EL Rincón de Yanka

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lunes, 7 de septiembre de 2026

LIBRO Y PELÍCULA "CONFESIONES VERDADERAS (TRUE CONFESSIONS)": EN EL CORAZÓN DE LA CORRUPCIÓN por JOHN GREGORY DUNNE y DIRIGIDA por ULU GROSBARD


‘Confesiones verdaderas’: 
En el corazón de la corrupción


Si no les gustan las películas duras, descarnadas, en las que no se hacen prisioneros, no se les ocurra acercarse a True Confessions (Confesiones verdaderas, 1981), un film noir con pedigrí de novela de Hammett, Chandler o James Cain, esto es, reserva curado en estilo de autopsia de la vida moderna, o de la de siempre, porque por sus fotogramas desfilan cardenales y sacerdotes ambiciosos, putas, detectives, cineastas porno, chicas a la deriva que escriben poemas pequeños y simples, antiguos chulos reconvertidos en especuladores inmobiliarios aliados con concejales de vista gorda y abogados de ocasión para cualquier chanchullo, iglesias, burdeles, comisarías de policía, morgues, elegantes campos de golf y cutres cafeterías, restaurantes para gente rica y cuarteles desafectados en los que rodar películas porno y descuartizar a chicas tan hermosas como usadas como moneda de cambio. Podrán encontrar en este laberinto de intereses cruzados la huella de irlandeses católicos, misas, bodas, confesiones, una Iglesia que ejerce el poder y busca el dinero, pero también sacerdotes que prefieren retirarse a morir a una olvidada parroquia en el desierto, no solo para expiar pecados del pasado sino para interrogarse cómo y por qué no tienen el don de amar a Dios.

"El censo de personajes de Confesiones verdaderas lo celebrarían Balzac o Galdós: carne humana hecha de sufrimiento, desprecio y sexo, pero también de dolor, tristeza, ira y venganza, arrepentimiento, con un pasado"

Ese pedigrí del que les hablo lo excava "Confesiones verdaderas" de una maravillosa novela, mil veces olvidada, escrita por John Gregory Dunne, uno de los nombres jamás mencionados cuando se habla del “nuevo periodismo” de los Wolfe y los Talese porque, como dice Garci, El estudio, el libro reportaje que Dunne consagró a un año de producción de películas en la Fox a mediados de los años 60, cuando el viejo Zanuck tuvo que volver de Europa para reflotar una nave en quiebra tras los dispendios de Spyros Skouras y Joe Mankiewicz por Cleopatra, no tiene nada que envidiar a The Right Stuff o a Honrarás a tu padre. Dunne, tomando como algo más que un macguffin el célebre asesinato de la Dalia Negra, un cadáver descuartizado de una chica encontrado en un solar de L. A., efectúa la autopsia de un cadáver nada exquisito, el de la sociedad angelina, la de la América de la posguerra, quizás de la Humanidad de siempre. Un cadáver enfermo de corrupción y vicios privados y públicos camino de una era de prosperidad que intenta olvidar la pasada guerra y hacer negocios al margen de cualquier regla y bajo cualquier influencia. Claro que ese panorama sería solo un brillante y duro trampantojo si no se poblara de seres humanos que se sienten irremediablemente muy lejos del Paraíso. El censo de personajes de Confesiones verdaderas lo celebrarían Balzac o Galdós: carne humana hecha de sufrimiento, desprecio y sexo, pero también de dolor, tristeza, ira y venganza, arrepentimiento, con un pasado. 

Un film noir no es nada sin el peso del pasado o sin un flashback que lo evoque, como el que le viene a los ojos al sargento de homicidios de L. A. Tom Spellacy (Robert Duvall) mientras contempla el desolado desierto al otro lado de la ventana de la pobre rectoría de la parroquia que regenta su hermano Desmond (Robert De Niro), el cura que iba para obispo y ya solo espera reposar en una descarnada parcela de tierra abrasada en el vecino cementerio. Dunne escribió el guion de Confesiones verdaderas con su mujer, Joan Didion, otra que conocía bien cómo escribir sobre seres humanos a la deriva, sumidos en el dolor y en la pena pero nunca vencidos, apoyados en la esperanza de luchar y no rendirse.

"Pese a todo no hagan caso a mi admonición del comienzo de esta crónica, y vean Confesiones verdaderas, si no lo han hecho, o vuelvan a ella si no la recuerdan o la recuerdan siempre"

Ulu Grosbard, un cineasta sueco muy eficiente, muy buen artesano, que hizo carrera en Hollywood con melodramas bien armados como Enamorarse, remake sofisticado y neoyorquino del Breve encuentro de David Lean, sabe que tiene en sus manos oro puro y no lo desaprovecha, filmando esta historia desarbolada de sentimientos, 104 minutos de pathos, emociones de choque, de forma clásica, sujeto, verbo y complemento. Cuenta además con un reparto maravilloso, y no solo por el duelo fraternal de Robert Duvall y De Niro, dos actores de la misma camada del sector más ligero del Actor’s Studio, que ofrecen un recital de miradas que nos permiten penetrar en su dolor u orgullo, su rabia o su vergüenza interior, una manera magistral de dominar el tempo de una secuencia, el sentido de un plano mental, una manera de moverse en el encuadre. Junto a ellos está la vulgaridad de Charles Durning, un Jack Amsterdam, antiguo chulo, ahora Laico Católico del Año, bastión de la Iglesia por sus contribuciones siempre unidas a sus negocios; la dureza de acero de Cyril Cusack, un príncipe de la Iglesia, cardenal, distante, frío, que sacó a la diócesis de la quiebra para transformarla en una máquina de poder y riqueza y dejó para el final derrumbe moral; o Rose Gregorio como Brenda Samuels, la regenta de un burdel cutre, que anda aún enamoriscada del poli Spellacy, aunque ella pagara en la cárcel la corrupción de éste. Su rostro, surcado de arrugas y de vida devastada, una mirada gris, orgullosa pero derrotada, aún posee la belleza de la desesperación cuando Tom Spellacy descubre su rostro al retirar la sábana que la cubre en la morgue tras abrir la espita del gas huyendo de una vida que ya no le ofrece nada.

Pese a todo no hagan caso a mi admonición del comienzo de esta crónica, y vean Confesiones Verdaderas, si no lo han hecho, o vuelvan a ella si no la recuerdan o la recuerdan siempre, es una película de las que te abre en canal tus sentimientos mientras te sumerges, te guste o no, en su historia, en sus imágenes.

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True Confessions (Confesiones verdaderas, 1981). Produicida por Irwin Winkler y Robert Chartroff. Dirigida por Ulu Grosbard. Guion de John Gregory Dunne y Joan Didion, sobre la novela True Confessions, de Dunne. Fotografía de Owen Roizman. Música de George Delerue. Montaje, Linzy Klingman. 
Interpretada por Robert De Niro, Robert Duvall, Charles Durning, Burgess Meredith, Cyril Cusack, Rose Gregorio, Ed Flanders, Kenneth McMillan, Dan Hedaya, Jeanette Nolan. Duración: 104 minutos.

sábado, 5 de septiembre de 2026

PARA VENEZUELA HAY DIABLOCRACIA: 👿👥💀 EL CASTROCHAVISMO COMO MAL PRIMORDIAL por ALEJANDRO PERDOMO


 «El diablo no crea, no produce, es un falso agricultor de terrenos baldíos. 
A lo sumo, un ganadero de rebaño perdido. Ni con infinitas reservas petrolíferas 
podría acabar con la barbarie, porque es padre de la barbarie».

Para Venezuela hay diablocracia
El chavismo como Mal primordial


Sabrán nuestros apreciados lectores excusar un poco la naturaleza metapolítica de esta breve disertación, pero es fundamental ir «más allá» de las coordenadas políticas de costumbre, de la política tradicional o del juego democrático. Partamos de una afirmación incendiaria: Venezuela es el más grande experimento-país del presente, donde la miseria y la crueldad se extienden por todos los rincones del mismo de parte de gobernantes y tutelados. Y aunque hay todo un fervor totalitario por parte del enemigo sombrío que tiene las riendas del país, no hay una máquina lo suficientemente totalitaria para un ejercicio omnipresente del poder. La solución del chavismo es el desgobierno, la anarquía; la gehena como medio de gobierno. La igualdad por inacción, por omisión, como en el infierno. El Caos absoluto. Por ejemplo, Dios en su perfección hizo que los ángeles se jerarquizaran por su naturaleza. A los hombres los hizo desiguales por naturaleza, para que cada uno desarrollase sus virtudes como prefiriese, para que unos mandasen sobre otros. La hueste del Diablo, sin embargo, es desigual en vicio y en pecado, mas no en virtud. En todo lo demás, son iguales; sí, como en las revoluciones. En el infierno todos son iguales, recordaba Nicolás Gómez Dávila.

Un queridísimo amigo mío, Rafael Valera, ahondaba, dentro de su cosmos audiovisual, en la crueldad que es inherente al chavismo como hueste al mando de los yermos venezolanos y, con ánimo similar, ahondamos nosotros aquí en cómo esa cratofilia (sexo del poder), que bien podría estar travestida en transición, es un fiel reflejo del que, con voluntad propia y sin arrepentimiento, niega al que debe la vida. El ejercicio de la política es siempre analógico, aunque no valoremos la dimensión metapolítica y descartemos el metanálisis tildándolo de esotérico, de teológico, de fantasioso. Lo último, sin embargo, ya lo advertían las Escrituras: nosotros no tenemos que luchar contra la carne y la sangre, sino contra los principados y potestades. Cada gobernante, decía Juan de Salisbury, era avatar de algo: el rey, de Dios y el tirano, de Satanás.

No importan las transiciones, ni las tutelas, mientras la forma de gobierno esté impregnada en una oscuridad que odia a la patria misma. El infierno, como cosmópolis unida por el pecado desenfrenado, es una revolución espiritual, en el sentido de que rompe con el hilo de oro que nos une con el Todopoderoso. Ahora, la revolución política rompe el hilo de oro que nos une al Altar, a la Patria, a nuestras tradiciones, a nuestra vida ancestral. San Agustín visualiza dos ciudades, bien es cierto, y dice, comprendiendo la dimensión real del mensaje del Nazareno, que la Ciudad Eterna, el Reino, rompe con todas las instituciones y los potentados porque lo fundamental es la vida eterna, no la vida temporal, pero no por ello niega que el hombre, que busca perfeccionarse para alcanzar a Dios en la vida eterna, tenga que valerse de medios políticos. El infierno es, por el contrario, la destrucción de toda jerarquía, de toda tradición y de todo respeto por lo que es bello, justo y divino. Es una subversión constante. La teología política chavista lleva a cimentar la idea de una diablocracia.

Una mente lúcida como la de J. R. R. Tolkien comprendió esta relación primordial entre Bien y Mal, entre lo que quiere Dios y lo que quiere el diablo, o lo que quieren los hombres que, en su degeneración y salvajismo, le siguen. El Enemigo, que es el adversario de toda la Tierra Media, es adicto al poder y a conservarlo; es una suerte de alegoría a la rebelión, pero también al Estado y su obsesión con la industria, con el dominio, con el aglutinar a todos los hombres. Las reminiscencias espectrales de Chávez nos miran diligentemente, como el Ojo veía a todas las criaturas de la Tierra Media: «El Poder Oscuro, con el Ojo vuelto hacia adentro, sopesando las noticias de peligro e incertidumbre», mientras el ejercicio necropolítico sigue haciendo prescindible al venezolano, como ganado. En el archipiélago Venezuela los hombres mueren por armas del Estado, o por instrumentalización de los desastres naturales. Y los servidores del Mal incesantemente trabajan para hacer de la miseria la moneda de curso, como narra Gollum, que es una buena alegoría del estado de barbarie del venezolano: «¡Espectros con alas! Son los siervos del Tesoro. Lo ven todo, todo. ¡Nada puede ocultárseles!».

Por ello y más, la tutela es una realidad, pero un cambio político, que los incautos llaman, por ejemplo, transición, es un flatus vocis. El Ojo persiste en sus propósitos, aunque observe silenciosamente. Gobierna para que otros mueran y para que los espectros de la Revolución, esos que todavía siguen acechándonos, nos recuerden el origen blasfemo de toda esta desgracia. Queda un Estado nigromante, por tomar a préstamo la expresión de la profesora Troconis. El Ojo, o más bien los Ojos, nos mira mientras vivimos el espejismo de un progresismo repentino, de una modernización urgente que acabe con los males que sufren los venezolanos desde hace más de 20 años. Pero la verdad, porque solo nos importa la verdad, es que «el mal puede remedar, no crear: no seres verdaderos, con vida propia». El zombi venezolano no puede aspirar a más, mientras el nigromante mantenga el conjuro.

El país ranchificado parece aquella estepa industrial del Ojo, que fue introducida al mundo literario como metáfora de la modernidad, pero también como metáfora de los infiernos. Allí no hay nada que salvar, allí no crece nada. No hay vida, no hay esperanza. El gran barrio archipiélago de Caracas, que es lo poco que podemos ver del Valle, es lo que describen en el ficticio Isengard: «Él y esas gentes inmundas hacen estragos ahora, derribando árboles allá en la frontera, buenos árboles». Lo importante para el adversario es que la candela queme y carbonice todo vestigio de civilización porque, al final, si recordamos lo que dijo Belloc, el bárbaro no puede construir; puede destruir, pero no puede sostener nada. Para nuestro hermano mayor norteamericano, que parece resistirse a su decadencia civilizatoria, a su declive imperial, es ganancia mantener a los reyezuelos tribales, o dictadores consulares, para frenar lo que en todas las latitudes se percibe.

El problema es que los diablos, incluso cuando son por naturaleza ambiciosos, no producen porque, en el fondo, no hay nada que administrar; es Dios el único administrador de almas porque es el patriarca de la economía divina. El diablo no crea, no produce, es un falso agricultor de terrenos baldíos. A lo sumo, un ganadero de rebaño perdido. Ni con infinitas reservas petrolíferas podría acabar con la barbarie, porque es padre de la barbarie. De verdad que sí es el excremento del diablo, porque solamente los bárbaros han tenido acceso a sus frutos en detrimento de todo el país. La diablocracia es maldad política, mal instrumentalizado; y dicen los realistas, los positivistas, que es imposible ver a la política desde dimensiones morales, pero la verdad es que, en el fondo, siempre existe una dimensión moral que determina, de comienzo a fin, el libre accionar del político. Venezuela es el vivo ejemplo.

Durante años, el chavismo juró que los “yanquis” nunca volverían a gobernar el país, que el petróleo era del pueblo y que negociar con EEUU. equivalía a traicionar la patria. Hoy, Delcy Eloína agradece a Donald Trump por un acuerdo petrolero que entrega a Estados Unidos un control sin precedentes sobre parte de nuestras anheladas reservas.
Confieso que existe cierta satisfacción en ver al chavismo tragarse sus palabras. Eso no tiene nombre. Pero leer la contradicción es muy distinto a vivir sus consecuencias. El venezolano de a pie no come de la humillación ideológica del régimen, ni recupera a sus desaparecidos con promesas futuras de inversión…
La revolución bolivariana terminó convirtiendo al ENEMIGO que se inventó en el SOCIO que necesitan para sobrevivir.
Eso señores, es la diablocracia: cambiar de discurso para conservar el poder, negociar lo que juraron defender y pretender que el petróleo borre sus crímenes.
El petróleo puede financiar la reconstrucción de Venezuela, pero JAMÁS debería comprar la absolución del chavismo.

viernes, 4 de septiembre de 2026

"EL PEQUEÑO LIBRO DE LA ASTUCIA": 🦊 ESTRATEGIAS, TÉCNICAS Y RASGOS DE CARÁCTER PARA EL CULTIVO DE UNA PERSONALIDAD ASTUTA por LUCAS BRACCO


EL PEQUEÑO 
LIBRO
DE LA ASTUCIA
ESTRATEGIAS, TÉCNICAS Y RASGOS DE CARÁCTER
PARA EL CULTIVO DE UNA PERSONALIDAD ASTUTA

LUCAS BRACCO

Es un manual breve pero muy potente que recopila estrategias de inteligencia práctica, sagacidad social y pensamiento táctico para moverte mejor en la vida. El enfoque del libro es enseñarte a ser más perspicaz, leer mejor a las personas, anticiparte a sus movimientos y protegerte de manipulaciones.
🦊
Es un griego el primero que le muestra a Occidente una valiosa lección sobre las ventajas del ingenio sobre la fuerza. Ulises —u Odiseo (Ὀδυσσεὺς) si atendemos a su nombre en griego— es uno de los personajes clave de la mitología griega y tan importante como Hércules o Aquiles. Sin embargo, a diferencia de estos últimos, Ulises no es ni el mejor guerrero, ni el más fuerte, ni el más valiente. Con Ulises estamos ante el triunfo de la astucia. Es el héroe pícaro, bribón y taimado que siempre encuentra alguna treta cuando algo va mal; que siempre concibe algún invento para darle vuelta a una situación difícil y así ganarle a los más fuertes. 
En él se encarna el célebre dicho «Más vale maña que fuerza», uno de los principios básicos de la astucia. Ahora bien, aquí no entenderemos la astucia como manipulación o maquiavelismo, sino como prudencia, inteligencia, sagacidad y discreción.

Este no es, pues, un libro más de “psicología oscura” o de manipulación. Se trata del primer y único tratado que explora la verdadera astucia, misma que se entenderá siempre en relación con la inteligencia práctica, la virtud, la perspicacia y la noble sagacidad. La diferencia entre una persona astuta y una manipuladora es que la primera no tiene malicia ni egoísmo en su corazón. Mientras que el manipulador parece deleitarse engañando y manipulando a las personas, el astuto solo utiliza sus argucias cuando la ocasión lo amerita y siempre respaldado por la verdad, la justicia y la honradez.

Pues ser astuto no equivale a ser manipulador. A diferencia del manipulador, que actúa con vileza y egoísmo, la persona realmente astuta siempre juega limpio. Las luchas en las que pelea el astuto las gana con la inteligencia, pero también con la decencia. Quien vence con ruindad, muy pronto cosecha la antipatía y el desprecio de los demás y sus victorias se convierten en derrotas. Quien es verdaderamente sagaz, nunca opta por usar armas ilegítimas y mañas prohibidas. El manipulador maneja a los otros con trampas y engaños. El astuto sabe que la inteligencia asociada a la generosidad siempre es superior. Mientras que el manipulador está a gusto en la mezquindad y la cobardía, el astuto es noble y no transige con la bajeza.

En este libro veremos algunas generalidades de la personalidad astuta. Hablaremos de la importancia del uso de la razón y la reflexión; de pensar por adelantado y del control de las emociones. Veremos la importancia de la cultura y la indiscutible necesidad de estar bien informado conservando siempre un sano escepticismo. Exploraremos lo que significa la astucia vital o existencial: una inteligencia práctica para la vida que nos evitará caer en las neurosis contemporáneas (depresiones, ansiedades, fobias) y nos procurará paz mental, tranquilidad y alegría. Examino también una de las principales reglas de la astucia: no revelar nuestras intenciones y nuestros planes. Analizo los rasgos de la personalidad astuta en el trato con los demás. Aprenderemos los fundamentos del «saberse relacionar»; de elegir correctamente a nuestros amigos y conservarlos; de evitar a los fracasados; de saber manejar a las personas tóxicas. Examinaremos todo lo concerniente al tema de la reputación, la comunicación verbal y no verbal, la persuasión e influencia; algunas formas de sembrar ideas en la mente de los otros; veremos el arte de la insinuación y aprenderemos a ganarnos su voluntad. Finalmente, hablaremos de la importancia del sentido del humor en sociedad y conoceremos algunas técnicas (ironía, sarcasmo, imaginación, detalles humorísticos, comparaciones, contrastes) para convertirnos en personas divertidas y agradables.

“Os envío como ovejas en medio de lobos; 
sed, pues, astutos como la serpiente y sencillos como palomas” 
Jesús de Nazaret (Mateo, 10; 16)

Introducción

Con este consejo, Jesús se dirige a sus discípulos al enviarlos a difundir su mensaje en las ciudades de Israel. Extraño consejo que no esperaríamos escuchar de los labios del mismísimo «hijo de Dios» —máxime si se vale de la imagen de la serpiente, primer personaje astuto (y malvado) que encontramos en la Biblia—, y que sin embargo se inscribe en la más pura tradición del Nuevo Testamento. En este episodio, Jesús sabe que envía a sus apóstoles a una misión peligrosa. Sabe que se arriesgan a ser azotados por los sanedrines de las sinagogas, auténticos lobos de la sociedad religiosa de la época. Por eso les recomienda ser astutos como la serpiente, es decir, prudentes, cautos, con esa inteligencia que otorga la sabiduría, pero que —a diferencia de la serpiente del Génesis— no deja de ser noble y honrada. Mucho antes que Jesús, es un griego el primero que le muestra a Occidente una valiosa lección sobre las ventajas del ingenio sobre la fuerza. Ulises —u Odiseo (Ὀδυσσεὺς) si atendemos a su nombre en griego— es uno de los personajes clave de la mitología griega y tan importante como Hércules o Aquiles. 

Sin embargo, a diferencia de estos últimos, Ulises no es ni el mejor guerrero, ni el más fuerte, ni siquiera el más valiente. Con Ulises estamos ante el triunfo de la astucia. Es el héroe pícaro, bribón y taimado que siempre encuentra alguna treta cuando algo va mal; siempre concibe algún invento para darle vuelta a una situación difícil y así ganarle a los más fuertes. La más conocida de sus astucias es la de haber construido un enorme caballo de madera —regalo de los aqueos a los troyanos— en cuyo interior se escondieron treinta escogidos guerreros mientras los demás simulaban poner fin al asedio, argucia que finalmente provocó la caída de Troya. Este es su ardid más conocido, pero es solo una de las muchas tretas y engaños que Homero nos cuenta de su héroe en la Odisea. 

Ulises es, por sus cualidades, el más humano de los héroes homéricos. Sabe engañar y domina la palabra; con ella seduce a todo aquel que se cruza en su camino. Es ingenioso y fecundo en recursos de listeza y perspicacia. En él se encarna el célebre dicho «Más vale maña que fuerza», uno de los principios básicos de la astucia. Si la fuerza es el antagonista externo de la astucia, la impulsividad y la irreflexión son sus enemigos internos. Es muy tentador reaccionar con vehemencia, con indignación, pero casi siempre es contraproducente y perjudicial. La persona astuta se contiene, domina sus impulsos y piensa en una estrategia para lograr sus fines. Va siempre dos pasos adelante, pues lo ha pensado todo con antelación y sabe a cada paso dónde está pisando. 

Ahora bien, aunque la definición que nos da la RAE de astucia es “Agudo, hábil para engañar o evitar el engaño o para lograr artificiosamente cualquier fin”, aquí no entenderemos la astucia como manipulación o maquiavelismo, sino como prudencia, inteligencia, sagacidad y discreción. La diferencia entre una persona astuta y una manipuladora es que la primera no tiene malicia ni egoísmo en su corazón. Mientras que el manipulador parece deleitarse engañando y manipulando a las personas, el astuto solo utiliza sus argucias cuando la ocasión lo amerita y siempre respaldado por la verdad, la justicia y la honradez. 

Los manipuladores suelen ser gente que se aprecia poco a sí misma, por lo que necesitan sentir que tienen a la gente bajo su control y eso los lleva a buscar en todo momento ocasiones para manipular a los demás. Tienen, pues, lo que en psicología se conoce como personalidad narcisista, lo que los hace personas sumamente tóxicas y dañinas. Ser astuto no equivale a ser manipulador. A diferencia del manipulador, que actúa con vileza y egoísmo, la persona realmente astuta siempre juega limpio. Las luchas en las que pelea el astuto las gana con la inteligencia, pero también con la decencia. Quien vence con ruindad, muy pronto cosechará la antipatía y el desprecio de los demás y sus victorias se trocarán finalmente en derrotas. Quien es verdaderamente sagaz, nunca opta por usar armas ilegítimas y mañas prohibidas. 

El manipulador maneja a los otros con trampas y engaños. El astuto —como veremos— sabe que la inteligencia asociada a la generosidad siempre es superior. Mientras que el manipulador está a gusto en la mezquindad y la cobardía, el astuto es noble y no transige con la bajeza. Este no es, pues, un libro más de “psicología oscura” —es decir, de manipulación—, sino que es la primer y única obra que trata sobre la verdadera astucia, misma que se entenderá siempre en relación con la inteligencia práctica, la virtud, la perspicacia y la noble sagacidad. 

En el capítulo I veremos algunas generalidades de la personalidad astuta. 
Hablaremos de la importancia del uso de la razón y la reflexión, de pensar por adelantado y del control de nuestras emociones. 
Veremos en esta primera sección la importancia de la cultura y la indiscutible necesidad de estar bien informado, conservando siempre un sano escepticismo para detectar información falsa (tan común hoy en día). Hablaré, además, de una astucia vital o existencial en el sentido de una inteligencia práctica para la vida que nos evitará caer en las neurosis contemporáneas (depresiones, ansiedades, fobias) y nos procurará paz mental, tranquilidad y alegría. 

En el capítulo II trato el tema de la actitud del individuo astuto en relación a la jerarquía social en la que se encuentra. Analizo la importancia de actuar con la dignidad y la magnificencia de un grande; veremos el uso de los gestos, la mirada, la voz, la postura corporal; hablaremos del uso de amenazas; de cómo ocultar los defectos y callar los propios errores; del uso de las apariencias, de las excusas, de la soberbia y la abyección (dos extremos a evitar). 

En el capítulo III entramos en acción. Examinaremos ahí una de las principales reglas de la astucia: no jugar a juego descubierto, esto es, no revelar nuestras intenciones y nuestros planes. Examinaremos ahí el papel de la suerte; la importancia y el modo de aprovechar las oportunidades que se nos presentan; la conveniencia de tantear el terreno antes de entrar en acción; la exigencia de ser resoluto y, sobre todo, de proceder con audacia; hablaremos también de los compromisos y las expectativas generadas. 

El capítulo IV, el más extenso de todos, analiza los rasgos de la personalidad astuta en el trato con los demás. Veremos aquí los riesgos de aislarse y la conveniencia de ampliar al máximo nuestros círculos sociales; analizaremos la importancia de observar a los demás para comprender su carácter y evitar reacciones indeseadas; aprenderemos los fundamentos del «saberse relacionar»; de elegir correctamente a nuestros amigos y conservarlos; de evitar a los fracasados; de saber manejar a las personas tóxicas. 
Aprenderemos a evitar todas las formas en las que podemos fastidiar a los demás y las maneras para atraerlos y hacerlos nuestros aliados. 
Hablaremos del manejo de los conflictos; de la inconveniencia de la sinceridad absoluta; de la dependencia y la independencia. 
Abundaremos, además, en el tema de las apariencias y el valor de la escenificación astuta. 

El capítulo V prolonga el tema del trato con los demás, pero centrándose en las técnicas existentes para hacer que nazca en los otros el aprecio por nuestra persona. Analizaremos el concepto de «buen dejo»; la noción de «escasez» en el contexto de las relaciones sociales; la importancia de interesarse por los demás; lo relativo a las ofensas, los secretos, las burlas y los rumores. Y examinaremos —por último— todo lo concerniente al tema de la reputación. 

En el capítulo VI y VII analizaremos la comunicación verbal y no verbal, respectivamente. Hablaremos ahí del arte de conversar, analizando para ello la información implícita en los mensajes que emitimos y que recibimos todos los días. Explicaré ahí los cuatro aspectos del mensaje y las distintas formas de interpretarlos; señalaré qué interpretaciones debemos evitar y cuáles debemos privilegiar. Veremos también la mejor manera de salir airoso en una discusión; la mejor forma de hacer una crítica; la llave para sonsacarle a los demás sus secretos y el medio infalible para desarmar a quien está enojado con nosotros. 
En lo que respecta al lenguaje no verbal, aprenderemos a observar e interpretar el lenguaje corporal de los demás; a detectar engaños y mentiras; a cuidar las señales no verbales que mandamos a los demás; y a adoptar una «postura de poder» que transmita confianza y que nos haga sentir también seguridad interior. 

Siguiendo con el tema de la comunicación, el capítulo VIII se centra en las estrategias de persuasión e influencia que el individuo astuto puede utilizar para lograr que los demás colaboren en la consecución de sus objetivos. Veremos la importancia de la generosidad inteligente y su relación con la persuasión; hablaremos de la ley de la reciprocidad y de la conveniencia de otorgar favores y regalos; analizaremos las tesis del «egoísmo psicológico» y la utilidad de centrarse en el interés y la conveniencia ajenos. 
Hablaremos de los beneficios de aprovecharse de la codicia y la avaricia de los demás, y aprenderemos a utilizar en nuestro favor su anhelo innato de ser apreciados. 
Conoceremos también formas de sembrar ideas en la mente de los otros y mañas para hacerles creer que son ellos mismos los que eligen nuestro curso de acción; estudiaremos el arte de la insinuación y aprenderemos a ganarnos su voluntad a través del elogio sincero. 

Finalmente, en el capítulo IX, hablaremos de la importancia del sentido del humor en sociedad y conoceremos algunas técnicas (ironía, sarcasmo, imaginación, detalles humorísticos, comparaciones, contrastes) para convertirnos en personas divertidas y agradables. 

Todo lo que te enseñaré este libro —insisto en esto— ha de hacerse sin malicia. El astuto que tiene malas intenciones nunca lo es tanto, pues a la larga labra su ruina. Ahora bien, la teoría y la práctica son enteramente diferentes. Muchos hay que entienden bien las cosas, pero luego no las recuerdan y mucho menos saben ponerlas en práctica. 
¿No son inútiles en ese caso los conocimientos? Es como tener un tesoro guardado en una caja fuerte que sin embargo no puedes abrir. Los conocimientos que aquí te comparto son fáciles de comprender, pero ponerlos en práctica es más difícil de lo que parece. Por ello tendrás que hacer de este libro tu manual de cabecera y reflexionar una y otra vez sobre las máximas que contiene. Si sus lecciones permanecen frescas en tu memoria, te será más fácil aplicarlas en tu vida y dominar poco a poco el arte de ser astuto. Espero, lector mío, que lo disfrutes y, sobre todo, que te sea de provecho.

Lucas Bracco, 
marzo de 2022.

Conclusión

Hemos llegado al final de este pequeño manual sobre la astucia. Te habrás dado cuenta de algo muy importante: la inteligencia humana, aunque está dada de antemano para todos, es algo que tiene que ser cultivada para hacerse efectiva. En otras palabras, todos somos sagaces y astutos en potencia, pero habrá que razonar, practicar y trabajar con nuestra inteligencia para pasar de la potencia al acto. 

La astucia no es, pues, una cualidad que se da sin más en ciertos individuos. La astucia es un ejercicio, una práctica, un hábito que hay que reforzar y desarrollar todos los días. Su base está en la reflexión y en el conocimiento; en la experiencia y en la sabiduría que vamos acumulando a lo largo de nuestras vidas; en el ingenio y la creatividad que pongamos en nuestras acciones. 

La astucia escoge la maña por encima de la fuerza. Va siempre dos pasos adelante y se pone siempre por encima de las circunstancias. La última y la más paradójica de las lecciones de la astucia es esta: la mejor astucia es la que no se ve. Procura no sentir la necesidad de ser considerado astuto, pues esto es mera vanidad que, además de ser inútil, puede llegar a ser contraproducente pues solo pondrá a los demás a la defensiva. Ser tenido por astuto genera recelo, de la misma manera que ser tenido por inteligente despierta envidias y, en muchas ocasiones, resistencias y antagonismos gratuitos. 

La astucia se puede encubrir muy fácilmente con comentarios humorísticos que tomen por objeto la propia torpeza (y de paso generen cierto humorismo): “Vaya —diremos ante un descuido propio—, creo que me hicieron falta un par de tazas de café esta mañana”; o “Diablos, creo que debo borrar la palabra ‘perspicaz’ de mi currículum”, etc. La astucia es, en definitiva, prudencia, inteligencia práctica a nuestro servicio. Prudencia en el trato con los demás; prudencia al momento emprender algo; prudencia en nuestros pensamientos y en nuestro comportamiento en general. Por ningún motivo has de olvidar que la astucia jamás trata a los demás como un medio. No, ser astuto no equivale a ser manipulador. 

La astucia es sagacidad práctica unida a la nobleza, la virtud y la generosidad. Es solo el astuto, y nunca el manipulador, quien triunfa en la vida. 
“Sean astutos como la serpiente, pero sencillos como palomas”, dijo Jesús a sus discípulos. No es otro el mensaje de este libro.


El Pequeño Libro de La Astucia Estrategias Técnicas y Rasgos De by MensajeSabatino