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domingo, 24 de mayo de 2026

LAS ARMAS DE LA FE (EL 2 DE MAYO DE 1808 EN MADRID): LA LEY HUMANA OBLIGA EN CONCIENCIA SOLO CUANDO ES JUSTA. RADIO MARÍA por P. BENITO PÉREZ LOPO

 

LAS ARMAS DE LA FE


Con los ojos de la fe miramos al acontecimiento que tuvo lugar el 2 de mayo de 1808 (en Madrid), con esos ojos, lo que se ve no es solo una batalla. Ve una lección sobre la conciencia. Sobre el sacrificio. Sobre lo que significa ser parte de un pueblo. Sobre la memoria como forma de fidelidad. Y sobre la pregunta que este programa lleva en el nombre: ¿qué armas son las que de verdad sostienen a un hombre cuando todo se derrumba?
* Y rendimos homenaje al Arma de Artillería española y a su patrona, Santa Bárbara, a quien dedicaremos un momento especial al final del programa.


Las armas de la fe 09/05/26/ 2 de mayo de 1808, Madrid

Son cientos los episodios en los que la valentía española se hace un hueco en la historia. No obstante, pocos hechos hay más heroicos que los protagonizados por los capitanes Luis Daoiz y Pedro Belarde, quienes murieron en las calles de Madrid luchando con apenas un mosquete y un sable contra miles de invasores franceses.
De San Bernardo hasta Fuencarral, calles por las que hoy caminan centenares de madrileños. 

El 2 de mayo de 1808, el pueblo español se levantó contra el enemigo que amenazaba su soberanía. Junto a él, multitud de soldados también tomaron las armas y aunque en aquel momento la revuelta fue reprimida, sin duda sentó las bases para la expulsión francesa 5 años después.

Para conocer la historia de estos dos heroicos españoles es necesario remontarse hasta el año 1807 tras la creación de una alianza entre Francia de Napoleón y la España de Carlos IV.
Por aquellos tiempos, el pequeño corso quería a toda costa conquistar Portugal y ofreció a Manuel Godoy un tratado aparentemente inmejorable, el reparto de Portugal una vez derrotado. Las condiciones parecían óptimas para España. Únicamente debían abrir las fronteras al ejército francés para que llegara a Portugal a través de la península. El llamado Tratado de Fontainebleau (1807) hizo mella en la corona que permitió al Ejército imperial cruzar España de punta a punta. Sin embargo, lo que nadie podía imaginarse es que las intenciones del emperador eran otras. De los más de 60,000 soldados que entraron en España, no todos se dirigieron hacia la frontera portuguesa.

Multitud de unidades imperiales fueron estableciéndose en decenas de localidades españolas para sorpresa de sus ciudadanos.
Esta toma pacífica de territorios provocó el rencor de los españoles que comenzaron a sospechar de una posible invasión encubierta.
Finalmente, la paciencia de los ciudadanos de la capital terminó por acabarse cuando observaron que Napoleón pretendía trasladar a un miembro de la familia real fuera de Madrid. Ese mismo día, el 2 de mayo de 1808, el pueblo se levantó harto del pequeño corso. Multitud de madrileños salieron a la calle armados con todo tipo de rudimentarias armas para combatir al ejército imperial, en defensa de la libertad e independencia española.

No obstante, no tendrían el apoyo oficial del Ejército español. Los altos mantos dependían de la junta del gobierno, entregada en esos momentos a la voluntad de Napoleón. Las órdenes eran tajantes, colaborar con los franceses y no participar en los combates. Y en aras de la disciplina, los militares no se movieron de los cuarteles.
Hay algo que merece que nos detengamos aquí un momento. 
El pueblo español intuyó que algo estaba mal mucho antes de que los hechos lo demostraran. Esa capacidad de leer la realidad con ojos limpios, de no dejarse engañar por las apariencias, es lo que la tradición cristiana llama discernimiento.

El evangelio lo dice con una imagen sencilla pero poderosa: "Sed astutos como serpientes y sencillos como palomas". 
No toda obediencia es virtud.  A veces la primera arma de la fe es saber ver la verdad cuando otros prefieren mirar a otro lado. 

Por aquel entonces, la casualidad quiso que en Madrid se encontrara el capitán andaluz Luis Daoiz y el militar cántabro Pedro Belarde. 
El primero de 41 años se encontraba al mando del parque de artillería de Monteleón, ubicado en la actual plaza del 2 de mayo y tenía a sus espaldas más de 30 años de servicio fiel a España
El segundo, que contaba con 29 añitos, se había hecho un hueco en las altas esferas del Estado Mayor del Cuerpo de Artillería. Ambos vieron en esta revolución un momento perfecto para luchar por la soberanía española. Y a pesar que desde el gobierno se les había ordenado no combatir contra los franceses, decidieron ponerse al lado del pueblo que con piedras, palos y navajas se enfrentaba a miles de soldados imperiales.

Las fuerzas eran escandalosamente desiguales. Los españoles eran unos 5000 hombres, en su mayoría acuartelados fuera de la ciudad. Los franceses unos 40,000, situados en el casco urbano y sus alrededores.
El primer paso para organizar una defensa era liberar el parque de artillería de Monteleón, uno de los pocos enclaves donde los escasos militares rebeldes podían plantar cara al ejército francés. El lugar, sin embargo, estaba guardado por una unidad de 80 soldados franceses.
Belerde convenció a un oficial superior para que le cediera el mando de una unidad española, afirmando que pretendía ayudar a los franceses que defendían Monteleón. Le fue concedido el mando de la tercera compañía del capitán Goigochea.

Por la calle de San Miguel y San José marchaba paso redoblado y arma terciada esa compañía. En su camino, la sangre de los madrileños salpicaba las calles de la capital, pues enfrentaban a una fuerza mejor armada y preparada.
Los patriotas tuvieron que enfrentarse casi desarmados contra las bien equipadas unidades de infantería y caballería napoleónica apoyadas por cañones que barrieron a la población civil.
Al llegar a Monteleón junto a una trentena de soldados, Belarde no tuvo problemas en entrar engañando a los franceses.

El español anunció con voz firme que las tropas de infantería que traía estaban destinadas a reforzar la seguridad del parque. El oficial francés accedió a que los soldados franqueasen los portones. Sin embargo, cuando sus soldados tomaron posiciones alrededor de las tropas de Napoleón, la actitud de Belarde cambió radicalmente. Se giró hacia el oficial francés y le informó de que a sus hombres tiraban las armas o serían masacrados.
Al francés no le quedó más remedio que capitular. ya estaba hecho. Los españoles habían tomado el emplazamiento arengados por los madrileños que desde fuera pedían que se les entregasen armas para poder enfrentarse en igualdad de condiciones a los imperiales. Y es, tras tomar Monteleón, Belarde pensaba encontrarse con un Daoiz dispuesto a combatir. Nada más lejos de la realidad.
El siempre sereno Luis Daoiz había llegado hecho una furia. Él era el oficial al mando de Monteleón y el capitán de mayor antigüedad.

Belarde había atribuido unos poderes y una autoridad que no le correspondían.
Ambos capitanes tuvieron más que palabras. Daoiz quería seguir las órdenes de no atacar a los franceses.
Belarde estaba convencido de que debían unirse al pueblo y entonces ocurrió algo que merece quedarse grabado en la memoria.
Luis Daoiz se detuvo en seco, alzó la vista, se quitó el bicornio, desenvainó su sable, se volvió hacia sus 20 artilleros y su voz sonó más alta en el patio de arena:

- Abrid las puertas, las armas al pueblo. ¿No son nuestros hermanos?

Detengámonos aquí.

Daoiz tenía órdenes claras, firmadas, emanadas de la autoridad legítima, no combatir. Y sin embargo, en ese patio, algo en su interior le resultó imposible de callar. Eso que se negaba callar tiene nombre, se llama conciencia.
Y la conciencia para el cristiano no es una mera opinión personal. Santo Tomás de Aquino enseñaba que la ley humana obliga en conciencia solo cuando es justa. Cuando un orden viola esa orden moral, inscrito por Dios en el corazón del hombre, la obligación se invierte. Daoiz no traicionó su juramento. Fue fiel a algo más alto que cualquier juramento. El militar creyente no es un autómata, tiene conciencia y esa conciencia es sagrada. Mientras los defensores armaban al pueblo, las columnas francesas habían conseguido conquistar casi todo el centro de Madrid y se dirigían hacia Monteleón. El parque carecía de defensas naturales. Su acceso estaba franco desde tres calles que confluían en su portón. Ninguna era defendible desde el interior del vasto edificio que nunca había sido diseñado con fines militares. No obstante, aunque su muerte parecía segura, prepararon las defensas para resistir.

Los primeros combates fueron contra una pequeña unidad de tiradores franceses que al acercarse al enclave y pedir hablar con el oficial al mando, fueron recibidos a balazos. Pero esto no fue más que una escaramuza inicial.
El primer combate serio llegó cuando una unidad francesa originaria de Westfalia se acercó a Monteleón. 
Lo que no sabían los asaltantes es que les esperaba una cruel sorpresa. Al tratar de descarrajar la puerta, un estruendo de humo y fuego llenó la calle.
Varios soldados cayeron heridos por el fuego de los mosquetes y en ese momento, un estruendo aún mayor echó las puertas abajo. Las tres piezas de artillería desplegadas en el interior habían abierto fuego, abatiendo el portón que cayó sobre los Westfalianos.
Su filial al mando solo pudo gritar una orden, la de huida.

Los españoles aprovecharon la ventaja y persiguieron en su carrera a los enemigos, gritando consignas contra los soldados imperiales y alabanzas en favor del rey Fernando.
Daoiz aprovechó la retirada para ordenar desplegar los cañones, dos hacia la calle San Bernando, otros dos hacia Fuencarral y el último hacia la calle de San Pedro Nueva.
Ese pueblo que entró en Monteleón sin uniforme y sin rango, esas mujeres que transportaban munición bajo el fuego, como Clara del Rey que murió allí junto a su marido y a su único hijo.

Esos vecinos que se pusieron detrás de los cañones sin que nadie les llamara. Son una imagen que San Pablo conocía bien. Si un miembro sufre, todos sufren contra él. La fe crea comunidad. Nadie se salva solo, nadie defiende solo. No son nuestros hermanos, había gritado Daoiz.
No era retórica. Esta primera victoria fue efímera. Los franceses hicieron su aparición en más ante Monteleón y comenzaron a coser a cañonazos las posiciones españolas, pretendiendo acabar con los defensores y agotar su munición. La táctica imperial fue efectiva. Los madrileños sufrieron grandes bajas.
Finalmente, las tropas francesas se decidieron asaltar Monteleón con la bayoneta calada. Los españoles lanzaron una descarga de artillería causando grandes bajas.
Pero no consiguieron frenar su ánimo. El final estaba cerca. Y entonces, cuando los defensores casi podían sentir el frío acero de los cuchillos franceses, algo inesperado ocurrió. 
A lo lejos apareció un oficial local portando una bandera blanca. Los franceses detuvieron su carga. Los españoles dejaron sus puestos de fuego.
El oficial designado por la junta de gobierno instó a voz en grito a que los defensores se rindieran. La conversación no duró mucho. Unos de los defensores se interpuso entre ambos oficiales gritando vítores a Fernando VI.
La reacción fue inmediata. Los españoles dispararon sus cañones y sus fusiles a quemarropa contra los franceses que estaban con la guardia baja esperando el fin de las negociaciones. La inesperada descarga barrió la cabeza de la compañía francesa. La mayoría arrojó sus fusiles al suelo y levantó los brazos en señal de rendición.

La picaresca española había conseguido ganar una batalla, pero los franceses no cometerían nuevamente ese error. Tras detener el ataque, los militares hicieron un recuento de los supervivientes. Apenas quedaban 10 artilleros entre mandos y soldados. Otra veintena larga de infantes y medio centenar de civiles seguían peleando y solo quedaban media docena de cargas por pieza de artillería.
Belarde decidió usar las afiladas piedras de silex de los mosquetes como metralla.
Las cosas pintaban realmente mal. Sin apenas combatientes ni munición, los españoles solo podían esperar la hora de su muerte.
Este pequeño enclave había hecho perder la paciencia de Murat, que no entendía Como unos pocos soldados y unos centenares de civiles podían contrarrestar la fuerza de un ejército imperial. Ordenó asaltar Monteleón desde todas las calles posibles. Más de 2000 franceses preparaban su tercer asalto. Menos de 100 españoles los esperaban sin intención de rendirse. El ataque, como había ordenado Murat, fue simultáneo desde las calles de San Miguel, San José y San Pedro Nueva. 

Las tres columnas con las compañías de granaderos a su cabeza aparecieron como una negra sombra erizada de bayonetas destellantes. 
Y aquí está el momento más hondo de toda esta historia: Daoiz y Belarde sabían lo que significaba esos números. Eran militares profesionales, no eran ingenuos y sin embargo, siguieron disparando hasta la última piedra de Silex.

¿Por qué?

El evangelio de Juan lo dice con una sencillez que corta la respiración: "Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos".
No murieron en un arrebato. Eligieron con la cabeza fría y el corazón encendido. Sabían que el gesto valía, aunque el resultado fuera adverso. Eso no es heroísmo romántico. Es lo que San Pablo llama esperanza contra toda esperanza. Esperar no porque los números acompañen, sino porque el bien merece ser defendido, aunque cueste la vida.

El asalto definitivo asoló a los españoles, superados por una fuerza 30 veces mayor. El fuego de tiradores franceses situados en balcones y casas hizo bajar rápidamente el número de defensores.
Daoiz fue alcanzado por la espalda con una balloneta y posteriormente acribillado a estocadas. El valiente capitán había defendido hasta su último aliento Monteleón.
800 franceses confluyeron en las puertas del parque desde sus tres costados, barriendo a los últimos 50 defensores a ballonetazos y con un fuego devastador y a quemarropa.
Por su parte, Belarde cayó cuando acudía junto a varios fusileros a reforzar una de las entradas. Un oficial polaco le disparó a quemarropa en el corazón y su cuerpo cayó con violencia en el suelo. Todo había acabado.
El cuerpo de Daoiz fue trasladado a su casa, el de Belarde fue profanado por el enemigo. Hasta que horas más tarde fue recogido por sus compañeros, trasladado al cuartel y posteriormente a la iglesia de San Martín, donde fue amortajado con un hábito de San Francisco.

Al día siguiente fue enterrado en el jardinillo dentro del templo junto a Daoiz. Ambos acabaron como empezaron juntos. Ese hábito franciscano con el que amortajaron a Belarde no es un detalle menor. Es el pueblo diciendo: "Este hombre es de los nuestros, pertenece a algo sagrado". 
Y el hecho de que fueran enterrados juntos en tierra consagrada habla de algo que va más allá de la camaradería militar. Es una imagen de comunión. Nadie muere solo cuando muere por los demás. La historia no terminó. 

El 2 de mayo de 1808, terminada la guerra de independencia de 1814, los restos de Daoiz y Belarde fueron exhumados y entonces ocurrió algo conmovedor: 

Sus cadáveres peregrinaron por toda España, por ciudades y pueblos. La gente se congregaba para clamarlos, para llorarlos, para darles el homenaje que la guerra había impedido. Dos capitanes de artillería que habían muerto casi en secreto, enterrados a escondidas en una iglesia bajo un hábito franciscano, recibieron en muerte lo que no pudieron recibir en vida. Hoy descansan en el monumento a los héroes del 2 de mayo en Madrid, juntos como murieron. 



¿Por qué nos tomamos las molestias de recordar? ¿Por qué peregrinar con unos restos mortales? ¿Por qué levantar monumentos? ¿Por qué dedicar un programa de radio a algo que ocurrió hace 218 años?
Porque la memoria, queridos oyentes, no es nostalgia. La memoria es fidelidad.
La Iglesia lo sabe bien. Por eso tenemos el santoral, por eso celebramos el martirologio. Por eso cada misa es en su esencia un acto de memoria. Haced esto en memoria mía. No recordamos a los santos porque vivamos en el pasado. Lo recordamos porque su vida nos dice algo sobre cómo vivir la nuestra.

Daoiz y Belarde nos preguntan a nosotros hoy, ¿qué harías tú si la orden fuera injusta? ¿Seguirías disparando cuando los números no te acompañan? ¿Reconocerías al vecino como hermano cuando la situación se pone difícil?
Para quienes vivís el servicio militar desde la fe, para los hombres y mujeres que escucháis este programa, la pregunta es todavía más concreta: 
¿De qué está hecha vuestra conciencia? ¿Qué os sostiene cuando la misión es dura? Y el horizonte no está claro. Ellos nos respondieron con su vida. Nosotros debemos responder con la nuestra. 


SANTA BÁRBARA ES ELEGIDA 
PATRONA DEL ARMA DE ARTILLERÍA 
Y DEL CUERPO DE INGENIEROS TÉCNICOS 
DE ARMAMENTO Y CONSTRUCCIÓN.

El 4 de diciembre, se celebra la festividad de Santa Bárbara, patrona del Arma de Artillería y del Cuerpo de Ingenieros de Armamento.

Su culto entra en España en el siglo XI. "Si es cierto -dice el historiador Padre Luis Urbano- que el Cuerpo de Artillería es el más antiguo de Europa, porque aquí se introdujo antes que en los demás países el uso de la pólvora para la guerra, y si a principios del siglo XV en los ejércitos volantes de Don Fernando de Antequera, vemos ya indicios del Cuerpo de Artillería, razón será que entre nosotros naciese el patronato de Santa Bárbara, y que fuera español aquel ejército que pintan las leyendas alemanas invadiendo la costa de África y conquistando una ciudad bajo lluvia de granizo, tras heroicos esfuerzos, que sólo se coronaron por el éxito cuando los soldados rezaron en su favor a Santa Bárbara; o que naciese esta devoción por haberse conquistado Baza por los ejércitos cristianos, con la brillante cooperación de los artilleros, precisamente el día de Santa Bárbara, el 4 de diciembre de 1499".

Para los componentes del Arma de Artillería y del Cuerpo de Ingenieros de Armamento, la fe en Santa Bárbara, la joven mártir de Bitinia, está por encima de la evidencia o la duda, ya que la santa existe y vive en la mente y en el corazón de cuantos sirven a España en este Arma y Cuerpo del Ejército.

DATOS HISTÓRICOS DE SANTA BÁRBARA:

Bárbara nació en Nicomedia, cerca del mar de Mármara, el 4 de diciembre del año 273 d.C., a principios del siglo III.
Era hija de un sátrapa, Dióscoro, quien la encerró en la torre de un castillo para evitar que los hombres la sedujeran, pues era muy bella, y para evitar que fuera atrapada por el proselitismo cristiano de la época.
Durante su encarcelamiento fue adquiriendo una enorme cultura. Tenía maestros que le dieron una amplia y diversa formación. Entre otras materias, estudió poesía y filosofía. Debido a esto, y a que su padre estaba ausente con frecuencia, Bárbara se convirtió al cristianismo. Mandó un mensaje a Orígenes, un erudito de la Iglesia cristiana, para que fuera a educarla en esta fe.

Se bautizó y mandó construir una tercera ventana en su habitación de la torre, simbolizando así la Trinidad.
Cuando su padre regresó, quiso casar a Bárbara, pero ella se opuso a este matrimonio, diciéndole que era cristiana y que elegía a Cristo como esposo. Su padre se encolerizó y quiso matarla, para lavar su honor ante sus dioses. Por este motivo, Bárbara huyó. Su padre con algunos de sus hombres la perseguía y cuando estaban ya muy cerca de ella, una gran roca se abrió milagrosamente, para que ella pudiera esconderse allí. Pero pese a todo, fue capturada.

Bárbara sufrió un martirio horroroso: fue atada a una columna, flagelada, le desgarraron la piel con hierros, la colocaron sobre trozos de piedras afiladas y allí marcaban su cuerpo con hierros candentes.
Al final de este penoso martirio, fue su propio padre quien la decapitó, en lo alto de una montaña. En ese momento fue alcanzado por un rayo, muriendo él también.
Santa Bárbara es protectora contra los daños del temporal, las tormentas y los rayos.

sábado, 23 de mayo de 2026

LIBRO "CUANDO YUNQUE, YUNQUE. CUANDO MARTILLO, MARTILLO 🔨 por AUGUSTO ASSÍA (FELIPE FERNÁNDEZ ARMESTO): EL LEGENDARIO ESPÍA Y PERIODISTA GALLEGO QUE ENGAÑÓ A HITLER

 

Cuando yunque, yunque.
Cuando martillo, martillo


Durante la segunda guerra mundial, Augusto Assía (FELIPE FERNÁNDEZ ARMESTO), corresponsal de La Vanguardia, era el único periodista español que informaba a sus compatriotas desde Londres. Una vez terminada la guerra recogió algunas de esas crónicas en dos libros. El primer volumen, que apareció en 1946 e incluía textos publicados durante la primera parte de la guerra, la denominada «guerra defensiva», llevaba por título Cuando yunque, yunque. El segundo volumen, Cuando martillo, martillo, recoge las crónicas publicadas a partir de julio de 1943, durante la segunda fase de la guerra, la «guerra ofensiva».
Las crónicas escogidas no incluían solo artículos de corte bélico, porque en palabras de su autor: «El criterio seguido en la selección es el de alternar los temas de la guerra con los civiles, la resistencia con la lucha, la vida y la muerte». Así, las crónicas lo mismo nos dan noticia de cómo funciona la corona británica que de la retirada de los soldados ingleses de Dunquerque o del sistema escolar vigente en el Reino Unido.
El libro es, por tanto, no solo una crónica de la guerra vista por un español, sino también un auténtico retrato moral del único país de Europa occidental que no se dejó doblegar por Hitler.
Prólogo

Augusto Assía (Felipe Fernández Armesto). Una vida española del siglo xx El periodismo puede hacer o deshacer a un escritor, pero es indudable que la literatura española siempre ha entrado y salido de los periódicos con naturalidad perfecta. Quizá por eso sea un acto de estricta justicia que el mejor periodismo español del siglo xx —de Camba a Gaziel y de Xammar a Chaves Nogales— haya ido pasando en estos últimos años de las hemerotecas a los libros. Rescate tras rescate, es algo que estamos viviendo todavía. 

Más allá del valor historiográfico de un legado hasta ahora disperso, la recuperación de tantas obras y de tantos nombres nos ha servido, de modo eminente, para repensar las galerías que unen el periodismo y la literatura. Nos ha ayudado a subrayar la inteligencia sobre la realidad que puede abarcar un género tan mixto y fecundo como es la crónica. 

Nos ha puesto ante los ojos la dosificación inmejorable de atractivo literario y peso moral que llega a alcanzar la palabra del cronista. Y nos ha hecho ampliar la imagen que de sí mismas tenían las letras españolas en el siglo xx para así perfeccionar su canon. Si este salvamento editorial era ya una empresa de mérito, los lectores tampoco han dejado de celebrar su oportunidad, agradecidos de encontrar —en aquella España con frecuencia endogámica y sufriente— el testimonio del temperamento abierto, el alcance europeo y el temple de civilización de nuestros grandes cronistas. 

Literatura o periodismo, queda claro que su lucidez no estaba destinada a prescribir con el diario de la mañana. Quién sabe si, todavía hoy, la exclusión de Augusto Assía* (1904-2002) del elenco de magníficos de nuestro periodismo no será el pago póstumo a una carrera fértil y feliz como pocas. Sin duda, ese apartamiento tiene algo de purgatorio, a la espera de la mano de nieve que devuelva a los lectores una prosa perpetuamente legible y grata, inmune a los años, de soltura infalible y totalmente seductora. 

No es la única generosidad de su escritura: página tras página y país tras país, con el Assía corresponsal y viajero recorremos también el itinerario vital de un curieux de profession que vio y narró un siglo en su fuego y sus cenizas en todo lo que va de la Alemania nazi a los primeros barruntos del proyecto europeo o el optimismo moral de la América de los fifties. Ni siquiera iba a ahorrarse Assía los claroscuros y misterios que tanto seducen en una edad mitómana. En su caso, son más que suficientes para una ubicación controvertida entre quienes ponderan su pasado de fiereza comunista, su colaboración con el Gobierno de Burgos o su posible espionaje aliadófilo. 

Como periodista, él supo bien que a los suyos se les conoce por informados tanto como por discretos. Restaurado su perfil de cronista con este volumen, queda aún por hacer la quest de Augusto Assía. Ni faltan materiales ni debieran faltar voluntarios. De la vida a los libros, lo importante —en todo caso— será el carácter «independiente y liberal» que otorgó a Assía su palco de privilegio en la hora de tragedia y de gloria del continente. El escritor que aún acertó a vivir el último cosmopolitismo de la gran Europa iba a dar fe de la ventolera de la historia y a metabolizarla como un poso ético y una cierta sabiduría en lo político. Por eso, si hemos de buscar una vida española del siglo xx, tal vez no debamos buscar mucho más allá de Augusto Assía, quien tuvo además la largueza de contarlo con esa facilidad propia del periodismo en su aleación más pura. 

Al término de sus casi cien años, Augusto Assía podía mirar por el retrovisor y recordar riñas con Goebbels, complicidades con Churchill, visitas al Saint Simeon de Randolph Hearst, clases de Einstein o de Sartre, polémicas con Baroja y Valle-Inclán y tratos con espías soviéticos como Philby o agentes dobles como Garbo. Es una constatación del extraordinario carácter mercurial de un hombre capaz de gozar, al mismo tiempo, de la amistad de exiliados tan dispares como una reina de España y un presidente de la República española. 

¿Qué otro personaje tuvo oportunidad, sin salir de Londres, de compartir mesa con Franco y ejercer de anfitrión de Indalecio Prieto? Ciertamente, no a todo el mundo le fue dado conocer a Picasso y a Miró en la misma mañana parisina, reconciliar a Pla y a Xammar o encontrarse por primera vez a Julio Camba nada menos que en los tejados de la catedral de Santiago. Sí, Assía cumplió siempre con aquel primer mandamiento del periodismo que exige siempre estar donde hay que estar, del 23F en el Congreso al acercamiento hispano-yanqui o —más prosaicamente— el día aquel que sorprendió a Truman bajándose los calzoncillos. Ese bendito oportunismo iba a convertirlo en príncipe de los corresponsales españoles de todo tiempo. 

Tiene quizá algo de ironía que, para abrazar esos grandes destinos, Assía debiera rechazar otros no menores. Cuando, allá por los años veinte, empieza a destacarse en las letras de su tierra, nada menos que Rafael Dieste saluda su primera novelita, Xelo, o salvaxe, con una de esas frases que sellan una vocación: «Por primera vez nos hallamos ante un verdadero escritor gallego». 

Por entonces, Assía era el muchacho criado en la solidez de una buena familia de la Galicia interior que llega a Santiago, se crea un nombre en los periódicos y va haciendo suyo el estimable paisaje literario de una Universidad en sus tiempos más selectos. Portela Valladares le ofrece —tan joven todavía— la dirección del progresista El pueblo gallego. Assía rehúsa, efectivamente, como el cambio de un destino. 

El vínculo universitario y periodístico seguiría ya lejos de casa: en París, primero, y en Berlín, después, en uno de esos lectorados de Románicas que tanto hicieron en el siglo xx por la literatura española y la manutención de sus creadores. En su ruta jacobea a la inversa, Assía iba a aprovechar para escribir y enviar sus colaboraciones, aquí y allá, a los medios españoles. La siembra trajo fruto cuando, por una sustitución y mil azares, le cae la correspondencia berlinesa de La Vanguardia con la bendición de Gaziel. Era 1929, y Assía permanecería unido al diario hasta 1986. Todavía impone algo de vértigo pensar en su estreno: contar el fenomenal ocaso de la República de Weimar, el «salto a la oscuridad» de la Alemania nazi. 

Cuando Josep Pla, buen amigo, lo recuerda en una de sus notas de ancianidad, describe el tono «ligeramente confuso y complicado» de aquel primer Assía. No era, quizá, una confusión que se limitara a la prosa. En la década de los treinta, su propio pensamiento iba a conocer bandazos radicales, de un galleguismo en los postulados del Grupo Nós a la militancia comunista, para en última instancia insertarse en la propaganda del Movimiento. Estas son páginas mal conocidas, tardíamente descubiertas y nunca desveladas por el propio autor, ante todo en lo atinente al compromiso con el pc. Ahí parece que su flirteo comunista fue tan intenso como breve, nacido hacia 1930 e incapaz de sobrevivir al contacto con la realidad soviética que vivió —como una conversión— junto a Pasternak, Gide o Dos Passos en la reunión moscovita del Pen Club en 1932. Hasta entonces, sin embargo, no faltan recuerdos de su trato con Alberti, de su condición de «escritor español proletario».

El pintor trotskista Andrés Colombo nos describe al Assía de la época como un joven de «afilados huesos» que «hablaba de los planes quinquenales rusos con la facilidad y fruición con que cualquiera se traga un helado en pleno verano». 
En tiempos de socavamiento de las democracias liberales, no hace falta abundar sobre el punto, tan tratado, de la sugestión que hallaron los intelectuales en el marxismo. Unos llegarían a la complicidad totalitaria; muchos otros lo abrazaron a modo de contraveneno del fascismo. 

No se sabe qué actitud tomó Assía. Sí se sospecha que su separación del pc fue traumática. Y también consta la certeza de que, desde entonces, el periodista sería más cuidadoso en sus apegos y directamente magistral en el manejo de las distancias. Dicho de otro modo, Assía desarrolló una magnífica capacidad para caer de pie, pero no sin conocer el sabor de la contradicción: 
baste pensar que, en el mismo 1936, iba a experimentar la censura de la República y también la del franquismo. Unos años antes, en 1933, con el nazismo recién instalado en el poder, Assía ya había tenido la mala idea y el cuajo moral de enfrentarse a Goebbels y convertirse en uno de los happy few rechazados por el Reich. 

Aquel fue el fin de su corresponsalía berlinesa y el comienzo de su corresponsalía volante por Europa, en todo lo que va de la Sociedad de Naciones al asesinato del canciller Dollfuss. Ya se iban adensando las sombras de los años treinta y su propio país, como un anticipo de la conflagración continental, aceleraba hacia la guerra. Desde el primer momento, Assía también sabría aprovechar ciertas zonas de ambigüedad en su relación con el franquismo. 

Por ejemplo, siempre se negó a jurar «fidelidad íntegra y total a los principios nacional-sindicalistas», lo que le dejó, primero, sin carné de prensa, y después, sin la subdirección y la dirección de La Vanguardia. Esas no eran las lealtades esperadas en quien había vuelto a España para encargarse de la prensa del Gobierno de Burgos, mano a mano con un Juan Pujol que iba a alterar el curso de la guerra mundial bajo el alias de Garbo.

Entre episodios de cercanía y episodios de desdén, su trato con la dictadura conoció texturas interesantes y complejas. Tuvo tiempo de dirigir un par de medios locales: La Voz de España, en San Sebastián, o el elocuente Arco orensano, también influyó en Franco de cara al nein de la Entrevista de Hendaya. Finalmente, cuando se le reintegra La Vanguardia al conde de Godó, Assía vuelve a entrar en plantilla y, en recuerdo de las viejas lealtades, ayuda a exiliarse al expresidente Portela Valladares. 

Otro de los capítulos de su vida marcados por la incógnita. Para el primer día de la guerra mundial, Assía ya está en Londres, con el mérito de haber sido el único español en vivir y contar toda la guerra desde allí. Aquellos iban a ser, seguramente, sus mejores años, con la historia ante los ojos como un adiestramiento en la política de calidad. 

No serían, sin embargo, sus años más fáciles, al menos en sus rapports con los jerarcas del régimen: el alineamiento aliadófilo de sus despachos irritaba al duque de Alba —el embajador— y llevó a Serrano Súñer —el ministro— a amenazar con despojarle de la nacionalidad española. Aun así, fueron tiempos de tés con Churchill, de conocer a un prometedor joven llamado John F. Kennedy, de posar ante el todo Londres como «la persona mejor relacionada», según se dijo, «con la colonia española». De paso, Assía iba a ir sumando glorias a su archivo personal: fue el primer español en aparecer en una televisión, fue el impulsor de la programación en gallego —pionera en Europa— de la bbc, y también fue, desde entonces y por mucho tiempo, el periodista mejor pagado de España. 

Cuenta el hijo de Augusto Assía, el gran historiador angloespañol Felipe Fernández Armesto, de cierto don oxoniense que se le acercó un día a agradecerle los servicios prestados por su padre a la causa de la libertad. Entre sonriente y lloroso, aquel anciano profesor aludía a la historia que entronca a Assía con el espionaje aliado. Verdadero o falso, no sería el primer periodista que duplica sus funciones. Pensemos, por ejemplo, que poco antes del Desembarco de Normandía, una de las «crónicas radiotelegráficas» de Assía ya expande el engaño, según la pauta de Garbo, de una supuesta toma de tierra aliada «en Francia y el sur de Bélgica». 

Por supuesto, del mismo modo que no hay materialidad ninguna para corroborar la implicación de Assía en la esfera del espionaje, tampoco es aceptable pensar que los nazis soslayaran sus despachos. Como sea, el mismo periodista que había apostado por la victoria de Franco en el verano del 36, tampoco tuvo dudas de que la causa aliada se impondría al nazismo. Conocía el acero de los ingleses. Es tentador pensar que, para Assía, sus años británicos fueron también el mediodía de su carrera periodística. Todavía le quedaban —mano a mano con Sentís— los juicios de Núremberg, una vuelta al mundo a la mitad del siglo, puestos y destinos capaces de coronar cualquier trayectoria. 

En Nueva York y Washington, a comienzos de los cincuenta, hizo no poco por acercar a España y Estados Unidos. Ahí volvieron a aflorar los rumores de espionaje: atípicamente, además de escribir para La Vanguardia, Assía ejerció como attaché de prensa de la embajada española. Después fue llamado a la Alemania fundacional de Adenauer y —firme en su convicción europeísta— pudo narrar a placer la firma del Tratado de Roma. Para entonces, en aquella Europa que tan bien conoció, quedaban pocas de las dulzuras larbaudianas que aún había entrevisto en su juventud. 

Él iba a seguir publicando, como una voz posibilista e incansable, en La Vanguardia, en el Ya, en Destino y en La voz de Galicia. Precisamente se casaría con una de las hijas propietarias del diario gallego, Victoria Fernández-España, una mujer —inteligente, rica, guapa— de excepción. Iba a tener hijos de probada brillantez intelectual. Iba a perpetuar su nombradía con sus «cartas al director» en el diario del conde de Godó. Irreductible como era, también iba a perpetuar sus problemas con el franquismo: su galleguismo templado, su filiación europeísta, sus afanes de descentralización y apertura democrática contaban con sobrada autoridad para molestar.

A finales de los setenta, Assía era el gallego que había cumplido con el deseo tenaz de volver a casa. Con su familia partida por la guerra, no pudo menos que celebrar la Constitución como sutura histórica, el pacto de concordia de la Transición. Tonteó, solo un poco, con la política activa. Y ya en su edad provecta, de retiro en la Casa Grande de Xanceda, aún daría en gozarse en las complejidades de una vida en la que el periodismo era el oficio más interesante de la tierra y un corresponsal valía lo que valía un diplomático. Ahí todavía le quedó tiempo para fundar una de las mayores vacadas de su tierra. 

Assía terminó sus días al modo de sus admirados lores dieciochescos, en una pose de gentleman farmer que no era sino una espléndida cuadratura de sentido. A Augusto Assía nunca se le ha negado el protagonismo entre los corresponsales españoles; curiosamente, no se ha subrayado lo suficiente su primacía en el estamento, tan menguado, de nuestros anglófilos. Al respecto tal vez baste con traer a la memoria que nos dejó media docena de libros y que cuatro de ellos tratan sobre esa «magnífica y peculiar isla en acción». Así, a las estampas de costumbres de Los ingleses en su isla y a los perfiles de prohombres de Vidas inglesas, les seguirían —ya en la posguerra— Cuando yunque, yunque y Cuando martillo, martillo, los volúmenes que ahora reeditamos. 

En ambos se extractan sus mejores crónicas de la guerra, cribadas de entre el millón de palabras que envió a La Vanguardia desde Londres. Con la divisoria fijada en 1943, el primer libro acompaña aquella finest hour británica en que Churchill y su pueblo vieron y sufrieron el órdago alemán. Era la Inglaterra golpeada como un yunque. En el segundo volumen, con las tornas cambiadas, Gran Bretaña —junto al resto de los aliados— se convierte ya en el martillo que percute hasta la victoria final. 

Desde las escombreras de un hotel o entre la polvareda que sigue a un bombardeo, habrá que decir que Assía nos va contando en directo, con insistencia diaria, los acontecimientos de una guerra cuyo signo final él y todos desconocen. Por eso redunda en su honor y en su capacidad de profecía que jamás dudara de unas gentes que «no se dejan deprimir por los reveses» ni «se exaltan fácilmente con los éxitos». 

«Gallego fascinado con Inglaterra», a Assía no solo le tocó alzar testimonio de un país castigado y resistente, sino erigirse —como se ha dicho— en «traductor de una cultura». En esa labor, no hay ninguna desmesura en equiparar su conocimiento y su pasión inglesa a la altura de los Voltaire, los Taine y los Morand, de los anglófilos históricos que con Assía suman a un raro español entre sus filas. Su pedagogía británica, como él mismo reconoció, no era cosa sencilla: 
ya Ortega había sentenciado que «no hay hecho más extraño en el planeta que el pueblo inglés», y Assía asume que «es el país más difícil de describir para un escritor». 
El corresponsal abundará en sus contradicciones: 
Gran Bretaña tiene la tradición política más sólida pero la menos comprensible; es la nación más liberal y —a la vez— la más ordenada; es la cabeza de un Imperio global que, sin embargo, se dirige desde «la casa humilde, de aspecto pobre», de Downing Street. 

Ahí, Assía sabrá transmitir a sus lectores el don genuino de lo británico: que el país haya sabido convertir esa contradicción «en eslabón de su unidad, haciéndola comodín para el juego de la convivencia, la transacción y la armonía». Siempre más sensible a las texturas de la libertad que a las del tweed, las simpatías inglesas de Assía reverberan en unos artículos que, escritos «en horas obscuras para la civilización europea», no querían sino verter «sobre los hogares un rayo de esperanza». 

En verdad, como recuerda Niall Ferguson al hablar del prestigio moral de Inglaterra durante la contienda, quizá nunca como entonces se hizo tan fácil estimar lo inglés, pero Assía no deja de figurar en calidad de adelantado. Así, en sus páginas, el «mundo de confusión y pesadilla» de los bombardeos y el cielo «encandilado de llamas» del Blitz van dejando paso imperceptiblemente a una normalidad heroica, y ya en el año 39, Assía puede constatar que «los londinenses han comenzado a dejar en sus armarios las caretas antigás y han vuelto a sacar las chisteras». 

Es el cuajo de un país para el que «irse a la guerra es tan propio como traficar, jugar al cricket o hacer turismo». En la pluma de Assía, la imagen quedará cifrada en aquel caballero que lucía su casco con forma de bombín. Como una resistencia o un derecho ancestral, el corresponsal admira cómo «ni aun en las más graves y urgentes ocasiones se dejan los ingleses arrebatar el privilegio de sus viejas y pintorescas costumbres». Tampoco bajo los bombazos cerraron los pubs. Quizá por esa mezcla de ardor guerrero y business as usual, Assía no se limita a dar el parte diario de la guerra. 

En sus crónicas, «lo mismo desfila la descripción del acorralamiento del Graf Spee en el Mar del Plata, que el regreso de los soldados derrotados en Dunquerque, la presencia de los yanquis en Inglaterra o el origen del Plan Beveridge». Las Mitford, Churchill o una Isabel II todavía muchacha harán cameos en sus libros. Y junto a la toma de París, la pica en Normandía o la rendición de Italia, las páginas sobre Oxford o la India, la anticipación de las medidas de posguerra o el desfile tan bizarro del Lord Mayor buscan dar a entender cómo vivieron la guerra los ingleses: 
«leyendo el Times por las noches, al amor de la lumbre, entre sorbo y sorbo de whisky». 
De este modo, conforme la guerra avanza, Assía no se limita a indicar el progreso de los ejércitos, sino que va engrosando su mayor mérito: el de escribir el más nutrido compendio de la vida inglesa a ojos de un español. 

De pronto, en cualquier párrafo, nos vuelve a acometer el temblor de la historia, y se hace imposible no preguntarse cómo fue escuchar, cómo fue transcribir el discurso en el que Churchill afirma que «defenderemos nuestra Isla a cualquier precio, lucharemos en las playas, en los campos, en las calles; no nos rendiremos jamás». 

Cuenta John Lukacs en sus memorias que, allá por 1940, la respuesta bélica de Inglaterra fue la defensa de unas libertades antiguas frente a la ferocidad moderna del totalitarismo. Es una cartografía exacta de la actitud de Assía ante lo inglés. Como ocurre con sus mejores practicantes, la anglofilia del gran corresponsal, por usar las palabras de Valentí Puig «no es una simple cuestión de corbatas (…) 

Es una admiración institucional, de formas, de consideración por una capacidad de resistencia que el mundo británico ha demostrado cuando ha visto en peligro su libertad». En virtud de esa fe, mientras los Junkers asolaban Coventry, Assía podía afirmar que Inglaterra pierde todas las batallas menos la última. Y si en un momento dado se pregunta cuántas derrotas no ha sufrido, al instante vuelve a preguntarse cuántas guerras —ninguna— perdió. 

En nuestro tiempo de «declinólogos» de lo inglés, se hace complicado no detectar en las páginas de Assía un aire ya elegíaco. Como él mismo señaló, aquella Inglaterra —su Inglaterra— era aún un país que tomaba la fibra moral de sus tradiciones, la nación inmemorial donde «las reformas se superponen a las instituciones», como dijo Taine, «y el presente, apoyado sobre el pasado, lo continúa». 
De los impuestos de sucesión a la contracultura, las viejas formas de la vida inglesa iban a quedar, ya en la posguerra, como un piccolo mondo antico. El propio Assía tiene tiempo, doblado el año de 1945, para lamentarse de la pérdida «del hábito de vestirse de smoking para cenar». 

Durante su corresponsalía de guerra, sin embargo, Gran Bretaña es todavía un Estado «con la mitad de policías y el doble de carteros» que cualquier otro Estado. Los usos de su Administración se resumen en la frase «su humilde servidor». 
Sus sastres y zapateros atienden no más que a los amigos. Las polémicas parlamentarias persisten, siempre civilizadas pero siempre enconadas. Y su prensa, libérrima, sigue «puesta a disposición de los caprichos o las humoradas de cualquier colaborador». 

El respeto al enemigo entraba dentro del archivo de lo inglés, quizá porque el gentleman «no odia nunca». Al general Rommel, señala Assía, nunca se le ha alabado más que en el Times.

En cierta ocasión, el periodista gallego pudo leer un cartel oficial: «Con tu coraje, con tu decisión, con tu cortesía, ganaremos la guerra». Assía reflexiona: cualquier país hubiese pedido valentía y determinación a los suyos; solo Inglaterra podía pedir, además, el mantenimiento de las formas. Era el signo de una civilización donde —al contrario de los regímenes totalitarios— «la libertad, el humor y el respeto por la ley prevalecen sobre la búsqueda radical de la perfección humana». 

Ahí están las gracias de Inglaterra. Al terminar la contienda, Assía medita que Hitler no ha hecho sino repetir «la historia de Luis XIV, de Napoleón, del Káiser», de todos los enemigos de la Isla. Como ellos, el nazismo tampoco iba a poder nada «contra el poder de la libertad» que, en su mejor hora, encarnó Inglaterra para el mundo. 
Es la épica que Assía narró día a día en su momento y que se condensa en estos libros como una lección moral. A tanto llegan unas páginas que se escribieron como periodismo y hoy solo podemos entender como literatura.

Ignacio Peyró
Nota del autor a la primera edición 

La base de este libro está formada por artículos aparecidos en La Vanguardia, de Barcelona, durante la primera fase de la guerra. Abarca desde la impresión que recibí al llegar a Londres, pocas semanas después de comenzada la conflagración, tras una ausencia de tres años impuesta por la guerra civil española, hasta la victoriosa campaña de África. 

Si la reagrupación de artículos periodísticos en forma de libro exige una explicación, pídasela usted a los editores de este. Solo respondiendo a sus reiterados requerimientos, he accedido a que fuera publicado. No creo, sin embargo, que la cosa requiera disculpa alguna por mi parte. Al contrario, me parece que poder reproducir hoy, sin quitarles ni añadirles una coma, artículos escritos sobre el correr de la guerra, a lo largo de los años cuarenta, cuarenta y uno y cuarenta y dos, puede ser todo menos motivo para reproches. 

Me parece, igualmente, que el hecho de haber sido el único periodista español que ha informado sobre el conflicto desde Inglaterra quizá dé a este libro un carácter documental que, andando el tiempo, pueda tener interés para la historia del periodismo en nuestra patria, sin contar que tal vez los lectores se alegren de poder tener ahora, recopilados en un tomo, algunos de los artículos que, en horas obscuras para la civilización europea, vertían sobre los hogares un rayo de esperanza. 

Mi optimismo innato, al lado de mi fe en la fuerza de la libertad, así como mi conocimiento del carácter inglés, contribuyeron a que ni por un solo momento dudara del triunfo de Inglaterra. Esto, a su vez, imprimió a mi labor un tono a «contrapelo» que, si me produjo inquietudes, llevó la tranquilidad a no pocos ánimos. Quizá este recuerdo sea el mejor justificante del libro, los editores creen que tiene también la virtud de ofrecer un cuadro sinóptico de la vida en Inglaterra bajo la obscuridad que lanzó sobre la Isla la catástrofe del ejército francés. 

El juicio, a este respecto, lo dejo en manos de usted. Quiero avisarle, sin embargo, de que los artículos reproducidos en el libro no son sino una parte esquemática de la pléyade que la radio y el cable volcaron noche tras noche sobre La Vanguardia. Seleccionar este tomo, entre más de un millón de palabras, ha sido tarea ímproba. Una parte del material original se ha extraviado y otra ha perdido toda relación con la actualidad. 

El criterio seguido en la selección es el de alternar los temas de la guerra con los civiles, la resistencia con la lucha, la vida y la muerte. A través de ellos, lo mismo desfila la descripción del acodalamiento del Graf Spee en el Mar del Plata que el regreso de los soldados derrotados en Dunquerque, la presencia de los yanquis en Inglaterra que el origen del Plan Beveridge. 

A pesar del sistema esquemático introducido en la selección, ha sido imposible condensar en un solo volumen todo el material. Mientras este tomo se ocupa de la primera fase de la guerra, o lo que pudiera llamarse la «guerra defensiva», el segundo, de próxima publicación, se ocupará de la segunda fase o la «guerra ofensiva», y se titulará: Cuando martillo, martillo.

Augusto Assía, 1946

* Siempre dado a usar un nom de plume, Felipe Fernández Armesto —así fue bautizado— utilizaría este seudónimo de resonancias viajeras y tolstoyanas para sus crónicas en La Vanguardia.


El legendario espía y periodista gallego 
que engañó a Hitler 
y fundó Casa Grande de Xanceda


Un legado periodístico que perdura

El trabajo de Augusto Assia continúa siendo objeto de estudio por parte de historiadores y periodistas. A través de su obra, miles de lectores pudieron entender mejor un conflicto que cambió el mundo y conocer, además, la voz poco escuchada de una reina relegada por la historia. Sus crónicas de la Segunda Guerra Mundial son, todavía hoy, referentes de un periodismo valiente, honesto y profundamente humano.

La impresionante historia de Augusto Assía, también conocido como Felipe Fernández Armesto, uno de los más ilustres gallegos del siglo XX, testigo de grandes momentos de la historia y fundador, ya anciano, de una marca láctea de referencia.

A las 14:50 del 1 de octubre de 1946 se iniciaba la última sesión de los Juicios de Núremberg, un proceso penal contra 24 altos cargos de la Alemania nazi acusados por los crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial en nombre del Tercer Reich. El Palacio de Justicia de Núremberg fue el elegido para albergar este proceso por razones simbólicas, ya que había sido el mismo lugar donde 10 años antes se habían promulgado las Leyes de Núremberg, una serie de normas antisemitas y racistas. Tras 314 días, en los que se escuchó a 240 testigos y se leyeron 300.000 declaraciones, el tribunal dictó varias condenas a muerte, de prisión y absoluciones. Más de 250 periodistas se desplazaron para cubrir la actuación del Tribunal Militar Internacional instalando su base de operaciones en el castillo de los condes Faber-Castell. Solo tres españoles cubrieron los juicios de Nuremberg, entre ellos un gallego que acabaría convirtiéndose en una de las figuras más importantes del periodismo del siglo XX. 

Un orensano que conoció el nazismo, la Inglaterra de Churchill, los Estados Unidos de Eisenhower, que fue condecorado con la Orden del Imperio Británico, que se cree que trabajó para los servicios secretos engañando a Hitler y que fundó una granja cuya marca lleva el nombre de Galicia y su calidad por todo el mundo: Casa Grande Xanceda. 

Esta es la historia de Augusto Assía.

Su verdadero nombre era Felipe Fernández Armesto, natural de un pequeño pueblo de Ourense, A Mezquita, donde nació el 30 de abril de 1906. Pronto dio salida a su vocación periodística publicando sus primeros artículos en el diario vigués “El Pueblo Gallego”, en 1924.
Ese mismo año ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras en Santiago de Compostela y se licenció tres años después. 
En 1928, Felipe logró una beca para acudir a la Universidad de Humboldt de Berlín, desde donde comenzó a trabajar para varios medios como “El Sol”, “La Libertad” o “ABC”.

Tras leer algunos de sus artículos, el diario “La Vanguardia” le propuso ser corresponsal permanente del periódico en Berlín, momento que eligió para comenzar a usar un seudónimo y evitar así perder su beca y las colaboraciones con otros medios: Augusto Assía.
Su nueva identidad marcaría el resto de su existencia, ya que nunca volvería a firmar con su verdadero nombre ni cambiaría de periódico a lo largo de su vida, trabajando de manera ininterrumpida para La Vanguardia hasta su jubilación en 1986.

En Alemania asistió al imparable ascenso de Hitler y a los cambios que experimentaba el país, hasta que fue expulsado en 1933 como represalia por sus crónicas contra los dirigentes nazis recién ascendidos al poder y por una incómoda e insistente pregunta que hizo al ministro de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels, sobre la implicación de las SS en la muerte de tres sacerdotes católicos en la ciudad de Kiel.
Su último artículo en Alemania fue publicado el 20 de mayo de 1933. El 13 de junio se publicaba su primera crónica desde Inglaterra, adonde había sido destinado por La Vanguardia como corresponsal en Londres.

Cuando se inició la Guerra Civil española, Augusto se trasladó a España para cubrirla y en 1939 fue reenviado de nuevo a Londres, donde pasaría toda la Segunda Guerra Mundial despachando unas crónicas que se hicieron famosas y que le convirtieron en una de las pocas voces que defendían la posición de los aliados frente a los nazis, apoyados por la mayor parte de la prensa española de la época.

A pesar de que Londres era bombardeada cada noche, Augusto decidió permanecer allí, siendo el único periodista español que informaba sobre el conflicto desde Inglaterra y ofreciendo puntos de vista tan molestos que el régimen franquista llegó a amenazarlo, a través de su embajador en Londres, con retirarle la ciudadanía española. Tras conocer la amenaza, Augusto contestó: “No me importa, con tal de no perder la gallega…”.

El éxito de sus crónicas fue tan extraordinario que, una vez terminada la guerra, fue publicada una antología de las mismas en dos volúmenes considerados uno de los libros periodísticos más importantes del siglo XX.

Su figura se volvió tan sobresaliente que, durante años, se pensó que este gallego era “Garbo”, el famoso agente doble que engañó a los alemanes sobre el lugar en el que se produciría el desembarco aliado en Francia. Y se llegó a esta creencia debido a algunas crónicas publicadas por él días antes del Día D en las que pronosticaba que la ofensiva aliada se produciría en el paso de Calais, justo la tesis que usaba el servicio secreto británico y el mismo “Garbo” para desinformar al contraespionaje nazi.

Pero ¿fue Augusto realmente un espía? Resulta cuanto menos curioso que fuese condecorado por la reina Isabel II con la Orden del Imperio Británico, además de recibir la King’s Medal, una condecoración de carácter militar.
Su hijo suele recordar cómo le sorprendieron las atenciones que le prestaba un viejo catedrático mientras estudiaba en Oxford, hasta que descubrió que aquel anciano era sir John Cecil Masterman, el director del programa de agentes dobles del MI5, el cerebro del espionaje británico durante la Segunda Guerra Mundial, que agradecía así la contribución de su padre a la victoria y que llegó a decirle que había sido uno de sus agentes más importantes.

Aunque él nunca lo reconoció, el hecho de ser expulsado de Berlín, sus condecoraciones y que fuera uno de los contados periodistas españoles que asistiría a los juicios de Nuremberg, también hicieron sospechar a los soviéticos de que, bajo el seudónimo de Augusto Assía, no se escondía un espía común, sino la identidad del legendario “Garbo”, cuyo nombre real se sabría décadas después: Juan Puyol García.
Tras el fin de la guerra y cubrir la información sobre los juicios de Núremberg, fue corresponsal en Nueva York, en la década de los 50, en plena guerra fría, así como en Washington, donde también desempeñó la labor de agregado de prensa de la embajada española. De 1955 a 1963 fue corresponsal en Bonn y a partir de 1964 se convirtió en enviado especial cubriendo los acontecimientos internacionales más importantes.

MARÍA VICTORIA, FELIPE PADRE E  HIJO

En la década de 1970 regresó a Galicia con su esposa, la historiadora, periodista y política María Victoria Fernández España, nieta de Juan Fernández Latorre, fundador del diario La Voz de Galicia. Una extraordinaria mujer que llegaría a ser la primera vicepresidenta del Congreso de los Diputados.
Ambos decidieron retirarse en una hacienda en Mesía, para la que importaron en barco 20 vacas de Canadá, las mejores de su época, para que pastasen en libertad por las 30 hectáreas de la hacienda, ya que Augusto creía que no tenía sentido tenerlas en un establo alimentadas por pienso.
Cuando aún nadie había oído hablar de este término, Felipe Fernández Armesto ya era un precursor de la agricultura ecológica y evitaba utilizar pesticidas, herbicidas o productos químicos, ya que tenía el convencimiento de que había una forma más responsable y respetuosa de producir leche.

Poco a poco, el periodista fue comprando e intercambiando terrenos con sus vecinos hasta llegar a poseer 160 hectáreas y cientos de reses en el momento de su muerte. Cuando la familia tuvo que decidir qué hacer con la granja, que en aquel momento abastecía de leche a otras marcas, decidieron mantener el legado de Felipe creando una yogurtería ecológica: Casa Grande de Xanceda, los segundos mayores productores ecológicos en España, con más de 50 empleados, 200 hectáreas y 10 millones de euros de facturación anual con productos lácteos 100 % naturales y ecológicos.
Su logo, su nombre y la sede central de la compañía, dirigida en la actualidad por sus nietos, nacieron de la casona del siglo XVII en la que un día Felipe vivió felizmente junto a su esposa y desde donde, a pesar de su avanzada edad, cuidaba de sus vacas con el mismo esmero que escribía sus crónicas.


¿Sabías que un legendario periodista gallego, Caballero de la Orden del Imperio Británico y galardonado con la Medalla Castelao, el Premio Galicia de Comunicación y el Premio Fernández-Latorre, fundó Casa Grande de @xanceda?