CON TODO EL CORAZÓN, 1952
Por motivos de salud el cura José debe dejar el orfanato que dirige en la Sierra Tarahumara y se va a vivir a su pueblo, donde su difunto hermano Luis le ha dejado como herencia un terreno. José se hace cargo de un niño huérfano a quien el presidente municipal y amigo del cura, quería meter a la cárcel por haberse robado un pan. El niño y el señor cura remodelan el viejo terreno que el cura ha heredado para convertirlo en en orfelinato, pero un cacique del pueblo quiere comprar el terreno para convertirlo en fábrica de deshilados, la cual ha estado contaminando el aire y el agua de la región por mucho tiempo. El cura se opone y tratará de frenar sus actividades para que la gente del pueblo pueda vivir en paz.
Película con el encanto y la impronta de la religión cristiano-católica concretizada en el México de la primera mitad del siglo XX. El guion nos descubre a un presbítero enfermo, muy paciente y tranquilo, que se retira a un lugar abandonado, herencia de un familiar; allí, siempre confiando en la Divina Providencia, monta un asilo para niños huérfanos con los mínimos recursos que la gente del lugar le va proporcionando.
Rafael E. Portas nos filma con bastante acierto teológico, la idiosincrasia de la Iglesia Católica, su excelencia y el porqué es la religión primordial de este mundo; todo lo cual in situ y más acá de las acusaciones de idolatría que le hacen los hermanos protestantes a los católicos (dizque rezan y veneran a las imágenes o estatuas de Cristo, la Virgen y santos celestiales), en verdad a lo que la Iglesia Católica «con todo el corazón» dedica más empeño es a los pobres, segregados y despreciados de este mundo. Esta es la huella moral, auténticamente material o si se prefiere de carne y huesos, constante reconocible por doquier, ejemplos y milagros a lo largo de dos milenios, faro de la Cristiandad, ya en España ya en México o en cualquier otro lado de la Tierra.
En el caso concreto, según el filme que nos ocupa, sobre la bendita extensión mejicana que evangelizaron los españoles y donde bienaventuradamente se ha conservado y conserva, pese al siniestro e infiltrada masonería, el clamor de «¡Viva Cristo Rey!» hecho realidad corporal.
Esta película recrea la historia por la cual el sacerdote Lorenzo Massa inspiró la creación del club San Lorenzo de Almagro (en esos tiempos un barrio marginal de Buenos Aires), en 1908.
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La dinastía Soler constituye uno de los casos más extraordinarios de la historia del espectáculo mexicano. Mientras otras familias produjeron una o dos grandes estrellas, los Soler consiguieron colocar a varios hermanos en posiciones fundamentales dentro del teatro y el cine nacional: Fernando, Andrés, Domingo, Julián y Mercedes se convirtieron en los integrantes más conocidos de una familia que participó directamente en la construcción de la llamada Época de Oro del cine mexicano. Filmoteca UNAM incluso describe a los Soler como un caso excepcional dentro de la vida cultural del país.
El origen de aquella dinastía estuvo en el teatro. Sus padres, los actores españoles Domingo Díaz García (gallego) e Irene Pavía Soler (valenciana), llegaron a México formando parte de una compañía teatral y recorrieron diferentes regiones del país, razón por la cual sus hijos nacieron en distintos lugares. Filmoteca UNAM señala que el matrimonio tuvo diez hijos y que Fernando, Andrés, Irene, Domingo, Gloria, Julián, Elvira y Mercedes desarrollaron actividades artísticas en teatro y cine. Más tarde, durante los años difíciles de la Revolución mexicana, la familia pasó una temporada en Estados Unidos y organizó una compañía en la que comenzaron a actuar varios de los hijos desde muy pequeños.
Aquello explica una característica fundamental de los Soler: antes de convertirse en estrellas cinematográficas ya eran actores de escenario. Sabían proyectar la voz, manejar los silencios, sostener largos diálogos y construir personajes frente a un público en vivo. Cuando el cine sonoro mexicano comenzó a desarrollarse durante los años treinta, llegaron con una preparación teatral que les permitió adaptarse rápidamente al nuevo medio.
El miembro que alcanzó mayor dimensión como estrella fue probablemente Fernando Soler, nacido en Saltillo, Coahuila, en 1896. Primogénito de la familia, comenzó profesionalmente en la compañía dirigida por su padre, trabajó posteriormente con diferentes grupos teatrales e incluso apareció en producciones del cine mudo de Hollywood antes de incorporarse de lleno al cine mexicano. Además de actor, fue director y guionista, por lo que su influencia se extendió mucho más allá de lo que hacía frente a las cámaras.
Fernando encontró uno de sus grandes territorios interpretativos en la figura del padre mexicano. Podía ser autoritario, cariñoso, conservador, orgulloso, divertido o terriblemente cruel dependiendo del personaje. Cuando los hijos se van, México de mis recuerdos, Una familia de tantas y La oveja negra representan distintas variantes de esa figura paterna; el Diccionario de Directores del Cine Mexicano considera precisamente Una familia de tantas como uno de los trabajos que consolidaron definitivamente su prestigio cinematográfico.
Su trabajo junto a Pedro Infante en La oveja negra y No desearás la mujer de tu hijo produjo algunas de las confrontaciones familiares más memorables del melodrama mexicano. Fernando tenía una presencia tan poderosa que podía dominar una escena mediante la voz, la mirada o una pausa, pero también sabía convertir la autoridad en vulnerabilidad. Su interpretación en No desearás la mujer de tu hijo le valió el Ariel a Mejor Actor, uno de los reconocimientos más importantes de su carrera.
Sin embargo, limitar a Fernando Soler al padre autoritario sería injusto. También hizo comedia, interpretó hombres elegantes, calaveras y personajes llenos de ironía, y trabajó con cineastas como Alejandro Galindo, Juan Bustillo Oro, Ismael Rodríguez, Luis Buñuel y Arturo Ripstein. Su carrera llegó incluso hasta películas como El lugar sin límites, de 1977, demostrando una capacidad poco común para sobrevivir al final de la Época de Oro y continuar trabajando con generaciones cinematográficas mucho más jóvenes.
Andrés Soler desarrolló una personalidad completamente distinta. Nacido en Saltillo en 1898, se convirtió en uno de los actores de reparto más reconocibles del cine mexicano y podía pasar con facilidad de personajes bondadosos a hombres severos, villanos o figuras cómicas. Participó en películas como El gran calavera, de Luis Buñuel; La oveja negra, de Ismael Rodríguez, y El ceniciento, además de trabajar junto a figuras como Pedro Infante, María Félix, Cantinflas, Jorge Negrete, Tin Tan y Columba Domínguez.
La grandeza de Andrés estaba precisamente en no necesitar siempre el papel principal. Comprendía perfectamente la función del actor de carácter: entrar en una historia, construir en pocos minutos un personaje reconocible y ayudar a que el protagonista funcionara mejor. Recibió cuatro nominaciones al Ariel como actor de reparto, pero su aportación más importante quizá ocurrió fuera de la pantalla.
Durante 19 años dirigió el Instituto Andrés Soler, escuela fundada en 1951 con participación de sus hermanos y el apoyo de Jorge Negrete y Rodolfo Landa. De esta manera, el talento familiar dejó de transmitirse únicamente entre los propios Soler y comenzó a utilizarse para formar a nuevas generaciones de intérpretes. Andrés murió en 1969, pero su legado pertenece tanto a las películas que hizo como a los actores que ayudó a preparar.
Domingo Soler fue quizá el más intensamente dramático de los hermanos. Nacido en Chilpancingo en 1901, había comenzado a actuar desde niño en la empresa teatral familiar y terminó convirtiéndose en un rostro habitual de personajes rurales, revolucionarios, sacerdotes, padres y hombres marcados por grandes conflictos morales. Uno de sus trabajos históricos fue su participación en ¡Vámonos con Pancho Villa!, de Fernando de Fuentes, una de las películas fundamentales sobre la Revolución mexicana.
Su consagración llegó con La barraca, dirigida por Roberto Gavaldón y basada en la novela de Vicente Blasco Ibáñez. La película se convirtió en un acontecimiento dentro de la naciente Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas: ganó el Ariel a Mejor Película y Domingo obtuvo el premio a Mejor Actor. Su interpretación demuestra por qué su estilo se diferenciaba del de Fernando y Andrés: Domingo poseía una gravedad extraordinaria y podía transmitir agotamiento, dolor y autoridad sin convertirlos necesariamente en grandilocuencia.
El caso de Julián Soler resulta todavía más singular porque consiguió desarrollar dos carreras prácticamente completas: una como actor y otra como director. Comenzó desde pequeño en el teatro familiar, trabajó posteriormente en diferentes compañías dramáticas y alcanzó reconocimiento como galán y primer actor; entre sus personajes destacados estuvo Simón Bolívar, interpretación por la que recibió una condecoración venezolana.
Pero Julián terminaría encontrando detrás de la cámara una actividad todavía más importante. Debutó como realizador en los años cuarenta y dirigió más de 80 películas, además de actuar en más de 50 y participar como guionista en numerosos proyectos. Su filmografía como director atravesó melodrama, comedia, romance y coproducciones internacionales, con títulos como Tormenta en la cumbre, ¡Me ha besado un hombre!, El pecado de Laura y Las rosas del milagro.
Julián tenía además fama de saber trabajar especialmente bien con los actores. Él mismo explicó que una de sus virtudes como director consistía en saber comunicar al intérprete exactamente lo que quería sin destruir su confianza. Esa capacidad probablemente procedía de haber pasado prácticamente toda su vida sobre un escenario antes de colocarse detrás de una cámara.
La presencia femenina más conocida del núcleo cinematográfico fue Mercedes Soler. Aunque su carrera tuvo menor dimensión pública que la de sus cuatro hermanos, participó en numerosas producciones y Filmoteca UNAM la reconoce expresamente como parte de la Dinastía Soler junto con Fernando, Andrés, Domingo y Julián. Entre las películas asociadas con su trayectoria se encuentran ¡Así es mi tierra!, Internado para señoritas, Yo maté a Juan Charrasqueado, El pecado de ser pobre y El vampiro.
Mercedes permitió además que la dinastía continuara hacia otra generación. Se casó con el actor Alejandro Ciangherotti y fue madre de Fernando Luján y Alejandro Ciangherotti, quienes también desarrollaron carreras importantes como actores. Fernando Luján, en particular, comenzó a trabajar desde niño, participó en más de setenta películas y recibió en 2013 la Medalla Filmoteca de la UNAM por su aportación al cine mexicano.
Esto convierte a los Soler en algo todavía más interesante que una familia de hermanos famosos. Su historia terminó conectándose con otros linajes actorales y prolongándose hacia generaciones posteriores, demostrando que la profesión no había sido simplemente un accidente de cinco hermanos que coincidieron en el momento adecuado, sino una auténtica tradición familiar construida alrededor del escenario y la cámara.
Lo más extraordinario, sin embargo, es que los hermanos Soler nunca parecieron simples imitaciones unos de otros. Fernando poseía el peso del gran protagonista y del patriarca; Andrés dominaba la actuación de carácter y posteriormente la enseñanza; Domingo aportaba una intensidad dramática formidable; Julián combinaba el oficio del actor con la visión del director, mientras Mercedes contribuyó como actriz y como vínculo hacia una nueva generación.
Juntos podían representar prácticamente todo el universo humano del cine mexicano de aquellos años: padres autoritarios, rancheros, políticos, revolucionarios, aristócratas, pobres, villanos, sacerdotes, hombres derrotados y personajes cómicos. Su extraordinaria formación teatral les permitió adaptarse a una cinematografía que necesitaba actores capaces de sostener historias donde la palabra, la presencia y las emociones tenían un peso enorme.
También resulta significativo que la familia no se limitara a beneficiarse de la industria cinematográfica, sino que ayudara a construirla. Fernando dirigió y escribió películas; Julián desarrolló una extensísima carrera como realizador; Andrés participó en la formación profesional de actores, y varios de ellos estuvieron relacionados con organizaciones fundamentales del gremio artístico. Por eso hablar de los Soler significa hablar no solamente de estrellas, sino de personas que participaron activamente en la creación de las estructuras profesionales del espectáculo mexicano.
La Filmoteca de la UNAM continúa recuperando sus películas y reconociendo a la Dinastía Soler como una de las familias más prolíficas y representativas de la cinematografía nacional. Sus trabajos siguen apareciendo en retrospectivas dedicadas al cine mexicano porque muchas de aquellas películas no solamente fueron éxitos de su tiempo: ayudaron a construir la imagen que varias generaciones tuvieron de la familia, la autoridad, el honor, la pobreza, el amor y los conflictos sociales.
Quizá por eso resulte difícil encontrar otra dinastía comparable dentro de la Época de Oro. Los Soler no fueron una familia que simplemente aprovechó la fama de uno de sus integrantes; cada hermano tuvo que construir su propio lugar y algunos alcanzaron carreras enormes por caminos completamente distintos.




