EL Rincón de Yanka

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viernes, 28 de agosto de 2026

POEMA DEDICADO A CARMEN TERESA NAVAS por LESTER DAVID 💔👵

 

CARMEN TERESA NAVAS,

"Mi corazón no es de desear mal a nadie pero, 
deseo hoy con todo mi corazón que cada ser humano 
que se ha alzado en contra de nuestra familia 
experimente de vuelta aquello que ha hecho.

 Llamo al espejo que refleja la existencia, 
llamo a la espada celestial, 
llamo a la máquina inexorable del tiempo, 
convoco al orden y la jerarquía de las cosas existentes, 
convoco la fuerza armónica que reina sobre el caos, 
convoco las matemáticas y compensaciones universales 
y confío el que ha quitado la vida, la hallará la muerte 
en similares circunstancias, que el que creado separación 
será desgarrado de los suyos.

Que el que coartado la libertad ha de ser enjaulado 
cual pájaro que jamás verá de nuevo el azul del cielo, 
ni sabrá lo que es volar, que el que ha causado dolor 
habrá igualmente de saborearlo y encontrar 
en el trago amargo el arrepentimiento. 

Confío en que las noches del impío 
estarán llenas de tormento, 
que su corazón se desbordará en palpitó y perderá su aliento 
y nunca encontrará la paz en el sueño, 
que su mente será océano de plaga y pesadilla 
y laberintos infinitos de desesperos serán sus huesos.

Que todo el que ha levantado la mano en contra de la familia venezolana 
experimente el peso de la justicia divina, sin límites, aquí y ahora, 
que todo aquel que robó, su fortuna le sea arrebatada 
y su abundancia extirpada de generación en generación, 
hasta que solo haya arrepentimiento real 
y el pago justo e igualitario por cada acción, 
que todos los inocentes sean libres.

Que ningún otro venezolano sea injustamente tomado 
y que ha Venezuela solo le quede la paz, la reconstrucción 
y un futuro lleno de amor donde todo esto 
será una sombra disipada y barrida por el sol.
Este es mi deseo Dios, te lo entregó 
porque no hay poema, acto humano o pronunciación 
que pueda compararse con todo este dolor“.



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jueves, 27 de agosto de 2026

LA GRAN ESTAFA ESPAÑOLA: CUARENTA AÑOS DE SAQUEO CON PERFUME "DEMOCRÁTICO" por JACOBO DE ANDRÉS

La gran estafa española: 
cuarenta años de saqueo 
con perfume "democrático"


Hay una ficción que conviene desmontar cuanto antes: la de que en España compiten socialdemócratas, conservadores y liberales, cada uno defendiendo una visión legítima de la cosa pública. No es así. Bajo esas etiquetas late una estructura mucho más antigua y mucho menos noble: un aparato de expolio a las clases medias, revestido de complejidad técnica y legitimidad democrática, cuyo único propósito real es extraer todo lo posible de la parte productiva de la sociedad. Lo demás —los debates de titulares, las banderas ideológicas, los eslóganes de campaña— es decorado. 

Ese saqueo no es torpe ni improvisado. Se ejecuta con un despliegue técnico, humano y propagandístico que ya quisieran para sí muchas multinacionales. En Hacienda están los mejores profesionales del país, los mejores sistemas informáticos, la maquinaria más depurada; el resto de la administración funciona, en la práctica, como su servicio auxiliar. Todo ese talento no se dedica a construir prosperidad: se dedica a recaudar, y a recaudar cada vez más. 

¿Y a dónde va ese dinero? A dos destinos, y ninguno es el bien común en sentido estricto: una clase dirigente y la red clientelar de electores que la sostiene en el poder. Partidos, sindicatos, altos funcionarios y un puñado de grandes empresas conforman ese círculo privilegiado cuyo objetivo, disfrazado de gestión pública, es maximizar el expolio mientras desprecian y subestiman al sistema productivo del que en realidad viven. El empresario que triunfa es visto con sospecha, la innovación se entorpece con burocracia, y se impone un código moral perverso en el que enriquecerse honradamente resulta, de algún modo, criticable. 

Este modelo tiene fecha de nacimiento: los años ochenta, con el PSOE en el poder. Fue entonces cuando se diseñaron sus piezas maestras: la conquista del sistema educativo como instrumento de conformación ideológica, la inflación de la administración pública, la entrega a los políticos del control de las cajas de ahorro, todo ello mientras se desmantelaba, casi sin ruido, buena parte del tejido industrial del país. En paralelo se construyó una red de salida elegante para la clase política: los consejos de administración de las grandes empresas, que en muchos casos no son sino puentes permanentes entre el poder económico y el poder político. 

Las cifras hablan solas. De 800.000 funcionarios se ha pasado a casi tres millones y medio, de los cuales sanidad y educación suman en torno a un millón doscientos mil. Y sin embargo, esa inflación de plantillas convive con una proliferación de centros universitarios de dudosa calidad, con un rendimiento educativo mediocre y con un gasto sanitario por habitante que sigue estando entre los más bajos de nuestro entorno. Más estructura, no necesariamente más servicio. 

Cuando el PP llega al poder, no desmonta nada de esto. No podría, aunque quisiera: se ha convertido en el ecosistema natural de la política española. Simplemente toma el relevo, hereda el aparato y lo administra a su manera, sin tocar sus cimientos. 

A esta arquitectura hay que sumar un cuarto poder que ya no ejerce de contrapeso sino de correa de transmisión: los medios de comunicación. Convertidos en un formidable aparato propagandístico de la clase dirigente, han ido perdiendo por el camino el sentido crítico, el análisis imparcial y la objetividad, mientras siguen tomando su parte de los presupuestos públicos. Y como los ingresos de la economía real no alcanzan para sostener semejante entramado, se ha tirado, año tras año, del endeudamiento público: una losa que pone al país a merced de sus acreedores y que absorbe, silenciosamente, el ahorro de los particulares. 

El español medio —desinformado en materia política no por incapacidad, sino por diseño— permite que su dinero financie esta maraña, en buena parte orientada precisamente a mantenerlo engañado. Y aquí conviene corregir un malentendido interesado: nos han enseñado a pensar en la corrupción como el político que mete la mano en la caja. Pero eso, siendo grave, es lo de menos. Fundaciones sin propósito real, organismos redundantes, cargos absurdos y redes clientelares mueven muchísimo más dinero que cualquier sobre, y persiguen un objetivo igual de abyecto —o más— que el simple robo: perpetuarse. 

El elemento más obsceno de todo el sistema es, quizá, el control de los medios públicos y el soborno permanente, más o menos disimulado, a los privados, unido a la degeneración galopante del sistema educativo convertido en herramienta de propaganda. Las comunidades autónomas, lejos de haber mejorado la gestión que en teoría justificaba su existencia, han hecho de la manipulación mediática y educativa su verdadera prioridad. En las más identitarias, el fenómeno es todavía más descarado: un lavado de cerebro sostenido cueste lo que cueste. 

La factura de todo esto no es abstracta. Es un sistema productivo que se encoge y una productividad estancada desde hace quince años. Es una España que se aleja, año a año, de la renta per cápita de los cinco grandes socios de la Unión Europea. Y es, sobre todo, visible a simple vista para quien quiera mirar: la vivienda inalcanzable, la factura eléctrica disparada, la falta de oportunidades para los jóvenes, la inflación normativa, la burocracia que ahoga cualquier iniciativa, la innovación que no despega, los salarios que no suben. Todo eso no es mala suerte. Es la consecuencia directa del saqueo. 

El deterioro de lo que algunos siguen llamando, casi por costumbre, "el contrato social" es ya evidente. La igualdad ante la ley, la protección de la propiedad privada, la presunción de inocencia: ninguna de esas garantías básicas está hoy plenamente vigente. Y llama la atención hasta qué punto reclamarlas — defender simplemente que la ley sea igual para todos— empieza a percibirse, en ciertos círculos, casi como un acto de subversión. El Estado, mientras tanto, se ha ido desentendiendo de aquello que en la teoría política clásica —la hobbesiana, la más elemental— justifica su propia existencia: garantizar orden y seguridad a cambio de obediencia. Ahora solo se preocupa de sí mismo, y de mantener entretenidos a los todavía crédulos mientras continúa el expolio. 

La ecología, la desigualdad, el feminismo, las acusaciones cruzadas de fascismo: ninguno de estos debates, en la forma en que se nos presentan, busca realmente iluminar nada. Son cortinas de humo diseñadas para generar una respuesta emocional y, por tanto, irracional, que sustituya al análisis. Por eso las televisiones se han llenado de voces que apenas se distinguen del insulto y el juicio de valor sumario, mientras el pensamiento racional ha sido desterrado casi por completo: ya no queda hueco para un solo intelectual en el debate público mainstream. Se ha preferido el ruido a la razón, porque el ruido no hace preguntas incómodas. 

Si buscamos un espejo en el que mirarnos, no hace falta ir muy lejos: Argentina ofrece el retrato más fiel de hacia dónde conduce este modelo cuando se deja madurar sin control. Si España no estuviera protegida por el paraguas del euro, probablemente ya estaríamos hablando de niveles de inflación galopante, no de un mero encarecimiento incómodo. 

Así que aquí estamos: una sociedad que financia, con su trabajo y su ahorro, la maquinaria que la mantiene mediocre. Mientras no nos sacudamos de encima a estos parásitos instalados en el corazón del sistema, seguiremos condenados a la irrelevancia, y el deterioro —económico, pero también moral— continuará avanzando, silencioso y sostenido, como lo ha hecho durante las últimas cuatro décadas. 

En este punto, conviene ser honesto, aunque resulte incómodo: nada de esto se corrige con un cambio de gobierno, ni con una nueva coalición, ni con el enésimo pacto de rentas entre las mismas siglas de siempre. Cuarenta años de arquitectura clientelar no se desmontan retocando un artículo de la ley o sustituyendo a un ministro por otro. Lo que hace falta —y suena excesivo solo porque llevamos décadas sin plantearlo en serio— es un Gran Reinicio: una refundación simultánea del sistema fiscal, del modelo territorial, de la función pública, de la educación, de la justicia y de los medios de comunicación. No una reforma más, sino el desmontaje ordenado de cada pieza de la maquinaria de expolio, una por una, hasta que ninguna quede en pie para regenerarse. 

¿Cómo podría empezar a hacerse algo así? Por el sitio menos glamuroso y más eficaz: el dinero. Una simplificación radical del sistema impositivo, con topes constitucionales al gasto público y a la deuda, que le quite a la clase dirigente el combustible con el que alimenta su red clientelar. Una auditoría pública y exhaustiva —abierta, no filtrada por los propios auditados— de fundaciones, organismos, empresas públicas y entes autonómicos, con la premisa de que lo que no demuestre una utilidad clara desaparece, sin excepciones ni intocables. Una reforma de la función pública que rompa la inflación de plantillas y devuelva el mérito, y no la afinidad política, como criterio de acceso y promoción. 

En paralelo, haría falta separar de una vez por todas el poder político del poder mediático: fin de la financiación pública encubierta a medios privados, gestión verdaderamente independiente —no solo nominalmente— de la radiotelevisión pública, y un sistema educativo que recupere el currículo común y el pensamiento crítico como objetivo, en lugar de la construcción identitaria socialista como instrumento de control. Y, sosteniendo todo lo anterior, una justicia y una ley electoral que devuelvan algo que hoy suena casi utópico: que todos, gobernantes y gobernados, respondan exactamente ante las mismas normas. 

Nada de esto ocurrirá desde dentro del sistema, porque el sistema no tiene ningún incentivo para reformarse a sí mismo: vive, precisamente, de no hacerlo. Solo puede venir de fuera, de una masa crítica de ciudadanos —empresarios, profesionales, jóvenes sin hipoteca en el statu quo— que entienda que su ahorro, su tiempo y su voto llevan cuarenta años financiando su propio empobrecimiento, y que decida, por fin, dejar de hacerlo. Ese despertar, más que cualquier programa electoral, es la verdadera primera piedra del reinicio que necesita España.

(Nota: Este artículo, en parte, está inspirado en un texto anónimo hecho público en redes sociales)

Cómo era vivir en ESPAÑA en los años 60. 

De la llegada del SEAT 600 y la televisión en blanco y negro al boom turístico, las migraciones del campo a la ciudad y la vida cotidiana bajo la censura. Un viaje sencillo y emotivo por una década que transformó al país: comida humilde, fútbol de los domingos, música ye-yé, el papel de la Iglesia y el cambio que muchos vivieron en primera persona.

miércoles, 26 de agosto de 2026

LA IA TE IDIOTIZA: REDUCE EL APRENDIZAJE, MENGUA EL PENSAMIENTO CRÍTICO Y CREA DEPENDENCIA 💻


La IA te idiotiza: reduce el aprendizaje, 
mengua el pensamiento crítico y crea dependencia
Revisamos siete estudios académicos recientes sobre el uso de la inteligencia artificial que coinciden en sus efectos negativos sobre nuestra capacidad cerebral y autoconfianza

La tecnología se crea para mejorar nuestra vida, pero a nadie se le escapa que pueda tener efectos indeseados. Ya apenas somos capaces de memorizar un número de teléfono, de usar un mapa de carreteras, de hacer una división con papel y lápiz. Hemos delegado algunas de nuestras capacidades en 'cerebros externos', especialmente desde la llegada de Internet primero y del smartphone después. Pero la expansión de la inteligencia artificial supone un salto cualitativo en las tareas que podemos externalizar, y eso pasa factura a nivel cerebral, especialmente si esto se toma como costumbre desde las edades más tiernas.

Un estudio publicado el pasado junio en la revista Chinese Secondary Education analizó las notas de 26.811 alumnos en China, y concluyó que el uso de la inteligencia artificial a la hora de hacer los deberes en el instituto implica un incremento puntual de las calificaciones en esas actividades y una reducción en el tiempo de desarrollarlo, pero también una caída sustancial en las notas de los exámenes. En apenas seis meses tras empezar a usar la IA, la puntuación alcanzada por esos alumnos se sitúa un 20% por debajo del grupo que no la usa. La caída llega hasta el 24% en estudiantes del equivalente al bachillerato español que se enfrentan a la selectividad tras dos años de uso frecuente de la IA para hacer los deberes.
El paper elaborado por David Strömbergy, Victor Lei y Yanhui Wu pone la clave en el tiempo dedicado a hacer deberes. Los alumnos que, pese a usar la IA, tardan un tiempo similar en los deberes a quienes no la usan, también alcanzan notas semejantes. La cuestión es evitar las IA que dan automáticamente la respuesta y, en su lugar, poder usar aquellas que incentivan el pensamiento paso a paso, que apoyan la labor que debe hacer el alumno.

Pero el abuso de la IA para la resolución de las tareas no afecta sólo a las calificaciones en el corto plazo ni al nivel de conocimientos adquiridos. Un estudio publicado por la revista Societies en enero de 2025 y que implicó a más de 600 jóvenes y adultos británicos demostró que se produce un proceso de 'descarga cognitiva', mediante el cual dejamos que sea la tecnología quien 'piense' por nosotros, lo que conduce a la pérdida de capacidades lógicas, de memorización, de análisis y de resolución de problemas. La caída en el pensamiento crítico es especialmente notoria entre los jóvenes de 17 a 25 años.

En su investigación, Michale Gerlich hace hincapié en que la pérdida de capacidades cognitivas es menor entre aquellos que parten de un mayor nivel educativo, porque tienden a cuestionar en mayor medida las respuestas que les ofrece la inteligencia artificial, al tiempo que son más conscientes de que pueden perjudicar su actividad cerebral en el largo plazo.

Conclusiones similares alcanza un estudio publicado este mismo año y que se centra en estudiantes universitarios de las disciplinas STEM (Ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, por sus siglas en inglés). Además de empeorar la capacidad de comprensión y la motivación del alumno por entenderlos, se genera una dependencia cada vez mayor de la inteligencia artificial en lo que denominan "el ciclo de la deuda cognitiva", un peligro al que están más expuestos paradójicamente aquellos estudiantes que más facilidades para entender la tecnología.

"La preocupación radica en que la IA generativa podría reestructurar el entorno de aprendizaje de tal manera que la delegación parezca racional, entrenando gradualmente al cerebro para que reconsidere qué inversión de esfuerzo considera valiosa. Además, estos efectos podrían retroalimentarse: a medida que los estudiantes delegan repetidamente tareas cognitivas, su capacidad para realizarlas de forma independiente podría disminuir", resumen los investigadores de la Oregon State University.

El peligro de entrar en el 'ciclo de la deuda cognitiva' entre aquellos con conocimientos más amplios o especializados en tecnología o IA también se ha comprobado en un estudio realizado en China entre personas que cursan estudios universitarios, que se publicó en Journal of Intelligence. Allí, se ha detectado que entre este colectivo no genera mayor capacidad de aprendizaje, pero sí una "alta dependencia y ansiedad".

Artículos de revisión bibliográfica publicados en los últimos años coinciden en destacar que no es tanto el uso de la IA sino la forma de usarlo. A esa conclusión llega también el paper publicado hace unos meses en la American Psychological Association con el análisis de casi 2.000 adultos de EEUU y Canadá de entre 25 y 57 años. La investigadora Sarah Baldeo detecta una pérdida de confianza entre quienes aceptan las respuestas de la IA de forma acrítica, empujándoles a consultarla con más frecuencia, mientras que para quienes tienden a hacer un uso más elaborado y técnico y se cuestionan las respuestas ganan en autoconfianza cognitiva.