EL Rincón de Yanka: INGENIERÍA COMUNISTA POPULISTA VS LIBERTARIO DEMÓCRATA

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domingo, 12 de agosto de 2018

INGENIERÍA COMUNISTA POPULISTA VS LIBERTARIO DEMÓCRATA

COMO SE CREA UNA INGENIERÍA SOCIAL 
PASO A PASO

Desconocida para el gran público, la Ingeniería Social es una ciencia a caballo entre la psicología de masas, sociología, antropología, semiótica y los medios de comunicación, cuyo objetivo es generar tendencias que cambien la opinión pública sobre un determinado tema.
La principal técnica que se utiliza es la llamada "ventana de Overton" y que consiste en una secuencia concreta de acciones con el fin de conseguir el resultado deseado.

Un ejemplo radical sería el como convertir en aceptable la idea de legalizar la dictadura comunista castrochavista paso a paso. Desde la fase en la que se considera una acción repugnante e impensable, completamente ajena a la moral pública, hasta convertirse en una realidad aceptada por la conciencia de masas y la ley.
Eso no se consigue mediante un lavado de cerebro directo, sino a través de técnicas más sofisticadas que son efectivas gracias a su aplicación coherente y sistemática evitando que la sociedad tome conciencia del proceso.
TOTALITARISMO Y COMUNISMO 
Marxismo, lo político, antagonismos 
y la forma embrionaria del totalitarismo 

Si bien las razones para la prohibición del comunismo y otras ideas totalitarias se amontonan y fluyen ensangrentadas por los causes evidentes de la barbarie criminal, jamás estará demás dirigir el clamor libertario que busca justicia, hacia la indecorosa, ingenua y artera moral que ambiciona en sostener en el terreno de deliberación pública y la legítima aspiración al poder democrático, a un corpus doctrinario ruin que aglutina en su columna vertebral valórica y pragmática la descarada adulación de la violencia y el odio entre ciudadanos. 

El socialismo marxista-leninista, como soporte doctrinal de la revolución bolivariana, es fundamentalmente totalitario. Cuando nos referimos al “totalitarismo”, este es, tomando la definición del teórico Giovanni Sartori, 
“el encapsulamiento de toda la vida colectiva dentro del Estado, el dominio omnipresente del poder político en toda la vida extrapolítica del hombre (…) la destrucción de todo lo que es espontáneo, independiente, diferenciado y autónomo en la vida de las colectividades humanas. En suma, al gran cuartel político que engulle la sociedad dentro del Estado”. Sartori, Giovanni. “¿Qué es la democracia?”. España: Taurus, 2007, p. 155.
Los seis elementos estructurales de un régimen totalitario según el modelo clásico son los siguientes: 

1) Una ideología oficial centrada y proyectada hacia un estado final de la humanidad; 
2) Un partido único liderado y guiado por un dictador acompañado por una élite política ideológicamente motivada; 
3) Un cuerpo armado terrorista con la función de neutralizar, liquidar y amedrentar no solo a los adversarios del régimen sino también a movimientos y categorías sociales enteras arbitrariamente seleccionadas; 
4) Un monopolio de medios de comunicación de masas; 
5) Control absoluto y monopólico de los medios de coerción; 
y 6) Una estructura burocrática encargada de controlar centralizadamente la economía del territorio donde se asienta su poder. (Este es el modelo clásico de Friedrich y Brzezinski en “Totalitarian Dictatoship and Autocracy (1965)” tomado de Pellicani, Luciano. “Lenin y Hitler. Los dos rostros del totalitarismo”. Madrid: Unión Editorial, 2011, p. 37).

En la búsqueda del totalitarismo de la dominación total, Hannah Arendt, en su magnum opus sobre el totalitarismo, afirmó que éste “aspira a organizar la infinita pluralidad y la diferenciación de los seres humanos como si la Humanidad fuese justamente un individuo”, y esto, solo podría ser posible “si todas y cada una de las personas pudieran ser reducidas a una identidad nunca cambiante de reacciones”. Es por ello que el totalitarismo busca fabricar algo que no existe, es decir: “un tipo de especie humana que se parezca a otras especies animales, cuya única “libertad” consistiría en preservar la especie”. Arendt, Hannah., op. cit., p. 533
El poder ilimitado al comunismo o al nazismo le es vital para su propósito. Y sólo así, con semejante poder, “sólo puede ser afirmado si literalmente todos los hombres, sin una sola excepción son fiablemente dominados en cada aspecto de su vida”.
Por ello que irrumpir hasta el espacio más recóndito de la Libertad y la intimidad humanas, hace del totalitarismo su principal característica. Lo político, entendido como “la actividad de una sociedad dirigida a organizar sus diversidades” (Oakeshott, Michael. “Lecciones de historia del pensamiento político”. Vol. I, Madrid: Unión Editorial, p. 43), le es ajeno a cualquier doctrina que tenga una visión, intención y proyecto totalitario. Lo político gravita en dos polos que se caracterizan en “lucha por el poder e intento de construir un orden de paz, estabilidad, libertad y prosperidad en el que se desarrolle la convivencia de la comunidad” (Romero, Aníbal. “Aproximación a la Política”. Caracas: Universidad Simón Bolívar, Instituto de Altos Estudios de América Latina, 1994, p. 5. Lo ambivalente de la política estriba precisamente en estas características: pivota entre el consenso y el conflicto, entre la tensión y el orden predecible entre los diversos. Como bien explica Angelo Panebianco, esta ambigüedad “consiste en que alimenta conflictos, y por tanto desorden (imposibilidad de prever los comportamientos y posibilidad de violencia), pero, al mismo tiempo, crea orden (estabilización/previsibilidad de las relaciones sociales y suspensión de la violencia). Se nutre de divisiones y conflictos pero también crea orden, poniendo así las bases de la cooperación”.

La admisión de la divergencia y la diferencia son rasgos fundamentales de una comunidad política. Por lo tanto, “en una sociedad sin diversidades es imposible la política”. Entonces, en la base y práctica de la revolución bolivariana al establecer un conflicto existencial por necesidad de su lógica histórica lo diverso es sinonimia de enemistad irreconciliable. Si la revolución bolivariana pretende hablar de lo político no sería más allá de la tesis de Mao Tse Tung quien afirmaba que “la política es una guerra no sangrienta y la guerra es una política sangrienta”.


Marxismo-leninismo, 
el partido totalitario y el PSUV 

El Partido Comunista de Venezuela (PCV) y el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) se construyen con base a las premisas teóricas del marxismo y su violencia revolucionaria y totalitaria. Pero su forma organizativa será heredada de la teoría del partido de masas de Lenin. Éste, fanatizado por los escritos de Marx, no escatimará el llevar a la práctica lo dicho por el profeta, pero en sus propios términos para la conquista del poder y la organización totalitaria dirigida por una vanguardia. Será en su famoso “¿Qué hacer?” donde proporcionará la fase fundamental de la implementación del totalitarismo comunista. 

Resumiremos la teoría del partido de Lenin de la siguiente manera: 

1) El partido posee un singular conocimiento y penetración del marxismo, con el único método de gran fuerza y utilidad, la dialéctica. Es un partido para conservar la pureza del marxismo según la interpretación fidedigna de Lenin. Al ser una especie de “sacerdocio” marxista, “exige de sus miembros la correspondiente sumisión de juicio y una sujeción total de los fines privados a los fines de la organización”. Lo que después llamarían el “hombre-partido”. 
2) Está organizado por una élite sectaria sumamente disciplinada y seleccionada configurando una clara superioridad intelectual con dedicación absoluta a la revolución y a la construcción de la sociedad comunista. 3) Es una organización sumamente centralizada, jerárquica con una alineación cuasi militar sometidas a reglas estrictas de obediencia para los fines del partido. 4) Una organización que cuenta con una red organizativa que abarque todo el mapa político y administrativo del país, pero también con el objetivo de penetrar en las organizaciones sindicales, estudiantiles, en los distintos gremios donde la voluntad del partido es la que domine y predomine sobre la masa.

La concatenación del credo marxista más una organización de tal calibre que tenga como objetivo liderar una revolución abierta, violenta y organizada dirigida por el partido y sus milicias figura como consecuencia al aspecto mesiánico de la concepción de la doctrina marxista junto la psiquis totalitaria de Lenin. 
Cuando el partido llega al poder a partir de 1917, en Rusia emergió el peor totalitarismo jamás visto. La pulsión de Lenin en recrear la sociedad ex novo para la concreción de la revolución, le llevó a perpetrar el terror contra la disidencia sin contemplaciones. Para noviembre del mismo año, por ejemplo, el Comité Militar Revolucionario de Petrogrado (CMRP) introdujo dos mociones para el control totalitario de la disidencia: el “enemigo del pueblo” y la del “sospechoso”.

Trotsky, quien sería el organizador del ejército rojo, decía en el verano de 1917: “os digo que las cabezas tienen que rodar y la sangre tiene que correr (…) la fuerza de la revolución francesa estaba en la máquina que rebajaba en una cabeza la altura de los enemigos del pueblo. Era una máquina estupenda. Debemos tener una en cada ciudad.” 
Un credo que en la teoría y en la práctica es apologista de la violencia y la muerte. Desde otoño de 1917 “millares de grandes propiedades rústicas habían sido saqueada por los campesinos encolerizados, y centenares de grandes propietarios habían sido asesinados. En la Rusia del verano del 1917, la violencia era omnipresente”.

Citar a Lenin y su odio criminal típico de un genocida puede ser una tarea interminable. A efectos del presente, vale citar en extenso lo que diría quien es fuente religiosa de los militantes comunistas del PSUV y el PCV: “solo la colaboración voluntaria y consciente de las masas de obreros y campesinos, realizada con entusiasmo revolucionario, en el inventario y el control de los ricos, de los golfos, de los parásitos, de los gamberros puede superar estas supervivencias de la maldita sociedad capitalista, estos desechos de la humanidad, estos cancerosos y putrefactos de la sociedad, este contagio, esta peste, esta plaga que el capitalismo ha dejado en herencia al socialismo”. 
O también lo enviado en una misiva el 11 de agosto de 1918 a los comunistas de Penza ordenando lo siguiente: “¡Camaradas! La rebelión de los cinco distritos de kulaks debe ser suprimida sin misericordia. El interés de la revolución y su conjunto lo exige, porque la batalla final decisiva con los kulaks se está desarrollando por todas partes. Necesitamos estatuir un ejemplo. 

1) Ahorquen (ahorquen de una manera que la gente lo vea) no menos de 100 kulaks conocidos, hombres ricos, chupasangres. 
2) Publiquen sus nombres 
3) Quítenles todo su grano. 
4) Designen rehenes – de acuerdo al telegrama de ayer. Háganlo de manera tal que la gente, a centenares de verstas a la redonda a la redonda, vea, tiemble, sepa, grite: están estrangulando y estrangularán hasta la muerte a los kulaks chupasangres. Telegrafíen acuso, recibo y ejecución. Suyo, Lenin Busquen gente verdaderamente dura.” 
Al ser estos los referentes morales y políticos del PCV y del PSUV, entendemos lo que motiva aquella naturaleza criminal del totalitarismo chavista y cuál es el peligro que estén insertos en el juego democrático cuando son fervientes aduladores del genocidio; pero, y más relevante aún, cuál fue el motivo desde siempre de la élite comunista en llegar al poder. 
Al constatar que los genocidas comunistas son los referentes del chavismo, encontramos titulares en su prensa digital que rezan lemas como “Lenin: El excepcional líder político con espíritu revolucionario socialista”, o aceptar públicamente que en la “revolución bolivariana, la herencia teórico-práctica de Lenin es fundamental para avanzar en su profundización, en la conducción del mismo hacia el horizonte socialista.”

Su objetivo es la confrontación. En su macabro Libro Rojo (del PSUV), además de exaltar a Lenin, Mao y al Ché Guevara como inspiración de la constitución totalitaria del partido y la táctica política, revelaran públicamente y ante los ojos despistados de los ingenuos que los tres objetivos de la revolución bolivariana: la “democracia participativa y protagónica”, la “derrota del imperialismo” y la “construcción del socialismo bolivariano” se “relacionan y condicionan recíprocamente y tiene por base la lucha de clases”.

La “democracia” para el socialismo, no es más que un eufemismo para ocultar el verdadero destino de la revolución: la dictadura, del partido y sus dirigentes. Indagar en los orígenes ideológicos genocidas de la dirigencia chavista no requiere de un esfuerzo arduo. Los autores de la revolución cubana -como lo son el Ché Guevara y Fidel Castro- son diariamente elogiados por el PSUV, su militancia y simpatizantes, cuando en su haber pesan más de 7.000 muertos. 

El Ché Guevara, héroe de los líderes totalitarios socialistas, elogiará al odio existencial como especie de virtud revolucionaria. Por ejemplo (y entre muchas otras ocasiones) en su «Mensaje a la Tricontinental» en abril de 1967 afirmará: “El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así; un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal.” 

El número de asesinatos por el comunismo en el siglo XX resulta ser escalofriante. Stephane Courtois, en “El libro negro del comunismo” nos proporciona la información más cercana de la exorbitante cantidad: 

- En la URSS, 20 millones de muertos. 
- En China, 65 millones de muertos. 
- En Vietnam, 1 millón de muertos. 
- En Corea del Norte, 2 millones de muertos. 
- En África, 1.7 millones de muertos. 
- En América Latina, 150.000 muertos. 
- En Camboya, 2 millones de muertos. 
- En Europa Continental, 1 millón de muertos. 
- Afganistán, 1,5 millones de muertos. 
- Movimiento comunista internacional y partidos comunistas no situados en el poder, una decena de millares de muertos.
La cifra total es casi 100 millones de muertos por obra de una doctrina totalitaria y genocida que enarbola las banderas del silencio sepulcral, la muerte y el odio carente de contemplaciones. La psiquis totalitaria de Lenin, Stalin, Mao, Pol Pot, Fidel Castro, el Ché Guevara, Hugo Chávez, Diosdado Cabello, Nicolás Maduro, entre otros; arrastran tras sí la responsabilidad de una orgía de muerte que, como mostramos al inicio, recoge su basamento criminal en el marxismoleninismo. 
El balance global que los autores de la obra previamente citada realizan sobre los múltiples crímenes del comunismo en el siglo XX, demuestran el nivel de vileza mortal cuando la lucha de clases, el odio y la justificación de los asesinatos se hace con el aparato estatal. Matar de hambre es una herramienta crucial, tal como la vivimos hoy en día en Venezuela. 

El balance global que los autores describen, es el siguiente: 

- Fusilamiento de decenas de miles de rehenes o de personas confinadas en prisión sin juicio, y asesinato de centenares de miles de obreros y campesinos rebeldes, entre 1928 y 1922. 
- Hambruna de 1922 que provocó la muerte de cinco millones de personas. 
- Liquidación y deportación de los cosacos del Don en 1920. 
- Asesinatos de decenas de miles de personas en los campos de concentración entre 1918- 1938. 
- Deportación de dos millones de kulaks (o de gente a la que se calificó como tales) en 1930-1932. 
- Destrucción por el hambre y no auxiliado de seis millones de ucranianos en 1932-1933. 
- Deportación de centenares de miles de personas procedentes de Polonia, Ucrania, lo países bálticos, Moldavia, Besarabia en 1939-1941 y, después, en 1944-1945. 
- Deportaciones de los alemanes del Volga en 1941. 
- Deportación- abandono de los tártaros de Crimea en 1943. 
- Deportación- abandono de los chechenos en 1944. 
- Deportación- abandono de los ingushes en 1944. 
- Deportación- liquidación de las poblaciones urbanas de Camboya entre 1975 y 1978. 
- Lenta destrucción de los tibetanos por los chinos desde 1950.

El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y el Partido Comunista de Venezuela (PCV), quieren mostrar a los responsables de estos genocidios como ídolos de la justicia social. Hacen propagandas con sus caras, recitan la ortodoxia criminal de los intelectuales marxistas y leninistas, infiltran las Fuerzas Armadas, los colegios, liceos y universidades promoviendo el credo del genocidio como paradigma político para moldear nuestra sociedad. 

En el empeño de concretar la táctica leninista del control total y asegurarse de la conservación del partido en el poder, armar a grupos civiles organizados le ha sido fundamental a la revolución bolivariana. Datos extraoficiales publicados en la página del Observatorio Venezolano de Violencia, aseveran que en el país existen de 13 a 29 millones de armas -en significativa mayoría ilegales- en manos de cuerpos organizados del terror comunista. 

Por otro lado, “El Gran Polo Patriótico, creado en 2011 e integrado por 28 Consejos Patrióticos Sectoriales, cuenta con 10.810 colectivos y movimientos sociales compuestos por 35.543 personas” según Franz von Bergen. 

Estos grupos, como es de amplio conocimiento para todos los venezolanos están fuertemente armados y abocados al asesinato, secuestro y amedrentamiento del disidente al totalitarismo chavista. Además, de manera fraudulenta, trabajan en coordinación con los cuerpos de seguridad del Estado para fulminar por medio de criminales orgías sangrientas cualquier foco de protesta que ponga en peligro la estabilidad de la narcodictadura. 

Dos trágicos ejemplos importantes de lo anterior, son los 43 asesinados y acribillados por los brazos criminales de la narcodictadura comunista de Maduro en febrero de 201451 y los 157 igualmente asesinados y acribillados en el transcurso de 2017.52 Como también agregar la interminable lista de privados de libertad por protestas pacíficas y torturados en las cárceles venezolanas.

El totalitarismo comunista chavista no sólo se ha convertido en un peligro para los venezolanos y países vecinos, sino también para el mundo. No sólo son conocidos los vínculos que la dictadura totalitaria ha establecido con el terrorismo islámico sino también ha transformado a la República en un peligroso cartel de drogas. 
El comunismo chavista no es únicamente totalitario que viola los derechos humanos sistemáticamente, sino que también es un régimen terrorista y narcotraficante. La violencia y el crimen en todo orden es el combustible de la revolución bolivariana. En el 2017 las criminales milicias armadas por el estado con el lema “fusil garantizado” ascendió a 500.000 milicianos. Este cuerpo paraestatal también funge organización violenta para sostener a la narcodictadura en el poder.

Según el Observatorio Venezolano de Violencia, en 2017 cerró con 26.616 muertes violentas. EL 60% de las víctimas tenían entre 12 y 29 años de edad. Venezuela incluso llega a acumular una tasa de homicidios de 89 por cada 100.000 habitantes, la más alta del mundo. Para tener un ejemplo comparativo: mientras que en Venezuela es 89 la tasa en Chile es apenas 3,3 por cada 100.000 habitantes; en Ecuador 5,8 y en Argentina 6.58 

La cifra de homicidios en Venezuela ha aumentado vertiginosamente: en 1998 la cifra fue 4.550 muertes violentas. Esto representa una cifra de aumento de 484,9% en el período 1999-2017, sumando un total de 314.542 muertes violentas. Estos son crímenes que, se lo podemos atribuir directamente al comunismo, y con mayor fuerza desde el 2005, cuando en febrero de ese año el líder totalitario de la narcodictadura asume y declara al socialismo del siglo XXI como el rumbo que tomaría la República. 

La paradoja de la tolerancia 
Lo que resulta ser aún también grave, es permitir que tales organizaciones promotoras del enfrentamiento y la violencia participen en la política nacional y los escenarios electorales cuando alaban dictaduras, totalitarismos y doctrinas enemigas del hombre libre. Han disfrutado desde su legalización en Venezuela con el primer gobierno de Rafael Caldera (1969-1974) de carta abierta para penetrar la cultura y la política libremente. Rómulo Betancourt, quien con perspicacia logró advertir el peligro de los Comunistas en la política, no incluiría al PCV en el pacto de gobernabilidad promovido a partir de 1958 y éstos –los comunistas- se excluyeron, junto al MIR (primera división de Acción Democrática) del camino electoral y se inspiraron en las armas y la violencia para intentar derrocar el poder recién constituido. Además que la historia de la prohibición del comunismo en Venezuela no es nueva. En 1928 en medio de una Reforma Constitucional en tiempos de Juan Vicente Gómez, el intelectual positivista y ministro Pedro Manuel Arcaya le propuso a Gómez detener el auge de la influencia, organización y fuerza de las doctrinas comunistas en el país. Se incorpora en el artículo 32 el Inciso Sexto donde se prohíbe la difusión de la propaganda comunista en el país. Este inciso se modificará en 1936 estando Eleazar López Contreras en la primera magistratura agregando la penalización no sólo a la propaganda comunista sino también a la anarquista. 

Sería en 1945 en tiempos de Medina Angarita y su Reforma Constitucional en el cual le legalizarán los partidos políticos opositores y se eliminarán las restricciones a la propaganda comunista y anarquista. En la dictadura de Marcos Pérez Jiménez serían ilegalizados cualquier foco de disidencia real: comunistas y socialdemócratas principalmente. Desde las distintas posturas conservadoras, militaristas y socialdemócratas, los partidos comunistas y su propaganda han intentado ser prohibidos o desplazados del escenario político. En las primeras décadas del siglo XX se prohibió como reacción a una modernidad política doctrinaria que se alimentaba de un radicalismo violento intentado en algunos países europeos; a mediados de siglo por una dictadura y luego por una democracia: en el segundo caso, por ser un régimen contrario a la vida política que se engendra desde los partidos políticos; y en el tercero, por la suspicacia y peligro que levantaban organizaciones que veían en la lucha de clases o en la conquista del poder democrático para luego destruirlo una amenaza seria para la estabilidad de la república. Ese era el miedo de Rómulo Betancourt. En su discurso ante el congreso el 13 de febrero de 1959 expresará: “De este pacto [el de gobernabilidad de 1958] fue excluido el Partido Comunista, por decisión razonada de las organizaciones que lo firmaron. 

En el transcurso de mi campaña electoral fue explícito en el sentido de que no consultaría al Partido Comunista para la integración del gobierno y en el de que, respetando el derecho de este partido a actuar como colectividad organizada en el país, miembros suyos no serán llamados por mi parte para desempeñar cargos administrativos en los cuales se influyera sobre los rumbos de la política nacional e internacional de Venezuela. Esta posición es bien conocida de los venezolanos; y la fundamentaron los tres grandes partidos nacionales en el hecho de que la filosofía comunista no se compagina con la estructura democrática del Estado venezolano, ni en el enjuiciamiento por ese partido de la política internacional que debe seguir Venezuela concuerda con los mejores intereses del país”.

Un miedo latente para políticos e intelectuales de la época y con más énfasis a partir del fin de la segunda guerra mundial. El filósofo de la ciencia más importante del siglo XX, Karl Popper, ilustró este miedo y advertencia con base en permitir que organizaciones intolerantes ya sean políticas, religiosas o de otra índole, en el abierto y permisivo entorno de tolerancia típico de la sociedad occidental, minaran y destruyeran la tolerancia misma por haber tolerado su participación libre sin advertir sus consecuencias. En su obra filosófico-política más importante “La sociedad abierta y sus enemigos (1945)”, llamaría a este peligro la “paradoja de la tolerancia”. Citando en extenso a Popper: 

“Menos conocida es la paradoja de la tolerancia: la tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aún a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto con ellos, de la tolerancia. Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de filosofías intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente. Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, sino que, por el contrario, comiencen a acusar a todo razonamiento; así, pueden prohibir a sus adeptos, por ejemplo, que presten oídos a los argumentos racionales, acusándolos de engañosos, y que les enseñen a responder a los argumentos mediante el uso de puños o las armas. Debemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes. 

Debemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución, de la misma manera que en el caso de la incitación al homicidio, al secuestro o al tráfico de esclavos.” 

En resumen: se incurre en esta paradoja cuando en nombre de la tolerancia se toleran a los intolerantes poniendo en peligro la tolerancia misma y a los tolerantes. Es decir, cuando se permite que los intolerantes participen en la dinámica pacífica y consensual de la política donde la coexistencia y la aceptación son pilares constitutivos, se arriesga la permanencia de la actividad política en términos de convivencia. Por este camino, y al hacerse con el poder los intolerantes, destruyen la tolerancia, y, con ellas, la Libertad y la democracia. Esta postura no sólo resultará de un liberal en defensa de los valores universales característicos de occidente, sino también (y paradójicamente) de la izquierda neomarxista de la Escuela de Frankfurt por uno de sus más destacados miembros, el filósofo Herbert Marcuse. En su “Crítica a la tolerancia pura (1965)” manifestará la misma advertencia y sugerencia que Popper: no se puede ni debe permitir la diseminación de pensamientos, movimientos y agrupaciones que promuevan orientaciones políticas intolerantes y agresivas debido a que en nombre de la tolerancia terminan destruyéndola. 

Más allá de las ideologías y doctrinas políticas, sacar del juego político institucional a los promotores de la intolerancia es la mejor manera de proteger la tolerancia misma y a los tolerantes. Si bien la política tiene como elemento el conflicto y la aspiración al poder, también está constituida por su dimensión consensual donde la coexistencia y la disputa por el poder político y la organización social se llevan bajo reglas claras en el respeto de los derechos y la integridad de los participantes. El comunismo, por su programa, doctrina e ideología funda su rasgo distintivo en la lucha existencial, en la violencia como motor de la historia y en su visión maniquea donde la diversidad debe ser erradicada. Incluso, nuestra iniciativa no es nueva. En el mundo, en más de 115 países el comunismo y su simbología ha sido prohibidos desde la creación de los primeros partidos comunistas europeos, donde en algunos lugares se legalizaron y en otros no. Resulta tan evidente la falta de acusación del comunismo como lo que es: un sistema totalitario, que usuarios de la Real Academia Española por medio de la red social Twitter con la etiqueta #RAEComunismoEsTotalitario, exigieron a la institución modificar la definición y agregar que el comunismo es totalitario tal como han definido al nacionalsocialismo y al fascismo. 
Si pretender caer en la falacia ad populum, resulta patente la razón con que lo hacen ciudadanos de distintas partes del mundo al constatar los crímenes del comunismo tanto en el siglo XX como en el XXI con los casos de Venezuela, Cuba y Corea del Norte. 

Ya desde el inicio de la presente propuesta, demostramos que el comunismo no podría ser otra cosa que totalitario. En su teoría y su práctica la apología y concreción de la división existencial, la guerra civil, el enfrentamiento y la excitación desmesurada de los antagonismos entre seres humanos es la columna vertebral de su credo doctrinario. Al ser el mayor movimiento político genocida que ha conocido la historia y, en nuestro caso específico, Venezuela y su historia como República independiente desde 1830, sugerimos su prohibición por el bien de Venezuela, de Latinoamérica y la humanidad en general. 





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