EL Rincón de Yanka: 🏭 LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO: HISTORIAS DE LAS IDEAS SOBRE LA PROPIEDAD PRIVADA

inicio








viernes, 16 de junio de 2017

🏭 LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO: HISTORIAS DE LAS IDEAS SOBRE LA PROPIEDAD PRIVADA


🏭 LOS ENEMIGOS DEL COMERCIO
HISTORIA DE LAS IDEAS SOBRE LA PROPIEDAD PRIVADA

La aparición de la sociedad de consumo es un hecho muy reciente, precedido por dos milenios de modelos sociales hostiles a ella. Sin embargo, su éxito ha sido tan completo que unas pocas décadas han bastado para borrar no sólo muchas instituciones, sino hasta el recuerdo de sus alternativas morales y prácticas. Se nos ha olvidado, por ejemplo, que el fundador del cristianismo empezó y terminó su vida pública expulsando a mercaderes, e incluso que desde mediados del siglo XIX a finales del XX no hubo cuestión moral y política comparable al comunismo. 

¿Quiere esto decir que hemos pasado página definitivamente? 

Antonio Escohotado plantea la pregunta sin dogmatismo, repasando con lupa de entomólogo las situaciones y los argumentos opuestos al tipo de mundo en el que acabamos de instalarnos. Tras localizar el complejo que precipitó la idea del comercio como un mal infeccioso, pasa a describir sus altibajos desde la civilización grecorromana hasta el día de hoy. Este análisis supone compartir con el lector una larga peripecia, donde algo que ayuda a entender nuestros orígenes tiene también el color insuperable de lo real. Los enemigos del comercio ofrece la primera historia completa del comunismo, que al ir contextualizando sus etapas expone la evolución paralela del individualismo y el pensamiento liberal.

Introducción 
«La humanidad no posee regla mejor de conducta que el conocimiento del pasado». 
Polibio, Historia del ascenso de Roma, I, 1. 

Hace algo menos de una década, cuando empecé este libro, me había propuesto en principio algo sencillo y dictado por la necesidad de reconstruir para entender. El objetivo era precisar tanto como fuese posible quiénes, y en qué contextos, han sostenido que la propiedad privada constituye un robo, y el comercio es su instrumento. 

Varios años más tarde — tras averiguar quiénes fueron esas personas y grupos desde el siglo XIX— comprendí que su tesis era muy anterior, que había reinado largos siglos sin oposición y que esa zona del árbol genealógico comunista era pertinente para no confundir allí el tronco y las hojas, lo perenne y lo caduco. Como cabía esperar, el trabajo de documentación se hizo a partir de entonces mucho más arduo e incierto, acechado a cada paso por una evidencia tan incómoda como lo mencionado por un sabio a propósito de otro anterior: 

«Entonces un hombre era capaz de recorrer toda la ciencia y todo el arte, y trabajar en campos muy distantes sin condenarse al desastre» (1). En mi caso el desastre no venía de campos sino de tiempos vertiginosamente distantes, y la anticipación del fracaso se habría sobrepuesto si el trabajo no hubiese sido compensado con descubrimientos en gran medida imprevistos, que ofrecían una prolongación del sentido. Al leer la cuarta historia del socialismo, por ejemplo, pude ver que no sólo todas manejaban un paquete de información casi idéntico, sino que hacían gala de un pionero gusto por lo políticamente correcto (2). Cuando mucho, mencionan de pasada a una secta israelita que identificó la compraventa con un pecado de hurto, sin añadir que buena parte de sus miembros se transformaron en nazarenos o ebionitas —el grupo original de Juan Bautista y Jesús—, y que su enseñanza vertebra el Evangelio. El especialista en historia moderna de las ideas entiende que esto es religión, que lo propuesto por Fourier, Blanqui o Marx es política, y que el comunismo constituye una rama del pensamiento socialista. 

Preguntándome por qué la genealogía de este movimiento se encuentra en un estado tan rudimentario, a despecho de su inexagerable impacto universal, no encuentro mejor respuesta que la de respetar el divorcio entre sus militantes teológicos y sus militantes ateos. Las crónicas suelen estar guiadas por el sine ira et cum studio de Tácito, que en definitiva quiere saber más sobre nosotros mismos, pero en este terreno los protagonistas principales insisten en no querer saber nada el uno del otro. 

La Academia de Ciencias de la URSS patrocinó cientos de obras sobre el materialismo dialéctico, aunque nunca asumió una historia circunstanciada y veraz del comunismo, donde habría sido imposible no aludir a san Juan Crisóstomo y al Código de derecho canónico al documentar la idea llamada más tarde fetichismo de la mercancía. La Santa Sede, custodio de un archivo incomparable sobre herejías y alzamientos comunistas con raíz evangélica, tampoco ha instado alguna historia del fenómeno, porque exhumar el conflicto entre la civilizada Iglesia actual y sus milenaristas de otrora abriría heridas profundas. Véase, sin ir más lejos, cómo ha preferido perder feligreses en Iberoamérica a admitir en su seno la corriente llamada Teología de la Liberación. Por otra parte, despreciar el principio de continuidad se paga con dogmatismo, «y grandes perjuicios se han seguido de ceder a esa tentación, que traza anchas líneas divisorias allí donde la naturaleza no ha dibujado ninguna» (3)

En el caso del movimiento comunista, la tentación simplificadora lleva a pasar por alto la tenacidad de algo que desde la cristianización del Imperio romano alterna fases explosivas con otras de eclipse, sin desaparecer jamás. En realidad, atender a esa combinación de escrúpulos e ignorancia nos vela la evolución del más formidable disidente conocido, cuyo parto coincide con el momento en que nuestra cultura se lanzó a apostar por la libertad política y la innovación, como hicieron algunas ciudades griegas en el siglo VI a. C. Hasta entonces el autogobierno era una rareza propia de las sociedades sin Estado —grupos de ágrafos que nunca alcanzan un mínimo de densidad demográfica—, y las sociedades demográficamente densas estaban sujetas a un autócrata divino, que al legislar fundía por fuerza el derecho natural o permanente y sus privadas ocurrencias. Con la democracia que pusieron en circulación Atenas y otras polis comerciales llegó un Estado sencillamente inaudito, donde la autoridad dejaba de ser sagrada. Innumerables automatismos y suposiciones sucumbirían a consecuencia de ello, y la expresión más brillante de escándalo es una República platónica concentrada en oponer seguridad y libertad. Allí, junto a la propuesta de regresar a la severidad del ayer, encontramos también por primera vez la de reconvertir lo privado en común. Desatendido políticamente por sus compatriotas, Platón se convirtió más tarde en el principal inspirador de la teología, la pedagogía y la ética cristiana. Su crítica de la democracia como demagogia triunfó y, sin embargo, la aspiración al autogobierno no pudo erradicarse. Por caminos casi siempre sinuosos acabó imponiéndose una libertad inseparable de innovación, y Europa se convertiría en foco de una cultura occidental llamada a ser política y económicamente hegemónica. 

La tradición china, la hindú y tantas otras se aplicaron a anular la erosión del tiempo, concentrando las energías presentes sobre un retorno perenne de lo igual. La nuestra acabó descubriendo cómo servirse de la caducidad para convertir el círculo en una figura abierta, y se sostiene —de modo tan próspero como acrobático— sobre un cultivo del hallazgo. Como el motor de propulsión a chorro, que jubiló al de hélice, vive de excitar controladamente la turbulencia y es —atendiendo a la conocida expresión de Schumpeter— un sistema de desequilibrio creativo. En otros términos, la sociedad competitiva o abierta se construyó polemizando con un alter ego soliviantado por el prosaísmo calculador. Al exigir una identidad mucho más estrecha como garantía de sosiego estable, este anverso del yo comercial se demostró capaz de «crear, educar y subvencionar un disfrazado (vested) interés por el desasosiego social» (4), y como podremos seguirlo en sus pormenores baste recordar ahora dos momentos estelares. Al principio, antes de que el Imperio romano se convirtiese en un Saturno devorador de su prole, el régimen de amplísima autonomía municipal diseñado por Julio César creó clases medias locales, y un número creciente de personas pasaron a ser hombres de negocios. Pero es precisamente entonces cuando llega una denuncia del propietario y el comerciante como enemigos del pueblo, unida al anuncio de un Juicio Final donde los pobres se regocijarán viendo cómo Dios fulmina a los ricos. Dos milenios más tarde, en un mundo secularizado, cincuenta años bastan para que ateos enérgicos impongan dicho trance a la mitad de la población mundial. 

Han cambiado muchas cosas salvo el contenido, que antes y después es un ajuste de cuentas precisamente «implacable». El sello occidental del fenómeno brilla en el hecho de que acabase siendo asumido por veintidós estados (5) de cuatro Continentes, sin que ninguno de esos gobiernos le encontrara algún paralelo o precedente autóctono al marxismo-leninismo. Tanto en África como en Iberoamérica y Asia un alemán y un ruso iban a ser, y son, su única brújula. Entre los europeos de mediana edad, quienes no resultaron guiados materialmente por ella se criaron tomando partido a favor o en contra, y ahora —a juzgar por el espacio que ocupa en los medios— la actitud se encuentra en una de sus fases poco expansivas, más proclive por ello a ser pensada sin tanto apasionamiento. Al ritmo en que hemos ido acostumbrándonos a no padecer guerras, el marxista ha ido decantándose por una lectura alegórica de proposiciones como que «la última palabra de la ciencia social será siempre el combate o la muerte, la lucha sangrienta o la nada» (6)

Por lo demás, las democracias sólo están a cubierto de tentaciones demagógicas mientras se mantengan relativamente prósperas, y reflexionar sobre las «otras» democracias parece más realista que dar por difunto al alter ego. Ser occidental significa de alguna manera tener sitio en el corazón para un altar donde lo venerado es la igualdad humana, principal motivo de orgullo para nuestra cultura. Sin embargo, algunos limitamos ese principio inviolable a un trato no discriminatorio por parte de las leyes, y reclamamos una igualdad jurídica compatible con las más amplias libertades. Otros —a cuyos motivos e iniciativas se dedica este libro— llevan veinte siglos abogando por abolir compraventas y préstamos para defender a quienes obtuvieron peores cartas, son incapaces de autogobernarse o sencillamente no están dispuestos a tratar la vida como un juego, aunque sus reglas sean claras.


(I) Schumpeter alude así a los ensayos de Adam Smith sobre lingüística e historia de la astronomía (Schumpeter 1995, p. 224).
(2) El modelo de esta línea es la History of Socialist Thought de Cole, una investigación avalada por el hecho de I. Berlin revisase su primer tomo. La obra empieza declarando que «ninguna idea o sistema importante puede ser definido exactamente» (Cole 1975, vol. I, p. 9), una obviedad gigantesca que no deja de ser inexacta para el comunismo en particular, sin duda un «sistema importante» aunque definido desde sus orígenes por algo tan inequívoco como su tesis sobre la propiedad y el comercio.
(3) Marshall 1920, p. XV. El texto sigue diciendo que «no hay una clara línea divisoria entre cosas que son o no capital, o necesidades, ni entre trabajo productivo e improductivo […] La acción de la naturaleza es compleja, y nada se gana a la larga pretendiendo de que es simple, e intentando describirla por medio de proposiciones elementales».
(4) Schumpeter 1975 (1942), p. 92.

(5) La voz «Karl Marx» de la Wikipedia, bien documentada en general, especifica veintiún países gobernados por dictaduras proletarias, a los cuales añade Kerala y otros dos Estados de la Federación India. Pero omite el régimen de Guinea Bissau, una variante del angoleño-castrista que persiste allí. 
(6) Marx 1965, p. 360.



"Los enemigos del comercio II" 
de Antonio Escohotado 

Esta segunda parte de la trilogía proyectada sobre el origen y desarrollo del movimiento comunista, confirma que estamos ante una investigación sin precedente en"la" bibliografía mundial por profundidad y detalle. Ninguna historia del fenómeno ha añadido hasta ahora al debate ideológico su contexto económico, y la evolución de instituciones paralelas como el sindicato,la gran empresa o los sistemas de seguridad social; ni perfilado de paso lo singular de las revoluciones en Norteamérica, Inglaterra, Francia, España, Alemania o Rusia. Con la neutralidad valorativa como norte, Los enemigos del comercio ofrece ante todo  un análisis de  dinámicas impersonales y complejas, pero al hilo de ello compone medio centenar de biografías más o menos breves sobre sus principales actores: ideólogos, activistas, estadistas, sabios y empresarios.
''La Biblia hebrea manda «amar al prójimo como a ti mismo, y desde el siglo IV a.C. todas las escuelas socráticas —en particular la estoica, con mucho la más influyente— denuncian la esclavitud. Aprendimos a suponer que cuanto más nos remontásemos en el tiempo, más común e inhumana se iría haciendo la servidumbre, y que la existencia de personas sin personalidad jurídica solo fue cuestionada seriamente cuando Jesús mandó amar a los demás. Pero repasar el asunto demuestra que la relación entre el cristianismo y el abolicionismo no solo es inexistente, sino algo análogo al recuerdo encubridor en sentido psicoanalítico […] 
Ciro empezó derrotando a Asiria, una nación precozmente dedicada a la captura y reventa de poblaciones, y reunió el imperio más extenso de los conocidos hasta entonces por un procedimiento tan insólito —y políticamente eficaz— como preferir la aquiescencia al terror de sus súbditos. Si cargásemos con la fábula del Nuevo Testamento como campeón del abolicionismo, Ciro sería un humanista excéntrico en vez de lo que es: una etapa tardía de la reacción antigua ante el hecho de que el trabajo voluntario se transforme poco a poco en involuntario, y arrastre el baldón de la infamia''.
Capítulo 1, págs. 20-24.



2. El espíritu del  capitalismo norteamericano hunde sus raíces en experiencias comunistas (más bien cristianas): "Norteamérica ni había conocido ni conocería tampoco el proyecto de abolir por decreto el tuyo y el mío, pero al mirarlo algo más de cerca comprobamos que la comunidad de bienes fue un asunto crucial para los primeros pobladores de Nueva Inglaterra, y que el espíritu del capitalismo norteamericano se entrelaza con una secuencia de sectas comunistas, que fueron llegando o formándose allí desde finales del siglo XVIII. Ellas iban a ser los ensayos del colectivismo más duraderos y prósperos del planeta, y que esto sea un asunto habitualmente ignorado lo hace aún más instructivo para nuestra historia moral de la propiedad." (Capítulo 4, pág. 81).

3. Que la revolución industrial genere nuevas masas miserables forma parte de un tópico victimista: "No hay duda de que acelerar el éxodo a medios urbanos redujo el periodo de aclimatación del campesino, ni de que aparecieron entonces masas sin arraigo ni otra posesión que su fuerza de trabajo, cuya sola existencia resultaba deprimente para las gentes acomodadas del momento. La versión melodramática de aquel escenario no distingue etapas, […] Desde el siglo IV al XIV el campesino libre corrió a arrodillarse ante el señor bélico de su zona, presto a regalarle indefinidamente trabajo y sumisión para no estar indefenso ante la voracidad de policías y recaudadores, como empezó ocurriendo con los colonii romanos. A finales del XVIII, cuando los campesinos se desplazan buscando libertad y promoción económica, la lente victimista les considera ofendidos porque su trabajo «ha pasado a ser una mercancía»." (Capítulo 10, págs. 201- 202).

4. Irrumpe con fuerza la figura del intelectual, profesional sin profesión, como portavoz del resentimiento: "El hecho de que Engels y él [Marx] omitan la sociología del intelectual no nos obliga a hacer lo mismo, y basta plantear el tema para caer en la cuenta de que su figura no nace a mediados del siglo XIX, con algunas personas tuteladas más allá de la juventud por sus respectivas familias. Ateniéndonos al contenido de su mensaje, que revierte crónicamente sobre «cuadros de esclavitud y martirio», el intelectualismo anima ya el medievo a través de clérigos insumisos que predican el Milenio; prosigue con los humanistas menos destacados por erudición y se renueva con el ilustrado a la francesa, igualmente ligero de equipaje técnico si se le compara con el ilustrado inglés y el alemán, hasta alcanzar su primer brote de gloria a través de Marat. […] «el comunismo moderno es la primera revolución llevada al éxito por intelectuales». El único apoyo previo para hacer esa afirmación era el análisis ofrecido por Schumpeter en 1942, donde define esa figura como «profesión del no profesional, especializado en alimentar y organizar el resentimiento», cuyo rasgo común es soslayar sistemáticamente la formación en profundidad. (Capítulo 18, pág. 354-356). 

5. Cuanto mayor es el pormenor sobre Marx, más se aleja su figura de las ideas preconcebidas: "El hecho de que Marx sea el gran teórico de la propiedad común y a la vez un hombre «siempre desamparado» contribuye a precisar su tesis de que la fuente de ingresos determina la conciencia. Todos sus biógrafos subrayan una prodigalidad que […] le llevaba a superar ampliamente el gasto de colegas con familias más prósperas […] se abstuvo de trabajos remunerados, […] mediando adversidades externas como ver morir a cuatro de sus seis hijos, y perder finalmente a un cónyuge minado por el agotamiento y la angustia del pobre vergonzante. Atroz fue la muerte de Edgar a los seis años, cuando ya se había acostumbrado a la picaresca de que le fiasen el pan o la leche, o a quedarse en cama no solo porque tenía empeñados los zapatos y el abrigo, como su padre, sino porque el carbonero se negaba a seguir fiando, y las frazadas eran su único cobijo. El Capital dedica uno de sus sarcasmos más amenazadores al trabajo infantil, aparentemente ajeno a que todo resulta preferible antes de dejar que los niños sucumban por desnutrición y frío. Puede considerarse un golpe de buena suerte no saber que Laura y Eleonora, las dos hijas supervivientes, acabarían suicidándose. De los ocho miembros de su familia solo él cumplió los sesenta años […] y al aguijón de la miseria cabe atribuir al menos parte del impulso requerido para demostrar que «la economía es la ciencia de la renuncia, de la privación, del ascetismo». (Capítulo 20, págs. 391-395) 

6. Marx no existe como sociólogo: "Durante la década siguiente se convierte en un economista erudito, coincidiendo con el dramático empeoramiento en sus condiciones de vida, y abandona prácticamente el trabajo de investigación aparejado a confirmar que la pauta del progreso histórico gira sobre la lucha de clases. Seguirá postulando esa «ley», desde luego, pero a la objeción fundamental —el nexo de dicho principio con el los últimos serán los primeros de la promesa mesiánica— iba a añadirse «la ironía de que muriese cuando iba a hacer un análisis sistemático del concepto de clase» o —en palabras de otro historiador— «que fuera postergando la tarea hasta cuando resultó demasiado tarde» […] Vimos ya que la sociología del intelectual tampoco mereció la atención de Marx, y el malentendido de considerarle sociólogo —cuando la diferencia entre simple y complejo fue lo menos desarrollado de su pensamiento— culmina en el carácter puramente ideal de su clase obrera, a la que no corresponde el deseo de abolir la propiedad y el comercio." (Capítulo 20, págs. 387-388)

7. El  Marx  economista se  basa en una teoría del beneficio insostenible, pero además es Engels quien escribe la mayor parte de El Capital: "Cuando el lector empieza a temer que el tratado quizá siga sin entrar en teoría económica propiamente dicha, la sección tercera introduce el plusvalor (surplus-value, Mehrwert) como «exceso del valor del producto sobre la suma del valor de sus elementos», entendiendo que «todo beneficio es una forma transfigurada del hurto de trabajo, gracias a la cual la mercancía desdibuja y borra su origen y el secreto de su existencia»." (Capítulo 20, pág. 402). "Trabajando sobre la parte menos desordenada, Engels logra componer para 1885 un libro II («La circulación del capital») prologado con su habitual magnanimidad, alegando que «representan exclusivamente el trabajo de su autor, no el de su editor» […] Aunque el tercer volumen era mucho más importante que el segundo, pues al fin abordaba «el problema de convertir los valores en precios, y la tasa de plusvalor en tasa de beneficio», editarlo resultó «esencialmente distinto» […] A tal punto es así que sencillamente debe escribir de principio a término algún capítulo —como el IV—, poniéndolo por eso entre corchetes. Ya no puede negar que el resultado le debe algo a su editor, pero la década empleada en ello es tanto más conmovedora considerando que Marx abandonó su plan expositivo original algo antes de imponérselo realmente la salud, coincidiendo con el momento en que el hasta entonces indiscutido principio del valor/trabajo topó con el de la utilidad marginal." (Capítulo 18, págs. 365-366). 

8. La dinamita es el ingrediente esencial para los revolucionarios eslavos y latinos: "Del Catecismo revolucionario [de Bakunin] se conservan dos versiones, una escrita con Nechayev —que se concentra en «destruir todo lo establecido»—" (Capítulo 16, págs. 327-329). "El héroe siguiente es el Rakmetov del ¿Qué hacer?, un ángel de la venganza popular que para curtirse solo come carne cruda y duerme sobre un lecho de clavos, a la manera del fakir hindú, cuya versión del socialismo está en las antípodas de la resistencia pasiva, […] un hallazgo de lo negativo/aniquilador como recurso higiénico supremo, que no tarda en hallar su aliado providencial en la dinamita. Esa transición estaba implícita ya desde los años cincuenta, cuando Bakunin propuso que los eslavos (y los latinos) tienen un destino revolucionario distinto de todos los ensayados, donde lo esencial es recomenzar desde cero. […] «El revolucionario ha roto cualquier vínculo con el orden, las leyes, las buenas maneras, las convenciones y la moralidad del mundo civilizado. Es su inmisericorde enemigo, y sigue habitándolo con un único propósito: destruirlo» [Nechayev]" ((Capítulo 24, págs. 465-469) 

9. La revolución cantonalista de 1873 aporta a la memoria histórica nuevos datos para el análisis del cainismo ibérico: "Pero veamos en primer término qué parentesco podría tener la revolución cantonal con iniciativas como Venganza Popular, y ante todo con la tesis de que latinos y eslavos coinciden por querer destruir hasta los cimientos, aprovechando fuentes como el informe redactado entonces por Lafargue y Pablo Iglesias y un ensayo de Engels, que pasa revista a la prensa libertaria del momento. Una huelga general no parecía la mejor forma de saludar al gobierno de Pi, ni algo vagamente factible, y de ahí la sorpresa de socialistas y comunistas ante el Solidaridad Revolucionaria del 3 de julio [1873], que convoca una huelga general de cuatro semanas «ante el profundo horror que nos produce ver al gobierno desatendiendo la lucha contra los carlistas». Madrid, Bilbao y sobre todo Barcelona, donde se concentran nueve de cada diez obreros industriales, desoyen el llamamiento, aunque la Alianza Bakuninista demuestra su vitalidad provocando la aparición de hasta 35 cantones. […]" (Capítulo 26, pág. 492). 

10. El poder de la Internacional y el llamamiento a la lucha de clases fueron algunos de los factores detonantes de la Primera Guerra Mundial: "Eso no obsta para que el organismo reaparezca libre de anarquistas en 1889, con una segunda IWA que irá creciendo hasta ser un factor decisivo en el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial, el evento más indeseado para ella y también el único recurso para poder vestir a sus miembros con uniformes de distinto color, y mandarles matarse unos a otros." (Capítulo 23, pág. 455). "No deja de ser frustrante, al mismo tiempo, que el triunfo de las reivindicaciones salariales repercuta en carestía de la vida, amplificando la divergencia entre ingreso real y nominal sin dejar tampoco de inducir quiebras, desempleo y más competencia por el puesto de trabajo. Lo novedoso es que en 1914 no solo obreros sino patronos están indignados al mismo tiempo, un fenómeno que la Internacional interpreta como anuncio de su imparable triunfo. Pero la presión forma un foco de turbulencia como el creado calentando algún fluido en condiciones de confinamiento, que suscita a su vez la trama oscura, azarosa y en buena medida impersonal conducente a la Gran Guerra." (Capítulo 29, pág. 547). 

11. La franquicia electoral femenina precipita en Inglaterra el colapso del liberalismo que le ha concedido el voto: "Al documentar la crisis del espíritu que animaba a Peel, Cobden, Place y Allan, el libro de Dangerfi insiste en añadir como variable decisiva la franquicia electoral de la mujer, que votará laborista o conservador, no librecambio ni nada próximo a los principios presupuestarios de Gladstone el viejo. He ahí algo imprevisto, pues tanto en Inglaterra como en el resto del planeta los promotores de esa franquicia han sido los liberales, en contraste con el criterio de autoritarios y otros tradicionalistas, cuya actitud de apoyo o rechazo depende a su vez de un factor como disentir o no de la Gran Guerra. […] (Capítulo 33, pág. 626) 

12. Presencia de judíos en los movimientos revolucionarios, antisemitismo y  filosemitismo: "¿Cómo es posible, pregunta Bouton, que un 1 por ciento de la población ocupe el 99 por ciento de los cargos directivos? […] La concentración de personalidades judías podría negarse o pasarse por alto, tachando de antisemita a quien mencione siquiera tal cosa y prefiriendo de un modo u otro la actitud del avestruz, cuando acabamos de comprobar el abismo que separa a Ebert de Luxemburg y Leviné, por ejemplo, y cuando levantar por un momento la vista desde ese escenario a la historia general permite ver las cosas de frente.[…] Lo manifiesto es el peso de su cultura en la génesis de ambos fenómenos, alumbrando por una parte al chivo expiatorio convertido en mesías de la Restitución y por otra al banquero experto en el manejo del riesgo.[…] En nada altera lo previo que fuesen judíos nueve de cada diez líderes en la Alemania de 1919, y tampoco que las revoluciones rusas de 1905 y 1917 estén estrechamente relacionadas con judíos ruso-polacos. Dos milenios después de que la secta esenia ampliara el séptimo mandamiento —incluyendo en la obligación de no hurtar la de no comerciar— el país más extenso del orbe decreta la prohibición del comercio […]" (Capítulo 32, pág. 604-606) "El filosemitismo anglosajón responde en última instancia al valor crucial del crédito para desarrollar la inventiva técnica, un campo donde el judío no brilla tanto como en finanzas y teoría científica. Hasta el último tercio del siglo XIX también le había protegido de la xenofobia ser ajeno a la causa principal de discordia —el fervor nacionalista del romántico—, y mantenerse como outsider en política." (Capítulo 34, pág. 640) 

13. La figura del empresario es rescatada del olvido al que ha sido sometida por la historiografía clásica: "El espíritu profesional es un fenómeno lo bastante denso y difuso a la vez como para que a lo largo del siglo XVIII solo tres o cuatro sabios lo tengan presente, y en todo caso de modo tangencial. Lo mismo ocurre a lo largo del siglo siguiente, cuando de grado o por fuerza lo antes raro se torna tan habitual como vivir de un sueldo, pues la figura sobre la cual gira el progreso del profesionalismo —el fabricante/inventor— sigue siendo invisible para el público general, e incluso para Ricardo y Marx, que lo confunden con el capitalista y el rentista. Ni la sociología del trabajo concreto ni pesquisas sobre el impacto del empresario creativo llegan antes de acercarse el siglo XX, y en el ínterin el tema sigue dominado por una rentable avalancha de versiones melodramáticas, cuyo denominador común es ignorar la variable de trabajar por vocación o contra ella." (Capítulo 23, pág. 444) 

14. Una historia concreta de las crisis cíclicas de la economía desarrollada: "Ningún economista en sus cabales ha propuesto que la inversión pública pueda suplir sine die una creación privada de recursos, y la Depresión Larga evoca de un modo u otro la crisis también planetaria y quizá no menos duradera iniciada formalmente en 2008, que el banquero de los banqueros —A. Greenspan— atribuyó un año antes a la «exuberancia irracional» de décadas previas. En aquel caso, como hoy, los atentados a la confianza vuelven a mostrar que lo vital es la confianza misma, un punto de apoyo maravillosamente elástico mientras no lo congele alguna secuencia de estafas, cuyo resultado es siempre evaporar la liquidez. Sin abusos de confianza se observa el efecto inverso en medios donde hayan arraigado el espíritu de iniciativa y el librecambio, aunque ni lo uno ni lo otro previenen la irrupción en algún momento del estafador, una criatura común a todos los sistemas económicos." (Capítulo 29, págs. 538-539). 

15. Lenin es el culmen de una aterradora secuencia% de revolucionarios profesionales que comienza con Blanqui: "Su propio retrato de Blanqui [el de Tocqueville] muestra hasta qué punto toparse con un vengador mesiánico no evoca reflexiones sobre la evolución del mesianismo sino algo más próximo al escalofrío." (Capítulo 2, pág. 48). "Aunque disolver la Asamblea Constituyente era decretar la guerra civil, Lenin acaricia ese proyecto desde los veinte años, cuando vecinos de su ciudad, Samara, le denunciaron por no sumarse a la campaña nacional montada para mitigar la hambruna de 1891, en la cual morirían medio millón de personas. Entonces explicó a un camarada que «la inanición destruye a la desfasada economía, anticipando el socialismo», y ahora está en su mano dinamitar el valor de cambio con la orden de acuñar papel moneda en cantidades gigantescas, algo fugazmente útil como liquidez y ante todo capaz de forzar el paso hacia una sociedad libre del dinero. Lo que en 1917 valía dos céntimos valdrá en 1919 cien mil rublos, y morirán de indefensión ese año unos cinco millones de personas, si bien no hay a su juicio otro modo de renovar saludablemente la vida social." (Capítulo 35, pág. 667).



«Los enemigos del comercio III», 
por los laberintos del comunismo


Antonio Escohotado culmina el proyecto ensayístico «Los enemigos del comercio». Una obra imprescindible

«¡Por la fuerza será arrastrada la humanidad a ser feliz!» Es la definitiva maldición del siglo XX. De esa consigna, formulada por Gorki como epopeya de la Revolución rusa, arranca la intuición central del volumen tercero de la obra magna «Los enemigos del comercio», una historia moral de la propiedad, a la que Antonio Escohotado (Madrid, 1941) ha consagrado su último decenio. El subtítulo de este grueso tomo conclusivo deja poco lugar a ambigüedades: «De Lenin a nuestros días». Y, aunque el autor no eluda recorrer los vericuetos de otros laberintos abiertos por el siglo del cual salimos, todas sus claves se condensan en una intuición hoy irrebasable: la Historia del siglo XX es la Historia del comunismo, la Historia de una descomunal tragedia que aún nos hiere. «Lenin no sólo fascina a sus bolcheviques, sino a Mussolini, Hitler y a un hornada de caudillos antiliberales». De ese clima nacerá el tiempo de las grandes matanzas.

Es la consumación, nos recuerda el autor, de un arquetipo aparentemente inagotable en la imaginación humana: el de las grandes finalidades de la Historia, ese sueño mesiánico de los hombres nuevos. Y «entre las sorpresas», escribe Escohotado, que le supuso ya dar curso a los volúmenes precedentes, «estuvo poder comprobar que el cristianismo no se opuso a la esclavitud ni a su transformación en servidumbre; que la alta Edad Media europea practicó consciente e incompartidamente el ideal antimercantil, que las revoluciones igualitarias surgieron en épocas de prosperidad relativa, no de miseria; que hubo numerosos y ejemplares experimentos comunistas en Estados Unidos; que el socialismo siempre fue democrático y cambiante, en contraste con lo invariable y elitista del comunismo; que el retrato de la industrialización hecho por la literatura romántica no es fidedigno; que el movimiento obrero jamás apoyó la Restitución en cuanto tal; que la jornada inglesa de ocho horas fue una iniciativa espontánea de empresarios alemanes y americanos; que la plusvalía o plusvalor no es una magnitud precisa, sino un malentendido sobre costes de producción; que Alemania nunca quiso la Gran Guerra; que el comunismo nunca superó el tercio del voto en unos comicios; que los planes de exterminio y esterilización a gran escala no nacieron con Hitler y Stalin, sino con el Nuevo Imperialismo de la Sociedad Fabiana…».

Quedaba lo que este tercer volumen deja ahora claro. Que si la Historia del siglo XX es la Historia del comunismo, la Historia del comunismo no es otra cosa que la Historia del estalinismo.
La transubstanciación de una teoría de la Historia que se quiso materialista en una religión de suplencia asentada sobre el avance incontenible de la Historia hacia el fin de todas las desigualdades, esa fantasmagoría romántica, es una consecución indiscutible de Stalin.
Como profeta, el ciclo en el poder de Lenin fue muy breve. No ha pasado ni un año desde el octubre revolucionario, cuando Fanny Kaplan dispara sobre él. Sobrevive. Pero su degradación será vertiginosa. Hasta su pérdida total de control político en los dos años que preceden a su muerte.
El autor brilla al analizar el talento y la cobardía del mundo pensante en el siglo XX

Stalin es todo lo contrario. Un oscuro burócrata con la prístina certeza de que sólo matar a todos los demás es garantía de supervivencia. Los tres decenios de poder absoluto hacen de él una figura única en la Europa de nuestro siglo. El modelo, de una solidez admirable, sólo falló en un punto: su absoluta incompetencia económica. Y, al fin, la URSS no fue derrotada. Se autodestruyó materialmente, hasta desmoronarse en polvo en 1989. Se asentaba sobre nada. 


Hacer la arqueología de ese «siglo de Stalin» es hacer nuestra autobiografía: la de varias generaciones de intelectuales esterilizadas por la religión de las finalidades históricas. Escohotado brilla especialmente en el análisis de esa amalgama de autoengaño, talento, ignorancia y cobardía que se enseñoreó del mundo pensante europeo durante la mayor parte del siglo XX. Los intelectuales que hicieron propaganda de lo peor, sabiéndolo o sin saberlo. Las cabezas portentosas que acabaron sumergidas en la nada por esa apuesta. Los muy pocos -Koestler, el primero- que lograron arrancarse a esa ascética de la mentira y fueron arrojados a los inclementes abismos exteriores. Y analiza los costes de esa herencia. Tan presentes en este inicio del siglo XXI en el cual los peores tópicos de los años de entreguerras toman la forma grotesca de una mala caricatura.
Con su paso tranquilo

En 1953, Paul Éluard, quizá el más grande de los poetas líricos del siglo XX, cantaba la elegía del sagrado Stalin: «Y Stalin para nosotros / está presente mañana. / El horizonte de Stalin es siempre renaciente». 
Escohotado recoge en su libro las fórmulas paralelas de Pablo Neruda: «Junto a Lenin / Stalin avanzaba / y así, con blusa blanca, / con gorra gris de obrero, / Stalin, / con su paso tranquilo, / entró en la Historia acompañado / de Lenin y del Viento».

En suma, ni la poesía salva de la infamia, ni el talento de la cursilería. Y ambos juntos son la mejor cobertura del crimen. De eso habla la imprescindible obra de Antonio Escohotado.