EL Rincón de Yanka

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viernes, 16 de octubre de 2026

LIBRO "LA ENVIDIA IGUALITARIA": CÓMO EL RECHAZO AL MÉRITO, LA EXCELENCIA Y EL LIDERAZGO DEBILITA A TODA UNA SOCIEDAD por GONZALO FERNÁNDEZ DE LA MORA

LA    ENVIDIA  
IGUALITARIA

CÓMO EL RECHAZO AL MÉRITO, 
LA EXCELENCIA Y EL LIDERAZGO 
DEBILITA A TODA UNA SOCIEDAD


«LAS SOCIEDADES NO FRACASAN 
CUANDO APARECEN LOS MEJORES, 
SINO CUANDO LA ENVIDIA CONSIGUE APARTARLOS».

Gonzalo Fernández de la Mora fue uno de los pensadores españoles más importantes de la segunda mitad del siglo XX, pero desgraciadamente su obra yace hoy enterrada bajo el muladar del olvido, entre toneladas de escombros producidos con el ocaso de la cultura, la enseñanza y la educación. Por fortuna, uno de sus clásicos fue recuperado hace poco por Editorial Áltera, para señalar una de las claves de la decadencia española, y más generalmente, estudiar el vicio más feo que brota del corazón humano. La envidia igualitaria sería en mi bachillerato particular un libro imprescindible. Se destaparían con su conocimiento las vergüenzas de muchos maestros y profesores, y se metería de nuevo en vereda a la chiquillería. Pues el mal de nuestro tiempo, o al menos uno muy enquistado en el pensamiento resentido y mediocre imperante es en parte, como acertó a proponer Fernández de la Mora, rechazar el mérito y la excelencia.

En la primera parte del ensayo del escritor español, de la Mora recoge un buen puñado de citas de los pensadores más célebres que han escrito sobre el asunto. Así, crea un recorrido desde los autores griegos hasta los intelectuales actuales, con el propósito de mostrarnos la existencia de la envidia en los corazones humanos y cómo este sentimiento es en sí mismo perverso. La envidia, constata el autor a partir de los textos recogidos, es un sentimiento universal que nace a partir de la desigualdad humana y de la siniestra pretensión de hacer a todos los hombres iguales.

La segunda parte es la más sabrosa del trabajo. Precisamente aquí estudia Fernández de la Mora cuál es el motor de la envidia. Y lo encuentra en el afán igualitario de algunas ideologías, a las que rápidamente se adhiere una mayoría de personas que aspiran a ese falso ideal. El catalán decía con toda razón al final de su estudio que: «El igualitarismo ni siquiera es una utopía soñada; es una pesadilla imposible. Lo que sí cabe es satisfacer transitoria y localmente la envidia igualitaria al precio de la involución cultural y económica. Cuanto más caiga una sociedad en la incitación envidiosa, más frenará su marcha. La envidia igualitaria es el sentimiento social reaccionario por excelencia. Y es una irónica falsificación semántica que se autodenominen «progresistas» las corrientes políticas que estimulan tal flaqueza de la especie humana. La deletérea envidia igualitaria dicta las páginas oscuras de la Historia; la jerárquica emulación creadora escribe las de esplendor».

Fernández de la Mora defiende la emulación y la excelencia, frente a los que se sienten desgraciados porque no comparten el talento de otros y no hacen ningún esfuerzo por alcanzar sus logros. El que envidia desea la posición de otro, no sólo sus propiedades; desea estar en su lugar, tener sus capacidades. Y como no las tiene ni se esfuerza por desarrollar las suyas, sufre la alegría del otro y se alegra con su desgracia. Es un sentimiento maligno. Pues cuando el ser humano envidia profundamente, su sentimiento se traduce en una acción determinada: rebajar la situación de sus semejantes. Según esto, quienes de alguna manera merecer crédito y reconocimiento deben ser rebajados para que unos y otros coincidan con los que se saben inferiores. Como vemos, la envidia no sólo es un sentimiento maligno, es una fuerza que disuelve y destruye la sociedad.

Sin embargo, más allá de las coincidencias que guarda esta visión con la realidad española, a la que Fernández de la Mora veía como su cáncer principal (la lepra de España es la envidia), me interesa señalar el error fundacional de este ideal igualitario. Si los hombres son efectivamente iguales, lo son en cuanto seres creados por Dios. Así lo señala también el autor. En la medida que somos a imagen y semejanza de Dios, somos iguales. Nuestra dignidad tiene su aval por tanto en que somos criaturas de Dios. Ahora bien, aparte de esto, los hombres somos desiguales por naturaleza. Quien no vea esto está ciego. Cada uno ha nacido con unos dones individuales, y con ellos hace luego más o menos, cosechando de esta manera resultados dispares. No cabe en cabeza sana pretender hacer iguales a los hombres, cuando siendo desiguales, deben llegar a los mismos resultados.

Frente a los envidia, ya sea propia, o los envidiosos, ya sean amigos, vecinos o familiares, virtud y sentido común. La palabra igualdad es hoy una palabra mágica, y quien no anhela conseguirla, para los que asumen esta visión del mundo, se está discriminando. Y discriminar es tratar de manera diferente a los iguales. Lo que sucede, como he dicho, es que todos nosotros somos en algunas cosas iguales y en otras diversos. Por lo tanto, sólo estaríamos discriminando si tratamos a dos personas de forma diferente en lo que son iguales. En cambio, tratar a dos personas de forma dispar en lo que son diversas, es justicia. Y finalmente, si tratamos de igual forma a las personas en aquellas cosas que son diferentes, es una injusticia.

El afán igualitario es algo común en la gente especialmente envidiosa, que, consciente de su mediocridad, pretende no ser inferior a quienes merecen mayor reconocimiento que ellos, y trata de equilibrar lo que ellos entienden por igualdad rebajando los méritos de los otros. La envidia igualitaria trata todas estas cuestiones. Gonzalo Fernández de la Mora culpaba a este mal de la enfermedad que sufre España. Y si bien yo no le doy el peso que él daba a la envidia como factor destructivo de las capacidades hispanas, su libro es un valioso trabajo para que reconozcamos las señas de la envidia en nuestro entorno, y detectándolas, mantenernos lo más lejos posible de las mismas.

La envidia suele entenderse como un defecto privado, un sentimiento íntimo que afecta únicamente a quien lo padece. Fernández de la Mora plantea una tesis mucho más ambiciosa y provocadora: cuando la envidia se convierte en una actitud colectiva, termina moldeando la cultura, la política, la economía e incluso el destino de una nación.

En este ensayo, el autor analiza cómo el igualitarismo entendido como rechazo al mérito, la excelencia y el liderazgo puede acabar debilitando a toda una sociedad. A través de un recorrido filosófico, histórico y psicológico, sostiene que muchos de los grandes fracasos colectivos no nacen de la falta de talento ni de recursos, sino de una incapacidad para reconocer y aprovechar a los mejores. Cuando el resentimiento sustituye a la admiración y el éxito ajeno se percibe como una amenaza en lugar de un estímulo, la mediocridad acaba ocupando el lugar de la excelencia.

Lejos de reducir la envidia a un simple vicio personal, Gonzalo Fernández de la Mora la convierte en una poderosa herramienta para comprender algunos de los problemas más profundos de la España contemporánea y, por extensión, de cualquier sociedad donde el mérito sea cuestionado y la igualdad se confunda con la uniformidad.

Escrito con un estilo claro, directo y lleno de referencias culturales e históricas, La envidia igualitaria invita al lector a mirar más allá de los discursos políticos y preguntarse qué emociones sostienen realmente una comunidad. Una obra incómoda, pero profundamente actual, que propone sustituir el resentimiento por la emulación, la rivalidad destructiva por la admiración y la nivelación hacia abajo por una cultura capaz de reconocer el talento, fortalecer la cooperación y recuperar la confianza en el esfuerzo como motor del progreso colectivo.

Fernández de la Mora, en esta obra analiza el gran problema de la envidia a través del tiempo, de diversos autores, de las Instituciones y de un sinnúmero de concepciones que parten de la base de una igualdad biológica y jurídica que se remonta a la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1793 en plena Revolución Francesa. Señala que este postulado ha sido repetido por toda la Democracia Constitucional. y que incluso lo expresa la Declaración Universal de 1948 de las Naciones Unidas, al señalar "Todos son iguales ante la ley". 

La idea de la igualdad tiene su origen doctrinario en la obra de Jean Jacques Rousseau, " Discurso sobre el origen y fundamento de la desigualdad ( 1734), cuando expresa "La naturaleza ha puesto la igualdad entre los hombres, y ellos han instituido la desigualdad". 

Posteriormente, Rousseau en su obra "El Contrato Social" insiste en esta tesis, cuando al tratar un estado de naturaleza idílico partía de la premisa de que todos los seres humanos eran felices e iguales, pero que la sociedad los fue corrompiendo, al extremo que se requirió de un pacto social para evitar la crisis en esa etapa pre-etática. 

Gonzalo Fernández de la Mora, prueba con argumentos geniales de que ocurre exactamente lo contrario y expresa: "La Naturaleza que es jerárquica, engendra a todos los hombres desiguales, y la sociedad que es homogeneizadora trata de asemejarlos y de guillotinar sus peculiaridades individuales. Así, no existe un código genético que asimile todos los individuales y que los hacen nacer iguales, toda vez, que de los mismos padres con los mismos medios, la misma educación y el mismo hábitat, resulta que unos son fuertes y otros son débiles, otros tenaces y otros abúlicos, unos geniales y otros normales. 

Tampoco es efectivo que la sociedad institucionalice las desigualdades. 

Muy por el contrario, cada sociedad realiza un esfuerzo extraordinario para lograr precisamente una igualdad que no existe. Así impone un lenguaje, impone sistema de vida que le suministran al adolescente una idea de la historia, de la Institución, del ser y del deber ser y les va definiendo lo que es bello, bueno. y verdadero. y el que no acepta estos criterios puede llegar a la delincuencia, incluso. 

Al contrario de lo que expresa Rousseau y que ha pretendido el socialismo. aumentando las potenciales igualatorias de la sociedad y del Estado, ella ha traído consigo una actitud cada vez coactiva de la Institución terminal que es el Estado lo que ha despotenciado las características propias de cada individuo, cayendo éstos en la ramplonería, la debilidad y la pérdida de los valores individuales que permiten a ciertos individuos sobresalir sobre otros frente a la mediocridad, la repetición y la monotonía, como ocurre en los países socialistas, e incluso este fenómeno, se da en Occidente, cuando ciertos países tratan de imponer sus modas y costumbres políticas, como ocurre con el "American Way of Life". 

Al contrario, la historia está llena de líderes creadores. de revolucionarios que han cambiado las bases de nuestros desenvolvimiento histórico siendo los protagonistas del progreso de la Humanidad, precisamente porque son diferentes y por ende, superiores. "Al revés de lo que propugnando Rousseau y Marx, la gran tarea del humanismo moderno es lograr que la persona sea libre de ser ella misma, y que el Estado no la obligue hacer un plagio". No se trata que el Estado desproteja a la comunidad, ni menos que no les otorgue a todo las mismas posibilidades ese es su fin. Pero ello no implica que el Estado anquilose las posibilidades de los más capaces y no permita la plena realización de estos últimos, que serán, en definitiva, los grandes realizadores. Es cierto lo que dice el autor de que, la igualdad implica siempre despotismo y la desigualdad es el fruto de la libertad. Así, en lugar de la tóxica envidia igualitaria, el genial profesor español cree, con acopios de argumentos, en aquello que llama la creadora emulación jerárquica. 

Gonzalo Fernández de la Mora, autor de importantes obras en materia de derecho político, entre las cuales debemos señalar "Ortega y el 98" (1961), el "Crepúsculo de las Ideologías" (1965), "La partitocracia" (1976), el 'Estado de Obras" (1976), y la "Constitución Contemporánea", (1980), en colaboración con otros autores y profesores de derecho chileno. entre los que me cuento, publica ahora ésta última obra "La Envidia Igualitaria" en que destruyendo mitos y en la constante búsqueda de la verdad como un "Quijote del Derecho Político", "va desfaciendo entuertos" y dando paso a la verdad, en su constante búsqueda de la libertad humana.

Con la reciente aparición de La envidia igualitaria, el autor de "El crepúsculo de las ideas" y Académico de Número de la Real de Ciencias Morales y Políticas, Gonzalo Fernández de la Mora, incrementa sus numerosas publicaciones, de entre las que cabe destacar La partitocracia, enjundiosa crítica al gobierno de los partidos. 

La presente obra, cuyo núcleo lo constituye la envidia, no se agota en el análisis de ese vicio, sino que en tomo a ella, unida por estrechos lazos, gira la ideología del igualitarismo y, frente a ésta, la desigualdad, muerte y vida, respectivamente, de la sociedad. 

En efecto, la obra se compone de tres partes. La primera consiste en el estudio crítico de la envidia en diversos autores que, a lo largo de los siglos, con mayor o menor extensión, se han ocupado de ella. Abarca este estudio a unos setenta autores que, desde los presocráticos a los contemporáneos, salvo excepciones, han considerado que la envidia es un sentimiento maligno y nefasto para el hombre y para la sociedad (págs. 9-92). 

La segunda parte (págs. 93-160) está constituida por un análisis de la envidia que se extiende a su 1:onceptualización, a su valoración, a la envidia como factor político, a las defensas frente a ella o a su superación y extinción y a la envidia hispana. 

Señala Fernández de la Mora que «la envidia nace del raciocinio y no de un instinto elemental..., no se envidia porque el código genético lo impone; se envidia en función de un razonamiento» (pág. 105). Ese inconfesable vicio lleva al hombre a crearle hábitos mentales que se vuelven contra sí mismo, obnubilándole y haciéndole perder el sentido de la realidad (págs. 107 y 115). El autor liga, acertadamente, la envidia a los ideólogos y a los partidarios del igualitarismo que «se convierten en promotores de un sentimiento de envidia que, desde fines del siglo XVIII, no ha cesado de ganar en extensión e intensidad» (pág. 112). Así, la envidia se a:poya, hoy sobre todo, «en la predicación tenaz, laboriosa y sistemática de una minoría que con ese recurso pretende conquistar d poder o, simplemente, satisfacer su personal resentimiento contra los triunfadores» (pág. 112). 

Gonzalo Fernández de la Mora destaca d carácter antisocial de la envidia y la falsedad de que -frente a la tesis igualitaria- contribuye a que la sociedad sea más justa (pág. 119). Y es de destacar algunas de las observaciones acerca de la envidia como factor político. Así, y tal como d autor indica, en un régimen democrático los gobernados están enfrentados entre sí a causa de que «la clase política se ocupa esforzadamente en dividirlos» (pág. 126) y parte de esta clase recurre al fomento de la envidia colectiva (pág. 127) para lograr la unión de unos frente a otros. El recurrir a la envidia en lugar de a la emulación se debe a que «ésta no acentúa la división» sino que «distribuye las energías a lo largo de todo d grupo y no mueve a la formación de facciones incompatibles» (pág. 127). 

Con toda claridad señala cómo la envidia colectiva es alentada por los partidos de izquierda para conseguir adeptos, a los que se les convence de que sus males resultarán menores si disminuyen los bienes, el goce y la felicidad que proporcionan, de los demás. Y resulta plenamente acertada la unión que el autor advierte entre la izquierda y la envidia colectiva, al ser utilizada políticamente por aquélla, fenómeno exclusivo e inherente a la izquierda para quien el «progreso» ha consistido en el cercenamiento de los mejores para ofrecer a todos la ilusoria pretensión igualitaria. El estímulo es nulo; la. superación y la emulación se encuentran ausentes de dicha mentalidad, no así el de la derecha, como señala Fernández de la Mora, que le evite acudir al recurso de la envidia colectiva, sentimiento ampliamente vituperado por ella (págs. 131-133 ). 

Como superación y extinción de la envidia, d autor señala la emulación, la satisfacción de la obra bien hecha, la estimación de lo valioso en los demás, la solidaridad y la simpatía. 

«La desigualdad creadora» constituye la tercera parte de la obra (págs. 161-232) y en ella el autor se ocupa de destacar que la desigualdad humana es una realidad incontrovertible, fuente de progreso y condición necesaria de la vida social, frente a un pernicioso y destructor ideal igualitario que, por otra parte, resulta imposible generador de otras desigualdades verdaderamente perniciosas por antinaturales. Como dice su autor, un igualitarismo cuyo «objetivo no es igualarse copiando, sino rebajando al prójimo» «es el producto típico de la envidia» y «constituye una corriente social que no ha cesado de crecer desde la aparición del marxismo y cuyo vero perfil no se puede captar sin desenmascararla, porque la envidia es subrepticia, hipócrita y simuladora» (pág. 231 ). 

Al desenmascarar a· la ideología igualitaria y señalar los beneficios y la bondad de «la desigualdad creadora», fuente de armonía social, Fernández de la Mora coincide con quienes, sin fijar su atención tan marcadamente sobre la envidia, y dentro del campo que podríamos llamar tradicional y contrarrevolucionario, advirtieron el mal radical del espíritu democrático, del igualitarismo y de la masificación que resulta de ellos, indicando como una de sus raíces las pasiones incontroladas de los hombres. Es la observación de Donoso Cortés al indicar que «el germen de las revoluciones está en los deseos sobreexcitados de la muchedumbre por los tribunos que la explotan y benefician»; es el «y seréis como los ricos», el «y seréis como los nobles», el «y seréis como los reyes», hasta el «y seréis a manera de dioses». Por eso, Donoso escribió: «la igualdad fue siempre el pretexto de la ambición y, como la hipocresía, de la envidia». Es la advertencia de Enrique Gil y Robles, para quien el igualitarismo radicaba en las ansias del corazón, agitado por torcidas pasiones y tenía su origen en el orgullo y la soberbia. Es la acusación de Maurras cuando indicaba que «la igualdad no puede reinar en parte alguna y, sin embargo, su obsesión, su deseo, establecen un espíritu político directamente contrario a las necesidades vitales de un país; el espíritu democrático, por la envidia se segrega, mata la armonía civil, la cordialidad, la paz entre los particulares». Es la observación de Vallet de Goytisolo al señalar como una de las causas de masificación el moderno «dogma» de la igualdad, que no puede sufrir sin sentirse herido, las diferencias, aniquilando con ello las libertades y haciendo de la sociedad un rebaño. Es, en fin, la reflexión de Eugenio Vegas: «el origen del principio de la igualdad absoluta está en el pecado de la envidia en que cayeron nuestros primeros padres en el Paraíso». 

Se trata, pues, de una obra que merece ser leída en estos tiempos en que el igualitarismo se extiende por doquier con todas sus desastrosas consecuencias. Lejos de aumentar la libertad, las libertades reales decrecen con el igualitarismo, mientras que en la desigualdad encuentran su natural campo de acción, como advierte Fernández de la Mora. 

Tiene razón Fernández de la Mora al señalar que «la historia de las dos últimas centurias de Occidente es incomprensible si se prescinde de la utopía igualitaria» y que «igualdad es la idea fuerza de los movimientos sociales más extensos e impetuosos de nuestro tiempo: el democratismo y el socialismo» (pág. 166). Pero, poco antes, escribe que lo que trata en ese lugar es de «subrayar la persistencia y el volumen de la pretensión igualitaria a lo largo de dos milenios» (pág. 166), pues, a su juicio, «la civilización occidental registra, pues, una voluntad igualitaria que primero es religiosa, luego política y, finalmente, económica» (pág. 166). 

Gonzalo Fernández de la Mora encuentra esa voluntad igualitaria religiosa en Pablo de Tarso, «que teoriz6 el igualitarismo religioso: un Dios de todos y para todos» (pág. 162) y, páginas después, afirma que «tanto en Pablo como en Rousseau, Marx y sus epígonos, el problema de la igualdad no se plantea fácticamente, sino normativamente. Se da .como vitanda la desigualdad real, y se afirma como deseable la igualdad» (pág. 166). 

Para el lector poco advertido, puestas así las cosas, pudiera parecer que el igualitarismo, que ciertamente es algo malo y así se presenta en el libro, tiene un origen religioso, cristiano y que nada menos que San Pablo es su teórico, por predicar un solo Dios verdadero. La Iglesia condena esta ideología igualitaria y frente al igualitarismo defiende las desigualdades «que se deriven de la naturaleza misma de las cosas» (Pío XII) y afirma que «la desigualdad del derecho y del poder se derivan del mismo Autor de la naturaleza» (León XIII). 

No hay, pues, una pretensión igualitaria a lo largo de dos milenios, pues tal pretensión no arranca de los escritos de San Pablo, ni se registra, en ese sentido, una voluntad igualitaria que sea religiosa salvo, quizá, en alguna herejía. Y, en el mismo San Pablo se encuentran textos absolutamente contrarios al igualitarismo. Fernández de la Mora, por otra parte, en un epígrafe posterior trata de «la desigualdad terrena» y reconoce que la igualdad de llamamiento a la misma fe no se traduce en una igualdad de resultados ni en la vida mundana ni en la perdurable, e indica que «el igualitarismo cristiano se limita a ofrecer a todos, sin excepción, la condición de hijos de Dios y la oportunidad de salvarse; pero, luego, el libre arbitrio divino en la adjudicación de dones y la aplicación de una justicia proporcional a las conductas desemboca en el desigualitarismo» (pág. 194 ). 

Esta observación no es obstáculo para resaltar los valiosos aportes de esta obra, tanto en su análisis y crítica a un sentimiento absolutamente negativo y corrosivo, como es el pesar por el bien ajeno, como en su defensa de la desigualdad y su rechazo de la ideología igualitaria. El autor señala que una pasi6n tan cerebral ha sobrevivido casi intacta a las admoniciones morales, mientras que comenzarla a tambalearse con la crítica conceptual (pág. 105 ). Mucho nos tememos que pasarán los siglos y no habrá desaparecido una lacra tan universal.

ESTANISLAO CANTERO





jueves, 15 de octubre de 2026

LIBRO "HISTORIA DE LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA EN ESPAÑA 1936-1939" 👿👥💣💥⛪💀

 
HISTORIA DE LA PERSECUCIÓN 
RELIGIOSA EN ESPAÑA
1936-1939

Este trabajo tiene la finalidad de recordar los mártires, que dieron su sangre por Dios y por España, durante la persecución religiosa de 1936, y en la que sufrieron el martirio doce obispos, unos cinco mil sacerdotes y más de dos mil religiosos, y fueron asesinados más de trescientos mil seglares. Siendo éste un hecho real e histórico, ¿no sería una ingratitud relegarlo al olvido? 

El motivo de escribir sobre este tema, es porque a ello me ha impulsado la lectura del "Martirologio español. 1936-1939" de Fr. Antonio de Lugo, Monje Jerónimo, quien refiere muchísimos casos ejemplares de personas que por librar a España de la opresión marxista y atea, supieron dar su vida, derramando su sangre en defensa de la fe católica. Existen muchos artículos y obras escritas sobre este tema, especialmente sobre el sacrificio sangriento de millares de vidas consagradas a Dios, y una de ellas más notable es la "Historia de la persecución religiosa en España" del actual obispo de Badajoz Dr. Antonio Montero, a la que hace referencia Fr. A. de Lugo, mas reconociendo que a medida que van pasando los años, van quedando también en olvido altos ejemplos de virtud, me he decidido a escribir este pequeño libro con datos verdaderamente históricos (pues los más se fundamentan en dichas obras), para contribuir en lo posible a mantener vivo el recuerdo de tantos ejemplos de virtud, que nos están hablando a cada paso de la vida futura y eterna. 

Hemos de reconocer que siempre ha habido persecuciones religiosas, pues es la herencia de Jesucristo dejó a la Iglesia. El fue perseguido y nos dice: "A mí me han perseguido y a vosotros os perseguirán..." (Jn. 13,20). 
Los ejemplos que voy a referir no son de la época de las persecuciones romanas, o sea, de los primeros siglos de la Iglesia; sino de hace poco más de cuarenta años, y es necesario recordarlos, porque se pueden repetir. Si tú eres católico, debes tenerlos presente para que sus lecciones te enseñen a saber vivir, y si fueras de los que actualmente abrigan aún odio a los que profesan la religión católica, los deberás recordar también para que sepas lo ignominioso de aquellas crueldades y depongas todo odio. Aquí, pues, tienes unos pocos de tantos hechos más sobresalientes, acaecidos en esos años de persecución religiosa. Mi deseo es que sirvan de lección a todos.


La persecución religiosa en España Es una realidad histórica, que en 1936 comenzó en España una persecución religiosa y descaradamente abierta, promovida por el odio a Dios y a cuanto tuviera relación con la Iglesia católica. Este es un hecho tal que no puede ponerse en duda.

Pio XI

"En nuestra queridísima España, el azote comunista... no se ha contentado con derribar alguna que otra iglesia, algún que otro convento, sino que, cuando le fue posible, destruyó todas las iglesias, todos los conventos y hasta toda huella de religión cristiana, por más ligada que estuviera a los más insignes monumentos del arte y de la ciencia. El furor comunista no se ha limitado a matar obispos y millares de sacerdotes, de religiosos y religiosas, buscando de modo especial a aquellos y aquellas que precisamente trabajan con mayor celo con pobres y obreros, sino que ha hecho un número mucho mayor de víctimas entre los seglares de toda clase y condición, que diariamente, puede decirse, son asesinados en masa por el mero hecho de ser buenos cristianos o tan sólo contrarios al ateísmo comunista. Y una destrucción tan espantosa la lleva a cabo con un odio, una barbarie y una ferocidad que no se hubiera creído posible en nuestro siglo" (Divini Redemptoris. 19-3-1937) 

Pio XII 

"Los designios de la Providencia, amadísimos hijos, se han vuelto a manifestar una vez más sobre la heroica España. La nación elegida por Dios, principal instrumento de evangelización del Nuevo Mundo y como baluarte inexpugnable de la fe católica, acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la religión y del Espíritu... Y ahora, ante el recuerdo de las ruinas acumuladas en la guerra civil más sangrienta que recuerda la historia de los tiempos modernos, Nos, con piadoso impulso, inclinamos ante todo nuestra frente a la santa memoria de los obispos, sacerdotes, religiosos de uno y otro sexo y fieles de todas las edades y condiciones que en tan elevado número han sellado con sangre su fe en Jesucristo y su amor a la religión católica: No hay mayor prueba de amor" (Jn.15,13) (Radiomensaje al pueblo español; 16-4-1939)

Palabras del Cardenal Mons. Etchegaray: "Una Iglesia que no recuerda a sus mártires de ayer y no descubre a los mártires de hoy, no puede reclamar el honor de ser Iglesia de Cristo".

Carta colectiva del episcopado español

De esta carta que fue dirigida a los obispos del mundo entero, que merecía ser leída por todos, sólo copio lo siguiente: "Hacemos historia sin hacer interpretaciones de carácter psicológico o social... La hecatombe producida en personas y cosas por la revolución comunista fue "premeditada". Poco antes de la revuelta habían llegado de Rusia 79 agitadores especializados. La Comisión Nacional de Unificación Marxista, por los mismos días, ordenaba la constitución de las milicias revolucionarias en todos los pueblos. La destrucción de las iglesias o a lo menos de su ajuar, fue sistemática y por series. En el breve espacio de un mes se habían inutilizado todos los templos para el culto... Para la eliminación de personas destacadas que se consideraban enemigas de la revolución se habían formado previamente las "listas negras". En algunas, y en primer lugar, figuraba el obispo. De los sacerdotes, decía un jefe comunista, ante la actitud del pueblo que quería salvar a su párroco: "Tenemos orden de quitar toda su semilla".

"Prueba elocuentísima de que la destrucción de templos y la matanza de los sacerdotes, en forma totalitaria, fue cosa premeditada, es su número espantoso. Aunque son prematuras las cifras, contamos unas 20.000 iglesias y capillas destruidas o totalmente saqueadas. Los sacerdotes asesinados, contando un promedio del 40 por 100 en las diócesis devastadas (en algunas llegan al 80 por 100) sumarán, sólo del clero secular, unos 6.000. Se les cazó como perros, se les persiguió a través de los montes; fueron buscados con afán en todo escondrijo. Se les mató sin juicio las más de las veces, sobre la marcha, sin más razón que su oficio social. Fue "cruelísima" la revolución. Las formas de asesinato revistieron caracteres de barbarie horrenda. En su número se calculan en número superior a 300.000 los seglares que han sucumbido asesinados, sólo por sus ideas políticas y especialmente religiosas; en Madrid y en los tres meses primeros, fueron asesinados más de 22.000. Apenas hay un pueblo en que no se haya eliminado a los más destacados derechistas.

Por la falta de forma: sin acusación, sin pruebas, las más de las veces sin juicio. Por los vejámenes: A muchos se les han amputado los miembros o se les ha mutilado espantosamente antes de matarlos; se les han vaciado los ojos, cortado la lengua, abierto en canal, quemado o enterrado vivo, matado a hachazos. La crueldad máxima se ha ejercido con los ministros de Dios. Por respeto y caridad no queremos puntualizar más. La revolución fue "inhumana". No se ha respetado el pudor de la mujer, ni aun la consagrada a Dios por sus votos. Se han profanado las tumbas y cementerios...". 

Esta revolución fue también bárbara, antiespañola y anticristiana... Y terminan su carta diciendo: "Consentidnos una declaración última. Dios sabe que amamos en las entrañas de Cristo y perdonamos de todo corazón a cuantos, sin saber lo que hacían, han inferido daño gravísimo a la Iglesia y a la patria... Rogad para que en nuestro país se extingan los odios, se acerquen las almas y volvamos a ser todos unos en el vínculo de la caridad. Acordaos de nuestros obispos asesinados, de tantos millares de sacerdotes, religiosos y seglares selectos que sucumbieron sólo porque fueron milicias escogidas de Cristo, y pedid al Señor que dé fecundidad a su sangre redentora..." (1-7-1937).

Los gobernantes y periódicos marxistas Estos reconocieron la ola de terrorismo que desbordaba las ambiciones más sanguinarias, y el mismo Galarza, ministro de Gobernación, al ver la realidad del terrorismo imperante, se vio obligado a citar a los periodistas para decirles que habiendo sido ejecutadas ilegalmente más de 20.000 personas en Madrid (15.000 identificadas y 5.00.0 por identificar), él no podía consentir por más tiempo una horrenda situación de la que no se hacía solidario, y que estaba dispuesto a terminar tales actos como fuesen fusilando sin contemplaciones de ninguna especie. 

El periódico "Solidaridad obrera", que el 28 de enero de 1937 y en sucesivos artículos se gloriaban en decir: "En las provincias que gobernamos, la Iglesia no existe... No les queda un altar en pie... No quedan apenas feligreses...", meses más tarde viéndose avergonzados, decía el 30 de julio de 1937 bajo el título "La pasión exacerbada": "Termine ya el terror que ha venido actuando en la sombra. Que sea el tribunal del pueblo, quien a plena luz, con plena responsabilidad, depure lo que depuración necesita...". "Lo interesante sería que nos decidiéramos a acabar con esa danza macabra de todas las noches, con esa procesión de muertos que, señalándonos ante el mundo, nos acusa de la misma ignominia que las gentes honradas acusan a los fascistas...", y terminan pidiendo la depuración de los tribunales populares, y clamaban por el cese inmediato de las matanzas irresponsables.


En 1936 asesinaron en España a casi 7.000 clérigos por odio a la fe. Y la memoria oficial prefiere no contarlo.
Los datos están documentados: 6.832 religiosos asesinados en la zona republicana. 4.184 sacerdotes, 2.365 frailes y 283 monjas, entre ellos 13 obispos. No murieron en combate: los fusilaban sin juicio por el solo hecho de ser curas, frailes o monjas. Iglesias enteras ardieron en toda España.
7.000 clérigos asesinados por odio a la fe. Y no tiene museos, ni series, ni minutos de silencio.

**¿Por qué la historia que llora por todo 
se queda muda ante 7.000 mártires?**

Persecución religiosa en España l F. Cancino y G. Escudero en FNM


Montero, Antonio - Historia de La Persecucion Religiosa en España (1936-1939) by Sergio Augusto Navarro


VER+:



miércoles, 14 de octubre de 2026

LIBRO "PATOCRACIA": 🦆 CÓMO DESTRUIR UN PAÍS EN OCHO AÑOS por LUCÍA ETXEVARRÍA

 PATOCRACIA

Cómo destruir un país en ocho años

LUCÍA ETXEVARRÍA

Patocracia, el término que describe los sistemas de poder dominados por personalidades patológicas, ofrece una lectura personal y demoledora del panorama español.
Lucía Etxebarría integra su experiencia de cancelación pública, y la de otras figuras conocidas, como síntoma de un clima político y cultural más amplio. Un ambiente en el que el disenso se castiga y el miedo se convierte en una herramienta de control.
Provocador, subjetivo y deliberadamente incómodo, este libro combina crítica política, psicología social y análisis del lenguaje. Explora el papel del neuromarketing y de la manipulación emocional para mostrar cómo la razón cede terreno frente al impacto afectivo y el pensamiento binario.
De esa manera, analiza el rol de los medios, las campañas en redes, la legislación, la distorsión del feminismo, la inmigración y el deterioro de las condiciones de vida. Traza al fin un mapa de enfrentamientos cainitas, cuidadosamente alimentados bajo la lógica del divide y vencerás.
Este libro no pretende respuestas cerradas. Invita, más bien, a cuestionar los relatos dominantes y a reflexionar sobre el retroceso de la libertad de expresión en un aterrador contexto de deriva autoritaria.
SOBRE LA PATOCRACIA 
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En un país comunista la psiquiatría y la psicología pueden resultar profesiones especialmente peligrosas (excepto, obviamente, si usabas tus conocimientos y habilidades al servicio del poder). A Andrzej Łobaczewski lo persiguieron con especial dureza precisamente porque el foco de sus estudios era el poder político y la manera en que ese poder podía ser instrumentalizado al servicio de la persecución al ciudadano disidente. 

Łobaczewski vivió su adolescencia y juventud escapando de los nazis, solo para descubrir que lo que vino después fue igual o peor. Como sabemos, las purgas de Stalin fueron particularmente crueles en Polonia. Él se dio cuenta pronto de que a los psicópatas les atrae especialmente el poder político, y que muy a menudo consiguen infiltrarse en los gobiernos de naciones de todo tipo y condición, bajo sistemas con nombres diferentes, pero que no dejan de ser los mismos perros con distintos collares. Una dictadura es una dictadura, se llame a sí misma de derechas o de izquierdas. 

Este psiquiatra, sociólogo y ponerólogo estudió la relación entre poder y psicopatía, y acuñó el término «patocracia» para describir el fenómeno. Para él, la patocracia se configura como un sistema de gobierno cuando una pequeña minoría patocrática y patológica toma el control de una sociedad constituida por individuos en su mayoría normales. Desde el momento en que él mismo vivía bajo un régimen patocrático, hay que reconocer que corrió un enorme riesgo al realizar sus estudios patocríticos (no, no es una errata). El Gobierno polaco le arrestó y le torturó, y no pudo publicar su libro Ponerología política hasta que escapó a Estados Unidos en la década de los ochenta. 

Łobaczewski también acuñó el término «ponerología», para definir al estudio interdisciplinario de las causas que llevan a periodos en los que imperan regímenes totalitarios cuyo rasgo crítico lo marca la personalidad psicopática del líder. La ponerología utiliza datos de la psicología, la sociología, la filosofía y la historia para abordar fenómenos como las guerras civiles, la depuración étnica, el democidio, el genocidio y el terrorismo. 

La transición hacia la patocracia se inicia cuando un individuo con rasgos tóxicos (psicopatía, maquiavelismo, sadismo, codicia, narcisismo, perfeccionismo tóxico, dependencia malsana, envidia maligna…) emerge como figura de liderazgo. Aunque a la mayoría de la población estos rasgos suelen repugnarles, lo cierto es que en tiempos de crisis se constituyen en rasgos carismáticos. La población confunde impulsividad con asertividad, narcisismo con autoconfianza, falta de control de los impulsos con valentía. 

Cuando aparece el primer líder patocrático, muy pronto otros individuos con rasgos similares se sentirán atraídos como la luz atrae a la polilla. Como quien dice, se acercarán al amor de la lumbre para aprovechar la oportunidad de conseguir poder e influencia. De la misma manera, expulsarán de las esferas de poder a toda persona que sea moral y responsable. Este tipo de personas o bien dimitirán o bien serán expulsadas a partir de una campaña de difamación. En un proceso gradual e inevitable, muy pronto todo el gobierno estará tomado por un grupo de individuos que padece una aterradora ausencia de conciencia y empatía. Por siniestros personajes con rasgos de personalidad patológicos que asumirán el poder sobre una mayoría de ciudadanos que carecen de estos rasgos. 

En el siguiente estadio, las patologías del gobierno se extienden como una mancha de aceite hacia la población general. Tal y como escribió Łobaczewski: «Si un individuo en una posición de poder es un psicópata, esta persona puede crear una epidemia de psicopatología en ciudadanos que no son esencialmente psicopáticos». 

En ese momento, el gobierno patocrático presentará una ideología exageradamente simplista y populista, en la que promoverá la noción de una grandeza futura que implica acabar con los enemigos del país; enemigos que, siempre según su discurso, oponen un fuerte obstáculo en el camino hacia esa supuesta grandeza. En unos casos serán los judíos, en otros los kurdos, o los yazidíes, en otros serán los fascistas, en otros será el imperialismo americano. También pudieron ser los masones o los comunistas. 

El gobierno patocrático utiliza la propaganda para difundir un odio carnicero hacia esos presuntos enemigos y para crear un culto de la personalidad alrededor del líder. En la población general se va contagiando un sentido de pertenencia que prácticamente les intoxica y les emborracha de entusiasmo, y que les inspira una lealtad inquebrantable, una lealtad que puede llegar incluso al autosacrificio. Cuando el gobierno patocrático llega a su cenit, es cuando llegará la tortura, el democidio o las deportaciones masivas. 

Desde el momento en que los patócratas llegan al poder, generalmente se concentran en atrincherarse en él. En intentar no solo defenderlo con uñas y dientes, sino, sobre todo, incrementarlo a costa de lo que sea. 

Pero hay algo que da cierta esperanza: las patocracias no son nunca permanentes. En algún momento caen, porque su brutalidad y su falta de principios morales no pueden ser compartidas por la totalidad de la población, ya que la mayoría de individuos en cualquier país sí que posee principios de empatía y de conciencia. Esto fue así en las dos patocracias que Łobaczewski vivió en primera persona: el régimen nacionalsocialista de Alemania y el régimen comunista de Polonia. 

Existe la tendencia de pensar en los psicópatas como un grupo homogéneo, cuando en realidad deberíamos hablar más de personalidades con rasgos tóxicos. En general, se trata de aquellos que poseen tres características particulares: tres rasgos que configuran lo que hemos dado en llamar «la tríada oscura»: maquiavelismo, psicopatía y narcisismo. Individuos, por lo tanto, que están inusualmente obsesionados con el poder y que, por carecer de empatía básica, son los más peligrosos. 

Pero hay que tener algo en cuenta: más que pensar en sujetos que han nacido con estas características, es cierto que estas pueden llegar a ser legitimadas e incluso alentadas por nuestros valores sociales y nuestras instituciones. Cuando crecemos en una sociedad que le otorga exagerada importancia al éxito y al dinero, es fácil que quienes consigan ascender hasta la cumbre sean aquellos con rasgos psicopáticos, narcisistas, maquiavélicos y codiciosos. 

Un estudio realizado entre ciento cincuenta y siete líderes políticos (escogidos entre los ganadores de ochenta y una elecciones a lo largo del mundo, desde 2017 hasta 2019) encontró que catorce de ellos exhibían tendencias pronunciadamente autocráticas y arrojaban puntuaciones altamente significativas en la tríada oscura, sobre todo en psicopatía (Nai y Thoros, 2020). 

Los investigadores no indican qué personajes en particular evaluaron, ni dan sus nombres, pero yo barrunto que Pedro Sánchez estaba entre ellos. No tengo pruebas, tampoco dudas. Vamos a examinar una por una las características de la patocracia según Andrzej Łobaczewski, para verificar si son categorías válidas en la España sanchista. 

• Desigualdad extrema entre los más ricos y los más pobres. En España, el diez por ciento de la población más rica concentra una gran parte de la riqueza total, mientras que el cincuenta por ciento más pobre posee una proporción mínima. La ratio de desigualdad entre los más ricos y los más pobres se ha intensificado en los últimos años, según el Barómetro Social de España. 

• Medios controlados, concentrados, sesgados y/o dominados por la propaganda. Lo que se ha dado en llamar el equipo de opinión sincronizada. La toma por asalto del ente público Radiotelevisión Española y la instauración de una maquinaria de propaganda inspirada en los principios goebbelianos, una máquina engrasada por tertulianos y activistas que se limitan a repetir el argumentario que reciben cada mañana desde Moncloa. Un ejército de mercenarios que parten de la convicción de que la máxima «una mentira repetida mil veces acaba por convertirse en verdad» es perfectamente aceptable. 

• Corrupción generalizada. No hace falta ni explicarlo. Se han publicado numerosos libros e investigaciones que analizan en detalle todos los tentáculos de la corrupción sanchista. 

• Supresión del individualismo y promoción de un «sentido común» alineado a los intereses del poder. Si hay un ejemplo claro que ilustra cómo el sentido común se sustituye por la ideología del poder, es el hecho de que se nos haga creer que un hombre con barba y dotación genital masculina intacta es una mujer, y que, por tanto, puede acceder a una cárcel de mujeres (el caso Candy, sin ir más lejos, que abordaremos en este libro). O que se dé por hecho que, si alguien entra en tu casa sin tu permiso, o si le alquilaste la casa y ha decidido dejar de pagártela, esa casa ya es suya, y tú estás obligado a pagarle la luz y el agua.

• Empobrecimiento del arte y la cultura. El arte y la cultura españolas han sido fagocitados por redes clientelares masivas, infectadas para colmo por el virus woke. Los despropósitos que he llegado a ver en libros publicados gracias a fondos institucionales, exposiciones subvencionadas por el ministerio o chiringuito de turno o conciertos pagados por el erario merecerían otro trabajo. ¿Textos en los que se niega la biología? ¡Un clásico! Exposiciones que reescriben la historia a su manera en nombre del indigenismo bolivariano. Películas en las que de forma sutil o no tan sutil se alienta a la hormonación y mutilación de menores… 

• Degradación de los valores morales y una estructura social basada en el interés propio. A lo largo del libro explicaré cómo la polarización masiva ha creado un clima de «divide y vencerás», en el que hoy todo el mundo desconfía de su vecino, de su cuñado o incluso de sus familiares, abandonando los principios de cooperación y confianza para sustituirlos por el «sálvese quien pueda». • Ideología fanática. A menudo es una forma corrompida de una ideología válida. Lo vemos en cómo se ha sustituido el feminismo por el transgenerismo, el ecologismo por el ecolojetismo, la socialdemocracia por el socialismo del siglo xxi, y los valores de la izquierda tradicional por una amalgama de sinsentidos basada en la premisa de que «todo el que no piense como yo es fascista». 

• Intolerancia y sospecha hacia cualquier persona diferente o en desacuerdo con el Estado. Este rasgo se vio claramente en el Congreso Federal del PSOE de julio de 2025, un congreso «a la búlgara» en el que solo resistió numantinamente Emiliano García Page, al que el resto de los allí presentes le llamaron de todo menos bonito. • Control centralizado; legislación excesiva, arbitraria, injusta e inflexible. El poder de decisión se reduce o directamente desaparece de la vida de los ciudadanos comunes. Un Estado omnipresente controla qué comes, qué bebes, con quién te relacionas, a quién amas, con quién fornicas, qué árboles puedes tener en el jardín de tu casa, qué puedes cultivar, cuánto azúcar puedes consumir, cuánta carne, por qué zonas de la ciudad puedes desplazarte, a qué animales callejeros puedes alimentar, en qué zona de la playa puedes poner la sombrilla, en qué bares puedes jugar al dominó… y un sinfín de controles y restricciones absurdos. 

• Actividades encubiertas dentro del Gobierno y vigilancia generalizada. Esto se vio clarísimo cuando empezaron a salir a la luz los sistemas de fontanería del Gobierno del PSOE para espiar a los disidentes. 

• Gobierno paranoico. Esto ni siquiera habría que explicarlo. Basta con escuchar las diatribas de Óscar Puente, de Pedro Sánchez, de María Jesús Montero, o de ciertos elementos del equipo de opinión sincronizada, para percibir los rasgos paranoicos en su estado más puro. 

• Hipocresía y desprecio de la clase dirigente hacia los ideales que dicen defender.
Pocas veces fue tan evidente como en los casos de José Luis Ábalos, Koldo García y Paco Salazar. O en el caso Tito Berni.
O cuando se supo de los negocios en los que estaba implicada la familia de Begoña Gómez y que, presuntamente, beneficiaban también a su marido. Un Gobierno que se decía feminista en público, algunos de cuyos miembros más ilustres, en privado contrataban servicios de prostitución o se lucraba directamente de ellos. Un presidente que, cuando le llegaban quejas sobre un acosador de mujeres en la Moncloa, respondía que eran «cotilleos de mujeres» (textual). 

• Razonamientos psicológicos corruptos; lenguaje evasivo y paramoralismo. Como decía Orwell, el lenguaje político está diseñado para que las mentiras suenen veraces. Un ejemplo: «Va a ser bueno para este país en términos de convivencia y va a ser bueno también para las fuerzas políticas que hoy rechazan la ley de amnistía, puesto que la ley reincorpora al sistema político a actores a los que desde 2017 se les negó la participación en la gobernabilidad de España. Por supuesto, se trata de un mecanismo excepcional, pero es que la situación de los partidos independentistas también lo es». Es Pedro Sánchez hablando de la amnistía. 

Pero si alguien ha sido maestro en este tipo de discurso, ha sido Podemos: lo de «los procesos deconstituyentes en los que las élites se atrincheran para negarle las posiciones a las clases subalternas que aspiran a la centralidad del tablero…», bla, bla, bla. 

Y si alguien ha perfeccionado el arte de no decir nada, ha sido Yolanda Díaz. Es la experta en utilizar un lenguaje eufemístico para esconder la pobreza: «España multinivel», «nueva normalidad», «impuesto solidario», «fijo discontinuo», «coliving», «jubilación reversible»… 

No estamos escribiendo un diccionario del politiqueo español, así que bastará con decir lo siguiente: si un discurso incluye las palabras «inclusividad», «performativo», «personas menstruantes», «hombres con vagina», «el fango», «los bulos», «sostenible», «ecoresiliente», «subjetividades periféricas», «procesos deconstituyentes», «los cuidados», «les niñes», «todes», «nosotres», «los feminismos» (en plural)… desconecta el móvil, o si lo escuchas en un mitin o una conversación de bar, levántate y huye como hoja volandera que se lleva el viento. 

• Gobierno por la fuerza. Si no es un gobierno por la fuerza aquel en el que el presidente se niega a dimitir y se atrinchera en su búnker de la Moncloa (Pedro contra mundum), pese a saber perfectamente que tiene a la mayoría del país en contra, que venga Dios y lo vea. 

• Ciudadanos objetualizados. Se considera a las personas como «recursos» explotables, no como individuos con valor intrínseco. De ahí el término «recursos humanos», que en sí mismo ya dice mucho. A lo largo de este libro, se analizará cómo se ha abandonado a los trabajadores a la precariedad e ínfimas condiciones de vida; cómo se les utiliza solo como recursos cuando se les necesita para el voto o para algún tipo de acción. 

• El Estado controla tu fe. La vida espiritual está restringida a esquemas inflexibles y de adoctrinamiento. A cualquiera que intente ir más allá de estos límites se le considera hereje o demente, y por tanto peligroso. Esto se observa claramente en el doble rasero que se aplica a la religión católica, a la que se trata casi como un credo a exterminar, mientras que se exige tolerancia absoluta hacia determinadas ramas radicales del Islam que son, abiertamente, enemigas de los principios de igualdad, fraternidad, respeto y tolerancia que sostienen a la civilización occidental desde la Ilustración.

• Polarización extrema. Encendidas divisiones arbitrarias de la población, conflictos extremos. En este libro intentaré explicar, punto por punto, cómo han ido polarizando a la población utilizando la máxima de Julio César en La Guerra de las Galias, y asumida desde entonces por gobiernos autocráticos: divide y vencerás. 

• Supresión de la libertad de expresión, manifestación, protesta y debate público. Esto se manifiesta con toda claridad en los llamados delitos de odio, un derecho penal de autor diseñado minuciosamente para silenciar al disidente, o en el hecho de que el Congreso votase para expulsar a periodistas acreditados a los que nunca se les pudo probar la comisión de ningún delito ni de acoso ni de odio. 

• Violación de derechos humanos básicos. Restricciones o negación de acceso a necesidades básicas, detención sin cargos, tortura, abuso, trabajo esclavo… Gracias a Dios, aún no hemos llegado a eso. Esta obra pretende ser una de las muchas piedras que sienten las bases para levantar un edificio distinto. Siga usted leyendo si quiere colaborar en el esfuerzo de construcción, y unirse a este grupo de arquitectos en el que queremos integrarnos tanta gente con pasados e ideologías diferentes.

La Burbuja #585 / Lucía Etxebarria desmonta las mentiras de lo woke en 'Patocracia'


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