EL Rincón de Yanka

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martes, 6 de julio de 2021

LIBRO "EL CRITERIO": EL INDIFERENTE O IDEOLOGIZADO ES UN PÉSIMO PENSADOR por JAIME BALMES ❓❔❓




No trato aquí de la Historia bajo el aspecto crítico, sino únicamente bajo el filosófico. Lo relativo a la simple investigación de los hechos está explicado en el Capítulo XI.

¿Cuál es el método más a propósito para comprender el espíritu de una época, formarse ideas claras y exactas sobre su carácter, penetrar las causas de los acontecimientos y señalar a cada cual sus propios resultados? Esto equivale a preguntar cuál es el método conveniente para adquirir la verdadera filosofía de la Historia.

¿Será con la elección de los buenos autores? ¿Pero cuáles son los buenos? ¿Quién nos asegura que no los ha guiado la pasión? ¿Quién sale fiador de su imparcialidad? ¿Cuántos son los que han escrito la Historia del modo que se necesita para enseñarnos la filosofía que le corresponde? Batallas, negociaciones, intrigas palaciegas, vidas y muertes de príncipes, cambios de dinastías, de formas políticas, a esto se reducen la mayor parte de las historias; nada que nos pinte al individuo con sus ideas, sus afectos, sus necesidades, sus gustos, sus caprichos, sus costumbres; nada que nos haga asistir a la vida íntima de las familias y de los pueblos; nada que en el estudio de la Historia nos haga comprender la marcha de la Humanidad. Siempre en la política, es decir, en la superficie; siempre en lo abultado y ruidoso, nunca en las entrañas de la sociedad, en la naturaleza de las cosas, en aquellos sucesos que, por recónditos y de poca apariencia, no dejan de ser de la mayor importancia.
En la actualidad se conoce ya este vacío y se trabaja por llenarle. No se escribe la Historia sin que se procure filosofar sobre ella. Esto, que en sí es bueno, tiene otro inconveniente, cual es que en lugar de la verdadera filosofía de la Historia se nos propina con frecuencia la filosofía del historiador. Más vale no filosofar que filosofar mal; si queriendo profundizar la Historia la trastorno, preferible sería que me atuviese al sistema de nombres y fechas.

Preciso es leer las historias, y, a falta de otras, debe uno atenerse a las que existen; sin embargo, yo me inclino a que este estudio no basta para aprender la filosofía de la Historia. Hay otro más a propósito y que, hecho con discernimiento, es de un efecto seguro: el estudio inmediato de los monumentos de la época. Digo inmediato, esto es, que conviene no atenerse a lo que nos dice de ellos el historiador, sino verlos con los propios ojos.
Pero este trabajo, se me dirá, es muy pesado, para muchoo imposible, difícil para todos. No niego la fuerza de esta observación, pero sostengo que en muchos casos el método que propongo ahorra tiempo y fatigas. La vista de un edificio, la lectura de un documento, un hecho, una palabra, al parecer insignificante y en que no ha reparado el historiador, nos dicen mucho más y más claro, y más verdadero y más exacto, que todas sus narraciones.
Un historiador se propone retratarme la sencillez de las costumbres patriarcales: recoge abundantes noticias sobre los tiempos más remotos y agota el caudal de su erudición, filosofía y elocuencia para hacerme comprender lo que eran aquellos tiempos y aquellos hombres y ofrecerme lo que se llama una descripción completa. A pesar de cuanto me dice, yo encuentro otro medio más sencillo, cual es el asistir a las escenas donde se me presenta en movimiento y vida lo que trato de conocer. Abro los escritores de aquellas épocas, que no son ni en tanto número ni tan voluminosos, y allí encuentro retratos fieles que enseñan y deleitan. La Biblia y Homero nada me dejan que desear.

La inteligencia humana tiene su historia, como la tienen los sucesos exteriores; historia tanto más preciosa cuanto nos retrata lo más íntimo del hombre y lo que ejerce sobre él poderosa influencia. Hállanse a cada paso descripciones de escuelas y del carácter y tendencia del pensamiento en esta o aquella época; es decir, que son muchos los historiadores del entendimiento; pero si se desea saber algo más que cuatro generalidades, siempre inexactas y a menudo totalmente falsas, es preciso aplicar la regla establecida: leer los autores de la época que se desea conocer. Y no se crea que es absolutamente necesario revolverlos todos, y que así este método se haga impracticable para el mayor número de los lectores, una sola página de un escritor nos pinta más al vivo su espíritu y su época que cuanto podrían decirnos los más minuciosos historiadores.


Si el lector se contenta con lo que le dicen los otros, y no trata de examinarlo por sí mismo, logrará tal vez un conocimiento histórico, pero no intuitivo; sabrá lo que son los hombres y las cosas, pero no lo verá; dará razón de la cosa, pero no será capaz de pintarla. Una comparación aclarará mi pensamiento. Supongamos que se me habla de un sujeto importante que no puedo tratar ni ver, y, curioso yo de saber algo de su figura y modales, pregunto a los que le conocen personalmente. Me dirán, por ejemplo, que es de estatura más que mediana, de espaciosa y despejada frente, cabello negro y caído con cierto desorden, ojos grandes, mirada viva y penetrante, color pálido, facciones animadas y expresivas; que en sus labios asoma con frecuencia la sonrisa de la amabilidad, y que de vez en cuando anuncia algo de maligno; que su palabra es mesurada y grave, pero que con el calor de la conversación se hace rápida, incisiva y hasta fogosa, y así me irán ofreciendo un conjunto físico y moral para darme la idea más aproximada posible; si supongo que estas y otras noticias son exactas, que se me ha descrito con toda fidelidad el original, tengo una idea de lo que es la persona que llamaba mi curiosidad, y podré dar cuenta de ella a quien, como yo, estuviese deseoso de conocerla. Pero ¿es esto bastante para formar un concepto cabal de la misma, para que se me presente a la imaginación tal como es en sí? Ciertamente que no. ¿Queréis una prueba? Suponed que el que ha oído la relación es un retratista de mucho mérito: ¿será capaz de retratar a la persona descrita? Que lo intente, y, concluida la obra, preséntese de improviso el original; es bien seguro que no se le conocerá por la copia.

Todos habremos experimentado por nosotros mismos esta verdad: cien y cien veces habremos oído explicar la fisonomía de una persona; a nuestro modo, nos hemos formado en la imaginación una figura en la cual hemos procurado reunir las cualidades oídas; pues bien: cuando se presenta la persona encontramos tanta diferencia que nos es preciso retocar mucho el trabajo, si no destruirle totalmente. Y es que hay cosas de que es imposible formarse idea clara y exacta sin tenerlas delante, y las hay en gran número y sumamente delicadas, imperceptibles por separado y cuyo conjunto forma lo que llamamos la fisonomía. ¿Cómo explicaréis la diferencia de dos personas muy semejantes? No de otra manera que viéndolas; se parecen en todo, no sabríais decir en qué discrepan; pero hay alguna cosa que no las deja confundir: a la primera ojeada lo percibís, sin atinar lo que es.

He aquí todo mi pensamiento. En las obras críticas se nos ofrecen extensas y tal vez exactas descripciones del estado del entendimiento en tal o cuál época, y, a pesar de todo, no la conocemos aún; si se nos presentasen trozos de escritores de tiempos diferentes no acertaríamos a clasificarlos cual conviene, y nos fatigaríamos en recordar las cualidades de unos y de otros, pero esto no nos evitaría el caer en equivocaciones groseras, en disparatados anacronismos. Con mucho menos trabajo saliéramos airosos del empeño si hubiésemos leído los autores de que se trata, quizá no disertaríamos con tanto aparato de erudición y crítica, pero juzgaríamos con harto más acierto. «El giro del pensamiento -diríamos-, el estilo el lenguaje revelan un escritor de tal época; este trozo es apócrifo; aquí se descubre la mano de tal otro tiempo», y así andaríamos clasificando sin temor de equivocarnos, por más que no pudiésemos hacernos comprender bien de aquellos que, como nosotros, no conociesen de vista a aquellos personajes. Si entonces se nos dijera: «¿Y tal cualidad?, ¿cómo es que no se encuentra aquí?, ¿por qué otra se halla en mayor grado?, ¿por qué...?» «Imposible será -replicaríamos quizá nosotros- satisfacer todos los escrúpulos de usted; lo que puedo asegurar es que los personajes que figuran aquí los tengo bien conocidos y que no puedo equivocarme sobre los rasgos de su fisonomía, porque los he visto muchas veces(20).»


Impropio fuera de este lugar un tratado de religión, pero no lo serán algunas reflexiones para dirigir el pensamiento en esta importantísima materia. De ella resultará que los indiferentes o incrédulos son pésimos pensadores.

La vida es breve, la muerte cierta; de aquí a pocos años el hombre que disfruta de la salud más robusta y lozana habrá descendido al sepulcro y sabrá por experiencia lo que hay de verdad en lo que dice la religión sobre los destinos de la otra vida. Si no creo, mi incredulidad, mis dudas, mis invectivas, mis sátiras, mi indiferencia, mi orgullo insensato no destruyen la realidad de los hechos; si existe otro mundo donde se reservan premios al bueno y castigos al malo, no dejará ciertamente de existir porque a mí me plazca el negarlo, y, además, esta caprichosa negativa no mejorará el destino que, según las leyes eternas, me haya de caber. Cuando suene la última hora será preciso morir y encontrarme con la nada o con la eternidad. Este negocio es exclusivamente mío, tan mío como si yo existiera solo en el mundo; nadie morirá por mí, nadie se pondrá en mi lugar en la otra vida privándome del bien o librándome del mal. Estas consideraciones me muestran con toda evidencia la alta importancia de la religión, la necesidad que tengo de saber lo qué hay de verdad en ella, y que si digo: «Sea lo que fuere de la religión, ni quiero pensar en ella», hablo como el más insensato de los hombres.
Un viajero encuentra en su camino un río caudaloso; le es preciso atravesarle, ignora si hay algún peligro en este o aquel vado, y está oyendo que muchos que se hallan como él a la orilla ponderan la profundidad del agua en determinados lugares y la imposibilidad de salvarse el temerario que a tantearlos se atreviese. El insensato dice: «¿Qué me importan a mí esas cuestiones?» y se arroja al río sin mirar por dónde. He aquí el indiferente en materias de religión.

La humanidad entera se ha ocupado y se está ocupando de la religión; los legisladores la han mirado como el objeto de la más alta importancia; los sabios la han tomado por materia de sus más profundas meditaciones; los monumentos, los códigos, los escritos de las épocas que nos han precedido nos muestran de bulto este hecho que la experiencia cuida de confirmar; se ha discurrido y disputado inmensamente sobre la religión; las bibliotecas están atestadas de obras relativas a ella, y hasta en nuestros días la Prensa va dando otras a luz en número muy crecido; cuando, pues, viene el indiferente y dice: «Todo esto no merece la pena de ser examinado; yo juzgo sin oír: estos sabios son todos unos mentecatos; éstos legisladores, unos necios; la humanidad entera es una miserable ilusa; todos pierden lastimosamente el tiempo en cuestiones que nada importan», ¿no es digno de que esa humanidad, y esos sabios, y esos legisladores se levanten contra él, arrojen sobre su frente el borrón que él les ha echado y le digan a su vez: «¿Quién eres tú, que así nos insultas, que así desprecias los sentimientos más íntimos del corazón y todas las tradiciones de la humanidad; que así declaras frívolos lo que en toda la redondez de la tierra se reputa grave e importante? ¿Quién eres tú? ¿Has descubierto, por ventura, el secreto de no morir? Miserable montón de polvo, ¿olvidas que bien pronto te dispersará el viento? Débil criatura, ¿cuentas acaso con medios para cambiar tu destino en esa región que desconoces? La dicha o la desdicha, ¿son para ti indiferentes? Si existe ese juez, de quien no quieres ocuparte, ¿esperas que se dará por satisfecho si al llamarte a juicio le respondes: «¿Y a mi qué me importaban vuestros mandatos ni vuestra misma existencia?» Antes de desatar tu lengua con tan insensatos discursos date una mirada a ti mismo, piensa, en esa débil organización que el más leve accidente, es capaz de trastornar, y que brevísimo tiempo ha de bastar a consumir, y entonces siéntate sobre una tumba, recógete y medita.»

Curado el buen pensador de achaque del indiferentismo, convencido profundamente de que la religión es el asunto de más elevada importancia, debiera pasar más adelante y discurrir de esta manera: «¿Es probable que todas las religiones no sean más que un cúmulo de errores y que la doctrina que las rechaza a todas sea verdadera?»
Lo primero que las religiones establecen o suponen es la existencia de Dios. ¿Existe Dios? ¿Existe algún Hacedor del Universo? Levanta los ojos al firmamento, tiéndelos por la faz de la tierra, mira lo que tú mismo eres, y viendo por todas partes grandor y orden di, si te atreves: «El acaso es quien ha hecho el mundo; el acaso me ha hecho a mí; el edificio es admirable, pero no hay arquitecto; el mecanismo es asombroso, pero no hay artífice; el orden existe sin ordenador, sin sabiduría para concebir el plan, sin poder para ejecutarle.» Este raciocinio, que tratándose de los más insignificantes artefactos sería despreciable y hasta contrario al sentido común, ¿se podrá aplicar al universo? Lo que es insensato con respecto a lo pequeño, ¿será cuerdo con relación a lo grande?

Son muchas y muy varias las religiones que dominan en los diferentes puntos de la tierra; ¿sería posible que todas fuesen verdaderas? El sí y el no, con respecto a una misma cosa, no puede ser verdadero a un mismo tiempo. Los judíos dicen que el Mesías no ha venido; los cristianos, que sí; los musulmanes respetan a Mahoma como insigne profeta; los cristianos le miran como solemne impostor; los católicos sostienen que la Iglesia es infalible en puntos de dogma y de moral; los protestantes lo niegan; la verdad no puede estar por ambas partes, unos u otros se engañan. Luego es un absurdo el decir que todas las religiones son verdaderas.
Además, toda religión se dice bajada del cielo; la que lo sea será la verdadera, las restantes no serán otra cosa que ilusión o impostura.

¿Es posible que todas las religiones sean igualmente agradables a Dios y que se dé igualmente por satisfecho con todo linaje de cultos? No. A la verdad infinita no puede serle acepto el error, a la bondad infinita no puede serle grato el mal; luego, al afirmar que todas las religiones son igualmente buenas, que con todos los cultos el hombre llena bien sus deberes para con Dios, es blasfemar de la verdad y bondad del Criador.

¿No sería lícito pensar que no hay ninguna religión verdadera, que todas son inventadas por el hombre? No. ¿Quién fue el inventor? El origen de las religiones se pierde en la noche de los tiempos: allí donde hay hombres, allí hay sacerdote, altar y culto. ¿Quién será ese inventor, cuyo nombre se habría olvidado, y cuya invención se habría difundido por toda la tierra, comunicándose a todas las generaciones? Si la invención tuvo lugar entre pueblos cultos, ¿cómo se logró que la adoptasen los bárbaros y hasta los salvajes? Si nació entre bárbaros, ¿cómo no la rechazaron las naciones cultas? Diréis que fue una necesidad social y que su origen está en la misma cuna de la sociedad. Pero entonces se puede preguntar: ¿Quién conoció esta necesidad, quién discurrió los medios de satisfacerla, quién excogitó un sistema tan a propósito para enfrenar y regir a los hombres? Y una vez hecho el descubrimiento, ¿quién tuvo en su mano todos los entendimientos y todos los corazones para comunicarles esas ideas y sentimientos que han hecho de la religión una verdadera necesidad y, por decirlo así, una segunda naturaleza?
Vemos a cada paso que los descubrimientos más útiles, más provechosos, más necesarios permanecen limitados a esta o aquella nación, sin extenderse a las otras durante mucho tiempo y no propagándose sino con suma lentitud a las más inmediatas o relacionadas; ¿cómo es que no haya sucedido lo mismo en lo tocante a la religión? ¿Cómo es que en la invención maravillosa hayan tenido conocimiento todos los pueblos de la tierra, sea cual fuere su país, lengua, costumbres, barbarie o civilización, grosería o cultura?
Aquí no hay medio: o la religión procede de una revelación primitiva o de una inspiración de la naturaleza; en uno y otro caso, hallamos su origen divino; si hay revelación, Dios ha hablado al hombre; si no la hay, Dios ha escrito la religión en el fondo de nuestra alma. Es indudable que la religión no puede ser invención humana, y que, a pesar de lo desfigurada y adulterada que la vemos en diferentes tiempos y países, se descubre en el fondo del corazón humano un sentimiento descendido de lo alto; al través de las monstruosidades que nos presenta la Historia columbramos la huella de una revelación primitiva.

¿Es posible que Dios haya revelado algunas cosas al hombre? Sí. Él, que nos ha dado la palabra, no estará privado de ella; si nosotros poseemos un medio de comunicarnos recíprocamente nuestros pensamientos y afectos, Dios, todopoderoso e infinitamente sabio, no carecerá seguramente de medios para transmitirnos lo que fuere de su agrado. Ha criado la inteligencia, ¿y no podría ilustrarla?

Pero Dios, objetará el incrédulo, es demasiado grande para humillarse a conversar con su criatura; mas entonces también deberíamos decir que Dios es demasiado grande para haberse ocupado en criarnos. Criándonos nos sacó de la nada; revelándonos alguna verdad perfecciona su obra; ¿y cuándo se ha visto que un artífice desmereciese por mejorar su artefacto? Todos los conocimientos que tenemos nos vienen de Dios, porque Él es quien os ha dado la facultad de conocer, y Él es quien o ha grabado en nuestro entendimiento las ideas o ha hecho que pudiéramos adquirirlas por medios que todavía se nos ocultan. Si Dios nos ha comunicado un cierto orden de ideas, sin que nada haya perdido de su grandor, es un absurdo el decir que se rebajaría si nos transmitiese otros conocimientos por conducto distinto del de la naturaleza. Luego la revelación es posible, luego quien dudare de esta posibilidad ha de dudar al mismo tiempo de la omnipotencia, hasta de la existencia de Dios.

Importa muchísimo el encontrar la verdad en materias de religión (§§ I y II); todas las religiones no pueden ser verdaderas (§ IV); si hubiese una revelada por Dios, aquélla sería la verdadera (§ V); la religión no ha podido ser invención humana (§ VI); la revelación es posible (§ VII); lo que falta, pues, averiguar es si esta revelación existe y dónde se halla.

¿Existe la revelación? Por el pronto salta a los ojos un hecho que da motivo a pensar que sí. Todos los pueblos de la tierra hablan de una revelación, y la humanidad no se concierta para tramar una impostura. Esto prueba una tradición primitiva, cuya noticia ha pasado de padres a hijos, y que, si bien ofuscada y adulterada, no ha podido borrarse de la memoria de los hombres.
Se objetará que la imaginación ha convertido en voces el ruido del viento y en apariciones misteriosas los fenómenos de la Naturaleza, y así el débil mortal se ha creído rodeado de seres desconocidos que le dirigían la palabra, y le descubrían los arcanos de otros mundos. No puede negarse que la objeción es especiosa; sin embargo, no será difícil manifestar que es del todo insubsistente y fútil.

Es cierto que cuando el hombre tiene idea de la existencia de seres desconocidos, y está convencido de que éstos se ponen en relación con él, fácilmente se inclina a imaginar que ha oído acentos fatídicos y se han ofrecido a sus ojos espectros venidos del otro mundo. Mas no sucede ni puede suceder así en no abrigando el hombre semejante convicción, y mucho menos si ni aun llega a tener noticia de que existen dichos seres, pues entonces no es dable conjeturar de dónde procedería una ilusión tan extravagante. Si bien se observa, todas las creaciones de nuestra fantasía, hasta las más incoherentes y monstruosas, se forman de un conjunto de imágenes de objetos que otras veces hemos visto y que a la sazón reunimos del modo que place a nuestro capricho o nos sugiere nuestra cabeza enfermiza. Los castillos encantados de los libros de caballería, con sus damas enanos, salones, subterráneos, hechizos y todas sus locuras, son un informe agregado de partes muy reales que la imaginación del escritor componía a su manera, sacando al fin un todo que sólo cambia en los sueños de un delirante. Lo propio sucede en lo demás; la razón y la experiencia están acordes en atestiguarnos este fenómeno ideológico. Si suponemos, pues, que no se tiene idea alguna de otra vida distinta de la presente, ni de otro mundo que el que está a nuestra vista, ni de otros vivientes que los que moran con nosotros en la tierra, el hombre fingirá gigantes, fieras monstruosas y otras extravagancias por este estilo, mas no seres invisibles, no revelaciones de un cielo que no conoce, no dioses que le ilustren y dirijan. Ese mundo nuevo, ideal, puramente fantástico, no le ocurrirá siquiera, porque semejante ocurrencia no tendrá, por decirlo así, punto de partida, carecerá de antecedentes que puedan motivarla. Y aun suponiendo que este orden de ideas se hubiese ofrecido a algún individuo, ¿cómo era posible que de ello participase la humanidad entera? ¿Cuándo se habrá visto semejante contagio intelectual y moral?

Sea lo que fuere del valor de estas reflexiones, pasemos a los hechos; dejemos lo que haya podido ser y examinemos lo que ha sido.

Existe una sociedad que pretende ser la única depositaria e intérprete de las revelaciones con que Dios se ha dignado favorecer al linaje humano; esta pretensión debe llamar la atención del filósofo que se proponga investigar la verdad.
¿Qué sociedad es ésa? ¿Ha nacido de poco tiempo a esta parte? Cuenta dieciocho siglos de duración, y estos siglos no los mira sino como un periodo de su existencia, pues subiendo más arriba va explicando su no interrumpida genealogía y se remonta hasta el principio del mundo. Que lleva dieciocho siglos de duración, que su historia se enlaza con la de un pueblo cuyo origen se pierde en la antigüedad más remota es tan cierto como que han existido las repúblicas de Grecia y Roma.
¿Qué títulos presenta en apoyo de su doctrina? En primer lugar, está en posesión de un libro que es, sin disputa, el más antiguo que se conoce, y que además encierra la moral más pura, un sistema de legislación admirable y contiene una narración de prodigios. Hasta ahora nadie ha puesto en duda el mérito, eminente, de este libro, siendo esto tanto más de extrañar cuanto una gran parte de él nos ha venido de manos de un pueblo cuya cultura no alcanzó ni con mucho a la de otros pueblos de la antigüedad.
¿Ofrece la dicha sociedad algunos otros títulos que justifiquen sus pretensiones? A más de los muchos, a cuál más graves e imponentes, he aquí uno que por sí solo basta. Ella dice que se hizo la transición de la sociedad vieja a la nueva del modo que estaba pronosticado en el libro misterioso; que llegada la plenitud de los tiempos apareció sobre la tierra un Hombre-Dios, quien fue a la vez el cumplimiento de la ley antigua y el autor de la nueva; que todo lo antiguo era una sombra y figura, que este Hombre-Dios fue la realidad; que Él fundó la sociedad que apellidamos Iglesia católica, le prometió su asistencia hasta la consumación de los siglos, selló su doctrina con su sangre, resucitó al tercer día de su crucifixión y muerte, subió a los cielos, envió al Espíritu Santo, y que al fin del mundo ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.
¿Es verdad que en este Hombre se cumpliesen las antiguas profecías? Es innegable; leyendo algunas de ellas parece que uno está leyendo la historia evangélica.
¿Dio algunas pruebas de la divinidad de su misión? Hizo milagros en abundancia, y cuanto él profetizó o se ha cumplido exactamente o se va cumpliendo con puntualidad asombrosa.
¿Cuál fue su vida? Sin tacha en su conducta, sin límite para hacer el bien. Desprecio las riquezas y el poder mundano, arrostró con serenidad las privaciones, los insultos, los tormentos y, por fin, una muerte afrentosa.
¿Cuál es su doctrina? Sublime cual no cupiera jamás en mente humana; tan pura en su moral, que le han hecho justicia sus más violentos enemigos.
¿Qué cambio social produjo este Hombre? Recordad lo que era el mundo romano y ved lo que es el mundo actual; mirad lo que son los pueblos donde no ha penetrado el cristianismo y lo que son aquellos que han estado siglos bajo su enseñanza y la conservan todavía, aunque algunos alterada y desfigurada.
¿De qué medios dispuso? No tenía donde reclinar su cabeza. Envió a doce hombres salidos de la ínfima clase del pueblo; se esparcieron por los cuatro ángulos de la tierra, y la tierra los oyó y creyó.
Esta religión, ¿ha pasado por el crisol de la desgracia? ¿No ha sufrido contrariedad de ninguna clase? Ahí está la sangre de infinitos mártires, ahí los escritos de numerosos filósofos que la han examinado, ahí los muchos monumentos que atestiguan las tremendas luchas que ha sostenido con los príncipes, con los sabios, con las pasiones, con los intereses, con las preocupaciones, con todos cuantos elementos de resistencia pueden combinarse sobre la tierra.
¿Dé qué medios se valieron los propagadores del cristianismo? De la predicación y del ejemplo, confirmados por los milagros. Estos milagros la crítica más escrupulosa no puede rechazarlos, que si los rechaza poco importa, pues entonces confiesa el mayor de los milagros, que es la conversión del mundo sin milagros.
El cristianismo ha contado entre sus hijos a los hombres más esclarecidos por su virtud y sabiduría; ningún pueblo antiguo ni moderno se ha elevado, a tan alto grado de civilización y cultura como los que le han profesado; sobre ninguna religión se ha disputado ni escrito tanto como sobre la cristiana; las bibliotecas están llenas de obras maestras de crítica y filosofía debidas a hombres que sometieron humildemente su entendimiento en obsequio de la fe; luego esa religión está a cubierto de los ataques que se pueden dirigir contra las que han nacido y prosperado entre pueblos groseros e ignorantes. Ella tiene, pues, todos los caracteres de verdadera, de divina.

En los últimos siglos los cristianos se han dividido: unos han permanecido adictos a la Iglesia católica, otros han conservado del cristianismo lo que les ha parecido bien, y a consecuencia del principio fundamental que han asentado y que entrega la fe a discreción de cada creyente se han fraccionado en innumerables sectas.
¿Dónde estará la verdad? Los fundadores de las nuevas sectas son de ayer; la Iglesia católica señala la sucesión de sus pastores, que sube hasta Jesucristo; ellos han enseñado diferentes doctrinas, y una misma secta las ha variado repetidas veces; la Iglesia católica ha conservado intacta la fe que le transmitieron los apóstoles; la novedad y la variedad se hallan, pues, en presencia de la antigüedad y de la unidad; el fallo no puede ser dudoso.
Además, los católicos sostienen que fuera de la Iglesia no hay salvación; los protestantes afirman que los católicos también pueden salvarse, y así ellos mismos reconocen que entre nosotros nada se cree ni practica que pueda acarrearnos la condenación eterna. Ellos, en favor de su salvación, no tienen sino un voto; nosotros, en pro de la nuestra, tenemos el suyo y el nuestro; aun cuando juzgáramos solamente por motivos de prudencia humana, ésta nos aconseja que no abandonásemos la fe de nuestros padres.
En esta breve reseña se contiene el hilo del discurso de un católico, que, conforme a lo que dice San Pedro, quiera estar preparado para dar cuenta de su fe, y manifestar que, ateniéndose a la católica, no se desvía de las reglas de bien pensar. Ahora añadiré algunas observaciones que sirvan a prevenir peligros en que zozobra con harta frecuencia la fe de los incautos.

En el examen de las materias religiosas siguen muchos un camino errado. Toman por objeto de sus investigaciones un dogma, y las dificultades que contra él levantan las creen suficientes para destruir la verdad de la religión o, al menos, para ponerla en duda. Eso es proceder de un modo que atestigua cuán poco se ha meditado sobre el estado de la cuestión.
En efecto; no se trata de saber si los dogmas están al alcance de nuestra inteligencia, ni si damos completa solución a todas las dificultades que contra este o aquel puedan objetarse; la religión misma es la primera en decirnos que estos dogmas no podemos comprenderlos con la sola luz de la razón; que mientras estamos en esta vida es necesario que nos resignemos a ver los secretos de Dios al través de sombras y enigmas, y por esto nos exige la fe. El decir, pues, «yo no quiero creer porque no comprendo» es enunciar una contradicción; si lo comprendieses todo, claro es que no se te hablaría de fe. El argumento contra la religión fundándose en la incomprensibilidad de sus dogmas es hacerle un cargo de una verdad que ella misma reconoce, que acepta, y sobre la cual, en cierto modo, hace estribar su edificio. Lo que se ha de examinar es si ella ofrece garantías de veracidad y de que no se engaña en lo que propone; asentado el principio de su infalibilidad, todo lo demás se allana por sí mismo, pero si éste nos falta es imposible dar un paso adelante. Cuando un viajero de cuya inteligencia y veracidad no podemos dudar nos refiere cosas que no comprendemos, ¿por ventura le negaremos nuestra fe? No, ciertamente. Luego, una vez asegurados de que la Iglesia no nos engaña, poco importa que su enseñanza sea superior a nuestra inteligencia.
Ninguna verdad podría subsistir si bastasen a hacernos dudar de ella algunas dificultades que no alcanzásemos a desvanecer. De esto se seguiría que un hombre de talento esparciría la incertidumbre sobre todas las materias cuando se encontrase con otros que no le igualasen en capacidad, porque es bien sabido que en mediando esta indiferencia no le es dado al inferior deshacerse de los lazos con que le enreda el que le aventaja.

En las ciencias, en las artes, en los negocios comunes de la vida hallamos a cada paso dificultades que nos hacen incomprensible una cosa de cuya existencia no nos es permitido dudar. Sucede a veces que la cosa no comprendida nos parece rayar en lo imposible; mas si por otra parte sabemos que existe, nos guardamos de declararla tal, y, conservando la convicción de su existencia, recordamos el poco alcance de nuestro entendimiento. Nada más común que oír: «No comprendo lo que ha contado fulano, me parece imposible; pero, en fin, es hombre veraz y que sabe lo que dice; si otro lo refiriera no lo creería, pero ahora no pongo duda en que la cosa es tal como él la afirma.»

Imagínanse algunos que se acreditan de altos pensadores cuando no quieren creer lo que no comprenden, y éstos justifican el famoso dicho de Bacon: «Poca filosofía aparta de la religión; mucha filosofía conduce a ella.» Y a la verdad, si se hubiesen internado en las profundidades de las ciencias, conocieran que un denso velo encubre a nuestros ojos la mayor parte de los objetos, que sabemos poquísimo de los secretos de la Naturaleza, que hasta de las cosas en apariencia más fáciles de comprender se nos ocultan por lo común los principios constitutivos, su esencia; conocieran que ignoramos lo que es este universo que nos asombra, que ignoramos lo que es nuestro cuerpo, que ignoramos lo que es nuestro espíritu, que nosotros somos un arcano a nuestros propios ojos, y que hasta ahora todos los esfuerzos de la ciencia han sido impotentes para explicar los fenómenos que constituyen nuestra vida, que nos hacen sentir nuestra existencia; conocieran que el más precioso fruto que se recoge en las regiones filosóficas más elevadas es una profunda convicción de nuestra debilidad e ignorancia. Entonces infirieran que esa sobriedad en el saber recomendada por la religión cristiana, esa prudente desconfianza de las fuerzas de nuestro entendimiento están de acuerdo, con las lecciones de la más alta filosofía, y que así el Catecismo nos hace llegar desde nuestra infancia al punto más culminante que señalara a la ciencia la sabiduría humana.

Hemos seguido el camino que puede conducir a la religión católica; echemos una ojeada sobre el que se presenta si nos apartamos de ella. Al abandonar la fe de la Iglesia, ¿dónde nos refugiamos? Si en el protestantismo, ¿en cuál de sus sectas? ¿Qué motivos de preferencia nos ofrece la una sobre la otra? Discernirlo será imposible, abrazar a ciegas una cualquiera nos lo será todavía más, y, por otra parte, esto equivaldría a no profesar ninguna. Si en el filosofismo, ¿qué es el filosofisino incrédulo? Es una negación de todo, las tinieblas, la desesperación. ¿Andaremos en busca de otras religiones? Ciertamente que ni el islamismo ni la idolatría no nos contarán entre sus adeptos.
Abandonar, pues, la religión católica será abjurarlas todas, será tomar el partido de vivir sin ninguna; dejar que corran los años, que nuestra vida se acerque a su término fatal, sin guía para lo presente, sin luz para el porvenir; será taparse los ojos, bajar la cabeza y arrojarse a un abismo sin fondo.

La religión católica nos ofrece cuantas garantías de verdad podemos desear. Ella, además, nos impone una ley suave, pero recta, justa, benéfica; cumpliéndola nos asemejamos a los ángeles, nos acercamos a la belleza ideal que para la Humanidad puede excogitar la más elevada poesía. Ella nos consuela en nuestros infortunios y cierra nuestros ojos en paz; se nos presenta tanto más verdadera y cierta cuanto más nos aproximamos al sepulcro. ¡Ah, la bondadosa Providencia habrá colocado al borde de la tumba aquellas santas inspiraciones, como heraldos que nos avisaran de que íbamos a pisar los umbrales de la eternidad!... (21).

[21] Figúranse algunos que la religiosidad es signo de espíritu apocado y capacidad escasa; y que por el contrario la incredulidad es indicio de talento y grandeza de ánimo. Yo sostengo que con la historia en la mano se puede demostrar que en todos tiempos y países los hombres más eminentes han sido religiosos.


Capítulo XXI
Religión
§ I

Insensato discurrir de los indiferentes en materia de religión 

Impropio fuera de este lugar un tratado de religión, pero no lo serán algunas reflexiones para dirigir el pensamiento en esta importantísima materia. De ella resultará que los indiferentes o incrédulos son pésimos pensadores. 

La vida es breve, la muerte cierta; de aquí a pocos años el hombre que disfruta de la salud más robusta y lozana habrá descendido al sepulcro y sabrá por experiencia lo que hay de verdad en lo que dice la religión sobre los destinos de la otra vida. Si no creo, mi incredulidad, mis dudas, mis invectivas, mis sátiras, mi indiferencia, mi orgullo insensato no destruyen la realidad de los hechos; si existe otro mundo donde se reservan premios al bueno y castigos al malo, no dejará ciertamente de existir porque a mí me plazca el negarlo, y, además, esta caprichosa negativa no mejorará el destino que, según las leyes eternas, me haya de caber. Cuando suene la última hora será preciso morir y encontrarme con la nada o con la eternidad. Este negocio es exclusivamente mío, tan mío como si yo existiera solo en el mundo; nadie morirá por mí, nadie se pondrá en mi lugar en la otra vida privándome del bien o librándome del mal. Estas consideraciones me muestran con toda evidencia la alta importancia de la religión, la necesidad que tengo de saber lo qué hay de verdad en ella, y que si digo: «Sea lo que fuere de la religión, ni quiero pensar en ella», hablo como el más insensato de los hombres. 

Un viajero encuentra en su camino un río caudaloso; le es preciso atravesarle, ignora si hay algún peligro en este o aquel vado, y está oyendo que muchos que se hallan como él a la orilla ponderan la profundidad del agua en determinados lugares y la imposibilidad de salvarse el temerario que a tantearlos se atreviese. El insensato dice: «¿Qué me importan a mí esas cuestiones?» y se arroja al río sin mirar por dónde. He aquí el indiferente en materias de religión.

"Vivimos en un mundo donde todo el mundo 
está consciente de todo pero no hacen nada, 
se solidarizan con todo y ni siquiera se mueven". 
Jean Baudrillard


"Alguien inteligente aprende 
de la experiencia de los demás". 
Voltaire

lunes, 5 de julio de 2021

LIBRO "AMÉRICA HISPÁNICA": LA OBRA DE ESPAÑA EN EL NUEVO MUNDO y "LA CIVILIZACIÓN HISPÁNICA": EL ENCUENTRO DE DOS MUNDOS


AMÉRICA HISPÁNICA
La obra de España en el Nuevo Mundo

El legado de España en América es colosal, una simbiosis trascendental de la que emergen una historia, una raza, unas tradiciones y una filosofía vital híbridas que conforman una de las grandes culturas del mundo occidental: la civilización hispánica.
La obra de España en el Nuevo Mundo es aún muy desconocida, pese a que el sorprendente descubrimiento de un continente hasta entonces ignoto revolucionó la realidad geográfica y el orden vigente del mundo medieval. El fruto más relevante de esa obra es el nacimiento de un nuevo espacio cultural, la Civilización Hispánica, 600 millones de personas que comparten una misma sangre mestiza, así como unas comunes lengua, religión, cultura y costumbres, y que se extiende sobre España, Iberoamérica y los Estados Unidos.

La huella de España en Estados Unidos es profunda, ya que permaneció allí durante tres siglos, con soberanía sobre tres cuartas partes de su territorio, dejando un inmenso legado explorador, material, cultural y humanístico, y logrando a través de las misiones la supervivencia de las razas indias hasta el momento actual. Aún más desconocida es la gesta de España en el Pacífico, que descubre y emplea para circunnavegar por vez primera el planeta, y que luego explora profundamente hasta dominarlo, llegando a ser llamado El Lago español, incorporándolo a su acervo colonizador a través del Galeón de Manila, la primera globalización del mundo.

La Leyenda Negra ha falseado la realidad de la colonización española, ya que a través de las Leyes de Indias, cuerpo jurídico precursor de los derechos humanos, proteccionistas a ultranza del indio americano, logró la supervivencia a largo plazo de las razas nativas, de tal modo que, pese a la mortandad inicial indígena causada por los virus, cuando España salió de América vivían más nativos que a su llegada, y en los Estados Unidos solo queda abundante población india en las áreas ocupadas por España.

América hispánica constituye, en esencia, el encuentro entre dos mundos, una simbiosis trascendental de la que emergen una historia, una raza, unas tradiciones y una filosofía vital híbridas que conforman una de las grandes culturas del mundo occidental: la civilización hispánica.


«Si a América hubiera llegado antes Inglaterra, 
los indios hubieran sido exterminados»

En su nuevo libro, ‘América hispánica’ (Almuzara), este abogado, economista y divulgador cultural aglutina los grandes temas que cimentaron la civilización hispánica

Una Roma en América. En cuanto comprendieron la magnitud de la empresa que tenían entre manos, los Reyes Católicos buscaron la manera de romanizar América, esto es, «de trasladar la cultura grecorromana al otro lado del charco y de mestizar a sus habitantes», como apunta Borja Cardelús, que acaba de publicar el libro ‘América hispánica’ (Almuzara). La magna obra (casi 900 páginas) de Cardelús aglutina los grandes temas que han centrado el interés en los últimos años de este abogado, economista y divulgador cultural. De las leyes de Indias a las huellas españolas en Norteamérica, pasando por la historia del Galeón de Manila o la aventura de Hernán Cortés, la ‘América hispánica’ desgrana el mestizaje físico y cultural que dio a luz a una civilización de 600 millones de personas. «El legado hispánico está vivo hoy, no solo es Historia, sino presente», recuerda.
Imperios como el español han servido a lo largo de la historia para abrir caminos, puestos comerciales, universidades, hospitales y toda suerte de estructuras para unir bajo una figura supranacional a muchos pueblos que, viviendo a pocos kilómetros, no habían interactuado nunca entre ellos. Solo los imperios que han traído prosperidad con ellos han sobrevivido en el tiempo. Y solo ellos pueden llamarse imperios. Que el español sobreviviera casi quinientos años habla de lo rocoso de sus cimientos.

–¿Está amenazado ese legado hispánico más que nunca?

–La civilización hispánica está amenazada desde el siglo XVIII, cuando irrumpieron todas las ideas nuevas de la Ilustración y España pasó a un segundo plano intelectual. Considero, igualmente, que hay muchos grupos que han comprendido al fin que la verdad está en la civilización hispánica y que la Ilustración lo que dejó es muchos males actuales como el progreso material y un individualismo excesivo. La civilización hispánica está montada sobre cosas muy antiguas, como la artesanía o la relación con la tierra, mientras que la Ilustración cabalga sobre la industria, el comercio libre…

–Cuando se tiran estatuas españolas en América, ¿quiénes son los damnificados?

–Están tirando piedras contra su propio tejado. Por un lado, los indígenas son descendientes de personas que fueron protegidas por gente como Fray Junípero Serra, que los capacitó en agricultura, ganadería y lenguaje para poder adaptarse a la cultura occidental. Gracias a eso sobrevivieron cuando los anglosajones llegaron a sus tierras. Por otra parte, la contaminación política ha hecho que los propios hispanos se hayan creído falsedades tales como el genocidio o el robo de oro. La incultura y la falta de criterio han hecho que los propios criollos ataquen sus principios, sus esencias culturales, a sus personajes históricos.

–Un argumento recurrente en países hispanoamericanos es que España es culpable de sus males recientes.

–Si en vez de España hubiera llegado Inglaterra antes a toda América, los indios hubieran sido exterminados. Si hubieran sido los portugueses, hubieran sido esclavizados todos. Y si hubieran sido los franceses, hubieran quedado alcoholizados, como hicieron en los territorios que controlaron en Norteamérica. El único país que aplicó realmente una política proteccionista, basada en el humanismo cristiano, fue España. Es un tópico culpar a España de los males presentes. Cuando se resquebrajó la Monarquía católica y se rompió la Pax Hispánica, el continente se fragmentó en una veintena de repúblicas y comenzó un caos tremendo. Sin la tutela de la Corona españa, se entró en una vorágine de guerras civiles, de extinción de tribus y en el puro caos. La culpa de todo lo que ha pasado no es por la responsabilidad española, sino por lo que han hecho en los últimos doscientos años ellos.«Cuando se resquebrajó la Monarquía católica y se rompe la Pax Hispánica, el continente se fragmentó en una veintena de repúblicas»

–En su libro dedica un importante espacio a las Leyes de Indias como piedra angular para el mestizaje.

–Las Leyes de Indias es un cuerpo jurídico de más de siete mil leyes que están basadas en la Escuela de Francisco de Vitoria y buscan proteger al indio, su dignidad, sus tierras, su integridad jurídica. Se establece que sean retribuidos de forma justa y en dinero, no especies. Las leyes marcaron la pauta de la presencia de España en América durante siglos. Hernán Cortés tuvo un papel fundamental para su éxito cuando las aplicó en México y logró que el resto de conquistadores con grandes territorios bajo su control le siguieran. Tomó la determinación de aplicar una estrategia muy distinta de la antillana, que había estado muy basada en la explotación de los indios, y ordenó traer colonos, frailes, oficios... Ahí es cuando quedó claro que no serían colonias, sino una Nueva España. Marcó el modelo para todo el continente y por eso es tan importante conmemorar su hazaña estos días.

–Usted que también es abogado, ¿no le llama la atención lo obsesionados que estaban los españoles con el cumplimiento de las leyes incluso en esos años?

–España fue muy reglamentista y fue documentándolo todo al milímetro. En el Archivo de Indias se encuentra cada acto documentado porque de cada suceso podían derivar consecuencias muy graves. Cualquier motín o alzamiento de un capitán era muy severamente castigado. Cortés, cuando se alejó de las instrucciones de Velázquez, gobernador de Cuba, procuró hacerlo con toda delicadeza y buscando legalizar su situación de cara al Emperador. El aspecto legal fue muy importante desde el principio.

–En estos años también se conmemora la Primera Circunnavegación a la Tierra, ¿cómo fue el paso de España por el Pacífico?

–España tiene tanta historia que ha relegado a un segundo plano lo que hizo en el Pacífico. España no solo dio la vuelta al mundo, es que descubrió Australia, aunque no se reconozca, todo tipo de archipiélagos como Hawai, y navegó por los confines de este océano. En otro país esto daría para muchas películas y libros, y por eso lo incluyo en mi obra. El Pacífico fue llamado el mar español porque nadie que no fuera español podía entrar allí más allá de algunos piratas. España tuvo controlado todo un océano durante doscientos cincuenta años.

–¿Se corre el riesgo de caer en una leyenda blanca por combatir la leyenda negra?

–No, la leyenda negra ha sido tan exagerada, tan extrema, que basta con contrarrestarla usando la verdad. No hubo genocidio en América, como sí lo hubo en los territorios bajo control de Inglaterra. Es cierto que los primeros años de España en América fueron dolorosos por la mortandad causada por los virus europeos, que afectaron de manera contundente a los indios. Sin embargo, cuando España llegó a América había unos 13 millones de indios, y cuando España se marchó, había 16 millones. Las Leyes de Indias fueron tan paternalistas con los nativos que los protegió. Mientras que Inglaterra se apropió de sus tierras, les quitó sus recursos y, cuando protestaron, les aniquilaron. Cuando los ingleses llegaron a sus territorios en Norteamérica, había un millón de indios, pero cuando salieron quedaban medio millón, todos ellos en los territorios colonizados por España.

VER+:

España acudió a América no para formar un imperio, sino para construir una nueva civilización, integrándose con los nativos en un intenso proceso de mestizaje que ha dado lugar a la creación de la comunidad hispana, que alberga a más de quinientos millones de personas en todo el planeta. Este ámbito cultural es la Civilización Hispánica, compuesta por un rico arsenal de ingredientes materiales: la alimentación, la arquitectura, la música; e intangibles como la lengua española (el tercer idioma del mundo) y la religión, ya que España expande el catolicismo hasta hacerlo universal. Pese a lo que de modo insistente ha reiterado la Leyenda Negra, y a pesar de que existieran casos de abusos individuales, la obra de España en América es altamente positiva y humanitaria, ya que las Leyes de Indias, protectoras y hasta paternalistas hacia el indio americano, llevaron a la supervivencia a la larga de las razas indias —como es visible hoy— y a la creación de una nueva raza híbrida, mestiza, que en su conjunto ha labrado esa cultura hispana, compuesta por un rico contenido de ingredientes materiales e inmateriales; unas mismas costumbres, tradiciones y fi estas y, sobre todo, una común filosofía vital, resumida en la pasión por vivir. Todo ello conforma una de las grandes culturas actuales del mundo occidental: la Civilización Hispánica.

A punto de celebrar el 12 de octubre -el Día de la Fiesta Nacional de España– tenemos que decir que lo hacemos en unos tristes momentos para España. Para su historia, por su impuesta memoria histórica en todos sus campos, y para su unidad. En palabras de una de las mayores autoridades en Historia de América, la sevillana Enriqueta Vila Vilar: ‹‹No se comprende que nos quedemos aparentemente impertérritos ante estas dos nuevas verdades inventadas: “España nos roba” y “Los españoles que llegaron con Colón a América son unos genocidas”. Es decir que, comúnmente, ahora se nos vea como ladrones y algo que nunca hemos sido porque la acepción de la palabra genocidio nada tiene que ver con nosotros. Pero ante esto y ese es el gran interrogante: ¿qué se puede hacer?››.
Ustedes ya saben dónde está el origen de estas mentiras que pretenden que se instalen en nuestra cultura diaria.
Todos nos preguntamos: ¿Qué se puede hacer?
Por ejemplo Contar la verdad, luchar por la verdad.

Miren: Los Ángeles es la ciudad más grande que decide eliminar de su calendario el nombre de Colón. El Día de Colón es sustituido por el de los Pueblos Indígenas. Antes lo habían hecho Seattle, Minneapolis, Berkeley, Santa Cruz, Phoenix, Denver y estados como Vermont y Dakota del Sur.
La estatua de Colón a los pies de Central Park desde 1894 fue hace un año casi destrozada. Después de una seria controversia parece que seguirá allí, pero con el debate abierto, que cada vez se alienta más, de que los españoles que llegaron con Colón a América fueron unos genocidas.
Pero no hace falta irse tan lejos: La estatua de Colón de Barcelona corre el mismo peligro. La CUP pretende derribarla para poner en su lugar una alegoría de la resistencia de los pueblos indígenas. Un relato que cada vez coge más fuerza. Durante el pasado mes de julio se celebró el 56 Congreso Internacional de Americanistas en la Universidad de Salamanca. Ahí, nadie sabe cómo, se ha colado una cosa creada en 2008 que se hace llamar "El Círculo Catalán de Historia" cuyo objetivo dicen ser: «promover la recuperación de la memoria histórica mediante el conocimiento de la historia de Cataluña». Sus planteamientos hacen reír y enfadan a los grandes historiadores americanistas, pero el hecho es que ahí han estado y siguen erre que erre con sus planteamientos en foros de alto nivel. ¿Por qué? Cristóbal Colón se llamaba Colom, pariente de Francesc Colom, una familia burguesa catalana del siglo XV. Las carabelas nada tuvieron que ver con Palos de la Frontera sino que eran y salieron de Pals (Gerona), un pueblito del Bajo Ampurdán. Podíamos seguir poniendo ejemplos del ataque feroz que se ha desencadenado con todo lo español en América y en España. Lo último es la figura de Fray Junípero Serra cuya estatua representa a California en el Capitolio de Washington en reconocimiento a ser el creador de las primeras vías de comunicación y de asentamientos estables en California. En 2015 con la visita del Papa Francisco comenzó un movimiento contra la figura del fraile español que desde el indigenismo se levantaron calificando al mallorquín de genocida. Su estatua en Los Ángeles apareció con pintura roja y las palabras "Santo del genocidio". Ahora la Junta Directiva de la Universidad de Stanford eliminará al santo de sus calles y edificios porque quieren evitar el "trauma y daño emocional" que le provoca a muchos estudiantes.

Si leen el libro de Borja Cardelús saldrán de dudas y entenderán aquella obra gigantesca que hicieron los españoles, nuestra monarquía, y que hoy sigue llamándose Hispanidad, palabra que ha sido borrada de nuestro ideario y que debemos luchar por ella y su contenido.
Además del libro, Borja Cardelús ha creado una Fundación así llamada –Fundación Civilización Hispánica– que actualmente dirige con la finalidad de difundir la obra de España en América y el contenido del espacio cultural hispano en los tres aspectos que destaca en su libro: La cultura material, la cultura intangible, la cultura mestiza.
Con la proximidad del 12 de octubre Día de la Fiesta Nacional de España es un buen momento para escuchar el nombre de España junto al de América y celebrar junto a ellos este día histórico.
Desgraciadamente la participación queda reducida a la Corona y a las Fuerzas Armadas.

La celebración es el descubrimiento de América, por simbolizar la efemérides histórica en la que España, a punto de concluir un proceso de construcción del Estado a partir de nuestra pluralidad cultural y política, y la integración de los reinos de España en una misma monarquía, inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos. Son palabras llenas de buenos propósitos que no tienen su reflejo en el conjunto de las instituciones del Estado y, por lo tanto, tampoco en la sociedad. Ninguna Institución del Estado, al margen de la Corona, cooperan en realzar esta fecha. Nada, ni declaraciones institucionales, conferencias, jornadas de recíproco conocimiento. De España como Nación, nada. ¿Dónde están los políticos, profesores y colegios, universidades, embajadas, autonomías, medios de comunicación, Reales Academias, el Instituto Cervantes o la Marca España? ¿Cómo celebran esta festividad? ¿Fiesta Nacional? Mucho queda por hacer; todo queda por hacer. Recoges lo que siembras. Si siembras vientos recoges tempestades.
Ni España roba, ni los españoles que llegaron a América eran unos genocidas. Tenemos lo que nos merecemos aunque España y los españoles no se merezcan lo que tienen.

Tenemos la oportunidad de saber algo más, de compartir esta festividad, con este libro que nos va a sorprender y abrir horizontes desconocidos.
Bienvenido a nuestra cultura. Así se engrandece España. Con la verdad.

Gracias Borja y mucha suerte en tu nuevo camino.


12 DE OCTUBRE,  
¡FELIZ DÍA DE LA HISPANIDAD!

América hispánica con Borja Cardelús y Patricio Lons 

La civilización hispánica. El encuentro de dos mundos

Catolicismo e Hispanidad, ¿dos caras de la misma moneda? Con Gabriel Calvo Zarraute

LAS RELIGIONES SON LAS QUE FUNDAN LAS CIVILIZACIONES: 
Ante la crisis cierta de la civilización occidental, presa de altas dosis de relativismo moral e ideologización de las instituciones, es necesario rescatar la obra de uno de los grandes historiadores de la edad contemporánea, el erudito británico Arnold Joseph Toynbee [1889- 1975]. Desde una maestra filosofía de la historia, Toynbee nos ha dejado para los anales de la ciencia histórica una teoría fundamental no ajena a polémicas y críticas, tanto en las comparaciones realizadas como en las conclusiones obtenidas. Su teoría “cícilica” sobre la Historia, esencia de su pensamiento, partía del desarrollo de las civilizaciones como resultado de la respuesta de un grupo humano a los desafíos que sufría, ya fueran naturales o sociales. No existía una “historia universal” (propia de un Universo extra-histórico), sino una historia humana centrada en las creaciones y relaciones de las civilizaciones. Así lo propuso en dos de sus grandes libros. En Estudio de la Historia (A Study of History,) compuesto por doce volúmenes (escritos entre 1934 y 1961) principió esta teorización sobre “el concepto de desarrollo de las civilizaciones”. Toda civilización crecía y evolucionaba sí su respuesta a un desafío estimulaba una nueva serie de desafíos (especialmente en función de factores religiosos), mientras que decaía y llegaba a desaparece cuando la misma se mostraba impotente para enfrentarse a los desafíos que se le presentaban. En este texto desarrolló, pues, la idea de “unidad del Estudio Histórico”, al presentar una visión sistemática y unificadora de la historia de la humanidad comprendida en el estudio de sus diversas civilizaciones.

Elegias de Varones Ilustres... by Roberto Córdoba


domingo, 4 de julio de 2021

«... PERO EL QUE PERSEVERE HASTA EL FIN, SE SALVARÁ». Mt 10:22 y LA MARCA DE LA BESTIA 🙌🙏


«… pero el que persevere hasta el fin, se salvará»

“Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”. Efesios 6:12
Creo que era Chesterton quien decía que la mayor evidencia de la realidad del pecado original es la simple observación del mal que anida en el corazón del hombre. Comentando la situación actual, la ‘plandemia’, el llamado gran reinicio, los planes del llamado nuevo orden mundial, la realidad del gigantesco engaño que poco a poco comienza a salir a la luz, algunos aspectos claves del cual son ya incluso admitidos por los grandes medios globalistas como el Washington Post ante la imposibilidad de seguir ocultándolos por las nuevas evidencias que cada día aparecen, comentando todo eso, una persona me respondía: «es que yo no puedo concebir que exista tanto mal en el mundo». Precisamente nuestra incapacidad de concebir el mal en estado puro es lo que le permite actuar con total libertad.

Estos días hemos podido leer, en medios que llevan más de un año negándolo, la evidencia de que departamentos de la administración norteamericana dirigidos por Anthony Fauci utilizaron recursos públicos para financiar actividades de investigación en el laboratorio chino de Wuhan, consistentes en la potenciación del carácter patogénico de algunos virus a efectos de su posible utilización como armas biológicas, y de esa investigación parece que ha surgido Covid 19, lo cual era sobradamente conocido y durante más de un año ocultado por Fauci, que ha contado para su engaño con la colaboración de todos los mass media y, muy especialmente, de las redes sociales, que se han atribuido el derecho a censurar cualquier opinión contraria a la versión oficial, hasta que ésta ha caído por su propio peso. Hemos sabido también que el ex director de los CDC norteamericanos (Centros para la Prevención y Control de Enfermedades) ha recibido amenazas de muerte por parte de colegas científicos implicados en el asunto cuando en una entrevista televisada comenzó a «levantar la cortina». Hemos escuchado a Tucker Carlson relatando el pánico de los funcionarios que han colaborado en el engaño ante la eventualidad de que su actuación salga a la luz. Y como resultado de tal engaño, hemos visto a los poderes públicos en el mundo adoptando medidas inéditas en la historia de la medicina, confinando a los sanos junto con los enfermos, falseando estadísticas, atribuyendo muertes por diversas causas a una sola causa, censurando los tratamientos baratos y efectivos para promover medicamentos caros y de efectividad dudosa, y todo ello en favor de una “vacuna” para un virus mutante y sin considerar la inmunidad natural, y por ello probablemente innecesaria, inútil y tal vez peligrosa, de interés solamente para sus fabricantes.

Pero hemos visto también a esos poderes públicos en gran parte del mundo promover el asesinato de inocentes e indefensos mediante el aborto y la eutanasia, la manipulación genética mezclando embriones humanos y animales, el transhumanismo que modifica la naturaleza humana, el cambio arbitrario de sexo en niños y adolescentes manipulados ideológicamente, el sexo entre la infancia, conductas sexualmente aberrantes, como el blanqueo de la pedofilia y otras, la invasión de occidente por inmigrantes de otras culturas para terminar de destruir lo poco de nuestra civilización que no hemos destruido nosotros mismos y borrar nuestra historia… Y, ante todo, hemos visto a los gobiernos protegiendo los intereses inconfesables de las élites en vez de proteger a los ciudadanos, que han quedado engañados y desamparados.
Aun así, seguimos resistiéndonos a admitir que existe en el mundo un mal organizado tratando de imponer su poder a los ciudadanos, y nos refugiamos en una desesperada negativa a reconocer la realidad y en una totalmente infundada esperanza de que «esto pasará y todo volverá a ser como antes».
Esa incapacidad nuestra de reconocer la dimensión real del mal tiene un componente teológico que es necesario considerar, y se deriva de nuestro olvido y menosprecio de la doctrina católica y de su fundamento en las Escrituras, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, que nos enseñan que el origen del mal está en nuestro mal uso de la libertad, y que ese mal no sólo nos acompaña desde el inicio de la historia, sino que tiene ascendente sobre el hombre y lo domina cuando no se refugia en Dios. Lo llama “Príncipe de este mundo”, Satán, y nos muestra su carácter de «padre de la mentira y homicida desde el principio» (Jn 8, 44), así como su único fin, que es la destrucción de la humanidad. No podemos entender el mal si no entendemos su origen, si no entendemos que está aquí desde que comenzó la historia y que trata de dirigirla hacia su autodestrucción, viendo contenido su esfuerzo mientras el hombre actúa guiado por la revelación divina, pero liberado de todo límite cuando el hombre, como ahora sucede, se erige en su propio dios y le da así libertad al mal para manifestarse en su plenitud y prevalecer.

Pero también nos enseña la Escritura quién aplastará su cabeza: la Mujer Vestida de Sol del Apocalipsis, María, que dirigirá el ejército de los pequeños en la terrible batalla que, a tenor de los diversos signos, probablemente se avecina, batalla que de algún modo ya ha comenzado, en la que el mal realizará su último gran esfuerzo para alcanzar su objetivo destructor, y en la que quienes decidan rechazar el mal deberán ponerse bajo la protección de María para participar en su victoria, asumiendo su papel en esta batalla junto con sus riesgos, y de ese modo garantizar su salvación. No habrá neutralidad en esta lucha. Todos estaremos en un ejército o en otro, y los que pretendan permanecer como espectadores formarán parte de las filas del Príncipe de este mundo.

En todo ello hay una visión positiva y una negativa. La positiva es que sabemos que Satán ya ha sido derrotado, porque esa derrota ha sido sentenciada por Dios desde el inicio, cuando en el Génesis maldice a la serpiente -Satán- y pone enemistad entre ella y la mujer, que terminará aplastando la cabeza del reptil. Esa victoria de la mujer es lo que relata el Libro de la Revelación o Apocalipsis, que todos deberíamos leer y meditar, y nosotros tal vez vivimos – como los signos muestran – en el tiempo que verá tal victoria. La negativa es que, aunque esa victoria ya haya sucedido en la eternidad sin tiempo, en nuestro tiempo tiene todavía que producirse con nuestro protagonismo, puesto que el cielo y el infierno luchan siempre a través del hombre. La humanidad se dividirá en dos bandos, el de la Serpiente Antigua y el de la Mujer Vestida de Sol. El primero dominará el mundo hasta que su victoria parezca definitiva, persiguiendo implacablemente al ejército opuesto, que llegará a parecer totalmente derrotado. Pero en el momento de mayor oscuridad, Satán y su ejército se hundirán en el abismo: “Entonces se manifestará el adversario, a quien el Señor ha de barrer con el soplo de su boca…» (2 Tes, 2). La victoria no será del hombre, porque, como dice San Pablo, “… no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”, y el hombre solo no puede nada contra esas huestes; el hombre pone su esfuerzo, por el que redime su culpa, y Dios pone el resto. La victoria es de Dios.

La justicia divina permite que el hombre experimente en sus carnes las consecuencias de sus propios errores, de sus malos pensamientos y de sus malas acciones, y la humanidad va a experimentar en toda su intensidad esas consecuencias. De hecho, ya las está experimentando. Pero Dios tiene ya marcado un final para esa batalla, que sucederá cuando la humanidad haya apurado hasta el fondo la copa de Su ira. «Y el que persevere hasta el final se salvará».

Ante esta inevitable división de la humanidad, que ya está en acto, resulta imprescindible ejercer el discernimiento y decidirnos por el ejército vencedor, asumiendo el mensaje esencial de la revelación divina: «Convertíos y creed en Dios». Conversión significa cambio radical de vida, dejar atrás la vida lejos de Dios y optar por la vida unida a Dios, a Su Ley, a Sus Mandamientos, consagrándonos a la que dirigirá el ejército de los pequeños frente al inmenso ejército de los poderosos: María. Caminar bajo su protección es la única forma de salir indemne, tal vez no físicamente, pero sí espiritualmente, de todo lo que se avecina.
Por Pedro Abelló
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Sin embargo, para quienes les gusta estar entretenidos y ociosos, y sumergirse en un mundo irreal y dejarse llevar por la fantasía y la imaginación, para todos los que se sienten apasionados y seducidos por personajes o series de ficción, o por los ídolos que hoy ofrece el mundo, para todas las mentes esclavas de los medios de comunicación social actuales y sus entretenimientos, y para las mentes esclavas y partidarias de las políticas actuales que van contra las verdades de la fe, contra los mandatos de Dios, y hasta contra la propia naturaleza y el sentido común,
todo lo dicho acerca de las realidades espirituales verdaderas a ellos les parecen pura fantasía y algo absurdo, incluso dicen no tener tiempo para pensar en ello y consideran que todo lo afirmado son cosas de curas y monjas anticuados que aún creen en tonterías.

¡Qué paradoja! Al final, el que vive en el engaño no es consciente y cree que los demás están engañados; pero el que está en Cristo y en su verdad sabe discernir y descubrir el engaño.

Si después de todo lo que ya hemos explicado, aún hay quien prefiere seguir perdiendo el tiempo y dejar volar su imaginación para vivir su fantasía o la de cualquier otro autor de entretenimiento fantástico, aunque sea de origen supuestamente católico, exponiéndose a cualquier tipo de influencia carnal, mundana y demoníaca, para evadirse de la realidad; si aún hay quien decide exponer sus sentidos al terrible influjo de los medios de comunicación actuales cargados de mensajes contra Dios y Su Verdad y a favor de los enemigos de Dios, mensajes subliminales incluidos…

Es porque, entonces, aún no se ha entendido la trascendencia del tiempo que nos toca vivir, tiempo que corre presto y que no volverá, pero del que tendremos que dar cuenta ante el único tribunal que determinará nuestro futuro para toda la eternidad: el de Cristo Jesús (cf. 2ª Cor 5,10).
Deberíamos prestar mucha atención a aquellas palabras que San Pablo dirigió en su carta a los Efesios porque son perfectas para el momento actual:
“Mirad atentamente como vivís; que no sea como imprudentes, sino como prudentes; aprovechando bien el tiempo presente, porque los días son malos. Por tanto, no seáis insensatos, sino comprended cuál es la voluntad del Señor.” (Ef 5, 15-17)




Sabemos que cada día nos aproximamos 
más a la "Marca de la Bestia"

También sabemos que la mayor parte del mundo la aceptará. (Apocalipsis 13:16-17)
Pero lo que la mayoría no sabe es por qué. Tantos "cristianos" asumen que va a ser forzado sobre nosotros. Que no podremos resistir. Pero esa no es la verdad.
En realidad, la mayoría de la gente se alineará para "la Marca de la Bestia" porque creerán que no podrán vivir sin ella. Creerán que no podrán vivir sin dinero, sin poder acudir al médico, hacer cualquier cosa o transacción. Y de este modo así elegirán poner la marca.
Solo aquellos que vivan con más (conocimiento) y una fe firme como una roca en Dios podrán rechazar la tentación de dejarse marcar o sellar con la "Marca de la Bestia". (Mateo 6:25-33) ¿Eres uno de ellos?
Aquellos que se dejen marcar, por vivir más con una mente carnal que espiritual. Tendrán que sufrir las consecuencias por haber dado la espalda a Dios.

APOCALIPSIS 16:2
Fue el primero, y derramó su copa sobre la tierra, y vino una úlcera maligna y pestilente sobre los hombres que tenían la marca de la bestia, y que adoraban su imagen.

APOCALIPSIS 20:4
Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años.
"No te dejes llevar por el pánico, por el miedo ni por las mentiras del "dios" de este mundo. Simplemente cree, confía y obedece al SEÑOR!! Incluso en tiempos de tribulación!

LUCAS 9:23-24
23 Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.
24 Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará.

JUAN 11:25
Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá

JUAN 16
31 Jesús les respondió: ¿Ahora creéis?
32 He aquí la hora viene, y ha venido ya, en que seréis esparcidos cada uno por su lado, y me dejaréis solo; mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo.
33 Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.

APOCALIPSIS 21:4
Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.

Hay que ser radical en la elección ante lo que tenemos enfrente en esta batalla contra la Humanidad, no valen los grises. Ella habla de que nos están llevando hacia el transhumanismo y lo sabe de primerísima mano. Este vídeo de 5 minutos hay que verlo y compartirlo. Nos quieren esclavos del AC, eso es la agenda 2030 que promueve y lidera JMB y a lo que van a adoctrinar a los jóvenes en Lisboa y Fátima.

256 Sermón sobre el infierno