EL Rincón de Yanka: PEDOFRASTIA

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domingo, 19 de febrero de 2023

EL FIN DE LA LEY TRANS ES LA PERVERSIÓN INFANTICIDA Y PEDERASTA 👿💀 y LIBRO "UN DAÑO IRREVERSIBLE": LA LOCURA TRANSGÉNERO QUE SEDUCE A NUESTRAS HIJAS

EL FIN ES LA PERVERSIÓN DE LA MENTE INFANTIL Y CONSEGUIR QUE EL MUNDO DEL PLACER SEA LA PROLONGACIÓN DEL PENSAMIENTO MÁGICO Y DEL YO PSICÓTICO👿💀

Ángel Núñez: 
“Psicólogos por la Verdad 
ha advertido a la clase política 
del peligro trans y el acoso general a la infancia”


Psicólogos por la Verdad continúa en la lucha contra la Ley Trans y el resto de políticas de manipulación y acoso a la infancia, no solo atentatorias contra su salud física y mental, sino contra la familia y la sociedad en general. Su coordinados y portavoz, Ángel Núñez lo deja patente en el siguiente texto:

Desde Psicólogos por la Verdad agradecemos a los parlamentarios españoles que han respondido a nuestra preocupación, a raíz del daño que las medidas del ministerio de igualdad están causando a la infancia, desde la plandemia. Consideramos que la clase política es esencial en este trabajo de despertar a la humanidad, a pesar de los encadenamientos ideológicos a los que se ve sometida. En nuestro informe se hace hincapié en que el objetivo de todas estas medidas de supuesta igualdad no es otro que dañar a la infancia y a la adolescencia, dado que, por un lado, son el grupo etario más vulnerable, al estar en periodo de formación neuronal y de identidad personal y, por otro, se trata de reducir a la población mediante medidas de esterilización. De este modo, a través de los cambios de sexo, los tratamientos hormonales y cirugías a tal fin, el objetivo es tener menos hijos. De este modo, la reducción de la población se realiza de manera indirecta, a través del engaño mediante el placer, deteriorando de paso las relaciones familiares, mediante la retirada de la patria potestad a los padres.

Este fenómeno no es nuevo y parte de la figura jurídica de la protección del menor desde hace años, cuando no solo se trataba de desmontar un sistema educativo considerado machista y autoritario, sino dándoles derechos que les permitían denunciar incluso a los padres, que se convertían en supuestos maltratadores, incluso psicológicos.
Estos cambios, tan lentos e imperceptibles, han pasado desapercibidos incluso aplaudidos por gran parte de la población. Pero estas políticas no se quedaron en estas nimiedades, sino que estaban pensadas para un fin mucho más satánico que se implementaría con el paso de los años.

Actualmente, en el año 2022, se dan visos de las verdaderas intenciones de las élites satánicas: por un lado, aprobar la pedofilia, en la que encajan las declaraciones de la ministra de igualdad Irene Montero cuando nos dice que «las niñas, los niños y les niñes tienen derecho a conocer su cuerpo y a tener sexto con quienes quieran, siempre que den su consentimiento», con el hecho de que la ley Si es sí reduce las penas en el nuevo delito de agresión sexual, que elimina el de abuso de un plumazo, y que a los niños se les enseñe a masturbarse y a jugar con seudoórganos sexuales en las aulas de manera inocente.

Todo ello está ligado a un fin, que es la perversión de la mente infantil y conseguir que el mundo del placer sea la prolongación del pensamiento mágico y del yo psicótico. Para eso, no hay mejor política que dibujar a los menores de edad un mundo maravilloso en el que pueden disfrutar a tope y, si sus padres se oponen y quieren sacarlos del placer, los denuncian sin más, siendo los padres los que han de probar que no discriminan a sus hijos.
La Ley Trans, además de introducir ese dogmatismo en los centros educativos, establecer multas de 150.000 euros a los profesores que no estén de acuerdo con esta salvajada, establecen el cambio de sexo y el cambio de nombre en los registros públicos desde los 12 años, siendo a partir de los 16 el momento en el que el menor, según la ley, tiene la madurez para decidir llamarse Manuela en vez de Manuel o viceversa, confundiendo a los menores de edad de manera intencionada.

¿A qué viene ese nuevo dogmatismo en pleno siglo XXI, cuando se sabe que la madurez sexual se establece en la adolescencia y en periodos iniciales de la madurez? Saben perfectamente que la identidad sexual es fundamental para una identidad personal, emocional y psicológica de manera definitiva, y si esta se disfraza como un juego (como cuando a los niños se les engaña diciendo que su sexo biológico no tiene significado alguno), conocen perfectamente los puntos débiles para sus espurios fines.

¿Quiénes están detrás de todo esto? No es obviamente la ministra, dado que esta no es más que portavoz de las élites más oscuras. El pensamiento satánico se caracteriza por carecer de dogmas para generar conclusiones (es una de las máximas de las sectas masónicas), de modo que el placer genera un feedback que nos señala no solo cómo nos sentimos, sino con qué nos identificamos, empleando el mínimo esfuerzo posible. La fuerza de la subjetividad reside en el juego infantil, que puede ser el de adulto que cae en esta trampa terrible, genera una sensación de veracidad tal que en ese momento en el que la emoción es muy intensa (miedo, amor, rabia o tristeza), el sujeto cree que lo que siente es cierto y que la razón de dicha emoción, atribuida a hechos externos, se convierten en hechos verídicos. Por ello victimizan a los niños de esa forma tan exagerada y simulan defenderlos, como si ellos fueran los únicos que se preocupan, mientras el resto de los mortales los detestan porque luchan por sus derechos.

Dado que en el sistema límbico residen las emociones, las cuales generan la memoria, cuanto mayor sea la huella y cuanto más satisfactoria sea, más fácil es que se busque sentir lo mismo y, de hacerse con frecuencia, el sujeto se aleja de realidad y vive en su fantasía, que puede llegar a ser psicótica y delirante. Es coincidente este hecho con la obsesión podemita del delito de odio, dado que estos sujetos deben vivir en una aureola de poder y de placer mental, cuya intensidad está relacionada con su debilidad.

En una de las respuestas a los envíos de nuestro informe a los parlamentarios del Congreso de Diputados y asambleas autonómicas, una diputada me recordó que estaba expandiendo el odio a la comunidad LGTBIQ+, argumento que se puede oír por parte de las feministas radicales cuando se les niega la existencia de la violencia de género, por ejemplo.

El problema de ello no solo reside en que el Estado se haya convertido en un foco de ideologización, sino que quienes defienden estas posturas se mueven en actitudes psicológicas límites y enfermas, donde las creencias son tan extremas que se alejan de la verdadera necesidad de las personas, anteponiendo los intereses de las minorías a las mayorías y haciéndonos creer que los que estemos en contra del gobierno somos fachas y el odio nos sale de la boca como perros rabiosos.
Estas actitudes están fuera de lo que es un Estado democrático en el que se respetan los derechos más necesarios de los ciudadanos y establecen un fanatismo más propio de los antiguos fascismos que tanto denostan los que dicen defender de manera fanática la libertad del individuo. ¿A quién pretenden engañar?

Psicólogos por la Verdad ha hecho un envío masivo de información a todos los parlamentarios de España con el fin de que se sepa la verdad y que no se siga con estos despropósitos por más tiempo. Afortunadamente, una parte de la clase política a la que hemos informado debidamente con datos que no reciben de los colegios de psicólogos, vendidos a las élites superiores, al gobierno y a las normas oficiales ha reaccionado y se ha percatado del peligro.
Es nuestro cometido dejar muy claro que permanecer impasibles ante tal ataque –el siguiente paso de la agenda 2030, tras la plandemia y las pseudo vacunas—, ya no es de recibo.
Hay que detener a quienes imponen esta dictadura satánica, por el bien de la humanidad y de los que vivan en este maravilloso planeta. El esfuerzo merece la pena en pro de nuestro legado como seres humanos. Permanecer impasibles e indiferentes, no solo es de cobardes, sino de cómplices de un delito de genocidio, premeditado y pensado desde hace siglos cuando se estableció el objetivo de un Nuevo Orden Mundial.

Los tres ejes de la aprobada 'Ley Trans' para entender la polémica en HORIZONTE

Dr. CABRERA EN HORIZONTE

'Horizonte' analiza con expertos los principales puntos de la polémica
Con la nueva ley desaparecen los informes médicos, y la voluntad de la persona será el único requisito para cambiar de sexo en el Registro
La 'Ley Trans' ha sido aprobada por el gobierno de Pedro Sánchez aún con puntos polémicos. Probablemente ha sido una de las normas con más sentimientos y posiciones encontradas de esta legislatura. En 'Horizonte', Iker Jiménez y Carmen Porter analizaba con expertos el candente tema, cuando Amparo Domingo ha expuesto los tres principales ejes de la polémica.

Amparo Domingo es la representante en España de Women's Declaration International. En el programa detallaba que con la 'Ley Trans' ahora se permite "la autodeterminación del género registral, que implica que cualquier persona por la mera declaración de voluntad va al registro y cambia su sexo legal", sin ningún requisito más. Por tanto, "es imposible perseguir el fraude al ser solamente tu voluntad".
Otro de los puntos es "la prohibición de las llamadas terapias de conversión". En ese sentido, "todo lo que no sea un enfoque afirmativo es problemático". Por tanto, profesionales de la salud o padres confusos ante la situación que se les presenta podrían caer fácilmente en incumplir la ley.

Por último, Amparo Domingo hablaba de "la criminalización del disenso, porque todo aquel que diga todo lo contrario a la ley puede acarrear multas de hasta 150.000 €s".

¿Cuándo se desvirtuó la psiquiatría?

Para muchos, la psiquiatría cambió drásticamente en 1980, con la publicación de la tercera edición del DSM. A partir de ahí, la psiquiatría que conocíamos y entendíamos comenzó a transformarse en algo muy diferente, llevándonos hacia un enfoque más mecanicista y diagnóstico. 
🔍 El DSM, con sus ediciones sucesivas, no solo afectó la psiquiatría, sino también la psicología, la psicoterapia y, en última instancia, la comprensión de la mente humana.

«EL LIBRO QUE TIENES EN LAS MANOS
HA RESISTIDO A VARIOS INTENTOS DE CENSURA.
POR SUERTE, TODOS ELLOS SIN ÉXITO».

UNA DAÑO IRREVERSIBLE 
La locura transgénero que seduce a nuestras hijas

Se esconde como una niña 
Pero para mí es siempre una mujer. 
BILLY JOEL [1]

Nota de la autora 

Doy por sentado que los adolescentes no son del todo adultos. Para una mayor claridad y honradez, me refiero a las adolescentes biológicamente femeninas atrapadas en esta locura transgénero con el pronombre femenino. Las personas adultas transgénero son un asunto diferente. Dondequiera que puedo hacerlo sin causar confusión, me refiero a ellas con los nombres y pronombres que prefieren. Por último, he cambiado los nombres y ciertos datos de las adolescentes que se identifican como transgénero (así como de sus progenitores) para asegurarme de que ninguna pueda reconocerse y acusar de traición a sus padres, cansados de luchar. Dado que las historias de las personas vulnerables a este contagio son sorprendentemente similares, algunas lectoras pueden creer haberse reconocido; se equivocan.

Prólogo

El libro que tienes en las manos ha resistido a varios intentos de censura. El grupo de afinidad LGTB de Amazon, llamado Glamazon [2], trató (sin éxito) de retirarlo de los estantes digitales de la compañía con el chantaje sentimental típico de los estallidos de la cultura de la cancelación [3]. En la cadena de tiendas Target, el libro sí que fue retirado por las protestas en las redes sociales, aunque un día más tarde recapacitaron y volvieron a venderlo [4]. De cualquier forma, incluso desde antes de su publicación, la palabra transfobia ha acompañado como un estigma flameante a su autora, Abigail Shrier, en las redes sociales y parte de la prensa de izquierdas [5]. Se ha acusado a sus editores de derechistas, y a Shrier de ser poco científica en su aproximación al fenómeno trans (en el mejor de los casos) [6] y de fomentar el odio contra el colectivo [7] o negar la realidad trans (en el peor y más habitual) [8]. ¿El motivo? La autora califica el número creciente de «salidas del armario» trans en grupos de amigas adolescentes de epidemia. En las páginas que tienes por delante se explaya sobre esta cuestión. 

Desde el punto de vista de los intentos de censura y boicot, la mera existencia del libro y su traducción al español representan ya un triunfo para la libertad de expresión; aunque, desde luego, ese no es el motivo por el que vale la pena leerlo. Al igual que su éxito de ventas y de crítica, los ataques frontales a esta obra y los intentos frustrados de impedir el acceso de los lectores nos están hablando de una tensión cultural. Porque, por supuesto, en la andadura de Irreversible Damage por el mercado literario anglosajón no todo fueron denuestos, ni mucho menos. El libro estuvo muy alto en los rankings de ventas, tuvo críticas muy positivas en medios de prestigio y The Economist lo eligió como uno de los mejores de 2020 [9]. Pero el éxito de una obra como esta es la cara más simple de la moneda. Son las críticas negativas, y en particular las más destructivas y altisonantes, lo que nos indica que abordar la cuestión trans desde un punto de vista que no sea la sumisión a las reivindicaciones del activismo puede ser peligroso para la reputación. Según sus críticos, el mayor pecado de Shrier fue hablar demasiado con los padres de esas chicas y no tanto con ellas. En las próximas páginas te esperan polémicas reflexiones sobre cómo los padres se han convertido en uno de los chivos expiatorios del fenómeno trans. 

En estos casos, me ronda siempre una pregunta: ¿cómo un colectivo estadísticamente tan minúsculo y tradicionalmente tan marginado en nuestras sociedades ha conseguido, de la noche a la mañana, un poder tan increíble como para marcar la agenda y acobardar a sus críticos? En mi estudio del tabú y la herejía en el mundo contemporáneo [10] tuve que abordar la cuestión trans debido a la cantidad de algaradas y tensiones que este debate estaba provocando. Aquí van algunos ejemplos del riesgo que ha supuesto entrar en esos jardines: a la escritora J. K. Rowling trataron de despedirla de su agencia de representación [11], la atacaron inmisericordemente en redes sociales [12], mientras varios actores de las adaptaciones de la saga Harry Potter rompían simbólicamente con ella porque sus opiniones sobre lo que significa ser una mujer se consideraron «mensajes de odio» y muestras de transfobia [13]. A la feminista española histórica Lidia Falcón la expulsaron, junto con su partido, de la coalición Izquierda Unida por manifestar su oposición al proyecto de «ley trans» propuesto por Unidas Podemos y por comentarios mordaces sobre las mujeres transgénero [14]. A Scarlett Johansson, actriz que jamás había manifestado la más mínima crítica al movimiento LGTB, la atacaron por anunciar que participaría en una película interpretando a una persona trans y lograron que el rodaje se suspendiera [15]. Pero esta caza de brujas no solo afectaba a famosos. Toda clase de profesores y conferenciantes con menor proyección pública tuvieron problemas por supuestos «crímenes de opinión», como fue el caso de Pablo de Lora, boicoteado en la Universidad Pompeu Fabra, y muchos otros [16]

Durante décadas, los trans han sido un tabú en Occidente. Identificables por sus voces y apariencias a menudo grotescas, fruto de torpes cirugías o tratamientos hormonales incompletos o demasiado tardíos, miles de mujeres transexuales vivieron condenadas a la marginación, la prostitución y el pillaje, como ha recreado la serie Veneno [17] o hizo antes la filmografía de Pedro Almodóvar, y como ha explicado con agudeza y brillantez la implacable Camille Paglia [18]. El tabú, en general, bebe de la inquietud, de la indeterminación y de la frontera, y estos elementos están muy presentes en el trans, una figura ambigua, a menudo fluctuante e indeterminada, marcada por su viaje a través de una frontera prohibida: la del sexo y el género. Así, en un estado híbrido entre los dos polos de lo que a la mayoría de la gente le resulta normal, en ocasiones han convertido sus propios cuerpos en obras de arte en proceso incompleto, en «viajes a medio camino» [19], mientras otra parte del colectivo luchaba por la integración y la normalización. De cualquier modo, el tabú no ha desaparecido. Hoy, en la ola de activismo, lo intocable se desplaza de sus vidas a su grupo, y es la cuestión trans, la discusión pública, lo que se quiere volver intocable como muestran los ejemplos de cazas de brujas y castigos rituales del párrafo anterior. 

Pero un momento. Hay que subrayar ahora a toda prisa algo que el lector descubrirá por sí mismo en cuanto empiece a pasar páginas: la mayor parte de las acusaciones contra Shrier, en particular las que aluden al discurso de odio, son injustas. No guardan relación con su posición ideológica, ni con su tono. Es cierto que existe una transfobia militante tanto en los movimientos nacionalpopulistas o ultraconservadores como en sectores del feminismo radical de izquierdas, pero no parece ser el caso de Shrier. Su respeto a la realidad trans es explícito y tajante: ella se sitúa en el espectro progresista y se manifiesta a favor de la lucha por los derechos del colectivo [20]. En las próximas páginas, el lector no encontrará, pues, un solo ataque a las conquistas o las motivaciones de las personas transgénero, sino una advertencia sobre los límites del colectivo. 

Por tanto, este es un libro de frontera. Un intento de situar el límite geográfico del fenómeno trans y de advertir sobre el peligro que corren aquellas adolescentes que, en parte por una moda cultural y en parte por una catastrófica negligencia de las autoridades médicas, se están extraviando en un territorio que no les corresponde y del que nadie puede regresar entero. Las ideas que atraviesan el viaje de Shrier por esa frontera militarizada y sembrada de minas pueden expresarse de forma sucinta en estas preguntas: ¿son realmente trans todas las menores que están recibiendo tratamientos quirúrgicos y hormonales para remodelar su apariencia? ¿Por qué casi nadie cuestiona a la joven que manifiesta haber nacido con el sexo equivocado, cuando sí se cuestiona a la que manifiesta estar demasiado gorda incluso cuando pesa cuarenta kilos? ¿Por qué nadie parece interesado en impedir que unos miles de adolescentes, chicas en su mayor parte, cometan un atentado contra ellos mismos? ¿Por qué las autoridades médicas han capitulado ante una reivindicación política y se limitan a acatar el autodiagnóstico de sus pacientes?

No me parecen cuestiones intrascendentes, y autodiagnóstico es aquí una palabra clave. A diferencia de lo que ocurre con cualquier otra fuente de angustia y sufrimiento psicológicos, la persona que padece una disforia de género no puede ser diagnosticada por nadie más que ella misma. No hablamos de una depresión, de una psicosis o una anorexia nerviosa con síntomas verificables. La persona transexual o transgénero sabe —genuinamente— que no encaja con su nombre, con sus órganos y su apariencia, insiste en ello y no recuerda haberse sentido nunca del todo integrada en su identidad biológica. Nadie más que ella puede determinar qué le pasa. Por tanto, el papel de los médicos y psicólogos será el cuidado y el acompañamiento. Hasta no hace demasiado tiempo, las cosas eran más complicadas. El inicio del durísimo tratamiento hormonal y quirúrgico para neutralizar la enajenación de la persona trans con su cuerpo solo era posible tras una serie de exámenes psicológicos, en ocasiones torpes y molestos [21], que con mayor o menor finura y fortuna trataban de esclarecer si el individuo pertenecía al colectivo trans o padecía un desorden diferente. Pero esto ha cambiado recientemente. 

La despatologización de la identidad trans, un hecho feliz y conectado con la despatologización de las conductas e inclinaciones homosexuales, movió las placas tectónicas de la cultura psiquiátrica y médica en Occidente. En el momento actual, según afirma Shrier, este proceso de despatologización ha dejado en una posición de indefensión a chicas confundidas con su propia identidad y descontentas con su cuerpo; es decir, a adolescentes casi del todo normales que simplemente atraviesan una época de enajenación y confusión. En paralelo, el número de chicas trans ha crecido exponencialmente. Dado que hoy se considera ofensivo y dañino el examen psiquiátrico a alguien que se declara trans, llegando incluso a prohibirse el cuestionamiento médico en algunos países y construyendo mecanismos para que tampoco las familias sepan cuáles son los planes de sus hijos menores de edad, nos encontramos en un lugar inédito en la historia de la medicina. Por supuesto, este cambio social tiene una parte muy positiva: quien es realmente trans encuentra un camino menos traumático que recorrer hasta el encuentro consigo mismo. Sin embargo, quien cree serlo y se equivoca se estaría enfrentando a un peligro descomunal que puede culminar en una mutilación irreversible. 

Tomemos el caso de Keira Bell [22], una chica británica arrepentida de su transición a hombre que denunció al hospital que le había proporcionado tratamiento hormonal siendo adolescente, y a quien la justicia ha dado la razón. Bell tenía catorce años cuando manifestó sentirse incómoda con su cuerpo. Aseguraba no sentirse mujer. La clínica a la que acudió estudió su caso y la animó al tratamiento con bloqueadores de la pubertad. Tras solo tres consultas más, empezó el tratamiento con hormonas masculinas y finalmente se la sometió a una doble mastectomía; es decir, a una mutilación de los pechos. En una persona trans, este calvario médico es necesario para alcanzar la autoaceptación. Ellos quieren recorrer ese camino que no tiene vuelta de hoja. Sin embargo, cuando Keira Bell cumplió los veintitrés años, descubrió algo horrible: se arrepentía y quería retroceder. Ninguna de sus operaciones había aliviado su angustia y acusó entonces a la clínica de haber descartado otras posibles causas de su malestar, como la depresión o la confusión [23]

El tiempo dirá si la advertencia de Abigail Shrier es acertada o alarmista, pero debiera ser tomada en cuenta si queremos evitar que en el futuro haya muchas otras como Keira Bell. Su investigación, necesariamente incompleta por la magnitud del fenómeno, me parece sin embargo bienintencionada y honesta. Si realmente se está dando un contagio cultural de lo trans, si realmente está afectando a chicas adolescentes confusas, si esta efusiva propaganda viral está arrastrando a ese camino sin retorno a personas que no debieran recorrerlo, es evidente que no tienes en las manos un libro sobre el colectivo trans, ni contra el colectivo trans, sino acerca de los que se extravían más allá de sus fronteras cuando debieran ser protegidos. 

Me pregunto: ¿ha pensado suficiente el colectivo en este problema? ¿Se dedica suficiente esfuerzo a comprender por qué se da, cada vez más a menudo, el proceso de la detransición? Todas las revoluciones —y lo trans es una— dejan víctimas inocentes en el camino. ¿Querrá cargar el activismo la losa de la culpa en caso de que Abigail Shrier tenga razón? ¿Cómo nos mirarán desde el futuro si estamos dejando colgadas a chicas como las que aparecen en las próximas páginas de este libro? El debate está abierto y es urgente, mal que les pese a todos aquellos que, a favor y en contra, viven en lo más profundo de las trincheras.

JUAN SOTO IVARS 
Escritor y periodista
Introducción
El contagio 

Su madre juraba que Lucy siempre había sido una chica muy femenina. De niña se subía a unos tacones altos y se ponía vestidos de volantes para hacer sus tareas. Su habitación estaba llena de peluches Beanie Babies y de una gran variedad de mascotas a las que cuidaba, como conejos, jerbos y periquitos. Disfrazarse era su juego favorito, tenía un baúl lleno de trajes y pelucas que se ponía para representar a un montón de personajes, todos ellos femeninos. Abrazó la niñez de finales de los noventa y le encantaban las películas de princesas de Disney, en particular La sirenita y, más adelante, Crepúsculo y sus secuelas. 

Lucy fue una niña precoz. A los cinco años ya leía como si fuese a cuarto curso y prometía ser una gran artista, algo por lo que más adelante ganó un premio del distrito. Pero al entrar en el instituto su ansiedad se disparó. Sucumbió a una depresión tremenda. Sus padres, personas acomodadas —la madre era una destacada abogada del sur—, la llevaron a psiquiatras y terapeutas para que la tratasen y le dieran medicación, pero ningún tipo de psicoterapia ni fármaco consiguió allanar sus obstáculos sociales: grupos de amigas que no la querían y su tendencia nerviosa a meter la pata en las pruebas sociales dirigidas, casualmente, por otras chicas. 

Los chicos le dieron menos problemas, tuvo amigos y novios durante toda la secundaria. La vida en casa no era fácil, su hermana mayor cayó en una adicción a las drogas que destrozó como un huracán a la familia y devoró la atención de sus padres. Al final, los altibajos de Lucy se resolvieron en un diagnóstico de bipolaridad. Pero hacer y mantener amigas resultó ser una prueba que nunca concluyó a su favor ni cesó realmente. 

Como suele ocurrir estos días, la Facultad de Artes Liberales en la Universidad Northeastern comenzó con una invitación a decir cuál era su nombre, su orientación sexual y su pronombre de género. Lucy comprendió que aquello suponía una nueva oportunidad para ser aceptada socialmente, un primer sentimiento de pertenencia. Cuando más tarde ese otoño se agravó su ansiedad, decidió, junto con algunas de sus amigas, que su angustia tenía una causa de moda: la «disforia de género». En menos de un año, Lucy empezó a tomar testosterona. Pero su verdadera droga, la que la enganchó, fue la promesa de una nueva identidad. Una cabeza afeitada, ropa de chico y un nuevo nombre fueron las aguas bautismales de un renacimiento de mujer a hombre. 

El siguiente paso, si lo daba, sería la «cirugía superior», un eufemismo para una doble mastectomía voluntaria. 
«¿Cómo sabes que no se trataba de disforia de género?», le pregunté a su madre. 
«Porque nunca mostró ningún indicio. Nunca la oí expresar sentirse incómoda con su cuerpo. Le vino la regla cuando estaba en cuarto curso, algo que le dio mucha vergüenza porque era muy pronto. Pero nunca la oí quejarse de su cuerpo». 
Su madre hizo una pausa mientras buscaba un recuerdo adecuado. «Cuando tenía cinco años le hice cortar el pelo cortito, y lloró a lágrima viva porque pensaba que parecía un niño. Lo odiaba». Y luego: «Ha salido con chicos, siempre ha salido con chicos». 

Este libro no trata de adultos transgénero, aunque mientras lo escribía entrevisté a muchos, tanto los que se presentan como mujer como los que se presentan como hombre. Son amables, considerados y educados. De algún modo parece mentira, pero describen el incesante fastidio que supone tener un cuerpo con el que uno no se siente a gusto. Se trata de una sensación que les persigue desde que tienen uso de razón. 

Lo cierto es que su disforia nunca les hizo ser populares; la mayoría de las veces fue fuente de malestar y vergüenza. Al crecer, ninguno de ellos conocía a otra persona trans y todavía no existía internet, donde poder encontrar un mentor. Pero no querían ni necesitaban ninguno: sabían cómo se sentían. Simplemente, les es más cómodo presentarse como alguien del sexo opuesto. No pretenden que la gente les felicite por la vida que han elegido. Quieren «pasar» por una persona del sexo del que se sienten y, en muchos casos, que les dejen en paz. 

Con algunos hablé de forma oficial y con otros a micrófono cerrado. Con facilidad se ganaron mi admiración por su honestidad y valor. Me hice amiga de uno. Que el activismo trans pretenda hablar en su nombre no es culpa de ellos, ni tampoco su intención. Tienen muy poco que ver con la actual epidemia trans que afecta a las adolescentes. 

Los juicios de Salem por brujería del siglo XVII están más cerca de la realidad. También los trastornos nerviosos del siglo XVIII y la epidemia de neurastenia del XIX [24]. La anorexia nerviosa [25], la memoria reprimida [26], la bulimia y la tendencia a cortarse del siglo XX [27]. Todos tienen en común la misma protagonista, famosa por magnificar y difundir su dolor psíquico: la adolescente [28]. Su angustia es real. Pero, en cada caso, sus autodiagnósticos son erróneos; más que una necesidad psicológica, son el resultado de estímulos y sugerencias. 

Hace tres décadas, estas chicas podrían haber anhelado una liposucción al tiempo que se consumía su forma física. Hace dos décadas, los adolescentes trans de hoy en día podrían haber «descubierto» un recuerdo reprimido de un trauma infantil. La locura de diagnóstico actual no es la posesión demoníaca, sino la «disforia de género». Y su «cura» no es el exorcismo, los laxantes o las purgas. Es la testosterona y la «cirugía superior». 

Se supone que no se debe elegir una enmienda favorita, porque es una tontería, pero yo tengo una, la primera. Mi compromiso con la libertad de expresión me llevó al mundo de la política transgénero por la puerta trasera. 

En octubre de 2017, mi estado, California, promulgó una ley que amenazaba con la cárcel a los trabajadores sanitarios que se negasen a utilizar los pronombres de género que pidieran los pacientes [29]. Nueva York había adoptado una ley similar que se aplicaba a empresarios y dueños de propiedades o negocios [30]. A simple vista y del todo, ambas leyes son inconstitucionales. Durante mucho tiempo, la primera enmienda ha protegido el derecho a decir cosas mal vistas o poco aceptadas sin que el Gobierno interfiera. También garantiza nuestro derecho a negarnos a decir cosas que el Gobierno quiere que se digan. 

No se trata de un tema de matiz constitucional, es muy sencillo. En el caso de la Junta de Educación del estado de Virginia occidental contra Barnette (1943), el Tribunal Supremo ratificó el derecho de los estudiantes a no saludar la bandera. El magistrado Robert H. Jackson escribió en representación de la mayoría de la corte: «Si hay alguna estrella fija en nuestra constelación constitucional es que ninguna autoridad, del rango que sea, puede prescribir lo que es ortodoxo en política, nacionalismo, religión u otras cuestiones de opinión, ni puede forzar a los ciudadanos a confesar, de palabra o de obra, sus convicciones de conciencia». 

Si el Gobierno no puede obligar a los estudiantes a saludar la bandera, tampoco puede obligar al personal sanitario a utilizar un determinado pronombre. En Estados Unidos, el Gobierno no puede obligar a la gente a decir cosas, ni siquiera por cortesía. Ni por ninguna razón en absoluto. 

Escribí un artículo sobre esto en The Wall Street Journal con el título «The Transgender Language War», y una lectora —una destacada abogada sureña, la madre de Lucy— lo vio y en él encontró algo: esperanza. Contactó conmigo bajo un seudónimo y me pidió que escribiera sobre su hija, que durante la adolescencia había anunciado ser transgénero a pesar de que durante su niñez no había mostrado nunca ningún signo de disforia de género. Dijo que Lucy había descubierto esta identidad con la ayuda de internet, que ofrece un sinfín de mentores y mentoras transgénero que enseñan a las adolescentes el arte de adoptar una nueva identidad de género: cómo vestir, cómo caminar o qué decir. También les muestran qué empresas de internet venden las mejores fajas de pecho (prenda que se lleva bajo la ropa para comprimir los senos) y qué organizaciones la envían gratis y garantizan un embalaje discreto para que los padres no se enteren. También les explican cómo persuadir a los médicos para que les prescriban las hormonas que desean, cómo engañar a los padres o cómo romper por completo con ellos si se resisten a su nueva identidad. 

La madre me explicó que bajo la influencia de la testosterona y el hechizo de la transgresión, Lucy se volvió arisca y agresiva, y se negó a explicar esta nueva identidad y a responder a ninguna pregunta al respecto. Acusaba a su madre de «controladora» así como de «tránsfoba». Según descubrió más tarde la madre, la historia inventada por Lucy de que «siempre había sabido que era diferente» y de que «siempre había sido trans» la había copiado literalmente de internet. 

En su nuevo estado extremadamente temperamental, Lucy montaba en cólera si sus padres usaban su nombre legal —el que le habían puesto al nacer— o no utilizaban su nuevo pronombre. En poco tiempo, los padres apenas la reconocían. Les alarmó la repentina esclavitud de Lucy por una ideología de género que, desde un punto de vista biológico, parecía pura palabrería. La madre dijo que parecía que Lucy se hubiera unido a una secta; temía que nunca liberaran a su hija.

La disforia de género —antes conocida como «trastorno de identidad de género»— se caracteriza por una disconformidad grave y persistente con el sexo biológico [31]. Suele comenzar en la niñez temprana, entre los dos y los cuatro años, aunque puede agravarse en la adolescencia. En la mayoría de los casos —casi el 70 por ciento—, la disforia de género infantil se resuelve [32]. Históricamente afectaba a una pequeña parte de la población (alrededor del 0,01 por ciento) y casi en exclusiva a los chicos. De hecho, antes de 2012 no había literatura científica sobre chicas de once a veintiún años que hubieran desarrollado disforia de género. 

Esto ha cambiado en la última década y de forma drástica. El mundo occidental ha sido testigo de un repentino aumento de adolescentes que afirman tener disforia de género y se autoidentifican como «transgénero». Por primera vez en la historia de la medicina, las chicas de nacimiento no solo están presentes entre quienes se identifican de esa manera, sino que constituyen la mayoría [33]

¿Por qué? ¿Qué ha pasado? ¿Cómo ha llegado a ser mayoritario un grupo de edad que siempre había sido minoritario entre los afectados (los adolescentes)? Y, lo que es más importante, ¿cómo ha cambiado el coeficiente de género y ha pasado de ser una abrumadora mayoría de chicos a la preponderancia de chicas adolescentes? 

La madre de Lucy, la abogada sureña, me cayó bien y me interesó muchísimo su historia; pero yo era columnista de opinión, no periodista de investigación, así que se la pasé a una compañera y le aseguré a la madre de Lucy que estaba en buenas manos. Mucho tiempo después de dedicarme a otros temas para The Wall Street Journal y de eliminar a la abogada de mi bandeja de entrada, su historia aún rondaba obstinadamente por mi cabeza. 

Tres meses más tarde, volví a ponerme en contacto con la madre de Lucy y con todos los contactos que me había enviado en un principio. Hablé con médicos, endocrinólogos, psiquiatras y psicólogos de renombre mundial especializados en identidad de género. Hablé con psicoterapeutas. Hablé con adolescentes y adultos transgénero para hacerme una idea de la interioridad de su experiencia, del tirón liberador de la identificación con el sexo opuesto. También hablé con desistidoras, aquellas que en algún momento se identificaron como transgénero, pero que luego dejaron de sentirse así, y con detransicionadoras, aquellas que se habían sometido a procedimientos médicos para alterar su apariencia, pero se arrepintieron y luchan por revertir el tratamiento. Cuanto más aprendía sobre los adolescentes que de repente se identifican como transgénero, más me obsesionaba una pregunta: ¿qué les ocurre a estas chicas? 

En enero de 2019, The Wall Street Journal publicó mi artículo «When Your Daughter Defies Biology». Provocó casi mil comentarios y cientos de respuestas a esos comentarios. Una escritora transgénero, Jennifer Finney Boylan, escribió de inmediato una refutación en un artículo de opinión que apareció en The New York Times dos días después. Su escrito suscitó cientos de comentarios y otros cientos de reacciones a esos comentarios. De pronto, me inundaron los correos electrónicos de lectores que habían experimentado con sus hijas el fenómeno que yo había descrito o que habían sido testigos de otros casos en el colegio de sus hijas: grupos de adolescentes de un mismo curso que de repente descubrían juntas la identidad transgénero, suplicaban tomar hormonas y estaban desesperadas por operarse. 

Cuando los activistas transgénero me atacaron online, les ofrecí la oportunidad de contarme también sus historias. Varios aceptaron la oferta y hablamos. También contactaron conmigo las detransicionadoras. Abrí una cuenta de Tumblr e invité a personas transgénero y a detransicionadoras a hablar conmigo; muchas lo hicieron. Envié las mismas invitaciones en Instagram, donde los hashtags #testosterona y #chicotrans vinculan a cientos de miles de seguidores. Reiteré una y otra vez mi deseo de escuchar a cualquiera que tuviera algo que decir sobre el tema. Las respuestas que recibí sirvieron de base para este libro. 

Se trata de una historia que los estadounidenses necesitan escuchar. Tanto si tienes una hija adolescente como si no; o tanto si tu hija ha caído en esta locura transgénero como si no. Estados Unidos se ha convertido en un terreno fértil para este entusiasmo masivo por razones que tienen que ver con nuestra fragilidad cultural: se menoscaba a los padres, se confía en exceso en los expertos, se intimida a los disidentes en ciencia y medicina; la libertad de expresión claudica ante nuevos ataques; las leyes sanitarias del Gobierno conllevan consecuencias ocultas y ha surgido una era intersectorial en la que el deseo de escapar de una identidad dominante anima a los individuos a refugiarse en asociaciones de víctimas. 

Para contar la historia de estas jóvenes he realizado casi doscientas entrevistas y hablado con cerca de cincuenta familias de adolescentes. En parte me he apoyado en los relatos de los padres. Dado que la disforia tradicional comienza en la primera infancia y se caracteriza desde hace tiempo por una sensación «persistente, insistente y constante» [34] de disconformidad y malestar del niño en su cuerpo (algo que un niño pequeño no puede ocultar con facilidad), la posición de los padres suele ser la mejor a la hora de saber si la disforia pasional de la adolescencia comenzó en la niñez temprana. En otras palabras, son quienes mejor pueden saber si la angustia que aflige a tantas adolescentes representa la disforia de género tradicional o un fenómeno distinto. 

No se puede confiar del todo en que los padres sepan cómo se sienten sus hijos adolescentes con respecto a su identidad transgénero o conozcan cómo es la nueva vida forjada en su nombre. Sin embargo, los padres sí pueden informar sobre la situación académica o profesional de sus hijas, su estabilidad económica y la formación de una familia o sobre la falta de ella, e incluso, a veces, acerca de sus éxitos y fracasos sociales. Estas adolescentes que se identifican como transgénero ¿siguen en la escuela o la han abandonado? ¿Mantienen el contacto con antiguas amistades? ¿Hablan con algún miembro de la familia? ¿Construyen un futuro con alguna pareja sentimental? ¿Se dedican a subsistir con el sueldo de la cafetería local? 

No pretendo captar todas las historias de estas adolescentes, y mucho menos la totalidad de la experiencia transgénero. Las historias de éxito transgénero se cuentan y celebran por todas partes. Marchan bajo la bandera de los derechos civiles. Prometen traspasar la próxima frontera cultural y hacer añicos otra base de la división humana. 

Pero el fenómeno que arrasa entre las adolescentes es diferente. No tiene su origen en la disforia de género tradicional, sino en los vídeos de internet. Representa el mimetismo inspirado en los gurús de la web, un compromiso asumido con las amigas: manos entrelazadas y respiración contenida, ojos cerrados con fuerza. Para estas chicas, la identificación trans ofrece liberarse de la persecución implacable de la ansiedad; satisface la más profunda necesidad de aceptación, la emoción de la transgresión, la seductora cadencia de pertenencia. 

Como me dijo Kyle, un adolescente transgénero: «Podría decirse que internet es una de las razones por las que tuve el valor de salir del armario. Fue gracias a Chase Ross, un youtuber. Tenía doce años y lo seguía religiosamente». Chase Ross tuvo la amabilidad de hablar conmigo para ayudarme a entender la situación. En el tercer capítulo presento su historia. 

Esta es la historia de la familia estadounidense, decente, cariñosa, trabajadora y amable. Quiere hacer lo correcto. Pero se encuentra en una sociedad que cada vez más considera a los padres como obstáculos, intolerantes e ingenuos. Aplaudimos mientras chicas adolescentes sin antecedentes de disforia se sumergen en una ideología radical de género que se enseña en la escuela o encuentran en internet. Los compañeros, los terapeutas, los profesores y los héroes de internet alientan a estas jóvenes. Pero aquí el coste de tanta imprudencia juvenil no es un piercing o un tatuaje. Está más cerca del medio kilo de carne. 

Una pequeña parte de la población siempre será transgénero. Pero tal vez no siempre la locura actual atraiga a jóvenes con problemas sin antecedentes de disforia de género, lo que les lleva a vivir una existencia de dependencia hormonal y cirugías desfigurantes. Si esto se trata de un contagio social, quizá la sociedad pueda detenerlo. 

Ningún adolescente debería pagar un precio tan alto por haber sido, por poco tiempo, seguidor de una moda.
___________________________

[1] Billy Joel, «She’s Always a Woman to Me», del álbum The Stranger, 29 de septiembre de 1977
a Day Later», Them Página 242
Lives in Danger», Men’s Health, Página 245
[9] «Our Books of the Year», The Economist, Página 247
[10] Juan Soto Ivars, "La casa del ahorcado": cómo el tabú asfixia la democracia occidental, Debate, Barcelona, 2021. Página 248
Comments», BBC, Página 250
[18] Camille Paglia, Vamps & Tramps: Más allá del feminismo, Valdemar, Madrid, 2001. Página 256
[19] Regina & Celeste, Una correspondencia, La Uña Rota, Salamanca, 2019. Página 257
[20] The Joe Rogan Experiencie, #1509 - Abigail Shrier. Podcast en Spotify: Página 258
[21] Elizabeth Duval, Después de lo trans: sexo y género entre la izquierda y lo identitario, La Caja Books, Valencia, 2021. Página 259
[22] El caso Bell contra Tavistock. En Wikipedia, Página 260
[24] Julie Beck, «“Americanitis”: The Disease of Living Too Fast», The Atlantic, 11 de marzo de 2016, Página 262
[25] Ethan Watters, Crazy Like Us: The Globalization of the American Psyche, Simon & Schuster, Nueva York, 2010, p. 34. Página 263
[26] Paul M. McHugh, Try to Remember: Psychiatry’s Clash over Meaning, Memory, and Mind, Dana Press, Nueva York, 2008, p. 69 (señalar que aquellos con «síndrome de falsa memoria» suelen ser mujeres). Página 264
[27] Mandy van Deven, «How We Became a Nation of Cutters», Salon, 19 de agosto de 2011, Página 265
[28] Robert Bartholomew, «Why Are Females Prone to Mass Hysteria?», Psychology Today, 31 de marzo de 2017, Página 266
“Ze” in Place of “She” and “He”», The Washington Post, 16 de junio de 2016, Página 268
[31] Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, 4.ª edición, texto revisado (DSM-IV -TR), American Psychiatric Association, 2000, p. 579. Versión castellana, Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, Elsevier Mason, Barcelona, 1996. Página 269
[32] Kenneth J. Zucker, «The Myth of Persistence: Response to “A Critical Commentary on Follow-Up Studies” and “Desistance” Theories about Transgender and Gender Non-Conforming Children by Temple Newhook et al. (2018)», International Journal of Transgenderism (mayo de 2018); véase también J. Ristori y T. D. Steensma, «Gender Dysphoria in Childhood», International Review of Social Psychiatry 28, n.º 1 (2016),
pp. 13-20. Página 270
[33] Nastasja M. de Graaf et al., «Sex Ratio in Children and Adolescents Referred to the Gender Identity Development Service in the UK (2009-2016)», Archives of Sexual Behavior 47, n.º 5 (abril de 2018), pp. 1301-1304, Página 271
[34] Ranna Parekh (ed.), «What Is Gender Dysphoria?», American Psychiatric Association, febrero de 2016 (citando la entrada del DSM-5 sobre «Disforia de género»)


sábado, 7 de diciembre de 2019

LO QUE ENCUBRE LAS CUMBRES DEL CAMBIO CLIMÁTICO PARA ENCUMBRAR EL BUENISMO MALIGNO 👿👹👺💀


CUMBRE QUE ENCUBRE 
A LOS VERDADEROS HUMANICIDAS 
PARA MANIPULAR A LAS MASAS



El inversor George Soros presentó el jueves un plan en la conferencia de la ONU sobre el clima para destinar hasta 100.000 millones de euros (68.000 millones de euros) para ayudar a los países pobres a luchar contra el cambio climático y enfrentarse a sus impactos.

El fondo podría estar disponible inmediatamente, y no se añadiría al déficit nacional de los países donantes, según dijo el financiero.

"Los gobiernos de los países industriales trabajan sobre la base del malentendido de que la financiación tiene que venir de sus presupuestos nacionales pero no tiene por qué ser el caso, ya lo tienen", indicó Soros a los periodistas.

"Se encuentra sin utilizar en sus cuentas de reserva y en las cámaras del Fondo Monetario Internacional (FMI)", explicó.

La cuantía que deberían dar las naciones ricas, que reconocen su responsabilidad en el calentamiento global, a los países en desarrollo, y la fuente de esta financiación se encuentran entre los temas más contenciosos que dividen a los participantes en la conferencia de Copenhague.

Creación del fondo

Se está formando un consenso en torno a la creación de un fondo de 30.000 millones de dólares para cubrir el periodo de 2010-2012, pero se espera que las necesidades escalen hasta los cientos de miles de millones en diez años.

En septiembre de 2009, el FMI distribuyó a sus miembros casi 300.000 millones de dólares a través de un instrumento financiero llamado Special Drawing Rights (SDR).

Más de la mitad de ese fondo fue a parar a las 15 mayores economías desarrolladas, que lo han mantenido en su mayoría sin tocar en sus cuentas de reserva.

"Propongo que los países industrializados se junten y presten 100.000 millones de dólares de esos SDR para 25 años a un fondo verde especial que sirva a los países en desarrollo", dijo Soros.

Una buena inversión


El dinero podría invertirse en fuentes energéticas bajas en carbono, la reforestación, la protección de la selva y programas de adaptación a las sequías, las inundaciones y otras consecuencias del cambio climático, dijo.
"Es una idea simple y práctica, y hay un precedente", dijo Soros, que recordó que Gran Bretaña y Francia prestaron recientemente 2.000 millones de dólares de SDR a un fondo especial para préstamos a los países pobres.
Los países miembros podrían utilizar las reservas en oro del FMI -actualmente de unas 100 millones de onzas- para garantizar el pago de intereses, dijo Soros.

Todo pasaría por reforestar la tierra y reciclar. 
Los árboles se nutren del CO2 y a cambio nos dan oxígeno. 

Frente a toda esta histeria colectiva del pánico climático, tengo una opinión políticamente incorrecta. Luego de ver, hasta en la sopa, a Greta Thunberg, la última marionetica del NUEVO ORDEN MUNDIAL (NOM) en su reciente actuación en la ONU, concluyo que ella se merece un Emmy‼️
Hace poco la histeria en la que los progresistas USARON estudiantes era por las armas, ahora, es “el fin del mundo”.🤦🏻‍♀️

✅Hay una AGENDA escondida detrás de esta PROPAGANDA, tengan la amabilidad de escarbar un poco más y descubrirán a los que realmente se están beneficiando de todo esto.

➡️Aquí les dejo las CONTUNDENTES declaraciones de tres grandes, que al igual que yo, se tomaron la red pill (pastilla roja) hace rato y salieron del adoctrinamiento zurdo/progresista. Disfruten con estas TRUTH BOMBS. 💣

1️⃣Candace Owens| Queridos Niños que han sido manipulados por la izquierda: Cuando yo estaba en la escuela Al Gore nos dijo que nos quedaban sólo 10 años antes que las capas de hielo se derritieran y se inundara el planeta.

Alerta Spoiler: ¡Eso nunca ocurrió!

Preocúpate por el medio ambiente, pero sin dejarte lavar el cerebro por los políticos.

2️⃣Tucker Carlson| “Cuando usas niños para exigir poder, se convierten en una especie de escudo humano. Puedes esconderte de forma segura detrás de ellos. Nadie puede criticarte. Cualquiera que haga eso es alguien que literalmente haría cualquier cosa para tomar el control, y eso es exactamente lo que están haciendo.”


3️⃣Matt Walsh| [Con referencia a Greta y su actuación en la ONU]. “Debemos llamar a esto como lo que es: ABUSO INFANTIL. Puede que sea una estrategia política para TRAUMATIZAR a los niños con estas profecías del “final de los tiempos”, pero moralmente, es abominable. Es cierto, dile a los niños que reciclen, recojan la basura y planten árboles, estas actividades sí valen la pena. Pero la HISTERIA ES TOTALMENTE INJUSTIFICADA. DEJEN A LOS NIÑOS SER NIÑOS, ellos no deberían levantarse cada mañana con miedos alucinatorios acerca de la muerte del planeta.”


¿Conoces a Greta Thunberg? 

Si tú respuesta es "Sí", 

anota los nombres de dos científicos del clima 

1. _______________ 

2. _______________ ... 

y de dos investigadores en energías limpias. 
1. _______________ 
2. _______________ 
Si no puedes, 
tu atención no está donde debe estar.

🌞

UNA DISTOPÍA (REAL) DE DANIEL ESTULIN
Las 6 estrategias de los ricos para reducir 
la población y conservar su estatus

Según Daniel Estulin (Vilnus, Lituania, 1966), los ricos tienen un plan muy bien estudiado para conservar sus privilegios: y pasa por acabar con el resto
Muchos lo consideran un farsante o, si acaso, un loco. Para otros es un visionario. Daniel Estulin (Vilnus, Lituania, 1966), exespía y, ahora, periodista de investigación, dice cosas que resultan difíciles de creer pero, cara a cara, es extremadamente convincente. Se dio a conocer con el libro La Verdadera Historia del Club Bilderberg (Planeta, 2005), en el que desvelaba los entresijos de este poderosísimo lobby del que hasta entonces apenas se conocía su existencia. El libro se convirtió en un bestseller internacional y Estulin empezó a ser habitual en los medios de comunicación. Desde hace un año tiene un programa en Russia Today (el canal de televisión controlado por el Kremlin que emite en ruso, español, inglés y árabe), Desde la sombra, que asegura ven más de 7 millones de personas en todo el mundo. Es, en definitiva, una estrella de las conspiraciones.

En su nuevo libro, El Club de los inmortales (Ediciones B), Estulin continúa desarrollando sus ideas en torno a una élite financiera mundial que lo controla todo y cuyo objetivo, que es la tesis central de este libro, es, y ha sido siempre, preservar su situación privilegiada, aunque esto pase por arrollar al resto de la población.

En un rincón de una cafetería en el centro de Madrid, Estulin ha explicado a "El Confidencial" cuál es la estrategia de esta élite para seguir controlando el mundo en los años venideros.

1. Desindustrializar el mundo para crear pobreza extrema

“El plan de la élite siempre ha sido desindustrializar y despoblar el mundo”, asegura Estulin. “Somos 7.000 millones de personas en el planeta Tierra, un espacio reducido, pequeño y con recursos naturales limitados. Esto es algo que aunque esa gente no lo entiende –dice señalando las mesas que nos rodean en la cafetería–, porque no entienden nada de nada, los Rockefeller y la élite financiera mundial lo entienden perfectamente. Es muy muy sencillo, para que ellos coman nosotros tenemos que morir”.
Detroit es una muestra perfecta de lo que va a pasar con el mundo
Detroit, asegura, es el ejemplo vivo de este plan de desindustrialización: “Una ciudad que ha sido el pulmón de la economía americana durante tantas décadas la han dejado en un estado lamentable al factor de 1.000. Ya no existe como ciudad, y es una muestra perfecta de lo que va a pasar con el mundo. ¿No sabe Obama que esto es malo? Por supuesto que lo sabe. ¿No sabe que la ciudad da de comer, a nivel económico, a todo el país? Por supuesto que lo sabe. Pero el plan de la élite es reducir la población mundial, de una forma u otra, y desindustrializar el mundo utilizando el crecimiento cero”.
“La pobreza va a ser tan profunda a nivel mundial y el desarrollo tecnológico va a aumentar tanto, que la separación entre el 99% de los pobres y los super ricos va a ser más grande que nunca”, aegura Estulin.
2. Acabar con los estados-nación

“La política nunca ha estado al servicio de los ciudadanos”, explica Estulin. “Es una mentira piadosa pensar que uno vota a Rajoy. ¿Quién es ese tipo? Es nadie. Porque viene la famosa troika, los men in black, que no han sido elegidos por nadie en el mundo y le dicen al presidente del Gobierno qué tiene que hacer”.

No es que haya una serie de personas que le dicen a Rajoy ‘haz esto’, es que si no lo hace la comunidad de las naciones controlada por la élite le dice ‘te voy a destrozar'
No es que Rajoy forme parte de una conspiración. Una cosa que Estulin quiere dejar claro es que “no hay cuatro viejos sentados en una sala oscura, con un cigarro en la mano, mirando la bola de cristal para planificar el futuro del mundo”, una imagen con la que se ha asociado siempre sus historias. “Esto no es real”, se defiende, “no es que haya una serie de personas que le dicen a Rajoy ‘haz esto’, es que si no lo hace, la comunidad de las naciones controlada por la élite dice ‘te voy a destrozar. Te vamos a recortar todo. Vamos a hacer complicado que puedas vender la deuda a un cierto porcentaje. Y no sólo eso, a través de los inversores vamos a hacer un ataque a tu bolsa y la vamos a destrozar'. Como lo han hecho antes en muchos países del mundo. El FMI, el Banco Mundial, la WTO… La comunidad mundial es eso. Los gobiernos son títeres de la élite financiera mundial y el que no lo quiera ver que no lo vea”.

3. Controlarnos a través de la tecnología
“¿Hace 6.000 años quién dominaba el mundo? ¿Quién tenía el conocimiento?”, pregunta Estulin. “Los sacerdotes, que lo administraban con cuentagotas al resto de la humanidad”. Era un sistema piramidal del conocimiento que se ha invertido gracias a la reciente revolución tecnológica. “Ahora un indio sentado en la jungla de Bolivia con un ordenador y acceso a internet tiene más acceso al conocimiento que la humanidad entera hace 15 años”, asegura el escritor. “Para los poderosos es una putada, porque la gente tiene acceso al conocimiento que han tratado de proteger durante miles de años. Este modelo ya no funcionaba, necesitaban otro modelo, un modelo basado en la tecnología, pues si controlan la tecnología ellos vuelven a controlar el mundo”.
La gente dice que no se puede poner puertas a Internet. No tienen ni idea de nada
Estulin asegura que la principal preocupación actual de la élite super rica es controlar el desarrollo tecnológico, algo que, asegura, es mucho más fácil de hacer de lo que pensamos. “La gente dice que no se pueden poner puertas a Internet”, explica el periodista. “La gente que habla así no tiene ni idea de nada, no ha visto nada más que un ordenador en su casa y saben cómo enchufarlo. Nada más. Los dos cambios a nivel informático más importantes son el smartphone y el GPS. Están atados a tu culo 365 días al año, 24 horas al día. ¿Por qué crees que la calidad de las cámaras son tan altas? Porque la élite quiere ver lo que estás viendo, y lo ven a través de tu teléfono. Quieren ver cómo te organizas y para eso crean las redes sociales. El modelo ha cambiado. El control es total en todo”.

4. Apostar por la guerra cultural
Hasta hace muy poco la mejor herramienta que tenían los ricos para controlar la población, y que siguiera habiendo recursos para mantenerse en el poder, eran las guerras. Pero a día de hoy matar sale muy caro. Lo mejor, explica Estulin, es que la población acepte sin grandes pataletas el mundo que está por venir.
“Elysium está preparando el terreno para que cuando veas lo que pasa en realidad digas ‘ah sí, lo he visto en el cine’, asegura el escritor. La industria cultural, explica, tiene dos funciones claras: que cale el discurso que se quiere trasmitir –"somos muchos, no todos podemos sobrevivir, y es lógico"– y que la población no se preocupe por discutir sobre lo que realmente importa: qué va a ser de la humanidad.
Mientras piensas en Miley Cirus no piensas en cosas importante, como el futuro del mundo
“Lo más sencillo sería matarnos a todos, pero la gente se daría cuenta, y se levantaría”, explica Estulin. “Como somos muchos más sería muy complicado: sus ejércitos son nuestra familia. Es mucho más sencillo hacer lo mismo a través de la guerra cultural. Es lo que están haciendo constantemente: películas, información falsa, degeneración del ser humano, degradación de la escala de valores… Esto no es casualidad, alguien lo ha pensado antes. Alguien ha creado a este animal de compañía llamado Miley Cyrus. Ella no decidió levantarse un día y hacer eso. No, le han puesto allí y la han promovido. Esto está hecho a propósito, para que hablen mal o bien de ti, crear separación y debate. Mientras piensas en Cyrus no piensas en cosas importantes, como el futuro del mundo. Y si esto lo multiplicas por 100.000 elementos, como el trabajo que estás haciendo, que no te deja pensar, llegas a la cama y ¿qué has hecho por el mundo? Nada”. 

5. Preparar la colonización del espacio
“La obligación del ser humano es descubrir y conquistar el espacio para que dentro de poco dejemos la Tierra, y vayamos a emigrar”, asegura con rotundidad Estulin. “Es algo que es normal. Aquí, además de ser prisioneros, estamos en peligro constante de los asteroides. ¿No has visto lo que pasó en Rusia? Esto no es nada, puede caer un asteoride grande en el Polo Norte y estamos muertos todos. Necesitamos llegar a Marte, que es una colonia avanzada, y por eso dentro de cuatro años enviaremos naves tripuladas allí”.
Hay una pregunta que todos tenemos que hacernos, si alguien muy importante se va a Marte y lo deja todo aquí ¿qué va a pasar?
El periodista vuelve a usar una película como analogía. “2012 era una mierda”, puntualiza, “pero hay una escena muy impactante donde la élite embarcaba al espacio para huir de la tierra. No lo sé, pero es muy lógico pensar que si esta gente va y no vuelve [dice en referencia al proyecto Mars One] igual va más gente y no lo sabes. Y si se van es porque saben algo que nosotros no sabemos. Hay una pregunta que todos tenemos que hacernos, si alguien muy importante se va y lo deja todo aquí ¿qué va a pasar?”.

6. Allanar el camino para la llegada de la transhumanidad
Oscar Pistorius, el atleta con dos piernas biónicas, fue, según Estulin, el primer transhumano. “Le estrenaron en los Juegos Olímipicos de Londres y le vieron 2.000 millones de personas. No es casualidad”. En su opinión, Pistorius es sólo un anuncio de lo que está por llegar: “Una pareja normal será un tipo con ojo de cyborg, una mano de Terminator y una tipa con piernas como las de Pistorius. Va a ser algo totalmente normal porque van a promoverlo los medios de comunicación, las noticias, los reportajes, las películas, las modelos… Va a ser lo último. Si tienes piernas normales vas a ser un gilipollas. Este es el futuro”.
La tecnología es magnífica salvo si la usas para matar a la gente o para crear gente que no sea humana porque puedes controlar su ADN
Y claro, la implantación del modelo transhumanista no tiene nada de inocente. “El transhumanismo acabará con la humanidad”, afirma Estulin de forma contundente. “Como tal no es negativo, nada es negativo por sí sólo, pero es que nos van a matar. La tecnología es magnífica salvo si la usas para matar a la gente o para crear gente que no sea humana porque puedes controlar su ADN, con tecnología cibernética, y así poder castigarles si, como yo, te portas mal”.
Soros interpreta la sociedad abierta como una sociedad diluida, carente de historia o carácter, en la que los individuos solo se sienten parte de una humanidad universalSoros sabe que las grandes oportunidades de negocio aparecen en las grandes catástrofes políticas; provocar una en España es una buena inversiónPor otro lado, él ha hecho su fortuna especulando con monedas, y las grandes oportunidades de negocio aparecen en las grandes catástrofes políticas. Provocarlas es, para él, una prudente inversión. España es un punto débil de la Unión Europea, y por eso ha posado sus ojos sobre nuestro país.Y, digámoslo claramente, su sociedad abierta no es una sociedad libre. No mira desde el individuo, para que sea libre y cree con el resto una sociedad liberada de las ataduras del poder, sino que mira como desde un panopticón al conjunto, para manejarlo con la voluntad de un dios caprichoso. Y tiene por las personas concretas la misma compasión que hacia un judío desposeído.


El magnate de origen húngaro tiene 87 años, sabe que no es eterno y ha decidido perpetuar su legado donando el 75% de su fortuna a esa sociedad. Soros está detrás de la agenda anti-familia y anti-cristiana en EEUU y Europa.

La activista sueca que lucha contra el cambio climático cuenta con el apoyo de grandes lobbies y empresas energéticas de su país, aunque su familia intenta negarlo.


Toda la orientación y políticas de la ONU caminan hacia la despoblación del planeta. No se trata de una broma. Según el programa “Agenda 21” y la funcionaria Christiana Figueres, este organismo supranacional perseguiría la aniquilación biológica del 95 por ciento de la población mundial. El otro 5% esperan que sobreviva.
Este es, en efecto, un mundo raro, un momento histórico en el que podríamos estar en condiciones de alcanzar metas inéditas de prosperidad y esplendor cultural, pero que también podría convertirse en esclavo de formas de manipulación que catalicen explosiones de emotividad, en formas de pensar que resuciten las peores prácticas de sumisión a lo que se estima correcto y obligado, en formas de tiranía impuestas por credos fáciles de compartir, pero de dudosa consistencia. La entronización de profetas que manipulan el miedo puede resultar muy beneficioso para algunos, pero es fácil que acabe por ser un mal negocio para todos.
Presidente húngaro

España tiene, al fin, un Presidente del Gobierno con rango de Jefe de Estado, natural de Hungría. No se trata de Orban. Nació en 1930 –única ventaja de la situación-, y se llama Georges Soros, aunque su nombre verdadero se hace más complicado de pronunciar. Schwartz György Soros, el hombre más poderoso del planeta, el desestabilizador de la normalidad, el magnate que tiene agarrado por los huevos a Sánchez, no se sabe a cambio de qué, para terminar con España; el generoso financiador del populismo comunista. No puede volver a Hungría, vive en Suiza y tiene pasaporte americano. Fue el primer visitante en la Moncloa cuando Sánchez la ocupó, y ha sido el autor del milagro. El que ha convencido a Sánchez de que se puede dormir tranquilo con Podemos en el Gobierno e Iglesias en la vicepresidencia. Soros sueña con una Europa troceada en regiones, y España es la nación apropiada para el experimento.

Será el Presidente de España, György Soros, el que decida nuestro futuro, más cercano al campo de concentración que a la libertad del individualismo europeo.

Y tiene dos vicepresidentes que se abrazan después de haber manifestado su aborrecimiento mutuo sin pudor alguno. Hay un problema de estética, un descalabro gestual. Iglesias abraza como una mujer agradecida...


«Llegaron a Madrid unas 28.000 personas, la mayoría en avión, para participar en la reunión contra el cambio climático. La cumbre del clima»

Desde los cinco continentes llegaron a Madrid unas 28.000 personas, la mayoría en avión, para participar en la reunión “contra el cambio climático”. La cumbre del clima COP25.

Recordemos por ello que los miembros del Parlamento Europeo se desplazan mensualmente a Bruselas en avión desde sus lugares de origen porque el Parlamento no funciona todos los días (faltaría más!) y ni se les ocurre instalarse en Bruselas para evitar tantos miles de viajes (perderían las dietas…). Además están los periódicos traslados a Estrasburgo, mas aviones, camiones con los documentos, etc., pero los mandatarios europeos acaban de aprobar una declaración de “emergencia climática” para que los países, o sea los otros, luchen contra la contaminación…

La agenda “progre” se basa exclusivamente en atacar todo aquello que ha dado mayor libertad y bienestar a todos. Ataques a los viajes en avión, una industria que ha democratizado un transporte hace poco reservado a las clases altas y ha permitido a millones de personas viajar y conocer el mundo.

Insistencia en reducir el consumo de carne, ¿Volveremos a los años paupérrimos en que solo comían carne los ricos y los demás una vez al mes?

Ataque al “consumismo inútil y a las compras compulsivas”, ¡Pero nadie explica que pasaría con los empleos que la eliminación de esas “malas prácticas” conllevaría!

Y la guinda, por supuesto, el coche particular , el ejemplo por antonomasia del producto que ha facilitado la movilidad y la libertad de elección individual. Hay que prohibir los vehículos privados a favor del transporte de masas, y para vehículos privados solo los (carísimos) eléctricos.

Una vez más sólo para los ricos… Y los políticos por supuesto, porque hasta el momento no he oído que vaya a suprimirse ni un coche oficial, de los miles que hay en España, por ejemplo, ni los aviones oficiales ni nada de todo esto que los malvados ciudadanos nos empeñamos en hacer seguramente para fastidiar al planeta porque somos así de estúpidos y malvados.

"PEDOFRASTIA:  Argumento que involucra el uso de niños para hacer al oponente quedar como un necio, pues la gente es indefensa y suspende todo escepticismo frente a niños en sufrimiento. Nadie se anima a cuestionar la autenticidad o la fuente". Nassim Nicholas Taleb

Greta Thunberg, la niña ecologista, me entristece. Es el producto de unos padres sin escrúpulos: una cantante que da el cante y un actor que ya no interpreta. Para colmo de males Greta ha sido captada por la Open Society —la secta de George Soros— a través de Luisa Neubauer, una alemanita eco activista de corte socialista que trabaja para esa fundación. Por un lado tenemos la ambición de una familia con ansias de medrar, a través de su hija, y por otro las ínfulas del judío especulador que hizo quebrar al Banco de Inglaterra. Otro día les hablaré sobre los tejemanejes de Soros y sus supuestas intenciones filantrópicas. Eso sí que da para una novela de terror.

Respecto a la Cumbre del Clima de Madrid: es cierto que estamos bebiendo agua envenenada con pesticidas y también es cierto que si a cualquiera de nosotros nos hicieran una biopsia de hígado encontrarían más porquería que en un desguace clandestino. Somos sintéticos. Los mares son nuestros estercoleros y el aire se está volviendo irrespirable. Pero también es una realidad que nos quieren tomar por imbéciles con la emergencia climática. Por poner un ejemplo: los chinos generan una contaminación desmesurada y no están dispuestos a dejarla de producir porque eso perjudicaría su economía. Greta, vete a China coño, aquí no pintas nada. Si realmente quieres salvar el planeta embárcate en tu velero y plántate en Shanghái a cerrar fábricas. Tu intención es buena, pero te equivocas de enemigo. Somos nosotros quienes estamos comprando una pegatina para poder circular con nuestros coches; en Europa estamos los tontos que siempre cumplimos.

El ecologismo se ha convertido en un negocio más. A día de hoy ya hay muchísimas empresas que funcionan con directrices sostenibles. Eso no significa que amen al planeta. Significa que se han dado cuenta de que siendo ecológicas ahorran dinero y generan más beneficios.

Yo no necesito que una niña sueca de cara rancia venga a enmendarme la plana con sus cánticos apocalípticos. Necesito que un estado conchabado con empresas eléctricas no me cruja a impuestos cada vez que enciendo la luz, ni me ponga mil problemas cuando quiera instalar una triste placa solar en el tejado de mi casa.

El ecologismo se impondrá de forma natural cuando el avance de la tecnología nos permita tener coches eléctricos asequibles; cuando podamos disponer de energía barata, limpia e ilimitada gracias a reactores de fusión nuclear, o cuando podamos disponer —o nos dejen disponer— de paneles solares eficientes y, sobre todo, baratos.

Y es que todo en esta vida se reduce al tintinear de las monedas. Hasta que el ecologismo no sea económicamente asequible para todos estas cumbres ecológicas serán más falsas que los directos de Milli Vanilli.


El 28 de Noviembre la Unión Europea ha decretado la "emergencia climática y medioambiental" con casi dos tercios de los votos. Ya el 17 de Septiembre el parlamento español aprobó declarar la "emergencia climática" en España con todos los votos a favor menos los de Vox. Es algo que va a tener importantes repercusiones económicas y podría cambiar la vida de muchos cientos de millones de personas. Requiere coraje sostener que, independientemente de lo acertado o no de las medidas políticas que se tomen, nos hallamos ante el mayor error científico en varias generaciones. El cambio climático es real, pero la emergencia climática es a día de hoy imaginaria porque no hay suficiente evidencia que la apoye.
EmergenciaDer. del lat. emergens, -entis 'emergente'.3. f. Situación de peligro o desastre que requiere una acción inmediata.
El aviso de Dwight Eisenhower en 1961 del peligro de que las políticas públicas se convirtieran en rehenes de una élite científico-tecnológica se ha convertido en realidad. En España ningún político a la izquierda de Vox (¡manda huevos!) se atreve a posicionarse en contra de la emergencia climática a pesar de lo endeble de la evidencia de que estemos en una emergencia debido al clima y a pesar de que ello condiciona completamente nuestra política energética.


Los portavoces mediáticos de la “sociedad amoral”, utopía de signo relativista y pretensiones laicistas, han convertido en construcción mitológica un hecho destinado al debate científico riguroso y a la reflexión cultural.

El fenómeno del “cambio climático” ha devenido, pues, en uno de los medios de legitimación ideológica de ciertas posturas político-electorales autodenominadas como “progresistas”, que esconden la incapacidad de éstas en crear paradigmas empíricos para modificar el sistema económico capitalista hoy vigente, más allá de la propaganda retórica ecologista; para justificar su desvinculación de las grandes tradiciones culturales y vitales de las sociedades occidentales, causa primordial de la degradación del medio natural; y para ocultar las consecuencias de los procesos de “ingeniería social” por ellos impulsados, razón fundamental en la alteración sustancial en el equilibrio material y espiritual, y por ende histórico, entre el hombre y la tierra. Un mito, en suma, que hurta a los ciudadanos, una vez más, del análisis de la gran tragedia moral de nuestro tiempo: la crisis de la civilización; una perenne “crisis del humanismo”, que ya hace casi noventa años tan magistralmente advirtió nuestro Ramiro de Maeztu [1]

1. Introducción: 

el mito como construcción bioética. Los datos suelen ser fríos, e incluso llegan a congelar el alma. Las cifras sobre mortandad infantil por causa del hambre crónica en ciertos países africanos, el grado de represión política en distintos países de ideologías colectivistas o el número de abortos inducidos en las sociedades occidentales, por citar algunas tragedias de nuestra era, llevan a la “hibernación de las conciencias”. Primero fue la “sacralización de la técnica”, que hizo de estas cifras asunto de estudio y recopilación de organizaciones privadas y religiosas; en aras del progreso individual y material había que relativizar la presencia mediática de las mismas, cuando no su justificación utilitarista. Después comenzó a aparecer un nuevo y gran “mito colectivo”, fundado sobre las legítimas reivindicaciones del pensamiento ecologista, donde la pobreza y desigualdad propia de este mundo eran vinculadas, y en gran medida oscurecidas, como resultado de la “irresponsable” acción humana sobre el planeta tierra; e incluso, las desigualdades de acceso a los recursos venía dada por la acción interesada de ciertas corporaciones económicas y determinados poderes públicos. Así nacía el “mito del cambio climático”, un mito que situaba el debate bioético más allá de las evidencias empíricas de la sociedad presente. Muchos de sus prohombres intelectuales nos advertían, prospectivamente, sobre un futuro sombrío de calentamiento global y deshielo emergente, de deforestación progresiva y desertificación irreversible. Pero las medidas resolutorias propuestas entraban en el mismo juego materialista y progresista que denunciaban. Este discurso proponía un cambio ideológico para frenar la alteración de las leyes propias de la naturaleza, pero de otro lado, consideraban irrenunciables los logros de la “ingeniería social occidental” (la llamada “cultura de los derechos individuales”) y su arrumbamiento de las leyes naturales propias del ser humano. 

Esta mitología “ecoideológica” encubría con ello, y en realidad, la incapacidad contemporánea en la magna empresa de conciliar el progreso económico y el respeto al medio ambiente, de técnica y moral, de bienes materiales y tradiciones espirituales. Los movimientos sociales que hacían y hacen bandera de este hecho, propugnaban un "entorno virgen, verde y salvaje", pero se mostraba impotentes, supuestamente, para abandonar nuestro "materialista" estilo de vida, nuestras carreteras, nuestras casas de hormigón, nuestros ordenadores de metal y plástico, nuestros medios de transporte contaminantes que nos llevan por todo el mundo; eso sí, más allá de la “cultura del reciclaje” y de una sostenibilidad “sostenida” sobre hormigón y asfalto. Un ejemplo de dicha posición lo encontramos en el gobierno español [2004-2008]. Invierte millones de euros públicos en propaganda sobre la "sostenibilidad" (cambiar de bombillas, reciclar vidrio) y apenas se invierte en I+D (apenas un par de patentes reconocidas), en nuevas tecnologías o nuevas fuentes de energía renovables. Nuestro gobierno da lecciones de “ecologismo responsable” cuando ha incumplido las tasas de CO2 del Protocolo de Kioto, culpabilizando al "consumidor" de derroche o atentado ecológico. El poder público se lava las manos al no financiar los medios para que ese mismo "ciudadano estigmatizado", pueda cambiar a un coche o a una casa más ecológica (aunque en muchos casos no puede acceder ni a una "contaminante"). Pero sobre todo, alienta las transformaciones sociales y culturales (individualistas, secularizadoras, antitradicionales, liberticidas) que se muestran, empíricamente, contradictorias con ese equilibrio vital, insustituible pero denostado, entre civilización y naturaleza, que nuestros padres, a través de sus creencias y tradiciones, habían convertido en norma comunitaria. El hombre se convierte, de nuevo, en “animal”, definido únicamente por su sexualidad y por su capacidad de consumo. Dios y el sentido común desaparecen de las escuelas públicas, y los medios de comunicación crean, cada día, un nuevo Adán. 

Las políticas públicas “ecosociales” se limitan, por ello, a crear ciudadanos sometidos a ese estereotipo de consumidor responsable, de reciclador cotidiano, de “portador de derechos”. El Estado, dominado por la partidocracia y sometido a las presiones de los “lobbys” transhumanos, propugna el “hombre libre”, pero lo convierten en súbdito de la Hacienda y de la Ideología. Los valores que porta, consecuentemente, se alejan del contacto con la naturaleza, con la tradición, y por ello, con la historia. No hay continuidad de creencias y creaciones, de obligaciones y responsabilidades; el hombre es cada día nuevo. Así, y en vez de plantear una vuelta a la tradición, al ser humano portador de valores trascendentales, con soluciones de adaptación progresiva a las nuevas condiciones de vida que el futuro de la tierra impondrá, se gastan millones de recursos en soluciones que el desarrollo de China, India o Brasil, las llamadas “potencias emergentes” convertirán, como es lógico, en parches innecesarios (¿o habría que negar el progreso a las sociedades del Tercer mundo para preservar el bienestar medioambiental de los hombres y mujeres del Primero?), y que ese “animal sexual y consumidor” digiere en propaganda y ocio. Con ello, se vuelve a negar el papel didáctico de la historia, "maestra de la vida"; se niega la capacidad del hombre para adaptarse al medio ambiente futuro, se niega el progreso que ha situado a la humanidad en niveles de desarrollo y libertad desconocidos, se niega la existencia de cambios climáticos, parciales o totales, en la historia y prehistoria del hombre, etc. Pero este mito, que niega que la transformación radical del medio natural sobre el que vivimos no es un problema económico o político sino un "problema de civilización", muestra una serie de contradicciones ideológicas que es preciso abordar y confrontar con la realidad. 

2. Las leyendas “ecosociales”. 

a) La servidumbre científica 

Los científicos se convierten en políticos, cuando no en ideólogos, de la "verdad establecida"; hipótesis y comprobaciones son temas de expertos, solo de ciertos expertos. El debate se sitúa en términos cuantitativos, eliminando el elemento cuantitativo, humano, del mismo. 

¿El científico en de derechas o de izquierdas, o quizás del "llamado" centro?, ¿debe tener vocación teórica o inclinaciones sociales?. 

Ciertos portavoces de las ciencias exactas y naturales, que reducen esta noble tarea a un "cientifismo puro", niegan la reflexión no solo de los científicos sociales y humanos, sino del propio "hombre de la calle", cuyo "principal problema mundial" es que dichos científicos encuentren la clave para la bajada de precios del pan y la leche, la gasolina y los libros, de las hipotecas y los pisos. La ciencia se desnuda de su verdadera labor. 

¿Cuando una ciencia para el hombre y no para la ideología? ¿Una ciencia para el que pasa hambre, para el que no puede hablar libremente, para el que no llega a fin de mes?. 
Simple utopía. Inventores de vacunas salvadoras y de remedios contra el cáncer, misioneros que dan su vida y su cuerpo por los que nada tiene, esos, no merecen el “Príncipe de Asturias”, ni diez minutos en televisión ni ser considerados "portavoces de la lucha contra el cambio climático". 
¿La derecha tiene derecho a la ciencia, e incluso a libertad de expresión?. 
La ciencia dice que los políticos conservadores y sus masas reaccionarias son los responsables del "cambio climático". La derecha malvada y sempiterna, los empresarios antes explotadores y hoy contaminantes. Nosotros, que no les hemos votado ni nunca seriamos capaces de votar a esos "terroristas ambientales", solo somos los pobres investigadores que detectamos este hecho científicamente, y que propugnamos que nuestra basura sea, bien reciclada eso sí, el alimento de los pobres de Sudán o del Congo, hombres sin derecho a malgastar, a ensuciar. 

El cupo esta cerrado. Así la ciencia no cuestiona a Adam Smith ni a David Ricardo por poner las bases del capitalismo moderno; ni la ideología a Marx y Lenin por lanzar la idea del Estado ideológico. Pocos economistas se definirían como "anticlásicos", y pocos ideólogos como “antiprogresistas”. Esta misma ciencia no pone en solfa a Charles Darwin por enseñarnos el camino de la "selección natural" y la "adaptación al medio" que hoy presenciamos con asombro. Nadie se definiría como Hegel tenía razón. Por ello, el laboratorio dice con ello que el mundo se transformará, cuando no se destruirá, y la política utilizará el "miedo medioambiental" como gancho en sus programas electorales, como excusa de sus defectos ejecutivos y legislativos, y como nueva fuente de financiación. La empresa y la fábrica son los enemigos, pero el consumo el factor de progreso. La contradicción nos persigue. 

El hombre de la calle sabe que su mundo tiene fin, cuando no puede afrontar la subida de la inflación, y ni el científico ni el político, como ya advirtió Weber, parecen darse cuenta de un "viejo proletariado" convertido en "nuevo mileurista". La civilización corre peligro, y no solo por la subida de las temperaturas. 

b) La "interrupción voluntaria" de la naturaleza. 

Los voceros, políticos y científicos del "cambio climático" terminan sus frases grandilocuentes con la siguiente frase lapidaria: "dejemos a nuestro hijos un mundo mejor". ¿Pero cuál?, ¿este que denunciamos como injusto y contaminado?, ¿un mundo propio de la "feliz prehistoria", bien limpio de creencias religiosas, sociedades tradicionales, y de regímenes que hoy consideraríamos autoritarios?, ¿o quizás un mundo que sólo existe en nuestra imaginación?, o ¿quizá el de los malogrados Campanella o Moro?. Pero unas cuantas frases nos adentrarán en respuestas aún sin plantear. ¿Cuantos de nuestros hijos, conocen la vida salvaje y natural, cuantos han conocido un animal fuera del zoológico o de los documentales televisivos, cuantos conocen las tradiciones del campo y de la huerta, cuantos han trabajado la tierra o saben que es exactamente una "simple gallina de corral?. ¿Y cuantos de nosotros van a trabajar en la huerta para que no se pierda, o limpiará los montes para que no se incendien, o recuperara las tradiciones ancestrales para eliminar la contaminación, o "hará el pan con sus manos y en su horno"?. 

Y hechos aún más simples deberían hacer reflexionar al investigador profesional Hacemos deporte en gimnasios y centros deportivos construidos con hormigón y provistos de energía. La vida sana bajo cuatro paredes "contaminantes". Iremos al trabajo por un carril-bici de asfalto o un tranvía, donde antes habían "cuatro matojos". Tomamos productos de soja enlatados o embotellados. La vida sana enlatada. Tomamos productos del campo recogidos por inmigrantes que no llegan ni al salario mínimo. La huerta en casa, sin doblarse la espalda. Gastaremos 300.000.000 de euros en "aplazar seis años" un "irreversible cambio climático" (véase el Panel Científico de 2007). La eficiencia de recursos no llegará, si no es por caridad, al Tercer mundo. 

La hipocresía nos acompañará. Preguntas y respuestas que muestran la tendencia de nuestra época, el signo de nuestra crisis civilizatoria: aplicamos a la naturaleza "la interrupción voluntaria" de su devenir y de su existencia. No hay tiempo para mantener, ni criar, ni alimentar a la "madre tierra". Lo experiencia con nuestras crías nonatas o con nuestras abuelas abandonadas nos sirve para las crías y madres del resto de especies del planeta. La historia vuelve a ser maestra. Cuando veamos a un oso polar buscando su salvación en medio del Ártico, como diría el profeta que en que hemos convertido a Darwin: "adáptate o evoluciona, si quieres sobrevivir". Si ese Oso tuviera "derechos objetivos", exigiría la "muerte digna". Lástima, nunca nos escuchará. 

c) El terrorista ambiental. 

La crítica a la "mitificación del cambio climático" conduce, inevitablemente, como otros procesos desmitificadores, a la condena desde el "pensamiento correcto". Así ha sucedido en la historia. Antiecologista, antinaturalista, en suma, colaborador o presunto "terrorista ambiental", son los términos que sustituyen a los de siempre: pagano o mártir, ácrata o heterodoxo, crítico o disidente. Este terrorista es el que construye nuestra casa, el que asfalta nuestras carreteras, el que extrae los materiales para nuestras placas solares, el que extrae el petróleo para nuestra gasolina y nuestra ropa; nosotros, ¡nunca¡. La investigación y el debate mueren así en la descalificación; la enseñanza de nuestra historia no sirve para nada. La crisis medioambiental de nuestro mundo, provocada o natural, olvida las raíces de nuestra crisis de civilización. Ahora el cambio climático es el responsable del hambre y de los genocidios. Nos lavamos las manos. Luchamos contra la contaminación, pero nos negamos a modificar el sistema político y responsable de la misma. Simples parches. Intentaremos salvar a la humanidad del futuro "calentamiento global", con el "valioso precedente" de la "incapacidad" internacional de frenar el genocidio de Dafur o la represión en Birmania (y más vulgarmente, de impedir la escalada del precio de la vivienda, "bien de primera necesidad para millones de familias). Una gran lección para el mañana. 

d) La ciudad ecológica. La nueva “Civitas” humana, sostenible y perfecta, se encuentra en los desiertos arábigos. 

En Abu Dhabi, bajo la pluma de Norman Foster, una ciudad ecológica nace del dinero de los petrodólares “contaminantes”, y bajo el sol de varios árboles de diseño. Nada de CO2, de emisiones contaminantes, de basuras sin reciclar, de energías no alternativas; pero nada de vinculación con la tierra, de normas morales, de “trabajo manual” en el campo y en el taller. Los gremios desaparecieron con la Ley Le Chapelier (1795), y el “trabajo humano” se convierte en leyenda bajo la aspiración al “cursus honorum” (funcionario, burócrata, político, o simplemente, “meritorio”). Jardines en los techos de los edificios, contenedores de reciclaje en urbanizaciones inmensas, jardines donde antes había huerta, bicicletas donde antes había coches y hasta caballos, piscinas y no lagos, playas y no grandes costas vírgenes, yogures ecológicos y no comida natural, resorts y no cortijos o granjas, etc. Las soluciones “ecosociales” vuelven a ser otro negocio del sistema, con la publicidad moral, más bien el chantaje emocional de la “defensa del medio ambiente”; y la crisis de la humanidad, de Occidente, sigue sus pasos. 

3. Conclusiones. 

La crisis del humanismo 

Estas son las soluciones de la Técnica y del Progreso. Aplicaremos numerosas medidas medioambientales, pero olvidaremos la responsabilidad cultural del hombre. Todos reclamamos derechos (a un aire puro, a la limitación del ruido, a una capa de ozono integra, a alimentos naturales), pero solo unos pocos asumen responsabilidades reales. La vinculación al medio ambiente se convierte en sentimental, paisajística, ideológica. Educaremos a nuestros hijos en el "verde valle", pero quizás pocos de ellos vivirán algún día en él. Eso si, solo a condición de que la casa tenga agua corriente, luz eléctrica, buenos accesos, mejores vistas, un supermercado cerca, y quizás, porche, piscina, y si se puede garaje para dos o más coches. Propugnamos la "sostenibilidad", pero veremos como los pueblos rurales se despueblan, los campos son recogidos por máquinas o por mano de obra barata, y se descalifican los trabajos manuales y agrarios. Todos queremos ser universitarios. Si no respetamos a nuestros mayores, a los desiguales o a nuestros propios vecinos, no parece viable el respeto a un árbol, a una rata, o a ese Oso polar, del que todos se compadecen, pero al que nadie ayuda en su travesía marina. Si no salimos en defensa de una inmigrante agredida, protagonista de la televisión convertida en “basura” ¿como defenderemos al lince ibérico en peligro de extinción?. 

Todo parece una "ucronía", todo nos acerca al mundo feliz de. A. Huxley. Pero la verdadera lucha por el medio ambiente, parte, como veremos, de la previa salvación de una serie de valores de nuestra herencia grecorromana y judeocristiana, que hoy por hoy, no se enseña en las escuelas. Parte, pues, de un nuevo hombre, sabedor de sus límites, de sus tradiciones, de su “naturaleza de pecador”. Sólo reconociendo a sus antepasados como “ser histórico”, amando a su familia como “ser social”, sabiendo de sus límites como “ser cultural y espiritual”, se podrá evitar ese humanismo degradante para el hombre, que lo convierte en mero instrumento sexual y materialista, sin sentido de la historia y de la trascendencia. Ahí, solamente ahí, es donde se puede evitar que se forjen los verdaderos "terroristas ambientales" de hoy y de mañana.


[1] MAEZTU, Ramiro de: La crisis del humanismo. Los principios de autoridad, libertad y función a la luz de la guerra. Barcelona, Mineva, 1919. La primera edición en español fue publicada en Inglaterra como R. de Maeztu, Inglaterra en armas. Londres, Darling & son, 1916.





Cambio Climatico Padre Manuel María Carreira Doctor en Astrofísica.

La gran estafa del calentamiento global documental doblado 
versión completa, no censurada

VER+:

¿Podrá sobrevivir la humanidad?: he ahí la pregunta que brota espontánea al contemplar cómo las diversas formas de depredación ecológica, las quiebras económicas, el aterrador arsenal nuclear y los desórdenes demográficos amenazan con poner fin, no sólo a la civilización humana, sino a la vida misma sobre la tierra. Frente al espectro del humanicidio, se comprende lo urgente que resulta modificar nuestros comportamientos, crear nuevos valores..., en suma, inventar una verdadera y genuina moral planetaria sin ideologías, ni falacias, ni enlabios, ni manipulaciones. El objeto de este libro es mostrar lo que significa para cada uno de nosotros renunciar al sueño del dominio sobre la naturaleza, establecer un contrato natural, revisar nuestras opciones políticas, cuestionar el principio de la soberanía nacional, aplicar la norma de la equidad en nuestras relaciones con las generaciones futuras y, sobre todo, aprender la frugalidad. La conclusión a la que llega Michel Lacroix es tan clara como inquietante: la moral planetaria se ha convertido en nuestra única posibilidad de sobrevivir. MICHEL LACROIX, profesor de filosofía y doctor en letras, colabora en las revistas Commentaire, Esprit y Raison Présente. Recientemente ha publicado De la politesse (premio Moron de la Academia Francesa).


"El calentamiento global es una estafa, 
el cambio climático es de origen natural, 
el CO2 es muy bueno para el crecimiento de las plantas 
y la subida del nivel del mar es la misma que 
la de los últimos 300 años. 
Hacía mucho tiempo que el Polo Sur no tenía tanto hielo..."




Emergencia climática: 
la ciencia como negocio

Pretender trasladar a la opinión pública la existencia de un consenso científico respecto a la idea de que la actividad humana estaría adelantando el fin del mundo, es mentir. Ocurre que, en la comunidad científica, que es muy amplia, se reproducen los mismos fenómenos que en el resto de la sociedad. Esto significa que la Lógica de la Acción Colectiva (Mancur Olson, 1965) también aplica en la comunidad científica. Así, mientras la mayoría de los científicos se dedica a trabajar e investigar, una minoría organizada, con fuertes incentivos y potentes altavoces, captura la representación del total. 

Los científicos no son religiosos, no han hecho voto de pobreza y castidad. Son personas corrientes y como tales son sensibles a incentivos, en ocasiones, incluso más que el ciudadano de a pie, porque su relevancia profesional depende en buena medida de la notoriedad que les otorguen sus pares. Y esta notoriedad cada vez depende más de una minoría bien organizada. No es por tanto nada extraordinario que los mensajes que llegan al público estén sesgados. Y que otros ni siquiera aparezcan en los medios de información. Qué tiempos aquellos en los que se pensaba que la ciencia era la única actividad humana en la que los errores eran criticados y corregidos.

Por qué Soros es el mayor Enemigo de la Iglesia [¿cómo opera?]