EL Rincón de Yanka: 👥 EL GRAN ESCÁNDALO DE PEDERASTIA CLERICAL Y SU PECADO DE OMISIÓN

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viernes, 10 de agosto de 2018

👥 EL GRAN ESCÁNDALO DE PEDERASTIA CLERICAL Y SU PECADO DE OMISIÓN



Cuatro medidas para acabar 
con los abusos sexuales de clérigos
Después de estas últimas semanas es ya imposible pretender que hemos dejado atrás el problema de encubrimiento por parte de la jerarquía de los abusos clericales. Tras el tsunami iniciado por el Boston Globe y que ensombreció los últimos años del pontificado de San Juan Pablo II, Benedicto XVI emprendió una valiente purga y elaboró nuevas normas, y su sucesor, Francisco, inició su papado comprometiéndose con una política de ‘tolerancia cero’.
Pero los sucesos de estas semanas en Estados Unidos y Chile deben disipar por completo la ilusión de que hemos superado el terrible problema. He aquí dos casos que no solo se producen después de todo lo que se vivió y se prometió; incluso el Cardenal McCarrick tuvo palabras durísimas para aquellos sacerdotes que actuaban como él seguía actuando, y contra quienes les encubrían como le estaban encubriendo a él.

Nunca podremos contabilizar, no en esta vida, el daño que estos escándalos generalizados -nada de ‘manzanas podridas’ aquí- han podido causar a los fieles y a su salvación eterna, a cuántos ha podido desanimar o llevar a la apostasía, pero sí podemos tener la certeza de que ha sido demoledor.
Este problema debe ser atajado, arrancado de raíz como una mala hierba, y queremos sugerir medios para resolverlo. El mal no puede atajarse por completo, pero sí se puede terminar con lo que lo convierte en epidemia.
Obviaré lo evidente, es decir, aquellas soluciones que, en realidad, sirven para esta crisis como para cualquier otra de la Iglesia, desde rezar por los sacerdotes, asistirles, procurar que no estén solos; a llevar una vida más cercana a Cristo, porque los laicos no somos cristianos de segunda.
También me saltaré acciones específicas, algunas de las cuales son necesarias -una gran purga, para empezar- y otras, meramente efectistas. No es en absoluto nuestro cometido y, en cualquier caso, estamos convencidos de que solo actuarán positivamente a largo plazo si hay un cambio radical que las acompañe.

Por último, ignoraré ‘soluciones’ que no son tales, como seguir confiando la vigilancia al vigilante (comisiones de prelados y similares), abolir el celibato -la abrumadora mayoría de los abusos son de carácter homosexual- o la llamada ‘solución biológica’: esperar a que varias generaciones de sacerdotes y obispos formados en la confusión postconciliar pasen a mejor (o peor) vida. Las crisis espirituales no pueden tener una solución meramente biológica, y esa esperanza, por lo demás, impulsa a la pasividad, algo fatal en este asunto.

Propongo cuatro medidas.
Aplicar en serio las instrucciones de Benedicto XVI para que no se ordene a personas con tendencias homosexuales persistentes
Parece cruel, e incluso ha sido fuertemente contestada esta postura por sacerdotes como el jesuita Padre James Martin. Después de todo, el celibato rige tanto para heterosexuales como para homosexuales, y los segundos, que cargan con la cruz añadida de una tendencia que la Iglesia considera en su Catecismo como “intrínsecamente desordenada”, puede convertir su lucha particular en un medio de hacerse santos, algo que se espera de todos y más de un sacerdote.
Pero es inocultable, por otra parte, que en la abrumadora mayoría de los escándalos que hemos tenido que reseñar -desde los del Padre Karadima en Chile a los de McCarrick en Estados Unidos- estamos ante conductas homosexuales, y no meramente abusos genéricos.

Ser sacerdote no es un ‘derecho’, como parecen creer las feministas que exigen el sacerdocio femenino, sino una vocación, al servicio de los fieles. Hay otras condiciones, involuntarias para el sujeto y sin ninguna carga moral, que impiden ingresar en un seminario.
De hecho y tras el gran escándalo de principios de siglo, Benedicto XVI renovó las instrucciones para que los seminarios rechazaran a quienes muestras inclinaciones homosexuales persistentes, ante la evidencia proporcionada por los escándalos.
Pero la homosexualidad en los sacerdotes plantea, además, un problema adicional, aparte de la lucha personal del sujeto con sus inclinaciones y es el efecto de lo que los anglohablantes llaman ‘crowding out’: los homosexuales tienden a crear redes, a ejercer cierto ‘efecto llamada’ y a promocionarse mutuamente.

Eso hace que algunos seminarios resulten hostiles para un heterosexual que sienta la vocación, y también que en no pocos casos de encubrimiento se diera cierta medida de complicidad.
El sacerdocio no existe para que ‘te realices’, no es un derecho: existe para los demás, para la Iglesia. Todo lenguaje sobre ‘no discriminación’ es inaplicable aquí.

Superar el clericalismo

El Cardenal McCarrick pedía a ‘James’, el sujeto del que abusó durante veinte años, desde los 11, que le llamara ‘Tío Ted’, y la víctima fue incapaz de contar a los suyos lo que estaba pasando porque no le creerían: era un sacerdote.
Este esquema se ha repetido en infinidad de casos, y refleja una mentalidad no solo totalmente errónea para un cristiano, sino ideal para que se enquisten este tipo de escándalos hasta el infinito.

Me refiero a la vaga idea de que la Iglesia es cosa de los curas, que los laicos estamos en todo para obedecer y callar (y pagar), y que poner en duda la palabra de un sacerdote o acusarle de un comportamiento escandaloso perjudica a la Iglesia.
Curiosamente, se habla mucho de ‘la hora del laicado’; yo, que no soy exactamente joven, llevo toda la vida oyéndolo, y muy a menudo en boca de los mismos clérigos. Pero, como vemos, nunca llega.

Es hasta cierto punto inevitable que la Iglesia se convierta en una estructura de poder, y que los sacerdotes acaben viendo su misión como una carrera profesional. Pero la Iglesia no es solo ni principalmente una estructura de poder, ni podemos dejar que en ella medren las peores consecuencias de esa situación, y mucho menos permitir que los sacerdotes se conviertan en ‘burócratas de la fe’.

Los sacerdotes son, esencialmente, los administradores exclusivos de los sacramentos. Todo lo demás es un añadido; útil en algunos casos, inevitable, en otros, pero también nocivo en muchos otros. Los laicos no debemos esperar a que los curas y los obispos nos den ‘permiso’; tenemos que entrar en la Iglesia, ocuparnos de las cosas de la Iglesia, sin necesidad de salir de nuestro estado, pero también sin complejos. Es tan nuestra como suya.

‘Empobrecer’ a la Iglesia

No creo que haga falta ser Sherlock Holmes para deducir que tanto el clérigo que comete estos abusos como los superiores que lo encubren no se están tomando demasiado en serio su misión. En los primeros, cuando se trata -como suele ser el caso- de un pecado de actividad, repetido, parece razonable pensar que su vida de piedad, su sentido de misión y su fe no están en condiciones óptimas.
En el caso de los segundos, sobre la solicitud por su grey que debería dominar en un pastor se impone el carrerismo, la ambición y el miedo a perder una posición. Un seminarista que denuncia a sus compañeros puede verse expulsado del seminario; un sacerdote que hace otro tanto con un superior puede verse permanentemente apartado en la parroquia más remota. No es un destino que deba asustar a un sacerdote santo; pero sí a un adocenado burócrata de la fe.

Es el aburguesamiento, la comodidad, la posición. Exactamente lo que se acabaría si la Iglesia fuera pobre como dice desearla Su Santidad, una ‘Iglesia pobre para los pobres’.
Por eso creo que empobrecer a la Iglesia es alejar a una mayoría de carreristas comodones; es atraer de nuevo a sacerdotes santos, es impedir que el sacerdocio siga siendo una ‘opción profesional’ como otra cualquiera.

Las incontables obras de caridad de que se ocupa la Iglesia o la evidencia de que los sacerdotes tienen que comer no pueden ser una excusa para evitar este camino. Es perfectamente posible colaborar con obras de caridad concreta o, aún mejor, participar en ellas con el tiempo y el esfuerzo propios. Repito: los laicos somo Iglesia, es nuestra responsabilidad.
Pero en una Iglesia verdaderamente pobre no tendrían el mismo sentido las luchas de poder o los temores a perder la propia posición. Por lo hablar de que, conforme a las leyes del mercado, se podría castigar económicamente a los prelados tibios y premiar a los celosos.

Una prensa católica verdaderamente profesional

He perdido la cuenta de las veces que nos han dicho desde las filas más ortodoxas que no somos una publicación católica, que somos el enemigo, que solo buscamos hacer daño, solo por exponer los escándalos en la Iglesia.
Pero hay en todo esto pocos datos tan reveladores como el hecho de que, de todos los escándalos hasta la fecha, ni uno solo, ni uno, ha venido por la exclusiva de un medio confesional. Para nuestra vergüenza, han tenido que ser los tribunales civiles los que han sacado a la luz el comportamiento delictivo de nuestros pastores, y los medios seculares los que han informado de los escándalos, medida necesaria para corregirlos.

No, ‘los trapos sucios se lavan en casa’ es un refrán, no una frase evangélica; la frase evangélica es “la verdad os hará libres”. Pero demasiadas publicaciones católicas funcionan como órganos de propaganda a mayor gloria de los pastores, colaborando consciente o inconscientemente con sus desmanes.
No, denunciar los abusos no es ‘sembrar el escándalo’. El escándalo se siembra tapando estas conductas que claman al cielo y permitiendo así que se perpetúen y se enquisten, haciendo que cuando al fin estalla -y siempre acaba estallando- el escándalo sea de magnitud mucho mayor y de mayor gravedad.

La prensa católica debería ser específicamente católica solo en su finalidad última y en su temática; pero en todo lo demás debe ser, sobre todo, periodística, sin más. Debe informar de lo que pasa con la mayor objetividad posible, y solo con eso ya estará prestando un enorme servicio a la Iglesia.

El Gran Escándalo de pederastia clerical, 
Segunda Parte

Como en las secuelas de películas de terror, vuelve la pesadilla quince años después. Porque ni entonces ni ahora se aborda el verdadero problema detrás de los escándalos de pederastia clerical
Recuerdo como si fuera ayer cuando las Puertas del Infierno se abrieron en 2002 sobre la Iglesia y los católicos descubrimos a esos obispos y cardenales que llevaban décadas encubriendo a sacerdotes pederastas.
Lo recuerdo, y recuerdo que, como muchísimos católicos, al principio no quise creerlo. Pensé que era una de tantas infamias como se han vertido contra la Iglesia por sus muchos enemigos, un caso más de ‘persecución por causa de la justicia’. Solo poco a poco, ya con el caso del fundador de los Legionarios de Cristo abierto en canal como un cadáver podrido en los medios de comunicación, la dolorosa verdad se impuso.

Las consecuencias fueron aterradoras. La descristianización iniciada en el postconcilio, que se había ralentizado con la llegada al Papado de Juan Pablo II, adquirió de nuevo un ritmo desolador. Todos los ‘marcadores’ -asistencia a misa, frecuencia de los sacramentos, ordenaciones- cayeron en picado.
La jeraquía acabó pareciendo que reaccionaba, hubo muchos golpes de pecho, nuevas directrices, la ‘Carta de Dallas’ en Estados Unidos, un colectivo ‘Nunca Más’ por parte de nuestros pastores que, como estamos viendo este verano, fue solo ‘Hasta la Próxima’.
Chile, otra vez Estados Unidos, Honduras… Otra vez, y otra vez asuntos que se arrastran desde hace años, que los obispos han tapado, que el Vaticano conocía -siquiera como acusación-, que la prensa católica no ha denunciado…

Otra vez.

¿Cómo es posible? ¿Cómo pudo no escarmentar la jerarquía eclesiástica después de aquel escándalo y aquella sangría? ¿Cómo pudo volver a ocurrir, no un caso aislado y puntual, sino un escándalo masivo de la misma naturaleza?
La respuesta corta es que no se hizo nada. Es decir, sí, se tomaron ‘medidas’, las justas para que la ‘purga’ clerical no se extendiese demasiado, pero no se entró a fondo en el asunto.
Benedicto lo intentó. Discretamente ‘retiró’ a decenas de obispos, y dio estrictas instrucciones para que no se ordenara a seminaristas con ‘persistentes tendencias homosexuales’.
Pero Benedicto XVI abdicó y, por estudios como los del polaco padre Oko y abundante información personal, no parece que las cosas hayan cambiado mucho en un aspecto esencial.

La Conferencia Episcopal de Estados Unidos ha hecho pública una nota en la que los obispos americanos piden perdón, confiesan su culpa colectiva, se comprometen a enmendarse… Pero sin que pague uno solo de ellos, sin que pague nadie. Por lo demás, es revelador que en la nota se hable de ‘abusos’, pero esté conspicuamente ausente una palabra clave: homosexualidad.
Aunque se hable constantemente de ‘pedofilia’, hay que aclarar que, en la abrumadora mayoría de los casos, no se trata de niños, sino de adolescentes; y casi siempre varones. Y mientras no se reconozca eso, mientras no se encare con decisión el problema de la infiltración homosexual en la jerarquía eclesiástica, no se conseguirá nada.
¿Animar a denunciar? Observen el caso hondureño. Una cincuentena de seminaristas del seminario mayor de Tegucigalpa -más o menos, una cuarta parte- ha dirigido una humilde, respetuosa y devota denuncia pública advirtiendo de la presión que estaba ejerciéndose entre los futuros sacerdotes por parte de profesores y compañeros homosexuales.
¿Y cuál ha sido la respuesta? El Arzobispo de Tegucigalpa, Óscar Rodríguez Maradiaga, mano derecha de Su Santidad en Latinoamérica y en asuntos relativos a la tan anunciada ‘renovación’ eclesial y miembro del exclusivo C9, lejos de animarles a que denuncien públicamente o de abrir una investigación, les ha acusado de ‘mentirosos’ y de representar la ‘antiIglesia’.
¿Quién va a atreverse a denunciar? ¿Qué puede hacer un pobre seminarista, en el país más atrasado de la América Hispana, frente a un poderoso cardenal que goza de la amistad personal del Papa?
En cuanto al escándalo de la homosexualidad en el clero, lejos de convertirse en una prioridad, parece ir a contrapelo de lo que se percibe hoy en la Iglesia. Que el orador estrella del Encuentro Mundial de las Familias que ahora se inaugura en Dublín sea el jesuita padre James Martin, autodenominado ‘apostol’ de los LGBTI, no parece indicar que vaya a haber un cambio en la progresiva ‘LGBTIización’ del clero.
En medio de la tormenta, el Papa ha aprovechado para cambiar el Catecismo de la Iglesia Católica, contradiciendo la doctrina anterior sobre la pena de muerte, que califica ahora de ‘inadmisible’ en cualquier caso. Sí, es el Papa: exactamente como eran Papas los que juzgaron lícita esa medida.
Y la sensación, cuando las prioridades de los fieles parecen estar en otras cuestiones, es la de un político que aprueba una medida polémica para distraer la atención de los escándalos de su gobierno.

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