EL Rincón de Yanka: PECADO

inicio














Mostrando entradas con la etiqueta PECADO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta PECADO. Mostrar todas las entradas

domingo, 3 de mayo de 2026

LA APOSTASÍA, EL MÁXIMO PECADO por JOSÉ MARÍA IRABURU

LA APOSTASÍA,
EL MÁXIMO PECADO

Judas es el primero de todos los apóstatas. Él creyó en Jesús, y dejándolo todo, le siguió (en Caná «creyeron en Él sus discípulos», Jn 2,11). Pero avanzando el ministerio profético del Maestro, y acrecentándose de día en día el rechazo de los judíos, el fracaso, la persecución y la inminencia de la cruz, abandonó la fe en Jesús y lo entregó a la muerte.

La apostasía es el mal mayor que puede sufrir un hombre. No hay para un cristiano un mal mayor que abandonar la fe católica, apagar la luz y volver a las tinieblas, donde reina el diablo, el Padre de la Mentira. Corruptio optimi pessima. Así lo entendieron los Apóstoles desde el principio:

«Si una vez retirados de las corrupciones del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, de nuevo se enredan en ellas y se dejan vencer, su finales se hacen peores que sus principios. Mejor les fuera no haber conocido el camino de la justicia, que después de conocerlo, abandonar los santos preceptos que les fueron dados. En ellos se realiza aquel proverbio verdadero: “se volvió el perro a su vómito, y la cerda, lavada, vuelve a revolcarse en el barro”» (2Pe 2,20-22). De los renegados, herejes y apóstatas, dice San Juan: «muchos se han hecho anticristos… De nosotros han salido, pero no eran de los nuestros» (1Jn 2,18-19).

La apostasía es el más grave de todos los pecados. Santo Tomás entiende la apostasía como el pecado de infidelidad (rechazo de la fe, negarse a creer) en su forma máxima, y señala la raíz de su más profunda maldad:

«La infidelidad como pecado nace de la soberbia, por la que el hombre no somete su entendimiento a las reglas de la fe y a las enseñanzas de los Padres» (STh II-II,10, 1 ad3m). «Todo pecado consiste en la aversión a Dios. Y tanto mayor será un pecado cuanto más separa al hombre de Dios. Ahora bien, la infidelidad es lo que más aleja de Dios… Por tanto, consta claramente que el pecado de infidelidad es el mayor de cuantos pervierten la vida moral» (ib. 10,3). Y la apostasía es la forma extrema y absoluta de la infidelidad (ib. 12, 1 ad3m).

Las mismas consecuencias pésimas de la apostasía ponen de manifiesto el horror de este pecado. Santo Tomás las describe:

«“El justo vive de la fe” [Rm 1,17]. Y así, de igual modo que perdida la vida corporal, todos los miembros y partes del hombre pierden su disposición debida, muerta la vida de justicia, que es por la fe, se produce el desorden de todos los miembros. En la boca, que manifiesta el corazón; en seguida en los ojos, en los medios del movimiento; y por último, en la voluntad, que tiende al mal. De ello se sigue que el apóstata siembra discordia, intentando separar a los otros de la fe, como él se separó» (ib. 12, 1 ad2m).

El fiel cristiano no puede perder la fe sin grave pecado. El hábito mental de la fe, que Dios infunde en la persona por el sacramento del Bautismo, no puede destruirse sin graves pecados del hombre. Dios, por su parte, es fiel a sus propios dones: «los dones y la vocación de Dios son irrevocables» (Rm 11,29). Así lo enseña Trento, citando a San Agustín: «Dios, a los que una vez justificó por su gracia, no los abandona, si antes no es por ellos abandonado» (Dz 1537). Por eso, enseña el concilio Vaticano I, «no es en manera alguna igual la situación de aquellos que por el don celeste de la fe se han adherido a la verdad católica, y la de aquellos que, llevados de opiniones humanas, siguen una religión falsa. Porque los que han recibido la fe bajo el magisterio de la Iglesia no pueden jamás tener causa justa para cambiar o poner en duda esa misma fe» (Dz 3014).

Hubo apóstatas ya en los primeros tiempos de la Iglesia. Como vimos, son aludidos por los apóstoles. Pero los hubo sobre todo con ocasión de las persecuciones, especialmente en la persecución de Decio (249-251). Y a veces fueron muy numerosos estos cristianos lapsi (caídos), que para escapar a la cárcel, al expolio de sus bienes, al exilio, a la degradación social o incluso a la muerte, realizaban actos públicos de idolatría, ofreciendo a los dioses sacrificios (sacrificati), incienso (thurificati) o consiguiendo certificados de idolatría (libelatici). Y en esto ya advertía San Cipriano que «es criminal hacerse pasar por apóstata, aunque interiormente no se haya incurrido en el crimen de la apostasía» (Cta. 31).

La Iglesia asigna a los apóstatas penas máximas, pero los recibe cuando regresan por la penitencia. Siempre la Iglesia vio con horror el máximo pecado de la apostasía, hasta el punto que los montanistas consideraban imperdonables los pecados de apostasía, adulterio y homicidio, y también los novacianos estimaban irremisible, incluso en peligro de muerte, el pecado de la apostasía. Pero ya en esos mismos años, en los que se forma la disciplina eclesiástica de la penitencia, prevalece siempre el convencimiento de que la Iglesia puede y debe perdonar toda clase de pecados, también el de la apostasía (p. ej., Concilio de Cartago, 251). San Clemente de Alejandría (+215) asegura que «para todos los que se convierten a Dios de todo corazón están abiertas las puertas, y el Padre recibe con alegría cordial al hijo que hace verdadera penitencia» (Quis dives 39).

La Iglesia perdona al hijo apóstata que hace verdadera penitencia. Siendo la apostasía el mayor de los pecados, siempre la Iglesia evitó caer en un laxismo que redujera a mínimos la penitencia previa para la reconciliación del apóstata con Dios y con la Iglesia. De hecho, como veremos, las penas canónicas impuestas por los Concilios antiguos a los apóstatas fueron máximas.

Y siguen siendo hoy gravísimas en el Código de la Iglesia las penas canónicas infligidas a los apóstatas. 
«El apóstata de la fe, el hereje o el cismático incurren en excomunión latæ sententiæ» (c. 1364,1). Y «se han de negar las exequias eclesiásticas, a no ser que antes de la muerte hubieran dado alguna señal de arrepentimiento, 1º a los notoriamente apóstatas, herejes o cismáticos» (c. 1184).

El ateísmo de masas es hoy un fenómeno nuevo en la historia. El concilio Vaticano II advierte que «el ateísmo es uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo» (GS 19a). «La negación de Dios o de la religión no constituyen, como en épocas pasadas, un hecho insólito e individual; hoy día, en efecto, se presentan no rara vez como exigencia del progreso científico y de un cierto humanismo nuevo. En muchas regiones esa negación se encuentra expresada no sólo en niveles filosóficos, sino que inspira ampliamente la literatura, el arte, la interpretación de las ciencias humanas y de la historia y de la misma legislación civil» (ib. 7c). Y eso tanto en el mundo marxista-comunista, más o menos pasado, como en el mundo liberal de Occidente. Pero se da hoy un fenómeno todavía más grave.

La apostasía masiva de bautizados es hoy, paralelamente, un fenómeno nuevo en la historia de la Iglesia; la apostasía, se entiende, explícita o implícita, pública o solamente oculta. El hecho parece indiscutible, pero precisamente porque habitualmente se silencia, debemos afrontarlo aquí directamente. Vamos, pues, derechos al asunto. Imagínense ustedes a un profesor católico de teología –imagínenlo sin miedo, que no les va a pasar nada–, que, en un Seminario o en una Facultad de Teología católica, después de negar la virginidad perpetua de María, los relatos evangélicos de la infancia, los milagros, la expulsión de demonios, la institución de la Eucaristía en la Cena, la condición sacrificial y expiatoria de la Cruz, el sepulcro vacío, las apariciones, la Ascensión y Pentecostés, afirma que Jesús nunca pretendió ser Dios, sino que fue un hombre de fe, que jamás pensó en fundar una Iglesia, etc. Y pregúntense ustedes, si les parece oportuno: ¿estamos ante un hereje o simplemente ante un apóstata de la fe? Y tantos laicos, sacerdotes y religiosos –todos ellos bien ilustrados–, que reciben y asimilan esas enseñanzas ¿han de ser considerados como fieles católicos o más bien como herejes o apóstatas? La pregunta, deben ustedes reconocerlo, tiene su importancia. ¿O no?

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

domingo, 26 de octubre de 2025

LIBRO "MARX ☭ SATÁN" 👿👥💥 por RICHARD WURMBRAND

 MARX  SATÁN 

RICHARD WURMBRAND

El difunto reverendo Richard Wurmbrand pasó 14 años prisionero del gobierno comunista en Rumania, donde fue perseguido por su fe en Jesucristo. Su experiencia lo llevó a dedicar años adicionales a investigar a Karl Marx y las doctrinas comunistas que desarrolló. Si bien el comunismo se presenta como una noble labor por el bien de la humanidad y reivindica una visión atea, Wurmbrand expone sus verdaderas raíces, revelando que Karl Marx y los padres de los movimientos comunista/socialista modernos se inspiraron en los poderes de las tinieblas. Al examinar las confesiones, los escritos y la poesía de Marx y sus seguidores, el autor demuestra cómo el "príncipe de las tinieblas" les dio a estos hombres la "espada" con la que han aterrorizado a las naciones. Wurmbrand demuestra que este movimiento no es simplemente obra de hombres codiciosos, ávidos de riqueza y poder, sino que obedece a la obra de Satanás con la intención de destruir a la humanidad.
El comunismo causó la muerte de más de 100 millones de personas a través de hambruna, matanzas políticas y genocidio. Creó sociedades en las que el poder es detentado por un pequeño grupo que esclaviza naciones enteras y donde los campos de matanza “gulags” y campos de reeducación por el trabajo, se convierten en parte de la vida diaria.

Pero las fallas económicas, asesinatos masivos y naciones esclavas creadas por el comunismo no son los crímenes más grandes del sistema.
El crimen más grande del comunismo es su destrucción del alma humana.
Un objetivo clave del comunismo es desmoralizar a las sociedades: destruir la cultura, la religión y los valores básicos de cualquier sociedad que toque.
Este objetivo está claramente expuesto en el “Manifiesto Comunista”, en el que Karl Marx y Friedrich Engels escribieron en 1848: que el comunismo busca “abolir toda la religión y toda la moralidad”.

Los más aterrador para una persona es la destrucción de la fe, la creencia y la moralidad. En la Biblia, el Libro de Mateo establece: “Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno”.

Hemos visto repetidamente que el objetivo del comunismo es destruir el alma de la humanidad.
Cuando una hambruna barrió con Rusia en 1921, luego que el exlíder soviético Vladimir Lenin ordenara quitarle las semillas a los campesinos, entre 5 y 10 millones de personas murieron de hambre. Según “El Libro Negro del Comunismo”, la respuesta de Lenin fue que la hambruna fue buena para el movimiento comunista, dado que “la hambruna destruiría la fe no solo en el zar, sino también en Dios”.

A pesar de que el comunismo usa varias máscaras, e incluso intenta convencer a la gente de que sus intenciones son buenas, la influencia de sus raíces siempre puede ser vista. Y aunque el comunismo aparenta ser ateo, muchos de sus fundadores, incluido Marx, no lo eran. Tenían creencias satánicas.
El predicador rumano Richard Wurmbrand, que fue encarcelado bajo un régimen comunista, documentó mucho de esta historia en su libro “Marx y Satán”.
Un ejemplo es Mikhail Bakunin, uno de los socios de Marx en la Primera Internacional, que escribió: “El Malvado es la revuelta satánica en contra de la autoridad divina, revuelta en la que vemos el germen fecundo de todas las emancipaciones humanas, la revolución. Los socialistas se reconocen los unos a los otros por las palabras ‘En nombre de aquel a quien se le hizo gran daño’”.
También declaró: “En esta revolución tendremos que despertar al Diablo en la gente, para suscitar las pasiones más bajas. Nuestra misión es la de destruir, no edificar”.

El satanismo de Marx es evidente en sus primeros escritos. En el poema “Invocación de un desesperado” escribió que “construiría [su] trono en las alturas”, y continuó, “En una cumbre inmensa y fría / Por su baluarte – supersticioso espanto,/Por su alguacil – la más negra agonía./Quien lo mire con ojos sanos,/Regresará mudo, con palidez mortal;/En garras de mortandad ciega y fría./¡Que su felicidad prepare su tumba!”.
En el poema de Marx “El violinista”, escribe “Los vapores infernales suben y llenan la mente/Hasta que enloquezco y mi corazón es totalmente cambiado”, y, “¿Ves esta espada? El Príncipe de las Tinieblas me la vendió”.
En su libro de 1968 “Marx”, el biógrafo Robert Payne escribió que Marx “tenía la visión del mundo del Diablo y la malignidad del Diablo. A veces parecía saber que estaba cumpliendo con el trabajo de la maldad”.
También podemos mostrar a través de los dogmas principales del comunismo que es satánico por naturaleza. Esto se remonta al materialismo dialéctico, que Joseph Stalin describió en 1938 como “la perspectiva del partido marxista-leninista”.

El satanismo trabaja invirtiendo valores dentro del sistema cristiano. El materialismo dialéctico trabaja invirtiendo los valores de todas las creencias tradicionales en todos los sistemas religiosos rectos. Trabaja con tres principios para identificar, contradecir y eliminar el punto medio. La inversión de cualquier valor tradicional al que apunta se convierte en la agenda que impulsa el comunismo y utiliza estas inversiones de las tradiciones y de la moral para hacer que la sociedad entre en lucha, de manera de utilizar esta lucha para destruir los valores que existen dentro de esa sociedad.

El Papa Pío XI escribió en 1937 que bajo este sistema, el comunismo intenta “agudizar los antagonismos que se suscitan entre varias clases de la sociedad”. Utilizando esto, dijo: los comunistas crean la lucha de clases para crear odio violento que pueda impulsar su agenda bajo la bandera falsa de “progreso”.
El comunismo no es solo un sistema político o económico. Sus formas existen dentro de muchos movimientos diseñados para destruir nuestros valores, nuestras tradiciones y nuestras creencias. Es un espectro, como lo describió Marx, que apunta a destruir la humanidad.

Marx había amado las siguientes palabras del personaje Mefistófeles del drama Fausto (del famoso poeta alemán Goethe): "Todo lo que existe merece ser destruido". Todo, incluyendo el proletariado y los camaradas. Marx citó estas palabras en El 18 de Brumario. Stalin actuó basado en ellas y destruyó aun a su propia familia. La secta satanista no es materialista. Cree en la vida eterna. Oulanem, la persona por quien habla Marx, no cuestiona el hecho de la vida eterna. Lo afirmó, pero como una vida de odio magnificado al extremo. Vale la pena notar que "eternidad" para los demonios significa "tormento". Por eso Jesús fue reprochado por los demonios: 
"¿Has venido para atormentarnos antes de tiempo?" (Mateo 8:29). Marx tiene la misma obsesión: ¡Ja! ¡la eternidad! Es nuestra desgracia eterna. Muerte indescriptible e inmensurable, Vil, artificio concebido para despreciarnos. Siendo nosotros mecanismos como relojes, ciegamente maquinales, Hechos para ser los almanaques gastados del tiempo y el espacio, Sin más propósito que acontecer; ser arruinados, Para que haya algo que arruinar.

En Oulanem (Anticristo), Marx hace lo que hace el Diablo: manda a toda la raza humana a la condenación. Oulanem es probablemente el único drama en el mundo cuyos personajes están conscientes de su propia corrupción, de la cual hacen gala y celebran con convicción. En este drama no hay blanco y negro. No existe Claudio ni Ofelia, Yago ni Desdémona. Aquí todo es negro y todos revelan aspectos mefistofélicos. Todos son satánicos. Todos están corrompidos y condenados.

El biógrafo de Marx continúa: “Casi no hay dudas de que aquellas historias interminables eran autobiográficas. Él tenía una visión diabólica del mundo, una malevolencia diabólica. A veces parecía estar consciente de estar realizando las obras del Diablo”. 
Cuando Marx terminó Oulanem y sus otros poemas primeros, en los cuales escribía respecto de tener un pacto con el Diablo, no pensaba todavía en el socialismo, al que inclusive había combatido. Marx era editor de un periódico alemán, Rheinische Zeitung, el cual "no le concede ni siquiera validez teórica a las ideas comunistas en su forma presente, mucho menos desea su realización práctica, la cual de todos modos considera imposible... A los esfuerzos de las masas para llevar a cabo sus ideas comunistas se les puede responder con un cañón, tan pronto como éstas se vuelvan peligrosas...".

Cuando los soviéticos en sus comienzos adoptaron el refrán: "Echemos a los capitalistas de la tierra y a Dios del Cielo", no estaban sino cumpliendo con el legado de Marx.

Conexión entre el Comunismo y el Satanismo

Los comunistas tienen el hábito de crear organizaciones "pantalla". Todo lo antedicho es evidencia de que los movimientos comunistas sirven de fachada para el ocultismo satánico. Esto también explica por qué todas las armas políticas, económicas, culturales y militares, usadas en contra del comunismo, han resultado ser tan ineficientes. Los medios para combatir el comunismo son espirituales, no carnales. De otro modo, mientras que una organización pantalla satánica, como el nazismo, es derrotada, otra se levantará para victorias aún mayores. Himmler, el ministro de Interior de la Alemania Nazi, se consideraba a sí mismo como la reencarnación del rey de Inglaterra Enrique el Halconero. Creía posible enganchar los poderes del ocultismo para el servicio del ejército Nazi. Muchos líderes Nazis estaban envueltos en magia negra.

Orginform

Un organismo gigantesco había sido creado por la Policía Secreta Soviética para destruir las iglesias del mundo entero. El primer objetivo era neutralizar o minimizar la hostilidad de las religiones hacia el comunismo. Segundo, buscar aliados dentro de las iglesias de muchas denominaciones para poder usar el prestigio clerical para traer la masa de creyentes al campo de la revolución. El nombre de este departamento fue Orginform. Tenía células secretas en cada país y en cada organización religiosa grande. Claro está que las organizaciones anticomunistas y las misiones que trabajan detrás de la Cortina de Hierro [ahora también: del Islam] son el blanco principal. Agentes comunistas especializados en agitación y propaganda se infiltran en las iglesias y misiones para preparar el desarme ideológico de los fieles. Su primer Director, Vasilii Gorelov, fue anteriormente un sacerdote ortodoxo, un apóstol convertido en un Judas. 

Sus cuarteles estaban en Varsovia. Uno de sus líderes era Theodor Krasky. Tenían una escuela en Crimea para entrenar agentes para los países latinos y una en Moscú para Norteamérica. Los agentes para Gran Bretaña, Holanda, Escandinavia, etc., eran entrenados en Latvia; y para los países musulmanes en Constantza, Rumania. Estas escuelas preparaban falsos pastores; sacerdotes, imanes, rabinos; quienes comprendían perfectamente sus respectivas teologías. Algunos de ellos se atrincheran en iglesias o misiones, haciéndose pasar por refugiados. 

El jesuita Monseñor Alighiero Tondi, un comunista italiano, después de haber terminado sus estudios en la Escuela Lenin de Moscú, fue instruido por el Partido Comunista a entrar en una orden religiosa. Luego de haber sido descubierto se declaró abiertamente como comunista y se casó con una camarada.

Reacciones

Todas estas cosas escribo a manera exploratoria. Los pensadores cristianos, como el resto de los hombres, a menudo sucumben a la tentación de probar ideas preconcebidas. No presentan necesariamente tanta verdad como conocen. Para probar sus puntos de vista, los pensadores tienen la tendencia a mentir, a veces, o a exagerar sus argumentos. Yo no proclamo haber provisto evidencia indisputable de que Marx fuera miembro de una secta de adoradores de Satanás; pero sí creo que hay suficientes pruebas que apoyan esta idea. Ciertamente hay suficientes detalles que infieren una influencia satánica sobre su vida y enseñanzas; a la vez que concuerdo en que hay lagunas en la cadena de pensamientos, que podrían llevar a una conclusión aún más definitiva en el asunto. 

He proporcionado el impulso inicial. Que otros continúen esta importante investigación sobre la relación entre el marxismo y el satanismo [y ahora el fenómeno del Islam y el Nuevo Orden Mundial]. Las primeras ediciones de esta obra produjeron respuestas interesantes. Muchos la apreciaron como un nuevo descubrimiento y nueva comprensión del marxismo, dándome valiosos datos sobre dónde encontrar nuevo material. Una personalidad de Holanda dedicó varias columnas de su revista teológica a restar importancia al descubrimiento, dijo: "Marx pudo haberse inclinado a la magia negra, pero esto no cuenta mucho. Todos los hombres son pecadores; todos tienen malos pensamientos. No nos alarmemos por esto".
Es cierto que todos los hombres somos pecadores, pero no todos somos criminales. Todos los hombres son pecadores, pero algunos son asesinos y otros jueces que los juzgan. 

Los crímenes del comunismo no tienen paralelo. ¿Qué otro sistema político ha matado a sesenta millones de hombres como lo han hecho los comunistas soviéticos en medio siglo? Otros sesenta millones han sido asesinados en la China Roja. Existen grados de pecaminosidad y criminalidad. La altura de la atrocidad del crimen proviene de la medida de influencia satánica sobre el fundador del comunismo. 

Los pecados del marxismo, como los del nazismo [y ahora del Islam], son extremadamente brutales. Son satánicos. También he recibido cartas de satanistas, defendiendo su religión. Uno de ellos escribe: 
"Una defensa del satanismo sólo necesita la Biblia como evidencia documentaria. Piense en todos los miles de personas en la tierra, creadas a la imagen de Dios, recuerde, que fueron destruidas con fuego y azufre (Sodoma y Gomorra); otras por una combinación de plagas letales; por ahogamiento de toda la población de la tierra excepto la familia de Noé. Todas estas devastaciones producidas por el “misericordioso” Dios, Señor Yahvéh. ¿Qué hubiera hecho un Dios inmisericorde? 
"¡Pero en toda la Biblia no se registra ni siquiera una muerte producida por Satanás! !Así que, ¡(NO)Viva Satanás!". Este satanista no estudió muy bien la Biblia. La muerte entró al mundo debido al engaño de Satanás, atrayendo a Eva al pecado. Este satanista también hace conclusiones adelantadas. Todavía Dios no ha terminado su trabajo con la creación. 

En un principio, toda pintura es una mezcla fea y sin sentido de líneas y puntos de muchos colores. A Da Vinci le tomó veinte años terminar su Mona Lisa. Dios también se toma su tiempo. El fin glorioso de la Creación será un cielo nuevo y una nueva tierra en la cual triunfará la justicia. Entonces aquellos que hayan seguido a Satanás tendrán que sufrir una eternidad de remordimientos. Jesús sufrió los látigos y la crucifixión. Pero cualquiera que desee conocer a Dios tiene que mirar más allá de la tumba: a la resurrección y ascensión de Jesucristo. En contraste, los enemigos de Jesús quienes maquinaron su muerte, trajeron sobre su pueblo y su templo la destrucción y perdieron sus propias almas. 

Nuestro oponente quería comprender a Dios a través de la razón, el cual no es el instrumento adecuado para la criatura. Dios no puede ser comprendido, sino sólo percibido por medio de un corazón lleno de fe. Un jamaicano se pregunta si los de Estados Unidos, que explota a su país, no puede ser tan satánico como el mismo Marx. No, no lo es. Los americanos son pecadores, como todos los hombres. 

El nombre de satanista pertenece a aquellos que conscientemente adoran al diablo. Sí, Estados Unidos tiene un cierto número de adoradores del diablo. También he recibido cartas de marxistas. Nauka I Religia, la principal revista atea de Moscú, contenía un largo artículo escrito por dos filósofos, Belov y Shilkin. Dicen que: "el temperamento de Wurmbrand pudiera ser envidiado por los mejores futbolistas. Su gritería es salvaje. Este luchador convoca una cruzada contra el Socialismo, que él denomina: un fruto de Satanás. ¡Fue encarcelado en Rumanía por distribuir literatura religiosa que instigaba en contra del gobierno!" 

En este artículo, dos cosas sobresalen. Primero, que me llamen "pastor diabólico" por mi libro "¿Fue Karl Marx un Satanista?", aunque los autores no pudieron aportar ni un solo detalle para refutar la documentación que prueba que Karl Marx pertenecía a una secta satanista. Segundo, el articulo felicita a los líderes cristianos, aun aquellos anticomunistas, que se han puesto en contra mía. No importa que sean adversarios del comunismo; siempre que se opongan a Wurmbrand, el enemigo principal del comunismo, estaban aprobados por Moscú.

A Todos los Marxistas

Ahora me dirijo al marxista común: usted seguramente no está guiado por el espíritu que controlaba a Marx, Hess o Engels. Usted sinceramente ama a la humanidad y cree estar enrolado en un ejército que lucha por el bienestar universal. No es su deseo el ser instrumento de una misteriosa secta satanista. Este libro puede ser útil para usted. 

El satánico marxismo tiene una filosofía materialista que ciega a sus seguidores a las realidades espirituales. Pero existe algo más que la materia. Existe una realidad del espíritu, de la verdad, de la belleza e ideales de justicia. Existe también un mundo de espíritus inmundos. Su cabeza es Satanás, quien cayó del cielo por su orgullo y arrastró con él una hueste de ángeles. Después sedujo a los progenitores de la raza humana. 

Desde la Caída, su engaño ha sido perpetuado e incrementado por todos los medios imaginables. Vemos hoy la hermosa creación de Dios devastada por guerras mundiales, sangrientas revoluciones y contra-revoluciones, dictaduras, explotación, racismo de muchas clases, creencias falsas, agnosticismo y ateísmo, crímenes y corrupción, infidelidades en el amor y la amistad, matrimonios deshechos, hijos rebeldes, etc. 

La humanidad ha perdido la visión de Dios. Pero ¿qué cosa ha tomado el lugar de esta visión? ¿Es acaso algo mejor? El hombre tiene que tener alguna religión. Si no tiene la religión [mejor dicho, fe] de Jesús, tendrá la religión de Satanás y perseguirá a aquellos que no adoren a Satanás. Sólo unos pocos de los principales líderes comunistas han sido y son conscientemente satanistas. Pero existe un satanismo inconsciente, así como existen muchas personas que se denominan cristianos sin haber nacido de nuevo por la fe en Cristo. Un hombre puede ser satanista inconscientemente y sin haber siquiera oído que existe tal religión. Lo es si odia la noción de Dios y el nombre de Cristo, si vive como si fuera sólo materia, si niega los principios morales y religiosos anclados en la Biblia. 

Los seres humanos pueden haber abandonado a Dios. Pero Dios nunca abandonó a sus criaturas. Envió al mundo a su único Hijo, Jesucristo. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3:16). Ese amor y compasión encarnados (Jesucristo), vivió en la tierra, en la vida de un niño judío; luego la de un humilde carpintero; y, finalmente, la vida de un maestro de justicia y rectitud. 

El hombre esclavizado no puede salvarse a sí mismo, como no puede un hombre que se está ahogando sacarse a sí mismo del agua. Así pues, Jesús, comprendiendo completamente nuestros conflictos internos, tomó sobre Sí mismo todos nuestros pecados, incluyendo los pecados de Marx y sus seguidores, y sufrió el castigo que nosotros merecíamos. Expió nuestros pecados muriendo sobre una cruz en el Gólgota, tras sufrir las más terribles humillaciones y dolores. Tenemos Su palabra que da confianza y certidumbre que quienquiera que ponga su fe en Él, es perdonado y vivirá con Él en el paraíso eterno. 

Aun los más notorios marxistas pueden ser salvos. Vale la pena notar que dos ganadores de Premios Nobel soviéticos, Pasternak(Soljenitsin) Soljenitsyn, después de describir los extremos del crimen adonde conduce el satánico marxismo, han confesado su fe en Cristo. Svetlana Alliluyeva Stalina, hija del peor de los asesinos en masa marxistas, también se hizo cristiana. Recordemos que el ideal de Marx era descender él mismo a los abismos del infierno, arrastrando tras él a toda la humanidad. No le sigamos por tan depravado camino, sino más bien sigamos a Cristo quien nos conduce a lo alto, a las cumbres de luz, sabiduría y amor, y hacia un cielo de gloria indecible.

En Conclusión

Es totalmente imposible comparar a Jesús con Marx. Jesús pertenece a un reino enteramente diferente. Marx fue humano y muy probablemente un adorador de satanás. Jesús es Dios, quien se redujo a Sí mismo al nivel humano con el fin de salvar la humanidad. Marx propuso un paraíso humano. Cuando los soviéticos, los chinos, los norcoreanos, los cubanos, etc. trataron de implementarlo, el resultado fue un infierno. 

El Reino de Jesucristo no es de este mundo. Su reino es un reino de amor, justicia y verdad. El llama a todos, incluso marxistas y satanistas por igual: 
"Venid a mí todos los que estéis cansados y trabajados, y yo os haré descansar" (Mateo 11:28). Cree en Él y tendrás vida eterna en Su paraíso celestial. No existen posibilidades de un acuerdo entre el cristianismo y el marxismo, así como no puede haber acuerdo entre Dios y el diablo. Jesús vino a deshacer las obras del diablo (1 Juan 3:8). Siguiéndole a Él, los cristianos tratan de vencer el marxismo, a la vez que expresan amor hacia cada marxista y tratan de ganarlo para Cristo. Algunos se proclaman ser marxistas cristianos. Se engañan a sí mismos o tratan de engañar. No se puede ser marxista cristiano, como no se puede ser cristiano adorador de Satanás.

Hay un abismo enorme entre el comunismo y el cristianismo. 

Los marxistas tienen que abandonar a su maestro diabólicamente inspirado, arrepentirse de sus pecados y hacerse seguidores de Jesucristo. Ayudarles a lograr esto es el objetivo principal de esta presente obra. Los marxistas se preocupan por los problemas políticos y sociales. Estos tendrán que resolverse fuera de los principios del marxismo. Para Marx, el socialismo no fue más que un pretexto. Su objetivo fue el plan diabólico de arruinar a la humanidad por toda la eternidad. El deseo de Cristo es nuestra salvación eterna. 

En la lucha entre el cristianismo y el comunismo, los creyentes "no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes" (Efesios 6:12). Tenemos que escoger no sólo entre el bien abstracto y el mal abstracto, sino entre Dios y Satanás. Marx creía en Dios y lo odiaba. También creía en Satanás y a este lo adoraba, aun hasta su edad avanzada, según hemos documentado en la presente obra. 

El marxista y el simpatizante del marxismo no debe seguir a Marx en esta aberración espiritual. Rechacemos al burgués Marx, portador de las tinieblas, y pongámonos del lado de la humildad y la luz, con Jesús.


VER+:




El Diablo y Karl Marx | Dr. Paul Kengor | Jordan Peterson Podcast (En Español)

miércoles, 9 de julio de 2025

LIBROS "VENEZUELA: IDENTIDAD Y RUPTURA" por ÁNGEL BERNARDO VISO y "EL PECADO ORIGINAL DE AMÉRICA" por HÉCTOR A. MURENA


VENEZUELA: 
identidad y ruptura

La historia como estado de conciencia, 
el pasado como introspección y vivencia colectiva


A MANERA DE INTRODUCCIÓN

Hay un pasado que se describe o pudiera describirse en los libros de historia, que está o pudiera estar do­cumentado de manera fehaciente y es por eso el objeto de estudio de la ciencia histórica, pues es el único considerado como real por la mayoría de las personas cultas.

Sin embargo, al lado de la historia, hay otra manera posible de enfocar el pasado, a través de la introspec­ción y de la vivencia colectiva, tal como ésta última aparece reflejada en la conciencia personal. Este pa­sado revelado interiormente no es menos real que el otro, aunque no sea apto para los manuales escolares y únicamente pueda ser examinado por cada uno a solas.

Cuando hablamos de la vivencia colectiva no nos referimos a actividades más o menos esotéricas, sino a la huella cambiante dejada en nosotros por la experiencia de las generaciones precedentes, tal como nos ha sido transmitida por escrito, o de viva voz, y tal como la hemos captado, valiéndonos de las antenas que la naturaleza nos ha dado.

La experiencia de las generaciones, acumulándose en nosotros, nos condiciona de modo evidente, por las formas culturales que crea y luego hace brotar en nues­tro interior, por los prejuicios que nos inculca y por la visión peculiar del pasado engendrada por esa ex­periencia. Es en este sentido que el pasado vive en nuestra alma y, no limitándose a permanecer estático, influye sobre nuestra conducta y va transformándose.

Recordemos a Machado: "ni el pasado ha muerto // ni está el mañana ni el ayer escrito". Ese pasado del poeta tiene indudablemente una vinculación con el de los historiadores, pero no es el mismo. En caso de no ser una herencia viva, constituye, al menos, el eco de­ jado por la historia en alguien que hace un gran esfuer­zo para recordar, pero ninguno para verificar los he­chos con los instrumentos puestos por la ciencia a disposición del historiador.

Si la memoria y el tiempo o duración personal han sido tema de poetas y novelistas, no vemos razón para rechazar a priori que alguien intente la experiencia más vasta de revivir el pasado colectivo, interpretán­dolo tal como aparece grabado en su alma, sin temer el efecto que cause en los otros las necesarias deformaciones que imprime la subjetividad a la realidad externa. En otras palabras, no es de extrañar que un escritor trate de narrar el drama de su tiempo total, sin recurrir deliberadamente a mitos, sino a hechos transformados por el prisma personal.

Hemos dicho tiempo total y hemos hablado en de­ masía: las dimensiones de un libro que intentara recoger experiencia semejante excederían las posibilida­ des de una vida humana. No obstante, aunque tarea en sí misma imposible, vale la pena intentarla siquiera parcialmente, imponiéndose uno mismo los límites ne­cesarios que, aún pudiendo parecer arbitrarios, nunca lo serán tanto como la historia narrada, ya que ésta, por su naturaleza, merecería una aclaratoria inicial del autor no menos tajante que la de Miguel de Montaigne, cuando decía, al comienzo de su libro, que era su vida la materia propia de sus Ensayos.

Claro está, no pretendemos que esta labor personal de revivir el pasado deba partir solamente de las reve­laciones del inconsciente, como ocurría al Narrador de la novela de Proust, cuando al tropezar con el ado­quín más hundido que el resto del empedrado veía el cielo azul de Venecia, o en la antesala de una fiesta, al llevar a sus labios la servilleta demasiado almido­nada, creía estar en su amado Balbec. Pero, hay viven­cias tan intensamente grabadas en el alma que, a pesar de ser evocadas por la memoria consciente, están de tal manera teñidas de emotividad y referidas al mismo tiempo a la vida personal y a la colectiva que luego, al estudiar los textos de los historiadores, nos hacen interpretarlos en nuestro interior a la luz de esas expe­riencias decisivas.

Así, una vez, en la infancia, poco después de haber recibido nuestras primeras clases de historia, al pre­guntar por su origen a una persona de importante influencia en nuestra vida, ésta nos respondió, con un dejo de ironía, que era de pura ascendencia india. Te­níamos ante nuestros ojos, muy reciente, el idílico cuadro del Descubrimiento aprendido en la escuela. Al observar en nuestro interlocutor sus cabellos rubios, que pronto serían grises, y sus ojos azul profundo, la respuesta nos causó una impresión de tal naturaleza, que nos hemos pasado el resto de la vida inquiriendo su enigma.

Años más tarde, siendo jóvenes estudiantes de paso por Madrid, alojados en una pequeña pensión situada en la Gran Vía, recordamos haber tenido otra sorpresa cuando, sentados solos -y tristes por esa soledad­- en una mesa, fuimos invitados a pasar a la mesa vecina por tres pensionistas quienes, al interrogamos por nuestro propio origen y expresarles que éramos venezolanos, brindaron con nosotros, saludándonos como españoles de América.

Esa salutación, incomprensible entonces, también nos conmovió. Está en la base de las reflexiones que nos proponemos hacer en estas páginas, las cuales, más allá de las numerosas vivencias que, desbordando el marco de la intimidad, influyen en la visión del mun­do, pretenden describir la particular experiencia que deriva de la inserción de nuestro yo en su contorno y nuestra percepción del destino de éste último, espe­cialmente bajo el aspecto del sentimiento positivo, de fuerza humana desbordante, o del sentimiento nega­tivo, de agotamiento de las posibilidades vitales.

En ese sentido, debemos empezar por confesar que el lugar común de que somos un pueblo nuevo con grandes perspectivas futuras, nos produce un dolor punzante: hemos conocido el mundo exterior a nues­ tras fronteras y hemos palpado la vida bullente en las venas de los pueblos que en otra época consideramos caducos, mientras vemos en nuestro continente agitarse formas confusas y caóticas de vida colectiva, que nos hacen mirar nuestro presente 1 como la expiación de una culpa.

Y si del presente alzamos la vista hacia el pasado, percibimos igualmente nuestra historia, salvo algunos momentos afortunados, como una sucesión de vías sin salida, que hemos logrado abandonar gracias a revo­luciones sin número, y que invariablemente han con­ducido a nuevos atolladeros. 
¿En cuál de esas épocas nos gustaría vivir? ¿Con cuál de ellas nos identificamos fervorosamente? Mucho me temo que con ninguna, pues en nuestro país no puede afirmarse, con la sabi­duría popular y con Manrique, que todo tiempo pasado fue mejor.

Con los años, leyendo a Rimbaud, abonamos más aún nuestras inquietudes -siempre la poesía nos ha enseñado más que la historia- cuando en una Temporada en el infierno el poeta se pregunta por sus an­tecedentes en la historia de Francia y termina afirman­do que sólo se ve en el presente. Sólo que nosotros, al leerlo, estábamos arrojados en esa Europa de viejos parapetos de la cual él quería escapar para convertirse en un ser vago y brutal, y sentíamos que en cierto modo habíamos caminado en dirección opuesta a la suya, ya que la verdadera pregunta para nosotros era quiénes éramos en la historia del mundo y qué signi­ficaba nuestra vaguedad y brutalidad por contraste con el universo refinado en el cual transitoriamente vivíamos.

Por eso, tratando de aprovechar nuestra reiterada sorpresa ante las cosas que constituían nuestra circuns­tancia, para utilizar el lenguaje orteguiano, pensamos que tal vez sería interesante tratar de remontar el pa­sado que nos concernía, y hacer el esfuerzo de llegar hasta su centro, con la esperanza de dar cohesión a tantas experiencias y recuerdos dispersos.

No obstante, para remontar al pasado, con la fina­lidad de descubrir nuestra identidad escurridiza y la clave de los traumatismos que afectan ese nosotros siempre en proceso de transformarse, la memoria es insuficiente y no abarca toda la realidad que queremos incluir en nuestro estudio, de donde resulta indispensable consultar muchos textos de esa historia de la cual querríamos apartarnos.

Esa obligada consulta no convierte este ensayo en obra de erudición: los hechos narrados por los textos no son más que la referencia objetiva de una postura esencialmente subjetiva, en el sentido arriba insinuado, de que para nosotros los hechos históricos sólo tienen importancia en la medida en la cual condicionan nues­tra conciencia y la modelan en el transcurso de nuestro devenir.

____________________________

1. H.A. Murena, "El Pecado Original de América", Sur, Buenos Aires, 1954, pág. 164. Este autor literalmente dice: ...el sentimiento, en suma de que nacer o vivir en América significa estar gravado por un segundo pecado original.


Es necesario detenernos ahora ante un hecho determinante de la forma de nuestra vida actual y al cual hemos calificado de cataclismo. Nos referimos, por supuesto, a la Independencia. Si analizamos de nuevo nuestra conciencia a propósito del proceso que llevó (o más bien nos trajo) a la Independencia de España, nos daremos cuenta de que ese proceso nunca ha sido cuestionado, pues forma parte de una verdad transmitida a nosotros con carácter sagrado, no menos categórico que el atribuido por la doctrina cristiana al Nuevo y al Antiguo Testamento. Con una diferencia, por cierto muy importante para quienes tenemos corrosivas tendencias heréticas: 
mientras los dogmas cristianos están limitados en su formulación y en su número, los guardianes del templo republicano mantienen intacta su ciudadela y ésta pretende regir todos los aspectos de nuestra vida. 

Por cierto, ese carácter sagrado de su sistema contrasta con la libertad que se tomaba el inca Garcilaso desde su monasterio cordobés para dejar constancia del injusto proceder de muchos conquistadores; e igualmente contrasta con el universo crítico de los teólogos españoles, que todo lo cuestionaron a propósito de la Colonización y de la Conquista. 

No es nuestra intención asediar esa ciudadela, sino situarla en relación con nuestra vida, tratar de comprender por qué las verdades republicanas tienen un carácter militante y guerrero, un espíritu de cruzada. Por eso interesa antes de nada indagar en la memoria cómo se nos presenta la Independencia. 

Si al comienzo decíamos que el hecho inicial de nuestra historia era la tierra precolombina y su raza desconocida, la Independencia indudablemente es el hecho central de esa misma historia, no sólo porque todas las instituciones venezolanas están referidas a ella, sino porque, a los ojos de nuestros políticos y escritores, valorativamente todo palidece en comparación suya.

Que la Independencia sólo hubiera tenido sentido inicialmente para un cierto grupo social fue, no obstante, señalado en tiempo oportuno y por voces autorizadas. El propio Miranda, ya preso, calificaba la contienda de guerra civil. 
Sarmiento nos decía que en Argentina la revolución sólo había sido interesante e inteligible para las ciudades, mientras permanecía extraña y sin prestigio para los campos. 

Por su parte, Laureano Vallenilla Lanz hizo una demostración definitiva del carácter civil de la guerra, lo cual, como bien expresó dicho autor, en nada disminuye el mérito de los libertadores. 

Las circunstancias anotadas, sin embargo, en modo alguno entran en el culto de la "iglesia" republicana, cuyo enfoque de aquel dramático proceso pretende es negar en la práctica las escisiones surgidas en nuestro propio seno, creando la imagen de un país ya existente y unido que alcanza mayoría de edad en una lucha coherente y racional contra un poder extranjero, tal como Grecia hubo de luchar para independizarse de Turquía, o Italia de Austria, o como, siglos antes, los rusos habían logrado liberarse de la Horda de Oro. 

Dentro de ese enfoque, en primer término la Independencia es un movimiento de liberación contra la Opresión y la tiranía (las "cadenas" y el "yugo" del himno nacional) en el cual se quiere unir a todas las clases (el señor con el pobre que pide libertad desde su choza, en la letra del mismo himno) con un vínculo fraternal. 

La Independencia aparece luego como una gesta heroica cumplida durante un tiempo prolongado por un grupo de hombres excepcionales, con caracteres parecidos a los de los semidioses de la antigüedad clásica, pues su conducta se proclama ejemplar y su despojos mortales reposan en un panteón ("templo de todos los dioses"). 

En tercer lugar, la Independencia es una escuela para el porvenir ("seguid el ejemplo que Caracas dio" finaliza diciendo la letra del himno), en la cual el hombre al fin liberado predica la virtud y los consejos llenos de sabiduría de los libertadores. 

Finalmente, la Independencia se nos propone como la fundación misma de la patria, siendo los libertadores justamente nuestros padres. Y junto con la patria, tiene su fundación nuestro propio ser, puesto que a partir de ese momento la identidad venezolana cambia radicalmente.

Así, la creación de Venezuela el 8 de septiembre de 1777, fecha en la cual la Corona sometió nuestras ciudades y territorios a una sola autoridad, hecho que nos recuerda Mario Briceño Iragorry pasa desapercibido para la mayoría, pues el pasado anterior al 19 de abril de 1810 sólo es considerado importante en la medida en la cual sea una preparación directa de lo ocurrido durante la Independencia, especialmente si se refiere a los caciques, considerados lejanos precursores. El resto de ese pasado pierde valor en sí mismo y palidece. 

En cuanto al porvenir, el tiempo se encuentra detenido, ya que sólo consiste en ser fieles a los principios de la Independencia, como si hubiéramos perdido para siempre toda capacidad creadora. De manera tal que, si nos abandonamos, alguien resucita el espectro de los héroes y nos sobresalta, prometiéndonos una segunda Independencia.

Al considerar la Independencia como liberación de un yugo, aunque nuestro ardor patriótico pueda tener temperaturas muy elevadas, debemos hacer un esfuerzo mental muy grande para comprender la situación en la cual se hallaban los autores del movimiento independentista en Venezuela. 

En ningún otro país de América se pintó el pasado con colores más negros; y aunque entendemos la necesidad de hacerlo así si se pretendía reaccionar contra España, no es menos cierto que nuestra medida desbordó todo sentido de las proporciones, hasta el punto de oscurecer la visión de nuestra historia. 

España, todos lo sabemos, vivía en aquel momento una de las circunstancias más trágicas de su accidentada historia, pues la abdicación de Bayona no fue sino una de las traiciones más grandes que ha habido jamás: el traicionado era todo el pueblo español y los traidores eran precisamente sus soberanos. Y la guerra popular española contra los franceses, también lo sabemos, fue una de las más atroces de la historia. Basta evocar, si hubiera dadas al respecto, "Los Desastres de la Guerra" del aragonés genial. Ese estado de cosas era favorable para despertar un eco patriótico en los españoles de América, y de hecho así ocurrió. 

Sin embargo, debemos recordar que había un importante sector afrancesado en la sociedad española, para el cual los principios revolucionarios contaban más que su propia tradición. Y ese sector, que pudo ser calificado de traidor, es el antecesor directo del liberalismo español del siglo XIX, y de la República en el presente siglo. 

En Venezuela, bien lo sabemos, el afrancesamiento alcanzó a esos espíritus inquietos que pronto se convertirían en nuestros libertadores Y ese hecho y otras razones a las cuales luego nos referiremos, llevaron a convertir en movimiento independentista lo que al inicio pretendía ser una manifestación de apoyo al legítimo soberano, el indigno Fernando VII. Aunque lo sabemos hasta la saciedad, consideramos indispensable recordarlo porque sin duda en ese momento de oscilación en él alma de los criollos, entre mantener su lealtad a la corona o hacer camino aparte, si les hubiéramos preguntado por aquel pasado que hoy no cuenta para nosotros, hubieran seguramente respondido algo muy distinto de lo que luego pasaría a integrar la verdad oficial de la Venezuela independiente.

Esos hombres, a quienes hemos enterrado en el panteón de los héroes, tenían obviamente un pasado del cual, hasta ese momento, se habían sentido solidarios. Su pasado pudo ser bueno o malo (o probablemente ambas cosas a la vez), no importa; en cambio lo importante es señalar que a los ojos de la tradición republicana viva en nosotros, ellos nacen en cierto modo de sí mismos, como verdaderos seres sobrenaturales (como Manco Capac, enviado por el sol) y se levantan tantos codos por encima de sus antepasados que no podemos ver a éstos, ni queremos verlos, por la marcada desvalorización del pasado impuesta cuando triunfaron los partidarios de separarnos de España. 

El triunfo de los patriotas no se alcanzó sino después de una contienda larga y sangrienta, en la cual ambos bandos no sólo recurrieron a las armas, sino a una lucha que sacudió las fuerzas sociales. Y ante los furiosos ataques de los partidarios de la unión con España, los republicanos, con una ferocidad no menos típicamente española, optaron por renegar de su propio pasado. Actitud en la cual convergían, a la vez los requerimientos dialécticos de la lucha, una ideología sinceramente impregnada del iluminismo francés, el interés de granjearse el apoyo de los ingleses y, sobre todo, la necesidad indispensable de solicitar la ayuda de las clases populares para que los sostuvieran en sus combates contra los realistas. 

Pero, más allá de las causas de la Independencia estudiadas por la historia objetiva, suelen quedar en la sombra las fuerzas que trabajaban soterradamente el alma de los criollos. Es muy significativo que Miranda, en su hora decisiva nos recuerde con palabras fácilmente achacables a Lope de Aguirre, Gonzalo Pizarro o Francisco de Carvajal, lo poco que hicieron los soberanos españoles para merecer sus dominios americanos, ganados por los esfuerzos de los conquistadores. Más significativo aún, que el propio Bolívar alegue que los reyes españoles habían roto el pacto celebrado con los descubridores, pobladores y conquistadores, al no haber permitido a sus descendientes conservar las manos libres en los asuntos domésticos de América. De esa manera, se asoma de nuevo el tema del resentimiento, esbozado en páginas anteriores. 

Ya Mariano Picón Salas había escrito que más de un aspecto de nuestra historia se aclaraba al recurrir a las teorías de Max Scheler. El bueno de don Mariano pensaba en Miranda y en Antonio Leocadio Guzmán, pero se quedaba corto, pues a la luz de esa lectura lo que está en juego es todo el proceso emancipador y no ciertas figuras, por importantes que sean. En efecto, sólo ese proceso de autointoxicación psíquica contribuye a explicar la posible envidia de muchos criollos en relación con el ser y existir de los peninsulares; esa envidia que acaso les hacía repetir en su interior la frase escrita por el filósofo germano: 
"Puedo perdonártelo todo, menos que seas y seas el ser que eres, menos que no sea lo que tú eres, que yo no sea tú". 

Ese antes llamado fuego larvado puede hacer inteligible la súbita explosión de odio contra lo español ocurrida durante nuestra revolución; mientras inexplicablemente, en ningún otro país de América, como antes dijimos, esa explosión tuvo los caracteres de prolongada violencia caracterizadores de la revolución venezolana. En principio, esa explicación debería ser dada por los sociólogos, a menos que pueda ser lograda por los historiadores, pues no deja de impresionarnos que en Argentina, donde la revolución de Buenos Aires no estuvo en ningún momento en peligro, haya habido una cierta tolerancia hacia los españoles mientras en Venezuela la situación fue justamente la contraria, la de una gran inestabilidad de la República y una enorme intolerancia recíproca entre patriotas y realistas. 

Así, el éxito obtenido entre nosotros por la España de la Colonia, al conquistar el alma de los pardos, parece haber contribuido a exasperar a nuestros patriotas, hasta el punto de llevarlos a condenar lo español con una vehemencia que a la larga sólo ha obrado contra sus descendientes. Toynbee nos cuenta cómo los revolucionarios franceses, en su necesidad de combatir la aristocracia, recurrieron, como arma de guerra, al alegato de que esa aristocracia había tenido un origen germánico, mientras ellos, de origen burgués, representaban en su pureza al pueblo galorromano, de cultura superior a la de sus bárbaros invasores. Y nos cuenta también cómo uno de los nobles aludidos, el Conde de Gobineau, recogió el guante lanzado y, tomándolo al pie de la letra, demostró la superioridad de los germanos y se convirtió así en el primer expositor de la teoría que luego tendría menos inocentes adeptos. 

Por desgracia, los patriotas no tenían a su alcance la dura lección de la historia; y si la hubieran tenido tampoco la habrían aprovechado, ya que en las situaciones revolucionarias no predomina la razón. Así, las admoniciones del Regente Heredia a la Junta de Caracas, fundadas en su intuición certera y en la experiencia de Haití, fueron desatendidas por los patriotas de la Primera República; éstos no podían entender que el desafío lanzado a los españoles corría el riesgo de ser recogido por los pardos y utilizado contra los mismos criollos, pues no era muy difícil que, con el correr del tiempo, los pardos descubrieran la identidad de intereses entre los criollos y sus ascendientes, los conquistadores culpables. 

En el accidentado curso de aquella guerra, también los realistas utilizaron a las clases populares con eficacia, y la historia de las hazañas de Boves así lo demuestra. Sin embargo, a la larga, los republicanos resultaron mejores propagandistas, porque probablemente tocaron resortes más secretos del alma popular. En esa guerra psicológica, los realistas no tuvieron verdadero genio y los republicanos sí lo tuvieron. Y fue justamente en el terreno de la psiquis y no en el campo militar donde se ganó la guerra a favor de la República, por muy gloriosas que hayan sido aquellas batallas. 

El resultado fuera otro si las almas de los soldados republicanos (muchos de los cuales habían sido realistas en un comienzo) no hubieran sido ganadas de antemano y si las almas de los realistas no hubieran sido convencidas de estar luchando por una causa perdida. El verdadero genio de aquella guerra fue precisamente Bolívar, quien en el terreno militar hizo grandes hazañas, cantadas, más que narradas por nuestros historiadores, poco atentos a otros aspectos de su talento. Después de todo el aspecto militar de la guerra pudo ser confiado oportunamente por Bolívar a sus lugartenientes, y éstos supieron cumplir sus tareas en forma admirable, pero en cambio el Libertador no encontró émulos en otros aspectos de su actividad. 

Por ejemplo desde el punto de vista de la psicología de la guerra, su aporte fue insustituible y muy superior al de cualquier otro republicano dentro y fuera del ámbito geográfico en el cual le tocó actuar. Y ello fue así porque comprendió, antes y mejor que nadie, el secreto del éxito de su causa: tomar una actitud de ruptura radical con el pasado. Por eso, el llamado Decreto de Guerra a Muerte, tan defendido por unos y criticado por otros (aunque pudorosamente, pues lo que atañe a Bolívar es materia no opinable, como dirían los teólogos a propósito de las verdades fundamentales de la fe), debe considerarse, desde un punto de vista de realismo político, una obra maestra de psicología guerrera, sin que valga la pena detenerse a examinar en esta instancia los aspectos morales del problema, ya analizados de una manera favorable o desfavorable, según la inclinación natural de los autores. 

Debemos, sí, aclarar que somos conscientes de que la responsabilidad del famoso Decreto, sea cual fuere el juicio que nos merezca, no corresponde sólo a Bolívar, pues éste al promulgarlo tomó en cuenta una opinión generalizada en un numeroso grupo de patriotas, cayo más siniestro exponente fue Antonio Nicolás Briceño, quien clamaba venganza contra las represalias de Monteverde y quien más de una vez habló de exterminar la "maldita raza de los españoles". 

Sin embargo, siendo fruto de un estado de ánimo colectivo, el Decreto de Guerra a Muerte, en su formulación concreta, es solo la obra del genio bolivariano, que se propuso, como dice Rufino Blanco Fombona siguiendo a Schryver, ahondar el abismo que separaba americanos de españoles, lo cual logró de manera magistral, aunque ahora podamos deplorar sus consecuencias. Si bien el período conocido como de la Guerra a Muerte terminó pocos años después con la llamada Regularización de la Guerra, la fórmula escogida por Bolívar es la condensación perfecta de un pensamiento suyo reiterado y desborda por completo el estrecho marco histórico en la cual suele ser estudiada para convertirse en una de la fases capitales de nuestro proceso emancipador. 

En efecto, el llamado a la colaboración activa hecho a españoles y canarios para salvarse de la condena a muerte parte de dos supuestos, convertidos con el tiempo en dos postulados de nuestra vida republicana.

El primer supuesto: los españoles y canarios son culpables antes del llamado de Bolívar. Desde luego, alguien podría pretender que esa culpabilidad estaba limitada a la actitud tomada en la guerra, pero la brevedad de la fórmula no permite esa interpretación atenuada, ni se corresponde con el pensamiento de Bolívar de que habíamos padecido trescientos años de feroz tiranía. Lo que se considera culpable es un ser en su esencia, en su españolidad, tal como un cristiano cree en la falta cometida en el paraíso y en su propia solidaridad con esa falta. En otras palabras: 
así como un cristiano nace pecador, para el autor del Decreto un español nace políticamente culpable. Las connotaciones de esa premisa así establecida son terribles. 

En efecto, aunque hubiera sido posible la redención de ese pasado (si los españoles hubieran obrado activamente...) éste último es en sí mismo malo en sus distintas fases de Descubrimiento, Colonia y Conquista, pues la redención consiste justamente en renegar de ese pasado y combatirlo ("...Por el contrario, se concede un indulto general y absoluto a los que pasen a nuestro ejército"), ya que aún la indiferencia merece la muerte. Por eso antes hemos hablado de ruptura y de amnesia. Por cierto, esa fórmula de Bolívar recuerda las utilizadas por Saint Just. 

En el debate sobre el destino de Luis XVI en el seno de la Convención, de conformidad con las cuales su pensamiento podría resumirse así: "Él es rey, luego es culpable". 
Fórmulas igualmente magistrales, utilizadas por alguien que tampoco quería matizar su condena al pasado. 
El segundo supuesto, no menos importante que el primero y que le complementa: 
los americanos son inocentes aunque se comporten de manera culpable ("...Y vosotros Americanos, que el error o la perfidia os ha extraviado... Sabed que vuestros hermanos os perdonan y lamentan sinceramente vuestros descarríos, con la íntima persuasión de que vosotros no podéis ser culpables") ante la guerra que se desenvolvía, pues aun en ese caso se les promete la vida. 

Como toda la maldad venia de España, desde el inicio de la historia, los indios y luego los negros no hicieron sino padecer injusticias. De la culpa de los españoles nace la inocencia de aquellos y de los pardos que, a pesar de una conducta objetivamente culpable, sirve para absolver a quien incurre en ella. Esa absolución, por cierto, ha tenido una influencia negativa en nuestra vida y continuará teniéndola hasta que podamos a nuestra vez liberarnos de ese perdón tan generoso y extensivo La fórmula utilizada nos permite ser indiferentes, no participar en la elaboración de nuestro propio destino, aceptar que éste último nos sea impuesto por otros, tal como en efecto ha ocurrido. Y aún no hemos despertado de ese hechizo. Pero, más grave aún nos tolera hasta el crimen, pues ser americanos es suficiente para redimirnos, ya que nuestra esencia, esa americanidad, es asimismo garantía de inocencia.

La fórmula del perdón incluye, finalmente, un elemento capital, aunque no sea nuevo en el lenguaje de los patriotas, y es la utilización de la palabra americanos, en la cual están incluidos los blancos criollos al lado de los otros elementos étnicos de la Colonia. Esta inclusión consuma la ruptura y tiene consecuencias de extrema importancia. La más importante de todas consiste en que ese blanco criollo, descendiente directo de aquellos españoles que habían creado ese injusto orden de cosas, se absolvía a sí mismo por boca de Bolívar de toda culpa pasada, aún con una conducta opuesta a la causa de la República durante la guerra, mientras toda la culpabilidad se arrojaba a su primo el peninsular, quien parecería tener menos responsabilidad directa en la creación y disfrute del estado social reprobado. 

Esa probable injusticia en el terreno de la ética tiene, no obstante, en el campo de la psicología de la guerra, una lógica plena, pues lo que se propone al blanco criollo es nada menos romper mental y afectivamente los lazos de su herencia. Hubiera sido chocante, aún en aquellos tiempos turbios, decirle a alguien que recogiera la herencia de sus padres, pero al mismo tiempo entrara en el grupo de los privilegiados que eran absueltos, aunque no hiciera nada para merecérselo. 

El mensaje de Bolívar, en cambio, es mucho más sutil y dice algo así como: 
"Al nacer en América, aunque seas hijo de españoles, has adquirido la condición virginal de americano, e iguales condiciones a las de las otras razas que habitan esta tierra. Ese español que condeno no ha perdido aún la culpabilidad propia de su origen". 

La consecuencia del mensaje es igualmente clara: el blanco criollo debe en lo adelante ver (o declarar que ve) a sus ascendientes como algo ajeno. Está constreñido a la ruptura con tanta más fuerza cuanto que, para pertenecer al paraíso, al grupo de los que están libres de falta, basta no hacer nada. Esa promesa debió ser tentadora, especialmente para quienes, habiendo tenido algún comportamiento culpable, gozaron de la magnanimidad del genio. La inclusión de los blancos criollos al lado de indios, negros y pardos tuvo muy a la larga otra consecuencia de gran importancia en el campo cultural, pues, al condenarse el pasado, y al perderse o atenuarse grandemente la vinculación con él, la condena que sólo pretendía ser social y política, se extendió por contaminación natural a otros campos y así, faltos de trato con la cultura de origen, vinimos a caer en un raquitismo espiritual que ha dado ese tono característico de pobreza a nuestra vida. 

Por eso, y por las otras consecuencias negativas de esa ruptura radical con el pasado, no podemos dejar de transcribir el siguiente párrafo de Juan Vicente González que en gran medida aprobamos: 

“EI hecho es que el General Miranda trajo de Francia la chispa revolucionaria, que inoculada en la Junta Patriótica, prendió rápidamente en el cuerpo social. Bolívar la recogió en su corazón, la amó como la virtud, porque nada se parece tanto a ésta como un gran crimen; creyendo imposible la independencia si no cambiaba radicalmente los hábitos, las costumbres y los hombres, y hasta el principio de autoridad, y hasta las bases conservadoras de las naciones, se precipitó sobre todo con la rabia de una tempestad. Era el amor de la patria agriado en el fondo de su alma, extraviado por la pasión. Vendrán sus consecuencias, que querrá detener vanamente, y que le arrastrarán a la tumba”. 

Hemos dicho que la Independencia se nos presentaba con los caracteres de una gesta heroica y que sus actores eran considerados semidioses. No creemos exagerar al decirlo, pues basta recorrer nuestras ciudades, pueblos y aldeas, para comprender que los nombres de esos héroes sirven para bautizar sus avenidas, calles y callejuelas, así como para designar los municipios, los distritos y aun las ciudades y los estados. 

Vivimos saturados de esa gesta y sus héroes tienen para nosotros una presencia mucho más obsesiva que la de los personajes de la Ilíada y de la Odisea para los griegos del siglo v antes de Cristo. Detrás de ellos, en un discreto segundo lugar, existe el universo de los caciques, cuyos huesos, para su ventura o desventura (pues no estamos seguros de que hubiera tenido sentido colocarlos al lado de los herederos de sus conquistadores) no han podido ser encontrados para ser enterrados en el panteón de los héroes. 

Los otros libertadores de América, gracias a su parentesco con nuestros héroes, también sirven para bautizar algunas avenidas y plazas carentes de nombre y disponibles para la gloria, aunque siempre ocupan un modesto tercer lugar. Esa presencia en la calle de los nombres de los héroes es pálida en comparación con la que tienen en los bancos escolares, en los cuales una historia patria hinchada y presuntuosa oscurece no sólo la historia de España, lo cual es natural, sino la historia universal, así como el estudio de nuestra literatura nacional y de algo de literatura americana opaca totalmente el análisis de las grandes obras de la literatura universal, hasta producir en los alumnos la impresión de que cualquiera de nuestros escritores conocidos tuvo talento igual a Cervantes o Shakespeare. 

El motivo de esa actitud cultural no es sino el culto a los héroes que, de puro exclusivo, empobrece al irradiarse. Por supuesto, hay que decirlo con cautela, el primero de los héroes es Bolívar, a quien hemos colocado más allá de toda crítica, pues lo hemos identificado con la Independencia misma, de la cual fue el principal actor. El encarna más que nadie la noción de la Independencia como base de nuestra vida, y aparentemente no se puede disentir de ninguna de sus ideas o de sus actitudes sin sacudir las bases de la República.

Bolívar constituye uno de esos modelos estudiados por Max Scheler, que la tradición y la "iglesia" republicana nos propone, exigiendo de nosotros un modo de ser, un estado de alma de tal naturaleza que nuestra vida y nuestros actos se regulen sobre la historia personal del héroe. Y conviene recordar que, para el maestro alemán, el destino de los pueblos está ordenado por el mito propio de cada uno de ellos y sobre todo por el mito del cual las personas modelos son la expresión, de manera que esa historia personal de Bolívar se ha convertido en el "centro del alma de nuestra historia". 

No obstante, es bueno tener presente que si Bolívar reúne todos los caracteres requeridos para ser calificado como un gran héroe, no solamente en razón de sus triunfos militares, también es cierto que su vida fue desgraciada y concluyó con un fracaso político de dimensiones gigantescas, hasta el punto de decir uno de nuestros mejores historiadores, Caracciolo Parra Pérez, que al final de su vida era un verdadero personaje de Esquilo. Y en vista de que su trayectoria vital es un arquetipo que se nos propone para ser imitado íntegramente, también el fracaso de esa vida continúa gravitando sobre nuestro destino, como podría hacerlo un maleficio esterilizador. 

Desde luego, no se trata de negar que Bolívar fue un héroe, ni nuestro primer héroe (también esa palabra en griego significa semidiós), aunque puede afirmarse que su heroísmo era trágico. Nadie discute ni se enfrenta a una fuerza de esa magnitud, como no se discute con un terremoto, ni con el Etna o el Vesubio en erupción. Bolívar tenía un talento indudable, una voluntad y un coraje más allá de toda ponderación y, desde luego, paso toda su fuerza en la balanza para lograr la ruptura con España y hacer nuestro propio destino, de manera que es el primero de nuestros hombres públicos hasta la fecha y el que más ha influido para crear el estado de cosas del cual gozamos o padecemos. 

No obstante, el objeto confesado e inconfesado del culto bolivariano es que hagamos de él nuestro único Dios. Los otros libertadores tienen medida su heroicidad en comparación con Bolívar y especialmente son apreciados por el grado de su fidelidad para con él. De ahí la incomodidad de nuestros historiadores cuando tratan de Miranda y de su vergonzosa entrega, del fusilamiento de Piar, o de la actitud de Mariño, altiva y distante. Los griegos, tan inteligentes en todas las manifestaciones de su vida, como creían en el politeísmo, se dieron pronto cuenta de que a veces unos dioses perseguían fines distintos a los de otros y aún se combatían entre ellos con ferocidad. Pero no lo ocultaron sino que lo asumieron con un coraje no menor a su inteligencia. Por eso sabemos que Cronos combatió a Uranos, y Zeus a Cronos y a los titanes. Por eso conocemos y agradecemos las hazañas de Prometeo, tan irritantes para Zeus. Y Ulises, el astuto Ulises, conocía perfectamente esos conflictos del Olimpo, y habiendo sido víctima de ellos, sacó al final el mejor partido apoyándose en la más fuerte de las diosas.

Nuestros historiadores, aún los descreídos, por el contrario han heredado el monoteísmo judaico y cristiano y quieren construir la Independencia como un sistema coherente y sin contradicciones, en torno a un solo astro solar. Por eso se muestran irritados contra San Martín e incluso contra Washington con quienes se complacen en comparar favorablemente a nuestro héroe. Por otra parte, habiendo heredado también el pudor y el orgullo típicos de la raza colonialista repudiada, quieren ocultar los defectos de los héroes y particularmente los de Bolívar, a quien han convertido en un ser irreal y poco atractivo para un espíritu crítico parecido al suyo, formado como estaba en la lectura de los enciclopedistas 

Podemos imaginar a un Bolívar a quien, después de haber leído Cándido, vinieran a narrarle lo que sus adoradores escriben de él. Prueba de ese espíritu crítico conservado por el Libertador hasta el final de su vida puede encontrarse en el Diario de Bucaramanga, cuando juzga al historiador Restrepo y justamente le reprocha no tener suficiente independencia de espíritu y querer halagarlo. 

Después de escribir los párrafos antecedentes, nos llegaron a las manos dos de los libros más inteligentes y lúcidos que jamás hayamos leído sobre temas de nuestra historia. Nos referimos a Validación del Pasado y a El Culto a Bolívar de Germán Carrera Damas, en los cuales el autor analiza el origen y las manifestaciones del culto bolivariano, esa "desorbitada expiación impuesta a un pueblo y que ciento cincuenta años de ejercicio no bastan a pagar". 

Sin embargo, sin negar validez a la tesis de que el culto de un pueblo ha sido transformado en culto para un pueblo por la clase dominante que busca disimular un fracaso y retardar un desengaño (el provocado por las esperanzas populares fallidas después de la consolidación de la Independencia y de la separación de Colombia), creemos que más allá de las posibles manipulaciones de la clase dominante, el culto a Bolívar tiene su origen en la necesidad histórica de proveerse de un nuevo padre en el preciso instante en el cual se derrumbaba el prestigio de los otros mitos fundacionales. 

Como bien dice el autor antes citado, el carácter de fundador de la patria acordado a Bolívar difiere del otorgado a otros fundadores o padres de nacionalidades, en que éstos simplemente asocian sus nombres a los actos iniciales de las nuevas estructuras que surgen, pero no tienen la connotación de creadores o de hacedores supremos, caracteres éstos atribuidos generalmente a Bolívar. Ahora bien, esa condición de demiurgo concedida al Libertador está estrechamente asociada a la muerte previa del padre español. 

Recordemos que después de los sucesos de Bayona nuestros patriotas se sentían literalmente huérfanos y así tuvieron cuidado de expresarlo numerosas veces. Pero más que con la muerte del padre, la asociación se verifica con su ejecución al cabo de un proceso histórico en el cual se terminó encontrándolo reo de todos los delitos. De esta manera, por una paradoja, el máximo ejecutor del padre español es luego adoptado como padre por nuestro pueblo, de igual manera que Edipo fue venerado en su condición de rey después de matar a su padre Layo.

Haciendo abstracción de nuestro juicio personal sobre los héroes de la Independencia y particularmente sobre Bolívar, es indudable que su culto, al oscurecer y negar el pasado, constituye una base insuficiente para construir el destino de un pueblo, por la sencilla razón de que nunca en la historia ha habido un hombre, ni un grupo contemporáneo de hombres, con tanta fuerza y genio como para fundar la historia de un pueblo: el acontecer histórico es siempre una larga cadena de sucesos. 

Los grandes ríos no se forman por un solo afluente, ni los pueblos por la aportación de un solo hombre. Un estudio somero de la historia nos hace ver que todos los pueblos tienen sus héroes, pero ninguno es tan insensato, como la Cirene de Enrique Bernardo Núñez, para condicionar su propia existencia a la grandeza de uno sólo de esos héroes y ni siquiera a la existencia de un sólo período glorioso. 

¡Qué pobre sería la historia romana si se basara únicamente en Rómulo o en Eneas, los héroes fundadores! Pero también sería muy pobre esa historia si, por amor a la República, ignorara lo ocurrido durante la Monarquía y peor aún si, a partir de Augusto, borrara la memoria de la República. No obstante, se nos dirá, es bueno exaltar ese hecho central de nuestra historia y a esos libertadores vueltos semidioses, para edificar con su ejemplo, pues no tenemos otro periodo comparable de nuestra vida pública susceptible de ser elevado a la admiración colectiva, ni un grupo de hombres tan notables. Esa objeción es atendible. Excesivamente, para nuestro gusto, pues siempre hemos preferido una verdad desoladora a una mentira edificante. 
("Pido se me deje con mi tumor de conciencia, con mi irritada lepra sensitiva, ocurra lo que ocurra, aunque me muera", dijo Vallejo en algún poema). Sin embargo, carece de validez porque parte del falso supuesto de que nuestra historia comienza en el momento en el cual nos separamos de España. 

Pero, independientemente de otras razones expuestas o insinuadas en el curso del presente ensayo, el mayor de todos los motivos para rechazar el culto de los libertadores y el de Bolívar consiste en comprender que, al hipertrofiar la memoria de nuestros héroes hemos inculcado a nuestro pueblo la idea de ser un conjunto de seres pasivos sin nada que buscar en el terreno de lo histórico, pues el período de creación ha transcurrido ya y es monopolio del grupo de hombres que vivió en ese pequeño segmento de nuestro pasado que constituye la Independencia. 

Así, un ilustre bolivariano, José Luis Salcedo Bastardo nos dice literalmente que para salir del circulo vicioso de la revolución americana "no existían y no existen sino dos elementos: un plan de acción y una voluntad de acción. El plan ha sido hecho por Bolívar; la acción incumbe a América". Por lo visto, para el autor, nuestro continente debe estar en minoría de edad permanente y obedecer siempre a un pensamiento apagado" desde el 17 de diciembre de 1830...

El suicidio español

La España de la cual nos independizamos no puede compararse con la que existía en su etapa de mayor esplendor. Sin embargo, aunque Ortega nos diga que todo lo acontecido después de 1580 era decadencia, el imperio español había continuado construyéndose durante los siglos XVII y XVIII (este último siglo fue el más importante para el desarrollo de la riqueza de nuestro país) y ese imperio, construido y conservado durante siglos, a principios del siglo XIX era todavía algo imponente. 

Pertenecer al imperio significó para nuestros abuelos españoles estar asociados a un proyecto vital de gran amplitud, con una literatura rica y una lengua madura, con raíces históricas en el pasado romano y una tradición medieval de cultura, toda impregnada de un esfuerzo bélico prolongado contra los moros, con la satisfacción de haber realizado obras a escala planetaria y de haber difundido su cultura por tierras extrañas. 

Mientras más injustamente sometido supongamos al indio y al negro, más orgulloso debemos suponer al español, al ejercer su oficio de señor pues el dominio de la vida produce una sensación de plenitud, contrapartida de la minusvalía que sienten los vencidos. Y América había servido no sólo para triunfar de la naturaleza y del indio, sino para resistir victoriosamente al inglés (limitado a algunos avances antillanos) quien se acababa nuevamente de vencer en Buenos Aires, en vísperas de la revolución. 

Cualquiera fuera el lugar de España como potencia mundial en aquel tiempo, y por disminuidas que estuvieran sus fuerzas, jugaba todavía Un papel importante en el permanente equilibrio entre naciones. Cuando salió de la pesadilla de la guerra contra los franceses, desangrada y menos fuerte se encontró también sin colonias, salvo algunos despojos del Imperio que perdería a finales de siglo en su desafortunada guerra contra los Estados Unidos. 

¿Y América? Nuestros países se independizaron separadamente, o por grupos relacionados entre ellos. Pero la guerra además de costar la vida a un porcentaje muy alto de la población provocó otra consecuencia mucho más importante: de ahí en adelante cada país tuvo su propio destino, pues no sólo se separó del poder colonizador, sino también de las otras colonias, de las cuales pasó a estar receloso en lo adelante. Al día siguiente de la Independencia sólo percibimos soledad y aislamiento. A la solidaridad existente, antes de que se hablara de una causa americana, en virtud de la unión política con España, se sucede una larga cadena de fragmentamientos, dando lugar a nuestras repúblicas, en desmedro de las unidades virreinales. 

Y como nos señala Gil Fortoul en su Historia Constitucional, al poco tiempo Buenos Aires disputa con el Brasil a causa del actual Uruguay, El Salvador se pelea con Guatemala, Bolivia obliga a Sucre a abandonar el poder, Perú promueve la guerra a Colombia, Venezuela desconoce el gobierno de Bogotá, fracasa la Convención de Ocaña. Poco después se desmembrará Colombia, que era la orgullosa creación de Bolívar. 

Sin embargo, en lugar de buscar los motivos para reforzar los vínculos entre americanos, se buscan afanosamente las razones que justifiquen los particularismos. Así, lo mismo que harían los habitantes de la Banda Oriental y del Alto Perú frente a Buenos Aires, Páez hurga el pasado para fundamentar su separatismo, hasta osar esgrimir el testimonio de los griegos para demostrar cómo “pueblos separados políticamente no se amalgaman en una sola y común nacionalidad” y analiza en detalle las cuestiones planteadas por la defensa militar para concluir que en caso de agresión ninguna ayuda nos podía venir de Nueva Granada. Justamente esos problemas de defensa frente la posible —y real— agresión extranjera puso a prueba e hizo fracasar todo intento de acción solidaria entre nuestros países, al prevalecer un torpe egoísmo en las nuevas nacionalidades surgidas. 

Así, Fermín Toro, después de examinar la guerra de Francia contra Méjico y Buenos Aires, y de considerar que Venezuela, Nueva Granada, Ecuador y Perú no podían auxiliar a ninguno de esos países, concluía desilusionado: 

“Conozca cada estado americano su posición y sepa sacar de ella buen partido. Orden interior; término a los disturbios y revueltas; recta justicia con el nacional y el extranjero; firme el gobierno contra toda pretensión injusta y vejatoria; clamorosa la imprenta cada vez que una potencia europea intente emplear la violencia contra un estado americano; y alerta siempre para salvar los principios de moral, religión y libertad; pero nada de liga, nada que dé pretextos para atacar a muchos de un sólo golpe”. 

De hecho, esa posición de extrema debilidad o de egoísmo a veces ocultaba una manifestación de hostilidad hacia otros países americanos, en provecho de alguna potencia extranjera. De esa manera, con ocasión de la guerra española contra Chile, mientras los buques españoles podían abastecerse en Buenos Aires, Mitre rehusaba ayudar al país vecino, alegando que “el gobierno argentino tiene como base de su política internacional el no ligarse con alianza de ningún género con otros países”.

Los movimientos unificadores, o reunificadores, no faltaron en América, pero no tuvieron fuerza para imponerse frente a las tendencias centrífugas. Es sabido que Miranda propuso la creación de un solo estado americano, al cual llamó Colombia. El mismo Congreso de 1811 declaró estar dispuesto a modificar la constitución en la medida en la cual otros pueblos de América quisieran unirse con nosotros en alguna forma de asociación política. Bolívar, por su parte, hecho para las grandes empresas, sentía que Venezuela le había quedado pequeña como campo de acción—prueba evidente de su auténtica descendencia de conquistadores— y por esa razón quiso unir los destinos de Ecuador, Nueva Granada y Venezuela, aunque sabemos que eso no fue posible.

Quiso también ir más allá y crear un vínculo entre todos los países de América, lo cual le hizo convocar el Congreso de Panamá, pero esas iniciativas suyas eran contrarias a los pronósticos por él mismo hechos, cuando escribió en Jamaica: 

“Yo considero el estado actual de la América como cuando desplomado el imperio romano cada desmembración formó un sistema político conforme a sus intereses y situación o siguiendo la ambición particular de algunos jefes, familias o corporaciones... Es una idea grandiosa pretender formar de todo el nuevo mundo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tienen un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería por consiguiente tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse: más esto no es posible, porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes dividen a la América”. 

No obstante, cualquiera haya sido el resultado concreto esperado de las numerosas iniciativas bolivarianas, y especialmente de la relativa al Congreso de Panamá, es lo cierto, y parece mentira que nadie lo haya señalado, que la política de Bolívar no era propiamente creadora, sino una desesperada búsqueda de la unidad perdida o, en el lenguaje de Toynbee, una evocación del fantasma del imperio español que él había ayudado a sepultar. Evocación mucho más débil, por cierto, de la posiblemente significada por el imperio carolingio, o por el romano-germánico, en relación con el imperio romano. 

En efecto, es una tendencia histórica permanente el tratar de revivir ciertas instituciones que han calado hondamente en épocas precedentes, a las cuales consciente o inconscientemente se admira, de manera que no se concibe la vida misma sin un continuo evocar esa forma perdida. Basta dar un vistazo al mundo árabe, disperso y dividido, para percibir una voluntad tendida y frustrada hacia una unidad que ya no es más que un mito. Y en la obra del historiador inglés antes referido pueden leerse todos los ejemplos posibles de "renacimientos" y de evocaciones de las sombras de civilizaciones desaparecidas. 

De igual manera, el sueño de Bolívar de reconstruir la unidad americana perdida, ha sido a su vez revivido en varios de nuestros países, bajo circunstancias diversas, pero aun los movimientos tendientes a crear una comunidad económica, inspirados en razones políticas, han fracasado en lo fundamental. Es más, la insistencia misma en lograr alguna forma de unidad americana, presente en diversas épocas, es la confesión misma del fracaso de los movimientos unitarios, por muy pomposas que sean las declaraciones de nuestros políticos y por muchas citas que contengan de Bolívar o de Martí. 

La razón de ser de esa unidad añorada, querámoslo o no, era la propia España, pues fue ésta quien creó, para bien o para mal, la idea del Nuevo Mundo como algo orgánico. En efecto, el mundo indio no tenía cohesión alguna, especialmente entre nosotros, y aunque hubiera poderosos polos de atracción en la era precolombina, no había conciencia alguna de unidad continental. Condenada España a muerte por las almas demasiado incandescentes de los libertadores, el Nuevo Mundo careció de centro de gravedad y estalló hacia los cuatro puntos cardinales, sin que ninguno de los países nacidos a la vida independiente fuera lo bastante prestigioso o fuerte para servir de elemento catalizador de la unión. Cuando varios años después de la Independencia reanudamos relaciones con España, estaban demasiado frescas las heridas y había demasiado recelo para que pudiera jugar ningún papel de vínculo entre nuestros países. 

Y luego, la propia decadencia española, unida al ascenso vertiginoso de los Estados Unidos, con su irresistible atracción para todas las clases sociales, hace pensar que los lazos rotos en 1810 ya no podrán atarse de igual manera, pues pesan más los particularismos que la tendencia a restablecer la unidad perdida Mirando más hondamente hacia atrás, nos damos cuenta de la soledad que debieron sentir los venezolanos conscientes, triunfadores o derrotados con ocasión de la Independencia, soledad aún más radical en la medida en la cual estuvieran plenamente seguros no sólo de la ruptura de los vínculos con la metrópoli, y de la unidad entre los diversos virreinatos y capitanías del antiguo imperio español, sino además, en razón de la existencia de los estratos raciales formados en la Colonia, de estar socialmente solos, en el sentido de que pasaban a ser una minoría empobrecida por la guerra en una tierra sobre la cual su dominio se había hecho más precario. Toynbee atribuye la falta de envergadura cultural de los turcos, esa especie de atrofia espiritual de ese pueblo que, en otros terrenos y especialmente en su vocación militar de dominio, tuvo sus prolongados momentos de grandeza, al hecho de haber cortado sus vínculos con la vecina Persia. 

Ello ocurrió en virtud de la división surgida entre musulmanes sanitas y shiitas, en una coyuntura en la cual Persia había alcanzado una cima de su desarrollo cultural y Turquía era todavía un pueblo iniciándose apenas en la práctica de la religión musulmana y en el conocimiento de su universo cultural.

Nos explica el gran historiador inglés que los numerosos territorios conquistados a la cristiandad ortodoxa por los selyúcidas primero y luego por los osmanlíes eran una especie de extensión cultural del mundo Los representantes de la sociedad iránica o persa en esas tierras infieles dependían, para el mantenimiento de su cultura, de una corriente constante de artes e ideas, y de inmigrantes que las importasen de las tierras originarias de la civilización iránica, en la misma Persia, cosa imposible después de la carrera fulgurante y funesta de Shah Ismail. Hasta el punto de que durante cuatro siglos los osmanlíes vivieron en medio del despojos de la civilización iránica, que sólo arrojaron lejos de sí en este siglo, en tiempos de Mustafá Kemal, cuando intentaron adoptar los ideales de la cultura occidental, en un intento desesperado de salvación.

Siempre hemos pensado que parte de la pobreza espiritual de nuestros países en el curso del siglo pasado se debe fundamentalmente a esa brusca separación de la fuente original de la cultura hispánica, aunque esta última estuviera de suya empobrecida por razones que nada tienen que ver con América Sin embargo, por menguadas que estuvieran las fuerzas de la cultura paterna, la generación realizadora de la Independencia, esa misma que renegó de España, se había nutrido de la savia de esa cultura. Y si no nos equivocamos, es casi unánime el juicio que se hace de esa generación —la de nuestros libertadores— como la más brillante en nuestra historia y la que sirve de base y de sustento a las generaciones posteriores. 

No ignoramos la influencia de la cultura francesa sobre esa generación, aunque luego trataremos de definir qué significó Francia para los hispanoamericanos durante un largo período. Sin embargo, notamos que la influencia francesa del Siglo de las Luces se ejerció sobre un grupo social suficientemente evolucionado en lo cultural para recibirla, ya que si en esa época enciclopedistas hubieran sido leídos en Polinesia o en Mozambique seguramente el resultado no hubiera sido el mismo 

No obstante su relativo afrancesamiento, quienes más tarde serían libertadores nuestros no ignoraba que esas luces que recibían no eran compartidas por la totalidad de la clase social a la cual pertenecían, pues la mayor parte estaba impregnada de la concepción española de la vida. Fue precisamente de la fuente misma de esa concepción, y de su influencia sobre la mayoría de su misma clase, de donde quisieron apartarse, aunque no constituían sino una capa relativamente delgada de la población, con una fuerza en gran parte derivada de la vinculación que rompían. Como en el caso ya descrito de los turcos después de la terrible división del mundo musulmán, los blancos criollos que realizaron la Independencia en gran medida tenían conciencia de estar cortando el cordón umbilical que los unía no sólo a un poder político, sino a una cierta manera de ver la vida, a un mundo de cultura.

Aquellos de los nuestros que durante el proceso de la Independencia se habían opuesto a la separación de España, debieron sentir el aislamiento cultural de una manera más aguda después de la derrota, cuando muchos, como dice Laureano Vallenilla Lanz, regresaron a su país de origen desde las Antillas o aun desde España para reclamar sus bienes, valiéndose de las leyes de indulto y de las normas constitucionales que reconocían la igualdad de derechos independientemente de la postura adoptada en la lucha. Por cierto, fueron esos antiguos realistas quienes, resentidos aún más que los patriotas después de su propio fracaso político y militar, formaron un poderoso partido que se opuso victoriosamente a la vinculación con Colombia y que, unido con Páez, fundó la República de 1830 sobre bases opuestas a las ideas bolivarianas. 

Cuando Hernán Cortés, en los albores de la Conquista, quiso obligarse a sí mismo y obligar a sus compañeros a conquistar el imperio azteca o a morir en la empresa, y destruyó las naves que lo habían traído, hizo un gesto acaso de más profundas motivaciones que se revelarían después; aunque el hombre Hernán Cortés volvió efectivamente victorioso, sus parientes de una generación muy posterior, al quemar a su manera sus naves, sabían —debían saber— que nunca volverían al mundo hasta entonces considerado como patria. En ese sentido, el aislamiento voluntariamente creado por la generación que hizo la Independencia y su actitud hacia lo español, cuya manifestación más radical es el Decreto de Guerra a Muerte, tiene el significado simbólico de un suicidio. 

La Independencia como suicidio de una clase y de una raza no constituye un tema para entusiasmar a los escolares venezolanos, ni para animar los discursos en las numerosas festividades patrias, pero podría constituir una innegable realidad, en cuanto se considere a nuestros próceres de esa época plenamente libres al ejecutar los actos que prepararon y consumaron la separación de España. 

Todo, puede decirse, se había ido preparando para el holocausto voluntario, desde la elevación de lo indio a un rango de grandeza (como en la elección de nombres de Incas por parte de Miranda para los gobernantes propuestos en sus proyectos de reformas políticas), hasta la proclamada culpabilidad española, la ruptura dolorosa y sangrienta de los vínculos con España y, finalmente, el aislamiento de una minoría abandonada a su suerte en un continente poblado por hombres que, gracias a la prédica de esa minoría, llegarían con el tiempo a convencerse de su derecho a un desquite no sólo frente a los españoles peninsulares, quienes habían largado amarras, sino frente a esos descendientes americanos que proclamaban su inocencia virginal. 

En breve tiempo se harían sentir las consecuencias de ese desquite, padecido en primer término por los patriotas durante los años de 1813 y 1814, revestido luego de mil formas diversas, prolongadas a lo largo del siglo XIX, hasta la Guerra Federal; y que en el aspecto cultural se concretarían en esa inversión de valores que se vio obligada a hacer la clase dominante al vender el alma, aceptando en adelante los valores de las clases que le habían estado sujetas, para conservar el poder social efectivo.

Anarquía fue la palabra utilizada para calificar los efectos visibles del caos creado en los espíritus al cortar los lazos cordiales que nos ataban a España. Esa palabra fue pronunciada y escrita cientos de veces por Bolívar, quien poco antes de morir, en su conocida carta a Juan José Flores de evidente tono trágico, parecía resumir su experiencia política diciéndole a su antiguo subalterno que América se había hecho ingobernable "para nosotros", es decir, para los hombres que pertenecían a la misma clase del Libertador y de la mayoría de los próceres de la Independencia. 

La carta de Bolívar tenía un tono trágico, y es justamente la visión de la Independencia como naufragio involuntario de una clase social la única alternativa a la concepción según la cual la ruptura con España debería considerarse un suicidio. En efecto, si nos atenemos a la realidad y dejamos de considerar el movimiento iniciado el 19 de abril de 1810 un glorioso resultado de planes largamente meditados, para admitir que ese movimiento se produjo en gran medida por obra del azar, como consecuencia de la orfandad a la cual nos redujo la política de Napoleón y de la absoluta incapacidad de los gobernantes españoles, llegaremos a la conclusión de que nuestros libertadores no son tan responsables por lo que hicieron, pues buena parte de su conducta se originó en la desesperación. En el momento en el cual ocurrió la Independencia estaba en curso el proceso de españolización de toda nuestra sociedad. 

Era España quien había inventado a América y los españoles constituían la clase dominante, junto con sus descendientes, los criollos de origen español. Eran esos elementos dominantes los únicos que podían dar forma a aquella sociedad y estructurarla, aunque hubieran llegado a incorporar parte de los elementos culturales de los indios y de los negros. 

Esa impregnación de lo español, de arriba hacia abajo, era lógicamente un proceso lento que se realizaba dentro del seno de las unidades sociales y económicas existentes, llámense encomiendas, misiones o haciendas. Al desatarse la guerra con la ferocidad que conocemos, típicamente española, todos fueron llamados a participar en ella; y los grandes movimientos de ejércitos de un lado a otro del país y luego, más allá de sus fronteras, hasta las tierras que hoy constituyen Bolivia, con el inevitable desarraigo de los sitios donde habían estado anclados los ascendientes de esos hombres durante siglos, sumados a la muerte de un número considerable de blancos y a la ruina de pueblos y haciendas, tuvieron como consecuencia el que aquella sociedad quedara desarticulada y conmovida, falta de una paz interna que tardaría tal vez un siglo en recobrar. 

Evidentemente ésas no eran las condiciones más propicias para que las capas populares fueran penetradas por los mismos elementos culturales que venían infiltrándose en ellas durante los tres siglos anteriores. Además de los numerosos soldados que nunca regresaron a sus sitios de origen y buscaron fortuna en otras partes, desarraigados para siempre de sus lugares natales, los que regresaron seguramente no estaban dispuestos a obedecer a sus antiguos señores. En caso de encontrarlos, debían sorprenderse de hallarlos tan cambiados como ellos mismos, contaminados de esa conciencia de culpabilidad proclamada durante la guerra. Si mantenían su actitud señorial heredada y habían rechazado el mensaje culpabilizante, estaban profundamente frustrados, no dispuestos a tener la misma relación con quienes consideraban sus inferiores 

De todas formas, después de la Independencia y mucho antes de la Guerra Federal, las relaciones entre las clases cambiaron radicalmente y ya no fue posible a los antiguos señores continuar su obra de inculcar su manera de ser a sus antiguos sujetos, al menos pacífica y naturalmente como antes lo hacían, pues en la medida en que lo intentaron —y sin duda muchos lo hicieron— debieron encontrar una resistencia antes inexistente. Dicho en otras palabras los restos de esa clase dominante se han debido encontrar con que en la medida en la cual querían desempeñar su viejo papel, se volvían una minoría opresora. Pero nadie se atreverla a negar un hecho: los antiguos dominados no estaban preparados para gobernarse a sí mismos, pues su formación estaba a medio hacer, aun en el terreno religioso, ya que la enseñanza del cristianismo era un elemento cohesionador de aquella sociedad en formación, elemento, por otra parte, sin sustituto en ninguna enseñanza filosófica, al menos al nivel social del cual hablamos. 

Si el 15 de marzo de 1981, en que escribimos estas líneas, la prensa registra el hecho de que ha sido ordenado el primer sacerdote nativo del Estado Apure parece evidente que en 1810 la evangelización no había dado aún sus frutos. Esto es: a pesar del gigantesco esfuerzo hecho durante la Colonia, era tan vasto el territorio americano y tan exiguas las fuerzas de los ordenado evangelizadores, en relación con la masa a la cual trataban de formar, que el pueblo colonial no estaba del todo convertido a la fe cristiana. Y siendo así en esa área, podemos estar ciertos que esa formación incipiente era la regla en todos los otros aspectos de la vida.

Las secuelas de la ruptura

Los hombres pertenecientes a la clase dominante no sólo cambiaron la naturaleza de su vinculación con sus antiguos sujetos, sino que en su propio seno se instaló la discordia. Destruido el poder español, ocurrió como si a un cuerpo cuyos miembros estuvieran dotados de cierto vigor autónomo le hubieran cortado súbitamente la cabeza y esos miembros hubieran seguido moviéndose, cada uno de ellos por su cuenta. Todos sabemos cómo, después de la Independencia, en todos los países hispanoamericanos sobrevinieron el caudillismo y una serie interminable de guerras civiles que, en Venezuela, no terminaron sino a comienzos de este siglo. 

Por ese motivo, nuestra historia y la de muchos otros países hispanoamericanos no es sino una sucesión indefinida de golpes de fuerza, de pronunciamientos, de pretendidas revoluciones, en realidad sólo luchas entre facciones y exasperado personalismo, del cual por desgracia no hemos terminado de librarnos. Desde el punto de vista de la mayoría de los intelectuales y de las personas civilizadas, esa historia es una manifestación de barbarie que debe ser corregida mediante la educación, la práctica de las libertades públicas y la participación popular en la escogencia de los gobernantes. 

El remedio es, en otras palabras, la creación de esa patria de justicia a la cual se refiere el escritor Pedro Henríquez Ureña. Sin embargo, frecuentemente se olvida que detrás del caudillismo hay una actividad humana no sólo comprensible, sino de una lógica vital implacable, pues el caudillo es consecuencia, al mismo tiempo, de una fuerza desbordada y de una carencia. El caudillo no es sino un señor sin reino, alguien que participó en la Independencia (o es heredero directo o indirecto de alguien que lo hizo) con una energía digna de sus ancestros, los conquistadores, sin comprender que al destruir el poder central de entonces, el del rey indigno, ninguno de los gobiernos que le sucedieron tendría a sus ojos prestigio alguno ni legitimidad capaz de imponerse por sí misma. 

El hecho de que nosotros, desde esta distancia, otorguemos grados de bondad a los libertadores y decidamos quién era primero, quién segundo y así sucesivamente, no implica la corrección de nuestro criterio, ni mucho menos que debiera ser aceptado entonces por quienes figuraban en el medio o al final de la lista, pues si en general es difícil que se imponga la excelencia, nunca lo es más que en tiempos turbios, como eran aquellos. El caudillismo ha sido comparado por algunos autores con el régimen sobrevenido en Europa a la caída del imperio romano. 

Como sabemos, el propio Bolívar se anticipó a esa concepción en su famosa Carta de Jamaica, a la cual nos hemos referido. Por ese motivo y por la fragmentación del poder en el espacio, podría afirmarse lo acertado del símil. Sin embargo, si el feudalismo suponía un delicado equilibrio que, partiendo del monarca, llegaba hasta el último vasallo, pasando por numerosas gradaciones, entonces el estado de cosas surgido a raíz de la Independencia no merece ser calificado de feudal, pues no responde a ningún esquema lógico, sino a la trágica inexistencia del estado, ya que el de antes de la Independencia había sido destruido y era objeto de odio, mientras el recién creado en el papel de las constituciones no tenía ningún valor intrínseco y parecía obra de alquimia. Si se recuerda el valor que tenía Roma a los ojos de los invasores bárbaros, se comprende que en medio de las ruinas de su imperio se preparara el "renacimiento carolingio. 

En cambio, esa situación no tiene equivalente entre nosotros, pues el imperio colonial se desmembró en medio de una guerra casi siempre a muerte. Por eso parecería una ironía sangrienta buscar el origen del caudillismo en el evidente personalismo de los conquistadores y no en la ruina de ese imperio español que había sabido someter a los conquistadores y a sus hijos durante siglos Por otra parte, no conviene olvidar que el aspecto subjetivo del caudillismo, a saber, el personalismo, es hijo también de la destrucción de un estado de derecho con raíces milenarias y de la falta de prestigio de leyes promulgadas apresuradamente. En efecto, el personalismo no es sino colocarse el hombre por encima de las normas que deberían regirlo, y su causa manifiesta es la falta de respeto a ellas. 

Ese desdén hacia el orden precariamente constituido se manifestó desde la primera hora de nuestra historia republicana, ya que la separación de Colombia se inició con la desobediencia de Páez al gobierno de Bogotá y continuó con la posición comprensiva de Bolívar hacia el caudillo rebelde. Pareciera que todos nuestros próceres merecerían haber pronunciado la frase de Tomás Lander de que una constitución no valía el holocausto de una vida humana. Si se considera el caos vivido por nuestro país durante un siglo, la desarticulada manera de vivir que fue la nuestra, la Independencia es no sólo un revés sufrido sino una verdadera tragedia. 

Es más: que Bolívar no hubiera querido hacerse coronar y aún que no se hubiera prolongado su dictadura, haciendo abstracción de su precaria salud en aquellos años finales, debería considerarse como algo que agravó ese fracaso, pues sólo del seno de la revolución podía superarse la crisis por ella misma generada. 

Es un gran fracaso de la generación de nuestros libertadores no haber ofrecido salida viable a nuestros países en el terreno esencial de la organización de la sociedad y del gobierno. En efecto, al romperse los lazos con España se derrumbó también una jerarquía social, un determinado orden de cosas que debía ser sustituido por otro, que acaso podía ser más justo o más humano, pero un orden al fin y al cabo útil para encauzar la vida, aquella agitada vida de unos pueblos sacudidos hasta sus cimientos por nuestra revolución.

Desde el punto de vista puramente teórico, para dar un paso de la magnitud de la Independencia hubiera debido haber un proyecto realista de organización social previsto desde el inicio, pues las fuerzas que se iban a desatar eran formidables. En la práctica hubo esos proyectos pero eran utópicos y nadie en el momento del triunfo quiso o pudo aplicarlos.

Es sin embargo comprensible que aquella generación se precipitara hacia una acción de tales consecuencias. Carencias sin tener claro cuál habría de ser la salida de la crisis, ya que eso es lo típico de las situaciones revolucionarias, pero en cambio lo incomprensible es que durante el desarrollo de esa crisis y más aún cuando era evidente la proximidad del desenlace, no haya habido la lucidez suficiente para adoptar un esquema acorde con la realidad y que diera al mismo tiempo cabida a la parte de ilusión que los hombres necesitan para vivir. 

Bolívar, es cierto, propuso modalidades constitucionales de importancia, cuyas posibles bondades no pudimos conocer en la realidad de los hechos, por haber sido rechazadas por sus contemporáneos. Aunque la Constitución de Bolivia si llegó a aplicarse y no pudo impedir el caos vivido por ese desgraciado país desde sus inicios. De ese modo, Bolívar tuvo el mérito de haber tratado de dar estabilidad a la sociedad a través de instituciones tales como la presidencia y el senado vitalicios, instituciones, por otra parte, de imposible comprensión por quienes, como Páez, partieron de la idea simplista de que los desórdenes sobrevenidos después de la Independencia se debían sólo al “Egoísmo torpe” y a la “mala ambición”, como dice en su Autobiografía. 

Napoleón pudo ser juzgado muy duramente desde muchos ángulos, pero sin duda alguna tuvo el mérito de domesticar las energías desencadenadas por la Revolución Francesa y de emplearlas en aquellas interminables campañas que dislocaron a Europa. No defendemos esas guerras, pero fueron tal vez una salida necesaria para aquel torbellino. Y al cabo, aunque después de Waterloo Francia fuera reducida a sus antiguas fronteras, muchas de las instituciones creadas por aquel dios de la guerra, como le llamó Clausewitz, todavía perduran. 

En cambio, la totalidad de nuestros historiadores se complacen en considerar un mérito particular de Bolívar el rechazo de la corona ofrecida por algunos partidarios suyos, y si algún historiador descarriado trata de demostrar que Bolívar si tenía ambiciones de realeza, el templo republicano tiembla y se pronuncia el anatema en contra del culpable de lesa patria. No creemos, como solución de aquellos males, en un reino a cuya cabeza estuviera Bolívar, pero si percibimos en la manera de ser enfocado ese tema obsesivo de nuestra historia que se considera algo lesivo al honor del máximo héroe el que hubiera podido abrigar esa ambición, después de todo tan humana y tan conforme al modelo francés, el cual había tenido oportunidad de conocer directamente en sus viajes.

En el fondo, parece que desde el ángulo del interés público fuera más importante completar el proceso de santificación de Bolívar que examinar fríamente si aquella posibilidad entreabierta —su posible coronación— hubiera sido o no conveniente para nuestro destino ulterior, pues tenemos la convicción profunda de que él tenía cualidades de tal naturaleza que lo hacían particularmente apto, si no para el papel de monarca, al menos para el de jefe de un gobierno presidencialista parecido al que él proponía para Bolivia. 

Si analizamos comparativamente la historia—y el mito— referente a los fundadores de ciudades o de imperios, rara vez descubriremos entre sus rasgos la infelicidad o la desgracia y mucho menos encontraremos que los historiadores o poetas que se ocupan de ellos se empeñen en destacar el que hayan renunciado a conducir las empresas iniciadas. Porque las fundaciones están, como los nacimientos, llenas de senderos risueños y de promesas. 

La leyenda, el aura que rodea esos alumbramientos, exige de los fundadores abundante y fuerte descendencia, para que sus rasgos se trasmitan a través de las generaciones. Prueba de ello es que al narrarnos la primera de esas fundaciones, la de la sociedad constituida por la primera pareja, dice el Génesis textualmente: 

“Creó, pues al hombre a imagen suya: a imagen de Dios le creó; creólos varón y hembra. Y echóles su bendición, y dijo: creced y multiplicaos, y henchid la tierra; enseñoreaos de ella, y dominad a los peces del mar y a las aves del cielo y a todos los animales que se mueven sobre la tierra” (versículos 27 y 28). 

Luego, al referirse a la vida de Abraham, padre del pueblo judío, el libro sagrado nos explica que Dios le ofreció una tierra que albergará su numerosa descendencia, lo que más tarde repite a Isaac y a Jacob. En cambio, el destino quiso que los libertadores casi no tuvieran descendencia masculina, y que no prolongaran su presencia terrestre sino a través de un mensaje espiritualizado. Tampoco quiso que fueran felices, pues los mejores de entre ellos murieron triste o trágicamente. Basta evocar a este respecto cuatro nombres: Bolívar, Sucre, San Martín, Miranda... 

De paso, los historiadores agravan ese cuadro, de suyo preocupante, explicando que nuestros héroes máximos no pecaron jamás de ambiciosos. Al contrario, esa historia oficial se complace en destacar su capacidad de renunciamiento, su quijotismo. Con semejante nacimiento a la vida, no es de extrañar que nuestra historia consista en una serie de fracasos repetidos, con algunos paréntesis felices, dependiendo la apreciación de esa felicidad de la familia liberal o conservadora de quien emite el juicio. 

Sin embargo, contrastando con una apreciación cruda y realista de la realidad histórica actual, la mayor parte de los hombres vuelve los ojos al pasado y lamenta las más de las veces que sinceramente no sean letra viva las enseñanzas de los libertadores, y en particular las de Bolívar, pues de haberse aplicado, piensan, nuestro destino estaría asegurado. Esa manera de ver las cosas supone que hemos fallado en la práctica de la virtud, ya que no somos suficientemente generosos. 

En efecto, como dice Germán Carrera Damas al lograr vincular su "proyecto nacional" a la Independencia, la clase dominante nos ha hecho creer que todos los valores sociales son realidades ya adquiridas, por las cuales no es necesario luchar en un sentido estricto, sino trabajar por su restablecimiento, pues constituyen dones hechos a nosotros por los héroes, y particularmente por Bolívar, por lo cual su falta de vigencia se atribuye a eclipses transitorios, a "accidentes tiránicos personalistas" que pueden y deber ser superados para que el pueblo goce plenamente de la herencia recibida.

No obstante, el restablecimiento de los valores republicanos tarda en producirse, en razón de las numerosas dictaduras padecidas y, es preciso decirlo, en virtud igualmente de las desilusiones ocasionadas por la mayor parte de los presidentes v congresos que son elegidos periódicamente. A pesar de ello, haciendo caso omiso del repetido desengaño, surge la ilusión: alguien podrá remediar las cosas, viniendo de afuera, como los libertadores, para escoger al fin a los mejores hombres disponibles y siempre relegados. 

La actitud del venezolano, y me atrevería a decir, del hispanoamericano, hacia los asuntos públicos es la de una gran desconfianza hacia sus dirigentes, que éstos buscan superar mediante una demagogia monótona, tratando de convencer a las clases populares practicar esa virtud republicana, inocentes como los americanos de 1813 de ser explotadas por el partido de turno en el poder, mientras la clase dominante piensa unánimemente, aunque con frecuencia no se atreve a decirlo, en la imposibilidad de civilizar a las clases populares. Con ese tono vital bajo, tampoco son de extrañar ni los fracasos ni la corrupción generalizada de la vida pública. Lo que la crítica no comprende es que ni nuestro pueblo es esencialmente peor que otros pueblos, ni nuestra clase dominante más opresora, ni nuestros políticos más corrompidos, sino que todos, ricos, pobres, dirigentes, están inmersos sin saberlo en una desesperanzadora manera de vivir. 

La única vida posible, de acuerdo con el único modelo de desarrollo disponible a nuestro alcance, es la que ha sido contrariada por nosotros mismos, a través del mensaje culpabilizante transmitido por los libertadores en la hora decisiva de la emancipación, y así hemos adoptado en forma permanente una concepción según la cual vivimos fuera del estado de gracia, con esa "mala disposición hacia la vida que hay que vivir" de la cual nos habla H. A. Murena.

Por lo demás, mientras más agudo es el análisis de nuestra sociedad, como el de Carlos Rangel en su excelente libro Del Buen Salvaje al Buen Revolucionario, más concluyente es el estado de culpa, pues aunque dicho autor no lo dice de manera expresa, la salvación consistiría en no ser lo que somos, en cuanto esa sociedad nuestra está situada en la confluencia de varias fuerzas nocivas, producidas al unirse los españoles decadentes con los indígenas atrasados, a quienes enseñaron una religión católica que, a diferencia del credo protestante practicado en el Norte de América, no permitía el desarrollo. Así, a pesar de la lucidez del autor, la culpa pasa a ser ontológica, esencial, propia de los elementos que se unieron para integrar nuestro ser.

"Más que independencia, 
necesitamos civilización".
Andrés Bello

Venezuela: Identidad y Ruptura 
de Ángel Bernardo Viso 

“Sólo si analizamos el pensamiento y la obra de Bolívar apartando toda emoción filial, podremos otorgar la mayoría de edad a nuestro pueblo y, por otra parte, dejar de considerar que nuestros ascendientes españoles son culpables de todas las faltas que les fueron imputadas por los libertadores, rescatando así el pasado colonial, que es el segmento más extenso y probablemente decisivo de la historia venezolana”. 

El párrafo anterior corresponde a Ángel Bernardo Viso y constituye su gran conclusión en un texto lucido y pertinente sobre nuestro pasado histórico como pocas veces se ha escrito en el país. Desconocía la obra: 

“Venezuela: Identidad y Ruptura”, cuya primera edición es del año 1982, pero ahora que le he leído y disfrutado, puedo reafirmar mi convencimiento acerca de las bondades de un pensamiento crítico e inteligente que procura comprender el laberinto del alma criolla venezolana bajo premisas universales. 

Bernardo Viso va tras los rastros de nuestra herencia escindida artificialmente luego de la Independencia, nos habla acerca de la necesidad de liberarnos los venezolanos de hoy, “del maleficio del resentimiento” y de romper las cadenas que nos condenan a la minusvalía, a romper con el cataclismo perenne, el fracaso reiterado en la aspiración por convertirnos en un país evolucionado. Para Bernardo Viso, las causas que entorpecen ese desarrollo, están presentes más en el ámbito de un cuerpo de creencias inconsecuentes, que en nuestros vestigios materiales, desiguales en sí, y condicionados por una mentalidad enferma. “… el venezolano, desde la cuna, pasando por la escuela, se proyecta así mismo como un hombre de segunda clase, con un yo degradado por un trauma histórico aún no superado”. El trauma histórico no es otro que el de hacer “tabla rasa” con nuestros padres del periodo hispánico negándoles un protagonismo en la construcción de la identidad cultural e histórica venezolana. 

El laberinto espiritual venezolano navega el desamparo alrededor de una orfandad auto flagelante sin posibilidades de remisión haciéndose acompañar de una historia ideologizada que comienza y termina en la épica de Los Libertadores. 

“… la ruptura con el pasado, cuando es radical, tiene el gravísimo defecto de dar paso a una improvisada adopción de instituciones extranjeras, de origen diverso, las cuales, sumadas a las ocurrencias propias, producen una curiosa amalgama de elementos sin cohesión alguna”. 

Y es que la improvisación constante, de un gobierno tras otro, sin posibilidades de continuidad bajo el amparo de un proyecto de país concertado y junto al recordatorio de un pasado reconciliado, es lo que termina por condenarnos a padecer una nimiedad pavorosa que no se corresponde con los anhelos de grandeza que Bolívar y la generación de los próceres nos auguraron luego de la gran victoria militar en 1824. 

Y esto, que no es un asunto de accidentes lamentables, sino como dice el autor, forma parte de “una indecisión en el centro mismo del ser” venezolano.

Dr. Ángel Rafael Lombardi Boscán

Estos unificaron América para 
que estos otros la balcanizaran

VER+:





5 de Julio: ¿Verdadera Independencia o Mito Fundacional? - CON SENTIDO CRÍTICO

El GRAN ENGAÑO de la INDEPENDENCIA de América. 

La independencia de América no fue el relato heroico que nos enseñaron, sino el gran engaño de los Libertadores, una historia de traición a España y de intereses personales disfrazados de ideales. Figuras como Simón Bolívar o José de San Martín, idolatrados en muchos países latinoamericanos, fueron en realidad criollos españoles que aprovecharon la crisis del Imperio para alzarse con el poder. 
En este vídeo descubrirás la verdad oculta de las independencias hispanoamericanas, el papel de las potencias extranjeras y cómo la narrativa oficial convirtió a traidores en héroes. Durante siglos, se nos ha contado que los Libertadores lucharon por la libertad de los pueblos, pero detrás había ambiciones personales, rivalidades políticas y el interés de Inglaterra y otras potencias que querían debilitar a España y controlar el comercio. 
Este vídeo desmonta el mito, analiza las verdaderas motivaciones de los líderes independentistas y muestra cómo la ruptura con España no trajo prosperidad, sino guerras internas, pobreza y dependencia extranjera. 
De la mano de Constantino de Miguel aprenderás la otra cara de la historia: la independencia no fue el triunfo de la libertad, sino el inicio de una nueva forma de sometimiento.

Murena, Hector. El pecado original de América by Ezequiel Nacusse

EL PECADO ORIGINAL DE AMÉRICA por HÉCTOR A. MURENA