HOMILÍAS SOBRE EL
EVANGELIO DE SAN MATEO
Traducido por Daniel Ruiz Bueno
Juan Crisóstomo (griego: Ἰωάννης ὁ Χρυσόστομος, latín: Ioannes Chrysostomus) o Juan de Antioquía (latín: Ioannes Antiochensis; Antioquía, 347-Comana Pontica, 14 de septiembre de 407) fue un clérigo cristiano eminente, patriarca de Constantinopla, considerado por la Iglesia católica uno de los cuatro grandes Padres de la Iglesia del Oriente. La Iglesia ortodoxa griega lo valora como uno de los más grandes teólogos y uno de los tres pilares de esa Iglesia, juntamente con Basilio el Grande y Gregorio Nacianceno. Por su formación intelectual y su origen, es el único de los grandes Padres orientales que procede de la Escuela de Antioquía.[
PRÓLOGO
San Juan Crisóstomo, luminar mayor de la Iglesia universal, que sólo tiene par, en Occidente, con San Agustín, y el más grande, sin duda, de los Padres de lengua griega, comparte con otros genios o ingenios de la antigüedad, Aristóteles, por ejemplo, la gloria de que todo el mundo los cite o, por lo menos, los nombre y nadie o casi nadie los lea. Altísima gloria, a la postre, pues son nombres que se han convertido en símbolos. Aun quienes no saben una palabra de filosofía griega —y son legión innúmera— saben, de oídas desde luego, que Aristóteles fue un grande, si no el más grande de los filósofos griegos; y quienes no han leído jamás una homilía de San Juan Crisóstomo —y son también número infinito— saben que fue el más grande orador cristiano, y hasta conocen la etimología de su sobrenombre, que complacientemente nos explican: Crisóstomo, "el de la boca de oro".
Claro que a lo mejor se imaginan que así debió de llamarse a nativitate, como si hubiera nacido ya perorando, e ignoran que sólo a partir del siglo VI se le llamó "boca de oro” y que, en fin, ese mismo sobrenombre, un sí es no es pedante, lo llevó Dión de Prusia, rétor y filósofo cínico contemporáneo y amigo de Trajano. Pero esto son ya minucias de erudición, que sólo los ociosos tienen obligación de saber.
Pero de esta casi total y casi universal ignorancia de la obra de San Juan Crisóstomo (y lo mismo, mutatis mutandis, cabria decir de la de Aristóteles), no toda la culpa es achacable a la también casi total y casi universal falta de ocio de que padecen los hombres de nuestro tiempo. Cierto. ¿Quién lee hoy a San Juan Crisóstomo? Pero ¿quién lo puede leer? No es sólo que sobre sus obras pese la ignominiosa sentencia que no sé quién pronunció: Graecunt est. non legitur... (Cosa notable: en tiempos de Cicerón, bastante anteriores a San Juan Crisóstomo y remotísimos ya de los nuestros, la sentencia sonaba de modo totalmente contrario: Graeca per fere omnia leguntur.)
Pero si en griego no, pudiera leerse a San Juan Crisóstomo en latín, pues las versiones son tan antiguas como las ediciones del texto original. Erasmo ofreció la suya a los hombres del Renacimiento. Montfaucon, mejorando la obra de varios antecesores, compuso otra para su gran edición de las Opera omnia (1718-38), que pasó naturalmente a los grandes tomos de Migne (PG 46-64). Pero ¿quien tiene hoy arrestos para cargar sobre sus hombros y echarse al coleto uno de los trece volúmenes de edición montfauconiana o los dieciocho de Migne, que parecen obras de cíclopes y que, apilados, forman una ingente muralla, buena para parapetarnos tras ella en caso de peligro, pero mala, francamente mala, para incitar la más leve apetencia de lectura?
¡Allá están los gruesos volúmenes, con un dedo de docto polvo, en los estantes últimos de las viejas bibliotecas, cuando no se los ha subido a los desvanes, para que duerman más tranquilos el sueño secular de su mole y de su polvo!
La mole misma, pues, de la obra de San Juan Crisóstomo nos abruma con sola su vista. y tácitamente argumentamos que, pues no hemos de dar cabo a su lectura, tampoco vale la pena comenzarla. Falsa argumentación, sin duda, y pobre consuelo de pequeñez primera de alma. Al montañero nato, la cima misma, aun inaccesible y por inaccesible, le invita a la ascensión y es un honor el mero intento de escalada.
Y hablamos de las ediciones en griego y en latín, como esta ciclópea del gran maurino Bernardo de Montfaucon, cuyo tomo séptimo llena en estos momentos toda mi mesa de estudio.
¿Qué hará quien no lea ni el griego ni el latín? Y la verdad es que ni una ni otra lengua son de fácil lección. A mi el griego se me ha hecho siempre difícil, aun después de mis veinticinco primeros años de estudio. Y otros me han confesado que el latín precisamente de la versión de las Homilías “in Matthaeam” de San Juan Crisóstomo les sigue sonando a griego y no es tampoco un incitante a la lectura. Habría, pues, que pensar en buscar unas páginas de San Juan Crisóstomo en castellano. Pero ¿dónde hallar esas páginas? Páginas, naturalmente, que habrán de ser de buen castellano y de buen San Juan Crisóstomo, pues de lo contrario valdrá más no leerlas. Pues bien, el último intentos serio de acercar San Juan Crisóstomo a los lectores españoles data de 1905, en que el P. Florentino Ogara publica sus tres volúmenes de Homilías selectas. Lo posteriormente publicado, incluso un desdichado librillo mío, no merece mención ninguna, y el lector hará muy bien en desdeñarlo —mi desdichado librillo ante todo.
La ausencia, pues, de San Juan Crisóstomo, podemos tristemente afirmar que es, entre nosotros, absoluta. Objeto de muy temprano interés por parte de lectores españoles, pues existen traducciones suyas que se remontan al siglo XV; frecuentemente citado por nuestros escritores ascéticos y místicos del siglo de oro —tales los dos Luises, Alonso Rodríguez, Juan de Avila, Fray Juan de los Ángeles, entre los que ahora tengo a mano—, que lo leían ávidamente en los grandes infolios conventuales que a nosotros nos aterran; leído y traducido todavía en el siglo XVIII por algún benemérito helenista —tal el famoso escolapio P. Scio de San Miguel, que editó y tradujo el De sacerdotio—, y por algún benemérito traductor del siglo XIX —tal F. J. Caminero, que publica las Homilías “in Matthaeum"—; hoy seria muy difícil hallar el nombre de San Juan Crisóstomo en ningún libro ascético o místico (si es que aún se escriben libros místicos en la gran época de los libros de texto de la asignatura de religión) u oír su nombre a ningún orador sagrado, cuyo patrón es, aunque bien puede dudarse que sea también su modelo.
Ausencia, pues, innegable, de San Juan Crisóstomo entre nosotros. Y, sin embargo, ¡qué voz la suya tan digna de ser oída! Desde aquel lejano siglo IV, cuya grandeza corre a par de su miseria; desde aquella Antioquía, merecidamente apellidada la grande y la bella, ápice de belleza de todo el Oriente —orientis apex pulcher—, como la llama Amiano Marcelino, el historiador pagano, antioqueno y contemporáneo de San Juan Crisóstomo desde aquella grande metrópoli, la segunda o tercera de todo el Imperio, cristiana, judía y pagana en revuelta mezcolanza, como cualquiera de nuestras grandes capitales modernas; este gran Padre de la Iglesia, hijo de su tiempo, nos habla con un acento de modernidad y actualidad impresionante, escalofriante a veces. Si gustáramos del ejercicio retórico que los griegos llamaban synkrisis y nosotros paralelo, como gustaba de él San Juan Crisóstomo, aquí pudiéramos trazar uno entre su siglo y el nuestro, entre su ciudad y las nuestras, entre las miserias y grandezas de entonces y las de ahora. Mas, aun sin necesidad de trazarlo aquí, el paralelo surge por sí mismo ante los ojos y la mente del lector de las presentes Homilías de San Juan Crisóstomo sobre San Mateo.
Hay en estas Homilías —y no intentamos negarlo ni disimularlo— mucha ganga y escoria propia de la época y de los gustos literarios de ella, que no son idénticos a los nuestros. Es el tributo que humildemente hemos de rendir a los pretéritos, como piadosamente lo hemos de esperar de los venideros, pues sería ingenuo pensar que éstos han de hallar nuestro estilo irreprochable. Mas, vencida esa dificultad de sobrehaz, en estas Homilías sobre el Evangelio de San Mateo es, indudablemente, donde con más claro acento actual resuena la voz de San Juan Crisóstomo, como eco que es de la eterna y nunca agotada actualidad y perennidad del Evangelio. No tenemos por qué ocultar nuestra intención al anteponer, contra la cronología, este volumen de los Comentarios al Evangelio de San Mateo a la selección de obras de San Juan Crisóstomo que la BAC quiere ofrecer, en texto y versión, a los lectores de habla española. Este solo volumen es prueba irrefragable de que todo ese polvo que recubre los grandes mamotretos relegados en los desvanes de las bibliotecas, tiene que ser inexorablemente aventado, pues soterra tesoros de pura doctrina cristiana y mancilla —si mancillarse pudiera— una de las almas más ardiente, más vehementes, más pura, total y profundamente cristianas que han hablado a los hombres en lengua griega.
Como homenaje al sabio maurino que en el siglo XVIII preparó la magna edición, aún no superada, de las Opera omnia de San Juan Crisóstomo, pláceme traducir este bello resumen de lo que son y contienen las Homilías de San Juan Crisóstomo sobre San Mateo. Ello vale por todo y más de lo que pudiéramos decir nosotros:
"Las Homilías sobre Mateo, que en número de noventa llenan todo este tomo, rebosantes de toda disciplina moral, contienen toda la suma de la vida e institución cristiana. Aquí se hallan todos los modos de seguir y practicar la virtud, aquí se aducen y explanan todas las razones para huir del vicio. Nada se omite de cuanto atañe a la vida santa o mala, para abrazarse con la una y rechazar la otra. No hay libro alguno en el orbe cristiano —nullus est in orbe christiano liber— que convenga tantos y tan importantes preceptos de la ética cristiana. En ninguna otra obra usó el Crisóstomo tanta invención, facundia y sagacidad para formar las costumbres, eliminar los vicios y ordenar rectamente las familias. De ahí que con razón decia Santo Tomás, según refiere Papirio Masson en su libro de Romanis Pontificibus, sobre el papa Juan XXI, que prefería usar de los libros del Crisóstomo sobre San Mateo a poseer y gozar de la ciudad de París. y así lo refiere Oldrado, jurisconsulto, que vivía en Aviñón en tiempo de Juan XXI. Hasta aquí Montfaucon.
El testimonio de Santo Tomás de Aquino es magnifico, y honra por igual a quien lo dijo y a la obra de la que se dijo.
No parece, por lo demás, que pueda dudarse de su autenticidad, y, aun negada ésta, el dicho conservaría todo su valor simbólico. Grabmann lo recoge así en su Santo Tomás de Aquino.
"En las actas de su canonización hay un rasgo hermosísimo que muestra la grande atracción orle sentía hacia las obras de los Santos Padres. Volviendo Tomás en cierta ocasión de Saint Denis con algunos compañeros de su orden, al acercarse a París y ver la gran ciudad extenderse ante sus ojos, uno de los compañeros le dijo: —¡Qué hermosa es esta ciudad! — Ciertamente, muy hermosa, repuso Tomás. —¡Qué bien si fuera tuya —acudió el primero—. Y Tomás: —¿Qué había yo de hacer con ella? —Podrías venderla al rey de Francia y, con el precio, construir magníficos conventos de la orden. —A decir verdad, yo más quisiera tener las Homilías de San Juan Crisóstomo sobre San Mateo— concluyó Tomás seriamente. Las Homilías sobre el Evangelio de San Mateo que tanto anheló poseer Santo Tomás de Aquino las tenemos nosotros al alcance de la mano. Lo que quizá se nos ha ido a distancias estelares es el espíritu y genio de Santo Tomás de Aquino. Las noventa Homilías sobre el Evangelio de San Mateo fueron predicadas por San Juan Crisóstomo en Antioquía entre los años 390 a 398. Que fueron predicadas en Antioquía, puede afirmarse con certidumbre. En la homilía VII increpa el orador con vehemencia a sus paisanos:
"Vosotros, cuando de preeminencias se trata, pretendéis ocupar el primer lugar, por haber sido nuestra ciudad la Primera en ceñirse la corona del nombre cristiano: pero en el combate de la castidad no os avergonzáis de quedaros a la zaga de las ciudades más incultas”.
Es la alusión, de que tanto gustaba San Juan Crisóstomo, a Act 11,26: Y en Antioquía se llamó por vez primera cristianos a los discípulos. (San Juan Crisóstomo no sospechó jamás que este nombre de "cristiano" fue dado a los discípulos" de Jesús por los no cristianos y, en principio, debió sonar como mote de desprecio. San Pablo no lo usó jamás y, cuando ante el tribunal de Festo, después de su vehemente oración, le dice Agripa:
"Por poco me persuades que me haga cristiano'', el Apóstol no repite este nombre, que suena, evidentemente, a desprecio en labios del reyezuelo judío: Ruego a Dios que, en poco y en mucho, no sólo tú, sino todos los que me escuchan, sean lo que yo soy, excepto estas cadenas (Act 31, 29).
Como quiera, para San Juan Crisóstomo. era ésta una gloria única de su ciudad, y él no se cansa de recordarla a sus oyentes. El pasaje es decisivo, y aun puede confirmarse con lo que sigue inmediatamente. En el más puro estilo de la diatriba, el orador imagina que sus oyentes le replican: “Sí, —me decís—. Pero ¿qué nos mandas hacer? ¿Acaso que vayamos a habitar las montañas y hacernos monjes?"
De montañas y monjes sólo se podía hablar en Antioquía, y San Juan Crisóstomo habla de ellos con frecuencia a todo lo largo de estas Homilías sobre San Mateo. Para los antioquenos, el tema tenía un hechizo incomparable, y algunas de las más bellas páginas que aquí leeremos están destinadas a evocar aquella vida que Juan no se cansa de calificar de angélica en contraste con la universal depravación de la ciudad. En Constantinopla, si bien la corrupción era igual o mayor que en Antioquía, el tema de los monjes no podía tener el interés próximo y casi familiar que aquí tiene. Digamos, en fin, con Montfaucon, que no hay por qué perder tiempo en cosa tan patente. La fecha, en cambio, de 390 a 398 para la predicación de las Homilías sobre San Mateo, es sólo conjetural.
Ante todo, hay que ponerlas después de las homilías sobre las estatuas, pronunciadas con ocasión de la famosa sedición de Antioquía el año 387, en que, entre otros desmanes, fueron derribad, arrastradas y hechas añicos las estatuas del gran Teodosio, de su difunta esposa Flacila, de su padre y los príncipes Arcadio y Honorio.
El tema moral que machaconamente se repite en estas justamente célebres Homilías "de statuis" es el de los juramentos. Este tema desaparece de las Homilías "in Matthaeum", excepto, naturalmente, en el pasaje correspondiente del sermón de la Montaña. Entre los años de 386- 388 se ponen también sesenta y seis homilías sobre el Génesis, las siete primeras De Incomprehensibili o “contra los anomas”, la "Demostración de la divinidad de Cristo" y los ocho discursos contra Iudaeos y nueve homilías sobre el comienzo de los Hechos de los Apóstoles.
Parece imposible tuviera también tiempo para un comentario tan amplio como este de San Mateo, en que más bien vemos confluir y como remansarse temas o ideas de predicaciones anteriores.
La grande obra homilética sobre San Mateo pudo, pues, comenzarse hacia el 390, se interrumpirla con otras predicaciones de tempore, señaladamente los panegíricos de mártires y confesores, y se terminarían en fecha imposible de fijar antes del año 398, en que San Juan Crisóstomo abandona Antioquía para ocupar la sede de Constantinopla, la cátedra llena de peligro y objeto de tanta ambición, como la interpelara Gregorio de Nacianzo en el momento de darle su último adiós. Como quiera que sea, aun dentro de la relativa incertidumbre cronológica, por su fondo y por su forma, por su ímpetu vital y la plenitud de doctrina, las noventa homilías in Matthaeum de San Juan Crisóstomo son una cima en su vida y en su obra.
Dueño de sí y de su auditorio, en la fuerza y madurez de su edad, de su genio y su talento, en su acmé, que decían los griegos, consciente de su misión divina de pastor y guía de las almas, ardiente de celo por su salvación, abrasado, como otro Pablo, de amor a Jesucristo, secreto último de su fuerza y su elocuencia, concibe el audaz pensamiento de exponer ante sus oyentes el evangelio íntegro de San Mateo y lo lleva a cabo de modo magistral en noventa homilías, que son una creación y un monumento originalísimo, síntesis acabada de exégesis y parénesis, hablando en griego; cifra y compendio de lo que ha de ser la auténtica predicación cristiana: exposición de la palabra divina, del evangelio ante todo y sobre todo, y exhortación a su seguimiento y práctica en vida.
Et tour le reste est litterature. Alto ejemplo y lección del gran Padre de la Iglesia del siglo IV, para quienes tienen deber y misión de predicar la palabra divina en este siglo XX, pendiente abajo de su mitad cronológica y pendiente abajo de su ruina, si se empeña en caminar de espaldas al Evangelio.
La ausencia del Evangelio en nuestra vida es aterradora; pero ¿por qué no decirlo también? La ausencia del Evangelio —y, sobre todo, del Evangelio en su sentido primero y viviente, que es Cristo Jesús mismo— en la predicación, no lo es menos. El cristianismo, que es y no puede ser otra cosa que el misterio de Cristo, se ha convertido en puro moralismo —un moralismo casero, por añadidura, que no parece justificar hecho divino tan enorme, tan fuera de toda norma, como que Dios se hiciera hombre, padeciera y muriera en la cruz.
No quiero hablar en abstracto. De una plática, en unos mal llamados ejercicios espirituales la pasada cuaresma, me extracté este párrafo. entre otros de una chabacanería espantosa. Se hablaba de las "virtudes" que ha de tener la mujer: "La mujer ha de ser ordenada. El hombre es el desorden mismo: los pantalones por aquí, la americana por allá, los calcetines en medio del comedor, la corbata debajo de la silla y así de lo demás. Pues ahí está la mujer: la madre, la hermana, la hija, para poner orden en todo. Y así por tres largos cuartos de hora, en un irrestañable fluir de ramplonerías", que convertían aquellos "ejercicios espirituales" en auténtico ejercicio de heroica paciencia. Ni una sola vez oí pronunciar el nombre de Jesús. Aquel mismo día —viernes II de marzo de 1955— el Ya daba noticia del discurso del papa Pío XII a los predicadores de Roma: pero no reproducía sus más bellas palabras que leí posteriormente:
"Sed animosos, queridos hijos. Sabed tomar de la mano a las almas y empujadlas dulce, pero firmemente a Jesús, hacia la amistad con Él, hacia la transformación en Él. Hacedles comprender que sólo así encontrarán la paz, la fe, la alegría, la esperanza, el amor. Sólo así encontrarán la vida”. *
¡Qué emoción, qué dilatación, qué gozo al leer estas palabras de Pío XII! ¡Qué bien se siente que habla el Vicario de Jesús en la tierra! Pero, ¿no es vicario —con minúscula, con humildad— de Jesús todo sacerdote, que sólo como legado suyo puede hablar? Pro Christo legatione fungimur. Por desgracia, la predicación se va o por las ramas o por las nubes, si no es que se arrastra por el suelo. Pues he aquí a este gran Padre del siglo IV que toma en sus manos el Evangelio de San Mateo y lo comenta íntegro —lo explica y lo aplica, ante sus oyentes de Antioquía, en noventa largas homilías, en que sentimos aún palpitante y viva, ardiente y fuerte, su propia alma, y en las que se refleja también mucho de la vida de su tiempo—.
¿Por qué no hacer hoy nosotros lo mismo que San Juan Crisóstomo en su tiempo? Como en aquellos días de agonía del mundo romano, en estos de agonía y angustia universal nuestra, la palabra de Pedro tiene vigencia absoluta: Non est in alio aliquo salus. No hay otro nombre en que nos podamos salvar fuera del nombre de Jesús (Act 9,12). Es decir, ¿por qué no predicar decididamente el Evangelio a los hombres de nuestro tiempo, que, puestos ante lo eterno, no se diferencian absolutamente de los hombres de cualquier tiempo?
Al fin, ése fue el supremo mandato del Señor antes de remontar su vuelo a los cielos: Marchad por el mundo entero y pregonad el Evangelio a toda la creación (Mc 16, 15). Un Evangelio que hoy apenas si podemos entender más que en el sentido de un libro, siquiera sea divino: pero que originaria y primariamente quiere decir "la buena nueva" de una Persona divina, con todo lo que nos trajo y nos dio y dijo e hizo a su paso por la tierra y sigue trayéndonos y dándonos y diciendo y haciendo en su vida perenne en el cielo y en la Iglesia. Cuando Jesús mandó a sus apóstoles a predicar el Evangelio por toda la creación, el Evangelio, como libro, no exista todavía.
Llenar, pues, el vacío y ausencia de San Juan Crisóstormo entre nosotros y presentar patente y fuerte su lección y ejemplo en su magna obra de las noventa Homilías in Matthaeurn es indudablemente un excepcional servicio que presta la BAC a la cultura religiosa del mundo hispánico con la publicación de estos dos volúmenes que inician, un poco contra la cronologia, la selección de obras de San Juan Crisóstomo. Toda nuestra admiración y gratitud será poca para la Biblioteca de Autores Cristianos, que en tan difíciles tiempos y, al parecer, tan ajena a lo pretérito, ha tenido fe bastante para mover esta montaña de las obras de San Juan Crisóstomo y ofrecer en su texto original y versión española lo mejor y más actual de ellas.
Mi colaboración ha sido por extremo modesta, aunque llevada también a cabo con ardiente fe y amor. Los helenistas agradecerán indudablemente la publicación del texto griego, que es el de la edición montfauconiana, no superada todavía. La versión está hecha, naturalmente, para los no helenistas, con la mayor precisión posible, desde luego: pero con la conveniente amplitud para que no suene también a griego o quede tan oscura como si lo fuera. Creo poderles asegurar a esos lectores no helenistas que no contiene error notable de interpretación, y no se lo aseguraría de no haber tenido colaborador tan competente como el P. Joh. Chrysosromus Baur, benemérito investigador de la vida y obra de su patrono, y traductor en la BKV de las Homilías sobre San Mateo. Los cuatro volúmenes de la BKV han estado a mi plena disposición, gracias a la generosidad (que no sabré nunca cómo agradecer) del R. P. Bibliotecario de San Cugat del Vallés.
La traducción del P. Baur es ceñida, literal y, en general, exacta. Como me llegó hecha ya la mía, me impuse la paciente tarea de cotejarla íntegramente con ella. Así pude corregir una serie de pasajes mal entendidos por mí y comprobar que otros están mal entendidos por Baur. In multis offendimus omnes. Lo misma que de Baur, puedo decir de las Homilías traducidas por el P. Ogara. La traducción francesa de Bareille, aunque estimable, no siempre es del todo fiel.
En fin, me interesa comunicar a los lectores y amigos de San Juan Crisóstomo que un amplio estudio sobre su vida, formación literaria y estilo de predicación, preparado para introducción a las Homilías sobre el Evangelio de San Mateo ha tenido que ser omitido para no engrosar ni encarecer demasiado este volumen. A mis oyentes de la Pontificia Universidad de Salamanca, que lo echarán particularmente de menos por habérselo anticipado en un cursillo del presente año, me es grato comunicarles que se trata sólo de un aplazamiento para el próximo tomo de la selección de obras de San Juan Crisóstomo. Doy, pues, la prueba antes que la tesis. La tesis, como mis oyentes recordarán muy bien, es que la homilía es la forma más genuina de la predicación cristiana. La prueba son estas noventa homilías de San Juan Crisóstomo. Y ya, a helenistas y no helenistas, sólo me resta decirles: Tolle, lege (¡Déjalo ya! Lee).
Madrid, diciembre de 1955.
D. R. B.
* He aquí otra muestra, como la tengo anotada: “La religiosidad
es virtud esencial de la mujer. Una mujer sin religión no se concibe:
ni es hombre ni es mujer. No es hombre porque naturalmente, no lo
es. No es mujer, porque le falta une cualidad esencial para serlo.
Es un ser híbrido. Que el hombre no tenga religión, no diremos que
esté bien; pero, al fin, se comprende. Ya sabemos que la mayor parte de los hombres se pasan la vida de espaldas a Dios y a las
prácticas de la religión”. Naturalmente un solo ejemplo nada
probaría; pero ese ejemplo puede multiplicarse indefinidamente.
San Juan Crisóstomo (c. 344-407), conocido como "boca de oro", predicó extensamente sobre la Parusía (del griego parousia: presencia, llegada, advenimiento) como la gloriosa segunda venida de Jesucristo al final de los tiempos. Para el Santo Padre de la Iglesia, la Parusía no es un evento aterrador, sino la culminación de la esperanza cristiana, la victoria definitiva sobre el mal y la instauración final del Reino de Dios.
Aquí se resumen sus principales enseñanzas sobre la Parusía: Finalidad Gloriosa:
Crisóstomo enfatiza que, a diferencia de su primera venida humilde en la encarnación, la segunda venida será majestuosa, visible y universal. Será la manifestación definitiva de Cristo resucitado para juzgar a vivos y muertos.
Juicio y Renovación: La Parusía marca el Juicio Final, donde cada persona será juzgada por sus obras. Además, implica la renovación de la creación y la naturaleza humana, restaurando el plan original de Dios.
La Resurrección de los Muertos: San Juan Crisóstomo enseña, basándose en las Escrituras, que la venida de Cristo traerá la resurrección de todos los muertos, tanto justos como pecadores.
Contexto en Mateo 24: En sus comentarios (Homilías sobre Mateo), Crisóstomo explica las señales de los tiempos, advirtiendo sobre falsos profetas y la gran tribulación que precederá al fin. Sin embargo, centra su mensaje en la necesidad de vigilancia constante, ya que el momento es desconocido.
La Parusía en la Eucaristía: Para Crisóstomo, la Eucaristía es una "experiencia viva" que une el presente con el futuro Reino de Dios. La celebración eucarística se entiende como un adelanto del banquete final.
Llamado a la Vida Virtuosa: La enseñanza escatológica de Crisóstomo no busca generar pánico, sino fomentar una vida cristiana activa, la caridad y la conversión continua. Entender la brevedad del tiempo presente ayuda a los fieles a buscar la justicia y la virtud.
En resumen, la Parusía en San Juan Crisóstomo es el retorno glorioso del Salvador que cierra el tiempo de la historia humana para dar paso a la eternidad.
San Juan Crisóstomo (345-407 d.C.), uno de los más grandes Padres de la Iglesia y oradores bizantinos, dedicó una serie de homilías detalladas a las cartas de San Pablo a los Tesalonicenses (1 y 2 Tesalonicenses). Su interpretación de la Parusía (la segunda venida de Cristo) destaca por su enfoque pastoral, exhortando a la vigilancia, la esperanza y la perseverancia frente a la persecución, más que en la especulación cronológica.
Aquí se resumen los puntos clave de su interpretación:
1. La Parusía como Esperanza y Consuelo (1 Tesalonicenses)
La Resurrección de los muertos: Crisóstomo enfatiza que la parusía no es algo temible para los cristianos, sino la culminación de su fe. Comentando 1 Tesalonicenses 4, explica que los fieles que hayan muerto no se perderán el regreso del Señor; al contrario, resucitarán primero y luego serán arrebatados junto con los vivos para recibir a Cristo.
Esperanza en el sufrimiento: Ante la persecución que sufrían los tesalonicenses, Crisóstomo utiliza la promesa de la parusía para animar a la perseverancia. Asegura que el regreso glorioso de Jesús traerá alivio y recompensa a los que sufren por el Evangelio.
El "Ladrón en la noche": Interpreta la venida como inesperada (1 Tes 5,2-5), por lo que exhorta a no dormir (espiritualmente) y a vivir en la luz de la verdad para no ser sorprendidos.
2. El Anticristo y la Apostasía (2 Tesalonicenses 2)
En sus homilías sobre 2 Tesalonicenses, Crisóstomo aborda la confusión que tenían los tesalonicenses pensando que el "Día del Señor" ya había llegado. Primero el Anticristo: Crisóstomo es claro al explicar que, antes de la venida de Cristo, debe ocurrir una gran apostasía y la manifestación del "hombre de pecado" o Anticristo.
El "obstáculo" (Katejon): Al interpretar 2 Tesalonicenses 2:6-7, donde Pablo menciona algo o alguien que detiene la aparición del Anticristo, Crisóstomo (entre otros padres) a menudo interpreta este obstáculo como el Imperio Romano, que mantenía el orden. Una vez que este poder caiga, el Anticristo se manifestará.
La caída del Anticristo: Crisóstomo enfatiza que el Anticristo será destruido fácilmente por Cristo con "el soplo de su boca" y el esplendor de su venida, demostrando la superioridad absoluta de Dios.
3. La Naturaleza de la Venida Real y Física: La Parusía no es un evento simbólico, sino la llegada real y física de Jesús desde el cielo.
Juicio y Gloria: Será un momento de doble vertiente: retribución justa para los perseguidores (castigo) y salvación gloriosa para los santos (fieles).
4. Enfoque Pastoral de Crisóstomo
No especular fechas: Más que intentar calcular el tiempo de la parusía, Crisóstomo utiliza la doctrina para fomentar una vida santa.
Llamado a la Caridad: Insiste en que la preparación para la parusía implica la limosna y la caridad, que purifican de los pecados.
En resumen, para San Juan Crisóstomo, la parusía es una realidad inminente que debe motivar a la Iglesia a mantenerse firme, virtuosa y esperanzada, confiando en que Cristo destruirá el mal final (el Anticristo) y reinará con sus santos.
ORACIÓN DE SAN JUAN CRISÓSTOMO
Oh Cristo Dios, habiendo sido destinado a participar en los Misterios de tu más santo Cuerpo y preciosa Sangre. Te glorifico y bendigo, te adoro y alabo, y exalto la obra de tu Redención, Oh Señor, ahora y por siempre. Amén.
PETICIONES DE SAN JUAN CRISÓSTOMO
Señor, recíbeme a mí, arrepentido. Señor, no me abandones. Señor, no me dejes caer en la tentación. Señor, concédeme buenos pensamientos. Señor, concédeme lágrimas y el recuerdo de la muerte y compunción. Señor, implanta en mí el deseo de confesar mis pecados. Señor, concédeme humildad, castidad y obediencia. Señor, concédeme paciencia, valor y mansedumbre. Señor, implanta en mí la raíz de todas las bendiciones y el temor de ti en mi corazón.
Señor, concédeme amarte con todo mi espíritu y con toda mi alma, y hacer siempre tu voluntad. Señor, protégeme contra ciertos hombres, de los demonios, de las pasiones y de toda cosa perniciosa Señor, sabes que haces de acuerdo con tu voluntad, sea cumplida también en mí, pecador, porque bendito eres por los siglos de los siglos. Amén
Homilías sobre el Evangelio de San Mateo - San Juan Crisóstomo by mariaro2011
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