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CALENDARIO CUARESMAL 2026

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martes, 7 de abril de 2026

LIBROS "JESÚS Y LAS RAÍCES JUDÍAS DE LA EUCARISTÍA": Los secretos desvelados de la Última Cena y "LA LANZA": HISTORIA DEL CENTURIÓN LONGINOS

JESÚS 
Y LAS RAÍCES JUDÍAS DE LA EUCARISTÍA

Los secretos desvelados de la Última Cena

¿Cómo era la Pascua en la época de Jesús? ¿Cuáles eran las esperanzas judías en el Mesías? ¿Cuál era la intención de Jesús al instituir la Eucaristía durante la fiesta de la Pascua? Y, lo más importante de todo, ¿qué quiso decir con las palabras: "Esto es mi cuerpo... Esta es mi sangre"?
Para responder a estas preguntas, el autor explora las antiguas creencias judías sobre la Pascua del Mesías, el milagroso Maná del cielo y el misterioso Pan de la Presencia. Estas tres claves desvelan el significado original de las palabras de Jesús. Pitre también explica cómo Jesús unió la Última Cena a su muerte y a su Resurrección.
Ofrece así una obra innovadora que seguramente iluminará uno de los mayores misterios de la fe cristiana: el misterio de la presencia de Jesús en "la fracción del pan".

Crítica:
«El profesor Pitre contribuye también a desmontar los prejuicios de la exégesis racionalista, con su pretensión desmitificadora, para demostrar la veracidad y la consistencia de la enseñanza de la fe católica, basada en la interpretación adecuada de las Sagradas Escrituras, conforme a la auténtica Tradición». José Miguel Granados, Omnes
«Un libro muy interesante, que ayudará a los lectores a profundizar en el misterio de la Eucaristía y a comprender mejor los gestos y las palabras del Señor en el Evangelio, así como los de la Santa Misa». Felipe Izquierdo, delibris.org
PRÓLOGO

Por Scott Hahn

A DOS MIL AÑOS DE DISTANCIA, parece natural contemplar la crucifixión de Jesús como un sacrificio. Los cristianos son herederos de una larga tradición que se expresó, rezó y pensó así. Pero los judíos del siglo I que la presenciaron no habrían podido entenderlo de este modo, porque no mostraba ninguno de los signos sacrificiales del mundo antiguo. 

En el Calvario no hubo altar ni sacerdotes identificables y, aunque se produjo una muerte, lo hizo lejos del templo, único lugar válido para los sacrificios entre los judíos, e incluso fuera de las murallas de la ciudad santa. Sin embargo, san Pablo estableció esa conexión ya en los primeros tiempos, sobre todo para sus compañeros judíos. 

En la Primera carta a los Corintios, tras hablar de la cruz (1, 18), llama a Cristo «nuestro cordero pascual» que «ha sido sacrificado» (5, 7), vinculando así la Pascua celebrada durante la Última Cena con la crucifixión del Calvario. Fue esa primera Eucaristía la que transformó la muerte de Jesús de ejecución en ofrenda, y en la Última Cena entregó su cuerpo para que fuese quebrantado, y su sangre para que fuera derramada como en un altar. 

Al narrar lo sucedido durante esa Cena (1 Cor 11, 23— 25), Pablo empleó términos sacrificiales, y citó las palabras de Jesús «esta es la nueva alianza en mi sangre» evocando la frase de Moisés al ofrendar un buey: «Esta es la sangre de la alianza» (Ex 24, 8). La alianza quedó ratificada por la sangre, en un caso por las palabras de Moisés y en el otro por las de Jesús. San Pablo también aludió a la última Cena de Jesús como «conmemoración», que era otro término específico para referirse a una clase concreta de sacrificio en el templo (una ofrenda conmemorativa). Por si a alguien se le habían escapado esos paralelismos, el apóstol también compara la Cena cristiana (la Eucaristía) con los sacrificios del templo (1 Cor 10, 18) e incluso con los sacrificios de los paganos (1 Cor 10, 19—21). 

Todo sacrificio, subraya, suscita una comunión, una hermandad. Las ofrendas idólatras establecen una comunión con los demonios, mientras que el sacrificio cristiano lo hace con el cuerpo y la sangre de Jesucristo (1 Cor 10, 16). La visión de la Pascua de san Pablo es deslumbrante, ya que no solo muestra cuánto sufrió Jesús, sino cuánto nos amó. 
El amor transforma el sufrimiento en sacrificio. La muerte en el Calvario no fue solo una ejecución brutal y sangrienta: se había transformado, al ofrecerse Jesús en el cenáculo. Era ahora la ofrenda de la víctima pascual sin defecto, el sacrificio personal del sumo sacerdote, que se entregó a sí mismo por la redención de los demás «como oblación y víctima de suave aroma» (Ef 5, 2) siendo sacerdote y víctima. Eso es el amor: la entrega completa de sí. La Eucaristía nos infunde ese amor, uniendo nuestro amor al de Cristo y nuestros sacrificios al suyo, tal y como lo enseñaba san Pablo: 
«Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual» (Rom 12, 1). Vemos cómo habla de «cuerpos», en plural, pero de «sacrificio» en singular. Porque somos muchos, pero nuestro sacrificio es uno con el de Cristo, de una vez y para siempre (cfr. Hb 7, 27; 9, 12; 9, 26; 10, 10). 

Pablo nos enseña que la Eucaristía se ordena a la cruz, y esta a la resurrección. Lo que los cristianos consumimos en la Sagrada Hostia es la humanidad crucificada y resucitada de Jesús, a la que llegamos mediante el sufrimiento. Pero recibimos la Comunión como prenda de la gloria eterna, y contamos con la gracia para enfrentarnos a todo lo demás. Pero no lo apreciaremos en plenitud hasta que no aprendamos a verlo «como era en un principio» para esos primeros cristianos judíos, que contemplaron el fin de un mundo antiguo y familiar, y el comienzo de uno nuevo, que descendía de lo alto como la Jerusalén celeste. 

Este hermoso libro del profesor Pitre nos ofrece todo lo que necesitamos para asimilar lo que ocurrió, y contemplarlo con una claridad aún mayor, «ahora y siempre, por los siglos de los siglos». En el mundo venidero no habrá comida ni bebida… y los justos se sentarán con coronas sobre sus cabezas, celebrando la luz de la presencia divina, como está dicho, «que vieron a Dios, comieron y bebieron» (Ex 24, 11). Talmud de Babilonia, tratado Berajot 17a [Los sacerdotes en el templo] alzaban [las tablas de oro] y mostraban el Pan de la Proposición a los que iban a las festividades, y les decían: «Mirad qué amor nos ha tenido Dios». Talmud de Babilonia, tratado Menajot 29a

INTRODUCCIÓN

JAMÁS OLVIDARÉ AQUEL DÍA. Estudiaba mi segundo año de carrera, y ya me había prometido. Era una mañana preciosa de primavera, y mi futura esposa y yo conducíamos hasta nuestra ciudad para hablar con su pastor sobre la boda, muy felices. Pero había un problemilla; a mí me habían bautizado como católico, y Elizabeth era una baptista sureña, lo que provocaba diferencias de opinión en la forma de interpretar la Biblia, aunque habíamos logrado respetar las creencias del otro a pesar de las discrepancias, así que confiábamos en reunir a nuestras familias en torno a lo que en aquel entonces denominábamos una «boda ecuménica», en la que se respetarían las tradiciones de todos. 

No obstante, como la ceremonia solo podía celebrarse en un recinto, habíamos optado por un servicio en su iglesia, y nos dirigíamos allí para hablar del gran día con el pastor. En principio, no habíamos previsto más que una breve entrevista con él —un cuarto de hora, más o menos— para que nos diese permiso para casarnos en ese templo. Confiábamos en que el encuentro se saldaría sin mayores dificultades, teniendo en cuenta además que su abuelo había fundado la congregación y había levantado la iglesia. Dábamos por descontado que no habría inconvenientes. Por desgracia, nos equivocábamos. Un nuevo pastor, recién ordenado y al que no conocíamos, había sido asignado a esa iglesia, directamente desde el seminario y devorado por el fuego del Evangelio. Y, lo que era más importante, con escasas simpatías hacia la Iglesia Católica. 

Al comienzo, el tono de la conversación fue amable y distendido pero, antes de acceder a nuestra petición, el pastor quiso saber más sobre nuestras creencias personales. En ese momento, el encuentro de quince minutos se convirtió en una pelea teológica cuerpo a cuerpo de casi tres horas. Durante lo que me pareció una eternidad, me machacó con todos y cada uno de los puntos doctrinales más controvertidos de la fe católica. 

«¿Por qué los católicos adoráis a María?», disparó. «¿No sabéis que solo se puede adorar a Dios?». «¿Cómo podéis creer en el purgatorio?», preguntó. 
«¡Muéstrame dónde aparece citado, aunque sea una vez, en toda la Biblia! ¿Y por qué rezáis por los difuntos? ¿No sabes que eso es necromancia?». «¿Sabías que la Iglesia Católica añadió libros a la Biblia en la Edad Media?», me interrogó. «¿Qué autoridad tiene una institución formada por hombres para cambiar la Palabra de Dios?». «¿Y qué pasa con el papa?», continuó. «¿De verdad creéis que un simple hombre es infalible? ¿Que nunca peca? ¡No hay nadie sin pecado, salvo Jesucristo!». Y siguió y siguió, durante horas. 

Por suerte, yo era de los empollones, y tenía el tenue honor de haber ganado el trivial de catecismo de mi parroquia. Además, era un lector voraz, y a los 18 años ya había leído toda la Biblia, de cabo a rabo, en mi primer año de universidad. 
Así que pude ofrecerle cierta resistencia y darle argumentos, aunque eso solo provocó que se enrocase y, al final, mis intentos de defender mis creencias no tuvieron demasiado éxito. Durante ese encuentro dijimos muchas cosas, pero la que se quedó grabada en mi memoria fue la que surgió al hablar de la Última Cena, lo que los católicos llamamos Eucaristía. Para entender lo que voy a decir es fundamental saber lo que enseña la Iglesia acerca de este sacramento. La palabra Eucaristía procede del griego eucharistia, que significa «acción de gracias», como cuando Jesús aparece «dando gracias» (eucharistesas) en esa Última Cena (Mt 26, 26—28). 

Para los católicos, cuando un sacerdote toma el pan y el vino de la Eucaristía y repite las palabras de Jesús, «este es mi cuerpo… esta es mi sangre» el pan y el vino se convierten de verdad en el cuerpo y la sangre de Cristo. Aunque la apariencia se mantenga —el sabor, el tacto, etc.—, la realidad es que ha dejado de haber pan y vino, y solo queda Jesús: su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad. A esto se le llama la doctrina de la Presencia Real de Jesús en la Eucaristía, y no cuesta mucho entender lo difícil que resulta creerlo para cualquiera, lo que incluía a mi nuevo sparring teológico. 

«¿Qué pasa con la Última Cena?», me había preguntado. «¿Cómo podéis decir que el pan y el vino se convierten de verdad en el cuerpo y la sangre de Jesús? ¿De verdad os lo creéis? ¡Es ridículo!». «¡Por supuesto que me lo creo! La Eucaristía es lo más importante de mi vida», le respondí, a lo que él replicó: 
«¿No entiendes que si la Cena del Señor fuese de verdad Su cuerpo y sangre, entonces te estarías comiendo a Jesús? ¡Eso es canibalismo!». 
Y, haciendo una pausa dramática, concluyó: 
«¿Eres consciente de que, si pudieses comerte a Jesús, te convertirías en Él?». 
No tenía ni idea de qué responder, y por su sonrisa complacida me di cuenta de que me había cogido. En realidad, no supe que decir en aquel momento. 

Aunque había leído la Biblia aún no había memorizado las citas concretas que respaldaban cada una de mis creencias. Tenía ideas sobre lo que creía, pero no necesariamente sobre el por qué, ni mucho menos las pruebas de su verdad. Conforme fueron pasando los años descubrí que había decenas de libros sobre estos asuntos, en los que se recogían respuestas bíblicas a todas las objeciones, pero hasta entonces me había criado en una zona predominante católica del sureste de Luisiana, y nunca había tenido que defenderme así. 

Elizabeth y su familia, desde luego, me habían interrogado acerca de algunas creencias, como la del purgatorio, o sobre la inclusión de más libros en la Biblia católica que en la protestante, pero era la primera vez que me enfrentaba a un asalto bíblico frontal contra la fe católica. Acabé por rendirme, callarme y dejarle seguir. Al final, la sesión concluyó con el pastor volviéndose hacia mi futura mujer y diciéndole: 
«Lo siento, pero ahora mismo no puedo darte una respuesta definitiva. Unirte a un no creyente me provoca dudas serias». No hace falta señalar que Elizabeth salió desconsolada de la oficina, y condujimos hasta su casa llorando, sin podernos creer lo que acababa de pasar. Esa noche fue horrible. Mientras intentaba dormir, seguía dándole vueltas a todos los asuntos que habíamos debatido. 

Me representaba las escenas una y otra vez, deseando haber respondido esto o lamentando no haber añadido aquello. Cuanto más lo pensaba, más me enfurecía. Y, cuanto más me enfadaba, más consciente era de que, de todas las creencias a las que había atacado el pastor, la que más me dolía era la burla a la Presencia Real de Jesucristo en la Eucaristía. No podía dejarlo de lado. La Eucaristía había sido, desde siempre, el núcleo de mi fe. No recuerdo haber faltado ni un solo domingo a la Eucaristía dominical —lo que los católicos llamamos Misa— desde la niñez. De hecho, no era capaz de acordarme de un instante en el que hubiese dejado de creer, ni tan siquiera en el que hubiese dudado, de que la Eucaristía es, de verdad, el cuerpo y la sangre de Cristo. Puede parecer una creencia difícil, pero es la verdad. Lo había aceptado con fe, y siendo más mayor, cuando me planteaba alguna duda teológica, la doctrina de la Iglesia sobre esa Presencia Real jamás me pareció ajena a la Biblia, y mucho menos falsa. Y entonces llegó un pastor, con una licenciatura en teología, quien evidentemente conocía la Biblia mejor que yo, y ridiculizó esa idea.

¿Dónde debía buscar? ¿Qué tenía que hacer? El siguiente paso lógico era regresar a las Escrituras, y buscar la respuesta por mi cuenta. Y fue entonces cuando ocurrió algo que cambiaría mi vida para siempre. Me levanté de la cama, encendí la lámpara y fui corriendo a la estantería para coger la Nueva Biblia Americana, encuadernada en piel y con los cantos dorados, que me habían regalado mis padres por mi confirmación. Estaba desesperado. 
¿Es que era posible que la Presencia Real de Jesús fuese contra las Escrituras? 
Si era preciso, estaba dispuesto a quedarme despierto toda la noche hasta descubrirlo. Pero, al abrir la Biblia, sucedió algo llamativo, y aquí debo insistir en que lo que cuento es verdad. No pasé las páginas, ni recorrí el índice. No busqué un pasaje con el que afrontar lo que me estaba pasando. Me limité a abrir la Biblia y a mirarla, y lo primero que vi fueron estas palabras de Jesús, escritas en rojo: Jesús les dijo: 
«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. (Juan 6, 53—54) 

Por segunda vez aquel día los ojos se me llenaron de lágrimas, tantas que apenas veía las páginas. Pero en este caso eran de alegría, la alegría de descubrir que mi creencia infantil en la Eucaristía no era tan ajena a las Escrituras como había insinuado el pastor. Me entusiasmó descubrir que el mismo Jesús había dicho que su carne y su sangre eran verdadera comida y verdadera bebida, y que había ordenado a sus discípulos que las recibiesen para poder entrar en la vida eterna «¿Qué?», pensé, «¿esto aparece de verdad en la Biblia? ¿Cómo es posible que no lo hubiese visto hasta ahora? ¿Cómo he podido pasarlo por alto?». 

Tengo que confesar que en ese momento estuve tentado de buscar el número de teléfono del pastor, llamarle y preguntarle: «Oiga, ¿ha leído alguna vez Juan 6? ¡Está todo ahí! El mismo Jesús dice “el que me coma vivirá por mí”. ¡Mire el versículo 57!». Pero no lo hice. De hecho, y por triste que suene, creo que no volví a tener otra conversación con él. Cerré la Biblia, abrumado por lo que acababa de descubrir. Cuanto más lo pensaba, más me admiraba. Ya he aprendido que la Biblia es un libro extenso, y más tarde descubrí que la Eucaristía solo aparece en unos pocos pasajes, de los que apenas un puñado aluden directamente al asunto de la Presencia Real de Jesús en la Eucaristía. 

¿Cuáles son las probabilidades de que esa noche, tras esa conversación y en ese momento, abriese la Biblia, no solo por el pasaje que trata de la Eucaristía, sino precisamente en esos versículos? ¿Qué posibilidad había de que se me presentase directamente la enseñanza más explícita de Jesús en todo el Evangelio sobre su presencia en la Eucaristía? Eso ocurrió hace más de 15 años, pero para mí fue un punto de inflexión y, en gran medida, uno de los motivos por los que hoy me dedico a la investigación bíblica, consagrando mis días (y mis noches) al estudio, la enseñanza y la escritura acerca de la Biblia. 

La conversación con el pastor añadió gasolina a la hoguera de mi interés por las Escrituras y, como resultado, abandoné los estudios de literatura por los religiosos, para concluir con un doctorado sobre el Nuevo Testamento por la Universidad de Notre Dame. Durante estos años he aprendido dos cosas importantes para mi propia trayectoria vital, y que explican por qué me decidí a escribir este libro. En primer lugar, descubrí que las palabras de Jesús en los Evangelios nunca son tan sencillas como sugiere su apariencia. Baste como ejemplo saber que no todo el mundo considera el capítulo 6 de Juan una prueba definitiva de su Presencia Real en la Eucaristía. 

Son muchos los que aducen que esas palabras deben interpretarse simbólica o «espiritualmente», como si Jesús no hubiese pretendido que sus discípulos se las tomasen al pie de la letra. «El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada», dice en el mismo capítulo. «Las palabras que os he dicho son espíritu y vida» (Juan 6, 63). Además, algunos profesores afirman que Jesús, como judío del siglo I, jamás podría afirmar tal cosa. La ley mosaica es clara respecto a la prohibición de beber sangre: «Ninguno de vosotros comerá sangre» (Levítico 17, 12). 

Desde este punto de vista, la idea de que un judío, incluso un profeta, ordenase a otros consumir su carne y su sangre es históricamente improbable, si no imposible. En segundo lugar, durante todos mis estudios — secundarios, universitarios y doctorales— he tenido el privilegio de aprender bajo la tutela de diversos profesores judíos, que no solo han abierto el mundo judío ante mí, sino que me han ayudado a asumir algo de capital importancia sobre el cristianismo. Si de verdad queremos saber quién fue Jesús y lo que hizo y dijo, es fundamental interpretar sus hechos y palabras dentro del contexto histórico, lo que exige familiarizarse no solo con el cristianismo de la Antigüedad, sino con el judaísmo. Como escribió uno de mis profesores, Amy–Jill Levine, Jesús tuvo que ser comprensible en su propio contexto, y ese contexto fue el de Galilea y Judea. No se le puede comprender en plenitud si no se le estudia bajo la mirada judía del siglo I y se le escucha a través de sus oídos… 

Comprender el impacto que causó Jesús en su propio entorno —por qué algunos escogieron seguirle, otros lo rechazaron y hubo quién, incluso, buscó su muerte—, requiere empaparse de ese entorno. Las palabras de Levine tienen su paralelismo en estas de una obra reciente del papa Benedicto XVI, quien escribe: Hay que decir que el mensaje de Jesús queda completamente desvirtuado si se separa del contexto de la fe y la esperanza del pueblo elegido; como Juan Bautista, su precursor directo, Jesús se dirigía, sobre todo, a Israel (cfr. Mt 15, 24), para «reunirlos» en el periodo escatológico que arrancó con él. 
Son palabras contundentes. Según el papa Benedicto, si se separa lo dicho por Jesús de la fe y esperanza del pueblo judío, se corre el riesgo de que quede «completamente desvirtuado». 

Como veremos en este libro, esto es, en efecto, lo que ha ocurrido con diversas interpretaciones de las palabras de Jesús en la Última Cena. El contexto judío de Jesús se ha ignorado sistemáticamente, provocando que muchos lectores de los Evangelios no lo hayan comprendido. Por otra parte, confío en demostrar que, si nos centramos en el contexto judío de las enseñanzas de Jesús, sus palabras no solo cobrarán sentido, sino que adquirirán vida de un modo transformador e ilusionante, como puedo asegurar por experiencia propia. 

Cuanto más estudio las enseñanzas de Jesús en su entorno judío, más me fascinan, y más desafían a mi modo de entender quién fue, qué hizo y qué supone todo ello para mi forma de vivir hoy. 
Por tanto, seas católico o protestante, judío o gentil, creyente o agnóstico, si en algún momento te has preguntado «¿Quién fue Jesús de verdad?», te invito a que me acompañes en este viaje. 

Como veremos, son precisamente las raíces judías de las palabras de Jesús las que nos permitirán desentrañar los secretos sobre quién fue, y sobre lo que quiso decir a sus discípulos con la frase «Tomad y comed, este es mi cuerpo».

VER+:


Jesús y Las Raíces Judías de La Eucaristía PDF by Carlo Cedillo Vegas


Jesús y las Raíces Judías de la Eucaristía (Dr. Brant Pitre) (Subtítulos en español_Estudio bíblico)


La Lanza - Louis de Wohl - Palabra - 371 Págs by D ́Kevin Restaurant

LA LANZA:

HISTORIA DEL CENTURIÓN LONGINOS 

LOUIS DE WOHL

Con "La Lanza", Louis de Wohl nos introduce en el mundo de los primerísimos días del cristianismo, a través de las peripecias de la vida del centurión Longinos. Con habilidad de maestro, nos hace acompañar al ciudadano romano Casio Longinos desde su condición de esclavo, a la que el mismo se reduce voluntariamente, hasta llegar al grado de centurión, bajo Poncio Pilato, después de haber conquistado su libertad combatiendo como gladiador en el circo.


lunes, 6 de abril de 2026

LIBRO Y PELÍCULA "EL CASO DE CRISTO": ENCUENTRA AL JESÚS VERDADERO por LEE STROBEL

(THE CASE FOR CHRIST)

Educado en leyes y periodismo, Lee Strobel entrevistó a tres eruditos y autoridades haciéndoles las preguntas más difíciles acerca de Jesús de Nazaret, y el historial bíblico de su vida. Lee llega a la conclusión de que se necesitaría más fe para seguir siendo ateo, que para confiar en Jesús. Creo que Lee está en lo cierto. El Caso de Cristo presenta abrumadora evidencia histórica de que Jesús es el que dijo ser.
Basada en hechos reales, “El caso de Cristo” (The case for Christ) nos cuenta un momento crucial en la vida de Lee Strobel, afamado escritor estadounidense, autor de varios libros en el área de la apologética cristiana.
La apologética es la defensa de la fe, es decir, la presentación de argumentos para dar razón de las creencias espirituales de alguien ante los argumentos contrarios a ella. El debate sobre la existencia de Dios y la historicidad de la resurrección de Jesús es una cuestión que apunta a las bases de la fe cristiana. Esta problemática ha tenido un especial ascenso en los últimos siglos con la irrupción del pensamiento científico como el paradigma predominante, poniendo una aparente distancia irreconciliable entre fe y razón.

En los tiempos más recientes el ateísmo militante, que hace proselitismo de su escepticismo, se ha hecho popular gracias a algunas obras que atacan sin cuartel a todas las religiones en conjunto, presentándolas no solo como falsas sino como un daño para las personas y para la sociedad.
Esta parece ser la visión que tenía Lee Strobel sobre la fe cristiana que llegó a su casa. Tanto él como su esposa habían sido criados en el ambiente eclesiástico, pero en la juventud decidieron que el ateísmo era un camino mejor. Para Strobel, el que su esposa abandonara esa posición rompía con el aparentemente perfecto statu quo de su hogar.

Muchos son los que ven la fe como una enfermedad intelectual que lleva a las personas a tener una vida atrasada. Asocian el progreso social y económico con el escepticismo, mientras que el subdesarrollo financiero y la violencia se vinculan con tener una creencia espiritual. Para ellos, lo único que vale es la creencia en los hechos, en las pruebas, en lo tangible. Así era Lee, hasta que se vio en un callejón sin salida en el que se da cuenta de que cristianismo y ateísmo son dos caras de la misma moneda: una cuestión de fe en Dios o fe en la nada.

ENCUENTRA AL JESÚS VERDADERO 
UNA GUÍA PARA CRISTIANOS CURIOSOS 
Y BUSCADORES ESCÉPTICOS 


¿Cuál es el Jesús verdadero? Como ya lo he descrito en libros anteriores, yo fui un escéptico en cuanto a las cosas espirituales hasta que mi esposa se convirtió al cristianismo en 1979. Impresionado por los cambios que aprecié en su carácter y en cuanto a los valores, decidí usar mi capacitación en lo legal y en lo periodístico para investigar sistemáticamente si el cristianismo (o, para el caso cualquier otra fe) era digna de alguna credibilidad. 

Luego de casi dos años, concluí que los datos científicos apuntaban poderosamente hacia la existencia de un Creador y que la evidencia histórica de la resurrección establecían fehacientemente que Jesús es divino. Pero permítanme ahora contarles el resto de la historia: Siendo un nuevo cristiano, me ofrecí en la iglesia como voluntario para responder las preguntas que presentaran algunas de las personas que asistían a las reuniones que se llevaban a cabo los fines de semana. 

Un domingo recibí una tarjeta de una muchachita de doce años que decía simplemente que deseaba saber más acerca de Jesús. Cuando la llamé, me preguntó si yo y mi esposa podíamos ir a cenar con ella y su papá. 
«¿No te parece lindo?», le dije a Leslie. «iVa a ser divertido!». Cuando su padre abrió la puerta, entré y miré hacia la mesita de café de la sala. Sobre ella descansaban pilas de pesados libros. Resultó ser que el hombre era un científico que había dedicado años a estudiar artículos y libros que atacaban la imagen tradicional de Jesús. Durante horas, entre pizzas y refrescos, él me acribilló con fuertes objeciones, algunas de las cuales yo nunca siquiera había considerado durante mis investigaciones referidas al cristianismo. Oleadas de temblores sacudieron mi fe. De hecho, la cabeza me comenzó a dar vueltas. Sentía una especie de «vértigo espiritual», esa sensación de mareo y desorientación que recorre todo el cuerpo cuando alguien desafía el mismo corazón de nuestra fe de un modo en el que no logramos darle respuestas. Un frío me recorrió la espalda. ¡Tal vez él esté en lo cierto! Tal vez no hice todas las preguntas correctas. Tal vez me he tragado todo este asunto del cristianismo a pie juntillas sin haberlo analizado adecuadamente. 

¿Alguna vez han sentido vértigo espiritual? Aquí va una predicción: Si nunca lo han experimentado, probablemente les suceda a ustedes también, y muy pronto, debido a que los desafíos que confrontan nuestra comprensión tradicional acerca de Jesús nos están llegando rápida y furiosamente. ¿Sabían, por ejemplo, que la iglesia ha suprimido evangelios alternativos que presentan a Jesús bajo una luz completamente distinta a la de la Biblia? ¿O que el Nuevo Testamento está tan irremediablemente plagado de errores que no se puede confiar en él? ¿O que Jesús no ha logrado cumplir con las profecías mesiánicas? ¿O que Jesús realmente nunca murió en la cruz ni resucitó de entre los muertos? 

Si ustedes son cristianos, ¿qué van a hacer cuando sus hijos, hijas, vecinos o colegas tropiecen con alguna de estas acusaciones y los acribillen a preguntas? Y si son investigadores espirituales, ¿cómo saben que la imagen de Jesús con la que se encuentran en Internet o reciben de sus profesores de la universidad constituye realmente una descripción exacta de él? 

En otras palabras, ¿cuál es el verdadero Jesús? Durante dos milenios, el retrato de Cristo pintado por la iglesia ha sido el del divino Jesús, el Dios que se hizo hombre. Esto es lo que celebramos en Navidad: Dios se encarnó. Como lo señala el apóstol Pablo: «Él es la imagen del Dios invisible». 

El apóstol Juan lo pone en forma más poética: «En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios... Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros». Pero ahora los críticos pintan a Jesús de un modo muy diferente. Por ejemplo, está: 
  • El Jesús gnóstico, que es proveedor de una sabiduría secreta en lugar de ser el redentor de la humanidad; 
  • El Jesús citado erróneamente, cuya historia en la Biblia está tan signada por el error que no se puede confiar en ella; 
  • El Jesús que fracasó, y que no pudo cumplir las profecías mesiánicas; 
  • El Jesús no crucificado, que nunca murió en la cruz por los pecados de nadie; 
  • El Jesús difunto, que nunca probó su divinidad levantándose de la tumba. 
Algunos de los argumentos que se ofrecen a favor de estas nuevas semblanzas resultan muy persuasivos. Pero Proverbios 18:17 hace esta aguda observación: 
«El primero en presentar su caso parece inocente, hasta que llega la otra parte y la refuta). 

En otras palabras, el cuadro puede cambiar significativamente cuando escuchamos la otra parte de la historia. Preguntémosle si no es así a Frank Walus. Así que, ¿por qué no me acompañan en mi travesía de descubrimiento? Viajaré de Los Ángeles a Charlotte y de Dalias a Halifax para confrontar a algunos eruditos con estas últimas aseveraciones referidas a Jesús. En realidad, este es el tipo de búsqueda al que nos invita la Biblia. El apóstol Pablo nos insta: «Sométanlo todo a prueba, aférrense a lo bueno». 

Decidamos desde el principio mantener una mente abierta y vayamos tras los hechos dondequiera que ellos nos lleven, aunque se trate de una conclusión que nos presente desafíos hasta en los niveles más profundos. 
Al final descubriremos si el retrato tradicional de Jesús es un artículo genuino de un infinito valor, o una imitación barata que debería ser arrojada al tacho de basura de la historia.






El caso de Cristo: Demostrando la realidad de la Resurrección

domingo, 5 de abril de 2026

¡ALELUYA! JESÚS, RESUCITÓ: HOMILÍA PASCUAL DE SAN JUAN CRISÓSTOMO 🔥

 Homilía pascual de 
San Juan Crisóstomo
🔥
Aquél que es devoto amante de Dios, 
que disfrute de la hermosura de esta fiesta resplandeciente.
Aquél que es un siervo agradecido, 
que entre alegre en el regocijo de su Señor.

Aquél que se cansó ayunando, 
que lleve ahora el denario.
Aquél que trabajó desde la primera hora,
que acepte su justa gratificación.

Aquél que ha llegado después de la hora tercera, 
que festeje agradecido.
Aquél que llegó después de la hora sexta, 
que no dude, pues nada pierde.

Aquél que tardó hasta la hora novena que se aproxime sin vacilación.
Aquél que llegó la hora undécima, que no tema por su tardanza, 
porque el Soberano es Gracioso y Generoso, 
acepta al último como al primero; 

concede el descanso al que trabaja desde la hora undécima 
como al que ha trabajado desde la hora primera; 
se apiada del último y satisface al primero; 
da a esté y concede a aquél; 
recibe las obras y se complace con la intención. 
Honra los hechos y alaba el empeño.

Entrad, pues, todos vosotros al gozo de vuestro Señor.
¡Primeros y últimos! Recibid vuestra recompensa.
¡Ricos y pobres! Regocijaos juntos.
Vosotros que anduvisteis en abstinencia 
y vosotros perezoso, celebren el día.

Habéis guardado el ayuno o no lo hicisteis, regocijad hoy.
La Mesa está colmada, deleitaos, pues todos.
Que nadie se marche hambriento. 
Participad todos de la bebida de la fe 
y disfrutad de la riqueza de la bondad.

Que nadie se aflija quejándose de la pobreza, 
porque el Reino Universal se ha manifestado.
Que nadie se lamente por haber pecado una y otra vez, 
porque el Perdón ha surgido del sepulcro brillando.

Que nadie tema la Muerte, 
porque la Muerte del Salvador nos ha liberado.
Él ha destruido la muerte habiéndola padecido; 
y destruyó al infierno cuando descendió a él, 
pues éste se amargó cuando saboreó Su Cuerpo; 
como Isaías anticipó y lo contempló, pues clamó diciendo:

El Infierno, fue amargado cuando Te encontró en él abajo.
Ha sido amargado porque ha sido anulado.
Ha sido amargado porque ha sido burlado.
Ha sido amargado porque ha sido destruido.
Ha sido amargado porque ha sido encadenado.

Recibió un Cuerpo, y he aquí descubrió que este cuerpo era Dios.
Tomó tierra y contemplándola, encontró Cielo.
Tomó lo que estaba viendo, y fue superado por lo que no vio.
¡Muerte! ¿Dónde está tu poder? ¡Infierno! ¿Dónde está tu victoria?

Cristo resucitó y tú fuiste aniquilado.
Cristo resucitó y los demonios cayeron.
Cristo resucitó y los ángeles se regocijaron.
Cristo resucitó y la vida vino a todos.

Cristo resucitó y los sepulcros se vaciaron de los muertos.
Cristo resucitó de entre los muertos llegando a ser 
el Primogénito de los muertos.
A Él sea la gloria y el Poder por los siglos de los siglos.
Amén.






¡Cristo ha resucitado! Aclamaciones pascuales en varias lenguas

Christos Anesti *Cristo ha resucitado-troparion pascual*Canto Sacro griego Católico/Ortodoxo siglo VI

PREGÓN PASCUAL



L: Alberto Nuñez
M: Chema Sánchez Nieto

D A
Esta noche trae el recuerdo
G D
de aquella en la que sacaste,
F# Bm
pasando en seco el mar Rojo,
G A Bm
de Egipto a nuestros padres.
D
Arda el cirio con luz clara
A
iluminando en la noche,
D F# Bm
como una nueva columna
G A Bm
de fuego que oriente al hombre.
D Bm A
NOCHE DE PASO A LA VIDA,
D A D+7
NOCHE DE LUZ Y ALEGRÍA,
G D A Bm A Bm
ALELUYA, ALELUYA,
G D A Bm A D
ALELUYA, ALELUYA. (bis)

Porque se ha abierto una puerta,
un camino entre las sombras,
y triunfante del pecado
se va acercando la aurora.
Porque brilla la luz nueva
que rompe nuestras cadenas,
llena todos los abismos
y disipa las tinieblas.

Proclamen todas las voces
la victoria de la vida,
exulte toda la tierra
de la Pascua renacida.
Alaben el gran misterio
de Dios Padre Omnipotente,
que por rescatar al mundo
entregó su Hijo a la muerte.

El que se entregó por todos
a todos ha liberado,
y a los que el mal oprimió
su amor los ha rescatado.
Y así en esta noche santa
ha sido expulsado el odio,
ensalzados los humildes,
doblegado el poderoso.

Pues fue en esta noche santa,
iluminada de gozo,
cuando, apartando la losa,
salió Cristo victorioso.
Y arde el cirio como signo
de un lucero sin ocaso,
Cristo, nuestro Salvador,
que vive resucitado.