EL Rincón de Yanka

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jueves, 3 de enero de 2019

PELÍCULA "LA SAL DE LA TIERRA" SALT OF THE EARTH (1954) SOBRE LA EXPLOTACIÓN MINERA

"La sal de la tierra", 
la película que incomodó al poder
“La sal de la tierra” es una película norteamericana rodada en 1954 basada en un hecho real que narra la historia de una huelga de mineros. Esta considerada una obra maestra. La temática es más complejo de lo que parece a simple vista, puesto que no solo se trata de la lucha obrera, o la discriminación de la compañía minera hacia sus trabajadores mexicanos (que ganan menos por su trabajo que los trabajadores sajones en la misma mina), sino que muestra otro nivel de discriminación de los trabajadores mexicanos hacía sus propias mujeres. De hecho está considerada como una de las primeras películas feministas.

En un principio al iniciar los preparativos de la huelga los trabajadores mexicanos relegan a las mujeres a un segundo plano, incluso rechazan reiteradamente su ayuda. Pero la huelga se recrudece, y corre el peligro de fracasar, por lo cual la participación de las mujeres se hace en un momento dado imprescindible, y termina por inclinar la balanza del lado de los obreros. El punto crucial llega cuando las mujeres toman el relevo de los hombres en los piquetes y manifestaciones ante la imposibilidad de los hombres, por diversos motivos, de tomar pare en los mismos. Es de destacar que en la película las mujeres toman la iniciativa y las riendas de su propia emancipación. No las reciben de mano del hombre salvador como sucede en otras películas que desarrollan el tema.
Otro tema que desarrolla la película es la discriminación de la mujer en el hogar, forzando al espectador a meditar sobre el tema. De hecho la película también muestra que el hombre puede tomar la iniciativa política gracias a que la mujer lleva el peso de la economía doméstica. Efectivamente el largometraje logra mostrar que el hombre tiene autonomía para asumir ciertos papeles precisamente porque está liberado de los quehaceres domésticos; y al revés: la mujer está limitada a la hora de ejercitar su propia autonomía por estar supeditada a esos quehaceres. De hecho cuando las mujeres se implican más en la huelga los hombres se ven obligados a asumir las tareas domésticas. Sin duda esto incita a la reflexión del espectador. 

“La sal de la tierra” tiene una gran riqueza de matices. No se limita a mostrar la situación de la mujer, también es un testimonio de la vida cotidiana del obrero de entonces, su ideología política, sus problemas, e incluso el funcionamiento burocratizado de sus sindicatos que acartona la toma de decisiones. Es en definitiva una pequeña joya del cine que en muchos sentidos se adelanta a su época.
Este largometraje, de gran reconocimiento hasta el punto de ser incluido en el National Film Registry de Estados Unidos, una selección de las películas más importantes y culturalmente más significativas para su conservación. No siempre tuvo la aceptación que tiene hoy. Por el contrario tuvo unos comienzos muy accidentados producto de su temática reivindicativa y las difíciles circunstancias de la época. De hecho tal vez la película nunca se hubiese realizado de no ser por las difíciles circunstancias que vivieron sus principales artífices.
Después de la segunda guerra mundial el mundo se dividió en dos bloques antagónicos que se armaron fuertemente y competían entre ellos, a saber: el bloque comunista liderado por la U.R.S.S; y la capitalista, por Estados Unidos. Debido a la tensión y al temor de una guerra nuclear (la bomba atómica se había fabricado por primera vez hacía pocos años y la habían adquirido ambos bloques), surgió un clima de histeria entre algunos sectores de la sociedad. Algunos intelectuales incluso daban conferencias, este es el caso del matemático John von Neumann, en las que defendían la necesidad de un ataque preventivo sobre la U.R.S.S antes de que esta adquiriera un arsenal nuclear suficiente como para destruir Norteamérica. En este contexto se empezó a perseguir a intelectuales contestatarios o de izquierdas acusándolos de hacer propaganda del comunismo. Surgió así el comité de actividades antiamericanas, encargada de investigar estas actividades de propaganda. 

A causa de las investigaciones de este comité artistas de la talla de Charlie Chaplin se fueron al exilio, otros sufrieron cárcel, y a aquellos que habían sido señalados les fue imposible conseguir un contrato para trabajar en la industria cinematográfica. Este fue el caso de Paul Jarrico y Herbert J. Biberman, que al ser acusados de comunistas, y a pesar de que ambos ya tenían una dilatada carrera cinematográfica, vieron como se les cerraban las puertas de Hollywood al no querer ninguna productora hacerse cargo de sus proyectos. Ninguno de los dos habían dado lugar anteriormente a sospechas, por ejemplo Biberman había rodado en 1944 “The Master Race” una película bélica de ideología antinazi, pero esto no les libro de ser completamente excluidos de la industria cinematográfica. Así que ambos se asociaron, crearon la empresa Independent Productions Company para conseguir financiación y rodar al margen de Hollywood, y reclutaron a otros artistas también expulsados por la meca del cine para realizar “la sal de la Tierra”. Creando además de esta forma el primer precedente de cine independiente.
Decidieron inspirarse en un suceso real: una huelga en la que unos mineros reclamaron mejores condiciones de seguridad durante quince meses. El guión lo escribió Michael Wilson, Sol Kaplan puso la música y la protagonizó la actriz y bailarina mexicana Rosaura Revueltas. La película pronto sufrió contratiempos: diversos sindicatos de actores prohibieron a muchos intérpretes participar en la misma, por ello se tuvo que contar con actores aficionados; después grupos de incontrolados quemaron decorados y realizaron ataques violentos; finalmente Rosaura Revueltas fue deportada a México, a donde se tuvieron que trasladar para finalizar el rodaje.

La película tuvo gran éxito en Europa, donde recibió gran reconocimiento. Fue votada como la mejor película por la Academia de Cine de Francia y ganó el Primer Premio del Festival Vary Karlovy de Checoslovaquia. Sin embargo en Estados Unidos muchas salas se negaron a exhibirla por miedo a represalias. No fue hasta 1965 cuando se pudo proyectarse libremente, y finalmente, como ya hemos señalado, se incluyó en el National Film Registry como una de las películas de la cultura norteamericana que había que reservar. No obstante para entonces las carreras como cineastas de quienes participaron en ella ya se habían visto truncadas hasta el punto de que, en la mayoría de los casos, pese a que previamente tenían una experiencia exitosa como profesionales en Hollywood, no llegaron a recuperarse nunca.
A Paul Jarrico, el productor, que anteriormente había rodado “Song of Russia” a petición del presidente Franklin Delano Roosevelt para promover simpatía del público por el bando soviético y así entrar en la segunda guerra mundial para combatir a los nazis, tuvo que emigrar a Europa para seguir trabajando. Allí escribió guiones para diversas películas producidas por Inglaterra, Alemania o Italia. En 1977 volvió a los Estados Unidos pero solo para dar clases en la universidad californiana de Santa Bárbara.

Herbert J. Biberman no salió de estados unidos, pero tuvo la entrada vedada a la industria cinematográfica durante quince años, el tiempo que tardaron en calmarse las aguas y cambiar el clima de histeria anticomunista. Para entonces su salud ya estaba deteriorada. Dirigió una sola película más en 1969, “Slaves”, sobre la esclavitud sureña. Fue aclamada en Francia, pero la crítica estadounidense le dio un recibimiento distinto argumentado que había usado técnicas anticuadas. Murió en 1971.
Sol Kaplan era músico y compositor que colaboró en la creación de bandas sonoras de multitud de películas, entre ellas “Niagara” y “Titanic”. Antes de 1953 tenían una actividad frenética en las que llego a componer varias bandas sonoras en un mismo año. Así en 1953 colaboró en dos de las películas que más prestigio le dio: “Niagara” y “Tiatanic”. Pero ese mismo año tuvo que declarar ante el comité de actividades antiamericanas porque otro acusado, John Garfield, declaro que Sol Kaplan era su amigo. Ambos negaron ser comunistas, pero ese solo hecho causó que fuese despedido de la Twentieth Century Fox y se le cerrasen las puertas del cine durante varios años. Compuso entonces música para el teatro, tanto de Broadway como de otros lugares, y también para series de televisión. Por ejemplo compuso música para dos episodios de Star Trek, pero sus partituras tenían tanta calidad que fueron usadas también para las dos primeras temporadas de la serie. Finalmente en la década de los 60 volvió a componer para cine.

Michael Wilson, guionista de gran talento que luchó en la segunda guerra mundial con el cuerpo de marines, y en 1953 había ganado el Oscar al mejor guión adaptado junto a Harry Brown, por “un lugar en el sol”, después de escribir el guión de “la sal de la tierra” siguió escribiendo guiones para un gran número de películas viéndose obligado a hacerlo bajo seudónimos. Algunos largometrajes consiguieron gran renombre como “El planeta de los simios”, “Lawrence de Arabia” y “El puente sobre el rio Kwai”. Pero dado que estaba en la lista negra no aparecía en los créditos. Se dieron situaciones rocambolescas; por ejemplo fue nominado al oscar por el guión de “Friendly Persuasion” de William Wyler, pero finalmente fue descalificado porque su nombre no aparecía en los créditos. También “el puente sobre el rio Kwai” fue nominado al oscar al mejor guión adaptado. Este lo había escrito junto a Carl Foreman, también en la lista negra, en secreto en Inglaterra. Pero ninguno de los dos aparecían en los créditos, así que se lo dieron a quien figuraba en estos: Pierre Boulle, quien escribió la novela francesa original en que se basaba la película. Como anécdota diremos que este ni siquiera hablaba inglés.
Finalmente le concedieron en 1975 el premio del gremio de escritores (siglas en ingles WGA). Este reconocimiento le llego tan solo tres años antes de morir (1978). Después tuvo varios premios póstumos: en 1984 un Oscar por “El puente sobre el Rio Kwai”, y en 1995 otro reconocimiento por ser coguionista de “Lawrence de Arabia”.
Así pues “La sal de la tierra” es una joya del cine norteamericano. Considerada por muchos la primera película independiente. Una cinta comprometida y de unas cualidades estéticas innegables. Y por ello ha sido una de las pocas en recibir el reconocimiento del National Film Registry. Sin embargo ese reconocimiento les ha llegado tarde a sus creadores. La película lejos de traer alegrías trunco la carrera artística de quienes se embarcaron en ella, de tal forma que a la mayoría no les llegó el reconocimiento hasta después de muertos. Víctimas de uno de los episodios más negros de la historia reciente de Estados Unidos.


miércoles, 2 de enero de 2019

📕 LIBRO "1959": CUBA, EL SER DIVERSO Y LA ISLA IMAGINADA 💥




1959 o el año de la debacle

El año 1959 marca no el inicio, como suele decirse, de la más profunda y larga desgracia de los cubanos, sino la victoria del anhelo revolucionario, que otras guerras verdaderas -no su último simulacro- y reiteradas revueltas, habían comenzado mucho antes, a veces sin saberlo. 1959 fue el final de nuestra corta República. Desde entonces, los cubanos no tenemos país. Sólo una pelea contra los demonios de una nacionalidad incompleta, herida, fragmentada, ilusoria, inexistente. E imaginada, como advierte Manuel Gayol Mecías en su reciente libro, no en balde titulado 1959 (Neo Club Ediciones-Palabra Abierta Ediciones).

10 años le tomó a redactar este ensayo, cuyo título no podía ser otro. 1959 es un año que marca a los cubanos. Y no se trata de historia: aún 6 décadas después, es una realidad. Una espantosa realidad, intensamente defectuosa, que nos toca las narices con absoluta desfachatez y perversidad sociológica. Y aunque nuestro espíritu se niegue a creerlo, o incluso a aceptarlo, no son pocas las veces en que, dentro y fuera de la isla, sentimos que, a pesar de sus amagos y señales, este fantasmal epílogo que nos parece vivir -vivir y morir a cada rato- pudiera otra vez enredarse en el largo y tortuoso camino de alegres murallas, tales como la esperanza, el desespero y la imaginación. El yin y el yang de nuestros intentos perdidos. Ojalá nuestra agenda de golpes y eternos retornos se equivoque. En eso andamos, desde 1959.
Gayol Mecías aporta su visión de lo que somos, lo que hemos sido y, en buena medida, lo que no hemos logrado ser los cubanos
Gayol Mecías lo sabe. Por ello, entre la espada y la pared, entre la certeza y la incertidumbre, ha escrito esta larga lista de tribulaciones del cubano moderno. Que no sólo habla de los cubanos. Imagina a los cubanos. Indaga en cómo hemos andado como nación, cómo hemos sido vistos e imaginados, con aciertos y desaciertos, con intereses y desintereses, que no son pocos. Expone qué ha sido de esa imaginería, que el realismo socialista ha transformado en una gigantografía del tamaño de la isla, de donde aún, sin el Muro en Berlín ni la Unión Soviética, para la mayoría, entre mitos y realidades, es casi imposible escapar. Una isla que pareciera flotar, pero que no va a ninguna parte. Una ilusión, si acaso una intención a medias, disfrazada de país.

Con un lenguaje donde confluyen el ensayo y la poesía, la historia y hasta el relato, Gayol Mecías aporta su visión de lo que somos, lo que hemos sido y, en buena medida, lo que no hemos logrado ser los cubanos, a pesar de que digamos, o digan otros, lo contrario. Entre sueños y gestas, sangre y carnavales, prisiones y éxodos, riesgos y dobleces, sumas y restas, verdades y mentiras: en este libro, reflejo de una reflexión sobre nuestra historia, una vez más es posible comprobar nuestra insular receta de carencias, y defectos, a los que el autor le dedica buena parte. Mientras Gayol Mecías escribía (me aventuro a decir que desde antes), comprendió que “el hecho de analizar nuestros defectos, al tiempo que le hablo al cubano descalzo, era (y es) el mejor favor que podemos hacernos a nosotros mismos”.
Esto confiesa: “Desde hace unos diez años, vengo pensando en lo difícil de abordar este tema, puesto que he estado convencido de que lo primero es encontrar y definir cuáles son nuestros defectos y las principales connotaciones que hacen una imagen más justa de nosotros mismos, pues de alguna manera, la imagen es el significante del significado que debemos ser”.
Pensamientos, bibliografía, hechos, contextos, conceptos, metáforas, memorias: son recogidas aquí por un cubano que no vive en Cuba, pero que, como otros 2 millones (aunque ciertamente no con la misma intensidad y perspicacia), no ha dejado de vivir en la Cuba imaginada, por muy brutal que sus nostalgias sean. Pues el arsenal de anhelos, hablando de Cuba, es fácil de percibir, de imaginar. Varias de sus imágenes posibles, con el lente poético de Lezama Lima, y con la preocupación pedagógica de su autor, son retratadas, perseguidas, reinventadas en un ensayo, al que no quiere, no puede, ponerle punto final. Su objetivo es atávico e inexcusable: “saber de dónde venimos, quiénes somos y hacia dónde vamos”.

Con 1959 (cuyo subtítulo es Cuba, el ser diverso y la isla imaginada), Gayol Mecías quiere aportar sus hallazgos a las imágenes de la Cuba desarmada. Sabe que nuestra nación está inundada de “lagunas de olvidos”, y por eso, su libro, es también una forma de luchar contra el olvido: crear y rescatar palabras, imágenes posibles, contra 6 décadas de olvidos.
Los mitos políticos son creadores de imágenes y esas imágenes, interrelacionadas, dan lugar a espejismos
El “espejismo de la Revolución”, es decir, su insustancial, pero a la vez poderosa tropología, es una imagen cardinal en este libro. “Los mitos políticos son creadores de imágenes y esas imágenes, interrelacionadas, dan lugar a espejismos”, asegura Gayol Mecías, quien ensaya en lo que considera los 5 mitos fundacionales de la Revolución castrista: el de “Robin Hood”, la “Isla de la Utopía”, “David contra Goliat”, la “isla bloqueada por el imperio” y el “invencible Comandante en Jefe”. También menciona otros mitos, que sustentan la autocracia socialista, provenientes de los discursos de Fidel Castro: “El genio está en las masas. El genio es masivo”; “patria o muerte, venceremos”; “al socialismo le debemos todo lo que somos hoy”; “a la Revolución no hay quien la detenga”; “toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo”; “vamos a crear riqueza con la conciencia y no conciencia con la riqueza”, entre otros.

La Cuba de antes de 1959, es uno de los dolores y realidades históricas de las que zarpa Gayol Mecías para ensayar, que no es otra cosa que pensar, su nación. Que además de imaginada también reconoce rota, interminada, vilipendiada por una propaganda que ha ayudado a perpetuar el caos y la miseria en la isla, y el desconocimiento, y hasta no pocos desapegos, en el resto del mundo.

“Cuba no ha sido un referente de ejemplaridad durante la dictadura castrista, sino que —por el contrario— ha sido una devastadora avalancha de empobrecimiento y su referente se ha invertido en relación con lo que era antes de 1959. Si Cuba fue un ejemplo a imitar para otros países, en cuanto a calidad de vida, lo fue antes de 1959. La supuesta Revolución cubana siempre se ha autoproclamado, desde su inicio, como un referente de avanzada (…) cuando en verdad ha sido todo lo contrario, como he dicho, aun cuando la publicidad de la izquierda ha coadyuvado a proyectar su mito de una manera muy siniestra, valga la redundancia (…). A partir del año 1959, este estatus de referencia se ha invertido y la Isla ha pasado a ser un referente de pobreza en todo sentido”, señala el también autor de La penumbra de Dios y Viaje inverso hacia el Reino de Imago, entre otros títulos.
En la década de los anos 50 contaba ya con una excelente asimilación empresarial y tecnológica de todo lo que entraba al país procedente principalmente de Estados Unidos
De esa Cuba, recuerda el ensayista, con todo el peso de la historia como cimiento: “era un referente en tanto ejemplo a imitar por haber sido síntesis de lo posible en este continente, como ya Fernando Ortiz lo constataba, en otro sentido, al señalar que Cuba era modelo de transculturación —y la transculturación resultaba ser, a su vez, un abanico de posibilidades por la rapidez del cruzamiento de razas en la Isla, y porque el cubano en la década de los anos 50 contaba ya con una excelente asimilación empresarial y tecnológica de todo lo que entraba al país procedente principalmente de Estados Unidos. Hasta que en 1959 comenzó la debacle”.

Gayol Mecías es un poeta. Por eso, incluso ante el horror petrificado que marcha por su nación en triste manada, ha preferido hablar de imágenes. No podía dejar de dedicarle, con paciencia de 10 años, capítulos a imágenes tales como el ajiaco de los genes, la utopía de la imperfección, los bufos con imaginación, la prostitución insular, la burla, la supervivencia, la pachanga, las lágrimas, el relajo, el desdoblamiento, la imaginación frustrada y los rejuegos del poder, y otros tropos que nos acompañan a los cubanos, con imponente presencia, como chasquidos en los ojos, sobre todo desde 1959.

Hablamos de un libro que ama profundamente a Cuba. Que se niega a permitir que las imágenes construidas por la propaganda revolucionaria supriman por completo la ya casi borrada historia de antes de 1959 y mucho de lo que hoy se fermenta y arde en las calderas del socialismo real. Al ser escrito ahora, 1959 no presenta a Cuba como la palabreada isla solitaria de los años nebulosos 60. La recorre hasta su impacto en Latinoamérica, con los satélites cubanos del llamado Socialismo del siglo XXI, que no es más que el nuevo maquillaje de las dictaduras de izquierda en Latinoamérica, con el castrismo en la cabeza del pulpo, y a quienes considera menos peligrosas que la matriz del fenómeno: el gramscismo. Esa estratagema seudointelectual para esconder narcoestados y justificar la imposición de la violencia, la demagogia, el terror, la miseria material y espiritual.
Hay mucho más en las 400 páginas de 1959. Cuba, el ser diverso y la isla imaginada. Creo que a todo el que le interese Cuba, ya sea para aprender, inspirarse, asentir o discutir (ese estado que tanto nos gusta a los cubanos), le llamará la atención este libro de Gayol Mecías. Un cubano que se ha atrevido, otra vez, ya no sólo a hablar de los cubanos -eso no es noticia-, sino, sobre todo, a pensar los cubanos. Lo cual siempre es un riesgo.
(Palabras de presentación del libro “1959” en el X Festival Vista de Miami, el 15 de diciembre 2018).

PRÓLOGO

Hace unos diez años empecé a escribir este libro. En algunas ocasiones pensé dejarlo de lado, pero siempre recapacitaba y me decía que debía continuarlo, pues tenía que ser capaz de abordar y concluir un tema tan complejo y múltiple como es el caso del ser cubano.
A mi modo de ver, nuestra identidad es indefinida por algunas razones que a veces pasamos por alto, y ha sido así por lo inmersos que hemos estado en el asombro de esas virtudes que siempre nos identifican. Pero si hacemos un esfuerzo y nos salimos del álbum que colecciona las eficacias de nuestros egos, entonces es probable que encontremos el camino para un acercamiento más cabal a la realidad de saber de dónde venimos, quiénes somos y hacia dónde vamos¹.

En efecto, desde hace unos diez años, vengo pensando en lo difícil de abordar este tema, puesto que he estado convencido de que lo primero es encontrar y definir cuáles son nuestros defectos y las principales connotaciones que hacen una imagen más justa de nosotros mismos, pues de alguna manera, la imagen es el significante del significado que debemos ser.
En verdad, no era por temor a que se me tachara de desleal o desafecto hacia mi propia identidad. Eso me tenía sin cuidado porque siempre he sabido que -a conciencia limpia- nunca le he temido a los temas espinosos. Más bien habría sido por cierto sentimiento de vergüenza en caso de que lo que dijera aquí pudiera ser injusto con ese cubano que tiene los pies hinchados de tanto andar a pie y, en muchos casos tener que andar descalzo o con los zapatos rotos, y también por un tanto de sonrojo a la hora de hablar de nuestros defectos (que es en esencia de lo que más trata este libro).
No obstante, al fin comprendí que el hecho de analizar nuestros defectos, al tiempo que le hablo al cubano descalzo, era (y es) el mejor favor que podemos hacernos a nosotros mismos.

Otra cosa más es el asunto de poner el parche antes de que salga el descosido; eso de que hay varios temas a los cuales observo con insistencia, como para que no se escape alguna fístula en forma de conducto maltrecho y lacerante. Y que por ello me pudiera arriesgar a que la crítica, demasiado rápidamente, quiera ver en algunos temas que se repiten la sombra nefasta de la taurología. Pero esta no es tal, sino que apuesto por el recurso que me sirve para limar algunas asperezas que permanecen a veces en el análisis de un mismo tema ya dado con anterioridad. Una manera más de llenar, supuéstamente, lagunas de olvidos pero que, en realidad, no son más que insistentes ampliaciones, necesarias, que contribuyen a una mayor comprensión del tema tratado, por lo que no me disculpo de ninguna endiablada repetición conceptual.

Por otra parte, quiero tocar el hecho de que Cuba siempre -antes de 1959- pudo ser un referente (en la buena economía, el desarrollo social y la connotación histórica) para otros países. Esto, efectivamente, está avalado por crónicas reales y estadísticas muy concretas. Para aclararlo mejor, Cuba no ha sido un referente de ejemplaridad durante la dictadura castrista, sino que -por el contrario- ha sido una devastadora avalancha de empobrecimiento y su referente se ha invertido en relación con lo que era antes de 1959. Si Cuba fue un ejemplo a imitar para otros países, en cuanto a calidad de vida, lo fue antes de 1959. La supuesta Revolución cubana siempre se ha autoproclamado, desde su inicio, como un referente de avanzada (en los rubros mencionados arriba, cuando en verdad ha sido todo lo contrario, como he dicho, aun cuando la publicidad de la izquierda ha coadyuvado a proyectar su mito de una manera muy siniestra, valga la redundancia). Desde hace mucho tiempo ya, incluso a parcir del año 1959, este estatus de referencia se ha invertido y la Isla ha pasado a ser un referente de pobreza en todo sentido.

Su cercanía a Estados Unidos, en su carácter de isla que, asimismo, ha supuesto un enclave geográfico de gran encuentro cosmopolita, además de que el estadounidense siempre mantuvo una relación histórica de afinidad con el cubano, así como por intereses económicos y muchos aspectos culturales, todo ello, reitero, hizo siempre que Cuba, ames de 1959, fuera un centro importante de experimentación para la industria y la socioeconomía del país más poderoso del planeta. De aquí el carácter modélico de la Isla, en aquellos tiempos, para las demás naciones de América Latina y el mundo.
En realidad, era un referente en tanto ejemplo a imitar por haber sido síntesis de lo posible en este continente, como ya Fernando Ortiz lo constataba, en otro sentido, al señalar que Cuba era modelo de transculturación -y la transculturación resultaba ser, a su vez, un abanico de posibilidades por la rapidez del cruzamiento de culturas en la Isla, y porque el cubano en la década de los años 50 contaba ya con una excelente asimilación empresarial y tecnológica de todo lo que entraba al país procedente principalmente de Estados Unidos. Hasta que en 1959 comenzó la debacle.
¹Estas tres preguntas son las más antiguas que pudo haberse hecho, y todavía puede hacerse así mismo el género humano. Pero incluso estas tres interrogantes también son aplicables a una cultura y a un pueblo, cuando se trata de buscar su origen e identidad. Son tres preguntas que siempre estarán latentes en este libro, puesto que, de una forma u otra, con sus respuestas intento acercarme un tanto a la complejidad de lo que pudiera ser nuestra indefinida cubanidad.

60 años de la Revolución Cubana
 y el legado más aciago de la historia
La grosera opulencia que contrasta con la miseria de sus gobernados —de sus oprimidos, más bien—. Es también su legado, el de la Revolución, el sometimiento de otros pueblos
David venció a Goliat. Luego de ese primero de enero, de 1959, el periodista Herbert Matthews escribió en The New York Times: “El más duro, el más fuerte, el más brutal de los dictadores modernos de América Latina, el general Fulgencio Batista, tuvo su merecido esta semana”.

Y, justiciero, entonces héroe entregado a la tierra por el mismísimo Dios, Fidel Castro, fue quien le dio su merecido. Guardián de la justicia, osado, valiente y necesario, se alzó contra el principal emisario del, para ellos, funesto imperio americano en el Caribe. Y entonces, en enero de 1959, el mismo Herbert Matthews, cronista de las hazañas de los barbudos en Sierra Maestra, lo decretó al titular su artículo sobre la victoria de Fidel Castro: “Cuba: el primer paso hacia una nueva era”.

Lo que no sabía Matthews —y lo que nadie supo en ese momento, porque todos, absolutamente todos, andaban embelesados por un fenómeno inédito, indescriptible y peligroso—, era que esa nueva era jamás acabaría. Que sería eterna y que, aunque se añejaría con arrolladora rapidez, no mermaría. Andaría arrastrando sus pies, como ánima decrépita empecinada en no descansar, llevándose consigo lo que se atravesara.

Y tampoco mermaría el embrujo. Porque a todos les fascinó las hazañas de un grupo de hombres, barbudos, que se atrevía a desafiar desde una montaña, y con pocos recursos, a la mayor nación del mundo. “La reprobación por lo que Fidel ha hecho en la práctica con sus poderes dictatoriales, no podrá extirpar del corazón de los latinoamericanos la emoción de haber visto desafiado, ¡desde Cuba!, el poder imperial norteamericano”, escribió el pensador y periodista venezolano, Carlos Rangel.

Como Cuba “sufría más que ninguna otra nación latinoamericana, en su orgullo, en su dignidad (…) la humillación de ser y no ser americano“, precisó Rangel, los barbudos que alzaban los banderines de la Revolución encontraron un terreno fértil para, con el respaldo de un pueblo que aplaudió los gestos autoritarios, imponer esa nueva era que llegaría con la sangre de los disidentes y la sumisión de los más débiles.

Muerte. Terror. Éxodo. No podía empezar peor la Revolución que se imponía. Señales fuertes demostraban desde entonces, el último año de la década de los cincuenta y los primeros de los sesenta, que la “nueva era” a la que hacía referencia Herbert Matthews estaría caracterizada por lo peor de la miseria humana. Que la violencia y el terror serían desgastadas herramientas. Que no habría disidencia y el objetivo sería la ruina entera de una isla, otrora la más próspera del Caribe.

Y, entonces, el hechizo fue desvaneciéndose. Muchos de los cautivados dejaron de estarlo. Desapareció la ceguera y los espejismos se diluyeron. Entonces, se reveló la verdad: Fidel Castro no era ningún héroe ni semidiós de hazañas homéricas. Bocazas, carismático, atractivo, viril e insolente, se había hecho con el poder, rodeado de agresivos y sanguinarios lamebotas, para no soltarlo y someter a todo aquel que estuviera dispuesto a desafiarlo.

Por ese propósito absolutista desapareció a quienes empezaron a incomodarlo. Fueron víctimas de él antiguos grandes compañeros. Varios de sus mejores aliados, y precisamente por sobresalir, terminaron nadando con los peces, alimentando a los gusanos —o escondidos tras barrotes de los calabozos—. Huber Matos, Camilo Cienfuegos y el mismo Ché Guevara son testimonio de la fiereza del máximo comandante. De cuán implacable y cruel puede ser.

“Fidel, el Ché, Raúl Castro y unos cuantos tipos más, audaces e ignorantes, estaban decididos a liquidar una imperfecta democracia liberal, regida por una Constitución socialdemócrata, totalmente perfectible, y transformar ese Estado en una dictadura prosoviética sin propiedad privada, ni derechos humanos, y mucho menos separación e independencia de poderes. Simultáneamente, echaban sobre los hombros de los cubanos la responsabilidad de ‘enfrentarse al imperio yanqui’ y transformar el planeta para imponer, a sangre y fuego, el ‘maravilloso’ modelo social desovado por Moscú desde 1917”, escribe el intelectual cubano Carlos Alberto Montaner.

Y así fue. La miseria, rauda, llegó. Con ella, la huida. Miles de cubanos empezaron a abandonar la isla ante la imposición del raído modelo comunista. El tiempo se detuvo pero no pudo evitar la descomposición de las arquitecturas y los vehículos en las ahuecadas calles de La Habana. El estropeado paisaje, que se balancea entre una belleza histórica y el terror por la abrumadora miseria, sirve como prueba de la supresión de los mercados y las libertades.

Han pasado sesenta años. Seis décadas, exactas, desde que se empezó a imponer uno de los más letales totalitarismos de la historia. Seis décadas en las que un régimen, con impunidad, ha podido fusilar y llevar a la tumba, según la organización Cuba Archive, a unas 9 mil víctimas; seis décadas de impunidad de un régimen que traficaba la sangre de perseguidos políticos a Vietnam. De la Revolución que mató, que impuso la miseria y disfrutó el botín.

Alguno hablará de la Revolución Cubana como un proyecto fracasado. Pero cómo se fracasa cuando los planes se implantaron, el modelo gobernó, y se disfrutó la abundante riqueza. Cómo es fracaso cuando los mayores jerarcas, y sus aliados, jamás interrumpieron la oligarca costumbre de posar el buen whisky en las mesas de mimbres mientras se acompaña con un buen puro y se disfruta, luego, un paseo en yate por las costas de Varadero.

Y ese es, al final, su legado. El más aciago de la historia. La grosera opulencia que contrasta con la miseria de sus gobernados —de quienes oprimen, más bien—. Es también su legado, el de la Revolución Cubana, el sometimiento de otros pueblos. La claudicación, humillante y deshonrosa, de gobernantes, títeres, peones desleales, ingratos, felones, ante la voluntad de la gran estrella de la izquierda mundial, Fidel Castro, y su línea de sucesión imperial.

Eso fueron Hugo Chávez, Daniel Ortega, Lula da Silva, Cristina Kirchner, Evo Morales, Manuel Zelaya, Rafael Correa, Michelle Bachelet, José Mujica, Ollanta Humala, Dilma Rousseff. Hijos del Foro de Sao Paulo, aquel proyecto de Fidel Castro para volver potable sus ideas comunistas. Que en su momento enarbolaron el estandarte del Socialismo del siglo XXI para imponer en la región los Días de sumisión. Ese, al final, también el máximo legado de la Revolución Cubana.

La miseria y el horror que aún hoy asedia a los venezolanos, a los bolivianos y a los nicaragüenses. De la que muchos pudieron salvarse, pero que aún brilla, en el corazón de los países que algún Dios abandonó, amén de que el proyecto y el legado de Fidel Castro sigue vivo. El aciago legado que debe acabar.

martes, 1 de enero de 2019

✨ MENSAJE NAVIDEÑO Y FELIZ AÑO NUEVO POR AMILCAR SEGURA - UNA NAVIDAD VACÍA Y EL BRINDIS DEL BOHEMIO

 

MENSAJE NAVIDEÑO POR AMILCAR SEGURA 
Y UNA NAVIDAD VACÍA POR ARGENIS CARRUYO






NAVIDAD VACÍA - ARGENIS CARRUYO


FIN DE AÑO


"EL BRINDIS DEL BOHEMIO" es un poema famoso del mexicano Guillermo Aguirre y Fierro, que narra el brindis de seis amigos, bohemios todos, que con whisky y ajenjo “celebraban entre risas, libaciones, chascarrillos y versos, la agonía de un año que amarguras dejó en todos los pechos y la llegada, consecuencia lógica, del feliz Año Nuevo”.

Por todos estrechado alzó la copa
frente a la alegre tropa
desbordante de risa y de contento.
los inundó en la luz de su mirada,
sacudió su melena alborotada
y dijo así, con inspirado acento:

Brindo por la mujer, más no por esa
en la que hayáis consuelo en la tristeza
rescoldo del placer ¡Desventurados!;
no por esa que os brinda sus hechizos
cuando besáis sus rizos
artificiósamente perfumados.

Yo no brindo por ella, compañeros,
siento por esta vez no complaceros;
brindo por la Mujer, ¡pero por Una!
por la que me brindó sus embelesos
y me envolvió en sus besos:
por la mujer que me meció en la cuna.

Por la mujer que me enseñó de niño
lo que vale el cariño
exquisito, profundo y verdadero;
por la mujer que me arrulló en sus brazos
y que me dio en pedazos,
uno por uno, el corazón entero.

¡Por mi Madre bohemios!

Por la anciana que piensa en el mañana,
como en algo muy dulce y muy deseado;
porque sueña tal vez, que mi destino
me señala el camino
por el que volveré muy pronto a su lado.

Por la anciana adorada y bendecida,
por la que con su sangre me dio vida
y ternura y cariño;
por la que fue la luz del alma mía
y lloró de alegría
sintiendo mi cabeza en su corpiño.

¡Por ella brindo yo!
dejad que llore y en lágrimas desflore
esta pena letal que me asesina;
dejad que brinde por mi madre ausente,
por la que sufre y siente
que mi ausencia es un fuego que calcina.

Por la anciana infeliz que sufre y llora
y que del cielo implora,
que vuelva yo muy pronto a estar con ella;
por mi Madre, bohemios,
que es dulzura vertida en la amargura
y de mis negras noches es mi estrella...

El bohemio calló.
Ningún acento profanó el sentimiento
nacido del dolor y la ternura,
y pareció que sobre aquel ambiente
flotaba inmensamente...,

Un poema de amor y de amargura.