EL Rincón de Yanka: LIBRO "LA GUERRA CULTURAL: LOS ENEMIGOS INTERNOS DE ESPAÑA Y OCCIDENTE" 😠😡

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domingo, 18 de octubre de 2020

LIBRO "LA GUERRA CULTURAL: LOS ENEMIGOS INTERNOS DE ESPAÑA Y OCCIDENTE" 😠😡

‘La guerra cultural: 
los enemigos internos de España y Occidente’
Mientras el mundo anglosajón utiliza todos los medios disponibles para engrandecer su historia, en España somos expertos en tirar piedras contra nuestro tejado
Frances Stonor Saunders (¿Quién pagó al flautista? La CIA y la guerra fría cultural) demostró que en plena guerra fría la CIA (con la colaboración de los servicios secretos británicos), y para hacer frente a la oferta cultural comunista, no solo publicó y tradujo a autores conocidos que seguían la línea preferida por los Estados Unidos (incluida la línea socialdemócrata no comunista), sino que patrocinó el arte abstracto para contrarrestar el arte con algún contenido social. Lo mismo o parecido hizo el KGB. Era la guerra fría, algunos dirán, pero,
¿no ocurre algo parecido en la actualidad? Aunque el número de conflictos armados entre naciones pueda haber disminuido (sin contabilizar el terrorismo), la guerra de propaganda es permanente. Si la guerra convencional comienza en la frontera de un país y acaba en la puerta de nuestras casas, la guerra de propaganda no conoce límites físicos: entra en nuestra mente y en el inconsciente de nuestros vecinos, hijos y potenciales clientes o visitantes. Cada país defiende su reputación y ataca la de sus adversarios, aunque solo sean económicos y culturales, pues en un mundo globalizado cada nación compite también en prestigio, la antesala de un buen marketing para sus productos y empresas.
Muchos de los libros de texto de la mayoría de los Estados norteamericanos denigran el Imperio español mientras ensalzan al británico
El refrán norteamericano “quien paga al flautista tiene derecho a escoger la melodía” sigue en vigor en la actualidad. Hollywood continúa siendo el mejor Ministerio de Cultura de Estados Unidos…, y de Gran Bretaña, pues lo que defiende en multitud de películas no es solo una forma de vida sino el modelo cultural anglosajón. Por ejemplo, si uno ve la serie “Empire” de History Channe’, canal de propaganda mundial, el Imperio español pareciera no haber existido. Esta colaboración estrecha entre antigua colonia y metrópoli para la defensa de un interés común, no se da sin embargo en el lado “hispano” donde sucede justamente lo contrario. Basta comparar, por ejemplo, el planteamiento de películas como ”Oro” (2017) o la serie de TV “La peste”, con variedad de películas y series sobre reinas, reyes y gobernantes británicos (Enrique VIII, Isabel I, Victoria, Jorge VI, Churchill, Isabel II, la famosa The Crown). Incluso en los casos en los que nos ponemos a promocionar nuestra épica (e,g, película “Zona hostil” (2017) y series sobre Isabel la Católica y Carlos I en España), se trata de casos aislados, sin duda muy meritorios, pero que no pueden competir en enfoque, presupuesto, técnicas de propagada subliminal y promoción.

Mientras los demás utilizan todos sus medios disponibles para engrandecer su Historia (mintiendo si es necesario y escondiendo sus errores y horrores) y, llegado el caso, denigrando la de los demás, en España no solo tenemos muy pocas películas sobre nuestras hazañas históricas, incluyendo las derrotas dignas y valerosas, sino que cuando nos ponemos a ello las utilizamos a menudo para tirar piedras contra nuestro tejado. Compárese cómo se transforma una derrota en una victoria moral enfocándose en los gestos de heroísmo reales o inventados (“Dunkerque”, 2017, de producción anglo-americana, con presupuesto de 100 millones de dólares) o hacer algo muy distinto teniendo mejores motivos: “1898. Los últimos de Filipinas”, 2016, con 6 millones € de presupuesto que describe el sitio de Baler, una hazaña que honran todavía hoy los propios filipinos.

Relato histórico y mercadotecnia

La mayor gesta militar en defensa de Europa fue la resistencia heroica de Castelnuovo en 1539 por el Tercio viejo de Francisco de Sarmiento. ¿Cuántas películas, documentales si hubiesen sido ingleses o franceses? Pero es más, en los países de habla inglesa es habitual por ejemplo, tanto en teatro como en cine, presentar a Catalina de Aragón, primera mujer de Enrique VIII, como una mujer morena de aspecto árabe (prototipo de la “mediterránea”), cuando ésta era pelirroja y de tez muy blanca, mientras que Ana Bolena (la supuesta inglesa e pura cepa) tenía los ojos y pelo negros. ¿Lo denunciamos? No. Imagínense si fuera al revés.

Un ámbito específico y especialmente grave donde pervive la leyenda negra es el de la escuela. P.W. Powell ya destacó en 1971 cómo los libros de texto de la mayoría de los estados norteamericanos denigraban al Imperio español mientras ensalzaban al británico sobre la base de ejemplos y argumentos falsarios. Todavía hoy, los niños holandeses aprenden lo terribles que eran los españoles y el ogro del Duque de Alba, pero ni una mala palabra contra los ingleses que les robaron su Imperio. Ni siquiera el paso del nazismo por este territorio ha sido capaz de borrar del todo esa imagen anti-española. En la escuela primaria de Gran Bretaña se adorna la leyenda de su “gran” victoria sobre la Armada invencible, presentando una poderosa flota española mucho más numerosa de lo que fue, vencida por un puñado de heroicos navíos tripulados por audaces patriotas. Se oculta así que la flota inglesa era de doscientas veintiséis naves (226) frente a las ciento treinta y siete (137) españolas, de las cuales la mayoría eran además barcos mercantes, ignorando que incluso con esta disparidad de fuerzas, si no llega a ser por la fuerte tormenta, habrían ganado seguramente los españoles.
¿Qué hacemos sin embargo nosotros? Poner el nombre de una de nuestras más tristes derrotas a numerosas plazas y calles: Trafalgar
Mientras…, en nuestra escuela ¿alguien les cuenta a nuestros hijos, por ejemplo, que Blas de Lezo en 1741 con 6 barcos y 2.800 españoles derrotó a la flota del Almirante Vernon de 195 barcos y 23.000 soldados ingleses en Cartagena de Indias? ¿Y que sus estrategias militares han sido replicadas en cientos de películas bélicas, pero sin nombrarle? Bastaría decir la verdad, pero en su lugar “compramos” acríticamente que la invención de la imprenta fue más relevante para el cambio de época (edad moderna) que el hecho de que el mundo se conociera a sí mismo (1492). Por no hablar de los “manuales escolares del odio a España” que pueblan las aulas catalanas y vascas, aunque no solo.

Nuestros competidores, y a veces socios, defienden lo suyo con naturalidad y sin complejos. Nosotros ni siquiera celebramos nuestras grandes victorias “reales”. Ellos tienen claro que el relato histórico dominante (propio y de los demás) es un elemento clave de la mercadotecnia pública al servicio del interés general. Incluso son capaces de transformar sus mayores fracasos y sombras del pasado en productos comerciales de éxito: e.g., el Almirante Vernon es hoy una marca prestigiosa de ron, mientras la leyenda confusa e injusta contra la asesinada católica María Estuardo se convierte en nombre del famoso cóctel “bloody Mary”. ¿Qué hacemos sin embargo nosotros? Poner el nombre de una de nuestras más tristes derrotas a numerosas plazas y calles (Trafalgar). Busquen en Inglaterra alguna cale con el nombre “Cartagena de Indias”. Ni una. No son tontos. Tampoco ponen estatuas y dedican calles a un extranjero que arrasó decenas de sus ciudades y matado a miles de sus ciudadanos, aunque la estatua de un dictador patrio, Oliver Cromwell, presida todavía hoy sin rubor la fachada del parlamento de Westminster. Mientras, nosotros redecoramos la vida de Almanzor cual primer presidente de Cáritas. Ellos digieren su historia, nosotros la vomitamos.
«Occidente sufre la peor crisis de su historia y España corre el riesgo de desaparecer como nación. Estos dos procesos no coinciden en el espacio-tiempo por casualidad sino que comparten causas comunes».
Vivimos dentro de una guerra cultural que pasa a menudo desapercibida. Esta guerra tiene por supuesto una dimensión externa, que no conviene despreciar, pero si España y Occidente están hoy en peligro de continuar debilitándose en una crisis multipolar y permanente, es principalmente debido a factores internos: los adversarios más peligrosos los tenemos en casa. Este libro descubre y analiza quiénes son esos enemigos internos, reconociendo que aunque no están todos los que son, sí son todos los que están.
Asistimos a un bloqueo del debate social fundamentado sobre verdades contradictorias tenidas ambas por indiscutibles. Para superar dicho bloqueo intelectual, frente al habitual análisis dicotómico (blanco-negro) o sectario de «la política de un solo ojo», el autor adopta un enfoque transversal que va a las causas profundas de los problemas, aplicando para ello un novedoso método relacional-integral, al tiempo multidisciplinar y multinivel, como bote salvavidas para navegar en un mar cultural de olas paradójicas. Para salir de esa edad oscura sólo cabe llevar a cabo un nuevo renacimiento cultural que establezca un nuevo equilibrio entre tradición e innovación.
Tras los éxitos de sus libros La leyenda negra: historia del odio a España y La conjura silenciada contra España, Alberto G. Ibáñez se atreve con un reto todavía más exigente, con un resultado que no defrauda ni deja indiferente a nadie.
La guerra cultural que se está librando en Occidente tiene en España uno de sus campos de batalla más feroces. En efecto, desde los intentos de “cancelar la cultura” en los Estados Unidos hasta la ofensiva contra Polonia y Hungría en la Unión Europea, todo intento de defender y afirmar los fundamentos de nuestra civilización sufre ataques incesantes so pretexto de los derechos humanos, la justicia histórica, la resistencia indigenista, etc.
Los fundamentos de Occidente son la tradición judeocristiana y la herencia grecorromana. No son los únicos, desde luego, pero sin ellos nuestra civilización sería otra cosa. El cristianismo humanizó la civilización romana y encontró en la filosofía griega un camino hacia la Revelación definitiva, que es Cristo. Sin el Derecho de Roma, ningún ordenamiento jurídico europeo sería lo que es hoy. Sin la filosofía tomista ni la tradición monástica, nuestro continente no hubiese alumbrado sus horas más luminosas.
Esto reviste especial importancia en el caso de España, que podría haber sido otra cosa -un territorio más del mundo islámico, por ejemplo- pero defendió y afirmó su pertenencia a la civilización cristiana, romana, europea. No se la puede destruir sin socavar esos cimientos. El islam ha dejado una huella profunda en buena parte de España, pero España no es un país islámico.

Es un error pensar que la ofensiva contra la Iglesia católica es una distracción de otras cosas. La polémica sobre la cruz del Valle de los Caídos no es una cortina de humo para distraer de la calamitosa política de prevención y contención de la pandemia, sino un objetivo hacia el cual se avanza aprovechando la terrible hora que atraviesa España: la estigmatización y erradicación de la identidad nacional a través de la deslegitimación de sus fundamentos, ya sea la fe, la unidad territorial, la historia, la lengua española o cualquier otro de los elementos que vienen cohesionando España desde hace siglos. Domínguez Ortiz tituló su famoso libro “España. Tres milenios de historia”. Con eso se quiere acabar ahora.
En efecto, la alianza entre los enemigos de España tiene el único objetivo de destruirla. Pretenden asociar nuestro país a todo aquello que deslegitima a un país y a un proyecto nacional: el machismo, el racismo, el fascismo, la xenofobia, la corrupción, el atraso, la brutalidad, la ignorancia. Es el “modus operandi” propio de los movimientos subversivos, desde las organizaciones terroristas de los años 60 y 70 hasta las “revoluciones de colores” inspiradas en las doctrinas de Gene Sharp y la Institución Albert Einstein. La reciente campaña publicitaria de la serie Patria, inspirada en la novela homónima de Fernando Aramburu, brinda un buen ejemplo de la presentación de España como un Estado torturador y terrorista además de dar una magnífica razón para darse de baja de la plataforma.

Nuestro país atraviesa un momento doloroso y decisivo. Aprovechando la pandemia, sus enemigos tratan de hundirla cultural, económica y políticamente. Los etarras salen en libertad y se los recibe entre aplausos. Se intenta reescribir la historia so pretexto de los valores democráticos. Se intenta sumir en el silencio o en el descrédito a los discrepantes. Se ataca a la Iglesia católica. Se profanan templos. Se ridiculiza las creencias de millones de católicos (y sólo las de éstos). Todo lo que sirva para desdibujar la identidad nacional se celebra y todo aquello que la afirme se silencia, se deslegitima o se persigue. Vean la tibieza -por no decir la dejación- a la hora de afirmar desde instancias oficiales la españolidad de la gesta de Magallanes y Elcano.

Por eso, debemos defender todos aquellos símbolos e instituciones que los enemigos de España quieren destruir. Hemos de afirmar la verdad de los hechos frente a los intentos de blanquear a ETA. Debemos defender los fundamentos de nuestra civilización frente a quienes pretenden socavarlos. Occidente no es un invento. España no es una ficción, ni un mito ni una construcción ideológica del siglo XIX.


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