EL Rincón de Yanka

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viernes, 15 de mayo de 2026

LIBRO "LA MIRADA DEL OTRO": VIAJEROS EXTRANJEROS EN LA VENEZUELA DEL SIGLO XIX por ELÍAS PINO ITURRIETA y PEDRO E. CALZADILLA

La mirada del otro

Viajeros extranjeros en la 
Venezuela del siglo XIX

Elías Pino Iturrieta 
 Pedro E. Calzadilla
El libro recopila testimonios, descripciones y crónicas de viajeros europeos y estadounidenses que visitaron Venezuela durante el siglo XIX.
Ofrece una perspectiva externa sobre la vida cotidiana, costumbres, paisajes y política venezolana de la época, ayudando a reconstruir el mapa mental y cultural del siglo XIX, convirtiéndose en una fuente primaria valiosa para historiadores y estudiosos de la cultura venezolana de ese siglo.
Incluye relatos y observaciones de figuras como Miguel María Lisboa, Karl F. Appun, Pál Rosti, Edward E. Eastwick, Anton Goering, Friedrich Gerstäcker, James Mudie Spence, Carl Sachs, Jenny De Tallenay y Wilhelm Sievers.
Estudio Preliminar 
Elías Pino Iturrieta / Pedro E. Calzadilla 

¿Cómo es Venezuela, después de la independencia? Las versiones más conocidas no parecen reflejar con equilibrio las vicisitudes de la comarca que se incorpora al elenco de las repúblicas modernas luego de las guerras contra el imperio. De allí la necesidad de divulgar fuentes primarias sobre el lapso, como las que integran la presente edición, susceptibles de ofrecer pistas para una lectura diversa. En efecto, la idea que se ha formado de nuestro siglo XIX en el período de la autonomía, está saturada de matices oscuros. Las explicaciones habituales estiman que la república nace en una edad dorada, cuyas glorias se pierden en el tremedal inaugurado por La Cosiata (La Revolución de los Morrocoyes). Para el sentimiento más común, las hazañas de los libertadores se malogran cuando desaparece Colombia en un teatro manipulado por personajes menores. Los manuales de tráfico grueso machacan sobre el desafortunado cauce que tomaron las cosas al fundarse el Estado Nacional. Hasta en sus discursos de rutina, los políticos buscan ejemplos de desatinos en las vicisitudes de entonces. La subestimación llega al extremo de excluir el proceso formal de la emancipación (1810-1830) como parte del conjunto. Pese a la vecindad cronológica y a la ineludible parentela de los sucesos, se presenta a la insurgencia como pieza de un fenómeno distinto. 

Quizá dos motivos hayan provocado la aludida orientación. Por un lado, la trascendencia de la epopeya que desembocó en la mutilación del dominio hispánico. Como fue de notable entidad, el proceso posterior sale perdiendo junto con sus protagonistas cuando los autores se empeñan en compararlo con ella. Por el otro, la insistencia en hurgar las entrañas del ensayo de autonomía con el objeto de pedirle lo que no puede ofrecer. Sobre tales asuntos machacan los textos más difundidos de historia patria.

1. La «Ruina Plural» 

Desde comienzos del siglo XX, la autoridad de un conjunto de investigadores divulgó un sentimiento de vergüenza ante los episodios ocurridos después de la épica independentista. Es, por ejemplo, el caso de los positivistas, cuyo largo pontificado desde las alturas del poder debió influir en el asunto. Al estudiar las raíces próximas tras el cometido de justificar un régimen centralizado y autoritario, trazan un lúgubre panorama del pasado inmediato. Venezuela envuelta en guerras y sujeta a desenfrenados apetitos, labra su destrucción. La sociedad guerrera se suicida progresivamente, mientras las instituciones sólo existen en el papel. Ninguna alternativa de fomento material, ni de atención colectiva, destaca en un tiempo cuya única salida es la dictadura. De acuerdo con Pedro Manuel Arcaya: 

Los principios del legalismo republicano quedaban [durante el período] en el piso superior en las regiones superficiales del instinto [...] ocupando el fondo inconsciente, ora las tendencias hereditarias al sometimiento a un caudillo, ora la necesidad de la actitud tumultuosa de los campamentos, ora algo como vaga nostalgia de la vida libre nómada, por lo cual a la postre en vez de la república soñada debía imponerse la monocracia1

José Gil Fortoul también se refiere en términos dolorosos a la inestabilidad, como elemento predominante del período: 
En tanto que la vida social se iba transformando lentamente por la acción pausada del tiempo y por las comunicaciones más frecuentes con la civilización extranjera, la vida política iba a seguir su curso fatal entre las trabas del personalismo y el huracán de las revoluciones2

Los intereses disgregativos propios de una sociedad elemental, concluye Laureano Vallenilla Lanz, prevalecen frente a los nexos capaces de consolidar a la sociedad civil3. Pero no sólo las claves del positivismo navegan hacia el mismo atracadero. Los autores de la generación posterior que enderezan sus investigaciones mediante cánones menos tiesos, ratifican el penumbroso boceto. Es el caso de Augusto Mijares, ensayista de amplio lectorio que irrumpe contra las orientaciones comtianas buscando el «matiz afirmativo» de la sociedad nacional. Pese a la persecución de tales «afirmaciones», con la añoranza de la independencia en el pecho escribe así sobre los sucesos de entonces: 
El país sólo exhibe su desorden político, un vaivén desesperante entre la tiranía y el despotismo, pobreza, rutina administrativa, la frustración, en suma, de casi todos los propósitos que animaron su emancipación y que debían ser la justificación moral de nuestras repúblicas4

Un historiador tan lúcido como Mariano Picón Salas, se muestra desdeñoso cuando reflexiona sobre la vida intelectual: 

¡Qué pena [dice] la de escribir en un país como el nuestro, cuando el periódico mayor llegaría a los mil quinientos o dos mil ejemplares, y los pocos libros que podrían imprimirse se amontonaban, por falta de lectores, en los sótanos [...] o se prestaba el libro y el periódico, de una a otra casa, de uno a otro solar desierto, para distraer las largas noches perforadas de cantos de gallos, a veces balas de guerrilleros y cabalgadas de cuatreros, en la provincia demasiado espesa [...] Después de Bello y Bolívar no hay mucho que leer en la Literatura Venezolana del siglo XIX. La literatura, lo que ellos llamaban literatura, se confundía con la pequeña política parroquial, con el discurso de ocasión, con la lección de gramática o la novelita y el cuento irrealmente sensibleros5

Arturo Uslar Pietri se suma al coro con un juicio lapidario: 
La guerra civil endémica desarticula y destruye las escasas fuentes de producción, sin que las cosas cambien más adelante. El campesinado miserable se convierte fácilmente en merodeador y en soldado de montonera. El fenómeno del caudillismo político se asienta sobre la base de la pobreza tradicional, del orden feudal y de la inestabilidad económica y social. La única forma de orden era la que podía imponer temporalmente el hombre armado a caballo seguido de su montonera6

Para uno de los introductores del materialismo histórico, Carlos Irazábal, el panorama es semejante. Maneja la vista según el prisma del marxismo más acartonado, pero acompaña a sus colegas en el parecer: Continuó como antes la situación de la masa rural, sin tierra, atada al latifundio y sometida a la opresión y a la explotación semifeudal [...] Los nuevos detentadores del poder político se valieron de él para extender o construir su base económica y enfrentar el espíritu revolucionario de las grandes masas defraudadas7

Los manuales de orientación general igualmente hacen ascos sobre el proceso en cuestión. Uno de los de mayor circulación, escrito por J.L. Salcedo Bastardo, apunta en un capítulo que lleva como elocuente título «La Contrarrevolución», y en el cual la añoranza del tiempo heroico mueve otra vez la pluma: 

El desarrollo de todos los elementos desestabilizadores devuelve a Venezuela hacia un estado lamentable, y su efecto comienza por percibirse en el orden más delicado, el de los principios, donde queda indeleble quién sabe hasta cuándo. Porque la lesión material, el atropello, el despojo económico y el daño físico son poca cosa en comparación con el irrespeto a la ley que se hace habitual, y con la desnaturalización de las altas concepciones políticas que entonces campea. Por mucho tiempo, la paz y el derecho se volatilizan y reducen a simples palabras. La desconfianza cunde, y el recelo, el sarcasmo y el escepticismo dan su tono a la actitud del venezolano sobre los ideales que antes lo guiaron hasta el holocausto. Ruina plural domina a Venezuela en el período de la contrarrevolución. Ruina política con la sucesión de autocracias, de variadas formas y estilos, que frustran e imposibilitan cualquiera práctica de regularidad institucional; ruina política, además, por las asoladoras luchas fratricidas. Ruina económica [...] porque las mayorías venezolanas son más pobres que antes: la miseria cébase en ellas [...] Ruina social: la esclavitud recobra su vigencia, y ni siquiera la ley de abolición significa que llegue la igualdad tan pregonada8

Aunque no concluye en una proposición contundente, la Historia de Venezuela, redactada por Guillermo Morón, suelta párrafos de esta guisa: Venezuela va a vivir un clima de guerra y cuando ese clima falte será substituido por la dictadura [...] la democracia política se alcanza [...] sólo a la letra; pero esa democracia política no funciona en la realidad, pues la revolución, la guerra, la dictadura ejercen su imperio. Por el contrario, la democracia social logra establecerse en forma tal que en ciertos momentos la igualación fue motivo de confusionismo y de depresión cultural [...] Los intervalos de una actuación democrática son tan escasos, que en el conjunto desaparecen [...] La función intelectual se desvirtúa por la mano militar en el poder9.

Si se sigue a las obras referidas, independientemente de la tendencia en que militen, a partir de la emancipación el siglo XIX venezolano es tiempo de oscuridad, de retroceso frente a las conquistas de la antecedente epopeya. Manejado por caudillos y dictadores, un pueblo rudimentario sufre entonces los extremos de la explotación. Debido al predominio de los hombres de presa, las instituciones llegan al colmo del menoscabo y el poder sólo se dirime en las guerras civiles. No hay espacio para el pensamiento, ni para las letras y las artes. No es, en suma, tiempo de construcción nacional. 

2. «La República soñada» 

Cuando Arcaya se refiere en su citado fragmento a «la república soñada», habla de los planes frustrados de los próceres. Pero las palabras vienen al pelo para calificar la intención de los historiadores frente a los fenómenos que observan en la sociedad posterior a 1830. Manejan datos adecuados, ciertamente, pues se vive entonces una crisis prolongada, pero los orientan a demostrar que resultó imposible el ensayo de nación civilizada soñado por ellos desde la atalaya del siglo XX10. Como no encuentran lo que están buscando en atención a sus anhelos de hombres contemporáneos, insisten en el predominio de las tinieblas. Sin embargo, ciertas evidencias sugieren la alternativa de un análisis diverso. 
Veamos algo de ellas. En relación con 1810, el país que triunfa sobre la metrópoli es un desastre. La guerra lo convierte en un escombro. Las pérdidas de la población se calculan en más de un 30 por ciento, sufriendo la aristocracia, que había dirigido la sublevación y ya tenía experiencia de mando, un golpe que casi la extingue. Cerca del 46 por ciento de las esclavitudes se pierde en los combates. De 5.500.000 reses contadas al principio del conflicto, sólo quedan unas 250.000. Los precios de la agricultura se ven reducidos de manera drástica. El comercio interno y exterior es espasmódico11. Debido al terremoto de 1812, los mejores edificios de la colonia, así civiles como eclesiásticos, se han convertido en desechos. La comunicación entre las regiones constituye una aventura riesgosa por la falta de caminos y de puentes. Ni siquiera se usa la rueda a la altura de 1850, afirma el historiador Arcila Farías, debido a que no hay carreteras para coches, sino senderos de recuas. Tampoco hay escuelas, ni bibliotecas. Apenas la Universidad de Caracas puede ofrecer un simulacro de instrucción superior. 

¿Cómo pueden ser la vida y las aspiraciones de una comarca tan maltrecha? No como piden los autores recientes. El gobierno se realiza desde una rudimentaria plataforma que carece de sedes propias y adecuadas. La casa presidencial es el hogar del jefe del Estado, pero también de su parentela. Es habitual que los ministros compartan los corredores de la mansión «oficial» con la prole del presidente, o con los compadres que vienen de provincia en solicitud de favores. El Congreso y las Diputaciones Provinciales funcionan en una capilla abandonada, o en habitaciones de alquiler, sin las oficinas precisas para su función. Los empleados públicos son sólo unos contados centenares de amanuenses sin organización. No hay urbes cargadas de dinamismo, sino poblaciones grandes y pequeñas sin la magia de magníficos espectáculos, sin diversiones a la moderna y sin una intensa vida social. No son opulentos los latifundistas, ni tampoco los mercaderes. Son acomodados, desde luego, pero no como para nadar en el boato. Por lo menos hasta la gestión de Guzmán Blanco debe ser así la situación, que apenas ofrece una mudanza relativa luego de 1880. 

En ese país se suceden los gobiernos de fuerza, ciertamente, pero parece razonable sugerir que no fueron tan nefastos como se ha insistido. Debido a su irrespeto del orden planeado en 1830 por los notables, a las autocracias se les achacan los males de la época. Sin embargo, el hecho de faltar a las instituciones construidas por un solo sector no traduce necesariamente menoscabo. En su raíz las dictaduras guardan parentesco con las prevenciones de los propietarios; y en su desarrollo realizan aportes para la integración de la sociedad civil. En una república que es un desierto después de la independencia, sin capitales, sin tradición civilista, sin población abundante, sin mano de obra, sin escuelas, sin calma, resulta exagerada la excomunión que se ha lanzado a las dictaduras. Durante el guzmanato, por ejemplo, que corre entre 1870 y 1887, abundan los aportes en la fábrica de una sociedad mejor. Hasta en el monagato se pueden observar realizaciones dignas de consideración, como la liberación de los esclavos, la vinculación de la zona oriental a los asuntos políticos y la propuesta de un retorno a las fórmulas de integración latinoamericana sugeridas por Bolívar. El fenómeno de los caudillos ofrece, igualmente, la posibilidad de una apreciación distinta de las usuales. A la autoridad disfrutada por tantos paladines campestres, ajusta el comentario hecho sobre los dictadores. 
¿Podían otros, entonces, competir por el gobierno? Bien extravagante hubiera sido un régimen de arcontes en nuestro estropeado siglo XIX. No hay razón para extrañar a los líderes circunspectos, cuando realmente no caben en el teatro ni pueden figurar con propiedad en el libreto. 
¿Que los caudillos fomentaron numerosas guerras, con el apoyo de peones analfabetas y de sirvientes desarrapados? 
Cuando funcionaba, la universidad era para un grupo selecto. No existían gremios profesionales, ni estratos preparados para un pugilato de refinamientos. Por consiguiente, la gente del pueblo era cliente ineludible de los hombres de presa, que no podían atacar con doctores, ni con maestros, ni con académicos inexistentes. Los conflictos encontraban soporte en la gente sencilla, personas de chopo y machete que en sus correrías juntaron más a las regiones e hicieron que se participara colectivamente en la forja de la igualdad12

Pero la existencia de dictadores y el pulular de hombres a caballo, no traduce precariedad de la faena cultural. Al contrario, desde el momento de la fragmentación de Colombia ocurre una solvente reflexión sobre el destino de la sociedad y sobre los asuntos más relevantes del mundo, que destaca en comparación con el pensamiento antecedente y aun ante las producciones de nuestros días. En materia de ideas, de diagnósticos sobre los problemas inmediatos y de movimiento periodístico, a partir de 1828 comienza un quehacer de excepcional calidad, únicamente abocetado en la independencia y pocas veces logrado en el siglo XX. Basta mirar la colección Pensamiento político venezolano del siglo xix, editada por la Presidencia de la República, para confirmar el punto. Sólo el uso de gríngolas que apenas dejan ver las glorias de los insurgentes y los hechos de los poderosos, explica la desatención de este tema13

No es lícito solicitar al pasado aquello de lo que carece por razones obvias: un proyecto nacional perfilado, partidos modernos y distintos, corrección administrativa y planes de justicia social. Extraña, por lo tanto, que se anhele un régimen civil, que se lamente la recurrencia de las autocracias, el irrespeto a las instituciones y la proliferación de guerras civiles. Más aún cuando lo áspero del ambiente conduce a abultar la aritmética de los caudillos y a subestimar las faenas del espíritu. Los problemas y los protagonistas son los que tienen que ser: atraso material, hambre, dictadores, hombres de armas y pensadores modestos que son los más asequibles vehículos de naturaleza política y de movilización social que puede producir una sociedad como aquella. 
¿Por qué tantas solicitudes anacrónicas? Una razón las explica: se ha buscado entre nosotros lo que está en Europa y en los Estados Unidos coetáneos. Ver a Europa y a Norteamérica como modelos conduce a una apreciación susceptible de descalificar el período. Si nos asomamos con otro lente hacia el interior de la colectividad, la imagen resulta diferente, como la efectuada a su seno por esas sociedades procuradas como espejo. Ellas jamás juzgan de manera negativa sus batallas fratricidas, a sus reyezuelos asesinos, a sus barones bárbaros, a sus monjes corruptos, a sus letrados humildes y a sus próceres tenderos, por ejemplo, sino como ingredientes normales de una levadura de la cual terminaron formando parte sin incomodidad y sin vergüenza. Nosotros, en cambio, movidos por un paradigma de perfectibilidad originado en las pretensiones y en la vanidad de nuestros días, observamos un agujero lleno de protagonistas inadecuados. 

3. La vida cuotidiana 

La rectificación de las versiones negativas pasa por un nuevo examen de las fuentes primarias, cuyo número es abrumador: documentos públicos, papeles de las corporaciones, memorias de celebridades y de gente desconocida, epistolarios, hemerografía, creación literaria, manuales de enseñanza, artes plásticas, publicidad comercial, mapas y planos, objetos, etc., etc., referidos a setenta años de fenómenos y susceptibles de ofrecer datos sobre los cuales se pueda perfilar una interpretación como la sugerida. Pero a su análisis lo precede una dilatada faena de selección que obliga a trabajar a plazos. Este volumen ofrece la parte inicial de uno de tales plazos, relativa a uno de los temas más desatendidos: la vida cuotidiana. ¿Por qué tal comienzo, y no otros? Aunque de manera incompleta y en medio de pinturas proclives a la subestimación, se conocen la actividad de los presidentes, la suerte de las batallas, las aventuras de los hombres de armas, muchos negocios fraguados a la sombra del poder y algunos elementos de la actividad intelectual. Pero se ignoran las características de la rutina. Hasta ahora no se ha realizado ninguna investigación sobre cómo los antepasados soldaron el rompecabezas de los primeros pasos de autonomía. Todavía se espera la aparición de un libro que refiera el pasar de esos venezolanos. En consecuencia, nada se sabe sobre la marcha de la vida, sobre la vida propiamente dicha.

En general la historiografía se ha ocupado de hacer la biografía de personajes importantes, como José Antonio Páez, Ezequiel Zamora, Juan Crisóstomo Falcón, Antonio Guzmán Blanco y Fermín Toro, por ejemplo, quienes bien merecida la tienen por la profundidad de su tránsito; o de relatar las peripecias de las guerras Federal y Legalista, dignas también de análisis en cuanto fueron hecatombes desoladoras; y aun de explorar las estadísticas sobre creación y distribución de la riqueza, necesarias para formarse una visión de la economía rural. Sin embargo, no se ha detenido a observar cómo experimentaron el ensayo de la existencia los ciudadanos comunes. 

Quizá a la mayoría de ellos no les debamos hechos extraordinarios. Acaso sólo se limitaron a permanecer en la orilla del camino para aplaudir el paso de los gamonales, o para gritar contra el vencido de turno. Unos se quedaron en sus asuntos, mientras ocurrían fenómenos de entidad. Otros ni siquiera se enteraron de los sucesos del contorno, o siguieron la rutina pese a los anuncios de cambio que sonaban. Apenas vivían inmersos en las naderías de la existencia. Pero estaban allí, en el proceso de asentar un estilo de vida en atención a las solicitudes del ambiente; proyectando todos los días una sensibilidad única y exclusiva de los venezolanos como respuesta a los retos de la sobrevivencia en el salto de mata de un país en construcción. Sin ellos no hay historia cabal. 

Para descubrir los rasgos del país decimonónico se debe conocer cómo viajaban por tierra y por agua esas criaturas; cómo se alimentaban; cómo la pasaban en ciudades y campos; cómo se divertían y adornaban el cuerpo; cómo se las arreglaban para ganar el pan; sus maneras de adorar a Dios y de enfrentar la muerte; quiénes los dirigían y a través de cuáles maneras; quiénes fueron sus ídolos y quiénes sus demonios en el curso del tiempo. Después de analizar tales elementos sabremos preguntar con propiedad sobre el pasado reciente, para entender mejor lo que somos como corolario de las penurias y las bonanzas de la gente común durante los cien años más cercanos a la actualidad. 

Los personajes que se encargaron de dirigirlos –políticos, capitanes de montonera, letrados y clérigos– no ocuparon el tiempo en describir su vida. Su oficio era gobernarlos, llevarlos al campo de batalla, darles un poco de educación y conducirlos por el cauce de la fe tradicional, sin detenerse en la minucia de dejar para la posteridad el testimonio de cómo soportaron o disfrutaron bajo su batuta un mundo conocido por ellos hasta la saciedad. Por consiguiente, es poco lo que nos ofrece la clase dirigente en relación con la cuotidianidad. La alternativa de reconstruirla obliga a referirse directamente a la fuente popular, todavía de consulta ardua por su cantidad y dispersión, o a encontrar una documentación más accesible en atención a su número y coherencia. En su búsqueda nos hemos topado con la crónica de los viajeros extranjeros que visitaron el país entre 1830 y 1899, que constituyen la médula de la edición y cuya consulta es fecunda si se realiza con la debida prevención. 

4. La mirada «inocente» 

Más de 150 viajeros procedentes del exterior –de Europa y de los Estados Unidos, en especial– escriben sus observaciones sobre la vida cuotidiana a partir de 183014. Son una legión disímil formada por naturalistas, diplomáticos, catedráticos de universidades, grandes y pequeños comerciantes, damas y caballeros de sociedad, clérigos, burócratas, oficiales del ejército, espías, dependientes sin recursos, hombres sin oficio conocido, aventureros y simples curiosos que resuelven comunicar a sus pares, los miembros de la sociedad de la cual provienen, las impresiones sobre un país en proceso de incorporación al mundo «civilizado». Debido a su calidad de personajes que carecen de conexiones previas con la coyuntura intestina –esto es, de intereses capaces de tergiversar las personales impresiones–, en general se concede una patente de abundancia y de particular confiabilidad a sus testimonios. 

La primera característica de los relatos no admite mayor controversia. Venidos de un mundo extraño a una escena desconocida, se preocupan por recoger los detalles más nimios que desfilan ante sus ojos. Lo que para los dirigentes nacionales es un suceso que no merece consideración por ser demasiado sólito en la experiencia de todos los días, para ellos es una sorprendente revelación. Como Marco Polo en China, se deleitan en el pormenor de las cosas sencillas, acumulan con perseverancia de joyero los elementos usuales de la existencia. De allí su referida entidad como vehículos para la reconstrucción de la vida cuotidiana. Sin embargo, no es razonable entregarse sin advertencia a los baquianos foráneos. Pese a la pretensión de ser ecuánimes que en general expresan, aspecto sobre el cual insisten especialmente quienes se encuentran en tránsito de exploración y estudios, es inevitable que den paso a la fantasía y a movimientos contradictorios del sentimiento, en obediencia al buen o mal recuerdo que tuvieron sobre algunas circunstancias y personas, tal como sucede en El millón de Polo y en cualquier libro de viajeros. No en balde Venezuela no es el protagonista de las crónicas, sino ellos mismos, los autores que se desean exhibir como flamantes pioneros del proceso de descubrir otra vez el universo según la óptica de los tiempos modernos. Como ellos son el personaje céntrico de sus páginas, la comarca visitada se coloca a su servicio como puente para hacer circular su fama de osados peregrinos, o de espectadores avisados, entre el público del otro lado. Por lo tanto, Venezuela pasa por el riesgo de ser retratada de manera inexacta. Además, el hecho de escribir para un destinatario distinto del venezolano obliga a una traducción de la realidad y a una suerte de esfuerzo pedagógico susceptibles de provocar simplificaciones y cotejos inadecuados, esto es, tergiversaciones. 

Desarrollan, por último, una orientación sin cuya crítica pierden los documentos su utilidad: el mirar desde arriba, o desde lejos, a unas criaturas a quienes se escudriña como en el museo o en el zoológico. Cuando se aproximan a los venezolanos, ya se trate de hombres sencillos o de figuras de la política, los viajeros extranjeros no advierten la presencia de individuos semejantes a ellos, sino un desfile de especímenes de un género separado y menor al que se debe juzgar desde el estrado de la cultura única, la cultura europea-occidental, o al cual se puede comprender con auxilio de la ciencia y la indulgencia. Se trata de condenas y absoluciones provocadas por el fardo de los prejuicios que movieron su escenario de origen en la víspera de los periplos o en medio de ellos. 

5. La escena de origen 

No sólo Cristóbal Colón y sus compañeros, o los cronistas españoles del siglo XVI, distorsionan la realidad americana al recrear en el mundo aparecido los sucesos y las fantasías europeos que dirigen sus pasos15. También los visitantes del siglo XIX repiten la experiencia. Ya no ven amazonas y cabezudos, no observan dragones parlantes ni relatan historias del Amadís, ya no buscan El Dorado ni la fuente de la eterna juventud, porque el tiempo ha menguado la autoridad de los antiguos resortes de la vida para cambiarlos por otros más acordes con la evolución social. El dios-progreso no admite ahora los delirios que el medievo depositó en la cuna de la modernidad, pero en su reemplazo ha creado otros fantasmas capaces de determinar el destino de los hombres. Son los temores y los ídolos de la sociedad posterior a la restauración del absolutismo monárquico, que debieron influir en la recreación de Venezuela por los autores que ahora nos ocupan. En consecuencia, conviene tener presentes las inquietudes del lugar de procedencia, a la hora de repasar los testimonios de viajes. 

Acaso la mayor inquietud de la Europa coetánea sea la posibilidad de un retorno a los tiempos de la Revolución Francesa, o el anuncio de tempestades todavía más preocupantes que producen un anhelo de sosiego capaz de resucitar el autoritarismo extremo. En los motines de Nápoles y Palermo contra el rey de las Dos Sicilias, sucedidos desde 1846, se advierte la furia de un huracán que no incumbe sólo a los estados italianos. Otra vez se discuten los derechos de la nobleza de la sangre y la privanza del imperialismo resumido en Austria, factores frente a los cuales se pregona la panacea del evangelio liberal. Pero el movimiento napolitano es apenas el prólogo de una conmoción mayor en la cual está presente un motor recién aceitado de la beligerancia masiva: el socialismo. Gracias a su influencia, a la altura de 1848 comienzan en París los tumultos callejeros que derrocan a Luis Felipe e invitan a destruir el parlamento burgués, aguijoneados por «un revoltoso sin freno» llamado Luis Blanc. Cuando amaina el movimiento parisino se inauguran las conmociones del sur alemán motivadas por la propaganda liberal, cuyos voceros logran la dimisión de Metternich, una de las figuras primordiales del régimen férreo. De inmediato otra vez los italianos se alzan contra los austríacos y contra el Papa, en movimientos que desembocan en la proclamación de las repúblicas romana y toscana anunciadas como génesis de un camino feliz sin las ataduras del absolutismo16

Los poderes constituidos responden con énfasis a la subversión. Aun en naciones como Rusia que no han sentido el torbellino popular, la corona remacha su autoridad. Nicolás I anula las reformas promovidas por su antecesor, recrudece los procedimientos de censura y declara la guerra al individualismo venido de Occidente. «Autocracia y Ortodoxia» son las banderas que el zar proclama como avanzadas de una rusificación cuyo fundamento es la superioridad de la raza eslava. No poco influyen los textos de Hegel en el designio que pretende hacer de la Madre Rusia un nuevo pueblo elegido. En Alemania el gobierno hace retroceder los procesos hacia el status predominante en 1847, proclamando el argumento de la superioridad racial como carnada capaz de sustituir el menú del liberalismo. La sociedad se redime por la raza, anuncia entonces Wagner, mientras vuelven a tener clientela los textos de Shopenhauer sobre los dislates de la mezcla étnica. Vientos de procedencia semejante soplan en Austria, mientras se restituye el imperio unitario. La reposición de Pío IX como soberano temporal de los Estados Pontificios, indica que la revolución ha perdido una escaramuza frente a los señoríos tradicionales. En Francia se proclama presidente a Luis Napoleón, futuro emperador, en medio de un anhelo creciente de orden. 

La derrota de los planes de renovación produce pesimismo en el continente. Una sensación de impotencia sobrecoge a los dirigentes de avanzada y a los grupos apabullados por el establecimiento. Muchos se conforman con el silencio frente a los heraldos de las razas superiores, pero la mayoría de quienes no rinden la voluntad ante el fracaso acuden al recién abierto templo del método objetivo para postrarse ante la deidad de la ciencia. Se piensa que ha llegado la hora de que unos pocos hombres, los más doctos, organicen la vida. Unos sabios llamados Darwin y Comte, por ejemplo, acompañados por un ejército de discípulos, al recoger los frutos de su enseñanza desplazan de la palestra a los agitadores cuando divulgan una salida para la humanidad a través de la proposición de un laboratorio como el de la física y la biología. Los científicos no amenazan sólo a los líderes revolucionarios, sino a la Iglesia que sigue explicando este mundo y el otro mediante sugestiones teológicas. El examen del pasado se inicia tras la pista de leyes colectivas, o siguiendo la huella de claves universales-permanentes en cuyo encuentro escriben obras monumentales autores que se convierten en reverenciados maestros, como Momsen, Curtius y Grote. Hasta la crítica literaria y artística camina según la flamante brújula. En medio del furor provocado por los nuevos conocimientos adquiere consistencia el determinismo de Marx, quien coloca a la economía como explicación de la conducta colectiva y se niega a aceptar que la solución de los entuertos dependa de un limitado repertorio de científicos. El desenlace está en la unión de los seres a quienes más ha perjudicado esa economía, expresa entonces el Manifiesto comunista divulgado a escala internacional hacia 1850 17.

Los adelantos de la tecnología consolidan el argumento de los científicos y aumentan transitoriamente el desprestigio de los planteos revolucionarios. Nuevos avances del maquinismo aumentan los logros industriales. Un enjambre de ferrocarriles y de veloces navíos para el transporte de pasajeros y mercancías, produce una dinámica sensación de novedad. El alumbrado a gas en las metrópolis pretende simbolizar la desaparición definitiva del atraso. Las finanzas reciben un impulso de trascendencia con la aparición de las Sociedades Anónimas. Un país de reciente data, los Estados Unidos de América, compendia los logros del progreso debido al crecimiento de su población, a los adelantos de la mecanización, a los éxitos del comercio doméstico y a la conquista de las vastedades del oeste. Con su multitud de máquinas, barcos y corporaciones financieras, Europa ensaya otra vez el proyecto del imperialismo. Inglaterra se ocupa de la India, mientras prepara los motores con el objeto de penetrar en China y en Japón. Francia estrena el dominio del África cuando se asienta en Argelia y Senegal. En suma, los europeos vuelven por sus fueros procurando a la fuerza el control de la periferia18

Sin embargo, persiste el peligro de nuevas crisis nacionales y la posibilidad de conflictos entre los imperios. Se han esparcido muchos «errores» que pueden despeñar la civilización, de acuerdo con las proclamas de la Primera Internacional impresas por los comunistas, pero también con la bula Quanta cura y con el Syllabus que publica el pontífice. Aunque partiendo de posturas antagónicas, no se equivocan en el análisis. En apenas un lustro estalla la guerra franco-alemana, y cunde el pánico cuando suceden en París los hechos de La Comuna. Ante las narices del ejército alemán, la canalla se adueña de la capital francesa, cobrando en un baño de sangre las cuentas pendientes del imperio. La vuelta al orden desemboca en la construcción de un patíbulo para 20.000 ajusticiados y en la obligación de doblegarse ante la hegemonía germana, cuyas cualidades raciales pregona ahora Bismarck. 

Pero no sólo el Canciller insiste en la apología de la etnia. Mientras Heine convoca una cruzada para la germanización del universo, el ensayo de Gobineau sobre la desigualdad de las razas recobra el favor de los lectores. La Rusia de Alejandro II insiste en la purificación a través de los hombres superiores. Sólo Rusia salva, reza Danilevski. En Inglaterra, Disraeli y Chamberlain exhiben la calidad excepcional de los anglosajones coreados por Rudyard Kipling quien canta a «la unión de los seres excepcionales». El determinismo extremo hace sus delicias en los medios cultos bajo la orquestación de Taine, de Stuart Mill y de Spencer. Son los políticos y teóricos que preparan el advenimiento de Nietzsche, cuyas obras proponen el predominio de una aristocracia del poder y la fábrica de un «superhombre» que no deba sus virtudes al talento, sino a una raza y a un cuerpo purificados19

Al amparo de tales planteamientos Inglaterra penetra en Birmania, en el Tonkin, en Egipto y en Siam; Francia estrena en Túnez el ensayo de una cruenta estadía por tierras musulmanas; Alemania se enseñorea de Europa; los Estados Unidos se muestran dispuestos a practicar la doctrina del Destino Manifiesto que calza en los designios de los trust y complace a las nuevas generaciones. No sólo dicen representar pueblos escogidos, sino el avance patentizado en los sueros, en los tranvías eléctricos, en los rayos X, los telégrafos, los teléfonos, las bombillas, los ascensores, las dinamos, las terapéuticas... que ha inventado el genio de sus hombres de ciencia desde 1880. 

Deben llevarlos, junto con sus teorías, su altivez y sus miedos, hacia los pueblos susceptibles de redención. No en balde han logrado el milagro de evitar que su continente se desintegre por la acción de la violencia. Los estados han sufrido conmociones domésticas, como se ha esbozado, y la guerra internacional ha recogido su cosecha de muertes, pero ha prevalecido un equilibrio de cincuenta años. Es equitativo, dicen entonces, importarlo hacia las regiones periféricas. Entre ellas se encuentra Venezuela

6. Los prejuicios del otro 

Ese mundo originario se hace presente a través de numerosos fragmentos en las fuentes seleccionadas para la antología, comprensible fenómeno que aconseja una lectura capaz de evitar que los prejuicios y los conceptos foráneos empañen las preciosas observaciones de primera mano que nos remiten a la vida cuotidiana. De seguidas se muestran y comentan algunos, con el objeto de sugerir caminos para una consulta provechosa del volumen. No pocas veces la influencia europea aparece de manera expresa, para conducir mediante un simple cotejo a la descalificación de la realidad. Veamos, por ejemplo, un elocuente fragmento de Pal Rosti sobre el estado de las milicias. Escribe el viajero húngaro: 

La mayoría de los soldados rasos son mestizos de estúpida expresión en el rostro. Su uniforme consta de pantalón azul con rayas vino tinto, frac de tela de lienzo con solapas vino tinto y cola corta; este también sería azul –hablo del uniforme de gala–, pero está tan desteñido y roto que más bien parece gris o color de leche; su color originario –a lo más– se puede suponer; lo más importante del chacó es que esté inclinado sobre la cabeza. De esto se compone la vestimenta necesaria. El calzado y la corbata no son imprescindibles en el uniforme del soldado venezolano; no obstante, el que puede conseguir tan supernumerarios artículos los puede usar libremente. Por lo demás hay casos extraordinarios en que el recluta recibe –para todo el tiempo de su servicio– un par de botas. Así tuve la suerte de ver varias botas durante los desfiles, y –según el mayor o menor desgaste de las mismas– pude también calcular el tiempo de servicio del dueño respectivo. Además de los combatientes, que se pavoneaban en las cómodas botas que allá se usan o descalzos, se encontraban también uno o dos ufanos mozos que –para esta ocasión– calzaban zapatos de charol. La ropa blanca es también artículo de lujo, por eso la ancha y dura corbata –semejante a la usada en el ejército austríaco– rodea frecuentemente el cuello desnudo; de cuando en cuando también le prenden al lado ad libitum un cuello, el llamado vatermörder, mientras otros –que tienen camisa– portan un cuello doblado hacia afuera sin corbata. La cartuchera –colgada del cuello– y una mala arma le confería algo de tinte bélico al ejército, pero lo borra totalmente la actitud floja y negligente de los soldados, que podría ser de cualquier cosa menos de militar. Los oficiales (entre estos también son muchos los mestizos) llevan frac y pantalón de paño azul y sombrero de tres picos; estos por lo menos están más o menos limpios. 

Todo el ejército venezolano está formado por dos mil hombres; de estos, trescientos mantienen a raya la población de Caracas (mientras a ésta le parezca bien mantenerse a raya). En la república independiente de Venezuela no existe ningún censo de soldados, ni obligatoriedad del servicio militar como en Inglaterra, pero en lugar de ello hay la recluta «libre y voluntaria» y el atrapar con lazo a «los voluntarios», cosa que no existe en Inglaterra. Así se reúne en las filas la chusma20

Es evidente cómo Rosti no pretende describir una milicia coherente, sino una ignominiosa comparsa, una tropa de irrisión. Influido por las paradas, los vestuarios, los recursos y las maneras de los ejércitos de Austria e Inglaterra, referidos de manera directa en el texto, presenta a nuestros hombres de armas como un grotesco conjunto de indigentes. El testimonio es fundamental, sin embargo. Si el lector expurga los elementos de desprecio que lo distinguen, tiene frente a sus ojos evidencias valiosas para comprender asuntos como la debilidad de los gobiernos, la fortaleza del caudillismo y las formas de hacer la guerra en el siglo XIX. Los pormenores ofrecidos por Appun en torno a una riña entre dos negros de Puerto Cabello, transitan el mismo sendero. 

El público que está buscando agua interrumpe su oficio para admirar en todas sus fases el divertido espectáculo, sin ser perturbados por agentes de policía, guardias o gendarmes, que sólo son conocidos allí a través de los periódicos europeos. Los luchadores se han quitado ya las camisas, poniéndolas cuidadosamente en lugar seguro, para que éstas, que de todos modos ya tienen el aspecto de la manta del viejo sargento en «Lenore», no se rompan más. Los brazos apretados hacia el pecho, a la manera de boxeadores [...] sus cráneos suenan extraña y sordamente sin romperse, a pesar del esfuerzo más grande. Ellos repiten esta maniobra dos veces, hasta que se convencen que de este modo no se derrama sangre alguna. Entonces siguen la lucha a puñetazos; de buena gana se irían a las greñas, como acostumbran otras razas humanas más cultas y de pelo largo, pero su pelo corto y crespo no les permite esta tierna prueba de afecto, por lo cual se ven obligados a poner la cara como blanco de sus puños, especialmente la ancha nariz. Por fin corre la sangre deseada: después del tratamiento correspondiente del puño del adversario, la nariz de uno derrama la «corriente de la vida» y se ha hecho con esto dos veces más ancha; al mismo tiempo, el ojo herido en la forma más dolorosa tiene que cerrarse con urgencia por algún rato. El que ha sido herido de tal manera, se declara vencido y toda la riña se acaba con esto. Los espectadores todos, hasta ahora mudos, que han seguido la lucha con vivo interés, están satisfechos por el resultado obtenido y estallan en estridente gritería a despecho del vencido; tonos de falsete nunca oídos, penetrantes y de altura que aparte de ellos sólo una locomotora puede producir, prevalecen en este coro de masas21

Según los adjetivos de Appun ocurre una lucha de animales, o cosa parecida, un combate personal que jamás protagonizarían los representantes de las «razas más cultas» que no tienen una cabeza tan dura, ni greñas tan cortas y rebeldes, ni una nariz tan asequible a las trompadas, ni un público capaz de reaccionar con la brusquedad y la frialdad de un ferrocarril. Pero, sin los adjetivos de Appun, el relato ofrece referencias útiles sobre orden público, sentimientos y diversiones en una zona mercantil de importancia. 

Aun cuando permita el análisis de hechos significativos a través de los cuales se puede descubrir una peculiaridad esencial, ninguna conducta escapa a la crítica cuando el paralelismo revela situaciones discordantes con la costumbre europea. Entonces se niegan a la mínima comprensión, como ocurre cuando Rosti se enfrenta a nuestras maneras de calcular el tiempo y las distancias. Esta gente [dice] no tiene idea clara de las distancias y del tiempo. Nunca pude saber, con seguridad, cuánto distaba una comunidad de otra. Decían cerca o lejos, según la comparación que hacían con una u otra población. No se podía confiar en las medidas de distancia. Lo mismo pasa con el tiempo. Mientras el campesino húngaro puede decir la hora, con puntualidad asombrosa, según la posición de las estrellas o del sol, los de aquí parece que no conocen ni la división del sol en horas. Muchas veces me dijeron que serían las siete, cuando eran por lo menos las diez22

El desdén por el reloj y el desaire de las lejanías, primordiales como noticias relativas al trabajo, al ocio, al aislamiento, a la comunicación, a la subsistencia y a la distribución de la riqueza en un país en ciernes, apenas se advierten como sinónimo de atraso e ignorancia en cuanto difieren de la precisión europea. Como el lector de hoy, por fortuna, no lleva las gríngolas del explorador, puede aprovechar la información a cabalidad. También las generalizaciones supuestamente basadas en la observación directa de la sociedad, a menudo producen un diagnóstico distorsionado. Una lectura atenta descubre que no hay tal inmediatez de la observación, sino juicios previamente filtrados por los valores del acervo europeo. Así se puede notar en algunos pasajes de Jenny de Tallenay, quien deja escapar afirmaciones genéricas como la que viene de seguidas: 

En ningún país el funcionarismo ha hecho tanto daño. El ensueño de la mayor parte de los venezolanos es ocupar algún empleo público, es decir, aproximarse a la fuente de las gracias y honores. El indígena es inteligente, pero perezoso. Abandona a los extranjeros los grandes negocios comerciales e industriales, los trabajos que exigen conocimientos serios y una voluntad perseverante; la suya no tiene más que un objetivo, el de hacerse inscribir por una cantidad de dinero cualquiera en el presupuesto nacional23.

El análisis parece confiable, en primera instancia, en cuanto parte de presenciar la relación clientelar establecida entre el gobierno y la incipiente burocracia con el objeto de llevar una vida parasitaria. Por consiguiente, puede asumirse como fuente de primera mano para comprender el nacimiento de los vínculos políticos de entonces. Pero, atención, ¿también la observación de la realidad la conduce a hablar de un pueblo inepto, abúlico e inconstante?, ¿a proclamar la superioridad de los extranjeros, debido a su vocación por las empresas elevadas y riesgosas? Quizá no esté descaminado quien piense que antes de navegar hacia Venezuela, ya la dama compartía tales posturas. La cartilla aprendida antes del viaje, en efecto, frecuentemente desemboca en juicios panorámicos como el de Tallenay, o como los siguientes de Pal Rosti y Consejero Lisboa sobre el tema de la libertad. Según el primero: 

[...] los criollos si apenas están maduros para la Independencia, apenas si son capaces de comprender la ideología de la libertad en toda su sublimidad y de emplearla para su propio provecho y gloria. La libertad es un arma de doble filo: en manos de un hombre serio y de noble espíritu es un arma gloriosa, bajo cuya protección el bienestar ciudadano y el honor nacional van desarrollándose audazmente; pero en manos del niño inexperto es arma hiriente que se vuelve contra sí misma24

El otro afirma: 

El pueblo bajo de Caracas, que aún hace pocos años, cuando se declaró independiente se componía casi exclusivamente de esclavos, se resiente en su carácter de las condiciones inherentes a esta condición, más o menos próximas a ella por su origen. Entre ellas se observa cierta confusión de ideas y de sentimientos, cierta mezcla de sumisión y altivez, de desconfianza y presunción, de extremo afecto y esquivez, en fin, cierta falta de fijeza de carácter, que es la consecuencia natural de su origen servil, modificado por la influencia de la revolución y de la subsecuente emancipación que es incapaz de obrar por sí en ningún caso, y constituye una mera máquina que sólo se mueve a impulso de los ambiciosos que la emplean en provecho propio25

El asunto de la inmadurez del criollo fue asiduo en la literatura de la Ilustración, cuyos voceros llegaron a asumirlo como traba para el ingreso de los americanos a la historia universal. Las reflexiones sobre la influencia de una situación de servidumbre en colectividades que acceden a la emancipación, llenaron numerosas páginas desde el siglo de las luces. Ambos tópicos gozaron de general aceptación en los medios cultos. En consecuencia, se puede pensar cómo un húngaro que aspira a depositar sus observaciones en el Museo Nacional de su país y un brasilero vinculado a la Universidad de Hamburgo, encuentran en la realidad venezolana un pretexto para confirmar la enseñanza de los maestros. ¿No ratifican así la puntería de los pensadores que son su paradigma? 

Para sacar provecho de los testimonios se precisa considerar las aludidas orientaciones, cuyos sesgos sólo se han señalado de manera parcial con el objeto de prevenir a los que, aparte de solaz, busquen utilidad en la consulta de la antología. 

Por último conviene llamar la atención en torno a los errores sobre fechas, acontecimientos, nombres de personas y lugares en los cuales pueden caer los autores. Como no escriben manuales de historia, ni textos de geografía propiamente dichos, a veces se equivocan al identificar individuos y comarcas, o con la cronología de algunos episodios. Así, por ejemplo, Rosti confunde al presidente José Tadeo Monagas con su hermano José Gregorio; cuando habla de la Cordillera de la Costa, Jenny de Tallenay insiste en referirse a «Los Andes Costaneros», y, además, cuenta cómo ocho mandatarios provisionales sucedieron en poco tiempo a Linares Alcántara; James Mudie Spence yerra a menudo al fechar la fundación de importantes localidades, gazapo que igualmente se nota en el texto de Lisboa; es raro que acierten en la identificación de las personas y en la ubicación de los hechos bélicos y políticos, cuando ensayan de historiadores de la Colonia y de la Independencia... Sin embargo, inexactitudes como éstas no le restan un ápice a su calidad de documentos medulares para la reconstrucción de la cuotidianidad. 

7. Esta antología 

La literatura de viajeros es abundante. Ya sabemos que forma una lista cercana a los 150 títulos dedicados al siglo XIX luego de la fragmentación de Colombia, muchos de los cuales permanecen en manuscritos o no se han traducido de su lengua materna. Ahora sólo nos ocupamos de piezas dispersas que han salido del taller de la imprenta y que se han juzgado primordiales por los especialistas26. Los textos que ahora se presentan constituyen una selección extraída de los libros escritos por los siguientes viajeros y exploradores: Miguel María (Consejero) Lisboa, Karl F. Appun, Pal Rosti, E. B. Eastwick, Anton Goering, Friedrich Gerstäcker, James Mudie Spence, Carl Sachs, Jenny de Tallenay y Wilhelm Sievers. Sobre cada uno se ofrece la correspondiente noticia biográfica en el pórtico de la muestra de su escrito. Se presentan en orden cronológico en atención al momento de su estada en el país, disposición gracias a la cual se puede tener una dinámica versión de cómo evolucionó la sociedad a través del tiempo, desde los inicios del estado nacional y hasta fines de la centuria. 

Pese a que cuentan con ediciones anteriores, en general son desconocidos por los venezolanos de hoy. Sólo contados estudiosos se han detenido en su compulsa. Fragmentos del relato del alemán Wilhelm Sievers aparecen por primera vez en lengua castellana, gracias a la traducción de Ignacio Barreto encargada especialmente para nuestra publicación27. La mayoría de los testimonios, pues, destaca por la novedad. Su lectura puede convertirse en un hallazgo para quien se aproxime con ojos curiosos a sus páginas. 

El compendio sólo incluye contenidos sobre la vida de los venezolanos de la época, aun aquellos que erróneamente puedan pasar por triviales. Dado que, como se apuntó al principio, todavía la historiografía no se ha ocupado de reconstruir la vida cuotidiana, se desecharon los discursos de carácter científico y todos los datos referidos a la naturaleza y al medio ambiente, a veces privilegiados hasta el fárrago por los informantes, para reunir en una obra de sencilla consulta la mayor noticia posible sobre la existencia ordinaria. 

Ardua empresa, si se considera la abrumadora extensión de los documentos. Un inventario somero nos indica que superan las tres mil páginas. No obstante, gracias a un paciente trabajo de selección se han reunido en un contexto único las evidencias que han parecido más adecuadas sobre: viviendas en la ciudad y en el campo, vías de comunicación y maneras de transportarse, alimentación, vestuario, diversiones, medios de subsistencia, manifestaciones religiosas, negocios, política, políticos, guerras civiles, vínculos con el extranjero, educación y actividad intelectual. En cada caso se han buscado noticias sobre las diferentes clases sociales, sobre todas las regiones y sobre diversos oficios y conductas, tras la búsqueda de una reconstrucción a la cual no escape la heterogeneidad colectiva. Con el objeto de facilitar una revisión asequible, se ha procurado que cada fragmento lleve un título breve que condense su contenido. La titulación también pretende reflejar, en la medida de lo posible, los valores y prejuicios exhibidos de manera directa e indirecta por los autores. Por consiguiente, al principio de los trozos una suerte de brújula quiere indicar la esencia del texto, pero igualmente su orientación, para que el lector esté prevenido frente a la arbitrariedad a veces excesiva de las fuentes. A quienes sospechen que tal mecanismo supone una interferencia en el discurrir de los documentos, o una guía harto subjetiva del usuario, se recuerda cómo todos los materiales se han copiado de manera fiel y con notas precisas de ubicación y procedencia, sin ninguna mudanza que no sea el corte necesario cuando desarrollan asuntos ajenos a la recopilación. Así cada quien podrá pensar lo que prefiera, cambiando el parecer de los recopiladores por su opinión personal. 

8. ¿Emociones y aventuras? 

Julio Verne utilizó a viajeros como los nuestros para escribir libros de gran fortuna editorial. Encontró en los anhelos de emoción y aventura de los peregrinos de su tiempo, seguidores de Humboldt, pero también afectos a una errancia sin método, una veta para una literatura de fantasía cientificista que terminó por cautivar al público. Trasladó las peripecias de las fuentes a El soberbio Orinoco, o a El faro del fin del mundo, o a Los hijos del capitán Grant, libros de gran tiraje que conmovieron a generaciones de lectores. Los mismos viajeros se atrevieron a redactar novelas fundamentadas en la hazaña de sus periplos, como Friedrich Gerstäcker, quien imprimió fabulaciones basadas en la realidad que había palpado en Venezuela, Chile, Perú y Ecuador28

Europa entonces estaba ávida de mundo. El continente ufano de poseer los secretos de la ciencia y la llave del progreso, miraba más allá de sus confines hacia un horizonte que ya no poblaban las maravillas del siglo XVI, sino una naturaleza portentosa y unos hombrecitos que se podían domar en una empresa que era del genio y del sentimiento, del saber coherente y de la pasión desenfrenada.

Por eso recibió con beneplácito las crónicas de viajes para recrearlas en designios de conquista y en un nuevo imaginario destinado a las fibras sentimentales29. ¿Acaso no escribieron los viajeros para sus pares tras la misma meta? 

Pero estos libros no están ahora en las manos de su destinatario inmediato, el europeo del siglo XIX. Hoy pertenecen a los venezolanos de un mundo sobresaltado, quienes tienen suficientes aventuras en frente con sólo pensar en el rompecabezas de su existencia, y quienes ya deben sentir el hastío de seguir buscando en ultramar la voz del patrón. Pueden, por consiguiente, utilizarlos de manera diversa: como espejo para encontrarse a sí mismos observando su país anterior. Ese país anterior es admirable, pese a lo que se ha afirmado de él. Aun al través de la mirada del otro, se puede advertir cómo salió de los escombros de la independencia para formarse lentamente, hasta lograr una plaza en el mundo con el manejo de los únicos instrumentos que tenía a mano: su pobreza de solemnidad, su ayuno de tecnologías, sus nexos con la tradición de la colonia y de la independencia, su aislamiento doméstico y un puñado de hombres disputando la supremacía a su manera. 

No se puede viajar a la europea en ese país porque no tiene carreteras, ni caminos de hierro, ni horarios puntuales, ni hoteles confortables, ni sosiego. El trabajo no marcha como en las comarcas «civilizadas» debido a que el pueblo desconoce el reloj, a menos que sea para llegar a los toros. ¡Hay que ver cómo pasan las horas en una procesión, o haciendo discursos! Con razón no nacen empresarios en su suelo. Y ríase usted del ejército: una horda de mulatos descalzos, cuya única preocupación es la rapiña. Gobierno, lo que se dice gobierno –al estilo de Luis Napoleón y de Francisco José– no ha existido jamás, a menos que se llame gobierno a un hombre sentado frente a la plaza Bolívar esperando noticias de unos subalternos de provincia que ya se cambiaron de bandería y a quienes no puede asustar con una comparsa de machetes. De pronto aparece una figura de prestancia, parecida a las de allá, como el general Guzmán, pero el fenómeno no es habitual. Y de diversiones, ni hablar, a menos que usted le conceda patente de solaz a unos cantos monótonos, a una cerveza de mala muerte y a derribar becerros en la calle. 

Cuestión de puntos de vista. Si usted cambia la clave de la partitura, encontrará a Venezuela partiéndose la cabeza para ser algo, tratando de acabar con los compartimientos, ensayando el derrotero de un gobierno genuino, peleando contra el hambre, espantando la injusticia, estudiándose con ahínco y pasándola bien en sus jolgorios. Cuando se sienta orgulloso de ella, o cuando entienda sus limitaciones, entonces entenderá sus angustias y verá con propiedad lo que no ha venido.
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1 Pedro Manuel Arcaya (1941), p. 60.
2 José Gil Fortoul (1954), p. 374.
3 Laureano Vallenilla Lanz (1930), p. 160.
4 Según Salcedo Bastardo (1970), p. 395.
5 Mariano Picón Salas (1962), pp. 10-11.
6 Arturo Uslar Pietri (1959), p. 73.
7 Carlos Irazábal (1974), p. 69.
8 J. L. Salcedo Bastardo (1970), pp. 395-396.
9 Guillermo Morón (1963), pp. 229-231.
10 Ya se ha iniciado con toda propiedad la modificación de esta óptica, aunque quizá sus logros no se han difundido debidamente. Para el punto, ver: Pensamiento político venezolano del siglo XIX, (1960); Manuel Pérez Vila y otros, (1976); Domingo Miliani, (1984); Elías Pino Iturrieta, (1978).
11 Para este punto ver: J. L. Salcedo Bastardo (1970).
12 Quizá este aspecto no se ha examinado todavía según se viene sugiriendo. Conviene, por lo tanto, profundizar la propuesta.
13 Las contribuciones de Pedro Grases han abierto un profundo camino de rectificación en el análisis de la cultura decimonónica.
14 Ver: Diccionario de Historia de Venezuela, Volumen III, Apéndice 3 (1988).
15 No se trata, en el caso de los descubridores y conquistadores, de plantearse una burda falsificación de la realidad, sino de un fenómeno más profundo, complejo y comprensible. Para este punto, ver: José Gaos (1973) e Ida Rodríguez Prampolini (1977).
16 Para estos puntos, ver: Jean Baptiste Duroselle (1967); Jacques Droz y otros (1953); Louis Bergeron y otros (1976); H. Laski (1969).
17 Para estos puntos, ver: Franklin Baumer (1985); John Bernal (1976)
18 Para estos puntos, ver: Guy Palmade (1976); G. Trevelyan (1963).
19 Para estos puntos, ver: José Gaos (1973); Jean B. Duroselle (1967)
20 Pal Rosti (1988), pp. 67-68.
21 Karl F. Appun (1961), pp. 45-46
22 Pal Rosti (1988), p.180.
23 Jenny de Tallenay (1954), p. 92
24 Pal Rosti (1988), p. 34.
25 Consejero Lisboa (1954), p. 79
26 Para este punto, ver: Eduardo Röhl (1948); Pacual Venegas Filardo (1983); Tobías Lasser (1971); Germán Carrera Damas (1988); y Pedro Cunill Grau (1987).
27 El Instituto Autónomo Biblioteca Nacional tiene en sus planes la traducción y edición completas de la obra de Sievers, dentro de la serie correspondiente a la conmemoración del Quinto Centenario del descubrimiento de América.
28 Para este punto, ver: Estuardo Núñez (1972). Recuérdese, igualmente, lo abocetado en el punto 5 de este Estudio Preliminar
29 Ídem.

jueves, 14 de mayo de 2026

POBRE ESPAÑA...TAN ORGULLOSA DE SUS VICIOS Y TAN AVERGONZADA DE SUS GLORIAS por PEDRO PEDROSA


POBRE  ESPAÑA... 
TAN ORGULLOSA DE SUS VICIOS 
Y TAN AVERGONZADA DE SUS GLORIAS.


(LÉELO HASTA EL FINAL) 
Esto ha de incomodar a izquierda y derecha por igual.

Llevo casi seis años viviendo en España, llegué con tantas incertidumbres como esperanzas, confiado en que al menos podría ejercer mi libertad y seguro de que mi hija podría empezar a desarrollarse personal y profesionalmente sin los temores que imponía Venezuela y en particular la ciudad de Caracas, donde tomar un bus o salir de noche para una chica joven, se había convertido en un verdadero deporte de riesgos. Llegué sintiéndome un español, que por circunstancias familiares se había criado fuera de España, pero no; de nada sirve ser hijo de padre y madre españoles cuando llegas a España; de nada sirve saber de los Trastamara, los Austria y los Borbones, o saber más canciones de Manolo Escobar que cualquier contemporáneo que haya nacido y vivido en España toda su vida, siempre serás "un pancho". Hasta he tenido que "tragarme" esa odiosa palabra "hispanchidad" en boca de quienes proclaman la Hispanidad, entendiendo que su concepto de hispanidad no es fraternal sino chovinista, pero de eso hablaré en otro artículo.

Pese a mi reputación de analista acuicioso, cuyos pronósticos en materia política pocas veces son errados (si no me cree, no vaya lejos; le basta con leer este blog) me encontré con una sociedad española absolutamente hermética y decidida a NO CAMBIAR, algo así como que - si la vamos a cagar, lo haremos nosotros -si alguien viene a decirles- por aquí no se metan -la respuesta será- ¿quién eres tú para decirnos qué hacer?- Así España, camina por un sendero que les lleva directo a un despeñadero del cual no podrá salir en por lo menos 100 años, sus élites sean políticas o empresariales, son miopes y mezquinas, encerradas en si mismas, y la población en general se debate entre el miedo a un futuro incierto y por otro lado el miedo a algo que jamás vivieron. Esa situación ha generado una sociedad profundamente fragmentada, más que polarizada, fragmentada, porque incluso en una situación de polarización, visiones encontradas podrían decidir por dónde marchas en el marco de un proyecto común, pero ese proyecto común en España NO EXISTE.

Quienes temen a un futuro incierto solo saben que hace 50 años su abuelo era celador o albañil y que podía cubrir los gastos del mes, enviar a sus 4 o 5 hijos al colegio y que además podía comprar una casa y pagarla en 7 años, seguro era además que ese abuelo de hoy, hace 50 años con su "currito" (expresión con la que los españoles se refieren al trabajo) podía agarrar a su mujer y sus cuatro hijos e irse a veranear en vacaciones. Para el currante de hace 50 años, la vida era dura, pero ese esfuerzo garantizaba que esos 4 chavales no serían albañiles, sino que irían a la universidad y serían profesionales; había una relación directamente proporcional entre el esfuerzo realizado y las expectativas de futuro.

Quienes temen a un "inevitable futuro incierto" (porque la única certeza que tienen es que no saben cómo llegar a fin de mes) desconocen cómo era aquella España, pero saben que esta no les garantiza NADA, y es extraño, porque el miedo al futuro que ven negro, se mezcla con nostalgia por algo que desconocen y que (tal como es la nostalgia) nunca conocerán, porque en España ya no hay ni la capacidad "ni los cojones" para que las condiciones de vida de aquel pasado desconocido vuelvan a existir.

En el otro extremo están los peores, los que temen a ese mismo pasado que no conocieron y se aferran con uñas y dientes a un presente precario y decadente, aunque este no les garantice un futuro. Estos tienen la cabeza llena de excrementos "DE MIERDA" vertida por prensa, radio y televisión desde 1978 por lo menos, en sus venas corre el resentimiento, la ignorancia y la arrogancia de los ignorantes. Oigan, de verdad, quisiera ser tan decente como la inane diputada Cayetana, pero serlo sería tan inútil como sus elegantes y refinados zascas al ministrico Bolaños; quisiera referirme a este grupo de españoles (no son pocos, por cierto) con palabras bonitas, pero la verdad NO PUEDO.

Unos más y otros menos, pero todos están avergonzados de lo mejor de su pasado, al adentrarme en la historia de España y visitar sus catedrales, sus ruinas romanas, el Valle de los Caídos, las murallas de Ávila, las ciudades de Toledo, Córdoba o Sevilla, entiendes que España tuvo una época repleta de gloria y que esa gloria había sido forjada por españoles que querían tener un lugar donde echar raíces y hacer de ese lugar un referente en el mundo. Desde la época de la reconquista, pasando por los 300 años de imperio español en Hispanoamérica, hasta los 40 años de franquismo, España tenía un pegamento que amalgamaba los impulsos de los españoles de cualquier signo ideológico; ese pegamento era LA FE.

Pero la democracia española se encargó de diluir ese pegamento, ya lo había intentado la II República española, cuando apenas proclamada comenzó la quema de iglesias y conventos y el asesinato de religiosos; pero en esa oportunidad los españoles reaccionaron generando lo que quiso ser un golpe de Estado y terminó siendo una guerra civil. Los españoles que temen al incierto futuro que ciertamente tienen al frente, son incapaces (en su mayoría) de hacer esta afirmación, por el contrario, también están avergonzados de esa guerra, hacen silencio permitiendo que los otros (los que tienen la cabeza llena de excremento) los amedrenten constantemente. Esa situación ha generado lo que el filósofo Quintana Paz denomina "El PSOE state of mind".

Los que temen al pasado que desconocen, están muy orgullosos de los vicios de España, de los políticos corruptos y putañeros, de la inexistente FE que a su vez ha creado en ellos un -nihilismo hedonista- para estos la vida no tiene sentido y esa falta de sentido en sus vidas les hace profundamente egoístas, viven exclusivamente el hoy y el ahora para su propia satisfacción. Son los de la realización profesional, por encima de formar una familia, los de viajar sin importar regresar arruinados del viaje, los de la eterna ruta del bacalao.

A estos españoles se refiere
Michel Houellebecq en su obra sobre la decadencia de Occidente, En obras como "Las partículas elementales" o sus ensayos, Houellebecq analiza cómo Irlanda pasó de ser el bastión más ferviente del catolicismo a una sociedad puramente materialista impulsada por el éxito económico (el "Tigre Celta"). Para él, la fe irlandesa fue comprada con la prosperidad. A menudo utiliza 
España (especialmente en novelas como Plataforma o Lanzarote) como el escenario del turismo sexual y la liberación de las costumbres. Sugiere que España abandonó su tradición católica a cambio del hedonismo y el mercado del placer. Houellebecq sostiene que el cristianismo era el único "pegamento" que mantenía unida a la sociedad europea. Una vez destruido por la revolución sexual y el capitalismo, solo queda el nihilismo, la soledad y la depresión (eje central de su novela Serotonina)

Los españoles se ufanan de "su libertad", pero ¿son realmente libres? ¿Quién era más libre, el abuelo de que hace 50 años compraba casa, educaba a sus hijos y viajaba, o el chaval de 25 que aún tiene que vivir con sus padres o compartir piso? Si para los españoles la libertad se limita a la libertad de expresión, permítanme decirles que no han logrado mucho. Su libertad de expresión no es más que libertad de mentir, en prime time y a sueldo del poder. España ha convertido en figuras relevantes a Jorge Javier Vázquez, Sara Pérez Santaolalla, Euprepio Padula, Esther Palomeras o Silvia Intxaurrondo; y hacer una lista de estos mentirosos de oficio llevaría una lista tan larga como la que he escrito hasta ahora.

Esta crítica a la sociedad española, la hago desde el más profundo amor a la tierra de mis padres y que además es la tierra donde seguramente serán enterrados mis despojos; no es un señalamiento destructivo, es un llamado de alerta angustiado, de alguien que ya vio desaparecer un país, víctima de la frivolidad de su sociedad. Pero más que una crítica a la sociedad española, es una crítica a las élites que han moldeado esa sociedad, unas élites absolutamente divorciadas de su sociedad, incapaces de darle un norte hacia el cual viajar; demasiado ocupadas en mejorar su rentabilidad o en permanecer en la poltrona del congreso una legislatura más. Ya me lo había dicho Carlos Esteban en el programa "El gato al agua" - Aquí los españoles sacamos la navaja para proteger los garbanzos - Pues ¡Enhorabuena! Habéis cuidado tanto los garbanzos, que dentro de poco tendréis que repartirlos a saldo, porque la necesidad se convertirá en hartazgo.

La juventud española parece estar dispuesta a reaccionar, pero no sé si estarán a tiempo, porque el nivel de destrucción económica, moral y sobre todo, la destrucción de la identidad nacional. España tiene mucho de qué enorgullecerse y no es precisamente de sus vicios actuales, busquen en su ADN, allí está la respuesta a la decadencia en la cual este glorioso país ha sido sumergido.

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