EL Rincón de Yanka: 📙 LIBRO: "CRISTIANOS EN FIESTA". MÁS ALLÁ DEL CRISTIANISMO CONVENCIONAL POR JUAN MATEOS

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viernes, 11 de enero de 2019

📙 LIBRO: "CRISTIANOS EN FIESTA". MÁS ALLÁ DEL CRISTIANISMO CONVENCIONAL POR JUAN MATEOS


CRISTIANOS EN FIESTA
MÁS ALLÁ DEL CRISTIANISMO CONVENCIONAL



“La liturgia nos debe permitir sentir a Dios”, 
precisa el Papa Francisco

"LA LITURGIA CELEBRA LA FE Y NO A LA INVERSA".
YANKA



La cuestión tiene su importancia en esta época de renovación litúrgica, cuando surgen tantas iniciativas y se derrochan tantos esfuerzos para dar significado a la reunión dominical. Tras bastantes años empleados en estudiar las diferentes tradiciones litúrgicas de la Iglesia,nació el deseo de encontrar sus raíces evangélicas. Una sorpresa nos aguardaba: en los evangelios no aparecen nunca los términos “liturgia”, “culto”, “sacrificio”, “sacerdocio”, referidos a los cristianos. Y los evangelios no son escritos ocasionales como las epístolas, sino obras destinadas a comunicar el mensaje de Cristo, resultado de reflexión prolongada, con finalidad catequética, y redactados, al menos el de Lucas, “después de comprobarlo todo exactamente desde el principio” (1,3).

Estas omisiones evangélicas obligaban a investigar la índole de la celebración y el lugar que ocupa dentro del marco señalado por Cristo. Leyendo el evangelio y el entero Nuevo Testamento se aprende que Cristo Señor vino a comunicar al mundo la vida de Dios, y que esa vida nueva y eterna ha de embeber y valorizar toda la realidad humana. Se deduce de ello que una celebración cristiana, para legitimarse, debe de algún modo reflejar y expresar esa vida que penetra el ser y la actividad de los cristianos. Queda así dibujado el nexo entre vida y celebración. Pero tal nexo no se puede limitar a la expresión de lo vivido; como aparece en la eucaristía, la celebración es al mismo tiempo alimento y acicate para lo que queda por vivir. 

La conclusión, por tanto, debe formularse así: la celebración cristiana es la expresión y el estímulo de la vida cristiana. Si no es expresión de lo que se vive, queda en teatro, y toda reforma o iniciativa litúrgica, por bien intencionada y erudita que sea, acabará en el hastío. Si no fuera estímulo, se reduciría a una expansión momentánea e intrascendente. Esta conclusión impuso el plan del libro: había que describir en primer lugar los rasgos fundamentales de la vida cristiana, para inferir de ellos las características de la celebración. Sin embargo, dada la riqueza de la vida que Dios comunica, no podía abarcarse su panorama de un solo golpe de vista; por eso hubo que dedicar cuatro capítulos a exponer diferentes aspectos que parecían necesarios, sin excluir otros que no nos han venido al pensamiento o no parecían atañer tan directamente al asunto. Como además cada uno vive su cristianismo según le impulsa el Espíritu y lo instruye su cultura, intentamos ajustarnos a los datos del Nuevo Testamento, a fin de que todo cristiano pueda reconocerse en el espejo que se propone.

Este libro, por tanto, no es un tratado de apologética; no pretende explicar la fe a los que no conocen a Cristo ni responder a las objeciones de los que no creen. Tampoco es un tratado sobre la Iglesia; por eso no entramos en su organización interna. La celebración de las maravillas de Dios es asunto de todos los creyentes y a ellos se dirige el libro. Está escrito por uno que se profesa cristiano. La fe en Cristo es el don supremo, el estado de vida en que se ejerza es secundario; da lo mismo ser judío o griego, esclavo o libre, obispo o fiel, jesuita o casado. No queremos añadir ninguna determinación a esa fe, para que nadie piense que algo puede aumentar su lustre. Nos atenemos al aviso de san Ignacio de Antioquia: “Quien se llama con otro nombre además de éste no es de Dios (Ad Magn. 10,1).


Celebración auténtica

Celebrar es explicitar. Lo que en la vida se ejerce a menudo en silencio o en voz baja, se pregona entonces desde la azotea (Mt 10,27). Es un momento de vida a pleno pulmón y en plena transparencia, de ser explayado, que hace patente el mundo interior y da relieve a lo personal.

El criterio para juzgar la legitimidad y autenticidad de una celebración consistirá, por tanto, en ver si se vive lo que se pretende celebrar; si existe una zanja entre celebración y vida, la celebración es teatro.



Tantos pastores se preguntan cómo dar sentido a la celebración, cómo hacerla significativa. El problema es real, pero, ¿se atina en la práctica con el nudo de la cuestión? Se excogitan soluciones como ampliar la ceremonia, organizar el canto u otras iniciativas loables. Pero lo decisivo no está ahí; hay que enfrentarse con la ineludible pregunta: ¿viven los bautizados una vida cristiana?, ¿tienen conciencia de su misión en el mundo y la llevan a la práctica en cuanto pueden?, ¿piensan acaso que sólo en la iglesia encuentran a Dios? Hay que reconocer a Dios en la calle para encontrarlo en la iglesia; hay que creer en el hombre para creer en Dios. Separar a Dios de la vida para buscarlo en un reducto sacro es paganismo. El tema de la celebración es la obra presente de Dios en cada uno y en el mundo entero, el reino actual de Cristo, el fermento incesante del Espíritu en la masa humana. Ya hemos dicho que ese presente se refiere al pasado y actualiza el porvenir; pero quien no viese en lo cotidiano la acción de Dios entre los hombres y fuera incapaz de vislumbrar el dedo de Dios en la ambigüedad de la aventura humana, o al menos de estar persuadido de la realidad de su influjo, tendría una fe sin cuño cristiano; viviría de recuerdos, sin contacto con lo real. La iglesia es sala de fiesta, y el motivo de la fiesta son hechos anteriores; es también, si se quiere, taller de reparaciones, pero antes hay que correr por la carretera. Quien no amasa su fe con la experiencia diaria ni ejercita su amor en la tarea mundana no está preparado para celebrar ni necesita reparar sus fuerzas; a lo más un masaje que le alivie el anquilosamiento.

Ser cristiano no consiste en ir a la iglesia, como ser combatiente no se define por llevar un uniforme ni por vivir en un cuartel. La calidad de la celebración depende del grado de entrega que se ejercite fuera; es imposible una celebración cristiana si no se vive la dedicación cristiana; separar a una de otra reduce la celebración a la búsqueda de emociones religiosas, como en el paganismo, pervirtiendo el sentido de la revelación.

Es significativo el compendio de vida cristiana que presenta los Hechos de los Apóstoles: "Eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles y en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones" (2,42).
Este brevísimo pasaje establece con toda nitidez la precedencia de la vida sobre la celebración o, si se quiere, el vínculo entre una y otra.
Expliquemos algunos términos. La enseñanza de los apóstoles estaba centrada en el testimonio de la resurrección del Señor Jesús (3,33); lo primero que subraya el autor es, por tanto, la unidad de fe y esperanza. La vida en común se expone en diversos lugares del libro: "En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo; lo poseían todo en común y nadie consideraba suyo nada de lo que tenía..., ninguno pasaba necesidad" (4,32-34).
La unión de fe y esperanza producía la unanimidad en lo esencial, fruto del intercambio y la comunicación; es el primer aspecto del amor mutuo, la entrega de la persona. Pero los cristianos de Jerusalén pasaban más allá y compartían sus bienes para que a nadie faltase lo necesario. La "vida común" ofrecía los dos aspectos: unión personal y comunicación de bienes. La solidaridad económica sin cordialidad fraterna es limosna ofensiva o participación fría y separadora.
Solamente después de haber descrito la vida cristiana en términos de fe y amor eficiente se refiere el autor a la eucaristía: la "fracción del pan" o comida en común, símbolo de la unidad existente y alimento de la mayor unión, carece de sentido si la vida no precede.

Sinceridad

La celebración es el polo opuesto de la sociedad convencional, con su falsedad invasora y sus parodias de libertad, alegría y plenitud. Una sociedad plagada de "fabricantes de imágenes" (image-makers) y de especialistas en relaciones públicas, donde cada sonrisa se calcula en metálico, por parte del que la exhibe y del que la encarga.
La sociedad práctica una ficción nauseabunda, desde la infantilización de la masa con la publicidad entontecedora hasta los equipos de embusteros que tratan de integrar el descontento que trasuda de las aspiraciones reprimidas. En este ambiente, la celebración ha de ser un oasis de autenticidad humana, de espontaneidad y de confianza. Es una necesidad urgente, pues los hombres mueren de hambre: quieren sentirse apreciados por sí mismos, por lo que son, no por lo que hacen. La celebración es precisamente momento de ser, no de hacer; es el lugar en que la persona es reconocida y estimada por los demás; hambre psicológica tan urgente como la física, de cuya insatisfacción derivan decaimientos biológicos. La estima interesada y mercenaria del mundo no basta; deja el regusto de insinceridad; hace falta la transparencia del amor verdadero, del compañerismo límpido, de la solidaridad y la comunión sin afectaciones.

Nueva experiencia

Es una cultura raquítica a fuerza de dato objetivo y de análisis sedicente impersonal, el hombre necesita una experiencia más profunda de la realidad. Las capacidades no discursivas de su persona se inflaman precisamente con la visión, que son la fe y la esperanza, y con la experiencia de comunión, que es la caridad. Estos son los árbitros de todo lo bueno, verdadero y bello. Como lo expresó san Agustín: "Dilige et quod vis fac" (Primero ama, y lo que quieras entonces, hazlo). Quizá fue un error el de Clemente de Alejandría y Orígenes, que quisieron presentar el cristianismo con el ropaje de un sistema racional para eludir las críticas de los filósofos paganos; puede que abrieran camino a la especulación desecante que acabaría en el malabarismo teológico.

El amor mutuo es un misterio que supera el discurso; en él se encuentran las inefables experiencias de alegría y paz en el Espíritu que son el reino de Dios. Ellas nos manifiestan el misterio que nos circunda, a través de la comunicación humana sencilla, confiada, abierta y aceptadora. Se llega a entender que el amor es la realidad verdadera y que Dios es amor. La celebración debería ser una experiencia de ese amor mutuo en que Dios se revela y que nos hizo posible Cristo. Descubrir a Dios y a Cristo como fuente del amor verdadero, lo equilibra. Cristo reclama para él el amor supremo, la lealtad terminal, por encima de familia y de todo bien humano. A algunos escandaliza esta pretensión, sin recordar que todo amor humano puede desviarse, convertirse en droga, en incesto, en sanguijuela y obsesión; nunca es criterio final de sí mismo, para que no se corrompa hay que cotejarlo con otro. El amor a Cristo es el amor al valor personal intangible, que se niega a la propia destrucción. Si un amor humano pide la abdicación de la personalidad, de la libertad interna, de la paz íntima y el equilibrio, el amor a Cristo preserva esos valores inalienables. En lugar de proclamar esto como principio filosófico, Dios lo ha encarnado en una persona, para que la exigencia misma sea personalizante y porque un amor desviado no se vence con razones, sino con otro amor más poderoso. En términos de la escuela de Jung. Cristo es el contenido consciente del arquetipo de la personalidad, el ideal humano; siendo fiel a Cristo, es el hombre fiel a sí mismo.

Proclamación de la nueva edad

Para el cristiano, la fiesta es la experiencia y afirmación clamorosa del reino de Dios, que se realiza de modo incoativo en el grupo reunido. En ella da realidad a la utopía de una sociedad humana anudada por la hermandad. El codo con codo de la celebración, el calor humano de la aceptación y estima mutua y el ejemplo de los demás le manifiestan la presencia de Cristo en medio del grupo; siente y comprende ser parte de la nueva creación, vivir en la nueva edad. Esto significa la frase de san Pablo a propósito de la eucaristía; "Proclamáis la muerte del Señor, hasta que venga" (1 Cor 11,26), es decir, declaráis una vez más que desde aquel acontecimiento crucial de la historia la nueva edad ha comenzado y sus dinamismos han entrado en acción. Merece ser notado, con I. Hausherr (Tén Theorían taúten, Un hapax eiréménon et ses conséquesces, en Hesychasme et priére, Roma 1966, 247-253), que la palabra clave de la filosofía platónica, la tehoría o contemplación, aparece una sola vez en los evangelios; la usa Lucas, griego de cultura, que conocía todo el trasfondo filosófico del término. Pero en vez de referirla, como Platón, al encuentro beatificante del alma con el Uno, del solo con el Solo, Lucas le aplica al espectáculo de Cristo muerto en la cruz: "El gentío que había acudido a contemplar esto (lit. "a esta contemplación"), contemplando lo ocurrido se volvía a la ciudad dándose golpes de pecho" (23,48); la traducción es adrede muy literal para que se aprecie la insistencia de Lucas en el término. Ante la humanidad se abre una nueva visión: el amor de Dios manifestado en la muerte de Cristo. La contemplación no es la fruición del solo con el Solo, ni la subida a la esfera divina escapando de este mundo, sino el espectáculo de Dios que baja hasta el hombre, en un derroche de amor por su criatura. Con esta palabra indica san Lucas lo mismo que san Pablo: aquí cambia la visión del mundo y de la historia, la utopía es hecho y esperanza.
La respuesta jubilante a esta contemplación es la fe, proclamada con el grito: "Jesucristo es Señor"; la fe afirma su reino presente en el mundo y supera la tentación provocada por la injusticia y el mal humanos.

Por ser estímulo de fidelidad al Señor, la celebración es al mismo tiempo suave examen de sí mismo. El ideal declarado y participado, la profesión de la soberanía de Cristo incitan a discernir los residuos del antiguo mundo en cada uno; se ven entonces por contraste las mezquindades de hecho o de disposición interior, las testarudas rencillas y envidias, las inconfesadas ambiciones. Cuando más densa sea la atmósfera celebrativa y más entusiasmante la alegría, más aborrecimiento causará lo que se opone al reino que se vive. Los afanes de honor, dinero y poder aparecen incompatibles con la unidad que se busca y se siente. La celebración purifica.

Protesta

La fiesta es tanto más necesaria cuanto más difíciles sean las circunstancias cotidianas. Precisamente cuando el hombre es víctima de la opresión y de la injusticia, ha de afirmar y despabilar con más frecuencia su fe en la vida, recordar su derecho a la libertad y plenitud, evitando caer en la indiferencia resignada. La celebración es ya por sí misma una protesta contra el agobio y mantiene la aspiración por una vida más justa. La fiesta, con su alegría por los verdaderos valores, iza el estandarte de la intransigencia cristiana. De que ésta existe, no hya la menor duda; de lo contrario, nunca habría habido mártires. Deriva del propósito cristiano de vida auténtica y sincera, signo del reino de Dios y principio de unidad entre los hombres. Por eso la intransigencia se opone al principio de desunión, que es la ambición del mundo: "Los bajos apetitos, los ojos insaciables, la arrogancia del dinero" (1 Jn 2,16). Si la celebración no tuviera impacto alguno sobre la actitud habitual, no sería cristiana, por mucho que en ella se aireasen los términos y símbolos de la fe. La experiencia de la unión en Cristo ha de traducirse en intransigencia con la maldad del mundo y en empeño por la reconciliación de los hombres. La más suave emoción o arrebatada exaltación festiva no alcanza nivel cristiano si no se traduce en aliento para la obra de promoción del hombre, sembrando la paz y la igualdad. La experiencia de Cristo entre los hermanos fue expresada por él mismo en un dicho no registrado en los evangelios, pero conservado por varios escritores cristianos primitivos, entre ellos Tertuliano, de fines del siglo II: "Vidisti fratrem, vidisti Dominum tuum" (Al ver a tu hermano estás viendo a tu Señor) (De Oratione, 26,1).

El hombre necesita destruir la personalidad llamada por muchos "normal", cúmulo de tabúes y represiones, encanijamiento de emociones e ideales, para formar una persona capaz de admiración y de sorpresa, de expresión y de apertura al misterio, aceptadora y sin miedo a comunicar. Ha de combatir la personalidad social ajustada a todas las incongruencias y criterios malvados del mundo. Cristo desajustó a los apóstoles, y por eso el mundo los odiaba. A la ambición opuso la sencillez, la pobreza y la generosidad; al honor, la igualdad, sin tratamientos ni primeros puestos; a la rivalidad, la sinceridad y el amor mutuo. Nadie podía soportar eso, decían que no estaba en sus cabales (Mc 3,21).

LA EXPRESIÓN

Hemos definido la fiesta como expresión comunitaria, ritual y alegre de experiencias y anhelos comunes. Esta definición suscita varios problemas, y el primero nace de la palabra "expresión". Las celebraciones están de ordinario reguladas por minuciosas prescripciones, pero al definir la fiesta como expresión hay que preguntarse: ¿puede ser prescrito el modo de expresión?

En principio hay que responder que no. La expresión, como su nombre lo indica, sale de dentro; expresar y exprimir derivan del mismo verbo. Júbilo o tristeza se expresan según la propia psicología, circunstancia y dominio. Un extraño puede rogar que la expresión se modere, pero no puede enseñarla, excepto en el teatro; y expresión forzada que no corresponda a una realidad interior en farsa o formalismo.

El principio es claro, pero admite distinciones. En primer lugar, no son lo mismo expresión individual y expresión colectiva. El individuo aislado es libre para expresarse como le plazca y el sentimiento personal se exterioriza de mil maneras: una noticia exultante puede ser recibida con grito, aplauso, abrazo o voltereta. La expresión colectiva, por el contrario, exige canales de exteriorización válidos para todos. Como hemos apuntado anteriormente, el acuerdo o convención lograda se llama ritual. Para felicitar al agasajado en un banquete, se levanta una copa y se pronuncian unas palabras; es ritual admitido, que se ve acompañado por sonrisas solidarias; pero si un comensal escalase una mesa y bailase unas bulerías, los ceños desaprobadores delatarían a los que no se sienten representados. El acuerdo o convención no implica insinceridad; halla y sanciona el común denominador.
Al distinguir entre expresión individual y ritual colectivo no afirmamos que este último pueda ser prescrito. Por ser común denominador, estará en función de los usos sociales y de la idiosincrasia de los presentes. Para aclarar este punto se impone considerar los diversos niveles de expresión.

Aprender a celebrar

Aunque la celebración es siempre global, subrayará, según las ocasiones, uno u otro aspecto de la vida cristiana, sea la libertad gozosa y la alegría de la unión, la renuncia a las ambiciones del mundo y el entusiasmo por la tarea común, la lealtad a Cristo y el derribo de los ídolos, el examen de la propia fidelidad o la expresión de solidaridad con todos los que trabajan por la paz y el bien. Siempre está presente el Señor como dador del Espíritu.Celebrar exige inventiva; hay que encontrar formas aptas de expresión. Si en la antigüedad la celebración papal se inspiró en los rituales imperiales, pertenecientes a la vida civil, también hoy tienen derecho los cristianos a aprovechar los datos de la cultura que contribuyan a su celebración. Al fin y al cabo, cada época tiene sus convenciones y sus canales expresivos, sus palabras clave y sus gestos simbólicos. Han de tener en cuenta todo lo que es noble y amable,todo lo que merece alabanza y estima en la sociedad ambiente (Flp 3,8). El reino de Cristo no es de este mundo, porque consiste en dar una vida que no procede de esta tierra, pero está en este mundo y existe para él; por eso quiere que los suyos permanezcan en el mundo (Jn 17,15.18), pero viviendo en la verdad (ibíd. 17). Los cristianos festejan como los demás hombres; si su celebración se distingue de otras, no es por adoptar formas esotéricas, sino porque en ella, en medio del mundo, centellea el Espíritu de Dios.

Necesidad de la expresión

Desde otro punto de vista puede decirse que toda convicción o afecto humano necesita momentos de expresión particular; de lo contrario, se extenúa y muere. Lo más importante de la vida encuentra poca ocasión de explayarse en el trajín diario; aunque subjetivamente esos valores se consideren supremos, no hallan expresión adecuada en el trabajo ni en el ambiente profesional; algunos se manifiestan en el círculo familiar, pero para otros hace falta más solidaridad y más grupo. Es la fiesta precisamente la que permite vivir en el clima de libertad y plenitud que acompañan a la afirmación de la vida. Necesita el hombre codearse con otros que se alimentan de la misma fe, que abrigan la misma esperanza. Y necesita además respirar el aire libre de la expresión en voz alta, descubrir y proclamar lo que lleva dentro en un ambiente que lo comprende y lo comparte. Extraño por lo menos sería que en una familia no se dieran nunca muestras de afecto o que un individuo nunca visitara a una persona amada; por mucho que lo afirmarse, podría dudarse con razón de la sinceridad de sus protestas.

Se requiere la fiesta para reactuar la conciencia de grupo y no ser un individuo aislado ante Dios. La integración se efectúa primeramente por la proclamación de la fe y la esperanza, por el vocear las proezas de Dios en la historia de los hombres; si en medio del mundo la fe es recatada, aquí tremolan todos sus banderines, alegrando la alabanza común. La proclamación del amor de Dios al hombre que es la profesión de fe, desemboca en la expresión del amor mutuo. Por eso la fiesta exige la aceptación y el perdón recíprocos; sólo cuando éstos existen, la integración del grupo culmina en la integración con Dios. Cristo reconcilió a los hombres entre sí, para que la humanidad pudiese reconciliarse con Dios (Col 1,20; Ef 1,10); la misma verdad se expresa en los evangelios al exigir el perdón mutuo como preliminar al divino (mt 6,14-15; 18,35). Por eso la fiesta es efusión de hermandad; quien no se integra en el grupo aceptando y perdonando, se excluye de la comunión con Dios.

El término "ritual" requiere explicación. Cuando la expresión de un sentimiento queda en la esfera individual, el sujeto puede exteriorizarlo usando el gesto que le acomode; puede revolcarse por el suelo en señal de júbilo o topar con la cabeza en la pared para expresar dolor. Con todo, cuando la expresión es comunitaria, hay que llegar a un acuerdo acerca de los gestos válidos para el grupo; se realiza así una convención expresiva, y a ésta llamamos ritual. La cultura está llena de rituales suyos particulares: el apretón de manos se considera signo de amistad, mientras el frotar la nariz en la mejilla ajena no es ritual admitido. Se inclina la cabeza para expresar anuencia, en vez de sacudirla lateralmente, etc. Estos son rituales heredados. Volveremos sobre este punto al tratar de la expresión.

En la fiesta se observan también rituales: desfiles, banderines, bandas de música o fuegos artificiales son modos convenidos de expresar la alegría común.



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Y NEUTRAL AL EVANGELIO