EL Rincón de Yanka

inicio














domingo, 4 de mayo de 2025

LIBRO "ESPAÑA, ZONA DE CONFORT CRIMINAL": ¿CÓMO HEMOS LLEGADO HASTA AQUÍ? 👮 TODO LO QUE ESTÁ EN JUEGO DE NUESTRA LIBERTAD Y SEGURIDAD por SAMUEL VÁZQUEZ y JOSEMA VALLEJO

ESPAÑA, 
ZONA DE CONFORT 
CRIMINAL
👮

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? 
Todo lo que está en juego en la conservación 
de nuestra libertad y seguridad

Sofisticadas organizaciones criminales internacionales.
Mandos policiales que han convertido la seguridad en su cortijo.
Una sociedad temerosa y desorientada frente al deterioro de su país.
Cientos de asociaciones y ONG subvencionadas que convierten el drama en negocio.
Una clase política incompetente y cobarde, cuando no condescendiente con el crimen.
Estos son los principales atributos de la zona de confort criminal en la que se está convirtiendo España. Para Josema Vallejo y Samuel Vázquez, la seguridad y la lucha eficaz contra el crimen van más allá de la tradicional división política entre derecha e izquierda. En nuestras costas, en Barcelona, Madrid o en muchas otras ciudades se libra una pelea diaria en la que estamos perdiendo terreno frente a las mafias, las bandas organizadas, el narcotráfico, el tráfico de personas y la violencia extrema.
Mientras tanto, late un conflicto silenciado en parte por el ruido mediático. Es el que enfrenta a una poderosa minoría con intereses en un sistema inoperante y en buena medida corrupto contra una mayoría ciudadana que lo sufre. Este libro dedica sus páginas a explicar la relación entre ambos problemas y cómo sin resolver el segundo será imposible superar el primero. Se trata de una batalla trascendental que tendremos que afrontar como sociedad si queremos conservar la libertad, el bienestar y los valores que le habían dado forma.
Introducción 
UNA POLÍTICA PROCRIMINAL 

Cuanto más cerca está la caída de un imperio, 
más locas son sus leyes. 
Atribuido a Marco Tulio Cicerón 

Elitecracia, una agenda política que nadie ha votado 

Uno tiene la sospecha de que las reglas del juego social están, como mínimo, parcialmente adulteradas. Las noticias de pequeños y grandes hechos delictivos nos han acompañado desde que tenemos memoria, ya se trate de hurtos, robos, palizas, violaciones, asesinatos, secuestros o terrorismo. Desde que existen los medios de comunicación y podemos conocer, casi en tiempo real, lo que ocurre en el mundo, y aunque las personas honradas saben que poco podemos hacer por evitar que el crimen exista, lo único a lo que podíamos aspirar era a que no nos afectara a nosotros o a los nuestros. Veíamos el telediario y en algún lugar remoto —y si era en España, siempre en las habituales zonas marginales—, los dramas se sucedían, pero, por lo menos, no en nuestro barrio, no debajo de nuestra misma casa. La verdad es que vivíamos relativamente tranquilos porque, a excepción de las bombas y los tiros en la nuca de ETA —y durante mucho tiempo convencieron al españolito medio de que eso solo le ocurría a los militares, policías y guardias civiles—, la probabilidad de convertirte en víctima de la violencia era muy baja.

Hay quien sostiene que la delincuencia es una disfunción social que puede solventarse por la vía de la educación y con aquella cacareada máxima de la «igualdad de oportunidades», pero todos sabemos ya que ese razonamiento, que tenía sentido en los contextos sociales de mediados del siglo pasado, está dejando de servir en el mundo actual, donde la criminalidad tiene otro rostro y otros métodos operativos más globalizados y peligrosos. 

El fenómeno clásico de la delincuencia, el de tirón de bolso y atraco a farmacia es fácilmente comprensible. Como decía Sabina en «Princesa»: 

Tú que sembraste en todas las islas de la moda las flores de tu gracia 
¿Cómo no ibas a verte envuelta en una muerte con asalto a farmacia? 
¿Con qué ley condenarte si somos juez y parte, todos, de tus andanzas? 
Sigue con tus movidas, nena, pero no pidas, 
que me pase la vida pagándote fianzas. 

En ese modus vivendi ochentero, el contexto social de tu existencia, tu cuna, los posibles de tu familia, tu entorno y tu barrio sí condicionaban de manera evidente tu conducta futura, y sin justificar ni entrar en grandes debates técnicos sobre criminología, sí podía explicar algunos comportamientos antisociales (la mayoría no tenían otra explicación que una palabra: heroína). Por eso, Sabina también dejó claro su negativa a condenar ese comportamiento antisocial: «¿Con qué ley condenarte si somos juez y parte, todos, de tus andanzas?». 

Y es que resultaba obvio. De madre prostituta y padre alcohólico, o de padre toxicómano y madre ausente o desde la crianza en el descampado, rodeado de jeringuillas, difícilmente, aunque se hayan dado casos, encontrábamos veinte años más tarde a la siguiente generación de doctores en Filosofía o Arquitectura. 

La responsabilidad de aquella sociedad desordenada era de todos, pero ese contexto social ya no opera hoy como un marcador definitivo, aunque de eso hablaremos más tarde. 

Una puñalada es una puñalada, y todos sabemos lo que ocurre cuando te apuñalan en el corazón. El titular es fácil de leer y la noticia sencilla de entender: «Joven de veinte años muere apuñalado». 

Y cuando lees en el cuerpo de la noticia que el muchacho estaba en la puerta de una discoteca y que llegó un grupo de chavales de una banda y le clavaron un pincho en el corazón, ya tienes claro lo que ha pasado. Algunos ciudadanos, tengan hijos o no, toman conciencia y se preocupan porque ven que el rumbo de la sociedad no es el correcto; otros solamente se interesan por el problema cuando tienen hijos. 

Sin embargo, también hay una parte anestesiada, tenga descendencia o no, que cree que esas noticias son falsas, que nada de eso ocurre y que España es el país más seguro del mundo mundial porque gobiernan los suyos. Y también creen, por el contrario, que el mismo día que dejen de gobernar los suyos, pasará a ser un nido de delincuentes. Sí, es curioso comprobar que hay personas que no creen que dentro de nuestro mundo brillante se esconde uno muy oscuro. No importa cuántas noticias lean o cuántos testimonios escuchen, no lo creen hasta que no lo sufren. A veces, ni así llegan a creerlo. No saben lo rápido que el caos se extiende cuando las leyes se malean y corrompen, cuando el principio de igualdad se quiebra y cuando no se apoya a los agentes del orden. No entienden que los lobos acechan y que las ovejas están perdidas si atamos a los perros pastores. La realidad es que existen personas que tienen la desgracia de nacer con el cerebro averiado, y otros de ir a caer en familias completamente desestructuradas que viven en, por y para la delincuencia. También los hay malvados, viles, que disfrutan haciendo daño. Se les ve de lejos, casi lo llevan escrito en la cara. No obstante, los hay con exquisita educación y formación académica de alto nivel, con cabal apariencia y modales, pero que son criminales sin escrúpulos ni empatía. No se manchan las manos, pero con su acción, arruinan vidas y empresas e, incluso, destruyen naciones. Esta delincuencia, por lo sofisticada, pasa desapercibida para el común de los mortales hasta que, por azar, se tropiezan con ella de morro: el capital de una inversión que desaparece, los fondos de la cuenta corriente de una caja de ahorros que se han volatilizado, el dinero de unas pensiones contributivas «garantizadas» para las que ya no hay garantías porque el sistema es inviable, ingentes cantidades en subvenciones que siempre reciben los mismos, administraciones desleales o dinero público que «no es de nadie» —aunque en el fondo sabes de sobra que parte de ese dinero público es tu dinero—, la especialidad del niño bien que estudió económicas o empresariales y acabó arruinando la empresa que fundó su padre o el que, a sus tiernos dieciocho añitos, se afilió a las juventudes de un partido y acabó en un consejo de administración. En fin; el peculio, la divisa, el oro y el papel moneda suelen ser el objeto deseado de la «criminalidad limpia» y de la «criminalidad sucia», pero a diferencia de la «sucia» —donde lo que se busca es un Audi más grande, una cadena de oro más gorda o un adosado donde construir una piscina de mármol y un baño con grifería dorada—, la «limpia» o de corbata busca simple y llanamente poder, con todo lo que el poder implica. 

¿Qué ocurre con la delincuencia que tradicionalmente se llamó de guante blanco? Y no nos referimos al elegante ladrón que roba un Rembrandt en un museo. Hablamos del chorizo de traje y corbata con cargo público que se vale de su puesto para llevárselo crudo, o para que otros se lo lleven a cambio de posteriores favores y puertas giratorias, o bien del que permite con su acción u omisión que el delincuente profesional tenga una carrera fecunda. El político, el gobernante, el diputado, director general o secretario de Estado que, con sus leyes absurdas o participando del sistema, contribuye a que nuestro país se esté convirtiendo en un nido de criminalidad y podredumbre, cada día más apestosa, ante la que ese ciudadano honesto, del que empezábamos hablando, está desamparado e impotente. Ni siquiera puede defenderse ya que esas mismas leyes que miman al delincuente, examinarán cada uno de sus movimientos el día que —Dios no lo quiera—, miembros de un clan entren en la casa donde duermen sus hijos de madrugada. 

—¿Fue usted proporcional? ¿Fue congruente? ¿Hubo necesidad racional del medio de defensa empleado? ¿Y ese disparo por la espalda? 

—¡Yo qué sé! Estaban mis hijos durmiendo y ellos eran tres encapuchados. Agarré la escopeta y disparé a todo lo que se movía. Estaba yo como para pensar. ¿Por qué no los examinan a ellos? 

Nayib Bukele, presidente de El Salvador, ha hecho célebre la frase que algunos llevamos casi una década pronunciando: 
«Cuando un gobierno no combate efectivamente la criminalidad no es porque no tenga la capacidad de hacerlo, sino porque los cómplices de los criminales están en el Gobierno». 

Y así es: las naciones podridas son hijas de dirigentes podridos. Dirigentes que provienen de una sociedad que primero es individualista, después indolente ante la desgracia ajena y, al final, víctima de su propia inacción cuando la delincuencia la aplasta y ya es demasiado tarde para todo. Este es el escenario actual. El fin del mundo occidental. Un mundo sometido a una agenda que nadie ha votado, que nadie termina de entender y ante la que nadie protesta, porque los líderes de los habituales agentes de agitación callejera, los jóvenes de la izquierda, rebeldes de IPhone, Vans y X —antes Twitter—, han sido comprados por las élites que promueven esa agenda para que actúen como disidencia controlada, defendiendo todos y cada uno de los puntos del oscuro ideario que, repetimos, nadie ha votado: la elitecracia. 

La elitecracia es el poder oculto, difuso. Es la mano que mece el mundo. Todos hablamos de ese poder, pero nadie lo conoce. Cuidado, amigo, porque convertirse en siervo de la elitecracia es muy sencillo. Basta con leer poco o leer mal. A veces basta con leer demasiado de lo que algunos han escrito para adoctrinar a los que les han de servir. 

En ocasiones, esos siervos pueden llegar a ocupar cargos de relevancia intermedia, pero muy bien remunerados. Es ahí, cuando pobres desgraciados que hasta entonces eran personas normales o lo parecían, pasan de ser corrientes asalariados a ostentar carguito y, es ahí, cuando sacan lo que llevan dentro y demuestran que este mundo no tiene arreglo. 

Es el albañil convertido en concejal que, de pronto, se transforma en promotor y constructor, pelotazo mediante. Es el abogado, la juez, el empresario y el camarero, la arquitecta y la metre del hotel; la médico y el músico de orquesta que, por alguna magia o hechizo, reciben una pizca de poder político y se vuelven locos, ajenos a lo humano, y pasan a creerse el ombligo del mundo, a llegar tarde a todas partes porque, mientras que antaño no eran nadie, ahora se creen muy importantes. 

En ese proceso, una profesora de la concertada, por ejemplo, que gana poco más de 1.600 euros al mes, consigue un carguito a base de sonreír y aparecer en todos los actos del partido, sabiendo a quien tiene que hacer la pelota y que, en poco tiempo, pasa a cobrar 3.000 euros y, después, 4.000 —y, aun así, le sigue pareciendo poco y se permite el lujo de decir que «pierde dinero en política»—, se pierde la noción de la realidad. Es en el juego de mantenerse y de querer lo que es de otro, en el que no importa mentir, trepar y medrar, levantar falsos testimonios contra los que tiene a su alrededor, con tal de seguir saliendo en la foto. Y es en el momento en que empieza a exigir que le lleven cada día el café al despacho o a pedir que le cambien las obras de arte de la pared porque «le parecen muy tristes» cuando, alguien que no era nadie, se viene arriba y cree que los que eran de su categoría laboral hasta hace un par de meses ahora son sus esbirros. En ese periplo se consiguen arruinar otras vidas y, aunque ellos no se den cuenta, acaban convertidos en mamarrachos apesebrados cuya única opción —porque en cualquier otra esfera de la vida se morirían de hambre o ganarían cuatro chavos—, es seguir agarrados al clavo ardiendo del miserable puestecito que justifica su patética existencia. 

Es la condición humana, parece ser, envidia y codicia. Y más que envidia y codicia, cobardía y paranoia. El siervo de la elitecracia siempre está alerta, porque se cree elegido y, a su alrededor, todos conspiran para arrebatarle su puesto. El siervo cree que lo espían, que tiene micros en el despacho, agentes de información que lo siguen; cualquier noticia sin importancia en la que sea citado, es para el siervo una afrenta directa a su persona. Todos se han confabulado en su contra. La desconfianza y el miedo que siente no son otra cosa que el reflejo de su mediocridad y su estupidez. No tolera que nadie le lleve la contraria. El siervo de la elitecracia necesita de la mentira y el halago, porque tiene tanto miedo de los que le dominan que ejerce su despotismo sobre los que están por debajo de él. Exhibir sus constantes caprichos y su despotismo es la forma de colmar su necesidad de sentirse importante. Siempre está rodeado de gente con la que sonríe y se abraza, pero no ama ni es amado. 

No es extraño que este tipo de gente, que se cree con derecho a tenerlo «todo pagado», acabe creyendo que todo el presupuesto de una institución les pertenece. Y así pasa que, a fuerza de ir contratando y comprando para sí o sus acólitos, acaba tejiendo una red clientelar de favores, cohechos, prebendas y tráfico de influencias que se lleva toda la pasta. Y se sorprende cuando la UCO de la Guardia Civil entra en su casa y se lo lleva engrilletado y se pregunta qué ha hecho mal.

Gobernar para el crimen 

El crimen es tan antiguo como el mundo. Se ha usado como método de supervivencia, como forma de enriquecimiento o como sistema de desestabilización política mediante el terror, pero en muchas ocasiones se ha desarrollado con la complacencia de las más altas esferas del Estado. 

Es por eso que llega un momento en la historia de todo país en el que los ciudadanos de a pie —confiados en que por encima de ellos hay un sistema protector y garante de sus derechos, con una maquinaria que sanciona al malo y recompensa al bueno y que incluye a una policía que impide cualquier desorden y agresión— se caen del guindo y se dan cuenta de que están solos, de que son esclavos del sistema y no ciudadanos, de que son el juguete del poder y no el objeto de su cuidado. 

Ese día, cuando la protección ha fallado, cuando el daño se ha producido y es irreparable, no importa qué indemnización puedan recibir, la desesperanza cunde en las víctimas y sus familias. Esas familias ya nunca esperarán nada del sistema ni de sus leyes. Resignados a vivir su sufrimiento en soledad, podrían llegar a asumir que su pérdida fuera olvidada por la sociedad, pero lo que jamás podrían imaginar es que su pérdida, su inmenso sacrificio, fuera despreciado precisamente por las más altas instituciones de un Estado al que, ahora, ya consideran cómplice. 

«Ya no me quedan dudas de que cerrarás más veces los ojos y dirás y harás muchas más cosas que me helarán la sangre». 
Estas palabras son parte de una carta que Pilar Ruiz escribió en mayo de 2005 al entonces secretario general del Partido Socialista de Euskadi, Patxi López, cuando el PSOE comenzaba a blanquear la historia de la banda terrorista ETA por intereses políticos. Entonces no se usaba el término «viral» y las redes sociales estaban en pañales, pero el contenido de la carta corrió como la pólvora en la prensa, televisión y radio. Sin embargo, el mensaje no debió llegar a Patxi López ni a ninguno de los miembros del gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, entonces en el poder. Si llegó, se lo pasaron, como vulgarmente se dice, por el forro. 

Para entender por qué Pilar Ruiz tenía motivos para estar cabreada, conviene explicar que era la madre de Joseba Pagazaurtundúa, militante socialista y jefe de la Policía Local de Andoáin asesinado por ETA el 8 de febrero de 2003, dos años antes de que escribiera tan proféticas palabras. 

Pagaza, como le llamaban sus amigos, fue sistemáticamente acosado por los vecinos de su pueblo e, incluso, por los mandos policiales de la Ertzaintza, que ignoraron deliberadamente cuantas informaciones sobre el entorno de ETA intentó trasladar a la cúpula para que se produjeran detenciones. A raíz de ello y de que comunicó a la Guardia Civil aquellos datos y se desarticuló un comando terrorista, su calvario se tornó martirio. El entorno abertzale quemó cuantos coches tuvo, incendió la fachada de su casa, amenazó su vida y la de su familia. Pagaza solicitó en reiteradas ocasiones su traslado y escribió a Javier Balza, consejero de Interior del gobierno vasco, afirmando que «cada día veo más cerca mi fin a manos de ETA». Este no hizo absolutamente nada. Cuando a Joseba le volaron la cabeza de cuatro tiros, mientras estaba en un bar, negó haber recibido aquellas cartas. 

Al año siguiente, el ayuntamiento de Andoáin le concedió la medalla al mérito, con los votos en contra del PNV y Eusko Alkartasuna, otro de esos partidos que han acabado por integrarse en Bildu. La excusa que utilizaron para votar en contra de la condecoración fue que «el homenaje rompía los consensos». 

En mayo de 2006 un soplo a los responsables del aparato de extorsión de ETA, ordenado por parte de la cúpula del ministerio de Interior, dirigido entonces por Alfredo Pérez Rubalcaba, desbarataba en el bar Faisán de Irún (Guipúzcoa) una larga investigación para desmantelar parte del sistema de extorsión de la banda. Este suceso coincidió casualmente con la tregua de ETA, conseguida por Zapatero. Esta «tregua», vendida a la sociedad española como «el fin de ETA» y que, tras unas cuantas bombas, unos cuantos muertos y muchas bajadas de pantalones del Gobierno, culminó con una grotesca puesta en escena, digna del más disparatado episodio de La Vida de Brian, en la que los terroristas presentaron cuatro pistolas oxidadas fingiendo que entregaban todo su arsenal y renunciaban a la lucha armada. 

La citada escenificación, por lo ridículo, podría haber encajado perfectamente en un gag de La hora chanante y resultaría graciosa de no ser porque, detrás de aquellos asesinos embozados, había tantos crímenes. Entregaron aquellas pistolas roñosas, unos petardos y cuatro escopetas, pero guardaron a buen recaudo abundante material por si volvían a necesitarlo. Por lo demás, efectivamente, renunciaron a la «lucha armada». Eso dijeron. Ya no les hacía falta. 

Cuando a la banda de valientes que disparaban siempre por la espalda ya no le quedaba un hálito de vida, derrotada por el ejército, los policías y los guardias civiles, la tregua del PSOE supuso para ellos un balón de oxígeno. Y todo para poder vender en el futuro que el fin de ETA había sido éxito y mérito suyo. ¿Cómo no se le iba a helar la sangre a los familiares y amigos de las víctimas? 

ETA y sus grupúsculos acababan de vencer al Estado. A partir de entonces, dictan el destino de millones de españoles desde sus escaños en el Congreso de la nación que odian y, poco a poco, con la sabiduría de la experiencia que acumulan en la materia, secuestran las instituciones de la autonomía vasca, desplazando al Partido Nacionalista Vasco, al que bien empleado le está, pues fueron los padres y abuelos que consintieron a los niños mimados de la borroka que hoy les disputan en el poder. 

Aun así, los etarras no se resistieron a una última demostración de fuerza. El 30 de diciembre de 2006 volaron el aparcamiento de la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas, mataron a dos personas, dejaron millones de euros en daños y, ni por esas, el Gobierno fue contundente en su mensaje de condena ni en su acción. Llegaron incluso a justificarlo con los habituales «no querían», «se les fue la mano» o «avisaron, pero fue tarde». El propio ministro Pérez Rubalcaba afirmó que «probablemente no formaba parte del plan de ETAque murieran dos personas», y el presidente Zapatero se refirió al  atentado diciendo que había sido «un accidente». El Estado de derecho volvió a agachar la cabeza. 

Veinte mil personas se encontraban aquel día en la terminal. No fue una masacre de proporciones bíblicas porque cientos de policías, vigilantes de seguridad, empleados de las compañías aéreas y personal del aeropuerto se jugaron la vida para evacuar la terminal y el aparcamiento. No llegaron a tiempo para salvar a los ciudadanos ecuatorianos Diego Armando Estacio y Carlos Alonso Palate, de diecinueve y treinta y cinco años, respectivamente, que se encontraban en sus vehículos, esperando a unos familiares. Fallecieron enterrados bajo toneladas de escombros. Veintiséis personas resultaron heridas. 

El Gobierno despachó la muerte de estos pobres currantes, que habían venido a nuestro país a trabajar como mulas para proporcionar un mejor futuro a sus familias, con una serie de actos difundidos a bombo y platillo. Retornaron los cadáveres a su país. ¡Qué menos! Les dieron 280.000 míseros euros de indemnización y, en febrero de 2007, publicaron en el BOE la concesión de la medalla de oro al mérito en el trabajo. Como siempre, tarde; como siempre, tapando los cadáveres con tierra y las negligencias políticas con pompa y boato. 

Muchos personajes fueron los protagonistas de aquella España oscura de finales del siglo pasado, que nos trajo hasta esta era aún más tenebrosa. José María Setién, el obispo de San Sebastián, que desde la década de 1980 cobijó en el seno de la iglesia a los terroristas, dio continuidad a la tibieza de parte del clero vasco que se olvidó del «no matarás». Javier Arzalluz, el político del PNV que se solazaba de recoger las nueces que caían de los árboles que agitaban «los chicos de la gasolina». Baltasar Garzón, el juez que llevaba demasiado tiempo entretenido instruyendo la trama de extorsión etarra sin llegar a ninguna parte. Fernando Grande-Marlaska —que, siendo juez, ordenó a los guardias civiles que llevaron el caso Faisán que «solo le informaran a él y no a sus superiores»—, años más tarde, ya como ministro del Interior, cesó al coronel Pérez de los Cobos por informar solo al juez y no a sus superiores. 

España: zona de confort criminal, con Samuel Vázquez y Josema Vallejo


Cómo era vivir en ESPAÑA en los años 60. 

De la llegada del SEAT 600 y la televisión en blanco y negro al boom turístico, las migraciones del campo a la ciudad y la vida cotidiana bajo la censura. Un viaje sencillo y emotivo por una década que transformó al país: comida humilde, fútbol de los domingos, música ye-yé, el papel de la Iglesia y el cambio que muchos vivieron en primera persona.

"LO MÁS ENTRAÑABLE DE LO VIVIDO NO HA SIDO NI PRONUNCIADO NI EFECTUADO. 💕 TAN SOLO EL ENCUENTRO EFERVESCENTE EN LA ALBA MIRADA IMPLÍCITA DE COMPLICIDAD" YANKA

"Lo más entrañable de los vivido 
no ha sido ni pronunciado ni efectuado. 
Tan solo el encuentro efervescente 
en la alba mirada implícita de complicidad". 

Yanka


EL SECRETO ESTÁ EN LA MIRADA,
EN ESOS SEGUNDOS DONDE
TODO SE DICE SIN PALABRAS.

EN ESOS MOMENTOS FUGACES,
EN LOS QUE EL ANHELO SE 
ENTRELAZA CON EL ALMA,
DEJANDO HUELLAS QUE SOLO
LOS QUE SABEN VER MÁS ALLÁ
DEL INSTANTE ENTIENDEN.

PORQUE LA MAGIA DEL DESEO
NO SE GRITA, SE SUSURRA.



sábado, 3 de mayo de 2025

LIBRO "UN VIRUS RECORRE EL MUNDO: EL VIRUS DEL LIBERALISMO" por CARLOS X. BLANCO 〰🔆


UN VIRUS RECORRE EL MUNDO

EL VIRUS DEL
LIBERALISMO

CARLOS X. BLANCO

Nunca fue tan engañosa la raíz de una palabra: liberalismo. Liber, libre… Pero ¿quién va ser libre con respecto a qué? No se trata aquí de la persona, que supuestamente se libera de poderes que la envuelven y aplastan. Antes bien: se libera la Economía respecto del poder político. Nunca se cometió mayor aberración en la historia de los pueblos civilizados, libertando a las peores fuerzas e instintos crematísticos, esclavizando al ser humano sometiéndolo a un becerro de oro. Esta es la causa de la muerte de Europa. 
Carlos X. Blanco nació en Gijón (1966). Doctor y profesor de Filosofía. Autor de varios ensayos y novelas, así como de recopilaciones y traducciones de David Engels, Ludwig Klages, Diego Fusaro, Costanzo Preve, entre otros. Es autor de los libros La insubordinación de España y Ensayos antimaterialistas, coordinador de las obras El Imperio y la Hispanidad, co-autor de Pandemia contra España y del estudio introductorio de Tiempo de incertidumbre: 
El final del franquismo y la transición según la CIA estadounidense, todos ellos publicados por Letras Inquietas. También colabora de manera habitual con diferentes medios de comunicación digitales.

INTRODUCCIÓN

Un virus recorre el mundo, y recorre Europa. Es el virus del liberalismo.

Este virus, auténtico parásito cultural, no posee vida propia. Su actividad seme­ jante a la vida, pues toda ella es depredación y reproducción, carece no obstante de motor propio. Es una actividad que destruye aquello en donde se aloja.
El virus del liberalismo hizo su aparición en medio del orbe cristiano, ese orbe que después se llamó Europa. El virus promovió y, a la vez, obtuvo ventajas de la disolución de la comunidad tradicional. Ésta comunidad era, en realidad, un complejo organismo en donde el trabajo y su heterogeneidad se veían prote­gidos. Las propias profesiones se autorregulaban y se establecían los debidos procedimientos contra la chapuza, el intrusismo y la falta de mérito. Las comunas rurales o urbanas protegían a los pobres y creaban, bajo redes tupidas y sólidas, un "estado asistencial" que luego el liberalismo, como haría con los gremios, barrería del mapa.

Los reyes anteriores al virus no eran absolutos, pues el Rey de Reyes, aquí en la Tierra, un emperador, y allá en el Cielo, el propio Dios Padre, pediría cuen­tas y clamaría justicia. Los reyes no eran absolutos, pues el Pueblo y la Iglesia eran entidades de derecho propio, que sabían y podían detectar tiranos y, llegado el caso, resistirse a ellos. Asambleas y sínodos, jerarquías y cuerpos intermedios, principios de subsidiariedad y derecho natural protegían al hombre de cualesquiera reduccionismos. Protegían a la persona del virus liberal.

La Edad Media fue denostada, condenada. Significativo nos parece que la invención y propagación del término, asociado al mismo auge del absolutismo, aconteciera en la Europa de finales del siglo XVII, en los albores de una Ilustra­ción en la cual las "luces" disiparían unas supuestas tinieblas que se superpo­nían entre la antigua luz diáfana de los clásicos (Grecia y Roma) y la luz triun­fante del capitalismo "moderno". Lo "moderno" fue, entonces, el proceso de se­cularización del yo protestante. Ese yo suelto (absoluto) que se reclama intér­prete único y dialogante íntimo y sin mediadores con el Altísimo, que rinde cuentas sólo ante él sin Madre ni Maestra (la Iglesia se atomiza), quiere decirse el yo suelto propio de los protestantes, deviene el yo-ciudadano (productor-consu­midor) que en un capitalismo desbocado también se atomiza, descoyuntando la comunidad orgánica que tan alto grado de civilidad había alcanzado de forma católica (universal) en torno al siglo XIII.

Nada más lejos de la luz que este "liberalismo": tiniebla satánica, verdadero ocaso de la Universalidad Cristiana que trabajosamente se había tratado de re­componer en suelo cristiano tras la caída de Roma. La llamada Edad Medía,y su continuidad legítima, el Imperio de la Monarquía Hispánica, fue un katehon, el espíritu de resistencia y recomposición de esa Unidad Espiritual, que también es unión político-militar, del Imperium. El cristiano civilizado, consciente de su mi­sión y de las posibilidades de su alma y su sangre, nunca había renunciado a re­componer esa verdadera Comunidad Superior bajo la cual se amparan y "nidifi­can" todas las demás comunidades orgánicas (rural, feudal urbana) y agrupacio­nes estamentales: 

esto es, el Imperio. La protección del desvalido, el apoyo mu­tuo de los estamentos, la lealtad personal, la protección de los "derechos", todo cuanto de humanismo y civilidad se atesoró tras las invasiones bárbaras, vino a consolidar un fermento para la nueva Civilización:esa que renace con los recon­quistadores asturianos en las montañas del Norte, cuna de la Hispanidad. Esa que renace con Carlomagno y el sueño hecho realidad de un imperio franco-ro­mano, preludio destellante del mucho más duradero Sacro Imperio Romano Ger­mánico. Esa que renace tras el órdago protestante y la inmensa presión oto­mana: la resistencia neomedieval de la Monarquía Hispánica.

Pero el katehon enflaquece a partir de la derrota de los Austrias españoles y de la Iglesia combatiente. A Europa le entra un virus. Todo virus es parasitario, destructivo, simula la vida y no es verdadera vida. El virus del liberalismo fue tan catastrófico y letal como el virus Covidl 9, o más. Al infectar a las sociedades europeas, ya en los inicios mismos de la llamada "Modernidad", millones de personas perecieron, preciosos monumentos de la Civilización Cristiana, como el propio concepto de "persona" y "caridad", sucumbieron. Este virus ejerció la clara misión "separadora" que la tradición asigna al diablo. Hermanos de sangre, como Caín y Abel, llegaron al asesinato por el vil oro. 

Las guerras de sectas, per­dida la Unidad Católica, regaron de sangre nuestra Europa (aunque la Península Ibérica, protegida desde lo Alto, conservó esa Unidad y, por ende, esa paz in­terna).Y mientras Europa se desangraba en los siglos XVI y XVII por obra de los sectarios, los turcos avanzaban sobre Viena. Mientras los capitalistas efectuaban su "acumulación originaria"(Marx) y las "leyes de pobres" se abolían (Polanyi), el virus no hizo sino extenderse, no pudo sino circular sin freno. 

El individualismo rebelde y hereje que la falsa teología difundió en la Europa del norte y del centro mutó muy pronto en un individualismo ético, económico, político. Quedó abolida la verdadera caridad, esto es, el amor al otro que consiste en verle como parte de la propia sangre y como aspecto de una misma comunidad orgánica ética. Ésta se disolvió por obra de una ideología que, al igual que todas, se formó como detritus procedente de lejanas filosofías. El empirismo y liberalismo fun­dante de un Locke no suponen sino un empobrecimiento de la lejana escolástica nominalista, ya de por sí decadente, una adaptación de ésta a un creciente mate­rialismo mecanicista, para el cual el hombre es, en potencia, mercancía, un bruto sin alma cuyo valor económico ha de realizarse.

Hoy en día, el liberalismo no se ve representado exclusivamente por los Es­tados Unidos y su cortejo de satélites anglosajones y sionistas. La propia existen­cia de la Unión Europea responde a la misma traición perpetrada en los comien­zos de la "Modernidad", con su despótica absorción centralizada de soberanías nacionales, con su sempiterna búsqueda de mecanismos que impiden coactiva­mente el proteccionismo económico de cada Estado-nación, con su sumisión desastrosa a los dictados globalistas... Quizá sea el hombre europeo el primer ejemplo de tipo de hombre civilizado, condenado en vida a la mercantilización de su persona, a la bestialización de su existencia. 

Otros tipos de hombre, v.gr. el romano, vieron cómo se barbarizaba por momentos, sin dejar de ser, en el fondo, aquello que un día fue, un punto de luz civilizada en la noche. Pero el europeo de hoy se oscurece, chapotea en el barro de su ignominia y relame su propia sucie­ dad. No es simplemente un civilizado tardío,un nuevo bárbaro. Es un esclavo, una hormiga humanoide. El liberalismo mundial ha previsto que sea el nuevo esclavo de un "tercer mundo" revanchista, la sustancia irreconocible de mil mes­tizajes, la puta que aporta su propia cama y el nuevo converso que muerde el polvo, orientado hacia desiertos que se extienden por las orillas norteñas del Me­diterráneo, hasta más allá, hasta una Hiperbórea perdida para siempre. Allá, en boreales latitudes será también en donde las arenas de Arabia y el viento seco de África derritan los hielos y se entierran las cruces de las iglesias.

La Civilización que creó el concepto de persona, sujeto libre de derechos, y el más fino y ajustado concepto de propiedad privada, como extensión de la pro­pia persona y nunca ajeno a la responsabilidad comunitaria, es también la Civili­zación que ha optado por el suicidio. Se ha expuesto al virus del liberalismo, en­tronizando la Economía por encima de la Política, pero la Economía meramente crematística, el afán de lucro a costa de los seculares fundamentos de su existencia: 
la propia noción de persona y la propia noción de propiedad privada. El neoliberalismo que asoma sus garras hoy en este negro horizonte es un virus ideoló­gico que no se conforma con colonizar y esclavizar naciones enteras, deteriorar el medio ambiente, anular la existencia religiosa y nacional de las masas. 

El neo­liberalismo es un virus que ataca directamente ala persona. Para ese afán de lucro, ya sobra la propia noción de "persona". Es una noción prescindible. Unos fondos de inversión opacos, robotizados, a locales, que actúan sobre todo el orbe terres­tre, tienen absoluta primacía sobre las masas humanas, reducidas hoy a la con­dición de hormigas, sin ideas ni sexo distinguibles, todas iguales, ambiguas en su piel, sin fe ni convicciones, débiles y desarraigadas...

Una reseña de 
La amenaza liberal
Nacido en 1966 en Gijón, Asturias, Carlos X. Blanco es profesor de Filosofía. Ávido lector de Oswald Spengler, Ludwig Klages, David Engels y Robert Steuckers, escribió varios ensayos, entre ellos La caballería espiritual. Ensayo de psicología profunda (2018), Ensayos antimaterialistas (2021) o La insubordinación de España (2021). Recientemente fundada, Éditions La Nivelle publica finalmente un breve ensayo, Le virus du liberalisme, la traducción francesa de El virus del liberalismo: Un virus recorre el mundo (2021) editado por Letras Inquietas.
Contrariamente a la tendencia actual, que nos hace ver a una derecha identitaria nacionalista europea desviándose hacia la adulación de Donald Trump, Elon Musk y el presidente argentino Javier Milei, Carlos X. Blanco desafía la ideología liberal en sus diversas facetas mortíferas al aplicar a su pensamiento "el método del análisis dialéctico [...], en esencia, holístico y funcional".

Así, señala que "la economía se libera del poder político", lo que fomenta la propagación del "virus del liberalismo [...], un verdadero parásito cultural, [que] no tiene vida propia. Su actividad vital, al ser pura depredación y reproducción, carece de motor propio". Sin embargo, "este virus ha favorecido y se ha beneficiado de la disolución de la comunidad tradicional". Cree que "el mundo actual es un mundo pornográfico". Ésta es la esencia última y radical del liberalismo y la expansión del modo de producción capitalista en su fase globalista. También ataca con insistencia la "globalización", que no es otra cosa que el nombre de moda que resume las tendencias expansivas, intrusivas y destructivas del capitalismo a escala planetaria". Según el autor, "el imperialismo estadounidense es el agente militar de la vanguardia y de la globalización forzada, entendida en el sentido estrictamente económico, globalización ejercida por el capital mundial". Sin embargo, "hoy en día, el liberalismo no está representado exclusivamente por Estados Unidos y su séquito de satélites anglosajones y sionistas". Mucho antes de la actual distorsión de las relaciones transatlánticas bajo los arietes del trío Donald Trump, J.D. Vance y Marco Rubio, Carlos X. Blanco ya previó que, para Estados Unidos, «la alianza actual con Europa es puramente circunstancial, y llegará el día en que se romperá. La injerencia de los sionistas, los rusos y los chinos, el conflicto con las fuerzas más expansionistas del islam, etc., tendrán algo que ver». La disociación actual es, en última instancia, bienvenida, especialmente si la ideología liberal "es la causa de la muerte de Europa".

El fracaso pseudoeuropeo

Estas fuertes consideraciones confirman un realismo sólido, en particular sobre el destino de la politogénesis europea. Europa es el juguete del americanismo y el sionismo. Carece de un verdadero ejército y su economicismo frenético impide una educación exigente y disciplinada de sus ciudadanos para una verdadera unión federal europea. El autor recuerda con mordaz ironía que «esta misma maravillosa Unión [...] permitió genocidios durante las guerras en la antigua Yugoslavia. Esta misma “unión de destino en lo universal” [...] recientemente encubrió y ocultó los vuelos secretos de la CIA". Más recientemente, canceló la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Rumania, tal como había instigado la organización de otra segunda vuelta para la elección del jefe de Estado austriaco en 2016. Argumenta además que «la Unión Europea es una unión de estados, pero no es en absoluto una unión de pueblos. Estados y pueblos: 

dos categorías conceptuales inconexas. Siempre se complace en hacer esta distinción beneficiosa. Pueblos y estados nunca son sinónimos ni intercambiables. El pueblo-estado (y no el estado-nación) es poco común si tomamos la palabra "pueblo" en su sentido etnocultural, con la posible excepción del caso de la República Popular Democrática de Corea. El estado-pueblo en un sentido social (y plebeyo) no existe, ni siquiera en la época del socialismo soviético.

El Estado puede crear un pueblo siguiendo un enfoque cívico y contractual, es decir un grupo de ciudadanos iguales en derechos y deberes, una comunidad política que borre las especificidades bioculturales. Todavía existen Estados formados por varios pueblos, especialmente en África, América Latina y Asia. Los pueblos pertenecen a varias afiliaciones estatales distintas (los francófonos viven en el Valle de Aosta italiano, en la Suiza francófona, en la Valonia belga, sin olvidar, al otro lado del Atlántico, los francos y los cajunes en Estados Unidos, los quebequenses, los acadianos, los bois-brûlés y los fransaskois en Canadá). Entre los separatismos regionales que minan España y un estatismo centralizador que borra las diferencias históricas y populares, Carlos X. Blanco adopta una tercera vía. Ni un nacionalismo español jacobino, como el de UPyD [centristas centralizadores] o Vox [derecha nacionalista], ni un poscomunismo sin Marx, como es el de Podemos [el equivalente español de La Francia insumisa] (y, por lo tanto, sin un análisis actualizado del modo de producción capitalista en términos de explotación, plusvalía y alienación) tienen futuro a largo plazo. 

Mejor aún, el Estado español casi no existe, según nos dicen [los políticos establecidos], es una especie de ONG que "garantiza la solidaridad" entre las comunidades autónomas, y otras tonterías. Los soberanismos nacionales y regionales encarnan ahora viejas ideologías o tácticas desgastadas que incitan la desconfianza, fortalecen el sistema de partidos y benefician a una parte de la oligarquía. Son incapaces de ir más allá del marco actual: “España” y “Europa” se conciben como categorías antiguas y vacías. Además, ignoran la geopolítica actual: 

un islam en guerra civil, una africanización de Europa, una reorganización de las potencias extracomunitarias (China, Rusia, India, Brasil, etc.) que hace peligrosa nuestra alianza con Estados Unidos, etc. Además, el autor describe a la llamada Unión Europea como una "absorción despótica y centralizada de las soberanías nacionales, con su búsqueda perpetua de mecanismos para impedir coercitivamente el proteccionismo económico de cada Estado-nación, con su desastrosa sumisión a los dictados globalistas". Para él, "quienes afirman que la Unión Europea es un antídoto contra el estatismo saben que mienten. La Unión Europea es una entidad monstruosa, una entidad con un claro signo capitalista y al servicio de la gran acumulación de plusvalía. La Unión Europea no es menos Estado, ni en el sentido liberal ni en el anarquista: es simplemente el club de los Estados-nación existentes y el instrumento de unos pocos, con cuya primacía podrán ejercer una especie de neocolonialismo sobre los demás".

Refundación neomedieval para el siglo XXI

A principios del siglo XVIII , en la época de la terrible Guerra de Sucesión Española (1701-1714), Carlos X. Blanco habría sido sin duda un ardiente austracista, es decir, un partidario español del pretendiente Carlos de Habsburgo. Hostil a la dinastía borbónica restaurada en 1975, deplora la acelerada americanización de la Corona y de la vida política española. Condena además, por una parte, "el concepto de igualdad (de todos los hombres) [que] oculta la desigualdad material de la especie en todos los aspectos, especialmente en lo que respecta a la posesión de los medios de producción", y, por otra parte, a riesgo de parecer reaccionario, "la democracia, que […] es estrictamente una forma de ley política, [ahora...] trasplantada a terrenos donde el concepto mismo degenera". De ahí surgieron el "lenguaje del algodón" (título de una obra de François-Bernard Huyghe publicada en 1991), la corrección política y el wokismo . En los análisis de Carlos X. Blanco podemos detectar formulaciones similares a las del francés Guy Debord en La sociedad del espectáculo (1967) y luego en Comentarios sobre la sociedad del espectáculo (1988). 

¿Ha leído a Debord? Podemos suponer que debía estar interesado por los escritos de Guillaume Faye. De hecho, afirma que "occidental y europeo serán términos incompatibles. No lo son ya, pero la divergencia solo aumentará en las próximas décadas". Redescubrir la esencia de lo europeo implica, en primer lugar, rechazar “lo “moderno” [que] fue, por tanto, el proceso de secularización del yo protestante”. El surgimiento y expansión del individualismo ha abolido «la verdadera caridad, es decir, el amor al otro que consiste en considerarlo como parte de la propia sangre y como un aspecto de la misma comunidad ética orgánica». Proveniente de la matriz reformada, preludio de la fétida ideología de la Ilustración, el individualismo concibió el liberalismo, el gran corruptor de los vínculos comunitarios orgánicos. Asambleas y sínodos, jerarquías y organismos intermediarios, los principios de subsidiariedad y ley natural protegieron al hombre de todo reduccionismo. Protegieron al individuo del virus liberal. 

En respuesta, insiste en la obligación imperativa de redescubrir el feudalismo, que es un personalismo opuesto a la reificación capitalista. Sin embargo, debemos ser cautelosos al abordar esta noción histórica. Karl Marx se equivoca al hablar de la economía feudal. El liberalismo y el feudalismo forman parte de la esencia de la política, y no de la economía, al establecer vínculos sinalagmáticos a pesar de la fuerte jerarquía político-social entre los miembros del clero y/o la nobleza. Al igual que el filósofo ruso Nicolás Berdiaeff, Carlos X. Blanco aboga por un retorno a la Edad Media en un contexto tecnocientífico avanzado. Lo que se denomina la Edad Media, y su legítima continuidad, el Imperio de la Monarquía Hispánica, fue un katechon , el espíritu de resistencia y recomposición de esta Unidad espiritual, que es también una unión político-militar, del Imperio. 

Sabemos por Carl Schmitt que el katechon es el que retrasa la llegada del Anticristo. Éste es un factor determinante que impide la aparición del caos en la gran política. 

Al referirse a la Monarquía Hispánica, un poder a la vez telurocrático y talasocrático, que dominó a varios pueblos (incluidos los arpitanos francófonos del Franco Condado y los hablantes de oïl picard en los Países Bajos), ¿hace el autor una alusión implícita a una nueva Unión de Armas? En 1626, el rey Felipe IV de España intentó acelerar la unidad de sus coronas y reinos (Castilla, Portugal, Países Bajos, Aragón, las Dos Sicilias, Franco Condado y posesiones de ultramar en América, África y Asia) en los planos militar y financiero. Las reservas y otras reticencias de las asambleas provinciales paralizaron y finalmente interrumpieron esta gran idea geopolítica inacabada. 

Como podemos ver, El virus del liberalismo muestra una hostilidad radical hacia la mercantilización del mundo. Carlos X. Blanco ocupa una posición clave en la actual batalla de ideas. ¡Un libro para meditar urgentemente!

VER+: