EL Rincón de Yanka: 🎄 ¿A QUÉ HUELE TU NAVIDAD? 🕂

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domingo, 23 de diciembre de 2018

🎄 ¿A QUÉ HUELE TU NAVIDAD? 🕂

¿A qué huele tu Navidad?🎄



 LA NAVIDAD SIN JESÚS NO ES NAVIDAD 
PORQUE LA NAVIDAD CELEBRA CON FE AL DIOS ENCARNADO POR TODOS NOSOTROS
Las navidades pasadas una amiga mía me dijo, Juan: ¡Ya huele a Navidad!. y yo le pregunté en broma: ¿y a qué huele exactamente?
Más tarde la frase regresó a mi memoria y me hizo pensar más y sacarle miga a este asunto de los olores. Ciertamente la Navidad huele a muchas cosas, pero muchos aromas nos han embriagado de tal manera que a menudo nuestra pituitaria no es capaz de percibir sus olores auténticos. Sin que huela mucho a cura ni perfumarla demasiado, quisiera compartir mi reflexión con todos los que quieren descubrir a qué huele la Navidad.

En casa, la Navidad huele a turrón y polvorones, a suculentas comidas, a botellas de anís y panderetas, a encuentros con aquellos que están lejos, a niños escribiendo cartas para pedir el oro y el moro, a familias que dejan a un lado sus rencillas por un tiempo y comparten la mesa, a recuerdos de la infancia, a musgo y espumillón, a calor de hogar...

En la tele, la Navidad huele a sensuales perfumes, a juguetes, a cava, a lotería. Son la expresión de nuestros deseos de diversión, de atracción, de fiesta, de riqueza, de superar la crisis (o de olvidarla por un momento), de distraernos, etc. Y en ocasiones también huele a galas solidarias llenas de buenos sentimientos que se evaporan tan rápido como las burbujas de un cava.

En la calle, la Navidad huele a consumo, a regalos, a compras, a señores gordos vestidos de rojo. Huele a luces de colores, a adornos navideños, a excesivos gastos en medio de una severa crisis económica. Y precisamente por eso, también huele a transeúntes sin techo, pasando frío noche tras noche, a pobres mendigando una limosna, a inmigrantes y parados que acuden al comedor de Cáritas, a ancianos que sienten más que nunca su soledad...

Hace dos mil años la Navidad no olía muy bien que digamos. En un pesebre, fuera de la ciudad, entre animales y pastores no podía oler «a rosas» precisamente... María tuvo que dar a luz en un lugar que no tenía nada de bucólico, porque no había sitio en la posada. Allí olía a exclusión, a pobreza, a humildad, a ocultamiento, a pequeñez. Como mucho, lo único que podía disimular un poco el tufo eran el incienso y la mirra que le trajeron los magos de Oriente...

Pues allí, entre olores de ovejas, bueyes y mulas, nació el hijo de Dios, vino a este mundo la mejor de las esencias, en el pequeño frasco de un bebé. Como solemos decir, allí olía a humanidad, pero en el fondo es justamente eso: olía a verdadera Humanidad. Porque Dios quiso acercarse tanto a los seres humanos, que se hizo uno de nosotros. Y su perfume se fue derramando para sanar a muchos, se vació por completo dando su vida por todos y nos hizo respirar un aire nuevo, diferente, mucho mejor: la Vida con mayúsculas.

El que había nacido fuera de la ciudad, moriría igualmente excluido, incomprendido, despreciado. Pero el olor de su amor entregado y de su resurrección nos haría presentir el aroma de lo que nos espera en el futuro, y de lo que estamos llamados a vivir ya en el presente. Por eso -por este Niño nacido entre malos olores- nuestra Navidad también huele a muchas personas que no descansan en estas fiestas para atender a los necesitados en hospitales, asilos, comedores. Por eso huele a familias que se unen y celebran sencilla y fraternalmente la Nochebuena, que gozan con la compañía y el cariño de los seres queridos. Por eso huele a gentes de aquí y de allá que -en Navidad y siempre- entregan su vida y su tiempo en los pesebres de la exclusión, la droga, la prostitución, el fracaso escolar, la soledad, la enfermedad, el paro...

Huele a muchos hombres y mujeres-creyentes o no-que han comprendido dónde está esa esencia, y se han dedicado a extender su perfume para hacer que muchos otros respiren esperanza.

En palabras de san Pablo, ellos son «el buen olor de Cristo, olor de vida que vivifica» (2 Cor 2, 15-16).

¿Cuál celebras tú? 
¿A qué huele tu Navidad?

¡FELIZ NAVIDAD!

La Navidad nos trae el perfume de la nostalgia de la vida a la que hemos renunciado
La Navidad mete una brisa de inocencia en nuestras vidas corrompidas por la claudicación y la amargura, por los resabios y las purulencias que hemos ido acumulando a través de los años y que no hemos sido capaces de sacudirnos, por miedo o conveniencia. Y entonces nos confrontamos con esa escena que nos habla de la inocencia sin miedo ni conveniencia, una inocencia tan intrépida que nos resulta desafiante, retadora, casi inconcebible: porque cuestiona todas las convenciones desesperadas que hemos ido acatando con los años; porque interpela dolorosamente la inocencia que también anidaba dentro de nosotros y nos hemos encargado de enterrarla, bajo toneladas de desesperación. 

El gran Leonardo Castellani escribía en uno de sus gozosos y dilucidadores artículos: 
"A medida que se va perdiendo el sentimiento de lo sacro, se han ido multiplicando las fiestas seudosacras sin contenido sacro; a causa de la ley biológica que dice: A medida que disminuye lo vivo, aumenta la automático. No se puede hacer reír a la gente por decreto; tampoco se la puede hacer sentir. Un hombre puede llevar al río un caballo; pero ni diez hombres puede hacerlo beber si no quiere". 
Nuestra época pretende convertir la Navidad en una fiesta sin contenido sacro, envilecida de consumo bulímico y felicidad postiza; y sólo ha logrado matar lo vivo que había dentro de nosotros, esa infancia que pugna por asomar y que perece estrangulada, llenándonos de melancolía y depresión. Conviene recordar la célebre frase de Chesterton: 

"Quitad lo sobrenatural y no encontraréis lo natural, sino lo antinatural. Que en Navidad celebramos un trastorno del universo. Adorar a Dios significaba hasta la Navidad alzar la mirada a un cielo inabarcable que nos estremecía con su vastedad; a partir de la Navidad, adorar a Dios significa dirigir la mirada hacia el interior de una cueva lóbrega, para reparar en la fragilidad de un niño que llora en un pesebre. Las manos inmensas que habían modelado el universo se convierten, de súbito, en unas manos diminutas que tiemblan en el frío de la noche y buscan el calor del pecho de su Madre".

Nuestra época ha expulsado a Dios de su seno; y lo que le pasa ahora es muy sencillo: no tiene a Dios. Y sin Dios el hombre no puede hacer cosas divinas; ni siquiera puede divertirse, pues sin Dios no hay comunión verdadera entre los hombres, y sin comunión verdadera no puede haber fiesta ni celebración, sino depresión y melancolía, aunque sean disfrazadas de guasa y atracón de turrones. Que es lo que ocurre cuando se estrangula lo vivo que anida dentro de nosotros. 

Muchas personas sienten, en medio de los regocijos navideños, una suerte de dolor sordo o sentimiento de amputación, que a veces se identifica con una nostalgia de la inocencia perdida; pero que en realidad es conciencia dolorida de que el sentido originario de la fiesta les ha sido arrebatado, y con él la posibilidad de una genuina felicidad. El hombre contemporáneo persigue la felicidad como si de una fórmula química se tratase; pero esta búsqueda suele saldarse con un fracaso, pues en el mejor de los casos obtiene una sensación efímera de bienestar, o bien un placebo euforizante, apenas un analgésico que le distrae por unos pocos días el dolor en sordina que lo martiriza.

Y este dolor (que a veces se presenta como hastío o tedio de vivir, a veces como indolencia y acedia, a veces como desesperación y angustia) es la consecuencia directa de una amputación. No hay felicidad sin una aceptación íntegra de nuestra naturaleza, que incluye una vocación religiosa; y tal vocación no se puede extirpar sin un grave menoscabo de nuestra propia naturaleza. El hombre contemporáneo, al negar su vocación religiosa, se ha convertido en un ser amputado y, por lo tanto, infeliz; y, como el manco que en los días que anuncian tormenta siente un dolor fantasmagórico en el brazo que le ha sido arrancado, el hombre contemporáneo siente más que nunca esa amputación en las fechas navideñas.

Deseo que la brisa de la inocencia y de lo sobrenatural no deje de soplar en sus vidas. 
¡BIENVENTURADA NAVIDAD EN CRISTO!



CUATRO AGUINALDOS VENEZOLANOS