EL Rincón de Yanka

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lunes, 15 de junio de 2026

JOSÉ ANTONIO RAMOS SUCRE, EL GRAN POETA DEL INSOMNIO Y LA PERFECCIÓN EN PROSA, CUMANÁ, VENEZUELA

 

José Antonio Ramos Sucre (Cumaná, 1890 – Ginebra, 1930). Poeta, ensayista educador, políglota, autodidacta y diplomático venezolano. Es considerado uno de los escritores e intelectuales más importantes de la historia literaria de Venezuela. Sus obras más importantes son La torre de Timón (1925), Las formas del fuego (1929) y El cielo de esmalte (1930).

«La meta es el origen» 
Karl Kraus (de su poema El moribundo)


Preludio

YO QUISIERA estar entre vacías tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada que me cuenta amarguras.
Entonces me habrán abandonado los recuerdos: ahora huyen y vuelven con el ritmo de infatigables olas y son lobos aullantes en la noche que cubre el desierto de nieve.
El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi fantástico asilo; mas yo lo habré escalado de brazo con la muerte. Ellas es una blanca Beatriz, y, de pies sobre el creciente de la luna, visitará la mar de mis dolores. Bajo su hechizo reposaré eternamente y no lamentaré más la ofendida belleza ni el imposible amor.

***
Discurso del contemplativo

Amo la paz y la soledad; aspiro a vivir en una casa espaciosa y antigua donde no haya otro ruido que el de una fuente, cuando yo quiera oír su chorro abundante. Ocupará el centro del patio, en medio de los árboles que, para salvar del sol y del viento el sueño de sus aguas, enlazarán las copas gemebundas. Recibiré la única visita de los pájaros que encontrarán descanso en mi refugio silencioso. Ellos divertirán mi sosiego con el vuelo arbitrario y su canto natural; su simpleza de inocentes criaturas disipará en el espíritu la desazón exasperante del rencor, aliviando mi frente el refrigerio del olvido.

La devoción y el estudio me ayudarán a cultivar la austeridad como un asceta, de modo que ni interés humano ni anhelo terrenal estorbará las alas de mi meditación, que en la cima solemne del éxtasis descansarán del sostenido vuelo; y desde allí divisará mi espíritu el ambiguo deslumbramiento de la verdad inalcanzable.
Las novedades y variaciones del mundo llegarán mitigadas al sitio de mi recogimiento, como si las hubiera amortecido una atmósfera pesada. No aceptaré sentimiento enfadoso ni impresión violenta: la luz llegará hasta mí después de perder su fuego en la espesa trama de los árboles; en la distancia acabará el ruido antes que invada mi apaciguado recinto; la oscuridad servirá de resguardo a mi quietud; las cortinas de la sombra circundarán el lago diáfano e imperturbable del silencio.

Yo opondré al vario curso del tiempo la serenidad de la esfinge ante el mar de las arenas africanas. No sacudirán mi equilibrio los días espléndidos de sol, que comunican su ventura de donceles rubios y festivos, ni los opacos días de lluvia que ostentan la ceniza de la penitencia. En esa disposición ecuánime esperaré el momento y afrontaré el misterio de la muerte.
Ella vendrá, en lo más callado de una noche, a sorprenderme junto a la muda fuente. Para aumentar la santidad de mi hora última, vibrará por el aire un beato rumor, como de alados serafines, y un transparente efluvio de consolación bajará del altar del encendido cielo. A mi cadáver sobrará por tardía la atención de los hombres; antes que ellos, habrán cumplido el mejor rito de mis sencillos funerales el beso virginal del aura despertada por la aurora y el revuelo de los pájaros amigos.

***
El resfrío

He leído en mi niñez las memorias de una artista del violoncelo, fallecida lejos de su patria, en el sitio más frío del orbe. He visto la imagen del sepulcro en un libro de estampas. Una verja de hierro defiende el hacinamiento de piedras y la cruz bizantina. Una ráfaga atolondrada vierte la lluvia en la soledad.
La heroína reposa de un galope consecutivo, espanto del zorro vil. El caballo estuvo a punto de perecer en los lazos flexibles de un bosque, en el lodo inerte.
La artista arrojó desde su caballo al sórdido río de China un vaso de marfil, sujeto por medio de un fiador, e ingirió el principio del cólera en la linfa torpe. Allí mismo cautivó y consumió unos peces de sabor terrizo. La heroína usaba de modo preferente el marfil eximio, la materia del olifante de Roldán.
Un sol de azufre viajaba a ras del suelo en la atmósfera de un arenal lejano y un soplo agudo, mensajero de la oscuridad invisible, esparció una sombra de terror en el cauce inmenso.

***
El tesoro de la fuente cegada

Yo vivía en un país intransitable, desolado por la venganza divina. El suelo, obra de cataclismos olvidados, se dividía en precipicios y montañas, eslabones diseminados al azar. Habían perecido los antiguos moradores, nación desalmada y cruda.
Un sol amarillo iluminaba aquel país de bosques cenicientos, de sombras hipnóticas, de ecos ilusorios.
Yo ocupaba un edificio milenario, festonado por la maleza espontánea, ejemplar de una arquitectura de cíclopes, ignaros del hierro.
La fuga de los alces huraños alarmaba las selvas sin aves.
Tú sucumbías a la memoria del mar nativo y sus alciones. Imaginabas superar con gemidos y plegarias la fatalidad de aquel destierro, y ocupabas algún intervalo de consolación musitando cantinelas borradas de tu memoria atribulada.

El temporal desordenaba tu cabellera, aumento de una figura macilenta, y su cortejo de relámpagos sobresaltaba tus ojos de violeta.
El pesar apagó tu voz, sumiéndote en un sopor inerte. Yo depuse tu cuerpo yacente en el regazo de una fuente cegada, esperando tu despertamiento después de un ciclo expiatorio.
Pude salvar entonces la frontera del país maléfico, y escapé navegando un mar extremo en un bajel desierto, orientado por una luz incólume.

***
Edad de plata

Yo vivía retirado en el campo desde el fenecimiento de mi juventud. Lucrecio me había aficionado al trato de la naturaleza imparcial. Yo había concebido la resolución de salir voluntariamente de la vida al notar los síntomas del tedio, al sentir las trabas y cadenas de la vejez. Yo habría perecido cerca de la fuente del río oscuro y un sollozo habría animado los sauces invariables. Mi cisne enlutado, símbolo y memoria de un eclipse, habría vuelto a su mundo salvaje.
Había dejado de visitar la ciudad vecina en donde nací. Me lastimaba la imagen continua de su decadencia y me consolaba el recuerdo de haber combatido por su soberanía.
Mis nacionales ejercitaban sentimientos afectuosos en medio de la infelicidad y me llamaron del retiro a participar en un duelo general. Rodeaban la familia de una doncella muerta en la mañana de sus bodas.
Yo asistí a las exequias y dibujé el movimiento circular de una danza en la superficie del ataúd incorruptible. Meleagro, el mismo de la Antología, escribió a mi ruego un solo verso en donde intentaba reconciliar al Destino.

***
La vida del maldito

Yo adolezco de una degeneración ilustre; amo el dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que sirve para destruir un mundo abandonado al mal. Imagino constantemente la sensación del padecimiento físico, de la lesión orgánica.
Conservo recuerdos pronunciados de mi infancia, rememoro la faz marchita de mis abuelos, que murieron en esta misma vivienda espaciosa, heridos por dolencias prolongadas. Reconstituyo la escena de sus exequias, que presencié asombrado e inocente.
Mi alma es desde entonces crítica y blasfema; vive en pie de guerra contra los poderes humanos y divinos, alentada por la manía de la investigación; y esta curiosidad infatigable declara el motivo de mis triunfos escolares y de mi vida atolondrada y maleante al dejar las aulas. Detesto íntimamente a mis semejantes, quienes sólo me inspiran epigramas inhumanos; y confieso que, en los días vacantes de mi juventud, mi índole destemplada y huraña me envolvía sin tregua en reyertas vehementes y despertaba las observaciones irónicas de las mujeres licenciosas que acuden a los sitios de diversión y peligro.

No me seducen los placeres mundanos y volví espontáneamente a la soledad, mucho antes del término de mi juventud, retirándome a esta mi ciudad nativa, lejana del progreso, asentada en una comarca apática y neutral. Desde entonces no he dejado esta mansión de colgaduras y de sombras. A sus espaldas fluye un delgado río de tinta, sustraído de la luz por la espesura de árboles crecidos, en pie sobre las márgenes, azotados sin descanso por un viento furioso, nacido de los montes áridos. La calle delantera, siempre desierta, suena a veces con el paso de un carro de bueyes, que reproduce la escena de una campiña etrusca.

La curiosidad me indujo a nupcias desventuradas, y casé improvisamente con una joven caracterizada por los rasgos de mi persona física, pero mejorados por una distinción original. La trataba con un desdén superior, dedicándole el mismo aprecio que a una muñeca desmontable por piezas. Pronto me aburrí de aquel ser infantil, ocasionalmente molesto, y decidí suprimirlo para enriquecimiento de mi experiencia.
La conduje con cierto pretexto delante de una excavación abierta adrede en el patio de esta misma casa. Yo portaba una pieza de hierro y con ella le coloqué encima de la oreja un firme porrazo. La infeliz cayó de rodillas dentro de la fosa, emitiendo débiles alaridos como de boba. La cubrí de tierra, y esa tarde me senté solo a la mesa, celebrando su ausencia.

La misma noche y otras siguientes, a hora avanzada, un brusco resplandor iluminaba mi dormitorio y me ahuyentaba el sueño sin remedio. Enmagrecí y me torné pálido, perdiendo sensiblemente las fuerzas. Para distraerme, contraje la costumbre de cabalgar desde mi vivienda hasta fuera de la ciudad, por las campiñas libres y llanas, y paraba el trote de la cabalgadura debajo de un mismo árbol envejecido, adecuado para una cita diabólica. Escuchaba en tal paraje murmullos dispersos y confusos, que no llegaban a voces. Viví así innumerables días hasta que, después de una crisis nerviosa que me ofuscó la razón, desperté clavado por la parálisis en esta silla rodante, bajo el cuidado de un fiel servidor que defendió los días de mi infancia.

Paso el tiempo en una meditación inquieta, cubierto, la mitad del cuerpo hasta los pies, por una felpa anchurosa. Quiero morir y busco las sugestiones lúgubres, y a mi lado arde constantemente este tenebrario, antes escondido en un desván de la casa.
En esta situación me visita, increpándome ferozmente, el espectro de mi víctima. Avanza hasta mí con las manos vengadoras en alto, mientras mi continuo servidor se arrincona de miedo; pero no dejaré esta mansión sino cuando sucumba por el encono del fantasma inclemente. Yo quiero escapar de los hombres hasta después de muerto, y tengo ordenado que este edificio desaparezca, al día siguiente de finar mi vida y junto con mi cadáver, en medio de un torbellino de llamas.

***
A UN DESPOJO DEL VICIO

Pábulo hasta entonces de la brutalidad, ignorante de la misericordia y del afecto, caíste en mis brazos amorosos tú, que habías caído y eras casta, reducida por la adversidad a lastimosa condición de ave cansada, de cordero querelloso y herido. Interrumpida por quejas fue la historia de tu vida, toda dolor o afrenta. Expósita sacrificada a algún apellido insigne, fuiste recogida por quien explotó más tarde tu belleza. Ahora pensabas que tu muerte sería pública, como tu aparición en el mundo; que algún día vendría ella a liberarte de tus enemigos, la miseria, el dolor y el vicio; que la crónica de los periódicos, registrando el suceso, no diría tu nombre de emperatriz o de heroína, sustituyéndolo por el apodo infamante.

Agobiaba tu frente con estigma oprobioso la injusticia; doblegaba tus hombros el peso de una cruz. Cerca de mí, dolorosa y extenuada, hablabas con los ojos bajos que, muy rara vez levantados, dejaban descubrir, vergonzosos, ilusión de paraísos perdidos de amor.

Tanto como por esos pensamientos, se elevaba tu queja por la belleza marchita casi al comienzo de la juventud, por la mustia energía de los músculos en los brazos anémicos, por los hombros y espaldas descarnados, propicios a la tisis, por la fealdad que acompañaba tu flaqueza… Era la tuya una queja intensa, como si estuviera aumentada por la de antepasados virtuosos que lamentaran tu ignominia. Era la primera vez que no la sofocabas en silencio, como hasta entonces, a los cielos demasiado lejanos, a los hombres demasiado indiferentes. Y prometías recordar y bendecirme a mí, a aquel hombre, decías, el único que te había compadecido, sin cuya caridad te habrías encontrado más aislada, que tenía los brazos abiertos a todas las desventuras, pues fijo como a una cruz estaba por los dolores propios y ajenos. Por no afligirte más, te dejé ignorar que yo, soñador de una imposible justicia, iba también quejumbroso y aislado por la vida, y que, más infeliz que tú, sin aquel afecto que moriría pronto contigo, estaría solo.

***
Entonces

Sueño que sopla una violenta ráfaga de invierno sobre tus cabellos descubiertos, oh niña, que transitas por la nevada urbe monstruosa, a donde todavía joven espero llegar, para verte pasar. Te reconoceré al punto, no me sorprenderán tu alma atormentada y exquisita, tu cuerpo endeble ni tu azul mirada; he presentido tus manos delicadas y exangües, he adivinado tu voz que canta y tu gentil andar. El día de nuestro encuentro será igual a cualquiera de tu vida: te veré buscando paso entre la muchedumbre de transeúntes y carruajes que llena con su tumulto la calle y con su ruido el aire frío. La calle ha de ser larga, acabará donde se junten lejanas neblinas; la formará una doble hilera de casas sin ningún intervalo para viva arboleda; la harán más tediosa enorme edificios que niegan a la vista el acceso al cielo. Lejos de la ciudad nórdica estarán para entonces los pájaros que la alegraban con su canto y olvidado estará el sol; para que reine la luz artificial con su lívido brillo, la habrán sepultado las nubes, cuyo horror aumenta la industria con el negro aliento de sus fauces.

Entonces y allí será la última hora de esta mi juventud transcurrida sin goces. Habré ido a experimentar en la ciudad extraña y septentrional la amargura de su despedida y el desconsuelo de su eterno abandono. Para sufrir el ocaso de la juventud ya estaré preparado por la partida de muchas ilusiones y el desvanecimiento de muchas esperanzas. En mi memoria dolerá el recuerdo de imposibles afectos y en mi espíritu pesará el cansancio de vencidos anhelos. Y ya no aspiraré a más: habré adaptado mis ojos al feo mundo, y cerrado mi puerta a la humanidad enemiga. Mi mansión será para otros impenetrable roca y para mí firme cárcel. Estoico orgullo, horrenda soledad habré alcanzado. En torno de mi frente flotarán los cabellos grises, cual la ceniza de huérfanos hogares.

De lejos habré llegado con el eterno, hondo pesar, el que nació conmigo en el trópico ardiente y que me acompaña como conciencia de vivir. Un pesar no calmado con la maravilla de los cielos y de los mares nativos perpetuamente luminosos, ni con el ardor ecuatorial de la vida, que me ha rodeado exuberante y que sólo en mí languidece. Los años habrán pasado sin amortiguar esta sensibilidad enfermiza y doliente, tolerable a quien pueda tener la única ocupación de soñar, y que desgraciadamente, por el áspero ataque de la vida, es dentro de mí como cuerda a punto de romperse en dolorosa tensión. La sensibilidad que del adverso mundo me hace huir al solitario ensueño, se habrá hecho más aguda y frágil al alejarse gravemente mi juventud con la pausada melancolía de la nave en el horizonte vespertino.

Al encontrarte, quedaremos unidos por el convencimiento de nuestro destierro en la ciudad moderna que se atormenta con el afán del oro. Ese día, demasiado tarde, el último de mi juventud, en que despertarán, como fantasmas, recuerdos semimuertos al formar el invierno la mortaja de la tierra, será el primero de nuestro amor infinito y estéril. Unidos en un mismo ensueño, huiremos del mundo, cada día más bárbaro y avaro. Huiremos en un vuelo, porque nuestras vidas terminarán sin huellas, de tal modo que éste será el epitafio de nuestro idilio y de nuestra existencia: pasaron como sonámbulos sobre la tierra maldita.

*


El 9 de junio de 1890, nació en Cumaná José Antonio Ramos Sucre, una de las mentes más brillantes, complejas y vanguardistas de la literatura venezolana. Ramos Sucre no escribía como los demás. Creó un universo propio a través del poema en prosa, caracterizado por una precisión matemática, una atmósfera misteriosa y un dolor profundo que arrastraba a causa de su insomnio crónico.
Dominaba más de diez idiomas, fue diplomático, educador y un autor de culto adelantado a su época. Sus obras como La torre de Timón y Las formas del fuego siguen deslumbrando a quienes buscan una literatura sin concesiones.
Hoy recordamos al genio cumanés que transformó la palabra en una obra de arte eterna.

Jose Antonio Ramos Sucre by Raul Cota


La Formas Del Fuego José Antonio Ramos Sucre 1929 2 by Ale Paiva


domingo, 14 de junio de 2026

LIBRO "REYES Y VASALLOS" por CAPITÁN GENERAL DE LOS TERCIOS ⛨⚔🕀


REYES Y VASALLOS
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Prólogo 

Esta novela que tiene usted entre las manos es una historia de héroes y villanos, y de aventuras como esas que devorábamos de niños, solo que sin los exotismos latitudinales a que nos acostumbraron los Salgaris y los Vernes, porque el viaje de nuestro autor no es geográfico, sino histórico. 

Y por eso, porque es una excursión histórica, hay algo que advertir: el discurso dominante, que afirma el relativismo cultural en la geografía lo niega, en cambio, en el tiempo. Se llena las fauces de pomposas censuras a su propio pasado en nombre de unas creencias que, con afectados aspavientos, rechaza aplicar a otras culturas a las que se siente indigno de juzgar. Y desde su autoarrogado olimpo moral emite fetuas a discreción, seguro de que su veredicto moral es —curiosa afirmación relativista— infalible. 

Se trata, en realidad, de una mal disimulada patología en nada disminuida por su éxito. Patología también por pueril: si Walter Lippman definió en su día al marxismo como «la historia contada por un niño», la versión progre lleva décadas empeñada en demostrarnos que ese niño es, además, tonto y caprichoso. 

La historia es un ejercicio de empatía. Lo primero que exige es capacidad de entender que los hombres de otro tiempo, incluso si se comparten valores esenciales con ellos, tenían distintos intereses, diversas esperanzas, diferentes temores. Que cualquier tiempo pasado no necesariamente fue mejor, y que hay mucho de melancolía inducida en creerlo así. Quienes desfilan por estas páginas vivieron en una sociedad en extremo violenta, enfermaron sin remedio a edades mucho más tempranas que las nuestras, perdieron los dientes antes de los cuarenta y estuvieron frecuentemente malnutridos y encadenados a un trabajo extenuante. El frío en invierno resultaba insoportable —sí, más o menos como ahora, pero sin calefacción— y el calor del verano era en verdad opresivo, también más o menos como ahora. Tenían sus canciones, claro, y sus poesías, contaban los días por los santos de la fecha y cultivaban un sentido comunitario, pero apenas sabían leer y escribir, aunque no es que les importase demasiado. El horizonte de sus vidas no se extendía mucho más allá de la comarca y, quien más y quien menos, perdió un par de hijos y quizá alguna esposa en el parto o algún marido en las aceifas. 

¡Las aceifas! Los castellanos y leoneses vivieron aterrorizados por las expediciones procedentes del mediodía. Un verano tras otro, en las planicies semidesiertas del Duero, aquellos hombres orgullosos de su libertad aguardaron la cita periódica con los guerreros de la media luna, a la espera de la devastación de sus campos y hogares. Eso fue su vida en las lindes de los reinos cristianos: una eterna incógnita presidida por la certeza de lo fatal. 

Esta novela es, entre otras cosas, la historia de la vida y de la muerte en la frontera, historia por la que desfilan desde el moro Muza y don Rodrigo hasta Abderramán y Sancho Ramírez, pasando por el Cid y Alfonso VI. Y un tal García de Zamora, al que una de aquellas expediciones caniculares arrojó al vértigo de la guerra; y hasta ahí les cuento, que no se lo voy a destripar. En la frontera, como queda dicho, porque eso fue nuestra península durante los largos siglos en que nos afanamos por expulsar a los invasores muslimes que, desde su misma irrupción, percibimos como extraños. Solo el tiempo nos reveló que eran algo más que eso, y que traían como novedad lo que no era sino el reverso tenebroso de las viejas herejías (mal digeridas, encima) que un día excretamos de nuestra infancia cristiana. 

Tampoco es casualidad que sea nuestro autor quien nos acerque precisamente estas historias. Toda novela tiene algo —mucho— de autobiográfico, y él vive en su particular desierto del Duero en compañía de esa creciente legión de camaradas que a estas horas anda velando armas junto al Capitán General de los Tercios.

El autor, como la propia España, parece haberse hecho frontera, y en este caso el término no es una socorrida figura retórica. España, cuando dejó de serlo, volvió a buscarla navegando en cien mares y atracando en cien riberas. Replegada sobre sí, ha recobrado esa condición limítrofe que parece constituir su destino histórico y, otra vez, en su propio hogar. Y contra idénticos invasores; invasores que, para qué os lo voy a recordar, han hallado en nuestros días sus don Opas y sus hijos de Witiza, que además lo son de mala madre. 

Este Capitán General de los Tercios, fogueado en mil batallas, esgrime también en estas páginas su ropera, que no esperen desenvaine sin razón ni envaine sin honor. De él también cabe decir lo que se atribuye a uno de los protagonistas de esta vibrante narración: Dios, qué buen vasallo si hubiese buen señor. 

De momento, aquí tienen un buen libro —que no es poco— trazado por un guerrero del único señor terrenal que merece lealtad: España. 

Se lo van a pasar bien. Así que olviden sus prejuicios y prepárense para la inmersión.
Fernando Paz

Antecedentes históricos 

La sociedad española de los siglos viii al xiii se había organizado para la guerra. Nunca hubo un armisticio general y duradero entre moros y cristianos en lo que era la línea de la frontera, sino solo paces o acuerdos, siempre frágiles. 

Durante casi trescientos años la antigua Hispania romana estuvo dominada por los visigodos, una de las belicosas hordas germánicas que arrasaron el Imperio romano, quienes se instalaron en la península y cuyas numerosas luchas internas por el poder marcaron toda su historia. Fue tras la muerte del rey Witiza (710 d. C.) cuando estalló la última guerra por la sucesión al trono. El difunto rey había asociado a su hijo Aquila al trono, pero los nobles visigodos se sublevaron contra este y eligieron rey a don Rodrigo, duque de la provincia Bética, quien intentó someter a su rival. Los partidarios de Aquila solicitaron la ayuda de los musulmanes, lo que propició la llegada a la península de contingentes militares venidos del norte de África. 

En el año de Nuestro Señor de 711, el valí de Ifriqiya, Musa ibn Nusayr, envió a su lugarteniente Tarik ibn Ziyad para ayudar a la facción de Aquila. A finales de abril, Tarik cruzó el estrecho de Gibraltar acompañado por unos siete mil bereberes y un escogido grupo de árabes. Rodrigo, que se hallaba en Pamplona combatiendo una sublevación de vascones, se dirigió a su encuentro. El caudillo visigodo se enfrentó a las tropas musulmanas en la batalla de los montes Transductinos, en la bahía de Algeciras, cerca de la laguna de la Janda, y allí encontró la muerte. La victoria se decantó del lado de los musulmanes, quienes se prepararon para proseguir con su expansión. Esta fue la única oposición militar de importancia que tuvieron que superar los invasores, hecho que pone en evidencia el estado de descomposición política del reino visigodo de Toledo, que había dejado de existir como unidad política y económica antes de la muerte de Witiza, cuando la aristocracia militar visigoda había promovido un proceso de disgregación territorial que conducía directamente a la feudalización. 

Tras la batalla, una masa de población descontenta se fue uniendo a los musulmanes, a quienes consideraron libertadores. Se deshicieron rápidamente de Aquila e iniciaron la conquista de la península provincia a provincia, acabando con cualquier oposición militar o bien pactando la rendición, la práctica más habitual, pues, en la mayoría de los casos, los nobles visigodos y las poblaciones aceptaron el gobierno de la Umma. Tarik ocupó la capital del reino, Toledo, y prosiguió la campaña por su cuenta hacia el norte de España, llegando hasta León y Astorga. Al conocer la situación, Musa ibn Nusayr desembarcó personalmente en Algeciras al mando de un ejército de dieciocho mil árabes y emprendió la conquista de varias plazas de Andalucía; después se dirigió hacia la Lusitania y tomó Mérida. En Astorga, Tarik recibió la orden de su superior de reunirse con él en Toledo, desde donde se dirigieron a Zaragoza, que fue tomada en el año 713. 

Sus avances prosiguieron más allá de los Pirineos, hasta que fueron detenidos por las tropas del rey franco Carlos Martel en la batalla de Poitiers (732). El ejército musulmán regresó a al-Ándalus, nombre que dieron a la antigua España visigoda, donde se instalaron. La capital sería Córdoba, que con el tiempo se convertiría en uno de los centros más importantes en el ámbito político, económico y cultural de toda la Europa occidental, y rivalizaría con las grandes ciudades orientales como El Cairo o Bagdad. Fue allí, en Córdoba, donde se distribuyó entre los combatientes las tierras que formaban parte del botín. Solamente la cornisa cantábrica quedaba fuera del control directo de los musulmanes. 

Los diferentes clanes árabes, bereberes y pertenecientes a otras etnias (sirios, egipcios) se esparcieron por toda la geografía hispana. Los grupos bereberes se instalaron en el sur de Portugal, en Sierra Morena y en la franja de levante de la península. Los clanes orientales —árabes y sirios— se establecieron especialmente en los valles del Ebro y del Guadalquivir. Tal componente étnico marcó el posterior desarrollo histórico de al-Ándalus, sobre todo con enfrentamientos entre árabes del norte y árabes del sur. 

Los musulmanes se emparentaron con las familias nobles locales de las diferentes provincias. Más adelante, organizaron su gobierno imponiendo su religión, sus costumbres, leyes… de forma que la antigua organización social fue totalmente suprimida. La población quedó compuesta por una mayoría mozárabe, judíos, además de musulmanes que iban llegando a la nueva tierra del islam. 

Volvamos un momento a la conquista de la península por parte de los musulmanes. Durante la invasión árabe, muchos hispanorromanos y visigodos se refugiaron en las montañas de la cornisa cantábrica y formaron el único núcleo de resistencia ante los invasores. 

El primer movimiento independiente fue obra de las tribus montañesas de los Picos de Europa y el valle del Sella, que procuraron huir del control de los impuestos musulmanes; estos, por su parte, habían montado un sistema de fortalezas para evitar los saqueos frecuentes de estas tribus, que buscaban botín en el altiplano del Duero, actividad que había constituido desde siempre una base importante de su economía. La batalla de Covadonga (722) hay que situarla dentro de este contexto. El noble visigodo don Pelayo diezmó a los musulmanes ayudado por las feroces tribus montañesas astures. A partir de aquí comenzó lo que los historiadores han denominado Reconquista, un periodo de casi ocho siglos de duración. 

La resistencia cristiana se formó en las dos cordilleras septentrionales de la península, lugares donde los musulmanes no se habían adentrado por su inaccesibilidad: serían el reino astur-leonés en la cordillera Cantábrica y Navarra, Aragón y los condados catalanes en los Pirineos. 

El reino de Asturias fue el núcleo cristiano más importante hasta el siglo x por su extensión, su fuerza económica y su estructura política. Asturias se extendió tanto que de él surgieron los reinos de León y Galicia, siendo el primero el más importante. En el año 854 la capital se trasladó de Oviedo a León. Los reinos cristianos fueron avanzando cada vez más hacia el sur.

Los musulmanes realizaban frecuentes campañas militares contra los reinos del norte, donde casi siempre eran más fuertes y salían victoriosos, pero sin acabar con su amenaza. Navarra y León solían unir sus fuerzas para poder responder a los ataques musulmanes, lo que indicaba la peligrosidad de la frontera en la zona oriental de León. Este territorio, gracias al conde autóctono Fernán González, logró desvincularse de León y formar un reino aparte, Castilla, que, con el tiempo, llegaría a ser el más importante de toda la península. La peculiaridad castellana provenía sobre todo de su forma de luchar (caballería villana), no teniendo que dirigirse al rey leonés para sus campañas. 

En el año 1000 aparecieron Almanzor y su hijo Abd al-Malik. Almanzor, utilizando la yihad como herramienta política y económica de primer orden, efectuó expediciones militares de manera regular (razias) contra los reinos cristianos del norte hasta hacerlos retroceder. Saqueó Barcelona (985) y Santiago de Compostela (997), obligando a sus prisioneros a llevar las campanas de la catedral de Santiago a hombros hasta Córdoba. 

En la zona nordeste de la península, el imperio de Carlomagno quiso resguardarse de la posible penetración de los musulmanes e intentó invadir el valle del Ebro, donde los musulmanes se habían establecido sólidamente. Inició una expedición hacia Zaragoza que acabó con la desastrosa derrota de Roncesvalles (778). Pero en esa campaña logró someter a vasallaje a los condados que limitaban con él en el norte de la península, fundando la Marca Hispánica. 

La superioridad de los reinos cristianos se afianzó cuando la unidad política estatal musulmana comenzó a fragmentarse a causa de la formación de diversos reinos independientes de Córdoba, los denominados reinos de taifas, militarmente poco potentes. En un principio, los reinos cristianos se conformaban con no atacar a cambio del pago de fuertes impuestos o parias, que, por otro lado, no evitaban los constantes saqueos practicados por nobles y municipios de la frontera. El dinero que recibieron los cristianos fue dedicado en gran parte a la contratación de mercenarios y se hizo una transformación de la caballería. Hasta el momento las huestes cristianas habían estado formadas por infantes o levas (casi siempre campesinos-guerreros de frontera) y por una caballería ligera de nobles o villanos. La introducción de los estribos, las herraduras y las armaduras en los caballos permitió una mejor montada y el uso de un equipo de combate más completo; se impuso una nueva caballería pesada que decidía las batallas en compactos ataques frontales. 

Ante el imparable avance militar cristiano, los reinos de taifas se vieron obligados a pedir la ayuda del Imperio almorávide norteafricano. A partir del año 1083 la tribu islámica de los almorávides cruzó el estrecho de Gibraltar y comenzó a extender su poder por todas las taifas peninsulares, hasta acabar dominándolas. 

La Reconquista de España estaba en su momento álgido. Los diferentes reinos iban a comenzar una etapa de expansión territorial. En todos ellos, en mayor o menor grado, se había producido un proceso de feudalización que tendía a poner el control de las rentas en manos de una minoría nobiliaria o eclesiástica y a confundir propiedad y poderes públicos.


Reyes y Vasallos. Con Capitán General de los Tercios

sábado, 13 de junio de 2026

POEMA "CANTO AL RÍO DE MI INFANCIA" por PASCUAL VENEGAS FILARDO

Canto  al  río  de  mi  infancia 

Eres siempre mi río, el río de mi infancia, 
el río de mi primer amor, con tus mismas palmeras,
 con su macuto verde y su tipicare  gris, 
donde los duendes son el alma de los bosques,
 y una niña encantada se convirtió en flor. 

Quisiera ser a un niño para tocar tus aguas; 
para sentir el beso de tu fresca corriente, 
y hundir el pie desnudo en tus arenas cálidas; 
tomar entre mis manos un arisco corroncho, 
y sentir en mis plantas tus filosos guijarros. 

Te recuerdo remoto, cuando en busca del pozo,
los muchachos del barrio, no teníamos distancias, 
y allí estás intacto, ¡oh río rumoroso!, con sus escasas aguas, 
con tu lecho caldeado y tus mismas palabras, 
tus mismas lavanderas, tus piedras azuladas. 

Eres hoy como ayer, el río de mi infancia. 
Allí está tu triste causa, la cariñosa fronda 
de tus antiguos árboles, tus mañanas radiantes, 
el mismo viento mueve las veredas erguidas,
 el agua tiene exacto aquel rumor de entonces, 
el tiempo no ha tocado tu fluvial armonía.
Eres... Serás siempre... el río de mi infancia.

ESTE ES EL RÍO DE MI INFANCIA: 
RÍO A MARISQUEIRA, 
ALMEIRAS, CULLEREDO, GALICIA, ESPAÑA



Pascual Venegas Filardo - Viajeros a Venezuela en Los Siglos XIX y XX by Chjalmar Ekman