EL Rincón de Yanka: EL HECHIZO DE UNA CULTURA BIEN PENSADA: LIBRO "LA SUERTE DE LA CULTURA" ✨🌍

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domingo, 20 de junio de 2021

EL HECHIZO DE UNA CULTURA BIEN PENSADA: LIBRO "LA SUERTE DE LA CULTURA" ✨🌍


José María Carabante
Si algún sentido tiene la palabra “cultura” es el que se encuentra relacionado con el cultivo de lo humano. Por eso, lo que trata de mostrar este libro es que la suerte del hombre es también la suerte o el destino de la cultura. El autor de sus páginas, reflexiona sobre la cultura y nos aporta ideas para su reconstrucción a través de tres fuentes clásicas: la verdad, el bien y la belleza. Se trataría, según él, de recuperar una noción amplia de cultura que anhela y busca el punto de encuentro entre las ciencias y las humanidades, entre la alta y la baja cultura.
El hechizo de una cultura bien pensada

Estamos ante un libro sugerente, que lleva por subtítulo “Hacia una reconstrucción de la cultura y del hombre” y que viene a ser una propuesta de reconstrucción de las relaciones entre naturaleza y cultura. Incluso se podría decir que es una invitación que reclama un segundo ensayo, o estudio, sobre algunos aspectos sugeridos.
El autor es profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Complutense y responsable de la sección de crítica de libros de Aceprensa. Por lo tanto, maneja una serie de referencias bibliográficas bien aseadas, como si fuera una bodega de vinos frescos, y tiene un estilo ágil, en el combina adecuadamente la argumentación con los ejemplos.

Relaciones entre persona y cultura

Pero lo que interesa de este libro, que sirve para los estudiantes universitarios –incluso los más avezados del bachillerato- y para toda persona que quiera tener alguna idea clara sobre cuáles son los problemas principales de la actualidad cultural, es la perspectiva de fondo, los supuestos sobre los que articula su descripción de las relaciones entre persona y cultura. Una adecuada comprensión antropológica y un fino análisis de los fenómenos culturales de nuestro tiempo.
Podría en esta reseña hacer un listado de tesis sobre las que se organiza la trama argumental del libro. De entre ellas:

  • Existe una reciprocidad entre cultura y naturaleza humana. Para recuperar el sentido liberador de la cultura hemos de partir de una comprensión clara de quiénes somos.
  • Al hombre moderno le han expropiado su experiencia.
  • Debemos reivindicar la cultura como presupuesto de lo humano, la experiencia de sentido frente a las concepciones de la utilidad.
  • La senda más fértil para reconstruir nuestra humanidad es la cultura. Es la hora de que salga en defensa de la naturaleza y del hombre y la mujer.
  • Lo que nos caracteriza, y diferencia, incluso como especie, es que somos seres simbólicos, de sentido. Cultura es la narración que descifra quiénes somos. La pérdida de la conexión con la naturaleza lleva a la corrupción.
  • Vemos la realidad a través de un tamiz simbólico y con la lente de quienes nos precedieron.
  • La crisis de la cultura es la crisis del hombre.
  • No se puede entender el hombre, la cultura como cancelación de la violencia y la religión sin comprender sus relaciones.
  • La antropología filosófica enseña que la singularidad del ser humano estriba en su apertura a la totalidad de lo real.
  • Las patologías que se derivan de la sobredosis de una cultura indiferente a la persona son: la fiebre del yo, la mentalidad relativista y el utilitarismo.
Podría seguir, pero ya se habrán hecho una idea del contenido del libro. Recuerda nuestro autor que Nietzsche, en “Crepúsculo de los ídolos” comentó que se requieren maestros para tres tareas relacionadas con el desarrollo de la persona: “Se ha de aprender a mirar, se ha de aprender a pensar, y se ha de aprender a hablar y escribir”. Y en esas estamos.

NOSTALGIA POR LA CULTURA

Como la aguja de Notre Dame, devorada por las llamas una tarde de abril de 2019, también la cultura parece consumirse ante la mirada atónica e incluso indiferente del hombre. Hay fenómenos que no dejan de suscitar preocupación, como la crisis de las humanidades, la mejorable calidad de la cultura de masas o el consumismo, y que parecen dar la razón a los agoreros del espíritu, es decir, a quienes desde hace décadas se han apresurado a denunciar el ocaso de la cultura. En su opinión, habríamos dejado atrás la época dorada del conocimiento para adentrarnos en un período tenebroso e iletrado y estaríamos condenados a vagar desamparados de todo sentido. Los nuevos populismos, esos remedos de la antigua mentira que son las fake news o la adicción a las conspiraciones se podrían interpretar, asimismo, como frutos de la supuesta agonía de la cultura.

Esta lectura pesimista es muy atractiva para quienes conservamos fotografías en sepia, amamos los libros viejos o tenemos costumbres melancólicas que nos convierten en miembros de una tribu extravagante. Es romántico pertenecer a esa suerte de cofradía de la cultura y salir, pertrechados de infinitas epopeyas e innumerables mitologías, a impugnar el progreso o denunciar la expropiación de los últimos reductos de lo humano. Los que enseñamos historia, filosofía y literatura —por no hablar de esos titanes que imparten latín, e incluso griego—, nos aprestamos cada septiembre, algo quijotescamente, a vencer la apatía inicial de nuestros alumnos, ensayando una y otra vez argumentos para superar su resistencia y sembrar la inquietud por una región, como la de la cultura, que es para ellos tierra ignota.

La nostalgia espiritual, sin embargo, convive con el optimismo de aquellos que celebran los avances de los últimos siglos. Ha aumentado, señalan, el conocimiento que tenemos acerca del mundo y las nuevas tecnologías lo han puesto al alcance de todos, con independencia del nivel económico. También vivimos mucho más tiempo y aunque las desigualdades, por desgracia, no han desaparecido, estamos mucho más sensibilizados ante ellas y hemos mitigado bastante el lastre de la pobreza.

¿No podríamos interpretar la pugna entre unos y otros como la última batalla que enfrenta a las humanidades con las ciencias? Siempre es difícil datar los mitos, pero sabemos con exactitud cuándo nació el de las dos culturas: fue en una conferencia impartida en Cambridge por el físico y novelista inglés C. S. Snow, en la primavera de 1959. Desde entonces, no solo nos hemos visto obligados a elegir, apenas entrábamos en la adolescencia, entre las letras y los guarismos, con la misma pesadumbre que sentíamos como cuando, de niños, nos preguntaban a quién queríamos más, si a mamá o a papá, sino que la cultura se resiente de una profunda herida que está lejos aún de cicatrizar. A partir de ese fatídico día, se han considerado irreconciliables los dos ámbitos del saber y la disyuntiva ha entrado, sin objeción alguna, en los planes de estudios, difundiéndose la polarización espuria entre, por un lado, el conocimiento científico, con indudables beneficios, y, por otro, el improductivo, conformado por el acervo de leyendas y fábulas propio de las letras.

Este ha sido, entre otros, uno de los motivos por los que la cultura ha estado tambaleándose en las últimas décadas. Probablemente no podamos remontar su declive obcecándonos en descubrir su “utilidad” para contrarrestar el peso de la ciencia, como se ha pretendido, sin antes reconocer que el espíritu, nuestro espíritu, tiene necesidades tan inexcusables como las que importunan al cuerpo. Dicho de otro modo, si insistimos en pasar por alto nuestra condición, como veremos en las páginas que siguen. Porque existe, y es eso lo que desafortunadamente hemos arrumbado, una reciprocidad ineludible entre cultura y naturaleza humana, de manera que, para recuperar el sentido liberador de la primera hemos de partir de quiénes somos. Pero, por otro lado, la cultura, la auténtica cultura, es también el camino más próximo del que disponemos para reconstruir lo humano. Sin ella, caeríamos, una vez más, en la barbarie.

Rebatamos, para empezar, el pernicioso mito de las dos culturas, recalcando que no es cierto que las humanidades miren al pasado o constituyan una fuerza reaccionaria frente al continuo progreso de la esfera científico-técnica. Ambas reflejan dimensiones complementarias e insustituibles de nuestra especie. Si las letras obviaran las contribuciones de la ciencia, si postergaran lo que estas últimas aportan, se convertirían en una impostura naíf y, lo peor de todo, miope. Pero también las ciencias, desgajadas de la matriz de sentido que proporcionan los saberes humanísticos, supondrían una amenaza, como se desprende de las lecciones de la literatura futurista.

Sea como fuere, la réplica más rotunda a la tesis de Snow se encuentra muy cerca de donde impartió su conferencia. En concreto, a unas manzanas de allí, en la capilla del Trinity College, el lugar en que se levanta la circunspecta estatua de Isaac Newton. Para el físico inglés, los intereses de la ciencia no estaban en contradicción con las preocupaciones existenciales. Newton ponía el mismo ardor en indagar las causas visibles del orden cósmico que en especular sobre la naturaleza de Dios o en escudriñar los secretos de la Escritura. Sus manuscritos sobre estas últimas cuestiones, que se conservan en la Biblioteca Nacional de Israel, muestran, efectivamente, que su entusiasmo religioso era tan ferviente como el científico. ¿Habría podido desarrollar su vocación en el campo de la física sin la vehemencia espiritual que transmiten esos legajos y que, cegados como estamos por el mito de las dos culturas, suscitan tanta perplejidad en el hombre de hoy? Newton no fue el único: lo que representa él en el campo de la ciencia, lo es Da Vinci para el arte: figuras en las que reverbera el entrecruzamiento fecundo que acaece cuando la sensibilidad por las letras concurre con una obsesión científica igualmente incontenible.

Hombres demediados

Ciencias y letras forman parte de la cultura, es decir, del conjunto de conocimientos y prácticas que caracterizan la vida del hombre. Tradicionalmente, sus enseñanzas se han impartido bajo el nombre de “saberes liberales”, aunque hoy, sintomáticamente, la expresión designa casi siempre la docencia de las humanidades, suponiendo que los planes de estudios universitarios se encargan de dispensar el conocimiento especializado que requerirán los estudiantes en el futuro. Nada más alejado de la realidad, puesto que los alumnos, tanto en facultades desvencijadas como en imponentes centros de estudios saturados de cristaleras y cables, aprenden a lo sumo los rudimentos técnicos de una profesión.

Tal vez por este motivo, justo cuando nos intima por doquier el requerimiento de la utilidad, sea conveniente recordar el origen de las artes liberales. Si en su momento se consideraba que estas disciplinas, entre ellas alguna tan exótica para nosotros como la teología, “liberaban” era porque hacían posible el ejercicio de lo propio del individuo —el ejercicio de la razón, del espíritu—, frente a las llamadas artes serviles, que procuraban la satisfacción de las necesidades. «Únicamente se llaman libres —explicaba Tomás de Aquino en su Comentario a la Metafísica de Aristóteles— aquellas artes que están ordenadas al saber; aquellas, en cambio, que están ordenadas al logro de un bien útil, se llaman ‘serviles’». Liberal era, ante todo, lo que no poseía aplicación inmediata: lo que no servía, literalmente, para nada, porque no era medio para otros logros. No había diferencia entre ciencias y letras, sino entre ambas y la técnica. En esa cualidad, en el hecho de que el conocimiento de estas materias era un fin en sí, estribaba el valor que tenían para la emancipación del hombre. Fue esto precisamente lo que no acertó a adivinar la muchacha tracia que se burló de Tales: que su risa constituía la cadena más hiriente porque es la que uno consiente en ceñirse cuando decide abajar su mirada, mientras que Tales era libre ya que, aun magullado en las profundidades del pozo, podía seguir contemplando las estrellas.

A partir de esa concepción de los saberes liberales, podemos definir la cultura, tan próxima a ellos, como el cultivo de lo humano. Forma parte de ella toda experiencia que posibilite el desarrollo de nuestra humanidad, así como de lo más propio que poseemos: la libertad. Desde hace más de un siglo, no han dejado de existir soñadores que defienden la inclusión de programas de artes liberales en los planes de estudios con el fin de garantizar la formación integral de los alumnos. Que se haya señalado que de esa parte del currículum académico depende la educación del gentleman debería decirnos mucho de su envergadura y no porque se trate de una enseñanza reservada a un estrato social o constituya la punta de lanza de exclusiones vergonzosas, sino porque son disciplinas que contagian un elitismo cultural poco proclive a las diferencias sociales. De lo que se trata es de insistir en que no es suficiente con que el hombre acumule conocimientos especializados: hay que despertar en él la sensibilidad liberadora de la cultura.

Y es que no hay nada más redentor que la cultura, que el conocimiento. Lo ha comprobado hace muy poco tiempo Tushar Sing, un estudiante indio de dieciocho años que pertenece a la casta de los parias. Los periódicos se han hecho eco de su historia porque Sing, que es un dalit, obtuvo la máxima calificación en los exámenes de ingreso en la universidad. En todos. A pesar de la discriminación social a la que se ven expuestos quienes comparten su condición, Sing, que desea estudiar historia y ser funcionario del gobierno, ha podido corroborar que el trabajo de su inteligencia ha logrado algo inusitado en su país: que un paria protagonice una buena noticia.

En nuestra forma de ver el mundo, sin embargo, pesa todavía un prejuicio ilustrado y libresco: pensamos que la cultura se encuentra en los libros y que podemos alcanzarla acercándose a sus lomos. Que se imparte desde las cátedras o que viaja en esporas por los frondosos campus de las universidades, una creencia que demuestra lo alejada que se encuentra en la actualidad de la vida. Por eso, cuando hablamos de ella, solemos hacerlo como si se tratara de un entretenimiento, el pueril pasatiempo al que nos dedicamos si nos fueran a interrumpir el trabajo.

Será difícil entender la cultura como algo vital —no como una erudición asentada en decrépitos infolios—, si tenemos en cuenta que nuestra concepción acerca de lo que constituye una experiencia también se ha estrechado, exiliando de nuestro horizonte existencial la cuestión del sentido y empobreciendo nuestras biografías. Como indica Giorgio Agamben en Infancia e historia: «En la actualidad, cualquier discurso sobre la experiencia debe partir de la constatación de que ya no es algo realizable. Pues, así como fue privado de su biografía, al hombre contemporáneo se le ha expropiado su experiencia (…) Para efectuar la destrucción de la experiencia no se necesita en absoluto de una catástrofe y para ello basta perfectamente con la pacífica existencia cotidiana en una gran ciudad. Pues la jornada del hombre contemporáneo ya casi no contiene nada que todavía pueda traducirse en experiencia».

Palpamos a nuestro alrededor objetos, vemos sus formas e indagamos su utilidad, pero nos hemos cerrado al significado profundo que revelan. No podemos decir que las “experimentamos” con toda propiedad. Y eso ha afectado a la cultura, que está constituida por el conjunto de vivencias enriquecedoras, de índole espiritual, que contribuyen a forjar nuestra humanidad; que nos hacen, en resumen, más humanos. Aunque la cultura no es una “experiencia” más, sino la auténtica experiencia del hombre, la que nos pone en contacto con la “sabiduría del mundo”. A ella llegamos gracias a los libros, ciertamente —¿quién no se ha sentido transformado, tocado en lo más profundo de su ser, tras leer un poema? Pocas experiencias han sido más conmovedoras para mí que la lectura de La canción de amor de J. Alfred Prufrock, de T. S. Eliot—, pero no son los únicos vehículos, ni los principales. En realidad, no podemos estar seguros de cuándo, dónde o qué hará que prenda la chispa de la cultura, el atractivo por lo humano. Desde esta óptica, es cultura tanto un teorema matemático, como una acción heroica; un atardecer igual que una cantata de Bach… cualquier vivencia que, por su valor en sí, nos reconcilia, transformando nuestro espíritu.

También es cultura el cúmulo de intuiciones legado por la tradición, ese saber destilado a lo largo de siglos que ninguna enciclopedia condensa. Es un conocimiento tan general y tan vasto que no llegaríamos a imaginar sus confines. Se transmite por una especie de ósmosis de un sujeto a otro, de una comunidad a quienes forman parte de ella, de los maestros a los discípulos, proporcionando las coordenadas en las que nos ubicamos en el mundo. Engloba el misterioso nombre de aquel aedo ciego que escribió la Odisea, pero también actitudes tan humanas como respetar a los ancianos, por ejemplo, o esperar nuestro turno. O sea, la cultura es garantía de civilidad, porque si nos han de recordar cuándo ceder el asiento es que estamos en la mismísima antesala de la barbarie.

Ese sedimento que nos exhorta a desarrollarnos y a crecer no aparece tampoco en ninguna web. Y puede que, en nuestros días, el vigor de su humus se haya debilitado por la excesiva confianza que depositamos en la ciencia y la creciente especialización del conocimiento. Porque hoy, la ciencia se ha desprendido del tronco de las artes liberales, sometiéndose a los dictados de la técnica. Una civilización que, como la nuestra, apuesta todo su patrimonio cultural por el valor de lo útil, frente a la experiencia del sentido, no tiene más opción que reconcentrar sus recursos en áreas concretas y especialmente provechosas. La técnica exige expertos, no la vaga formación que proporciona lo que se entiende por cultura. Pero esa exigencia resquebraja la unidad del saber y la nuestra: la especialización nos disocia, convirtiéndonos en hombres demediados, como el famoso protagonista del cuento de Calvino.

Reivindicar la cultura como presupuesto de lo humano supone rebelarse ante nuestra desintegración. Los síntomas de decadencia, las crisis que, periódicamente, sacuden nuestros hemisferios, alimentan la sensación de que, pese a que nos comunicamos cada vez con celeridad o disfrutamos de comodidades insólitas, la naturaleza humana se encuentra en repliegue. Nuestra última tribulación ha sido un minúsculo agente infeccioso que ha saturado de muerte y enfermedad el día a día, obligando a plantearnos si el modo de vida contemporáneo, centrado en el consumo, es el más acorde con nuestra forma de ser. Recluidos entre cuatro paredes y calmando la sed de dopamina con dosis regulares de noticias, hemos podido constatar, tal vez por primera vez en nuestra existencia, que hay, además de objetos que sirven, cosas que importan.

Pero no aprovechemos la última pandemia para alimentar narrativas de la catástrofe o escribir épicas de la esperanza. Sería un recurso fácil. De lo que se trata es de recordar que la senda más fértil para reconstruir nuestra humanidad es la cultura y de que llegado la hora de que esta salga en defensa de la naturaleza y del hombre. De hecho, si, como veíamos que sostenían sus últimos profetas, la cultura se halla en crisis, no deja de ser porque el hombre, al fin y al cabo, lleva siglos estándolo. Y de la misma manera que el cuerpo lucha y muere por la acción de los virus, también el espíritu puede enfermar, poniendo en peligro nuestro ser, nuestra condición.