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CALENDARIO CUARESMAL 2026

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miércoles, 18 de marzo de 2026

LIBRO "EL CARDENAL PIE": LUCIDEZ Y CORAJE AL SERVICIO DE LA VERDAD por ALFREDO SÁENZ


EL CARDENAL PIE
Lucidez y coraje al servicio de la verdad

"DOS COSAS SON NECESARIAS A LOS HOMBRES: 
LUCIDEZ Y CORAJE. 
LUCIDEZ PARA CONOCER E IDENTIFICAR LA VERDAD. 
Y EL CORAJE PARA SEGUIR LA VERDAD".

"Lo hemos ensayado todo, 
¿Por qué no ensayamos la verdad?" 

El Cardenal Pie, Arzobispo de Poitiers, una de las personalidades más relevarles del siglo XIX, digno heredero de su antecesor San Hilario -el gran contrincante de la herejía arriana en el siglo IV-, vivió una época de intensas controversias doctrinales en la Francia impregnada por la mentalidad de la Revolución francesa. El espíritu de dicha Revolución había penetrado en amplias capas de la Iglesia bajo el nombre de "catolicismo liberal", reeditándose así las viejas pretensiones del arrianismo bajo una óptica diferente. Este libro expone de manera sistemática el pensamiento del Cardenal, centrado en el Señorío de Cristo sobre las personas y las sociedades. Se analiza la naturaleza de la Revolución moderna, los grandes errores doctrinales del siglo pasado: el naturalismo, el racionalismo, el liberalismo, errores que no han desaparecido, ya que siguen permeando nuestra conflictuada época; al tiempo que se con-signan sus ardientes proclamas en pro de una decidida militancia contrarrevolucionaria, emprendida por caracteres recios, absolutamente extraños a aquella cobardía que se enmascara cómodamente bajo el nombre de "moderación" y "equilibrio". Trátase por cierto de un libro de género histórico, pero de acuciante actualidad, merced al cual el Cardenal Pie, obispo de la raza de Hilario y de Atanasio, podrá seguir haciendo escuchar su voz, proclamando verdades de a puño, a modo de clarinadas, que no dejarán de estimular al lector para que ponga por centro de sus luchas a Dios, a Cristo Rey, a la Santísima Virgen. La lectura de esta obra hará "renacer en nosotros el coraje", como gustaba decir el Cardenal.


Prólogo

Para sostener y animar a sus discípulos en medio de las incomprensiones y persecuciones que esperan a todo fiel pregonero de la verdad, San Pablo les exhortaba a buscar la “consolatio scripturarum”. El consuelo de las escrituras no se refiere tan sólo a las enseñanzas de los Libros Sagrados, sino a todo lo que nos ha sido transmitido de la historia y de su pueblo, y lo que la sabiduría y la experiencia de nuestros antepasados pueden enseñarnos para comportarnos rectamente frente a las realidades de nuestro tiempo.

El Cardenal Pie es uno de esos grandes espíritus que tienen mucho que enseñarnos hoy, y es sin duda una obra útil y meritoria hacer conocer su personalidad y su pensamiento. Ha vivido en un período en que se presentaban problemas religiosos, sociales y políticos muy semejantes a los que vivimos ahora. Recuerdo muy bien cómo hace cincuenta años el estudio de las obras de personajes como el Cardenal Pie y el escritor Louis Veuillot nos ayudaba a comprender ciertos fenómenos nuevos para mi patria canadiense pero que Francia había vivido y sufrido varias décadas antes. La perspicacia y el valor de estos grandes pensadores y hombres de acción nos preparaban para reconocer a los enemigos de la verdad y de la religión y para detectar sus maquinaciones, ocultas a menudo detrás de legislaciones o políticas aparentemente dictadas por la piedad o la búsqueda de la paz.

La parte del libro consagrada a la biografía del Cardenal es breve, concisa, pero muy viva y sumamente útil para comprender la substancia y la tonalidad especial de sus discursos y escritos. Muestra la fidelidad del dignatario de la Iglesia a sus ideales de joven ardiente y de sacerdote apostólico, vecino a su grey. Muestra la unidad, la coherencia entre sus convicciones, maduradas en la oración al pie del Santísimo, y sus actividades en favor de la comunidad eclesial y de las instituciones. Muestra también cómo, en todas las etapas de su vida, la docilidad frente al magisterio del Pastor Supremo y una obediencia escrupulosa a su persona, fueron el secreto de la seguridad de Luis Eduardo Pie cuando tuvo que tomar decisiones difíciles y denunciar errores, injusticias y violaciones de los derechos. Fue porque radicaba en una doctrina sólida y profunda que su acción pastoral y social supo ejercerse en las circunstancias más diversas y concretas.

Por otra parte el Cardenal tenía un amor ardiente a Jesús y a su divina Madre, y por eso su amor al prójimo era tal que no podía consentir en que quedara engañado por los sofismas del día o por una noción de libertad que, desconociendo los derechos del Creador, llevara al ser creado a su perdición. El Cardenal, así como la Iglesia misma, no ha pensado nunca que se ama y se presta servicio al hombre dejándolo en la “ignorancia material”.

La parte del libro consagrada al pensamiento de Monseñor Pie ilustra bien la reflexión del autor, a saber, que “Pie no se limita a predicar la verdad sino que la predica bien”. Las amplias citas que lo jalonan nos dan a conocer una persona de cultura excepcional, que a su conocimiento de la Escritura y de la Tradición añade un talento literario y sobre todo un fuego de caridad tales, que le hacen encontrar las palabras más adecuadas para llegar a las mentes y a los corazones.

No quiero quitar a los lectores el placer de descubrir poco a poco las riquezas de la enseñanza de Monseñor Pie. Pero quiero congratularme con el autor por el modo orgánico con que la presenta. Nuestra religión, nuestra fe, no es un andamiaje de atrayentes abstracciones. Es la adhesión de todo nuestro ser a un Dios que se nos ha revelado en Jesucristo, la adhesión al Señor, Dios y hombre. Se le debe aceptar tal como es, y es el Rey de la creación, tanto por derecho de naturaleza como por derecho de conquista: en la Cruz ha adquirido por su muerte redentora, en cuanto hombre, el derecho que tenía ya como Dios sobre nuestras personas y sobre las sociedades que constituimos. La realeza social de Jesús es un hecho del que no podemos prescindir. El reino del Señor no es como los reinos de este mundo. Es por cierto un reino de amor. Pero, como bien dice Teresa de Ávila, no es porque amo a mi Señor que le debo menos respeto y lealtad.

El reconocimiento de la soberanía de Cristo no es meramente cuestión de palabra. Debe comprometer toda la vida. Y por eso en sus sermones le agrada a Monseñor Pie presentarnos personas que han puesto todas sus fuerzas al servicio del Rey: Nuestra Señora, la Virgen María, en primer lugar; luego los santos que han tenido un gran impacto sobre sus respectivas épocas; y los ministros sagrados, llamados a continuar la obra de los santos.

A veces pensamos que somos nosotros quienes hemos descubierto la idea de que la Iglesia tiene que encarnarse en el mundo de su tiempo. Monseñor Pie, a la vez que propone ante nuestros ojos la figura de diversos santos que han cambiado su mundo, nos indica cómo podemos y debemos hacer en la actualidad para que todas las cosas y todos los días se hagan sagrados en nuestras patrias y en el mundo. Y para ser muy práctico nos enseña cómo el Enemigo de Cristo sabe utilizar los medios más variados, violentos o sutiles, para llevar a los ingenuos o desprevenidos por la senda de la secularización, del humanismo pagano, de las revoluciones materialistas y destructivas.

Espero pues que muchos cristianos, preocupados por la crisis actual, se interesarán por este trabajo apasionante. Sé que una vez empezada su lectura encontrarán motivos de confianza en el porvenir y estímulo para un apostolado bien inspirado en favor del Reino de Cristo.

CARDENAL EDOUARD GAGNON 
Presidente del Consejo Pontificio 
para la Familia Ciudad del Vaticano – 
ROMA 10 de junio de 1987


martes, 17 de marzo de 2026

CUENTO Y PELÍCULA "EIGHT O´CLOCK IN THE MORNING" y THE LIVE (ESTÁN VIVOS) por RAY NELSON y JOHN CARPENTER, RESPECTIVAMENTE.


They Live (título traducido como Están vivos en España y como Sobreviven en Hispanoamérica) es una película estadounidense de acción-ciencia ficción de 1988 escrita y dirigida por John Carpenter. Carpenter escribió el guion bajo el pseudónimo de Frank Armitage. La película está basada en un relato de 1963 de Ray Nelson titulado Eight O’Clock in the Morning.
Al final de la demostración, el hipnotista dijo a los presentes: “Despierten”. Algo inusual ocurrió. Uno de los presentes despertó del todo. Aquello era un hecho sin precedentes. Su nombre era George Nada: parpadeó ante el mar de caras de los presentes en el teatro, al principio sin ser consciente de que hubiera algo fuera de lo habitual. Luego se percató: estaban ahí, entre la muchedumbre, eran rostros no humanos. Eran los rostros de los Fascinadores. Ellos habían estado ahí todo este tiempo, por supuesto, pero solo George estaba realmente despierto, así que solo él podía reconocerlos como lo que realmente eran. Entendió todo en un instante, incluyendo el hecho de que si era demasiado obvio, ellos lo notarían y de inmediato le darían la orden de volver a su estado habitual, y entonces él volvería a obedecer.

Por intervalos, George observaba los carteles que colgaban y mostraban fotografías de los Fascinadores y sus múltiples ojos a lo largo de la calle. Debajo de ellas, inscritas, aparecían varias órdenes, tales como “trabaja ochos horas”, “juega ocho horas”, “duerme ocho horas” o “cásate y reprodúcete”. Una televisión colocada en el aparador de una tienda captó la atención de George, pero él desvió la mirada de inmediato. Si no veía al Fascinador en la pantalla, podría resistir la orden: “siga sintonizando esta emisora”.
George vivía solo en un pequeño dormitorio. Tan pronto como llegó a casa, desconectó el televisor. A pesar de ello, podía escucharse el rumor de los televisores encendidos de sus vecinos. Las voces eran humanas, la mayor parte del tiempo, pero ahora, de un momento a otro, él podía escuchar las voces arrogantes, los extraños graznidos de los alienígenas, semejantes a los de un ave. “Obedece al Gobierno”, decía uno de los graznidos. “Somos el Gobierno”, decía otro. “Somos tus amigos. Tú harías cualquier cosa por un amigo, ¿no?”. “Obedece”. “Trabaja”.

De repente sonó el teléfono. George contestó. Era uno de los Fascinadores. “Hola”, chilló. “Habla tu control, el Jefe de policía Robinson. Usted es un hombre viejo, George Nada. Mañana a las ocho en punto, su corazón se detendrá. Por favor repítalo”. “Soy un hombre viejo”, dijo George. “Mañana a las ocho en punto mi corazón se detendrá”. El jefe de policía Robinson colgó.
“No, no pasará”, susurró George. Se preguntó por qué lo querían muerto. ¿Sospechaban, acaso, que se encontraba despierto? Era probable. Alguien podía haberlo notado, darse cuenta de que George no actuaba como el resto de las personas. Si al pasar un minuto después de las ocho él seguía vivo, entonces estarían seguros. “No tiene caso esperar el final aquí”, pensó.

Salió de nuevo a la calle. Los pósters, los televisores o las órdenes ocasionales dictadas por los extraterrestres parecían no tener ningún poder definitivo sobre él, aunque todavía se sentía tentado a obedecer, a ver las cosas de la misma forma en que su amo deseaba que las viera. Entró a un callejón y se detuvo. Uno de los alienígenas se encontraba allí, solo, apoyándose en la pared. George caminó hacia él. “Sigue caminando”, gruñó la cosa, enfocando sus letales ojos sobre George. George sintió que su dominio de conciencia vacilaba. Por un momento la cabeza reptiliana se desvaneció, dejando ver en su lugar el amable rostro de un anciano ebrio. Por supuesto, el borracho era amable. George tomó un ladrillo y golpeó al anciano en la cabeza con todas sus fuerzas. Por un momento la imagen pareció difuminarse, luego brotó un tenue hilo de sangre azul-verdosa de la cara del reptil que cayó al suelo, retorciéndose. Después de un rato, el reptil estaba muerto.

George arrastró el cuerpo hacia las sombras y lo revisó. Encontró una pequeña radio en su bolsillo, además de un cuchillo tallado cuidadosamente y un tenedor. De la radio brotaba un audio incomprensible. Dejó la radio junto al cuerpo inerte del reptil, pero conservó los utensilios para comer. “Es probable que no pueda escapar”, pensó George. “¿Por qué combatirlos?”. Pero quizá él podía. ¿Qué pasaría si él podía despertar a otros? Valía la pena intentarlo.
Caminó doce manzanas hasta llegar al apartamento de su novia, Lily. Llamó a la puerta. Lily abrió, enfundada en una bata de baño. “Quiero que despiertes”, dijo él.
“Estoy despierta”, respondió Lil. “Adelante, pasa”. Entró. La televisión estaba encendida y George la apagó. “No”, dijo él. “Quiero que despiertes de verdad”. Ella lo miró sin comprender, entonces George chasqueó los dedos y gritó: “¡Despierta! ¡Los amos te ordenan que te despiertes!”. “¿Acaso estás loco, George?”, preguntó ella, sospechosa. “Estás actuando muy raro”. Él la abofeteó. “¡Lárgate!”, gritó ella. “¿Qué demonios haces?”. “Nada”, dijo George, derrotado. “Solo estaba bromeando”. “Darme una bofetada no es una broma”, chilló Lily.

Alguien llamó a la puerta. George abrió. Era uno de los extraterrestres. “¿Podrían mantener el ruido a un nivel más bajo?”, dijo. La imagen de los ojos amarillos y la carne reptiliana se difuminó un poco y George pudo ver el rostro vacilante de un hombre gordo en mangas de camisa. Todavía era un hombre cuando George le cercenó el cuello con el cuchillo de cocina, pero volvió a ser alienígena antes de tocar el suelo. Lo arrastró hacia el departamento y cerró la puerta de una patada. “¿Qué ves ahí?”, le preguntó a Lily, señalando aquella cosa, semejante a una serpiente con muchos ojos en el suelo.

“Señor... Señor Coney”, susurró ella, con los ojos llenos de horror. “Tú... Acabas de matarlo como si no tuviera importancia”. “No grites”, dijo George, avanzando hacia ella. “No lo haré, George. Te juro que no lo haré... por favor, solo suelta ese cuchillo, por el amor de Dios”. Ella retrocedió hasta que su espalda tocó la pared. George vio que era inútil.
“Voy a atarte”, dijo George. “Pero primero necesito que me digas en qué habitación vivía el señor Coney”. 
“La primera puerta a la izquierda, yendo hacia las escaleras”, dijo ella. “Georgie... Georgie, no me tortures. Si vas a matarme haz que sea rápido. Por favor, Georgie, por favor”.
La ató usando las sábanas de la cama y la amordazó. Luego buscó en el cuerpo del Fascinador. Encontró otra radio pequeña de la que brotaba un idioma incomprensible y otro par de utensilios de cocina. Nada más.

George fue hacia la puerta de al lado. Cuando llamó a la puerta, una de esas cosas-serpiente contestó: “¿Quién es?”. “Un amigo del señor Coney. Quiero verlo”, dijo George. “Ha salido por un segundo, pero volverá”. La puerta se abrió con un crujido y de ella se asomaron cuatro ojos amarillentos. 
“¿Quiere entrar y esperar?”. “Claro”, respondió George sin mirarle a los ojos. “¿Vives solo aquí?”, preguntó él mientras aquella cosa cerraba la puerta, dándole la espalda. “Sí, ¿por qué?”.
George se abalanzó sobre él y le cortó la garganta desde atrás, luego revisó el departamento. Encontró huesos y cráneos humanos, una mano a medio comer. Encontró tanques con babosas gigantes y gordas flotando en ellos. 
“Las crías”, pensó y las mató a todas. También había armas, de un tipo que nunca antes había visto. Disparó una por accidente, pero por fortuna no hacían ruido. Parecían disparar dardos venenosos.

Tomó la pistola, guardó todos los dardos que pudo y volvió al apartamento de Lily. Cuando ella lo miró, se retorció en una mueca de horror indefenso. “Tranquila, cariño”, dijo él. “Solo quiero tomar las llaves de tu auto”. Tomó las llaves y bajó las escaleras hasta estar de nuevo en la calle. El auto estaba estacionado en el mismo lugar de siempre. Pudo reconocerlo por la abolladura del lado derecho. 
George se introdujo en él, lo encendió y comenzó a manejar sin un rumbo fijo. Condujo por horas, pensando con desesperación en busca de una salida. Encendió la radio para ver si podía encontrar un poco de música, pero no había nada más que noticias. Eran todas sobre él: 
George Nada, el maníaco homicida. El locutor era uno de los Jefes, pero sonaba un poco asustado. ¿Por qué debería estarlo? ¿Qué podría hacer un solo hombre?
George no se sorprendió cuando vio el camino bloqueado. Se detuvo a un lado de la calle antes de llegar al punto de control. 
“No hay más viajes para ti, pequeño Georgie”, se dijo. Ellos ya habían descubierto lo que había ocurrido en el departamento de Lily, probablemente estarían buscando su auto. Lo estacionó en un callejón y tomó el metro. No había extraterrestres en el metro, por alguna razón. Tal vez se consideraban demasiado buenos para tomar el metro, o tal vez ya era demasiado tarde en la noche.

Cuando finalmente uno de ellos abordó el metro, George descendió. Salió a la calle y fue hacia un bar. Uno de los Fascinadores estaba en la televisión, diciendo una y otra vez: “Somos tus amigos. Somos tus amigos. Somos tus amigos”. El estúpido lagarto sonaba asustado. ¿Por qué? ¿Qué podría hacer un solo hombre contra todos ellos?
George pidió una cerveza. Entonces, repentinamente, le impactó la idea de que el Fascinador de la televisión ya no parecía tener ninguna fuerza sobre él. Lo miró de nuevo y pensó: “Tiene que creer que puede dominarme para realmente hacerlo. El menor indicio de temor por parte suya, y el poder de hipnotizar está perdido”. Mostraron la foto de George en la pantalla de la televisión y él se retiró a una cabina telefónica. Llamó a su control, el Jefe de policía Robinson.

“Hola, ¿Robinson?”, preguntó. “Él habla”. “Soy George Nada. He averiguado cómo despertar a las personas”. “¿Qué?… George, espera. ¿En dónde estás?”. Robinson sonaba casi histérico.
Colgó, pagó y abandonó el bar. Probablemente intentarían rastrear la llamada. Tomó otra línea del metro y fue hacia el centro de la ciudad.
Ya estaba amaneciendo cuando entró en el edificio que alojaba al más grande de los estudios de televisión de la ciudad. Consultó con el portero del edificio y luego tomó el elevador. El policía del estudio lo reconoció: “Eh, usted es Nada”, jadeó. A George no le gustó dispararle con el dardo envenenado, pero tuvo que hacerlo.

Tuvo que matar a algunos más, antes de poder entrar en el estudio, incluyendo a todos los técnicos presentes. Afuera había un montón de sirenas de policía, gritos y pasos que corrían por las escaleras. El extraterrestre estaba sentado frente a la cámara de televisión mientras decía: 
“Somos tus amigos”, y no había visto a George acercarse hacia él. Cuando le disparó con la pistola de dardos, el alienígena se detuvo a media oración y se quedó sentado, muerto. George se quedó cerca de él y dijo, imitando el graznido del extraterrestre: “Despierten. Despierten. ¡Vean lo que somos y mátenlos!”.
Fue la voz de George la que se escuchó en la ciudad aquella mañana, pero era la imagen del Fascinador. La ciudad despertó por primera vez y la guerra comenzó. George no vivió para ser testigo de la victoria que se alcanzó finalmente. Murió de un ataque al corazón exactamente a las ocho en punto.

1963

* En este cuento se basó la película They live (Viven) de John Carpenter



Los del sistema quiere verte pobre suena demasiado a conspiración y ya esta muy manido. Lo que dejas entrar en tu cabeza no te hace mas inteligente solo te hace tener mas o menos conocimiento. 

LO QUE HAY QUE VER: 
Somos una parte energía, es cierto, pero lo único que se sabe es que esa energía son pensamientos y sentimientos, lo del alma solo es una creencia, nada mas (una película tampoco me va a decir nada nuevo sobre una creencia que tiene miles de años en cuanto a la tercera película lo único que te dice es que busques un mentor, que normalmente deberían ser tus padres (eso si no lo sabes ya, mal vamos). 
Y luego en el documental sobre como funcionan las redes, en vez de la solución obvia (dejarlas o limitar mucho su uso) tu lo que dices es básicamente que sigamos usándolas pero escuchando tus historias en vez de las de otros.

VER+:




 
They Live: Están Vivos de John Carpenter (1988 ) | Película Completa en Español


LIBRO Y PELÍCULA "ESQUEMA DE LOS TIEMPOS FUTUROS": LA VIDA FUTURA (Things to Come) LO QUE VENDRÁ por H.G. WELLS dirigida por William Cameron Menzies

 Esquema de los 
tiempos futuros

Cuando un diplomático muere en la década de 1930, deja un libro de «visiones oníricas» que ha estado experimentando, en el que detalla los acontecimientos que ocurrirán en la Tierra durante los próximos doscientos años.
Este «relato del futuro» ficticio (similar a "La última y la primera humanidad", de Olaf Stapledon) resultó clarividente en muchos aspectos, ya que Wells predijo acontecimientos como la Segunda Guerra Mundial, el auge de la guerra química y el cambio climático.
PROLOGO

TANTO o más que sus producciones novelescas han contribuido a la fama y prestigio de H. G. Wells, como uno de los primeros escritores de nuestra época, sus libros de corte profético, esos panoramas de tiempos futuros que él gusta de trazar por deducción de la marcha que llevan los acontecimientos que vivimos. Con una lógica implacable, que le coloca a cubierto de demasiado complicadas desviaciones, sigue la proyección de los sucesos actuales sobre los que de ellos han de nacer. Ni en sus obras de mayor libertad imaginativa, como «La Guerra de los Mundos» o «La Máquina del Tiempo», se da en Wells ese desvarío de la fantasía que en su elogio o censura han señalado muchos de sus comentadores. Por el contrario, su imaginación nada tiene de gratuita; no se goza en crear castillos en el aire ni en levantar quimeras sin otra ley que la de su capricho. La fábrica de sus sueños está edificada sobre las sólidas bases de lo ya conocido, y cuando inventa una sociedad maquinista para el año 2000, no hace sino exagerar los rasgos de la mecanización a que estamos llegando, como cuando describe el estrago de las guerras por venir, que rebasará incluso de nuestro planeta. No hay que tener ciertamente una «loca fantasía» para seguir a este escritor en sus deducciones o en la pintura que hace de mundos cuya clave se halla en realidades con las que día a día nos tratamos. 

En esta su manera de imaginar, en este ensanchamiento que procura de los tardos campos de la fantasía de los hombres de hoy, está sin duda la raíz del éxito de Wells. Es sobre todo un tipo de escritor necesario en la hora que vivimos, o, si se quiere, uno de los escritores que con más justos títulos podrán un día arrogarse el de ser o haber de nuestros tiempos. A estas razones, de extraordinaria fuerza, se une la maestría lograda por Wells en el género que cultiva para hacer de él uno de los escritores que cuentan con mayor número de lectores, no sólo de los más leídos entre los de nuestra época, sino en la producción literaria general. 

El primer antecedente en la obra de Wells de libros de la especie del que nos ocupa se remonta a comienzos de siglo, cuando aparecieron sus famosas «Anticipaciones». Desde entonces no ha dejado de simultanear la creación de trabajos de su clase con los demás de su extensa labor de publicista. Podrían dividirse en dos categorías esenciales las obras a que nos referimos: una, que comprendería las que son puramente relatos fantásticos, y en ella se agruparían «La Máquina del Tiempo» y «La Guerra de los Mundos», ya citadas, junto con «La Isla del Doctor Moreau» y «El Hombre Invisible»; otra, en la que figurarían los estudios de fenómenos sociales e históricos que considera en su posible desarrollo ulterior, como «El Futuro de América», «Esquema de la Historia», «El Descubrimiento del Futuro» o «Después de la Democracia». Una y otra clase de libros desembocan en este «Esquema de los Tiempos Futuros», que reúne en si el doble carácter de una obra de imaginación y de un análisis histórico. He aquí su extraordinaria importancia y significado en la producción de Wells. 

El autor de este libro imagina un curioso personaje, el profesor Philip Raven, político demócrata al servicio de la Sociedad de Naciones que, a su muerte, ocurrida en 1930, deja el manuscrito de un libro que le ha sido dictado de la más extraña manera: leyéndolo en sueños. Se abarca en sus páginas una especie de tratado de historia, escrito allá por el año 2000, en el que se examina la evolución de todo el largo proceso y encadenamiento de hechos que han producido el progreso social entonces existente; nuestro caótico mundo presente sirve de punto de partida. El lector considera las cuestiones que más pueden apasionarle hoy como si se tratase de hechos pasados, cuya exacta dimensión y trascendencia estuvieran fijadas sin lugar a engaños por lo sucedido después. Realiza así Wells una como «Breve Historia del Mundo» para los próximos ciento cincuenta años, de particular atractivo. 

No vamos a entrar en detalle sobre la exposición que el autor hace de este proceso histórico ni sobre sus partes constitutivas. Sí queremos, en cambio, llamar la atención del lector sobre la primera mitad del libro, en la que con una originalidad y audacia muy estimables el escritor inglés se ocupa de acontecimientos tan vivos en la memoria de todos nosotros como los que dieron por fruto la guerra de 1914-18, el Pacto de Versalles, la Conferencia Económica Mundial de Londres y los trágicos momentos que hoy sufre la civilización. La bancarrota de sus más importantes valores, que se muestra en la que él llama «Epoca de las Frustraciones», ha tenido una larga gestación, y a ella han contribuido, con su irresponsabilidad, limitación o cobardía, políticos y hombres de Estado de toda clase que Wells no se priva de nombrar. Sus puntos de vista sobre la grandiosa crisis que vivimos se prestan a toda clase de sugestiones. Para el autor, tanto la pasada Guerra Mundial como la actual, las grandes revoluciones que han tenido lugar en nuestro tiempo y cuantos hechos de relieve se vienen produciendo en él, no tienen otra causa que la necesidad de organizar a todos los humanos bajo un solo Estado Universal, en el que desaparezcan las continuas desavenencias que surgen entre las caducas nacionalidades, la competencia capitalista y el desorden económico en que perecemos. El progreso mecánico, económico y social impone este cambio, a su criterio, por encima de gastados conceptos que entorpecen el desarrollo normal de nuestra civilización. Los puntos de contacto que tal Estado Universal tiene con la concepción internacionalista del comunismo, su relación con la experiencia rusa, etc., son expuestos por Wells según su especialísimo criterio. Son muy curiosas sus opiniones sobre la influencia de la personalidad de Lenin y la de Stalin en relación al triunfo de la revolución comunista, y hasta de la ejercida por el carácter de Marx, como él lo juzga, sobre el futuro de su teoría económica. También no dejan de llamar la atención sus juicios sobre el fascismo italiano y Mussolini. 

Tan grandes muestras como ofrece Wells de la independencia de su criterio en él examen de los hechos del reciente pasado y actuales, contienen estas páginas de su agudo sentido para penetrar en los arcanos del futuro. Este libro fue escrito en 1933. Los acontecimientos previstos por su autor como para tener realidad desde este año al que transcurre, o se han cumplido con precisión maravillosa o no se han apartado en gran medida de lo por él profetizado. Por ejemplo, Wells señala el estallido de una guerra mundial para 1940, provocada por las reivindicaciones alemanas. Su pretexto seria la cuestión del «pasillo de Dantzig», y en ella se verían envueltos sucesivamente todos los grandes Estados europeos y, a la larga, los Estados Unidos y el Japón. ¿En qué, si no es en el mero detalle, se han apartado los hechos que hoy suceden de su profecía? La lucha entre Polonia y Alemania nazi, ¿no ha señalado el comienzo real del cataclismo en que hoy se ve envuelta Europa entera? 

La importancia del papel que la aviación había de jugar en la guerra actual, su contribución a un total cambio en la técnica de combate, la eliminación de las trincheras por la movilidad y rapidez con que se sucederían los encuentros entre beligerantes, la extensión de la guerra a las poblaciones civiles, son otros tantos ejemplos de la perspicacia con que Wells enfocó la relación de sucesos que no tendrían lugar sino hasta casi diez años después de cuando él los predijo. ¿Participarán del mismo acierto sus demás sugestiones sobre los tiempos que aun nos son desconocidos? Al lector cabe considerarlo. En todo caso, este libro le será una eficaz ayuda en sus meditaciones para desentrañar el aciago o afortunado destino que espera a nuestra sociedad, hoy en convulsión tan violenta.

VICENTE SALAS VIÚ

INTRODUCCIÓN

EL LIBRO DE LOS SUEÑOS 
DEL DR. PHILIP RAVEN

LA inesperada muerte del doctor Philip Raven, acaecida en Ginebra en noviembre de 1930, fue una pérdida muy grave para el Secretariado de la Sociedad de Naciones. Ginebra perdió una figura familiar —la alta espalda encorvada, el andar vacilante…, la cabeza inclinada hacia un lado, en una expresión burlona—, y el mundo perdió un cerebro estimulador en su agresividad. Como lo demuestran las noticias que anunciaron su muerte, su trabajo incesante y su extraordinario vigor mental fueron debidamente apreciados por todo un mundo de admiradores distinguidos. Y el grueso público lo conoció de golpe. 

Es raro que un hombre que vivió fuera del área convencional de la publicidad periodística haya producido tanto revuelo con su muerte; desde Oslo a Nueva Zelandia, y desde Buenos Aires al Japón, todos los periódicos de importancia dieron su semblanza…, y el recuerdo que de él hizo Sir Godfrey Cliffe, breve pero admirable, dió al lector medio el cuadro de una personalidad excepcionalmente sencilla, recta, consagrada a su labor y dotada de gran energía. Las dos únicas fotografías que de él pudieron ser publicadas son absolutamente diferentes: una muy antigua, que se diría una mezcla de Shelley y Mr. Maxton, y una instantánea reciente en la que aparece apoyado en su bastón, conversando con lord Parmoor, en el hall de entrada de la Asamblea. Tiene extendido un brazo en gesto característico de señalar algo. 

Pese a sus grandes ocupaciones, siempre tuvo tiempo para compartir y dominar todos los vastos problemas que preocuparon a sus colegas, que hoy se apresuran a proclamar su gratitud. Un detalle notable del estallido de publicidad provocado por su muerte es la frecuencia con que se reconocen sus consejos y la ayuda que siempre prestó a los demás. Parece como si los que le conocieron estuviesen ansiosos de demostrar su importancia y resentidos por la ignorancia del público respecto de su obra. Se han dispuesto, sin que hasta ahora vean la luz, tres volúmenes que registran sus documentos, informes, memorándums y comunicaciones más importantes. 

Personalmente, a pesar de que desde diversas esferas se me solicitó que lo hiciese, y aun cuando se sabe que fui honrado con su amistad, no he contribuido a ese coro funerario. Mi posición en el mundo académico no justificaba que escribiese su elogio, si bien bajo circunstancias normales podría haber intentado un bosquejo de sus cualidades y de su encanto personal. Sin embargo, no lo hice, pues su muerte me consternó profundamente. Su muerte fue tan imprevista, que nos habíamos embarcado en una empresa muy especial, y no supusimos por un instante la posibilidad de su desaparecimiento. Sólo hoy día, después de un intervalo de casi tres años, y después de muchas y laboriosas discusiones con sus más íntimos amigos, he decidido publicar los hechos y la substancia de nuestro especialísimo trabajo común. 

Tiene relación con el tema de este libro. Durante todo este tiempo he estudiado un manuscrito, o más bien una colección de escritos y documentos, que se me confió. Es una colección de papeles que justificaba, y quizás siga justificándolas, muchas vacilaciones. Es, o al menos pretende serlo, una Breve Historia del Mundo para dentro de un siglo y medio. (Ya me parece ver que el lector se restriega los ojos al leer estas palabras y que sospecha cierto grado de agrafía en el impresor). Pero eso, exactamente, es el manuscrito. Es una Breve Historia del Futuro. Es un libro sibilino moderno. Solamente hoy día, cuando los acontecimientos de tres años han justificado de más todo lo establecido en esta historia prematura, he tenido yo el valor de asociar la reputación de mi amigo con las pretensiones increíbles de este libro, y de buscar quién lo publicase. 

Permitidme relatar en pocas palabras lo que sé de su origen y de cómo llegó a mis manos. Conocí al doctor Raven, o, más exactamente, él me conoció a mí, el último año de la guerra. Fué antes de que él dejase Whitehall para irse a Ginebra. Siempre fue amateur de las ideas, y le habían atraído ciertas sugestiones respecto al dinero que yo hice con un librito de predicciones, llamado «What is Coming?», que fue publicado en 1916. En este librito había sugerido que el dispendio de recursos en una guerra, junto con la acumulación de deudas, provocaría en el mundo entero una bancarrota, es decir, que la clase acreedora quedaría en situación de estrangular al mundo, y que el único método de resolver esta bancarrota mundial y comenzar de nuevo sería nivelar imparcialmente todas las deudas, reduciendo el valor oro de la libra esterlina y, proporcionalmente, del dólar y de todos los circulantes oro. Entonces me pareció una necesidad obvia. Ahora reconozco que era una idea muy cruda —es evidente que olvidaba incluso la noción del valor intrínseco del dinero—, pero en aquellos días ninguno de nosotros había tenido la experiencia de las convulsiones monetarias y de crédito que siguieron a la Paz de Versalles. No teníamos experiencia, no se usaba pensar en asuntos de dinero, y los mejores de nosotros pensábamos como niños precoces. Diecisiete años más tarde, muchísima gente acepta esta apreciación del oro como una sugestión obvia. Entonces sólo fue recibida como el comentario amateur de un escritor ignorante en lo que se consideraba de la misteriosa incumbencia de «expertos financieros». Pero atrajo la atención de Raven, que deseó conversar conmigo de ésta y otras posibles consecuencias de postguerra que yo había insinuado, y así trabamos conocimiento. 

Raven estaba tan desprovisto de afectación intelectual como William James; y era, como James, cándidamente receptivo al pensamiento cándido. Podía hablar de su tema a un artista o a un periodista; podría haberlo discutido con un mandadero si hubiese de salir de aquella discusión una idea nueva. «Obvio» era una de las palabras que más usaba. «El asunto, mi querido amigo —me llamó “mi querido amigo” a los cinco minutos de conocernos—, es tan obvio, que nadie se detendrá a considerarlo. Es imposible persuadir a nadie de que después de esta guerra se va a producir una tremenda confusión financiera y monetaria. Los vencedores impondrán fuertes castigos en dinero, y, por supuesto, los vencidos se comprometerán a pagar, pero ninguno comprende que el dinero va a causar los fenómenos más extraordinarios. Lo que les preocupa es lo que se harán mutuamente, pero nadie se molesta en pensar lo que el dinero hará a unos y otros». 

Me parece verle cuando me dijo eso con su voz de tonos agudos, que solía sonar a reprimenda. Debo confesar que durante la primera media hora que le conocí, hasta que no me hube acostumbrado a su modo de ser, no le tuve simpatías. Era demasiado vehemente, demasiado seguro de sí mismo, demasiado rápido y prematuro en sus opiniones para mi modalidad anglosajona. No me agradó la excesiva fluidez de su conversación ni el hecho de que la acompañase con los ademanes más extraordinarios. No se sentaba; iba de una parte a otra de la habitación, deteniéndose a contemplar los libros y los cuadros, sin dejar de hablar con su voz altisonante. Su modo de gesticular con movimientos natatorios producía la impresión de que «nadase» en el mar del asunto. Lo he comparado con una mezcla de Maxton y Shelley, pero mi primera impresión fue la del Svengali que Du Maurier nos describe en «Trilby». Un Svengali afeitado. Sentía que él era un extranjero, y mis instintos respecto de los extranjeros son tan insulares como cosmopolitas son mis principios. Siempre me pareció una irrisión que hubiese sido alumno de Balliol, y que hubiese sido uno de los elementos más brillantes del Ministerio de Relaciones británico antes de partir a Ginebra. 

Me parece que, en el fondo, mucho de nuestra esencial timidez inglesa es una cautela exagerada. Sospechamos en nuestro interlocutor nuestras mismas astucias. Nos encerramos tanto en nosotros mismos, que a veces caemos en la insinceridad. Quizás yo, con mi pluma, sea un hombre vehemente, pero en lo que se refiere a contacto social soy tan circunspecto y evasivo como cualquiera de mis compatriotas. En el ataque directo de Raven a mis ideas encontré algo profundamente indelicado. 

Quería profundizar en mis ideas de un modo muy indiscreto, pero también es cierto que deseaba que hiciesen todos lo mismo respecto a las suyas. Entonces tuve la sospecha de que había venido a verme para hablarse a sí mismo y escuchar el sonido de su voz…, sirviéndose de mí como de un recinto acústico. 

Entonces me llamó «traficante en lo obvio», y en varias ocasiones en que nos encontramos repitió aquella frase no muy halagadora. Me dijo: «Usted tiene defectos que son más bien cualidades: una memoria pronta pero inexacta para los detalles, una comprensión inmediata de las proporciones, y carece absolutamente de paciencia para las cosas pequeñas. Usted va inmediatamente al nudo de las cosas. ¡Cómo le odiarán a usted los hombres de negocios…, siempre y cuando puedan conocerle! Deben suponerle un falsificador de primera, y, no obstante, usted siempre llega a su meta. La vida de ellos está llena de complicaciones. Usted trata de alejar del camino todas estas complicaciones. Usted es un podador, y por cierto que muy impaciente. Yo también sería podador si no tuviese ya mi misión. Pero es verdaderamente reconfortante pasar en su compañía estas horas, podando los acontecimientos». 

El lector debe perdonar mi egotismo al citar estos comentarios que merecí de parte de Raven; son necesarios para aclarar mis relaciones con él y para que se comprenda el espíritu de este libro. 

La verdad es que yo fuí una válvula de escape para la exuberancia mental de Raven, exuberancia cuyo disimulo le había costado hasta entonces grandes sacrificios. En mi presencia podía olvidarse de Balliol y del Ministerio de Relaciones —o, más tarde, del Secretariado— y hablar a sus anchas. Se convertía en el europeooriental cosmopolita que era por naturaleza y ascendencia. Yo pasaba a ser para él un buen camarada provisto de imaginación, su amigo indiscutible, una especie de apéndice inteligente… su Watson (Alusión al incomparable camarada ele Sherlock Holmes, el popular personaje de Sir Arthur Conan Doyle. —N. del T.). Y llegué a gustar de nuestra relación. Me acostumbré a su exotismo físico, a sus gestos. Simpaticé cada vez más con la irritación y desconsuelo que le produjeron los resultados de la Conferencia de Versalles. Mi instintiva desconfianza racial disminuía en presencia de la potencia radiante de su curiosidad intelectual. Descubrimos que nos complementábamos mutuamente. Yo tenía una imaginación pronta y despejada, y él tenía conocimientos. Juntos nos dejaríamos embriagar por la especulación intelectual. 

Entre otros amigos inteligentes y originales que, a intervalos muy escasos, venían a honrarme con sus charlas, está Mr. J. W. Dunne, que hace muchos años inventó uno de los primeros y más «definidos» aeroplanos, y que desde entonces ha prestado una considerable contribución a las sutiles relaciones del tiempo y el espacio con la conciencia. Dunne se aferra a la idea de que, en cierto modo, nosotros podemos anticipar el futuro, y en pro de esta idea ha presentado una serie de observaciones muy notables en su obra «Experiment with Time». Ese libro fue publicado en 1927, y lo estimé tan atractivo y estimulante, que escribí respecto a él un par de artículos que fueron ampliamente distribuidos por todo el mundo. Se trataba de una obra atractiva en su novedad. 

Y entre muchos otros que leyeron mis comentarios sobre este «Experiment with Time», y que leyeron el libro y luego me escribieron respecto a él, estaba Raven. Por lo general, las notas que me dirigía eran siempre muy breves, diciéndome que vendría a Londres, notificándome un cambio de domicilio…, y cosas por el estilo; pero esta carta fue bastante larga. Me decía que no era una novedad para él una experiencia como la de Dunne. Podría añadir muchísimas cosas a las ya dichas por el libro, y por cierto podría extender la experiencia. Las cosas anticipadas en el momento transcurrido entre quedarse dormido y despertar —los experimentos de Dunne trataban preferentemente con las premoniciones experimentadas en el momento de sopor que precede al despertar total— no habían de ser necesariamente cosas de mañana o de la semana venidera; podían tener un plazo muchísimo más amplio. 

Siempre, claro está, que se tuviese la facultad de pensar muy en el futuro. Pero se trataba de una época en que el escepticismo era muy crudo, y constituía un verdadero deber público desechar las declaraciones envueltas en estas sugerencias, por cierto muy difíciles de distinguir de las fantasías…, excepto en el cerebro de cada uno. Mostrar un interés muy marcado por estas cosas podría significar la pérdida de mucha influencia. 

Seguía divagando en este tenor, lleno de sabias generalizaciones, y concluía bruscamente. La carta daba la impresión de que había querido decir muchas cosas más de las que decía. Poco después llegó a Londres, se presentó inopinadamente en mi estudio, y se explayó con claridad sobre aquel asunto. 
«—Respecto a este Dunne…» —comenzó a decir. 
»—¿Y bien?» —inquirí yo. 
»—Tiene un modo especial de acortar el sueño efímero entre el dormir inconsciente y el despertar. 
»—Así es. 
»—Junto a su lecho tiene una libreta de notas, y escribe su sueño en el momento mismo de despertar. 
»—Ese es el procedimiento. 
»—Y ha descubierto que un gran porcentaje de las cosas que ha soñado son anticipaciones, a veces muy claras, de cosas que la realidad coloca en su cerebro, días, semanas y hasta meses antes de que sucedan. 
»—Así es Dunne. »—Eso no es nada. 
»—¿Cómo que no es nada? 
»—No es nada comparado con lo que me viene sucediendo desde hace mucho tiempo. 
»—¿Y qué es eso?…
». Miró los lomos de mis libros. Era divertido comprobar, por vez primera, que Raven no podía encontrar las palabras. 
»—Dígame» —insistí. 

Se volvió hacia mí y me miró con expresión de duda, que se desvaneció en una sonrisa. Entonces pareció hacer acopio de valor. 
»—¿Cómo habré de decírselo? No se lo diría a ninguna otra persona. Durante algunos años, día tras día, entre dormir y despertar, he estado, positivamente, leyendo un libro. Un libro que no existe. Un libro imaginario, si usted quiere. Siempre es el mismo libro. Siempre. Y es una historia. 
»—¿Del pasado? 
»—Contiene mucho del pasado. Muchísimas cosas que yo no sabía, y muchos vacíos están llenos en él. Por ejemplo, cosas extraordinarias respecto a la India del Norte y al Asia Central. Y también de más adelante. Continúa adelante. Sigue avanzando.

»—¿Avanzando? 
»—Hasta el momento presente. 
»—¿Y se interna en el futuro? 
»—Sí. 
»—¿Es…, es un libro como todos? 
»—No, precisamente… Más bien se asemeja al periódico de su amigo Brownlow. No está impreso al modo que nosotros conocemos. Son mapas llamativos, de vivos colores. Y muy fáciles de leer, pese a lo curioso de las letras y los signos». 

Hizo una pausa, y dijo: 
»—Comprendo que esto es una tontería». 
Y añadió: 
»—Pero es sobrecogedoramente real. 
»—¿Pasa usted las páginas?». Consideró un instante la pregunta. 
»—No, no vuelvo las páginas. Eso me despertaría. 
»—¿Así sucede justamente? »—¿Hasta que usted se da cuenta de lo que está haciendo? 
»—Supongo…, ¡sí, así es! 
»—¿Y entonces es cuando usted despierta? 
»—Exactamente. ¡Y ya no está allí! 
»—¿Y usted siempre está leyendo? 
»—Casi siempre…, muy claramente. 
»—Pero, ¿alguna vez? 
»—oh, igual que leer un libro cuando se está despierto. Si el asunto está bien descrito, uno ve los acontecimientos. Como si cada página fuese un film. 
»—¿Pero el libro sigue allí? 
»—Sí…, siempre. Creo que siempre está allí. 
»—¿Pero ha tenido usted posibilidad de tomar notas? 
»—En un comienzo no lo hacía. Ahora sí. 
»—¿Inmediatamente que ha despertado? 
»—Escribo en una especie de taquigrafía… Usted sabe, tengo montones de notas de ese alto». 
Señaló mi chimenea y se quedó mirándome. 
»—Ahora ya me lo ha dicho —le dije. 
»—Ahora se lo he dicho. Y es ilegible, mi querido amigo…, excepto para mí. Usted no conoce mi taquigrafía. Después de una semana ni yo mismo puedo entenderla. Pero últimamente la he pasado en limpio…, y he dictado algo». 

Comenzó a pasearse por mi cuarto, deteniéndose de vez en cuando. Continuó diciendo: 
»—Usted comprende que si es una… realidad, es la cosa más importante del mundo. Pero no tengo un átomo de evidencia. Ni un átomo. ¿Acaso usted?… ¿Cree usted que esto sea posible? 
»—¿Posible?». Pensé un instante y continué: 
»—Me siento inclinado a pensar que sí. Si bien no sé exactamente lo que puede ser. 
»—No puedo decírselo a nadie sino a usted. ¿Cómo podría hacerlo? Claro está que dirían que estoy chiflado…, o que soy un farsante. Usted sabe cómo son estas cosas. Recuerde a Oliver Lodge. A Charles Richet. Darían al traste con mi labor, con mi posición. Y, sin embargo, es creíble… Le aseguro que yo lo creo. »—si usted pasase en limpio algunas páginas… 
Si yo pudiese leerlas… »—Las leerá». Parecía estar consultando mi opinión. 
»—Y lo peor de todo es que creo ciegamente lo que me dice el libro, parece que fuese yo el autor, ¿verdad?». 

No me envió ninguna de sus notas, pero cuando le volví a ver, en Berna, me dió un archivador lleno de papeles. Después me dió otros dos. La mayoría eran hojas escritas con lápiz, pero otras habían sido escritas con tinta, y habría quizás unas cincuenta hojas a máquina, seguramente las que él dictó. Me pidió que tuviese mucho cuidado con sus papeles, que los leyese detenidamente, que hiciese sacar copias a máquina y que le diese una copia a él. Todo este asunto habríamos de mantenerlo en secreto entre nosotros dos. Y más tarde pensaríamos si convenía publicarlo en forma anónima. Entre tanto, los acontecimientos podrían confirmar o desvirtuar algunas de las declaraciones de esta historia, dando así un valor preciso, en uno u otro sentido, respecto de su autenticidad. 

Entonces fue cuando murió. 

Murió inesperadamente como resultado de una operación. Una dislocación relacionada con su notable curvatura espinal había hecho crisis. 

En cuanto supe de su muerte me apresuré en ir a Ginebra y en contar la historia de su libro soñado a su heredero y ejecutor, Mr. Montefiore Renaud. Tengo mucha gratitud para con este caballero por su cortesía y pronta comprensión del asunto. Tomó gran cuidado en reunir cuanto material le fue posible y ponerlo a mi disposición. Además de los tres archivadores que Raven ya me había dado, había otro archivador de papeles pasados en limpio y un cajón lleno de documentos escritos con su taquigrafía especial, y que, indudablemente, tenían relación con esta historia. El cuarto archivador contenía el material que forma el último libro de esta obra. Las notas taquigráficas, cuyas páginas ni siquiera estaban numeradas, han proporcionado el material para el penúltimo libro, que ha tenido que ser una compilación mía. Por lo general, parece que Raven garabateó sus impresiones del libro-sueño tan pronto como le fue posible, antes de olvidarlas; y, como tenía pensado volver a copiarlas él mismo, no se había preocupado de ordenarlas. Este material lo destinaba a su uso particular. Es una mezcla de taquigrafía cursiva (y muy inexacta) y caligrafía corriente, usada para nombres propios y substantivos. La puntuación está indicada por espacios en blanco, y a menudo una sola palabra significa una frase entera, y a veces un párrafo. Casi un tercio de lo taquigrafiado tenía su traducción en las copias manuscritas o a máquina que integraban los archivadores. Esa fue mi Piedra de Rosetta. Si no hubiera sido por las indicaciones contenidas en esas páginas, creo que no habría sido posible descifrar las demás. Tal como son, me ha sido imposible hacer una narración fluida, que calce con las partes inicial y final de - esta historia. Algunos pasajes son clarísimos, y de repente se tornan confusos y oscuros. He transcrito lo que me ha sido posible y copiado aquellos trozos que no pude transcribir. 
Creo haber hecho una historia comprensible del curso de los acontecimientos ocurridos durante las luchas y cambios que se produjeron en los gobiernos del mundo entre los años 1980 y 2059, fecha en que la Dictadura del Aire, así llamada, dió lugar al Estado Moderno Mundial, que seguía floreciendo cuando la historia se publicó. En esa parte el lector encontrará grandes vacíos, o más bien grandes abreviaciones, pero que en ningún caso comprometen en su estructura básica la historia de la consolidación mundial. 

Y ahora permitidme decir una palabra, o algo más, acerca del verdadero valor de este curioso «Bosquejo del Futuro». 

Hay ciertas consideraciones de peso contra la idea de que la historia que comienza a continuación es solamente el sueño imaginario de un brillante publicista. Yo las señalo al lector, pero no pienso influir en su ánimo. La primera parte de esta historia ha recibido ya cierta confirmación. La última parte del M. S. data del 20 de septiembre de 1930, y hay en ella mucho anterior a esa fecha. Y, no obstante, alude muy explícitamente a la muerte de Ivar Kreuger un año más tarde; al trágico rapto del bebé de Lindbergh, ocurrido en la primavera de 1932; a los vuelos de Mollison del mismo año; a las Discusiones de la Deuda americana, en diciembre de 1932; a la implantación del régimen hitlerista en Alemania, a la invasión japonesa de China en el año 1933, a la elección del Presidente Roosevelt, y a la Conferencia Económica Mundial, celebrada en Londres. Encuentro un poco difícil explicar en detalle estas anticipaciones. No creo que su naturaleza pudiera permitir preverlas. No fueron acontecimientos que pudieran deducirse de alguna situación precedente. ¿Cómo pudo Raven haberlos conocido en 1930? 

Y otra cosa que me confunde mucho más que confundirá al lector, es el hecho de que no había ninguna razón para que Raven hubiese intentado engañarme de ese modo. No había en la tierra ni en el cielo razón alguna para que me hubiese mentido respecto a la forma en que recibió este material que más tarde había de sentar por escrito. 

Si no fuese por estas consideraciones, creo que estaría perfectamente dispuesto a caer en la misma duda que la mayoría de los lectores; es decir, que Raven escogió deliberadamente esta historia para presentar un bosquejo imaginativo. Que no es sino una obra de ficción escrita por un ex miembro del Secretariado de Ginebra que tuvo oportunidades extraordinarias para formar juicios futuros basándose en el curso posible de los acontecimientos. O, digámoslo de otro modo, una profecía condicional al estilo hebreo, producida de un modo cuasi inspirado. El estilo en que está escrita es el mismo de Raven, y las pocas diferencias en vocabulario y locuciones son las que se puede esperar que se produzcan en nuestro idioma de aquí a ciento setenta años más. (El lector podrá apreciar, por la propia advertencia de H. G. Wells, las dificultades que ha debido salvar el traductor para ofrecer esta versión. —N. del T). Por otra parte, la actitud revelada está enteramente en desacuerdo con las manifestaciones de su vida pública. Sin hablar del lenguaje de expresión, por lo menos el lenguaje de pensamiento no es el suyo. O bien su visión marginal trascendió sus convicciones conscientes, o tenemos aquí un caso claro de supresiones que buscan salida a la superficie. ¿Será eso lo que ha de ser la historia? 

Debo reconocer que en un comienzo, mientras me encontraba aún bajo la impresión de que todo el asunto era un ejercicio especulativo, tuve tentaciones de modificar grandemente el texto de Raven. También yo quería meter baza en el juego. Cierto es que trabajé así varios meses. Hasta que llegó un momento en que mi parte fue más voluminosa que su historia. Pero cuando revisé mis notas llegué a la conclusión de que la mayoría de ellas eran confusas obstrucciones, y que sólo unas pocas podrían ser verdaderamente útiles para cualquier lector contemporáneo inteligente y bien informado. Mientras más se sintiese éste atraído por el libro, más deseos tendría de hacer sus propias observaciones; mientras menos lo apreciase, menos deseos tendría de enfrentarse con mis notas. Podría darse el caso de que mis acotaciones le resultasen tan enojosas como las observaciones marginales que encontramos a veces en los libros de una biblioteca pública. Incluso si se tratase de una historia meramente especulativa, habrían sido impertinentes; mas si hay en ella algo más que especulación, entonces la impertinencia aumentaría. Por último rompí todo lo escrito por mí. 

Pero también he tenido que ordenar estos capítulos, intervención que fue inevitable y que tendrá que subsistir. He tenido que ordenarlos y volver a ordenarlos después de varias tentativas, pues no parecen haber sido leídos y escritos por Raven en su sucesión lógica. He suavizado las transiciones. Dentro de algún tiempo confío en publicar una edición especial de las notas de Raven, tal como él las dejó. 

Comenzamos aquí con lo que, evidentemente, es el principio de un nuevo libro en la historia, si bien no fue el primer papel que encontré en los archivadores. Pasa revista con habilidad a los acontecimientos mundiales ocurridos en los últimos años, y lo hace de un modo que se me antoja original y convincente. Analiza desde un nuevo punto de vista los principales factores de la Gran Guerra. De ahí pasa a estudiar la historia de la «Época de las Frustraciones», en cuyos primeros años estamos viviendo, que fluye en forma armoniosa. Fuera de esta introducción, el período cubierto por la narración es desde 1929 hasta fines del año 2105. El último acontecimiento que registra es el día de Año Nuevo de 2106; al pasar menciona la nivelación de los últimos «esqueletos» de los famosos rascacielos de Nueva York. La impresión y publicación tuvieron lugar a principios del nuevo año. ¿Debo decir «tuvieron» o «tendrán» lugar?

H. G. W.

¿Qué seria de los humanos?
En 1936 esa pregunta se planteo en forma 
de un filme transgresor 
que hoy resuena en varias películas 
que se volvieron pilares de la ciencia ficción

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