"Los últimos días de la humanidad" es una de las obras míticas de la literatura universal. Un libro inconmensurable que incide en la barbarie bélica suscitada por la Primera Guerra Mundial y lo hace atravesado por todos los géneros y estilos literarios, por todas las voces y perfiles de la Viena de la época, por todos los miedos y horrores de la contienda, de la mano de uno de los azotes intelectuales más importantes del siglo XX y de la historia europea: el incontenible Karl Kraus.
Los penúltimos días de la humanidad
Karl Kraus empezó a publicar en los momentos finales de lo que entonces se llamaba Gran Guerra una obra titulada "Los últimos días de la humanidad", que se abría con esta advertencia al lector:
Este drama, cuya extensión equivaldría a más o menos diez veladas según la medición humana del tiempo, ha sido ideado para su puesta en escena en un teatro del planeta Marte. El público de este mundo no sería capaz de soportarlo. Pues es sangre de su sangre, y el contenido es el de todos estos años irreales, impensables, inasibles para una mente despierta, inaccesibles para la memoria y solo conservados en algún sueño sangriento, años en que personajes de la opereta interpretaron la tragedia de la humanidad.
Kraus se equivocó por partida doble con el título de su libro, porque dos décadas después empezó una guerra mucho más brutal que aquella, pero la humanidad, ay, siguió viviendo. Como también seguía viviendo en 1918, el año de la aparición de la obra de Kraus, pese a una plaga, la gripe española, que mató como mínimo a más del doble de personas que la primera guerra mundial.
Así que bien podemos curarnos en salud (con perdón) y titular este libro Los penúltimos días de la humanidad, pues estamos convencidos de que la humanidad siempre podrá caer más bajo, como no dejan de demostrar los acontecimientos ocurridos desde marzo de 2020 hasta el momento de poner punto final a esta diatriba nuestra (febrero de 2021). La llegada de la epidemia del nuevo coronavirus y su gestión por parte de los distintos gobiernos caracteriza este periodo tan irreal, impensable e inasible como el que describía Kraus, solo que, por desgracia, el drama ha resultado ser perfectamente cabal para el público que asiste a esta tragedia.
Quizá sea necesario justificar cómo, no siendo virólogos ni epidemiólogos, podemos permitirnos opinar sobre SARS-CoV-2, covid-19, ffp2, kn95 o BNT162b2. Pues bien, no tenemos justificación. Sin embargo, quienes piensen que este propósito es disparatado estarán defendiendo una posición política tan nítida como la nuestra, y desde luego mucho más dogmática. Pero, como vivimos en Durango y Poitiers, es decir, lejos de los centros donde se toman las decisiones y se crea la opinión, pensamos que tenemos la legitimidad necesaria para expresar nuestro rechazo a la forma en que está tratándose la enfermedad causada por el virus, así como a la anuencia general que rodea esta gestión. Nuestra idea es sencilla: la gravedad de la epidemia, innegable, no basta para amparar el recorte de libertades por todas partes, y mucho menos aún el crimen que está cometiéndose contra los más jóvenes. Estamos convencidos, por lo demás, de que muchas personas compartirán gran parte de lo que diremos a continuación, aunque se trate de ideas que cuesta encontrar en la opinión publicada por culpa de un consenso viscoso que sirve para coartar todo tipo de debate.
El texto que sigue a esta introducción ha sido redactado con la urgencia de salir al paso de un estado de excepción que anuncia otros, probablemente peores y que no tardarán. La gestación de este libro comenzó con el folleto «Sobre la servidumbre necesaria», publicado en junio de 2020 con el seudónimo de André B. de Maisonneuve, tras el cual no costará reconocer el nombre de uno de los autores. No se incluye en esta edición, porque hemos preferido añadir en su lugar tres apéndices que a nuestro juicio ilustran nuestro discurso acerca de las posibilidades de actuación, muy limitadas, que quedan en una situación excepcional como esta. En cuanto al estilo, pedimos la indulgencia que merece todo trabajo realizado con premura, esperando que lo que decimos pueda tener un interés por encima de la coyuntura que lo motiva.
Por último, a fin de explicar nuestra postura, nos serviremos sobre todo de ejemplos extraídos del caso vasco, que no es mucho más vergonzoso que los demás. También recurriremos en más de una ocasión a la ciencia ficción, lo que no parece fuera de lugar cuando la realidad empieza a parecerse tan rápido a cualquier producto del género y cuando el Estado recurre a las mentiras, las medias verdades o las manipulaciones más fantasiosas para quitarse de encima cualquier responsabilidad ante los daños causados por la epidemia y barrer de paso los restos de libertades civiles que aún quedaban en pie. Por eso no estará de más recordar estas palabras que Philip K. Dick pronunció en una entrevista en 1974:
¿Cómo se da forma a un libro de resistencia, un libro de verdad en un imperio de falsedad, o un libro de rectitud en un imperio de crueles mentiras? ¿Cómo se puede hacer esto delante mismo del enemigo? No a la antigua, escribiendo en el cuarto de baño, así que, ¿cómo se puede hacer esto en un Estado tecnológico futuro? ¿Es posible que la libertad y la independencia se manifiesten de maneras y en condiciones nuevas? Es decir, ¿sofocarán las futuras tiranías estas formas de protesta? ¿O el espíritu engendrará nuevas respuestas que ahora mismo no podemos ni imaginar?
La aparición del virus conocido como SARS-CoV-2, con las muertes que ha producido más las restricciones que se han puesto en práctica para acotar el avance de la enfermedad que transmite, ha trastornado la vida cotidiana de unas sociedades que creían haberse repuesto de los estragos de la crisis económica que empezó en 2007. Después de unos primeros meses en que su presencia fue percibida como algo exótico (limitada a un rincón del planeta en que pasan este tipo de cosas, como muchos nos dijimos entonces), su proliferación en Italia en febrero de 2020 desencadenó las primeras reacciones en forma de medidas inauditas para encauzarlo. A pesar de que el confinamiento se había utilizado en Europa como cortafuegos localizado hasta el siglo xix —en los puertos en que aparecían brotes de peste, por ejemplo—, su uso había caído en el olvido. Que la China llamada popular lo hubiese aplicado antes no tenía nada de peculiar, ya que sigue tratándose de un régimen totalitario con una larga práctica en el aislamiento de ciudades o regiones, no solo para tratar problemas de salud pública, como la contaminación, sino también para asesinar disidentes en masa, como hizo en Pekín en junio de 1989. Pero el confinamiento de todo un país de sesenta millones de habitantes era una novedad en Europa, sobre todo porque ese país en cuestión, la República Italiana, se basa supuestamente en unos principios democráticos y liberales que tienden a limitar las intervenciones más drásticas del Estado en la vida de sus ciudadanos.
A partir de ese momento, el confinamiento de la población se convirtió en una medida no solo concebible, sino provista ya de un antecedente. Los gobiernos español y francés decidieron hacer lo mismo poco después, los días 14 y 15 de marzo respectivamente, en un clima de perplejidad e incluso de cierta euforia, tanto por la novedad de la resolución como por la sensación generalizada de que se estaba participando en un innovador movimiento multitudinario a fin de alcanzar un objetivo que la gran mayoría consideraba deseable: detener la progresión de lo que se percibía ya como una pandemia catastrófica, comparable a algunas de las peores plagas de la historia. Además, no tardó en cundir en muchas personas la sensación de que esta novedad podría anunciar una transformación social a favor de la justicia social y de la toma de conciencia ecológica, ya que una interpretación bastante difundida en los medios de comunicación achacaba la irrupción del virus a la deforestación y a la estabulación industrial de animales. El confinamiento, que se anunció en un primer momento en España para dos semanas, se acató así como un mal menor, una forma de sacrificar cívicamente unos días en las vidas de todos para salvar las de muchas personas.
De este modo, la mayor parte de la población, salvo quienes se dedicaban a algo que se denominó «trabajos esenciales», se encerraba en sus casas sin derecho a salir más que para realizar las compras de lo mínimo para vivir. El gobierno español, a diferencia de lo que hicieron el resto de países de Europa, impuso el confinamiento más estricto posible, sin admitir, por ejemplo, el derecho a salir del domicilio para pasear o hacer deporte durante una hora (como fue el caso en Francia). La medida fue particularmente severa con los menores de 18 años, que ciertos asesores científicos consideraron potencialmente «supertransmisores» de la enfermedad. Se ordenó el encierro 24 horas al día de los menores de 14 años, y durante las primeras semanas del confinamiento ni siquiera se publicitó que, según el decreto del estado de alarma, los jóvenes entre 14 y 18 años podían salir a hacer la compra. Al mismo tiempo, los medios de comunicación empezaron a hacerse eco...
Carta de un padre insumiso
25 de abril de 2020
Soy padre de una niña de ocho años y un niño de tres. Vivimos en un pueblo con más de 20.000 habitantes. Tan pronto como el Gobierno de España declaró el «estado de alarma» por la expansión del coronavirus SARS-CoV-2, mi compañera y yo tuvimos claro que, sabiendo lo que se sabía del virus y viendo que el gobierno seguía mandando a trabajar a miles de trabajadores, no debíamos mantener a nuestros hijos encerrados en casa. Consideramos que el hecho de que nuestros hijos salieran algo a la calle era «esencial».
El decreto del estado de alarma nos dejaba el resquicio de llevar a nuestros hijos a la compra y alegar que no había ningún otro adulto con el que pudieran quedarse en casa. Sin embargo, no nos pareció lo más sensato ni lo más seguro, para ellos ni para los demás, llevar a nuestros hijos a hacer colas, o a comercios en espacios cerrados. Decidimos que yo iría a hacer la compra solo y después saldríamos a la calle con nuestros hijos. Así, una vez pasada la hora de cierre de los comercios, a mediodía, tomando calles poco transitadas por peatones o policía, no acercándonos a nadie, no hablando con nadie y no tocando nada, mi hija y yo hemos salido diariamente de nuestro pueblo y caminado una hora por un camino de montaña.
Mi compañera también ha salido con nuestro hijo diariamente, con la misma disciplina, siempre por espacios abiertos, pero sin llegar a salir del pueblo. Ha tenido que soportar ser censurada por alguna amable señora asomada a su balcón, y la policía los ha mandado a casa, de malas maneras, sin pararse a demostrar si efectivamente había algún otro adulto con el que nuestro hijo pudiera quedarse mientras ella iba a la farmacia de guardia, por ejemplo.
Pasaron así cuatro semanas tras la declaración del estado de alarma. Los datos debían de ser mejores, pues el gobierno decidió mandar de vuelta al trabajo a los miles de trabajadores «no esenciales» que había sacado de las calles dos semanas antes. Sin embargo, también optó por mantener a los niños encerrados en sus casas y seguir imponiendo el régimen de confinamiento más severo de Europa, que no atiende a diferencias entre pueblos, regiones o ciudades y del que no se salvan ni las islas. No parecen haberse dado cuenta de que, para poder tomar un poco el aire, han condenado a todo aquel que no tenga perro a ir a comercios en espacios cerrados y a comprar cualquier cosa para poder obtener el recibo de compra que les sirva de salvoconducto ante la policía, cuando sería bastante menos peligroso, virológicamente hablando, poder dar un limitado paseo al aire libre. Para ello, además de utilizar discursos paternalistas que infantilizan a la población, el gobierno ha promovido el bombardeo mediático con ruedas de prensa en las que, tras el puntual recuento de bajas, señores de uniforme dan cuenta de la ingente cantidad de sanciones impuestas. Puede que la «desescalada» policial y militar sea lo último que veamos en esta crisis.
Pasadas cinco semanas, la curva de contagios estaba ya «aplanada», el riesgo de colapso del recortado sistema sanitario español era mucho menor, y las evidencias científicas empezaban a poner en duda que los niños sean grandes «vectores de transmisión» del coronavirus, poniendo así aún más en evidencia que el confinamiento total de los niños es una decisión política, no científica. Esto, por otra parte, ya lo habían demostrado las distintas políticas, con distintas medidas de gestión de la crisis, impulsadas por los distintos gobiernos europeos.
No aceptaremos un nuevo encierro de nuestros hijos
Ander Berrojalbiz y Maider López
Tal vez sea necesaria una situación de emergencia antes de que podamos encontrar acomodo a la desobediencia civil, no solo en nuestro lenguaje político, sino también en nuestro sistema político. Una situación de emergencia está desde luego próxima cuando las instituciones establecidas de un país dejan de funcionar adecuadamente y su autoridad pierde su poder. Hannah Arendt, «La desobediencia civil» (1971)
El pasado 14 de marzo el Gobierno de España decretó el estado de alarma y nos ordenó a los padres que encerráramos a nuestros hijos en casa 24 horas al día. La orden de encierro para los menores de 14 años se prolongó durante seis semanas. Los niños debían quedarse en casa mientras las autoridades mantenían en sus puestos de trabajo a miles de trabajadores no esenciales. Todo ello entre rumores y suposiciones acerca de que los niños eran grandes «vectores de transmisión» del coronavirus. Cuando al fin pudieron salir, no pudimos hacerlo en familia. Los parques infantiles estaban cerrados; los parquímetros funcionaban.
A excepción del italiano, ningún otro gobierno europeo impuso medidas tan severas a los menores. Sin ir más lejos, en el Estado francés, a pesar del confinamiento, en todo momento se permitió (y se ha vuelto a garantizar cara a un segundo confinamiento) al conjunto de la población salir a la calle una hora al día, incluso en las regiones más afectadas como París y el Grand Est.
En un artículo publicado el 24 de marzo, un «portavoz» de la Vicepresidencia de Asuntos Sociales afirmaba que «si por ejemplo permitimos la salida de los niños menores de 4 años con un adulto, serían más de dos millones de personas por la calle, lo que supondría una nueva situación de riesgo que no podemos permitirnos» (El País, 24/3/20). Posteriormente, Sebastian Walsh, investigador de la Universidad de Cambridge especializado en Salud Pública, describía esta gestión de «riesgos» como un «presupuesto de interacciones sociales» que cada país debe decidir cómo «gastar». Por ejemplo, «si usamos una parte en permitir que los niños vuelvan al colegio, no podremos emplearla en conciertos de rock» (elDiario, 6/6/20). Da la impresión de que años de privatizaciones y recortes en el sistema sanitario estatal, junto con la tardía reacción del gobierno, dieron como resultado un «presupuesto» tan exiguo que, para tratar de mantener en sus puestos a los trabajadores no esenciales e intentar minimizar así el daño a un sistema económico que no puede parar ni diez días, hubo que ahorrar hasta en los paseos de los más pequeños.
Este confinamiento a la española puede explicarse, al menos en parte, con dos variables muy sencillas. Según datos de 2017, España dispone de 297 camas hospitalarias por cada 100.000 habitantes, incluyendo las de titularidad privada. En 2008 esa cifra ascendía a 320 y en el año 2000 a 365. La oms recomienda tener entre 800 y 1.000, objetivo que solo cumple Alemania con 800, mientras que la media europea se sitúa en 504 (El Salto, 14/3/20).
Tres profecías y media
Ander Berrojalbiz
y Javier Rodríguez Hidalgo
Incapaces de suponer que las órdenes pudieran ser arbitrarias, no tenían la práctica de la desobediencia. Ursula K. Le Guin, Los desposeídos (1974)
El pasado 14 de marzo muchos corrieron a sus estanterías a desempolvar los ejemplares de 1984, de George Orwell, y Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Seguro que también hubo quien se inclinó por Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, al fin y al cabo estamos en el centenario de su nacimiento. La lectura de relatos distópicos, especialmente su Santísima Trinidad, podía ayudar a sobrellevar con un punto de lucidez aquellos supuestos «quince días» de «confinamiento».
Siempre cabía la posibilidad de encontrar una nueva predicción finalmente cumplida, o de consolarse porque, con todo, lo que nos tocaba vivir tampoco era tan malo; sin olvidar, claro está, esa pequeña pero inconfesable satisfacción de estar por fin formando parte de una de esas situaciones catastróficas para las que tanto tiempo nos llevan preparando la literatura y, sobre todo, el cine de anticipación y ciencia ficción. Desgraciadamente, acabaron siendo más de quince días. Así, para solaz, y tal vez desazón, de los amantes de las visiones premonitorias, he aquí cuatro nuevas profecías que añadir al canon.
Primera
En una entrevista publicada a finales de la década de los setenta, Wolfgang Harich afirmó: «En España coinciden los sufrimientos y los horrores, apenas superados todavía, de casi cuarenta años de opresión fascista con los efectos de un proceso de industrialización a toda máquina desarrollado de un modo extraordinariamente rápido en la última década, un proceso de consecuencias sociales y ecológicas mucho más catastróficas que en cualquier otra parte de Europa. A la luz de todo ello creo que puede afirmarse no solo que España está sobradamente madura para la realización inmediata del comunismo, sino también que, sobre la base de sus condiciones internas, está precisamente llamada a convertirse en detonante de esa revolución en toda Europa Occidental».
Harich, filósofo ecologista que abandonó la RDA, era partidario de un «comunismo sin crecimiento» que combinara la «autarquía local» con una gobernanza mundial y «dictatorial» basada, según sus palabras, en «las buenas, viejas y sencillas tradiciones estalinistas con las que crecí».
Aunque Harich errara en su pronóstico sobre España, cabría añadir que, tras cuarenta años de democracia parlamentaria y una década de recortes, durante la actual crisis sanitaria, la sociedad española (sin excepciones territoriales) ha demostrado estar más que preparada para sobrellevar medidas de corte estalinista. Puede que algún ecologista contemporáneo se congratule por ello; España podría estar llamada a liderar la transición al ecosocialismo.
«Los últimos días de la humanidad de Karl Kraus es un texto imprescindible, un texto inmortal, de una vigencia actual y eterna que da vértigo. Su médula es la guerra, tal como se conoció en el siglo XX y tal como sigue y seguirá en el presente, con su destrucción y sufrimiento masivos, con sus mentiras, su propaganda y sus medios de comunicación y sus ciudadanos entregados ciega y locuazmente a una u otra causa» Adan Kovacsics
HO Karl Kraus Los Ultimos Dias de La Humanidad Tripa Web MA by eddamendoza07



