EL Rincón de Yanka: CONTROVERSIA

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viernes, 5 de diciembre de 2025

LA AVERSIÓN AL LIBERALISMO TRAVESTIDA DE FE: SÍNTOMAS, BROTES Y DELIRIOS por JAVIER BENEGAS


LA AVERSIÓN AL LIBERALISMO 
TRAVESTIDA DE FE:
SÍNTOMAS, BROTES Y DELIRIOS


Hay una corriente creciente en ciertos círculos católicos que se ha especializado en combatir al liberalismo con una mezcla muy española de solemnidad, gesticulación moral y un conocimiento más bien escaso de lo que dice realmente la tradición liberal. El artículo * "Liberalismo y fe", de Julio Llorente, tan aplaudido en esos ámbitos, es solo la punta visible de un fenómeno más amplio: la crítica al liberalismo hecha desde una caricatura que se parece al liberalismo tanto como un mapa del tesoro dibujado por un niño se parece a una carta de navegación. Que tantos lo hayan celebrado revela, más que una victoria intelectual, una metodología: la de apagar la luz antes de entrar en la habitación y describir lo que uno cree ver allí dentro.

Lo relevante no es el texto en sí, sino el entusiasmo con que muchos lo han difundido como si ofreciera una refutación decisiva. Se podría pensar que algo tan celebrado escondería un análisis riguroso del liberalismo, o una comprensión profunda de su historia intelectual. Pero lo que encontramos es otra cosa: un liberalismo imaginario que funciona de maravilla como adversario, siempre y cuando el lector no haya leído a Constant, ni a Tocqueville, ni a Berlin, ni a Hayek, ni a Smith más allá de un par de citas de sobremesa. Cuando uno lee que el liberalismo pretende ofrecer una visión del “cosmos”, no puede evitar imaginar a Benjamin Constant y a Isaiah Berlin escupiendo su té en la otra vida.
La crítica al liberalismo que ciertos sectores de la derecha celebran no combate una filosofía política real. Combate un espejismo útil, un muñeco de barro construido para justificar un regreso a formas de autoridad que la tradición cristiana siempre temió
El patrón es siempre el mismo. Primero se construye un liberalismo de laboratorio, casi un meme, una especie de doctrina total que pretende explicar la existencia entera. Después, se acusa a esa construcción artificial de competir con la fe o de minar la moral cristiana. Y finalmente se celebra la victoria. Pero vencer a un muñeco de barro no requiere demasiado esfuerzo. Solo requiere que la audiencia quiera creer, por comodidad o por afinidad tribal, que ese muñeco es el liberalismo. Es el tipo de ejercicio intelectual que consiste en mirar un semáforo ponerse en rojo y acusarlo de abuso de poder.

De ahí surge el gran malentendido, el mostrenco error intelectual: confundir la neutralidad política con la indiferencia moral. Muchos de los que han aplaudido el artículo repiten con convicción la idea de que el liberalismo obliga al creyente a renunciar a la verdad, a su telos, a su compromiso moral. Esto es falso, pero, claro, tiene algo de poético: imaginar al liberalismo como un fantasma relativista que exige al católico dejar su fe en el perchero antes de entrar en la vida pública. Lo cierto es que el liberalismo no exige indiferencia, sino limitación de la coacción. No dice “todo da igual”; dice “tu bien no debe imponerse por la fuerza, y el del vecino tampoco”. La mayoría de los santos, por cierto, vivieron conforme a esta distinción, probablemente porque entendían que evangelizar no es lo mismo que legislar una conversión obligatoria.

Tampoco ayuda que muchos de los entusiastas de esta nueva moda antiliberal hayan decidido instalarse intelectualmente en Hobbes, como quien decide mudarse a un edificio antiguo sin ascensor y luego culpa a la arquitectura moderna de que ha de subir por las escaleras cargado con la compra de Mercadona. Todo se reduce a una definición de libertad como “ausencia de impedimentos”, ¡como si no hubieran pasado tres siglos de teoría política!, y como si Berlin no hubiera afinado el concepto definiendo la libertad negativa como ausencia de coacción, Hayek no hubiera explicado que el enemigo es la autoridad arbitraria y no la ley justa, y Oakeshott no hubiera insistido en que la libertad moderna es un espacio civil, no una moral de diseño. Pero nada de esto suele aparecer en los textos compartidos con fervor; lo que aparece es una versión de la libertad negativa escrita en 1670.

Esta tendencia tiene otro rasgo inquietante: convertir la moral personal en arquitectura política. Muchos de los que celebran la crítica creen sinceramente que si el Estado no impone un telos sustantivo, entonces la sociedad cae en la disolución. Desde esa perspectiva, el liberalismo no sería lo que es, prudencia política, sino nihilismo. Y la neutralidad estatal no sería una técnica que preserva la convivencia, sino un síntoma de decadencia espiritual. El error de bulto es que esto ignora algo esencial: el liberalismo no renuncia al bien; renuncia a imponerlo por medios coercitivos.

Se ignora, incluso, que la tradición cristiana siempre ha desconfiado de los poderes que pretenden salvar almas desde arriba, y con razón. Basta un repaso superficial a la historia europea para constatar que los gobernantes que se consideraron custodios de la virtud terminaron siendo más peligrosos que los supuestos enemigos de esa virtud. La pretensión de fundir moral sustantiva y poder político ha producido muchos más asesinatos que conversiones.

Hay otro detalle del artículo de Llorente que merece mención aparte y que muchos de sus entusiastas probablemente han pasado por alto, quizá porque resulta doloroso mirarlo de frente. Me refiero la descalificación implícita y sutil al Padre Robert Sirico, uno de los pocos teólogos contemporáneos que ha razonado con auténtico rigor por qué liberalismo y fe no son antagónicos, ni siquiera siguiendo al pie de la letra los textos bíblicos. Para Sirico, no solo no existe contradicción entre la moral cristiana y orden liberal, sino que precisamente el liberalismo crea las condiciones para que la caridad, la virtud y la responsabilidad personal florezcan auténticamente, sin coacción.

Lo llamativo —y, seamos sinceros, alucinante— es que esta descalificación velada provenga de quienes, en la práctica, no renuncian a ningún lujo ni aspiran precisamente a un estilo de vida ascético. Es curioso contemplar cómo ciertos críticos del liberalismo, que defienden una supuesta pureza doctrinal en la teoría, en la práctica parecen más preocupados por gozar de una solvencia económica siempre creciente, por no perder comodidades y por rodearse de la seguridad material que proporciona el tipo de economía que ellos mismos demonizan en sus escritos.

En contraposición a la crítica de católicos aburguesados, Sirico, franciscano, ha hecho voto de pobreza. Su defensa del liberalismo no nace de la conveniencia personal ni de un interés material —sería difícil encontrar alguien menos movido por incentivos económicos—, sino de un análisis teológico serio y de un compromiso vital con la idea de que la libertad permite al ser humano responder moralmente, sin la interferencia de un poder que pretende sustituir su conciencia. Que se cuestione veladamente su posición desde la comodidad de despachos bien calefactados, sin asumir la más mínima parte del sacrificio material que su vida encarna, es una ironía que Chesterton no habría pasado por alto.

No podía faltar, en este ecosistema que celebra el antiliberalismo como señal de identidad, la caricatura de Adam Smith. Este meme es ya casi una tradición. Se repite un ritual casi litúrgico: se cita la “mano invisible” descontextualizada, se omite La teoría de los sentimientos morales, y se declara solemnemente que el liberalismo santifica la codicia. El procedimiento es tan rudimentario que se podría adaptar a una función escolar.

Sin embargo, quien haya leído a Smith sabe que era —¡ni más ni menos!— un moralista escocés preocupado por la prudencia, la benevolencia y la virtud, no un apóstol de la depredación económica. Que esta caricatura siga circulando y siendo aplaudida dice más de la cultura del meme que de la economía política. Y, desde luego, dice mucho más del entusiasmo con que algunos fabrican enemigos doctrinales que de la doctrina en sí.

Por eso no sorprende que el relativo éxito de discursos como el de Llorente no se deba a su solidez intelectual, sino a su utilidad tribal. Una parte de la derecha española, deseosa de combatir al progresismo, ha decidido que la mejor manera de hacerlo es atacando la libertad individual, el pluralismo y el Estado de derecho, como si todo ello fuese un invento globalista para debilitar la tradición. No es casualidad que muchos de esos mismos sectores celebraran, hace no tantos años, la libertad religiosa y la libertad de educación como logros históricos.

El giro antiliberal, más que una convicción, parece una moda reactiva, bastante infantil, por cierto, que confunde autoridad con orden y coacción con virtud. Es más sencillo acusar al liberalismo de tibieza que leer a Berlin; más rentable denunciar el pluralismo que asumir la enorme complejidad moral de una sociedad libre.

El liberalismo real —no el liberalismo de barro que algunos combaten con tanto entusiasmo— nunca ha impedido a nadie vivir su moral plenamente. Lo que impide es imponerla por decreto. Permite la evangelización, pero no la conversión administrativa; permite la tradición, pero no el integrismo a golpe de BOE; permite la fe, pero no la fe certificada con sello oficial y firma del ministro. Esa distinción es precisamente lo que protege la conciencia individual, especialmente la religiosa. Y es precisamente esa distinción la que muchos parecen dispuestos a sacrificar en nombre de una épica política mal entendida. Esta sí, producto de un nihilismo infantil acorde con los tiempos.

La crítica al liberalismo, tal como se está popularizando en ciertos círculos, no combate una filosofía política real. Combate un espejismo útil, un trampantojo, una ilusión proyectada para justificar un regreso a formas de autoridad política que, cuando se examinan con detenimiento, acaban pareciéndose demasiado a aquello de lo que la propia tradición cristiana ha intentado escapar desde hace siglos. Quizá ahí esté la verdadera paradoja o, mejor, la alucinante paradoja: parte de la derecha quiere luchar contra el progresismo adoptando justo aquello que históricamente ha destruido la libertad religiosa, la propiedad privada y el orden moral no coercitivo que emana de la comunidad.

No es que se critique al liberalismo; eso es legítimo y, a menudo, necesario. Es que se critica desde la ignorancia y se aplaude desde la comodidad. Se confunde la prudencia con tibieza, la libertad con relativismo, la neutralidad con vacío moral y el Estado de derecho con una especie de complot anticristiano. En ese clima, cualquier texto que confirme las sospechas del grupo se recibe como si hubiera desmontado dos siglos de filosofía política. Pero desmontar un espantapájaros no convierte a nadie en ingeniero: mucho menos en intelectual.

El liberalismo clásico no es perfecto, pero es sensato, modesto y extraordinariamente prudente. Se basa en una idea simple y profundamente humana: somos falibles, y por eso el poder debe estar limitado. Que una parte creciente de la derecha española esté olvidando esta lección para abrazar un moralismo político de diseño —pura ingeniería social— debería preocupar más que cualquier artículo aislado. Porque cuando se deja de entender por qué necesitamos limitar el poder, lo que viene después siempre es peor. Gracias a Dios —nunca mejor dicho— esta corriente antiliberal es bastante marginal. Lo preocupante, sin embargo, es que algunos sectores de la Iglesia la subvencionen y parezcan olvidar que lo que la ha salvaguardado del totalitarismo de izquierda ha sido, precisamente, el orden liberal.

'Liberalismo y fe' 
o las simplificaciones peligrosas
El cristianismo no se juega su futuro en su oposición frontal al orden de libertades contemporáneo, sino en su capacidad para fundamentarlo de nuevo sobre una antropología verdadera. No necesita menos libertad. Necesita más verdad
Hace unas semanas,
Julio Llorente publicó en "La antorcha" un artículo titulado    
*'Liberalismo y fe'. Dicho texto induce a una confusión grave entre los católicos que merece ser señalada, pues defiende una incompatibilidad esencial entre nuestra fe católica y nuestro marco jurídico y político. Proyecta, además, una imagen de la Iglesia difícilmente conciliable con su magisterio reciente. De esta manera, se desorienta a los creyentes en su juicio sobre la vida pública y empobrece el debate cultural. Desgranar estos errores resulta necesario para no combatir en escenarios ficticios, sino allí donde realmente se juegan los desafíos de nuestro tiempo.

Enumeraré los errores del artículo para facilitar su lectura.

1. Convertir el diagnóstico en caricatura

El artículo describe con bastante fidelidad algunos rasgos de la cultura contemporánea surgida en el contexto del liberalismo tardío: el primado absoluto del yo, la autodeterminación erigida en dogma, la desvinculación entre libertad y verdad, la sospecha sistemática hacia toda norma objetiva.
Llorente simplifica, al máximo, de forma que el liberalismo deja de ser un conjunto plural de tradiciones políticas para convertirse en una especie de sujeto moral unificado, responsable de todos los males contemporáneos. Con ello pasa por alto un hecho decisivo: muchas de esas derivas no proceden directamente del liberalismo como tal, sino de ideologías posteriores –de signo identitario, constructivista, poshumanista, ideología woke, ecologismo político o animalismo ideológico– que nada tienen que ver con el liberalismo en su origen, aunque hayan prosperado en el espacio que el propio liberalismo permite. La raíz última de este problema la abordaré más adelante.
Esta operación intelectual, tan eficaz retóricamente como pobre en rigor, convierte una descripción de efectos en una condena de esencias y, con ello, desfigura el diagnóstico del problema que pretende combatir.

2. Ignorancia del marco eclesial

El artículo razona como si la Iglesia no hubiera reformulado profundamente su relación con la libertad, el Estado y la sociedad plural a lo largo del siglo XX. Hoy la doctrina católica afirma simultáneamente tres cosas inseparables: que la libertad sin verdad ni caridad es insostenible, que el mercado sin límites morales se vuelve inhumano y que la libertad civil y política es un bien que debe ser preservado.
El texto asume las dos primeras, pero omite sistemáticamente la tercera, sin reconocer en ningún momento el valor propio de la libertad civil y política como bien a preservar. Esta no es la posición de la Iglesia, sino una lectura ideológica que sitúa a los católicos en una relación de hostilidad permanente con el marco histórico en el que hoy están llamados a vivir y evangelizar.

3. Una crítica que apaga más luces de las que enciende

Aunque el artículo no formula explícitamente un modelo alternativo ni una propuesta política concreta, su modo de plantear el problema –como una incompatibilidad de principio entre liberalismo y fe– cierra de hecho la posibilidad de toda reforma interna del orden liberal y empuja el debate hacia una lógica de sustitución global. Al presentar el liberalismo como intrínsecamente viciado, el texto desactiva cualquier intento de corrección desde una visión cristiana. Cabe entonces preguntarse cuál sería la alternativa: ¿vincular de algún modo fe y poder?
Ya sabemos cómo acaba la historia cuando se olvida que su reino no es de este mundo. Siempre que la Iglesia se ha ligado en exceso a un régimen político, ha pagado un precio alto: pérdida de credibilidad, instrumentalización, persecución, descrédito moral. El orden de libertades moderno –con todos sus déficits– ha sido, precisamente, el marco en el que la Iglesia ha podido predicar sin tutela estatal, organizarse sin dependencia del poder y expandirse en libertad. Ignorar estos hechos es una forma de miopía histórica.
No hay que olvidar que este tipo de discursos presentan la fe católica como intrínsecamente incompatible con la libertad civil, el pluralismo jurídico o la autonomía de conciencia, algo que no sólo no es cierto, sino que perjudica seriamente la imagen de la Iglesia. Se refuerza así el retrato que sus adversarios desean imponer: el de una institución esencialmente hostil a la libertad. De este modo, un discurso que pretende ser apologético termina funcionando como argumento perfecto para los detractores del catolicismo.

4. El exceso de forma y la falta de fondo

A lo anterior se añade un problema igualmente serio: un estilo argumentativo más atento a la brillantez expresiva que a la solidez lógica del razonamiento. El artículo hace un uso constante de oposiciones tajantes, definiciones monolíticas, citas sacadas de contexto y asociaciones retóricas más sugerentes que demostradas.
Todo ello envuelto en un registro de apariencia teórica que sustituye con frecuencia la demostración por la sugerencia. Este tipo de discurso resulta dañino por el efecto que produce: puede inducir en muchos lectores la impresión de que se está ante una crítica de mayor hondura doctrinal de la que tiene.

5. El problema no es la libertad individual, sino su desvinculación de la verdad

El núcleo de la crisis contemporánea no es la existencia de libertades civiles, sino la ruptura con la antropología que les daba sentido. Cuando desaparece la noción de naturaleza humana, cuando la dignidad deja de remitir a un orden recibido, cuando la libertad se redefine como pura autoafirmación, las libertades dejan de ser camino y se convierten en factor de desorientación y de pérdida de sentido.
Esto es un riesgo inherente a la condición libre del hombre, asumido por Dios al crearlo, no una invención del liberalismo. Esta crisis no se resuelve suprimiendo la libertad individual querida por Dios, sino restituyendo su significado y recordando a la sociedad que no todo lo posible es humano, que no todo lo elegido es bueno, que no todo lo deseado es digno.

6. El inciso decisivo: libertad y antropología

Aquí conviene introducir la matización central que el artículo 'Liberalismo y fe' omite por completo: el liberalismo no nace ex nihilo, sino dentro de una cultura ya estructurada por categorías de raíz cristiana (dignidad, conciencia, ley natural, límite al poder o igualdad moral).
El primer liberalismo fue viable –con sus límites– porque vivía aún de ese humus moral heredado. El problema surge cuando se emancipa de ese suelo antropológico: cuando la dignidad depende solo de la voluntad, los derechos de la decisión y la libertad pierde referencia al bien, el sistema entra en contradicción consigo mismo. Por eso puede decirse que el liberalismo sin una antropología firme lleva en sí el germen de su autodestrucción.
La tarea inteligente para los católicos hoy no es demoler el marco liberal, sino recordarle los presupuestos antropológicos que lo sostienen: que existe una naturaleza humana, que hay bienes objetivos, que la libertad no se crea a sí misma, y que los derechos descansan sobre un orden previo que no depende del consenso. Todo esto, lejos de ser un gesto antiliberal, es el único modo de salvar lo mejor del liberalismo de su propia deriva.

Conclusión

El artículo 'Liberalismo y fe' acierta al identificar una crisis real del sentido de la libertad y del bien en nuestras sociedades. Pero yerra gravemente al confundir efectos históricos con esencias doctrinales, al transformar una crítica moral en una condena política global, al sugerir una salida implícitamente regresiva y autoritaria, y al adoptar unos modos argumentativos que, bajo apariencia de profundidad, confunden más de lo que esclarecen.
El cristianismo no se juega su futuro en su oposición frontal al orden de libertades contemporáneo, sino en su capacidad para fundamentarlo de nuevo sobre una antropología verdadera. No necesita menos libertad. Necesita más verdad. Y la verdad —como enseñó siempre la Iglesia— no se impone por choque cultural ni por ropajes pseudointelectuales, sino por su capacidad de iluminar la vida concreta de los hombres.

* EL LIBERALISMO Y FE

El liberalismo es singular desde por lo menos un punto de vista. Su relación con la Iglesia católica es más amistosa que la de las demás ideologías. Considerada la promesa de un paraíso terrenal, consideradas las criminales aplicaciones de las tesis de Marx, nadie se pregunta a estas alturas si el comunismo es conciliable con la fe católica. Lo mismo ocurre con el fascismo: ¿cómo soslayar la incompatibilidad de su propensión paganizante y de su exaltación beoda de la voluntad con el credo de los apóstoles? Sólo al liberalismo se le ha concedido  el privilegio de la duda. Hay quienes conjugan La riqueza de las naciones y el Evangelio con admirable ligereza, convencidos de que apenas encajan las piezas de un puzle. Para algunos teóricos, el liberalismo es la derivación política y económica del sermón de la montaña, algo así como el culmen natural del desarrollo de la fe.

El sacerdote Robert Sirico, defensor del libre mercado, descubre en las parábolas el origen remoto del capitalismo. Charles Gave, por su parte, aventura una tesis más audaz: según él, Jesús no habría sido un liberal avant la lettre, qué va, sino el Liberal por antonomasia, el arquetipo mismo de todos los liberales.

Tal vez esta excepcionalidad responda a la misma naturaleza del liberalismo. ¿Cómo repudiarlo cuando no ha sido abiertamente hostil a la fe? ¿Cómo cuando los católicos han vivido libremente -o al menos eso se afirma­ bajo regímenes liberales? El liberalismo no impondría un sistema; propondría un talante. Ampliaría el espacio público, derribaría sus antiguas murallas. Las revoluciones liberales habrían clausurado la época de los discursos indecibles y de los ritos impracticables. Tras siglos de opresión -eso nos recuerdan sus entusiastas-, hoy conviven en el ágora la palabra blasfema y la palabra devota, el ateísmo y la religiosidad. Lo mismo sucedería en el ámbito económico: el capitalismo - declinación económica del liberalismo­ no impondría un ideal; permitiría al individuo emancipado seguir el suyo. El maestro Enrique García-Máiquez expresa el sentir de muchos católicos cuando dice, demasiad o a menudo, que el liberalismo económico es el único sistema que tolera un modo de vida chestertoniano. Descubrimos, de este modo, la razón última de la fraternidad liberal-católica: la neutralidad institucional pretendida por el liberalismo propiciaría el florecimiento religioso anhelado por la Iglesia.

Pero el hombre, incluso el liberal, está condenado a la doctrina; para él, la neutralidad constituye tan sólo una quimera. Quien se encoge de hombros también toma partido. Los enemigos de los dogmas son, para su desgracia, unos dogmáticos. Cuando el liberal propone la convivencia armoniosa de cosmovisiones, delinea sin pretenderlo una cosmovisión. Tal vez su fe sea vaporosa, pero no es por ello menos militante. 
¿Puede el católico profesar dos credos, el de la indiferencia pluralista y el de la cruz? ¿Puede uno desear la ciudad de Dios y, al tiempo, bendecir la torre de Babel?

"El liberalismo no es un talante, tampoco una actitud, sino una concepción
determinada del hombre y del cosmos".

Las razones de una incompatibilidad

Por el momento apenas hemos identificado el liberalismo como ideología: no es un talante, tampoco una actitud, sino una concepción determinada, aunque brumosa, del hombre y del cosmos. Nos corresponde ahora, por tanto, regresar a la pregunta inicial. ¿Son conciliables el liberalismo y la fe católica? Amparado en la autoridad de muchos pontífices, yo sostengo que no. El indiferentismo liberal se funda en una imagen del hombre y de la Libertad diferente, podría decirse que antagónica, de la imagen católica. Para el liberal, la libertad consiste en una mera ausencia de impedimentos (Hobbes); para el católico, en la elección consciente del bien (Agustín). Para el primero, la libertad constituye una meta; para el segundo, un viacrucis. La libertad liberal es una prebenda; la libertad católica, un compromiso. El teólogo William Cavanaugh escribe al respecto en el primer capítulo de Ser consumidos, donde compara las filosofías de san Agustín y de Hayek:

"La libertad, desde el punto de vista de san Agustín, no consiste simplemente en la falta de interferencia externa. La visión de libertad que tiene san Agustín es más compleja: la libertad no es simplemente una libertad negativa de, sino una libertad para, una capacidad para lograr ciertas metas que valen la pena. Todas esas metas se integran en el telos que rige la totalidad de la vida humana, el retorno a Dios". 

El liberalismo se revuelve contra este telos, considerado opresivo. Si la Iglesia afirma la existencia de una finalidad intrínseca al hombre -"Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti"-, el teórico liberal la descarta. No habría un fin innato y, como tal, ineludible. El individuo liberal, señor de sí mismo, artífice de su propia ventura, decide autónomamente los horizontes a los que encaminarse. Ya no estaría llamado a la realización en el bien, sino a la autodeterminación, aunque sea en el mal. Ya no estaría constreñido por una vocación natural, sino empoderado por una soberanía irrestricta. En un célebre pasaje de La libertad de los modernos, Benjamin Constant asegura que libertad es también, por supuesto, "libertad para abusar". Hayek, más grandilocuente, erige al individuo en "juez supremo de sus fines". El titán brama desencadenado. 

"Los enemigos de los dogmas son, para su desgracia, unos dogmáticos".

La economía de los árboles

De la negación de un fin compartido se deduce, en lógica consecuencia, la imposibilidad de un bien comunitario. El fin propio de Ja política estribaría en salvaguardar la soberanía del individuo; el fin propio del individuo, en multiplicar su autonomía. La vida buena se disolvería en una vida libre. El bien común degeneraría en una suma babélica de intereses. Emancipado de la comunidad, pletórico de independencia, el individuo puede perseguir sus propias aspiraciones. La sociedad cae, así, en un atolladero anómico que sólo la taumaturgia, ejem, puede remediar: en sus dos principales ensayos, Adam Smith se refiere a una brumosa mano invisible que troca el beneficio individual en beneficio general,
la codicia en filantropía. ¿No es esto -zafia como todas las secularizaciones- de la providencia?
¿No acaso una santificación del egoísmo?

"Nada hay de virtuoso en el egoísmo y la codicia sólo engendra codiciosos"

Nada más contrario -creo- a una "economía católica", cuyo eje no es el individuo, sino el prójimo. El liberalismo orilla una verdad tan vieja como el Evangelio: el hombre se realiza cuando se descentra y se descentra cuando se entrega. El padre trabaja para que su familia viva; el camarero faena para que la parroquia goce; el jardinero cultiva para que el mirlo cante. La fe de nuestros padres desvela la ficción liberal. Nada hay de virtuoso en el egoísmo y la codicia sólo engendra codiciosos. ¿A qué está llamada la empresa sino al servicio? ¿A qué está llamado el oficio sino a la ofrenda?
Cristo utiliza con frecuencia imágenes hortofrutícolas. En una escandalosa inversión de las jerarquías, erige al árbol en modelo para el hombre. Tiene sentido, naturalmente. Los frutos de la higuera no son para sí misma. Su esfuerzo, como el del jornalero esmerado, como el del artesano cuidadoso, culmina siempre en oblación.

VER+:





La Iglesia interpretó la libertad religiosa y la libertad de expresión como amenazas para la fe y la «unidad católica».











martes, 1 de agosto de 2023

LIBRO "SOBREVIVIR AL APOCALIPSIS ZOMBI": CUANDO PENSAR SE CONVIERTE EN UN PELIGRO por JOSÉ FEDERICO VILLAMIL CALVA 👥


SOBREVIVIR 
AL APOCALIPSIS ZOMBI
👥

CUANDO PENSAR SE CONVIERTE EN UN PELIGRO

QUIÉN NO QUIERE PENSAR ES UN FANÁTICO.
QUIÉN NO PUEDE PENSAR ES UN IDIOTA.
QUIÉN NO OSA PENSAR ES UN COBARDE.
SIR FRANCIS BACON

En plena Era de la información y la comunicación, el “virus social” de la idiotez y la infantilización humana se expande por la sociedad amenazando con acabar con todo vestigio de pensamiento crítico.
Un virus que se contagia a través de unos Medios de Comunicación y RRSS controladas por una élite Psicopática dispuesta a cualquier cosa para imponer su “Agenda” y alcanzar el pleno control de la Humanidad.
¿Quiénes son los responsables y por qué lo hacen?
¿Qué vulnerabilidades aprovechan en nuestros cerebros?
¿Qué medios usan para atacar nuestra consciencia?
¿Cómo podemos “inmunizarnos” ante semejante “virus social”?

Lo que pensamos determina 
lo que somos y lo que hacemos, 
y, recíprocamente, lo que hacemos 
y lo que somos determina lo que pensamos. 
Aldous Huxley.

¿Cómo vas atener un slogan 
como el de «la libertad es la esclavitud» 
cuando el concepto de libertad no exista? 
Todo el clima del pensamiento será distinto. 
En realidad, no habrá pen­samiento 
en el sentido en que ahora lo entendemos. 
La ortodoxia significa no pensar, 
no necesitar el pensamiento. 
Nuestra ortodoxia es la inconsciencia. 
George Orwell. 1984

"Donde no hay justicia es peligroso tener razón". 
Francisco de Quevedo

Hace unos años, en un Blog que gestionaba, publiqué una entraba bajo el titulo "apocalipsis zombi", en el que, aprovechando la actualidad de una absurda pregunta realizada en el Congreso de los Diputados al respecto de la preparación del Estado ante semejante e improbable eventualidad, introdu­cía 2 temas que al paso de los tiempos se han mostrado convertirse en verdaderos problemas sociales.
El primero era la falta de preparación ante cualquier grave incidente de tipo nuclear biológico o químico, algo luego sustanciado en una Pandemia. y la negligente, y hasta criminal, gestión de la misma.
La segunda, que sirve de catalizador de este libro, es precisamente una reflexión y crítica sobre el progresivo fenómeno de idiotización generalizada que observaba en la Sociedad.

Era evidentemente una pretendida hipérbole. Un ejercicio literario algo sobreactuado, que, sin embargo, el devenir de los tiempos, ha tornado en casi profético.
Y es que vivimos en una verdadera epidemia de estupidez, que parece destruir la capacidad de raciocinio de la Sociedad, el componente que nos caracteriza como humanos y nos diferencia del resto de los animales.
Hay estudios científicos que desde hace tiempo vienen advirtiendo de una caída del cociente in­telectual en la mayoría de los países occidentales desde mediados de los años 70, rompiendo la tenden­cia justo en sentido contrario que venía sucediéndose, gracias a factores ambientales, mejoras en la educación y, supongo, la alimentación. Era el llamado "Efecto Flynn".

De esta forma y mediante el análisis de los test de inteligencia normalizados, se observa que el Cociente intelectual ha caído de forma apreciable. Entre 2,5 y 4,3 puntos.
Sin embargo, el proceso de idiotización generalizado de la Sociedad transciende la mera caída de la inteligencia convencional, que es más bien un mero síntoma anecdótico y no la explicación principal.
El hecho más relevante es el desmoronamiento de la inteligencia emocional, que no puede medirse me­diante los test de inteligencia convencionales.

Este proceso se evidencia por los siguientes síntomas:
  • Aumento de la ignorancia y la estupidez.
  • Una profunda infantilización de la sociedad, que prefiere ceder su autonomía al mal lla­ mado Estado del Bienesta r, y confiar y obedecer ciegamente a la Autoridad.
  • Aumento de la mediocridad general y destrucción de la cultura de la meritocracia y el esfuerzo.
  • Falta de juicio crítico y rebeldía, y el consiguiente sometimiento a la autoridad.
  • Fomento de la cultura del hedonismo, el entretenimiento y la búsqueda de una mal interpre­tada felicidad como fin existencial.
  • Ausencia de iniciativa y emprendimiento, así como rechazo de la responsabilidad, en muchos casos intentando diluirla en decisiones colectivas.
  • Aumento del buenismo y aceptación de restricciones de Derechos y Libertades a cambio de una supuesta seguridad.
  • Aumento del sectarismo, la intolerancia, el radicalismo y el odio hacia aquellos que discrepan de las ideologías y creencias impuestas por el Poder y sus seguidores, sin importar cuan ab­surdas e irracionales sean.
  • Aumento y aceptación de la censura, la autocensura y las restricciones a la libertad de ex­presión, así como de las política de señalamiento y cancelación de quienes discrepan del fluc­tuante esquema de creencias impuesto.
Los zombis, muertos intelectuales, como sus contrapartes de ficción, los muertos vivientes, acuden en masa hipnóticamente para destrozar cualquier cerebro vivo que perciban o vean "moverse" a su alrededor, hasta destruirlo y asimilarlo a la manada.

Tiempos fáciles hacen hombres débiles, 
que a suvez crean tiempos difíciles.

Esta podría ser la razón en torno a la cual giran múltiples causas que impulsan este proceso. Pero la cuestión a analizar es cómo se ha generado y evolucionado este proceso que se ha desarrollado durante las últimas décadas:

La primera opción sería pensar que es un proceso puramente natural y evolutivo, o más bien in­ volutivo, debido al desarrollo de nuevas tecnologías y a un cambio sociocultural espontáneo y progre­sivo que ha llevado a la pérdida o modificación de valores y principios morales, y aquellos que gobier­nan las naciones no influyen en el desarrollo del proceso.
Sin embargo, el simple hecho de permitir que este proceso de idiotización ocurra sin intervenir para corregirlo, ya sería una forma de tomar partido, favoreciéndolo o aceptándolo.
También, se puede argumentar en defensa de esta postura que el hecho de que las élites políticas apoyen y fomenten políticas "progres" absurdas podría ser simplemente un proceso de arrastre y una mera consecuencia de su propia idiotización, siendo ellos mismos parte de la masa ignorante y estú­pida. Esto se basa en la premisa de que cuando en una democracia el Poder acaba en manos de personas imbéciles, aquellos que les votan se sienten bien representados.

La segunda opción es que este proceso haya sido inducido o promovido por ciertas élites en be­ neficio de sus propios intereses siendo el control social el más obvio de ellos. Siguiendo esta linea, in­ cluso se podría intuir un esfuerzo coordinado y global.
A favor de esta posibilidad está el hecho de que el proceso de idiotización materializado en la progresión absurda de las ideologías del Pensamiento Débil, progresistas o "WOKE", como se les quiere llamar, es universal y coordinado. Cada nueva imbecilidad, convertida en dogma de fe inmutable e in­cuestionable, se difunde a la velocidad de la luz a través de las redes sociales y medios de comunicación desde los santuarios universitarios progresistas estadounidenses hasta cada rincón del Planeta, y es aceptada y asumida con complacencia y sumisión por las masas zombis sin discusión.
Pero, ¿cuál podría ser la razón por la que las élites mundiales que dominan la Economía fomen­ tan este tipo de ideologías absurdas y la degeneración moral de la Sociedad en general? La respuesta es obvia: 
aumentar el control social. Una sociedad ignorante y carente de valores morales es mucho más manipulable y controlable. A través del control de la sociedad se obtiene el Poder real.

Quizá, por tanto, la pregunta debería ser otra: ¿Por qué razón las élites económicas globales re­ nunciarían a la búsqueda del poder y el control social? La Historia de la Humanidad es el relato de la continua lucha por el control de los recursos en su sentido más amplio y multidimensional.
Más allá de lo obvio, del uso de la violencia y la Guerra para apropiarse de los recursos de los de­ más, hay que entender el control de los recursos en un sentido amplio. Encauzar o embalsar el agua, me­ jorar las técnicas agrícolas y ampliar los cultivos, o crear vías de comunicación para el comercio tam­bién son formas de buscar el control de los recursos. ¿Y qué recurso es más importante que el Recurso Humano?
Desde el principio de la Civilización, el control de las masas, de la Sociedad, ha sido fundamental para el desarrollo de las Naciones. Este control se ha buscado a través de diferentes medios, y muy espe­cialmente a través del Miedo a la Libertad, algo que ya he abordado en mis anteriores libros.

En otra dimensión, se produce la lucha por el Poder, especialmente cuando surge una nueva élite económica que sustituye a la anterior. El perfecto ejemplo fue la Revolución Francesa auspiciada por la pujante clase burguesa en detrimento de la decadente clase noble.
Dentro de este contexto histórico, lo sorprendente sería que la nueva élite económica de alcance global auspiciada por el postcapita lismo financiero renunciara a ejercer el Poder y el control que asegu­ rara su primacía e impunidad. Especialmente cuando el modelo económico que han creado y les ha per­mitido acumular riqueza a costa del resto de la población está a punto de quebrar, con el consiguiente riesgo de rebelión social y cambio de la hegemonía del Poder.
Otra cosa es cómo se ejercita dicho Poder y el grado de visibilidad y exposición pública que se precise o se considere adecuado. Porque, a fin de cuentas, no hay mejor marioneta que la que se cree li­bre de hilos. En realidad, a los ojos de los más poderosos, no hay modelo más perfecto de gestión socio­ económica que el modelo Chino, una hibridación del socialismo, y su control de las masas, y el capita­lismo, que permita a los poderosos perpetuar su poder, y que este sea asumido y aceptado por las masas complacientes y adoctrinadas.

Por tanto, la pregunta no debería ser si las élites económicas están propiciando las polít icas ideológicas que se esconden tras la ingeniería social a la que se somete a la sociedad, sino cómo lo hacen y cuáles son sus objetivos y los medios que están dispuestos a usar para lograrlo.

Conoce a tu enemigo y conócete a ti mismo 
y saldrás triunfador en mil batallas

Este libro tan sólo pretende ser una toma de conciencia sobre un problema complejo, poniendo en evidencia las realidades en las que estamos inmersos, y en alguna medida posibles soluciones. Es un simple instrumento que busca ser un punto de partida para la reflexión y la curiosidad, animando a los lectores a indagar, pensar y sacar sus propias conclusiones y decisiones sobre el tema. Con la perspec­tiva de conocer nuestras propias limitaciones, superarlas y enfrentarnos al desafío de la sistemática manipulación social.
Para ello, se trata de explicar el proceso de ingeniería social al que se está sometiendo a la saciedad, a través de la Ventana de Overton, la manipulación, y con la ayuda de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, lograr un grado de control social jamás soñado en épocas pretéritas.

Por tanto, primero hay que conocer y entender las vulnerabilidades de nuestro complejo cere­ bro, que lo hacen vulnerable al ataque cognitivo, y posteriormente los medios y métodos usados para, aprovechando estas debilidades, lograr implantar su esquema de creencia e ideología por medio de los cuales controlar las mentes, hasta transformarlas en una mente colmena interconectada a través de los medios de comunicación y las RRSS.
Sólo conociendo y entendiendo estos mecanismos, nuestro enemigo interior, y el enemigo exte­rior, podremos sustraernos a esta auténtica epidemia de infantilización e irracionalidad que invade a la Sociedad, y sobrevivir al "apocalipsis zombi".



El pulso: la llamada del Apocalipsis: Un pulso misterioso comienza a transmitir, a través de las redes de celulares, una señal que provoca una rabia homicida que desata un caos apocalíptico. En una Boston en llamas, el novelista Clayton Riddell se une con Tom McCourt, un conductor de tren, en un intento de salir de la ciudad por los túneles del metro. A cada paso tendrán que defenderse de los `zombies` que los acechan.

 "DESPIERTEN ZOMBIS" CAPITULO 5

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LA GUERRA CONTRA LAS MENTES: 
Las técnicas modernas de manipulación psíquica y control de las masas. 

 A mediados del siglo XX, el psiquiatra Joost Meerloo publicó "The Rape of the Mind", uno de los trabajos más exhaustivos en el campo de la psicología del control mental. Y a pesar de que han pasado 70 años desde su publicación, los poderes totalitarios que hoy tienen el control global siguen usando los mismos principios por Meerloo...


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sábado, 19 de noviembre de 2022

"ME NIEGO" por MIGUEL ÁNGEL ROBLES 🙋

 

ME NIEGO
Niego todo eso y niego el realismo de los hechos como forma única de racionalidad, y la imposición de lo real en contra de la lógica humanista
Negar la realidad. Probablemente hay pocas expresiones más demo­ledoras y cargadas de connotación peyorativa que esta. Atribuida a cualquier persona, tiene el efecto de reducirla a la nada, a la sinrazón, casi a la locura. Alguien que niega la reali­dad es un inconsciente, un estúpido o un demen­te. Y si esa realidad que refuta es una tendencia firme, el mañana que viene, entonces el indivi­duo quedará adornado además con el adjetivo de reaccionario. No sólo será un insensato, sino que además será un retrógrado. 
Negar las cosas como son, nos hace pasar por irresponsables. Negar las cosas como serán, nos convierte en dinosaurios.

Y, sin embargo, yo hoy vengo aquí a decir que me niego. Me niego al presente que se nos da como invariable y al futuro que se nos presenta como inevitable. No, no acepto el «es pues lo que hay y pun­to».
Yo me niego. Me niego a Halloween, y a dis­frazarme, y a las despedidas de soltero, y a las se­siones de 'team building', y a infantilizarme, y a los directores de felicidad, y a hacer el tonto en tiktok, y a los móviles como regalo de primera co­munión, y a los adolescentes sin respeto por los padres, y a la tiranía de los perros, admitidos ya incluso en los supermercados, y a los dueños que los ponen a mear en la puerta de mi casa.

Niego toda esa realidad, que por supuesto es real, y por eso la niego, y niego la educación sin memoria, y las clases sin apuntes y sin libros, y la autonomía del alumno de doce años, y la inda­gación sin guía por Internet, y el raquitismo del 'power point', y la autoridad del 'influencer', y los porros antes de entrar en clase, y a televisión mientras se come, y 'La isla de las tentaciones', y el periodismo del 'clickbait', y el lenguaje horte­ra y pretencioso de los políticos, y el problema de la visibilidad y el reto de la puesta en valor. Sé que todo eso está ahí, entiendo que parece una co­rriente irrefrenable, y cuanto más lo conozco, me­nos acepto que esa sea la única realidad posible y más me resisto a que sea la mayoritariamente real.

Me niego al maltrato de obligar a los mayores a las pantallas, y a la indefensión frente a las com­pañías eléctricas, y a las bonificaciones indecentes para los consejeros de las empresas del Ibex, y a las llamadas 'spam' de las tres de la tarde, y a la publicidad predictiva, y a beber café en vaso de plástico, y a la convivencia peatonal con los patinetes, y a los gofres con forma de pene, y a la cita previa obligatoria en los servicios públicos, y a que te atienda una puñetera máquina o un operador al que le han enseñado a comportarse como un robot.

Por supuesto que niego la realidad. Quiero ne­garla. Niego el fundamentalismo religioso, el na­cionalismo expansionista, las relaciones internacionales sin ley, la guerra, la invasión de Ucra­nia, (a  Zelenski), a Putin, a KimJong-un y a Xi Jinping, la ti­ranía y el populismo, a los políticos sin experien­cia y al presidente octogenario de los Estados Unidos, la diplomacia sin valores, la amenaza nu­clear, y la sustitución de las alianzas estables por relaciones bilaterales basadas en el interés. Nie­go todo eso y niego el realismo de los hechos como forma única de racionalidad, y la imposición de lo real en contra de la lógica humanista.

Me niego a la conformidad con un mundo de mierda, y a la aceptación estoica de todo aquello que me repugna para mi, para mi familia, para la gente que me importa y para la humanidad. Me niego al 'coaching', y al entrenamiento en la au­tomotivación y el optimismo pueril. Me niego a dejar de informarme para estar de buen humor, y me niego a la positividad por imperativo y al entusiasmo colectivo de vivir entretenidos. Si, me niego. Y pienso que negarnos el derecho a ne­gar la realidad es tanto como negarnos el dere­cho a la esperanza y es renunciar acualquier po­sibilidad de intervención, aunque sea ínfima, so­bre nuestro destino común. No, nunca aceptaré el truco o trato del pensamiento positivo. Recha­zo la aceptación incondicional de la globaliza­ción y la transformación digital, y digo no al fu­turo imparable.

La negación de la realidad no sólo es la esencia del razonamiento crítico, sino que de ella de­pende nuestra oportunidad de progreso y de me­jora. Gracias a la negación de la realidad, llegó la paz dentro de los Estados, y la democracia libe­ral, y la movilidad social, y la soberanía popular, y la carta internacional de los derechos humanos, y la sanidad y la educación universal, y el subsidio del desempleo y las pensiones, y la igual­dad de derechos humanos. 

Negarla realidad siempre ha sido necesario, pero hoy lo es más que nunca, porque la mera opción de discutir está dis­cutida, anatemizada incluso, sobre todo cuando la objeción se refiere al futuro que viene. Y sin embargo tenemos todo el derecho a pensar que hay una alternativa al presente y también que es posible otro futuro distinto al que se nos asegu­ra inexorable e intocable (ni siquiera en una coma).
Nos merecemos la esperanza y, si no la esperan­za, al menos el consuelo de luchar como quijotes contra la realidad cuando la realidad nos parece monstruosa.

MIGUEL ÁNGEL ROBLES 
ES CONSULTOR Y PERIODISTA


‘Tener’, de Rosebud para Divina Seguros

Nos pedisteis una campaña de seguros para jóvenes... pero, no podemos hacerla. No vamos a participar, en este juego de anuncios, películas y series que venden una imagen de la gente joven que no es real. Jóvenes sin trabajo o con trabajos precarios pero, que viven en pisos de 200 metros en los barrios más caros de Madrid.
Tres de cada cuatro jóvenes no pueden comprarse una vivienda, sin embargo, les mostramos felices, porque a compartir piso a los 35, ahora se le llama coliving, a no poder abrir una oficina se le llama coworking y, siempre encontramos la palabra perfecta para blanquear la precariedad. 
Sabéis lo que dice el FMI: en 2030, "no tendrás nada y serás feliz". 
Pero, nadie nos ha preguntado si queremos "TENER" una casa, un negocio, hijos. Igual, no queremos vivir bajo suscripción, bajo un recordatorio constante de que no puedes permitirte nada, que lo que crees que tienes en realidad es prestado. 
¿Qué sentido tiene hacer una campaña de seguros para jóvenes?, si la mayoría no tiene la oportunidad de tener nada. ¿Qué van a querer asegurar?

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