que cierto estímulo repetido a menudo crearía un hábito, o que la mera reiteración de una idea crearía una convicción.
Repetir la misma idea o el mismo “mantra” una y otra vez es una forma de programación neurolingüística destinada a inculcar ciertos conceptos o emociones en la mente subconsciente. De hecho, a las personas que se sienten tristes o deprimidas a menudo se les aconseja que se repitan a sí mismas un dicho o afirmación edificante.

Hay muchos ejemplos de esta técnica simple, pero efectiva, que se está utilizando con gran éxito en los últimos años. Piense en el "confíe en el plan" de Q, el favorito globalista, "reconstruir mejor" o la repetición incesante de esa frase retorcida, "confíe en la ciencia". En esta categoría se incluyen las estadísticas de muertes y números de casos 24 horas al día, 7 días a la semana, con el objetivo de promover la ilusión de una pandemia.
También hay ejemplos más obvios de esto, como los presentadores de noticias en diferentes áreas, todos leyendo del exactamente el mismo guión.

5. LAS COSAS NO SE DESEAN POR SU VALOR INTRÍNSECO, SINO POR LOS SÍMBOLOS QUE REPRESENTAN

Después de estudiar por qué las personas toman ciertas decisiones de compra, Bernays observó que las personas a menudo no desean algo por su utilidad o valor, sino porque representa algo más que anhelan inconscientemente.
Una cosa puede ser deseada no por su valor intrínseco o utilidad, sino porque inconscientemente ha llegado a ver en ella un símbolo de otra cosa, cuyo deseo se avergüenza de admitir.
Bernays da el ejemplo de un hombre que compra un automóvil. Desde el exterior, puede parecer que el hombre está comprando el automóvil porque necesita un medio de transporte, pero en realidad lo está comprando porque anhela el estatus social elevado que conlleva poseer un vehículo motorizado.

Esta idea también se aplica a los acontecimientos de los últimos años.
Por ejemplo, las máscaras son un símbolo de cumplimiento. Todo el mundo sabe ellos no funcionan pero los usan por su deseo de “encajar” y ser vistos como ciudadanos honrados que siguen las reglas. inyecciones de covid-19 también son un símbolo y muchas personas eligen obtenerlos porque desean evitar ser llamados "antivaxxer" o "teóricos de la conspiración".

6. SE PUEDEN MANIPULAR ACCIONES INDIVIDUALES CREANDO CIRCUNSTANCIAS QUE MODIFICAN COSTUMBRES DE GRUPO

Por último, Bernays nos dice que si se desea manipular las acciones de un individuo, la forma más efectiva de hacerlo es crear circunstancias que engendren el comportamiento deseado.
¿Cuáles son las verdaderas razones por las que el comprador planea gastar su dinero en un automóvil nuevo en lugar de en un piano nuevo? […] Se compra un carro, porque en este momento es costumbre del grupo comprar carros. El propagandista moderno, por lo tanto, se pone a trabajar para crear circunstancias que modifiquen esa costumbre.
Por ejemplo, ¿por qué de repente todo el mundo “apoya a Ucrania”? Según Bernays, es no porque hay una guerra y gente inocente necesita nuestro amor y apoyo, sino porque es la nueva “costumbre de grupo” hacerlo.
El proceso de alterar las costumbres del grupo comienza de arriba hacia abajo. En cada nación o camarilla social, hay líderes, figuras públicas e influenciadores. Manipular a aquellos con más influencia finalmente se filtra en la mente del público. Es por eso que cuando una celebridad decide usar algo extravagante en la alfombra roja, puede surgir una nueva tendencia de la noche a la mañana.

Del mismo modo, al comienzo de la saga Covid y luego el Guerra Rusia-Ucrania, los medios se apresuraron a hacer circular historias de celebridades que "contrajeron el covid" e instaron a la gente a quedarse en casa, o figuras públicas que condenaron las acciones rusas y pidieron sanciones más estrictas (lo que resultó ser lastimar a occidente más de lo que dañan a Rusia).

EL LIBRO DE PROPAGANDA

El mundo es un lugar volátil en este momento. Las cosas parecen cambiar rápidamente y nadie sabe qué podría pasar a continuación. Sin embargo, en medio de todo este caos, hay una cosa que no ha cambiado y es poco probable que cambie pronto, y es la psicología humana.
Debido a esto, las tácticas utilizadas para manipular los pensamientos, creencias y acciones de las personas tampoco han cambiado. De hecho, la mayoría de ellos fueron descritos en detalle hace 100 años por Edward Bernays en su libro de 1928, Propaganda.
Así es, el libro de jugadas del Titiritero no es un secreto. Está justo ahí, disponible gratuitamente para cualquiera que quiera entender cómo los poderes fácticos tratan de influir en ellos a diario.

Introducción 

La descomunal tarea de simplificar el mundo CUANTO MAYOR es el grado de civilización alcanzado por una sociedad, más claramente percibe ésta la extraordinaria complejidad de la vida. La libertad y el conocimiento nos enfrentan a una intolerable cantidad de decisiones y de interrogantes que nos paralizan. Creo que internet, y la tecnología en general, están provocando de nuevo en la mayoría de nosotros esa angustia frente a lo que no es asumible, desbordando los mecanismos que nos habíamos construido para sentir que comprendíamos nuestra vida y nuestro entorno. Por eso se hace imprescindible simplificar. Esa es quizá la razón que explicaría el enorme éxito del cristianismo, y de las religiones monoteístas. Frente al desbarajuste caótico de lo que hoy conocemos como mitología grecorromana, y el intrincado entramado de leyes de la religión judía, Jesús predicó un solo Dios y un único precepto. Me imagino que algo así alivió a mucha gente. 

Edward Bernays, en este extraordinario libro, realiza una certera y casi científica apología del simplificador de la realidad moderna: el propagandista. Lo más asombroso de estas páginas es que están escritas en 1927, hace más de ochenta años, en un momento en que la gente ni siquiera se había acostumbrado a la televisión, el medio que ha definido la evolución de la publicidad en las últimas décadas. Y que lo que explican podría aplicarse perfectamente a la situación actual que es, como la que nos describe Bernays, extremadamente confusa. El trabajo del que simplifica, a quien Bernays ensalza sinceramente y que ya entonces, como ahora, era vilipendiado, no es sencillo. Yo no creo demasiado en la supuesta capacidad invencible para la manipulación que se atribuye a la publicidad y a la propaganda. Los fracasos, incontables, nos certifican la notable falibilidad de estas sofisticadas técnicas. 

La propaganda pretende explicar a la gente, de un modo simple, aquello que no lo es. Y para ello rastrea en las verdades íntimas y esenciales que conmueven a cualquier ser humano, y que se relacionan con aquello que debe explicarse. No creo posible tener éxito sin provocar en la gente una identificación, algo parecido a lo que uno siente (y subrayo que hablo de sentir, no de entender) cuando encuentra en un poema, o en una sencilla melodía, o en un olor, algo en lo que siempre creyó, o que siempre anheló, o simplemente un hermoso recuerdo. 

El lenguaje que utiliza Bernays en su libro puede parecer excesivamente descarnado para nuestra civilización de lo políticamente correcto, pero es certero. Bernays habla con demasiada franqueza de manipulación, palabra proscrita porque sólo se interpreta desde lo negativo (nadie diría que Greenpeace intenta manipular a la sociedad, y sin embargo lo hace, y utiliza la propaganda para ello). No hay demasiada diferencia entre lo que él describe y lo que uno empieza a intuir en determinado monopolio de las búsquedas por internet. 

Google basa su extraordinario éxito en la magnífica simplificación del sistema, y en la perfecta traslación de esa simplicidad a su aspecto. Internet también nos demuestra que es imparable cuando estimula una pulsión verdadera, sencilla, en nuestras vidas. Cuando es más reconocible, cuando es más simple. 

Creo que si viviera hoy, Edward Bernays se asombraría de lo poco que han cambiado las cosas, por más que, como él anticipó, la sociedad se ha educado en las técnicas de la propaganda, las conoce y es capaz incluso de desactivarlas. Pero a pesar de todo, existe aún en la comunicación de masas un enorme potencial de construcción de certezas a las que asirse para caminar en un mundo que, afortunadamente, nos cuesta entender. Soportar la complejidad es el precio que pagamos por nuestra libertad. 

TONI SEGARRA

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sábado, 18 de diciembre de 2021

👉 LIBRO "UNA ENMIENDA A LA TOTALIDAD": EL PENSAMIENTO TRADICIONAL CONTRA LAS IDEOLOGÍAS MODERNAS 🔥


UNA ENMIENDA 
A LA TOTALIDAD:
El pensamiento tradicional 
contra las ideologías modernas


En nuestra sociedad ha cundido un hondo malestar que adquiere manifestaciones en apariencia contrarias: hay quienes se revuelven contra los ataques a la institución familiar, contra la corrosiva “cultura de la muerte” o contra la ingeniería social que reconfigura la propia naturaleza humana; hay quienes claman contra la depravación del capitalismo global, que condena a la miseria y el desarraigo a las nuevas generaciones y desmantela las economías nacionales; hay quienes, en fin, se rebelan contra la desmembración de la patria o la inmigración descontrolada. Y, para combatir este malestar hondo que se manifiesta de diferentes formas, la gente se adhiere a tal o cual ideología, pensando que en los demagogos que las defienden encontrará la solución a sus cuitas. Pero tales soluciones serán parciales, fragmentarias, insatisfactorias… y, con frecuencia, sólo contribuirán a enconar más aún la calamidad que pretenden combatir. Pues para combatir las causas de este malestar hondo se requiere, frente a las visiones ideológicas sesgadas, una visión armónica que permita unificar en su significación profunda el conjunto de males de apariencia disímil que nos perturban. Y esa visión armónica sólo puede brindarla el pensamiento tradicional.
Para desprestigiar la tradición, la modernidad tiende a identificarla con formas de vida periclitadas. Pero el pensamiento tradicional no quiere revivir el pasado (tampoco, desde luego, anticipar un futuro utópico), sino revitalizar el presente, infundiendole una savia que ya ha probado sus cualidades reconstituyentes. En esta “enmienda a la totalidad” proponemos a nuestros lectores un puñado de reflexiones políticas a la luz del pensamiento tradicional, única alternativa verdadera al zurriburri ideológico imperante.

LIMINAR

Escribía Borges, en su cuento "Biografía de Tadeo Isidoro Cruz", que «cualquier destino, por largo y compli­cado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es». Sospecho que a todos se nos brinda ese momento en algún pasaje de nuestra vida; pero no siempre acertamos a distinguirlo, y con frecuencia nos morimos sin saber quiénes somos verdadera­mente, sepultados entre una hojarasca de convenciones sociales y sobornos admitidos. Algunas personas tienen la desgracia de descubrir quiénes son de forma traumática: el día en que se quedan sin trabajo, el día en que entierran a una persona muy querida o sufren una traición, el día en que les diagnostican una enfermedad incurable. Otros, por el contrario, tienen la fortuna de saber quiénes son de forma jubilosa: el día en que alumbran una nueva vida, el día en que al fin se liberan de una carga opresora, el día en que cambia su suerte y pueden desprenderse de los simulacros y servidumbres que atenazaban sus días. Las más de las veces, ese «momento de la verdad» se produce en nuestras postrimerías: de repente, ante la muerte igualadora, todas las máscaras caen y asumimos al fin -a veces con serenidad, a veces con an­gustia- lo que somos.

Pero, para asumir lo que somos, necesitamos despojarnos y echar a barato todas las prevenciones que nos mantienen apegados a las comodidades de una vida falsa o impostada. Y, puesto que vivimos en una época de falsedades e imposturas, el espectáculo de un hombre «que sabe para siempre quién es» se torna cada vez más raro y escandaloso. Son demasiados los respetos humanos, demasiados los cálculos de conveniencia, demasiados los miedos a pisar callos o a desafiar el espíritu de nuestro tiempo; y ese amasijo de miedos, cálculos y respetos humanos ha cuajado en una argamasa tan espesa que resulta casi imposi­ble salirnos de ella para mostrar lo que somos. Todo esto ocurre, misteriosamente, en una época en que se nos dice que somos más libres y se nos invita a ser más «auténticos» que en ninguna otra época de la his­toria; pero lo cierto es que sólo se acepta como «auténtico» lo que nuestra época ha canonizado o estable­cido como normativo. Y así, el desfile de «autenticidades» se ha convertido en una tediosa exhibición de conductas promovidas y auspiciadas por quienes mueven los hilos. Pero todas estas «autenticidades», tan aplaudidas y uniformes, nada tienen que ver con ese «momento de la verdad» al que me refiero.

Ese «momento de la verdad» exige cortar todos los hilos y quemar todas las naves, que es exactamente lo contrario de lo que hacen los «auténticos» de nuestro tiempo, tan sumisos a los códigos sistémicos. Ese «momento de la verdad» exige el despojo y la gallardía que uno ya sólo tiene cuando le ha perdido el miedo a la muerte y, sobre todo, el miedo a la vida; cuando nada tiene que perder ni ganar, cuando ha espantado todas las zozobras y ha renunciado a todas las recompensas mundanas. Yo tuve la suerte de saborear intelectualmente ese «momento de la verdad» leyendo al argentino Leonardo Castellani, un escri­tor maldito de los hombres (y bendito de Dios), concienzudamente ninguneado por la cultura oficial, de quien tuve noticia gracias a la recomendación de un amigo porteño. La lectura de Castellani fue un pode­roso revulsivo en mi vida de «escritor de éxito», enganchado a los sobornos sistémicos, de los que sin em­bargo renegaba y deseaba alejarme, para que mi vocación no pereciese por asfixia; pero de los que lastimosamente no sabía cómorenegar, porque me faltaba la convicción suficiente (la gallardía) para hacerlo. Cuando descubrí a Leonardo Castellani era yo eso que luego he dado en llamar jocosamente un «cató­lico pompier», a veces modosito, a veces con aspavientos de enfant terrible, que todavía aspiraba a los aga­sajos del mundo. Pero en Leonardo Castellani descubrí a un escritor que entendía su vocación como una batalla quijotesca contra el mundo, fiel a esa misión de «bandera encontrada» o «signo de contradicción» que el viejo Simón atribuyó al propio Cristo. En Castellani descubrí con temblor y asombro al escritor ca­paz de sostener todas las posturas estéticas, políticas, filosóficas y religiosas demonizadas en nuestra época, al escritor capaz de enfrentarse por igual a las ideologías modernas y al fariseísmo religioso, capaz de abordar los más diversos asuntos humanos, contemplados siempre bajo una luz divina que le permitía ser a un tiempo polemista y apologeta, en una simbiosis rara y deslumbrante que lo convierte en eso que los franceses llaman un maître apenser: alguien que, a través de sus reflexiones, no sólo nos invita a refle­xionar, sino que nutre nuestras propias reflexiones; alguien que, a la vez que estimula nuestra inteligen­cia, la impulsa valerosamente por caminos nunca transitados. Y todo ello, además, lo hacía Castellani en un estilo siempre vibrante, exponiendo sus ideas como si fuesen aventuras, acompañadas por un humor disolvente y socarrón que derriba los espesos muros de la mentira como si estuviesen hechos de alfeñique.

La lectura de Castellani provocó mi particular «momento de la verdad» como escritor, muy especial­mente en mi faceta de publicista. Para entonces ya llevaba muchos años escribiendo en prensa, transi­giendo con mayor o menor desgana con las concesiones que permiten encontrar acomodo en el comedero sistémico, con sus negociados de izquierdas y derechas. Pero la lectura de Castellani me descubrió los amenos paisajes del pensamiento tradicional, cuya captación y comprensión obró en mi una meta­morfosis completa -una auténtica metanoia- que, además, no admitía transacciones con las ideologías en boga. Y, a sabiendas de que desde entonces mi carrera literaria iba a tomar derroteros mucho más in­ciertos y problemáticos (y tal vez acabar en los páramos del descrédito), asumí mi destino y me juré que nunca más volvería a escribir un artículo de componenda o compadreo con el «espíritu de mi época».

No resulta nada sencillo mantener una tribuna en la prensa defendiendo posiciones que han sido por completo expulsadas del debate público y hacerse oír entre el enjambre aturdidor que trata de mantener­ nos enzarzados en demogrescas estériles, siempre dentro del «marco mental» de las ideologías en liza. Aparte de que el enjambre torna nuestra voz cada vez más inaudible, aparte de que nos dirigimos a lecto­res cada vez más maleados y refractarios a los presupuestos de nuestro pensamiento, nos tropezamos con un rechazo ambiental acérrimo que adquiere estrategias cada vez más lesivas, desde la ridiculización al ninguneo, desde la estigmatización al hostigamiento. A cualquiera le gusta ser halagado y aplaudido; y para seguir escribiendo cuando eres despreciado por los corifeos del sistema, para poder soportar el des­precio del mundo, hace falta, antes que nada, vencerse a uno mismo.

Esta es la enseñanza más valiosa que nos brinda don Quijote, que no vacila en ponerse en ridículo ante el mundo para hacer realidad los ideales de la andante caballería en un mundo que los desdeña biliosa­mente. A don Quijote le habría resultado muy sencillo combatir las burlas de sus contemporáneos, pues todos reconocen que es hombre discreto; le habría bastado con renegar de su espíritu caballeresco para obtener la consideración y el aplauso del mundo. En diversos pasajes de la obra cervantina leemos que los personajes que se cruzan en el camino de don Quijote lo ponderan y ensalzan; y que sólo cuando don Quijote se refiere a su malhadada caballería lo toman por necio. A don Quijote le habría bastado con hacer «reserva mental» de determinadas cuestiones para ser ensalzado por todos; pero eligió que lo ridiculizasen, eligió el desprecio del mundo, con tal de poder llevar a cabo su vocación. Es una lección muy dolo­rosa, pero incalculablemente bella. Y es el ejemplo que me propuse seguir desde que adopté la decisión de rechazar frontalmente el espíritu de mi época.

Mi razón constantemente me recomienda que aplauda lo que el mundo aplaude, mi razón me pide sin cesar que calle ante lo que la corrección política establece, mi razón me ruega encarecidamente que asuma como propios los postulados del progresismo hegemónico, para poder medrar; y que, una vez asu­midos tales postulados, discrepe en asuntos menores con mucho postureo y jeribeque, como hacen los escritores sistémicos, para posar de rebeldes o valentones ante las masas cretinizadas. Pero mi fe quijotesca se niega a aceptar lo que mi razón me reclama, a sabiendas de que esta decisión conlleva una con­dena a la soledad; porque uno no tarda en descubrir que, al revolverse contra el espíritu de su tiempo, no consigue otra cosa sino resultar enfadoso e intempestivo ante una inmensa mayoría de gentes que desean llevar una vida pastoreada por las ideologías. Pero, aunque la soledad sea a veces muy dolorosa, uno se siente más vivo que nunca; pues, como nos enseñaba Chesterton, sólo el que nada a contracorriente sabe con certeza que está vivo (frente al que nada a favor de corriente, que avanza fácilmente aun­ que lleve mucho tiempo muerto).

Sabemos que, manteniendo nuestras posturas, estamos clamando en el desierto. Pero clamar en el desierto no es una tarea estéril, como nos enseñaba Unamuno en "Del sentimiento trágico de la vida": «¿Cuál es, pues, la nueva misión de don Quijote hoy en este mundo? Clamar, clamar en el desierto. Pero el de­ sierto oye, aunque no oigan los hombres, y un día se convertirá en selva sonora, y esa voz solitaria que se va posando en el desierto como semilla, dará un cedro gigantesco que con sus cien mil leguas cantará un hosanna eterno al Señor de la vida y de la muerte». Con esta conciencia de una misión cuyos frutos tal vez nunca llegue a disfrutar sigo escribiendo, mientras me dejen; en la certeza de que no hay otra alterna­tiva para nuestro mundo infestado de ideologías en apariencia contrapuestas que el pensamiento tradicional.

Como no me chupo el dedo, sé bien que mis postulados, radicalmente enfrentados con las ideologías en liza, provocan el desprecio de la mayoría de mis contemporáneos. Provocan, desde luego, el desprecio de los progres de derechas y de izquierdas, que me ven como un reaccionario que defiende ideas inconcilia­bles con el espíritu de nuestro tiempo; provocan también el desprecio de los fariseos que se aprovechan de la fe religiosa de los sencillos para sus negocios y sus cambalaches, porque tengo la nefasta manía de recordarles que son la sal sosa fustigada en el Evangelio. Pero, desde que supe para siempre quién soy, he decidido vencerme a mí mismo y no rendirme ante el espíritu de nuestra época, que -como señalaba Unamuno-  «usa por armas el ridículo y el desprecio para los que no se rinden a su ortodoxia». Jamás me rendiré a la sórdida ortodoxia decretada por nuestra época; y, por lo tanto, no me aguarda otro destino sino ser cada vez más despreciado y ridiculizado, hasta el silenciamiento final. Pero hasta que llegue ese día tal vez no demasiado lejano prometo seguir dando la batalla con piezas como las que reúno en este vo­lumen, que presento como una «enmienda a la totalidad» del espíritu triunfante en nuestra época. En su mayoría, han sido seleccionadas entre los artículos que he publicado durante los últimos siete años en el diario ABC y en la revista XL Semanal, donde he logrado mantener mi presencia, gracias en buena medida al apoyo de esas «tres o cuatro lectoras que todavía me soportan».

En las sociedades modernas ha cundido un hondo malestar que adquiere manifestaciones en aparien­cia contrarias: hay quienes se revuelven contra los ataques a la institución familiar, contra la corrosiva «cultura de la muerte» o contra la ingeniería social que reconfigura la propia naturaleza humana; hay quienes claman contra la depravación del capitalismo global, que condena a la miseria y el desarraigo a las nuevas generaciones y desmantela las economías nacionales, favoreciendo la concentración de la pro­piedad y la especulación financiera; hay quienes, en fin, se rebelan contra la desmembración de la patria o la inmigración descontrolada. Y, para combatir este malestar hondo que se manifiesta de diferentes for­mas, la gente se adhiere a tal o cual ideología, pensando que en los demagogos que las defienden encon­trará la solución a sus cuitas. Pero tales soluciones serán parciales, fragmentarias, insatisfactorias... y, con frecuencia, sólo contribuirán a enconar más aún la calamidad que pretenden combatir. Pues para combatir las causas de este malestar hondo se requiere, frente a las visiones ideológicas sesgadas, una vi­sión armónica que permita unificar en su significación profunda el conjunto de males de apariencia disí­mil que nos perturba. Y esa visión armónica sólo puede brindarla el pensamiento tradicional.

Para desprestigiar la tradición, la modernidad tiende a identificarla con formas de vida periclitadas. Pero el pensamiento tradicional no quiere revivir el pasado (tampoco, desde luego, anticipar un futuro utópico), sino revitalizar el presente, infundiéndole una savia que ya ha probado sus cualidades reconsti­tuyentes. Frente al conservador, ese progresista paralizado que deja pudrir el meollo de sus convicciones y se obstina n preservar artificialmente una cáscara podrida, el hombre tradicional mantiene vivo un meollo de convicciones que pueden regenerar la cáscara. Por eso la tradición es exactamente lo contrario del conservadurismo (como también es, en otro sentido, lo contrario del progresismo, que envenena la savia). En esta «enmienda a la totalidad» proponemos a nuestros lectores un puñado de reflexiones polí­ticas (que siempre envuelven, como nos recordaba Donoso, cuestiones teológicas) a la luz del pensa­miento tradicional, única alternativa verdadera al zurriburri ideológico imperante. Tal vez sean las últi­mas que podamos reunir en libro, pues la disidencia acaba siendo expulsada a los márgenes. Pero, hasta que llegue ese día, seguiremos batiéndonos quijotescamente.

Ojalá, querido lector, alguna de estas reflexiones te sirva -como en su día me sirvió a mí la lectura de Leonardo Castellani- para nutrir las tuyas; ojalá impulsen valerosamente tu inteligencia por caminos nunca antes transitados.

Madrid, septiembre de 2021

EL VENENO DE LA LIBERTAD

LA PARADOJA DE LA LIBERTAD

Resulta muy aleccionador someter a revisión crítica las enseñanzas que nos transmitieron en la escuela. Recuerdo, por ejemplo, cómo en clase de Historia nos presentaban siempre a Rousseau como uno de los más grandes prohombres que vieron los siglos; y su obra "El contrato social" como una de las piedras angulares de la democracia. Con el paso del tiempo, uno entiende que muchas de aquellas enseñanzas que reci­bíamos eran una amalgama fétida de lugares comunes y afirmaciones mostrencas, hijas de la pereza mental y sazonadas por el prestigio desmesurado que determinados movimientos históricos y corrientes filosóficas tienen entre las gentes gregarias. Muchos años después me decidí a leer a Rousseau; y me topé, para mi sorpresa y horror, con una obra llena de aberraciones y perfidias de la peor calaña, desde la insal­vable escisión entre sociedad civil y sociedad política hasta la consideración del hombre como un ser bueno por naturaleza (que lo convierte, inevitablemente, en un ser irresponsable e incapaz de asumir las consecuencias de sus acciones, dislate que luego Freud reafirmaría mediante la creación del «inconsciente»).

Si tuviéramos que elegir un pasaje especialmente sórdido de "El contrato social" deberíamos asomarnos a su capítulo VII: «A fin de que el pacto social no sea una fórmula vana, encierra tácitamente el compro­miso, que por sí solo puede dar fuerza a los otros, de que cualquiera que rehúse obedecer la voluntad ge­neral será obligado a ello por todo el cuerpo; lo cual no significa otra cosa sino que se le obligará a ser li­bre». Vemos aquí cómo Rousseau establece la tiránica infalibilidad de la voluntad general; y también la sobrecogedora necesidad de «obligar» a las personas a «ser libres», ajustando su pensamiento al de la vo­luntad general. Lo que Rousseau defiende, a la postre, es que el disidente de la voluntad general sea reeducado y forzado a comulgar con la voluntad general. En realidad, Rousseau postula lo mismo que los abso­lutistas a los que dice combatir, limitándose a desplazar la titularidad de esa soberanía absoluta del mo­narca a la mayoría, que puede lavar el cerebro al disidente hasta convertirlo en una oveja más del rebaño. Quien se desvía de esta voluntad general estaría, a juicio del cínico Rousseau, rechazando la libertad; y por ello la sociedad debe obligarlo a someterse a la mayoría (por supuesto, esta coacción no se considera­ ría reprobable, sino por el contrario saludabilísima). La libertad en Rousseau ya no es un valor intrínseco de la propia naturaleza humana, ligado a la razón (de tal modo que el hombre, cuanto más racionalmente actúa, más libre es), sino que seria un mero acatamiento de la voluntad general, que es soberana para de­cidir lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, con un poder ilimitado. Este concepto de libertad es, exacta­mente, el que tienen los regímenes totalitarios, donde en efecto al disidente se le «obliga» a ser libre.

Tristemente, este concepto corrompido y monstruoso es también el que ha triunfado en nuestra época. Pero el totalitarismo ya no se ejerce al modo brutal de antaño, sino al modo que Tocqueville anticipó en "La democracia en América": 
«Cadenas y verdugos eran los instrumentos groseros que antaño empleaba la tiranía, pero en nuestros días la civilización ha perfeccionado hasta el mismo despotismo. Los príncipes habían, por así decirlo, materializado la violencia; pero las repúblicas democráticas de nuestros días la han hecho tan intelectual como la voluntad humana que quieren reducir. Bajo el gobierno absoluto de uno solo, el despotismo, para llegar al alma, golpeaba vigorosamente el cuerpo; y el alma, escapando a sus golpes, se elevaba gloriosa por encima de él. Pero en las repúblicas democráticas la tiranía deja el cuerpo y va derecha al alma. El amo ya no dice: «Pensad como yo o moriréis», sino: "Sois libres de no pensar como yo. Vuestra vida, vuestros bienes, todo lo conservaréis, pero a partir de ese día seréis un extraño entre nosotros. Permaneceréis entre los hombres, pero perderéis vuestros derechos de humanidad. Cuando os acerquéis a vuestros semejantes, huirán de vosotros como de apestados e incluso aquellos que crean en vuestra inocencia os abandonarán. Os dejo la vida, pero la que os dejo es peor que la muerte"».
Bien mirado, aquellos profesores que nos presentaban a Rousseau como un gran prohombre de la de­mocracia estaban formulando una verdad sarcástica y paradójica.
DIVISIÓN

Si buceamos en la etimología de la palabra diablo, descubriremos que procede del verbo griego diaballein, que a su vez deriva del verbo ballein, que significa tirar o arrojar. Así pues, el diablo sería el que arroja a unas personas contra otras; es decir, el que crea desunión e inquina, el cizañero, el que divide. Y es que, en efecto, en la división, que siempre nos hace más débiles, se halla la raíz de todos nuestros males. Siempre que se ha querido minar la resistencia de las personas o de los pueblos se ha empezado por separarlos de aquellas realidades tangibles o espirituales que constituían su fortaleza: su familia, su patria, sus tradi­ciones, su Dios. Del mismo modo, todas las personas y pueblos que han deseado mantenerse fuertes, han procurado evitar a toda costa el desarraigo; y se han afianzado en la defensa de aquellas realidades tangi­bles y espirituales que los constituían comunitariamente.

Nuestros antepasados nunca perdieron la lucidez de identificar como enemigo a quien anhelaba sepa­rarlos. Pero esta conciencia natural se empezó a extraviar en un momento determinado de la Historia que tiene que ver con la «espiritualización» del Dinero; pues el Dinero, para multiplicarse sin trabas (y con­centrarse luego más cómodamente), necesita sojuzgar a los pueblos, sembrando en ellos la división. De ahí que el Dinero apoyase, allá por el siglo XVI, las revueltas de clérigos levantiscos, y más tarde las llamadas revoluciones. Se trataba, en fin, de arrasar todos los vínculos fiduciarios que unían a los hombres, para convertir la confianza fatua del ser humano en sí mismo en el único sostén del mundo; se trataba de infundir la creencia mentecata de que un hombre solo puede contra todos los demás, de que el individua­lismo es el tesoro de los fuertes, de que la resistencia diamantina de un único hombre es capaz de vencer todos los obstáculos. Todas estas tesis grotescas cristalizaron en la entelequia del superhombre; y alcan­zaron su expresión charlatanezca en las novelas de Ayn Rand, que siempre han gustado mucho a los mindundis con delirios de grandeza, pues mientras se comen los mocos les permiten fantasear con la qui­mera de comerse el mundo.

Por supuesto, estas paparruchas fueron inventadas para debilitar la resistencia de los pueblos, que en­fermos de individualismo acabaron convertidos en masa cretinizada con la que los poderosos pudieron hacer desde entonces albóndigas de carne picada. Pero este monstruoso plan de división tenia que acom­pañarse de placebos o golosinas que mantuvieran entretenidos a los pueblos, mientras eran desarraiga­dos; y tales placebos no fueron otros sino los llamados «derechos» y «libertades», que a la vez que se dis­frutan y saborean propician una mayor división. Es muy interesante constatar, por ejemplo, cómo el libe­ralismo se esforzó desde un principio en destruir las corporaciones y los gremios, con la excusa de que en la asociación se daba una «enajenación de la libertad» de los individuos. Y, a la vez, se afanó en potenciar los partidos políticos, que en cambio presentó como altavoces de la libertad individual. Por supuesto, los sepultureros de los gremios y los fundadores de los partidos políticos ansiaban lo mismo:  romper los vínculos humanos y dividir la comunidad con la excusa de favorecer que el individuo se exprese libre­mente. Y es que una sociedad dividida, integrada por individuos infatuados de su autonomía personal, ahítos de libertad, borrachos de derechos, es más mollar y manejable; y sucumbe más fácilmente ante el Dinero, que no encuentra dique alguno contra sus sobornos y asechanzas.

La división la hallamos hoy en todos los órdenes de la existencia humana: en el orden político, a través de una demogresca constante que alimenta las tendencias disgregadoras y separatistas; en el ámbito do­méstico, convirtiendo las familias en campos de Agramante donde las rupturas y violencias se han eri­gido en el pan nuestro de cada día; y hasta en el seno de la propia persona, enturbiando su conciencia de los modos más desquiciados, haciéndola sentir incluso extranjera en su propio cuerpo. Pero se trata de una tragedia con sus tintes delirantes: pues, mientras sufrimos en nuestras carnes y espíritus las conse­cuencias crudelísimas de esta obra del diablo -mientras nos toca emigrar, mientras nos toca aprender lenguas extrañas para que nos paguen un sueldo exiguo, mientras acudimos a un juez para que nos deje visitar a nuestros hijos, mientras recurrimos a un pitoniso o a un psiquiatra porque no tenemos a quien rezar-, seguimos creyéndonos absurdamente seres infinitamente más libres que nuestros antepasados, encadenados a sus realidades tangibles y espirituales.

LIBERTAD DE PENSAMIENTO

En 1984, George Orwell relata que el Partido, para transformar el pensamiento de la gente, hace creer que «tanto el pasado como el mundo externo existen sólo en la mente». Ante lo que Winston Smith, el protagonista de la novela, se rebela, diciendo: «El mundo material existe, sus leyes no cambian. Las piedras son duras; el agua, líquida; los objetos sin sujeción caen hacia el centro de la Tierra. La Libertad significa liber­tad para decir que dos más dos son cuatro. Si eso se admite, todo lo demás se da por añadidura». La liber­tad, para Orwell, se funda en la verdad; y ya se sabe que nada ofende tanto (sobre todo en épocas de en­gaño universal) como la verdad. Por eso todos los tiranos que en el mundo han sido han tratado de esca­motear la verdad de las cosas; y el hombre libre ha aspirado a desentrañarla. En esto debería consistir la «libertad de pensamiento». Pero... ¿de veras esta es la «libertad de pensamiento» que hoy proclamamos?

No puede serlo por la sencilla razón de que nuestra época no reconoce la existencia de la verdad, que Orwell consideraba premisa de la libertad. El subjetivismo niega que la verdad de las cosas pueda ser co­ nocida, pues considera que el entendimiento está limitado por la experiencia. El relativismo afirma que lo que las cosas son desde nuestra perspectiva y coyuntura no lo serían si la perspectiva y la coyuntura fuesen distintas. El escepticismo, en fin, nos impone dudar de todo, pues considera que somos incapaces de alcanzar la verdad. De este modo, la certeza sobre las cosas se ha evaporado del todo, lográndose aquel anhelo del Partido que exigía que tanto el pasado como el mundo externo sólo existiesen como figuracio­nes mentales. Curiosamente, esto no ocurre bajo un poder dictatorial como el que imaginó Orwell, sino bajo regímenes democráticos. Pero tal vez, como afirmaba Kelsen en "De la esencia y valor de la democracia", «la causa democrática aparecería desesperada si se partiera de la idea de que puede accederse a verdades y captarse valores absolutos».

Al no reconocerse la existencia de la verdad (o ante la imposibilidad de acceder a ella), ya no puede exis­tir adecuación del intelecto a las cosas (que era la definición aristotélica de verdad). Abolida la verdad, se invocó un principio la objetividad, que presupone imparcialidad; pero nadie puede creer seriamente que un sujeto que no reconoce la existencia de la verdad pueda ser otra cosa sino subjetivo. Luego, el concepto de objetividad fue sustituido por los de sinceridad o autenticidad, que ya sólo pueden presumir de «decir lo que uno piensa (o siente)». La verdad se convierte, entonces, en coherencia con las ideas propias, que naturalmente habrán de ser subjetivas; pero, una vez sustraída la adecuación del intelecto a las cosas, ¿cómo sabemos que esas ideas que creemos propias no son en realidad ideas inducidas por otros? ¿Cómo sabemos que estamos diciendo lo que pensamos y no lo que otros nos han «predispuesto» o «enseñado» a pensar? ¿Cómo sabemos que estamos pensando y no tan sólo «sintiendo»? A fin de cuentas, nada hay tan «sincero», tan «auténtico», como la expresión de sentimientos. Y nada tampoco tan fácil de excitar, de es­timular y, en definitiva, de inducir: no hace falta sino comprobar la facilidad con que unas imágenes lan­zadas a través de la televisión logran indignarnos o conmovernos; o la celeridad con la que logran «movi­lizarnos» a través de las redes sociales. Cuando la verdad ha sido sustraída, nada más sencillo que «suministrar» pensamientos que nos hagan sentir auténticos. Así lo creía Adam Smith, cuando afirmaba que «en las sociedades opulentas, pensar es una operación muy especial, reservada a un reducido número de personas, que suministran todo el pensamiento que debe disponer la multitud de los que penan». Así también Rousseau, cuando explicaba cómo se «creaba» la llamada cínicamente «opinión pública»: 

«Corregid las opiniones de los hombres y sus costumbres se depurarán por sí mismas». En Un mundo feliz, la fábula futurista de Huxley, esta «libertad de pensamiento» se creaba durante el sueño, mediante un mecanismo repetitivo que hablaba sin interrupción al subconsciente;en nuestra época, se logra a través de los métodos de control social y condicionamiento de los espíritus de todos conocidos, que nos enseñan lo que podemos pensar y lo que debemos rechazar, lo que conviene decir y lo que conviene callar, para po­der seguir siendo aceptados en la manada y acogidos en el redil, donde nos aguardan en el comedero los pensamientos permitidos que podemos rumiar y deglutir tranquilamente, para alivio de nuestras penas.

LIBERTAD SIN EXPRESIÓN

Me he acordado mucho de mi maestro Leonardo Castellani, leyendo las mamarrachadas campanudas que se han escrito sobre la libertad de expresión, a propósito de la condena a un rapero que en sus canciones no hace otra cosa sino desear la muerte a todo bicho viviente, a ser posible en atentado terrorista, con ri­pios que no hubiesen desentonado en las paredes del retrete de un frenopático.

Para que podamos hablar de libertad de expresión tiene que haber primero expresión; y, si estamos ha­blando de artistas, tiene que haber expresión artística. Pero ensartar rimas cretinas y obscenidades de es­tercolero, todo ello regado de un odio purulento de la peor calaña, nada tiene que ver con la expresión ar­tística. Tal vez tenga que ver con la coprolalia, o con la rumia esquizofrénica, o con otras expresiones pro­pias de la descomposición mental, pero no con el arte. Sin embargo, convertir a un tío huérfano de gracia y talento que escupe bilis por la boca y desea la muerte a todo quisque en «mártir» de la libertad de expre­sión es un rasgo muy propio de esta época envilecida, que cuando quiere encumbrar a alguien necesita antes buscarlo en el lodazal de la degradación. Resulta, en verdad, llamativo que casi todos los «mártires» de la libertad de expresión encumbrados en los últimos tiempos sean tuiteros que han vomitado las baje­zas más sórdidas, o raperos que hacen exaltación de los delitos más bestiales, o valentones que se regodean ultrajando las creencias religiosas del prójimo (siempre el mismo prójimo y siempre las mismas creencias, por supuesto). Seguramente, todos estos personajillos no merezcan penas de cárcel; pero, desde luego, sus purrelas no merecen ser llamadas «expresión», y mucho menos ser amparadas por libertad de ningún tipo.

Afirmaba Castellani que «si a libertad no se añade para qué, es una palabra sin sentido; y hoy en día, por obra del liberalismo, la más asquerosamente ambigua que existe». Porque, en efecto, no puede haber li­bertad para dañar, injuriar, calumniar y ofender gratuitamente; no puede haber libertad para sembrar el odio y extender la mentira; no puede haber libertad para envilecer los espíritus e inclinarlos al mal. O puede haberla en un mundo corrompido, pero no será libertad propiamente dicha; será, en todo caso, esa libertad asquerosamente ambigua de la que hablaba Castellani, que es la más terrible y sórdida de las es­clavitudes, porque es adhesión a la vileza y sometimiento a las pasiones más torpes. Resulta, por cierto, hilarante que casi todos estos personajes últimamente encumbrados como «mártires» de la libertad de expresión por hazañas tales como desear la muerte al prójimo o aplaudir los crímenes y aberraciones más abyectos se crean grandes detractores del liberalismo, cuando son sus hijos predilectos; o, dicho con más exactitud, sus epígonos inevitables, los hijos tontos que acaban dando la nota en toda estirpe degenerada. 

Como nos enseñaba Castellani, cuando la libertad no explica su «para qué» se convierte en una libertad puramente nihilista, guiada por el apetito de destrucción. El artista necesita, desde luego, libertad para buscar la belleza y alumbrar el drama humano; necesita libertad para descender al reino de las sombras y alzarse al reino de la luz; necesita libertad para hacer temblar nuestras certezas y remover nuestras comodidades; necesita, en fin, libertad para expresar su arte. Pero, aprovechando la asquerosa ambigüedad reinante, nos quieren colar bazofias que ya no se conforman con suplantar el verdadero arte y envilecer sensibilidades, sino que además exigen libertad para vomitar su odio, con completa y risueña impuni­dad, mientras los vomitados les reímos las gracias. Porque en casi todos estos «mártires» de la libertad de expresión no hay más que odio, un odio supurante y cetrino (el odio de Caín, cuando comprueba que el humo de sus ofrendas no sube al cielo) que necesita ensuciar cuanto toca. Y para esa vomitona de odio exigen libertad de expresión; y cuentan con una legión de papanatas (a veces tan sólo tontos útiles, a ve­ces tarados, pero sobre todo pescadores en río revuelto que aprovechan estas causas para su provecho) que los encumbran como «mártires» de la libertad de expresión.

Y mientras la coprolalia y la diarrea mental son protegidas por esta falsa libertad, cualquier expresión verdadera es perseguida y reprimida por turbias ideologías que han extendido su censura por doquier. Porque allá donde se ampara la pacotilla la verdad acaba siendo prohibida.

LOS PEORES INSTINTOS

No creo que exista mejor síntesis del derrumbe de una época que la imagen de las hordas de vándalos que arrasaron las calles, tras el ingreso en prisión del rapero Pablo Hasel, mientras la casta de los tertulianeses e intelectualillos sistémicos balbuceaba paparruchas, reclamando «libertad de expresión» para los «artis­tas». Como ya hemos señalado en otras ocasiones, para que pueda hablarse de «libertad de expresión» debe haber primero expresión propiamente dicha; y la coprolalia, el vómito del resentimiento, la rumia esquizofrénica no son «expresión» digna de protección jurídica. Además, toda libertad -para ser digna de tal nombre- tiene que orientarse hacia un fin legítimo; y una libertad que tiene como fin desear la muerte al prójimo o aplaudir los crímenes más aberrantes, como propone el rapero de marras- con insis­tencia en verdad psicopática-, debe de ser justamente reprimida.

Pero este episodio terminal de indigencia intelectual es consecuencia inevitable de la subversión de ca­tegorías filosóficas que introduce el liberalismo. Para todos los pensadores políticos clásicos -con Aristóteles y Platón a la cabeza- la justicia es el fin y la regla de la política; y la libertad es la capacidad de discernimiento que asiste al hombre para elegir entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto, en las di­ferentes circunstancias en que se encuentra. Sólo así, con una libertad orientada hacia la justicia, es posi­ble una autentica comunidad política. Pero el liberalismo trastornó por completo el concepto de libertad, convirtiéndolo en una «fuerza vital» con «derecho» a remover todos los obstáculos que la coartan, hasta hacer de la espontaneidad la única regla de su conducta. E inevitablemente, todo intento de orientar esta «fuerza vital» hacia la justicia es percibida como una intromisión inaceptable, por represora de la espon­taneidad individual. Que, por supuesto, incluirá el «derecho» a vomitar las vilezas más sórdidas, a exaltar los delitos más bestiales, a ultrajar las creencias religiosas del prójimo, etcétera. A nadie se le escapa que, una vez que se consagra esta libertad demente, la comunidad política es simplemente inviable, porque no puede haber auténtica convivencia allá donde hay libertad para envilecer y envilecerse. Y, en su lugar, se instaura una horrenda disociedad, para devolvernos a la selva.

Esta libertad entendida como«flujo vital» la definió Hegel -su promotor filosófico, acaso inconsciente de sus consecuencias- como «libertad del querer»; libertad «determinada en sí y por sí»; libertad que «sostiene que ella misma es su regla y su fin»; libertad que no admite cortapisas en su expresión, que rea­liza su propia voluntad, exigiendo al gobernante la supresión de todos aquellos impedimentos que la es­torban. Así, el gobernante deja de ser garante de la justicia, para convertirse en una especie de lacayuelo de la «libertad del querer», que debe auspiciar y proteger, poniendo a disposición de cada quisque los me­dios para que pueda desarrollarse sin trabas. Inevitablemente, esta libertad tiene efectos devastadores so­bre la convivencia, porque crea un clima de agresividad irrespirable, en el que cada quisque se cree «libre» para vomitar su resentimiento, para dirigir su odio contra el prójimo, para exaltar el crimen; y, aunque el gobernante trate de impedir tímidamente la realización de estos anhelos aberrantes, tarde o temprano terminan realizándose. Entre tanto, antes de producirse la definitiva destrucción de la comunidad polí­tica, se va destruyendo la conciencia moral de las personas, que imperceptiblemente se convierten en chacales rezumantes de ensoñaciones psicopáticas. Una libertad que exige realizar su propia voluntad acaba siempre, más tarde o más temprano, anulando la conciencia, puesto que no acepta la imposición de obligaciones morales.

Cuando la casta de los tertulianeses e intelectualillos sistémicos reclama «libertad de expresión» está, en realidad, reclamando esta «libertad del querer» que hemos descrito; que es la misma, por cierto, que ejercen las hordas de vándalos que destruyen nuestras ciudades. Una libertad sin discernimiento, pura expresión espontánea de «flujos vitales», que afirma su voluntad al margen de la justicia y exige al Estado que se convierta en su garante.Así, el gobernante dimite de su obligación primera, que es encaminar a sus gobernados hacia el bien común, para convertirse en una especie de dontancredo que, en el mejor de los casos, se interpone para evitar que se destruyan entre sí. Pronto ni siquiera podrá desempeñar esta vil tarea, porque las alimañas, una vez liberadas, acaban expresándose libremente hasta las últimas consecuencias.

OPINIONES

Seguramente el rasgo más característico de la civilización moderna sea el «movilismo», que podríamos definir como una actualización del «todo fluye» de Heráclito convertido en lema vital. Para el hombre moderno, todo lo que existe deviene, se halla en constante fase de mutación y es infinitamente voluble en el tiempo; de ahí, por ejemplo, que nuestros líderes políticos se nieguen a entrar en debates que juzgan «superados» o «propios de otra época».

Según el movilismo moderno, la ley del pensamiento no es la verdad, sino la opinión fluctuante, que es lo que más conviene para crear confusión y entronizar al sofista. Leonardo Castellani llamaba a la liber­tad de opinión «patente del sofista»; lo cual, dicho abruptamente, puede parecer tremebundo. Pero, si nos detenemos a meditarlo, habremos de concluir que el gran escritor argentino tenía -como casi siempre-­ razón. Esta conversión de la libertad de opinión en «patente del sofista» tiene su origen en el movilismo propio de nuestra época; y también en la malversación del principio de igualdad, que tal como fue formu­lado originariamente establecía que los hombres eran iguales por naturaleza (iguales, por lo tanto, a los ojos de Dios, y también a los ojos de una ley justa), pero en modo alguno iguales en méritos. La malversación contemporánea del principio de igualdad consiste en decir que las opiniones de todas las personas valen lo mismo, cualesquiera sean sus méritos; lo que, inevitablemente, nos conduce a un barrizal donde la verdad perece ahogada. Una persona puede dedicar, por ejemplo, su vida entera al estudio de Homero; puede quemarse las pestañas en la medición de sus versos, en la ponderación de sus epítetos, en el difícil escrutinio de sus figuras retóricas, y llegar a la conclusión de que Homero es la octava o novena maravilla del orbe. Del mismo modo, una persona que en su puñetera vida haya posado los ojos sobre una línea de Homero puede decir sin empacho, haciendo uso de su libertad, que Homero es una mierda pinchada en un palo, y su opinión valdrá lo mismo que la del estudioso devoto; incluso podría ocurrir, si tiene cuerdas vocales más robustas o mejores medios de difusión, que su opinión prevalezca sobre la del estudioso. Sobre todo, porque los destinatarios de sus sinrazones, que en su mayoría serán lerdos y refractarios a las delicias homéricas, se identificarán antes con el botarate que rebaja la categoría del rapsoda ciego que con los argumentos arrobados del experto, que inevitablemente hablará en un lenguaje que a la mayoría se le antojará jeroglífico. Y es que nada odia más el que no sabe que aquello que no puede entender, en razón de su ignorancia.

Así la libertad de opinión se convierte en patente del sofista. A ello se suman otros factores que entene­brecen aún más ese gran pandemónium en el que se han convertido las opiniones en porfía, constatable a poco que veamos remolonamente la televisión, a poco que nos asomemos a la letrina hedionda de las re­des sociales. La mayor parte de los «opinantes» son personas que, más allá de su dudosa formación, más allá de su menesteroso dominio de las reglas de la sintaxis y la sindéresis, se muestran incapaces de con­ducir los hechos hasta sus primeras causas; es decir, no tienen munición intelectual ni sabiduría suficien­tes para hallar, entre el embrollo de enrevesadas minucias con que nos golpea la realidad, el camino que conduce hacia los principios originarios (tal vez porque ellos mismos carecen de principios). Y así, sus opiniones, en lugar de desenredar el barullo de estrépitos con que nos aturde la realidad, hasta rescatar la nota originaria, no hacen sino incorporar nuevos ruidos discordantes al barullo, hasta convertirlo en una repetida representación de aquel episodio bíblico de la torre de Babel. Como, además, los sofistas suelen caracterizarse por un lenguaje doctrinario, abarrotado de lugares comunes, en el que los pensamientos luminosos brillan por su ausencia, en el que la retórica se ha declarado en huelga, en el que los aprioris­mos más rudimentarios, los eslóganes más marrulleros y la bazofia de las consignas partidarias todo lo anega... su papilla de palabras muertas logra, en efecto, acallar cualquier intento de razonamiento contra­rio, por muy verdadero y elaborado que sea (o cuanto más lo sea, más fácilmente resultará acallarlo).

Y, por supuesto, el sofista siempre podrá cambiar de opinión cuando le convenga; y así se ganará repu­tación de hombre nada dogmático y «de su tiempo». Y es que el moderno, como ironizaba Valéry, «Se con­forma con poco».

Libertad y liberalismo ideológico. Juan Manuel de Prada.

LIBERTAD TUITERA

A raíz de la supresión de la cuenta tuitera de Donald Trump se ha suscitado un delirante debate sobre la «libertad de expresión». Pero, para que podamos hablar propiamente de «libertad de expresión», necesa­riamente tiene que haber primero «expresión». Y las redes sociales se concibieron, precisamente, para reprimir la expresión; es decir, para reprimir la capacidad humana para sacar algo fuera de sí (fuera de la trampa de la subjetividad) y encarnarlo en la realidad, a través de la comunicación verdadera, que exige vínculos ciertos, corazones concordes en la consecución de una acción compartida, almas empleadas en un esfuerzo común.

Las redes sociales fueron creadas, precisamente, para convertir la expresión humana en un sucedáneo o parodia siniestra. Para ello, en primer lugar, se preocuparon de halagar la subjetividad, hasta inducirla al solipsismo más desaforado, convirtiendo a sus usuarios en narcisos enfermizos que alimentan su vani­dad excretando mensajes (cuanto más estridentes mejor, como prueba el caso del propio Trump). Y, en se­ gundo lugar, las redes sociales se preocuparon de dotar a sus usuarios de un desaguadero de sus pasiones, para que se les vaya toda la fuerza por la boca (o por la tecla, o por la pantalla táctil), para que sus berrin­ches no se conviertan nunca en acción verdadera y se disipen como la gaseosa. Así, el sistema se aseguró de dotar a sus sometidos de un «derecho a la pataleta» inane. Las redes sociales fueron creadas para aca­ bar con la expresión fértil, como la pornografía ha sido creada para acabar con el deseo fecundo, gene­rando un desvío o desaguadero que mantenga engolosinados a sus adeptos. Pornografía y redes sociales comparten la misión de combatir los vínculos ciertos, las uniones comprometidas, los frutos de la expre­sión humana.

Porque las redes sociales, como la pornografía, son ante todo un método de control social. Resulta, en verdad, chistoso que clamen a favor de la «libertad de expresión» tuiteros emboscados detrás de seudóni­mos grotescos, meros «avatares» que han renunciado a su identidad (al signo distintivo de su ser) a cam­ bio de poder soltar machadas para que las retuitee su parroquia, en un bucle de regurgitaciones endogá­micas. Al alistarnos en Twitter con nombres falsos o apodos estrambóticos, nos convertimos automática­mente en todo aquello que el sistema ansía convertirnos: alborotadores profesionales, charlatanes frus­trados, ofendiditos desgañitados, espontáneos ávidos de protagonismo, exhibicionistas de nuestra vida privada, activistas de la performance, ingeniosos de baratillo, poseurs que se creen especiales, muy espe­ciales, aunque no hagan sino retuitear a otros poseurs que a su vez se creen también especiales, muy espe­ciales. ¡Exactamente la papilla humanoide que el sistema anhela!

La mayor prueba del cuadro del deterioro de la expresión humana que provocan las redes sociales nos la brinda, precisamente, Donald Trump, que en lugar de dedicarse a ejercer la «expresión» que corres­ponde al político, se puso a soltar paridas y bravuconerías en noventa caracteres (pisoteando la principal de las virtudes políticas, que es la prudencia), hasta convertirse en un empleado más de Twitter (tan ex­plotado como todos los demás usuarios, pues como todos no cobraba por hacer su trabajo; o el más prin­gado de todos, pues generaba más beneficios que ninguno). Si Donald Trump hubiese tenido valor de expresarse auténticamente como político, se habría dedicado a transformar un régimen político corrupto y corruptor después de conquistar el poder, como hizo Julio César; pero prefirió desgañitarse en aspavien­tos vanos, hasta convertirse en una caricatura grotesca. El hombre que podría haberse expresado libre­mente como un nuevo Julio César se convirtió así en una versión aspaventera y cobardona del fracasado Catilina (que carecía de poder, pero al menos era hombre grave y valiente). Y como tal pasará a la Historia, aunque no tendrá ni siquiera un Cicerón que lo denigre ante la posteridad.

Pero quienes cambian su «libertad de expresión» por el postureo de las redes sociales creadas para des­truirla no merecen un Cicerón que los denigre. Y sus adeptos merecen ser abrazados por aquella forma de tiranía avizorada por Tocqueville, que degrada el alma sin torturar el cuerpo, ese «nuevo tipo de poder in­menso que les mantendrá en permanente adolescencia, buscándoles constantemente placeres vulgares», mientras reblandece sus voluntades y los reduce a la condición de rebaño. Rebaño, desde luego, de borre­gos muy especiales y con derecho a libertad tuitera.

Presentación completa de 'Una enmienda a la totalidad' 
con Juan Manuel de Prada y Miguel Ayuso