EL FALSO ENCANTO DEL VERDUGO
CUANDO SE PREMIA AL CULPABLE INICUO SI SONRRIE LO SUFICIENTE
En los últimos días, hemos visto en redes sociales cómo el poder se reinventa con campañas para manipular emociones… muchos años en el poder nos han dado las herramientas para saber cómo y cuándo lo hacen…
Particularmente, me niego a normalizar esta tendencia de la sobada de espalda y la autofoto complaciente que finalmente busca que se premie al culpable solo porque sonríe lo suficiente.
Lo hemos visto en varios eventos los últimos meses… en Carabobo, Venezuela, en concursos de belleza, en podcast populares y en tantas figuras públicas que, con carisma o fama, buscan borrar responsabilidades. Pero el daño sigue allí, profundo, sistemático y documentado. Y lo repetimos: aplaudir al verdugo también es participar del crimen!!
Nuestro país merece memoria, criterio y ética, no amnesia emocional. Que este mensaje llegue a quien tenga que llegar, porque la reconstrucción de Venezuela no será posible si seguimos confundiendo espectáculo con bondad.
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No pensaba decir nada, pero voy hacerlo.. Lo que dices es cierto, pero déjame llevarlo más lejos, porque alguien tiene que decir lo que la mayoría calla por conveniencia o por miedo al linchamiento digital.
Norbey Marín no analiza: evangeliza.
Avendaño no interpreta: bendice.
Nitu Pérez y Casto Ocando no investigan: pontifican.
Se presentan como voces independientes, cuando en realidad operan como una claque emocional al servicio de una narrativa que no admite fisuras. Son la versión opositora (más sofisticada, si quieres) del mismo mecanismo chavista:
repetir, justificar, absolver, y atacar todo aquello que ose interrumpir la liturgia de su favorita. Pero, al final, ellos no son la raíz del problema. Son un síntoma. Un espejo turbado que revela lo más incómodo: la cultura política venezolana nunca maduró siguen siendo neonatos inmorales.
Aquí seguimos atrapados en la misma patología colectiva: el fanatismo como refugio y la idealización como vicio nacional.
Cambian los nombres, cambian las siglas, cambian los colores; pero la estructura emocional es idéntica: un país que prefiere un sacerdote antes que un pensador, un mesías antes que una institución, un dogma antes que un análisis.
Líderes de papel: inflados por la desesperación, sostenidos por la fe ciega de imbécil ávidos de esperanza, protegidos por ejércitos de seguidores que confunden crítica con traición y pensamiento con insolencia. Así fue con Chávez, así fue con Capriles, así fue con Guaidó.
Y ahora (por obra y gracia de la necesidad) muchos quieren repetir el ciclo con María Corina, sin siquiera notar la trampa emocional en la que vuelven a caer. Si ella es la salida, que lo pruebe. Pero la fe no sustituye la estrategia, ni la esperanza reemplaza la inteligencia política.
La crítica no destruye un proyecto: lo salva del autoengaño, que es nuestro pecado capital como país, imbéciles con derecho al voto. Mientras el venezolano promedio siga necesitando un pastor que le diga qué creer, qué repetir, qué compartir y a quién idolatrar, el país seguirá orbitando alrededor de su misma ruina y miseria psicológica: una ciudadanía que no piensa, solo reacciona; que no evalúa, solo venera; que no exige, solo espera.
Y esa es la verdadera tragedia. No los analistas maquillados de sabiduría, sino la multitud que confunde devoción con criterio.
Venezuela no será libre hasta que dejemos de hincarnos ante cualquier figura que prometa redención. La libertad no llega adorando líderes. Llega cuando dejamos de necesitar uno.
JUAN FIGUEROA
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