EL Rincón de Yanka: CARMEN CONDE ABELLÁN, POETA Y ALMA DE DIOS Y DE LAS LETRAS ESPAÑOLAS 🌊

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viernes, 4 de octubre de 2019

CARMEN CONDE ABELLÁN, POETA Y ALMA DE DIOS Y DE LAS LETRAS ESPAÑOLAS 🌊



Nació en Cartagena en 1907. Obras: Júbilos (1934), Pasión del verbo (1944), Ansia de la gracia (1945), Honda memoria de mí (1946), Mujer sin Edén (1947), Sea la luz (1947), Mi fin en el viento (1947), Iluminada tierra (1951), Derribado arcángel (1960), En un mundo de fugitivos (1960), Su voz le doy a la noche (1962), Poemas del Mar Menor (1962), Jaguar puro in-marchito (1963), Obra poética (1967).


¡Qué mío tu vivir y qué mía tu muerte 
viniéndote de mí, muriéndome contigo!

Carmen Conde: “Mi pasión por la vida es una reverencia a la obra del Creador. Y la gente esto no lo entiende. Yo soy y he sido siempre una persona moderadísima y pienso que en la vida todo tiene que estar contenido[…] Mis padres practicaron toda la vida lo que creían. Eran creyentes dentro y fuera de casa. Y mi madre grabó todo esto dentro de mí. Yo protesté mucho pero en cambio ahora reconozco cuánto me ha valido en la vida lo que me enseñó:

“Hija – me decía – no desees nunca nada; lo que te mande Dios tómalo, sea bueno o sea malo, porque Él sabe lo que hace. Tómalo con conformidad”. Oye, y a pesar de todos mis avances mentales, esto lo he recordado y lo he vivido siempre”.

Una religiosidad profunda y sincera preside toda la obra de la poetisa que en los versos siguientes de su libro titulado "Devorante arcilla", escrito en 1962, con una gran serenidad nos dice:
“Porque no es posible creer con amargura / que sólo fuimos miserable carne en pugna / cuyos gusanos abren la última existencia cierta. / Hay algo más, y lo buscan los que asedian / las desolantes galaxias extrañas y remotas / que ahora son nuestra meta. / Es que es verdad. Es que yo lo sé, y voy / (con los ojos cerrados y las manos juntas) / a donde me aguarda mi propia forma celeste. (Obra Poética (Devorante arcilla) Op. cit. pág. 847


SÓLO DIOS BASTA

Si se acierta a resumir 
en un solo latido el mundo,
sólo Dios basta.
en su vasta extensión se agota,Si conociendo el amor 
sólo Dios basta.
Sólo basta Dios al que le busca hambriento
en su magna extensión humana,
en su resonante oceanía, 
en su húmeda selva,
en su escueta serranía híspida.
Sólo Dios basta cuando se sabe, 
hasta la cruz, amarle
en cada creación suya.

En el puro arrebato, 

en la sorda resistencia,
en todo y en nada siempre 
vase entreteniendo Dios.
Y si se logra abarcarse a sí mismo,
fiel, concreto, se halla a Dios.
Si se gira, huso de lumbre,
a su candente contacto, 
se encuentra a Dios.
Si se apoyan las manos en el pecho
y se respira hondo, 
se encuentra a Dios.

ÉXTASIS

¡Arder, arder!
En fuego limpio de orillas con ceniza,
quemadura del mundo, sin que una mano
aventara un hilo de polvo oscuramente turbio.
Arder en blanco país de pureza, en domada
pasión de fuego clarísimo.
Llamas en bandadas de lenguas ávidas de cosas
que se funden al sorberlas.
Sí; llamas de bocas frías
y ardientes, devastadoras.
¡Arder, arder, arder, oh mi único ardor!
Nunca impura.

Eso ya fue. Pasó de mí. 
Lo he vencido.
Serenísima mi sangre, toda mía y sumisa;
mi cuerpo ya no es rito. 
Mi alma, de Dios.
¡Oh mi alma,
desligada de este pozo de mi cuerpo!
Sin oleajes ni furias, sin aquellas
feroces embestidas a la muerte.
Sigo fuego tuyo, vida; fuego tuyo y sacro
fuego del Señor en hierbas finas y resecas,
desgarrando tejidos de la jugosa
materia que es el mundo que sí arde.
Limpia para mí, que es ser más tuya
la criatura que voy siendo: redimida
con toda mi pasión tallada a golpes
que no acuñan, que resbalan: son de humo.
¡Arderte a Ti; ardernos, oh mi amor hallado
dentro del gran fuego que es mi cuenco frío!

ARREBATO

Y si es a Ti a quien busco, 
¿por qué no te me ofreces de un sorbo? 
¿Por qué de un solo canto no cae tu voz en mí? 
¿Por qué no me desborda tu empuje de océano 
y toda te reboso cual cauce a un fiero río 
que sale de su madre, y baña las orillas, 
se lleva las raíces, las aves y los vientos?
Que si eres Tú mi forma, 
si vas a ser mi sino, 
¿qué tiempo este que pierdo en no ser toda tuya? 
¿Acaso mi alegría, mi pena o mi desvelo 
serían menos tuyos si Tú los recogieras, 
si en Ti se rebujaran, si a Ti se te doblaran 
cual frutos de tu tierra 
que piden que los comas para alcanzarte a Ti? 

¡Ah lejos de los lejos, criatura que no veo! 
¡De cuántas sacudidas me puebla desearte! 
Quisiera conocerte, oír tu voz violenta, 
oler tu áspero cuerpo de fuerza en arrebato. 
Poder saber que voy a un día y hacia un tiempo. Dormirme a Ti doblada, sentirte aquí en mi oído... 
Que ya la sangre ahoga de tanto presentirte, 
de tanto imaginarte, de ir en busca tuya. 
Y si eres Tú mi fin, te pido que me llames 
con una voz, la tuya, que sea voz del cielo. 
Y, ¡Carmen!, si me llamas, 
será toda una brasa que funda tu palabra 
hasta quedarse muerta.

En Ti, mi Dios, en Ti quiero estar callada.

Transparentándote. Resonándote. 
Y que todo este enlace de huesos 
y músculos huela a tomillo fresco, 
sea lo menos visible de la naturaleza: 
lo más cándido de cuanto ignoro tuyo. 
Nunca más corazón, cuerpo, 
voz inútil entre lo efímero ni entre lo eterno, 
porque yo, Señor... 
¡Déjame pedirte lo que no sé, 
lo que no puedo pensar: 
una brizna de tu voluntad en mi voluntad, 
que al desgajarse de lo que aquí ama, 
de no volverlo a hallar, idéntico, ello otra vez, 
te pide le otorgues la misericordia 
del no ser absoluto! 
He delinquido de tal manera yéndome 
sin lograr alas, sin sacar ángeles de mí ni de otros, 
que tendré vergüenza eterna de mi ruindad. 
¿Para qué contar conmigo, luego? 
Creo en Ti y en Todo. Pero déjame, Señor... 
¡Déjame con tu perdón, 
fruta de luz en mis dientes, 
más duraderos que los senos que te latieron a Ti!

PLEGARIA

Dispones que tus susurros 
lleguen a distanciadas memorias. 
Estoy más cerca que las montañas, 
que los árboles que te buscan, 
unida al cielo por istmos de angustia, 
y no te oigo venir. 
Cuando los huracanes pulsan 
largos penachos de selvas, 
yo escucho cómo caminan. 
Y jadeando pavura por el viento negro, 
víctima de su opaca furia, 
llamando al que lo creó. 
Te hablo con una voz mate, 
cortada de la angostura que es mi amarga verdad. 
Soy leño para las lumbres todas, 
débil piedra que las hachas quiebran, 
pero te amo, Dios mío. 
Tengo tu amor entre mis hombros, 
una carga de amor sufriente 
que abrasar aspira, lo sabes. 
¡Oh qué hoguera en tus montes soberbios 
la que enciende mi lumbre 
arrebatada por Ti y por tu voz! 
Acércate sin arcángeles,
no adelantes presencia a mis ojos, 
ven contigo solo. Visítame. 
Tu gran cuerpo incandescente 
y fúlgido llameará conmigo 
sobre tus bosques libres, 
incorporándome a Ti.

DIOS Y MAR

Como nadando, abandonada
al agua gruesa del mar. 
O mejor que si nadara: 
flotante en ondas firmes, 
en ondas fuertes, en una inmensa ola azul 
que se juntara con otra inmensa ola azul. 
Hasta los cielos. Así, en tu mano. 
Igual que en el mar, en la mano tuya: 
abierta, infinita mano ilimitada, 
que sostiene mi cuerpo sin tensión... 
Tú, el mar. El mar, Tú. 
La ola, tu mano; la mano, tu ola. 
Abandonándome a los dos, 
ciega y sorda y vuestra. 
Con fe. ¡No hay peligro de ahogarse, 
ni de morir sin alegría de que la muerte 
no sea bellísima liberación hacia Ti! 
El misterio de la confianza reside en nadar, 
en flotar, en abandonarse plenamente a Ti, 
sola y eternamente a Ti. Al mar.

NOSTALGIA DEL HOMBRE

Una espada encendida revolviéndose,
defendiéndonos el Árbol de la vida.
¡Ángeles no tuvo el de la ciencia,
flanqueando su acceso!
”Acércate, varona” –te dijo la serpiente.
Y te acercaste sumisa.
Dios se paseaba por el Huerto,
al aire de su Día.
Ansias tuvo de mí: “¿Dónde estás tú...?”
¡Desnudo me encontré,
con fruto de tu sed sobre mi carne!
Una espada hay ahora, ¡una lumbre!,
que no nos deja ir... ¿Por qué no ardía
antes que tu voz junto al manzano?

¡Ríos que yo vi sumisos míos,
muy lejos ya de mí, aunque ahora nos nombre!


Los cuatro vivos miembros del gran agua
que éramos nosotros por su cauce.
Canté su nombre a todo: aves del cielo,
bestias de los campos, a las flores.
Cayóse el sueño a mí, y ya dormido
te hicieron de mi espalda, mujer mía.
Me buscar y te busco; el hambre tuya
es hambre de ti en mí. Yo te deseo.

¡Oh tierra que te aprietas a mis lados:
yo tengo que labrarte, que mullirte,
que soy también de tierra en mi transcurso!
Subiendo están de ti dulces vapores
regándote la faz. Hueles a hembra,
y soy quien te fecunda, prolongándote.

YA A LOS PIES DE JESÚS

Este pozo florece sobre el brocal su agua. 
Y este ungüento es ya noble porque toca tu planta. 
Déjame que te beba, dale Tú a mi alma esa agua 
que surte de tu hermosa garganta.

El olor de mi cuenco poblado de tu aroma 
es memoria de Ti, cuya presencia invoca 
el nardo que te pide, que de tu piel se toma 
la dulce suavidad que unge lo que toca.

Agua y perfume tuyos, ¡oh Señor del camino! 
Pastor y gran labriego del corazón cansino, 
al verte y al tocarte, yo toda me ilumino 
de la aurora redonda de tu verbo divino.

Soy fragante mujer, y peco por amor...
¡Tú lo sabes y hablas conmigo, Tú, Señor!



La primera mujer que ingresó en la RAE

«Vuestra noble decisión -dijo Dña. Carmen Conde, dirigiéndose a los académicos- pone fin a una tan injusta como vetusta discriminación literaria.» Tras los saludos de rigor, comenzaba una introducción a su discurso, en la que recordaría a Miguel Mihura, «el que mejor comprendió a las mujeres al interpretarlas en sus inolvidables comedias», en un gesto que ya es ritual: mencionar al antecesor en el sillón, que, esta vez, no llegó a tomar posesión nunca. Gertrudis Gómez de Avellaneda abrió la galería de poetas en los que la académica analizó el sentido del tiempo tránsfuga y el deseo de eternidad. En su caso, y en el de Carolina Coronado y Rosalía de Castro, hubo en las palabras de Carmen Conde un tono reivindicativo hacia la poesía de la mujer que se separa del «esquema previsto», y un estudio, crítico y parigual, con el de los poetas varones tratados en su trabajo, que sigue ese lugar becqueriano y cernudiano, «donde habite el olvido». Memoria y muerte fueron los dos pilares sobre los que basó un estudio que desembocaba, como señalaría después Guillermo Díaz-Plaja, para el total de su obra, en la noción de eternidad, más allá de la fama y la inmortalidad, y que, en casos como el de Juan Ramón Jiménez y Unanumo, tocaba los límites del sentido religioso y místico. Para demostrar lo que no ha ocultado en ningún momento, que la poesía es memoria y biografía, habló Dña. Carmen Conde de Cernuda, Espriú y Oliver Belmás, su marido: «Hay un momento -dice con Cernuda- en el que nos encontramos con la existencia de una realidad diferente de la percibida a diario», «y ya oscuramente sentí cómo no basta a esa otra realidad el ser diferente, sino que algo alado y divino debía acompañarla y aureolarla, tal el nimbo trémulo que rodea un punto luminoso».

«Lo que capta -dice y sirve de resumen Dña. Carmen Conde- y difunde la poesía es ese nimbo trémulo. Lo divino y lo humano, alma y cuerpo, tierra y mar…», para terminar con los versos de Oliver Belmás: diciendo que en ningún poeta deja de alentar la «esperanza de ser y de haber sido».


Carmen Conde: Una palabra que escucha y una poesía que resume otras voces 





MAR DE DIOS

LETRA Miguel Ujeda, s.j.
MÚSICA CRISTOBAL FONES, S.J.
Ite Inflammate Omnia
℗ 2014 Cristóbal Fones, Sj

Mar de Dios, mar de encuentro,
mar de fondo que ahoga mis miedos;
mar de vida, no mar de muerte,
mar de Dios, mar de encuentro.
Mar de mares, de azul e inmenso
mar de sales, de vida y puerto.
Mar de Dios, mar de encuentro,
mar de fuego, de fiesta y sueños.
Mar de amor, no mar de quiebros;
mar de Dios, mar de encuentro.
Mar de Dios, mar de encuentro,
mar de fondo que ahoga mis miedos;
mar de vida, no mar de muerte,
mar de Dios, mar de encuentro.