EL Rincón de Yanka: 📕 LIBRO "EL POR QUÉ DE LOS POPULISMOS"

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miércoles, 14 de junio de 2017

📕 LIBRO "EL POR QUÉ DE LOS POPULISMOS"


📕 Marejada institucional: 
los datos que certifican 
el declive de la estabilidad política



Un nuevo libro que los partidos vencedores en las elecciones de Occidente tienen hoy menos apoyo que nunca
Acaba de salir a la calle 
"El porqué de los populismos", 
un ensayo coral coordinado por el consultor
político Fran Carrillo. 

El libro, disponible en Ediciones Deusto desde finales de abril, viene descrito como "un análisis del auge populista de derecha e izquierda a ambos lados del Atlántico".

Uno de los pasajes más relevantes desde el punto de vista político y económico es el dedicado a medir la estabilidad institucional de los países desarrollados. 

Narciso Michavila se propone medir el apoyo medio a los partidos ganadores de las elecciones parlamentarias celebradas durante el último siglo en las treinta democracias más importantes del mundo.

A través de este ejercicio, Michavila confirma que el poder político de las fuerzas mayoritarias de las democracias occidentales tocó techo entre 1955 y 1960, cuando alcanzó un voto medio del 42 por ciento. Aunque en las siguientes décadas se observó un cierto desgaste, el porcentaje medio de apoyo a los vencedores de las elecciones seguía cerca del 40 por ciento a finales de la década de 1980.
DE LA PARTIDOCRACIA SE PASA AL FASCISMO
La cosa cambia a partir de los años 90, dando pie a una progresiva erosión del voto cosechado por los partidos vencedores en las elecciones parlamentarias celebradas por las principales democracias del mundo. Así, entre 1995-2000 vemos que el respaldo electoral medio de los partidos ganadores había caído al 35 por ciento, antesala del descenso al 33 por ciento que se dio entre 2005 y 2010. No obstante, la palma se la lleva la situación actual. Y es que, entre 2015 y 2016, el triunfo promedio en las elecciones parlamentarias se está quedando en apenas un 30 por ciento.
El ‘voto a la contra’, una tendencia creciente

Michavila plantea en su ensayo que "el voto a la contra es una tendencia creciente. Desde 1945, se han celebrado más de mil referéndums. En los celebrados hasta el año 2000, la victoria de la postura defendida por el gobierno prevaleció en siete de cada diez casos. En la primera década del presente siglo, la proporción cae al 60 por ciento. En la década actual, el promedio es del 55 por ciento".

Pero, si nos vamos a las consultas más relevantes, nos topamos con un repunte aún mayor del ‘voto a la contra’. Por ejemplo, los referéndums sobre el grado de integración en la Unión Europea que han celebrado Dinamarca, Suiza, Suecia, Francia y Holanda durante los últimos quince años se han saldado con una franca derrota de las tesis oficialistas.


Más relevante aún es lo que ha ocurrido durante el último año. Y es que, entre 2015 y 2016, el "no" ha sido la opción mayoritaria en buena parte de las consultas de calado que se han celebrado a ambos lados del Atlántico. Lo expone la siguiente tabla:

Implicaciones económicas

El auge de los populismos y el crecimiento del ‘voto a la contra’ contribuye a generar un marco de creciente incertidumbre institucional. Esto se traduce, a su vez, en un repunte de las dudas del sector privado a la hora de asumir proyectos que exigen seguridad jurídica a largo plazo.

Es difícil medir el impacto precios de la incertidumbre institucional, pero BBVA Research lleva varios años evaluando su influencia en los mercados financieros. El resultado es el siguiente indicador, que refleja los movimientos asociados al Brexit, el triunfo de Trump o los resfriados del régimen político-económico chino.

En la misma línea va el indicador que BBVA Research realiza de manera específica para evaluar la incertidumbre institucional en España. Dicho indicador ha seguido una tendencia creciente desde 2014 hasta 2016, apuntando en el último semestre a una cierta relajación de los riesgos, principalmente a raíz de la constitución de gobierno y del debilitamiento electoral de Podemos.



"EL MAYOR PELIGRO DEL POPULISMO 
ES LA DEMAGOGIA LLENA DE ENLABIOS"

Episodios como el Brexit o la llegada al poder de Donald Trump confirman que la marea populista se ha consolidado en las sociedades occidentales. Trump, Le Pen, Erdogan, Grillo, Pablo Iglesias y tantos otros han llegado para transformar la manera de hacer política.

Algunas de las preguntas que nos planteamos ahora son:

¿cómo han llegado a convencer? ¿Por qué la opinión pública ha confiado en ellos? ¿Nuestro futuro está en los antisistema o simplemente constituyen una réplica del pasado? ¿Qué hay detrás de sus mensajes y sus propuestas? ¿Han venido para quedarse? ¿Existe un votante populista?



Este libro, escrito por varios expertos de diferentes ámbitos, pretende dotar al lector de las claves, referencias y enfoques necesarios para entender qué es lo que está ocurriendo y cuál es la causa de la deriva populista en el mundo.

Esta obra profundiza en los orígenes del fenómeno explicando sus raíces y los referentes históricos más próximos. Detalla, asimismo, la viabilidad de sus propuestas económicas y sus efectos para el conjunto de la población. Analiza los pormenores de su discurso y estrategia de comunicación como arma de seducción entre los votantes. Muestra la evolución estética de las ideas populistas y de sus actores en estos últimos años. Y, finalmente, analiza las razones que explican un fenómeno que amenaza con poner en jaque a las democracias liberales que venimos disfrutando desde hace décadas.


Una vez más: 
¡es la economía estúpido!

No nos debe sorprender que el éxito de las propuestas populistas en las elecciones europeas coincida con el fracaso de sus políticas en Venezuela, Argentina o Grecia. El populismo nunca tiene la culpa de sus errores y, al transformarse en opción política en otro país, acude inexorablemente al enemigo exterior como justificación de los desastres a los que siempre lleva a la economía. En realidad, el populismo siempre se escuda en el enemigo exterior para disfrazar sus brutales errores económicos. Porque el objetivo del populismo no es reducir la pobreza, sino beneficiarse de gestionar el asistencialismo.

Utilizar las enormes partidas para ayudas sociales o programas de empleo para crear más comités y observatorios, haciendo de los ciudadanos clientes rehenes, que dependen de dicho asistencialismo y terminan por votarles ante la falta de oportunidades por la destrucción del tejido empresarial y de las opciones de buscar otros empleos.

Y es que el populismo es, en realidad, la venganza de los mediocres. Un grupo que se autoconcede la representación del pueblo y, como tal, aunque su representación electoral sea minoritaria, todo el que no está con él va contra el pueblo. “La gente corriente”, repetían ante los medios el día en que tomaron sus asientos en el congreso. Da igual que esa “gente corriente” incluya privilegiados del sistema público o grandes fortunas. Ellos son la gente. Usted, no.

Pero el mensaje es muy atractivo porque elimina la meritocracia y el esfuerzo de la recompensa. Los votantes del populismo no solo conocen los viajes a Venezuela, las conexiones con el chavismo o con Irán y la simpatía con los defensores del terrorismo. Es que les parece estupendamente, sobre todo ante dos ideas enfrentadas.

- No podemos estar peor. Una clara falacia que se ha demostrado en Grecia, Venezuela, Argentina etc.
- Van a acabar con la corrupción y dar trabajo a todos.

¿No les parece como mínimo sospechoso que alguien que se intenta presentar ante sus votantes como el partido “anti-corrupción” acepte, asesore y defienda al décimo régimen más corrupto del mundo según Transparency International?

¿No es extraño que quién ofrece empleo garantizado y altos sueldos para todos haya conseguido, cuando ha asesorado a gobiernos, pobreza, escasez, desempleo y el salario mínimo más bajo del mundo después de Cuba?

¿No les parece curioso que un grupo de intelectuales que nunca ha creado una empresa industrial y empleo sepa exactamente cómo deben invertir los sectores productivos, en qué sectores y con qué márgenes?

Pero ofrecen empleo público. Eso sí que es bueno. Y olvidamos que para que exista el sector público hace falta un pequeño detalle: ingresos del sector privado. Y olvidamos que el sector público debe ser servicio, y facilitar el crecimiento y la creación de empleo. Ya lo decía Bastiat, ”aquel que pretende vivir del estado olvida que el estado vive de todos los demás”.

“Si aquí hay miseria, miseria para todos” decía un pescador en Cádiz. Y desafortunadamente esa es la igualdad tan deseada por los populistas, igualar a la baja. No se trata de dar las condiciones para que haya más riqueza y se creen más empresas, porque eso es el enemigo. Un individuo o colectivo que no depende del estado y es libre económicamente y socialmente es peligroso para el populismo porque es fuerte y sabe que no le necesita.

¿Saben esto sus votantes? Sí. Pero el populismo acude a los instintos primarios de la envidia, el rencor y la división. No se trata de que estemos todos mejor, no se trata de unir en un proyecto común, sino de relegar al ostracismo y al escarnio a aquellos que no acepten todo lo que los populistas hacen.
La perversión del lenguaje es esencial para los objetivos populistas. Todo lo que ellos proponen es “social”, “verde”, por el pueblo y, por lo tanto, con buena intención. Y partiendo de esa buena intención, nadie se puede equivocar. Si sus políticas llevan a la pobreza y el estancamiento, la culpa, obviamente, solo puede ser de otro, del demonio extranjero, de la burguesía, de los bancos o de alguna conspiración.
El populista nunca tiene la culpa de sus errores porque tenía en mente el bienestar común, y por lo tanto la culpabilidad recae en otro. Adicionalmente, cuando destruyen las leyes más básicas del funcionamiento económico, la responsabilidad, por supuesto, es de los mercados.

Cuando se dispara la inflación por políticas monetarias suicidas, la culpa es de los comerciantes que suben los precios. Un economista español me decía en twitter “la decisión de subir los precios es de las empresas porque buscan mantener beneficios”. Nunca es culpa del que destruye el valor de la moneda.

Cuando se hunde el acceso a los mercados porque se amenaza con hacer impago, la culpa es de los bancos que no prestan. Un asesor de Varoufakis, en Grecia, me decía en televisión que el corralito había sido una imposición del banco central europeo que se negó a seguir dando liquidez a Grecia cuando anunció que iba a hacer impago de sus ideas. Te presto, no me pagas, pero te tengo que prestar más, y barato.

¿Son los populistas malvados que quieren que su pueblo sufra? No. Un grave error de los analistas es pensar que son locos o malvados. Olvidamos que el objetivo esencial es que el estado tome el control de los medios de producción. Sabiendo que eso es imposible en un mundo globalizado desde la expropiación -al menos no total-, saben que la mejor manera de llegar a ello es a través de la crisis económica. El estado pone las trabas al sector privado hasta que éste último simplemente no puede funcionar adecuadamente, y el estado se presenta como salvador. En realidad es una política que se parece mucho a la del maltratador. “Sin mí no puedes”. Esa persona piensa que está haciendo lo mejor, pero para ello necesita anular la voluntad del individuo.

Si necesitamos que todos los medios de producción y financieros sean propiedad y estén al servicio incondicional del estado, es mucho más fácil entender por qué se imponen políticas que llevan a corto plazo al desastre económico. Por un supuesto “bien superior” que vendrá a largo plazo. El pueblo, por lo tanto, debe plegarse y aceptar las consecuencias, por duras que sean, de llevar a cabo el proceso de absorción de todos los medios de producción. Aunque sea hambre.

Por ello no podemos pensar que son locos. La propaganda es esencial. Allende en Chile ya comentaba que la prensa debía ser un instrumento de la revolución. 

Cuando se tiene un objetivo claro, incuestionable, de poder absoluto del estado populista, la propaganda es el medio que justifica todos los errores y permite ir alcanzando nuevas metas hasta el control total...

Desde la extrema izquierda hasta el Papa, está muy preocupado con la desigualdad. Es curioso que nadie se haya puesto a pensar en que el problema es la pobreza, no la desigualdad, y que la gente no quiere ser pobre pero tampoco quiere ser igual al vecino.




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