EL Rincón de Yanka

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miércoles, 1 de julio de 2026

DISCURSO ÍNTEGRO DE GONZALO CELORIO, GANADOR DEL PREMIO CERVANTES 2025 Y PATRIOTA DEL HISPANISMO

Discurso íntegro de 
ganador del Premio Cervantes 2025
Nació en la ciudad de México. Estudió letras hispánicas en la UNAM. Es miembro de número de la Academia Mexicana, a la que ingresó en 1996. Pertenece al Sistema Nacional de Creadores desde 1994. Como escritor ha incursionado en diversos géneros: ha publicado seis libros de ensayo: El surrealismo y lo real-maravilloso (1976), Tiempo cautivo. La Catedral de México (1982), Los subrayados son míos (1987), La épica sordina (1990), El alumno (1996) y México, ciudad de papel (1997); un libro de crónicas: Para la asistencia pública (1984); una novela: Amor propio (1992), publicada en España, México y Cuba, y traducida al italiano bajo el título Non chiamarmi Ramón; y, de “varia invención”, El viaje sedentario (1994), que, por su traducción al francés, se hizo acreedor en 1997 al Prix des Deux Océans que otorga el Festival de Biarritz.
En su lecho de muerte, mi padre quiso despedirse de cada uno de sus doce hijos. Mi madre nos fue llamando uno a uno por orden de aparición en este mundo. Soy el undécimo de su descendencia, pero fui el último en comparecer ante él. La familia había querido evitar que mi hermana menor -una niña todavía-, presenciara el fatal desenlace. Entré en su habitación. Se respiraba en la penumbra un aire enrarecido por los olores que despedían los medicamentos. Me acerqué a su cama. Le rocé su mano lánguida con mis dedos tartamudos. Abrió los ojos y me dijo, con su aliento de hepatitis y la voz seca:

- "Tú llegarás, hijo." Y agregó: "Si no puedes, yo te empujo".
Hoy llegué, papá, justamente hoy, 64 años después. Gracias.

Sus reales majestades, miembros del presídium, señoras y señores:

De reojo, Miguel de Cervantes vigila mi escritura desde la cabecera de mi escritorio.

Engolado: con la gola o gorguera, metonimia de su efigie, que le rodea el cuello y en la que parece descansar la cabeza, y el rostro grave, como convendría a una voz grandilocuente. Tal es la imagen del más célebre escritor que ha engendrado la lengua española en todos los tiempos de su historia milenaria y en todos los lugares del vasto territorio donde se habla. Así figura en las portadillas de los libros de su autoría, en los grabados que ilustran las historias de la literatura española y hasta en el estrado del auditorio principal de la Real Academia Española. Hay en esta imagen, por supuesto, cierta correspondencia con el autorretrato literario que Cervantes incluyó en el prólogo a las Novelas ejemplares, publicadas entre la primera y la segunda parte del Quijote: el rostro aguileño, la nariz corva, los bigotes grandes, las barbas de plata que un tiempo fueron de oro, la boca pequeña, la color viva, antes blanca que morena.... También la frente desembarazada, ¡cómo no, si ya ha parido nada menos que el Quijote! Pero no se echa de ver la alegría de los ojos, que deberían reflejar, con su brillo, el ingenio del escritor, que supera al de su personaje, calificado con el epíteto de ingenioso. El gesto adusto no le permite la sonrisa ni la risa y mucho menos la carcajada, que pondría al descubierto sus dientes molenques, mal concertados los unos con los otros, pero que daría constancia del humor que Cervantes despliega a lo largo de las muchas páginas de su novela. El poeta zamorano exiliado en México, León Felipe, dice que "el primero que se ríe de don Quijote es Cervantes" y, con la licencia que le concede su condición de poeta para trasladarse al momento mismo de la escritura de la obra, exclama: "¡Cuántas veces, en los primeros capítulos, la carcajada incoercible le hace parar la escritura!".

En alguna página memorable de Rayuela, Julio Cortázar dice que el sentido del humor ha cavado más túneles en la tierra que todas las lágrimas que se han derramado sobre ella. A través del humor, en buena medida derivado del discurso paródico que recorre el Quijote de principio a fin, Cervantes desvela la esencia de la condición humana, que se debate permanentemente entre el ideal inalcanzable y la cruda realidad, monda y lironda.

En uno de los prólogos de la edición conmemorativa del Quijote publicada por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, Mario Vargas Llosa destaca la importancia de la libertad en la obra cervantina. Y la libertad, según él, no es otra cosa que la soberanía del individuo frente a la autoridad, frente a "los desafueros que puede cometer el poder, todo poder".

Es natural el fervor con que Cervantes valora la libertad después de haber permanecido en cautiverio durante más de cinco años en Argel y de haber sufrido sucesivos encarcelamientos posteriores. Y lo es a tal grado, que la libertad, en su discurso, tiene predominio aun sobre la justicia, de la que su propia experiencia le hace recelar.

Pero la libertad que Cervantes exalta a lo largo de las páginas de su obra no se limita a la ponderación que de ella hace don Quijote incontables veces y a las acciones que emprende para defenderla. Es también una condición de su propia escritura novelística. La novela cervantina rompe con todas las ataduras que pudieran aprisionar el género. Alejo Carpentier dice que toda gran novela empieza por hacer exclamar a sus lectores: "¡Pero esto no es una novela!" Y así la han de haber considerado los lectores de su tiempo, desconcertados por la absoluta libertad literaria que Cervantes despliega capítulo a capítulo.

¿Qué es el Quijote? Es un libro de caballerías que parodia los libros de caballerías; una novela que no sólo presenta una amplísima gama de variantes narrativas, sino que alberga en su seno otros géneros literarios: la poesía, la prédica, la reflexión ensayística y hasta otras novelas subsidiarias y varias comedias de enredo escritas al margen de la dramaturgia, amén de la crítica literaria que su autor pone en práctica en los prólogos que él mismo se ve conminado a escribir a falta de quien estuviera dispuesto a redactarlos. Carlos Fuentes dice que "Cervantes unió todos los géneros literarios previos -épica, picaresca, novela de amor, relato pastoril, novela morisca- para crear un género de géneros abarcador, incluyente, en el que tuvieran cabida todos los sueños, la memoria, los deseos, las imaginaciones, las debilidades y las fortalezas del ser humano." Y considera que, con posterioridad al Quijote, "el género se fue adelgazando hasta llegar a la anorexia por una exigencia de pureza mal avenida con la impureza radical del género." Por fortuna, la novela ha podido recuperar en nuestros tiempos la impureza que le otorgó Cervantes. Es en sí misma un género sucio, que se nutre de la vida con todas sus aspiraciones, sí, pero también con todas sus lacras y sus inmundicias.

Lo paradójico es que el Quijote, que se insubordina a cualquier canon posible, establece al mismo tiempo el canon indiscutible de la literatura de nuestra lengua.

Podría decirse que cualquier experimento narrativo o cualquier intento de ruptura de la tradición en busca de la modernidad ya están prefigurados en el Quijote. Si el fundamento del canon cervantino no es otro que la insubordinación a todo canon y ese canon sigue vigente, la novela ha cifrado su originalidad y su valor en tal iconoclasia. Y no sólo porque admita la concurrencia de varios géneros en su seno, como ocurre en el Quijote, sino por su renuencia radical a ubicar los géneros literarios en compartimentos estancos.

En la llamada literatura del yo, ha tenido preeminencia la poesía lírica. El poeta habla de sí mismo y de sus ensoñaciones. Y a nadie le extrañaría que, en una circunstancia como esta, el poeta se refiriera a su propia poesía. Pero la literatura del yo también se ejerce en la prosa -en el ensayo, la novela, la memoria, que son los géneros, entremezclados hasta la promiscuidad, en los que mi voz ha querido perseverar. A mi propia obra habré de referirme en esta alta ocasión. También hubiera querido hablar de otros asuntos: del tardío advenimiento de la novela en América con El Periquillo Sarniento de José Joaquín Fernández de Lizardi, cuya publicación en 1816, cuando ya se ha iniciado la revolución de Independencia en México, le confiere al género literario su condición de género libertario preconizada por Cervantes; del proceso de desespañolización, según el impetuoso término acuñado por Ignacio Ramírez tras la independencia política de mi país, que pretendió articular una literatura propia en una lengua que inopinadamente se sintió ajena cuando, sin ella, ni México, ni ningún otro país hispanoamericano, habría podido configurar su nacionalidad; del retorno de las carabelas, como el escritor peruano Luis Alberto Sánchez llamó a la influencia del modernismo, encabezado por el nicaragüense Rubén Darío, en la Generación española del 98 y que podría aplicarse también a la riqueza narrativa del llamado boom de la novela latinoamericana, que repercutió significativamente en la literatura española de la transición democrática. Pero no. Sólo manifestaré, en esta mera enunciación de temas que me hubiera gustado desarrollar, que la nacionalidad mexicana no puede disociarse de la historia y de la cultura españolas, que le son inherentes. Con sus propias peculiaridades, en cierta medida derivadas de las culturas antiguas, en las que se ha intentado sobreponer la retrotopía del paraíso perdido, México es parte sustancial de lo que Carlos Fuentes denominó felizmente "el territorio de la Mancha"... Me limitaré entonces a hablar, con cierto pudorcillo desmañado, de mi propia obra literaria, porque es ella, a fin de cuentas, la que me ha traído hasta este paraninfo.

En principio, mis obras responden a los géneros del ensayo, la novela, la crónica o la memoria, como tradicionalmente se han denominado, pero ninguna de ellas se ha quedado encerrada en el sitio que la clasificación genérica les ha adjudicado. Mis presuntas novelas mucho tienen del centauro de los géneros, como Alfonso Reyes definió el ensayo por la concomitancia en su discurso de la inteligencia rectora y la imaginación bravía. Pero también hospedan en sus páginas la crónica, la confesión, la remembranza. Es el caso de las que integran la saga titulada, no sin ironía, Una familia ejemplar, a saber: Tres lindas cubanas, El metaly la escoria y Los apóstatas. Me concentraré en ellas porque en esa trilogía me parece que se articula lo que podría llamarse una poética narrativa.

Siempre había querido contar la historia de mis ancestros para conocer mis orígenes y conocerme a mí mismo, porque nadie sabe bien a bien quién es si no sabe de dónde viene. Por lo poco que conocía de mis antepasados próximos -y sobre todo por lo mucho que de sus historias me habían ocultado deliberadamente en casa-, intuí que sus vidas eran novelables, como bien mirada, cualquier vida lo es. Pero las suyas quizá todavía más por la dimensión histórica que fueron cobrando sus involuntarias hazañas.

Tan pronto empecé a averiguar por mi propia cuenta los pasajes más determinantes de sus biografías, advertí que casi todos ellos habían desempeñado, sin sospecharlo siquiera, un papel épico en el transcurso de sus días. Y esa condición épica, que en su momento adoptaron con naturalidad y sin conciencia, era susceptible de ser contada en clave novelística. Pensé que aquellas personas, convertidas en personajes merced al artificio de la literatura, podrían ser trascendentes no sólo para mí y los míos por tratarse de nuestra propia estirpe, sino para cualquier lector capaz de vivir como suyas sus convulsivas historias: historias de migración y de exilio; de bonanzas ubérrimas y latrocinios arteros; de vicios inconfesables y amnesias enajenantes; de obsesiones satánicas y luchas revolucionarias. Unos habían sufrido los trastornos generados por la Revolución mexicana o la Guerra civil española, otros habían abrazado la causa de le Revolución cubana o, proscritos por el nuevo régimen, habían tenido que emprender el camino de la diáspora. Alguno más había participado en la gesta de la Revolución sandinista que destapó una Nicaragua tan violentamente dulce, como la calificó Cortázar sin que la vida le hubiera dado la oportunidad de asistir a su conversión en una oprobiosa dictadura.

Durante mucho tiempo me di a la tarea de indagar sobre aquellas ramas que por razones puritanas habían sido podadas de mi árbol genealógico y por las que mi curiosidad infantil hubiera querido encaramarse.

A lo largo de los muchos años de escritura de la saga, la literatura se fue enseñoreando de la historia de mi familia hasta avasallarla por completo.

Liberado de las exigencias de la veracidad histórica, le di cabida a la imaginación literaria: modifiqué nombres, fechas, parentescos; suprimí de un plumazo personajes anodinos para la literatura por más que hubieran sido relevantes para la vida familiar, de igual manera que engendré otros que se desplazaron por mis páginas con la misma naturalidad que si hubieran transitado por la historia. La escritura se pobló de hipérboles, falacias, invenciones, lo que, paradójicamente, me permitió hacer calas más profundas en aquella historia original. 9 Porque la ficción puede llegar adonde la veracidad histórica se detiene como delante de un precipicio. Y es que la novela tiene la potencia de ampliar las escalas y las categorías de la realidad. No se limita a contar lo que los seres humanos hacen, dicen o piensan, sino que incorpora a su discurso lo que recuerdan, lo que imaginan, lo que sueñan... todo aquello que forma parte de su realidad, entendida en un sentido amplio e incluyente. Y al mismo tiempo, la realidad, ensanchada por la imaginación que la subvierte y por el verbo que la recrea, se despliega con mayor amplitud y se revela con mayor hondura.

En el proceso de escritura, les fui suministrando a mis novelas en ciernes los datos que había podido recabar a propósito de la historia ancestral de mi familia: documentos de toda índole -actas, testamentos, fotografías, recortes de periódicos y hasta recetarios de cocina. Consulté hemerotecas y archivos históricos, realicé viajes de estudio a varios países, entrevisté a decenas de testigos sobrevivientes, leí intrusivamente cartas que no estaban dirigidas a mí, profané diarios íntimos que habían hecho las veces de confesionarios... Y de manera milagrosa, la novela misma los fue procesando conforme yo escribía y acabó por devolvérmelos a mí, su autor, convertidos en un discurso que leí, sorprendido por las revelaciones que la novela misma me proporcionaba. Mis novelas me han dado a conocer sucesos pavorosos de los que yo no tenía noticia ni la más mínima sospecha antes de escribirlas: adulterios escondidos, homicidios encubiertos, abusos pederastas. Sí, la novela es el género indagatorio por excelencia. Y ejercerlo es una aventura de alto riesgo.

Nunca he adoptado ninguna consideración teórica previa a la escritura. Decía Maurice Blanchot que escribir una novela es como lanzarse al mar sin cera en los oídos y estar dispuesto a oír el canto de las sirenas. Puedo conocer el lugar del que zarpa mi embarcación, pero ignoro cuál puede ser mi puerto de llegada, si es que llego a puerto y no me quedo varado en medio del piélago, seducido y hechizado por alguna Circe que me retenga en una isla y me impida continuar la travesía.

Después de veinte años de navegación, por fin atraqué en la Ítaca de mis antepasados.

Yo no conocí a ninguno de mis cuatro abuelos. Pero sé que el padre de mi padre salió de un caserío llanisco de Asturias, a mediados del siglo XIX para "hacer las Américas" cuando apenas era un mozalbete de dieciséis años. Se estableció en México y al cabo de un tiempo de esfuerzos denodados y muchas privaciones, pudo casarse con una mujer mexicana con la que fundó la estirpe de la que procedo. Gracias a la novela que escribí sobre los avatares de su historia, lo conozco mejor que si lo hubiera conocido en vida.

Mi abuela materna nació en La Habana cuando Cuba, "La Perla de las Antillas", era todavía una de las provincias españolas de ultramar. Se dice que ella bordó la estrella de la primera bandera cubana de su incipiente y malhadada independencia. En la novela que escribí sobre 11 sus tres hijas -una de ellas, mi madre- no quise dar cuenta de aquel memorable episodio. Habría ido en detrimento de la credibilidad. De la misma manera que la literatura me permite contar como verdadero lo que no ocurrió, aunque hubiera podido ocurrir, me desaconseja relatar como verdad lo que, habiendo sucedido, no pasa la criba de la verosimilitud literaria.

A pesar de sus muchas ocupaciones, mi madre siempre encontró tiempo para leer novelas. Tanto disfrutaba la lectura, que una vez, cuando un hermano mío estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte a causa de una feroz peritonitis, le prometió a la Virgen del Perpetuo Socorro, de la que era devota, que dejaría de leer novelas durante cinco años, si lo salvaba. Ese era el mayor sacrificio que podía ofrecer. Mi hermano sobrevivió y ella cumplió su promesa con religiosa disciplina. Al cabo de cinco años pudo recuperar lo que más le deleitaba, su enorme gusto por leer novelas. A destiempo la comprendo, aunque yo no tenga su fe ni tendría el arrojo de hacer tamaño sacrificio.

Mi padre le escribió una carta de amor a mi madre todos los días, aunque ambos estuvieran en casa. Todavía lo puedo ver, sentado en su escritorio, escribiendo sus cartas cotidianas, rumiando sus nostalgias e inventando artilugios que nunca alcanzarían la bendición de la patente o que ya eran moneda de uso corriente en otras partes y aun en otros tiempos sin que él se hubiera enterado siquiera. Igual que yo ahora, que me paso la vida, sentado en mi escritorio, con los pies metidos debajo de las patas delanteras de la silla para no caer en la tentación de levantarme y abandonar la tarea, escribiendo lo que acaso, sin yo saberlo, ya escribieron otros.

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Miguel, mi hermano mayor, que me llevaba 22 años, los mismos que le llevo yo a mi primogénito, me adoptó como hijo suyo cuando yo era niño, para contrarrestar la senectud de mi padre. Algunas tardes me invitaba a su habitación, que era menos un dormitorio que una biblioteca, y me hacía aprender de memoria frases rimbombantes que tendría que decir en voz alta cuando llegara a casa alguna novia suya. Entonces me tomaba de los codos, me subía a la mesa del comedor y me preguntaba con un guiño de complicidad: Gonzalo, ¿hasta dónde me quieres? Y yo le respondía delante de la novia, te quiero más allá de la Cólquida donde Jasón y los argonautas buscaron el vellocino de oro; te quiero hasta la más lejana estrella de la Vía Láctea, te quiero hasta el último confín del universo. Yo, por supuesto, no sabía quién era el tal Jasón, ni qué era la Vía Lactea ni qué significaba la palabra confín. Pero mis respuestas suscitaban el aplauso de la pequeña concurrencia y me otorgaban una singularidad en esa familia regida por el precepto equitativo de mi madre con el que gobernaba a su prolífica descendencia: "todos mis hijos son iguales." La novia quedaba seducida y yo, diferenciado de todos mis hermanos. Creo haber sabido desde entonces que en la palabra se cifraba mi destino.

He dedicado toda mi vida a la palabra. Como escritor que acaso habla más de lo que lee que de lo que vive; como profesor que no ha tenido mayor placer que contagiar el entusiasmo por la literatura a las muchas generaciones de alumnos que han pasado por sus aulas; como "aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles" que ha formado una generosa biblioteca con los libros que ha podido adquirir o trasegar desde cada uno de los países por los que ha viajado; como académico de la lengua enamorado del organismo vivo y cambiante que estudian él y sus colegas; como editor que ha tenido el privilegio de convertir un manuscrito en un libro vivo y circulante como la sangre. Por eso, cuando alguien me pregunta que cuál es la palabra que más me gusta de la lengua española, le respondo que la palabra que más me gusta de la lengua de Cervantes es la palabra palabra.



Una narración deslumbrante que logra reconstruir con las armas de la literatura el itinerario de una familia que encarna como pocas la historia reciente de México.
En 1874, Emeterio decide emigrar a México en busca de fortuna, y se despide de sus padres en una perdida aldea de Asturias. En México, su trayectoria le llevará de mozo de tienda, que duerme bajo el mostrador, a dueño de un emporio de establecimientos de bebidas alcohólicas. Pero sus esfuerzos exitosos en los negocios no se verán recompensados por la labor de sus hijos, que despilfarrarán la fortuna en una vida disipada con continuos viajes a Madrid, ni por sus hijas, condenadas a un papel secundario en una sociedad machista. Cuando uno de sus nietos, en la tercera generación, retome la iniciativa económica tendrá que enfrentarse con una amenaza inesperada y devastadora: la pérdida de la memoria.

EVERNESS

Solo una cosa no hay, es el olvido. 
Dios, que salva el metal, salva la escoria 
y cifra en Su profética memoria 
las lunas que serán y las que han sido. 

Ya todo está. Los miles de reflejos 
que entre los dos crepúsculos del día 
tu rostro fue dejando en los espejos 
y los que irá dejando todavía. 

Y todo es una parte del diverso 
cristal de esa memoria, el universo; 
no tienen fin sus arduos corredores 

y las puertas se cierran a tu paso; 
solo del otro lado del ocaso 
verás los Arquetipos y Esplendores. 

Jorge Luis Borges 

La vida no ha terminado: todavía hay 
esperanzas para el olvido. 

Juan Carlos Onetti, La vida breve


lunes, 29 de junio de 2026

LIBRO "LA CARABELA SANLESMES": EL VIAJE MÁS ÉPICO DE LA HISTORIA por LUIS GORROCHATEGUI 🌍🌎🌏

 
LA  CARABELA  
SAN LESMES

EL  VIAJE  MÁS  ÉPICO  DE  LA  HISTORIA

En el año 1525 siete naves de la expedición Loaísa-Elcano zarpan desde La Coruña con la intención de comenzar la anhelada ruta de las especias, descubierta en la primera circunnavegación al planeta, pero en esa titánica misión una de las naves, la carabela San Lesmes, encalla en una isla perdida en la inmensidad del Pacífico. Sin posibilidades de regresar, la tripulación tendrá que abrirse camino en las paradisiacas playas de la Polinesia.
De la mano de Luis Gorrochategui, conoceremos esta apasionante historia de supervivencia y expansión de unos navegantes a los que dieron por muertos, y la fascinación sentida por las expediciones españolas que siglos después hallaron a sus descendientes en aquellas tierras. La investigación también nos muestra nuevos datos sobre Australia y la exploración del Pacífico, e incidencias de la vida de James Cook jamás conocidas por sus numerosos biógrafos.
El paradero de la Carabela San Lesmes siempre ha estado rodeada de un halo de misterio. Aquel barco que zarpó de La Coruña en 1525 con el propósito de abrir la ruta de las especies nunca llegó a su destino. Siempre se ha pensado que acabó en el fondo del mar. Pero Luis Gorrochategui, historiador y autor de un reciente libro sobre la expedición, aporta datos de expediciones posteriores que apuntarían a que este barco no sólo acabó en la Polinesia pacífica, sino que sus habitantes se mezclaron con la población nativa y dejaron su huella en forma de mestizaje, artes pesqueras, en la forma de construir embarcaciones, en la lengua, o incluso en prácticas de entretenimiento como el teatro.

El 24 de julio de 1525 zarpa desde La Coruña la expedición Loaísa-Elcano con la intención de llegar a las Islas Molucas y abrir la ruta de las especias, descubierta poco antes en la primera circunnavegación al planeta. Es el propio Juan Sebastián Elcano el marino de esta nueva expedición, comandada por el noble García Jofre de Loaísa, que fijaría allí su residencia como Gobernador y Capitán General del archipiélago.

Pero los designios humanos son azarosos y de los siete barcos de la jornada solo la capitana, la nao Santa María de la Victoria, tras un año, tres meses y mil peripecias, conseguirá arribar a las Molucas. Durante su interminable viaje, mientras atraviesa el Pacífico, encontrará la muerte Loaísa, sucediéndole en el mando el marino de Guetaria, que cuatro días después, a comienzos de agosto de 1526, hallará digna sepultura a su grandeza en el más grande de los océanos.

Ya sin Elcano ni Loaísa aquella nao mantendrá una guerra con los portugueses durante largos años hasta que Carlos V vende las Molucas a Portugal por 350.000 ducados. Los escasos supervivientes volverán a España completando la segunda circunnavegación al planeta once años después de su partida. Entre ellos regresa Andrés de Urdaneta, que años más tarde abrirá el cerrojo del Pacífico descubriendo el tornaviaje que durante siglos surcará el galeón de Manila.
De aquellos siete barcos hay uno, la carabela San Lesmes, que en junio de 1526 se extravía en el sur del océano Pacífico y no se vuelve a tener noticia de ella. Hasta aquí no habría nada más que reseñar y esta carabela sería uno más de los barcos perdidos para siempre en los océanos. Y así ocurriría si olvidásemos lo que encontraron los exploradores que mucho tiempo después volvieron a esa olvidada zona de nuestro planeta. Pero lo vamos a recordar.

Expedición de Wallis a las Tuamotu, en la Polinesia, en 1767

Adelantemos la moviola del tiempo 241 años. Estamos en 1767. La expedición de Samuel Wallis llega a las Tuamotu, en la Polinesia. En la isla de Nukutavake, George Robertson, el maestre del Dolphin, se sorprende de la construcción de sus embarcaciones: «con el tablado unido por pequeñas maderas, y el armazón que recuerda a los nuestros» y habla de «redes hechas de la misma manera que en Inglaterra». Exactamente lo mismo dirá el guardiamarina William Hambly. En lo que se refiere a las mujeres de Tahití, es significativa la anotación de Robertson: «las había de color cobrizo, otras mulatas, pero también casi, si no del todo, blancas».


El misterio de los diferentes colores de piel será una de las características de los tahitianos que más fascinará a Robertson: «Hay tres colores de piel aquí, y esto es lo más difícil de explicar de todo lo que hemos visto. Los cobrizos son diez veces más numerosos que los mestizos, que son un medio entre los más blancos y los cobrizos, y los mestizos son cerca de diez veces más numerosos que los más blancos».
Además, Robertson nota una jerarquía según el color de su piel. Los pasajeros de las canoas situados en los entoldados eran blancos, mientras que los remeros cobrizos. Robertson cree que esos blancos se asemejan a españoles o portugueses, y los cobrizos, por su lado, a los malayos. Tras su retorno a Inglaterra, los periódicos cantarán las maravillas de Tahití y hasta se harán eco de la existencia de mujeres pelirrojas.

Expedición de Louis de Bougainville a Tahití en 1768

El siguiente viaje en que nos detenemos es el de Louis-Antonie de Bougainville llega a Tahití en abril de 1768 y nos deja importantes relaciones: «Los salvajes parecen afables y desembarazados… algunos son mulatos, algunos blancos, otros cobrizos y otros negros…», escribirá el marinero Charles Fesche en su diario. En una de las canoas que se acercó al Etoile, un barco de esta expedición, iba un hombre con su hija, de unos 16 o 18 años. Para Pierre Caro, un oficial de este barco, era asombroso «como tan blanca y encantadora gente podía ser encontrada tan lejos de Europa, cuando los otros vistos durante el viaje eran negros y sin finura». Por su parte, el príncipe de Nassau-Siegen, que viaja en el Boudeuse, escribirá que las mujeres tienen «ojos grandes y bonitos, dientes atractivos, rasgos europeos y piel suave».

Por su lado, Bougainville será engalanado con una gola hecha de mimbre y cubierta con plumas negras y dientes de tiburón, que le recordará vivamente a aquellas del tiempo de Francisco I de Francia, la época de la San Lesmes. Escribirá: «Los habitantes […] se dividen en dos razas muy diferentes, pero que hablan igual, tienen las mismas costumbres, y parecen mezclarse sin distinción. La primera […] nada distingue su apariencia de un europeo, y si se vistiesen, y vivieran menos a la intemperie y expuestos al sol y la luna, serían tan blancos como nosotros; su pelo es en general negro. La segunda raza, de tamaño medio, tienen el pelo rizado como cerdas, y en color y apariencia parecen mulatos».

Bougainville también anota que la clase inferior va cubierta con taparrabos, mientras que los jefes llevan largos jubones hasta las rodillas. Tienen unas artes de pesca muy avanzadas, y también sofisticados útiles para fabricar su aparejo: «los cinceles que utilizan son exactamente de la misma forma que los que usan nuestros carpinteros». En los entierros baten sus castañuelas y llevan luto que cubre la cabeza con un velo. Tienen un dios superior, que no se asocia a ninguna imagen, y también dioses inferiores.

Cook, Commerson, Boenechea y Mourelle también apuntan a la Carabela San Lesmes

Pero la más interesante de todas las relaciones será la del botánico de la expedición Philibert Commerson. En ella propone que los tahitianos son una raza mixta entre los nativos y los náufragos de un barco español de las primeras exploraciones. Se basa en algunas costumbres: que los tahitianos conozcan el arte de anudar y hacer sus como los europeos; que hagan sangrías a los enfermos; que sus asientos se parezcan a los taburetes bajos de cuatro patas de nuestros carpinteros; que sus cuerdas y tanzas de fibra vegetal también sean muy parecidas; que usen trenzas, cestas, azuelas, hachas y ropa muy elegante para los hombres… «su pasión por pendientes y brazaletes, y algunas otras costumbres que individualmente no significan nada, pero consideradas en su conjunto, denotan imitaciones de maneras de Europa». Así, su conclusión es que hubo un naufragio español mucho tiempo atrás, que puede haber ocurrido «a cien o doscientas leguas de Tahití, nos han asegurado los lugareños».

James Cook llegará Tahití en 1769. El contramaestre del Endeavour, Robert Molyneux, comenta las costumbres religiosas de sus habitantes, que, silenciosamente se sientan, arrodillan y ponen de pie como lo harían los ingleses. Según el relato de Cook, los tahitianos tienen diferentes colores de piel: la raza superior se protege de los trabajos bajo el sol y son más altos y blancos, tanto como los propios ingleses que residen en las Indias, y algunas mujeres son, de hecho, prácticamente como las europeas. También toman nota de que uno de los instrumentos de sus bailes son unas castañuelas hechas con conchas de nácar, y Banks, botánico de la expedición, se sorprende, como anteriores viajeros, de que sus artes de pesca sean tan parecidas a las de los europeos. En la cercana isla de Raiatea asistieron a un espectáculo teatral, que les «recuerda mucho al teatro clásico inglés».

La Expedición de Felipe González Ahedo a la isla de Pascua en 1770, por su parte, certificó el carácter caucásico de los pascuenses. Francisco Aguera, piloto de la fragata Santa Rosalía, nos brinda una reveladora descripción física: 

«su fisonomia en nada se pareze a los Yndios del Continente de Chile, Perú, y Nueva-España, siendo estos Ysleños de un color entre blanco, trigueño, y rubio, nada getosos [boca prominente], correspondiendo en todo más á europeos que a Yndios. Tan inequívoca descripción, será refrendada por Juan Hervé, piloto del navío San Lorenzo: «pelo liso barba cerrada, y no se parecen en nada a los Yndios del Continente de esta América, y si se vistiesen como nosotros, podrían pasar mui bien por Europeos».

Nos fijamos ahora en los viajes de Domingo Boenechea a Tahití de 1772 a 1774, que conllevarán la profundización de nuestros conocimientos sobre la Polinesia, al haber fundado España allí el primer asentamiento europeo. Somos testigos de un remedo de eucaristía, en la que reparten trocitos de cerdo asado en vez de pan; de la distribución étnica de sus habitantes, al modo de lo dicho por anteriores viajeros, y además hallarán una gran cruz en el atolón de Anna, cercano a Tahití. Su expedición encontrará múltiples ejemplos de indígenas rubios y de ojos azules, y un gran cuenco sagrado con cuatro patas fabricado en dolerita negra, el llamado umete, un objeto único en la Polinesia que sólo pudo ser tallado utilizando metal.

Arriba Umete. Museo Nacional de Antropología. 
Fotografía de Pablo Linés Viñuales. 
Abajo, Korotangi. 
Museo de Nueva Zelanda, Wellington.

Por último, hacemos referencia a la expedición de Francisco Mourelle, que en 1781 descubre las islas Vavao, uno de los últimos paraísos vírgenes del Pacífico, situadas 2.000 km. al oeste de Tahití, y en la vertical de Nueva Zelanda, y que marcan el límite noroeste de la aparente zona de influencia de nuestra carabela. Encontramos otra vez indígenas con aspecto europeo, y muy avanzadas técnicas de construcción naval y agricultura.

Hipótesis de Martín Fernández Navarrete en el siglo XIX

Adentrándonos ya en el siglo XIX, nos topamos en 1837 con la primera hipótesis que identifica como la carabela San Lesmes al barco español supuestamente perdido en tiempos pretéritos. Será al marino e historiador Martín Fernández de Navarrete al que le corresponda postularla, por pura eliminación de posibilidades, en el intento de explicar el origen de la mencionada cruz encontrada en Anna. Y a partir de ahora los indicios de la presencia temprana de la carabela se multiplican.

El australiano Robert Langdon dedicó su vida a recopilarlos. Siguiendo su investigación, encontramos significativos datos de la impronta europea de los maoríes de Nueva Zelanda en distintos ámbitos. En lingüística, con palabras de probable origen español, como el vocablo “pero”, para referirse a perro, que sorprendió a varios investigadores. También el aspecto europeo de una proporción llamativa de maoríes y polinesios. Algo que salta a la vista, y que puso sobre la pista al investigador neozelandés Winston Cowie de la necesidad de una presencia europea en Nueva Zelanda previa a la llegada de Cook. También Langdon recoge un análisis genético realizado entre 1970 y 1972 en la isla de Pascua cuyos resultados apuntan al origen europeo de los pascuenses. Asimismo, encontramos restos materiales, como un casco español del siglo XVI encontrado en Nueva Zelanda, objetos de piedra, como el citado umete o la escultura de un pájaro, sagrada para los maoríes, que solo pudieron ser tallados con metal.

Todos estos indicios, y muchos más que se recogen al detalle en La carabela San Lesmes. El viaje más épico de la historia, CRÍTICA 2022, nos llevan a la conclusión de que hay suficientes elementos como para tomarse muy en serio la hipótesis de la supervivencia de la tripulación de la San Lesmes, la proliferación de sus descendientes, y su influencia en la cultura del Pacífico sur. Estaríamos ante el caso más sorprendente de éxito de un grupo humano aislado durante siglos. Sin duda, un análisis genético in situ sería muy adecuado para resolver este enigma, cuando están a punto de cumplirse 500 años desde su comienzo.

Introducción

Es fascinante el empeño que pusieron nuestros antepasados en la edad heroica de la exploración oceánica. Y el año 1525 no se quedó atrás. Ese verano zarpa desde La Coruña la expedición Loaísa-Elcano, con Ja in­ tención de abrir la ruta de las especias siguiendo el camino descubierto pocos años antes en la primera circunnavegación al planeta. Es decir, a través del estrecho de Magallanes arribar hasta las islas Molucas, situa­das al sur de las islas Filipinas, y muy anheladas dado el potencial del mercado de las especias, debido al gran precio que estas alcanzan en Europa. La expedición larga trapo con 450 hombres y siete naves, de las que solo una, y con grandes pérdidas, conseguirá llegar a las Molucas. Se hace entonces patente la excesiva dificultad y distancia de ese trayecto, que será abandonado y sustituido por tres más cortos y sincronizados. El primero, la ruta que une Filipinas con Acapulco por el Pacífico norte: así nacerá el galeón de Manila, que durante siglos conectará Asia con América en viaje de ida y vuelta. Después, la caravana terrestre de Aca­pulco a Veracruz, que lleva la mercancía al Atlántico en carretas, y por fin, la flota de Indias, que une América con Europa.

Así, podríamos decir que la expedición Loaísa-Elcano sirvió a la postre para descartar esta ruta y fue por lo tanto útil. Sin embargo, más allá de esa utilidad, esta jornada va a generar el más apasionante misterio de la historia de la navegación oceánica. Todo comenzó con el descubrimiento, en 1929, en el atolón de Amanu, en la Polinesia, de cuatro cañones de la primera mitad del siglo XVI. Sabemos que esas piezas exclusivamente pueden pertenecer a uno de los barcos de esta expedición: la carabela San Lesmes, pues conocemos el destino de las demás naves y también que no volvieron a transitar barcos por la zona en esta época. Asimismo, sabemos que el barco fue reflotado, pues no se hallaron más restos en el lugar, y sí piedras foráneas que pudieron servir de lastre. Así, los cañones y las piedras fueron arrojados por la borda para liberar la carabela y permitirle continuar la navegación. Este hallazgo puso sobre la pista al investigador australiano Robert Lang­ don, que dedicó gran parte de su vida a intentar resolver este misterio, algo que no es de extrañar, pues el asunto es realmente sugestivo. En efecto, los cañones, aun siendo la evidencia más clara del paso de la San Lesmes por la Polinesia, no son en absoluto la única, pues encontramos numerosos indicios de tal paso, y asentamiento, en áreas tan dispares como la genética, la arqueología, las influencias culturales, incluyendo construcción naval, lingüística, vestimenta, folclore o incluso la forja de mitos y elementos religiosos, que nos presentan las piezas de un gigantesco rompecabezas que este libro expande sobre la mesa. Otras investigaciones han añadido aún más intriga, denunciando las insal­vables incongruencias cronológicas que encontramos entre la historia oficial de los descubrimientos en el Pacifico y la datación conocida de los antiguos mapas. Así, en los mapas aparece información sobre luga­res que, según esa historia oficial, aún no habían sido descubiertos.

La primera parte del libro relata la expedición Loaísa-Elcano, su origen y singladura. La segunda se ocupa de la carabela San Lesmes y repasa las expediciones históricas a la zona en busca del rastro de esta nave. Viajaremos con Sarmiento y Mendaña a las Salomón, con Quirós y Torres a Australia e iremos a Tahití con Wallis, Bougainville y Cook. Nos detendremos después en los viajes de Boenechea y Gayangos a esta isla, donde España fundó el primer asentamiento europeo y tuvo tiempo de recabar incomparable información. Tras esto, nos metere­mos en la piel de Mourelle y, después de viajar a Alaska y comprobar la distinta idiosincrasia de sus moradores, descubriremos las islas Vavao, el último paraíso inexplorado del Pacífico, que pone un broche de oro al mapa de la zona de influencia sanlésmica. Como colofón, se expone y analiza la fundada hipótesis de Robert Langdon. Hay que tener muy presente que estamos hablando de un hecho que ocurrió hace medio milenio. Es decir, aquellos viajeros que encallaron en la inmensidad del Pacífico sur, quedándose aislados, y las numerosas generaciones de sus descendientes tuvieron realmente mucho tiempo para hacer sentir su presencia e influencia a través delos siglos y a largas distancias. Así, en­contrarnos una historia no solo de supervivencia, sino de éxito y difu­sión, lo que convierte la peripecia de la San Lesmes en un viaje que llega hasta nuestros días. Hagámoslo juntos.

La carabela San Lesmes, el viaje más épico de la historia. Con Luis Gorrochategui

domingo, 28 de junio de 2026

LIBRO "A LAS AFUERAS DE LA CRUZ": LAS SECTAS DE ORIGEN CRISTIANO EN ESPAÑA 🕆 MÁS DE 1.000 SECTAS Y 400.000 AFECTADOS

A las afueras 
de la cruz
🕆
Las sectas de origen cristiano 
en España

Una de las características del pluralismo religioso es la existencia de las sectas. Se calcula que en torno al 1% de la población española forma parte de esos grupos que se mueven en un amplio espectro que va entre lo religioso y la búsqueda del bienestar personal. Aunque la secularización ha afectado en su crecimiento y difusión a las sectas más religiosas, continúan siendo una realidad que no podemos desatender. En estas páginas se ofrece información actualizada de casi un centenar de sectas de origen cristiano presentes en España, ordenadas por «familias»: de origen católico o anglicano, de origen protestante, procedentes del adventismo, metafísicas o de sanación, restauracionistas, proféticas y mesiánicas. Desde movimientos con más de un siglo de historia en nuestro país y miles de seguidores hasta pequeños grupos con una modesta actividad que a veces se limita al ámbito de las redes sociales; aquí se analiza su origen, historia, doctrinas, prácticas, organización interna y entidades dependientes.
El estudio detallado de cada secta y la visión de conjunto permiten comprender el título: A las afueras de la cruz, porque, a pesar de la apariencia y de la terminología cristiana, estos movimientos muestran un progresivo alejamiento de los principales núcleos de la fe en Jesús, tal como se plasmó desde sus inicios en unas fórmulas doctrinales, unas celebraciones litúrgicas y un estilo de vida propio.
INTRODUCCIÓN

«Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, mandó a sus discípulos a preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”» (Mt 11,2-3). La inquietud mostrada por el Bautista y que relata el evangelista Mateo, ha planeado como una sombra a lo largo de veinte siglos de cristianismo. Desde el principio hubo grupos y personas que reclamaron un papel importante —y hasta exclusivo— en el nuevo camino que habían iniciado los seguidores de Jesús de Nazaret, llegando a proponer sus propios caminos divergentes. En una historia larga y compleja, la vivencia de la fe cristiana se ha ido configurando socialmente, dando lugar a las diversas Iglesias y comunidades eclesiales que forman el mapa plural del cristianismo contemporáneo, pero han seguido surgiendo propuestas alternativas que se han situado al margen de las denominaciones tradicionales. 

Al elaborar el mapa del pluralismo religioso en España, espacio geográfico y cultural en el que se enmarca este trabajo, es obvio que el cristianismo debe ocupar un lugar primordial. Junto a la Iglesia católica se encuentran otras confesiones cristianas con una importancia tanto histórica como actual, y que podemos localizar con relativa facilidad en las grandes corrientes de la ortodoxia, la Reforma protestante y el anglicanismo. Sin embargo, no es tan sencilla la labor de identificar y ordenar la compleja realidad del fenómeno sectario que se mueve en torno al hecho cristiano. Por eso, la inclusión de algunos movimientos en esta obra será, ciertamente, discutible y polémica. 
¿Es posible hacer una distinción, en el ámbito cristiano, entre lo que es una secta y lo que no lo es? 

Manuel Guerra, en su obra de referencia fundamental sobre este tema, ofrece su propia definición de secta, después de estudiar cientos de grupos: 
«Una secta es la clave existencial, teórica y práctica, de los que pertenecen a un grupo autónomo, no cristiano, fanáticamente proselitista, exaltador del esfuerzo personal y expectante de un cambio maravilloso, ya colectivo —de la humanidad—, ya individual o del hombre en una especie de superhombre»1. Ciertamente llama la atención ese criterio definitorio de «no cristiano», algo que el propio autor aclara refiriéndose a tres cuestiones que determinan que nos encontremos ante una secta cuando el lenguaje, la apariencia y hasta la denominación apuntan al cristianismo: la negación de los contenidos dogmáticos básicos de la fe cristiana, la consideración abierta de la revelación divina y el valor secundario de la Biblia. 

Aquí es donde se hace precisa una aclaración terminológica en torno al subtítulo de este libro: hablamos de sectas «de origen cristiano» o «de impronta cristiana»2, y no de «sectas cristianas» porque, como se ha dicho, la mayor parte de ellas realmente se apartan de los mínimos para que podamos considerarlas como tales. Para establecer estos mínimos, basta con que asumamos las condiciones establecidas en 1961 para que un movimiento pueda formar parte del Consejo Mundial de las Iglesias: la profesión de fe en el Dios trinitario y en la divinidad de Jesucristo y el bautismo como medio de incorporación a él3. Junto a esto, habría que revisar las cuestiones ya señaladas del valor dado a la Biblia y el carácter abierto o no de la revelación en estos grupos, cuestiones sujetas a importantes controversias. Además de tener en cuenta que en algunas ocasiones nos encontraremos con movimientos cuyo cristianismo es mera apariencia o parafernalia, o la forma de ocultar una doctrina realmente esotérica o gnóstica, tal como se puede comprobar en las páginas que siguen.

Todas estas consideraciones no se limitan a una postura particular de perspectivas católicas. En un libro que pretende mostrar los datos fundamentales de todas las confesiones cristianas del mundo, el experto evangélico Ron Rhodes aclara por qué no incluye —como sí hacen otros autores— a grupos como los mormones o los testigos de Jehová, que generalmente suelen estudiarse bajo el paraguas del cristianismo. 
«Hay una razón importante para su exclusión. Aunque no es políticamente correcto decirlo, estos grupos no son denominaciones cristianas, sino que son sectas» 4. A explicarlo dedica todo un apéndice de su obra, en el que reivindica el uso de la palabra «secta» (el término cult, el más peyorativo, como el que tenemos en castellano, y no sect) en un sentido más teológico que sociológico. Según Rhodes, «teológicamente hablando, una secta es un grupo religioso que se deriva de una religión madre (como el cristianismo), pero que de hecho se aparta de esa religión madre al negar (ya sea explícita o implícitamente) una o más de las doctrinas esenciales de esa religión»5

¿Y por qué una atención especial a los grupos que se mueven en el entorno del cristianismo? Precisamente por el problema de discernimiento y el desafío al ecumenismo que suponen, tal como lo han subrayado algunos documentos, tanto de las diversas Iglesias y comunidades cristianas como los que son fruto del diálogo interconfesional. Las sectas de impronta cristiana no son objeto del empeño ecuménico, ni tampoco le corresponden como tema al diálogo interreligioso. La nueva religiosidad constituye algo propio y peculiar, y así ha de ser abordado teológica y pastoralmente, constituyendo una llamada siempre actual al discernimiento y a la conversión de los cristianos, además de un impulso para la ayuda a las víctimas6

En la introducción a su encíclica Ut unum sint, el papa san Juan Pablo II recordaba que «los creyentes en Cristo no pueden permanecer divididos. Si quieren combatir verdadera y eficazmente la tendencia del mundo a anular el misterio de la redención, deben profesar juntos la misma verdad sobre la cruz» (n. 1). Unas palabras que explican muy bien el título escogido para esta obra: 
A las afueras de la cruz, porque las sectas analizadas en este volumen, a pesar de su uso de elementos cristianos, se han alejado de la correcta comprensión de la persona de Jesucristo, del sentido de su misión y de la que ha de ser la identidad de sus seguidores en el mundo, tanto en el plano teórico como en la concreción práctica vital. 
Heterodoxia y heteropraxis van de la mano en una experiencia grupal que, aunque tenga la cruz como referencia y a Jesús como símbolo, se sitúa, con mayor o menor proximidad, en sus afueras. 

La base de este trabajo ha sido una serie de artículos publicados entre 2018 y 2021 en la revista Pastoral Ecuménica, editada por el Centro Ecuménico «Julián García Hernando». En ellos se fue desgranando con cierto detalle la realidad de las sectas de impronta cristiana en España, de forma que queden claros los aspectos más importantes de los grupos de la nueva religiosidad que se mueven de una forma u otra en la órbita del cristianismo —aunque en la inmensa mayoría de los casos, como veremos, se sitúan doctrinal y existencialmente fuera de él—. Se pensó como un servicio a las delegaciones diocesanas de Relaciones Interconfesionales y a todas las personas dedicadas al ecumenismo para ayudar en la identificación y el discernimiento de una serie de sectas cada vez más presentes en el territorio nacional. La novedad del libro no consiste solo en la recopilación de dichos artículos, sino en un estudio más profundo y detallado, que amplía el número de grupos estudiados y actualiza sus datos hasta finales del año 2022. 

Partimos, para ello, de un estudio anterior —presentado en el año 2014 en las XXIV Jornadas para Delegados Episcopales y Directores de Secretariados de Relaciones Interconfesionales, organizadas por la Conferencia Episcopal Española—, en el que se resumía la actualidad global del fenómeno sectario en nuestro país, pero que, necesariamente, prescindía de ofrecer una relación concreta de los movimientos ubicados en cada categoría7. La clasificación de las sectas de impronta cristiana se ha hecho siguiendo, en sus líneas principales, la realizada por los estudiosos Massimo Introvigne y PierLuigi Zoccatelli en su repaso al pluralismo religioso de Italia8. Así, en los sucesivos capítulos se encuentran las siguientes subcategorías: grupos de origen católico, grupos de origen protestante, grupos de la familia adventista, grupos metafísicos y de sanación, grupos restauracionistas y grupos proféticos y mesiánicos. Y cada capítulo cuenta con su propia introducción, donde se hacen las consideraciones particulares necesarias. 

Para la elaboración de la información relativa a cada una de las sectas se ha tenido en cuenta principalmente la bibliografía general que se indica al principio del volumen y la específica de cada capítulo, al final de cada uno de ellos, además de otros materiales que forman parte de la Biblioteca-Centro de Documentación «José María Baamonde» que tiene la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES) en Zamora. En muchos casos han sido fuentes fundamentales, para los detalles concretos, tanto las publicaciones de los grupos en Internet y las redes sociales —algunas de ellas ya inexistentes— como las aportaciones de exadeptos y familias afectadas. Cuando se trata de sectas sobradamente conocidas y con una amplia bibliografía, no nos hemos detenido en sus aspectos doctrinales y prácticos, sino en lo más propio de su presencia y actuación en España. La insistencia en ofrecer nombres de personas y de entidades —que se refleja en sendos índices al final de la obra— responde a la necesidad de contar con referencias concretas a la hora de conocer con datos ciertos un mundo que en muchas ocasiones se mueve entre sombras, medias verdades, desinformación y camaleonismo. 

A pesar de la pretensión de exhaustividad, somos conscientes de la limitación del estudio. En primer lugar, por la velocidad de los cambios que se dan en estos grupos y la frecuente dificultad de acceso a su realidad interna, lo que ha hecho tener que actualizar muchos datos hasta el último momento de la publicación, y lo que explicará la pronta caducidad de un buen número de sus informaciones. En segundo lugar, porque en ocasiones ha sido difícil confirmar la existencia real y actual de algunas sectas más allá de lo conocido en años anteriores, estructuras organizativas o presencia en el ciberespacio. Y, en tercer lugar, porque hay grupos que, por su implantación reciente, su pequeño tamaño o su voluntad de pasar desapercibidos, habrán escapado a nuestro repaso. Puede extrañar, por ejemplo, que no aparezca ninguna secta de origen netamente ortodoxo o cristiano bizantino. Es posible que haya alguna —más allá del grupo de los autodenominados cátaros, cuyo líder fundó con anterioridad una secta ortodoxa en su país natal—, pero no hemos logrado hallar ninguna que podamos incluir con certeza. Pedimos disculpas por las omisiones, así como por los errores que se hayan podido cometer. 

Para finalizar estas palabras introductorias, no puede faltar el agradecimiento sincero y de corazón a las personas y entidades que han contribuido a la elaboración de este libro. Sería muy difícil nombrarlos a todos y seguramente quedaran algunos nombres en el tintero. Dejo constancia del agradecimiento especial a todos los compañeros de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES) —sobre todo a los que ya nos han dejado— y a los que han sido responsables de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española —los sacerdotes Julián García Hernando, Carlos de Francisco Vega, Manuel Barrios Prieto y Rafael Vázquez Jiménez—, por la confianza depositada y el impulso a nuestro trabajo de investigación, formación y ayuda. Post scriptum Toda aportación, corrección, puntualización o sugerencia será bienvenida en la siguiente dirección de correo electrónico 

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1 M. Guerra Gómez, Diccionario enciclopédico de las sectas (BAC, Madrid 5 2013) 862.2 En su clasificación del panorama sectario, Julián García Hernando emplea la expresión «sectas de origen cristiano», mientras que Manuel Guerra habla de «impronta cristiana»; cf. J. García Hernando (dir.), Pluralismo religioso en España. I: Confesiones cristianas (Sociedad de Educación Atenas, Madrid
2 1992); M. Guerra Gómez, Los nuevos movimientos religiosos (las sectas). Rasgos comunes y diferenciales (Eunsa, Pamplona 1993).
3 Cf. R. Saarinen, «World Council of Churches», en W. A. Dyrness – V.-M. Kärkkäinen (eds.), Global Dictionary of Theology. A Resource for the Worldwide Church (InterVarsity Press, Downers Grove 2008) 946-949.
4 R. Rhodes, The Complete Guide to Christian Denominations (Harvest House, Eugene 2005) 417.
5 Ibid.
6 Cf. L. Santamaría del Río, «Ecumenismo y nueva religiosidad»: Diálogo Ecuménico 159-161 (2016) 285-325.
7 Cf. L. Santamaría del Río, «Sectas y nueva religiosidad en la España pluralista»: Nova et Vetera 83 (2017) 69-91. 
8 Cf. M. Introvigne – P. Zoccatelli (dirs.), Enciclopedia delle religioni in Italia (Elledici, Turín 2013).

VER+:


-¿Estamos viviendo un nuevo auge de las sectas en España e Hispanoamérica o simplemente ahora son más visibles?
-Sí, las sectas crecen y se multiplican en la actualidad. Es cierto que su visibilidad es mayor, tanto por la propia labor proselitista de estos grupos (que aprovechan sobremanera las posibilidades que les ofrecen las redes sociales de Internet) como por el espacio que le dais a esta cuestión los medios de comunicación.
»Pero la apariencia, en este caso, coincide con la realidad. Las sectas no han pasado de moda; al contrario, en todos estos años he constatado cómo se trata de un fenómeno en crecimiento. Cada vez hay más sectas –muchas de ellas, grupos pequeños que pueden pasar más desapercibidos– y cada vez tienen más capacidad de llegar a la gente. Y esto lo confirma otro dato del que dan fe mi teléfono, mis redes sociales y mi buzón de correo electrónico: cada vez más familias y personas acuden a quienes nos dedicamos a este tema pidiendo ayuda.

- ¿Cuál es hoy el perfil más habitual de persona captada por una secta?
- No hay un único perfil. Yo diría que hay múltiples perfiles de personas más fácilmente captables. Porque, en realidad, cualquiera puede caer. Eso no invalida el estereotipo de persona vulnerable que comentas… ¡porque todos somos vulnerables! Acostumbro a decir que las sectas, para seducir a sus potenciales adeptos, apuntan a nuestro corazón, y no a nuestra cabeza. ¿A qué me refiero? Al corazón en sentido simbólico, claro: la sede de nuestra afectividad, por un lado (relaciones, emociones, identidad y pertenencia), y de la espiritualidad, por otro (búsqueda de sentido, razones para vivir, fundamentos de nuestra esperanza).
(...)

Diccionario Enciclopédico de Las Sectas (Manuel Guerra Gomez) (Z-Library) by akomi2111


Manuel Guerra Gomez- Los Nuevos Movimientos Peligrosos (Las Sectas) by Alfonso Escobar