EL Rincón de Yanka

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sábado, 3 de julio de 2021

LA GLOBALIZACIÓN DE LA CONCIENCIA por GONZÁLEZ QUIRÓS 👹💥💀


LA GLOBALIZACIÓN DE 
LA CONCIENCIA

Estamos asistiendo a un proceso en el que la pérdida de virtualidad de las formas de religiosidad tradicional, un fenómeno que no solo es europeo, ha creado el hueco para que se apodere de las conciencias una forma nueva de moralidad muy conectada con los procesos de globalización económica y cultural.
Este fenómeno podría considerarse con frialdad como uno más de los cambios civilizatorios que se abren paso a consecuencia de vivir en un mundo que, al tiempo que parece no tener límites, pues en su mayoría se han roto, se va haciendo cada vez más estrecho y, en cierta forma, aldeano, por decirlo a lo McLuhan. Sin embargo, se trata de algo más, de una serie de cambios que no son ni inevitables ni insustanciales, y que están configurando, de manera tan continuada como artera, formas de normalidad que se disponen a arrinconar cualquier atisbo de tolerancia en defensa no de los derechos individuales sino de las nuevas verdades de salvación que se preconizan.

“ESTADO SE LLAMA EL MÁS FRÍO DE TODOS LOS MONSTRUOS FRÍOS. ES FRÍO INCLUSO CUANDO MIENTE; Y ESTA ES LA MENTIRA QUE SE DESLIZA DE SU BOCA: YO EL ESTADO, SOY EL PUEBLO”. Y AHORA ESE FRÍO MONSTRUO ESTÁ EMPEZANDO A INSINUAR NUEVAS FORMAS DE IMPLANTACIÓN GLOBAL, A CREAR LAS CONDICIONES EN QUE PAREZCA POSIBLE EDIFICAR UNA ESPECIE DE IMPERIO UNIVERSAL, UNA NUEVA CHINA SIN RIVAL Y SIN FRONTERAS

Lo más peculiar y trascendente de este proceso es que se hace a costa de una pérdida, que puede llegar a ser irreversible, de la libertad de conciencia, del aspecto más hondo y humano de la idea de libertad. El proceso, que ahora parece estar en manos de poderes económicos y supranacionales de gran envergadura en el campo de la comunicación, tiene sus orígenes en el fracaso económico y político de la izquierda, algo que se suele simbolizar con el derribo del muro (no fue una mera “caída”), pero que se origina bastante antes.

La primera etapa en la expropiación de la moralidad se da en el momento en que la política deja de distinguir con nitidez entre los ámbitos privados y los públicos. Esa confusión nace cuando el Estado de bienestar empieza a no ser sostenible, pero, a la vez, ha creado ya unas sociedades en las que muchos individuos pueden dejar de ser protagonistas de sus vidas para convertirse en demandantes de derechos y servicios que les pacifiquen y resuelvan la existencia e impongan una forma progresiva de igualdad social. Al pedir un imposible, han creado el esquema en el que han podido crecer nuevas mitologías de salvación.

Cuando los Estados se han visto en esa tesitura, la izquierda, que necesita sentirse progresista, ha aprovechado la oportunidad para enfocar la acción política a partir de nuevas formas de entender la vida que no dejan lugar a ninguna especie de libertad, formas de sentir, más que de pensar, que se edifican a partir del componente ideológico que se impone apoyándose en el hueco que ha dejado la religiosidad tradicional. De este modo, las fuerzas progresistas buscan la movilización de sus seguidores dejando de ocuparse de viejas agendas sociales, aunque disimulando cuanto se puede, para subsumir esas demandas en un desiderátum ideológico más amplio, capaz de definir nuevos sistemas de progreso y de conformidad y ponerlo todo bajo el manto de la nueva religiosidad naturista, ecologista y feminista.

Al actuar de este modo, la izquierda ha sido más fiel a su tradición de lo que suele decirse, porque siempre (salvo en el breve período de relativo éxito de la socialdemocracia moderada en Europa) ha concebido la política como una acción esencial que invade e invalida todo lo demás, puesto que cree en lo que me gusta llamar politización de la existencia como llave de la historia y del progreso.La novedad del momento actual está en que se está consolidando una alianza objetiva, como diría un viejo comunista, entre los partidos de izquierda y algunas/muchas de las grandes fuerzas del capitalismo financiero y tecnológico. Este pacto de intereses no es tampoco demasiado nuevo, porque hace ya mucho tiempo que los grandes grupos económicos han comprendido la importancia de llevarse bien con los políticos que manejan cifras astronómicas de gasto público (recuérdese que Eisenhower tronaba ya al despedirse de su presidencia en 1961 contra el military–industrial complex), y es a partir de esa cercanía en el trato cómo ha podido edificarse el nuevo paradigma político en el que confluyen poderosos intereses económicos y esa forma de entender la política que lleva a acabar con la libertad para obtener cualquier forma posible de orden perfecto, de realización de un modelo ideológico contra el que no es posible conspirar y en el que cualquier disidencia se concibe como fascismo.

Este proceso de confluencia favorece la politización de la existencia, la transformación de la vida personal y, desde luego, de la vida política en una tarea agónica, en la defensa de nuevos dogmas no ya económicos sino morales que, con frecuencia, se pretenden apoyados en la ciencia, unos dogmas que no pueden consentir que se les considere como meras creencias, pues pugnan por convertir a la ciencia en una especie de esclava de la política. Es corriente expresar esta idea con una fórmula de apariencia simple, “lo personal es político”, porque nada queda fuera de del alcance del poder. Así pueden pasar a ser delitos/pecados cuestiones tales como preferir un coche de motor térmico a un vehículo eléctrico, tener dudas sobre cuáles puedan ser las mejores maneras de respetar y mejorar el medio ambiente o considerar que hay determinaciones naturales de la conducta humana que no se pueden reducir a un constructo social.

Cuando la politización de la existencia engarza con formas de globalización de la conciencia moral se crea una mentalidad y una cultura que conduce de forma inexorable a la sumisión absoluta a los designios del poder, a confundir la democracia con el autoritarismo, a renegar de la libertad para que se consiga imponer el Bien de forma perentoria, es decir a legitimar la dictadura, a emplear el miedo para evitar el Mal, lo que supone rendirse a una definición orwelliana del infierno, el lugar en el que el poder se convierte para siempre en incuestionable. Nietzsche acertó a prevenirlo en su Zaratustra, “Estado se llama el más frío de todos los monstruos fríos. Es frío incluso cuando miente; y esta es la mentira que se desliza de su boca: Yo el Estado, soy el pueblo”. Y ahora ese frío monstruo está empezando a insinuar nuevas formas de implantación global, a crear las condiciones en que parezca posible edificar una especie de imperio universal, una nueva China sin rival y sin fronteras.

viernes, 2 de julio de 2021

MANDAMIENTOS DEL INTELECTUAL por JAVIER GOMÁ 📜



Mandamientos del intelectual
«El intelectual acreedor de verdad de ese noble título en el fondo es siempre un educador, que nos recuerda con su discurso la alta dignidad que poseemos los seres humanos y nos enseña que la democracia liberal se define por ser el régimen político que ha organizado sus instituciones prioritariamente para respetar la dignidad de los ciudadanos esperando que éstos hagan lo mismo también entre sí, lo que la convierte en el sistema más decente de cuantos existen»
Si van a enunciarse unos mandamientos del intelectual, no debe faltar una defi­nición de esta figura. Se han propuesto en el pasado varias, yo daré la mía. Un intelectual es alguien que, siendo espe­cialista en un campo particular, es ca­paz de crear además un discurso para la generali­dad de la gente. Lo nuclear reside en ese discurso, claro está, pero no cualquier discurso vale. Repáre­se en los otros dos elementos: su autor ha de ser al­guien competente en alguna disciplina o actividad, la que sea. Sin esa experiencia, sus generalizacio­nes serán sospechosas de veleidades insustancia­les desconocedoras de cómo funciona el mundo real, articulado en profesiones y oficios. De otro lado, por el tema elegido y por la forma de expre­sarlo, el discurso ha de ser interesante para la ge­neralidad de las personas, trascendiendo el estre­cho círculo de los colegas de su especialización. La ambición de llamar la atención a una audiencia potencialmente ilimitada impone a quien lo intenta ciertos deberes o mandamientos, entre los cuales, a mi juicio, se encuentran los que siguen.

Conforme al primer mandamiento, el intelectual conocerá el dolor de los hombres y su discurso tras­lucirá que en todo momento lo tiene en cuenta, pues todo argumento que abstrae de esa realidad dolo­ rosa y no se hace solidario de ella está viciado de irrealidad y deja instantáneamente de resultar con­vincente. Además de que, cual bumerán que vuelve sobre el lanzador y lo golpea en la coronilla, desen­mascara a su autor como una mentalidad probable­ mente infantil y miope.
La política, que divide el mundo en amigos y ene­migos y promueve una pelea inclemente entre los primeros y los segundos tiende a simplificar el razonamiento hasta el extremo con el propósito de enardecer a los suyos y conseguir lo más pronto po­sible su objetivo final, que se resume en la obtención del poder. Nada que objetar mientras esa tos­ca esquematización se mantenga en su limitada es­fera. Lo malo viene cuando los «terribles simplificadores» (expresión del historiador Jacob Burckhardt) saltan a la opinión pública, que, libre de los antagonismos políticos, sería en principio apta para una deliberación racional.

Por eso el segundo mandamiento ordena mirar las cosas desde lo alto peraltados por un «pathos de la distancia» (Nietzsche. 'Más allá del bien y del mal, &257'), rectamente interpretado. El intelectual, cuando comunica con la sociedad, no lo hace nun­ca en nombre propio. sino en nombre de todos. Esta representación de la totalidad (otra manera de de­signar al viejo sentido común) le exige que se dis­tancie de sí mismo y, al contemplar con perspectiva de pájaro el asunto de que se trate, ofrezca una visión prudente, a largo plazo y de conjunto, que se haga cargo con ecuanimidad de la pluralidad de los intereses en juego, muchas veces intrincados y susceptibles de varias interpretaciones por contraste con esas opiniones de vuelo corto y raso que se ago­tan en reiterar la posición ideológica ya tomada de antemano, para la cual, da igual lo que se arguya, todo está claro. demasiado claro.

En un régimen autoritario, el intelectual es un disidente que presenta como alternativa a ese sis­tema inicuo el superior ideal democrático. En una democracia, presidido por ese ideal, su misión muta sustancialmente, circunstancia que algunos pare­cen ignorar. Pues ocurre que la democracia liberal es un equilibrio delicadísimo de diferentes ingre­dientes sabiamente conjugados tras superar mu­ chas pruebas a lo largo del tiempo (económicos, po­líticos, éticos, jurídicos, cívicos), cuyo soporte, una vez invalidados los fundamentos tradicionales, des­cansa exclusivamente en la ilustración de la propia ciudadanía, que ha de estar educada para entender y sentir esos refinamientos. En consecuencia, el tercer mandamiento dice que el intelectual tendrá que cultivar un temple para estas sutilezas, pues, sin ellas, cae en la barbarie del peor gusto. El tacto le inducirá a comportarse con frecuencia de un modo anticíclico: en las épocas de bonanza, en las que la población, satisfecha de la prosperidad que disfruta, sobrelleva con deportividad la sana crítica, avi­sará de los peligros, señalará riesgos, aconsejará re­ formas, criticará insuficiencias, denunciará corrup­ciones del ideal; en las épocas de crisis, en cambio, en que la ciudadanía se halla coagulada por la an­gustia y desesperación y que, debi­do al sufrimiento, vacila sobre el sis­tema, el intelectual se desvivirá por traer a la memoria de la ciudadanía la sabiduría profunda de ese ideal y dará razones para la confianza.

Y es que el intelectual acreedor de verdad de ese noble título en el fondo es siempre un educador, que nos recuerda con su discurso la alta dignidad que poseemos los seres humanos y nos enseña que la de­mocracia liberal se define por ser el régimen político que ha organiza­ do sus instituciones prioritariamen­te para respetar la dignidad de los ciudadanos esperando que éstos ha­gan lo mismo también entre sí, lo que la convierte en el sistema más decente de cuantos existen.
Un discurso es una secuen­cia de combinaciones de veintisiete letras. Por tan­to, el intelectual, incluso el científico, funge siempre de hom­bre de letras y ha de dominar el arte de combinarlas bien para formar palabras, frases, periodos y párra­fos. El cuarto mandamiento, referi­do al estilo, dice que el intelectual, al reclamar para sí la atención general, está obligado a tratar esa aten­ción con amabilidad y cortesía, por lo que procurará expresarse con corrección, claridad, brevedad, elegancia, amenidad y un poco de gracia.

El quinto mandamiento...

En una película de Mel Brooks, 'La loca historia del mundo', bajaba Moisés del monte Sinaí con tres tablas disponiéndose a proclamar ante el pueblo solemnemente congregado los Quince Mandamien­tos de la Ley de Dios. Al levantar los brazos en ges­to sacerdotal, se le deslizó una de las tablas al sue­lo y se rompió, por los que, corrigiéndose al instan­te, anunció los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, para alivio de los sufridos judíos, ya muy agobiados por un exceso de prescripciones divinas.
Con esto quiero decir que traía preparados un puñado más de mandamientos para el intelectual, pero por falta de espacio los dejo para mejor oca­sión.

Javier Gomá Lanzón 
es filósofo y dramaturgo

jueves, 1 de julio de 2021

EL EXPRESIDENTE ECUATORIANO GABRIEL GARCÍA MORENO: ESTADISTA, BENEFACTOR DEL PROGRESO DE SU PAÍS Y MÁRTIR DE LA FE 🔥


Gabriel García Moreno: 
ecuatoriano, hispanoamericano, 
estadista y mártir

Supo simplemente acoger el Evangelio en su vida, 
y desde la fe intentó servir a su Patria


Así habló la Santísima Virgen María, en su advocación de Nuestra Señora del Buen Suceso, a sor Mariana de Jesús Torres hacia 1630:
“En el siglo XIX habrá un Presidente de veras cristiano, varón de carácter, a quien Dios Nuestro Señor le dará la palma del martirio en la misma plaza dónde se encuentra éste mi convento (de La Inmaculada Concepción); Consagrará la República (de Ecuador) al Divino Corazón de mi Amantísimo Hijo, y esta consagración sostendrá la Religión Católica en los años posteriores, los cuales serán aciagos para la Iglesia”.

Gabriel García Moreno (Guayaquil, 24 de diciembre de 1821 - Quito, 6 de agosto de 1875) fue un estadista, abogado, político, periodista y escritor ecuatoriano, dos veces presidente constitucional de la República del Ecuador, católico y mártir.

Fue el maravilloso estadista que mereció ser llamado por Marcelino Menéndez y Pelayo como “uno de los más nobles tipos de dignidad humana que en el presente siglo pueden glorificar a nuestra raza“, y que ante su muerte el Papa Pío IX lamentó diciendo "Ha caído bajo el hierro de un asesino, víctima de su fe y de la caridad cristiana hacia su patria“.
Su causa ha sido injustamente soslayada, muy probablemente gracias a influencias políticas cercanas a las logias que orquestaron su muerte, y que hoy se pavonean en el gobierno mundial.
No obstante, su memoria ha sido gratamente enaltecida más allá de su nación de origen, como dan cuenta las publicaciones recientes del p. José María, las varias conferencias que ha dado sobre él nuestro querido p. Alfredo Sáenz s.j., y una considerable bibliografía en español y en francés.

En este tiempo en que el mundo entero, bajo el yugo del Nuevo Orden, parece sucumbir ante la prepotencia psicópata de un grupo de usureros y asesinos, el último grito de García Moreno “¡Dios no muere!” ha de servirnos como contraseña y recuerdo de que la última palabra no la tiene el mundo, y de que como decía S.Bernardo de Claraval, “la muerte os espera en todas partes, pero si sois prudentes, en todas partes la esperáis vosotros”.
Así lo encontró la muerte a Don Gabriel, esperándola seguro en el cumplimiento de su deber, como las vírgenes prudentes, y mereciendo abrazarla a los pies de Nuestra Señora de los Dolores, donde fue conducido tras su infame emboscada.
El Primer Viernes de agosto de 1875 mientras salía de la Catedral de Quito, después de haber hecho una Hora Santa ante el Santísimo Sacramento, un gran amante del Sagrado Corazón de Jesús era asesinado por los esbirros de la secta masónica. Murió exclamando: "¡Dios no muere!".
Se lo conoce como el «Tomás Moro de América». Abogado, político, presidente del Ecuador de 1861 a 1865, y desde 1869 hasta su asesinato, Gabriel García Moreno aparece en la historia de América Latina en muchos aspectos como ese estadista gigante que tuvo una providencial tarea: sacar al Ecuador del caos, firmar un Concordato con la Santa Sede y consagrar su patria al Corazón de Jesús.

Señaló y denunció siempre, con gran tino, el mal que desde entonces ya aquejaba a nuestras naciones:

"Señores, el gran delito de nuestros días es la vil apostasía de todas las naciones de la tierra. Todos los gobiernos han dejado de reconocer los derechos sociales de Jesucristo y de su Iglesia".
Para muchos son dos conceptos que se excluyen mutuamente: uno no puede ser a la vez un buen político y un buen católico. Porque, dicen, o deja de pensar como católico si quiere ser político, o deja de actuar como político si busca vivir como católico.
La realidad es otra, y lo prueban vidas concretas de políticos que supieron vivir y actuar desde su fe y para el bien de sus pueblos. Uno de esos políticos se llamaba Gabriel García Moreno (1821-1875).

Para conservar la fe y promover el progreso

En efecto, el 8 de octubre de 1873 el Congreso y el Senado ecuatorianos, en sesión conjunta, determinaron que correspondía al poder legislativo "coadyuvar, en nombre de la Nación", a la decisión del Tercer Concilio Provincial Quitense de poner Ecuador bajo la "protección y amparo" del Sagrado Corazón de Jesús. Un acto que, "siendo tan conforme a sus sentimientos de eminente catolicismo, es también el medio más eficaz de conservar la Fe y alcanzar el progreso y bienestar temporal del Estado".
"Se consagra la República del Ecuador al Santísimo Corazón de Jesús, declarándolo su Patrón y Protector", estableció en consecuencia el artículo 1 del decreto.
El documento lleva el Ejecútese del gran impulsor de esta iniciativa, el presidente Gabriel García Moreno (1821-1875), quien sería asesinado año y medio después. El 6 de agosto de 1875 fue asesinado a la salida de la catedral por un grupo de sicarios de la masonería.
Gabriel había nacido en Guayaquil, Ecuador. Pronto se distingue por su mente despierta y su corazón anhelante de nuevas conquistas. A los 15 años empieza a estudiar, en la Universidad de Quito, filosofía y leyes.
Termina el doctorado con 25 años y se dedica a escribir y actuar como político católico. Viaja a Europa, vuelve a Ecuador. Empieza a ser perseguido por sus ideas políticas, por lo que sufre el exilio. Lee y estudia una cantidad enorme de libros de historia, filosofía, ciencias: su deseo de saber parece inagotable.
Regresa nuevamente a su patria. Pasa, sin embargo, por un periodo de cierto apartamiento religioso, pues no acude ni a misa ni a la confesión, aunque públicamente defiende a la Iglesia católica. Un día, un ateo con el que discute le hace ver su incoherencia: ¿cómo alguien que promueve ideas católicas luego no practica lo que dice creer?
Para Gabriel García esas palabras son la ocasión para dejarse tocar por la gracia y dar el paso hacia una profunda conversión. Se confiesa y desde entonces acude a misa cada día.
Su carrera política lo lleva primero a ser alcalde de Quito (1857), luego senador y, finalmente, presidente de la República de Ecuador (desde 1861).
Llega al poder en momentos difíciles para su patria, herida por luchas continuas y por gobernantes que han buscado, de un modo o de otro, eliminar de la vida pública cualquier huella de la fe católica.

Desde su puesto de estadista, Gabriel García Moreno emprende una labor inmensa de reconstrucción, al mismo tiempo que reduce el gasto público. No olvida los valores católicos de su pueblo, por lo que busca promover la presencia de la fe también en la vida pública.
En 1865 deja el cargo, pero a los 4 años vuelve a ser reelegido como presidente de Ecuador (1869-1875).
En ese segundo periodo lanza el proyecto de consagrar su patria al Sagrado Corazón de Jesús. La idea es propuesta primero a los obispos, que la aprueban. Luego obtiene el voto favorable en el Congreso. Ecuador será el primer país del mundo en consagrarse al Corazón de Cristo, en el año 1873.

Los enemigos y críticos no faltan, y Gabriel García vislumbra que la muerte puede llegarle en cualquier momento. No por ello deja de cumplir su deber. Mantiene una oración frecuente y participa siempre que puede a la misa y a otros actos de culto.
Su vida espiritual queda reflejada en unas notas personales que puso en las últimas páginas de una copia de la “Imitación de Cristo”, el famoso libro de Tomás de Kempis que García Moreno llevaba siempre consigo. En esas notas leemos lo siguiente:

“Oración cada mañana, y pedir particularmente la humildad. En las dudas y tentaciones, pensar cómo pensaré en la hora de la muerte. ¿Qué pensaré sobre esto en mi agonía? Hacer actos de humildad, como besar el suelo en secreto. No hablar de mí. Alegrarme de que censuren mis actos y mi persona. Contenerme viendo a Dios y a la Virgen, y hacer lo contrario de lo que me incline. Todas las mañanas, escribir lo que debo hacer antes de ocuparme. Trabajo útil y perseverante, y distribuir el tiempo. Observar escrupulosamente las leyes. Todo ad majorem Dei gloriam exclusivamente. Examen antes de comer y dormir. Confesión semanal al menos”.

Durante el año 1875 la situación de su país se hace cada vez más tensa. Grupos de opositores, sobre todo entre los liberales, lanzan continuos ataques contra García Moreno. Incluso algunos hipotizan que pueda cometerse un magnicidio.
A pesar del ambiente hostil, la mayoría de las fuerzas políticas deciden reelegirlo por tercera vez para ocupar la presidencia de Ecuador. Pero algunos ya han decidido asesinarlo.

García Moreno sabe que sus días están contados. En julio de 1875, después de ser reelegido, escribe una carta al Papa Pío IX:

“Ahora que las logias de los países vecinos, instigadas por las de Alemania, vomitan contra mí toda especie de injurias atroces y calumnias horribles, procurando sigilosamente los medios de asesinarme, necesito más que nunca la protección divina para vivir y morir en defensa de nuestra religión santa y de esta pequeña república... ¡Qué fortuna para mí, Santísimo Padre, la de ser aborrecido y calumniado por causa de Nuestro Divino Redentor, y qué felicidad tan inmensa para mí, si vuestra bendición me alcanzara del cielo el derramar mi sangre por el que, siendo Dios, quiso derramar la suya en la Cruz por nosotros!”.

A los pocos días, el 4 de agosto, dirige unas líneas a un amigo: “Voy a ser asesinado. Soy dichoso de morir por la santa fe. Nos veremos en el cielo”.

El día fatal llega dos días después. El 6 de agosto de 1875, Gabriel García Moreno va a misa a las 6 de la mañana. Los asesinos ven mucha gente en la iglesia, y deciden esperar.
Un poco más tarde, el presidente se dirige a la catedral. Le dicen que alguien le espera fuera. Sale, y el grupo de asesinos se abalanza sobre él. Lo hieren a muerte con golpes de machete y armas de fuego. A los pocos minutos, después de recibir los sacramentos, fallece.
Pocos conocen la historia de este político católico. Gabriel García Moreno supo simplemente acoger el Evangelio en su vida, y desde la fe intentó servir a su Patria.
Su muerte se convierte en un testimonio de fidelidad a Cristo y a la Iglesia, y en un ejemplo para que otros hombres y mujeres, dispuestos a servir generosamente a sus pueblos como políticos católicos, estén preparados para la gracia suprema del martirio.

VER+:


Diego Villamar Dávila - "Gabriel García Moreno: Católico fiel y estadista ejemplar"

GABRIEL GARCÍA MORENO. UN MAGNICIDIO PLANIFICADO y ejecutado por la masonería