EL Rincón de Yanka: RENOVACIÓN Y COMPROMISO

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miércoles, 12 de abril de 2017

RENOVACIÓN Y COMPROMISO



RENOVACIÓN Y COMPROMISO

Me imagino que a muchos de vosotros que acabáis de entrar en la Renovación os interesa conocer lo más posible sobre este movimiento religioso. Os habréis preguntado de qué va, cuáles son sus contenidos básicos, su espiritualidad, su moral. Máxime cuando la Renovación no es una cosa neutra sino algo que suscita serias controversias, dudas, prejuicios, rechazos. "Pero, ¿no será una secta el grupo ése en el que te reúnes? habréis, tal vez, oído decir . Otros acusan diciendo: "mucho rezo, mucha gesticulación, mucha reunión...Lo que importa es que deis un poco más el callo. ¿Os creéis que sois los únicos buenos?" Y desde ahí denuncian el espiritualismo de la Renovación y le achacan su evasión, su alienación, su estar en las nubes.

Es importante para todos nosotros y, en general, para la Renovación clarificar todos estos equívocos. Para esto no basta con la experiencia personal y los testimonios por más auténticos que sean. Es necesario ir creando poco a poco un lenguaje y unas categorías teológicas serias que sirvan, en primer lugar, para aclararnos nosotros mismos y, después, para dialogar con otras corrientes de la Iglesia. De lo contrario la formidable experiencia de Dios que hay en la Renovación permanecería en un nivel de espontaneidad, emotividad e ingenuidad que le restaría parte de su posible fecundidad y no engendraría en nosotros una praxis convincente. Es importante, siempre desde la realidad revelada en nuestra comunidad, desentrañar toda su virtualidad, confrontándola con la totalidad del mensaje cristiano. Igualmente, es también importante que estas categorías teológicas sean críticas con los contenidos e historia de nuestra comunidad, para que una experiencia tan bella como la que se ha iniciado en vosotros no se pierda y se ahogue en sí misma.

Ubicación teológica de la Renovación
Yo creo que la primera cosa que la Renovación debe aclarar a todo el mundo es la cuestión teológica de la relación entre la fe y la vida humana, entre la oración y el compromiso, lo natural y sobrenatural. ¿Cómo se viven estas cosas entre nosotros? En este tema creo que está el núcleo de muchos malentendidos con respecto a la Renovación. En realidad es una cuestión muy vital dentro de la Iglesia entera y a lo largo de este mismo siglo ha tenido diversas respuestas.

Mentalidad de cristiandad.
Seguro que conocéis personas de esas que piensan que uno es bueno si va a misa, si se confiesa mucho, si participa en varias cofradías. Para esta gente el que es piadoso es bueno. Por lo tanto la persona que vive así tiene la salvación asegurada. Otras cosas como pueden ser la caridad, la justicia, la solidaridad quedan en un segundo plano. De esta forma nacen esos típicos casos de individuos que parece que se comen a los santos, pero no les importa ser egoístas, acrecentar su patrimonio a costa de lo que sea, ser insensibles a las necesidades de los demás. Su radicalismo lo ejercitan, sobre todo, en ciertas cuestiones de la moral de la intimidad. Muchos creen que la Renovación ha nacido para apuntalar este tipo de religiosidad que últimamente está perdiendo fuerza.

Detrás de estas actitudes, que he acentuado para una mejor comprensión, hay un modelo teológico de Iglesia. Según este modelo la bondad y la salvación están en la Iglesia. El que es y participa de ella está salvado. Fuera de la Iglesia no hay salvación. El ideal en este caso es no mezclarse demasiado con el mundo. Éste hace su camino en una historia distinta que no es de salvación. En la liturgia era común la terminación de muchas oraciones: "despicere terrena et amare coelestia", es decir, despreciar lo terreno y amar lo celestial. Cuando algunos fieles le pidieron a Pío IX poder participar en política con nombre cristiano, el Papa les respondió con el famoso: "non possumus", no podemos.

Nueva cristiandad.
Con la mentalidad anterior la Iglesia caminaba, no sólo al margen, sino enfrentada con una serie de realidades terrenas como el progreso, la filosofía, la técnica, la evolución social. La sociedad secular, al no sentirse comprendida, reaccionó también en contra y se hizo atea. Parecía que había dos historias separadas y contrapuestas: una historia de salvación y otra de maldición.

Hacia los años veinte de este siglo hubo una fuerte reacción dentro de la Iglesia católica. El enfoque pastoral incluía ahora un acercamiento y acción sobre el mundo y sus realidades. Pero no aceptándolas en sí mismas, no respetando su autonomía, sino queriéndolas bautizar, para hacerlas entrar dentro de la órbita de sacralidad de la Iglesia. Se fundaron partidos políticos cristianos y diversos movimientos como la Acción católica, Hermandades del Trabajo y otros que están en la mente de todos. Con ello entró la Iglesia en la política, se abordó la filosofía desde el neo-tomismo, se constituyeron sindicatos cristianos etc. Se vivió una gran sensación de modernidad. Todas estas actividades estaban impregnadas de un talante militante. Bajo el estandarte de Cristo Rey, a cuyo grito murieron muchas personas, se institucionalizó como una especie de campaña o cruzada. Sin embargo, la teología de base era la misma que en la mentalidad anterior: la bondad y la salvación se encuentran sólo en la Iglesia. El Reino de Dios y la Iglesia se identifican.

Vaticano II.
La obra que el Espíritu Santo realizó en este concilio parecía imposible e impensable. Se dio un vuelco a las concepciones anteriores. La bondad y, por lo tanto, la salvación, ya no están en la piedad como en el primer caso o en una presencia cristiana en el mundo. La bondad está ahí, en el mundo: en la vida, en el trabajo, en la familia, en las relaciones con los demás. ¿De qué te sirve rezar, cantar, alabar a Dios, ser piadoso, si en tus relaciones sociales eres insolidario y egoísta? ¿De qué te sirve clamar a Dios si descuidas a tu familia o no eres fiel en tu trabajo? Ahí se encuentra la autenticidad del comportamiento humano.

El punto clave teológico es que no hay nada ajeno al plan de Dios. Las realidades terrenas, todo el proceso del mundo, no están fuera de la mente y del plan de Dios. La Iglesia, por tanto, ya no tiene que atraer al mundo hacia sí para salvarlo sino que, por el contrario, se hace ella servidora del mundo. El Reino de Dios no se identifica con la Iglesia sino con la historia entera de los hombres, sanada por el poder de Jesucristo y recapitulada por su resurrección. De ahí deriva un gran respeto por la tarea secular, por la autonomía de las realidades terrenas. Llega a decir la Gaudium et Spes que, aunque hay que distinguir cuidadosamente entre el crecimiento del Reino y el progreso secular, sin embargo, éste, de un modo misterioso, entra a formar parte del material del Reino de Dios. Es cierto que la realidad terrena está minada por el pecado y, por ello, muchas veces está en contraposición al Reino de Dios, pero es ahí donde incide de una manera específica la obra de la salvación.

Debajo de todo este cambio de mentalidad hay una nueva idea y experiencia de la salvación. Ésta, ya no es simplemente algo que sucederá más allá de la muerte, frente a la cual la vida presente no sería más que una prueba; es algo que se da aquí, algo que asume toda la realidad humana, la sana, la trasforma, la sufre y la goza y, al final, la lleva a su plenitud en Cristo.

El pecado, por consiguiente, no es sólo un impedimento para la salvación en el más allá; es una realidad histórica que es ruptura con Dios, porque es quiebra de su plan, dañando la comunión y el amor entre los hombres. El más allá no es la "verdadera vida" desconectada de la historia humana, sino que es la trasformación y la realización plena de la vida presente. El impacto absoluto de la salvación, lejos de desvalorizar este mundo, le da su auténtico sentido y consistencia propia. Merece la pena vivir una vida que no sólo es apasionante sino que nos aboca a una plenitud total de sí misma trasformada por el esfuerzo del hombre fecundado por el don gratuito de Dios.

La liberación
Estos presupuestos del Vaticano II han obligado a muchos antiguos movimientos apostólicos a resituarse y a cambiar sus idearios. Los que no han sido capaces de hacerlo han perdido toda su significación pastoral y languidecen envejecidos. Entre los que han brotado después del Concilio, hay dos que tienen como núcleo central de su experiencia la palabra liberación:

la Teología de la liberación y la Renovación carismática. Yo me he sentido muy sensibilizado y cercano a ambas corrientes y la verdad es que, desde hace años, he sospechado que las dos han nacido de una intuición básica común. Son como dos hermanas, pero con temperamentos y costumbres tan diversas que, aparentemente, no tienen nada en común. Sin embargo, es necesario clarificar este tema. Es necesario, sobre todo, porque en países de lengua y cultura española ambas corrientes no se entienden y en vez de ayudarse se hacen daño.

El primer punto en que coinciden es en el rechazo, por parte de ambas, de los modelos de cristiandad que describimos más arriba. Las dos tienen fuerza y actualidad porque han asumido, asimilado e incluso rebasado los contenidos de la Gaudium el Spes: el hombre se salva, se santifica, se hace bueno en confrontación con sus deberes seculares en la familia, en el trabajo, en las relaciones humanas. Ahí se juega también su relación con Dios. No hay dos historias, una sagrada y otra profana. Sólo hay una historia que comenzó con Adán y se cerrará con el último hombre. El Evangelio y la Iglesia están al servicio de esa historia. La Iglesia es como la sal en la sopa o el fermento en la masa o la luz en las tinieblas. No se trata de que toda la sopa se trasforme en sal, sino que esté sabrosa y bien condimentada.

Todo esto está claro en referencia a la Teología de la liberación; pero en relación con la Renovación carismática hay gente que no lo ve. Hay muchos que piensan que la Renovación tiene un talante preconciliar, que ha nacido para reeditar en nuestros días los modelos de cristiandad con un tipo de piedad afectada, evasiva, lejos de la realidad. Hay personas que piensan que la Renovación es un refugio de sentimentalismos y de alienaciones, en los que se separan la fe y la vida, la oración y el compromiso. Hay que aceptar que cuando no se vive la Renovación en serio puede dar esa impresión. Toda la alegría y alabanza carismática, si no naciera de una experiencia liberadora sería una grotesca y triste mascarada. Pero si nace de una experiencia liberadora y sanadora, como así es, el poder que haya dentro de ella está luchando contra las esclavitudes reales en las que se halla inmerso el hombre de hoy.

Una segunda cosa en la que ambas corrientes coinciden es en el concepto de liberación. Ambas aceptan que la liberación en Jesucristo es el verdadero sentido de la vida y de la historia. Se trata de crear un hombre nuevo y un mundo nuevo. La historia repetirá, de una forma o de otra, el modelo de la muerte y resurrección de Jesucristo. Toda ella pasará por un bautismo liberador, que es un sumergirse en la muerte, para que sea trasformada gratuitamente en unos cielos nuevos y en una tierra nueva ya sin relación al pecado y a la esclavitud.

Una cristología "desde abajo".
Sin embargo, siendo realistas, aunque estas dos tendencias puedan llegar a encontrarse y a completarse, hoy por hoy en muchos de sus aspectos aparecen muy distanciadas. La liberación a la que hace referencia la Teología de la liberación, parece muchas veces no superar los límites de lo puramente social. Da la impresión de que la muerte de Cristo no fue más que un acontecimiento político derivado de sus posturas de enfrentamiento social. Esta teología pone en el centro de su seguimiento y reflexión al Jesús histórico, el que vivió, luchó y murió entre los hombres, subrayando siempre su aspecto conflictivo contra los poderes de este mundo y en defensa del pobre, del débil y del explotado.

La legitimación de estas posturas por parte de la Teología de la liberación viene dada por el convencimiento de que sólo es posible acceder a una mayor y mejor comprensión del Cristo resucitado, del Cristo de la fe, si se hace la predicación y la praxis del Jesús histórico y, a partir de la actualización de esa praxis, en su seguimiento. Podemos llegar a descubrir al Resucitado en la medida que sigamos e imitemos al Jesús que pasó por nuestras condiciones históricas. La muerte de Jesús y su resurrección, en algunos países de pobrezas extremas, no pueden ser reflexionadas y vividas al margen de las situaciones de muerte y de las esperanzas que generan las luchas liberadoras de los pobres. Esto no entraña la negación de la gratuidad ni de los contenidos de resurrección de la fe cristiana sino que es una simple postura metódica.

A pesar de lo incompleto de estos planteamientos la insistencia de esta Teología en las situaciones de opresión y de esclavitud y su afán liberador merecen un voto de confianza. El pecado social y estructural es un hecho muy real, lo mismo que las opresiones que genera. Algún tipo de militancia contra esas situaciones no debe ser ajeno a la praxis cristiana. Siendo conscientes, claro está, de que ciertas cosas tienen que estar mejor formuladas y de que hay problemas a medio resolver como el del análisis marxista de la sociedad y la violencia que genera, lo mismo que el problema de la gratuidad del Reino de Dios que es lo más específico de la salvación cristiana. Otro reto con el que tiene que encararse la Teología de la liberación es el de la formulación de una espiritualidad en la que el hombre se encuentre consigo mismo en Dios, descubra su presencia amorosa y sienta la necesidad de celebrarlo.

Una cristología "desde arriba".
Al contrario de todo esto que acabamos de decir la Renovación carismática nace como una experiencia de fe. Desde arriba. Generalmente en el "bautismo" o efusión del Espíritu se recibe un algo que unas veces es más sensible que otras, pero que cuando es verdadero cambia la vida de la persona que lo ha recibido. Se puede hablar de un pentecostés, es decir, de una iluminación, de una conversión, de una trasformación.

Uno no sabe en qué lugar de la conciencia humana se ha hecho presente esa acción del Espíritu, pero se experimenta como absolutamente real. Además es sorprendente. Nadie se la espera. Si no viniera como una unción amorosa produciría miedo, pues estamos acostumbrados a controlar de una forma o de otra, por la razón o por los sentidos, las sorpresas que nos llegan en la vida. Pero ésta es distinta.

Esta experiencia, guiada por la Palabra de Dios y el discernimiento de la comunidad, reconoce pronto los contenidos con los que está habitada. La primera referencia es a Jesús, el resucitado. Jesús vive, es el primer grito de alegría de los Apóstoles y de la persona que se encuentra un día con la fe cristiana. Ahí empieza el proceso de fe normal del que nos hablan los Hechos de los Apóstoles y que se repite en cada comunidad cristiana carismática que se vaya formando. Este proceso tiene como pasos el anuncio, el "bautismo" y la formación de la comunidad.

Experiencia liberadora.
Esta vivencia siempre es liberadora o, con un término más clásico, salvadora. Por eso, tal vez el segundo grito del que ha sido sorprendido por la irrupción de la fe es el de Jesús salva, es Salvador. Y es que la acción del Espíritu viene a un ser concreto, a una persona concreta sometida a todos los condicionamientos de la historia. Como toda persona humana, ésta de que hablamos está sometida a toda clase de esclavitudes, de opresiones, de pecados. Ha buscado al Señor desde su pobreza real, la que le hace sufrir, la que experimenta como un mal, la que le disminuye como hombre. Estas pobrezas a veces son personales, otras familiares, otras sociales. La salvación siempre es histórica. No viene a un hombre intemporal o irreal.

La persona que se siente salvada es un pobre, un necesitado. Lo primero que piensa al recibir esta gracia no es en la posible solución de sus problemas económicos, familiares o sociales. En el hombre hay otras pobrezas más profundas que todas éstas. La primera de ellas es la propia pobreza de ser hombre. Es esa condición nativa de desvalimiento, de impotencia, de soledad metafísica. Por eso en la Renovación nadie se avergüenza de traducir esta salvación primera en términos de amor y decir: Dios me ama, Él está conmigo. Él está, es real. Dios es amor, dice San Juan. Cualquier salvación que no venga con amor no es apreciada ni valorada.
Me contaba una misionera seglar que después de hablar a unos campesinos en Guatemala defendiendo sus derechos, quiso coger y acariciar a un niñito que estaba en los brazos de su madre, pero ésta no se lo permitió. Le llegó al alma este desaire. A los pocos días en una eucaristía la mujer, arrepentida, vino de lejos a darle la paz. Le preguntó la misionera: ¿Por qué no me dejaste el niño? Porque me pareció que aunque nos defendías no nos querías.
Jesús es el Señor.
Esta es la expresión y la experiencia que define más hondamente a la Renovación carismática: el señorío de Jesús sobre todas las cosas. La experiencia liberadora del Espíritu aquí cobra toda su plenitud. Esta frase: "Jesús es el Señor", no es un eslogan o una expresión puramente contemplativa. No nos ha sido trasmitida como un título emblemático o nobiliario, como un adorno que decora la personalidad de Jesús, a la que hay que rendir pleitesía o adoración. Es un principio activo o, como diríamos en terminología de hoy, es una frase revolucionaria.

Por eso, la Renovación carismática no se nos presenta como un soto apacible o una verde y jugosa pradera donde el alma se va a recrear placenteramente. Es cierto que se experimentan las profundas alegrías de la salvación, que van a ser expresadas y celebradas con cantos, palmas y alabanzas, cosas todas ellas que no sólo son expresiones de liberación sino que son liberadoras en sí mismas, pero a la larga va a resultar un proceso de salvación que no en todos los momentos será fácil reconocerlo como liberador.

Para que Jesús sea verdaderamente el Señor tiene que hacerse el Señor. La condición humana, la historia del hombre, ha estado, y lo está aún en gran parte, sometida a otros señores. Estos no son salvadores sino dominadores, explotadores y han multiplicado el delito por el mundo entero. No sólo el ser humano se encuentra profundamente herido en sí mismo sino también en su contexto social. Es cierto que existe el pecado estructural, es cierto que hay estructuras opresoras que no solamente ahogan la libertad sino que oprimen y roban al hombre. La Iglesia, y la Renovación en ella, al hacerse servidoras de nuestro mundo y de nuestra historia, saben muy bien que la realidad está minada por el pecado y que generalmente no es neutral sino beligerante contra la debilidad y la inocencia. Jesús, el que vivió como hombre, estuvo siempre de parte del pobre y del débil, como una parábola de lo que constituiría su reino una vez resucitado.
En este sentido, también la Renovación hace su opción preferencial por el pobre, porque es el que más sufre el peso de la historia y por otra parte es el que más cerca está del Reino de Dios. Sosteniendo y amando al pobre se hace una dura denuncia sobre todas sus condiciones de explotación y, desde ahí, el cristianismo nos ha regalado una cultura de gran respeto por la persona humana.
La Renovación, precisamente porque se alimenta del señorío de Jesús resucitado, vive este talante luchador. Una cosa sí que tiene clara y en ese error no quiere caer: que el único Salvador es Jesucristo; que los hombres no salvamos nada, aunque lográramos cambiar todas las estructuras; que las cosas necesitan una sanación profunda que sólo puede venir de arriba. Se trata nada menos que de crear un hombre nuevo y un mundo nuevo y esto sólo Dios lo puede hacer. El hombre tiene la capacidad de inventar, es decir, de encontrar cosas que ya están ahí y con ello fabricarse una civilización y una técnica, pero no es capaz de amarse un poquito más y el amor es el centro del hombre y del mundo nuevo.

El sacramento de la liberación.
Para nuestro gozo tenemos un sacramento, es decir, un signo o símbolo eficaz que produce lo que significa. Es la Eucaristía. Ella realiza el señorío de Jesús sobre el mundo entero y es a través de ella como se hace efectiva la fuerza de aquella palabra del Resucitado: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt. 28,18).

Cuando alguien comulga el cuerpo de Cristo en la eucaristía se está comiendo la vida eterna. "Lo mismo que yo vivo por el Padre, el que me coma vivirá por mí, y yo le resucitaré el último día" (Jn. 6,57). Pero la vida eterna ya comienza en este mundo. Todas las cosas de este mundo deben de estar impregnadas y transidas de eternidad para que sean auténticas. Sólo comiendo a Jesucristo se da la gracia sanante que hace nuevo todo lo herido y descompuesto de este mundo. El mundo nuevo y la novedad de un mundo distinto y fraterno nace de la Eucaristía, que es el sacramento de la vida restaurada. Por eso, es también el sacramento de la liberación y por eso nos damos la paz al recibirlo. Ninguna otra metodología puede llegar a la hondura y verdad de este signo eficaz de Dios.

Sin embargo, a muchas personas les puede parecer banal, o incluso algo peor que eso, invocar la eucaristía cuando se habla de un compromiso de trasformación del mundo, abrumado por pobrezas tan sangrantes. ¡Hemos oído tantas eucaristías y el mundo no parece haber cambiado en absoluto! ¿No será más eficaz el análisis marxista, con su lucha de clases y su apelación a la violencia cuando resulte imprescindible? ¿No hay métodos más expeditivos para implantar la justicia y la igualdad en el mundo?

Esta es la tentación del hombre que ha dado origen a todas las guerras, las cuales, en vez de eliminar el pecado del mundo, lo han hecho más patente y más sangrante. Quizá llegue un día en que el hombre se convenza de la inutilidad de su agresivo fariseísmo. Hay un fariseísmo de las observancias y otro de las obras. Ambos coinciden en pretender la salvación desde sí mismos. Marx apostaba por cambiar las estructuras para que cambie el corazón del hombre; Cristo, sin embargo, quería cambiar el corazón del hombre para que cambiasen las estructuras, pues de él nacen todos los malos pensamientos, incluso los que crean las estructuras de opresión y de injusticia.

También considero muy fariseo el argumento de que estando ya ahí las estructuras de injusticia, si no se toma partido contra ellas es como ponerse a su favor, porque se favorece el statu quo. Cierto, la Renovación está contra ellas. No es un problema de toma de posición, es un problema de método. Es ahí donde verdaderamente se puede discrepar. En todo caso, la Renovación prefiere beber el poder sanador y transformador de la realidad en la fuente de la eucaristía. No se avergüenza de esta aparente debilidad e inutilidad de la cruz de Cristo. Ella es el memorial de la muerte de Cristo, sacramento de todas las muertes que el hombre tiene que sufrir para sanar y liberar al mundo; y por lo mismo la proclamación de una resurrección poderosa a la cual, en un proceso histórico, tal vez muy largo, está convocada, con el compromiso humano, toda la realidad de la historia del hombre.

Al corazón de la realidad.
Pero aún hay que decir más. Nadie de los que estamos en la Renovación tenemos la sensación de que la gracia y el don de Dios experimentado nos haya sacado de nuestra realidad y de nuestros compromisos naturales. El don de Dios es tan puro y tan sutil que llega, te inunda y te desborda de tal forma que sientes tu personalidad renovada, pero todas las condiciones existenciales en las que tú habitas siguen siendo las mismas. Esta venida de Dios te deja con tu forma de pensar, los problemas con tu mujer siguen estando ahí, te sigue cayendo mal el gobierno y el que te parecía tonto te lo sigue pareciendo.

Sin embargo, esta neutralidad del don de Dios es sólo aparente. La conversión no ha consistido en cambiarte tus cosas sino en recibir su Espíritu, que ha derramado el amor en tu corazón. No hay nada tan comunicativo como el amor. La esencia de todo compromiso cristiano o está en el amor o no hay compromiso cristiano. Este amor lo primero que hace es cambiarte a ti. Te saca de la espiral de las violencias y del círculo infernal de la competencia y del odio que gira alrededor de cada yo humano, autónomo por el pecado original. Te hace hermano de la creación entera y entonces puedes ir derramando por el mundo esa paz que es sólo el preludio de todos los demás frutos del Espíritu.

De esta forma Dios quiere llegar al corazón de los hombres, de las relaciones sociales y de los sufrimientos e injusticias que azotan la realidad del hombre. Te utiliza a ti como vehículo y profeta, y a tu comunidad y a tu iglesia. Ese amor a veces es violento como una denuncia, otras tierno como una caricia. En ocasiones te mantendrá impedido en una silla de ruedas y a otros los llevará al martirio.

El compromiso en la Renovación está en dejarte usar y utilizar por el Espíritu. Ahí se unen la oración y el compromiso, lo natural y lo sobrenatural. El Señor te juntará con otros y se hará una comunidad, en primer lugar celebrativa, en segundo lugar de crecimiento y, en tercer lugar, según los carismas que Él derrame, también de compromiso social. Y aunque esto último no se lleve a cabo de una manera especializada, el amor de Dios potenciado por la comunidad te llevará a cumplir con los compromisos naturales de madre de familia, de sacerdote o de obrero de la construcción a plenitud. No hay que olvidar nunca que los pobres son de Jesucristo, no tuyos, por lo que el ansia de abordar ciertos compromisos tiene siempre que estar discernida. Lo importante es estar bien orientados y no utilizar ni manipular las realidades terrenas con fines religiosos bastardos, sino colaborar siempre en el plan de la creación con respeto y dedicación. Al que le toque vivir en un contexto social de duras desigualdades y pobrezas extremas, si es sincero y se deja usar, seguro que el Espíritu lo llevará a iniciar auténticas acciones de liberación o a colaborar desde el Evangelio con las que otros hayan iniciado.

El gozo de la sanación.
Todo el afán, pues, del compromiso cristiano consiste en ser colaboradores de la obra de salvación de Jesucristo. Se trata de crear un hombre nuevo, una sociedad nueva, una nueva humanidad. La experiencia que tenemos es que esta obra no entra dentro de las posibilidades del hombre. Éste puede crear bellas civilizaciones y técnicas supersofisticadas, pero no puede llegar al corazón del hombre, que sigue siendo el viejo, el de siempre, el que busca lo suyo y es egoísta, avasallador e insincero. Nunca como en el siglo XX ha habido más desigualdades, más odio e indiferencia, y nunca se han desatado resentimientos raciales y tribales que parecían ya superados, con prepotencias inauditas y exterminio sin piedad de otras razas y otros pueblos. ¿Ha fracasado el proyecto hombre?

El que por medio de la Renovación carismática ha recibido la experiencia del don de Dios se niega a aceptar este pesimismo. Al contrario, se ha llenado de coraje interior, de afán de lucha, de confianza en la tarea. Funciona dentro de él un bello don de fortaleza.

Muchas veces me he admirado leyendo las obras del gran teólogo Tomás de Aquino del aprecio que tenía a la gracia que él llama sanante. Según Santo Tomás, la naturaleza humana no está totalmente destruida por el pecado, pero sí seriamente herida. Necesita una restauración, necesita una sanación. Pues bien, el sentir de la gran teología de la Iglesia lo recoge la Renovación carismática en una amplia praxis de sanación, con el fin de colaborar en la creación de un hombre nuevo. Un hombre sanado y restaurado por la gracia. "El que está en Cristo es una nueva creación: pasó lo viejo, todo es nuevo" (II Cor. 5,17).

Hay cosas que jamás deberían de ser banalizadas. En la Renovación hay un peligro evidente de hacerlo con el tema de la sanación. En vez de buscar un hombre nuevo en Cristo, lo que nos interesa es que el viejo sea curado. Entonces se monta un gran tinglado de sanación sin pasar por la cruz de Cristo. ¿Es éste el Cristo de la Renovación? La Palabra de Dios no transige con el hombre viejo: "Esta generación malvada y adúltera pide una señal pero no se le dará otra que la del profeta Jonás" (Mt 12,39). Lo mismo que frivolizamos a Jesucristo diciendo de él que es un guerrillero, así pasa cuando le hacemos un curandero o milagrero.

Las dimensiones de la sanación.
El peligro de frivolizar y pervertir el tema de la sanación está ahí, y en él caemos cada día. En muchos lugares se montan auténticos espectáculos cuyos contenidos semimágicos van ocupando el núcleo central de la praxis de la Renovación. Poco a poco la alabanza, el testimonio, la oración comunitaria, la acogida de los demás van perdiendo sentido y se abandonan. Todo es sanación. Todo es ejercicio de carismas. Al final los dones y carismas no nos dejan llegar a Jesucristo y a su cruz salvadora, con lo que hemos extraviado la verdadera perspectiva y caemos en la manipulación de lo más sagrado.

Sin embargo, estas denuncias, que son necesarias, no invalidan el contenido precioso de sanación y salvación que tiene la Renovación carismática. Siempre en la línea de la evangelización, de la conversión, de la manifestación de la gloria de Dios. El hombre sometido a la dura experiencia del pecado y al peso de su propia naturaleza semidestruida necesita ser restaurado por el poder del señorío de Jesús. Necesita experimentar aquí en este mundo, en esta historia el poder salvador de Dios. Aquí la oración se hace compromiso salvador. Es el pecado personal el que se encuentra realmente en los cimientos de las estructuras sociales injustas. Es preciso trabajar sobre las raíces y el tronco más que sobre las ramas y las hojas si se quiere llegar al fondo de los problemas. Jesucristo envió a sus discípulos a predicar y a sanar para que se hiciera patente que el Reino de Dios ya actuaba en medio de nosotros.

Sanación en el espíritu.
El espíritu del hombre es como un territorio en el cual un ejército invasor ha tomado fuertes posiciones o como un campo de fútbol cuyo dueño es el equipo de casa. Ese dueño se llama Satanás, el príncipe de este mundo. En el momento del bautismo entra en ese campo el equipo de fuera y se entabla entre los dos una gran batalla. El espectador privilegiado es el propio hombre que mediante su inteligencia y su voluntad, que tienen una punta de espiritualidad, puede tomar partido por uno de los dos contendientes. Si se toma partido por Satanás, éste afianza sus posiciones. Si por el contrario apostamos por el Espíritu del bien, va a comenzar una ardua y dura tarea de desalojo de las posiciones del enemigo que tiene todo el campo minado.

Muchos hombres no son conscientes de su espíritu. Es una dimensión que la tienen atrofiada o, al menos, no suficientemente desarrollada. Y, sin embargo, ése es el campo donde se juega básicamente el bien y el mal del hombre. Estas personas no tienen experiencia de la gracia y, por consiguiente, tampoco del pecado que lo reducen a pura psicología. La razón en ellos usurpa todo el campo del espíritu. En mi experiencia pastoral de párroco he conocido rechazos a Dios, al Papa, a los sacerdotes o a la Iglesia, que son algo más que psicología. He conocido fuertes depresiones y rebeldías por la muerte de algún ser querido. Con el tiempo se curó la depresión, que es psicológica, y permaneció la rebeldía, que es espiritual. El pecado verdadero es espiritual aunque se cometa en la carne. "Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los espíritus del mal, dominadores de este mundo tenebroso"(Ef. 6,12). Cuando el Mal arraiga en un espíritu humano, el pecado original despliega toda su intensidad y ese hombre se llena de soberbias y de todos los demás vicios capitales y ahondan en él las raíces de todos los egoísmos y opresiones sin percatarse que está dominado por un poder superior a él. Por eso, en la línea de la evangelización, Jesús dio a sus discípulos poder para expulsar los demonios. En parte, también para eso la Iglesia ejerce sus sacramentos. La Renovación, que cree en ello, ora para que el hombre quede liberado del poder de ese espíritu maligno.

Sanación interior en la psicología.
Sobre su dimensión psicológica el hombre ya tiene más poder. Puede controlar sus pensamientos, sus emociones, sus sentimientos. Aunque la raíz del pecado nunca esté en un sentimiento o en un pensamiento, sin embargo, en ellos se encarna. Por eso es muy importante en el orden de la gracia tener una psicología sana, de tal forma que el mal y el demonio no tomen motivo de las heridas del hombre para engendrar actitudes espirituales de rechazo, de desprecio, de odio, de soberbia, etc. Orar, por lo tanto, para que se cure una depresión, un complejo, un resentimiento o cualquiera de las heridas que nos haya producido la vida no es curanderismo, sino que va en la línea espiritual de crear un hombre nuevo, para lo cual es necesario someter todas las parcelas de nuestro ser al señorío de Jesús.

Sin embargo, en este campo el hombre ya tiene, como hemos dicho, más dominio. Este dominio lo va ejerciendo con el progreso de la ciencia y los descubrimientos psicológicos. Sabemos que la gracia no destruye la naturaleza ni la sustituye. Dios respeta la ley de la creación que él mismo dio y la autonomía de cada una de las realidades temporales. Por eso, un psiquiatra carismático que en vez de aplicar las conclusiones de la ciencia, sólo hiciera oración por sus pacientes, haría muy mal. Lo mismo el enfermo psicológico que, en vez de acudir al médico, sólo le interesara la oración espiritual de sanación erraría la verdadera perspectiva. En caso de duda, un buen discernimiento siempre debe empezar por lo natural.

Sanación física en el cuerpo.
Siempre hay que tener en cuenta que una acción de Dios, sea por medio de una gracia ordinaria o de una extraordinaria, como puede ser un milagro, es para producir un bien espiritual. Los milagros, más que otra cosa, son signos que intentan introducirnos en una conversión hacia el Reino. Separar una sanación física de la actitud de conversión es vaciarla de su contenido más hondo y, por lo tanto, entrar en el camino de la superficialidad. La sanación va unida a la evangelización y a la Palabra de Dios. Hay una palabra muy fuerte del Señor cuando se frivolizan estos temas (Mt. 7,22).

La Renovación hace muy bien en intensificar su praxis de sanación física. Dos son las razones principales: en primer lugar, el hondo sufrimiento humano que hay a este nivel; y después, la manifestación de la gloria de Dios y la experiencia del Reino. Tenemos que pedir mucha fe para que proliferen los signos por doquier y el pueblo pobre sea consolado hondamente por una presencia de Dios tangible. Este tema está muy unido con la caridad hacia todas las situaciones de explotación y de esclavitud de los hombres, entre las cuales la enfermedad es una opresión emblemática.

Pero también en este campo la prioridad la tiene el tratamiento médico normal y la humilde obediencia, por parte del enfermo, a las leyes de la naturaleza y de la ciencia. La verdad y la salud, vengan de donde vengan, tienen su origen en el Espíritu Santo, dice Tomás de Aquino. Si pasamos por alto las leyes de la naturaleza descubiertas por la ciencia, no sólo despreciamos el plan de Dios sino que nos trasformamos en extraterrestres. No hay razón para invocar acciones sobrenaturales, cuando con un sencillo tratamiento natural se pueden conseguir los mismos efectos. Casos habrá en los que además de extremar los cuidados médicos, tengamos que acudir también al poder de Dios.

La Renovación y la acción revolucionaria.
Oí un día a una mujer zapatista del estado de Chiapas decir lo siguiente: "Nos podrán invadir, expulsar de nuestras casas, destruir nuestras cosechas... Nos podrán torturar, deportar e incluso asesinar, pero no nos vencerán. Esto no lo podrán conseguir porque de nuestra parte están la dignidad, la verdad y la justicia. Por eso amamos y defendemos a nuestro obispo y a nuestra Iglesia, porque nos han enseñado que tenemos una dignidad como personas humanas, que nos asiste la verdad pisoteada por tantos atropellos y que es lícito luchar por una justicia que se nos niega".

Yo creo que cuando un hombre o un pueblo ha asumido su dignidad como hijo de Dios, la verdad de su causa y la justicia de sus luchas, este pueblo es invencible. Estos son los valores que emergen espontáneamente en un hombre renovado, liberado, restaurado, evangelizado por la gracia sanadora de Dios. Estos valores son más revolucionarios que todos los ejércitos y las ideologías del mundo. Cualquier teología o praxis de oración que, a un pueblo oprimido y explotado no le revelara estas grandes verdades, sería un culto superfluo y evasivo. No actuaría el señorío de Jesucristo sobre esa realidad. Sólo una Renovación carismática degradada, caería en esa superfluidad y en ese escapismo. En este caso sería fácilmente manipulable y entraría a formar parte del entramado de la opresión y de la represión. Pero esto no nace de la verdadera entraña de una Renovación auténticamente evangélica.

Creo también que la acción de la teología o de la praxis espiritual debe quedarse ahí. La teología no tiene que encarar análisis sociales para una lucha "liberadora" concreta. No tiene ni siquiera que empujar a la lucha ni arbitrar medios para hacerlo. ¿No hemos quedado en que las realidades terrenas son autónomas? La teología debe expresar las grandes verdades y los grandes valores, sin invadir otros campos que no le corresponden. Serán otras instancias humanas las que realicen la lucha a través de sindicatos, partidos políticos o grupos más o menos radicales. La figura de un cura guerrillero es una figura patética, tanto por lo intenso de su compromiso como por lo errado de su perspectiva.

Escucha y autocrítica.
Alguien ha dicho que la Renovación es una flor delicada que hay que cuidarla con esmero. Es capaz de todo lo mejor pero también es sumamente vulnerable. "Corruptio optimi, pessima", decían los antiguos; que quiere decir: la corrupción de lo mejor, resulta lo peor. La tarea de creación de un hombre nuevo y renovado tal como lo aborda la Renovación es sumamente ardua y generará muchos rechazos. Es el rechazo a la gratuidad. Se la acusará de quietismo, de no colaborar lo suficiente, de insensibilidad a los problemas de la calle, de refugiarse en un gueto de sentimentalismo.

El garaje donde guardamos el coche de mi parroquia está en un sótano oscuro y profundo. Sólo se sale de allí por una larga y empinada rampa cerrada arriba, a cal y canto, por un pesado portón. Para abrir ese portón es imprescindible dar un cuarto de vuelta con una llave. Siempre que lo hago y se abre el portón y veo la claridad del sol, me embarga la alegría de la luz y de la libertad. La gratuidad es cuestión de un cuarto de vuelta de llave. Sólo así podemos entrar en la dimensión del Espíritu, sintonizar la onda en la que se expresa y se revela el Señor y entender que la acogida de la gratuidad no es quietismo, sino que nos va a comprometer a subir por una empinada rampa. Sin ese cuarto de vuelta es cuando estamos verdaderamente quietos aunque nos parezca lo contrario; o lo que es peor estorbaremos a la auténtica obra de liberación. Sin él nunca saldremos de la oscuridad de nuestra mente, lo haremos todo desde nosotros mismos, nos cargaremos con pesados fardos y al final del camino nos encontraremos con un portón infranqueable que nos cierra, a cal y canto, cualquier posible salida. Nosotros no podemos fabricar nuestra propia libertad, necesitamos que Alguien dé un cuarto de vuelta con una llave.

Sólo de esta forma podremos entrar en el misterio de la Renovación. Jesús prometió ese cuarto de vuelta a sus discípulos cuando les dijo pocos días antes de Pentecostés: "seréis bautizados en el Espíritu Santo" (Hch. 1,5). Al parecer, no basta con haber sido bautizados con agua. En el bautismo en el Espíritu comprendemos que hay cosas que sólo las puede hacer Dios y sólo a Él le pertenecen: Él es el Salvador, Él es el Creador del hombre nuevo y de la nueva humanidad, de los cielos y tierra nuevos. Aceptando en la acción estas premisas entramos en el juego de Dios guiados por el más grande amor. Por eso necesitamos la oración, la escucha. Con ellas conoceremos los planes de Dios y su voluntad en cada acontecimiento. Sabemos que a una confiada escucha, Él siempre se revelará y no caminaremos a oscuras. Sin ellas, sin la oración y la escucha, no puede darse ninguna praxis pastoral recta.

Sin embargo, también necesita la Renovación una sincera autocrítica interna y un dejarse interpelar por otras instancias externas. De esta forma no cristalizarán posibles actitudes desviadas. La autocrítica se hace imposible cuando se sacralizan ritos y doctrinas y se mitifican personas e ideales. Para nosotros el único es Jesucristo, y los ideales de bondad, verdad y belleza le pertenecen a Él y en Él hay que buscarlos, por lo que queda excluida cualquier actitud de prepotencia espiritual. ¿Qué tienes que no hayas recibido?

Muchas de las acusaciones mencionadas más arriba, o son verdad o pueden serlo en ocasiones. La gratuidad jamás puede producir quietismo, pero la ignorancia, los mitos o ciertas actitudes enquistadas, pueden pervertir hasta lo más limpio y desviar la praxis más recta. Sería ridículo que un estudiante carismático quisiera aprobar el curso sin haber estudiado, fiado únicamente en la gratuidad de Dios. Sería vano y absurdo experimentar un Espíritu que no nos llevara a tener los mismos sentimientos que tuvo Jesús, a tomar las mismas posturas que Él tomó. Haríamos muy mal en interiorizar e individualizar de tal forma la salvación que no llamáramos la atención ni inquietáramos a nadie. La verdad de Dios produce escándalo en las conciencias endurecidas y en las prácticas y estructuras que viven de oprimir y explotar al prójimo. Si Jesús sólo hubiera sufrido en su espíritu el dolor interior del pecado, sería redentor del pecado interior; pero viéndolo crucificado por unos poderes sociales, queda absolutamente claro que es también redentor de la sociedad y de la historia.

Asumir el riesgo histórico.
Por eso, me parece muy importante que la Renovación se mantenga y acepte cada vez más el riesgo y el compromiso del momento histórico. Sólo así será fecunda. De lo contrario, vivirá para sí misma, como una célula cancerosa y no contribuirá al bien común. La Renovación es Jesucristo y, si se abre verdaderamente al Espíritu, éste la irá ajustando cada vez más a su divino modelo.

Nada sucede sin el previo designio de Dios. Estoy convencido de que la Renovación nació en el momento oportuno, cuando se dio un determinado contexto social y teológico. Es impensable la Renovación en la Iglesia Católica antes del Vaticano II. Es impensable sin la Gaudium et Spes. La poderosa fuerza espiritual que habita en la Renovación, puesta al servicio de una teología mediocre, podía haber producido incontables males. ¡A qué excesos de interiorismo, de espiritualismo y de falso misticismo se hubiera llegado cuando, desde el sentir más o menos oficial, se predicaba la huida del mundo y el desprecio de las realidades terrenas!

Sin embargo, en este momento, esa poderosa fuerza espiritual puesta al servicio de la Iglesia y de la sociedad humana, no solamente sirve para una llamada de conversión interior y espiritual, sino también para una auténtica praxis de reconstrucción de la fe y de los valores que han constituido siempre el humus cristiano, entre ellos la promoción de lo cultural y de lo social. Este es el momento de inyectar en el mundo un poderoso influjo espiritual, que es el mayor servicio que se le puede hacer, para paliar la oscuridad del materialismo, generado por el espejismo de la técnica y de otros relumbres que ofuscan pero no salvan a nadie. La renovación, que está en todos los países del orbe y en todas las confesiones cristianas, tiene contenidos más que suficientes para hacer ese regalo a nuestro mundo.

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