EL Rincón de Yanka

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lunes, 5 de enero de 2026

LIBRO DE MEMORIAS DE HARRY CAREY JR.: COMPAÑÍA DE HÉROES (COMPANY OF HEROES): MI VIDA DE ACTOR EN LA 'STOCK COMPANY' DE JOHN FORD

 

COMPAÑÍA DE HÉROES 
(COMPANY OF HEROES)

MI VIDA DE ACTOR 
EN LA 'STOCK COMPANY' DE JOHN FORD

Cuando Harry Carey, Sr., falleció en 1947, el director John Ford eligió a su hijo de veintiséis años, Harry, Jr., para el papel de "El Chico de Abilene" en "Los Tres Padrinos". Ford y Carey, padre, habían filmado una versión anterior de la historia, y Ford dedicó la nueva versión en Technicolor a su memoria. Compañía de Héroes narra la historia de la realización de esa película, así como de los ocho clásicos posteriores de Ford. En ella, Harry Carey, Jr., observa con notable perspicacia el proceso de rodaje de westerns de uno de los verdaderos maestros del género. Desde "La Legión Invencible" y "El Jefe del Carro" hasta "Centauros del Desierto" y "Otoño  Cheyenne" (El gran Combate), muestra el cuidado, el tedio, el desafío y la euforia del cine en su máxima expresión. La interpretación que Carey hace de John Ford en el trabajo es la más íntima jamás escrita. También nos ofrece retratos profundos y originales de los hombres y mujeres que formaron parte de la visión de Ford sobre Estados Unidos: John Wayne, Richard Widmark, Henry Fonda, Maureen O'Hara, Ward Bond, Victor McLaglen y Ben Johnson. Divertida, perspicaz y brutalmente honesta, Compañía de Héroes es una lectura apasionante que presenta la extraordinaria vida de Harry Carey, Jr. y sus numerosas y excelentes interpretaciones.
EN EL PRINCIPIO

La gente necesita puntos de referencia. Nos dicen dónde estamos, dónde hemos estado, adónde queremos ir. Y si vives en un lugar el tiempo suficiente, empiezas a adquirir bastantes. He vivido en Los Ángeles durante 70 años. Algunos de mis puntos de referencia aún existen; no han sido derribados, arados ni asfaltados.

Si miro al norte desde nuestra casa en Sherman Oaks, California, veo las colinas donde nací. Si miro al oeste, veo las colinas donde murió mi padre. Al este está Universal Studios, una compañía que mi padre, Harry Carey padre, ayudó a poner en el mapa haciendo westerns de dos ruedas. Al oeste está Thousand Oaks, en Simi Valley. He hecho tantos westerns para la televisión allí que he perdido la cuenta. Ahora solo son casas. Me voy de Los Ángeles; 100 casas están abarrotadas. Quizás este libro sea mi intento de crear una especie de punto de referencia "confirmable". Mi trayectoria ha sido la de un actor. He trabajado con grandes y no tan grandes, pero sobre todo con hombres y mujeres que amaban su profesión y que, como yo, tenían hijos que criar y casas que pagar. He trabajado con mucha gente, pero solo tuve un maestro. Ese hombre era John Ford. Era mi némesis y mi héroe. Hubo momentos en que no lo admiraba, pero al terminar la jornada laboral, lo adoraba. Una vez se presentó diciendo: «Me llamo John Ford. Hago westerns». Y sin duda lo consiguió.

Una tarde, mi padre y yo estábamos sentados en su habitación, en una casa que mi madre había alquilado en Brentwood, California. Brentwood es un suburbio muy elegante de Los Ángeles, y esta era una casa tranquila y cómoda justo al norte de Sunset Boulevard. Era 1946, y Los Ángeles era un lugar muy diferente para vivir en aquel entonces. El barrio era tranquilo y apacible; casi un ambiente rural. Justo al este de la casa de mi padre, cruzando Sunsct Boulevard, había dos campos de polo bordeados por el Riviera Country Club. Un poco más adelante, en la misma calle, estaba la entrada al rancho Will Rogers. Estábamos tomando algo juntos; un Bacardirum con un poco de agua, sin hielo; y hablábamos de cine. Le pregunté cómo era que no había trabajado para John Ford en tantos años. Estaba seguro de que se lanzaría a su habitual discurso de veinticinco años sobre John Ford, sus errores y su egolatría, pero me sorprendió. Dio una calada profunda a su cigarrillo y exhaló una columna de humo por la nariz. Eso le hizo toser, lo que le hizo sonarse la nariz y secarse los ojos con uno de sus enormes pañuelos hechos a medida. Entonces dijo cuatro simples palabras: "No me lo preguntará". Y luego dijo algo que le habría dado un infarto a John Ford, de haber sabido lo bien que lo conocía mi padre. Dijo:

"Pero lo harás, no hasta que me muera, pero luego lo harás. Puedes apostarlo". Mi padre dio en el clavo con eso.

Unos meses después, mis padres (bueno, mi madre; ella se encargaba de todo el dinero; mi padre lo ganaba y ella lo administraba; a veces con tonterías, pero siempre para hacerlo más feliz y cómodo) se mudaron a una milla más o menos por Mandeville Canyon Road, a una casa construida por Cliff May, un arquitecto popular en aquella época que construía grandes casas estilo rancho. Mi esposa Marilyn y yo, y nuestros dos pequeños bebés, Steven, de un año y medio, y Mclinda, de seis meses, nos mudamos a esa gran casa con ellos. Teníamos un ala entera para nosotros. Cualquiera que fuera alguien vivía por allí. Robert Taylor vivía justo al final de la calle. También Jean Arthur y John Charles Thomas, el gran barítono. Shirley Temple y su apuesto esposo, John Agar, estaban a solo una milla de distancia, al igual que Joan Crawford, Gary Cooper, Claude Rnins y Pat O'Bricn. En Tigenail Road, se podía ver a Henry Fonda con la pequeña Jane detrás de él en su tractor mientras araba la tierra. Gregory Pck estaba en lo alto de la colina, y Rex Harrison y Lilli Palmer vivían más arriba, en el cañón Mandeville. Era absolutamente maravilloso allí entonces. Lo único que lo empañaba era que papá estaba más chiflado que el demonio. Y por mucho que intentara hacerlo reír, y de verdad que sabía cómo hacerlo, era una risa que duraba poco, siempre seguida por ese perro desgarrador. Era un desastre. Erablc porque ya no podía montar su viejo caballo, Sunny; bueno, ya no podía hacer casi nada. Solo iba a cumplir 69 años; no era demasiado viejo, ni siquiera en aquellos tiempos, pero sí más de lo que creemos hoy. Los médicos dijeron que tenía enfisema, y ​​no se sabía mucho al respecto entonces.

Había participado en tres películas ese año: Rolling Home con Russell Hayden y Jean Parker, una gran película de Raoul Walsh con Robert Mitchum y Teresa Wright llamada Pursued, y después, Red River.

Tuve mucha suerte de haber estado casi en Red River. Fue mi primera película con John Wavne, y él fue la razón por la que conseguí el papel. 
Howard Hawks le comentó a Duke que no sabía a quién elegir para interpretar a "Dan Latimer", el chico que, después de cantarle una canción de cuna al ganado inquieto, le dice a Duke que quiere usar el dinero que gane en el viaje para comprarle un par de zapatos rojos a su esposa. Poco después de esa escena, el niño es pisoteado en la estampida de ganado iniciada por una cascada de ollas y sartenes que caen al suelo.

Un "ladrón de azúcar". Duke le dijo a Hawks que no sabía si podía actuar, pero que sin duda daba la talla.

La escena con Wayne es más larga de lo que estaba escrita originalmente. Mientras ensayábamos, Howard Hawks añadió más elementos. No te daba más de lo que podías manejar, pero empezó a improvisar y a hacer malabarismos, y enseguida consiguió una buena escena. Era una toma de proceso. Tenían al ganado sedado, supongo, porque estaban todos tirados en el suelo dentro de un gran estudio. Les cantaba y Duke se acercaba. Bueno, estábamos haciendo la escena, y mientras hablaba con Duke, di un discurso bastante largo; él seguía así, sonriendo, lo cual es totalmente fuera de lugar para ese papel. Así que Hawks dijo "corta". Pensé: "Dios mío, hice algo mal". Hawks dijo: "Duke, estás sonriendo. Te gusta este chico, pero eres un tipo duro".

Duke dijo: "No estaba sonriendo".

Y Hawks respondió: "Sí, lo estabas".

"Buah", dijo Duke, "Supongo que es porque me alegro de que esté haciendo un buen trabajo".

Entonces pensé que tenía el mundo bajo control.

Hoy, Río Rojo se considera, con razón, un clásico del western. Mi padre había terminado su papel de payaso en exteriores antes de que yo consiguiera el trabajo, así que, aunque salimos en la misma película, nunca trabajamos al mismo tiempo. Fue la última película que hizo.

El 21 de septiembre de 1947 fue un día hermoso y despejado. Era mediodía, y de nuevo, me senté en la habitación de mi padre, esta vez cogiéndole la mano porque se estaba muriendo. Solo estábamos cuatro allí: una maravillosa joven enfermera; el doctor Arthur Harris, que era amigo personal; John Ford y yo. John Ford, su esposa Mary y John Wayne habían volado desde la Isla Catalina esa mañana después de enterarse de que papá estaba llegando al final. Duke Wayne adoraba a mi padre. Entraba y salía del dormitorio. Creo que se había autoproclamado chico de los recados y repartidor de noticias para la gente que estaba en la otra parte de la casa. Dios mío, fue un día terrible. Duke me trajo un vaso de whisky. Creo que fue la primera vez que rechacé una copa. No sé por qué; a papá no le habría importado, pero supongo que pensé que Dios no lo aprobaría. Nadie debería tener que pasar por la agonía que mi padre pasó esas últimas semanas. 

El Dr. Harry Brandel, nuestro antiguo médico de cabecera, quien, cuando yo era enfermo, conducía 65 kilómetros desde el centro de Los Ángeles para hacer una llamada al rancho, había pasado por allí unas seis semanas antes. Había echado un vistazo a las radiografías y había dicho esa horrible palabra: cáncer. Ninguno de los médicos de Beverly Hills lo había mencionado jamás. Mi madre estaba furiosa. Dijo que estaba loco. Pero aquí estábamos, exactamente seis semanas después, y mi padre se estaba muriendo. Entonces ocurrió algo que nunca olvidaré. Su sufrimiento finalmente terminó, y el doctor Harris se acercó y le cerró los ojos. En cuestión de segundos, el cielo se tornó morado-negro, el viento gemía y aullaba, las cortinas de las puertas francesas abiertas se extendían, ondeando como velas sueltas. 

Los álamos y chopos del patio se doblaron casi por la mitad por la fuerza del viento. Una enorme ráfaga de aire fresco recorrió la habitación; luego, de repente, en un instante, todo volvió a ser exactamente como antes: cielo azul brillante, piernas en alto, cortinas flácidas. Sé, sé, gente moría en todo el mundo en ese mismo instante, pero eso fue lo que pasó. Entonces empezó el velorio. Duró casi un año. En serio, sí. Mary Ford le pidió al restaurante Chasen's de Beverly Hills que enviara montones de comida y bebida. Más tarde, esa misma tarde, el tío Jack, como llegaría a llamarlo, se acercó a mi madre y le dijo que iba a hacer una nueva versión de Tres Padrinos con John Wayne interpretando el papel de mi padre, Pedro Armendáriz, el excelente actor mexicano que había trabajado para Jack en Ford Apache, y yo como "el Niño". 

Él y papá habían hecho esta película muda en 1919 titulada Hombres Marcados. Estoy seguro de que John Ford pensó que era una maravillosa sorpresa para mi madre; que aliviaría parte del dolor de su pérdida. Sin embargo, nunca sentí que tuviera ese efecto porque ella nunca quiso que me convirtiera en actor. De hecho, tampoco creo que tuviera mucho éxito con Duke.

El 1 de febrero de 1948, John Ford cumplió 54 años. Mary había organizado una pequeña cena para él en su casa de la calle Odin, en el corazón de Hollywood. Habían vivido allí durante muchos años con sus dos hijos, Patrick y Barbara. Donde estaba la casa ahora es un estacionamiento para el famoso Hollywood Bowl. Supongo que eso es progreso. Nunca olvidaré esa maldita fiesta de cumpleaños. Fue un presagio de lo que vendría. 
No dejaba de decirme: 
- "Me vas a abuchear cuando termine esta película, pero vas a hacer una gran actuación...". 
Lo repetía una y otra vez. Mary había invitado a solo unos pocos amigos cercanos: Duke y su entonces esposa, Chata, Ward Bond, mi madre, Marilyn y yo. Patrick, Barbara y otros familiares también estaban allí. Estaba muy nervioso. Aunque él me había conocido toda mi vida, realmente no lo conocía en absoluto. Las pocas veces que lo vi de niño, no me gustaba. Era...

Daba miedo, y me asustaba con facilidad. Siempre fui un poco tímido, y a John Ford no le llevó mucho tiempo darse cuenta. Conocía bien el tema y tenía todo planeado, empezando por esa maldita fiesta de cumpleaños.

- "Me vas a odiar cuando termine esta película, pero vas a hacer una gran actuación".

Yo dije: - "De acuerdo, señor", y él respondió: - "¿Qué?".
Yo dije: - "Está bien, señor", y él respondió: - "¡Tío Jack, llámame tío Jack!".
Yo dije: - "Sí, señor".

El tío Jack nunca delataba el grog en su casa. De hecho, animaba a todos a beber. Solo en rodajes no toleraba el consumo de alcohol de nadie de su "compañía". Esa noche, me metí bastante en la salsa, pero cuanto más bebía, más sobrio me ponía. Entonces recibí la primera lección de lo que, dudosamente, llamaré mi "enseñanza". Hay que aprender a escuchar. No se me daba bien escuchar, y encima, estaba entrando en pánico. Murmuró algo sobre cortar el pastel de cumpleaños y salió corriendo de la habitación. De repente, reapareció con un sable enorme, probablemente de la Guerra Civil, y me lo entregó diciendo: 
- "Melwood, corta el pastel". 

"Melwood" era el nombre del whisky con el que él y mi padre se habían emborrachado en el rancho la noche en que nací. Se convirtió en una broma recurrente entre él y mi padre. ¡Gracias a Dios, ese nombre solo duró unas semanas más!

En fin, al quitarle el sable, casi le saco el ojo "bueno". 
- "Dios mío", dijo, "¿no sabes manejar un sable?".
Le respondí: - "No, señor, nunca fui oficial". 
- "Gracias a Dios", dijo, "o habríamos perdido la guerra".

Los siguientes minutos fueron un infierno, pero finalmente atravesé el pastel con el sable de una forma que lo dejó satisfecho y todos comimos un trozo. De camino a casa esa misma noche, le dije a Marilyn: 
- "Este viaje al Valle de la Muerte podría ser mi último a cualquier parte".

***
Uno de los más grandes directores del cine norteamericano es John Ford, que solía presentarse como “me llamo John Ford y hago películas del oeste”. Ford, sin embargo, no hizo solo películas del oeste aunque si es recordado entre los aficionados es sobre todo por sus películas del oeste.

Se han escrito numerosas biografías y trabajos sobre el cineasta pero no tantos libros de actores y técnicos que trabajaron a las órdenes de un genio del siglo XX, sí, pero también de un extraordinario manipulador que conservó toda su vida un extraño comportamiento con la gente que quería y con la que quería rodearse en los rodajes. Uno de los hombres que perteneció al estrecho círculo de amistades de Ford, la Stock Company, fue Harry Carey Jr., actor de reparto que llamaba tío Jack al director de Centauros de desierto.

Compañía de héroes (Cult Books, 2023) son las memorias de Carey Jr., que trabajó en diez ocasiones con John Ford en Tres padrinos (1948); La legión invencible (1949); Caravana de paz (1950); Río Grande (1950); Cuna de héroes (1955); Escala en Hawai (1955); Centauros del desierto (1956); Dos cabalgan juntos (1961); Flashing Spikes (episodio de la serie de televisión Alcoa Presents, 1962) y El gran combate (1964), películas salvo Flashing Spikes, de las que cuenta anécdotas de rodaje y de la amistad que fue forjando con otros actores como John Wayne y Ben Johnson, este último uno de sus mejores amigos y mejor jinete que Harry Carey Jr., así lo dice él mismo en las páginas del libro.

Las memorias fordianas de Harry Carey Jr,, están plagadas de momentos divertidos pero son también una fuente de incalculable valor para todos aquellos que siguen la huella cinematográfica de quien fue uno de sus grandes cineastas. El libro habla también de los hombres y mujeres de los que se rodeó Ford y la extraña personalidad de un hombre que disfrutaba descolocando a los demás y con una capacidad para manipular que en ocasiones resulta muy incómoda.

Carey Jr. no crítica sin embargo los cambios de humor del cineasta, en todo caso se encoge de hombro para decirnos sin palabras que se lo toleraba porque ese y no otro era el carácter de John Ford.

El libro es un acto de entrega y lealtad a su tío Jack, un generoso monumento a un hombre de cine con todas sus letras.

Resulta en este aspecto muy interesante las descripciones que escribe Harry Carey Jr. en torno no solo a John Ford y su manera de trabajar, sino también de mucha de la gente que conoció y que formaron parte de lo que se conoció como la Stock Company, gente entre la que se encontraban John Wayne y Ward Bond (muy emotivo, casi fordiano, el momento en el que describe cómo recibe Ford la noticia de la muerte de Bond) y la importancia que le daba el cineasta a la familia y su pasión por rodar en grandes espacios abiertos con un grupo de personas a los que consideraba amigos de verdad.

La amistad y la lealtad es un elemento que Carey Jr. refleja también en el libro porque la amistad y la lealtad son otros de los elementos que habitan el universo fordiano, muy rico y repleto de matices.

Harry Carey Jr, cuenta que llegó a formar parte de la Stock Company por su padre, Harry Carey, actor que rodó varios western silentes bajo las órdenes de John Ford. Fue Carey senior también el actor en el que se miró John Wayne cuando comenzó su carrera en el cine y así lo demostró y así dejó constancia de su rendida admiración en una de las grandes interpretaciones de su carrera, la de Ethan Edwards en Centauros del desierto, en esa escena que se ve al final y en la que el personaje que interpreta Wayne se lleva uno de los brazos al hombro ante el umbral de la puerta. Este gesto, llevarse el brazo al hombro, era una práctica habitual de Carey senior en sus películas.

El libro comienza con Harry Carey Jr. como actor en Tres padrinos y sigue con La Legión invencible, Caravana de paz, Río Grande, Cuna de héroes, Escala en Hawai, en la que aclara muchas cosas de una película que no es un Ford cien por cien; Centauros del desierto, Dos cabalgan juntos y El gran combate.

Fascinado más por su arte para montar caballos que por sus dotes interpretativas Ford le dio a Carey Jr. y Ben Johnson la oportunidad de encabezar el cartel en Caravana de paz. Explica también la pelea que tuvo el cineasta con Johnson, a quien no volvió a contratar hasta muchos años después, y también con él mismo. En su retrato de los actores que conoció, habla con mucho entusiasmo de James Stewart y Richard Widmark pero no demasiado de Henry Fonda, a quien presenta como el responsable del desencuentro con Ford.

Estos recuerdos desmontan algunas de las leyendas negras que siguen rodeando a Ford y su obra. Una de estas leyendas es su presunto desprecio hacia los indios, lo que es rotundamente falso, escribe Harry Carey Jr. No es falso, sin embargo, el mal carácter que a veces se gastaba el cineasta con los suyos. La mayoría lo dejaba pasar pero otros no. Este fue el caso de Ben Johnson y Henry Fonda.

Compañía de héroes es un libro que se lee de un tirón porque está repleto de historias que vivió en directo el narrador. Y su voz por sencilla resulta franca y directa. Una lástima que la edición no cuente con imágenes y que la filmografía del actor se reduzca a los trabajos que hizo bajo las órdenes de aquel que se presentó como “Me llamo John Ford y hago películas del oeste”.


En este video, exploramos a fondo la increíble vida y carrera de Harry Carey Jr., desde sus icónicos papeles en «La legión invencible» y «Centauros del desierto» hasta los capítulos más tranquilos de sus últimos años. Descubre sus éxitos, sus dificultades y el legado que dejó en el cine estadounidense.

domingo, 4 de enero de 2026

⚓ EL ANCLA, ¿POR QUÉ YA NO LO USAMOS COMO UN SÍMBOLO CRISTIANO? ⚓


El ancla, 
un símbolo que terminó asociado 
con el cristianismo
El símbolo del ancla fue muy popular entre los cristianos de los primeros siglos. Sin embargo, ya no usamos este símbolo, aquí la historia.
Muchos de nosotros estamos familiarizados con los símbolos cristianos típicos como la cruz o el pez. Sin embargo, es probable que no sepas que el símbolo del ancla también era muy popular entre los cristianos de los primeros siglos. 

¿Cuál es la historia de este símbolo en la antigüedad y por qué terminó asociado con el cristianismo?
Antes de que el cristianismo adoptara el símbolo, se sabía que las anclas en el mundo antiguo representaban seguridad. Los viajes por mar eran muy comunes en el área mediterránea y las anclas eran un instrumento básico utilizado por cualquier marinero o pescador. Un ancla mantenía la nave firmemente plantada en un área específica y era una herramienta obligatoria.
¿De dónde surgió la idea de los cristianos de usar un ancla cómo símbolo? El ancla apareció como el emblema real de Seleuco I (358 a.C. - 281 a.C.), rey de la dinastía seléucida establecida después de las campañas de Alejandro Magno (356 a.C. - 323 a.C.).

Se dice que Seleuco eligió el símbolo porque tenía una marca de nacimiento en forma de ancla. Los judíos que vivían bajo el imperio adoptaron el símbolo en sus monedas, aunque lo eliminaron gradualmente bajo el gobernante asmoneo Alejandro Janneo (127 a.C. - 76a.C.) alrededor del año 100 a.C.
Al parecer, a partir de este momento el uso del ancla como símbolo se popularizó. Pero un hecho posterior pudo haber hecho que los cristianos adoptaran este símbolo como suyo.
Alrededor del año 100 d.C., el emperador Trajano (53-117) desterró a Clemente, líder de la iglesia de Roma, a Crimea. Sin embargo, cuando Clemente (35-99) empezó a ganar conversos allí, Trajano ordenó que ataran a Clemente a un ancla de hierro y lo ahogaran. El martirio de Clemente, cuyo símbolo evidente fue el ancla, claramente pudo haber inspirado a una iglesia que sufría persecución en ese momento.

Otra explicación posible es que el uso del ancla para los cristianos primitivos, al parecer, siempre hizo eco del pasaje de Hebreos 6:17-20 que dice:
Por lo cual Dios, deseando mostrar más plenamente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de Su propósito, interpuso un juramento, a fin de que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, los que hemos buscado refugio seamos grandemente animados para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros.
Tenemos como ancla del alma, una esperanza segura y firme, y que penetra hasta detrás del velo, adonde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho, según el orden de Melquisedec, Sumo Sacerdote para siempre.

La esperanza aquí mencionada obviamente no tiene que ver con lo terrenal, sino con las cosas celestiales, y el ancla como símbolo cristiano, en consecuencia, se relaciona solo con la esperanza de salvación eterna.
En los primeros siglos del cristianismo, el símbolo fue adoptado por los cristianos y utilizado a menudo en las catacumbas en la ciudad de Roma. Los epitafios sobre las tumbas de los creyentes que datan de fines del primer siglo con frecuencia mostraban anclas junto con mensajes de esperanza. Expresiones como pax tecum o pax tibi hablan de la esperanza que los cristianos sentían al anticipar el cielo.
Aunque el símbolo no era exclusivo de los cementerios, durante los siglos segundo y tercero, el ancla se reprodujo con frecuencia más en los epitafios de las catacumbas, y particularmente en las partes más antiguas de algunos cementerios.

Sin embargo, el símbolo no volvió aparecer en ninguna inscripción cristiana a partir del siglo IV, lo que siempre ha resultado enigmático. Entonces, ¿Cuáles son las posibles razones por las que el símbolo del ancla se desvaneció?
La primera explicación que los académicos han encontrado se basa en la evidencia de que sólo unos pocos ejemplos del símbolo del ancla datan de mediados del siglo III, y que no han encontrado ninguno después del 300 d.C. Su explicación más común a esto es que a medida que el Imperio pasó de perseguir a la iglesia a tomarla como suya, los cristianos ya no necesitaban símbolos secretos para identificarse. La cruz conquistadora de Constantino (272-337) reemplazó al ancla de forma definitiva.
La segunda explicación que otros eruditos argumentan es que el ancla perdió su uso porque el “símbolo” era en realidad un juego de palabras en griego. El juego consistía en que la palabra ankura (ἄγκυρα) o ancla, es muy parecida a kurios (κύριος), que quiere decir Señor. Al parecer este juego de palabras perdió sentido cuando los cristianos eligieron el latín sobre el griego como su idioma principal.

Cualquiera que haya sido la razón por la que se dejó de usar este símbolo, lo que sí debemos recordar es lo que significó para nuestros hermanos en el pasado: la esperanza de una resurrección final y definitiva para una eternidad con nuestro Padre. Pero, sobre todo, la seguridad que tenemos en Él de que esto es verdad.

Poetas y artistas:
Estad atentos,
que amanece la esperanza 
vestida de nuevo...:
¡ÁNCORA! *

"... Su primer significado es esperanza, 
porque la esperanza es algo que te sujeta 
con fuerza igual que un áncora,
a fin de que no cedas.
El segundo significado es constancia.
El tercer significado es un obstáculo inesperado,
por tanto, prevención.
El cuarto significado es mar.
Y así sucesivamente hasta diez, doce,
o a veces una serie interminable de significados..."

Philip Pullman
Luces del Norte

VER+:



sábado, 3 de enero de 2026

LIBROS "MANUAL DEL ECOLOGISTA COÑAZO" y "VERSOS PROHIBIDOS": LA DÉCADA PERVERSA por ALFONSO USSÍA

MANUAL 
DEL ECOLOGISTA 
COÑAZO


No me dirá que no le invade la indignación cuando ve cómo se maltrata a los pobres animales, que no tienen culpa de nada. ¿A que está usted preocupado por la suerte de la pava del Maresme (Pava pujolensis ferrusola), la oropéndola de marbella (Oriolus gunila gunilae) o la urraca de Sevilla (Pica pica alphonsus bellum)? ¿Verdad que sí? Claro, hombre, es que no hay derecho. Y todo esto pasa porque no hay conciencia ciudadana, por ignorancia, como si dijéramos. La obra que tiene en sus manos acaba con el problema y le proporciona los más completos datos sobre las especies en trance de extinción:
● El uyuyui (Testiculis inmensis amazoniae), cuyo nombre proviene del alegre grito que lanza al posarse sobre el suelo. 
● El jijijí (Falco observatorius cachondis), ave rapaz denominada así por el simpático canto que emite al ver aterrizar sobre las piedras al uyuyui. 
● Y muchos otros animalejos que, aunque incordiones, merecen nuestro amor Seguro que la lectura de esta obra cambiará su vida: a partir de hoy su conciencia sólo le permitirá usar desodorantes con bolita, que no contaminan. Y si no, al tiempo.

PROLOGO 

El libro que tengo el honor de prologar es una gran obra del ecologismo. Su lectura me ha emocionado vivamente, en particular el capítulo «Especies en trance de extinción» de gran rigor científico. Se podría afirmar que el presente Manual del ecologista coñazo es una llamada al amor por la naturaleza de bellísimo sonido. Me extraña, como catedrático de Agujeros en la Capa de Ozono por la Universidad de Gotemburgo, que un profano en la materia, como el escritor español Alfonso Ussía, haya conseguido tanto con tan breve trabajo. El autor demuestra un espíritu valiente y aventurero que envidio. En el capítulo «El oso pardo y el fruto de la zarzamora» he sentido el gozo del lector que vive el riesgo y la aventura. Un libro, en fin, apasionante y lúcido que he leído de un tirón a pesar de no entender ni una palabra de español. 

Hans Vignudsson 
Catedrático de Agujeros en la Capa de Ozono 
por la Universidad de Gotemburgo

INTRODUCCION 

Este Manual del ecologista coñazo, cuya introducción tengo el honor de escribir, es una obra estupenda, rebosante de rigor científico y rica en aventuras. El capítulo «El oso pardo y el fruto de la zarzamora» me ha puesto, literalmente, los pelos de punta y la carne de gallina. También el titulado «Especies en trance de extinción» me ha interesado y preocupado. Es admirable que un profano como el escritor español Alfonso Ussía haya conseguido tanto con una obra tan amena y de fácil lectura. Sus conocimientos sobre el atuendo y equipaje que debe llevar todo ecologista coñazo que se precie me han impresionado en grado sumo. Le felicito y me felicito por tan apasionante trabajo, que espero leer algún día. 

Piero Querubini 
Sastre ecologista. Milán
PREAMBULO 

Supone para mí un honor escribir el presente preámbulo que abre al lector la puerta de los conocimientos ecologistas. Es un trabajo correcto, eficaz, de gran amenidad, muy profundo y, en determinados momentos, hasta escalofriante. Todavía no me he repuesto de la lectura del capítulo «El oso pardo y el fruto de la zarzamora», si bien debo reconocer que no le anda a la zaga el titulado «Especies en trance de extinción». El Manual del ecologista coñazo, de Alfonso Ussía —parece mentira que un escritor profano en la temática ecologista haya llegado tan hondo con tanta facilidad —, se ha convertido en mi libro de cabecera. Estoy seguro de que cuando lo lea, se convertirá también en mi libro preferido. Mi más cordial enhorabuena al autor. 

Rudolf de Coburgo-Hesse 
Hollenzornen Ludwungring 
Príncipe en busca de territorios

PREFACIO 

Cuando contemplé con mis propios ojos el agujero en la capa de ozono me puse a temblar. Desde aquel momento sólo he leído libros de ecologistas, pero ninguno me ha tranquilizado. Por eso es para mí un honor escribir el prefacio de este Manual del ecologista coñazo, del insigne profesor español Alfonso Ussía, que con rigor científico, no reñido con un estilo ágil y ameno, nos conduce al fondo de la cuestión. Con independencia del grave problema del agujero de la capa de ozono, he de reconocer que me he sentido cautivado con la lectura de dos capítulos del libro, los titulados «El oso pardo y el fruto de la zarzamora» y «Especies en trance de extinción». Es admirable lo que ha conseguido este hombre con tan pocas palabras. Estoy seguro del éxito del libro, por cuya publicación felicito al insigne profesor. 

Marcus Holland Jr. 
Presidente de la Compañía 
de Avionetas de Alquiler 
Holland Sr. & Holland Jr. Anchorage. USA

NOTA DEL AUTOR 

Cuando me decidí al fin a publicar este Manual del ecologista coñazo, propuse al editor una relación de personajes ilustres a los que se les podría encargar la redacción del prólogo. Tras una profunda reflexión se eligieron cuatro cuyas características personales coincidían. Ninguno hablaba ni leía español, los cuatro estaban dispuestos a escribir un prólogo gratis e incluso no se mostraban disconformes con hacerlo sabiamente dirigidos. A los lectores quizá les haya sorprendido que los cuatro prologuistas, el catedrático sueco Vignudsson, el sastre italiano Querubini, el príncipe de CoburgoHesse —pretendiente a varios tronos tras el desmoronamiento del comunismo en los países del Este—, y el magnate de las avionetas charter, el americano Holland, se hayan sentido cautivados por los mismos capítulos, es decir, «El oso pardo y el fruto de la zarzamora» y «Especies en trance de extinción». La respuesta a esta extraña coincidencia tiene su explicación. Sólo se les hizo entrega de esos capítulos, excepto al italiano, que por ser sastre se le añadió en el paquete el referente al «Atuendo y equipaje del ecologista» que menciona en su «Introducción». Lo que comunico a los lectores para que ellos, con entera libertad, adopten las medidas pertinentes. 
El autor


VERSOS PROHIBIDOS

LA DÉCADA PERVERSA

Versos prohibidos reúne una selección de los mejores poemas publicados por Alfonso Ussía en la revista Época en los últimos años. A través de estas páginas descubrimos a un gran escritor, que ha mantenido viva la tradición de nuestra poesía jocosa y satírica. Políticos, artistas, personajes de la jet y protagonistas de la vida pública española, nadie se libra del verso irónico y la estrofa mordaz. El humor sano y agudo de Alfonso Ussía, tan necesario en los tiempos que corren, convierte lo que toca en motivo de sonrisa y nos ayuda a quitar un poco de hierro a la actualidad de nuestro país.
Alfonso Ussía o el éxito

La poesía satírica de final de siglo en España, y especialmente la sátira política en verso, se llama Alfonso Ussía. La aparición de Alfonso Ussía en la vieja tradición española de la sátira política versificada se produce como un chaparrón refrescante tras un largo período de sequía. En el primer tercio del siglo XX, reinado de Alfonso XIII, Dictadura de Primo de Rivera, Dictablanda y Segunda República, todavía se editan revistas y periódicos satíricos, últimos vestigios de la enorme floración del periodismo festivo en el siglo diecinueve, «o por mejor decir, decimonono». En el siglo pasado, los periódicos humorísticos de crítica política no gozaban de larga vida.
Duraban casi tan poco como los presidentes de Gobierno, y ya se sabe que

los presidentes en Babilonia 
entran y salen tan de repente, 
que el que preside por la mañana 
ya por la tarde no es presidente.

Aquí, Babilonia equivale a Celtiberia. No duraban mucho, pero en cambio nacían como hongos en el bosque tras las lluvias del estío. Nacía uno antes de que terminara de morir otro. En los furiosos años políticos de la preguerra, la derecha española, y especialmente la derecha católica, que ha sido siempre la más mordaz y cachonda de todas las derechas en la crítica política y social, se atrincheraba en Gracia y Justicia, el semanario de la Editorial Católica, donde le atribuían a don Manuel Azaña las más grandes verrugas de todas las caricaturas, muchísimo verruga, que diría Quevedo, y a don Niceto Alcalá-Zamora, que «fue tonto en Priego, en Alcalá y Zamora» (Rafael Alberti), le calzaba las botas más desmesuradas de la zapatería nacional, mucho más desmesuradas que las botas del Gato con Botas. 

La izquierda en España siempre fue librepensadora, pero además, anticlerical e iconoclasta, cuando no incendiaria y matacuras. Los periódicos y los escritores satíricos de la izquierda apaleaban por principio y por sistema a curas, frailes, beatas y comulgantes, y a todos los de ese coro les echaba la izquierda las culpas de que la gente votara a Gil-Robles, 

Gil no baila a la asturiana, 
que baila a la vaticana 
con sotana y con mandil. 
¡Ay, qué bien que baila Gil! 

Los dos famosos periódicos de la izquierda eran La Traca y Fray Lazo, que venían llenos de feroces curánganos, curas trabucaires, sotanosaurios y tragahóstibus y también de frailes rijosos, frailes de priapismo y satiriasis, o miramelindos y seráficos, amadamados y contemplativos, y de monjas de roponcio alzado y enagua suelta, y se ilustraban con figuras y escenas de procaces relieves de trascoro catedralicio. La verdad es que los frailes gozan entre los celtíberos de ilustre fama de buenos fornicadores y de entrar con buen arma y fieras ganas en batallas de amor, como demuestra esta queja de fraile desterrado en Inglaterra desempolvada por Cela para ponerla al frente de su Izas, rabizas y colipoterras: 

… me veo morir agora de penuria 
en esta desleal isla maldita, 
pues más a punto estoy que Sant Hilario; 
tanto, que no se iguala a mi luxuria 
ni la de fray Alonso el carmelita 
ni aquella de fray Trece el trinitario. 

Cuando acabó el conflicto civil, la Ley del 38, que era una ley de guerra, acabó con la sátira política, lo mismo en verso que en prosa. 

Bueno, aquella Ley acabó con la sátira política, con la crítica política y hasta con la información política si es que se pretendía independiente y plural. Los efectos devastadores de la Ley del 38 en los hábitos iberos del ejercicio de la sátira, y sobre todo, de la sátira política y contra políticos, se prolongaron hasta la llegada de la democracia y su inseparable libertad de prensa. Las revistas de humor durante los circunspectos «cuarenta años», La Ametralladora, La Codorniz inolvidable, Don José o Hermano Lobo ni siquiera intentaron alguna incursión en el campo de la sátira política, que, por otra parte, habría sido de imposible publicación y habría sucumbido bajo el lápiz rojo de la censura. Estuve muchos años en la creencia de que la publicación de La Codorniz había sido suspendida durante varias semanas por orden de la censura en castigo de haber insertado en el rinconcito de una página el siguiente Parte meteorológico: Reina en España un fresco general procedente de Galicia. Creía recordar igualmente que en el primer número de la revista aparecido tras la suspensión se incluía un breve poemilla:

Bombín es a bombón 
como cojín es a equis, 
y nos importa dos equis 
que nos suspendan o no. 

El gran Antonio Mingote me sacó de mi error, y me juró una noche en Jockey, ante una perdiz con uvas, que en La Codorniz jamás se había publicado aquel Parte meteorológico, y que eso debía de ser delicada invención de algún espíritu cachondo atribuida a La Codorniz con idéntica frivolidad con que se atribuyen chascarrillos a Quevedo desde hace tres siglos.

De aquellos años sólo he podido recoger muy pocas muestras, aisladas y por supuesto inéditas, de versos satíricos inspirados en hechos políticos, breves destellos en medio de la oscuridad reinante. Las he reproducido alguna vez, pero no me resisto a repetirlas. En aquellos años, los periódicos daban cuenta de los viajes del Caudillo por medio de una crónica única, dictada por el taquígrafo personal de Franco y crítico taurino José Lozano Sevilla, que debía ser publicada íntegra y sin tocar una coma en todos los diarios del país. En cierta ocasión, el cronista áulico afirmaba que al llegar el Caudillo al pueblo, las campanas «doblaron» en su honor. Un redactor del periódico Madrid llamó por teléfono al departamento de Censura del Ministerio de Información y Turismo e hizo ver el divertido error deslizado en la crónica. «Las campanas no doblan de gozo, sino que doblan a muerto. Resultaría fácil enmendar el yerro. Bastaba con escribir repicar por doblar», informó el redactor. Pues no, señor. 
Esa crónica era intocable. Lozano Sevilla ya se había ido del ministerio, no se le encontraba en su casa, y ningún funcionario se atrevería a enmendarle la plana. En la redacción del Madrid el terminante recado de la censura lo recibió José Montero Alonso, dichosamente vivo hoy con noventa y tantos años despejados y laboriosos. Y en aquel instante, Monterito, que así le llamaban sus compañeros, improvisó uno de los escasos epigramas de la política de entonces: 

El doblar, que es toque serio, 
puede serlo de optimismo 
si lo manda el Ministerio 
de Información y Turismo.

Alcalde de Madrid lo fue dos veces el conde de Mayalde, de cuya fina amistad y provista mesa disfruté en alguna ocasión. Antes de ser alcalde de la Villa y Corte, Mayalde había sido embajador en Bonn. Estaba casado con la duquesa de Pastrana, nieta del famoso Romanones, y se cuenta que cuando Franco mandó a Mayalde de embajador a Bonn, comentó el malévolo conde: «Muy mal de colaboradores debe de verse Franco cuando tiene que mandar de embajador a Alemania a mi nieto Pepito.» Mayalde era propietario de una ganadería de toros que pasaban por bravos, y que traían fama de huir de las puyas como del demonio, de tal manera que si probaban una, ya no había medio humano de que tomaran la segunda. Mi viejo y querido amigo Matías Prats me contó un epigrama que alguien compuso cuando a Mayalde le nombraron por segunda vez alcalde de Madrid: 

¿Mayalde otra vez alcalde? 
Cosa rara entre las raras. 
Será el único mayalde 
que haya tomado dos varas. 

Hacia los primeros años de la posguerra, nombraron gobernador civil de Tenerife a un hombre de carácter bronco y autoritario, destemplado y arbitrario, llamado Sergio Orbaneja y Sáenz de Heredia, primo de los Primo de Rivera, que ya había dejado mal recuerdo en mi tierra de Murcia, adonde también había llegado como gobernador civil, y que luego fue protagonista de algunas anécdotas de autoritarismo despótico desde la Jefatura Superior de Policía o la Dirección General de Seguridad, no recuerdo exactamente. Los chicharreros aguantaron poco tiempo la onerosa autoridad del gobernador, y peregrinaron a Madrid para rogarle al ministro de la Gobernación, a la sazón el ilustre jurista canario don Blas Pérez González, que les redimiera de la pena de soportar al personaje. El señor ministro se hizo cargo de la tribulación, les complació (Unamuno y D’Ors habrían escrito complugo), y prometió enviar en breve a Tenerife un nuevo gobernador civil, un tal Saldaña, que en aquellos momentos lo era de Guipúzcoa. Regresaron los tinerfeños de Madrid y de la visita al ministro satisfechos y esperanzados, y la noticia se extendió pronto por la isla. Se iba Orbaneja y venía Saldaña. Alguien cuyo nombre he conocido pero no recuerdo ahora saludó la buena nueva con el siguiente epigrama:

Dicen que se va Orbaneja 
y que nos llega Saldaña. 
Si es de la misma calaña, 
que la Virgen nos proteja. 
¡Viva Franco! ¡Arriba España!

Algún cachondeo acerca de Franco circulaba entonces por los corrillos y las tertulias, sobre todo algunos chistes referidos en su mayor parte a la manía de inaugurar pantanos (ojalá hubiera inaugurado algunos más) y al prurito de pescar atunes gigantes (la abundancia en esto no parece tan deseable). Pero yo no creo que se escribieran muchos versos satíricos contra Franco, o al menos yo no conozco ninguno, a no ser una décima que alguien puso en circulación oral y clandestina cuando al primer nieto varón se le impuso el nombre de Francisco y además se le invirtió el orden natural de los apellidos para que se llamara Francisco Franco. Dice así:

Por la alta bondad de Dios, 
que en sus favores no es manco, 
en vez de un Francisco Franco 
nos encontramos con dos. 
El uno del otro en pos 
nos llegan por nuestro bien, 
pero Dios nos libre, amén, 
de que doblando la hazaña 
salvada por uno España, 
la salve el otro también.

¡Flaca y escasa cosecha esta para el corral satírico donde se divertían Quevedo, Lope, Góngora y los burlones del XIX! El siglo nos había traído, es verdad, un grande poeta satírico, Juan Pérez Creus, lengua y pluma tan celebradas como temidas en las tertulias literarias de la bohemia y la poetambre, en el Gijón y en el Varela, y un finísimo poeta, entre afrancesado y valleinclanesco, Manuel Fernández Sanz, más conocido como Manolito el Pollero, hombre de mantel refinadísimo y de paladar caliente, entendido en caldos, capaz de distinguir con los ojos vendados el rioja de una cosecha del de otra. Manolito el Pollero murió joven, estallante de sangre, de bromas y de versos. A Juan Pérez Creus le ha publicado ahora Camilo José Cela un libro quevedesco de sonetos satíricos, y a Fernández Sanz también le publicó Cela otro libro en Los papeles de Son Armadans titulado Silva, grillera y cigarral de Manolito el Pollero. 

Con los dos poetas tuve ocasión de coincidir en alguna sesión de Las Alforjas para la Poesía que organizaba Conrado Blanco para que los poetas echaran versos en el teatro Lara después de la misa de doce y haciendo bolos por pueblos y ciudades. Manolo el Pollero recitaba mucho un poema muy breve que siempre levantaba las risas y el aplauso inmediato del público:

Al pasar junto a la charca 
el niño me preguntaba: 
—¿Qué son las ranas? 
—Pues mira, niño, las ranas… 
—¿Y por qué nadan? 
—Pues mira, niño, las ranas… 
—Y ¿por qué saltan? 
—Pues mira, niño, las ranas… 
—¿Y por qué cantan? 
Y no tuve más remedio 
que tirar el niño al agua.

Manolo escribía sus versos en las servilletas de papel o en el mármol de las mesas de los cafés, y allí los abandonaba, y luego teníamos que ir los amigos recogiéndolos, o copiándolos, o aprendiéndolos de memoria para que no se perdieran. Iba al café Varela un poeta exaltado y de vehemente inspiración, llamado don Rosendo Ruiz Bazaga, que afirmaba ante todo el que quisiera escucharle que en la poesía española de todos los tiempos el único poeta que le aventajaba a él en perfección de estilo era don Luis de Góngora. Manolito el Pollero escribió un día en la mesa del café:

Dicen que don Rosendo 
es poeta. Es un infundio. 
Don Rosendo 
es gerundio.

Otro día se dejó escrito esto en el mármol de la mesa:

Este poeta tremendo 
a Góngora le va en zaga. 
¡Cojones con don Rosendo 
Ruiz Bazaga!

En uno de los bolos que hacíamos por provincias, vinimos a dar un día en Salamanca a decir versos en honor de Fray Luis desde el famoso púlpito donde es fama que el fraile dejó caer aquello de «Decíamos ayer». Gobernaba entonces en Salamanca un gijonés llamado don Ulpiano González Medina, que presumía de antiunamuniano (¡en Salamanca, válgame Dios!), y así como Voltaire se declaraba enemigo personal de Cristo, él se declaraba enemigo personal de Unamuno, y se empeñó en censurar previamente los poemas que iban a leer los poetas en la ilustre Universidad. Naturalmente, todos pusieron el grito en el cielo, pues unos versos en honor de Fray Luis no iban a ser versos satánicos ni debían resultar sospechosos de panfletismo político, y Gerardo Diego, tan pacífico siempre, se lo tomó muy a pecho y estuvo a punto de capitanear un motín contra el gobernador. Juan Pérez Creus improvisó entonces sobre la marcha la siguiente cuarteta:

Se dice antiunamuniano, 
que es como negar ser hombre. 
Que le vayan dando a Ulpiano 
por donde acaba su nombre.

Estos eran los únicos desahogos satíricos que la situación permitía. Y además, tanto Pérez Creus como Fernández Sanz son poetas de producción corta y apenas publicada, más conocidos de sus cofrades y contertulios que del gran público. Pérez Creus, ochentón y lleno de achaques, plepas y alifafes, ha escrito en estos últimos años versos de sátira política que han ido apareciendo en el semanario Época firmados con los seudónimos de Maese Pérez y El Diablo Cojuelo. Las «obras completas» de los poetas satíricos de los dos últimos tercios del siglo XX caben en un celemín Bien se puede comprender que en este desierto la aparición de Alfonso Ussía fuese recibida como el regalo de una fuente semejante a la del prado en que acaeció Gonzalo de Berceo, «en verano bien fría y en invierno caliente». 

Buena parte de la poesía satírica de la segunda mitad del XIX la hizo mi pariente José Selgas, poeta, novelista, académico, pobre, católico, sentimental y conservador, que fundó, dirigió y escribió un semanario satírico con el nombre de El Padre Cobos. De Selgas me hablaba mi bisabuela Laura, doña Laura de Vicente y Selgas, con la que viví hasta su muerte, cuando yo tenía diecisiete años y ella noventa y dos. Mi bisabuela me recitaba de memoria poemas de su tío hasta dos o tres días antes de entregar el alma, pero sólo recitaba los poemas líricos, La modestia, La cuna vacía y todos los que componen La primavera y el estío, pero no me enseñaba los satíricos, quizá porque le parecieran desdeñables, y que sin embargo son los que más cerca están de los míos al través de los genes, como cerca está de Alfonso Ussía, por herencia dichosa, el virtuosismo de Muñoz Seca para el humor en verso, especialmente patente en La venganza de don Mendo, obra todavía inigualada dentro de su género. Y como yo considero a Alfonso Ussía mi sobrino literario, he aquí que la poesía de humor y la sátira política de los dos siglos, el XIX y el XX, es cosa de mi familia, de mi tío tatarabuelo José Selgas y Carrasco y de mi sobrino tataranieto Alfonso Ussía y Muñoz Seca. 

Los poemas que aquí se compilan no sólo vapulean a personajes o hechos políticos, sino también a bambolleros sociales, pompones literarios o floripondios artísticos. En el retablo de la España de fin de siglo, Alfonso Ussía no ha dejado títere con cabeza, y al que le deja la cabeza le escachifolla el tocado.

Modere su peinado la Tocino 
y ahuyente el artificio de las mechas…

Durante varios años ha venido publicando Alfonso Ussía en la revista Época, esta sátira en verso de la actualidad de cada semana, representada por un personaje o por un hecho. A la riqueza de argumentos corresponde la riqueza de la métrica. Ningún personaje relevante, notable o sonado de la vida española se escapa del ojeo implacable de Ussía, que le deja metido o clavado en un soneto de rara perfección. Aquí están, encarcelados en una hornacina de endecasílabos, desde Adolfo Suárez a Isabel Preysler,

¡Quién, Isabel, pudiera darte alcance 
de almacén en «Sección de caballeros». 
aun estando alcanzado de alcancía!,

y desde el tontaina de José Federico de Carvajal

Esbelto figurín edulcorado 
que hace de presidente del Senado,

hasta Juan Barranco, que 

Más que alcalde, parece dependiente 
de almacén en «Sección de caballeros».

El soneto es guasa mayor y clásica, pero los argumentos de Ussía se desenvuelven no sólo en sonetos, sino también en sonetillos, coplas, romances, letrillas, cuartetas, redondillas, décimas y lo que se tercie. Ussía domina el muestrario de la preceptiva literaria, la medida de los versos, la rima, el pie quebrado y la musical combinación de las estrofas con una maestría difícil de igualar entre los plumíferos que cultivan hoy el verso humorístico, y aun por los que se tienen como grandes y buenos versificadores. Aquí tiene el lector una historia de la transición, de la democracia y del felipismo, completísima, personal, amena y descacharrante. Burla burlando, Ussía pone a caldo las corruptelas, las horteradas y las mentecateces que adornan nuestro tiempo, que son muchas y que abundan por estos páramos a manta de Dios. Y lo hace con tanta inteligencia, tanta sagacidad, tanta gracia y tanta desvergüenza literaria como yo no he visto, juntas, en ninguno de mis cofrades contemporáneos. Así de sencillo. 

Decir que Alfonso Ussía es un raro e infrecuente ingenio de esta Corte, sería quedarse corto. Porque Ussía no es un ingenio, no es un solo ingenio, sino que es varios ingenios dentro de la misma cárcel corporal, escasa tripa y cuello estirado. El ingenio le sale por las orejas, que tal vez por eso tienen que adquirir un tamaño tan cumplido y superlativo. Es un sujeto versátil, de varia silva, de diversas voces, de pluma plural, y lleva dentro de sí casi tantos personajes como llevaba Sacha Guitry cuando dejó este mundo, que eran tan numerosos que aquel duelo se convirtió en una mortandad. Cada uno de esos personajes de Ussía es una prueba de ingenio, de talento y de algo que no me atrevería yo a aplicarlo a nadie que no fuese él: donaire. Alfonso Ussía o el donaire literario y decidme de otro. 

Y Alfonso Ussía o el éxito. No siempre la calidad y la disciplina formal van acompañadas del éxito. Es más. Ante un público que en muy buena parte está compuesto por iletrados, lectores perfectamente fatigables cuando no por analfabetos, y que sufre con frecuencia de chabacanería, chocarrería y mal gusto, suelen alcanzar éxito las versificaciones mal medidas, peor rimadas y espolvoreadas de sal gruesa, las canciones de letra estúpida, opaca y plana, los escritos en prosa sin jugo, y que no han visto la gramática ni por el forro. Pero Alfonso Ussía, con buenas maneras literarias, un castellano vivo y lozano, disciplina formal y un desparpajo apabullante, logra el éxito en todo lo que hace, en sus artículos de actualidad, en sus libros (un libro de Alfonso Ussía vende más ejemplares que los ciento cincuenta novelistas oficiales de doña Carmen Romero juntos), en sus poemas satíricos, en sus loas y en sus vituperios, en la catarata de humor de sus personajes radiofónicos y en sus apariciones en la pantalla de televisión. Como diría don Emilio Castelar, que es un republicano soportable, el triunfo le acompaña, el éxito le precede. 

Lo único de este libro que no entiendo demasiado bien es el título. ¿Se puede saber a cuento de qué viene eso de Versos prohibidos? Me temo que se ha despabilado la moda de darle a todo el carácter de prohibido. Carlos Luis Álvarez, Cándido, acaba de sacar sus Memorias prohibidas, que tampoco han sido prohibidas por nadie, que yo sepa. Y ahora Alfonso Ussía redunda en lo de «prohibido». Lo único que hay de prohibido en este libro y en estos versos es que no se hubieran podido publicar hace veinte años, pero bien es verdad que tampoco Ussía los hubiera podido escribir. Lo más probable es que tanto Cándido como Ussía quieran socorrerse con la atracción que ejerce lo prohibido sobre la gente, lo mismo un libro, una película, un manjar, un placer o una manzana. Eso es así desde la primera desobediencia de Adán. Más que por otra razón, la irresistible tentación de comerse la manzana fue porque Dios lo había prohibido. ¿Versos prohibidos? Pues, hala, a leerlos en seguida y sin pérdida de tiempo. Si es así, está bien. Y luego, el lector que diga lo que quiera sobre la prohibición. Pega, pero escucha. Ganas me dan de dar también a este prólogo el prestigio de lo prohibido y proclamarlo así desde el principio. Prólogo prohibido. A lo mejor, Ussía ha querido indicar que sus versos son prohibidos porque no han sido autorizados por sus protagonistas, como llaman los ingleses a las biografías complacientes con los biografiados. O sea, que alguno de los retratados aquí puede caer probablemente en la tentación de recordar con toda amabilidad al señor conde de los Gaitanes. 

A Baroja le preguntaron una vez que qué le parecía Dostoievski, y don Pío, después de quedarse pensando un rato, dijo: «Dostoievski, joder qué tío.» Desde otras academias, le preguntó un periodista al egregio socialista murciano y primer presidente ágrafo de aquella Comunidad, Andrés Hernández Ros, qué pensaba de Carlos I y Felipe II, y el excelentísimo e ilustrísimo señor presidente respondió: «¿Carlos I y Felipe II? ¡La madre que los parió!» Con estos dos socorros, salgo yo también del compromiso de decir lo que me parece Alfonso Ussía: «¡Joder, qué tío! ¡La madre que lo parió!» O sea, ¡la hija de Muñoz Seca!, que por cierto es una señora inteligente, bondadosa y simpatiquísima.

JAIME CAMPMANY.