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CALENDARIO CUARESMAL 2026

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martes, 17 de marzo de 2026

LIBRO Y PELÍCULA "ESQUEMA DE LOS TIEMPOS FUTUROS": LA VIDA FUTURA (Things to Come) LO QUE VENDRÁ por H.G. WELLS dirigida por William Cameron Menzies

 Esquema de los 
tiempos futuros

Cuando un diplomático muere en la década de 1930, deja un libro de «visiones oníricas» que ha estado experimentando, en el que detalla los acontecimientos que ocurrirán en la Tierra durante los próximos doscientos años.
Este «relato del futuro» ficticio (similar a "La última y la primera humanidad", de Olaf Stapledon) resultó clarividente en muchos aspectos, ya que Wells predijo acontecimientos como la Segunda Guerra Mundial, el auge de la guerra química y el cambio climático.
PROLOGO

TANTO o más que sus producciones novelescas han contribuido a la fama y prestigio de H. G. Wells, como uno de los primeros escritores de nuestra época, sus libros de corte profético, esos panoramas de tiempos futuros que él gusta de trazar por deducción de la marcha que llevan los acontecimientos que vivimos. Con una lógica implacable, que le coloca a cubierto de demasiado complicadas desviaciones, sigue la proyección de los sucesos actuales sobre los que de ellos han de nacer. Ni en sus obras de mayor libertad imaginativa, como «La Guerra de los Mundos» o «La Máquina del Tiempo», se da en Wells ese desvarío de la fantasía que en su elogio o censura han señalado muchos de sus comentadores. Por el contrario, su imaginación nada tiene de gratuita; no se goza en crear castillos en el aire ni en levantar quimeras sin otra ley que la de su capricho. La fábrica de sus sueños está edificada sobre las sólidas bases de lo ya conocido, y cuando inventa una sociedad maquinista para el año 2000, no hace sino exagerar los rasgos de la mecanización a que estamos llegando, como cuando describe el estrago de las guerras por venir, que rebasará incluso de nuestro planeta. No hay que tener ciertamente una «loca fantasía» para seguir a este escritor en sus deducciones o en la pintura que hace de mundos cuya clave se halla en realidades con las que día a día nos tratamos. 

En esta su manera de imaginar, en este ensanchamiento que procura de los tardos campos de la fantasía de los hombres de hoy, está sin duda la raíz del éxito de Wells. Es sobre todo un tipo de escritor necesario en la hora que vivimos, o, si se quiere, uno de los escritores que con más justos títulos podrán un día arrogarse el de ser o haber de nuestros tiempos. A estas razones, de extraordinaria fuerza, se une la maestría lograda por Wells en el género que cultiva para hacer de él uno de los escritores que cuentan con mayor número de lectores, no sólo de los más leídos entre los de nuestra época, sino en la producción literaria general. 

El primer antecedente en la obra de Wells de libros de la especie del que nos ocupa se remonta a comienzos de siglo, cuando aparecieron sus famosas «Anticipaciones». Desde entonces no ha dejado de simultanear la creación de trabajos de su clase con los demás de su extensa labor de publicista. Podrían dividirse en dos categorías esenciales las obras a que nos referimos: una, que comprendería las que son puramente relatos fantásticos, y en ella se agruparían «La Máquina del Tiempo» y «La Guerra de los Mundos», ya citadas, junto con «La Isla del Doctor Moreau» y «El Hombre Invisible»; otra, en la que figurarían los estudios de fenómenos sociales e históricos que considera en su posible desarrollo ulterior, como «El Futuro de América», «Esquema de la Historia», «El Descubrimiento del Futuro» o «Después de la Democracia». Una y otra clase de libros desembocan en este «Esquema de los Tiempos Futuros», que reúne en si el doble carácter de una obra de imaginación y de un análisis histórico. He aquí su extraordinaria importancia y significado en la producción de Wells. 

El autor de este libro imagina un curioso personaje, el profesor Philip Raven, político demócrata al servicio de la Sociedad de Naciones que, a su muerte, ocurrida en 1930, deja el manuscrito de un libro que le ha sido dictado de la más extraña manera: leyéndolo en sueños. Se abarca en sus páginas una especie de tratado de historia, escrito allá por el año 2000, en el que se examina la evolución de todo el largo proceso y encadenamiento de hechos que han producido el progreso social entonces existente; nuestro caótico mundo presente sirve de punto de partida. El lector considera las cuestiones que más pueden apasionarle hoy como si se tratase de hechos pasados, cuya exacta dimensión y trascendencia estuvieran fijadas sin lugar a engaños por lo sucedido después. Realiza así Wells una como «Breve Historia del Mundo» para los próximos ciento cincuenta años, de particular atractivo. 

No vamos a entrar en detalle sobre la exposición que el autor hace de este proceso histórico ni sobre sus partes constitutivas. Sí queremos, en cambio, llamar la atención del lector sobre la primera mitad del libro, en la que con una originalidad y audacia muy estimables el escritor inglés se ocupa de acontecimientos tan vivos en la memoria de todos nosotros como los que dieron por fruto la guerra de 1914-18, el Pacto de Versalles, la Conferencia Económica Mundial de Londres y los trágicos momentos que hoy sufre la civilización. La bancarrota de sus más importantes valores, que se muestra en la que él llama «Epoca de las Frustraciones», ha tenido una larga gestación, y a ella han contribuido, con su irresponsabilidad, limitación o cobardía, políticos y hombres de Estado de toda clase que Wells no se priva de nombrar. Sus puntos de vista sobre la grandiosa crisis que vivimos se prestan a toda clase de sugestiones. Para el autor, tanto la pasada Guerra Mundial como la actual, las grandes revoluciones que han tenido lugar en nuestro tiempo y cuantos hechos de relieve se vienen produciendo en él, no tienen otra causa que la necesidad de organizar a todos los humanos bajo un solo Estado Universal, en el que desaparezcan las continuas desavenencias que surgen entre las caducas nacionalidades, la competencia capitalista y el desorden económico en que perecemos. El progreso mecánico, económico y social impone este cambio, a su criterio, por encima de gastados conceptos que entorpecen el desarrollo normal de nuestra civilización. Los puntos de contacto que tal Estado Universal tiene con la concepción internacionalista del comunismo, su relación con la experiencia rusa, etc., son expuestos por Wells según su especialísimo criterio. Son muy curiosas sus opiniones sobre la influencia de la personalidad de Lenin y la de Stalin en relación al triunfo de la revolución comunista, y hasta de la ejercida por el carácter de Marx, como él lo juzga, sobre el futuro de su teoría económica. También no dejan de llamar la atención sus juicios sobre el fascismo italiano y Mussolini. 

Tan grandes muestras como ofrece Wells de la independencia de su criterio en él examen de los hechos del reciente pasado y actuales, contienen estas páginas de su agudo sentido para penetrar en los arcanos del futuro. Este libro fue escrito en 1933. Los acontecimientos previstos por su autor como para tener realidad desde este año al que transcurre, o se han cumplido con precisión maravillosa o no se han apartado en gran medida de lo por él profetizado. Por ejemplo, Wells señala el estallido de una guerra mundial para 1940, provocada por las reivindicaciones alemanas. Su pretexto seria la cuestión del «pasillo de Dantzig», y en ella se verían envueltos sucesivamente todos los grandes Estados europeos y, a la larga, los Estados Unidos y el Japón. ¿En qué, si no es en el mero detalle, se han apartado los hechos que hoy suceden de su profecía? La lucha entre Polonia y Alemania nazi, ¿no ha señalado el comienzo real del cataclismo en que hoy se ve envuelta Europa entera? 

La importancia del papel que la aviación había de jugar en la guerra actual, su contribución a un total cambio en la técnica de combate, la eliminación de las trincheras por la movilidad y rapidez con que se sucederían los encuentros entre beligerantes, la extensión de la guerra a las poblaciones civiles, son otros tantos ejemplos de la perspicacia con que Wells enfocó la relación de sucesos que no tendrían lugar sino hasta casi diez años después de cuando él los predijo. ¿Participarán del mismo acierto sus demás sugestiones sobre los tiempos que aun nos son desconocidos? Al lector cabe considerarlo. En todo caso, este libro le será una eficaz ayuda en sus meditaciones para desentrañar el aciago o afortunado destino que espera a nuestra sociedad, hoy en convulsión tan violenta.

VICENTE SALAS VIÚ

INTRODUCCIÓN

EL LIBRO DE LOS SUEÑOS 
DEL DR. PHILIP RAVEN

LA inesperada muerte del doctor Philip Raven, acaecida en Ginebra en noviembre de 1930, fue una pérdida muy grave para el Secretariado de la Sociedad de Naciones. Ginebra perdió una figura familiar —la alta espalda encorvada, el andar vacilante…, la cabeza inclinada hacia un lado, en una expresión burlona—, y el mundo perdió un cerebro estimulador en su agresividad. Como lo demuestran las noticias que anunciaron su muerte, su trabajo incesante y su extraordinario vigor mental fueron debidamente apreciados por todo un mundo de admiradores distinguidos. Y el grueso público lo conoció de golpe. 

Es raro que un hombre que vivió fuera del área convencional de la publicidad periodística haya producido tanto revuelo con su muerte; desde Oslo a Nueva Zelandia, y desde Buenos Aires al Japón, todos los periódicos de importancia dieron su semblanza…, y el recuerdo que de él hizo Sir Godfrey Cliffe, breve pero admirable, dió al lector medio el cuadro de una personalidad excepcionalmente sencilla, recta, consagrada a su labor y dotada de gran energía. Las dos únicas fotografías que de él pudieron ser publicadas son absolutamente diferentes: una muy antigua, que se diría una mezcla de Shelley y Mr. Maxton, y una instantánea reciente en la que aparece apoyado en su bastón, conversando con lord Parmoor, en el hall de entrada de la Asamblea. Tiene extendido un brazo en gesto característico de señalar algo. 

Pese a sus grandes ocupaciones, siempre tuvo tiempo para compartir y dominar todos los vastos problemas que preocuparon a sus colegas, que hoy se apresuran a proclamar su gratitud. Un detalle notable del estallido de publicidad provocado por su muerte es la frecuencia con que se reconocen sus consejos y la ayuda que siempre prestó a los demás. Parece como si los que le conocieron estuviesen ansiosos de demostrar su importancia y resentidos por la ignorancia del público respecto de su obra. Se han dispuesto, sin que hasta ahora vean la luz, tres volúmenes que registran sus documentos, informes, memorándums y comunicaciones más importantes. 

Personalmente, a pesar de que desde diversas esferas se me solicitó que lo hiciese, y aun cuando se sabe que fui honrado con su amistad, no he contribuido a ese coro funerario. Mi posición en el mundo académico no justificaba que escribiese su elogio, si bien bajo circunstancias normales podría haber intentado un bosquejo de sus cualidades y de su encanto personal. Sin embargo, no lo hice, pues su muerte me consternó profundamente. Su muerte fue tan imprevista, que nos habíamos embarcado en una empresa muy especial, y no supusimos por un instante la posibilidad de su desaparecimiento. Sólo hoy día, después de un intervalo de casi tres años, y después de muchas y laboriosas discusiones con sus más íntimos amigos, he decidido publicar los hechos y la substancia de nuestro especialísimo trabajo común. 

Tiene relación con el tema de este libro. Durante todo este tiempo he estudiado un manuscrito, o más bien una colección de escritos y documentos, que se me confió. Es una colección de papeles que justificaba, y quizás siga justificándolas, muchas vacilaciones. Es, o al menos pretende serlo, una Breve Historia del Mundo para dentro de un siglo y medio. (Ya me parece ver que el lector se restriega los ojos al leer estas palabras y que sospecha cierto grado de agrafía en el impresor). Pero eso, exactamente, es el manuscrito. Es una Breve Historia del Futuro. Es un libro sibilino moderno. Solamente hoy día, cuando los acontecimientos de tres años han justificado de más todo lo establecido en esta historia prematura, he tenido yo el valor de asociar la reputación de mi amigo con las pretensiones increíbles de este libro, y de buscar quién lo publicase. 

Permitidme relatar en pocas palabras lo que sé de su origen y de cómo llegó a mis manos. Conocí al doctor Raven, o, más exactamente, él me conoció a mí, el último año de la guerra. Fué antes de que él dejase Whitehall para irse a Ginebra. Siempre fue amateur de las ideas, y le habían atraído ciertas sugestiones respecto al dinero que yo hice con un librito de predicciones, llamado «What is Coming?», que fue publicado en 1916. En este librito había sugerido que el dispendio de recursos en una guerra, junto con la acumulación de deudas, provocaría en el mundo entero una bancarrota, es decir, que la clase acreedora quedaría en situación de estrangular al mundo, y que el único método de resolver esta bancarrota mundial y comenzar de nuevo sería nivelar imparcialmente todas las deudas, reduciendo el valor oro de la libra esterlina y, proporcionalmente, del dólar y de todos los circulantes oro. Entonces me pareció una necesidad obvia. Ahora reconozco que era una idea muy cruda —es evidente que olvidaba incluso la noción del valor intrínseco del dinero—, pero en aquellos días ninguno de nosotros había tenido la experiencia de las convulsiones monetarias y de crédito que siguieron a la Paz de Versalles. No teníamos experiencia, no se usaba pensar en asuntos de dinero, y los mejores de nosotros pensábamos como niños precoces. Diecisiete años más tarde, muchísima gente acepta esta apreciación del oro como una sugestión obvia. Entonces sólo fue recibida como el comentario amateur de un escritor ignorante en lo que se consideraba de la misteriosa incumbencia de «expertos financieros». Pero atrajo la atención de Raven, que deseó conversar conmigo de ésta y otras posibles consecuencias de postguerra que yo había insinuado, y así trabamos conocimiento. 

Raven estaba tan desprovisto de afectación intelectual como William James; y era, como James, cándidamente receptivo al pensamiento cándido. Podía hablar de su tema a un artista o a un periodista; podría haberlo discutido con un mandadero si hubiese de salir de aquella discusión una idea nueva. «Obvio» era una de las palabras que más usaba. «El asunto, mi querido amigo —me llamó “mi querido amigo” a los cinco minutos de conocernos—, es tan obvio, que nadie se detendrá a considerarlo. Es imposible persuadir a nadie de que después de esta guerra se va a producir una tremenda confusión financiera y monetaria. Los vencedores impondrán fuertes castigos en dinero, y, por supuesto, los vencidos se comprometerán a pagar, pero ninguno comprende que el dinero va a causar los fenómenos más extraordinarios. Lo que les preocupa es lo que se harán mutuamente, pero nadie se molesta en pensar lo que el dinero hará a unos y otros». 

Me parece verle cuando me dijo eso con su voz de tonos agudos, que solía sonar a reprimenda. Debo confesar que durante la primera media hora que le conocí, hasta que no me hube acostumbrado a su modo de ser, no le tuve simpatías. Era demasiado vehemente, demasiado seguro de sí mismo, demasiado rápido y prematuro en sus opiniones para mi modalidad anglosajona. No me agradó la excesiva fluidez de su conversación ni el hecho de que la acompañase con los ademanes más extraordinarios. No se sentaba; iba de una parte a otra de la habitación, deteniéndose a contemplar los libros y los cuadros, sin dejar de hablar con su voz altisonante. Su modo de gesticular con movimientos natatorios producía la impresión de que «nadase» en el mar del asunto. Lo he comparado con una mezcla de Maxton y Shelley, pero mi primera impresión fue la del Svengali que Du Maurier nos describe en «Trilby». Un Svengali afeitado. Sentía que él era un extranjero, y mis instintos respecto de los extranjeros son tan insulares como cosmopolitas son mis principios. Siempre me pareció una irrisión que hubiese sido alumno de Balliol, y que hubiese sido uno de los elementos más brillantes del Ministerio de Relaciones británico antes de partir a Ginebra. 

Me parece que, en el fondo, mucho de nuestra esencial timidez inglesa es una cautela exagerada. Sospechamos en nuestro interlocutor nuestras mismas astucias. Nos encerramos tanto en nosotros mismos, que a veces caemos en la insinceridad. Quizás yo, con mi pluma, sea un hombre vehemente, pero en lo que se refiere a contacto social soy tan circunspecto y evasivo como cualquiera de mis compatriotas. En el ataque directo de Raven a mis ideas encontré algo profundamente indelicado. 

Quería profundizar en mis ideas de un modo muy indiscreto, pero también es cierto que deseaba que hiciesen todos lo mismo respecto a las suyas. Entonces tuve la sospecha de que había venido a verme para hablarse a sí mismo y escuchar el sonido de su voz…, sirviéndose de mí como de un recinto acústico. 

Entonces me llamó «traficante en lo obvio», y en varias ocasiones en que nos encontramos repitió aquella frase no muy halagadora. Me dijo: «Usted tiene defectos que son más bien cualidades: una memoria pronta pero inexacta para los detalles, una comprensión inmediata de las proporciones, y carece absolutamente de paciencia para las cosas pequeñas. Usted va inmediatamente al nudo de las cosas. ¡Cómo le odiarán a usted los hombres de negocios…, siempre y cuando puedan conocerle! Deben suponerle un falsificador de primera, y, no obstante, usted siempre llega a su meta. La vida de ellos está llena de complicaciones. Usted trata de alejar del camino todas estas complicaciones. Usted es un podador, y por cierto que muy impaciente. Yo también sería podador si no tuviese ya mi misión. Pero es verdaderamente reconfortante pasar en su compañía estas horas, podando los acontecimientos». 

El lector debe perdonar mi egotismo al citar estos comentarios que merecí de parte de Raven; son necesarios para aclarar mis relaciones con él y para que se comprenda el espíritu de este libro. 

La verdad es que yo fuí una válvula de escape para la exuberancia mental de Raven, exuberancia cuyo disimulo le había costado hasta entonces grandes sacrificios. En mi presencia podía olvidarse de Balliol y del Ministerio de Relaciones —o, más tarde, del Secretariado— y hablar a sus anchas. Se convertía en el europeooriental cosmopolita que era por naturaleza y ascendencia. Yo pasaba a ser para él un buen camarada provisto de imaginación, su amigo indiscutible, una especie de apéndice inteligente… su Watson (Alusión al incomparable camarada ele Sherlock Holmes, el popular personaje de Sir Arthur Conan Doyle. —N. del T.). Y llegué a gustar de nuestra relación. Me acostumbré a su exotismo físico, a sus gestos. Simpaticé cada vez más con la irritación y desconsuelo que le produjeron los resultados de la Conferencia de Versalles. Mi instintiva desconfianza racial disminuía en presencia de la potencia radiante de su curiosidad intelectual. Descubrimos que nos complementábamos mutuamente. Yo tenía una imaginación pronta y despejada, y él tenía conocimientos. Juntos nos dejaríamos embriagar por la especulación intelectual. 

Entre otros amigos inteligentes y originales que, a intervalos muy escasos, venían a honrarme con sus charlas, está Mr. J. W. Dunne, que hace muchos años inventó uno de los primeros y más «definidos» aeroplanos, y que desde entonces ha prestado una considerable contribución a las sutiles relaciones del tiempo y el espacio con la conciencia. Dunne se aferra a la idea de que, en cierto modo, nosotros podemos anticipar el futuro, y en pro de esta idea ha presentado una serie de observaciones muy notables en su obra «Experiment with Time». Ese libro fue publicado en 1927, y lo estimé tan atractivo y estimulante, que escribí respecto a él un par de artículos que fueron ampliamente distribuidos por todo el mundo. Se trataba de una obra atractiva en su novedad. 

Y entre muchos otros que leyeron mis comentarios sobre este «Experiment with Time», y que leyeron el libro y luego me escribieron respecto a él, estaba Raven. Por lo general, las notas que me dirigía eran siempre muy breves, diciéndome que vendría a Londres, notificándome un cambio de domicilio…, y cosas por el estilo; pero esta carta fue bastante larga. Me decía que no era una novedad para él una experiencia como la de Dunne. Podría añadir muchísimas cosas a las ya dichas por el libro, y por cierto podría extender la experiencia. Las cosas anticipadas en el momento transcurrido entre quedarse dormido y despertar —los experimentos de Dunne trataban preferentemente con las premoniciones experimentadas en el momento de sopor que precede al despertar total— no habían de ser necesariamente cosas de mañana o de la semana venidera; podían tener un plazo muchísimo más amplio. 

Siempre, claro está, que se tuviese la facultad de pensar muy en el futuro. Pero se trataba de una época en que el escepticismo era muy crudo, y constituía un verdadero deber público desechar las declaraciones envueltas en estas sugerencias, por cierto muy difíciles de distinguir de las fantasías…, excepto en el cerebro de cada uno. Mostrar un interés muy marcado por estas cosas podría significar la pérdida de mucha influencia. 

Seguía divagando en este tenor, lleno de sabias generalizaciones, y concluía bruscamente. La carta daba la impresión de que había querido decir muchas cosas más de las que decía. Poco después llegó a Londres, se presentó inopinadamente en mi estudio, y se explayó con claridad sobre aquel asunto. 
«—Respecto a este Dunne…» —comenzó a decir. 
»—¿Y bien?» —inquirí yo. 
»—Tiene un modo especial de acortar el sueño efímero entre el dormir inconsciente y el despertar. 
»—Así es. 
»—Junto a su lecho tiene una libreta de notas, y escribe su sueño en el momento mismo de despertar. 
»—Ese es el procedimiento. 
»—Y ha descubierto que un gran porcentaje de las cosas que ha soñado son anticipaciones, a veces muy claras, de cosas que la realidad coloca en su cerebro, días, semanas y hasta meses antes de que sucedan. 
»—Así es Dunne. »—Eso no es nada. 
»—¿Cómo que no es nada? 
»—No es nada comparado con lo que me viene sucediendo desde hace mucho tiempo. 
»—¿Y qué es eso?…
». Miró los lomos de mis libros. Era divertido comprobar, por vez primera, que Raven no podía encontrar las palabras. 
»—Dígame» —insistí. 

Se volvió hacia mí y me miró con expresión de duda, que se desvaneció en una sonrisa. Entonces pareció hacer acopio de valor. 
»—¿Cómo habré de decírselo? No se lo diría a ninguna otra persona. Durante algunos años, día tras día, entre dormir y despertar, he estado, positivamente, leyendo un libro. Un libro que no existe. Un libro imaginario, si usted quiere. Siempre es el mismo libro. Siempre. Y es una historia. 
»—¿Del pasado? 
»—Contiene mucho del pasado. Muchísimas cosas que yo no sabía, y muchos vacíos están llenos en él. Por ejemplo, cosas extraordinarias respecto a la India del Norte y al Asia Central. Y también de más adelante. Continúa adelante. Sigue avanzando.

»—¿Avanzando? 
»—Hasta el momento presente. 
»—¿Y se interna en el futuro? 
»—Sí. 
»—¿Es…, es un libro como todos? 
»—No, precisamente… Más bien se asemeja al periódico de su amigo Brownlow. No está impreso al modo que nosotros conocemos. Son mapas llamativos, de vivos colores. Y muy fáciles de leer, pese a lo curioso de las letras y los signos». 

Hizo una pausa, y dijo: 
»—Comprendo que esto es una tontería». 
Y añadió: 
»—Pero es sobrecogedoramente real. 
»—¿Pasa usted las páginas?». Consideró un instante la pregunta. 
»—No, no vuelvo las páginas. Eso me despertaría. 
»—¿Así sucede justamente? »—¿Hasta que usted se da cuenta de lo que está haciendo? 
»—Supongo…, ¡sí, así es! 
»—¿Y entonces es cuando usted despierta? 
»—Exactamente. ¡Y ya no está allí! 
»—¿Y usted siempre está leyendo? 
»—Casi siempre…, muy claramente. 
»—Pero, ¿alguna vez? 
»—oh, igual que leer un libro cuando se está despierto. Si el asunto está bien descrito, uno ve los acontecimientos. Como si cada página fuese un film. 
»—¿Pero el libro sigue allí? 
»—Sí…, siempre. Creo que siempre está allí. 
»—¿Pero ha tenido usted posibilidad de tomar notas? 
»—En un comienzo no lo hacía. Ahora sí. 
»—¿Inmediatamente que ha despertado? 
»—Escribo en una especie de taquigrafía… Usted sabe, tengo montones de notas de ese alto». 
Señaló mi chimenea y se quedó mirándome. 
»—Ahora ya me lo ha dicho —le dije. 
»—Ahora se lo he dicho. Y es ilegible, mi querido amigo…, excepto para mí. Usted no conoce mi taquigrafía. Después de una semana ni yo mismo puedo entenderla. Pero últimamente la he pasado en limpio…, y he dictado algo». 

Comenzó a pasearse por mi cuarto, deteniéndose de vez en cuando. Continuó diciendo: 
»—Usted comprende que si es una… realidad, es la cosa más importante del mundo. Pero no tengo un átomo de evidencia. Ni un átomo. ¿Acaso usted?… ¿Cree usted que esto sea posible? 
»—¿Posible?». Pensé un instante y continué: 
»—Me siento inclinado a pensar que sí. Si bien no sé exactamente lo que puede ser. 
»—No puedo decírselo a nadie sino a usted. ¿Cómo podría hacerlo? Claro está que dirían que estoy chiflado…, o que soy un farsante. Usted sabe cómo son estas cosas. Recuerde a Oliver Lodge. A Charles Richet. Darían al traste con mi labor, con mi posición. Y, sin embargo, es creíble… Le aseguro que yo lo creo. »—si usted pasase en limpio algunas páginas… 
Si yo pudiese leerlas… »—Las leerá». Parecía estar consultando mi opinión. 
»—Y lo peor de todo es que creo ciegamente lo que me dice el libro, parece que fuese yo el autor, ¿verdad?». 

No me envió ninguna de sus notas, pero cuando le volví a ver, en Berna, me dió un archivador lleno de papeles. Después me dió otros dos. La mayoría eran hojas escritas con lápiz, pero otras habían sido escritas con tinta, y habría quizás unas cincuenta hojas a máquina, seguramente las que él dictó. Me pidió que tuviese mucho cuidado con sus papeles, que los leyese detenidamente, que hiciese sacar copias a máquina y que le diese una copia a él. Todo este asunto habríamos de mantenerlo en secreto entre nosotros dos. Y más tarde pensaríamos si convenía publicarlo en forma anónima. Entre tanto, los acontecimientos podrían confirmar o desvirtuar algunas de las declaraciones de esta historia, dando así un valor preciso, en uno u otro sentido, respecto de su autenticidad. 

Entonces fue cuando murió. 

Murió inesperadamente como resultado de una operación. Una dislocación relacionada con su notable curvatura espinal había hecho crisis. 

En cuanto supe de su muerte me apresuré en ir a Ginebra y en contar la historia de su libro soñado a su heredero y ejecutor, Mr. Montefiore Renaud. Tengo mucha gratitud para con este caballero por su cortesía y pronta comprensión del asunto. Tomó gran cuidado en reunir cuanto material le fue posible y ponerlo a mi disposición. Además de los tres archivadores que Raven ya me había dado, había otro archivador de papeles pasados en limpio y un cajón lleno de documentos escritos con su taquigrafía especial, y que, indudablemente, tenían relación con esta historia. El cuarto archivador contenía el material que forma el último libro de esta obra. Las notas taquigráficas, cuyas páginas ni siquiera estaban numeradas, han proporcionado el material para el penúltimo libro, que ha tenido que ser una compilación mía. Por lo general, parece que Raven garabateó sus impresiones del libro-sueño tan pronto como le fue posible, antes de olvidarlas; y, como tenía pensado volver a copiarlas él mismo, no se había preocupado de ordenarlas. Este material lo destinaba a su uso particular. Es una mezcla de taquigrafía cursiva (y muy inexacta) y caligrafía corriente, usada para nombres propios y substantivos. La puntuación está indicada por espacios en blanco, y a menudo una sola palabra significa una frase entera, y a veces un párrafo. Casi un tercio de lo taquigrafiado tenía su traducción en las copias manuscritas o a máquina que integraban los archivadores. Esa fue mi Piedra de Rosetta. Si no hubiera sido por las indicaciones contenidas en esas páginas, creo que no habría sido posible descifrar las demás. Tal como son, me ha sido imposible hacer una narración fluida, que calce con las partes inicial y final de - esta historia. Algunos pasajes son clarísimos, y de repente se tornan confusos y oscuros. He transcrito lo que me ha sido posible y copiado aquellos trozos que no pude transcribir. 
Creo haber hecho una historia comprensible del curso de los acontecimientos ocurridos durante las luchas y cambios que se produjeron en los gobiernos del mundo entre los años 1980 y 2059, fecha en que la Dictadura del Aire, así llamada, dió lugar al Estado Moderno Mundial, que seguía floreciendo cuando la historia se publicó. En esa parte el lector encontrará grandes vacíos, o más bien grandes abreviaciones, pero que en ningún caso comprometen en su estructura básica la historia de la consolidación mundial. 

Y ahora permitidme decir una palabra, o algo más, acerca del verdadero valor de este curioso «Bosquejo del Futuro». 

Hay ciertas consideraciones de peso contra la idea de que la historia que comienza a continuación es solamente el sueño imaginario de un brillante publicista. Yo las señalo al lector, pero no pienso influir en su ánimo. La primera parte de esta historia ha recibido ya cierta confirmación. La última parte del M. S. data del 20 de septiembre de 1930, y hay en ella mucho anterior a esa fecha. Y, no obstante, alude muy explícitamente a la muerte de Ivar Kreuger un año más tarde; al trágico rapto del bebé de Lindbergh, ocurrido en la primavera de 1932; a los vuelos de Mollison del mismo año; a las Discusiones de la Deuda americana, en diciembre de 1932; a la implantación del régimen hitlerista en Alemania, a la invasión japonesa de China en el año 1933, a la elección del Presidente Roosevelt, y a la Conferencia Económica Mundial, celebrada en Londres. Encuentro un poco difícil explicar en detalle estas anticipaciones. No creo que su naturaleza pudiera permitir preverlas. No fueron acontecimientos que pudieran deducirse de alguna situación precedente. ¿Cómo pudo Raven haberlos conocido en 1930? 

Y otra cosa que me confunde mucho más que confundirá al lector, es el hecho de que no había ninguna razón para que Raven hubiese intentado engañarme de ese modo. No había en la tierra ni en el cielo razón alguna para que me hubiese mentido respecto a la forma en que recibió este material que más tarde había de sentar por escrito. 

Si no fuese por estas consideraciones, creo que estaría perfectamente dispuesto a caer en la misma duda que la mayoría de los lectores; es decir, que Raven escogió deliberadamente esta historia para presentar un bosquejo imaginativo. Que no es sino una obra de ficción escrita por un ex miembro del Secretariado de Ginebra que tuvo oportunidades extraordinarias para formar juicios futuros basándose en el curso posible de los acontecimientos. O, digámoslo de otro modo, una profecía condicional al estilo hebreo, producida de un modo cuasi inspirado. El estilo en que está escrita es el mismo de Raven, y las pocas diferencias en vocabulario y locuciones son las que se puede esperar que se produzcan en nuestro idioma de aquí a ciento setenta años más. (El lector podrá apreciar, por la propia advertencia de H. G. Wells, las dificultades que ha debido salvar el traductor para ofrecer esta versión. —N. del T). Por otra parte, la actitud revelada está enteramente en desacuerdo con las manifestaciones de su vida pública. Sin hablar del lenguaje de expresión, por lo menos el lenguaje de pensamiento no es el suyo. O bien su visión marginal trascendió sus convicciones conscientes, o tenemos aquí un caso claro de supresiones que buscan salida a la superficie. ¿Será eso lo que ha de ser la historia? 

Debo reconocer que en un comienzo, mientras me encontraba aún bajo la impresión de que todo el asunto era un ejercicio especulativo, tuve tentaciones de modificar grandemente el texto de Raven. También yo quería meter baza en el juego. Cierto es que trabajé así varios meses. Hasta que llegó un momento en que mi parte fue más voluminosa que su historia. Pero cuando revisé mis notas llegué a la conclusión de que la mayoría de ellas eran confusas obstrucciones, y que sólo unas pocas podrían ser verdaderamente útiles para cualquier lector contemporáneo inteligente y bien informado. Mientras más se sintiese éste atraído por el libro, más deseos tendría de hacer sus propias observaciones; mientras menos lo apreciase, menos deseos tendría de enfrentarse con mis notas. Podría darse el caso de que mis acotaciones le resultasen tan enojosas como las observaciones marginales que encontramos a veces en los libros de una biblioteca pública. Incluso si se tratase de una historia meramente especulativa, habrían sido impertinentes; mas si hay en ella algo más que especulación, entonces la impertinencia aumentaría. Por último rompí todo lo escrito por mí. 

Pero también he tenido que ordenar estos capítulos, intervención que fue inevitable y que tendrá que subsistir. He tenido que ordenarlos y volver a ordenarlos después de varias tentativas, pues no parecen haber sido leídos y escritos por Raven en su sucesión lógica. He suavizado las transiciones. Dentro de algún tiempo confío en publicar una edición especial de las notas de Raven, tal como él las dejó. 

Comenzamos aquí con lo que, evidentemente, es el principio de un nuevo libro en la historia, si bien no fue el primer papel que encontré en los archivadores. Pasa revista con habilidad a los acontecimientos mundiales ocurridos en los últimos años, y lo hace de un modo que se me antoja original y convincente. Analiza desde un nuevo punto de vista los principales factores de la Gran Guerra. De ahí pasa a estudiar la historia de la «Época de las Frustraciones», en cuyos primeros años estamos viviendo, que fluye en forma armoniosa. Fuera de esta introducción, el período cubierto por la narración es desde 1929 hasta fines del año 2105. El último acontecimiento que registra es el día de Año Nuevo de 2106; al pasar menciona la nivelación de los últimos «esqueletos» de los famosos rascacielos de Nueva York. La impresión y publicación tuvieron lugar a principios del nuevo año. ¿Debo decir «tuvieron» o «tendrán» lugar?

H. G. W.

¿Qué seria de los humanos?
En 1936 esa pregunta se planteo en forma 
de un filme transgresor 
que hoy resuena en varias películas 
que se volvieron pilares de la ciencia ficción

VER+:




lunes, 16 de marzo de 2026

LIBRO "VENEZUELA: LA VERDAD QUE EL MUNDO NO QUISO VER" y "EL CHAVISMO COMO ESPEJO DE VENEZUELA"


El libro que sacude conciencias

VENEZUELA:
La verdad que el mundo
no quiso ver


"La verdad no necesita 
permiso para existir"

Hay historias que el mundo prefiere ignorar.

Historias de madres que vieron a sus hijos partir sin saber si volverían. De familias separadas por miles de kilómetros. De un país que fue arrebatado a su gente en silencio, mientras el resto del mundo miraba hacia otro lado.
Este libro existe porque esas historias merecen ser contadas. Porque la memoria es el único territorio que nadie puede quitarnos.




Para los que tuvieron que irse

Estás en otro país,
pero Venezuela sigue en ti.

Saliste porque no quedaba otra opción. Dejaste atrás a tu madre, a tus amigos, a las calles que te vieron crecer. Y aunque hoy vives en otro continente, hay noches en que el peso de lo que pasó te aplasta.
No estás solo. Más de 7 millones de venezolanos cargamos esa misma mochila invisible. 
Este libro es para todos nosotros. Es el testimonio de lo que vivimos, de lo que perdimos, y de por qué nunca debemos olvidar.
Regálaselo a quien no entiende por qué te fuiste. 
Léelo tú mismo cuando necesites recordar que tu historia importa. Compártelo con tus hijos para que sepan de dónde vienen.

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🏃Chile  🏃Perú  🏃Argentina 🏃12 países más.

Fragmentos del libro
Palabras que no se olvidan

"No fue la pobreza lo que nos rompió. Fue ver cómo la esperanza se apagaba en los ojos de quienes más amábamos".— Capítulo III: El año en que todo cambió.
"Venezuela no murió. La enterraron viva. Y desde adentro del ataúd, su gente siguió gritando".—. Prólogo
"El exilio no es solo un lugar. Es una herida que sangra en silencio cada vez que alguien te pregunta de dónde eres".— Capítulo VII: Los que se fueron.




Es el momento
La historia de Venezuela
merece ser leída.

No dejes que el tiempo borre lo que pasó. 
No permitas que el silencio gane.
Por menos de lo que cuesta un café, tienes en tus manos el relato más completo y honesto sobre la tragedia venezolana. 


El chavismo como 
espejo de Venezuela
Superar el chavismo implica reconstruir una idea de ciudadanía, de responsabilidad cívica y de respeto por las instituciones. Solo así el país podrá recuperar no solo su democracia, sino también el respeto por sí mismo.

Durante un cuarto de siglo la política venezolana ha practicado con disciplina un deporte que ya forma parte de nuestra cultura pública: cambiar de villano como si con eso cambiara el país. Primero fue Hugo Chávez, el origen de todos los males, el hombre cuya desaparición —se prometía con solemnidad— abriría las puertas de la democracia, como si Venezuela fuera un melodrama donde basta con que el tirano caiga para que las instituciones florezcan a la mañana siguiente. Después fue Nicolás Maduro, el heredero grotesco, la caricatura tropical que muchos consideraron demasiado torpe para sostener el poder durante mucho tiempo. Ahora, llegaron los hermanos Rodríguez, convertidos en la nueva encarnación del mal burocrático, y para completar el catálogo de villanos siempre estuvo Diosdado Cabello, el personaje que la imaginación política nacional necesita para explicar cada derrota.

La fórmula es cómoda, casi terapéutica: si el problema es un hombre, basta con sacarlo del escenario para que el país vuelva a la normalidad. Lo único incómodo es que la realidad venezolana lleva más de veinte años desmintiendo esa fantasía con una paciencia pedagógica que debería avergonzarnos.
Porque el chavismo nunca fue solo Chávez, ni solo Maduro, ni solo Cabello, ni solo los Rodríguez. El chavismo es algo más incómodo de admitir: el chavismo fue y son venezolanos que crearon un sistema político que aprendió a sobrevivir no solo a sus enemigos, sino también a sus propias crisis, y que ha demostrado una capacidad de adaptación que algunos jamás se han tomado la molestia de entender y aceptar.

Y aquí aparece una pregunta que la política venezolana ha evitado durante años con una mezcla de pudor y autoengaño: ¿hasta qué punto una parte importante de la oposición terminó funcionando dentro del mismo sistema que decía combatir?
No se trata de una teoría conspirativa ni de una acusación moral simplista, sino de una observación empírica que la historia reciente del país repite con obstinación. Durante veinte años la oposición venezolana ha producido una sucesión casi religiosa de liderazgos providenciales, cada uno presentado como la última esperanza nacional, cada uno acompañado por la promesa de que esta vez sí, esta vez el régimen estaba acabado, esta vez la transición era inevitable.
La lista de líderes y figuras opositoras puede parecer el santoral político de una fe que siempre anuncia el milagro y siempre termina celebrando la próxima aparición del mesías. 
Cada ciclo ha tenido su liturgia completa: el líder emergente, la movilización multitudinaria, la narrativa épica, las negociaciones discretas, el desgaste progresivo y finalmente la adaptación al sistema que se prometía derrotar. No necesariamente por traición —aunque también las hubo— sino por algo más banal y frecuente en la política latinoamericana: cálculo, supervivencia, ambición personal o simple incapacidad estratégica.

Pero hay una verdad todavía más incómoda que la política venezolana rara vez se atreve a mirar de frente. El chavismo no apareció en el vacío ni fue un accidente histórico inexplicable. Su origen está profundamente conectado con la propia sociedad venezolana.
Mucho antes de que Chávez llegara a Miraflores, una parte importante del país —incluidas élites políticas, económicas y mediáticas— había normalizado algo que en cualquier democracia consolidada habría sido un escándalo irreversible: el aplauso abierto o silencioso a los intentos de golpe de Estado de 1992. Aquella conspiración militar contra la democracia no solo tuvo simpatizantes en los cuarteles; también encontró indulgencia en sectores civiles profundamente desencantados con el sistema político de la llamada IV República. Intelectuales, empresarios, dirigentes políticos y comentaristas públicos justificaron, relativizaron o incluso celebraron la irrupción del joven teniente coronel que prometía barrer con una clase política desacreditada.

Ese momento fundacional importa más de lo que muchos quisieran admitir, porque fue entonces cuando una parte significativa de la sociedad venezolana comenzó a legitimar la idea de que la democracia podía ser reemplazada por un redentor autoritario.
Cuando Chávez ganó las elecciones de 1998 lo hizo dentro de la legalidad electoral, pero también montado sobre ese clima de descomposición institucional y desencanto ciudadano. El chavismo, en ese sentido, no fue solo un proyecto político; fue también el síntoma y expresión de una crisis social más profunda. Pero con el tiempo ocurrió algo aún más decisivo: el chavismo no solo conquistó el poder, también transformó la cultura política del país.

Durante más de dos décadas el régimen consolidó un modelo basado en la lealtad clientelar, la distribución discrecional de recursos, la corrupción estructural y el uso sistemático del chantaje político como herramientas de gobierno. Programas sociales convertidos en mecanismos de control, redes de distribución de alimentos condicionadas políticamente, sistemas de vigilancia comunitaria y un aparato estatal diseñado para premiar la obediencia y castigar la disidencia fueron moldeando nuevas formas de relación entre ciudadanos y poder.
En ese ambiente prosperaron —y en muchos casos se profundizaron— rasgos culturales que ya existían en la sociedad venezolana: la llamada viveza criolla, la desconfianza hacia las instituciones, la percepción de que el poder es ante todo un espacio para obtener beneficios personales. 
El chavismo no inventó esas conductas, pero sí las potenció y convirtió en parte central del funcionamiento del sistema político. Tomó algunos de los rasgos más oscuros de la cultura política venezolana y los elevó a categoría de método de gobierno.

La corrupción dejó de ser una desviación para convertirse en estructura.
El oportunismo dejó de ser un vicio marginal para convertirse en estrategia de supervivencia. La manipulación dejó de ser una táctica ocasional para convertirse en política de Estado. En ese proceso ocurrió algo todavía más profundo: el propio significado de la venezolanidad comenzó a deformarse.
Durante décadas la identidad venezolana estuvo asociada —con todos sus problemas— a una idea de movilidad social, modernización democrática y convivencia civil. El chavismo, en cambio, fue construyendo una narrativa donde la nacionalidad terminó asociada a la precariedad institucional, al autoritarismo y al colapso económico. Venezuela dejó de ser percibida en gran parte del mundo como una democracia imperfecta y pasó a convertirse en sinónimo de crisis, migración masiva y régimen autoritario convertido en una organización del crimen trasnacional, narcotraficante y violador sistemático de los derechos humanos.

El daño no fue solo institucional; también fue simbólico. La identidad nacional comenzó a cargarse de una connotación negativa que el propio régimen explotó políticamente: un país acostumbrado a sobrevivir, a adaptarse, a resolver individualmente lo que el Estado destruye.
El chavismo, en ese sentido, no solo gobernó a Venezuela: reconfiguró parte de su cultura. Transformó prácticas sociales, degradó expectativas institucionales y normalizó formas de relación con el poder basadas en la dependencia, el miedo o el oportunismo. Y lo hizo porque esa transformación cultural también era funcional para conservar el poder.

Venezuela ha atravesado en veinticinco años una secuencia devastadora de crisis: colapso institucional, hiperinflación, empobrecimiento masivo, represión política y una migración que supera los ocho millones de personas. 
Ninguna sociedad atraviesa una experiencia histórica de esa magnitud sin cambiar profundamente. La Venezuela de hoy no es la que eligió a Chávez en 1998. Tampoco es la que llenaba las calles en 2014 o 2017. Es una sociedad fragmentada, fatigada y dispersa por el mundo. Y, sin embargo, incluso en medio de esa transformación, algo ha sobrevivido.
Porque si el chavismo logró deformar prácticas políticas y degradar instituciones, no logró borrar del todo una aspiración que sigue latente en amplios sectores de la sociedad venezolana: la idea de que la democracia sigue siendo el horizonte deseable. Paradójicamente, millones de venezolanos redescubrieron el valor de las instituciones democráticas viviendo en países que las conservaban, mientras el país de origen se acostumbraba a la normalidad autoritaria.

Tal vez por eso la reconstrucción democrática venezolana ha sido tan difícil. El país arrastra ahora una doble herencia: por un lado, la degradación institucional y cultural producida por el chavismo; por otro, una memoria democrática que aún sobrevive como nostalgia, como aspiración o como proyecto pendiente.
Por eso, la discusión sobre Venezuela no puede seguir reduciéndose al reemplazo de un nombre por otro en el palacio presidencial. 
El chavismo no es solo un gobierno: es un sistema que, durante veinticinco años, reorganizó el poder, degradó instituciones y deformó parte de la cultura política del país. Desmontarlo exige algo más que elecciones o acuerdos políticos; exige más que una transición tutelada por el gobierno norteamericano: exige una revisión profunda de la propia sociedad que lo hizo posible. Ninguna democracia se reconstruye si antes no se reconoce con honestidad el tipo de prácticas, valores y complicidades que permitieron su destrucción.

La verdadera transición venezolana será, inevitablemente, un proceso moral antes que político. Implicará recuperar la idea de que el poder no es un botín, que la ley no es una formalidad negociable y que la ciudadanía no se reduce a la supervivencia individual. Significará también construir una venezolanidad distinta a la que el chavismo explotó y degradó: una identidad fundada en la responsabilidad cívica, el respeto institucional y la conciencia de que la democracia no es un episodio ocasional de nuestra historia, sino una construcción que exige vigilancia permanente. El chavismo convirtió los peores rasgos de nuestra cultura política en sistema de gobierno. Superarlo exige exactamente lo contrario: reconstruir un país donde esos rasgos vuelvan a ser vergüenza pública y no método de poder. Solo entonces Venezuela podrá recuperar no solo su democracia, sino también algo más profundo: el respeto por sí misma.

sábado, 14 de marzo de 2026

EL NEOCHAVISMO: EL TEATRO DE LA AMNESIA EN OCHO ACTOS y "FINGIR DEMENCIA" por JESÚS TINEO (absolutedu)

 


Durante años, el régimen chavista construyó una narrativa de poder absoluto: revolución eterna, lealtad ideológica y una estructura que supuestamente no podía fracturarse. Pero hoy, frente a la presión internacional y al desgaste interno, vemos algo distinto.
Este “neochavismo” es una etapa donde los mismos actores intentan reescribir su pasado, diluir responsabilidades y presentarse como interlocutores moderados después de décadas de persecución política, represión, corrupción y control social en Venezuela.
Lo más revelador no es solo el discurso. Es el silencio. Es la desaparición de símbolos, la reducción del culto al liderazgo que antes era omnipresente y la forma en que algunos intentan fingir que no fueron parte de la maquinaria que criminalizó la disidencia y destruyó instituciones.
Yo no estoy buscando validar esa narrativa. Más bien busco desmontarlas. Porque entender cómo funciona la manipulación política y la reescritura del pasado es fundamental para que un país pueda reconstruir su memoria, exigir justicia y evitar que la historia vuelva a repetirse…
Si queremos hablar de transición democrática, memoria histórica y responsabilidad política en Venezuela, primero debemos reconocer algo: 
NO existe un “nuevo chavismo”. ¡Solo existe una estructura intentando sobrevivir cambiando de máscara!


Durante años escuchamos, vimos y leímos al poder burlarse de sanciones, informes internacionales y denuncias de violaciones de derechos humanos en Venezuela.
Hoy, con la cara más pulida que un granito, algunos de esos mismos voceros hablan de “excesos”, como si décadas de persecución política, represión, presos políticos y crisis humanitaria pudieran reducirse a simples “errores administrativos”.
Las recientes declaraciones de Jorge Rodríguez presentan el nuevo “vibe” del neochavismo, que intenta reformular el pasado para evitar responsabilidades… No se trata de olvidar, sino de entender cómo funcionan las narrativas del poder cuando comienza a sentir presión REAL.
Esta estrategia de “romantizar al secuestrador” no es nueva. Suavizar el lenguaje político y presentar la historia como una cadena de “excesos” aislados es parte de la “compra” de espacio y tiempo. Por eso, la Ley de Amnistía en Venezuela, la memoria histórica, la justicia y el futuro moral del país deben ser vigiladas constantemente.

Porque reconstruir Venezuela no solo implica recuperar la economía o las instituciones, sino también enfrentar la verdad sobre lo ocurrido. El perdón sin justicia no es reconciliación: es propaganda.