EL Rincón de Yanka

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sábado, 29 de noviembre de 2025

POR QUÉ LUCHAMOS: PUEDE QUE EN EL FUTURO SE NOS EXIJA ALGO MÁS QUE UN TESTIMONIO ⛨⚔


POR QUÉ LUCHAMOS

Puede que en el futuro se nos exija 
algo más que un testimonio


¿Por qué luchamos? Quizá la batalla esté perdida desde antes de librarse. Es una posibilidad que debemos contemplar. Desde una óptica realista, se antoja incontestable la evidencia de que existe un desequilibrio abrumador en el reparto de las fuerzas. A un lado, un frente monolítico, impenetrable a la autocrítica, multitudinario. Petrificado en un molde de consignas que son la expresión quintaesenciada del espíritu del tiempo. Al otro lado, grupúsculos de resistentes, francotiradores dotados de una fuerte conciencia de su singularidad, animosos pero dispersos (aunque puede que ya no tanto), desvertebrados en razón de un talante que, de manera instintiva, propende a la imprevisibilidad del anarca.
A la masa granítica, aglutinada alrededor de una compacta disciplina de dogmas, y a la que décadas de infiltración ideológica ha vuelto inmune a las evidencias de la realidad, se le opone una estrategia partisana, deslavazada, condicionada en buena medida por los movimientos del adversario.
Planteada la lucha en tales términos, no hay expectativa de victoria. Los grandes depósitos de población abúlica, los adormecidos contingentes de ciudadanos reacios a involucrarse en una contienda de ideas, si se inclinan por alguno de los frentes, siempre lo harán hacia el flanco de la opinión dominante. No en vano, la atomización social ha resultado ser el producto mejor acabado del Estado de Bienestar. Atomización que, en el plano de las ideas, comporta la instauración de una modalidad de totalitarismo a la que su naturaleza versátil y a la vez inasible, casi gaseosa, le permite infectar hasta el último resquicio de la vida pública.

Se crea de ese modo una atmósfera mullida y grata para quien se avenga a plegarse a ella. Es el clima propio del consenso en que vivimos. Se autoriza su permanencia allí a todo aquel que asuma que la política, como medio de disensión respecto de lo dado y propuesta de formas alternativas de articular la vida en común, ha sido aniquilada. Pero el producto resultante de esta abdicación es una sociedad sin pulso, una congregación informe y ensimismada a la que pastorea el Minotauro estatal, único agente moralizador –tan temido como venerado– de una colectividad en trance de descomponerse.

Ante este concilio de almas muertas, pura emanación del nihilismo rampante, ¿no resulta tentador unirse a la grey mayoritaria? ¿No nos invita todo a abandonar nuestra actitud sediciosa y abrazar la misma fe que profesa ese arquetipo humano al que la socialdemocracia hace decenios que viene insuflándole su hálito esterilizador?

Pero hay un problema, y el problema se sintetiza en que todavía creemos en una cierta idea de la persona. Esa es la cuestión. No nos subyuga un mundo trenzado con los algoritmos de un despotismo tecnocrático que rebaja al ser humano a una condición superflua. Quizá la fórmula “salvar la civilización” nos sobrepase en razón de su grandilocuencia. Quizá vaya siendo hora de pensar y expresarnos en términos un tanto menos épicos, de acuerdo. Y aun así, nos empeñamos en custodiar un espíritu de resistencia que nos hace detestables a los ojos de la mayor parte de nuestros conciudadanos. ¿Por qué lo hacemos? Lograda una cierta estabilidad de ánimo, conquistada en la vida una posición de desahogo, ¿a qué arriesgar la doméstica tranquilidad del hogar bien fortificado?

Leo en el libro que tengo ahora mismo entre las manos: “Cuenta Jenofonte cómo los griegos que volvían a su patria acosados por los ejércitos persas, abrumadoramente superiores en número, se enfrentaban al enemigo seguros de la victoria. Pues tenían conciencia de ser, frente a la masa de esclavos que se les enfrentaba, hombres libres que cantando se lanzaban al combate”.

Ir cantando hacia el combate, esa es la imagen. Perseverar en la alegría que naturalmente se desprende del hábito de pensar como alguien que, en su fuero íntimo, se niega a someterse a la tiranía del número.

No se trata de un mero marchar a contracorriente, por lo demás. Como los griegos de la crónica de Jenofonte, también nosotros caminamos en pos de un objetivo. Hay un legado que salvaguardar. Hay un suelo común que todavía no ha sido devastado en su totalidad. Si el poder que monopoliza el acontecer público insiste en su afán expansivo, pronto tampoco habrá vida privada, familia, hogar que defender.

Puede que en el futuro se nos exija algo más que un testimonio. Es posible que lo que por ahora son padecimientos en parte imaginarios, alcance pronto el rango de sacrificios reales. Entretanto, para tonificar nuestra voluntad, leemos, entre otros, a Camus. “La revolución –escribe– consiste en amar a un hombre que no existe todavía”. Y de su no existencia, del desasosiego que ello genera en la psique del sujeto desprovisto de vínculos con el presente, hechizado por la utopía futurista y la mentira igualitaria, supura, como una pestilencia, la herida de todos los resentimientos contemporáneos.

Nosotros, en cambio, amamos lo que es y lo que ha sido. Vivimos enraizados en un humus de devociones concretas. Somos los agradecidos depositarios de una deuda que nunca terminaremos de saldar. Es en el espacio del encuentro personal, de la ayuda mutua y sin contrapartidas necesarias, donde nos gusta reconocernos. Jamás se nos ocurriría abjurar del principio de realidad. Desconfiamos de la continua inflación emotiva que, desfigurando los contornos del bien, apela a un humanitarismo desencarnado. Apreciamos la variedad del mundo, la estimulante riqueza que se deriva de la contraposición civilizada de los argumentos, pero, a la vez, proclamamos el derecho a preservar una identidad que quién sabe si en el tiempo que está por llegar habrá de servir de fundamento a la restauración de algún modo de vida comunitario. Defendemos las virtudes del mérito, la generosidad, el coraje. Creemos en una sociedad que recompensa el talento y el esfuerzo y penaliza la mediocridad y la desidia. No queremos ver a nuestros hijos disueltos en el magma indistinto de lo global, ni perdidos entre la berrea de una masa de cabestros obedientes. Es por todo ello por lo que luchamos.

Y hay una última razón. No debe desecharse la posibilidad de que, alguna vez, por la inercia de los fenómenos que ya se hallan en curso, fluctúe el signo de la época. Entonces, sobre el paisaje presente, deberían elevarse voces que sembraran en las conciencias dañadas por las secuelas de la debacle un propósito de hermanamiento y reconstrucción. Nuestro deber es mantener a salvo los materiales con los que hombres y mujeres más sabios y diestros que nosotros puedan, en un futuro quizá no lejano, refundar la casa común.

Porque, además, si no albergáramos esta última ilusión, ¿qué sentido tendría nuestra espera?

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viernes, 28 de noviembre de 2025

"LA FILOSOFÍA SIRVE PARA DETESTAR LA ESTUPIDEZ Y NO ES SIERVA DE NADIE" por GILLES DELEUZE

"La filosofía sirve para detestar la estupidez, 
hace de la estupidez una cosa vergonzosa.
Solo tiene este uso: denunciar la bajeza del pensamiento 
bajo todas sus formas, la filosofía no es sierva de nadie". 

En un tiempo en el que todo se mide por la utilidad inmediata la filosofía parece no tener espacio. Sin embargo, precisamente cuando la sociedad se acostumbra a no pensar, se normaliza la superficialidad y la estupidez se vuelve socialmente aceptable, se convierte en una necesidad urgente. Su función es profiláctica: no cura, pero previene. No adula, pero despierta. No se arrodilla ante ninguna ideología ni ante ningún poder. La filosofía es el ejercicio de la libertad en su forma más pura.

Decía Sócrates que “una vida sin examen no merece la pena ser vivida”, y esta es la raíz del pensamiento filosófico: examinar, cuestionar y poner en duda lo que damos por hecho, aunque parezca incuestionable. El pensamiento flojo, acomodado y repetitivo es el mayor enemigo del progreso humano. Cuando dejamos de pensar críticamente nos convertimos en instrumentos de otros pensamientos y eso nos hace manipulables, previsibles y pasivos. La filosofía nos enseña a detestar la estupidez, no en el sentido de despreciar al ignorante, sino de no tolerar la banalidad del pensamiento vacío. Como diría Kant, la filosofía nos enseña a “atrevernos a pensar por nosotros mismos”, y este atrevimiento es lo que mantiene viva la dignidad humana.

En el ámbito educativo esto cobra un valor inmenso. Formar mentes filosóficas no significa llenar cabezas de teorías, sino enseñar a construir esquemas mentales sólidos y flexibles a la vez, capaces de adaptarse a los cambios, interpretar la realidad y distinguir entre lo profundo y lo trivial. La filosofía actúa como una vacuna contra la manipulación y la mediocridad, contra el dogmatismo y la superficialidad que nos rodea. La filosofía no es sierva de nadie, no está al servicio de ningún poder, ni de ningún sistema, ni siquiera de la ciencia o la política. Está al servicio del pensamiento libre, la lucidez y la verdad. Por esto, abandonar la filosofía sería el principio de la esclavitud de la estupidez. Si conseguimos que nuestros alumnos comprendan esto habremos salvado no solo una asignatura, sino una actitud ante la vida. Porque pensar bien, aunque duela y nos haga distintos, sigue siendo el acto más humano que existe. 



jueves, 27 de noviembre de 2025

LIBRO "CUANDO LOS TONTOS MANDAN" 😵 por JAVIER MARÍAS

 CUANDO LOS TONTOS MANDAN

JAVIER MARÍAS

Este volumen reúne los noventa y cinco artículos publicados por Javier Marías en el suplemento dominical El País Semanal entre el 8 de febrero de 2015 y el 29 de enero de 2017.
Noventa y cinco piezas que ofrecen una instantánea de la realidad, del gran articulista de la prensa española actual.
«¿Se puede hacer algo en un mundo en el que contamos con grabaciones, con sonido e imágenes, con máquinas calculadoras más fiables que nunca, y todo ello se refuta con desfachatez? ¿Estamos adormilados, hipnotizados o simplemente idiotizados para creer más a los distorsionadores que a nuestros ojos y oídos, y aun que a la aritmética?», se pregunta el autor en uno de los textos incluidos en este libro. Y concluye su reflexión: «Si es así, rindámonos».

Vivimos tiempos en los que no se puede soslayar el triunfo de las radicalidades, de las militancias de todo signo y de los bulos cotidianos; la célebre posverdad se impone a lo real y gran parte de los ciudadanos solo lee, oye o ve a los de su cuerda, atrincherados en la comodidad de un pensamiento coincidente. En estas circunstancias, Javier Marías es un outsider necesario. Con su estilo elegante, su exquisita educación y su gran sentido del humor, lleva a cabo en sus artículos algo infrecuente: matizar, razonar, dar mandobles a unos y a otros cuando lo considera conveniente, no ejercer banderías ni lo políticamente correcto.

En medio del ruido global en el que estamos inmersos, las piezas de opinión recogidas en Cuando los tontos mandan resultan indispensables para formarnos una opinión personal sobre gran variedad de temas y para entender el mundo actual. Y confirman a Javier Marías como una de las voces más representativas y valoradas de la auténtica disidencia.

Reseñas:

«Quien no lea a Marías está condenado». The Nation
«Su mente es profunda, aguda, a veces turbadora, a veces hilarante, y siempre inteligente». Edward St Aubyn, The New York Times Book Review

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Lo comentaba hace unas semanas Jorge Marirrodriga en este diario: el sindicato de estudiantes de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres “ha exigido que desaparezcan del programa filósofos como Platón, Descartes y Kant, por racistas, colonialistas y blancos”. Supongo que también se habrá exigido (hoy todo el mundo exige, aunque no esté en condiciones de hacerlo) la supresión de Heráclito, Aristóteles, Hegel, Schopenhauer y Nietzsche. La noticia habla por sí sola, y lo único que cabe concluir es que ese sindicato está formado por tontos de remate. Pero claro, no se trata de un caso aislado y pintoresco. Hace meses leímos –en realidad por enésima vez– que en algunas escuelas estadounidenses se pide la prohibición de clásicos como Matar a un ruiseñor y Huckleberry Finn, porque en ellos aparecen “afrentas raciales”. Dado que son dos clásicos precisamente antirracistas, es de temer que lo inadmisible es que algunos personajes sean lo contrario y utilicen la palabra “nigger”, tan impronunciable hoy que se la llama “la palabra con N”.
"El problema no es que haya idiotas desaforados exigiendo censuras y vetos, sino que se les haga caso y se estudien sus reclamaciones imbéciles".
El problema no es que haya idiotas gritones y desaforados en todas partes, exigiendo censuras y vetos, sino que se les haga caso y se estudien sus reclamaciones imbéciles. Un comité debía deliberar acerca de esos dos libros (luego aún no estaban desterrados), pero esa deliberación ya es bastante sintomática y grave. También se analizan quejas contra el Diario de Ana Frank, Romeo y Julieta (será porque los protagonistas son menores) y hasta la Biblia, a la que se objeta “su punto de vista religioso”. Siendo el libro religioso por antonomasia, no sé qué pretenden los quejicas. ¿Que no lo tenga?

Hoy no es nadie quien no protesta, quien no es víctima, quien no se considera injuriado por cualquier cosa, quien no pertenece a una minoría o colectivo oprimidos. Los tontos de nuestra época se caracterizan por su susceptibilidad extrema, por su pusilanimidad, por su piel tan fina que todo los hiere. Ya he hablado en otras ocasiones de la pretensión de los estudiantes estadounidenses de que nadie diga nada que los contraríe o altere, ni lo explique en clase por histórico que sea; de no leer obras que incluyan violaciones ni asesinatos ni tacos ni nada que les desagrade o “amenace”. Reclaman que las Universidades sean “espacios seguros” y que no haya confrontación de ideas, porque algunas los perturban. Justo lo contrario de lo que fueron siempre: lugares de debate y de libertad de cátedra, en los que se aprende cuanto hay y ha habido en el mundo, bueno y malo. No es tan extraño si se piensa que hoy todo se ve como “provocación”. 

Un directivo del Barça ha sido destituido fulminantemente porque se atrevió a opinar –oh sacrilegio– que Messi, sin sus compañeros Iniesta, Piqué y demás, no sería tan excelso jugador como es. Lo cual, por otra parte, ha quedado demostrado tras sus actuaciones con Argentina, en las que cuenta con compañeros distintos. Y así cada día. Cualquier crítica a un aspecto o costumbre de un sitio se toma como ofensa a todos sus habitantes, sea Tordesillas con su toro o Buñol con su “tomatina” guarra.

La presión sobre la libertad de opinión se ha hecho inaguantable. Se miden tanto las palabras –no se vaya a ofender cualquier tonto ruidoso, o las legiones que de inmediato se le suman en las redes sociales– que casi nadie dice lo que piensa. Y casi nadie osa contestar: “Eso es una majadería”, al sindicato ese de Londres o a los padres quisquillosos que pretenden la expulsión de clásicos de las escuelas. Antes o después tenía que haber una reacción a tantas constricciones. Lo malo es que a los tontos de un signo se les pueden oponer los tontos del signo contrario, como hemos visto en el ascenso de Le Pen y Putin y en los triunfos del Brexit y Trump. A éste sus votantes le han jaleado sus groserías y sandeces, sus comentarios verdaderamente racistas y machistas, sus burlas a un periodista discapacitado, su matonismo. Debe de haber una gran porción de la ciudadanía harta de los tontos políticamente correctos, agobiada por ellos, y se ha rebelado con la entronización de un tonto opuesto.

Alguien tan simplón y chiflado como esos estudiantes londinenses censores de los “filósofos blancos”. No alguien razonable y enérgico capaz de decir alguna vez: “No ha lugar ni a debatirse”, sino un insensato tan exagerado como aquellos a los que combate. Cuando se cede el terreno a los tontos, se les presta atención y se los toma en serio; cuando éstos imponen sus necedades y mandan, el resultado suele ser la plena tontificación de la escena. A unos se les enfrentan otros, y la vida inteligente queda cohibida, arrinconada. Cuando ésta se acobarda, se retira, se hace a un lado, al final queda arrasada.

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Artículo de Javier Marías publicado en El País Semanal el 29 de enero de 2017.


Nota del editor

Este libro contiene los artículos publicados por Javier Marías en el suplemento dominical El País Semanal durante el periodo que va desde el 8 de febrero de 2015 hasta el 29 de enero de 2017; en total, son noventa y cinco las columnas aquí reunidas. El título del volumen, como ya es tradición, el autor lo ha tomado prestado de uno de los epígrafes: el de la pieza que cierra la recopilación, «Cuando los tontos mandan». En ella el escritor señala, valiéndose de noticias recientes, algunas «reclamaciones imbéciles» que atañen, entre otras, a prohibiciones y censuras de clásicos universales en los programas universitarios. Y da en la diana al lamentar que «la presión sobre la libertad de expresión se ha hecho inaguantable. […] Se miden tanto las palabras que casi nadie dice lo que piensa».

Los lectores de Marías saben que éste sí dice lo que piensa; es más, confían en que, domingo tras domingo, haga caso omiso del clima de opinión reinante en los medios de comunicación y en las redes sociales y exponga su parecer sobre cualquiera que sea la cuestión que trate. Y jamás defrauda.

La nuestra es una época sin duda rara, confusa y complicada: nadie puede soslayar el triste triunfo de las radicalidades, de las militancias de todo signo y de los bulos cotidianos; los políticos, ya plenamente adaptados a la posverdad, nos mienten sin parar; el sistema judicial es tan lento que los ciudadanos, sobre todo en los casos de corrupción, tenemos la impresión de que la justicia en España funciona más bien nada. En este panorama poco halagüeño, quizá lo peor sea la constatación de que la gente, salvo excepciones, se halla asombrosa y paradójicamente desinformada, puesto que sólo leemos, oímos o vemos a los que son de nuestra cuerda, atrincherados en la comodidad de un pensamiento coincidente. Así, Javier Marías es un outsider más necesario que nunca en estos tiempos. Con su estilo elegante, su exquisita educación y su gran sentido del humor, lleva a cabo en sus artículos algo infrecuente: matizar, razonar, dar mandobles a unos y a otros cuando lo considera conveniente, no ejercer banderías ni lo políticamente correcto. Sus columnas de los domingos, en las que tan a menudo combate con pasión la ideología oficial y el pensamiento trillado, han convertido a Marías en una de las voces más representativas y valoradas de la auténtica disidencia.

En esta recopilación, se plantean cuestiones cruciales como las promesas incumplidas del Gobierno de Rajoy, el procés en Cataluña, el descontento social por los recortes, la crisis económica —«que nunca termina ni amaina», en palabras del escritor— y las terribles consecuencias que aún padecen sobre todo las clases más desfavorecidas, el Brexit, las elecciones que auparon a Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos…

Sin embargo, el autor no se dedica a la opinión política de manera estricta ni continuada; bien al contrario, si algo caracteriza su labor articulística es la enorme variedad de temas que suele tratar. Haciendo un somero repaso, en Cuando los tontos mandan hay también textos sobre películas, series de televisión, libros, cuadros, evocaciones personales de amigos y familiares, viajes de trabajo, la Semana Santa, el fútbol, los Óscars, el papa Francisco, el neoespañol, el bajo porcentaje de gente que lee en nuestro país, etcétera. Y por descontado, los que abordan algunas de las plagas de nuestros días: el terrorismo del Estado Islámico, los desahucios en España, las redes sociales y sus nefastos linchamientos masivos, la manía por fotografiarlo todo, la discriminación salarial que sufren las mujeres y lo que Marías califica como el «progresivo abaratamiento del sistema democrático», por citar los más significativos.

Jueces no humanos

No es que los jueces hayan sido nunca demasiado de fiar. A lo largo de la historia los ha habido venales, cobardes, fanáticos, por supuesto prevaricadores, por supuesto desmesurados. Pero la mayoría de los injustos mantenía hasta hace no mucho una apariencia de cordura. Recurrían a claros sofismas o retorcían las leyes o bien se aferraban a la letra de éstas, pero al menos se molestaban en urdir artimañas, en dotar a sus resoluciones de simulacros de racionalidad y ecuanimidad. Recuerdo haber hablado, hace ya más de diez años, de un caso en que el juez no apreció «ensañamiento» del acusado, que había asestado setenta puñaladas a su víctima, algo así. El disparate, con todo, buscó una justificación: dado que la primera herida había sido mortal, no podía haber «ensañamiento» con quien ya era cadáver y no sufría; como si el asesino hubiera tenido conocimientos médicos y anatómicos tan precisos y veloces para saber en el acto que las sesenta y nueve veces restantes acuchillaba a un fiambre.

Pero ahora hay no pocos jueces que no disimulan nada, y a los que no preocupa lo más mínimo manifestar síntomas de locura o de supina estupidez. Uno se pregunta cómo es que aprueban los exámenes pertinentes, cómo es que se pone en sus manos los destinos de la gente, su libertad o su encarcelamiento, su vida o su muerte en los países en que aún existe la pena capital. Si uno ve series de televisión de abogados (por ejemplo, The Good Wife), a menudo reza por que lo mostrado en ellas sea sólo producto de la imaginación de los guionistas y no se corresponda con la realidad judicial americana, sobre todo porque cuanto es práctica en los Estados Unidos acaba siendo servilmente copiado en Europa, con la papanatas España a la cabeza. Hace unas semanas hubo un reportaje de Natalia Junquera sobre los tests a que se somete a los extranjeros que solicitan nuestra nacionalidad, para calibrar su grado de «españolidad». Por lo visto no hay una prueba standard («¡Todo el mundo se aprendería las respuestas!», exclama el Director General de los Registros y del Notariado), así que cada juez pregunta al interesado lo que le da la gana, cuando éste se presenta ante el Registro Civil. Al parecer, hay algún juez que, para «pulsar» el grado de integridad del solicitante en nuestra sociedad, inquiere «qué personaje televisivo mantuvo una relación con un conocido torero» o «qué torero es conocido por su muerte trágica» (me imagino que aquí se admitirían como respuestas válidas los nombres y apodos de todos los diestros fallecidos a lo largo de la historia, incluidos suicidas). 

El mismo juez preguntó quién era el Presidente de Navarra, y el marroquí interrogado lo supo, inverosímilmente. Pero tal hazaña no le bastó (falló en la cuestión taurina), y hubo de recurrir, con éxito. Otros jueces quieren saber qué pasó en 1934, o cómo fue la Constitución de 1812, o nombres de escritores españoles del siglo XVI. A un tal juez Celemín, famoso aunque yo no lo conozca, le pareció insuficiente que un peruano mencionara el de Lope de Vega, y se lo cargó. Todo esto suena demencial, y encima, en los exámenes sobre «personajes del corazón», resulta muy difícil seguirles la pista o incluso reconocerlos, tanto cambian de aspecto a fuerza de perrerías (hace poco creí estar viendo en la tele a la actriz de la película Carmina o revienta y después descubrí que era, precisamente, quien «mantuvo una relación con un conocido torero»).

Pero la epidemia de jueces lunáticos se extiende por todo el globo. Se ha sabido que los magistrados venezolanos del Tribunal Supremo (o como se llame el equivalente caraqueño) han fallado 45.000 veces a favor de los Gobiernos de Chávez y Maduro… y ninguna en contra, en los litigios presentados contra sus directrices y leyes. Empiecen a contar, una, dos, tres, y así hasta 45.000, no creo que nadie lo pueda resistir, y sin embargo existe tal contabilidad. Pero quizá es más alarmante (el caso venezolano sólo prueba que esos jueces reciben órdenes y son peleles gubernamentales, lo habitual en toda dictadura) el reciente fallo de unos togados argentinos que dictaminaron que una orangutana del zoo era «persona no humana», con derecho al habeas corpus (como si hubiera sido arrestada) y a circular libremente. 

Que haya articulistas y espontáneos que abracen en seguida la imbecilidad y reivindiquen la «definición» también para las ballenas, los perros y los delfines, no tiene nada de particular. Al fin y al cabo ya hubo aquel llamado Proyecto Gran Simio que suscribió con entusiasmo el PSOE de Zapatero. Pero que unos jueces (individuos en teoría formados, prudentes y cultos) incurran en semejante contradicción en los términos, francamente, me lleva a sospechar que son ellos quienes forman parte del peculiar grupo de las «personas no humanas». Y a ellos sí, pese a su desvarío, habría que reconocerles el derecho al habeas corpus, faltaría más. Confío en que la orangutana (ya puestos) sea proclive a concedérselo. No vería gran diferencia si fuera ella quien vistiera la toga y enarbolara el mazo con el que dictar sentencias. La capacidad de raciocinio de la una y los otros debe de ser bastante aproximada.
8-II-15
Un Papa

Este Papa actual cae muy bien a laicos y a católicos disidentes, y bastante mal, al parecer, a no pocos obispos españoles y a sus esbirros periodísticos, que ven con horror las simpatías de los agnósticos (utilicemos este término para simplificar). Las recientes declaraciones de Francisco I respecto a los atentados de París (qué es esa coquetería historicista de no llevar número: Juan Pablo I lo llevó desde el primer día) no parecen haber alertado a esos simpatizantes y en cambio me imagino que sus correligionarios detractores habrán respirado con alivio. 
Un Papa es siempre un Papa, no debe olvidarse, y está al servicio de quienes está. Puede ser más limpio o más oscuro, más cercano a Cristo o a Torquemada, sentirse más afín a Juan XXIII o a Rouco Varela. Pero es el Papa.

Francisco I es o se hace el campechano y procura vivir con sencillez dentro de sus posibilidades, pero esas declaraciones me hacen dudar de su perspicacia. Repasémoslas. «En cuanto a la libertad de expresión», respondió a la pregunta de un reportero, «cada persona no sólo tiene la libertad, sino la obligación de decir lo que piensa para apoyar el bien común … Pero sin ofender, porque es cierto que no se puede reaccionar con violencia, pero si el Doctor Gasbarri, que es un gran amigo, dice una grosería contra mi mamá, le espera un puñetazo. ¡Es normal! No se puede provocar, no se puede insultar la fe de los demás … Hay mucha gente que habla mal, que se burla de la religión de los demás. Estas personas provocan y puede suceder lo que le sucedería al Doctor Gasbarri si dijera algo contra mi mamá. Hay un límite, cada religión tiene dignidad, cada religión que respete la vida humana, la persona humana … Yo no puedo burlarme de ella. Y este es el límite … En la libertad de expresión hay límites como en el ejemplo de mi mamá».

El primer grave error —o falacia, o sofisma— es equiparar y poner en el mismo plano a una persona real, que seguramente no le ha hecho mal a nadie ni le ha impuesto ni dictado nada, ni jamás ha castigado ni condenado fuera del ámbito estrictamente familiar (la madre del Papa), con algo abstracto, impersonal, simbólico y aun imaginario, como lo es cualquier religión, cualquier fe. Con la agravante de que, en nombre de las religiones y las fes, a la gente se la ha obligado a menudo a creer, se la ha sometido a leyes y a preceptos de forzoso y arbitrario cumplimiento, se la ha torturado y sentenciado a muerte. En su nombre se han desencadenado guerras y matanzas sin cuento (bueno, no sé por qué hablo en pasado), y durante siglos se ha tiranizado a muchas poblaciones. 

Las religiones se han permitido establecer lo que estaba bien y mal, lo lícito y lo ilícito, y no según la razón y un consenso general, sino según dogmas y doctrinas decididos por hombres que decían interpretar las palabras y la voluntad de Dios. Pero a Dios —a ningún dios— no se lo ve ni se lo oye, solamente a sus sacerdotes y exégetas, tan humanos como nosotros. La madre de Francisco I fue probablemente una buena señora que jamás hizo daño, que no intervino más que en la educación de sus vástagos, y contra la cual toda grosería estaría injustificada y tal vez, sí, merecería un puñetazo. Pero la comparación no puede ser más desacertada, o más sibilina y taimada. A diferencia de esta buena señora, o de cualquier otra, las religiones se han arrogado o se arrogan (según los sitios) el derecho a interferir en las creencias y en la vida privada y pública de los ciudadanos; a permitirles o prohibirles, a decirles qué pueden y no pueden hacer, ver, leer, oír y expresar. 

Hay países en los que todavía las leyes las dicta la religión y no se diferencia entre pecado y delito: en los que lo que es pecado para los sacerdotes, es por fuerza delito para las autoridades políticas. Hasta hace unas décadas así ocurrió también en España, bajo dominación católica desde siempre. Y hoy subsisten fes según las cuales las niñas merecen la muerte si van a la escuela, o las mujeres no pueden salir solas, o un bloguero ha de sufrir mil latigazos, o una adúltera la lapidación, o un homosexual la horca, o un «hereje» ser pasado por las armas. No digamos un «infiel».

Así que, según este Papa, «la fe de los demás» hay que soportarla y respetarla, aunque a veces se inmiscuya en las libertades de quienes no la comparten ni siguen. Y en cambio «no se puede uno burlar de ella», porque entonces «estas personas provocan y puede suceder lo que le sucedería al Doctor Gasbarri…». Sin irse a los países que se rigen por la sharía más severa, nosotros tenemos que aguantar las procesiones que ocupan las ciudades españolas durante ocho días seguidos, y ni siquiera podemos tomárnoslas a guasa; y debemos escuchar las ofensas y engaños de numerosos prelados en nombre de su fe, y ver cómo la Iglesia se apropia de inmuebles y terrenos porque sí, sin ni siquiera mofarnos de la una ni de la otra, no vayamos a «provocar» como ese pobre Doctor que se ha llevado los hipotéticos guantazos de Francisco I. 

Con semejantes «razonamientos», no se hace fácil la simpatía a este Papa. Al fin y al cabo es el jefe de una religión.

15-II-15
VER+: