POR QUÉ LUCHAMOS
Puede que en el futuro se nos exija
algo más que un testimonio
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¿Por qué luchamos? Quizá la batalla esté perdida desde antes de librarse. Es una posibilidad que debemos contemplar. Desde una óptica realista, se antoja incontestable la evidencia de que existe un desequilibrio abrumador en el reparto de las fuerzas. A un lado, un frente monolítico, impenetrable a la autocrítica, multitudinario. Petrificado en un molde de consignas que son la expresión quintaesenciada del espíritu del tiempo. Al otro lado, grupúsculos de resistentes, francotiradores dotados de una fuerte conciencia de su singularidad, animosos pero dispersos (aunque puede que ya no tanto), desvertebrados en razón de un talante que, de manera instintiva, propende a la imprevisibilidad del anarca.
A la masa granítica, aglutinada alrededor de una compacta disciplina de dogmas, y a la que décadas de infiltración ideológica ha vuelto inmune a las evidencias de la realidad, se le opone una estrategia partisana, deslavazada, condicionada en buena medida por los movimientos del adversario.
Planteada la lucha en tales términos, no hay expectativa de victoria. Los grandes depósitos de población abúlica, los adormecidos contingentes de ciudadanos reacios a involucrarse en una contienda de ideas, si se inclinan por alguno de los frentes, siempre lo harán hacia el flanco de la opinión dominante. No en vano, la atomización social ha resultado ser el producto mejor acabado del Estado de Bienestar. Atomización que, en el plano de las ideas, comporta la instauración de una modalidad de totalitarismo a la que su naturaleza versátil y a la vez inasible, casi gaseosa, le permite infectar hasta el último resquicio de la vida pública.
Se crea de ese modo una atmósfera mullida y grata para quien se avenga a plegarse a ella. Es el clima propio del consenso en que vivimos. Se autoriza su permanencia allí a todo aquel que asuma que la política, como medio de disensión respecto de lo dado y propuesta de formas alternativas de articular la vida en común, ha sido aniquilada. Pero el producto resultante de esta abdicación es una sociedad sin pulso, una congregación informe y ensimismada a la que pastorea el Minotauro estatal, único agente moralizador –tan temido como venerado– de una colectividad en trance de descomponerse.
Ante este concilio de almas muertas, pura emanación del nihilismo rampante, ¿no resulta tentador unirse a la grey mayoritaria? ¿No nos invita todo a abandonar nuestra actitud sediciosa y abrazar la misma fe que profesa ese arquetipo humano al que la socialdemocracia hace decenios que viene insuflándole su hálito esterilizador?
Pero hay un problema, y el problema se sintetiza en que todavía creemos en una cierta idea de la persona. Esa es la cuestión. No nos subyuga un mundo trenzado con los algoritmos de un despotismo tecnocrático que rebaja al ser humano a una condición superflua. Quizá la fórmula “salvar la civilización” nos sobrepase en razón de su grandilocuencia. Quizá vaya siendo hora de pensar y expresarnos en términos un tanto menos épicos, de acuerdo. Y aun así, nos empeñamos en custodiar un espíritu de resistencia que nos hace detestables a los ojos de la mayor parte de nuestros conciudadanos. ¿Por qué lo hacemos? Lograda una cierta estabilidad de ánimo, conquistada en la vida una posición de desahogo, ¿a qué arriesgar la doméstica tranquilidad del hogar bien fortificado?
Leo en el libro que tengo ahora mismo entre las manos: “Cuenta Jenofonte cómo los griegos que volvían a su patria acosados por los ejércitos persas, abrumadoramente superiores en número, se enfrentaban al enemigo seguros de la victoria. Pues tenían conciencia de ser, frente a la masa de esclavos que se les enfrentaba, hombres libres que cantando se lanzaban al combate”.
Ir cantando hacia el combate, esa es la imagen. Perseverar en la alegría que naturalmente se desprende del hábito de pensar como alguien que, en su fuero íntimo, se niega a someterse a la tiranía del número.
No se trata de un mero marchar a contracorriente, por lo demás. Como los griegos de la crónica de Jenofonte, también nosotros caminamos en pos de un objetivo. Hay un legado que salvaguardar. Hay un suelo común que todavía no ha sido devastado en su totalidad. Si el poder que monopoliza el acontecer público insiste en su afán expansivo, pronto tampoco habrá vida privada, familia, hogar que defender.
Puede que en el futuro se nos exija algo más que un testimonio. Es posible que lo que por ahora son padecimientos en parte imaginarios, alcance pronto el rango de sacrificios reales. Entretanto, para tonificar nuestra voluntad, leemos, entre otros, a Camus. “La revolución –escribe– consiste en amar a un hombre que no existe todavía”. Y de su no existencia, del desasosiego que ello genera en la psique del sujeto desprovisto de vínculos con el presente, hechizado por la utopía futurista y la mentira igualitaria, supura, como una pestilencia, la herida de todos los resentimientos contemporáneos.
Nosotros, en cambio, amamos lo que es y lo que ha sido. Vivimos enraizados en un humus de devociones concretas. Somos los agradecidos depositarios de una deuda que nunca terminaremos de saldar. Es en el espacio del encuentro personal, de la ayuda mutua y sin contrapartidas necesarias, donde nos gusta reconocernos. Jamás se nos ocurriría abjurar del principio de realidad. Desconfiamos de la continua inflación emotiva que, desfigurando los contornos del bien, apela a un humanitarismo desencarnado. Apreciamos la variedad del mundo, la estimulante riqueza que se deriva de la contraposición civilizada de los argumentos, pero, a la vez, proclamamos el derecho a preservar una identidad que quién sabe si en el tiempo que está por llegar habrá de servir de fundamento a la restauración de algún modo de vida comunitario. Defendemos las virtudes del mérito, la generosidad, el coraje. Creemos en una sociedad que recompensa el talento y el esfuerzo y penaliza la mediocridad y la desidia. No queremos ver a nuestros hijos disueltos en el magma indistinto de lo global, ni perdidos entre la berrea de una masa de cabestros obedientes. Es por todo ello por lo que luchamos.
Y hay una última razón. No debe desecharse la posibilidad de que, alguna vez, por la inercia de los fenómenos que ya se hallan en curso, fluctúe el signo de la época. Entonces, sobre el paisaje presente, deberían elevarse voces que sembraran en las conciencias dañadas por las secuelas de la debacle un propósito de hermanamiento y reconstrucción. Nuestro deber es mantener a salvo los materiales con los que hombres y mujeres más sabios y diestros que nosotros puedan, en un futuro quizá no lejano, refundar la casa común.
Porque, además, si no albergáramos esta última ilusión, ¿qué sentido tendría nuestra espera?
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