ESCOLIOS A UN TEXTO IMPLÍCITO
ESTE libro contiene una recopilación de escolios de Nicolás Gómez Dávila, pensador colombiano nacido en 1913 y muerto en 1994. Fueron publicados originalmente en tres entregas y cinco volúmenes entre 1977 y 1992, esto es, durante el último cuarto del siglo XX. Es una antología más bien personal, por lo que no garantizo que refleje objetivamente el conjunto de la obra aforística del autor, cuya existencia desconocía hasta que hace un par de años la profesora Amalia Quevedo me dio noticia de él durante una estancia en Bogotá.
En el viaje de vuelta a España empecé a leer los Escolios a un texto implícito y fui marcando con estrellitas los que me impresionaron particularmente. Más tarde conseguí hacerme con las otras dos colecciones, Nuevos escolios y Sucesivos escolios, saboreándolas siempre con el lápiz en la mano. Lo que ahora tiene en sus manos el lector es el resultado de esta selección improvisada. Supongo que habré dejado fuera por inadvertencia algunas de las mejores sentencias, aunque estoy convencido de no haber introducido ninguna mala, porque Dávila sólo las tiene excelentes y óptimas.
Para contrapesar mi caprichoso modo de proceder he ordenado los escolios por temas, en lugar de imitar la proteica mezcolanza original. Dejo constancia de que mis agrupaciones no implican ni presuponen ningún esquema interpretativo o sistemático.
Como tantos otros lectores, fui deslumbrado por la sabiduría de estos textos. Descubrí en su autor un genio cáustico y sin embargo lleno de matices. Agresivo e inmisericorde con la estupidez y la hipocresía, es muy capaz de discernir y mimar cuestiones delicadas que la mayoría ignora o desprecia. Se dice a veces que el pesimista no es más que un optimista bien informado.
Nuestro hombre, lisiado por un accidente deportivo y encerrado de por vida entre los atestados anaqueles de su biblioteca, fue una de las personas mejor informadas de su siglo, y por ende de las más pesimistas en lo que se refiere al entorno inmediato, tanto histórico como existencial. Ahora bien, en una perspectiva más amplia la cosa cambia, porque aunque no creyera en el hombre, tenía fe en Dios y su voluntad redentora.
Gómez Dávila ya no es el perfecto desconocido de hace diez o veinte años. El entusiasmo de algunos estudiosos pioneros, entre los que figuran nombres de la talla de Mutis o Volpi, hace que poco a poco empiece a sonar. Alguien se ha atrevido incluso a perpetrar la designación de «Nietzsche colombiano». Cursilerías aparte, la fama alcanzada y por alcanzar tiene en este caso el mejor aval posible: no fue buscada ni facilitada por quien la detenta a título póstumo.
Me contaron a este propósito una anécdota sabrosa: cierto individuo quiso hacerse con uno de sus manuscritos y consiguió que lo invitaran al domicilio del maestro. Nada más llegar manifestó abruptamente su deseo. Dávila le entregó las anheladas páginas sin dar mayor importancia al gesto, pero se asombró de que el visitante, botín en mano, quisiera marcharse sin tomar el café y las pastas con que había planeado obsequiarle. También me ha llegado un rumor (¡qué bonito si fuera cierto!) según el cual muchos de sus cuadernos fueron directamente a la papelera:
no por prurito de perfección, sino por no querer dar a tales ejercicios la pretenciosa consideración de obra. Como Descartes en Amsterdam, Dávila vivía solitario en medio de una humanidad afanada en lo que le desinteresaba. Sus congéneres le preocupaban, pero se negaba a entrar en la universal dinámica mercantilista que han ido adquiriendo las relaciones humanas:
«¿Para qué marcher avec son siècle cuando no se pretende venderle nada?».
A todas luces consiguió lo que se había propuesto: ser un marginal de la época que le tocó en suerte. Y para ponérselo fácil a quienes entonces y ahora prefieran desertar de sus cavilaciones, asumió con vehemencia una etiqueta ultradetestada en los tiempos que corren: la de reaccionario.
Muchos temerían como la peste adquirir semejante fama, otros procurarían al menos pasar desapercibidos. Dávila pechaba con el sambenito y todas sus consecuencias, haciendo gala de humor y hasta cierta condescendencia: «Los reaccionarios les procuramos a los bobos el placer de sentirse atrevidos pensadores de vanguardia». Cierto que, para sobrellevar la supuesta indignidad, eligió gratos e ilustres compañeros de viaje: Platón, Rousseau, Hume, Burke, Blake, Wordsworth, Balzac, Nietzsche, Baudelaire, Eliot... Asumir que uno es reaccionario implica desmarcarse de la historia, renunciar a la praxis en beneficio de la theoria: «El progresista siempre triunfa y el reaccionario siempre tiene razón».
En todo caso, Dávila rechazó ser homologado con opciones políticas conservadoras: «Si el reaccionario no despierta en el conservador, se trataba sólo de un progresista paralizado». Su opción distaba mucho de un simple posicionamiento frente a la izquierda: «Izquierdistas y derechistas meramente se disputan la posesión de la sociedad industrial.
El reaccionario anhela su muerte». Diría que en el caso de Dávila declararse reaccionario —o sea, autoestigmatizarse— era parte del precio que estaba dispuesto a pagar para conquistar el derecho a hablar sobre nuestro mundo y civilización desde sus afueras. El colombiano pretendió ser para el Occidente del siglo XX lo que fue el Usbek de las Cartas persas para la Francia del XVIII: alguien venido de muy lejos que juzga sin parcialidad porque no es parte de la realidad examinada. Bien pensado, sin embargo, Usbek sólo era un Montesquieu déguisé.
En cambio Dávila fue un occidental convencido de que Occidente ha traicionado sus raíces y pervertido sus ideales. Por fidelidad a la idea de Europa (no a los intereses de clase, a la esclerosis mental, o al ultramontanismo religioso) se desmarcaba de su actual dueño, el racionalismo burgués industrial y antirromántico, así como de todas sus secuelas, es decir, del noventa por ciento del espectro social, político, cultural y religioso del mundo contemporáneo. Grave decisión la suya, equivalente no al borrón y cuenta nueva, sino al borrón y marcha atrás. Atrás menos en el tiempo de la historia que en el espacio de posibilidades malogradas por la deriva de los últimos siglos.
Supongo que a estas alturas del prólogo ya nos habrán abandonado los eufóricos del progreso, los amantes de taxonomías fáciles y los domésticos de las modas intelectuales. Ya sólo contamos con los que, en lo que se refiere a la direccionalidad del pensamiento, se preocupan más del arriba y el abajo, que de la derecha y la izquierda o el delante y el atrás.
Si Gómez Dávila sólo fuera un plutócrata latinoamericano recalcitrante no valdría la pena leerle, porque ¿qué más nos da lo que resultara «avanzado» o «retrógrado» en su país hace treinta o cuarenta años? La problemática de este libro poco tiene que ver con la historia sociopolítica de los países andinos, y menos aún con el papel desempeñado en ella por su autor. Dávila, en efecto, rechazó los cargos políticos que le ofrecieron y desdeñó la posibilidad de convertirse en un «intelectual comprometido» con alguna de las causas en boga —por aquel entonces—.
Si todavía hoy merece nuestra atención es porque evitó enredarse en la letra pequeña de la vida política y social, para atender a lo suyo: proponer una enmienda a la totalidad del proyecto moderno. Desde el «no-lugar» y «no-tiempo» en que supo colocarse formuló una gravísima acusación contra una época que, muy a su pesar, era suya: «Ningún siglo anterior presenció tantas matanzas en nombre de tan transparentes imposturas».
¿Quién osará apelar contra esta sentencia después de todo lo que sabemos? En nombre de intereses capitalistas obsoletos e imperios coloniales caducos murieron millones en la Primera Guerra Mundial y en tantas otras de menor escala; en nombre de una estrategia supuestamente infalible para promover la justicia y la igualdad murieron millones en decenas de revoluciones socialistas a la postre siempre fracasadas; en nombre de la absurda idea de la superioridad de unas razas y la inferioridad de otras murieron millones en la Segunda Guerra Mundial; en nombre de patrias, banderas y falaces descolonizaciones murieron millones en cientos de pretendidos procesos de liberación nacional y mentidas guerras de independencia.
Ciencia y tecnología han provisto generosamente de medios destructivos a todos los usuarios según sus apetencias.
Un buen número de canallas y desaprensivos se han encumbrado casi sin esfuerzo a las supremas magistraturas de países grandes y pequeños. Luego han cometido con total impunidad los mayores latrocinios de que haya memoria. Tales son los hechos y sobre ellos cabe poca discusión.
La controversia surge a la hora de endosar responsabilidades. Entonces rápidamente se diversifica el diagnóstico: unos crímenes (los de los «amigos») se rebajan a simples «errores» mientras otros (los de los «enemigos») se emplean como arma arrojadiza contra el prójimo. Así llegan a ser condenadas inofensivas prácticas en las que un fino olfato inquisitorial capta analogías tangenciales o lejanos parentescos con el mal a exorcizar. Verbigracia, cualquiera puede resultar «fascista», empezando naturalmente por Hitler, mientras Stalin o Pol Pot son desposeídos sin fatiga de su pretendido «comunismo».
El ejemplo es fácilmente multiplicable, puesto que las estrategias demonizadoras no son exclusivas de una sola facción; más bien caracterizan a todas ellas. Es plausible, tras contemplar este sórdido panorama de acusaciones mutuas, simpatizar con quien al menos busca lejanas e inalcanzables plataformas para expender verdades y pergeñar pronunciamientos morales. Gómez Dávila tiene una amplia lista de fobias y no se recata a la hora de materializar desaprobaciones y condenas. No obstante, sus juicios se sitúan en un plano deliberadamente genérico: prácticamente afectan a todos, lo cual resulta tranquilizador en un aspecto e inquietante en otro. Dávila lo ha dicho con toda claridad, conjugándolo en primera persona para disipar equívocos: «A cierto nivel profundo toda acusación que nos hagan acierta».
La generalización de la culpa puede servir para trivializarla o para dar con su único remedio. Podemos sentirnos exonerados, en cuanto que no somos más responsables que otros. Sin embargo, también cabe concluir que todos tendríamos algo que hacer al respecto, puesto que en cualquier mano está parte de la cura. Depende, en definitiva, de que uno decida vegetar en la superficie o ahondar, aunque no sea del modo y manera en que lo ha hecho Gómez Dávila. Si son muchos los enemigos combatidos por Dávila, a sabiendas de estar condenado de antemano al fracaso («La única ejecutoria de nobleza, en nuestro tiempo, es la derrota»), cuenta en cambio con muy pocos aliados.
Pocos y a primera vista mal avenidos. Los dos más importantes: la fe y el escepticismo. Pero él no los ve enfrentados; opina más bien que se dan la mano:
«Entre el escepticismo y la fe no hay conflicto sino un pacto contra la impostura».
Muchos discreparán escandalizados, tal vez por no ser suficientemente radicales sobre el sentido y alcance del escepticismo. Lo cierto es que en la historia el escepticismo genuino ha sido un aliado natural de los que se oponían al empeño de trasmutar la razón en medicina universal. Es el caso de muchos hombres de fe y también de Nicolás Gómez Dávila. Existe no obstante el riesgo de acabar en el otro extremo, porque junto a los que rechazan dárselo todo a la razón están los que quieren otorgárselo a la fe. Pero ahí no encontraremos a Dávila, pues para él «creer es penetrar en las entrañas de lo que meramente sabíamos».
Por sublime que sea el papel que desempeña, la fe no es a su juicio metástasis invasora ni le compete suplantar los déficits de las facultades humanas. Simplemente sirve para llegar a donde aquéllas jamás llegarían por sí solas.
La pugna sólo es posible cuando alguno de los factores en juego se traviste en otro: «Nunca hubo conflicto entre razón y fe, sino entre dos fes».
Dejo para otro momento el comentario sobre la presencia de la religión en los aforismos de Dávila.
Insistiré ahora en la misión que asigna al escepticismo: convertirse en antídoto contra la hipertrofia de racionalidad que, siempre a juicio del pensador colombiano, constituye el pecado original de la época moderna. Aun no compartiendo los presupuestos ni aceptando las conclusiones, bastantes espíritus poco sectarios encontrarán sus críticas justas e incluso irrebatibles.
Sin embargo, es probable que echen de menos la presencia de alternativas viables: Dávila ataca la razón por los muchos abusos que en su nombre se cometen, pero no parece aportar otros sustitutos que la fe de antaño o el despego del desengañado. Ahora bien, podría objetarse: si desaparecen filósofos y teólogos, ¿quién nos defenderá de los embaucadores?
Del mismo modo, cuando ataca a muerte la democracia, el socialismo, el liberalismo, la tecnocracia burguesa, podremos quizá aprobar en parte su furia iconoclasta, pero ¿qué ofrece a cambio? ¿El feudalismo, la Edad Media, los privilegios del Ancien Régime?
Algo así parece sugerir cuando proclama: «No soy un intelectual moderno inconforme, sino un campesino medieval indignado».
Son objeciones importantes. Veamos qué cabe decir en defensa de Dávila. Por una parte, que él no es constructor de sistemas ni valedor de soluciones globales. Es ante todo un desenmascarador de las que sin serlo pretenden pasar por tales.
También se postula, en este sentido, como defensor de la totalidad frente a los que se empeñan en parcelar la realidad sin tener ni idea de cómo coser después los retales. No hace falta ser un nostálgico para reconocer que hemos perdido muchas de las cosas buenas que atesoraba el pasado.
Dávila pretende mantener viva la memoria de esos valores frente a un progresismo desaforado de optimismo ortopédico. Por otro lado, su reivindicación del mito, de la religiosidad, de las fuentes cognoscitivas alternativas, incide en la tarea histórica más urgente a que nos enfrentamos en los albores del tercer milenio: superar de una vez por todas la modernidad. Lo más llamativo a este respecto es que da pistas transitables hacia un futuro programa que nada tiene que ver con el postmoderno, el único que hasta ahora se ha ensayado a gran escala y por cierto sin demasiado éxito.
¿Cuáles serían esas pistas? Sospecho que bastantes de sus furibundos ataques a la democracia o a la racionalidad modernas podrían ser transformados en criterios para mejorarlas. Al menos, parece preferible intentarlo que defenderlas tal como son ahora con argumentos capciosos. Decir que la democracia —a pesar de lo corrupta que resulta su práctica cotidiana— o la razón —aunque sufra una degeneración elefantiásica— son maravillosas porque no disponemos de otros métodos operativos para gestionar la política y el conocimiento, puede resultar aceptable desde un punto de vista pragmático. Pero como argumento es inconsistente y tiene el efecto perverso de obstaculizar la búsqueda de soluciones mejores o —si se quiere— más evolucionadas.
Gómez Dávila dice muchas cosas interesantes sobre piedras olvidadas por los constructores de la nueva torre de Babel, cuya recuperación contribuiría a mantener en pie el edificio y tal vez evitar que se vuelva a producir una nueva confusión de las lenguas. Dado que la democracia es la vaca sagrada más intocable de nuestra cultura y que guardamos mal recuerdo de las últimas pruebas ensayadas para ordenar la sociedad de otra manera, las agrias descalificaciones davileñas no cuentan con la aprobación de los rectores de la opinión pública.
A pesar de ello, nuestras democracias precisan con mayor urgencia solución a sus problemas que inquebrantables adhesiones a su ejecutoria. En ese sentido, un reaccionario puede prestar más ayuda que cien turiferarios. Dávila advierte, por ejemplo: «Entre los vicios de la democracia hay que contar la imposibilidad de que alguien ocupe allí un puesto importante que no ambicione».
La observación es atinada y debería ser tenida en cuenta por legisladores y constitucionalistas. Lo mismo ocurre con esta otra, que revela un desfallecimiento en las convicciones aristocratizantes del colombiano, pero que debiera inquietar también a sus adversarios: «El sufragio popular es hoy menos absurdo que ayer: no porque las mayorías sean más cultas, sino porque las minorías lo son menos». Con muchos «enemigos» así las democracias actuales tendrían mejor futuro que con tantos «amigos» empeñados en agusanarlas por dentro.
Yendo un poco más al fondo del asunto, hay en el pensamiento de nuestro autor una preocupación constante que explica muchas de sus críticas a la cultura, política y filosofía reinantes. Y es que en ellas todo resulta demasiado abstracto: «Hasta el bien y el mal son anónimos en el mundo moderno».
Hemos insistido demasiado en valores que permiten la coexistencia de diversidades sin resolver las tensiones que implican: tolerancia, multiculturalidad, antidogmatismo, respeto a la diferencia. Todo eso está muy bien, pero sólo como primer paso: debo respetar a mi vecino aunque no piense como yo. De acuerdo. Pero, una vez asegurado el respeto mutuo, debo aprender a hablar con mi vecino para darme y darle la oportunidad de convencernos uno a otro, lo cual nos permitirá ganar a ambos y caminar de la mano hacia un mundo mejor.
Tarea nada fácil, ya lo sé. No obstante, si nos conformamos con la primera parte del programa y posponemos indefinidamente la segunda, llega un momento en que ésta desaparece para siempre de nuestras expectativas. Así se obtiene un mundo ayuno de sustancia, hueco, frágil, expuesto a los cantos de sirena de los que ofrecen colmar vacíos a costa de reprimir diferencias. El fantasma de la intolerancia renace precisamente donde creíamos haberlo conjurado para siempre.
Y es que la bipolarización del sistema cultural obedece en realidad a un esquema hilemórfico (materia y forma): los valores que fomentan el respeto a la diversidad son formales; los que promueven principios de solidaridad sobre la base de identidades compartidas, materiales.
Deberíamos, como buenos aristotélicos, tener presente que el esquema exige una buena integración de materia y forma, en lugar de bascular entre el vacuo formalismo hipercrítico y el brutal dogmatismo fundamentalista. Ya no se trata como antes de un choque entre culturas, sino de un problema interno que afecta a todas ellas.
La actitud con que Gómez Dávila encara este contencioso resulta más sofisticada de lo que parece a primera vista. No es ni mucho menos un ultramontano del catolicismo ortodoxo. Ha leído y meditado todas las obras fundamentales de la tradición occidental, sin excluir los filósofos modernos y los teólogos liberales contemporáneos.
Cuando confiesa: «Mis convicciones son las mismas que las de la anciana que reza en el rincón de una iglesia», no se está reafirmando en la «fe del carbonero»: sugiere que hay algo en la piedad de la beata que la filosofía y la teología radicales no han conseguido superar; quizá ni siquiera atisbar. De ahí su lúcida detección de un punto que desatendieron todos los epígonos de Kant: «A las éticas formales el diablo acaba dándoles el contenido».
¿Quién puede describir mejor lo que ocurre cuando los miembros de Al Qaeda se comunican entre sí a través de internet o utilizan teléfonos móviles para sincronizar sus ataques? De no bastar lo dicho para disuadir al lector de la idea de despachar a Gómez Dávila con sarcasmos y etiquetas, renuncio a conseguirlo. Si, en cambio, se decide a dejar aparcada por un rato la manía de los rótulos, prepárese para una de las incursiones más estimulantes que hoy por hoy cabe hacer en el mundo de las ideas.
¡Buen provecho!
Los Escolios se condensan y aglutinan en torno a los eternos problemas de la filosofía: Dios, el alma, el mundo. En fin, todo espíritu vive de pocos temas y el talento del autor está en su hábil e inimitable orquestación. Siguiendo su método puntillista -combinado con un escandaloso dogmatismo y al gusto de la provocación sistemática-. Nicolás Gómez Dávila recoge estos temas en una visión sombría y desilusionada, pero lúcida e iluminadora del desolado paisaje de la Modernidad y de sus dudas nihilistas. No es que él se complazca en naufragar en un cupio dissolvi. Al contrario, él pretende atestiguar, entre las ruinas, una verdad imperecedera, a la que su existencia se aferra:
«No pertenezco a un mundo que perece. Prolongo y trasmito una verdad que no mucre:. (Escolios JI, 858). Por eso él ataca con furor iconoclasta -con la denuncia, la sátira, la paradoja- la Modernidad entera, sus ideales, sus principios, sus presuntas conquistas sociales y políticas. Pues «nuestros odios son la exacta medida de nuestro rango» (Notas, 323).
El resultado es un antimodernismo inflexible e intransigente, que brota de la inamovible convicción de que la humanidad cayó en la historia moderna como un animal en una trampa:. (Escolios JI, 833). A la vez esta convicción se basa en un análisis histórico tan sencillo y esencial como contundente:
«El mundo moderno resultó de la confluencia de tres series causales independientes: la expansión demográfica, la propaganda democrática, la Revolución industrial» (Sucesivos escolios, I 386). Esto desemboca en la barbarie de la humanidad actual, que «destruye más cuando construye que cuando destruye» (Escolios I, 261). Por tanto, no hay que hacerse ilusiones:
«Los Evangelios y el Manifiesto Comunista palidecen; el futuro está en poder de la Coca-Cola y la pornografía» (Sucesivos escolios, 1404).
La Modernidad ha abierto las puertas de par en par al ingreso triunfal en la historia a los tres enemigos más radicales del hombre: «el demonio, el Estado y la técnica» (Escolios Il, 514). El demonio porque es la perversión de la trascendencia. El Estado porque cuanto más crece más disminuye al individuo. Y la técnica por ser una permanente tentación de lo posible. Todo esto basado en una espantosa conjetura: «El Anticristo es, probablemente, el hombre» (Escolios I, 264).
Nicolás Gómez Dávila, que cuenta entre sus propios antepasados con Antonio Nariño, el traductor al español de los Derechos del hombre de Thomas Paine, se confiesa reaccionario con orgullo consciente. Pero la suya no es una reacción en el usual sentido político del término, demasiado débil y permisivo desde su intransigente punto de vista. Es cierto que entre los volúmenes de su biblioteca se encuentran, en primera fila, los escritos de Justus Möser, el padre del conservatismo rural, y la edición rusa de las obras completas de Konstantin Leont'ev, celebre fustigador del «europeo medio» como instrumento e ideal de la destrucción universal. Además de Joseph de Maistre, Donoso Cortés y otras fuentes del pensamiento reaccionario que lo han acompañado desde su juventud parisina, tales como Maurice Barres y Charles Maurras, de quienes se podría averiguar la influencia en su formación.
Los Escolios aparecen como una caleidoscópica variación sobre el tema de la reacción, que delincan y circunscriben hasta enfocarlo:
«La única pretensión que tengo es no haber escrito un libro lineal, sino un libro concéntrico» (Nuevos escolios II, 1255). Sin embargo, el término «reaccionario» asume aquí un significado de principio, absoluto: reaccionario es aquel que está en contra de todo porque no existe ya nada que merezca ser conservado. En este sentido el reaccionario -que no es un soñador de pasados abolidos, sino cazador de sombras sagradas sobre las colinas eternas»- se considera mucho más radical que el conservador:
«El reaccionario no se vuelve conservador sino en las épocas que guardan algo digno de ser conservado» (Escolios II, 496). Por lo tanto, se debe constatar: Hoy no hay por quien luchar. Solamente contra quien (Escolios Il, 642).
Ahora bien ¿cuáles son concretamente los adversarios de la reacción, aquellos de quien ella vive y se alimenta? Es claro, son: «el entusiasmo del progresista, los argumentos del demócrata, las demostraciones del materia lista» (Escolios II, 783). Son, en resumen, las ideas sobre las cuales la Modernidad ha construido aquella religión antropoteísta que se conoce bajo el nombre de «democracia».
También aquí hay que llamar la atención sobre la acepción del término: con el vocablo "democracia" designamos menos un hecho político que una perversión metafísica» (Escolios II, 804). Vale decir: la democracia moderna es para Nicolás Gómez Dávila la teología del hombre-dios, ya que ella asume al hombre como Dios y de este principio deriva sus normas, sus instituciones, sus realizaciones. Pero «si el hombre es el único fin del hombre, una reciprocidad inane nace de ese principio como el mutuo reflejarse de dos espejos vacíos" (Escolios I, 79).
Son igualmente inaceptables para Nicolás Gómez Dávila las recaídas de tales vacuidades sobre el plano político. Por ejemplo, el convencimiento de que la democracia sea el mejor sistema de gobierno. Al contrario, ésta parte de un punto de vista equivocado:
»El error del pensamiento democrático: atribuir a cada individuo la totalidad de los atributos propios al concepto del hombre» (Notas, 278). De aquí, no se pueden derivar sino consecuencias erradas:
«La democracia es el sistema para el cual lo justo y lo injusto, lo racional y lo absurdo, lo humano y lo bestial, se determinan no por la naturaleza de las cosas, sino por un proceso electoral»; (Notas, 300). Además, «los demócratas describen un pasado que nunca existió y predicen un futuro que nunca se realiza» (Escolios ll, 796), y esto hace que las «democracias empíricas viven alarmadas tratando de eludir las consecuencias de la democracia teórica» (Escolios ll, 796).
En resumen, su inconsistencia teórica produce una infinidad de debilidades empíricas: «Mientras más graves sean los problemas, mayor es el número de ineptos que la democracia llama a resolverlos» (Escolios I, 85).
La única conclusión coherente nos constriñe a la lacónica constatación: «Vox populi... vox, et praeterea nihil». O sea: «La voz del pueblo... es una voz, y nada más» (Notas, 132).
Otra diana predilecta de Nicolás Gómez Dávila es el ideal de la igualdad: «Los hombres son menos iguales de lo que dicen y más de lo que piensan» (Escolios I, 432). Y "Si nacieran iguales, inventarían la desigualdad para matar el tedio» (Escolios ll, 711). Hoy además, teniendo en cuenta los efectos de la sociedad metropolitana de masas, constatamos la amarga previsión de sus hipótesis:
«El cristal de la civilización es fusible a una determinada densidad demográfica» (Escolios !, 794). Por lo tanto: »Las jerarquías son celestes. En el infierno todos son iguales» (Escolios ll, 774). Por esta razón «sólo la muerte es demócrata» (Escolios!,438).
Nicolás Gómez Dávila lanza su crítica asimismo contra todas las ideas políticas de las cuales puedan derivarse ideales y, por tanto, ideologías: pues »todo individuo con "ideales" es un asesino potencial» (Escolios I, 321). Un anatema especial merece el marxismo, aunque »Marx corona el ateísmo vulgar de su época con un gesto de orgullo metafísico» (Notas,192). Y por consiguiente la ideología comunista: «El comunismo se ha vuelto iglesia, su doctrina dogma, sus congresos concilios, excomuniones sus expulsiones, heréticos sus disidentes y absolutismo papal su gobierno» (Notas, 193). Y al fin la socialista:
"El socialismo es la filosofía de la culpabilidad ajena" (Notas, 329). La ideología aristocrático-liberal es la única que aparentemente se salva de la condena general: «Ninguna especie política me seduce tanto como la de esos aristócratas liberales, cuyo agudo sentido de la libertad no proviene de turbios anhelos democráticos, sino de la conciencia inalterable de la dignidad individual y de la lúcida noción de los deberes de una clase dirigente. Tocqueville es su más noble representante» (Notas, 245).
Otro blanco de sus dardos es la confianza moderna en la perfectibilidad del hombre y en el mito del progreso. A la que él contrapone una desconsoladora pero ineludible constatación: después que «sustituyó el mito de una pretérita edad de oro con el de una futura edad de plástico» (Escolios ll, 525), la humanidad »va de la mediocridad al horror y del horror a la mediocridad»(Notas,79).
Menos evidente, pero no menos decidida, es su crítica a la ciencia y a la técnica. No tanto por lo que ellas son y representan en la visión moderna del mundo, sino por la ingenuidad que han favorecido: »El hombre está creando un mundo poroso a su acción. Ya parece que a la voluntad humana nada resiste, y como en las viejas profecías milenarias quizá veremos florecer los desiertos. Pero es aquí, cuando parece que se aproxima el cumplimiento de las más antiguas esperanzas, que surge desde el vago limbo, donde un Prometeo progresista la había remitido, la máscara lamentable de la tragedia humana.
La ciencia se ha revelado milagrosamente capaz de enseñarnos cómo se hacen las cosas, pero incapaz radicalmente de decirnos lo que debemos hacer» (Notas, 199). El resultado es evidente: la máquina moderna es siempre más compleja, y el hombre siempre más elemental.
Esta insostenible dualidad, la discrepancia entre el »saber hacer» y el «¿qué hacer?:., se vuelve en pretexto para una crítica llevada al plano universal, filosófico: »La ciencia es una ontología monista, irracional, contingente y sin sentido» (Notas, 47). En cuanto al realismo en el que ella está basada en gran parte, Nicolás Gómez Dávila lo liquida con un golpe bajo: «Haber estado enamorado basta para refutar todo realismo epistemológico» (Notas, 263).
En lo que se refiere a la técnica y sus sacerdotes, su sarcasmo no es menos tajante: »Los técnicos son como los gusanos que, sin saber cómo, producen seda» (Notas, 230). Al hacer un balance tan hostil y cáustico de la Modernidad, no sorprende que el reaccionario auténtico llegue a una conclusión intransigente: »Todo hombre auténticamente moderno que no se suicida a los cuarenta años es un imbécil» (Notas, 272).
Aún más, en un escandaloso crescendo declara: «Razón, Progreso, Justicia, son las tres virtudes teologales del tonto» (Escolios ll, 620). No hay que sorprenderse si, siguiendo este camino radical, se llega, fatalmente, a una forma de vida y de pensamiento insular. Solamente si se mantiene una posición solitaria es posible evitar el compromiso y la contaminación: «La lucha contra el mundo moderno tiene que ser solitaria. Donde haya dos hay traición (Escolios ll, 666).
Nicolás Gómez Dávila fue uno de los pensadores colombianos más originales y provocadores del siglo XX. Sus reflexiones resultan más actuales que nunca en una época marcada por internet, las redes sociales y el acceso inmediato a una cantidad casi infinita de información, gran parte de ella superficial, falsa o de escaso valor.
¿Todo avance representa una verdadera evolución? Reflexionamos sobre una sociedad capaz de construir máquinas cada vez más rápidas, mientras confunde información con conocimiento, opinión con pensamiento y novedad con verdad.
Una crítica al progreso convertido en dogma y a la creencia de que todo lo nuevo nos hace necesariamente más sabios.
📜 Contexto histórico: Nicolás Gómez Dávila nació en Bogotá en 1913, en el seno de una familia aristocrática. Autodidacta incansable, dominó varias lenguas y leyó a los grandes pensadores en sus textos originales.
Reunió una extraordinaria biblioteca de más de treinta mil volúmenes, entre ellos ediciones raras e incunables. Aquella biblioteca fue su refugio personal y también un punto de encuentro para figuras como Mutis, Lleras, Téllez, Laserna y Volkening, que acudían para conversar y escuchar el juicio de un hombre al que muchos ya trataban como a un sabio.
Tras su muerte en 1994, gran parte de aquella colección fue adquirida por la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá, donde hoy se conserva como el Fondo Nicolás Gómez Dávila.
Johann Sebastian Bach ocupó un lugar privilegiado en su sensibilidad musical. En su obra aforística Notas, Gómez Dávila describió su música como un universo completo, perfecto y autónomo: un verdadero objeto estético puro.
🎙️ Nota de Transparencia: Imagen y voz generadas con inteligencia artificial con fines culturales y divulgativos.
Nicolas Gomez Davila Escolios a Un Texto Implicito by juandelaerre





