EL Rincón de Yanka

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sábado, 23 de febrero de 2019

LIBRO "MEMORIAS DE LOS ANDES: 45 AÑOS DESPUÉS" 🗻 LA INTERPRETACIÓN DE LA REALIDAD



El mundo como puro objeto es algo que no existe. 
No es una realidad exterior a nosotros, por la cual existamos... 
Es un misterio viviente y autocreador del que yo mismo soy una parte, 
y hacia el que no tengo otra puerta que yo mismo.
Cuando encuentro el mundo en mi propio fundamento, 
resulta imposible alienarse en él. 
Thomas Merton

Cuando sueñas solo, sólo es un sueño; 
cuando sueñas con otros,es el comienzo de la realidad. 
Hélder Cámara

“El que busca la vida encuentra la forma, 
y el que busca la forma encuentra la muerte”

"Dicen los que saben que la interpretación de la realidad es la realidad. Al menos, la realidad de los hombres. Es decir: no hay tanto un “conocer” una realidad más allá de nosotros (un conocer que se liga al “dominar”), sino una interpretación (individual, colectiva) de ella. Dicha interpretación, según los entendidos, a su vez, y de maneras misteriosas, constituye y genera lo real, y nos hace partícipes, como en una danza, delo que va “siendo”. Lo antedicho nos libera de percibirnos tan solo como víctimas o victimarios, fieles o traidores, de eso que llamamos realidad objetiva. Esto tranquiliza un poco. Es que hacerse cargo de la Realidad (así, con mayúsculas) para captarla (engullirla) en su totalidad y, de esa forma, dominarla, es demasiada presión para nuestras pobres humanidades. Uno hace lo que puede, no lo que no puede, y, en verdad, me gusta la idea de que uno interpreta y, sobre esa interpretación, mueve su mundo y, a partir de mover su mundo, mueve al mundo. 

Chesterton decía que el poeta quiere ubicar su cabeza en el cielo y que el hombre racional quiere ubicar el cielo todo en su cabeza, por lo cual ésta explota. Uno participa de lo real como la cabeza del poeta participa del cielo, y esa participación tiene la medida de nuestra propia vivencia personal y comunitaria. Digamos que ese espacio de participación, circunscrito a nuestro lugar en un “cielo” que nos trasciende, es el punto a partir del cual moveremos el universo. No es el “todo” lo que nos corresponde como humanos que somos. Sí lo es el “algo”: lo que nos toca en nuestro punto de poder. Viene al caso lo anterior a la hora de escribir acerca de lo que es interpretar la realidad. Y apunta a una forma de vivir el poder y lo poderoso del liderazgo (o de lo que sea) “en”, “desde” y “a partir de” la realidad y no “sobre” ella.
Lo que significa “interpretar” lo que “hay”, donándole a lo “real” nuestros mejores sueños, no sólo nuestras pesadillas.
Hablamos acá de interpretar la realidad con un “para qué” y un “desde dónde” específico, no una interpretación en el aire, que no tenga raíz en el interpretador concreto del caso. Interpretamos en clave de una estructura precedente, un deseo, una escala de valores o una función determinada que nos marca una tarea. Por ejemplo, en este capítulo el tema es el liderazgo y la interpretación de la realidad, no otra cosa, y es por allí que enfocamos el tema, interpretándolo en esa clave.Insertos en esa estructura que precede a la interpretación de la realidad, están nuestros sueños, nuestros deseos ocultos o no, nuestros dolores, miedos, rencores,amores, tradiciones, genes… La interpretación está constituida, teñida y sesgada por todo esto. Por eso es bueno conocernos lo más posible a la hora de interpretar, para que aquello que nos habita no cierre las puertas a lo nuevo, a la alteridad, a lo que lo otro nos trae, al misterio...
"No tenemos en nuestras manos la solución del mundo, pero para los problemas del mundo contamos con nuestras manos. Cuando el Señor de la Historia venga, nos mirará las manos". Mamerto Menapace
La tragedia de los Andes es un profundo ejemplo de lo que es, de manera trascendente, interpretar la realidad. Una realidad tallada, también, por un deseo hondo, un sueño, un eco de nosotros mismos que le da un sentido al camino, y una energía a veces gigantesca. Eso hizo Nando Parrado: a la realidad implacable de la montaña le insufló y agregó la energía de su deseo de llegar lo más cerca posible de su hogar, marcándole a la muerte algunas condiciones, sin quedarse sentado a esperarla.Aun cuando no hubiesen llegado, el éxito de los dos estaba asegurado desde el momento en que decidieron marcar el cómo de su morir en vez de esperar la llegada del final, abrumados por lo imponente del obstáculo que los enfrentaba. 

Entiendo que este tipo de actitud nos hace capaces de ser libres aun en las peores circunstancias. No es un negar esas circunstancias sino, en todo caso, hacer algo con ellas teniendo siempre algo que ofrecerle a lo que el destino nos marca. Eso hizo Nando Parrado junto a su amigo Roberto Canessa, y de allí que elija su vivencia como una muestra de lo que es ser un interpretador de lo real sin que eso signifique ser objeto pasivo de“eso” llamado “realidad”. No ser un “algo” frente a lo real sino un “alguien”, en una relación sujeto-sujeto con el mundo. Cuando eso pasa, no hay derrota posible más allá de lo que sean los resultados del caso. Y el destino se transforma en inicio del camino, no en su final. 

La realidad es vista como una autopsia, más que como un proceso vivo. Los hechos se nos presentan como una cordillera implacable, y sus detalles se señalan en forma de minuciosos mapas del desasosiego. Como si sacáramos una foto de una herida y, obviando la posibilidad de la cicatrización, llamáramos realidad a lo que se ve en la imagen congelada. Así percibida, la realidad se nos impone como tragedia y no como drama. Es sabido que la tragedia tiene un final cerrado e inexorable, mientras que el drama tiene un final abierto. Si nos fijamos bien, veremos que las lecturas de la realidad se dan en el marco de estas dos opciones de abordaje. La tragedia abate, roba el coraje y… nos niega la fuerza de la vida antes de ponerla en juego. 

El drama es un final abierto y siempre algo tenemos para aportarle, aunque más no sea un ir caminando hacia donde el corazón nos indica, a modo de lo que hizo Parrado. Como dije antes, el deseo profundo no se subordina a la probabilidad de alcanzarla meta. Es algo diferente, sobre todo cuando lo que se desea es un “caminar hacia” más que llegar (el llegar, si se da, se da por añadidura). En ese contexto, ir yendo ya es llegar. Parrado no traicionó su deseo de llegar a su hogar. Su caminar a través de los valles helados fue posible por lo que “caminó” dentro de sí para encontrar lo más profundo de su deseo de vivir. Llegara o no, él caminaría en esa dirección. Reitero la idea central y, ami gusto, más importante: en ese caminar y no tanto en el arribar estaba su éxito". 

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La extraordinaria e incomparable historia de la tragedia de los Andes que sobrepasa también, a los propios supervivientes resulta inefable, y que necesita un tiempo para irlo comprendiendo un poco... Como todo acontecimiento o vivencia que se experimenta particularmente o en grupo. 

¿Cómo se puede explicar después de tanta tragedia, de tanta muerte, de tanta desolación, que dieciséis jóvenes hayan sobrevivido? ¡Es inaudito! ¡Es inenarrable! ¡Es increíble! 

No es verdad lo de las sendas cordilleras, de que cada uno tuviera su cordillera. Todos juntos vivieron o convivieron con esa misma cordillera. Hay diferentes perspectivas como todo fenómeno que se perciba desde cada uno. Pero todos juntos se necesitaban para seguir viviendo. Todas las referencias personales forman un todo. Nada se contradice unas de otras. Todas forman parte de la visión y de la realidad. Por ejemplo, de que algunos formaran parte de un equipo de rugby y otros no. Que unos se conocían muy bien y otros no. Todo eso ayudó al bien común de sobrevivir. Cada persona colaboró, conformó y logró la gran proeza de vivir. Cada anhelo, cada corazón, cada deseo individual de voluntad conformó la misión salvadora. La gran gesta de Nando Parrado y Roberto Canessa fue fortalecida por el sentipensamiento colectivo y por la poderosa oración, de sus compañeros y de sus familiares. Ellos no estaban caminando sólos. Ellos caminaban animados por una gran presencia de pertenencia. No estaban sólos. 

No hay nada más salvador que el amor unido. Somos energía de comunión que alienta, que anima, que logra seguir viviendo. Somos esperanza animada y humanada. En medio de tanta tragedia, surgieron tantos milagros. Ahí está la prueba: dieciséis sobrevivieron y no se puede explicar. El gran misterio de la vida...

Memorias de los Andes: 
45 años después 
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Jose Luis Inciarte

José Luis Inciarte, "Coche", relata el viaje espiritual y emocional que realizó durante los setenta y dos días que estuvo malherido y perdido en los Andes chilenos.

En ese mosaico irrepetible de la sociedad que formaron los sobrevivientes de los Andes en el Valle de las Lágrimas, en 1972, siempre me sorprendió " cuando los escuchaba y escribía sobre ellos " la actitud y el rol de Coche Inciarte, calando hondo en la condición humana. Lo conocía de antes y terminé de conocerlo después.

Los diferentes puntos de vista convergían para conformar un mosaico humano difícil de advertir a simple vista: si algunos aportaban la energía, la fuerza, la creatividad, la esperanza, el coraje, el tenaz apego a la vida, Coche tuvo el talento suficiente para aportar el combustible más simple y más difícil, el antídoto para el infierno: la ternura.

Se requiere un temple muy especial para compadecerse de otros, cuando la vida se te escapa día a día, minuto a minuto. Incluso, en el caso de Coche, con fecha de vencimiento: la Nochebuena del 72, como él lo había dispuesto.

Este libro refleja, con palabras e ilustraciones, de la manera más genuina, al Coche de la montaña, tal como lo recuerdan y fundamentalmente lo sienten los otros sobrevivientes. Cuando alguien, las más de las veces del grupo de los jóvenes, se quebraba, ahí aparecía, como una sombra protectora, la presencia sólida y mística de un hombre bueno: esos que mueven montañas, o, en su caso, hacen que el que se quiebra vuelva a erguirse, movido por su naturaleza inspiradora.

El estilo de Coche es su espejo: fuerte y dulce, rotundo y suave. No utiliza el texto o las ilustraciones para embellecer la realidad: el autorretrato es bello en sí mismo.

Con él, el lector aprende una lección imperecedera, que se la lleva en el corazón: si en una situación al borde de la explosión, Coche o su evocación, están a su lado, no todo está perdido.

HABLA LA MONTAÑA


¿Quiénes eran, de dónde venían, qué extraña circunstancia los obligó a atravesarme? No lo sé. Esta es la historia transcurrida en mis dominios, más allá de ellos no existe en mi memoria. Al mirarme, nada dijeron, pero en el silencio se acuñó el comienzo de un reproche. Por primera vez, entendía la crueldad de mi destino. Esperaban, día tras día, miraban el cielo aferrándose a una esperanza que se desvanecía en cada atardecer. Luego empezaron a aceptar mis reglas, habían comenzado a hacerse fuertes.

Hay que tener mucha suerte en la vida, con la fecha de siembra, el clima, los cultivos, etc. pero también es cierto que cuanto más trabajo, más suerte tengo.

Lo único que los inspiraba era volver a la familia, a los amigos, nada importaba más que eso. 

Nunca el dolor que sentí por perderlos superó la alegría de haberlos conocido. Reivindicamos a la vida, el coraje, la pasión, el amor, el orgullo; así como la piedad, la misericordia, y sobre todo el amor. Cada cual vive su propia cordillera, la nuestra no es peor que la de los otros.

Antes que llegaran, mi voz era el infinito eco del silencio, era la brisa tenaz venciendo las alturas, era un derrame de nieve en tiempos de deshielo. Ahora, otro sonido se desplaza por el valle. Otra voz retumba entre los picos, es la memoria eterna como el hielo. Inquebrantable como el frío, que perdura en mí como una marca, como un legado de ese grupo de hombres que me ha dejado parte de sus vidas a cambio que nunca los olvide.

No te rindas, por favor no cedas, 
aunque el frío queme,
aunque el miedo muerda, 
aunque el sol se ponga y se calle el viento, 
aún hay fuego en tu alma, 
aún hay vida en tus sueños, 
porque cada día es un comienzo nuevo, 
porque esta es la hora y el mejor momento, 
porque no estás solo, porque yo te quiero.
Mario Benedetti, «No te rindas»

Prólogo

Este libro fue escrito en memoria 
de Gastón Costemalle, mi amigo.

Querido Gordo:


Van cuarenta y cinco años que no te veo. La última vez fue el 13 de octubre de 1972, entrando al avión en el aeropuerto de Mendoza. ¡Vaya que sabrás por las que pasamos en los siguientes setenta y dos días! Tantas veces deseé estar contigo en ese paraíso de paz y felicidad, que imagino es ese lugar donde te encuentras, mientras yo estaba muriendo bajo toneladas de nieve de un infame alud.
Desde ese frío que duele hasta los huesos, pasando por la sed más sórdida y el hambre más genuina, por la angustia y la desesperación, y por sensaciones mucho peores, a través de los amigos se me ha presentado el hombre, como nunca antes lo había conocido. Sometido en forma continua a todo tipo de sufrimiento y humillaciones, ¡es asombroso y gratificante ver con cuánta entereza e integridad es capaz de responder!

Sabedor de lo que es el calor humano que nos salvó de morir congelados, sabedor de la importancia de la vida del otro para nuestra propia supervivencia, he aprendido también, entre otras tantas cosas, que el amor entre los hombres va más allá del sentimiento, está en el comportamiento humano, que luego de aquel pacto, del que fui partícipe y del que me siento tan orgulloso de haber compartido con todos, nos permitió honrar y defender la vida.
Para que el dolor fuera más soportable, le busqué sentido a la vida y aprendí que esta merece vivirse aun en el sufrimiento. Tú y los otros que están contigo merecían un premio en vida, en cambio recibieron la muerte en la montaña y desde entonces existen en la paz.
Pienso que se puede encontrar la paz en vida y, para eso, esta debe transitar por el camino de la felicidad, la cual es necesario merecer; entonces habrá que darse cuenta de cuánto más gratificante es dar que recibir y que el dar no tiene límite.

Hoy tengo más de sesenta años y debo agradecer a la vida por lo mucho que me ha dado. Me casé, tuve hijos y también gozo del placer de ser abuelo.
A ti, querido Gordo, y a los otros que quedaron contigo en la montaña, quiero decirles que los recordamos siempre y que con las obras de la "Fundación Viven" buscamos trascender. Y si te parece que debemos hacer algo más, antes de volver a vernos, ¡házmelo saber!

A ti y a los otros, muchas gracias.
Tu amigo de siempre, Coche



Alfredo Daniel (Pancho) Delgado Salaverri: 

"La Biblia nos dice que en la Última Cena, Jesús compartió su cuerpo y su sangre con sus discípulos.
En ese momento, nos pareció que si Dios existiera, y si Él estaba cerca de nosotros, nuestra única oportunidad de sobrevivir era compartir el mismo tipo de comunión que él (Jesús) había compartido con sus discípulos a tomar el cuerpo y la sangre.
También hicimos un pacto en el grupo que si alguien muere, podríamos usar su cuerpo para sobrevivir".

Conferencia "La condición humana por José luis Inciarte


VER+:


EL MILAGRO DE LOS ANDES



ESTOY VIVO - LA TRAGEDIA DE LOS ANDES

Por primera vez en televisión los 16 sobrevivientes de los Andes 
se reúnen para contar una historia de la cual siempre aparece 
algo nuevo qué aprender.

sábado, 16 de febrero de 2019

EL LEGADO DE LA BIBLIA Y DEL CRISTIANISMO 📘

LA INFLUENCIA DE LA BIBLIA

La influencia que La Biblia ha tenido a lo largo de la historia. Permitió el sustento a la sociedad occidental para formar bases de estilos de vida libre y democrática.
El profesor Murdo Macdonald describió la influencia de Cristo en el desarrollo de los sistemas político democrático, las reformas sociales en cultura y arte. Por lo tanto decir que tuvo gran influencia en la cultura occidental, es también afirmar que la Biblia y hubo esa misma influencia y podemos verla de diferentes aspectos.
La Biblia ha tenido influencia en la literatura: La biblia es una gran obra literaria por sí misma. La versión King James de la Biblia es un monumento más grande de la literatura inglesa, y continua siendo tan popular aun 400 años después de haber sido publicada.
La Biblia ha tenido influencia en otros autores: Shakespeare cito directamente o hizo alusión a 42 libros de la Biblia, cierto autor llego a decir que es imposible entender muchos pasajes de las obras de Shakespeare sin algún conocimiento de la Biblia. “Durante más de 1200 años la Biblia ha sido una fuerza activa en la “literatura inglesa”, habiendo modelado el pensamiento de varias gobernaciones de autores a lo largo de la historia. 

La Biblia ha tenido influencia en los idiomas: la versión King James influyó en la vida y el habla de Inglaterra por más de 300 años, afirman que la publicación de esa Biblia fue “hito en la historia” del idioma. Muchas palabras y frases que aparecieron primeramente en el Nuevo Testamento formaron parte del idioma popular con la influencia enorme y debemos recordar que el ingles es el idioma oficial de muchos países.

La Biblia ha tenido influencia en la música: Hay un a capítulo en el libro The Word of the Lor (La Palabra del Señor) que tiene el siguiente título: “¿que hubiera sucedido si nunca hubiera existido la biblia?” el autor de este capitulo. el Dr. W.Graham Scroggie, hace referencia a muchas de las verdaderamente grandes composiciones musicales que son “el patrimonio de pueblos de Europa Occidental”, y nos recuerda que deben su misma excelencia a la Biblia. Algo que es importante mencionar es que los grandes Himnos de la fe Cristiana, todos le deben su existencia e inspiración a las palabras de la Biblia.

La Biblia ha tenido influencia en el arte: con el termino arte mayormente nos referimos a la pintura de los grandes maestros, apreciados en todo el mundo, podemos mencionar “El Cristo resucitado”, ‘’La última cena” de Miguel Ángel y muchas obras renacentistas con una influencia poderosa de las Escrituras.

Si no fuera por la Biblia estas obras nunca hubieran existido y muchas obras importante no solo en el ramo de la pintura sino también en la escultura.
La Biblia ha influenciado las reformas sociales: En los últimos tres siglos las reformas sociales no solo HAN OCURRIDO por medio de política y actos parlamentarios, si no inicialmente por resultados de principios Bíblicos.

A menudo se ha enseñado que el partido laborista ingles le debe su conciencia social al movimiento metodista y ala enseñanzas de la Biblia. Lo mismo podría decirse del movimiento laborista en otros países de la commonwealht. Sea como fuere, sin duda mucho de los reformadores de esta época, quizás la mayoría, cristianos practicantes creyentes en las enseñanzas humanitarias Bíblicas, podemos hacer mención de algunos como:
  • Jhon Howard (1726-1790), reforma carcelaria
  • William Wilberforce (1780-1833), abolición de la esclavitud
  • Elizabeth Fry (1780-1845),,reforma carcelaria
  • El conde de Shaftesbury (1801-1885), reforma das condiciones laborales
  • George Muller (1805-1898), establecimiento de orfanatorios.
  • Florecía Nightingale (1820-1910), reforme de la intención sanitaria.
  • Sir Wilfrid Lawson (1829-1906), reforma del licor y bebidas
  • Thomas Barnardo(1845-1905), hogares para niños abandonados
Creencias y valores bíblicos han sido esparcidos definido y caracterizado la cultura occidental hasta hace muy poco, las instituciones sociales, políticas tales como la democracia parlamentaria, los sistemas legales, la educación gratuita y universal y libertades de expresión de conciencia de reunión y de prensa. Todo puede ser conectado a sus raíces a las enseñanzas y principios bíblicos que surgieron durante la reforma y se establecieron en la Inglaterra y Europa occidental, cultural mente estaría empobrecida si no fuese por el legado que nos ha dejado la SANTA BIBLIA.




viernes, 15 de febrero de 2019

LIBRO "EL ESCRITOFRÉNICO" Y EN LA BÚSQUEDA DEL OTRO POR RAÚL VELASCO




A diferencia de la mayoría de literatura existente sobre la psicosis, en la que se presenta a la misma como una enfermedad crónica e incurable, planteo, basándome en años de investigación y lo que me parece más importante en mi propia experiencia y en la de otras personas que he tenido la suerte de ir conociendo, un itinerario de recuperación y de curación basado en el conocimiento de aquello que nos hace singulares como seres humanos, con grandes dosis de amor y cuidado hacia el otro y hacia nosotros mismos. 
Conocer nuestras capacidades y nuestras limitaciones, escudriñar las causas que nos han llevado a vivir una crisis de extremo sufrimiento mental, saber hasta donde podemos llegar para no recaer, pero dejando abierta la puerta a la curiosidad y la sorpresa, mirar la vida con la humildad que da el saber que únicamente estamos aquí por un tiempo limitado, sin miedo a modificar aquellos pilares de nuestro ego que han sostenido precariamente nuestro imaginario, para poder así cultivar el cuidado y las relaciones humanas con los que nos rodean. 


Pones en la mesa un debate crucial, la existencia de separación o no entre la locura y la cordura y la pregunta de si hay una continuidad entre ambos estados, que vamos combinando dependiendo del momento en el que estamos. ¿Crees que una vez los lectores lean tu libro, podrán olvidar prejuicios y crear un juicio de valor más acertado? 
Espero que sí, es una de las principales motivos por los que me puse a escribir este libro. Cuando se humanizan los padeceres, cuando se despatologiza la locura, los estigmas caen por su propio peso y lo que quedan son historias reales, contextos reales, causas reales que lo han llevado a uno hasta donde está. Dejas de ver el diagnóstico y empiezas a ver a la persona que había detrás. Me parece delirante que se pretenda aislar de lo social, de lo íntimo, del lenguaje y sus construcciones. Al tratar exclusivamente los síntomas en la mayoría de los casos acabas lapidando un problema de índole biográfico, deshistorizando a la persona y sus experiencias, amordazándola simbólicamente, cuando lo que suele necesitar es comprensión y guía. 

El ensayo nos conduce a través de emociones y sentimientos que nos ponen en la piel de Marcos, de una manera efectiva, enseñándonos su mundo y acercándonos a un problema muy común que la mayoría intenta alejar de su lado, ¿Cómo reconstruye los pilares de su vida una persona que sufre un diagnóstico como éste?
Con mucha ayuda, de eso no cabe duda. Pero de la buena. De la honesta, de la comprensiva, de la amorosa, de la laboral, de la existencial, de la económica, de la despatologizante. Aquella ayuda que le sitúe como protagonista de su historia y por tanto responsable de aquello que hace o deja de hacer, me parece que hay pocas tan terapéuticas. Un ejemplo, actualmente vivimos en una sociedad donde la irresponsabilidad esta institucionalizada, desde la política, la judicatura y la gran empresa privada, hasta el individuo de a pie, parece que nadie asuma sus errores y si los asume no vaya a pagar por ello, así es tremendamente difícil salir de la crisis en la que estamos inmersos como Estado. 

Hablemos de la novela, Marcos después de ser diagnosticado esquizofrénico, vaga sin rumbo, sin esencia, haciéndose miles preguntas, con un mundo roto, y con una idea confusa de cómo reconstruirlo. Entonces conoce a Miguel, psicoanalista retirado, ¿Que supone para Marcos su encuentro con Miguel? 
Pretendí que esta relación supusiera un reencuentro simbólico con la figura del padre, para el caso de Marcos, y con la figura del hijo perdido, para Miguel. Lo cierto es que fuera como fuese se establece entre ellos una relación y un vínculo de verdadera amistad y respeto. Se salvan el uno al otro, porque tienen la posibilidad, sin saberlo, de darle al otro la posibilidad de recuperar “aquello” que falta en sus vidas. Si resulta creíble es porque de “aquello” de lo que hablo es algo que pertenece a lo íntimo, a lo emocional, a esa parcela de sentimientos y miedos que vivimos en silencio. 

La escritura como una terapia efectiva, ¿Qué tiene la escritura para ofrecer esa gran fuerza? 
Lo cierto es que el acto literario sirve para fijar ciertas cosas, que hasta el momento en que la escribimos revoloteban por el inconsciente y por tanto sujetas a sus vaivenes, fuera del campo de lo inefable. De esta forma puede que dejen de incordiarnos, porque nos da la seguridad de haber dejado en el papel ciertas señales que si nos sentimos perdidos puedan ayudarnos a volver a casa. Lo que quiero decir es que hay una especie de exorcización en el acto literario, pues al canalizar y plasmar aquello que nos desconcierta y alimenta nuestros miedos, en muchas ocasiones estos decrecen en intensidad o incluso desaparecen.

Colaboras en el proyecto Radio Nicosia, una plataforma que da voz a personas con problemas psíquicos, psicólogos y antropólogos, ¿puedes hablarnos un poco más de este proyecto?
Podría explicarte mucho de Radio Nikosia porque a mi personalmente me cambio la vida, pero intentaré ser breve. Fue la primera radio en España en importar la idea fundacional de Radio La Colifata de Buenos Aires, que en palabras de Alfredo Olivera sería: “Crear lecho para que fluya el río”. Después de 10 años desde nuestros inicios en radio Contrabanda, somos un referente en la lucha contra el estigma y en la recuperación de los saberes profanos de las personas que han sido deshistorizadas por un diagnóstico de salud mental. Personas como Martín Correa, fundador de la radio, y junto al resto de compañeros hacemos un trabajo de arqueologia del self donde la palabra tradicionalmente negada vuelve a tener un lugar en lo social, en la plaza pública, en la ciudad.



EN LA BÚSQUEDA DEL OTRO

“Si bien se mira, todo es narración. Desde la infancia nos vamos configurando al mismo tiempo como emisores y como receptores de historias, y ambas funciones son estrechamente interdependientes, hasta tal punto que nunca un buen narrador creo que deje de tener sus cimientos en un niño curioso, ávido de recoger y de interpretar las historias escuchadas y entrevistas, de completar lo que en ellas hubiera podido quedar confuso, abonándolo con la cosecha de su personal participación. El desarrollo de nuestras aptitudes narrativas depende así, en gran medida, de cómo hayan sabido espolearlas en esa edad primera los buenos narradores de nuestro próximo entorno, encargados de atizar y mantener encendida la llama de la santa curiosidad infantil, y a quienes, de una manera más o menos consciente, hemos envidiado y tomado por modelo". (Carmen Martín Gaite. El cuento de nunca acabar. Del capítulo 8, "El Gato con Botas")

Resulta un tópico relacionar genialidad y locura, creación desbordada, pulsional, sin cauces que puedan contener la fuerza titánica de la pasión y de su culto obsesivo. Locura como temerario abordaje de lo oculto, de aquello que permanece en el interior, en ese terreno delimitado por lo inefable, supurando en forma de síntomas, partiendo el lenguaje en un ejercicio constante de subversión a la vida y a la muerte, a los sentimientos, a las conductas y las normas establecidas en su normalizada arbitrariedad. Locura como atlas de lo ignoto, únicamente porque parecería que no alcanza el lenguaje, porque los significantes se transforman y se elevan hacia universos improbables, abandonando la mundana literalidad y despojándose de sus mundanos ropajes en un afán de ser, de trascender, de revelarse absoluto, porque sólo lo absoluto puede asemejarse con ciertas formas de sufrir.

En este campo, el del sufrimiento, todos los seres humanos tenemos experiencia. El sufrimiento suele ser la asignatura principal en la universidad de la vida, aquello que nos hace aprender de la peor forma y madurar, en ocasiones, hasta pudrirnos. Frente a este hecho se han elaborado las metáforas más peregrinas, al rededor de las cuales se han establecido las disciplinas psicoterapéuticas.

Durante la segunda mitad del siglo XX, abandonadas las metáforas terapeúticas de corriente más psicoanáliticas como la que presentaba al ser humano (con el hombre como modelo) siendo éste producto de una dinámica de fuerzas, que luchaban por la expresión de los impulsos frente a la represión de los mismos, y, superado el mecanicismo cibernético que comparaba el cerebro humano con la CPU de un ordenador, una computadora reprogramable, nos encontramos con el apogeo de una corriente constructivista, donde la realidad es modificada constantemente por el observador y su forma de mirar. Una mirada sobre el sufrimiento que pone el foco en el individuo y en la construcción de su soledad, en las diversas formas de sobrellevar la soledad y el duelo ante las perdidas que conlleva estar vivo y proyectarnos en nuestros deseos.

Obviando el hecho indiscutible de que la injusticia y la desigualdad social-por desgracia cada vez más generalizadas- influyen y en demasiadas ocasiones determinan el desarrollo de los seres humanos, lastrando sus posibilidades de cambio y de evolución según unos cánones de bienestar económico, sanitario y educativo, es en este territorio, donde los hombres y las mujeres construyen su soledad, donde el lenguaje y su uso literario ejercen de puentes que exorcizan el aislamiento y fijan aquello que nos atora, sacudiéndolo fuera del campo de lo no-dicho.

Es por esto que se empezaron a establecer talleres de creación literaria terapéutica, donde se invitaba a los usuarios de los mismos a estructurar narrativas al rededor de su sufrimiento y las causas del mismo. Talleres surcados por una ideología de la enfermedad, que miraban el sufrimiento mental como aquello que había que curar, y que como por arte de magia el acto literario fuera a ayudar a extirpar la úlcera que provocaba la disfunción y el trastorno. Quizás como en la relación que tuvieron el editor Jacques Riviere y el poeta Antolin Artaud, y que ya desarrolló mi querido Martín Correa Urquiza, el pasado lunes, no se trata de curar a la persona, sino de des-enfermarla, de interpelarla, de ubicarla en el lugar de lo normal, de abrazarla, de historizarla, de acompañarla, de cuestionarla, de sufrirla, de generar conjuntamente un espacio que posibilite el pensarse más allá de una identidad exclusivamente enferma. No se trata de curar porque hay formas de ser y estar en el mundo que por mucho que se consideren una enfermedad, no lo son, y si lo son deben ser incurables, como lo son los espíritus irreductibles. Se trata por tanto de salvar a esa persona, de darle nombre y obra, cauces donde contener las mareas de su creatividad. Una identidad que evite la auto-exculpación que conllevan las categorías patológicas, que posibilite un ser, más allá del requiebro y la pirueta, más allá de la fractura, donde reconocerse y ser reconocido en tanto otro, abandonando la perversa deriva del anonimato interior.

Es por ello que la construcción de narrativas debería huir de cualquier espacio clínico, porque si alejas la literatura de la salud, puedes conseguir salud y verdadera literatura, la que surge del alma de forma pulsional, sin ambages, corsés, ni demás condicionantes que talan la libertad expresiva del escritor. Desgraciadamente se ha confundido en demasiadas ocasiones la construcción de narrativas terapéuticas con la construcción literaria. Las distintas disciplinas y escuelas de la ciencia psi defienden una serie de herramientas como método válido de construir un relato que resulte sanador al hacer consciente lo inconsciente o lograr modificar la conducta en lo real, desde el momento en que da explicación y genera en el paciente un fenomeno de Insight. Me resulta cuanto menos curioso como todos estos métodos, que en no pocos casos resultan contradictorios e incluso antagónicos en un plano teórico entre si, son defendidos como el método legítimo del saber, aquella que permite dar explicación a la condición humana y a sus misterios. En mi opinión si se quiere conocer los recovecos del alma humana uno sale ganando si lee la novela del s. XIX, a Dickens, Balzac, Stendhal, Dostoievsky, Tolstoi, Galdos, Victor Hugo, por nombrar unos pocos, quizás, los más relevantes.

Además, de alguna manera, la mayoría de las grandes obras de la literatura abordan la locura de forma directa o indirecta en tanto ésta, la locura, se pudiera entender como la exaltación de las pasiones humanas, el sufrimiento y la angustia, por salirse sus protagonistas de lo considero normal. Incluso me atrevería a decir que no sólo abordan la locura sino su superación. Más allá de que la mayoría de obras se estructuren desde el sentido del viaje. Quiero decir que podría deducirse que la mayoría de argumentos se reducen a la llegada de Pepito a un lugar o la marcha de Menganito en busca de aventuras. En ese viaje o en esa llegada el protagonista ya sea héroe o antihéroe se irá encontrando con aquellas personas y situaciones que le permitirán crecer como persona, pasando en no pocas ocasiones por momentos donde su comportamiento dista mucho de lo sensato, lo saludable y lo socialmente permitido, cuando no se hayen enteramente sumidos en el más absoluto delirio o en la más profunda melancolía.

¿Cuántas veces el protagonista, sobre todo en la tradición del héroe literario es aquel elegido capaz de enfrentrarse a las más duras pruebas, al escarnio, la tortura, los engaños; pruebas que lo sitúan al límite de sus fuerzas y sus capacidades, que en no pocas ocasiones les hacen trastabillar y perder la esperanza? Su condición de héroe se gana precisamente por su capacidad de superar todos esos obstáculos. Quizás el ejemplo más paradigmático de lo que estoy explicando sea el Ulises de Homero, en cuya odisea particular se enfrenta a la muerte y a sus propios miedos, a aquellos monstruos que hubiesen acabado con cualquier otro, y que no son otra cosa que representaciones de aquellos peligros que corría el ser humano de la época y lo alejaba de la sabiduría y la felicidad y, que por otro lado, en la mayoría de los casos, sigue alejando al ser humano actual por mucho que se disfrace con el sofisticado maquillaje de la tecnología y el supuesto progreso. El delirio de Ulises al escuchar el canto de las sirenas, su amnesia al reposar junto a Circe, serían síntomas inducidos por enemigos reales, situados en el campo de lo real, si entendemos el transcurso de una historia como la realidad a la que están sujetas sus personajes, algo muy alejado de la visión biologicista que triunfa hoy en día y que reduce el sufrimiento humano a simples alteraciones de la bioquímica cerebral sin tener en cuenta lo social y lo biográfico. Pero claro, todo esta visión del crecimiento humano no deja de ser producto de la subjetividad de Homero y de lo socialmente establecido en la Grecia del siglo VII a.C.. Ni que decir tiene que si a día de hoy un hombre se va a la guerra, abandonando a su mujer y a su hijo, y no vuelve hasta al cabo de 20 años, cuando al fin regresa a su Ítaca se encontraría con una demanda de divorcio y una más que presumible cornamenta digna de un mamut del pleistoceno.

Por otro lado, sobre las historias de llegadas, por regla general podríamos hablar de un personaje que llega a un lugar y lo transforma o acaba siendo él el que es transformado por el lugar. En no pocas ocasiones tanto el lugar como el protagonista se van transformando simultáneamente. Ejemplos que me vienen ahora mismo a la cabeza serían Robinson Crusoe, Pedro Páramo o Hamlet. Me dentendré brevemente en éste último.

Hamlet vuelve a Elsinor al enterarse de la muerte de su padre. En este caso resuelve volverse loco o fingir su locura como estrategia para vengar el asesinato de su progenitor. Me parece interesante esta historia, entre otras cosas, porque la locura del príncipe de Dinamarca tiene en cuenta la decisión, la voluntad de enloquecer, de abandonarse a la locura, dejándose arrastrar por los lúgubres senderos del rencor y la sed de venganza. Esto contradice o al menos matiza los supuestos mecanismos inconscientes que nos llevan a enloquecer y sobre todo a la tesis dopaminérgica que maniata a los pacientes al suponer que éstos no son capaces de manejar sus propios síntomas. En la misma obra encontramos otro ejemplo de locura. Ofelia, seguramente el personaje más amable de la trama, se quita la vida incapaz de superar el asesinato de su padre en manos de su amado, recordándonos las limitaciones humanas cuando somos estirados en direcciones contrarias por fuerzas opuestas: ama a Hamlet, pero éste mató a su padre, por lo que debe odiarlo; la dicotomía amor-odio impediría por tanto a Ofelia hayar consuelo, un lugar en el mundo que la ampare, un lugar amable donde superar la tristeza generada por el doble duelo que supone la muerte del padre y la perdida de su amado. Ofelia se abandona a su locura hasta morir, porque todas las personas necesitamos de un otro que nos sostenga, que nos sujete en momentos de angustia, que nos permita creer que más allá de la violencia y el tremendo absurdo que resulta la existencia humana, podemos darle un sentido a la misma, aunque éste sea una mera construcción basada en la proyección de nuestro deseo. Al fin y al cabo un hombre o una mujer solos no son nada, son la nada tras la puerta.

Capítulo aparte ocupa la historia del loco más famoso y tierno de la historia de la literatura. Hablo de Don Alonso Quijano. El viaje que emprende el bueno de Don Quijote junto a Sancho es una búsqueda del propio sentido. Como dice el antropólogo Ángel Martínez <>. Cuánta verdad hay en las palabras del Quijote, cuanta sabiduría comparte con su leal Sancho, hasta el punto en que éste último llega a admirar a su amo. Como el científico busca lo común en lo diverso y separa lo esencial de lo superfluo: Sancho Panza busca respuestas sensatas a los disparates de Don Quijote. Y no hay nada más sensato que ante un Quijote cuerdo y moribundo, intentar espolearle con estas palabras:

-¡Ay! -respondió Sancho, llorando-: no se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto más, que vuestra merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros, y el que es vencido hoy ser vencedor mañana.

Estas palabras esconden una doble lectura, como dijo Montalbán: Cuando Sancho propone a Don Quijote continuar la aventura es porque sabe que si Don quijote no existiera también él dejaría de existir. Pero para el tema que nos ocupa lo que da sentido a la vida de ambos son sus locas aventuras, sin ellas la vida deja de ser un lugar habitable, por lo que sólo cabe esperar la muerte. El delirio de don Quijote cumple una función auto-curativa, como diría Freud es un intento de darle cuerpo al deseo, huyendo del malestar y el absurdo de una sociedad abominable. Sin ese delirio que focalizaba el deseo de Alonso Quijano que le daba una identidad, un lugar, un nombre y una narrativa, la existencia de éste se colma de vacío.

La actitud de Sancho resulta llamativa además por lo difícil que resulta imaginar al cuidador de una persona diagnosticada espoleando el delirio. La mayoría de cuidadores toman un papel castrador o paternalista, igual que el mismo Sancho al principio de la obra, demasiado ocupados en mantener el frágil sustento que aguanta sus rutinas) se alarman -porque lo incomprensible está codificado para ser alarmante, peligroso y objeto de temor- ante la imposibilidad de entender de donde vienen estas conductas extrañas, que han erupcionado partiéndolo todo: estructuras, lenguajes, significados, sentimientos, relaciones, etc. En la vida real, esta situación es mucho más hiriente, pues es muy difícil explicar cuales han sido las causas reales que llevan a una persona a perder la cabeza. Ante la falta de explicaciones sólo cabe la incomprensión o la empatía, siendo la segunda muy difícil de encontrar por lo extraño de la experiencia psicótica.

Me gustaría que se entendiera bien lo que estoy intentando decir. Estoy reividicando el derecho a enloquecer sin ser por ello rechazado, estigmatizado, discriminado, castrado o drogado con substancias neurotóxicas de venta en farmacias. No quiero decir tampoco que no necesitemos ayuda durante los peores momentos de una crisis. Simplemente apuntar, más adelante ya desarrollaré un poco más este tema, que la ayuda que se suele dar en occidente se aleja mucho de lo que realmente necesitamos.

Aquello que tenemos en común la mayoría de personas que hemos pasado por una experiencia de extremo sufrimiento mental es el sentirnos profundamente solos. Es una soledad descarnada, hiriente, vertiginosa, que nos sitúa a la deriva en un mundo que nos hace zozobrar al no hayar tabla de salvamento ni cuerda de riel a la que asirnos. En ese marco nos aferramos al delirio y su certeza como si fuera el único pilar capaz de sostener la realidad, para que no caiga sobre nosotros aplastándonos. Como Ulises, como Hamlet, como Ofelia o El Quijote necesitamos poner palabras a todo ese magma, construir una narrativa al rededor de lo que estamos viviendo, que lo haga comprensible, que le de un lugar en este mundo, para así poderlo compartir sin miedo. Porque lo peor de la locura no es su proceso, ni sus síntomas, sino la tremenda dificultad que tenemos en ocasiones las personas para explicar con precisión lo que estamos sintiendo. En cuantas ocasiones sentimos los seres humanos que el lenguaje no alcanza para explicar aquello que nos azora, como de aterrados nos sentimos cuando no sabemos explicar los fenómenos que estamos sintiendo en nuestro interior. No es el delirio, ni la obsesión, ni la mania, ni la más profunda tristeza lo que nos invalida, es el aislamiento social, el rechazo, lo que nos aleja de un otro que nos contempla sumido en la extrañeza.

Es por ello que la literatura resulta una maravillosa forma de fijar todo aquello fuera del campo de lo inefable. Personalmente creo que todo escritor escribe, entre otras cosas, para exorcizar su propia locura. Podría deciros que escribo y ponerme poético, responder que es mi particular forma de volar, religioso y explicaros que al enfrentarme al folio en blanco me gusta jugar a ser dios, biólogo y confesaros que vivo de la palabra de forma parasitaria, analista y contaros como al escribir doy rienda suelta a lo que reprime mi inconsciente, y un largo etcétera. Lo cierto es que si he llegado a ser escritor es porque estoy enganchado desde hace mucho al antiguo arte de contar historias. Esto es así porque desde hace mucho, mucho tiempo, he tenido el privilegio de ser receptor de pequeñas y grandes historias que me han ido moldeando tal y como soy hoy en día.

De niño, mientras devoraba fascinado casi todos los libros, cómics y películas que caían entre mis manos, soñaba que algún día pudiera generar en alguien las mismas inquietudes que conseguían mantenerme atrapado a la historia, hasta el punto de retar -con el riesgo de ser reprendido duramente- las ordenes maternas de apagar la luz e ir a dormir; hasta que acabara el capítulo aquí no se apagaba nada, ni la luz ni mi mirada. Mi obstinación estaba más que justificada. Aquellas historias de supervivientes en islas desiertas, de héroes que se enfrentaban a la muerte por conseguir un beso de su amada, de personas que se transformaban en insecto de la noche a la mañana, eran la compañía más fiel y el consejero más preciso para un chico solitario como yo, con la cabeza llena de sueños y preguntas sobre lo que le rodeaba. Para mí, desear ser escritor era la forma más natural de devolverle a los libros una pequeña parte de aquello que me habían regalado desde bien pequeño.

Ahora mediando la treintena puedo afirmar que el tiempo y tantas lecturas me han aportado oficio, que a falta de un mayor talento o inspiración, me permite resolver ciertos obstáculos que se presentan cuando el flujo de la narración se atora y a uno le entran ganas de abandonar. Como pasa también en la vida uno se las tiene que ingeniar para no dejarse arrastrar por el desánimo, respirar hondo, fumarse un cigarro o tomar un té, dar un paseo, echar un polvo, para distraer a ese mal consejero que todos llevamos dentro y que pretende disuadirnos con dudas y miedos de que persigamos nuestros sueños, mientras decidimos qué camino nos sacara de este entuerto: ¿a la izquierda o a la derecha de esa vieja fuente?

En realidad no hay nada que pase en la vida que no pueda ser narrado, que no pueda adquirir la dimensión epopéyica de una Odisea. Recuerdo que con 4 años un día que mi abuela estaba enferma me envió a comprar una barra de pan solo. Estábamos en un pueblo muy pequeño y todos me conocían, por lo que se podía decir que tenía tantos cuidadores como vecinos. Pero lo cierto es que todo eso a mi me importaba más bien poco. Era un niño confiado y me habían asignado una misión. Por lo que allí fui a la aventura, con mi capa de superman y mi espada de madera en una misión que veía digna del mismísimo Llanero Solitario. Me enfrenté a moscas como aviones, a un perro con fauces infernales y a la mirada sanguinolenta de una hechicera que vivía justo al lado de la panadería y que quiso invitarme a un dulce. Cuando regresé a casa de mi abuela con la barra de pan era un niño feliz. Aquel día comprendí la importancia de tener una misión en la vida, algo que guíe nuestros pasos, una ilusión que nos motive a seguir adelante sin temor.

Este aprendizaje se volvió imprescindible en algunos momentos de mi vida en los que el sufrimiento mental parecía que fuera a hacer zozobrar todo aquello que me había sostenido en el mundo, aunque fuera sujetandome a la fantasía y la imaginación. Curiosamente, ahora que todas aquellas experiencias quedan tan atrás, puedo decir que quizás me ayudó a superar aquellas circunstancias el hecho de que jamás perdí la esperanza de alcanzar mis sueños. Porque incluso cuando la presión de las camisas de fuerza químicas me ahogaban y no me permitían hilar cuatro ideas seguidas, la literatura, el acto ritual de ponerme escribir me permitía reconciliarme con quien realmente era. Alguien que tenía mucho que contar.

En medio de un sistema de salud castrador de voluntades y discursos, la complicidad del folio en blanco me permitía interrogarme con honestidad, a desnudarme ante el espejo de la palabra sin miedos ni ambages. Lo que tenga que salir saldrá. Lo importante, lo verdaderamente importante era y es conseguir detener ese run-run que a veces se me instala en la mente, como si ésta se viera sacudida por una tempestad capaz de hacer naufragar al marinero más experto. En esos momentos, el hecho de fijar con palabras fuera del campo de lo inefable, aquellas emociones que me sacuden consiguen un efecto balsámico. En demasiadas ocasiones lo que realmente nos hace sufrir no es tanto la emoción en sí misma, sino la narración que la acompaña. Por eso es tan importante ser fiel a uno mismo a la hora de construir cualquier relato, y más si se pretende que éste sea leído por terceros y cuartos. Al fin y al cabo en toda narración o poema se esconde la personalidad de una persona que necesita compartir aquello que le ha hecho emocionar. Es esa emoción la que nos hace empatizar con aquello que leemos, es esa emoción la que hace que empaticen con aquello que escribimos. Porque más allá de la validez de una narrativa concreta, todas y cada una de ellas sirven para lo mismo, para sentirnos menos solos, para comprendernos, para consolarnos,

Los profesionales del mundo Psi llevan casi dos siglos buscando esa ecuación que defina el alma humana, y, olvidan -como están demostrando los últimos avances en neurociencia- que el resultado es indeterminado. Que resulta hasta cierto punto absurdo hablar del ser humano como especie, pues si algo nos caracteriza es la singularidad. Podemos hablar de ciertas personas, y de ciertas formas de mirarse y mirarlos, de las multiples maneras que nos aporta el lenguaje de explicar su historia, una historia que ante todo conoce su protagonista, y que por mucho que se vista al observador con los más académicos ropajes, esto es algo innamovible. Como mucho -que no es poco- la mirada del observador puede llegar a modificar la realidad condicionando desde su punto de vista el relato y su construcción, pero esto es más una prueba de la inconsistencia, del vacío, de la permeabilidad hacia distintos discursos, que poseemos las personas, tan ocupadas en encontrar las palabras y los roles que al fin nos identifiquen. La esencia humana se vasa en esa búsqueda de cierto equilibrio -a veces desequilibrado-, caminante no hay camino se hace camino el andarque decía Antonio Machado. Todas las metas, todos los objetivos que nos marquemos como individuos están motivados por la necesidad que tenemos de sostenernos en el abismo del sinsentido, el absurdo cosmogónico de un universo cruel y caótico en el que estamos suspendidos sin causa conocida. Todas nuestras creencias y todas nuestras certezas sólo son una forma más o menos torpe de poner orden en ese enredo sin fin. Hay poetas como el mismo Artaud (Correa Urquiza, 2010) que al mirar cara a cara al sinsentido del que estoy hablando se quedaron para siempre atrapados en una deriva infinitupla (Pessoa, 1921), aferrándose a las viscosas paredes del lenguaje, como única respuesta al caos que percibía. No hay intención de escapar de la trampa de la duda, desde el mismo momento en que no hay con quien compartirla. Hablo de la trampa de la duda, del conflicto con la incertidumbre, del estallido del desasosiego. Porque existimos desde el momento en que un otro piensa en nosotros y no al revés. El teorema cartesiano del cogito, ergo sum, habría que modificarlo por cogitare nos, ergo sum, nos piensan, luego existimos.

De todo lo que podemos tener en común aquellas personas que hemos pasado por una experiencia de grave sufrimiento mental es una profunda experiencia de soledad. Una soledad que nos atrapa en la certeza, que nos inocula el germen del aislamiento al saber que no vamos a ser comprendidos, que por mucho que lo intentemos – cuando lo hacemos- sólo recibimos incomprensión y rechazo, segregación del grupo, exclusión. Es en esos casos cuando la búsqueda de un interlocutor ideal (Martin Gaite, 1978) se vuelve perentoria. Como decía la autora salmantina: "Cuando vivimos, las cosas nos pasan, pero cuando contamos las hacemos pasar”. Al contar nuestra historia estiramos del hilo de la madeja de la misma, hilamos el tapiz que le da forma y contenido, re-cordamos, anudando los distintos hechos y sensaciones, porque a la vez que la contamos a un otro atento nos la contamos a nosotros mismos, le damos un orden. “Un antes y un después que la hacen real. Al fin y al cabo, las cosas nunca son de una manera o de otra; sólo son como nos las contamos. Somos en función de nuestro interlocutor”.

Bajo esta premisa queda clara la responsabilidad del observador como puente hacia la salud o hacia la enfermedad. Como según el enfoque que imponga el observador se puede promover una forma naturalizadora de entender el sufrimiento mental como algo propiamente humano o, por el contrario, formar parte de los engranajes de la patologización de la sociedad. No resulta baladí desde el momento en que el sistema de salud actual, focalizando el problema únicamente en la paliación de síntomas y no en la reestructuración de la subjetividad identitaria, parece más una industria de la enfermedad que un sistema generador de salud. Con naturalizar no me refiero a negar, sino a realizar un acto de no segregación, ni destierro de los espacios más comunes y cotidianos de la comunidad, un acto de responsabilización del propio relato. El sufrimiento mental es vivido por todos y cada uno de los seres humanos en algún momento de sus vidas; la culpa, la melancolía, la tristeza, el duelo, la obsesión, la manía, el delirio, son, básicamente, percances de ser humano, y no en pocas ocasiones percances de ser buena gente. Esta sociedad hipernormativizada, hasta el punto de la normopatía, castiga con la exclusión a aquellas personas que muestran ciertas dificultades para integrar una realidad que agrede de forma cruel a sus individuos. ¿Realmente queremos vivir en un mundo sin sentimientos, ni memoria, sin sueños, ni ilusiones?

Con la perspectiva que nos da la crisis actual, donde la pobreza, la desnutrición, el desamparo, la soledad y la desesperación que se desprende de los desahucios, el paro, el no llegar ni a mitad de mes, la falta de perspectivas, etcétera, la cultura debe ser una herramienta que nos invite a imaginar colectivamente un futuro mejor, que acerque el sufrimiento humano a aquellas personas que no lo han vivido con ese grado de intensidad o desestructuración, que universalice la diferencia, las diferentes diferencias que, en ocasiones, somos y que promueva el encuentro y la colectivización de los cuidados.

Del mismo modo que la ciencia psi tuvo que luchar por desinstalar del dogma y de la certeza a una sociedad oscurantista devota de dios y de María, para aportar una nueva mirada más rigurosa sobre los problemas humanos, hoy es desde el humanismo, desde la flexibilidad, desde la escucha y el acompañamiento, desde la empatía y la comprensión, desde el cuestionamiento y la autocrítica desde donde se puede ayudar a desinstalar a una ciencia que se ha convertido en la nueva religión, desacralizarla para poder acercarla así de nuevo al ser humano y a sus angustias y sus heridas. Ni que decir tiene que un antidepresivo o un ansiolítico no le va a devolver su casa a alguien a quien han desahuciado, ni pondrá un plato en la mesa para que sus hijos o ellos mismos puedan comer. Desgraciadamente se lleva demasiado tiempo asociando sufrimiento mental y patología mental, como si una y otra fueran el mismo fenómeno. No se entiende la problemática mental sin una cierta dosis de sufrimiento, pero sufrir no implica necesariamente que exista un trastorno de base. Se lleva demasiado tiempo diagnosticando con etiquetas psiquiátricas problemas de índole social, económico, sentimental, existencial, familiar, laboral, biográfico, etcétera; reduciendo el problema real a sus consecuencias sintomáticas en la persona afectada, de la que poco importa su historia, su entorno, sus circunstancias; una canallada, en definitiva, cuando toda conducta humana es reducible a la categoría de síntoma, que invita a la confusión al trasladar el foco del sufrimiento de una sociedad enferma al cerebro. Estar desamparado es en realidad el síntoma del fracaso de todos como sociedad al no poder generar colectivamente los recursos necesarios para sostener el sufrimiento de nuestros familiares y vecinos. Es el fracaso del individualismo y el consumismo que nos impide acercarnos a los demás de forma altruista. El hecho de que en el tercer mundo gracias a los lógicas que rigen sus comunidades se recupere el doble de afectados de un brote psicótico (O.M.S., 2010) que en Occidente es una prueba palpable del enorme esperpento que sin querer promovemos al patologizar ese desamparo en una pirueta rocambolesca y execrable. En otras palabras:

"Los problemas colectivos del malestar se convierten en un problema de salud personal, en un conflicto privado. El sufrimiento individual, resultado de una contradicción social, aparece oculto en el momento que este sufrimiento es confinado en un espacio técnico-sanitario, aparentemente neutral. Tanto el neoliberalismo como cierta ideología psiquiátrica y psicológica coinciden en esta tendencia a ocultar los problemas sociales detrás de los sufrimientos personales. Se propugna un reduccionismo psicológico o biológico de fenómenos y realidades que son mucho más complejas y se empañan otras perspectivas que explican mejor y de forma más global el sufrimiento de las personas.” (Hacia una psiquiatría crítica, Alberto Ortiz Lobo. 2013)

El crecimiento por tanto partiría de la conciencia colectiva y de una re-evolución que lleva retrasándose demasiado tiempo. Es desde el encuentro desde donde podemos transformarnos, desde la movilización activa desde donde podemos cambiar las cosas. No hablo únicamente de manifestaciones callejeras, hablo de que la cultura de la transformación invada las consultas, los hogares, las casas, el trato y las relaciones. De que rescatemos a ese niño ávido de historias que olvidamos en el desván de nuestra memoria, y que le preguntemos si quiere ayudarnos a hacer de este un mundo mejor. Porque la conciencia del problema que se nos supone sólo llega desde el conocimiento ideológico, desde la política, desde la salud.

Es increíble como se ha movilizado en una inmensa y corrosiva marea blanca tantísimos trabajadores en defensa de la sanidad pública, como en algunas ciudades se han abierto consultorios gratuitos para inmigrantes, como se han organizado espontáneamente asambleas donde discutir y repensar el futuro de una forma de entender la salud única en el mundo por su universalidad y calidad. Mientras las instituciones políticas hablan de un sistema de salud enfermo y deficitario, tantísimos profesionales han dado muestras de su salud al asociarse, para defenderlo y defenderse, en un acto de responsabilidad y rebelión. Sería maravilloso que este mismo espíritu de construcción colectiva contagie a los profesionales y a los dispositivos de salud mental, y les ayude a abandonar el paternalismo y la coerción Que se empiece a contar con quien se llama pacientes, sin cosificarlos, desde el mutuo compromiso de colaboración. Quizás para eso sólo haga falta generar esos espacios de libertad donde las historias, los relatos de tantas historias, ocupen el lugar de tanta etiqueta desacreditora. Sólo se me ocurre un motivo para no querer escuchar una buena historia, aunque esta parezca descabalgada y haya que jugar a detectives para recomponer las piezas sueltas que nos regalan, y es el hecho de no haber tenido tampoco nadie que haya escuchado la nuestra. Contar nuestra propia historia, compartirla con alguien a quien valoramos, muchas veces es la mejor forma de acercarse a lo que realmente somos, limpiar los estantes de nuestra memoria, allá, en la trastienda de los ojos. Como demuestran tantísimas novelas y poemas es necesario conocerse a uno mismo para poder conocer a los demás. Si no nos conocemos, si sólo nos acercamos al otro a través de la teoría no estaremos promoviendo un mundo más humano, sino como diría Aldous Huxley: Un mundo “feliz”.

Lugo, 6 de noviembre de 2013.
Bibliografía:
  • El cuento de nunca acabar. Carmen Martín Gaite. Ed. Anagrama. Madrid,
  • La rebelión de los saberes profanos. Martín Correa-Urquiza. Textos U.R.V. ,Tarragona 2010.
  • Hacia una psiquiatria crítica. Alberto Lobo Ortiz. Grupo 5. Madrid, 2013.
  • El estigma. La identidad deteriorada. Erving Goffman. Buenos Aires, Amorrortu, 1988.
  • La arqueología del saber. Michael Foucault. Buenos Aires. Amorrortu, 2003.
  • El libro del desasosiego. Alberto Pessoa. Madrid, Acantilado, 2007.
  • El Antiedipo. Capitalismo y esquizofrenia. Deleuze, G.; Guattari, F.: Barcelona, Paidós, 1998.
  • La Odisea. Homero. Alianza Editorial, Madrid, 1997.
  • Has visto alguna vez llorar a un cerezo? Ángel Martínez,
  • El ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes. Alianza Editorial, Madrid, 1995.
  • Pedro Páramo, Juan Rulfo,
  • Hamlet, William Shakespeare, Colección Austral