EL Rincón de Yanka: NACIONALISMO Y SACRALIZACIÓN: CUANDO EL HOMBRE QUEDA A LA INTEMPERIE

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jueves, 2 de noviembre de 2017

NACIONALISMO Y SACRALIZACIÓN: CUANDO EL HOMBRE QUEDA A LA INTEMPERIE

CUANDO EL HOMBRE QUEDA A LA INTEMPERIE
Nacionalismo y sacralización

"Ante el vacío de referentes, los líderes ofrecen paraísos y piden sacrificios y lucha"
Cataluña según los sociólogos es una de las sociedades más secularizada, más descreída y más plana, la mercantilización se ha hecho dueña de la realidad
El hombre, ser creatural y dependiente, necesita de absoluto y referente que le dé sentido y le marque el horizonte como meta del vivir y del ser. El contexto paradisiaco es lugar de esperanza y de fundamento cuando un absoluto la garantiza y lo promete como realidad y futuro para todos. Pero el paraíso lo sostiene la divinidad que fundamenta la libertad verdadera y la plenitud, dignidad que no es natural sino que se recibe como don en el ser de la alteridad y de la comunión. No otra cosa señalaba la antropología y la cosmología israelita que los cristianos y occidente hemos heredado.

Desde ahí viene nuestro concepto de persona 
(de origen cristiano) *
, de cosmos, de igualdad, de dignidad, de sociedad, ciudadanía y humanidad, de pueblo. Un pueblo educado en el camino de la historia en medio de aciertos y equivocaciones, de éxitos y fracasos, de vida y de muerte.

Cuando el referente absoluto sacralizado se rechaza y se vive sin él, entonces el hombre queda a la intemperie y traslada su expectativa de las promesas divinas a otras promesas terrenales que se revisten con nombres de totalidad y plenitud. La totalidad sólo viene dada en la desacralización en el horizonte terreno sin trascendencia, en el subjetivismo supremo. Entonces se absolutizan y se sacralizan elementos parciales como dadores de sentido de la interioridad de lo humano: el terreno, la bandera, la lengua, la riqueza. La envidia y la violencia entre Caín y Abel están servidos, y se repite entre otros hermanos y conciudadanos. Donde había hermanos ahora hay contrincantes y competitividad, deseos de separarse y aislarse para defender lo propio de un yo inventado frente a un nosotros querido y real en el que ya no se cree.

Todo lo que duele son elementos limitados que al absolutizarse se hacen excluyentes, divisorios, e incluso se inventan relatos de una historia martirizada y victimizada, que justifica la sacralización de momentos y de elementos, que fuera de ese contexto creado quedarían en acontecimientos de un proceso normalizado y cotidiano, comparable con el sufrimiento y la dificultades de otros grupos, aunque hayan sido en órdenes distintos. Entonces aparecen los líderes que avanzan con sentimientos del pueblo, alimentándolos y prometiendo una plenitud y una felicidad en la libertad, que supone la liberación de los otros, el encerramiento en lo propio, como lugar de lo único verdadero y original. 

Ofrecen paraísos y piden sacrificios y lucha.

Ni que decir tiene que estamos culturalmente en momentos de una secularización desacralizadora, de postverdad, que afecta a la ciudadanía, donde no solamente se silencian y olvidan los elementos religiosos, sino la educación de la interioridad y del ser almado, falta esa construcción personal donde el absoluto pasa por encima de las parcialidades y la singularidades.

No se trata entonces de ciudadanos sentidos, cargados de valores de lo humano y de lo comunitario, los que luchan por una independencia de los otros, sino vacíos de mirada compartida, heridos, no comprometidos con las claves de lo humano y de lo fraterno, al margen de la nueva ciudadanía utópica, la que en la globalización considera que otro mundo es posible y otra ciudadanía se hace viable.

Cataluña según los sociólogos es una de las sociedades más secularizada, más descreída y más plana, la mercantilización se ha hecho dueña de la realidad. Con ese caldo de cultivo, la interioridad y la sacralidad en este caso de la independencia se ha encauzado desde la pura emocionalidad, pero las emociones sin el fundamento de lo razonable en lo humano, de la libertad de todos y de la justicia de lo universal, se convierten en simplificaciones maniqueas que destruyen lo que realmente nos ayudaría a plenificarnos a todos desde el encuentro, se destruye la relación posible en la que las propias diferencias serían lugar de tolerancia y de ecumenismos culturales y humanos, y no de rechazos mutuos. Entonces hacemos divino lo emocional de lo que nos identifica, frente a los otros que nos dan muerte y estamos dispuestos al martirio frente al faraón de turno.

Pero esa realidad que afecta a este pueblo hermano y sus líderes en esta lucha decidida, no está muy lejos de los que los rodeamos y ahora nos sentimos afectados, como miembros de otro nacionalismo, en el que podemos caer como respuesta emocional también.

Tampoco está lejos, el planteamiento cerrado y plano, de las demás opciones políticas, donde parece que se puede cambiar la historia a base de nuevas promesas y leyes, en una dirección o en otra, conservadora o revolucionaria, sin cambiar los corazones, sin educar en emociones humanas profundas.

La democracia no es solo cuestión de leyes y obligaciones, tampoco de puros derechos y revoluciones o cambios, sino de seres humanos con interioridad y elevados que saben de verdad, de luz y de justicia. Hay que pasar de las emociones superficiales y manejadas con estereotipos a las emociones profundas que no sólo vienen de un subjetivismo de capricho, sino de una fe compartida en la interioridad de la trascendencia humana, se encauce en la religiosidad de un absoluto con nombre, o en la interioridad del sin nombre, pero con espíritu sagrado de lo absoluto más allá de mi propio yo, que se diluye si no tiene un nosotros de referencia humano y universal.

Es inviable el encuentro, el diálogo, la sanación de lo herido, el camino nuevo, el proceso de lo ordenado y lo democrático si no trabajamos la interioridad y el espíritu de nuestro ser en la confluencia de todo aquello que nos haga humanos y hermanos. Para este trabajo, como decía la canción, traigan todas las manos, las religiosas, las filosóficas, las éticas, las artísticas, las políticas, pero todas con lo profundo del sentido. Porque sólo quien tiene un por qué puede dialogar, encontrarse, unirse y respetarse, en lo igual y en lo diferente.

Es cierto que la educación en nuestros conciudadanos catalanes ha favorecido lo que hoy estamos viendo, pero en las demás regiones no tenemos signos, tampoco en nuestro parlamento, que estemos creando una nueva ciudadanía, la que exige la verdadera comprensión de lo humano como referente de dignidad universal y central, frente a lo propio y lo individual.

* El cristianismo trajo consigo una nueva cosmovisión: se concibe de nuevo modo lo que es el ser humano, A Dios y el mundo. La propia persona se concibe como digna, como radicalmente distinta a las cosas, a los demás como prójimos, como hermanos, al mundo como creación amorosa y a Dios como Padre. Uno de los principales hitos de la aportación cristiana a la antropología consiste, por un lado, en una nueva concepción del ser humano, que será concebido como persona. De ahí que mejor que hablar de humanismo cristiano habría que hablar de personalismo. En segundo lugar, surge como tal el concepto de persona en el contexto de la teología. Teología y antropología cristiana son inseparables. Sin este referente cristiano fontanal, el concepto de persona no se entendería (y no se ha entendido), como lo prueba una modernidad que ha reducido el estudio de la persona a mera egología y la posmodernidad que aboga por una disolución de lo personal.