EL Rincón de Yanka

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martes, 12 de mayo de 2026

LIBRO "USOS del PESIMISMO": EL PELIGRO DE LA FALSA ESPERANZA por ROGER SCRUTON

USOS del PESIMISMO

EL PELIGRO DE LA
FALSA ESPERANZA

ROGER SCRUTON


"Un estudio sobre los usos del pesimismo revelará
un rasgo todavía más interesante de la naturaleza humana:
que los errores más obvios son los más difíciles de rectificar".
Pocas actitudes están mejor vistas socialmente y necesitan menos defensa que el optimismo. La mayoría de personas creen que en el futuro desaparecerán las enfermedades, que la buena disposición anímica es la clave para superar las adversidades, que una comunidad de individuos libres es compatible con la igualdad social, que podemos conseguir cualquier cosa que nos propongamos si la queremos con suficiente intensidad…
¿Pero qué ocurre cuando nuestro optimismo se vuelve tan desmesurado que no nos deja calcular correctamente nuestras posibilidades de éxito, cuando nos empuja a pensar que podemos conseguir nuestras metas sin esfuerzo, cuando el optimismo choca con la realidad? En muchas ocasiones, cuando las expectativas se frustran, las personas, en lugar de reconsiderar sus objetivos, consideran que los que tienen éxito (países, ciudadanos, grupos sociales) son los responsables del fracaso, de este sentimiento germinan las políticas del resentimiento que al perseguir la utopía de la igualdad social, cultural, económica y educativa están socavando las instituciones, las tradiciones y las costumbres que posibilitan que los seres humanos convivan civilizadamente.
Usos del pesimismo. El peligro de la falsa esperanza, está dirigido a los “pesimistas” razonables. Es decir, a esas personas que creen que vivimos en un momento de desconcierto ideológico, moral, cultural y político y buscan argumentos para combatir la sinrazón que parece haberse apoderado de nuestra sociedad. Una sociedad que da síntomas de haberse dejado seducir por las falacias de un puñado de ilusionistas utópicos, vendedores de sueños irrealizables. Roger Scruton rastrea en la historia, en la psicología, en la filosofía y en la política para analizar de dónde viene el poder de sugestión de esos vendedores de falsas esperanzas y cuáles son las falacias que se esconden tras sus discursos optimistas. 

Toma de Schopenhauer el significado del “optimismo” para conducir al lector a la conclusión de que debe huir de las utopías irrealizables y concentrar sus energías en la defensa de la “libertad con restricciones” y de la felicidad conseguida con sacrificios: 
“En este libro examino el optimismo en el sentido en que Schopenhauer llamaba su modalidad ‘perversa’ o ‘sin escrúpulos’, y analizo el papel que desempeña el pesimismo cuando se trata de restablecer el equilibrio y la sensatez en la dirección de los asuntos humanos”. Así pues, un “optimista sin escrúpulos” será, para Scruton, aquel que quiere resolver los conflictos humanos aferrándose siempre a la que considera solución ideal, al “mejor caso posible”, y se niega a analizar cualquier otra posibilidad. Lejos de asumir la responsabilidad de equivocarse, estos “optimistas” siempre están dispuestos a hacer recaer sobre otros la culpa de sus errores, descalifican a quienes les critican o tratan de poner freno a su afán reformador, considerándolos “seres diabólicos” que, poseídos de un cinismo cruel, pretenden destruir “las esperanzas de la humanidad”. 

El optimista sin escrúpulos actúa como un devoto que dominado por la arrogancia que le da su fe aspira a la mejora de “la especie”, al tiempo que ignora y desprecia las necesidades de sus semejantes; no gusta de soluciones individuales, sueña con planificaciones a gran escala, transformaciones redentoras cuyas consecuencias desconoce. En su optimismo y su afán redentor pone en peligro, y a veces destruye, las instituciones y los procedimientos que podrían servir para corregir los errores. 

La falsa esperanza de estos optimistas, advierte Scruton, nada tiene que ver con la esperanza del que cree en una vida eterna, que sabe que el Reino de Dios no es de este mundo y “que cualquier intento de construir el cielo en la Tierra sería tan presuntuoso como irracional”. Tampoco tiene que ver con la forma de actuar de los que Scruton considera optimistas “con escrúpulos”, quienes, antes de tomar una decisión, acuden a las fuentes del conocimiento respetando la jerarquía del saber, consideran la posibilidad de equivocarse y optan por la que piensan será mejor decisión, asumiendo los riesgos de un posible error. 

El uso del pesimismo sirve de freno a la falsa esperanza de los “optimistas sin escrúpulos” que están dispuestos a redimir a los hombres y establecer el Reino de Dios en la Tierra. “El pesimismo –escribe Scruton– nos enseña a no idealizar a los seres humanos, para así perdonar sus errores y podernos esforzar en privado para enmendarlos”. El estudio de Scruton sobre los usos del pesimismo “revelará un rasgo todavía más interesante de la naturaleza humana: que los errores más obvios son los más difíciles de rectificar”. 
Esa dificultad de rectificar los errores reside en el hecho de que las decisiones que llevaron a cometerlos no fueron dictadas por la razón sino por la aceptación de una serie de falacias que, una vez se apoderan de la mente del hombre, quedan adheridas a lo más profundo de sus emociones. 

Los individuos que sucumban al poder de esos engaños intelectuales se verán sumergidos en un mundo de ilusiones tan confortable que inventarán cualquier estrategia y utilizarán todas las armas posibles con tal de no verse obligados a abandonarlo. Además de “la falacia del mejor caso posible”, que definiría el optimismo sin escrúpulos, Scruton analiza otras seis falacias, a las que llama “el nacidos en libertad”, “la utopía”, “la suma cero”, “la planificación”, “el movimiento del espíritu” y “la agregación”. 
En su estudio recorre los graves errores a los que conduce la creencia en las falsas ilusiones que producen y alerta del poder que aún ejercen en nuestro tiempo.




Merece la pena exponer brevemente cómo analiza Scruton estas falacias. 

LA FALACIA DEL ‘NACIDOS EN LIBERTAD’ 

El artífice de esta falacia fue Rousseau, que en su Contrato social “anunció de manera grandilocuente que el hombre nace libre, pero que en cualquier parte del mundo se encuentra cubierto de cadenas”. No se decide Scruton a situar a Rousseau entre los optimistas, pero afirma con rotundidad que el autor de las Confesiones “suministró el lenguaje y las líneas de pensamiento con las que presentar un nuevo concepto de libertad humana, de acuerdo con el cual la libertad es lo que queda cuando retiramos todas las instituciones, restricciones, leyes y jerarquías”. 

Desde la Revolución francesa, esa idea de que la libertad es una condición natural del género humano que exige la eliminación de las instituciones y de la jerarquía ha ido ganando fuerza en la filosofía, en la política y en la educación. Una interpretación de la libertad que para Scruton es absolutamente falaz, pues “Instituciones, leyes, restricciones y disciplina moral son una parte de la libertad y no su enemigo, liberarse de ellas acabaría rápidamente con la libertad”. 
El niño solamente cuando sale de su yo egoísta tiene la oportunidad de entrar en el mundo de los otros y de aprender a respetarlos. Y sólo entonces, cuando es capaz de respetar a los otros, puede respetarse a sí mismo. Solamente cuando ha aprendido a compartir el mundo con los demás, cuando ha llegado a aceptar las restricciones que hacen posible el disfrute de la libertad en un grupo humano, habrá aprendido lo que es la libertad. 
El niño debe aprender que el disfrute de la libertad exige responsabilizarse de las consecuencias de nuestras acciones. Así que, concluye Scruton, no nacemos libres, “La libertad, aunque valiosa en sí misma, no es un regalo de la naturaleza, sino el resultado de un proceso educativo, algo que debemos obtener a través de la disciplina y el sacrificio”. 

El filósofo nos induce a llegar a la conclusión de que sería absurdo pensar que nacemos libres cuando es evidente que no nacemos responsables. Scruton encuentra un magnífico ejemplo de esta falacia en “la revolución que barrió las escuelas y departamentos de educación durante los años cincuenta y sesenta, y que nos indicó, enarbolando la autoridad de una ristra de pensadores que iban de Rousseau a Dewey, que la educación no debía fundamentarse en la obediencia y el estudio, sino en la expresión de la personalidad y el juego”. Y como ejemplo concreto cita el informe Children and their Primary Schools, realizado en 1967 en Inglaterra por el Consejo Central de Educación, presidido por Lady Plowden, con el que se obligó a las escuelas británicas a sustituir los métodos tradicionales de enseñanza por una “pedagogía progresista”. 

La aplicación del informe se llevó por delante los programas tradicionales, la disciplina en las aulas, la instrucción y la autoridad académica de los profesores para, aparentemente, hacer triunfar la creatividad del niño, el autoaprendizaje o la libre y lúdica construcción del propio conocimiento. Y por si acaso algo fallaba, para protegerse del posible error, el informe descargaba de toda responsabilidad a los responsables directos de la educación, es decir, a los padres, profesores y alumnos, y señalaba como únicos culpables a la sociedad, a los jerarcas y a la falta de recursos económicos. 
No es necesario ser un experto en educación para estar de acuerdo con Scruton en que esta falacia del “nacido libre” ha dominado el pensamiento educativo a lo largo del siglo XX. Una falacia que se apoderó de las mentes de unos optimistas que carecieron de escrúpulos para imponerla a la sociedad y lograron encontrar las armas necesarias para protegerse de la realidad. 

LA FALACIA DE LA UTOPÍA 

Los utópicos, según Scruton, ven el mundo de una forma muy particular. Son capaces de ignorar o desechar los hallazgos de la experiencia o del sentido común, y colocar en el centro de cada deliberación un proyecto que saben es absurdo e irrealizable. Pero el hecho de ser absurdo, en vez de considerarlo un defecto, lo utilizan como forma de descalificar a quien se atreva a señalar que la idea es descabellada. 
La utopía se protege de la refutación, de la realidad de los hechos, mediante la descalificación moral: 
“El ideal se vuelve tan puro como se pretendía. Quienes creen que pueden refutarlo recurriendo a los hechos, es evidente que están guiados por ‘conciencias falsas’”. “Este marco mental–escribe Scruton– ha desempeñado durante dos siglos un papel determinante en la política europea, y en ningún caso la experiencia de los desastres ha tenido el menor efecto para conseguir algún resultado a la hora de frenar a los nuevos reclutas”. No le faltan ejemplos a Scruton para describir la tragedia que puede sobrevenir cuando un puñado de utópicos alcanza el poder. 
Ante cualquier sospecha de que la realidad pueda empañar sus sueños, buscarán víctimas propiciatorias contra las que dirigir su cólera. Lo hicieron los jacobinos contra los aristócratas, lo hizo Hitler contra los judíos, lo hicieron los bolcheviques contra los burgueses, los kulaks, y “cualquier grupo que pudiera satisfacer el papel de víctima sacrificial, tal y como exige la falacia de la utopía”. 

LA FALACIA DE LA SUMA CERO 

Cuando los optimistas sin escrúpulos deben afrontar un fracaso buscan siempre un culpable. Instintivamente les funciona un cierto sentido de compensación: si yo fracaso es porque alguien ha tenido éxito. Es lo que Scruton llama “falacia de la suma cero”, en la que “cada pérdida es la ganancia de otro”. El Norte será cada vez más rico a costa de que el Sur se empobrezca. La pobreza del Tercer Mundo se debe al enriquecimiento de sus colonizadores. 
Esta falacia, que “ha sido la raíz del pensamiento socialista desde los escritos de Saint-Simon, pero sólo se ha convertido en un clásico después de que Marx formulase la teoría de la plusvalía”, conduce inexorablemente al resentimiento y a la confusión entre igualdad y justicia que ha gobernado las reformas educativas de las sociedades occidentales. Scruton cuenta cómo siendo de familia pobre tuvo la suerte de conseguir una plaza en la Grammar School de su distrito. Las Grammar Schools eran centros públicos de enseñanza secundaria en los que sólo podían matricularse los niños que obtenían una buena nota en los exámenes conocidos como Eleven plus que todos debían realizar a los once años, edad en que finalizaban la educación primaria. 

Este sistema se implantó en Inglaterra en 1944 y se mantuvo hasta que, en 1965, el ministro de Educación laborista, Anthony Crosland, decidiera cerrar las Grammar Schools e imponer como único modelo de enseñanza secundaria el de las Comprehensive Schools, en las que ingresaban todos los niños de once años y permanecían hasta los dieciséis recibiendo las mismas enseñanzas. Para Scruton, la explicación del odio de los laboristas hacia las Grammar Schools puede encontrarse en esta falacia de “la suma cero”. 
Un sistema que permitía el éxito de algunos inevitablemente permitiría el fracaso de otros. No se podía permitir que unos gozaran de todas las oportunidades mientras otros quedaban al margen. “De este modo –escribe Scruton– nació el movimiento de la educación comprehensiva, junto con la hostilidad a las clases tradicionales y la degradación de los exámenes, con el propósito de evitar que el sistema educativo produzca y reproduzca ‘desigualdades’”. 

Era fácil asegurar la igualdad en el campo de la educación, bastaba con retirar todas las posibilidades de prosperar, de manera que ningún estudiante consiguiera aprender algo. “Un sistema que ofrecía a niños de familias pobres una oportunidad de avanzar por los méritos de su talento o de su esfuerzo, fue destruido sin más, por la simple razón de que distinguía a los que triunfaban de los que fracasaban”. Con una pequeña dosis de realismo, añade Scruton, se podría haber pensado que un chico puede triunfar en una cosa y fracasar en otra. 
“Sólo un sistema educativo diversificado, con exámenes rigurosos y bien diseñados, permitiría a los críos desarrollar su pericia, su habilidad o su vocación hacia el campo que les resultase más natural”. 

LA FALACIA DE LA PLANIFICACIÓN 

Como ejemplo del efecto de esta falacia que, según Scruton, domina a políticos de diferentes ideologías, el escritor hace una crítica demoledora del funcionamiento de la Unión Europea, en la que altos funcionarios diseñan normas que han de aplicarse en países muy diversos. “La institución carece de medios para rectificar los errores y es muy difícil pedir responsabilidades a las personas que toman decisiones. (…) Algunas regulaciones son tan ridículas que pueden provocar las carcajadas de toda la Unión Europea, pero la risotada resuena en el vacío, pues no hay ningún responsable para sonrojarse o responder”. 

LA FALACIA DEL MOVIMIENTO DEL ESPÍRITU 

El tiempo avanza, avanzar con el tiempo siempre es progresar. Volver hacia atrás es intolerable. Esta falacia, que protege a los optimistas sin escrúpulos de toda rectificación, se ve “agravada por el mito del ‘progreso’”. 
El progreso científico se produce añadiendo descubrimientos a los conocimientos adquiridos por la generación anterior. Esto, que es cierto en el campo de la ciencia, no es trasladable a otros campos en los que no hay una acumulación de saberes sobre los que construir. Y no lo es, por ejemplo, en la esfera política, donde el cambio unas veces es a mejor y otras a peor. Scruton explora también el campo del arte y de la arquitectura y se despacha a gusto contra la obligatoria modernidad de sus cánones de belleza. 

LA FALACIA DE LA AGREGACIÓN 

“Cuando los revolucionarios franceses compusieron su lema ‘Libertad, igualdad y fraternidad’, se sentían en un estado de exaltación utópica que les impedía ver ningún error. A sus ojos, la libertad era buena, la igualdad era buena y la fraternidad era buena, así que la combinación de las tres era, por definición, buena”. “Ni siquiera cuando Robespierre proclamó fanáticamente ‘el despotismo de la libertad’ se les ocurrió a los jacobinos considerar que estaban inmersos en una contradicción. Sólo cuando se pusieron en marcha los tribunales revolucionarios, los más sensatos de entre ellos captaron que el objetivo de la igualdad requería la destrucción de la libertad. 
Las cabezas jacobinas en las que germinó este pensamiento crítico fueron rápidamente cortadas para evitar que la idea diera sus frutos. Desde entonces, una y otra vez la humanidad ha cometido el mismo error, al considerar la búsqueda de la igualdad como la verdadera vía para alcanzar la libertad y defendiendo la sumisión al Estado como la ‘liberación’ de las masas ante las ataduras de la explotación”. Vuelve Scruton a referirse a la educación para buscar ejemplos que muestren el error de esta nueva falacia. 

Los optimistas sin escrúpulos, al considerar la educación de los inmigrantes, apostaron por el multiculturalismo. Si una cultura es buena, dos culturas serían mejor y muchas culturas, algo muchísimo mejor. 
El multiculturalismo no ha sido capaz de crear nuevos programas de estudio, sólo ha destruido los que había. El multiculturalismo ha criado una generación de jóvenes de origen inmigrante que no se sienten identificados ni con el país que los acoge ni con su lugar de origen. 

Scruton rastrea el poder de todas estas falacias a lo largo de la historia y llega a la conclusión de que estuvieron presentes y fueron necesarias en la organización social del hombre prehistórico, y que vuelven a aparecer en tiempos de guerra o en casos de emergencia en los que peligra el mantenimiento de la paz. Son situaciones en las que la población pone su voluntad en manos del líder con la confianza ciega de que velará por su seguridad. Pero en tiempos de paz, dice Scruton, deben escucharse las voces de los “pesimistas”, con sus llamadas a la reflexión, a la sensatez y a la prudencia.

“Las falacias que he diagnosticado en este libro no lo son porque el pensamiento que ejemplifican sea absurdo, sino porque pretenden aplicar en tiempos de paz y cooperación social la actitud propia de la guerra”. De vez en cuando, a lo largo de la historia, han surgido grupos de “optimistas sin escrúpulos” que han intentado utilizar todo tipo de falacias para destruir la forma asentada de gobierno. Lo hizo “una minúscula banda de bolcheviques” y, ahora, quieren hacerlo los islamistas que persiguen imponer en los países musulmanes una forma de vida tribal. 

Termina Scruton con una reflexión sobre dos valores que considera irrenunciables del legado espiritual de la manera europea de vivir: la ironía y el perdón. 
La ironía, que no el “sarcasmo”, sería la facultad que tenemos de observarnos desde fuera, como si fuéramos otra persona. Somos capaces de juzgar nuestras propias acciones como si fueran de otro, y reconocer en ellas los aciertos y los errores. 
La ironía, dice Scruton “permite que incluso en nuestros peores momentos deseemos vivir”. Scruton considera que en ese “barullo de las falsas esperanzas”, de las utopías irrealizables, se ha perdido uno de los mensajes más propios de nuestra cultura: el de que “la felicidad no proviene de la persecución del placer ni está garantizada por la libertad. La felicidad viene del sacrificio (…). 

Y en la tradición judeocristiana el acto primero del sacrificio es el perdón”. El perdón nos ofrece la oportunidad de reparar las cosas, de encontrar soluciones a los conflictos y evitar la llamada a la venganza. Pero el perdón sólo puede ser concedido si el que ha injuriado reconoce su falta. Un reconocimiento que, según Scruton, requiere penitencia y expiación: 
“A través de estos actos fundamentales el malhechor se dirige de nuevo a su víctima y restablece la igualdad moral que hace el perdón posible”. Scruton se refiere al terrorismo islámico cuando habla del perdón. La mayor parte de los musulmanes que viven en Occidente querrían vivir en paz, aceptar las reglas del juego del país que les acoge, pero los islamistas han recurrido al terror para imponerles una sociedad tribal, incompatible con nuestra organización ciudadana. 

“Al-Qaeda es un producto de las falacias que he descrito en este libro. Promete un plan divino, un gobierno top-down (que emana de arriba hacia abajo) y una visión utópica; y que considera el éxito de los otros como una causa suficiente para castigarles”. Para poner fin a su ensayo, Scruton cita al poeta irlandés William Butler Yeats: The best lack all conviction, while the worst Are full of passionate intensity. (Los mejores carecen de convicción, mientras los peores Rebosan intensidad apasionada) Versos que escribió el poeta en 1919 “probablemente –dice Scrutoncomo reacción contra la Revolución rusa, una anticipada visión apocalíptica de la destrucción venidera. Pero también pueden ser leídos de otro modo: como una verdad universal”. 

Scruton anima a las gentes de buena voluntad que quieran preservar los valores tradicionales de la cultura europea a afianzarse en sus convicciones y a hacer uso de un pesimismo razonable para “restablecer el equilibrio y la sensatez en la dirección de los asuntos humanos” y frenar así las peligrosas consecuencias que podrían derivarse de la toma del poder de estos ilusionistas utópicos, capaces de cualquier cosa con tal de no renunciar a sus sueños irrealizables.

Roger Scruton-Usos Del Pesimismo by goreleg


lunes, 11 de mayo de 2026

CONOZCA, ¿QUIÉN ES EL GRAN ENEMIGO DE LOS VENEZOLANOS? 💩


¿CUÁL ES EL GRAN ENEMIGO
DE LOS VENEZOLANOS?


«La SOCIEDAD VENEZOLANA es terriblemente ignorante, emocionalista, irresponsable y sin la capacidad de razonar y accionar por sí misma». 
Y es que HISTÓRICAMENTE la SOCIEDAD VENEZOLANA ha sido culpable de su propio fracaso. El mismo Bolívar comenzó a ver con profunda decepción y frustración que enfrentaba a una fuerza mayor y más destructiva que el mismo ejército del Imperio español: 

*«...un PUEBLO IGNORANTE es instrumento ciego de su propia destrucción»* 

Su preocupación central era que, tras lograr la independencia militar de España, el pueblo no supiera gestionar su propia libertad. Argumentaba que un pueblo que no conoce sus derechos ni sus deberes es fácilmente manipulable por tiranos o demagogos. Bolívar temía que ese "vicio" de la obediencia ciega se trasladara a los nuevos gobiernos republicanos, donde la gente podría seguir a líderes autoritarios simplemente por no tener un criterio propio. 

Y HOY, 207 años después de que Bolívar pronunciara esas palabras, no solamente siguen en vigencia, sino que además confirman la RAIZ de nuestros males: 

"SOMOS UN PUEBLO IGNORANTE" 

El mayor enemigo es justamente esa IDIOSINCRASIA, esa "VIVEZA", esa "masa amorfa, sin ideología, principios, sin orden ni consciencia propia" que tiene la capacidad de sufragar: EL PUEBLO. 
Y es que sería A TRAVÉS DEL VOTO que la misma SOCIEDAD VENEZOLANA se pondría una pistola en la frente. Es que si Chávez no hubiera nacido, la SOCIEDAD VENEZOLANA, igual se lo inventa. 

LA MALDICIÓN DEL IGNORANTE 

Y el problema NO es que SOMOS IGNORANTES, el problema es que NO LO QUEREMOS RECONOCER... 
NO solo se trata de que en 1999 LA SOCIEDAD VENEZOLANA votó por Hugo Chávez fuese presidente, sino que se trata también que durante los siguientes 27 años contribuyó a que permaneciera en el poder. Porque no hay nadie más fácil de manipular y engañar que UN IGNORANTE. 
Y en Venezuela los IGNORANTES no solo están en los barrios, no solo es la gente humilde de los estratos bajos. Hay también muchos IGNORANTES de clase alta con Maestrías y Postgrados. 

EL CICLO DE LOS 6 AÑOS 

Dicen que: "El que NO aprende de sus errores ESTÁ CONDENADO A REPETIRLOS". Nosotros cometíamos LOS MISMOS ERRORES cada seis años: 
  • Se levanta un "líder opositor" que promete que, participando en un proceso electoral, se desplazará al Chavismo del poder.  
  • La SOCIEDAD VENEZOLANA lo apoya irrestrictamente: Sin críticas, sin cuestionamientos de ningún tipo, de forma masiva y contundente.  
  • Se va a unas ELECCIONES, a pesar de que el Chavismo controla el tablero, pone las fichas, y dicta las normas del juego.  
  • El Resultado es obvio: El Chavismo "gana" las elecciones.  
  • La SOCIEDAD VENEZOLANA sale a las calles a reclamar, se manifiesta, hay revueltas y protestas.  
  • El líder opositor derrotado convence a la SOCIEDAD VENEZOLANA que regrese a sus hogares. Se luchará en otros ámbitos.  
  • La Oposición se sienta a "negociar" con el Régimen.  
  • Se adormece a la SOCIEDAD VENEZOLANA hasta que se necesite para un NUEVO PROCESO ELECTORAL, donde se levantará un nuevo "Líder Opositor" que reiniciará el Ciclo.  
*¿CUÁL ES EL COSTO DE LA IGNORANCIA?* 

Este es el resumen de lo que nos ha dejado CADA CICLO por 27 años: 

*Detenciones*: Más de 18,980 personas detenidas por motivos políticos. La mayoría sufrió torturas y tratos crueles con secuelas físicas y psicológicas permanentes. 
*Asesinados*: Más de 280 fallecidos documentados en el contexto de manifestaciones masivas. 
*Exiliados y migrantes*: 7.9 millones de personas han salido de Venezuela hasta la fecha (cifra oficial de la plataforma R4V) Pero son muchísimos venezolanos más sin registro. 

¿Y SI LO HACEMOS A "LA AMERICANA"? 

Por primera vez en 27 años SE ROMPIÓ EL CICLO: El 03 de Enero una variable inesperada golpeó la mesa y derribó el tablero.  
  • Se sometió al RÉGIMEN.  
  • Se apartó a la FALSA OPOSICIÓN.  
  • Se tutela a la SOCIEDAD VENEZOLANA. 
¿Será que esta vez NO lo arruinaremos?

Somos lo que somos PORQUE FUIMOS lo que fuimos.
Y estamos como estamos, porque somos como somos.
No somos capaces de ver la realidad de nuestra realidad.
Nuestra "VIVEZA" es nuestra "TORPEZA".

27 años Bailando : Daniel Lara Farías

VER+:

📕 LIBRO "NO VALE, YO NO CREO" 
DE AGUSTÍN BLANCO MUÑOZ 
Y EL OPTIMISMO ES EL OPIO DEL PUEBLO 😇











domingo, 10 de mayo de 2026

LIBRO "OCCIDENTE BIEN VALE UNA MISA": Por un resurgimiento judeocristiano en Europa por Éric Zemmour

OCCIDENTE 
BIEN VALE 
UNA MISA
Por un resurgimiento 
judeocristiano en Europa


«Una civilización es todo aquello 
que se aglutina en torno a una religión». 
André Malraux, escritor francés.
La decadencia europea y occidental no es solo demográfica, militar, técnica, económica, científica, comercial e industrial; es, ante todo, una cuestión filosófica. El periodista Éric Zemmour, una voz tan disidente como resonante en Francia, advierte de que Occidente sufre una colonización demográfica y cultural por parte del sur musulmán y africano; una conquista industrial a manos de la «fábrica del mundo» china; y un sometimiento tecnológico impuesto por el Silicon Valley estadounidense.
Este proceso afecta tanto a Francia como España, donde el olvido de sus raíces, el abandono de su cultura y de sus costumbres y el desprecio hacia su historia y sus grandes figuras han dejado a la nación indefensa, a merced de quien quiere vengarse de sus antiguos dominadores. El amor desmedido por el «otro» en detrimento de los suyos se ha revelado, antes que una ventaja, una debilidad mortal para el viejo mundo. España, al igual que Francia, debe recuperar su cultura, sus raíces y, ante todo, su religión si quiere sobrevivir.
Esta obra es un llamamiento a la resurrección identitaria y religiosa de Occidente en torno a sus raíces judeocristianas.
PREFACIO

La obra que tiene en sus manos nació como un artículo publicado en una revista estadounidense. Más tarde, tras ampliarlo y profundizar en él, aquel texto dio paso a un libro editado en Francia. Esa versión francesa se ha convertido hoy, para usted, en una obra en español; y mañana lo será en italiano, alemán, inglés, húngaro o polaco. 

Todos estos pueblos se han enfrentado duramente a lo largo de los siglos por medio de conflictos militares, pero también económicos, comerciales, financieros, intelectuales, científicos y culturales. Cada uno de ellos buscaba imponer su hegemonía en Europa y resucitar, en beneficio propio, el desaparecido Imperio romano de Occidente. 

Estos enfrentamientos no solo trajeron consigo guerras, muerte, destrucción, sufrimiento, odio y rencor, sino también una rivalidad, una competencia, un estímulo, que impulsó a cada pueblo a dar lo mejor de sí mismo. Todos se influyeron mutuamente. Para comprender la historia de cualquiera de estos pueblos, es imprescindible conocer la de los demás, hecho que demuestra su pertenencia a una misma civilización, la civilización europea, la civilización occidental, cimentada sobre los pilares comunes de la religión cristiana, el pensamiento griego y el orden romano. 

Esta civilización occidental posee otra seña de identidad única: ha sido ella la que, gracias a sus proezas técnicas y a su filosofía humanista y universalista, ha globalizado el mundo. 

Desde los veleros del siglo xvi hasta los buques portacontenedores de finales del xx —pasando por el tren, el avión, los satélites y los cohetes—, los occidentales han sido los artífices de derribar fronteras y descubrir tierras ignotas. Han aproximado física y culturalmente a los pueblos, unificado el planeta hasta convertirlo en un pueblo, desbrozado bosques y saneado marismas. También erradicaron epidemias, redujeron la mortalidad infantil, cultivaron tierras, abrieron rutas, levantaron fábricas y llevaron a cada rincón milagros como el agua corriente y la electricidad. Todo aquello que, no hace mucho y sin complejos, conocíamos simplemente como «la civilización». 

Por descontado, nada de esto se logró sin cañonazos, violencia, brutalidad, injusticias, expolio, destrucción, humillaciones e, incluso, exterminios. Y es que la historia no es una cena de gala, por parafrasear la célebre sentencia de Mao Zedong sobre la revolución. 

Cada uno de los pueblos europeos ha contribuido de alguna manera a esta obra colosal. Todos han desempeñado su papel. Cada cual ha vivido su momento de gloria y su etapa de relativo ocaso. La historia de Europa es una suerte de carrera de relevos en la que los pueblos se turnan para liderar la marcha antes de ceder el testigo al siguiente, y así sucesivamente.

España, al igual que Francia, lo ha vivido y sufrido todo. Conoció la hegemonía triunfante sobre Europa y el mundo en el siglo xvi, pero también el declive e incluso la decadencia del xix. Vivió la época del imperialismo fuerte y dominante («El imperio en el que nunca se pone el sol») y la época de la feroz defensa de su identidad (cuando a Napoleón le decían que los españoles defendían a su rey y a sus sacerdotes, sinceramente desconcertado, contestaba: «Pero, vamos a ver, ¿de qué se quejan? ¡Si les traigo el Código Civil!»). 

Pero, hoy, todos esos pueblos que antaño fueron tan belicosos se han vuelto pacíficos, e incluso pacifistas. Aquellas naciones antes imperiosas, conquistadoras y dominantes, son ahora tolerantes, cuando no temerosas. Todas las antiguas potencias coloniales se están convirtiendo, poco a poco, en pueblos colonizados: sufren una colonización demográfica y cultural por parte del sur musulmán y africano; una colonización industrial a manos de la «fábrica del mundo», china; y una colonización tecnológica impuesta por el Silicon Valley estadounidense.

Los pueblos europeos harían bien en reflexionar sobre la advertencia de Cioran (autor rumano que adoptó el francés como lengua literaria): «Mientras una nación está segura de su superioridad, es feroz y respetada; en cuanto deja de estarlo, se ablanda y deja de ser tenida en cuenta». 

La decadencia europea y occidental no es solo demográfica, militar, técnica, económica, científica, comercial e industrial; es, ante todo, una cuestión filosófica. 

El universalismo europeo y occidental —cimentado en el humanismo del pensamiento griego y en la fe católica (katholicos significa universal, y como dijo San Pablo: «Ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer»)— permitió al hombre blanco, occidental y cristiano conquistar el mundo. Sin embargo, hoy esa fuerza se está tornando en debilidad. Mientras el resto de las civilizaciones se han ido apropiando de las técnicas y conceptos de Occidente, ahora piden su revancha frente a su antiguo dominador. Lo hacen con una saña y un afán de desquite que los europeos suelen subestimar.

Pero, ante todo, lo hacen regresando a sus raíces, a su cultura y a su historia, despojándose de esa piel occidental que se habían visto obligadas a vestir bajo la presión de sus vencedores. 

El universalismo de los occidentales se convierte así en una debilidad mortal. España, al igual que Francia, ha llegado demasiado lejos en el olvido de sus raíces, en el abandono de su cultura y de sus costumbres, y en el autoodio y el desprecio hacia su historia y sus grandes figuras. En un amor desmedido por el «otro» en detrimento de los suyos. España, al igual que Francia, debe recuperar su cultura, sus raíces y, ante todo, su religión; en definitiva, su civilización, pues, como decía André Malraux: «Una civilización es todo aquello que se aglutina en torno a una religión». 

Este es el propósito de este libro: un llamamiento a la resurrección identitaria y religiosa de Occidente. El título Occidente bien vale una misa apela a toda Europa y a todo Occidente, y por tanto, de manera primordial, a España.

INTRODUCCIÓN

No soy católico. Ni siquiera cristiano. Crecí según la tradición judía de mis antepasados. Mi infancia transcurrió al ritmo del Sabbat y las festividades, entre melopeas orientales que se elevaban hacia las vidrieras sin rostro de la sinagoga, y una sucesión de ritos que mi mente asocia a exquisitos platos y deliciosos pasteles que mi madre preparaba con una destreza admirada por todos: mi numerosa y bulliciosa familia, que se apiñaba alrededor de la mesa familiar, y mis compañeros de clase, que se abalanzaban de manera voraz sobre aquellas pastas de nombres exóticos que yo les repartía a cuentagotas.

Mi contacto con el catolicismo era lejano y más bien superficial. Lo percibía en las fachadas cinceladas de las iglesias góticas que se alzaban con orgullo hacia el cielo en las calles de París o en los barrios de las afueras donde vivían mis padres. También en aquellos pocos sacerdotes con sotana que caminaban siempre deprisa, por razones que yo entonces no entendía; y en las monjas, con la mirada baja y una sonrisa discreta. A menudo, desde la ventana de mi casa, veía pasar a grupos de jovencitas vestidas de blanco que se dirigían felices a la iglesia para hacer la comunión. No me sentía en absoluto fuera de lugar. A los trece años, yo también celebraría un rito parecido al de esos niños católicos: por entonces, nuestras bar mitzvá eran presentadas por nuestros padres como una «comunión» o como la «mayoría religiosa». 

Me acerqué al catolicismo como me había acercado a Francia y, en realidad, como me he acercado a casi todo en este mundo desde que aprendí a leer: a través de la literatura. Hacia los trece años descubrí a Blaise Pascal. Por aquellos años, en el instituto estudiábamos dos de sus textos más famosos, los cuales ocupaban un lugar destacado en la edición de Lagarde-Michard dedicada al siglo xvii: por un lado, teníamos el de «el espíritu de sutileza y el espíritu de geometría» y, por otro, el de «verdad a un lado de los Pirineos, error al otro». 

Quedé entusiasmado, incluso deslumbrado: la limpidez del estilo, unida a la firmeza del pensamiento, me cautivaba por completo, me transportaba, me conmovía. Le pedí a mi madre que me comprara el volumen de Pensamientos de Pascal. Nunca se hacía de rogar para ese tipo de peticiones y se apresuró a adquirir una hermosa edición con tapa de cartón gris y dorado. Mi madre, que cuidaba hasta el más mínimo gasto cotidiano, hábito adquirido, sin duda, de la pobreza que vivió en Argelia, jamás me regaló un libro de bolsillo. Aún conservo esa edición, la cual releo regularmente con una delectación teñida de una invencible melancolía. 

Tras leer Los tres mosqueteros y Veinte años después, Las ilusiones perdidas y Esplendores y miserias de las cortesanas, había llegado a una edad en la que mi biblioteca personal no se limitaba a los libros juveniles de la Biliothèque verte: estaba creciendo. 

No obstante, Pascal tenía grandes adversarios: todos los autores del iconoclasta y libertino siglo xviii que lo atacaban, lo ridiculizaban y lo señalaban sin descanso. El pobre ni siquiera podía defenderse, y yo percibía claramente que la escuela había tomado partido: desde luego, no estaba del lado de Pascal. Voltaire, en particular, hacía gala de una formidable eficacia en su combate por «aplastar al Infame», como llamaba al catolicismo. Disponía de un arma poderosa: la risa; y el granuja insolente que yo era no supo resistirse a ella. Al parecer, no fui el único. 

(Voltaire) tuvo el funesto talento de poner de moda la incredulidad entre un pueblo caprichoso y afable. Damas de la alta sociedad e importantes filósofos se subían al púlpito de la incredulidad. Finalmente, se impuso la idea de que el cristianismo no era más que un sistema bárbaro, cuya desaparición no podía sino acelerar la libertad de los hombres, el progreso de las Luces, los placeres de la vida y la elegancia de las artes.

Sabré recordar esto: en Francia, siempre hay que tener de tu lado a los que ríen. 

Yo no era mejor que aquellos franceses del siglo XVIII. Estaba en la edad rebelde de la adolescencia, en la que uno se opone a todo, en especial a su padre; edad en la que renegamos de cualquier herencia o tradición. Fui adolescente durante los años setenta, y esa época me marcó profundamente: eran tiempos en los que se arrojaban por la borda los dioses y los sujetadores. Napoleón tenía razón al decir que «para comprender a un hombre, solo hay que fijarse en cómo era el mundo cuando tenía veinte años». 

Cumplí veinte años en 1978. Metía en el mismo saco de la vergüenza las tradiciones judías, que conocía bien, y el catolicismo, que apenas conocía: incluso antes de leer a Ernest Renan, había inventado mi propio «judeocristianismo». Sin un ápice de originalidad, vomitaba mis lecturas escolares y oscilaba entre el «dios relojero» de Voltaire y el «opio del pueblo» de Marx. Mantenía aireados debates con mi padre sobre Dios, la fe, la moral, la salvación tras la muerte y el vínculo entre el judaísmo y el catolicismo. Recuerdo que, por aquel entonces, el islam no era un tema de conversación. Mi padre se aferraba a una estricta línea defensiva que bloqueaba todos mis ataques: Dios entregó los Diez Mandamientos y la Torá a los judíos, y Jesús es uno de los grandes profetas judíos. Por esta razón, sí es cierto que fue el «hijo de Dios», porque «todos somos hijos de Dios». 

Estas afrentas no conducían a nada, o más bien, conducían a todo: afilaban mi mente y la educaban en la controversia. Eran también, sin duda, la forma más pudorosa que mi padre y yo encontramos, con las reservas que caracterizan a los hombres de mi familia, de decirnos que nos queríamos. Mi padre era de esos judíos sefardíes cuya mirada sobre el universo católico difería de la de nuestros correligionarios asquenazíes. Conocía bien el antijudaísmo cristiano, la hostilidad milenaria hacia el «pueblo deicida», así como el antisemitismo moderno, en particular en su expresión maurrasiana y vichysta. Me enseñó que Édouard Drumont y Max Régis, dos antisemitas notorios, fueron elegidos diputados por la pequeña población pied-noir de Argel, que no había aceptado que el decreto Crémieux elevara a la categoría de ciudadanos franceses a esos judíos harapientos que apenas acababan de salir del Mellah. Pero sus recuerdos no eran parciales ni selectivos. Conocía también —y muy de cerca— el antijudaísmo difuso y normalizado que reinaba en el mundo arabomusulmán donde nuestros antepasados vivieron durante siglos. 

Mi padre cubría de inventivas y sarcasmo el movimiento antirracista de los años ochenta, encabezado por numerosos judíos de izquierda procedentes del trotskismo. Les reprochaba su ingenuidad y su desconocimiento del mundo musulmán y del Corán. A diferencia de esos izquierdistas radicales, en su mayoría asquenazíes, a quienes maldecía, sin que yo supiera muy bien si lo que más le irritaba era su ideología o sus orígenes, él hablaba y entendía perfectamente el árabe. Recitaba de memoria suras y proverbios y pasaba largas noches junto a su padre compartiendo una botella de whisky y escuchando esa música oriental que conocían al detalle, interpretada con maestría por el violín de Sylvain, el padre de Enrico Macias.

Mi madre, por su parte, jamás olvidó ni perdonó el navajazo que su padre, oficial del ejército francés, recibió durante las revueltas de Sétif, su ciudad natal. Ella era la personificación de aquellos judíos argelinos que amaban a Francia con un fervor desmedido desde aquel día de 1830 en el que las tropas francesas entraron a Argelia entre los vítores de una multitud judía que las miraba con la devoción ciega que se tiene por un ejército de liberación. Un día, a un taxista que le preguntó insistentemente si era judía, mi madre le respondió con aplomo: «No, señor, soy israelita». Con esta incisiva afirmación, lo que mi madre quería transmitir es que ella pertenecía de manera deliberada a esa estirpe de franceses de confesión judía y patriotismo incandescente cuya divisa era «francés en la calle, judío en casa». No tenía gusto por las grandes palabras, y menos aún por las grandes ideas; prefería los actos a las teorías, las pruebas de amor a las declaraciones. Nos obligaba a quitarnos las kipás de la cabeza en cuanto salíamos de la sinagoga. Había comprendido y asimilado perfectamente, sin necesidad de teorizarlo, el espíritu mismo de la laicidad a la francesa, ese «deber de discreción» del que hablaría décadas más tarde, y en un contexto muy distinto, Jean-Pierre Chevènement. 

Blaise Pascal acabaría teniendo su revancha. Muchos años más tarde, retomé, de su mano, aquella iniciación al catolicismo que había dejado en suspenso. Un día volví a encontrarme con nuestro «genio aterrador» (Chateaubriand) al hojear un libro de retratos de los grandes escritores franceses. Estaba escrito con una pluma cuya concisa elegancia, tan típicamente francesa, me recordaba al brillante estilo del autor de Pensamientos. Fue entonces cuando descubrí a André Suarès. Su admiración sin reservas por Pascal me ayudó a comprender como nadie el alma profunda de Francia: «Los franceses, vayan o no a la iglesia, llevan los Evangelios en la sangre». Esa lección no la he olvidado. 

Continué con mis lecturas. Me sumergí entonces en el mundo de Racine, Chateaubriand y Joseph de Maistre. Más tarde, me adentraría en la Historia de los orígenes del cristianismo de Ernest Renan, quien se convertiría en uno de mis maestros del pensamiento, junto a Taine. El conservadurismo francés del siglo XIX remodeló mi manera de ver las cosas, mi mirada hacia la historia de Francia, de su pueblo, su grandeza y su declive. 

Además, gracias a los primeros vuelos chárter que pude adquirir a un precio bastante competitivo durante mi juventud, me enamoré de Roma, de sus callejuelas y de sus incontables iglesias. Siempre que podía, organizaba una pequeña escapada. Pasaba horas en aquellas iglesias sombrías, cuyo frescor me protegía del sofocante calor, contemplando sus vidrieras iridiscentes y sus majestuosas esculturas. Un amigo de aquella época me descubrió la música sagrada, los réquiems de Mozart y de Fauré, los stabat mater de Pergolesi o de Vivaldi, las cantatas de Bach y los Ave María. Mi alma vibraba al unísono de esas maravillas que me embriagaban de emoción. Aznavour, Brel, Brassens, Ferré y Ferrat, los Beatles y los Rolling Stones, a los cuales veneraba desde mis primeros años de juventud, ya no eran suficiente. 

Años después, mis artículos, mis libros y mis controversias televisivas me proporcionarían un público fiel, entre el cual se encontraría un gran número de católicos devotos. Siempre que organizábamos una reunión por alguna de mis obras, no faltaba un sacerdote con sotana que me bendijera. Me regalaban medallas sagradas de la Virgen María para darme buena suerte y yo me acordaba de mi abuela en su afán de protegerme contra el «mal de ojo»: estaba bien respaldada. Me daban las gracias afectuosamente: «Usted es el único que defiende la religión católica en la televisión, ¡y ni siquiera es usted católico!». 

Hace poco, tras vivir un tiempo en California, tuve la fortuna de conocer a profesores, intelectuales y editores con los que simpaticé. El director de una revista, First Things, me propuso escribir un artículo que intentara responder a la siguiente pregunta: «¿Cómo salvar el catolicismo en Europa?». Acepté encantado. No obstante, la redacción de dicho artículo, inevitablemente breve, me dejó con ganas de más. Quería entregarme a ello con más profundidad. Quería saber más sobre mí mismo, sobre nosotros mismos y sobre el futuro del catolicismo en Francia y en Europa. 

Por aquel entonces, yo estaba inmerso en la lectura de los Cahiers de Maurice Barrès —ese azar de lectura que, sin duda, no lo es— y anoté esta frase que podría hacer plenamente mía: 
«Me alineo con el catolicismo amenazado y lo defiendo porque soy patriota, en nombre del interés nacional… Arrancar el catolicismo de nuestra tierra sería sacudir todo nuestro edificio nacional, toda nuestra civilización. Entre el catolicismo y nuestra civilización ya no cabe distinguir». 

El papa Juan Pablo II dijo en una ocasión, refiriéndose a los judíos, que eran los «hermanos mayores en la fe» de los católicos. Devuelvo con mucho gusto el cumplido al santo padre. En Francia, el cristianismo es el hermano mayor del resto de religiones, incluso de los ateos. El cristianismo construyó Francia. En su célebre Historia de la decadencia y de la caída del Imperio romano, Edward Gibbon defiende que «los obispos construyeron Francia». Ellos «eran los consejeros del rey en todos sus consejos».

La Iglesia construyó a los reyes, quienes construyeron la nación, y esta, a su vez, dio lugar a la República. Francia sin el cristianismo deja de ser Francia. Y quiero seguir viviendo en Francia.

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