EL Rincón de Yanka: LIBRO "YO NO": EL RECHAZO DEL NAZISMO COMO ACTITUD MORAL por JOACHIM FEST 🙋

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jueves, 13 de febrero de 2025

LIBRO "YO NO": EL RECHAZO DEL NAZISMO COMO ACTITUD MORAL por JOACHIM FEST 🙋

YO NO
El rechazo del nazismo 
como actitud moral


Una de las autobiografías morales más importantes de la historia alemana del siglo XX, y entre los mejores libros que se han escrito sobre el nazismo.

Nadie se ha esforzado tanto como Joachim Fest por comprender los rasgos y mecanismos del nazismo. Su ponderado análisis del Tercer Reich, sus biografías de Adolf Hitler y de Albert Speer, así como la magistral descripción de los últimos días vividos en el búnker de Hitler que hace en El hundimiento, cuentan con millones de lectores en todo el mundo. Pero ¿cómo vivió él mismo, nacido en 1926, el nazismo, la guerra y la derrota de Alemania?

Para Joachim Fest -que falleció poco después de terminar este libro-, la profunda tragedia alemana fue la incapacidad de las élites culturales de hacer frente al nazismo. Atípico y conmovedor, este libro recoge la resistencia al régimen nazi de una familia católica alemana desde la profunda convicción moral de su padre, que asumió la pérdida de privilegios y la precariedad por resistirse a las presiones de unirse al partido nazi y a las estructuras del régimen.

En estas memorias de sus años de infancia y juventud, Joachim Fest nos ofrece por primera vez una visión íntima de sus vivencias más directas durante esos años oscuros. La temprana prohibición de ejercer la enseñanza que sufrió su padre, su propia expulsión del colegio, su iniciación en el mundo de la ópera berlinesa, sus lecturas durante el servicio militar, o su intento de fuga de un campo de prisioneros americano, son algunos de los episodios protagonizados y narrados en primera persona por un observador nato. Pero sobre todo Fest revela cómo, a pesar de las dificultades, era posible enfrentarse al agobiante acoso ideológico del régimen desde la humildad, la firmeza de principios, la cohesión familiar y la dignidad.
Para Joachim Fest –que falleció poco después de terminar este libro–, la profunda tragedia alemana fue la incapacidad de las élites culturales de hacer frente al nazismo. Atípico y conmovedor, este libro recoge la resistencia al Tercer Reich de una familia católica alemana desde la profunda convicción moral de su padre.

Una de las anécdotas que cuenta y que da título al libro, es como, después de ser represaliado por el Poder con la pérdida de su puesto de trabajo, reunió a sus dos hijos y les pidió que se grabaran a fuego en su memoria una sola frase. Se trataba de un lema, recuerda Fest, que les dijo que «le había servido de ayuda en varias ocasiones y le había evitado tomar alguna que otra decisión errónea. Y casi nunca se había equivocado cuando había seguido exclusivamente su juicio».

Nunca sobrará el enaltecimiento de virtudes como el coraje civil, la voluntad de resistencia y la defensa de la autonomía individual, tanto más ejemplares cuanto más crítica la época en que se los ejerce. Digna de elogio puede ser también la práctica de una resistencia pasiva de discreta resonancia pública, incluso unas modestas o impremeditadas manifestaciones de decencia, cuando lo que prevalece es una atmósfera de complicidad, de claudicación generalizada o de aquiescencia renuente; o cuando prevalece el miedo, sencillamente, en medio de un contexto anómalo. 


El historiador y sociólogo polaco Jan Gross, por ejemplo, refiere en su obra Vecinos el caso de una familia polaca –los Wyrzykowski- que ocultó a siete judíos el día en que los habitantes católicos de la aldea de Jedwabne atormentaron y asesinaron a sus vecinos de confesión hebrea, en julio de 1941. (La comunidad judía de Jedwabne constituía la mitad de la población aldeana, y su cohabitación plurisecular con la mitad católica había sido por lo general armoniosa.) 


Los Wyrzykowski eran campesinos sin mayor ilustración ni conciencia política que los implicados en la matanza, sin embargo rehusaron sumarse a los criminales. El suyo fue un gesto tan espontáneo como excepcional de decencia que salvó la vida de siete judíos, y por el que los victimarios de aquel día nefasto –sus amigos y conocidos de toda la vida- en lo sucesivo les hicieron la vida imposible. Nunca se hará suficiente justicia al valor de la familia Wyrzykowski. Ahora bien, también merecen ser recordados aquellos que de una u otra manera, en el transcurso de un siglo como el anterior, se negaron a dejarse llevar por la marea ascendente de las opiniones; casos cuyo valor y dramatismo se percibe mejor considerados con perspectiva histórica y que resaltan como modelos de integridad en tiempos de desquicio colectivo. Uno de éstos es el de Johannes Fest, padre del famoso periodista e historiador alemán Joachim Fest. 


Es el propio Joachim Fest quien se encarga de exaltar el recuerdo de su padre, y lo hace en sus memorias, publicadas bajo el título de Yo no. Fest hijo (1926-2006) es célebre sobre todo por su magnífica biografía de Hitler (1973) y por El hundimiento (2002), libro sobre los últimas días del dictador nazi (con una notable adaptación cinematográfica). Poco antes de fallecer publicó Yo no (2005), libro que por su índole memorialística lo tiene a él como protagonista pero en que la figura del padre destaca por sobre todas las cosas. 


El grueso de su extensión comprende los años mozos del autor, y por su enfoque y contenido remite claramente a la tradición alemana de la “novela de formación” (Bildungsroman). Son, en esencia, los años de aprendizaje y formación de Joachim Fest lo que exponen las páginas del libro, y su interés radica preferentemente en el contexto en que se concretó ese aprendizaje: 

nacido en 1926, la infancia y adolescencia del autor tuvo como telón de fondo el Tercer Reich y la Segunda Guerra Mundial. Pero decir telón de fondo no es más que hacer uso de una socorrida metáfora, y no del todo precisa. Porque un contexto como el aludido es de los más extremos que quepa recordar, un contexto sobremanera violento y desgarrador. 


Años de dictadura, de guerra y de genocidios: apenas pueden imaginarse unas circunstancias más desafiantes de la indiferencia social, más invasivas de la privacidad, más determinantes de los destinos individuales, que las del régimen hitleriano. En lo que concierne a los supervivientes, salir bien parado –con la dignidad en alto- de una prueba como la que supuso la marea totalitaria era una tarea en verdad ímproba. El ejercicio de la resistencia pasiva, la opción de Johannes Fest, es a todas luces insuficiente ante una amenaza como la que representa dicha marea, mas no por ello resulta censurable en sí.


La frase del epígrafe es una fiel síntesis de la actitud moral representada por el padre del historiador. Alude al valor de ir a razonadamente a contracorriente de la opinión de la calle a pesar del muro de silencio y desaprobación que el entorno pudiera levantar. Es una lección que Johannes Fest impartió a sus hijos a partir de una cita bíblica –en latín: Etiam si omnes, ergo non”. “Aunque todos participen, o lo consientan, yo no”. En un régimen de Estado policial y control ideológico como el nazi, semejante lección suponía una exigencia de virtud cívica muy poco común y que apenas podía manifestarse en público, a riesgo de la propia vida. La contracara de una divisa tan admirable era, por supuesto, la prudencia, otra forma de decir desconfianza. Uno de los efectos perversos de los regímenes despóticos es justamente el que la desconfianza se vuelva una virtud. Apunta Fest: 

«Sólo con los años fui consciente del horror de aquella situación, en la que estar en alerta permanente era una especie de ley tanto para los padres como para los hijos, la desconfianza una norma de supervivencia, y el aislamiento una necesidad, donde una simple torpeza infantil podía conducir a la muerte o a la ruina».

Johannes Fest era hombre de sólidas convicciones republicanas y un católico observante. Militó en el Zentrum, el Partido Católico del Centro, y propugnaba el activismo político responsable. Docente de profesión, en la época de la toma del poder por los nazis ejercía como director de un colegio. En el Ministerio de Educación eran conocidas sus opiniones democráticas y contrarias al nazismo, de las que nunca abjuró. Las consecuencias no tardaron en llegar: de resultas de la promulgación del Decreto para la Restauración del Funcionariado de Carrera (abril de 1933), Fest padre fue no solo despedido del Ministerio sino que, además, se le prohibió impartir clases particulares. 


La pobreza fue en adelante el sino de la familia, pero también la segregación. En torno suyo se levantó el temido muro de silencio. Cuando cundieron rumores e indicios sobre las atrocidades perpetradas por los alemanes en el este, durante la guerra, Johannes Fest hizo averiguaciones que lo convencieron de la veracidad de los mismos. La impotencia subsecuente acabó por sumirlo en el desespero de sus compatriotas.


La obra testimonial de Joachim Fest lo es también en el plano social. La historia de la degradación social de su familia es a la vez la historia del desmoronamiento espiritual de una nación, en cuyo seno medraron la delación y el matonaje, la obsecuencia y la complicidad. Los valores se invirtieron al punto que la envidia y la vileza pudieron campar por sus fueros. La ruindad y la estupidez, alineadas con los imperativos ideológicos de la hora, no tuvieron reparo alguno en exhibirse con total desparpajo. Hay en Yo no una escena tan reveladora como repugnante. Narra Fest el caso de una mujer parlotera con la que comparte viaje en un tren: 


«Después de tomar aire durante unos segundos dijo que hacía poco que, en la Pariser Strasse de Berlín, le había llamado la atención un transeúnte que llevaba los tacones torcidos. Se había acordado entonces de la observación que le había hecho su padre de que una de las características de los judíos es que llevan los tacones torcidos. 

Al llegar a la calle Güntzel se había acercado al hombre para comprobar que no llevaba la estrella de judío. «Pero lo era», prosiguió. Le había seguido otras dos calles hasta la casa en la que él se metió y había comunicado la dirección en el puesto de policía más cercano, por desgracia sin el nombre, pero ella tenía un «buen olfato» para todo lo judío. Tras echar una mirada escrutadora al departamento, añadió en un tono algo más bajo: “Se dice que los judíos ocultan dinero y joyas en los tacones; el que esté atento puede hacerse muy rico”».


Joachim Fest era en aquel entonces demasiado joven como para hacer otra cosa que admirar el ejemplo de su padre. Como tal joven, secundar ese ejemplo –en toda su magnitud- estaba fuera de su alcance. En 1944 fue llamado a filas, y se le destinó al frente occidental. Su experiencia de combate fue escasa y llegó a su fin en las proximidades de Remagen, cuando la famosa captura del puente sobre el Rin por los estadounidenses. Fue internado en un campo francés de prisioneros de guerra, del que solo fue liberado en 1946. 


Por su parte, su padre fue a parar como inverosímil soldado en Königsberg, cuya capitulación le reportó varios meses de severo cautiverio en manos de los soviéticos. Tras su regreso a Alemania en 1946, demacrado y convertido en un hombre sombrío –muy distinto del que había sido-, se reintegró a la educación y tomó parte en la reconstitución política de su ciudad, Berlín. Ahora que, curiosamente, el país se llenaba de gente “que siempre había estado en contra”, a Johannes Fest le repugnaba la idea de alardear de su condición de antiguo y tenaz opositor. Sabía muy bien que su coraje «no había dado para mucho», menos cuando debía velar por el bienestar de su mujer y sus cinco hijos. 


«A excepción de alguna ayuda mínima –afirmaba el padre-, él no había podido emprender trabajo alguno, lo más importante para él había sido mantener apartados de la infección totalitaria a su familia y a algún que otro amigo. Ocurre como con determinadas enfermedades, continuó, que primero tienes que infectarte para terminar muriendo. Con los nazis había bastado la idea de entreguismo, y ya estaba uno perdido.»

– Joachim Fest, Yo no. El rechazo del nazismo como actitud moral. Taurus, Madrid, 2007. 320 pp.




Solo unos pocos padres se atrevieron a cuestionar la educación que recibían sus hijos. Entre ellos estaba Johannes Fest. A finales de 1936, llamó a sus hijos Joachim y Wolfgang a su estudio. Joachim, que entonces tenía diez años, lo recordó más tarde: 


Quería hablarnos de un tema, empezó diciendo, que le traía de cabeza desde hacía algunos meses. Había sido provocado por una o dos diferencias de opinión con nuestra madre, que estaba terriblemente preocupada y ya casi no podía dormir... Sabía cuáles eran sus responsabilidades. Pero también tenía principios, que no iba a permitir que nadie pusiera en tela de juicio. Y mucho menos la “banda de criminales” en el poder. Repitió las palabras “banda de criminales”, y si hubiéramos sido un poco mayores sin duda nos habríamos dado cuenta de lo desgarrado que estaba. 


Había discutido lo que iba a decir con mi madre y con cierto esfuerzo habían llegado a un acuerdo. A partir de ahora habría una doble cena: una temprana para los tres niños más pequeños y otra en cuanto los pequeños estuvieran en la cama. Nosotros pertenecíamos a la sesión más tardía. La razón de esta división era muy simple: tenía que tener un lugar en el mundo donde poder hablar abiertamente y desahogarse. De lo contrario, la vida no valdría nada. Al menos no para él. Con los pequeños tendría que mantenerse a raya, como hacía desde hacía dos años cada vez que entraba en una tienda, delante del empleado de mostrador más humilde, y —por fuerza de ley— cada vez que recogía a sus hijos de la escuela. 

Era incapaz de hacerlo, dijo, y concluyó con las palabras, más o menos: 

“Un Estado que convierte todo en mentira no cruzará también nuestro umbral. No me someteré a la mendacidad [mentiras] reinante, al menos dentro del círculo familiar”. 


Eso, por supuesto, sonó un poco grandilocuente, dijo. Así las cosas, solo quería mantener a raya la hipocresía impuesta Respiró hondo, como si se hubiera quitado un peso de encima, y caminó de un lado a otro entre la ventana y la mesa de fumar unas cuantas veces. Al hacer esto, comenzó de nuevo, nos estaba convirtiendo en adultos, por así decirlo. Con ello venía el deber de ser extremadamente precavidos. Los labios apretados eran el símbolo de este estado: 


“¡Recuérdenlo siempre!” Nada de lo político que discutíamos era para que lo oyeran los demás. Cualquiera con quien intercambiáramos unas palabras podía ser un nazi, un traidor o simplemente un desconsiderado. En una dictadura, la descofianza no solo era un mandamiento, sino una virtud. Y era igual de importante, continuó, no sufrir nunca el aislamiento que inevitablemente acompañaba a la oposición a la opinión de la calle. Para ello nos daba una máxima en latín que nunca debíamos olvidar; lo mejor era escribirla, marcarla luego en la memoria y tirar la nota... Puso un trozo de papel delante de cada uno de nosotros y nos lo dictó: 


Etiam si omnes—ego non! [Aunque todos los demás lo hagan, ¡yo no!] “Es del Evangelio según San Mateo”, nos explicó, “la escena del Monte de los Olivos”. Se rio cuando vio lo que había en mi trozo de papel. Si no recuerdo mal, había escrito algo así como Essi omniss, ergo no. Mi padre me acarició la cabeza y me dijo, consolador: “¡No te preocupes! Hay tiempo suficiente para que lo aprendas”. 


Mi hermano, que ya estaba en el Gymnasium [escuela secundaria], había escrito la frase correctamente. Así, más o menos, fue como transcurrió la hora en el estudio. . . . Cuando volvimos a nuestra habitación, Wolfgang repitió, con toda la superioridad de un hermano mayor, que ya éramos adultos. Esperaba que yo supiera lo que eso significaba. Asentí solemnemente, aunque no tenía ni idea. Luego añadió que todos juntos formábamos ahora un grupo de conspiradores. Empujó con orgullo contra mi pecho: 


“¡Nosotros contra el mundo!” Asentí una vez más sin tener la menor idea de lo que significaba estar contra el mundo. Simplemente me sentía favorecido de algún modo indefinible por mi padre, con quien en el pasado reciente me había enzarzado cada vez más en discusiones a causa de alguna que otra desfachatez. La forma en que a veces me reconocía a partir de entonces con una inclinación de cabeza pasajera, también la interpreté como aprobación. 


Aquella noche, tras el paternal “Buenas noches”, mi madre entró de nuevo en nuestra habitación, se sentó unos minutos en la cama de Wolfgang y, más tarde, en la mía. “Solo digo cosas alegres... o prefiero no decir nada”, había declarado una vez. . . . Ahora se atenía a eso. Pero parecía deprimida. Fue una aventura, como a menudo, en las semanas que siguieron, me persuadí felizmente antes de dormirme. ¿Quién había tenido la oportunidad de emprender semejante empresa con su padre? Estaba decidido a no decepcionarlo...


Solo cuando fui mayor comprendí el horror de la situación, en la que la vigilancia constante se exigía como una especie de ley tanto para los padres como para los hijos, la desconfianza era una norma de supervivencia y el aislamiento una necesidad, donde la mera torpeza de un niño podía conducirle literalmente a la muerte y a la ruina. 


Quince años más tarde, cuando le pregunté a mi padre por el lado oscuro de su charla vespertina, su expresión volvió a revelar de inmediato lo preocupado que había estado entonces. Se recompuso y respondió que en aquel momento había sido muy consciente del riesgo al que se exponía a sí mismo y a su familia. Quizás había ido demasiado lejos. Pero había esperado en Dios que todo saliera bien. Y, efectivamente, la apuesta le había salido bien. 


En cualquier caso, ni nosotros ni Winfried [un hermano menor], a quien se le había permitido unirse más tarde a la segunda sesión de la cena, le habíamos causado ninguna vergüenza. 


Winfried decía que su padre les había «inculcado en nuestros años jóvenes una especie de orgullo por la discrepancia, algo que ninguno de estos “don nadies engrandecidos” vislumbraba, y que tampoco ninguno de ellos había llegado a conocer. Cada vez que alguien me preguntaba por los principios que me guiaban, yo decía que tenía que referirme a mi criterio escéptico y a mi aversión contra el espíritu de la época y sus simpatizantes. Nunca me había parecido cuestionable el “Ego non!” de aquel día inolvidable en que mi padre instituyó los dos turnos para cenar».
Así que, dice Fest, es cierto que «me educaron según los principios de un orden caduco. Ese orden me ha legado sus reglas y sus tradiciones y hasta su canon de poesía. Y todo eso me ha hecho apartarme un poco de mi tiempo, pero, a la vez, este orden me ha proporcionado una parcela de tierra firme que, en los años siguientes, me aportó cierta fuerza moral».

Y, tal como él había deseado, ninguno de nosotros había olvidado nunca la máxima que, recordaba, nos había legado. En efecto, la bella máxima latina “Aunque todos los demás lo hagan, ¡yo no!” pertenecía a toda vida verdaderamente libre.  

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1 Joachim Fest, Not I: Memoirs of a German Childhood, traducido al inglés por Martin Chalmers (Nueva York: Other Press, 2012), 71–75. Reimpreso con autorización de Other Press, LLC., y Atlantic Books, Reino Unido.



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