EL Rincón de Yanka

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jueves, 2 de octubre de 2025

LIBRO "DEFENDER LO QUE SOMOS": LAS RAZONES DE NUESTRA IDENTIDAD por DIEGO FUSARO 🙋 👣


DEFENDER  LO  QUE  SOMOS:
LAS  RAZONES  DE 
 NUESTRA  IDENTIDAD 

DIEGO FUSARO

Ya Pier Paolo Pasolini había calificado el nuevo poder globalista como «el más violento y totalitario de la historia, pues cambia la naturaleza de la gente, entra en lo más hondo de las conciencias». Y no es ninguna casualidad que llegara a hablar, con lúcida clarividencia, de «genocidio cultural». Enmascarada tras una fachada de multiculturalismo, que no es más que la repetición sin fin del mismo modelo políticamente correcto, la civilización global en la que vivimos no acepta, de hecho, las diferencias. Admite solo un perfil: el del consumidor desarraigado, indistinguible de los demás, sin identidad ni espesor cultural. 
En palabras de Diego Fusaro, el globalismo se basa en la inclusividad neutralizante: «en nombre del mercado unificado obra para que cada entidad se transforme en una mercancía que circula libremente, sin fronteras políticas o geopolíticas, morales o éticas, religiosas o jurídicas». En esta visión distorsionada, toda tradición se sacrifica en el altar del falso progreso, que no necesita contar con «pueblos arraigados en su historia y en su tierra, ni subjetividades con identidades fuertes y capaces de oponer resistencia, sino consumidores con un yo mínimo y narcisista, con identidades líquidas, gadgetizadas y efímeras». Compradores indistinguibles a los que se les puede vender la misma ilusión en todas partes. 
¿Cómo podemos oponer resistencia a esta «heterofobia» imperante? Recuperando y defendiendo el valor de nuestra identidad, que se define solo dialogando con las diferencias del otro. En este ensayo agudo y provocativo, la voz crítica de Diego Fusaro nos invita a reivindicar nuestras raíces; a reeducarnos –y a reeducar sobre todo a los más jóvenes, condenados a un futuro precarizado que corren el riesgo de aceptar inadvertidamente–, a exigir un futuro menos indecente que aquel que solo nos ve como una mercancía entre las mercancías.

Diego Fusaro, el pensador italiano, parte de una premisa que recorre todas sus obras. La lógica liberal lleva la destrucción de cualquier comunidad humana al eliminar los vínculos de la persona con su país, su fe y su familia, reduciéndole a individuo aislado al promover su conversión en puro consumidor: una identidad reconstruida sobre el intercambio mercantil. Y en su descripción y denuncia, el autor utiliza términos de forja propio que ya identifican sus textos. Como «turbo capitalismo» para hablar de la última etapa del capitalismo financiero que nada crea y «precariado». Para referirse a la principal de las nuevas cualidades impuestas al nuevo proletariado. Término este del que ha intentado apropiarse la estirpe de los podadores morados que lo abandonan al constatar que Fusaro no vira exclusivamente a la izquierda y no le hace ascos a las colaboraciones con la Casa Pound, anatema woke. Fusaro, al igual que defiende las virtudes perdidas de la izquierda como la solidaridad y la lucha horizontal, también reivindica en sus obras valores de la burguesía como la religión y la familia y eso no se lo perdonan otros hegelianos más encorsetados que abandonaron a Marx atraídos por el materialismo cosmopolita, léase «el dinero». 

En la nueva lucha, la burguesía de izquierda, habiendo traicionado al pueblo trabajador, necesita un conflicto progresista de sustitución que no ponga en peligro al poder del dinero, su nuevo aliado; es una burguesía sumisa al poder del capital sin fronteras con una mentalidad cosmopolita completamente ajena al pueblo.

Fusaro defiende entonces la identidad como factor de resistencia frente a la homogeneización uniformadora del capitalismo. Y critica sus dos principales enemigos. Por un lado, el idealismo particularista de Narciso y el cosmopolitismo abstracto de Eco. Narciso no reconoce lo universal humano, sino solo su propio particular, son los nacionalismos regionales que debilitan la soberanía de las naciones. El segundo, el de Eco, no admite lo particular histórico. Solo reconoce lo universal cosmopolita: el individuo sin fronteras, desprovisto de identidad y portador exclusivamente de derechos civiles, individualizados y funcionales al consumo. 

Acusa al libertarismo regresivo porque solo reconoce su propia particularidad concreta y al cosmopolitismo mercantilista porque solo reconoce lo universal abstracto. Los que defienden la mente abierta en realidad quieren decir vacía, en palabras de Fusaro, dispuesta a ser redefinida. El autor defiende que sin fronteras no puede existir la identidad. La diferencia es la base misma de la existencia. Lo que supone siempre la pluralidad de identidades no coincidentes y por tanto, separadas unas de otras. Porque sin identidad tampoco puede existir la relación, que, en esencia, es una relación entre identidades con límites precisos.

En nombre de la libre circulación de mercancías, el discurso cosmopolita tiene como premisa fundamental la demolición de toda frontera y de todo límite. Esto determina la invasión y la pérdida de referentes, es decir, la ocupación integral del mundo y de las conciencias de los pueblos por parte de un mercado planetario. Y del nihilismo de la forma: la mercancía. En ese espacio global en que todo circula sin obstáculos, las fronteras desaparecen, también las demarcaciones. 

¿Qué diferencia las realidades sin ellas? Todo se vuelve indistintamente lo mismo. Lo indistinto cuantitativo, que es reemplazable serialmente. 
Lo universal concretado, al decir de Heidegger, como «la ausencia de patria», el desarraigo. La homologación planetaria. Fusaro concreta su crítica en la Unión Europea a la que acusa de autocracia tecnoburocrática que favorece el desplazamiento de los centros de toma de decisión desde los parlamentos nacionales a los organismos postnacionales privados de Europa como el Banco Central Europeo. ¿Que buscan? Se pregunta y contesta: Identidades amorfas e intercambiables vaciadas de todo contenido nacional, religioso y social.

Sin frontera, remarca Fusaro, no puede existir la identidad. Y llama por ello a la revuelta contra el orden fundado en el auto vitalismo de lo mismo. Un totalitarismo perfeccionado de múltiples partidos rebajados al rango de reproducción en serie del partido único. Defiende el italiano que la identidad es plural. Puesto que las manifestaciones históricas, culturales y lingüísticas de la naturaleza humana son múltiples. Define la identidad como la lealtad a un proyecto, cuyos fundamentos se basan en su origen histórico. Vinculada esa identidad al rol social y a la lengua, a las costumbres y a la religión, a la nación y al territorio. La confrontación con la diferencia, el otro, permite pensar la identidad, lo propio.

Fusaro forma parte por derecho propio de las plumas más interesantes del momento en Europa.


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miércoles, 1 de octubre de 2025

¡HEIL SÁNCHEZ!: ENSAYO SOBRE TIRANOS, DEMOCRACIAS AUTORITARIAS, ANTISEMITISMO FANÁTICO Y EL NACIMIENTO DEL "IV REICH" 👿👥💥💀


¡Heil Sánchez!: Ensayo sobre tiranos, 
democracias autoritarias, 
antisemitismo fanático 
y el nacimiento del “IV Reich”


El riesgo de que democracias liberales degeneren hacia formas autoritarias bajo gobiernos que se autoproclaman “socialistas” pero practican corrupción, represión del disenso y exterminio o estigmatización de determinados grupos sociales —incluyendo a la comunidad judía— no es una mera especulación. Hay evidencias históricas y contemporáneas de que algunos rasgos propios del totalitarismo —como el antisemitismo institucional, el control ideológico o la eliminación de normas democráticas— pueden germinar dentro de sistemas que mantienen una fachada democrática cada vez más descascarillada. 
Basta mirar al Gobierno socialista del tirano Pedro Sánchez. Nos confundimos con él: no es un comunista ni un socialista al uso, tampoco es un modelo bolivariano o un simple progresista de salón: es un nazi que fantasea con bombardear a Israel con armas nucleares. Y para entender el peligro que esta realidad supone, conviene apoyarse tanto en la teoría política del pasado como en la actualidad que bulle a nuestro alrededor, y prestar especial atención al antisemitismo como termómetro de la barbarie que se avecina. 

Hannah Arendt analizó en Los orígenes del totalitarismo (1951) cómo el antisemitismo moderno no es sólo un prejuicio social, sino una ideología racial-política que se consolida al fusionarse con el racismo, el nacionalismo y la crisis del Estado-nación. 
Arendt sostiene que: “El antisemitismo, así como el racismo, son el rasgo principal del imperialismo colonialista, caracterizado por su expansión ilimitada… Estos movimientos eran hostiles al Estado y antiparlamentaristas, e institucionalizaron gradualmente el antisemitismo y otros tipos de racismo.” Además, Arendt afirma que el antisemitismo se convierte en peligro político cuando deja de ser un prejuicio privado para integrarse en las leyes, las instituciones y la propaganda oficial.

Por ejemplo: “Con la consolidación del poder nazi, el antisemitismo dejó de ser un prejuicio social y se convirtió en política: Alemania debía ser hecha ‘judenrein’, ‘purificada’…” Estas ideas establecen que la transición de democracia liberal al autoritarismo incluye la legitimación social de discursos de odio, la instrumentalización política del “otro” (judío en este caso), y la anulación de derechos ciudadanos, tal y como hacen habitualmente Pedro Sánchez y su Gobierno de sinvergüenzas cuando estigmatizan a lo que denominan como “las derechas” o al Estado de Israel. Para ver cómo algunas democracias muestran señales parecidas a esos precedentes, es útil observar datos actuales y casos concretos. 

Un estudio reciente, The Enemy from Within: A Study of Political Delegitimization Discourse in Israeli Political Speech (RivlinAngert & Mor-Lan, 2025), analiza cómo los discursos en el parlamento, prensa y redes sociales incluyen una delegitimación sistemática de actores políticos considerados internos, mediante acusaciones simbólicas que cuestionan su legitimidad como ciudadanos. Este tipo de discursos, aunque no siempre incluyen antisemitismo explícito, ilustran cómo se normaliza el ataque político contra las minorías y cómo se cuestiona su legitimidad, lo que puede derivar en algo más grave si se une con una autoridad estatal, tal y como hace el Gobierno de Pedro Sánchez en España o el Gobierno del miserable Imanol Pradales en el País Vasco. 

En una reunión con motivo del 80.º aniversario de la liberación de Auschwitz (enero de 2025), sobrevivientes y líderes judíos hicieron hincapié en el “enorme aumento del antisemitismo” en Europa, vinculado éste al discurso de odio promovido por las formaciones de izquierda. Isaac Herzog, presidente de Israel, en su discurso ante el Parlamento Europeo en enero de 2023, dijo: “Antisemitism is on the rise in the Western world … Antisemitic discourse festers not only within dark regimes, but within the heartlands of the free, democratic West.” (El antisemitismo está en aumento en el mundo occidental... El discurso antisemita no solo se extiende en regímenes oscuros, sino también en el corazón del Occidente libre y democrático). Estas declaraciones evidencian que incluso en democracias consolidadas, el antisemitismo ya no es marginal; aliado con un ferviente islamismo, ha penetrado medios de comunicación mayoritarios, políticos influyentes y en la opinión pública, lo que ofrece un terreno fértil para una deriva autoritaria si se intensifican otros factores (control del aparataje estatal, corrupción, expulsión del disenso, etc.). 

Aunque todos los gobiernos “socialistas” e izquierdistas occidentales no son homogéneos, algunos comportamientos pueden ligarse con los efectos autoritarios vistos antes: 
1. Uso del lenguaje de justicia social y de igualdad para legitimarse, mientras consolidan mecanismos de clientelismo, corrupción institucional y nepotismo. 
2. Férreo control estatal sobre la educación, la cultura y los medios para promover una narrativa ideológica oficial, que puede incluir teorías conspirativas sobre minorías o culpables externos. 
3. Deslegitimación del disenso mediante acusaciones de “fascismo”, de ser agente de intereses foráneos, o de estar al servicio de grupos judíos o financieros internacionales —una modalidad moderna del “judebolshevismo” nazista—.

La izquierda autodenominada progresista ha situado a las democracias liberales al borde la extinción. Cuando gobiernos que se proclaman socialistas son autoritarios, corruptos, y operan bajo el manto de la democracia, pero erosionan sus instituciones, se sitúan sobre la delgada línea roja que separa la libertad de la represión. 

El antisemitismo emerge como un síntoma precoz: se cuela en los discursos políticos, se legitima por figuras públicas, se utiliza para construir enemigos internos, se hace presente en medios y redes sociales. Cuando esto ocurra sistemáticamente, hay un riesgo real de que lo que llamamos “IV Reich” no sea una mera metáfora, sino el modelo de un nuevo totalitarismo adaptado al siglo XXI.


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martes, 30 de septiembre de 2025

LIBRO "BUENAS Y MALAS PALABRAS" por ÁNGEL ROSENBLAT

 

BUENAS Y MALAS PALABRAS

ÁNGEL ROSENBLAT


Hay dos tendencias del habla venezolana que son generales en todo el país, aun entre la gente culta: el seseo y el yeísmo. El seseo (corazón, ciencia, etc., con s y no con z) se da en toda América y parte de España. ¿Y en francés? Pues en francés ha triunfado por completo: décence se pronuncia como si se escribiera con ss; zéphir como si se escribiera con s (sonora). Seseo absoluto. ¿Y el yeísmo? La y en lugar de ll, en voces como fille, ha triunfado en el siglo XIX de manera tan definitiva, que las personas que todavía pronuncian la ll se consideran provincianos que no han soltado el pelo de la dehesa. 

En América hay grandes regiones —la meseta de Bogotá, el Paraguay, etc.—, que conservan la ll (en Venezuela, en cambio, está impuesta la y en calle, caballo, etc.). Pero en francés, la pronunciación yeísta se considera bella y buena, y la conservación de ll, rústica. Es evidente que la lengua francesa es muy innovadora. Nadie lo considera un defecto, y quizá sea hasta una virtud. Y en trance de explicarlo, no se recurrirá ni al hasta una virtud. Y en trance de explicarlo, no se recurrirá ni al analfabetismo ni a influencia argelina, sino a evolución interna, al llamado genio de la lengua. 

¿Y el inglés? Nunca ha tenido fama de gastrónomo, pero, con todo lo puritano que es, ¡menudo banquete se da con sus vocales y consonantes! En el apellido de Churchill, líder conservador, hemos intentado en vano oír la r, que no conservan ni sus más devotos correligionarios políticos. En el inglés más irreprochable de la metrópoli (el que tenga sus dudas que recurra a un fonetista como Daniel Jones) no se pronuncia la r de church, scholar, bachelor, mother, later, beer, world, emperor, short, etc. El pronunciar esa r se considera, por el contrario, rasgo dialectal. Un nombre como Somerset Maugham se ha reducido a algo como Samset Mom. 

Folklore, una ciencia nueva y respetable, se pronuncia sin la primera l, porque es muda la de folk, como la de half, chalk, walk, calm, psalm, should, could, Lincoln y aun la intervocálica de colonel. Tampoco se pronuncia la s de isle ni la t de often. Pero se escriben, como reverencia a una época en que sí se pronunciaban. A nadie se le ocurrirá echarles en cara esos ni otros destrozos, porque no están limitados a una región o a una clase social inferior, sino que han llegado a los prestigiosos círculos de Oxford. Es decir, porque han triunfado. Y lo que ha triunfado tiene cierto derecho divino. Ahí está el quid de la cuestión. 

Las transformaciones fonéticas del habla venezolana han quedado relegadas en general a la gente de los pueblos y de los campos, y aunque coinciden con las de otros países hispánicos, y hasta de muchas regiones españolas, no tienen la consagración de la lengua culta, no han triunfado. Podrán imponerse con el andar de los siglos u olvidarse por completo (no lo sabemos), pero hoy se consideran vulgares, y en la medida de lo posible la escuela debe corregirlas. Aun así, de ningún modo son motivo de bochorno nacional o de escándalo, ni hay por qué atribuirlas al analfabetismo ni a influencia africana. Son tendencias internas de la lengua. Porque si no, tendríamos que admitir que el analfabetismo y la influencia africana se han impuesto en Francia e Inglaterra. ¡Y Dios nos libre de tamaña imputación! Lo mismo puede decirse de una serie de cambios en la morfología, la sintaxis o el léxico. 

No hay tendencia del habla popular de Venezuela que no tenga su paralelo en las lenguas más cultas de Europa. Y desde luego en el castellano literario. Hoy se dice propio, pero en la época antigua y clásica se decía proprio (del latín proprius); se dice oprobio, pero antes era oprobrio (del latín oprobrius). Cirugía viene del griego, a través del latín Chirurgia. Y si ahí se ha perdido una r (lo que llamamos «disimilación de eres»), como hace hoy el habla popular en madrasta o padrasto por madastra y padastro, en cambio en estrella se ha infiltrado una r intrusa o «epentética» (procede del latín stella), sin duda por influencia de astro. 

Decimos riqueza forestal, pero floresta, con una l que se debe sin duda a influencia de flor. Y sombra (del latín umbra), con una s inicial que es probablemente la de sol. E invierno (y no ibierno, como todavía en los campos de Venezuela, del latín hibernum), posiblemente por inf luencia de infierno y otras voces que empiezan con in-. En Venezuela se confunden ciertamente la r y la l, y aun hay personas cultas que dicen delantar y casar por delantal y casal (un casar de palomas o de niños), pero en castellano se ha impuesto Guillermo cuando lo etimológico era Guillelmo (del germánico Wilhelm), o roble (de robre, latín roburem) y alternan arveja y alverja (los rústicos del teatro clásico decían a cada paso habrar por hablar, plática por práctica, y otras lindezas semejantes). 

Crocodilo debiera decirse, como se decía en el período clásico, respetando el latín y el griego, y sin embargo se ha impuesto cocodrilo, que al principio fue tan disparatado como hoy Grabiel o dentrífico. Centenares de formas que empezaron siendo incorrectas han alcanzado plena consagración en la lengua culta. Mapa debiera ser femenino, como en latín, pero la pedantería de algún seudoerudito lo convirtió en un masculino anómalo: el mapa. Todas esas formas están bien porque han triunfado. Pero las mismas tendencias fonéticas o morfológicas, por analogía o por cruce de palabras, se manifiestan en el habla popular de Venezuela. 

El castellano popular de Venezuela y de toda Hispanoamérica, como el de las distintas regiones de España, prolonga viejas tendencias que actuaban ya sobre el latín hace dos mil años y que actúan de manera análoga sobre todas las lenguas del mundo. Las lenguas están en permanente evolución. Y todavía hay más. A veces la evolución se impone en la lengua general porque ha triunfado en el núcleo que tiene la hegemonía política y cultural, y en cambio el habla regional o rústica mantiene las viejas normas. 

¿No es una injusticia que máma y pápa, como se dice en los campos de Venezuela, como se ha dicho siempre en español o en latín (de ahí el Papa o Santo Padre), sean hoy vulgarismos reprensibles sólo porque en España se han generalizado desde el siglo XVIII mamá y papá por influencia francesa? 
En los campos de Venezuela todavía se dice haiga, truje, semos, vide, mesmo, asina o ansina, dende, manque, agora, endenantes o enantes, cuasi, etc., como en la buena literatura del Siglo de Oro, ¿y no parece pura arbitrariedad considerar malas unas formas tan bien conservadas sólo porque la lengua general ha sido infiel a ellas? He aquí que lo rústico consiste en la fidelidad al Siglo de Oro. Venezuela, que en muchos aspectos es innovadora, es, en algunos otros, una de las regiones más conservadoras, más arcaizantes de Hispanoamérica. 

Un rasgo conservador es el mantenimiento de la vieja h aspirada (pronunciada como j) en muchísimos casos: humo, hacha, hallar, huir, hecho, hierro, hablar y un centenar más, que, con mayor o menor arraigo, se oyen en todas las regiones del país. Con aspiración pronunciaban esas voces Garcilaso y Fray Luis de León, y todavía en 1611 el castellano don Sebastián de Covarrubias y Orozco consideraban que pronunciar humo y heno sin esa aspiración, como umo y eno, era propio de «pusilánimes, descuidados y de pecho flaco». Casos parecidos se pueden acumular hasta el infinito. 

A pesar de los sucesivos cambios de monedas, y de su complicada nomenclatura oficial y popular, se conservan los nombres de peseta y real (tener real es símbolo de riqueza, y gozar un realero, de felicidad). Y se habla de calle real o de camino real, como en tiempos de la monarquía. En los cuentos populares aún interviene la sacarrialmajestá (convertida alguna vez en Misia Carramajestá). Y tienen plena vida aguaitar, esguazar, corral (patio), candela, taita, catar (mirar), alferecía, anafe, avante, hatajo, dilatarse (tardar), latir (ladrar), mercar (comprar, en Maracaibo), mata (árbol), pasar trabajos, estrallar, pelar (azotar), guargüero, ansias (náuseas), puño (puñetazo), carriel (garniel), afeitar (cortar el pelo), su mercecita (en los Andes), misia (mi señora), vagamundo, etc. 

Aun en la lengua culta, la modernización del léxico se produce a ritmo lento, y sobreviven viejas formas: de pies por de pie, escogencia por selección o elección; aplanchar por planchar. En general hay cierto apego al siglo XVIII español. En muchísimos casos en que la lengua general ha cambiado, el venezolano se mantiene fiel al léxico colonial. Entonces se peca en unos casos por espíritu innovador, en otros por fidelidad conservadora. Si la ensartas pierdes; y si no, también. Tanto por lo que ha innovado como por lo que ha conservado, el castellano de Venezuela se ha alejado bastante del peninsular o del de otras regiones hispánicas. 

¿Será ello malo? Malo o bueno —no lo sabemos,— es por lo menos fatal, y no está en las fuerzas humanas el evitarlo. Lo mismo le ha sucedido —en forma mucho más radical— al inglés de los Estados Unidos o al portugués del Brasil. La diferenciación, mayor o menor, es el sino de las comunidades lingüísticas, ya se trate de dos aldeas separadas por un riachuelo o de dos continentes separados por un océano. Los rasgos diferenciales del habla venezolana son, pues, legítimos. Un campesino dice naide, haiga o habemos, y es perfecto. 

El habla popular y campesina de Barlovento, de Cumaná o del Zulia, las múltiples formas del diálogo familiar, desde el ¡gua! caraqueño, hasta el ¡ala! tachirense, tienen siempre su dignidad, y hasta su belleza. El habla popular y campesina es buena tal como es, y cualquiera que se acerque a ella debe hacerlo con respeto. Pero cada cosa en su sitio. 

¿Debemos todos amoldarnos a esa habla popular y campesina? Ése es otro cantar. El niño que pasa por la escuela aprende que no debe decir querramos, andé, habemos, hacen diez años, sino queramos, anduve, estamos o somos, hace diez años. La cultura impone a todos los habitantes del país, por encima de sus diferencias regionales, muy legítimas, una norma superior, que es la de la lengua general. Allá en su rincón, rústico o familiar, cada cual puede hablar la lengua que le dé la gana. Pero en la cátedra, en la prensa, en el libro, en la tribuna, hay unos imperativos categóricos. 

La lengua representa una unidad de cultura, y la demagogia lingüística es disgregadora. Dentro de esa unidad, flexible y viva, caben la severidad académica, la espontaneidad juvenil y la constante actividad creadora del hombre. El hablante o el escritor culto de lengua española tiene la inestimable fortuna de que su palabra puede llenar un ámbito que abarca veinte naciones y que es, en importancia numérica, con sus ciento ochenta millones de hablantes, la tercera del mundo. Y la responsabilidad de mantener en la plenitud y belleza de sus medios expresivos una lengua que es —digámoslo con palabras de Andrés Bello— «un medio providencial de comunicación y un vínculo de fraternidad entre las varias naciones de origen español derramadas entre los dos continentes».




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