EL Rincón de Yanka

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lunes, 5 de octubre de 2026

LIBRO "LAS REDES DEL CAOS": 🖧 LA HISTORIA SECRETA DE CÓMO LAS REDES SOCIALES EMPOBRECEN LA MENTE Y EROSIONAN EL MUNDO por MAX FISHER

 
LAS  REDES  
DEL  CAOS
🖧
La historia secreta de cómo 
las redes sociales 
empobrecen la mente y 
erosionan el mundo

Un portentoso trabajo de investigación periodística que revela qué se esconde tras los likes y la aparente frivolidad de las redes sociales, al tiempo que describe una sociedad peligrosamente a merced de unos gigantes tecnológicos que eluden cualquier principio ético ante la perspectiva del lucro.
En 2018, un grupo de investigadores descubrió que el algoritmo de YouTube podía identificar correctamente un vídeo de un niño semidesnudo y determinar que esa característica era el atractivo de la grabación, al tiempo que lo promocionaba entre usuarios que buscaban contenido pedófilo. En Facebook tardaron poco en darse cuenta de que los usuarios pasaban muchas más horas en su página cuando las informaciones que leían sobre vacunas eran alarmistas o conspirativas, con lo que no dudaron en promocionar ese tipo de publicaciones, en especial entre grupos de madres.

Las redes sociales son probablemente el mayor experimento colectivo de la humanidad y su influencia es mucho más profunda de lo que imaginamos. Nuestras mentes, hijos y democracias están a merced de una industria carente de toda ética cuyo único objetivo parece ser apropiarse de nuestro tiempo y atención.
Basándose en años de reportajes en todo el mundo, Max Fisher cuenta la historia de cómo Meta, Twitter, YouTube y otras redes sociales han explotado la fragilidad psicológica de sus usuarios para crear algoritmos que potencien la radicalización, el extremismo y la violencia. Todo ello con un único objetivo: maximizar sus beneficios y la cuenta de resultados de sus empresas.

PRÓLOGO

Consecuencias

Entrar en la sede central de Facebook puede parecer como entrar en el Vati­cano: un centro de poder rodeado de hermetismo y opulencia que abochor­naría a cualquier oligarca ruso. La empresa destinó 300 millones de dólares solo a la construcción del número 21, una espaciosa plaza de acero y cristal formada por jardines, patios y restaurantes gratuitos que visité a finales de 2018. Entre reuniones, me llamó la atención un mural de dos pisos de altura que había en un muro trasero, pues me recordó a un famoso artista chino al que poco antes se le había dedicado una exposición en el Museo Guggen­heim. Pregunté a la responsable de relaciones públicas que me acompañaba durante la visita si habían pintado el muro a propósito, imitando el estilo de ese artista. Ella sonrió con educación. No se trataba de una imitación. Habían traído al artista en avión expresamente para que pintara un original en los muros de Facebook. Y lo mismo con otros muchos artistas. A todo mi alre­dedor, programadores con un sueldo magnífico iban ajetreados de aquí para allá por pasillos adornados con murales de un valor incalculable.

Dentro de mi mochila, entre varias libretas, estaba mi tique de entrada: más de 1.400 páginas de documentos internos, procedentes de zonas de todo el planeta, que ponían al descubierto cómo la mano invisible de Facebook establecía los límites de lo aceptable en política y en los discursos para 2.000 millones de usuarios de todo el mundo. Para el trabajador que me los había filtrado, los archivos eran una prueba de la negligencia y los atajos de la com­pañía para intentar frenar el creciente revuelo internacional que, según él, los productos de la empresa agravaban o incluso provocaban. Para mí, eran mucho más que eso. Eran una ventana que permitía ver qué opinaban los di­rectivos de Facebook sobre las consecuencias de la aparición y el crecimiento de las redes sociales.

Como otras muchas personas, de entrada yo había supuesto que los peligros de las redes sociales provenían sobre todo del mal uso que de ellas hacían personajes malvados -propagandistas, agentes extranjeros o vende­dores de noticias falsas- y que, en el peor de los casos, las distintas plataformas eran una vía pasiva por la que discurrían problemas que la sociedad ya tenía de antes. Sin embargo, en casi todos los sitios a los que viajé por mi actividad periodística para informar sobre déspotas, guerras y revueltas de países lejanos, se vinculaban una y otra vez hechos extraños y extremos a las redes sociales. Unos disturbios repentinos, una nueva organización ra­dical o la creencia generalizada en alguna estrambótica conspiración: todo ello tenía un vínculo común. Y, a pesar de que en Estados Unidos aún no había estallado la violencia, las similitudes con lo que estaba ocurriendo allí eran innegables. Todas las semanas salía alguna noticia sobre una conspira­ción de Twitter que llegaba a la política nacional, una subcultura de Reddit que derivaba en el neonazismo o un adicto a YouTube que perpetraba una masacre.

Y la inesperada victoria de Donald Trump en 2016 se había atribuido, en parte, a las redes sociales. Aunque el papel de las plataformas aún se enten­día poco, ya era evidente que el ascenso de Trump se debía a unos nuevos y extraños movimientos de base y a unas opiniones muy polarizadas que proliferaban en internet, además de a unos agentes rusos que habían sacado partido de las tendencias de las redes sociales para distorsionar la realidad y reforzar la identidad. Ese patrón mundial parecía indicar algo fundamental de la tecnología, pero nadie era capaz de decirme qué era aquello exacta­ mente, por qué estaba sucediendo o qué significaba.

En el otro extremo del mundo, un joven al que llamaré Jacob -empleado de una de las muchas empresas a las que Silicon Valley subcontrata el trabajo sucio- albergaba más o menos las mismas sospechas que yo. Había hecho sonar todas las alarmas que había podido. Sus jefes le habían escuchado con preocupación, decía, incluso con solidaridad. Habían visto las mismas cosas que él. Había algo en el producto que supervisaban que estaba yendo peligro­samente mal.

Jacob, un chico delgado y amante de los libros, había crecido enamorado de internet y se había pasado años jugueteando con ordenadores. Aquellas tecnologías parecían representar lo mejor de Estados Unidos. Jacob admiraba mucho a magnates de internet como Mark Zuckerberg, director ejecutivo y fundador de Facebook, quien sostenía que conectar el mundo lo convertiría en un lugar mejor. Cuando Jacob encontró un trabajo en una empresa que revisaba contenido de usuarios de Facebook e Instagram, una de las varias agencias que la compañía subcontrata en todo el mundo, le pareció que em­pezaba a formar parte de la historia.

Cada día su equipo revisaba miles de publicaciones de todo el mundo y señalaba todas aquellas que incumplieran una norma o se pasaran de la raya. Él tenía la sensación de que era una tarea agotadora pero necesaria. No obstante, a lo largo de algunos meses de los años 2017 y 2018, se habían dado cuenta de que las publicaciones estaban cada vez más cargadas de odio, de conspiraciones y de extremismo. Y notaban que, cuanto más incendiaria era la publicación, más la difundían las plataformas. Les parecía que había un patrón, algo que se repetía en las decenas de sociedades e idiomas que tenían el encargo de supervisar.

Además, creían que su capacidad de frenar el odio y la incitación crecientes se veía limitada por lo mismo que supuestamente tenía que ayudarlos: los montones de reglamentos secretos que dictaban qué podían permitir en las plataformas y que tenían que eliminar. Para los más de 2.000 millones de usuarios de Facebook, estas normas son en su mayor parte invisibles. Están pensadas para que las plataformas sean seguras y civilizadas, y lo regulan todo, desde la frontera entre la libertad de expresión y los discursos de odio hasta los límites de los movimientos políticos permisibles. Pero a medida que los reglamentos se demostraron insuficientes para contener los perjui­cios que con frecuencia creaba la propia plataforma, y a medida que la super­ visión empresarial de esta parte -muy poco glamurosa- del negocio iba a la deriva, las guías internacionales habían ido ampliándose hasta convertirse en cientos de páginas confusas y a menudo contradictorias. 

Algunas de las más importantes -sobre cómo identificar el reclutamiento de terroristas o la supervisión de elecciones polémicas- estaban llenas de erratas, errores fácticos y vacíos legales obvios. La chapucería y las lagunas indicaban una peligrosa indiferencia por una labor que Jacob veía como una cuestión de vida o muerte, y eso en un momento en que las plataformas estaban repletas de un extremismo que cada vez más hacía derramar sangre en el mundo real. Tan solo unos meses antes, en Birmania, las Naciones Unidas habían acusado formalmente Facebook de permitir que su tecnología contribuyera a provo­car uno de los genocidios más atroces desde la Segunda Guerra Mundial.

Jacob anotó las conclusiones y las preocupaciones de su equipo para en­viarlas a instancias superiores. Pasaron meses. El aumento del extremismo en internet no hizo más que empeorar. Él iba todos los días al trabajo y esperaba delante de su ordenador a que llegase una respuesta de la sede cen­tral, en los lejanos Estados Unidos, pero nunca llegó. Jacob tuvo una idea. Consistiría en meterse dentro del sistema de seguridad en el trabajo, extraer a escondidas archivos confidenciales y filtrarlos al extranjero, y luego con­ vencer a los medios de que publicasen sus advertencias en su lugar: todo ello con la esperanza de hacer llegar la información a la pantalla de una persona: Mark Zuckerberg, fundador y director ejecutivo de Facebook. Jacob estaba seguro de que la distancia y la burocracia le impedían llegar a las personas responsables. Con que pudiera hablar con ellos, seguro que querrían arreglar las cosas.

Jacob se puso en contacto conmigo por primera vez a principios de 2018. Una serie de artículos míos en los que había investigado el papel de las redes sociales en el aumento de la violencia masiva en lugares como el pe­queño país asiático de Sri Lanka, le parecieron una confirmación de que los problemas que él había observado en la pantalla eran reales. Y que tenían unas consecuencias cada vez mayores y a veces mortíferas. Pero sabía que su palabra por sí sola no sería suficiente. Tendría que sacar a hurtadillas de los ordenadores de su oficina los reglamentos internos de la empresa y los do­cumentos sobre formación. No sería fácil -las máquinas estaban muy bien protegidas y las oficinas estaban monitorizadas de cerca-, pero era posible: un año antes, alguien había logrado hacer llegar algunos de los archivos a The Guardian y más adelante también se filtraron documentos a Vice News. Jacob creó un programa para sacar los archivos sin ser visto, encriptándolos y eliminando las huellas digitales con las que pudiera encontrarse su rastro o incluso que pudiera conducir hasta el país donde estaban ubicadas sus oficinas. Me envió algunos archivos mediante un servidor seguro. Al cabo de algunas semanas, me subí a un avión para ir a recoger el resto de los archivos y para reunirme con él.

Facebook, al saber lo que había obtenido, me invitó a su elegante sede central y me ofreció la posibilidad de entrevistarme con varios directivos de la empresa. Todos ellos eran profesionales tenaces. Algunos se habían gran­jeado una admirable reputación en Washington, en ámbitos como la lucha antiterrorista o la ciberseguridad, antes de sumarse a la fiebre del oro de Silicon Valley. Otros tenían un historial impresionante en el ámbito de los derechos humanos o la política. Nada tenían que ver con los hackers de garaje y los soñadores que no habían terminado los estudios que antes gobernaban las plataformas, aunque más adelante se vería a las claras que las ideologías y sesgos de residencia estudiantil de la primera época de Silicon Valley aún se defendían con una convicción casi religiosa en sus campus y seguían inte­grados en la propia tecnología que difundía esos mismos ideales al resto del mundo.

En mis conversaciones en la sede central de Facebook detecté un extraño patrón. Un ejecutivo me explicaba el desafío que consumía sus días: impe­dir que los terroristas reclutaran adeptos en la plataforma, ser más listo que los hackers de Gobiernos hostiles, determinar qué combinación de palabras constituía una inaceptable incitación a la violencia. Casi cualquier pregunta que formulaba, por sensible que fuese, daba lugar a una respuesta directa y matizada. Cuando un problema estaba por resolver, lo reconocían. Ninguno tuvo que comprobar sus notas para decirme, por ejemplo, cuál era la política de Facebook con respecto a las organizaciones independentistas kurdas o para explicarme sus métodos para elaborar las normas sobre los discursos de odio en tagalo.

Me preguntaba: con unos directivos tan meticulosos y ultracualificados, ¿por qué los problemas para los que articulan unas respuestas tan razonadas parecen ir siempre a peor? Cuando organizaciones pro derechos humanos alertan a Facebook de un peligro inminente salido de su plataforma, ¿por qué tan a menudo la empresa no actúa? ¿Por qué periodistas como yo, con tan poca capacidad de escudriñar las operaciones de la plataforma y una dimi­nuta parte de su personal o presupuesto, siguen publicando informaciones sobre atrocidades y sectas nacidas en Facebook que parecen cogerlos por sorpresa? Pero en algún momento de cada entrevista, cuando les preguntaba por los peligros causados no por personajes malvados que hacen un mal uso de la plataforma, sino por la plataforma en sí, era como si se levantase un muro mental.

«Los abusos que ves no son ninguna novedad -dijo la jefa de políticas internacionales de la compañía cuando le pregunté por las consecuencias de la plataforma-. Lo que es distinto en este caso es el poder de amplificación de algo como una red social». 
«Como sociedad, aún nos queda mucho para entender todas las consecuencias de las redes sociales», dijo el jefe de ci­berseguridad de la compañía dando a entender que el cambio principal pro­vocado por la tecnología había sido sencillamente reducir la «fricción» en la comunicación, lo cual permitía que los mensajes viajasen más deprisa y más lejos.

Aquella era una imagen extrañamente incompleta de cómo funciona Fa­cebook. En la empresa, muchos parecían casi no ser conscientes de que los algoritmos y el diseño de la plataforma configuran de forma deliberada las experiencias y los incentivos de los usuarios y, por tanto, a los propios usuarios. Estos elementos son el núcleo del producto, la razón por la que cientos de programadores iban de un lado para otro mientras hablábamos. Era como entrar en una fábrica de cigarrillos y que los directivos te dijesen que no entendían por qué la gente se quejaba de los efectos sobre la salud de las cajetillas de cartón que ellos vendían.

En un momento dado, mientras hablaba con dos empleados que supervisa­ban la respuesta ante las crisis, dejé a un lado el modo periodista y los alerté de algo preocupante que había visto. En países de todo el mundo estaba aflo­rando un rumor espantoso, de forma al parecer espontánea, en Facebook: que unos misteriosos forasteros secuestraban niños locales para convertirlos en esclavos sexuales y extraerles los órganos. Las comunidades expuestas a ese rumor estaban respondiendo de maneras cada vez más peligrosas. Cuando a través de Facebook y WhatsApp el rumor llegó a una zona rural de Indonesia, por ejemplo, en nueve aldeas se habían formado turbas que habían atacado a transeúntes inocentes. Era como si ese rumor fuera algún virus misterioso que convertía comunidades normales en muchedumbres sanguinarias, y aquello parecía salir dela propia plataforma. Los dos emplea­ dos de Facebook escucharon y asintieron con la cabeza. Ninguno preguntó nada. Uno comentó de paso que tenía la esperanza de que, algún día, una ins­tancia independiente investigase cosas como aquellas, y luego cambiamos de tema.

En cualquier caso, en Facebook siguieron apareciendo versiones del rumor. Una versión estadounidense, que había surgido primero en el tablón de men­sajes 4chan bajo la etiqueta «QAnon», había llegado poco antes a Facebook como una cerilla a un charco de gasolina. Más adelante, cuando QAnon se convirtió en un movimiento con decenas de miles de seguidores, un informe interno del FBI lo identificó como una amenaza terrorista nacional. Durante todo el proceso, los motores de recomendación de Facebook fomentaron los grupos de QAnon hasta alcanzar enormes cifras de lectores, como si ese no fuera sino otro club más, con lo cual contribuyeron a agrandar la conspira­ción hasta que tuvo el tamaño de un partido político minoritario, al parecer por ninguna otra razón que los clics continuos que generaba el contenido de QAnon.

No obstante, dentro de los muros pintados de Facebook, el convencimiento de que el producto era algo positivo parecía inquebrantable. El ideal funda­ mental de Silicon Valley según el cual hacer que la gente pase más y más tiempo conectada a internet enriquecerá su mente y hará del mundo un lugar mejor estaba muy extendido entre los ingenieros que crean y mol­dean los productos. 
«A medida que la plataforma llega a más países y más personas, aumentan los riesgos -afirmó una ingeniera veterana sobre el importantísimo canal de noticias de Facebook-. Pero también creo que hay mayores oportunidades para que la gente esté expuesta a nuevas ideas.» Y me aseguró que eliminarían cualquier riesgo derivado de la misión de la pla­taforma de maximizar la participación de los usuarios.

Más adelante me enteré de que, poco antes de mi visita, varios investiga­ dores de Facebook --designados por la empresa para estudiar los efectos de su tecnología en respuesta a las sospechas crecientes de que el sitio podía estar empeorando las divisiones políticas en Estados Unidos- habían aler­tado a nivel interno de que la plataforma estaba haciendo justo aquello de lo que los ejecutivos de la compañía, en nuestras conversaciones, habían hecho caso omiso. 

«Nuestros algoritmos sacan provecho de la atracción del cerebro humano por la división», alertaron los investigadores en una presentación de 2018 que luego se filtró al Wall Street Journal. De hecho, decía también la presentación, los sistemas de Facebook estaban diseñados de tal forma que ofrecían «un contenido cada vez más divisivo para captar la atención de los usuarios e incrementar el tiempo que estos pasaban en la plataforma». Los ejecutivos guardaron el estudio en un cajón y rechazaron gran parte de las recomendaciones que en él se hacían. 

Esos consejos habrían consistido en modificar los sistemas de promoción que elegían lo que ven los usuarios y podrían haber reducido el tiempo que pasaban conectados. La pregunta que yo había traído a los pasillos de Facebook -¿cuáles son las consecuencias de hacer pasar una porción cada vez mayor de la política, la información y las relaciones sociales humanas a través de unas plataformas de internet dise­ñadas expresamente para manipular la atención?- allí era un absoluto tabú. Los meses posteriores a mi visita coincidieron con lo que fue el periodo de mayores críticas públicas de la historia de Silicon Valley hasta entonces. Los gigantes de las redes sociales tuvieron que comparecer ante el Congreso estadounidense, se vieron forzados a aceptar leyes extranjeras, multas multimillonarias y amenazas de fragmentación forzosa. Los personajes públicos se referían de forma habitual a las compañías como una de las mayores ame­nazas de nuestro tiempo. En respuesta a eso, los directivos de las empresas se comprometieron a hacer frente a los daños que emanaban de sus servicios. Inauguraron salas donde se controlaría la integridad de las elecciones y actualizaron sus políticas de revisión de contenidos. Pero su modelo de negocio -mantener a las personas pegadas a sus plataformas cuantas más horas al día mejor-y la tecnología subyacente desplegada para alcanzar este objetivo no cambiaron casi nada. Y mientras los problemas que habían prometido re­solver no hacían más que empeorar, ganaban más dinero que nunca.

La nueva década trajo una ola de crisis. La pandemia del coronavirus, conflictos raciales en Estados Unidos, el ascenso meteórico de una nueva ex­ trema derecha violenta y el intento de destrucción de la propia democracia estadounidense. Todas esas crisis pusieron a prueba la influencia de las pla­taformas en nuestro mundo. O la pusieron al descubierto, ya que sacaron a la luz ramificaciones que llevaban años formándose.

En verano de 2020, una auditoría independiente de Facebook -encargada por la compañía ante la presión de organizaciones de derechos civiles- llegó a la conclusión de que la plataforma era todo lo que sus ejecutivos me habían insistido en que no era. Sus políticas permitían una desinformación descon­trolada que podía alterar elecciones. Sus algoritmos y sistemas de recomen­ dación estaban «conduciendo a los usuarios hacia cámaras de resonancia en las que se potenciaba el extremismo», lo cual les enseñaba a odiar. Pero quizás lo peor de todo era que el informe concluía que la empresa no entendía cómo sus productos afectaban a sus miles de millones de usuarios.

Sin embargo, había unas pocas personas que sí lo entendían y, bastante antes de que muchos de nosotros estuviéramos preparados para oírlo, inten­taron alertarnos. La mayoría empezaron siendo unos verdaderos creyentes obsesionados con la tecnología, algunos formaban parte de Silicon Valley, motivo por el cual precisamente estaban mejor situados para darse cuenta pronto de que algo estaba yendo mal, para investigarlo y evaluar las conse­cuencias. Pero las empresas que afirmaban que querían entender esas ideas obstaculizaban sus iniciativas, cuestionaban su reputación y ponían en duda sus conclusiones, hasta que en muchos casos las empresas se vieron forzadas a admitir, aunque fuera solo de forma implícita, que quienes habían hecho sonar las alarmas tenían razón desde el principio. Hicieron su trabajo, al menos de entrada, de forma independiente, empleando métodos muy distin­tos para abordar la misma pregunta: 
¿cuáles son las consecuencias de esta tecnología? Este libro trata sobre la misión de responder a esta pregunta, y está narrado, en parte, a través de las personas que la llevaron a cabo.

Se demostró que la creencia popular inicial de que las redes sociales fo­mentan el sensacionalismo y la ira, aunque era cierta, se quedaba muy corta. Una cantidad cada vez mayor de pruebas, recogidas por muchos académicos, periodistas, informantes y ciudadanos preocupados, hace pensar que sus efectos son mucho más profundos. Esta tecnología ejerce tal influencia en nuestra psicología y nuestra identidad, y es tan omnipresente en nuestras vidas, que cambia nuestra manera de pensar, comportamos y relacionarnos unos con otros. El efecto, multiplicado por miles de millones de usuarios, ha sido la transformación de la propia sociedad.

No se puede culpar a Silicon Valley de las flaquezas psicológicas que nos llevan a hacer daño a los demás o a actuar contra nuestros propios intereses. Ni de la profunda polarización cultural, en Estados Unidos y en otras partes, que allanó el camino para convertir esos nuevos espacios en campos para el conflicto partidista, donde se destruye todo sentido compartido de bienestar o realidad. Ni siquiera puede culparse a las compañías más grandes de Silicon Valley del modelo de financiación del sector de la alta tecnología que permitió su aparición, que consiste en ofrecer inversiones multimillonarias a veinteañeros con dificultades sociales y luego exigirles una rentabilidad in­ mediata y exponencial, sin que importen mucho los obscenos incentivos que eso genera. 

Aun así, esas compañías acumularon algunas de las mayores for­tunas empresariales de la historia sacando provecho de esas tendencias y de­bilidades, en un proceso que ha dado lugar a una época totalmente nueva de la experiencia humana. Las consecuencias -aunque, visto desde el presente, parecen casi previsibles al cien por cien, si alguien se hubiese tomado la molestia de prestar atención- quedaban escondidas detrás de una ideología según la cual las personas serían más felices y libres si pasaban más tiempo en internet. Y quedaban ocultas también detrás de una cepa del capitalismo de Silicon Valley que promueve una subcultura de ingenieros contestataria, descarada y casi mesiánica para dirigir las empresas que gobiernan nuestras mentes.

Cuando se presionó a esas compañías para que se comportasen, al menos en parte, como las instituciones de Gobierno de facto en las que se habían convertido, terminaron en el centro de crisis políticas y culturales de las que eran culpables parciales. Siendo benévolos, podríamos calificar el arbitraje de una democracia empeñada en su propia destrucción como una labor ingrata: si las compañías no hubieran alcanzado posiciones de tanto poder, no se habrían negado a asumir responsabilidades hasta que se les forzó a hacerlo a punta de pistola regulatoria y, en casi cada etapa del proceso, no habrían puesto en riesgo el bienestar de sus usuarios para seguir generando miles de millones de ingresos mensuales. Puesto que los gigantes de las redes sociales tenían pocos incentivos para afrontar el coste humano de sus imperios -un coste asumido por el resto de las personas, igual que un pueblo situado en el tramo inferior de un río en el que una fábrica desecha residuos tóxicos en su pozo comunitario-, tendrían que hacerlo en su lugar decenas de personas alarmadas externas al sector y desertores de Silicon Valley.

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sábado, 3 de octubre de 2026

LIBRO "LOS MAGOS DE LA OSCURIDAD": LOS SEÑORES DEL PODER: INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y TECNOCÉSARES por CRISTINA MARTÍN JIMÉNEZ


LOS  MAGOS  
DE  LA  
OSCURIDAD

Los nuevos señores del poder:
inteligencia artificial y tecnocésares

Una denuncia de las élites tecnológicas que aspiran a rediseñar la sociedad, concentrar el poder y decidir el destino de millones de personas.
¿Y si la revolución tecnológica que vivimos no estuviera cons­truyendo un futuro mejor, sino preparando un nuevo sistema de poder basado en el control, la vigilancia masiva y la guerra?
¿Y si figuras supuestamente comprometidas con el progreso de la humanidad, como Elon Musk, Mark Zuckerberg, Sam Altman, Peter Thiel o Alex Karp, estuvieran impulsando la lla­mada «Ilustración Oscura», un movimiento que propone el re­greso a unas estructuras políticas antidemocráticas y totalitarias, en las que la inteligencia artificial sea «el ojo que todo lo ve» y «la mente que todo lo decide», destruyendo nuestro conoci­miento y los avances de la civilización?
Cristina Martín Jiménez desvela los planes de la nueva élite del poder que, carente de códigos éticos y morales, está po­niendo en jaque las democracias y aspira a sustituirlas por un modelo de gobierno totalitario controlado por una minoría privi­legiada. Una transformación que amenaza la libertad, la igualdad, la justicia, la ciencia y el conocimiento que, en última instancia, conduce a la aniquilación de la esencia del ser humano.

INTRODUCCIÓN

Creo que una de las cosas más subversivas 
que uno puede hacer en nuestra sociedad 
es tratar de pensar por uno mismo.
 PETER THIEL

En marzo de 2016, por las vibrantes calles de Roma comenzaron a correr extraños rumores acerca de la llegada del Anticristo. No, no me lo estoy in­ventado... Y no hacía falta que lo anunciara ningún periódico. Roma siempre ha tenido sus propios canales de información: los pasillos, las sacristías, los cafés, las sombras del Vaticano y esa mezcla tan italiana de fe, miedo y po­lítica. Mientras el mundo moderno fingía haber enterrado las profecías bajo capas de progreso, allí, en la ciudad que ha visto caer imperios, coronar Papas y ocultar secretos, volvía a pronunciarse una palabra que nunca desaparece del todo: Anticristo.

El protagonista de aquella escena no era un predicador descalzo ni un iluminado de plaza pública. El magnate estadounidense Peter Thiel, uno de los hombres más ricos y poderosos del planeta, se paseaba por la Ciudad Eterna, henchido de orgullo y envuelto en un secretismo casi litúrgico, anun­ciando su particular «buena nueva» a todo aquel que quisiera escucharla. Mejor dicho, al reducido grupo de elegidos que tuvieron la dicha de asistir a las charlas de este nuevo y oscuro «profeta» de nuestro tiempo. Ni el lugar exacto de los encuentros ni la lista de invitados fueron revelados pública­ mente. Tampoco se permitió el uso de teléfonos móviles ni de dispositivos de grabación en las sesiones, no vayamos a confundir la «palabra de Belcebú» con un irrelevante concierto de Rosalía o de Taylor Swift. Hay misterios que deben protegerse del vulgo.

Resulta difícil no reparar en el escenario elegido para hablar de esta especie de Apocalipsis 2.0. Roma, con sus ruinas, sus iglesias, sus símbolos impe­riales, sus mármoles y sus pasillos de poder. Roma, la ciudad en la que se tejieron algunos de los hilos más enraizados de la civilización occidental y a escasos metros del Estado del Vaticano, sede central del gobierno de la Iglesia católica y residencia de los Papas desde 1377. Nada era casual. En hombres como Thiel, casi nada lo es y la puesta en escena también forma parte del mensaje. Porque Peter Thiel no solo acumula fortunas; también acumula re­latos. Y sabe perfectamente que, en nuestro tiempo, quien controla el cuento controla mucho más que una conversación; controla el marco mental desde el que millones de personas interpretarán el mundo. Mientras unos siguen creyendo que el poder se ejerce desde los Parlamentos, otros llevan años ejerciéndolo desde los medios de comunicación, las universidades, los fon­ dos de inversión, los laboratorios de microdatos, las empresas de seguridad y las tecnologías aplicadas a la guerra. Palantir Technologies, su criatura más conocida, no es precisamente una anécdota en esta historia. Es una pista. Y bastante luminosa.

Si vas a diseñar un nuevo mundo, necesitas un nuevo relato, mejor aún, toda una Biblia. ¿Y dónde mejor que Roma para a escribirla? ¿Dónde poner el primer ladrillo de su «Tecnópolis» sino en el corazón del símbolo, en el alma del imperio que inspiró a los posteriores? Consciente de que toda civilización necesita una cosmogonía fundacional, el «tecno-san Pedro» -Peter es Pedro en inglés; hasta en su nombre hay símbolo- sabe que no basta con levantar una nueva estructura de poder: necesita una fe, un dogma, una promesa de salvación y un enemigo al que combatir y condenar. El nuevo Pedro ya no edificará su Iglesia sobre la roca, sino sobre el silicio.

El caso es que la fecha sigue conectando con imperios antiguos, ciudades sagradas y guerras de poder. Apenas unos días después de que, el 28 de fe­brero, la Administración Trump y el Gobierno de Benjamín Netanyahu bombardearan Irán, Peter Thiel se preparaba para hablar del fin de la civilización, del fin de la democracia, del fin de la religiosidad y la espiritualidad, del fin de la libertad y de la justicia... En definitiva, del fin del ser humano como prota­gonista de progreso y de vida. Lo interesante es que, por lo poco que sabemos, Thiel y sus seguidores hablan de la llegada del Anticristo como una amenaza que nada tiene que ver con ellos -ni con sus empresas ni con el mundo que están construyendo-y dela que, por tanto, debemos protegernos. Es decir, nos alertan de que el Maligno está a la vuelta de la esquina y de que debemos prepararnos. Seríamos tontos si no lo hiciéramos. A fin de cuentas, como dice el refrán, el que avisa no es traidor. A la humanidad le espera un futuro pla­gado de lacras y sufrimiento-nos viene a decir Thiel-, a no ser que optemos por ceder nuestra dignidad y nuestra capacidad crítica para someternos a los designios de quienes saben lo que está sucediendo -o está a punto de suce­der- y, sobre todo, lo que nos conviene. La vieja táctica de todos los poderes ilegítimos: asustar primero para decretar después. Presentar la obediencia como protección. Convertir la sumisión en prudencia y vender la jaula como refugio. Él lo explica con una solemnidad calculada:

En nuestro presente hay fuerzas incesantes, más o menos ocultas, comprome­tidas en destruir lo que queda del Occidente que nos es querido e hipotecar el des­tino de la humanidad y su dignidad.

La frase suena grave. Incluso hermosa, si uno no la mira demasiado de cerca. Pero conviene hacerse algunas preguntas. ¿Cuáles son exactamente esas «fuerzas incesantes y ocultas» a las que se refiere Thiel? ¿De qué modo se «hará carne» el Anticristo? ¿Y en qué rostro podremos reconocerlo? ¿En el del político, en el del regulador, en el del crítico, en el del ciudadano que todavía se atreve a preguntar?

No es fácil responder a estas cuestiones porque al secretismo se añade una jerga pseudoteológica difícil de descifrar. Pero el fondo empieza a distin­guirse con bastante nitidez. Para Thiel, el Anticristo no parece ser la deshu­manización tecnológica, ni la vigilancia masiva, ni la concentración obscena de poder en unas pocas compañías privadas, ni siquiera la conversión de la vida humana en datos explotables. No. Para Thiel, el Anticristo es todo lo contrario de lo anterior: cualquier intento de limitar o cuestionar el avance tecnológico.

El Anticristo puede ser un Gobierno que pretenda regular el uso de las redes sociales. Puede ser un legislador que pregunte qué se hace con los datos de millones de ciudadanos. Puede ser un usuario de ChatGPT que denuncie que la información ofrecida por la inteligencia artificial es incorrecta, ses­gada o directamente falsa. Puede ser un periodista incómodo. Un profesor crítico. Un juez. Un Parlamento. Una ley. El Anticristo puedes ser tú.

Dicho de otro modo: para uno de los hombres más poderosos de la Tierra, el Maligno se encarna en todo aquel que le lleve la contraria o le critique y, por si alguien se atreviera a dudar, en la democracia en su conjunto, porque -a pesar de todos sus defectos y corrupciones- la democracia exige delibe­ración, límites, controles y responsabilidad, y es el sistema que mayor pen­samiento crítico y regulación requiere para funcionar. Es decir, todo aquello que molesta profundamente a quienes prefieren un mundo gobernado por la velocidad del dinero, la opacidad de los algoritmos y la ley del más fuerte.

No deja de ser fascinante observar que los mismos que convierten la liber­tad en un dato, la identidad en un perfil -o en una variable sociológica- y la política en una arquitectura invisible de control nos pidan que confiemos en ellos para salvarnos del mal. Porque lo que Peter Thiel calla es que, en realidad, quienes están «hipotecando el destino de la humanidad y su dig­nidad» son él mismo y toda la tribu de tecnocésares que planean convertir su palabra «divina» en hechos. Y para ello, cómo no, recurren a esta suerte de «mensaje» pseudorreligioso que parece ser el resultado de una borrachera delirante. Saben bien que «la fe mueve montañas» y, sobre todo, que los principios religiosos y civilizatorios, como la justicia, la bondad, el amor y el respeto al prójimo promueven conductas éticas y morales que moldean las normas sociales y las decisiones políticas de los Estados. Conceptos pasados de moda, piensan Peter Thiel y sus compañeros de farra nocturna. Ya hemos tenido bastante amor y respeto al prójimo durante dos milenios. Ahora ha llegado el momento de crear nuevos dioses a los que adorar y nuevos tiranos a los que obedecer. Y se han puesto manos a la obra.

En resumidas cuentas, de lo que se trata es de crear el caldo de cultivo adecuado para imponer una agenda plutocrática dirigida a acabar con las formas de gobierno tradicionales -democracia o dictadura- y sustituirlas por la tiranía de las élites tecnológicas y económicas, carentes del menor có­digo ético o moral. Y para ello, qué mejor que construir y difundir una nueva teoría -con tintes religiosos- que dé sustento a sus macabros planes de dominio. A fin y al cabo, en eso consiste la llamada «Ilustración Oscura», un movimiento reaccionario que propone un retorno a construcciones sociales y formas de gobierno -basadas en las monarquías absolutas- propias del Antiguo Régimen y la Edad Media, como el feudalismo y el vasallaje. Eso sí, con ellos, los tecno-oligarcas, en la cima, como dueños y señores del Orbe, de­cidiendo cómo hemos de pensar, sentir y comportarnos todos los demás.

En realidad, y como veremos en las siguientes páginas, los creadores y ejecutores de esta macabra teoría del apocalipsis obedecen a la misma fuerza motora que ha guiado el mundo desde sus inicios: la sed de poder... y el miedo a perderlo. No les basta con haber acumulado millones de dólares volviéndonos a todos adictos a las redes sociales y a sus productos tecnoló­gicos, sino que ahora aspiran a atemorizarnos con la llegada del Anticristo si no nos sometemos a sus planes de aniquilación. Porque, en última instancia, el objetivo es acabar con el libre albedrío que nos define como humanos para construir un «Estado mundial en red» dirigido por los tecno-oligarcas de Silicon Valley y por empresas que, como Palantir, controlan todos nues­tros datos y, a través de modelos de inteligencia artificial, nos espían -como ocurre con el famoso ICE (Servicio de Control de Aduanas e Inmigración de Estados Unidos), encargado de vigilar y expulsar a los migrantes que pre­viamente introdujeron como experimento geopolítico-, nos evalúan y nos condenan al exterminio ya la guerra. Pero Thiel también tiene miedo. ¿A qué teme? A perder sus 27.000 millones de dólares y a morir. Ni siquiera en la Ciudad Eterna entendió que él también es mortal.

En las siguientes páginas haremos un recorrido por las sombras más os­ curas del poder, por ese vasto territorio que ni se ve ni se oye abiertamente, aunque lo cierto es que su inconfundible hedor nos llega a todos. Mientras escribo estas páginas, me entero de que el ideario político de Palantir Technologies se resume en una de las noticias más llamativas que ha abierto un informativo en la televisión: «Mili universal y obligatoria, la tecnología al servicio de la guerra, impunidad para los líderes y la religión interviniendo en la política». O sea, que ya no se esconden, porque, como les ocurre a los gánsteres, su soberbia les impide mantener en secreto sus fechorías durante demasiado tiempo y siempre terminan presumiendo de sus conquistas. Ellos tienen el poder, así que ¿para qué seguir ocultándolo? Como veremos, esta siniestra y opaca compañía colabora directamente con Donald Trump, Ben­jamín Netanyahu, la OTAN, la Unión Europea y los Gobiernos de Ucrania y de muchos países de Hispanoamérica -aunque habría que preguntarse quién colabora con quién y quién rinde cuentas a quién- en sus aventuras bélicas, actuando como el cerebro de inteligencia artificial encargado de seleccionar los objetivos automáticamente, ya sea un enclave militar oculto en las mon­tañas, ya seamos nosotros en el salón de nuestras casas. Es decir, estamos ante la empresa encargada de sembrar la muerte y la destrucción donde más daño provoque.

No nos engañemos: la mal llamada guerra de Irán en ningún momento buscó acabar con el régimen de los ayatolás y llevar la democracia y el res­ peto por los derechos humanos a la principal potencia islámica de la región. La conquista del estrecho de Ormuz, por donde transita una parte decisiva del comercio mundial de petróleo y gas, es sin duda una pieza codiciada del tablero. Pero ahí no termina la partida. No. La guerra, en realidad, no es solo contra la soberanía de los iraníes, sino contra todos nosotros: contra nuestra libertad, contra nuestros valores, contra nuestra capacidad de pensar, opinar y decidir.

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Tecnología versus ser humano. Inteligencia artificial versus inteligencia humana. Tecnotiranía versus democracia, justicia y derechos humanos... Sé que parece una distopía, pero es real y está pasando ahora. No se trata de que las máquinas se rebelen y actúen contra las personas por propia iniciativa, como ocurre en multitud de libros y películas de ciencia ficción -y como al­gunos pretenden hacernos creer-, sino de cómo unos cuantos humanos han configurado -y lo siguen haciendo- la «inteligencia» de las máquinas (la IA) para actuar contra la civilización, acabar con ella y, a continuación, cons­truir desde cero su nueva Tecnópolis.

De este pequeño grupo de humanos nos ocuparemos en este libro. Todos tienen en común que son hombres-me pregunto dónde quedan las mujeres en su esquema mental- que dominan y controlan la tecnología y que tie­nen un ilimitado afán de control e influencia política. Están asentados en el corazón más oscuro del poder y anhelan manejar a su antojo todos los hilos que mueven el mundo. Nos pueden parecer locos o, en el mejor de los casos, excéntricos, pero lo cierto es que sus planes -y las consecuencias de estos­ están pensados al milímetro.

En la primera parte hablaremos de algunos viejos conocidos, esos «chi­cos» de Silicon Valley que llegaron para quedarse y abrir una senda que tarde o temprano todos recorreríamos, pese a las consecuencias nefastas que ha traído consigo: adicciones, abusos, suicidios, crímenes, desinformación, censura, adoctrinamiento masivo... Personajes como Elon Musk (X, SpaceX, Neuralink, xAI y Grok) o Mark Zuckerberg (Meta; es decir, Facebook, Insta­gram, WhatsApp y ahora Meta Al) aparecieron en escena a finales del siglo xx y principios del XXI para cambiarnos a todos la existencia2.. En un abrir y cerrar de ojos se convirtieron en multimillonarios y sus decisiones comen­zaron a mover los cimientos de nuestras vidas con el uso masivo de Internet y las redes sociales. Pero aquello solo era el inicio... Faltaba el siguiente golpe, que ellos mismos, junto con otros «eminentes colegas» (Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, o Sundar Pichai, CEO de Alphabet y Google), se encargaron de dar: el desarrollo de la inteligencia artificial y, con ella, la construcción de un nuevo orden mundial cognitivo diseñado a su gusto. Ellos mandan, censuran, crean opinión, programan algoritmos, ponen y quitan Gobiernos, intervienen en elecciones, declaran guerras y manejan a su antojo a los líderes políticos que se ponen a tiro, hayan salido o no de las urnas.

Como compañeros inevitables de los «chicos» de Silicon Valley aparecie­ron otras figuras que supieron aprovechar la coyuntura para dictar su doc­trina. Me estoy refiriendo a esos otros magos de la oscuridad que, desde sus particulares «tecnopúlpitos», se encargan de teorizar, de convertir sus haza­ñas y aspiraciones en programas políticos y de justificar sus acciones cons­truyendo un marco pseudofilosófico que nos conduce irremediablemente a la nada. Me estoy refiriendo a personajes como Peter Thiel y Alex Karp (fundador y director general, respectivamente, de Palantir Technologies), y de Curtis Yarvin y Nick Land (padres ideológicos de la Ilustración Oscura), de quienes hablaremos en la segunda parte del libro. Todos ellos invierten millones de dólares, dan charlas, aconsejan, financian campañas políticas, escriben libros de éxito -o, en su caso, blogs en Internet con millones de seguidores-y, loquees más importante, introducen en nuestro imaginario colectivo cuál es la dirección que debe tomar el mundo y el papel que en él desempeñará el «tecnohumano» que diseñan.

Como en mis libros anteriores, lo que propongo a mis lectores es un acto de reflexión tras conocer los datos. Y los datos (y las biografías de los pro­tagonistas) hablan por sí mismos. El orden mundial surgido del final de la Segunda Guerra Mundial ha colapsado y, como ocurre con todas las caídas definitivas, estas traen catástrofes y, al mismo tiempo, oportunidades. Ellos predican las ruinas. Nosotros estamos llamados a responder, porque nos en­contramos en la antesala de una nueva era regida por un tecnofeudalismo voraz e insaciable.

Para los protagonistas de este libro, el ser humano es el principal obstáculo del progreso tecnológico, por lo que debe ser «superado» y «mejorado». Para ello cuentan con la biomedicina y la inteligencia artificial, una herramienta que no deja de crecer, que se alimenta de sí misma -y de nuestros datos y conocimientos- para construir un mundo sin alma, sin sentimientos, sin principios. Es la era del transhumanismo (nos detendremos en este asunto en la tercera parte del libro), esa que algunos visionarios ya nos anunciaron en sus novelas distópicas, como George Orwell y su 1984; Aldous Huxley y su Un mundo feliz, o la mismísima Mary Shelley y su maravilloso Frankens­tein o el moderno Prometeo.

Lo que parecía el producto de la más pura fantasía se está convirtiendo en realidad, una realidad inmoral e inquietante -por no decir aterradora- que debemos conocer para hacerle frente.

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viernes, 2 de octubre de 2026

LIBRO Y PELÍCULA "LA CIUDADELA" (THE CITADEL), 1938 🏙

 LA CIUDADELA 
(THE CITADEL)

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NOVELA DE A. J. CRONIN: La conmovedora lucha de un médico contra la corrupción del sistema sanitario en la Europa de entreguerras. El primer trabajo de Andrew Manson, un joven médico idealista, es en un pueblo minero de Gales donde se enfrentará a todo tipo de problemas médicos y humanos. Más tarde, cuando se traslade a Londres, el materialismo hará cambiar, momentáneamente, su visión de la vida, que recuperará gracias a la integridad de su mujer y sus amigos.
La Ciudadela es una novela poderosa y provocadora escrita por A.J. Cronin, publicada por primera vez en 1937. Ambientada en un pequeño pueblo minero galés, la historia sigue la vida y la carrera del Dr. Andrew Manson, un joven y ambicioso médico que sueña con marcar la diferencia en el campo de la medicina. A medida que Manson se enfrenta a los desafíos y dilemas éticos de la práctica médica, se desilusiona cada vez más con el sistema de salud corrupto y movido por el lucro del que forma parte. 

La novela es una crítica mordaz de la profesión médica y de los efectos deshumanizadores del capitalismo en la atención médica. Explora temas como la ambición, la ética, la clase social y la lucha por la integridad en un mundo dominado por la codicia y el poder. A través del viaje de Manson, la novela plantea importantes interrogantes sobre el propósito y la responsabilidad de los profesionales de la salud, el papel de la medicina en la sociedad y las concesiones morales que las personas pueden verse obligadas a hacer en busca del éxito. La Ciudadela es una obra que invita a la reflexión y conmueve profundamente, desafiando a los lectores a meditar sobre los valores y las prioridades que dan forma a sus propias vidas. 

Es una historia atemporal y universal que sigue siendo relevante y conmovedora en el mundo actual, donde el acceso a la atención médica, su asequibilidad y la ética continúan siendo objeto de intensos debates. Con sus personajes ricamente desarrollados, su trama apasionante y su poderoso mensaje, La Ciudadela es una novela clásica que continúa inspirando y provocando a los lectores más de 80 años después de su publicación inicial.

5 lecciones clave de La Ciudadela

1. Los escollos de la profesión médica: La Ciudadela pone de relieve la corrupción y los dilemas éticos presentes en el campo de la medicina. El protagonista, el Dr. Andrew Manson, se enfrenta a desafíos al lidiar con la burocracia y la codicia que imperan en el sistema de salud.
2. La importancia de mantenerse fiel a los propios ideales: A lo largo de la novela, el Dr. Manson lucha por mantener su integridad profesional y su ética en medio de las presiones sociales. La importancia de mantenerse fiel a la propia brújula moral es un tema clave en La Ciudadela.
3. El impacto de la clase social y el estatus: La novela explora el impacto de la clase social y el estatus en las oportunidades y el éxito de una persona. El ascenso del Dr. Manson en el campo de la medicina está influenciado por sus contactos y su capacidad para adaptarse a las normas y expectativas sociales.
4. La búsqueda de la felicidad personal: La Ciudadela profundiza en el tema de la felicidad y la realización personal. La búsqueda del éxito y el reconocimiento profesional del Dr. Manson se contrapone a su lucha por encontrar la verdadera felicidad y satisfacción en su vida personal.
5. El poder de la redención y el autodescubrimiento: La novela enfatiza, en última instancia, el poder de la redención y el autodescubrimiento. El camino del Dr. Manson hacia la autoconciencia y el crecimiento personal transmite un poderoso mensaje sobre la importancia de la introspección y la superación personal.

"EL TRABAJO DE UN MÉDICO NO ES PARA ENRIQUECERSE SINO PARA AYUDAR A LA HUMANIDAD".
"La mayor alegría en la vida es la satisfacción de saber que has marcado una diferencia positiva en la vida de otra persona".
"El ejercicio de la medicina requiere una mente aguda, una mano firme y un corazón compasivo".
"La práctica de la medicina es un trabajo en equipo, y el éxito solo se puede lograr mediante la colaboración y la comunicación entre todos los miembros del equipo de atención médica".
"La vida es un regalo precioso, y es deber del médico hacer todo lo que esté a su alcance para preservarla y protegerla".
"Un médico debe tener la humildad de reconocer sus propias limitaciones y el valor de buscar ayuda y consejo cuando sea necesario".


Andrew Manson, un joven médico que consigue su primer empleo en una población minera de Gales, se entrega al cuidado de trabajadores enfermos y gentes oprimidas. Las circunstancias, sin embargo, acabarán poniendo a prueba sus principios morales.

Excelente película, como excelente es su director King Vidor —poco conocido por esta obra "La ciudadela" y mucho más por otras cuyas historias resultan menos profundas o esenciales, como son el caso de "Duelo al sol" (1946), "El manantial" (1949), "Pasión bajo la niebla" (1952), "La pradera sin Ley" (1955) o "Salomón y la reina de Saba" (1959); sólo supera a "La ciudadela", por la enjundia y contenido, su film más laureado con toda razón "Guerra y paz" (USA 1956)—.
La película es una estupenda exposición crítica de las componendas, sinvergonzonerías e intereses creados que se dan en la profesión médica, válida no ya sólo para la primera mitad del siglo XX (tiempo en que se sitúa la historia), sino también para antes de esas fechas, para nuestros días, e igual y por lo que vemos continuamente para las décadas que aún no han llegado.

King Vidor nos narra fílmicamente, de manera espléndida, contundente y sobrecogedora, la vida de un médico desde que llega a su primer destino en una aldea, después de titularse como facultativo, con los problemas primeros de novato inexperto, con las adversidades que representan la gente ignorante o malintencionada y el medio en que hay que trabajar, con las luchas sostenidas con los propios colegas y sus círculos acotados donde no quieren que nadie les haga sombra ni perder sus cotas de poder, etc.
Es decir, una magnífica película que debían de pasarle en el primer año y de nuevo en el último, a los estudiantes que quieren licenciarse en medicina (al menos para que tengan constancia imantadora y magnífica de lo que son los primeros ideales de la profesión, y que el protagonista encarna de forma magistral, además de las tentaciones de hacer del ideal un negocio para enriquecerse y sobre todo para que observen bien a las claras qué es moral médica, o si lo prefieren, qué es ética médica).

En definitiva, y como K. Vidor bien hace decir a la mujer del médico protagonista, en un momento en que éste ha perdido todos sus ideales y dignidad humanitaria, habiendo caído en la práctica médica sólo como negocio y modo de enriquecerse: «Tu trabajo no es ganar dinero, sino ayudar a la Humanidad.»
"La ciudadela" es de las mejores y más concienciadoras películas, que pueden hallarse en la historia de la cinematografía, sobre el tema de profesionales médicos y el ejercicio de la medicina ya con moral ya con inmoralidad. Maravillosa película que hace llorar de emoción y que vista una vez les aseguro guardarán como una joya y volverán a ver complacidamente numerosas veces más; o sea una verdadera obra de arte.

El film suma drama, romance, crítica social y medicina. Explora las dificultades con la que se ha de enfrentar un médico recién licenciado a causa de su inexperiencia, la ignorancia de la población a la que asiste, la fuerza de los prejuicios colectivos y las inercias que obstaculizan la aceptación de nuevos remedios y nuevos métodos de diagnóstico. Por lo demás, el idealismo y la intransigencia propios de la juventud pueden suscitar la hostilidad de algunos colegas deseosos de evitar problemas, amparándose en prácticas y corruptelas inconvenientes: prescripción de medicinas que no curan y no perjudican (pero gustan a los enfermos), demora del anuncio de diagnósticos alarmantes (foco de tisis), etc. Otros peligros son la ofuscación que producen la fama y el éxito y las tentaciones que genera la codicia. Las reflexiones sobre las obligaciones del médico y los peligros que le acechan tienen una validez que va más allá de los profesionales de la medicina. Son de aplicación a todas las profesiones y a todo tipo de profesionales.
Para la correcta interpretación del film se ha de tener en cuenta que se refiere a una etapa temporal anterior a la reforma sanitaria que se aplica en el RU tras la IIGM, durante el gobierno laborista de Clement Attlee (1945-51) con la creación, gestionada por el ministro de sanidad Aneurin Bevan, del National Health Service (NHS).

DEONTOLOGÍA Y ALEGATO

“Te conocí con la esperanza en la mirada 
y arrojo en el corazón”

Si hay algo que me haya producido desencanto en la vida, es encontrar a tres excompañeros de la universidad, con los que pregonábamos la justicia social y la transparencia en el ejercicio de nuestra educación, matriculados dos de ellos después, en rancios y corruptos partidos políticos, y el tercero haciendo de médico en uno de esos hospitales donde la honestidad apenas entra por una rendija. Ver a un par de amigos, con los que compartí experiencias alrededor del arte en el que nos movíamos ávidos de despertar conciencias y elevar el nivel cultural de nuestro pueblo, haciendo de pastor, el uno, en una desvergonzada iglesia, y el otro sirviendo a un laboratorio de fármacos donde cuenta vender pero nunca sanar; y mayor desencanto me ha producido, ver a uno de mis exalumnos a quienes tanto insistí sobre el carácter y la dignidad, y sobre el respeto a sí mismos y hacia los demás, trabajando para una de esas empresas donde ganar dinero es lo único que cuenta… y hasta lloré, el día en que descubrí a una preciosa alumna que ahora estaba prostituyéndose.

¿Qué es lo que nos cambia? ¿Qué es lo que nos arranca ese esplendoroso brillo que teníamos en la mirada con el cual podíamos ver amorosamente a cada ser humano? ¿Qué es lo que nos saca de la luz y nos mete en la oscuridad como si en esta hubiera esperanza alguna?

En “LA CIUDADELA” hay algunas respuestas. King Vidor ha hecho un filme directo, objetivo y basado en hechos reales, pues el autor de la novela, el escocés A. J. Cronin (Archibald Joseph Cronin, 1896-1981) fue un médico cirujano graduado con honores y quien ejerció en lugares como los que vemos en la película pues, algo de ficción, pero mucho de autobiográfico resplandece en ella, y el objetivo era mostrar como, una ciencia nacida para servir a la humanidad y no para llenarse de dinero, en adelante ha funcionado completamente a la inversa. De no ser por una tomas con back-projection donde se evidencia demasiado el proceso, creo que “LA CIUDADELA” hubiera sido una película perfecta. Pero, en cualquier caso, es imprescindible.

Se trata aquí de un médico, Andrew Manson (muy bien representado por el estupendo Robert Donat) quien junto a su gran amigo, Philip Denny (magnífico Ralph Richardson), comienza un ejercicio limpio y consecuente de la medicina, pero cansado después de las limitaciones y de la obtusa oposición que encuentra en sus proyectos, se deja seducir por una particular oferta donde, con algo de maña, trabajando en un particular equipo, y sabiendo cobrar a quienes se puede cobrar, es muy fácil llenar una caja de caudales y poder acceder a todos los lujos que nos ofrece el mercado.

Vidor trata a sus personajes con la mayor altura, no hace juicios, no condena a nadie -excepto a un personaje que colma la tasa del atrevimiento- pero la denuncia está ahí, directa y muy precisa. Y cuanto nos duele saber que, ¡77 años después de escrita la novela y 76 de realizada la película “LA CIUDADELA”!, las cosas siguen peor y la medicina es cada vez un negocio más oportunista, excluyente e infame, con un espíritu de servicio elevado a la mínima potencia.

Me llega al alma la frase que, Philip, tiene el valor de decirle a su amigo Andrew en un momento crucial: “El mundo está lleno de miserables, pero cuando tu mejor amigo se une a ellos, eso es lo que duele… y en realidad duele mucho”.


👉LA CIUDADELA, 1938  👈