EL Rincón de Yanka

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domingo, 30 de agosto de 2026

LIBRO "LOS PROFETAS DE LA PIEL DE TORO" por JOSÉ MARÍA SÁNCHEZ DE TOCA

 LOS PROFETAS DE LA PIEL DE TORO

JOSÉ MARÍA SÁNCHEZ DE TOCA

Los Profetas de la Piel de Toro es fruto de una investigación rigurosa de José María Sánchez de Toca que ha sacado a luz un sorprendente repertorio de revelaciones: un desconocido versículo bíblico del profeta Abdías, pergaminos con textos de la Iglesia de las catacumbas y de la enérgica pluma de San Isidoro; consejos y ayudas celestiales para reyes medievales y dirigentes contemporáneos; denuncias de la perdición del pueblo por culpa de malos pastores y gobernantes sin conciencia; voces de santos, monjas y gente sencilla que en nombre de Dios avisaron peligros para nuestro destino colectivo; y apariciones del siglo XX con humildes peticiones y severas advertencias. Todo un caudal de puntos de vista frescos y originales, opiniones insólitas y viejas promesas para un futuro mejor.
Un tema que hasta su publicación en este libro estaba inédito porque tradicionalmente ha sido ignorado por científicos e historiadores y ha chocado con la hostilidad de gobernantes y teólogos.

Este libro recoge y expone hechos, personas y palabras que nos interpelan personalmente en un momento en que nos movemos peligrosamente cerca del abismo. Son hechos, personas y palabras inquietantes, seguramente incómodos, pero al fin hechos de realidad indiscutible; y hay que recordar que si los hechos escapan a los esquemas generalmente admitidos, no se deben rechazar, porque lo que está equivocado no son los hechos.

Los Profetas de la Piel de Toro, por José María Sánchez de Toca

Hace años, cuando investigaba escenarios de guerra, di con un grueso haz de tradiciones centroeuropeas sobre el destino de Europa. Durante más de un milenio, en Bohemia, Polonia y los países de lengua alemana, un centenar de hombres y mujeres de todas las épocas entre la Edad Media y nuestros días, habían predicho los graves acontecimientos de los siglos XIX y XX, así como otros muchos que afortunadamente no han ocurrido y que mejor será que no pasen nunca. El tema era tan interesante que cuando volví a ser dueño de mi tiempo lo publiqué con el título de Los profetas del Bosque.

Al poco de publicarse, Manuel María Echarte, que por entonces enseñaba Historia en San Sebastián, me escribió: …me dejas aguardando con ansia otro libro que recoja los profetas de la piel de toro, y sus palabras fueron un reto para escribir lo que ya sabía y para seguir buscando lo que sospechaba que existía. El empeño ha resultado una larga marcha a bibliotecas venerables que guardan la suave textura de los viejos pergaminos y al magnífico Archivo del Santo Oficio en Roma, donde tuve en mis manos los expedientes de Ezquioga, La Salette, la Madre Rafols y el Padre Pío. Busqué por Cataluña francesa un pueblo llamado Milhas que no estaba en el mapa, y que al final apareció en Comminges, cerca del valle de Arán. He visitado los lugares de apariciones del siglo XX y he entrevistado a gente sencilla que decía haber hablado con Jesús y su Madre.

Ha sido una investigación atípica, compuesta de una treintena de investigaciones distintas, que ha dado por resultado un libro de historia que trata de hechos, personas y palabras. Profetas y profecías, limitadas al ámbito de la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana, lo bastante complejo de por sí como para salir a buscar fuera.
Tal vez hubiera debido llamarlo Las Profecías sobre Hispania, pero me gustaba más el título que puso Echarte, pues desde Estrabón llamamos Piel de Toro al suelo que ocuparon las Hispanias romana y gótica, el mismo que hoy comparten España y Portugal.
Este es un libro que me hubiera gustado encontrar, pero que aún no estaba hecho, porque en los últimos doscientos años han visto la luz en España varias colecciones de profecías que, meritorias o discutibles, no dicen casi nada de España y Portugal...


Para empezar, el repertorio desgranado a lo largo de los capítulos preceden tes no está completo; por ejemplo faltan San Millán, Colón o Donoso Cortés. En los primeros siglos pudo haber profecías que hoy desconocemos. Y otras, como los plomos del Sacromonte, habrían de estudiarse a la luz de los medios actuales para determinar con precisión su antigüedad. Faltan profecías medievales y es probable que otros místicos de los Siglos de Oro también profetizaran sobre la Monarchia Catholica de entonces. Un escrutinio a fondo de los autores y santos de estas tierras posiblemente sacara a la luz alguna profecía más.

Además, en el siglo XX han proliferado las apariciones y no tienen trazas de desaparecer en el siglo XXI. En los últimos treinta años se han debido producir en la Piel de Toro un centenar largo de apariciones, más otra docena en los archipiélagos y plazas de soberanía, y algunas más que empezaron bien y después se torcieron. El fenómeno de las apariciones no sólo es español, sino universal, y sólo conocemos la punta de un iceberg que, por cuanto se puede juzgar, está igual de ignorado e inexplorado en todas partes.

Pero éste no es un estudio de apariciones, sino un libro de Historía (o de historias, si se prefiere) sobre los seres humanos que profetizaron sobre la Piel de Toro, y lo que dijeron cuando hablaban de parte de Dios. Un poco más de la mitad fueron hombres; algo más de la mitad eran laicos; el conjunto es muy heterogéneo en género, edad y clase. Entre los laicos hubo reyes, niños, amas de casa y un zapatero portugués, y entre los consagrados un par de arzobíspos, dos obispos, dos jesuítas, un benedictino, varios franciscanos y monjas profesas, así como una oblata cocinera y un hermano portero. Por su lugar de nacimiento, muchos eran castellanos, diez eran catalanes, cinco portugueses y dos valencianos; de fuera, seis eran franceses, una alemana, una sueca, un italiano, un griego, un palestino y un galés.

La santidad del profeta no es requisito indispensable para que una profecía sea cierta, teniendo en cuenta que Caifás profetizó y también lo hizo la burra de Balaam, pero más de la mitad de los profetas citados son santos o están en trámites de serlo: ocho están canonizados y veinte están en diversos estadios del proceso de canonización (beatos, venerables o siervos de Dios) aunque los españoles no hayamos empujado como sería de justicia.

Las profecías que recoge este libro se han producido a lo largo de veinticinco siglos: una es de 700 o 500 años antes de Cristo, otra del siglo primero después de Cristo y tres son de antes de los moros. Aumentaron ligeramente en la Alta Edad Media, volvieron a crecer al alba de la Edad Moderna, y finalmente crecieron bruscamente desde el siglo XIX a nuestros días. Entre Abdías y el nacimiento de Cristo hay un vacío de cinco siglos en que no sabemos si hubo o no profecías sobre Iberia o Hispania, y después está el hueco de las omitidas entre la Alta y la Baja Edad Media, las profecías que anunciaron su destino a Fernán González y el Cid, o la muerte a Fernando I y Alfonso X el Sabio.

En cuanto a su contenido, las hay que perpetúan el recuerdo de la ayuda sobrenatural en momentos difíciles a reyes, caudillos y gobernantes, desde Wam ba hasta nuestros días pasando por don Alonso Henriques, el primer soberano portugués. Sería fascinante, aunque supongo que muy difícil, averiguar si esa ayuda ha sido general y permanente y sí persiste en nuestros días; creo que hay motivos para suponer que sí. Cosa distinta es que las hagan caso.

Pero la mayoría de estas profecías son mensajes de amor de Dios a su pueblo y quejas del desdeñado Amante, como en la Biblia. Avisos de peligro, señales para identificarlo, remedios para prevenirlo y algunas instrucciones para regiones y lugares concretos.

En estas profecías el amor de Dios se expresa de modo que evoca el Antiguo Testamento, como si España fuera un ser personal digno de ser amado, pero tan capaz de pecar como de merecer. Los mensajes la llaman “querida, amada, predilecta, país que amo por su fidelidad, modelo y aliento para otras naciones, cuna y jardín de la Virgen”, y la razón de este amor, según un mensaje del siglo XVII, es que “tienen los españoles a mi Madre por tan suya que por particular grandeza los llama “hijos de mi seno”.

Paralelamente a este amor, los mensajes constatan amargamente su desvío con palabras muy duras (he leído un “España puta” en un viejísimo manuscrito) así como la queja y el dolor de Dios por el grado de envilecimiento en que España ha caído varias veces a lo largo de los siglos. Las expresiones del “Planto” de San Isidoro (sean suyas o de un autor desconocido mil años posterior) son aplicables al pasado, al presente y quién sabe si también al futuro; son quejas que repiten Eiximenis y Juan de Unay en el siglo XV, la aldeana alemana Ana Catalina Emmerich (“¿Por qué he de ver yo, miserable pecadora, estas cosas?”) y la Madre Rafols en el XIX; y que vuelven a sonar en el siglo XX, en voz alta y en público, en Ezquioga, la Cruz Blanca y El Escorial: ¡“Pobre España”; “España, ciega nación”; “España, España, desgraciada España”!

Esta serie de tristísimos plantos denuncian sobre todo la mala conducta de los clérigos y de los gobernantes: “Ay de ti, España, que harás barragana a la esposa de Jesucristo, que darás sus cargos a pecadores que serán peores que los idólatras”, (San Isidoro); “Príncipes y prelados negligentes de la salud del pueblo, se dedicarán a hacer dinero y tiranías” (Eiximenis); “Príncipes espirituales peores que los príncipes mundanos” (San Francisco de Paula); “¡Cómo usan de simonías!” dice el Bandarra. A la Madre Rafols se le dice: “lo que más me duele es que me ofendan, olviden y desprecien las almas que me están consagradas”. Tam bién La Peregrina y Ana Catalina Emmerich describen el triste estado de la Iglesia española. En Ezquioga, Jesús se quejaba de “los apóstoles ingratísimos, senta dos en la ola de la Revolución”; en 1943 sor Lucía exhortaba a remediar el relajamiento de los sacerdotes y religiosos; en 1965, el ángel afirmó en Garabandal que muchos sacerdotes, obispos y cardenales iban camino de la perdición; y en El Escorial en 1983 se dijo que los pecados de las almas consagradas claman venganza al Cielo.

Los gobernantes no merecen mejor juicio en las visiones de Ána Catalina ni en las locuciones de la Madre Rafols. En Ezquioga, en un momento en que ya no había monarquía y la expresión tenía que referirse al futuro, se dice que España está “seducida por el mal gobierno y la monarquía está llena de engaños y asechanzas”; allí también se habló de “gobernantes traidores de la patria”. En El Escorial, los mensajes increpan a la nueva clase política perfectamente amoral: “Gobernantes de los pueblos que estáis sembrando la mala semilla, engañando a los hombres… ¡Ay de vosotros que arrastráis miles y miles de almas con vuestras mentiras y engaños, hijos míos!”.

Paralelamente a estas quejas, se hacen una serie de promesas: La vuelta a las ciudades del Sur de la profecía de Abdías, la ayuda permanente desde el Pilar de Zaragoza, la tutela de Santiago sobre toda la Piel de Toro. Se promete que el Sagrado Corazón de Jesús reinará en España, y que “gozaréis de vuestra antigua libertad”. Los malvados “no conseguirán desarraigar la fe católica”, pues “la providencia se reserva un medio imprevisto” y el “Cielo tiene designios sobre España”. “Quiero que España sea siempre grande y lo será sí se mantiene en la fe”. A mediados del siglo XIX, el confesor del obispo de Loja preveía el desastre del 98 pero iba más allá cuando afirmaba: “Será la nación más poderosa del mundo”.

De todas estas promesas, la más llamativa, que se ha repetido a lo largo de siglos, es la del hombre (u hombres) al que las profecías dan el nombre de Vespertilio, Murciélago, Rat Penat, Encubierto, León, Rey León, Guerrero, Caudillo o Jinete del Tajo, Rey General, hombre de la estirpe de España, y Capitán de la Santa Milicia de los Crucíferos. Nombres para uno o más reyes o caudillos que, junto al Papa santo, “Nuevo David”, han de reformar la Iglesia, reconquistar los Santos Lugares, vencer en el Tajo y en los Pirineos y establecer la paz universal; algo que recuerda inevitablemente el arquetipo bíblico de Josué y Zorobabel y el apocalíptico de los dos candelabros.

Pero antes que llegue este salvador (o salvadores), los mensajes avisan de muchos peligros: San Isidoro describe varias situaciones de peligro en las malas nupcias, el fallecimiento del príncipe y la falta de varón. Varias veces se anuncia una guerra terrible y decisiva en los Pirineos. Se nos dice que dos olas revolucionarias arrasarán España y la segunda hundirá su barquilla, y también se habla de un ataque desde Italia. España “dividida en dos por un robo injusto y muchas traiciones” sufrirá crueles infortunios; “te harán jirones la piel y te harán beber la hiel de corazones podridos”. Amenazada por la masonería, ha de cebarse en ella el espíritu del mal; “se proponen descristianizar la familia”. “Si España deja perder la religión, será destruida”. Especial significación cobran hoy los párrafos dedicados a la educación y los derechos de los padres dictados a la Madre Rafols y los videntes de Ezquioga.

Y entre todas las amenazas pronunciadas sobre la Piel de Toro, persiste la de los agarenos anunciada por San Metodio, aunque los mensajes prometan tam bién el héroe fuerte —el Encubierto, el Rey León— que recuperará España y África y extirpará la secta de Mahoma antes de reconquistar los Santos Lugares para la Cristiandad.

La época de estos peligros está indicada por señales: San Vicente Ferrer dice que será cuando no se pueda distinguir chico y chica y cuando dos quieran ser reyes; y en Ezquioga, cuando el vicio sea tenido por virtud y la virtud por locura.

Los mensajes dan también una serie de remedios o defensas para las calamidades que España se atrae cada vez que se aparta de la ley de Dios: la intercesión de la Virgen del Pilar, la oración del rosario, la devoción y las imágenes del Sagrado Corazón de Jesús, la consagración al Inmaculado Corazón de María, la comunión reparadora de los cinco primeros sábados, el trisagio, la imagen de la Virgen del Olvido, Triunfo y Misericordias. En pleno siglo XX, Sulamitis escribe una oración para pedir por España.

Y finalmente hay en los mensajes una serie de avisos para ciertas regiones y ciudades concretas de la Piel de Toro o de lo que fue un tiempo la Monarquia Católica: En Portugal nunca se perderá la fe y Cuba la recuperará junto con la libertad. Hay avisos proféticos y plantos para Cataluña, Andalucía, Asturias, Navarra y Guipúzcoa así como las ciudades de Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Zaragoza, Córdoba, Granada, Cádiz, Vitoria y San Sebastián.

Pero las dos cuestiones capitales que suscitan estas profecías, son las de su autenticidad y credibilidad de cada una de ellas.

En cuanto a lo primero, a investigación ha puesto de manifiesto una serie de problemas que esperan solución: La necesaria exégesis del versículo de Abdías. Establecer un texto castellano fiable del sermón de San Metodio y revisar la crítica a su autoría. Encontrar los textos más antiguos de las profecías de San Isidoro, su “Libro de los Secretos” y los libros citados por el Padre Vieira. Revisar objetivamente las críticas al Voto de Santiago. Establecer y traducir el texto de la profecía de Poblet. Confirmar las citas, ahora inciertas, de Santa Brígida y San Vicente Ferrer. Encontrar los primeros textos de Castillon sobre el Buc de Milhas. Consultar el expediente, por ahora secreto, de la Madre Rafols durante el pontificado de Pio XII. Identificar al obispo de Loja y su confesor, así como al venerable Jacinto Coma. Y sobre todo, confiar en que las apariciones de Ezquioga, Garabandal, la Cruz Blanca y El Escorial sean objeto de investigación imparcial y profunda, que discierna y examine sus frutos, y que estudie los miles de mensajes recibidos en aquellos lugares.

Por lo demás, a la vista de lo que ha costado encontrar todas estas profecías, no parece posible que se hayan copiado unas a otras. Aunque haya pasado alguna vez, ni ha podido ser siempre ni todas las veces. Las mismas ideas o parecidas frases en diferentes labios de épocas distintas, no es que hayan copiado, sino que tienen al final el mismo origen.

En cuanto al criterio de credibilidad, el precepto evangélico y el sentido común dicen que hay que juzgar las cosas por sus frutos. Todavía sirve el consejo de aquel fariseo del siglo I: No despreciéis las profecías, antes bien, examinadlo todo y quedaros con lo bueno.

Estas profecías (salvo, naturalmente, la de Abdías) son revelaciones privadas que nadie está obligado a creer (aunque a veces pueda ser imprudente no creerlas) porque son meros asuntos de fe humana, y en materia de fe humana, los aciertos pasados aumentan la confianza, pero no dan seguridad de acertar el futuro: el hombre del tiempo acierta casi todos los días pero de vez en cuando se equivoca.

La parte final de esta investigación ha discurrido por los lugares de apariciones de la Piel de Toro en el siglo XX, con nostalgia de lo que pudieron haber sido; por los mismos años que en Vitoria se obstinaban en aplastar a Ezquioga, los obispos de Bélgica reconocieron dos lugares de apariciones en Banneux y Beauraign, que hoy son santuarios florecientes.

El trato que han dado a las apariciones nuestras autoridades cíviles y eclesiásticas (así como en determinados momentos, también algunos jueces y milita res) ha sido garrafal, para decirlo suavemente, y no es extraño que una vidente oyese a la Virgen en Lourdes que “En España me acogen peor que en ningún otro sitio”.

Tras sus brutales intervenciones en Fátima y Ezquioga, las autoridades civiles aprendieron, las eclesiásticas van aprendiendo más despacio. Tiene que resultar irritante que venga un niño (o un ama de casa, o la señora de la limpieza, o el hermano portero) a decir de parte de Dios al obispo (o al general, al cirujano, al arquitecto o al ingeniero) lo que tiene que hacer. Lo terrible del caso es que los caminos de Dios no son los nuestros, porque hace lo que le parece y se manifiesta como quiere sin necesidad de pedir permiso a las jerarquías de la Tierra.

Al visitar lugares de apariciones no se puede dejar de imaginar cuán distintas hubieran sido las cosas si los videntes hubieran tenido desde el principio un director que presidiera los cultos, velara por la doctrina y expulsara a los indeseables. Si hubieran sido estudiadas por una comisión de expertos, pero expertos de verdad, no psiquiatras o rabdomantes, porque los que entienden de mística son los místicos. Si se hubiera dado satisfacción sin tardanza a lo que pedía la Virgen, porque si lo que pedía era una capilla, una consagración o unos rezos, la cortesía, la prudencia y el sentido común aconsejaban hacerlo cuanto antes, aunque solamente fuera por si acaso; otra cosa sería si hubiera pedido un estadio o un bar de copas.

Hay que rectificar y evitar los errores del pasado y muy especialmente el acuerdo de no reconocer apariciones, que parece un pecado contra el Espíritu Santo. Si los lugares de apariciones hubieran tenido enseguida un director espiritual, una encuesta imparcial y una capilla, que son tres cosas sencillas y de sentido común, no habría en el Santo Oficio un expediente sobre Ezquioga, pero en Ezquioga habría un santuario mariano lo mismo que en La Codosera, Garabandal y El Palmar. No existiría la Iglesia Católica Apostólica Palmariana, pero la Virgen de los Dolores tendría su capillita en el Prado Nuevo de El Escorial, que es lo que ella pedía.

No se puede reprimir el espíritu, porque los pueblos lo necesitan tanto como las personas. En esta época complicada en la que muchos días asalta la tentación de ceder al cansancio, el hastío o el asco, las profecías nos traen un aliento luminoso, unas opiniones, avisos y exhortaciones que no son humanas, que llaman a las cosas por su nombre y que nos devuelven, como una brisa saludable, el claro sonido de la verdad que teníamos olvidada. La palabra de Dios siempre es fecunda y no regresa hasta que cumple su cometido en la Tierra. Las profecías sirven para enseñar, para orientar nuestra marcha colectiva, para corregir errores, para hacer recuperar a la gente el verdadero sentido de la vida, para advertir riesgos, para dar señales, para prepararse a lo peor, para ayudar a conducir la Historia, para enseñar a leer los signos de los tiempos.

Para dar esperanza

Los Profetas de La Piel de Toro. José María Sánchez de Toca. Análisis del libro

LA PIEL DE TORO1 by Leire Noteimporta


viernes, 28 de agosto de 2026

POEMA DEDICADO A CARMEN TERESA NAVAS por LESTER DAVID 💔👵

 

CARMEN TERESA NAVAS,

"Mi corazón no es de desear mal a nadie pero, 
deseo hoy con todo mi corazón que cada ser humano 
que se ha alzado en contra de nuestra familia 
experimente de vuelta aquello que ha hecho.

 Llamo al espejo que refleja la existencia, 
llamo a la espada celestial, 
llamo a la máquina inexorable del tiempo, 
convoco al orden y la jerarquía de las cosas existentes, 
convoco la fuerza armónica que reina sobre el caos, 
convoco las matemáticas y compensaciones universales 
y confío el que ha quitado la vida, la hallará la muerte 
en similares circunstancias, que el que creado separación 
será desgarrado de los suyos.

Que el que coartado la libertad ha de ser enjaulado 
cual pájaro que jamás verá de nuevo el azul del cielo, 
ni sabrá lo que es volar, que el que ha causado dolor 
habrá igualmente de saborearlo y encontrar 
en el trago amargo el arrepentimiento. 

Confío en que las noches del impío 
estarán llenas de tormento, 
que su corazón se desbordará en palpitó y perderá su aliento 
y nunca encontrará la paz en el sueño, 
que su mente será océano de plaga y pesadilla 
y laberintos infinitos de desesperos serán sus huesos.

Que todo el que ha levantado la mano en contra de la familia venezolana 
experimente el peso de la justicia divina, sin límites, aquí y ahora, 
que todo aquel que robó, su fortuna le sea arrebatada 
y su abundancia extirpada de generación en generación, 
hasta que solo haya arrepentimiento real 
y el pago justo e igualitario por cada acción, 
que todos los inocentes sean libres.

Que ningún otro venezolano sea injustamente tomado 
y que ha Venezuela solo le quede la paz, la reconstrucción 
y un futuro lleno de amor donde todo esto 
será una sombra disipada y barrida por el sol.
Este es mi deseo Dios, te lo entregó 
porque no hay poema, acto humano o pronunciación 
que pueda compararse con todo este dolor“.



VER+:


jueves, 27 de agosto de 2026

LA GRAN ESTAFA ESPAÑOLA: CUARENTA AÑOS DE SAQUEO CON PERFUME "DEMOCRÁTICO" por JACOBO DE ANDRÉS

La gran estafa española: 
cuarenta años de saqueo 
con perfume "democrático"


Hay una ficción que conviene desmontar cuanto antes: la de que en España compiten socialdemócratas, conservadores y liberales, cada uno defendiendo una visión legítima de la cosa pública. No es así. Bajo esas etiquetas late una estructura mucho más antigua y mucho menos noble: un aparato de expolio a las clases medias, revestido de complejidad técnica y legitimidad democrática, cuyo único propósito real es extraer todo lo posible de la parte productiva de la sociedad. Lo demás —los debates de titulares, las banderas ideológicas, los eslóganes de campaña— es decorado. 

Ese saqueo no es torpe ni improvisado. Se ejecuta con un despliegue técnico, humano y propagandístico que ya quisieran para sí muchas multinacionales. En Hacienda están los mejores profesionales del país, los mejores sistemas informáticos, la maquinaria más depurada; el resto de la administración funciona, en la práctica, como su servicio auxiliar. Todo ese talento no se dedica a construir prosperidad: se dedica a recaudar, y a recaudar cada vez más. 

¿Y a dónde va ese dinero? A dos destinos, y ninguno es el bien común en sentido estricto: una clase dirigente y la red clientelar de electores que la sostiene en el poder. Partidos, sindicatos, altos funcionarios y un puñado de grandes empresas conforman ese círculo privilegiado cuyo objetivo, disfrazado de gestión pública, es maximizar el expolio mientras desprecian y subestiman al sistema productivo del que en realidad viven. El empresario que triunfa es visto con sospecha, la innovación se entorpece con burocracia, y se impone un código moral perverso en el que enriquecerse honradamente resulta, de algún modo, criticable. 

Este modelo tiene fecha de nacimiento: los años ochenta, con el PSOE en el poder. Fue entonces cuando se diseñaron sus piezas maestras: la conquista del sistema educativo como instrumento de conformación ideológica, la inflación de la administración pública, la entrega a los políticos del control de las cajas de ahorro, todo ello mientras se desmantelaba, casi sin ruido, buena parte del tejido industrial del país. En paralelo se construyó una red de salida elegante para la clase política: los consejos de administración de las grandes empresas, que en muchos casos no son sino puentes permanentes entre el poder económico y el poder político. 

Las cifras hablan solas. De 800.000 funcionarios se ha pasado a casi tres millones y medio, de los cuales sanidad y educación suman en torno a un millón doscientos mil. Y sin embargo, esa inflación de plantillas convive con una proliferación de centros universitarios de dudosa calidad, con un rendimiento educativo mediocre y con un gasto sanitario por habitante que sigue estando entre los más bajos de nuestro entorno. Más estructura, no necesariamente más servicio. 

Cuando el PP llega al poder, no desmonta nada de esto. No podría, aunque quisiera: se ha convertido en el ecosistema natural de la política española. Simplemente toma el relevo, hereda el aparato y lo administra a su manera, sin tocar sus cimientos. 

A esta arquitectura hay que sumar un cuarto poder que ya no ejerce de contrapeso sino de correa de transmisión: los medios de comunicación. Convertidos en un formidable aparato propagandístico de la clase dirigente, han ido perdiendo por el camino el sentido crítico, el análisis imparcial y la objetividad, mientras siguen tomando su parte de los presupuestos públicos. Y como los ingresos de la economía real no alcanzan para sostener semejante entramado, se ha tirado, año tras año, del endeudamiento público: una losa que pone al país a merced de sus acreedores y que absorbe, silenciosamente, el ahorro de los particulares. 

El español medio —desinformado en materia política no por incapacidad, sino por diseño— permite que su dinero financie esta maraña, en buena parte orientada precisamente a mantenerlo engañado. Y aquí conviene corregir un malentendido interesado: nos han enseñado a pensar en la corrupción como el político que mete la mano en la caja. Pero eso, siendo grave, es lo de menos. Fundaciones sin propósito real, organismos redundantes, cargos absurdos y redes clientelares mueven muchísimo más dinero que cualquier sobre, y persiguen un objetivo igual de abyecto —o más— que el simple robo: perpetuarse. 

El elemento más obsceno de todo el sistema es, quizá, el control de los medios públicos y el soborno permanente, más o menos disimulado, a los privados, unido a la degeneración galopante del sistema educativo convertido en herramienta de propaganda. Las comunidades autónomas, lejos de haber mejorado la gestión que en teoría justificaba su existencia, han hecho de la manipulación mediática y educativa su verdadera prioridad. En las más identitarias, el fenómeno es todavía más descarado: un lavado de cerebro sostenido cueste lo que cueste. 

La factura de todo esto no es abstracta. Es un sistema productivo que se encoge y una productividad estancada desde hace quince años. Es una España que se aleja, año a año, de la renta per cápita de los cinco grandes socios de la Unión Europea. Y es, sobre todo, visible a simple vista para quien quiera mirar: la vivienda inalcanzable, la factura eléctrica disparada, la falta de oportunidades para los jóvenes, la inflación normativa, la burocracia que ahoga cualquier iniciativa, la innovación que no despega, los salarios que no suben. Todo eso no es mala suerte. Es la consecuencia directa del saqueo. 

El deterioro de lo que algunos siguen llamando, casi por costumbre, "el contrato social" es ya evidente. La igualdad ante la ley, la protección de la propiedad privada, la presunción de inocencia: ninguna de esas garantías básicas está hoy plenamente vigente. Y llama la atención hasta qué punto reclamarlas — defender simplemente que la ley sea igual para todos— empieza a percibirse, en ciertos círculos, casi como un acto de subversión. El Estado, mientras tanto, se ha ido desentendiendo de aquello que en la teoría política clásica —la hobbesiana, la más elemental— justifica su propia existencia: garantizar orden y seguridad a cambio de obediencia. Ahora solo se preocupa de sí mismo, y de mantener entretenidos a los todavía crédulos mientras continúa el expolio. 

La ecología, la desigualdad, el feminismo, las acusaciones cruzadas de fascismo: ninguno de estos debates, en la forma en que se nos presentan, busca realmente iluminar nada. Son cortinas de humo diseñadas para generar una respuesta emocional y, por tanto, irracional, que sustituya al análisis. Por eso las televisiones se han llenado de voces que apenas se distinguen del insulto y el juicio de valor sumario, mientras el pensamiento racional ha sido desterrado casi por completo: ya no queda hueco para un solo intelectual en el debate público mainstream. Se ha preferido el ruido a la razón, porque el ruido no hace preguntas incómodas. 

Si buscamos un espejo en el que mirarnos, no hace falta ir muy lejos: Argentina ofrece el retrato más fiel de hacia dónde conduce este modelo cuando se deja madurar sin control. Si España no estuviera protegida por el paraguas del euro, probablemente ya estaríamos hablando de niveles de inflación galopante, no de un mero encarecimiento incómodo. 

Así que aquí estamos: una sociedad que financia, con su trabajo y su ahorro, la maquinaria que la mantiene mediocre. Mientras no nos sacudamos de encima a estos parásitos instalados en el corazón del sistema, seguiremos condenados a la irrelevancia, y el deterioro —económico, pero también moral— continuará avanzando, silencioso y sostenido, como lo ha hecho durante las últimas cuatro décadas. 

En este punto, conviene ser honesto, aunque resulte incómodo: nada de esto se corrige con un cambio de gobierno, ni con una nueva coalición, ni con el enésimo pacto de rentas entre las mismas siglas de siempre. Cuarenta años de arquitectura clientelar no se desmontan retocando un artículo de la ley o sustituyendo a un ministro por otro. Lo que hace falta —y suena excesivo solo porque llevamos décadas sin plantearlo en serio— es un Gran Reinicio: una refundación simultánea del sistema fiscal, del modelo territorial, de la función pública, de la educación, de la justicia y de los medios de comunicación. No una reforma más, sino el desmontaje ordenado de cada pieza de la maquinaria de expolio, una por una, hasta que ninguna quede en pie para regenerarse. 

¿Cómo podría empezar a hacerse algo así? Por el sitio menos glamuroso y más eficaz: el dinero. Una simplificación radical del sistema impositivo, con topes constitucionales al gasto público y a la deuda, que le quite a la clase dirigente el combustible con el que alimenta su red clientelar. Una auditoría pública y exhaustiva —abierta, no filtrada por los propios auditados— de fundaciones, organismos, empresas públicas y entes autonómicos, con la premisa de que lo que no demuestre una utilidad clara desaparece, sin excepciones ni intocables. Una reforma de la función pública que rompa la inflación de plantillas y devuelva el mérito, y no la afinidad política, como criterio de acceso y promoción. 

En paralelo, haría falta separar de una vez por todas el poder político del poder mediático: fin de la financiación pública encubierta a medios privados, gestión verdaderamente independiente —no solo nominalmente— de la radiotelevisión pública, y un sistema educativo que recupere el currículo común y el pensamiento crítico como objetivo, en lugar de la construcción identitaria socialista como instrumento de control. Y, sosteniendo todo lo anterior, una justicia y una ley electoral que devuelvan algo que hoy suena casi utópico: que todos, gobernantes y gobernados, respondan exactamente ante las mismas normas. 

Nada de esto ocurrirá desde dentro del sistema, porque el sistema no tiene ningún incentivo para reformarse a sí mismo: vive, precisamente, de no hacerlo. Solo puede venir de fuera, de una masa crítica de ciudadanos —empresarios, profesionales, jóvenes sin hipoteca en el statu quo— que entienda que su ahorro, su tiempo y su voto llevan cuarenta años financiando su propio empobrecimiento, y que decida, por fin, dejar de hacerlo. Ese despertar, más que cualquier programa electoral, es la verdadera primera piedra del reinicio que necesita España.

(Nota: Este artículo, en parte, está inspirado en un texto anónimo hecho público en redes sociales)

Cómo era vivir en ESPAÑA en los años 60. 

De la llegada del SEAT 600 y la televisión en blanco y negro al boom turístico, las migraciones del campo a la ciudad y la vida cotidiana bajo la censura. Un viaje sencillo y emotivo por una década que transformó al país: comida humilde, fútbol de los domingos, música ye-yé, el papel de la Iglesia y el cambio que muchos vivieron en primera persona.