EL Rincón de Yanka

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viernes, 12 de junio de 2026

CANCIÓN "SOY CATÓLICO" por RESONANCIA DE GRACIA

SOY CATÓLICO

RESONANCIA DE GRACIA

No soy una hoja que mueve el viento
Tengo raíces, tengo cimientos
Vengo de una historia de dos mil años
De mártires, santos y grandes rebaños
Navego en la barca que Cristo fundó
La misma que a Pedro Él le confió
Y aunque las olas golpeen con fuerza
Las puertas del mal no podrán contra ella
Llevo el sello del agua en mi frente
Y el fuego del Espíritu en mi mente
No camino solo, somos millones
Un solo cuerpo, en mil naciones
¡Soy Católico! Y lo grito sin miedo
Esta es mi casa, este es mi Credo
Creo en el Pan que se hace Carne en el altar
Creo en la Madre que me enseña a caminar
Amo la Cruz donde el cielo se abrió
Y a la Iglesia que Cristo nos dejó
Universal es mi nombre, firme es mi pie
¡Soy Católico! ¡Esta es mi fe!
Me define el milagro de la Eucaristía
Dios escondido en el pan cada día
No es un símbolo, es Su presencia
La fuente de vida, mi gran diferencia
Y tengo una Madre que ruega por mí
La misma que dijo aquel dulce "sí"
Con el Rosario me ato al Señor
Cadena de gracia, misterio de amor
Sé que soy frágil, que puedo caer
Pero en el confesionario vuelvo a nacer
Y miro al cielo, a mis santos hermanos
Que me dan aliento y me tienden la mano
La fe y las obras van en mi andar
Amar y servir, esa es mi verdad
¡Soy Católico! Y lo grito sin miedo
Esta es mi casa, este es mi Credo
Creo en el Pan que se hace Carne en el altar
Creo en la Madre que me enseña a caminar
Amo la Cruz donde el cielo se abrió
Y a la Iglesia que Cristo nos dejó
Universal es mi nombre, firme es mi pie
¡Soy Católico! ¡Esta es mi fe!
Una sola fe (Una sola fe)
Un solo bautismo (Un solo bautismo)
Un solo Dios y Padre
Que nos llama a ser uno en el abismo
De su inmenso amor
Desde Roma hasta el último rincón
Un solo latido
Un solo corazón
Soy Católico

SOY CATÓLICO - RESONANCIA DE GRACIA

jueves, 11 de junio de 2026

"EL LAVADO COGNITIVO DE LA ATROCIDAD" por ALBERT BANDURA


EL LAVADO COGNITIVO 
DE LA ATROCIDAD


La teoría de la desvinculación moral de Albert Bandura explica cómo las personas se convencen a sí mismas de que las normas éticas no les son aplicables en un contexto particular, lo que les permite incurrir en conductas perjudiciales sin experimentar autocondena.
Dicho de forma simple, es como las personas o los grupos se convencen a sí mismos de que no son malas personas, aunque sus acciones sean terribles.
Según la teoría del psicólogo Albert Bandura, la tortura se justifica a través de un proceso psicológico llamado desvinculación moral (o desconexión moral). Mediante este mecanismo, las personas desactivan temporalmente sus autosanciones éticas y remordimientos, lo que les permite cometer actos crueles e inhumanos sin dañar su autoimagen ni sentir culpa. 
Bandura postula que los perpetradores de tortura no carecen de moral, sino que utilizan maniobras cognitivas para redefinir el acto destructivo como algo socialmente aceptable o necesario.

Para lograr que una persona cometa actos atroces sin sufrir culpa, se utilizan mecanismos psicológicos y de manipulación que anulan la empatía y la responsabilidad moral.

En contextos históricos y de control, esto se consigue mediante los siguientes pilares:

La falacia del bien mayor: Justificar la crueldad como un mal menor necesario para proteger un valor supremo (ej. la seguridad nacional, salvar vidas o una ideología), eliminando el conflicto moral.
Eufemismos (Ingeniería del lenguaje): Ocultar la realidad detrás de términos asépticos. Llamar a la tortura "interrogatorio forzado", "técnicas mejoradas" o "interrogatorio forzado" disfraza la brutalidad y evita que el cerebro procese el daño real que se está causando.
Deshumanización de la víctima: Reducir al torturado a un objeto, una amenaza o una categoría abstracta (ej. "enemigo", "terrorista"), lo que bloquea la respuesta natural de compasión
Transferencia de responsabilidad: Hacer que el perpetrador sienta que solo está cumpliendo órdenes o siguiendo un protocolo diseñado por expertos, lo que alivia la culpa individual.
Gradación: Comenzar con actos menores y escalar lentamente. Esto insensibiliza progresivamente la mente, permitiendo que la persona se adapte a niveles de violencia cada vez más extremos.

Para que una persona normal cometa actos atroces sin sufrir un colapso psicológico, la psicología y la sociología señalan que no suele tratarse de maldad innata, sino de un proceso gradual de manipulación mental y alteración de la percepción.

Estudios y Conceptos de Referencia

La obediencia a la autoridad (Experimento de Milgram): Demostró cómo personas comunes pueden infligir daño severo a otros si perciben que la orden proviene de una figura de autoridad legítima
La banalidad del mal: Término acuñado por la filósofa Hannah Arendt tras observar el juicio de Adolf Eichmann (un burócrata nazi). Sugiere que las mayores atrocidades no siempre son cometidas por sociópatas, sino por individuos ordinarios que han dejado de pensar críticamente y se limitan a cumplir órdenes.
La Desactivación Moral (Albert Bandura): Explica los procesos cognitivos mediante los cuales las personas se distancian de sus propios códigos éticos para justificar comportamientos crueles.

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Silencio total. 
Acepta las directrices del líder como ley suprema. 
La vacilación u objeción es traición. 
La crítica es disidencia automática.

EL "HOMBRE NUEVO" O LA ELIMINACIÓN DE LA PERSONA por MIRLA PÉREZ (LA GRAN ALDEA)


El “hombre nuevo” 
o la eliminación de la persona


La idea del “hombre nuevo” y la deshumanización son claves para entender la violencia de los proyectos totalitarios y la importancia de la memoria histórica.
Para que la memoria histórica de un conflicto sociopolítico o de una experiencia totalitaria se convierta en una garantía de no repetición, es necesario comprender algunos conceptos que han servido para justificar la violencia política. Entre ellos destaca la noción del “hombre nuevo”, una de las ideas más influyentes y peligrosas de los proyectos revolucionarios del siglo XX.

Tomaré como referencia "El libro negro del comunismo" y una observación de François Furet, citada por Stéphane Courtois, según la cual “la Unión Soviética une la fuerza material con el mesianismo del hombre nuevo”. Esta afirmación revela que el proyecto soviético no buscaba únicamente transformar la economía o las instituciones. Su aspiración era más profunda: transformar la propia naturaleza humana.
El “hombre nuevo” representaba la promesa de un individuo liberado de sus antiguas lealtades, de la religión, de las tradiciones familiares y de cualquier identidad considerada incompatible con el proyecto socialista. La revolución no pretendía únicamente reorganizar la sociedad; aspiraba a crear un nuevo tipo de ser humano.

Sin embargo, la filosofía política del siglo XX mostró los riesgos de esta pretensión. Cuando una ideología cree poseer la definición correcta del ser humano, termina considerando defectuosos a quienes no encajan en ese modelo. La persona concreta deja de ser lo importante para convertirse en objeto de transformación. Allí comienza el tránsito de la propaganda hacia la dominación.
Courtois vincula esta idea con la eliminación de las llamadas “clases enemigas”. Un ejemplo revelador es la instrucción atribuida a Martin Latsis, dirigente de la Cheka: “No hacemos la guerra contra las personas en particular. Exterminamos a la burguesía como clase”. Desde su lenguaje, ¿quién es el burgués? ¿No es una persona?
La frase expresa muerte a lo esencialmente humano: la libertad, el amor, su distinción. Ya no importan los actos, las responsabilidades o las decisiones personales. Lo determinante es la categoría social a la que se pertenece o la que se le vincula. La identidad humana es sustituida por una clasificación ideológica.

Desde esta lógica, el asesinato político es contra grupos considerados incompatibles con la revolución, pero esto requiere la muerte concreta de la persona. El enemigo deja de ser sujeto con nombre para convertirse en una abstracción. Y cuando el adversario se convierte en una abstracción, su eliminación puede presentarse como una necesidad histórica: la emergencia del hombre nuevo.
En este contexto resulta significativa una afirmación de Héctor Rodríguez: “…no es que vamos a sacar a la gente de la pobreza para llevarla a la clase media y que después pretendan ser escuálidos”.
Más allá de la coyuntura política en la que fue pronunciada, la frase deja entrever una concepción particular de la relación entre ciudadanía y poder. El problema no sería la pobreza, sino la autonomía que podría surgir de su superación. La movilidad social deja de ser un objetivo para convertirse en una amenaza. El individuo debe permanecer dentro de los límites definidos por el proyecto político y no desarrollar una identidad independiente de él.
La eliminación de la persona cumple entonces una doble función. Por una parte, suprime a quien es considerado un obstáculo para el proyecto revolucionario. Por otra, destruye la posibilidad de transmitir valores, experiencias y formas de vida distintas a las definidas por el poder. No se elimina solamente a un individuo; se intenta impedir la continuidad de aquello que representa.

El asunto no es únicamente semántico. Las ideas terminan traduciéndose en prácticas concretas. Cuando determinadas concepciones de la humanidad se convierten en políticas de Estado, sus efectos se inscriben sobre los cuerpos, las familias y las comunidades.
Por ello resulta imposible no recordar a Daniel Queliz, joven de veinte años asesinado el 11 de abril de 2017 en Valencia durante las protestas. Daniel fue el único hijo Neils Queliz, quien, semanas más tarde queda viudo a causa del suicidio de su esposa quien no soportó el dolor de la muerte de su hijo.
La pregunta permanece abierta: ¿por qué en una manifestación civil las fuerzas encargadas del orden público portaban armas capaces de producir la muerte? ¿Error o diseño?

La muerte genera terror, pero también tiene consecuencias que trascienden a la víctima inmediata. Murió Daniel. Murió también su madre. Desaparecieron los hijos que nunca pudo tener y los nietos que sus padres jamás conocerán. La violencia política no elimina únicamente vidas presentes; también destruye futuros posibles.
Por ello la memoria histórica exige mirar más allá de las cifras. Cada joven asesinado representa una biografía interrumpida, una familia rota y una familia que no existirá. La eliminación en estos sistemas posee una dimensión generacional que con frecuencia permanece invisible.
En el fondo, la discusión remite a dos concepciones opuestas de la condición humana. La tradición democrática reconoce a la persona como un sujeto libre, dotado de dignidad propia y capaz de autodeterminar su destino. La lógica totalitaria, por el contrario, concibe al individuo como instrumento de un proyecto histórico superior, necesariamente obediente y sumiso a sus propósitos.

Por eso la naturaleza profunda de los proyectos totalitarios no consiste únicamente en controlar el poder político. Su aspiración última es moldear la vida humana de acuerdo con una visión ideológica determinada. El “hombre nuevo” pasa de ser una promesa emancipadora (propaganda) para convertirse en la negación de la persona concreta.
Las protestas venezolanas de 2014 y 2017, junto al movimiento comunitario del 2024 dejaron cientos de muertos, miles de detenidos y una generación marcada por la prisión política, el exilio y la persecución. Recordar a sus víctimas no es únicamente un ejercicio de memoria. Es una defensa de la persona humana frente a cualquier proyecto que pretenda decidir quién merece vivir, quién debe obedecer y quién puede ser sacrificado en nombre de una supuesta “redención colectiva”.

Por eso, el desafío venezolano no consiste únicamente en un cambio de régimen, sino en la reconstrucción de una sociedad profundamente herida. Como ocurrió en la Europa de la posguerra, la tarea no será solo reemplazar un gobierno, sino reconstruir instituciones, comunidades, memorias.