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miércoles, 25 de octubre de 2023

CUENTO "EL DEMONIO DE LA PERVERSIDAD" por EDGAR ALLAN POE y COMENTARIO DE JUAN MANUEL DE PRADA 👥 👿💀 y TEOLOGÍA "TRANS"

EL DEMONIO DE LA PERVERSIDAD

Siempre me ha impresionado mucho cierto pasaje de "El demonio de la perversidad", una de las 'narraciones extraordinarias' de Edgar Allan Poe que acaso no se cuente entre las más memorables literariamente hablando; pero que, desde luego, nos ofrece un diagnóstico escalofriante sobre la enfermedad que gangrena nuestra época, que no es otra sino el apetito autodestructivo. Permítaseme reproducir por extenso a Poe: 

«Nos hallamos al borde de un precipicio. Contemplamos el abismo. Sentimos vértigo y malestar. Nuestra primera intención es retroceder ante el riesgo. Pero, inexplicablemente, no nos movemos de allí. Paulatinamente, el malestar, el vértigo y el horror se confunden en un nebuloso e indefinible sentimiento. De forma gradual, [...] adquiere forma un sentimiento que hiela hasta la propia médula de nuestros huesos y les inculca la feroz delicia del horror. Nos asalta esta idea: ¿cuáles serán nuestras sensaciones durante el transcurso de una caída verificada desde tal altura? Y por la sencilla razón de que esta caída implica la más horrible, la más odiosa de cuantas odiosas y horribles imágenes de la muerte y del sufrimiento puede nuestra mente haber concebido, por esta sencilla razón, la deseamos con mayor intensidad. Y porque nuestro raciocinio nos aleja violentamente de la orilla, por esta misma razón nos acercamos a ella con mayor ímpetu. En la Naturaleza no hay pasión más diabólicamente impaciente que la del hombre que, temblando ante el borde de un precipicio, piensa arrojarse a él. Permitírselo, intentar pensarlo un solo momento, es, inevitablemente, perderse, porque la reflexión nos ordena que nos abstengamos de ellos, y por esto mismo, repito, no nos es posible».

Poe no está hablando de la pulsión suicida propia del desesperado, ni tampoco del trastorno propio de quien considera placentero o regocijante arrojarse al abismo. Se refiere a un impulso mucho más monstruoso que, sin interferencia de la angustia ni embotamiento alguno del discernimiento, nos impulsa a anhelar nuestro mal, a sabiendas del daño que nos va a ocasionar, a sabiendas del horror y la desdicha que traerá a nuestras vidas. Cuando se habla de posesiones demoníacas (no digamos cuando tales posesiones se representan en el cine) solemos recurrir a parafernalias de espumarajos, contorsiones y otros efectismos grimosos. Poe, mucho más lúcidamente, nos habla de la «delicia del horror» que paraliza nuestro raciocinio, nuestra voluntad, incluso nuestro instinto de supervivencia; y que finalmente nos empuja a arrojarnos al abismo. Creo que es ahí, exactamente ahí, donde nos hallamos, tanto a nivel personal como colectivo. 

Es como si la conciencia humana hubiese resuelto monstruosamente anhelar y codiciar el mal; pero no un mal que se confunde con el bien, sino un mal cuyas consecuencias asumimos con esa «pasión diabólicamente impaciente» a la que se refiere Poe. Sólo así se explican muchos de los fenómenos que se desenvuelven ante nuestros ojos: desde la paulatina 'normalización' de las drogas al belicismo frenético, desde la quimera 'trans' hasta la aceptación estólida de amnistías que ponen la supervivencia de la comunidad política en manos de sus más enconados enemigos, desde la adopción sumisa de religiones cientifistas que acabarán convirtiéndonos en esclavos hasta el harakiri insensato que se están haciendo urbi et orbi instituciones milenarias como la Iglesia católica.

Es como si una Humanidad descentrada, hastiada de vivir, devorada por un apetito nihilista, hubiese decidido adelantar el final de la Historia. Desde luego, en otras épocas se han repetido estos arrebatos autodestructivos; pero estaban causados por la angustia de situaciones extremas. Ahora nos hallamos ante la apoteosis de ese demonio de la perversidad que describía Poe: estamos tranquilos y somos conscientes del mal que nos aguarda si no nos detenemos; pero hemos decidido entregarnos a él, embriagados por el abismo de horror y muerte que se abre a nuestros pies, deseosos de saborear esa experiencia última de la aniquilación personal y colectiva, en volandas del demonio de la perversidad. «Bajo su influjo –volvemos a citar a Poe–, obramos sin una finalidad inteligible, por la simple razón de que no deberíamos hacerlo. Teóricamente, no puede existir una razón más irrazonable; pero, en realidad, no hay otra más poderosa. En condiciones determinadas, llega a ser absolutamente irresistible para ciertos espíritus. La seguridad del error que trae consigo un acto cualquiera es, frecuentemente, la única fuerza invencible que nos impulsa a ejecutarlo».
Estamos endemoniados. Y, si Dios no lo impide, vamos a consumar nuestra autodestrucción, a sabiendas de lo que nos aguarda.


Teología 'trans'

No hay anhelo más humano que el de abandonar este cuerpo que la naturaleza nos asignó, cambiándolo por otro más hermoso o idóneo. Este anhelo nace de nuestra nostalgia de divinidad, pues –aunque nuestra razón se resista a aceptarlo, o incluso lo niegue furiosamente– nuestra alma sabe (al modo de una 'memoria genética') que nos aguarda una existencia eterna y 'transhumanada', una metamorfosis misteriosa que nos hará resplandecientes e inmortales, sin renunciar a nuestros cuerpos.
En el fondo de la ideología 'trans' subyace la vieja y errónea idea de considerar el cuerpo una cárcel que debe ser descerrajada
Esta vocación plenamente humana, alimentada de promesas divinas, encontró su parodia en aquella otra promesa que la antigua serpiente hizo a Eva en el Edén: «Seréis como dioses». Es decir, podréis rebelaros contra el acto creador de Dios, rechazar los beneficios de la Redención y anticipar el disfrute de una naturaleza gloriosa. Todas las triquiñuelas de la antigua serpiente se resumen, a la postre, en la promesa de un Paraíso en la Tierra que anticipe los gozos ultraterrenos y glorifique nuestra carne mortal. Y entre todas estas triquiñuelas ninguna tan sugestiva como 'hacernos como dioses', desembarazándonos de los límites biológicos de nuestra naturaleza. Así, el hombre deja de ser criatura, para convertirse en creador de sí mismo.

Fue Dante Alighieri en el canto primero del Paraíso quien primero habló de 'transhumanarse' para referirse a la meta última del hombre, que no es otra sino alcanzar tras la muerte la plenitud del ser, pasando de la condición de gusano a la de mariposa (como también leemos en el canto décimo del Purgatorio). Este concepto empleado por Dante lo rescataría muchos siglos después, en un sentido radicalmente contrario, el biólogo y eugenista Julian Huxley, hermano del célebre escritor, quien en un texto titulado significativamente Religion Without Revelation escribía: «La especie humana puede, si lo desea, trascenderse –no sólo esporádicamente, un individuo aquí de una manera, otro allí de otra forma– sino en su totalidad, como humanidad. Necesitamos un nombre para esta nueva creencia. Quizás Transhumanismo pueda servir: el hombre sigue siendo hombre, pero transcendiéndose, a través de la realización de nuevas posibilidades».

Huxley se inspira en el término de Dante para convertirlo en una parodia perversa, como la antigua serpiente convierte también en parodia perversa la alianza de Dios con los hombres, prometiéndoles ser como dioses mientras dure su andadura terrenal. La 'transhumanación' deja de ser una recompensa divina que permite al hombre dejar atrás las infelicidades y padecimientos propios de su vida mortal; y se convierte en una obra meramente humana, que puede superar las limitaciones de su naturaleza a través de la química, de la cirugía o de la tecnología, convertidas en sucedáneos chuscos de la Redención, atajos a través de los cuales se puede alcanzar en esta vida la metamorfosis en cuerpo glorioso. Se trataría, en definitiva, de parodiar grotescamente el acto creador de Dios, los beneficios de la Redención y las promesas de una vida futura de una tacada, en una compota teológica lograda a través de hormonas y bisturíes.

Pero esta parodia grotesca está más vista que el tebeo. Ya en sus Conclusiones filosóficas, cabalísticas y teológicas (1486), Pico della Mirandola escribe, poniendo sus palabras en la boca del mismísimo Dios (pero dando voz, en realidad, a la antigua serpiente): «No te he dado una forma ni una función específica, Adán. Por tal motivo, tendrás la forma y función que desees. La naturaleza de las demás criaturas la he dado de acuerdo a mi deseo. Pero tú no tendrás límites. Tú definirás tus propias limitaciones de acuerdo con tu libre albedrío. Te colocaré en el centro del universo, de manera que te sea más fácil dominar tus alrededores. No te he hecho mortal, ni inmortal; ni de la tierra, ni del cielo. De tal manera que podrás transformarte a ti mismo en lo que desees. Podrás descender a la forma más baja de existencia como si fueras una bestia o podrás, en cambio, renacer más allá del juicio de tu propia alma». Leyendo este pasaje, precursor de la ideología 'trans', advertimos que lo que nuestra época llama ideas nuevas no son más que las viejas herejías de siempre, convenientemente reformuladas.

En el fondo de la ideología 'trans' subyace la vieja y errónea idea de considerar el cuerpo una cárcel que debe ser descerrajada, para que nuestra humanidad alcance su plenitud. Contra esta vieja herejía, que ha destruido tantas vidas prometiendo mejorarlas, sólo se alza la nueva idea cristiana, más escandalosa y subversiva hoy que nunca: nuestro cuerpo, acechado por la decrepitud y la muerte, será 'transhumanado' a la vuelta de la esquina y para siempre. 



En la consideración de las facultades e impulsos de los prima mobilia del alma humana los frenólogos han olvidado una tendencia que, aunque evidentemente existe como un sentimiento radical, primitivo, irreductible, los moralistas que los precedieron también habían pasado por alto. Con la perfecta arrogancia de la razón, todos la hemos pasado por alto. Hemos permitido que su existencia escapara a nuestro conocimiento tan sólo por falta de creencia, de fe, sea fe en la Revelación o fe en la Cábala. Nunca se nos ha ocurrido pensar en ella, simplemente por su gratuidad. No creímos que esa tendencia tuviera necesidad de un impulso. No podíamos percibir su necesidad. No podíamos entender, es decir, aunque la noción de este primum mobile se hubiese introducido por sí misma, no podíamos entender de qué modo era capaz de actuar para mover las cosas humanas, ya temporales, ya eternas. No es posible negar que la frenología, y en gran medida toda la metafísica, han sido elaboradas a priori. El metafísico y el lógico, más que el hombre que piensa o el que observa, se ponen a imaginar designios de Dios, a dictare propósitos. Habiendo sondeado de esta manera, a gusto, las intenciones de Jehová, construyen sobre estas intenciones sus innumerables sistemas mentales. En materia de frenología, por ejemplo, hemos determinado, primero (por lo demás era bastante natural hacerlo), que, entre los designios de la Divinidad se contaba el de que el hombre comiera. Asignamos, pues, a éste un órgano de la alimentividad para alimentarse, y este órgano es el acicate con el cual la Deidad fuerza al hombre, quieras que no, a comer. En segundo lugar, habiendo decidido que la voluntad de Dios quiere que el hombre propague la especie, descubrimos inmediatamente un órgano de la amatividad. Y lo mismo hicimos con la combatividad, la idealidad, la casualidad, la constructividad, en una palabra, con todos los órganos que representaran una tendencia, un sentimiento moral o una facultad del puro intelecto. Y en este ordenamiento de los principios de la acción humana, los spurzheimistas, con razón o sin ella, en parte o en su totalidad, no han' hecho sino seguir en principio los pasos de sus predecesores, deduciendo y estableciendo cada cosa a partir del destino preconcebido del hombre y tomando como fundamento los propósitos de su Creador.

Hubiera sido más prudente, hubiera sido más seguro fundar nuestra clasificación (puesto que debemos hacerla) en lo que el hombre habitual u ocasionalmente hace, y en lo que siempre hace ocasionalmente, en cambio de fundarla en la hipótesis de lo que Dios pretende obligarle a hacer: Si no podemos comprender a Dios en sus obras visibles, ¿cómo lo comprenderíamos en los inconcebibles pensamientos que dan vida a sus obras? Si no podemos entenderlo en sus criaturas objetivas, ¿cómo hemos de comprenderlo en sus tendencias esenciales y en las fases de la creación?

La inducción a posteriori hubiera llevado a la frenología a admitir, como principio innato y primitivo de la acción humana, algo paradójico que podemos llamar perversidad a falta de un término más característico. En el sentido que le doy es, en realidad, un móvil sin motivo, un motivo no motivado. Bajo sus incitaciones actuamos sin objeto comprensible, o, si esto se considera una contradicción en los términos, podemos llegar a modificar la proposición y decir que bajo sus incitaciones actuamos por la razón de que no deberíamos actuar. En teoría ninguna razón puede ser más irrazonable; pero, de hecho, no hay ninguna más fuerte. Para ciertos espíritus, en ciertas condiciones llega a ser absolutamente irresistible. Tan seguro como que respiro sé que en la seguridad de la equivocación o el error de una acción cualquiera reside con frecuencia la fuerza irresistible, la única que nos impele a su prosecución. Esta invencible tendencia a hacer el mal por el mal mismo no admitirá análisis o resolución en ulteriores elementos. Es un impulso radical, primitivo, elemental.

Se dirá, lo sé, que cuando persistimos en nuestros actos porque sabemos que no deberíamos hacerlo, nuestra conducta no es sino una modificación de la que comúnmente provoca la combatividad de la frenología. Pero una mirada mostrará la falacia de esta idea. La combatividad, a la cual se refiere la frenología, tiene por esencia la necesidad de autodefensa. Es nuestra salvaguardia contra todo daño. Su principio concierne a nuestro bienestar, y así el deseo de estar bien es excitado al mismo tiempo que su desarrollo. Se sigue que el deseo de estar bien debe ser excitado al mismo tiempo por algún principio que será una simple modificación de la combatividad, pero en el caso de esto que llamamos perversidad el deseo de estar bien no sólo no se manifiesta, sino que existe un sentimiento fuertemente antagónico.

Si se apela al propio corazón, se hallará, después de todo, la mejor réplica a la sofistería que acaba de señalarse. Nadie que consulte con sinceridad su alma y la someta a todas las preguntas estará dispuesto a negar que esa tendencia es absolutamente radical. No es más incomprensible que característica. No hay hombre viviente a quien en algún período no lo haya atormentado, por ejemplo, un vehemente deseo de torturar a su interlocutor con circunloquios. El que habla advierte el desagrado que causa; tiene toda la intención de agradar; por lo demás, es breve, preciso y claro; el lenguaje más lacónico y más luminoso lucha por brotar de su boca; sólo con dificultad refrena su curso; teme y lamenta la cólera de aquel a quien se dirige; sin embargo, se le ocurre la idea de que puede engendrar esa cólera con ciertos incisos y ciertos paréntesis. Este solo pensamiento es suficiente. El impulso crece hasta el deseo, el deseo hasta el anhelo, el anhelo hasta un ansia incontrolable y el ansia (con gran pesar y mortificación del que habla y desafiando todas las consecuencias) es consentida.

Tenemos ante nosotros una tarea que debe ser cumplida velozmente. Sabemos que la demora será ruinosa. La crisis más importante de nuestra vida exige, a grandes voces, energía y acción inmediatas. Ardemos, nos consumimos de ansiedad por comenzar la tarea, y en la anticipación de su magnífico resultado nuestra alma se enardece. Debe, tiene que ser emprendida hoy y, sin embargo, la dejamos para anhelo hasta un ansia incontrolable y el ansia (con gran pesar y mortificación del que habla y desafiando todas las consecuencias) es consentida.

Tenemos ante nosotros una tarea que debe ser cumplida velozmente. Sabemos que la demora será ruinosa. La crisis más importante de nuestra vida exige, a grandes voces, energía y acción inmediatas. Ardemos, nos consumimos de ansiedad por comenzar la tarea, y en la anticipación de su magnífico resultado nuestra alma se enardece. Debe, tiene que ser emprendida hoy y, sin embargo, la dejamos para mañana; ¿y por qué? No hay respuesta, salvo que sentimos esa actitud perversa, usando la palabra sin comprensión del principio. El día siguiente llega, y con él una ansiedad más impaciente por cumplir con nuestro deber, pero con este verdadero aumento de ansiedad llega también un indecible anhelo de postergación realmente espantosa por lo insondable. Este anhelo cobra fuerzas a medida que pasa el tiempo. La última hora para la acción está al alcance de nuestra mano. Nos estremece la violencia del conflicto interior, de lo definido con lo indefinido, de la sustancia con la sombra. Pero si la contienda ha llegado tan lejos, la sombra es la que vence, luchamos en vano. Suena la hora y doblan a muerto por nuestra felicidad. Al mismo tiempo es el canto del gallo para el fantasma que nos había atemorizado. Vuela, desaparece, somos libres. La antigua energía retorna. Trabajaremos ahora. ¡Ay, es demasiado tarde! desaparece, somos libres. La antigua energía retorna. Trabajaremos ahora. ¡Ay, es demasiado tarde!

Estamos al borde de un precipicio. Miramos el abismo, sentimos malestar y vértigo. Nuestro primer impulso es retroceder ante el peligro. Inexplicablemente, nos quedamos. En lenta graduación, nuestro malestar y nuestro vértigo se confunden en una nube de sentimientos inefables. Por grados aún más imperceptibles esta nube cobra forma, como el vapor de la botella de donde surgió el genio en Las mil y una noches. Pero en esa nube nuestra al borde del precipicio, adquiere consistencia una forma mucho más terrible que cualquier genio o demonio de leyenda, y, sin embargo, es sólo un pensamiento, aunque temible, de esos que hielan hasta la médula de los huesos con la feroz delicia de su horror. Es simplemente la idea de lo que serían nuestras sensaciones durante la veloz caída desde semejante altura. Y esta caída, esta fulminante aniquilación, por la simple razón de que implica la más espantosa y la más abominable entre las más espantosas y abominables imágenes de la muerte y el sufrimiento que jamás se hayan presentado a nuestra imaginación, por esta simple razón la deseamos con más fuerza. Y porque nuestra razón nos aparta violentamente del abismo, por eso nos acercamos a él con más ímpetu. No hay en la naturaleza pasión de una impaciencia tan demoniaca como la del que, estremecido al borde de un precipicio, piensa arrojarse en él. Aceptar por un instante cualquier atisbo de pensamiento significa la perdición inevitable, pues la reflexión no hace sino apremiarnos para que no lo hagamos, y justamente por eso, digo, no podemos hacerlo. Si no hay allí un brazo amigo que nos detenga, o si fallamos en el súbito esfuerzo de echarnos atrás, nos arrojamos, nos destruimos.

Examinemos estas acciones y otras similares: encontraremos que resultan sólo del espíritu de perversidad. Las perpetramos simplemente porque sentimos que no deberíamos hacerlo. Más acá o más allá de esto no hay principio inteligible; y podríamos en verdad considerar su perversidad como una instigación directa del demonio sí no supiéramos que a veces actúa en fomento del bien.
He hablado tanto que en cierta medida puedo responder a vuestra pregunta, puedo explicaron por qué estoy aquí, puedo mostraron algo que tendrá, por lo menos, una débil apariencia de justificación de estos grillos y esta celda de condenado que ocupo. Si no hubiera sido tan prolijo, o no me hubiérais comprendido, o, como la chusma, me hubiérais considerado loco. Ahora advertiréis fácilmente que soy una de las innumerables víctimas del demonio de la perversidad.

Es imposible que acción alguna haya sido preparada con más perfecta deliberación. Semanas, meses enteros medité en los medios del asesinato. Rechacé mil planes porque su realización implicaba una chance de ser descubierto. Por fin, leyendo algunas memorias francesas, encontré el relato de una enfermedad casi fatal sobrevenida a madame Pilau por obra de una vela accidentalmente envenenada. La idea impresionó de inmediato mi imaginación. Sabía que mi víctima tenía la costumbre de leer en la cama. Sabía también que su habitación era pequeña y mal ventilada. Pero no necesito fatigaros con detalles impertinentes. No necesito describir los fáciles artificios mediante los cuales sustituí, en el candelero de, su dormitorio, la vela que allí encontré por otra de mi fabricación. A la mañana siguiente lo hallaron muerto en su lecho, y el veredicto del coroner fue: «Muerto por la voluntad de Dios».

Heredé su fortuna y todo anduvo bien durante varios años. Ni una sola vez cruzó por mi cerebro la idea de ser descubierto. Yo mismo hice desaparecer los restos de la bujía fatal. No dejé huella de una pista por la cual fuera posible acusarme o siquiera hacerme sospechoso del crimen. Es inconcebible el magnífico sentimiento de satisfacción que nacía en mi pecho cuando reflexionaba en mi absoluta seguridad. Durante un período muy largo me acostumbré a deleitarme en este sentimiento. Me proporcionaba un placer más real que las ventajas simplemente materiales derivadas de mi crimen. Pero le sucedió, por fin, una época en que el sentimiento agradable llegó, en gradación casi imperceptible, a convertirse en una idea obsesiva, torturante. Torturante por lo obsesiva. Apenas podía librarme de ella por momentos. Es harto común que nos fastidie el oído, o más bien la memoria, el machacón estribillo de una canción vulgar o algunos compases triviales de una ópera. El martirio no sería menor si la canción en sí misma fuera buena y el aria de ópera meritoria. Así es como, al fin, me descubría permanentemente pensando en mi seguridad y repitiendo en voz baja la frase: «Estoy a salvo».

Un día, mientras vagabundeaba por las calles, me sorprendí en el momento de murmurar, casi en voz alta, las palabras acostumbradas. En un acceso de petulancia les di esta nueva forma: «Estoy a salvo, estoy a salvo si no soy lo bastante tonto para confesar abiertamente.»
No bien pronuncié estas palabras, sentí que un frío de hielo penetraba hasta mi corazón. Tenía ya alguna experiencia de estos accesos de perversidad (cuya naturaleza he explicado no sin cierto esfuerzo) y recordaba que en ningún caso había resistido con éxito sus embates. Y ahora, la casual insinuación de que podía ser lo bastante tonto para confesar el asesinato del cual era culpable se enfrentaba conmigo como la verdadera sombra de mi asesinado y me llamaba a la muerte.

Al principio hice un esfuerzo para sacudir esta pesadilla de mi alma. Caminé vigorosamente, más rápido, cada vez más rápido, para terminar corriendo. Sentía un deseo enloquecedor de gritar con todas mis fuerzas. Cada ola sucesiva de mi pensamiento me abrumaba de terror, pues, ay, yo sabía bien, demasiado bien, que pensar, en mi situación, era estar perdido. Aceleré aún más el paso. Salté como un loco por las calles atestadas. Al fin, el populacho se alarmó y me persiguió. Sentí entonces la consumación de mi destino. Si hubiera podido arrancarme la lengua lo habría hecho, pero una voz ruda resonó en mis oídos, una mano más ruda me aferró por el hombro. Me volví, abrí la boca para respirar. Por un momento experimenté todas las angustias del ahogo: estaba ciego, sordo, aturdido; y entonces algún demonio invisible -pensé- me golpeó con su ancha palma en la espalda. El secreto, largo tiempo prisionero, irrumpió de mi alma.

Dicen que hablé con una articulación clara, pero con marcado énfasis y apasionada prisa, como si temiera una interrupción antes de concluir las breves pero densas frases que me entregaban al verdugo y al infierno.
Después de relatar todo lo necesario para la plena acusación judicial, caí por tierra desmayado.
Pero, ¿para qué diré más? ¡Hoy tengo estas cadenas y estoy aquí! ¡Mañana estaré libre! Pero, ¿dónde?

lunes, 29 de mayo de 2023

LIBRO "LA REVOLUCIÓN SEXUAL GLOBAL": LA DESTRUCCIÓN DE LA LIBERTAD EN NOMBRE DE LA LIBERTAD por GABRIELE KUBY



La destrucción de la libertad 
en nombre de la libertad
Gabriele Kuby


Pongo hoy por testigos contra vosotros 
al cielo y a la tierra: 
te pongo delante vida o muerte, 
bendición o maldición. 
Escoge la vida, para que vivas, 
tú y tu descendencia. 
Dt 30,19

Nadie en todo el mundo es capaz 
de cambiar la verdad. 
Sólo podemos una cosa: buscarla, 
encontrarla y servirla. 
San Maximiliano Mª Kolbe

La Revolución Sexual Global

Esta Nueva publicación del libro "La Revolución Sexual Global", nos describe la realidad actual de nuestra sociedad en el mundo, vista por los diferentes colectivos y organismos internacionales en materia de sexualidad y demuestra cómo está afectando al hombre en la búsqueda de su felicidad. Muestra con crudeza y objetivismo las opiniones de agrupaciones, religiones, organismos mundiales y gobiernos cuyas leyes y opiniones en materia de educación y sexualidad están influyendo de forma negativa en “La destrucción de la libertad en nombre de la libertad”
La Editorial DIDASKALOS publica en español este libro que hace un análisis de la revolución sexual en nuestra sociedad por la autora Gabrielle Kuby, socióloga, periodista y conferenciante internacional. Es un libro de gran éxito y de referencia a nivel mundial publicado en polaco, húngaro, croata, eslovaco, checo, inglés, alemán y español en 2017, y chino, ucraniano y ruso próximamente en 2018.
PRÓLOGO

En España la llamada «revolución sexual» no ha sido objeto de un gran debate social, ni ha sido, hasta muy recientes fechas, objeto de un estudio y análisis abierto. Más bien ha sido una revolución silenciosa que ha ido poco a poco cambiando las costumbres y las mentes de los españoles. Su introducción, como ocurre con tantas ideologías, ha sido propiciada por ciertas corrientes filosóficas, de cuyas directrices se han hecho eco las universidades, y por el trabajo de las ONG de carácter internacional que han ido difundiendo estas mismas directrices de la ONU y del Parlamento Europeo en los distintos partidos políticos, sindicatos, organizaciones sociales y medios de comunicación social. 

El caldo de cultivo para el éxito de esta revolución en España fue en un primer momento el cambio de régimen con el comienzo de la democracia y el «aggiornamento» eclesial que siguió a la celebración del Concilio Vaticano II. El llamado «post-concilio» y el nuevo régimen de libertades crearon un clima favorable para aceptar toda novedad por el simple hecho de ser «nueva», sin discernir su bondad o maldad, ni prever sus consecuencias devastadoras. Así se fueron introduciendo las nuevas leyes del divorcio (1981), la despenalización del aborto (1985), la ley sobre Técnicas de Reproducción Asistida (1988), la ley que permite el así llamado matrimonio civil entre personas del mismo sexo (2005), la ley del divorcio «exprés» y del «repudio» (2005), la introducción de la asignatura «Educación para la ciudadanía» que hacía presente la ideología de género en la escuela (2006), la ley sobre técnicas de reproducción humana asistida (2006), la ley Aido sobre la interrupción del embarazo y la salud sexual y reproductiva (2010), la ley de investigación biomédica (2011), hasta llegar a las leyes autonómicas sobre «Identidad y expresión de género e Igualdad social y no discriminación» (Madrid, 2016), la ley sobre transexualidad (Valencia, 2017), etc. 

En estos momentos está presentada una proposición de Ley nacional sobre no discriminación por orientación sexual, identidad o expresión de género... auspiciada por el partido Unidos-Podemos (2017). Es verdad que en todo este proceso, que ha cambiado el sistema jurídico español, no ha faltado la voz del episcopado español que advertía sobre los distintos pasos de la «revolución sexual», que en realidad es una «revolución antropológica», y denunciaba la introducción de las nuevas leyes previniendo las consecuencias funestas. 

En este sentido el primer documento de la Conferencia Episcopal Española (CEE) que introduce una reflexión explícita sobre la «revolución sexual» es la Instrucción «La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad» (2001). Esta instrucción pastoral fue en su momento muy bien recibida por el cuerpo eclesial que se veía enriquecido con toda la reflexión sobre la teología del cuerpo y la antropología adecuada promovida por el Papa San Juan Pablo II. 

El segundo documento de la CEE fue, después de largos debates, el Directorio de la Pastoral familiar en España (2003) que cumplía las indicaciones de la Exhortación postsinodal Familiaris consortio (1981). Este Directorio fue presentado en plena campaña electoral y sufrió las críticas de la izquierda política, fundamentalmente del que sería el nuevo presidente del gobierno, Sr. Rodríguez Zapatero, quien se centró sobre todo en el epígrafe «los frutos amargos de la revolución sexual» (Directorio, 11-12). Además de las distintas notas publicadas por la Comisión permanente y el Ejecutivo de la CEE, en el año 2012 la Asamblea Plenaria del episcopado español aprobó el documento titulado La verdad del amor humano. Orientaciones sobre el amor conyugal, la ideología de género y la legislación familiar, respondiendo a la imposición de la asignatura Educación para la ciudadanía por medio de la cual, el gobierno socialista introducía la ideología de género en el curriculum escolar de la enseñanza en España. 

Con ello, los obispos españoles ofrecían por primera vez una reflexión pormenorizada sobre la ideología de género y sus derivaciones en la teoría «queer» y «cyborg», etc. La verdad es que el carácter obligatorio de la asignatura Educación para la ciudadanía motivó una gran movilización de los padres y colegios que presentaban su objeción de conciencia ante tal imposición. Más allá de las grandes movilizaciones sociales a favor de la vida, la Educación para la ciudadanía y la equiparación de las uniones de personas del mismo sexo al matrimonio supusieron un salto cualitativo en la movilización social y en el conocimiento de los verdaderos propósitos de la «revolución sexual». 

También hay que reconocer que la respuesta de los padres objetores y la respuesta social ante el «tsunami» de leyes que se aprobaban en contra de la vida humana, del matrimonio natural y de la familia, por distintas razones, se fue diluyendo poco a poco y la «revolución sexual» ha ido avanzando con la normalización de la ideología de género y las leyes autonómicas sobre la no discriminación por la orientación sexual y la transexualidad como hemos referido anteriormente. A pesar de estos avances de la «revolución sexual», también podemos afirmar que en el campo eclesial y en una buena parte de la poder que se trata de destruir la civilización cristiana asentada sobre la antropología que confiesa que el hombre, diversificado sexualmente como varón y como mujer, ha sido creado a imagen de Dios y que en su sexualidad, lleva la huella de su vocación originaria al amor y a la lógica del don. 

Se comprende así el asalto a la tradición judeo-cristiana y la voluntad de acabar con el valladar que supone la Iglesia Católica, para diluirla entre las distintas confesiones cristianas que no han soportado la presión de esta planificada revolución sexual. Como nos han recordado los últimos Pontífices sucesores de Pedro, la llamada «cuestión social» ya no está referida a la cuestión obrera o a la división pobres-ricos, la paz o el trabajo, etc. Siendo todas estas cuestiones muy importantes, lo decisivo de la cuestión social descansa hoy sobre la imagen del hombre, sobre la antropología adecuada. Tanto san Juan Pablo II, como Benedicto XVI y el Papa Francisco han denunciado sucesivamente una conjura contra la vida humana programada de manera científica y sistemática (Evangelium vitae 12 y 17), la dictadura del relativismo con la disolución de la antropología cristiana (Caritas in veritate, 75) y la colonización del pensamiento cristiano por parte de la ideología «gender» (Amoris laetitia, 56; Filipinas, 2016; Polonia, 2016; Laudato Si ‘,118). En definitiva se trata de la deconstrucción de la persona humana y de la cultura que deriva del cristianismo. 

Esta deconstrucción de la persona humana no sigue simplemente las estrategias que se derivan del marxismo o del liberalismo. Ambos han sido fagocitados y puestos al servicio del capitalismo tecno-nihilista que culmina su objetivo superando los límites de la naturaleza de la persona —haciendo de ella mercancía— y ofrece la tecno-redención con sus propuestas posthumanistas y transhumanistas. Lo que está en juego, por tanto, es el futuro del hombre y la familia que lo sostiene. 

Como nos recordaba Benedicto XVI «allí donde la libertad de hacer se convierte en libertad de hacerse por uno mismo, se llega necesariamente a negar al Creador mismo y, con ello, también el hombre como criatura de Dios, como imagen de Dios, queda finalmente degradado en la esencia de su ser. En la lucha por la familia está en juego el hombre mismo. Y se hace evidente que, cuando se niega a Dios, se disuelve también la dignidad del hombre. Quien defiende a Dios, defiende al hombre» (Benedicto XVI, Discurso a la Curia romana, 2012). 

Siguiendo esta misma lógica, Gabriele Kuby nos advierte además que, cuando en el enfoque de la sexualidad se prescinde de toda norma moral y se sigue el proceso de deconstrucción de la persona que propone la ideología de género y sus derivaciones, estamos abocados a la anarquía, al caos, a la imposición del pensamiento único que puede dar lugar a un nuevo régimen totalitario liderado por el Estado y la gobernanza global. El instrumento utilizado para llegar a este término ha sido la desregularización de las normas morales y la hipersexualización de la sociedad a través de los medios de comunicación y de la pseudoeducación sexual escolar auspiciada por los distintos lobbies procedentes del feminismo radical y de cuantos pretenden afirmar cualquier orientación sexual decidida desde la infancia por una libertad que prescinde por completo de la verdad. 

La sexualidad ha dejado de ser contemplada como una dimensión esencial de la persona, se niega la diferencia sexual y se reduce a un simple impulso gobernado por una libertad al margen de los significados del cuerpo y de toda identidad humana. En definitiva todo es reconducido a una libertad enloquecida sin el orden de la naturaleza de la persona y sin los bienes y valores que le son inalienables. Se llega así a la destrucción de la libertad en nombre de la libertad, o lo que es lo mismo, a la deconstrucción de la persona en nombre de una ideología más destructiva que las ideologías del siglo pasado.

Ha sido la luz de la fe católica la que ha proporcionado a Gabriele Kuby esta clarividencia manifestada en su libro. A esta clarividencia se añade el conocimiento de los datos y procesos de la «revolución sexual» que ella comprende por haber sido militante del feminismo radical y que después ha profundizado y ampliado hasta ofrecernos en su obra los detalles más precisos sobre los orígenes, desarrollo y la agenda global de esta revolución. 

De todo ello nos propone un riguroso análisis y, a la vez, un testimonio confesante de las consecuencias devastadoras de esta revolución sexual. No hay más que observar lo ocurrido en España en las últimas décadas para verificar lo propuesto por la autora: hipersexualización ya desde la infancia, adicción a la pornografía también entre adolescentes y niños; profusión de la anticoncepción, del aborto, de las ideologías de género, «queer», ciborg, propaganda y normativas jurídicas para aceptar cualquier orientación sexual; destrucción de los matrimonios y desestructuración de las familias, equiparación de la unión de las personas del mismo sexo al matrimonio natural, baja de la tasa de nupcialidad; destrucción de embriones y algunos condenados al nuevo gulag de los laboratorios; aumento de la violencia intrafamiliar y de las tasas de adicción al alcohol y a las drogas; mayores problemas psíquicos, también en los niños, fracaso escolar, etc. 

Como bien dice la autora se trata de una locura que transformó la sociedad en una masa de individuos consumidores sexualizados que se pueden manipular para hacer cualquier cosa. Como no puede ser de otra manera, siendo coherente con el evangelio, su análisis y estudio no va nunca contra las personas, ni menos contra las mujeres de las que, como nos recuerda el papa Francisco, hemos de ser claros defensores de su dignidad y de su auténtica naturaleza femenina. Su denuncia como mujer, que ha sido esposa y madre, va dirigida contra todo un sistema ideológico global que arranca al ser humano de sus verdaderas raíces con una clara intención de destruir la base que sustenta la sociedad, la familia. Gabriele Kuby ha pagado su claro testimonio en su propia carne, soportando todo tipo de denuncias, vejaciones, burlas, manipulación y tergiversación de sus palabras, siempre calificada con los términos de homofobia, transfobia, etc., términos creados por el propio sistema ideológico de la revolución sexual. 

Conozco bien esta misma experiencia. Sin embargo, su respuesta, inspirada por la fe católica, además de amar a todas las personas, es la de afirmar las razones de la esperanza. Ella confía en la respuesta de los padres y en las iniciativas de tantas personas de buena voluntad que ante la voz de alarma despiertan del sueño ideológico y aprenden a discernir los signos de los tiempos. Los creyentes sabemos que, como nos advertía san Pablo, «nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los que dominan este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal» (Ef. 6,12). Por eso continuamente afirmamos que toda nuestra esperanza está puesta en Cristo, vencedor del pecado y de la muerte, quien nos ha dicho: «En el mundo encontraréis dificultades y tendréis que sufrir, pero, tened ánimo, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). 

Antes de concluir este prólogo, además de agradecer a la autora su interés por completar su obra para la edición española, quiero también manifestar mi gratitud a los traductores, editores y a cuantos han contribuido para hacer posible esta publicación. Sé que a todos les impulsa una única motivación: la humilde propagación de la verdad que hemos recibido por la fe y la clara defensa de la dignidad de la vida humana, el carácter sagrado del matrimonio y del bien social de la familia. Por mi parte me considero honrado al permitirme escribir estas líneas, convencido también de que no hay verdadero progreso para el hombre sin el anuncio de la verdad de la sexualidad humana que hemos conocido con la luz de la razón, la fe en Cristo y la enseñanza de la Iglesia. Verdaderamente, como dice el Concilio Vaticano II, es el Verbo encamado quien revela al hombre el misterio del hombre y le descubre la sublimidad de su vocación al amor y al don de sí mismo a los demás (Cf. Gaudium et spes, 22-23).
+ Juan Antonio Reig Pla 
Obispo de Alcalá de Henares, 2017

EPÍLOGO

(...) En el punto avanzado de liberación sexual en el que ya estamos, todos necesitaremos valentía. Como dijo Lao Tzu, un viaje de mil kilómetros comienza con un simple paso. Nadie te puede impedir que comiences poniendo orden en tu propia casa. Deberíamos asegurarnos de que tenemos aceite en nuestras lámparas. No podremos ni comprar ni tomar prestado cuando necesitemos las lámparas. Ello te dará conocimiento, valor, capacidad de persuasión, vigor y, por último, pero no menos importante, la alegría de la vida. Si hay que detener la destrucción de nuestros cimientos sociales, y tiene que empezar a forjarse un cambio, hay unos objetivos que son absolutamente esenciales: Integración de la perspectiva de familia en lugar de la incorporación de la perspectiva de género. Matrimonio sólo entre un hombre y una mujer.

Fortalecimiento legal del derecho del niño a su madre y su padre biológicos. Fortalecimiento legal del derecho de los padres a educar a sus hijos según sus valores. No a la sexualización de los niños y adolescentes a través de la educación sexual integral obligatoria en las escuelas. No a la inclusión de «identidad sexual» u «orientación sexual» en las leyes antidiscriminatorias. Campañas nacionales e internacionales contra la pornografía. La protección del derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural. Desde el año 2013, la resistencia ha ido creciendo en toda la sociedad. ¡Podemos cambiar las cosas! Hay miles de iniciativas que trabajan en favor de la dignidad humana. Vale la pena luchar por una renovación moral y espiritual de nuestra cultura occidental, cuyos incomparables logros se deben esencialmente al cristianismo, verdadera fuente de la libertad individual y política. La crisis provocada por la incontrolada inmigración masiva a Europa desde el otoño de 2015, principalmente de jóvenes musulmanes y sobre todo a Alemania, revelará que la agenda de género es el delirio de una sociedad decadente y nos devolverá al terreno firme de la realidad humana: hombre y mujer, padre, madre e hijos. La familia es la que sostiene la vida humana, especialmente en las crisis. La victoria del mal sólo establece el escenario para el triunfo del bien. Segura de esto, te deseo esperanza, confianza y valentía.
GABRIELE KUBY


Presentación del libro de Gabriele Kuby

lunes, 8 de mayo de 2023

LIBRO "NADIE NACE EN UN CUERPO EQUIVOCADO": ÉXITO Y MISERIA DE LA IDENTIDAD DE GENERO 🙋🙎

NADIE NACE 
EN UN CUERPO 
EQUIVOCADO

Éxito y miseria 
de la identidad de género

Un fantasma recorre los países más desarrollados: el generismo queer. Tras las grandes conquistas sociales de las últimas décadas relativas al respeto y los derechos de las personas que no encajan en los roles sexuales tradicionales, ha aparecido un nuevo transactivismo: uno que está destruyendo los logros alcanzados, que recae en concepciones retrógradas y genera problemas donde no los había. No está basado en conocimientos de la medicina, la psiquiatría o la psicología. Tampoco existe ninguna filosofía sólida que permita afirmar que se puede nacer en un cuerpo equivocado.
Por el contrario, este nuevo activismo se basa en una filosofía posmoderna ya superada, en una idea particular de justicia social y en una agenda política que no se corresponde con los problemas reales de los individuos. Lo que se presenta como una revolución que por fin da voz a una realidad invisible hasta hoy puede estar encubriendo la legitimación educativa, jurídica y social de los estereotipos sexuales más conservadores.
Nadie nace en un cuerpo equivocado es un brillante libro divulgativo que aborda este tema desde sus mil vertientes: la psicológica, la filosófica y la sociológica; y que atiende a fenómenos como las redes sociales, la vida en la ciudad moderna, la publicidad, la infantilización de la universidad o los problemas actuales de la infancia y la adolescencia, entre otros.
Un análisis riguroso, lleno de empatía y buen humor, que se apoya en tesis fundamentadas y que invita a pensar y a desafiar el lenguaje triunfante de la teoría queer.

Prólogo

por Amelia Valcárcel

The time is out of joint: O cursed spite!
That ever I was born to set it right.
(El tiempo se descoyunta: 
¡Oh maldito despecho! 
Que alguna vez nací para arreglarlo).
SHAKESPEARE, Hamlet, acto I

Éste es un libro escrito con rigor y con humor. Un libro informado y claro, obra de dos académicos, lo que lo hace especial. En buena parte, consiste en recordar y poner ante nuestros ojos asuntos elementales que parecen andar perdiéndose de vista. El principal es el sexo, en realidad, el dimorfismo sexual. Nos asegura que el sexo existe y que se divide en dos: masculino y femenino. Que su finalidad es la reproducción y la ha venido cumpliendo perfectamente. El sexo fundamenta el éxito reproductivo del que disponen los organismos vivos, ya que permite el intercambio génico y en consecuencia diversifica. Existe desde hace unos seiscientos millones de años. Como pareciera que todo ello comienza a diluirse, los autores insisten en recordarnos que si tomamos un libro de biología de cuarto de la ESO, allí nos lo vamos a encontrar. En sus propias palabras: «Para que Judith Butler pueda existir y decir que los bebés nacen sin sexo, han tenido que estar naciendo crías con sexo durante seiscientos millones de años de reproducción sexual binaria. Ella misma es un ejemplo de lo que niega.

Cada tuitero que se declara “sexualmente no binario” en su perfil de Twitter es el eslabón final de una cadena de decenas de millones de generaciones sexualmente binarias y, en caso de que se reproduzca, continuará esa cadena». Es así porque los sexos son la mejor estrategia reproductiva y vienen perpetuándose precisamente por ello. Pero ¿acaso hay que afirmar que el sexo existe? Pues sí, por extravagante que parezca, ha llegado la hora de tener que defender que la Tierra es redonda y que el sexo existe. Dejando a un lado el sistema solar, que tiene sus detractores, debe señalarse que, desde 1993, el sexo ha entrado en insolvencia ontológica.

A menudo leemos, como si tuviera algún sentido, que «el sexo se asigna». La frase parece apuntar a que determinar el sexo de cualquier ser viviente es un problema abstruso de compleja solución. Un enigma. Pero la verdad es que el sexo no se asigna, se observa. Hacerlo es bastante sencillo en la mayor parte de los animales vertebrados. Su observación meramente genital suele ser suficiente y el margen de error es escasísimo. El sexo se observa, y se obra en consecuencia. 

¿Cuántos sexos hay? La respuesta, cuestionada aunque obvia, es que de momento, y desde los mentados seiscientos millones de años, hay dos: uno que pone un gameto, el masculino, y otro que pone otro gameto y además en muchos casos gesta, el femenino. Y esta verdad no tiene salvedades. El sexo no es un continuo ni las criaturas intersexuales son sexos diferentes, sino variantes que todo hecho biológico presenta, por cierto, estadísticamente inapreciables. Empero, desde hace unos cuantos años, cualquier seguridad sobre este asunto se está licuando. No sólo se escucha que el sexo se asigna, sino que en realidad no existe. ¿Tan victorioso ha sido el feminismo en su afirmación de que el sexo no importa o no debería importar como para que tal novedad se haya vuelto moneda corriente? ¿Estamos descreyendo de él?

Asistimos a un extenso y turbador fenómeno social: en la mayor parte de las sociedades abiertas, dos ideas contrarias —una, que el sexo es un constructo; otra, que es una vivencia interna innegable— vienen extendiéndose. Van juntas, aunque no se soportan mutuamente. Pero no se limitan a temas debatibles, sino que se encarnan en prácticas legislativas, médicas, escolares. Las sociedades abiertas, todas, en mayor o menor medida, han escuchado este doblete queer. Muchas están sucumbiendo o bien intentando salir de una evidente fase delirante. Llamo «delirio queer» a algo fácil y señalable: a mantener que el sexo no tiene existencia real, sino que es un constructo, más específicamente, una construcción performativa. Y, a la vez, una revelación espiritual que, desde el interior de cada quien, no cabe negar.

Durante muchas décadas de trabajo y amistad con Carlos Castilla del Pino, el más eminente de nuestros psiquiatras, siempre logró que me interesara por uno de sus temas favoritos: la personalidad delirante, a la que llegó a dedicar un libro completo. En el delirio asistimos a una progresiva desconexión de la realidad. La personalidad delirante se «desentrena» de ella y deja libre curso a la fantasía y la creación de un lenguaje que pueda apoyarla. En la doctrina queer hay tractos, y sobre todo hay glosolalia en las personas afectadas, que responden perfectamente a la descripción del delirio. Sin embargo, lo que venimos observando estos últimos tiempos tendría más bien la impronta del delirio colectivo. Del hecho de que existan personalidades delirantes no cabe dar el paso mecánico a la existencia de delirios colectivos, no sería epistémicamente honesto, pero cabe ver las condiciones de posibilidad. El delirio colectivo es un síndrome que afecta a colectivos sociales y que se caracteriza por integrar una creencia como si fuera un hecho objetivo. La gente ha creído en brujas y, de paso, las ha quemado. A veces, por el contrario, la creencia delirante puede partir de algo real y estar distorsionada en cómo afecta ese hecho y las consecuencias que se derivan de él. El delirio individual puede tener un desencadenante cierto en alguna condición colectiva que le dé alas. Podemos no conocer a la perfección la naturaleza de un delirio colectivo pero saber cuándo existen sus condiciones de posibilidad. Y aquí quiero apuntar un rasgo de los tiempos que nuestros dos autores señalan: el narcisismo.

Errasti y Pérez afirman más de una vez a lo largo del libro que el narcisismo, aliado muchas veces de la cursilería, es el signo rotundo de los tiempos. Es más, aseguran que se ha convertido en una auténtica epidemia. A decir verdad, añaden una concausa: el sexo, esta vez como actividad sexual, ha perdido el quicio en nuestras sociedades, lo que no ha ocurrido con otros elementos como, por ejemplo, la edad. El sexo humano no es funcional, socialmente hablando; no tiene ya gozne firme y se ha convertido en casi completamente autónomo. En las sociedades abiertas, la actividad sexual no está tabuizada y casi podríamos decir que forma parte del entretenimiento. Por su parte, el narcisismo es autorreferente. Quien lo padece se contempla como la suma de todas las perfecciones sin mezcla de defecto alguno y también sin deberes contraídos o deudas que solventar. Nada a nadie debe, y los demás, al contrario, a veces le escatiman vilmente su debida admiración. La personalidad narcisista no ve fuera de sí ni da las gracias. Este tiempo que vivimos nos trata como a clientes, por lo tanto, cultiva nuestro narcisismo adrede, fundamenta en él sus ganancias.

«El cliente siempre tiene razón», y además, como a menudo no tiene dónde ponerla, hay que darle y venderle voluntad de virtud, mostrarle actitudes y creencias, no importa si son algo extravagantes, para que las compre, se distinga y se infle de gusto en su originalidad. «Tú lo vales», aunque no se sepa qué o cuánto. Una sociedad de consumidores, que lo es, sucumbe al eco narcisista fácilmente. Nos lo venden y lo compramos. ¿Qué sucedería si precisamente algunas personalidades delirantes nos fueran ofrecidas como ejemplo, ya se hiciera con buena voluntad o con acusada malicia? Digamos que contaríamos con apoyos interesados, y otro tipo de personalidades, especialmente manipuladoras, que, no creyendo lo que predican, sacarían de ello su provecho. Tal actividad, que posee innúmeros precedentes religiosos, no es descartable.

Lo que los autores de este ensayo llaman «epidemia de narcisismo» tiene también las características de un delirio colectivo buscado. Y, siguiendo de nuevo a Castilla del Pino, aun siendo todo delirio un error, casi siempre contiene algo inevitable: es «un error necesario». Para abrir un diálogo importante e inteligente con ellos planteo una disyuntiva: ¿el motivo es la cultura narcisista o el terror creado por la inseguridad de las normas de género?

El sexo son las actividades sexuales, cierto, y biológicamente son dos. Pero en nuestra especie, que es locuaz, el sexo se dobla de género: un conjunto a menudo coherente aunque cambiante de normas que dictan qué corresponde a cada uno de los sexos ser y hacer. Esa normativa está fragilizada en la civilización feminista. Más que fragilizada, casi hecha añicos. En consecuencia, tenemos un estado de «anomia de género». Éste creo yo que es el motivo principal del delirio que nos sobrevuela. Según andamos en lo que va de milenio nadie o casi nadie es ya binario normativo aunque absolutamente todos tengamos sexo, que lo es de todas. El delirio se alimenta de la falta de seguridad en las normas de género, no en que no sepamos que el sexo es binario. Porque en el fondo de todo delirio hay un terror, un terror que precisamente el delirio permite salvar. Lo malo es que el remedio es peor que la enfermedad.

El porqué del delirio queer es la civilización feminista y sus características igualitarias. Todo el queerismo es un desentendimiento del fenómeno de la innovación normativa, combinado con un salto lateral de sentido. «El género ya no es claro..., entonces el sexo no existe.» Pero temo que no baste con afirmar, lo que es bien cierto, que Butler no ha entendido el concepto de performatividad de Austin. Porque el hecho de que tales discursos adquieran celebridad no es la causa, sino un síntoma más de lo que ocurre. No es el sexo, sino las normas que le aseguraban su puesto, lo que se ha desquiciado por muy diversas causas.

Se está produciendo un proceso de infantilización del saber del que los autores de este libro nos avisan con toda razón. Flota en nuestro ambiente una interesada candidez por medio de la cual nos intentamos separar de algunas cosas que ocurren. Todo es porque sí, como si a través de la investigación de sus causas no se entendiera cualquier fenómeno, sino que para todo se nos exigiera una comprensión emocional y ninguna otra. Se pide demasiado a la inteligencia emocional para poder aparcar la inteligencia en sí, pues de vez en cuando resulta molesta. La doctrina queer es la orden de abdicar de cualquier atisbo de solvencia intelectual para no molestar. La candidez interesada vive del imperativo «déjalo, a ti qué te importa». Pero es que a la inmensa mayoría nos importa, y mucho, todo lo que está sucediendo, intelectual y políticamente. Queremos conocerlo, saberlo, investigarlo, analizarlo. Este ensayo es de un valor indiscutible para ello. No sé qué debemos agradecerles más, si la honestidad intelectual o la valentía de mantener firmes las verdades que ahora resultan molestas. Evitemos confundir los deseos con derechos y los temores con razonamientos. Se necesita mucha luz sobre este asunto y en este libro la hay excelente.

AMELIA VALCÁRCEL,
catedrática de Filosofía Moral y Política 
y Consejera Electiva de Estado

Introducción

Un fantasma recorre los países más desarrollados: el generismo queer. Después de las grandes aportaciones del activismo en favor de la visibilidad, el respeto y los derechos de las personas que no se identifican con el género asignado de nacimiento ni con el género binario varón/mujer, un nuevo activismo parece estar destruyendo logros alcanzados, recayendo en concepciones retrógradas y generando problemas donde no los había. Un ejemplo de destrucción es el borrado de la mujer como sujeto político que el feminismo había logrado. Un ejemplo de retroceso es el fortalecimiento paradójico de las repercusiones biomédicas de la disforia de género, con la excusa de su despatologización. Un ejemplo de nuevos problemas es el importantísimo crecimiento de la disforia de género en la infancia y la adolescencia.

Ninguno de estos cambios está fundado en conocimientos de la medicina, la neurociencia, la psiquiatría o la psicología. Tampoco existe ninguna filosofía sólida que permita afirmar que se puede nacer en un cuerpo equivocado. Por el contrario, parecen estar fundados en una filosofía que ya debería estar superada, como es el constructivismo posmoderno, y en un activismo con una particular idea de justicia social y una agenda política más allá de los problemas reales de las personas. La mezcla de esta filosofía con este peculiar activismo da lugar a la teoría queer, toda una ideología que ha trascendido de los tradicionales estudios de género y campus universitarios al mundo real del lenguaje ordinario, las instituciones educativas y sanitarias, y la política legislativa y gubernamental. Si alguien pensaba que la filosofía no tiene aplicaciones prácticas, aquí tiene el posmodernismo aplicado, ahora convertido en narrativa dominante y portador de verdades indiscutibles, cuya puesta en duda implica ser acusado de transfobia. Curiosamente, el posmodernismo había declarado la defunción de los grandes relatos y de la verdad. En su lugar, decía, habría discursos y juegos de la verdad. Y ahora se presenta como la nueva ortodoxia.

¿Cómo es posible que semejante discurso —antirracionalista, relativista, subjetivista, nominalista— haya tenido tanto éxito en una sociedad que por lo demás admira la ciencia, sin que ni siquiera cuente con el apoyo de ser la filosofía más representativa de nuestro tiempo? Se comprenderá que no es fácil responder a esta pregunta, pero plantearla es un gran paso. Para responderla, se han de considerar al menos dos tipos de razones: una inesperada convergencia entre la izquierda y la derecha, y la aparición de nuevas formas de censura en tiempos democráticos.

La inesperada convergencia entre la derecha y la izquierda se refiere a la deriva de la izquierda hacia las políticas de las identidades subjetivas y sentidas, en detrimento de las realidades y contradicciones objetivas de la sociedad capitalista, y al aprovechamiento que el capitalismo neoliberal, que es el mayor productor de subjetividades, realiza capitalizando dichas políticas de izquierdas. Ahí está la bien pensante izquierda, con su particular justicia social, haciendo buena parte del «trabajo sucio» del denostado capitalismo neoliberal, tomando las identidades y los cuerpos de los niños y adolescentes como campo de batalla y mercado.

Por su parte, las nuevas formas de censura democrática incluyen el lenguaje políticamente correcto, la infantilización de la universidad como «espacio seguro», donde nada choque con las opiniones de los estudiantes, y la «fobia», el «odio», la «ofensa», la «violencia epistémica» y la «violencia de las palabras» como armas arrojadizas y acusaciones morales, incluso legales. ¿Qué podría pensar alguien que haya sufrido propiamente violencia —violación, maltrato, tortura, vejación— cuando se la coloca al mismo nivel de la llamada «violencia epistémica» y «de las palabras»? La teoría y el activismo queer han logrado crear un «terror» hacia la ya temible acusación de «transfobia», «odio» y «violencia epistémica» contra quienes digan algo que no sea la aceptación de la identidad sentida como evidencia de una condición natural exenta de influencias sociales y el enfoque afirmativo de la transición de género como la única alternativa aceptable. Cualquier crítica a la teoría queer se considera un ataque a los derechos humanos que desautoriza al crítico para poder opinar. La teoría queer puede ser debatida, pero curiosamente sólo entre quienes la defienden, a pesar de que obviamente las críticas a dicha teoría no van en absoluto en contra de ningún derecho de las personas trans.

Dado este contexto hostil y punitivo, se puede entender que lo políticamente correcto prime sobre lo correcto científicamente en las declaraciones de las sociedades científicas y profesionales, así como en las instituciones académicas y políticas, amén de las corporaciones, en lo tocante a la identidad transgénero. Se entiende también la autocensura de profesores y científicos por miedo a la acusación de transfobia a la hora de hablar del tema transgénero. No sería la primera vez que la acusación de transfobia y la expresión de un sentimiento de ofensa zanjaran un debate o paralizaran una discusión científica y académica para perplejidad de muchos. Al final, este activismo queer termina por generar miedo e hipocresía, y por dividir al propio colectivo de personas transgénero, que, por cierto, está lejos de ser unánime a este respecto.

Para abordar esta problemática, supuesto que es mejor hacerlo que no hacerlo, se hace necesario movilizar una serie de delicados temas, algunos casi anatema, entre ellos el dimorfismo sexual y la discusión sobre si hay más de dos sexos a resultas de la diversidad de género, el narcisismo como característica constitutiva del individuo actual, la abigarrada filosofía posmoderna, la posibilidad de «nacer en un cuerpo equivocado», el «enfoque afirmativo» como única alternativa aceptable, el movimiento queer como lobby capaz de influir en las políticas nacionales y el encantamiento de la sociedad con todo ello. El éxito del movimiento de la identidad de género no ha de ocultar su miseria, el lado que tiene que ver con personas descontentas y perjudicadas con daños irreversibles. La buena noticia es que hay alternativas. Nuestro argumento cuenta con la palabra y el análisis de las personas trans en las que nos hemos basado.

No estamos ante un problema sencillo ni unidimensional. El generismo queer aparece desde muchos frentes diferentes, y todos ellos serán abordados en este libro, cada uno al nivel que le corresponda. Estamos hablando de un movimiento que tiene presencia en la filosofía y en los platós de televisión, en la legislación internacional y en las redes sociales. Sobre él hablan actores de Hollywood y doctores en medicina. Así que, paralelamente, habrá capítulos de discusión filosófica académica y otros que parezcan más un hilo de Twitter. Habrá momentos de ironía y otros de gravedad, se explicarán conceptos psicológicos relevantes, y no olvidaremos que esta cuestión tiene a la vez aspectos macrosociales, personales e ideológicos. Trataremos de ponernos a la altura de las distintas caras del problema argumentando a su nivel.

Al mismo tiempo, tampoco es un problema que permita ser abordado desde un único punto de vista. La crítica a la visión queer de la identidad de género se ha ejercido mayoritariamente desde el feminismo, lo que es perfectamente comprensible dado el notable ataque a los derechos de las mujeres que supone su implantación política. Pero además de los perjuicios para las mujeres y la infancia, esta ideología resulta ser psicológica y filosóficamente muy cuestionable, por lo que también cabe plantear una crítica desde estas disciplinas académicas que se una a la crítica ejercida desde el feminismo. Comienzan a oírse voces que acertadamente critican que la universidad se ponga de perfil y se inhiba ante el grave problema social que las políticas queer implican, mientras únicamente las feministas dan la cara en público, en no pocas ocasiones con un alto coste personal. Este libro no está escrito desde el feminismo, pero es perfectamente complementario de sus planteamientos y pretende acabar con el silencio de la academia ante estas cuestiones.

Sabemos que, junto a la polémica ideológica, nos enfrentamos a la pereza intelectual y a un buenrollismo basado más en emociones inmediatas que en actitudes éticas fundamentadas. Nadie puede negar que, por el momento, el generismo queer está ganando la batalla del lenguaje mediante un bombardeo mediático ante el que es difícil resistirse. La ideología queer es un producto más a la venta, cuyos compradores tienen un perfil de edad muy específico, y que se publicita con las mismas herramientas que los móviles o la ropa, aunque el seguidor es diferente: sofisticado y firme defensor de grandes causas —tolerancia, inclusión, derechos—. Está a favor de la tolerancia, pero ¿de qué?; de la inclusión, pero ¿de qué?, y de los derechos, pero ¿de cuáles? La generación menos amenazante para el poder político y económico de la historia reciente es la que considera que ha alcanzado la mayor altura moral nunca vista en la civilización occidental. De la teoría queer se sale, pero el camino es cuesta arriba y a contracorriente. Se necesita pensar.

En el capítulo 1 («De dónde vienen los niños») planteamos directamente la cuestión de si en verdad hay más de dos sexos, cuántos, si el género redefine el sexo y si éste al final no es más que un constructo social. 
El capítulo 2 («Diferente como tú, especial como tú, único como tú») analiza los mitos urbanos y neoliberales de la identidad y del sentimiento como supuestas fuentes de la autenticidad y la verdad que emanan de uno mismo. El capítulo 3 («Los mil frentes de la invasión queer») repasa los importantísimos ámbitos en donde la (i)lógica queer se ha ido imponiendo: política y leyes, educación, empresas y corporaciones, televisión, así como la importante financiación internacional de este movimiento. 
El capítulo 4 («Dándole la vuelta al espejismo queer») resitúa la imagen invertida que se suele tener de los sentimientos y la identidad, entendiéndolos ahora más como algo que va desde la sociedad hacia el individuo, que como algo que brota espontáneamente del interior de la persona hacia la sociedad.

El capítulo 5 («La teoría queer a examen: Judith Butler y Paul B. Preciado») revisa la filosofía de las dos figuras probablemente más prominentes de la teoría queer. 
El capítulo 6 («Cómo hemos llegado hasta aquí y cómo podemos salir») «pone en su sitio» a esta filosofía, en vez de tomarla como la última palabra, mostrando que la filosofía actual va por otro lado. 
El capítulo 7 («Infancias trans: ¿nacido en un cuerpo equivocado?») estudia el fenómeno de la creciente disforia de género en la infancia y la adolescencia, se pregunta si los niños están atrapados en un cuerpo equivocado o en realidad están atrapados en discursos equivocados que les complican la vida. 
El capítulo 8 («Desmontaje del enfoque afirmativo: abrir alternativas») desmonta el enfoque afirmativo de «talla única» como la única alternativa aceptable, sin descartarla cuando sea el caso, en favor de enfoques centrados en los problemas reales de cada uno, sin convertirlos en patologías. 
El capítulo 9 («Neolengua, neogéneros, neoargumentos») analiza esta potentísima sinergia que se ha establecido entre un nuevo lenguaje y el nuevo medio que suponen las redes sociales, sin las que nada de lo que está pasando puede entenderse. 
Por último, el capítulo 10 («Transfobofobia e inqueersición») denuncia los miedos y censuras que a veces las buenas intenciones terminan creando, y los intentos de dispensar a la teoría queer del examen que suponen los debates regidos por la libertad de expresión, a los que toda teoría académica o política debe someterse.

¿Por qué nos hemos metido en esto?

¿Por qué os habéis metido en esto?, nos preguntan, y nos preguntamos también nosotros, teniendo en cuenta que ya estamos satisfactoria y sobradamente ocupados como profesores de psicología en la Universidad de Oviedo. 
Primero, como universitarios, asistimos a una preocupante tendencia, ya observada en muchas universidades del mundo, que se viene identificando como «infantilización de la universidad». La universidad como «espacio seguro», donde el estudiante no se encuentre con opiniones que choquen con la suya y los sentimientos como argumento serían aspectos de esta tendencia. Ambos coartan el análisis, estudio y exposición de temas «sensibles» como los concernientes a las «identidades sentidas». Los profesores se autocensuran dejando de hablar de ciertos temas o, lo que sería peor, contribuyen a ellos con los mantras de turno. De esta manera, la universidad deja de ser el lugar donde se desafían las opiniones y los estudiantes aprenden a mirar más allá del ombligo. De hecho, la universidad debería ser un lugar inseguro para todas las opiniones, empezando por las de los estudiantes y terminando por las de los propios docentes e investigadores.

Como profesores de asignaturas como Psicología de la Personalidad y Tratamientos Psicológicos, nos conciernen temas y problemas que tienen que ver con la identidad sentida. En nuestras clases hablamos sobre si la identidad sentida se funda a sí misma o se aprende socialmente, y sobre si las ayudas psicológicas pueden ser de «talla única» o requieren el estudio pormenorizado de cada caso. Nos preocupan el esencialismo de las identidades sentidas y la patologización del sufrimiento. Como psicólogos, profesamos una concepción de la psicología centrada en la persona y sus circunstancias: cómo la subjetividad, incluyendo la experiencia del propio cuerpo y el comportamiento tanto funcional como disfuncional, se constituyen y tienen su sentido en el contexto social, histórico y cultural en el que los individuos están situados. Concebimos la psicología como una ciencia crítica de la sociedad y vigilante de sus propios conocimientos.

Como trabajadores de la universidad pública española que asistimos a un fenómeno social de graves implicaciones prácticas relacionado con nuestras materias académicas, entendemos que debemos presentar públicamente, fuera de las aulas, las reflexiones que llevamos décadas exponiendo a nuestros estudiantes.

CONVERSACIONES DEUSTO con José Errasti y Marino Pérez acerca de "Nadie nace en un cuerpo equivocado"