EL Rincón de Yanka: LA MISIÓN DE LA COMUNIDAD ECLESIAL NO PUEDE SER INDIFERENTE Y NEUTRAL AL EVANGELIO

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¡BIENAVENTURADA NAVIDAD!

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domingo, 12 de junio de 2016

LA MISIÓN DE LA COMUNIDAD ECLESIAL NO PUEDE SER INDIFERENTE Y NEUTRAL AL EVANGELIO


Por definición, el grupo no vive para sí mismo, los discípulos son pescadores de hombres que tratan de atraer a otros a la nueva manera de vida. Esto no se hace por afán de imponer las propias ideas, sino por la experiencia de la propia felicidad: el que ha encontrado el tesoro y la perla quiere que los demás los encuentren también (Mt 13,44-46).

Para la misión, lo primero de todo, lo más importante, es la existencia del grupo mismo. Si no existe la nueva sociedad de hermanos como Jesús la quiso, todo es inútil, no hay nada que ofrecer más que palabras e ideas sin realidad. Tiene que verse que el amor y la felicidad son posibles. Da pena ver cristianos amargados que intentan hacer felices a los demás sin tener ellos experiencia de lo que es la alegría y la paz cristiana. La renuncia a los valores del mundo se hace “por la alegría” de haber encontrado el tesoro (Mt 13,44).

El grupo debe ser visible y ha de percibirse a su alrededor el bien que hace (Mt 5,14-16); hay que pregonar el mensaje sin miedo (Mt 10,26-27), pero con prudencia (Mt 7,6; 10,16).

El que anuncia la buena noticia aparece en el Evangelio (Mt 10,5-15) como pobre (sin dinero, sin provisiones), amable (saludar), sencillo (aceptar la hospitalidad), no exigente (no andar cambiando de casa, Mc 6,10), eficaz, convencido de la urgencia de su trabajo (no perder el tiempo con saludos interminables, Lc 10,4) y de la seriedad e importancia de su misión (si no escuchan, echárselo en cara sacudiendo el polvo de las sandalias). Demuestra la realidad de la salvación curando enfermos y expulsando demonios. Es decir, el enviado personifica en cierto modo la comunidad a que pertenece, su manera de presentarse y de obrar hace visible lo que vive y ofrece la salvación que ya conoce.

San Juan expresa la misión de esta manera: ser instrumento del Espíritu de Dios en su testimonio contra el mundo. El Espíritu quiere probar al mundo que Jesús, el condenado, era inocente y tenía razón; que el mundo que lo condenó era el culpable y que además va a la ruina (15,26-27;16,8-11).
Los cristianos, por tanto, tienen que enfrentarse con el mundo para denunciar su maldad, como hacía Jesús (Jn 7,7). No se puede dejar al mundo tranquilo en su injusticia. Eso, necesariamente, provocará el odio del mundo, que perseguirá al grupo cristiano como hizo con Jesús (15,18-22; 16,1-4). No hay que desanimarse, la empresa es de Dios y Jesús ha vencido al mundo (16,33). A los que, ante esa denuncia guiada por el Espíritu, reconozcan su error, se les perdonarán sus pecados; a los que se obstinen en su maldad, se les imputarán (20,21-23). Y hay que pedirle a Dios con insistencia que acabe con la injusticia en el mundo (Lc 18,1-8).
Otro aspecto importante de la misión es la actitud ante el dolor y la injusticia. No se puede ser indiferente ante el sufrimiento, cualquiera que sea. Nunca se negó Jesús a curar a un enfermo, ni pasó de largo ante el dolor de la madre viuda (Lc 7,11-17); atendió a los que le pedían por sus hijos (Mc 9,21-27; Jn 4,50) y al que tenía a su niña en las últimas (Mc 5,22-24). Tuvo compasión de la ignorancia de la gente y les enseñaba sin cansarse (Mc 6,34); una multitud estuvo con él tres días enteros y les dio de comer cuando se les acabaron las provisiones (Mc 8,1-3). Y, nótese, todo esto lo hacía con personas que no iban a ser discípulos. No hacia el bien por proselitismo, sino por compasión. Muchas veces incluso prohibía publicarlo, todo lo contrario de usarlo como propaganda (Mc 1,44; 5,43; 7,36). Para Jesús la popularidad no es señal de éxito ni contribuye al reinado de Dios (Mc 1,35-39; 6,45; 7,24).

Como Jesús, los cristianos tienen que sentir lástima y pena por el dolor de los demás y estar dispuestos a ayudar para que mejore la situación: aquí viene el compromiso del grupo cristiano en la lucha contra la injusticia en el mundo. La primera tarea será concienciar a la gente, como hacía Jesús, abriéndoles los ojos para que perciban cuáles son las causas de sus males. Hay que desmentir los engaños que propone la sociedad y, el primero de ellos, que ser feliz consiste en tener, acaparar, ser rico, figurar y dominar. Hay que echar abajo los ídolos que crean las ideologías, de cualquier color que sean, y hacer hombres capaces de juzgar los hechos como son; es decir, hay que esforzarse por crear personas libres. En esto no hará el cristiano más que imitar lo que hizo Jesús con el pueblo de su tiempo.

Tendrá también que tomar iniciativas y apoyar las que existen para aliviar el dolor humano, la opresión y la injusticia, aunque sin adherirse a ideologías de poder ni identificar esta actividad liberadora con el reinado de Dios. Combatir la injusticia es necesario y urgente, pero en medio de esta lucha el grupo cristiano debe acordarse siempre de que Jesús, al contrario de los zelotas, no identificaba el reinado de Dios con la reforma de las instituciones. Por mucho esfuerzo que se ponga, mientras el hombre no cambie y Dios no elimine de su corazón las ambiciones, la injusticia seguirá existiendo de una forma o de otra. Jesús enseña que dentro del sistema de dinero y poder no hay solución para ella; la salvación de la sociedad humana se encuentra sólo en el reinado de Dios, en el grupo de “los que eligen ser pobres”, donde ambición y rivalidad están sustituidas por amor y hermandad. Y esto sólo Dios es capaz de realizarlo, creando hombres nuevos mediante su Espíritu.

De ahí el empeño que deben poner los que creen en Jesús por formar comunidades que vivan plenamente el mensaje.





La Iglesia se ha organizado de tal manera que de ella no se puede decir que es el conjunto de personas que viven de acuerdo con el Evangelio o, al menos, que se esfuerzan por vivir de esa manera. Es decir, el Evangelio no configura ni delimita a la Iglesia.

LOS MIEMBROS DE LA IGLESIA NO SON LOS "CONVERTIDOS"...

Esto se debe a una razón fundamental: el hecho generalizado del bautismo de los niños ha provocado, como consecuencia inevitable, que el ingreso en la Iglesia no se deba ya al acontecimiento religioso de la conversión a la fe, sino al hecho sociológico del nacimiento en una familia de bautizados. De ahí que los miembros de la Iglesia no son necesariamente los convertidos al Evangelio, sino los nacidos en determinados paises o en determinados grupos sociológicos. En consecuencia, la Iglesia ha dejado de ser la comunidad de los convertidos al mensaje de Jesús y se ha configurado como la gran masa de los bautizados.

Esta situación ha sido admitida, legitimada y defendida como lo mejor para la Iglesia. Los teólogos han buscado y han encontrado "buenos" argumentos en ese sentido. Y los dirigentes eclesiásticos no han tolerado que esta situación de hecho se ponga seriamente en cuestión. Todos vemos, es verdad, que de esta manera la Iglesia no puede ser definida ni delimitada por el mensaje de Jesús. Pero no parece que eso resulte demasiado preocupante para los dirigentes de la Iglesia. Más bien se puede decir exactamente lo contrario: si un buen día todos los creyentes nos llegáramos a persuadir de que la Iglesia se tiene que definir y delimitar por el Evangelio, ¿no habría que deducir de eso unas consecuencias prácticas que nos resultan sencillamente aterradoras?.

EL EVANGELIO SE HA ACOMODADO A LA ORGANIZACIÓN...

Estando así las cosas, el Evangelio ha sido leído y comprendido desde esta situación admitida como indiscutible. En consecuencia, el Evangelio ha sido interpretado desde la situación de la Iglesia y no al contrario. Es decir, la situación de la Iglesia no ha sido interpretada, discutida y adaptada a las exigencias del Evangelio. 0 en otras palabras, el Evangelio se ha acomodado a la organización eclesiástica y no la organización eclesiástica al Evangelio.

A partir de este planteamiento jamás abiertamente confesado pero siempre implícitamente admitido, la eclesiología ha sido elaborada a partir de los textos del Nuevo Testamento que se prestaban a ser "utilizados" por la ideología del sistema, para legitimar y potenciar la autoridad y los poderes del estamento dirigente, mientras que los textos evangélicos, que no podían ser "utilizados" en ese sentido, fueron sorprendenteniente marginados o interpretados como consejos ascéticos o como palabras piadosas que no tenían más función que alimentar la vida espiritual de los cristianos. Por ejemplo, el poder de "atar y desatar", que en Mt 16, 19 es concedido a Pedro, en Mt 18, 18 se concede a todo miembro de la comunidad. Pero curiosarnente la eciesiología ha tomado en consideración sólo el primero de esos textos, hasta hacerle decir que el obispo de Roma tiene un poder absoluto sobre los reyes y emperadores, según la interpretación de los defensores de la "plenitudo potestatis"(2), mientras que Mt 18, 18 ha sido extrañamente olvidado o incluso ha sido "manipulado" al servicio de la autoridad y de la situación establecida. Y lo mismo se puede decir a propósito de la metáfora de la roca, que, en Mt 7, 24 y Lc 6, 48 se refiere a la solidez y consistencia de la fe que no se limita a oir el mensaje si no que lo pone en práctica. Pero es un hecho que este sentido fundamental de la roca no ha sido tomado en consideración por la eclesiología, mientras que la misma metáfora en Mt 16, 18 se ha venido a erigir en el pilar básico de la estructuración y organización de la Iglesia. Evidentemente si la eclesiología hubiera tomado tan en serio la roca de Mt 7, 24 como lo ha hecho con la de Mt 16, 18, hoy tendríamos una Iglesia estructurada y configurada a partir de las bienaventuranzas y de las palabras de Jesús en el Sermón del Monte. Pero está fuera de duda, que eso resulta sencillamente imposible en una Iglesia que se compone, en la práctica, de casi toda la gente que nace en determinados países o en determinados grupos sociológicos.

LA IGLESIA ES UNA GRAN "MASA" DE BAUTIZADOS...
Esta idea de la Iglesia, como la gran masa de los bautizados, procede del siglo IV. Antes de ese tiempo, las cosas iban de otra manera. Sabemos que Jesús reunió un grupo, que era relativamente reducido(3), que además se distinguía netamente del resto de la población(4). Por otra parte, las comunidades cristianas, que aparecen en los escritos del Nuevo Testamento, eran comunidades más bien pequeñas(5). La palabra kazolike, "universal", ni siquiera aparece en el Nuevo Testamento; y el primer autor cristiano que la usa es Ignacio de Antioquía(6). Pero incluso en aquél tiempo, el término kazolike designaba, no tanto la universalidad, sino la autenticidad de la Iglesia, por contraposición a las sectas heréticas(7). Con el llamado "giro constantiniano" se produce el cambio de mentalidad: la paz de Constantino es vista como el advenimiento del Reino de Dios a la tierra, de manera que como Cristo es rey y señor universal, así la Iglesia también tiene que serlo. La Iglesia coincide con el Imperio; es la "societas christiana"(8). Desde entonces, la idea connatural es que quienes no pertenecen a la Iglesia es por mala voluntad de los mismos. Por eso se dice y se repite que "fuera de la Iglesia no hay salvación" (extra eccieslam nulla salus)(9). Además, es interesante notar que cuando la Iglesia es vista como institución de poder, en paralelismo con el Imperio, entonces es vista también como institución ilimitadamente universal. El poder eclesiástico no tolera limitaciones.

El que nos salva es Cristo...
Desde el punto de vista dogmático, esta manera de entender a la Iglesia tiene sus raíces en la idea según la cual la Iglesia es el medio necesario para la salvación(10). Y esto, a su vez, se basa en la idea de que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo. De donde se deducía: de la misma manera que fuera de Cristo no hay salvación, igualmente tampoco la hay fuera de la Iglesia. De esta manera, las afirmaciones soteriológicas (que se refieren a la salvación) del Nuevo Testamento, que son afirmaciones cristológicas (11), pasan a ser afirmaciones eclesiológicas: la obra de la Iglesia se identifica con la obra de Cristo; por tanto, la fe en que Cristo nos ha salvado se convierte en el convencimiento de que la iglesia salva a los hombres, lo cual contradice la enseñanza del Nuevo Testamento, que atribuye siempre la sotería (salvación) a Cristo, de tal manera que de la Iglesia se dice que también es salvada por el mismo Cristo (cf. Ef 5, 23).
Con todo esto quiero decir que la teología, que sustenta la idea de una Iglesia masiva y multitudinaria, es una teología que apenas tiene consistencia, porque nace de las ideas que tienen su origen en el "giro constantiniano"; y porque maneja los datos del Nuevo Testamento de una manera arbitraria y según sus propios intereses.

CANTIDAD SIN CALIDAD...
Por otra parte, lo que le interesa a esta mentalidad eclesiástica es que en la Iglesia haya el mayor número posible de gente. La afirmación constante, que se hace en los ambientes eclesiásticos es que "hace falta un cristianismo popular" (12). Y con eso se quiere decir, no que la Iglesia este enraizada en el pueblo, sino que en la Iglesia haya el mayor número posible de gente. Es decir, que todo el mundo esté en la Iglesia, lo mismo los ricos que los pobres, los dominadores y los dominados, los explotadores y los explotados. Es evidente que una Iglesia, concebida en esos términos, no puede tener una relación clara y transparente con el Evangelio.

Pero hay más. Esta idea de la Iglesia multitudinaria y masificada entraña dos consecuencias importantes, según afirman sus defensores: este cristianismo no puede realizarse sino mediante la valoración de lo "religioso"; y también mediante instituciones temporales cristianas. De ahí que el ideal, para los que piensan de esta manera, es la "sociedad católica" o el nacional-catolicismo(13). Quien más claramente ha formulado estos planteamientos ha sido el cardenal Daniélou: "Mi punto de partida es este: la fe a la que todos los hombres están llamados, no es fácilmente posible a la gran mayoría de los hombres nada más que cuando el ambiente, en el que viven, la hace posible. En otros términos: un hombre no tiene normalmente una vida personal bastante robusta para poder mantener en forma duradera sus convicciones frente a un ambiente indiferente u hostil"(14). Y la consecuencia, que se deduce de todo esto, es que no basta con bautizar individuos o comunidades, sino que además es necesario también bautizar ambientes, o sea, la fe no sólo como opción personal, sino además como hecho sociológico.

MUCHAS PRACTICAS Y MUCHOS RITOS...
La consecuencia más importante, que se ha seguido de toda esta manera de pensar, es que la Iglesia ha renunciado, en la práctica, a ser definida y configurada por el Evangelio. Y entonces, ¿qué es lo que define y configura a la Iglesia? Pues sencillamente: la religión, las prácticas religiosas, las observancias rituales, el sometimiento al Papa y poco más. De ahí la sobrevaloración de normas, ritos y ceremonias, mientras que lo profético y lo utópico es mirado con manifiesto recelo o incluso con positiva hostilidad.

En definitiva, se trata de comprender que es más cómodo practicar la religión que vivir el Evangelio. Porque la religión da seguridad y satisfacción al que la practica, mientras que el Evangelio es compromiso, riesgo, persecución y cruz. Es más, la religión significa a sus dirigentes, les da poder, autoridad y prestigio, les retribuye económicamente y, sobre todo, los sitúa en un rango aparte, por encima de los simples fieles. Por el contrario, el Evangelio exige despojo de lo que se tiene, para compartirlo con los demás, nada de dignidad o de honores, sino servicio incondicional, solidaridad con los más desgraciados de este mundo, enfrentamiento con los poderes opresores que actúan en la sociedad y estar dispuesto a ser considerado como un delincuente y un subversivo. Por todo esto se comprende que en la Iglesia haya mucha gente dispuesta a practicar la religión y muy pocas personas comprometidas de verdad con el Evangelio.

Y, en definitiva, todo esto es lo que explica que una religión multitudinaria y masificada, como es la Iglesia, no esté ni pueda estar delimitada por el Evangelio. De ahí que los católicos son la gente que se somete a de terminadas ritos sacramentales, acepta ciertas verdades, acude a tales templos y se relaciona con el clero católico. Estas cosas son las que distinguen a los miembros de la Iglesia católica. Pero es evidente que no se puede decir con objetividad que los católicos son los que viven de acuerdo con el mensaje de Jesús. Así están las cosas en la Iglesia. Y esta es su situación frente al Evangelio.

NOTAS
(1). En este punto, la exégesis contemporanea está de acuerdo. Jesús se dirige, en este discurso, a todos los miembros de la comunidad. Y, en este versículo, el pronombre úmin (vosotros) lo expresa claramente. No hay, pues, derecho a limitar el significado sólo a los apóstoles. Cf. P. Bonnard, L'Evangile selon saint Matthieu, Ncuebátel 1963, 275; J. Mateos - F. Camacho, El Evangelio de Mateo, Madrid 1981, 187; E. Schweizer, Die neutestamentilebe Gemeindeordnung: Ev Th 6 (1947) 338 ss. La enseñanza del concilio de Trento, en el sentido de que, en este texto, se habla sólo de los obispos y sacerdotes, no es una definición dogmática, sino una mera declaración (deciarat saneta Synodus), que no puede invalidar el sentido exegético del texto. Cf. la declaración del Tridentino, en ses. XIV, cap. 6. DS 1684.
(2). Como ya se ha indicado anterionnente, está demostrado que los papas y los teólogos, que defendieron la "plenitudo potestatis", se fundaron bíblicamente en el texto de Mt 16, 18-19. Sobre este punto, cf. J. A. Watt, "The Theory of Papal Monarch in the thirteenth Century", London 1965, 83-92.
(3). Es verdad que la comunidad de Jesús no se limita sólo a "los Doce" (Mt 8, 21; 27, 57; Me 4, 10; 10, 32). Es más, de ella envió Jesús setenta y dos discípulos a la misión (Lc 10, 1. 17). Pero Jesús mismo reconoce que se trata de un grupo pequeño, es "el pequeño rebaño" (Lc 12, 32). Cf. J. Schmid, L'Evangelo secondo Luca, Brescia 1965, 282.
(4). Los testimonios en este sentido son abundantes: Mt 9, 10; 14, 22; Me 2, 15; 3, 9; 5, 3 1; 6, 45; 8, 34; 4, 14; 10, 46.
(5). Como se ha dicho muy bien, conocemos la iglesia de la casa de Filemón (Fil 2), la iglesia que se reune en casa de Aquila y Priscila (Rom 16, 3; 1 Cor 16, 19); Gayo hospedaba a toda la iglesia de Corinto (Rom 16, 22), Pablo predicaba y enseñaba por las casas (Hech 20, 20), es decir instruía en las reuniones domésticas de cada comunidad. En Tit 1, 11, se lamenta que los herejes seduzcan y transtornen "casas enteras". R. Aguirre, La Iglesia del Nuevo Testamento y preconstantiniana, Madrid 1983, 23-24. Por consiguiente, las comunidades se reunían en las "casas", cosa que ya se dice en Hech 2, 47. Se trataba, por tanto, de comunidades reducidas.
(6). Cf. Y Congar, en Mysterium Salutis IVII, 493.
(7). Cf. Y. Congar, o. c., 493-494,
(8). Cf. H. Fries, en Mysterium Salutis IV/I, 244 s.
(9). Este principio teológico aparece, por primera vez, en Cipriano (De Ecci. unitate, 6). Más tarde, en Fulgencio de Ruspe (De fide ad Petrum, 375 S. PL 65, 703 s). De esta manera, se llegó a endurecer una doctrina que en san Agustín no era de tal manera intolerable. Cf. 1. Riudor, Iglesia de Dios, Iglesia de los hombres, 1, Madrid 1972, 213. En el Magisterio, aparece ya en el concilio XVI de Toledo (DS 575), en la profesión de fe impuesta a los Valdenses (DS 792), en el concilio IV de Letrán (DS 802), en la bula "Unam Sanctam" de Bonifacio VIII (DS 870), en el concilio de Florencia, decreto "pro lacobitis" (DS 1351) y en otros documentos posteriores de menor importancia: Gregorio XVI (DS 2730-2731), Pio IX (DS 2867) y Pio XU (DS 3821, cf. DS 3866-872). Pero es interesante notar que, en documentos propiamente definitorios, aparece por última vez en el concilio de Florencia. A partir del descubrimiento de América, no hay definición dogmática sobre este asunto. Se pensaba que quienes no estaban en la Iglesia era por mala voluntad, cosa que, a partir del descubrimiento del Nuevo Mundo, no se podía decir.
(10). Los teólogos han enseñado, durante mucho tiempo que la Iglesia es necesaria para la salvación no sólo porque eso esta mandado (necessitas praccepti), sino además porque ella es el único medio que el hombre tiene a su disposición para salvarse (necessitas medii), lo cual quería decir que la pertenencia a la Iglesia es de tal manera necesaria que incluso si inculpablemente se está fuera de ella, en ese caso tampoco se puede obtener la salvación. Pero como esto presentaba una dificultad muy grave, los mismos teólogos dijeron que este "medio" puede ser suplido por el deseo, al menos implícito, de pertenecer a la Iglesia. Lo cual extrañaba una contradicción manifiesta, porque equivalía a afirmar que la "necessitas medii", que por definición no depende de la voluntad, podía ser suplida por un acto de voluntad. Cf. Semmelroth, en Mysterium Salutis, IVII, 348.
(11). Hech4, 12; 15, 11; 16,31; Rom 5, 9-10; 10, 9. 13; 1 Cor 1, 21; Ef 5, 23; Fil 1, 19; 1 Tes 5, 9; 2 Tim 2, 10. Además el titulo de "Salvador" se atribuye siempre a Cristo o a Dios: Lc 1, 47; 2, 1 1; Jn 4, 42; Hech 5, 3 1; 13, 23; Ef 5, 23; Fil 3, 1 0; 1 Tim 1, 1; 2, 3 (Dios); 4, 1 0 (Dios); 2 Tini 1, 1 0; Tit 1, 3 (Dios); 4, 3; 2, 1 0 (Dios); 2, 13; 3, 4 (Dios); 6, 3; 2 Pe 1, 1. 1 1; 2, 20; 3, 2. 1 8; 1 Jn 4, 14; Jud 25 (Dios). Cf. J. Schneider, en L. Coenen, E. Beyreuther, H. Bietenhard, "Diccionario Teologico del Nuevo Testamento", vol. IV, Salamanca 1984, 64-66.
(12). Cf. J.Daniélou - J. P. Jossua, "Cristianismo de masas o de minorías", Salamanca 1968, 100.
(13). Cf. R. Díaz Salazar, "Iglesia, Dictadura y Democracia", Madrid 1981, 67-90.
(14). J.Daniélou - J. P. Jossua, o.c., 127-128 Del cap. VII de "La Iglesia y el Evangelio" (Comunidades cristianas populares de Granada)



Es verdad que el poder eclesiástico no intenta ya ejercerse sobre las realidades profanas y seculares, al menos de una manera directa. Pero es evidente que el poder del clero, en el interior de la Iglesia, sigue siendo un hecho decisivo en la vida de los fieles y en la marcha de la institución eclesial. Y más aun cuando se trata del poder de los obispos sobre los simples clérigos y, sobre todo, el poder del papa y de la curia vaticana en el conjunto de la Iglesia. Además, el deseo de prestigio y reconocimiento social y público es un hecho que salta a la vista, si observarnos los comportamientos eclesiásticos, especialmente cuando se trata de las altas esferas. Y en cuanto al apego al dinero, baste pensar que la institución eclesiástica maneja muchos millones cada año, porque en realidad es mucho el dinero que necesita, para que la institución funcione tal como de hecho está organizada.

¿CÓMO ES POSIBLE QUE ESTO HAYA LLEGADO A SUCEDER?
A la vista de esta situación, es lógico hacerse una pregunta elemental: cómo es posible que en la Iglesia haya llegado a suceder todo esto y ademas que estemos como estamos? Esta pregunta quiere decir varias cosas. Ante todo, quiere decir que resulta misterioso el hecho de que en la Iglesia se haya leído todos los días el Evangelio, que además se haya leído por personas de buena voluntad, y que sin embargo se haya hecho muchas veces lo contrario de lo que dice ese mismo Evangelio. En segundo lugar, quiere decir que resulta aun más misterioso el hecho de que la relación entre la Iglesia y el Evangelio no solo sea confusa y problemática, sino ademas que eso no sea un problema obsesionante para los creyentes en general y, más en concreto, para los dirigentes eclesiásticos. Y en tercer lugar, quiere decir que lo más extraño de todo es que el simple hecho de decir estas cosas -por lo demás tan vulgar- resulte novedoso, sorprendente o inquietante para no pocas personas que se consideran creyentes en Jesús y su Evangelio. No cabe duda que aquí pasa algo muy raro. ¿Qué es eso?.

¿QUIÉN TIENE LA CULPA?
Cuando se plantea una pregunta como esta, es absurdo preguntar quién tiene la culpa de que todo esto suceda así. Y ante esta pregunta, es frecuente que se eche la culpa a los dirigentes de la institución eclesiástica (obispos y sacerdotes), porque no han estado ni están a la altura de las circunstancias, bien sea porque han sido y son malos sacerdotes, bien sea porque no han estado ni están suficientemente preparados. Otras veces, se afirma que la culpa está en la gente, que va perdiendo la fe por causa del materialismo imperante. Por eso, piensan algunos, la Iglesia no vive de acuerdo con el Evangelio, porque ni los clérigos son todo lo evangélicos que tendrían que ser, ni los cristianos en general tampoco.

Sin embargo, lo que acabo de decir no explica nada. En primer lugar, porque cuando se piensa o se habla de esa.manera, lo único que se hace es repetir con otras palabras lo que se trata de explicar, a saber: que la Iglesia no vive de acuerdo con el Evangelio, porque sus miembros, a todos los niveles, no son todo lo evangélicos que tendrían que ser. Eso es sencillamente decir dos veces la misma cosa con palabras distintas. Por otra parte, está claro que estas explicaciones de tipo "moralizante", aparte de la ingenuidad que entraña, son bastante desacertados o incluso sencillamente falsas. Porque no todos los obispos, ni todos los papas, ni todos los sacerdotes han sido o son tan malos como a veces se dice. Es más, parece que más bien se puede afirmar exactamente todo lo contrario, al menos si nos referirnos a las altas esferas. Por lo general, los papas y los obispos han sido buenas personas y muchos de ellos han sido hombres de santidad eminente. En cuanto a los sacerdotes - que han sido millones -y a los fieles cristianos en general- que han sido muchos más millones todavía -es a todas luces calumnioso el decir sin más que han sido y siguen siendo gentes descreídas y de poca conciencia.

Cuando se hacen afirmaciones de este tipo, se incurre inevitablemente en simplificaciones tan fáciles de decir como difíciles de probar. Insisto, por consiguiente, en que con explicaciones de esta clase, en realidad no se explica nada. En consecuencia, tenemos que buscar la explicación por otro sitio. Yo creo que esa explicación está en lo que es la actual organización de la Iglesia.

LA IGLESIA ES UNA GRAN INTITUCIÓN... 
NO SOLO RELIGIOSA

En efecto, la Iglesia no es ya solamente la comunidad de creyentes que convocó Jesús. La Iglesia no es ya solamente la comunidad de personas que, por la fuerza del Espíritu, han dado un paso decisivo en la vida y se han "convertido", abandonando, de una vez por todas, la escala de valores que presenta el "orden establecido" y han abrazado conscientemente la escala de valores que presenta el mensaje de Jesús. En la Iglesia -no cabe duda- hay algo de eso, incluso bastante de eso. Pero la realidad es que la Iglesia es, ademas de eso, otras muchas cosas. La Iglesia, en efecto, es una gran institución, extendida por todo el mundo y dotada de una fuerte organización cuyo centro es Roma.

Esta institución es, además de una institución "religiosa", un organismo docente, asistencia¡, cultural, político, económico, etc. Esto quiere decir que la Iglesia se ha "especializado", es decir la Iglesia no es ya solamente la comunidad de los hombres y mujeres que viven unidos por la fe en Jesús, sino que además es la gran institución que mantiene y lleva adelante una cantidad considerable de obras y organizaciones "especializadas" en los más diversos campos de la convivencia humana.

Para hacerse una idea del volúmen de organización y "especialización", que comporta la Iglesia católica, hasta recordar que los sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares que trabajan a tiempo pleno para la organización supera, en nuestros días, el millón y medio de personas (1). Como es natural, este volúmen de personas supone igualmente una cantidad de obras, instituciones y organizaciones cuyo número y entidad resulta prácticamente imposible de calcular. Se trata de la más variada gama de actividades y organizaciones, desde las más estrictamente religiosas (parroquias, conventos ... ) hasta las más profanas (centros de enseñanza e investigación, medios de comunicación social, organismos económicos y bancarios ... ). Por lo demás, sabemos que esta organización masiva y multitudinaria se caracteriza, entre otras cosas, por su fuerte dependencia de Roma, debido a la centralización creciente que se va imponiendo en los últimos años.

Sabemos, por ejemplo, que el número de funcionarios, que trabajaban en la Curia Romana, es decir la ORGANIZACIÓN central de la Iglesia católica ha duplicado prácticamente el número de sus empleados durante los años que han seguido al concilio Vaticano II (2), lo que supone que el aparato organizativo se ha complicado aun más. Y por consiguiente, el proceso de "especialización", en vez de disminuir, va claramente en aumento.

SE HACEN NECESARIOS GRANDES 
MEDIOS ECONÓMICOS...

Es verdad que si la Iglesia se ha "especializado" de esta manera y en el sentido que acabo de explicar, ello se debe a que los responsables de la institución eclesiástica han considerado que eso es necesario para que la Iglesia pueda cumplir mejor su misión en el mundo y en la sociedad. Por eso la Iglesia se ha dedicado a la enseñanza, a la investigación, a la asistencia caritativa, a la difusión de las ideas y tantas otras actividades. Todo eso, en principio, es coherente. Y nadie puede dudar del bien que ha hecho la Iglesia, a lo largo de los siglos, en el terreno de la educación, la asistencia a los necesitados, la promoción de la cultura desde los más diversos puntos de vista. Pero la verdad es que, si queremos ser enteramente objetivos, no podernos mirar las cosas sólo desde ese ángulo. Porque, lógicamente, para llevar tantas empresas adelante, la Iglesia ha necesitado y sigue necesitando unos medios económicos cuantiosos, un reconocimiento social y público, una convivencia equilibrada con relación a los poderes políticos y financieros, un prestigio cultural y, en definitiva, una adaptación al complicado sistema de intereses que de hecho operan en la sociedad. Ahora bien, todo esto quiere decir que la "especialización" de la Iglesia ha segregado inevitablemente unos "intereses" que la institución eclesiástica tiene que mantener y potenciar, si es que quiere sobrevivir, tal como funciona, en una sociedad como la nuestra.

HAY MUCHOS INTERESES ...
Estos "intereses" de la institución eclesiástica son tan variados y complejos como variadas y complejas son las empresas y organismos que la "especialización" de la Iglesia ha montado en la sociedad. Por eso, todo el mundo sabe que la Iglesia tiene y defiende unos "intereses" de tipo económico, otros que son de tipo ideológico, otros que se mueven en el terreno de lo estrictamente político. Por supuesto, a nivel de las ideas, la Iglesia hace todo eso para gloria de Dios y servicio de¡ hombre; pero en el nivel concreto de los hechos, la verdad es que se trata de verdaderos "intereses" económicos, ideológicos y políticos. Por eso, sin duda, la historia de los últimos cien años nos ha enseñado la enorme tolerancia que la Iglesia ha tenido - y sigue teniendo - con los sistemas sociopolíticos de signo capitalista, mientras que su actitud es enteramente distinta frente a los movimientos de orientación socialista, que por lo general han sido anticlericales, es decir opuestos a los "intereses" de la institución eclesiástica (3).

Todo esto quiere decir qué en la Iglesia coexisten, como fruto de su "especialización", unos fines estrictamente evangélicos y unos intereses estrictamente mundanos. Porque, en definitiva, se trata de intereses basados en el dinero, el poder y el prestigio. Es decir, en la Iglesia coexisten dos grandes fuerzas opuestas entre sí: de una parte, la fuerza de los fines evangélicos que la Iglesia no cesa de predicar constantemente; de otra parte, la fuerza de los intereses antievangélicos que la misma Iglesia defiende con toda energía y con todo convencimiento. Ahora bien, la consecuencia practica y concreta, que se sigue de todo esto, es que la ORGANIZACIÓN eclesiástica "neutraliza" la fuerza del mensaje evangélico que la misma Iglesia no cesa de proclamar entre los hombres.

PERO EL VERDADERO MENSAJE 
DEL MAESTRO SE "OSCURECE"...

¿Por que se produce esta "neutralización" del mensaje evangélico en la Iglesia y a causa de la misma Iglesia? Ante todo, por la dinámica inherente a la organización eclesiástica. La Iglesia, bien lo sabemos, es una realidad divina y sobrenatural. Pero es también una institución social, que funciona en este mundo y que, por consiguiente, se ve sometida a las formas de comportamiento de las organizaciones de este mundo. Ahora bien, todos sabernos que las organizaciones son unidades sociales que persiguen fines específicos; su verdadera razón de ser está en conseguir tales fines. Pero, una vez formadas, las organizaciones adquieren necesidades propias, y estas se constituyen a veces en las dueñas de la situación. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, cuando una fundación gasta más dinero en pagar a su personal dirigente, sus construcciones y su publicidad que en hacer la caridad, fin para el que la ORGANIZACION fué montada y para el que recauda sus fondos (4).

En otras palabras, esto quiere decir que toda ORGANIZACIÓN se ve constantemente amenazada de confundir, en la práctica, los intereses de la institución con los fines para los que ha sido creada esa institución. Y no solo de confundir los intereses con los fines, sino, lo que es más grave, anteponer los intereses a los fines. Por eso, es frecuente que la Iglesia, en cuanto institución social organizada, cuyo fin es conseguir que los hombres vivan el mensaje de Jesús rechazando toda servidumbre ante el dinero, el poder y el prestigio, sin embargo, a la hora de la verdad, esta misma Iglesia se afana por mantener un montaje económico de considerable envergadura (con el ínevitable tributo al sistema económico imperante), por salvaguardar a todo precio su prestigio y por acrecentar su poder real y efectivo en la sociedad. Es verdad que, por lo general, los dirigentes de la institución eclesiástica buscan el dinero, el poder y el prestigio porque están persuadidos de que todo eso es necesario en este mundo, para que se pueda llevar a cabo la evangelización de los hombres. Pero en la practica resulta que, de esa manera, los hombres ven muchas veces que la Iglesia se preocupa más por buscar sus intereses que por lograr sus fines. Y así, lo que sucede con demasiada frecuencia es que la Iglesia tiene efectivamente dinero, poder y prestigio, pero no hace presente en la sociedad el mensaje de Jesús.

SE TRATA DE UN PROBLEMA DE COHERENCIA

Esta ultima afirmación debe ser explicada. Se trata de un problema de coherencia. Quiero decir que mucha gente encuentra cada día menos coherencia entre el "modelo oficial" de la religión (en nuestro caso la Iglesia institucional) y las aspiraciones de significado último que esa misma gente busca y espera encontrar en la institución religiosa. La razón de este fenómeno está en que la Iglesia, como he explicado antes, ha asumido una serie de tareas seculares y mundanas, que motivan a su vez una serie de "intereses" igualmente seculares y mundanos. De ahí que la Iglesia continúa hablando de las cuestiones "últimas" de la vida, pero al mismo tiempo está haciendo demasiadas cosas que no tienen nada que ver con esas cuestiones "últimas" o incluso las contradicen manifiestamente. Un ejemplo en este sentido: lo que los sacerdotes y educadores predican pero no practican es interiorizado por los niños y los jóvenes como un sistema de retórica más bien que como un sistema de significado último. En el límite de este proceso, nos encontramos con una situación en la que una cantidad innumerable de individuos estas socializados en el modelo "oficial" de la religión, pero en la que casi nadie toma el modelo al pié de la letra. Las prácticas religiosas se cumplen entonces por una variedad de motivaciones que, en el fondo, quizás no son religiosas; y las creencias religiosas se ven convertidas en opiniones (como, por ejemplo, la afirmación de que Dios es omnipotente) que no guardan relación directa con las prioridades efectivas de la conducta de los individuos (5).

CONSECUENCIA: 
EL DESAJUSTE EN LA VIDA DE LOS FIELES.
La consecuencia última que se sigue de este estado de cosas es el desajuste radical en la vida de los fieles. Mucha gente sigue teniendo fe. Es más, con frecuencia esa fe empuja a los individuos a buscar precisamente lo que predicaba y practicaba Jesús de Nazaret: la salvación integral del hombre; y por tanto, en lo que se refiere a este mundo, una convivencia más humana entre los hombres, una existencia basada, no ya en la pasión por poseer, por dominar y por brillar, sino en la igualdad entre todos, en la fraternidad entre todos, porque todos somos hijos del mismo Padre, en la libertad y en el amor. Pero la verdad es que el modelo "oficial" de la religión no responde con los hechos a esas aspiraciones, sino que por el contrario, debido a su alto grado de "especialización", la Iglesia institucional se ve constantemente complicada en el entramado sucio de los "intereses" económicos, sociales y políticos, que determinan las relaciones humanas e institucionales a todos los niveles. De donde resulta la ambigüedad en las palabras, la indecisión en los compromisos, la falta de transparencia en los hechos y, en última instancia, la contradicción entre lo que mucha gente busca y lo que la Iglesia le ofrece. Sin olvidar que, en algunos casos, se ha llegado a cosas mucho más graves. Incluso en la actualidad, es un hecho que el poder eclesiástico resulta una carga demasiado pesada para muchos cristianos, como es un hecho igualmente que en la Iglesia se sigue manejando mucho dinero, de manera que los asuntos relacionados con la economía no aparecen ni claros ni transparentes en determinados ambientes eclesiásticos. Y en cuanto a la vanidad, ya hemos dicho que hoy subsiste en la Iglesia, reglamentada y atemperada por la misma legislación eclesiástica.

LO QUE FALLA ES LA ORGANIZACIÓN ACTUAL.
En los ambientes clericales se suele decir que todo eso es necesario para que la Iglesia pueda cumplir su misión en el mundo. Es decir, se afirma que la Iglesia necesita poder, prestigio y dinero, para salvar a los hombres y para desarrollar su tarea en la sociedad. Ahora bien, semejante planteamiento resulta sencillamente inadmisible. Por dos razones. Primero, porque Jesús jamás enseñó semejante doctrina, sino justamente todo lo contrario. Segundo, por que, en el fondo, eso equivale a decir que el fin justifica los medios: un fin bueno, como es la salvación del mundo, justificaría la utilización de unos medios antievangélicos, como son el poder y el mando que somete a la gente, la pompa y el boato del Vaticano y de las curias episcopales, la utilización de mucho dinero con las dependencias que eso supone respecto al gran capital. Pero bien, sabemos que la misma Iglesia ha rechazado siempre la doctrina según la cual el fin justifica los medios. Aquí la contradicción de la Iglesia consigo misma resulta bastante clara.

Por lo demás, en todo este asunto hay que tener presente que donde hay poder y dinero suele haber también corrupción. Los escándalos de las finanzas del Vaticano y otros asuntos similares parecen indicar que esa corrupción es un hecho.

En resumen: el problema que se plantea a partir de lo dicho, es si la Iglesia, a partir de su ORGANIZACIÓN actual, puede vivir de manera coherente con el Evangelio; y si puede proclamar el mensaje de Jesús de forma que resulte creíble y aceptable. Esto quiere decir que la relación entre la Iglesia y el Evangelio no es primordialmente un problema de tipo moral o ético, sino de carácter institucional y organizativo. En otras palabras, lo que fundamentalmente falla en la Iglesia actual es su ORGANIZACIÓN, de tal manera que sólo el día que esa ORGANIZACIÓN se transforme, será posible una verdadera coherencia entre la Iglesia y el Evangelio.

NOTAS
(1) Anuario Estadístico de la Iglesia
(2) Cf. R.Laurentin, NOUVEAUX MINISTERES ET FIN DU CLERGE, París.
(3) Cf. F.Houtart. LES RELIGIONS COMME REALITES SOCIALES, Paris
(4) Cf.A.Etzioni, LES ORGANISATIONS MODERNES. Gembloux
(5) Cf.Th.Luckmann, LA RELIGION INVISIBLE, Salamanca
Artículo basado en el cap. VI de "La Iglesia y el Evangelio" (Comunidades cristianas populares de Granada)

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