EL Rincón de Yanka: UNA FILOSOFÍA DEL DISENSO

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CALENDARIO DE ADVIENTO 2017

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domingo, 30 de julio de 2017

UNA FILOSOFÍA DEL DISENSO


¡Oh patria! Cuántos hechos, cuántos nombres;
cuántos sucesos y victorias grandes...
Pues que tienes quien haga y quien te obliga,
¿Por que te falta, España, quien lo diga? 
Lope de Vega, La Dragontea 

"El disidente no aspira a cargos oficiales 
ni busca votos. No trata de agradar al público, 
no ofrece nada ni promete nada. 
Puede ofrecer, en todo caso, sólo su pellejo”. 
Valclav Havel
"El disenso es el comienzo de la verdad. Donde hay consenso no hay pensamiento, sólo voluntad impuesta por el poder. El consenso político empieza degenerando el lenguaje". Antonio García-Trevijano
El acceso etimológico que nos permite el término disenso es el siguiente: Proviene del verbo latino dissero: examinar, discutir una materia, que se vuelca en el sustantivo dissensus que significa otro sentido.
El sufijo dis, que proviene del adverbio griego δις y que en latín se tradujo por bis=(dos veces), significa oposición, enfrentamiento, contrario, otra cosa. Así tenemos por ejemplo los vocablos disputar que originalmente significa pensar distinto, o displacer que equivale a desagrado, o disyuntivo que es no estar junto, estar separado.
Disenso significa, antes que nada, otro sentido, divergencia, contrario parecer, desacuerdo. 

Para filósofos como Montesquieu, Voltaire y Rousseau la posibilidad del disenso fomenta el avance de las artes y las ciencias y la auténtica participación política.

Existe muy poca literatura acerca del disenso[i] y la poca que existe, viene desde el pensamiento institucionalmente aceptado, con lo cual el disenso está caracterizado: negativamente. “El disenso es negativo porque siempre está referido a un consenso previo” y vinculado a las minorías: “una de las características de toda minoría es una actitud de disenso”.

Es obvio que no compartimos para nada esta clasificación interesada y parcial del disenso. Pues, disentir, no es sólo negar un acuerdo sino que es, sobre todo, pretender otro sentido al que actualmente poseen las cosas y las acciones de los hombres y el mundo que nos rodea. Disentir es una actitud libre, personal o colectiva, de afirmar otra cosa a la propuesta. Psicológicamente es la primera actitud del hombre, al reconocerse como otro distinto del padre, para convertirse en adulto. El disenso enriquece el obrar humano y consolida una sociedad plural, al mismo tiempo que invalida cualquier intento homogeneizador o totalitario.

Muchos vinculan el disenso con la discrepancia entendida como negar el consentimiento a algo o alguien. Por el contrario, para nosotros el disenso no se agota en el afirmar lo que no se quiere (en la negación) sino que logra su plenitud en el pensamiento (teoría alternativa) y la actitud (práctica) no conformista a la dada. Es el origen del pensamiento y la conducta alternativa al orden o la normalidad constituida.

Es que el consenso, lo hemos visto hasta el hartazgo, a pesar de la opinión de los progresistas ilustrados, no puede servir como fundamento de la legitimidad política de la democracia porque siempre es el resultado de un acuerdo de partes con poder en la sociedad (racionalidad estratégica, que viene a responder a la pregunta de Lenín: ¿Qué hacer?) que puede conducir, y de hecho ha ocurrido infinidad de veces en la historia del mundo, a resultados aberrantes.

A contrario sensu, surge entonces el disenso en su función ético–política por antonomasia, como origen de la legitimidad política de la democracia pluralista y participativa, y no ya democracia acuerdista, de pactos o logias, que se caracterizan por tomar las decisiones antes de la deliberación. Esto es, transforman a la deliberación de las partes en un simulacro pour la galerie.

“En todo disenso”, afirma el filósofo Wagner de Reyna, “hay un enfrentamiento, una contradicción insalvable, y así resulta lo contrario de la dialéctica, que anticipa la síntesis que vislumbra –complacida y anhelante– en el horizonte. [...] Detrás del contenido lógico del disenso siempre hay una necesidad –axiológicamente fundada en lo insobornable– de hacer vencer la verdad. Nada más lejos de él, que el parloteo –hablar por hablar y discutir por discutir– y que la jovial disposición a un compromiso que no compromete a nada. Tal suele ser el tan celebrado consenso”[ii].

La dialéctica tanto en Hegel como en Marx es un producto de la modernidad, en su base está la vieja idea de progreso del Abad de Saint Pierre. Hablando filosóficamente la estructura de la aufhebung sein , es un suprimir que conserva para superar y no la simpleza intelectual a que nos tienen acostumbrados los manuales de filosofía de explicarla por la sucesión de la tesis, antítesis y síntesis, conceptos por otra parte, que Hegel jamás utilizó.

En cuanto a su calidad ética, el disenso no depende sólo de lo negado, vgr. Los ciudadanos norteamericanos disienten con el envío de tropas a Iraq, sino que depende también, y fundamentalmente, del contenido de la propuesta realizada por el disidente o no conformista, pero como los ciudadanos del ejemplo no tienen una propuesta alternativa, se quedan en la negación, su actitud se encuadra más bien en lo que sería una oposición o una rebelión y no una disidencia.

Esto es importantísimo para comprender el por qué de la crítica desde la izquierda a la teoría del disenso en el sentido que éste no tiene en cuenta la dialéctica, o peor aún, afirman que es contrario a la dialéctica porque se queda en la negación y no pasa a la negación de la negación, núcleo y sentido del método dialéctico.

El disenso para ellos es reducido a una infinidad de sucesiones dicotómicas de negación donde no está pensada la superación de las mismas secuencias. Pero repetimos, que el disenso no se agota en la negación sino que exige, tal como nosotros lo planteamos y entendemos, la creación de otro sentido al dado, al del statu quo reinante o vigente.

En el disenso la superación de la negación no se da como en el recetario marxista, porque las leyes mismas del movimiento del mundo real se expresan en la dialéctica, sino porque el disidente cuando disiente ofrece su pellejo, según la cita de Havel. La superación de la negación es existencial. Cuando se disiente es porque de facto ya se está plantado en otra realidad distinta que la vigente. El disenso no se agota como batalla ideológica–cultural sino que al nacer de un pensamiento situado exige tanto una práctica política como una práctica personal.

En definitiva, la calidad moral del consenso como del disenso no deriva del acto de consentir o disentir, error del progresismo ilustrado para quien el consenso es bueno y el disenso es malo, sino del asunto a que se aplican, estos actos.



[i] Cfr. Los trabajos de Javier Muguerza: Etica, disenso y derechos humanos, Bs.As. 2002 y Ernesto Garzón Valdés: El consenso democrático en Cuadernos electrónicos de filosofía N°0.
[ii] Wagner de Reyna, A. Prólogo a Ensayos de disenso, Barcelona, Ed. Nueva República, 1999, p.5.
IDOLATRÍA DEL CONSENSO
Alejandro Gigirey

Yo maldigo la fe relativista
que eleva a los altares el Consenso.
Iscariote sahumado con incienso,
leviatán disfrazado de exorcista.

Será piedra angular del arribista
y espacioso camino hacia su ascenso,
pues temido anticristo es el disenso,
destructor de la Iglesia del sofista.

Un nuevo mandamiento se decreta:
"Hermanos, odiaréis a la verdad
y muerto sea el verbo, su profeta".

Lanzada contra el habla la yihad,
triunfará el fariseo y su vil treta:
lograr con la palabra la omertá* 

* (La ley del silencio).

***
Una filosofía del disenso


Alrededor de los años setenta del siglo recién acabado, los marxistas de la Escuela de Frankfurt, con el filósofo Jürgen Habermas a la cabeza, teorizaron el recurso del consenso entre los grandes partidos políticos como el fundamento ético necesario para sortear la profunda crisis de representatividad en la que están sumidas las democracias occidentales menguadas desde tiempo por el totalitarismo partitocrático.



El postulado del consenso teorizado por la Escuela de Frankfurt no ha, por supuesto, beneficiado de algún modo el sistema democrático vigente; sino mas bien ha agravado su hipocresía porque los acuerdos entre los partidos, fruto de decisiones reservadas a sus cúpulas y tomadas casi siempre en ámbito extraparlamentario, han expropiado de sus efectivas atribuciones a los parlamentos electos, reduciendo de ese modo el sufragio universal a un rito puramente formal.



Pero no se trata de algo espurio introducido por la filosofía del consenso, siendo la hipocresía una potencialidad genética insita en la moderna democracia indiferenciada; hipocresía definida, pues, desde tiempo como una "lepra del espíritu" por Simone Weil (1944) [1] y denunciada puntualmente por Bertrand de Jouvenel como "democracia totalitaria" en su célebre Du Pouvoir (1945) y sucesivamente clasificada como una "tiranía sin rostro" por el destacado constitucionalista italiano Giuseppe Maranini (1949).


Como bien destacó el pensador español Gonzalo Fernández de la Mora (1977), tal hipocresía no constituye un proceso degenerativo del sistema democrático, sino que representa "la desembocadura lógica del Estado demoliberal de partidos" heredado de la cultura ilustrada, siendo - como reitera el citado Fernández de la Mora - "el espontáneo producto final del sufragio universal inorgánico". [2]

Colocándose en el surco de esa corriente de pensamiento, pero con un enfoque original propio, Alberto Buela enfrenta la crisis de representatividad política producida por el pensamiento democrático ilustrado, oponiendo a la "filosofía del consenso" responsable de un totalitarismo comunicacional que ha agotado el racionalismo radical de la ilustración, una peculiar filosofía del disenso a la cual él llega como conclusión de un acucioso itinerario crítico por el laberinto del pensamiento político corriente y que él franquea como un novelo Perseo utilizando un especial hilo de Ariadna, el hilo del Disenso.[3]

Alberto Buela denuncia un rasgo típico del actual conformismo, expresado principalmente por la cultura que se autocalifica de progresista: disfrazar con la retórica del consenso los conflictos que aquejan a nuestra sociedad, sin tener la capacidad o la voluntad de resolverlos. Entonces la idea de disenso se constituye como un instrumento metodológico para extender el pensamiento crítico y diferente en la sociedad contemporánea dominada por una metacategoría de dominación: la homologación del pensamiento correcto, único, igualitario de la globalización planetaria. En ese contexto el disenso se afirma, además, como una herramienta conceptual benéfica, según la significación semántica de "otro sentido, divergencia, desacuerdo".

Desde un inicial "contrario parecer", Buela sustrae el disenso de una caracterización institucionalmente negativa para cargarla de un sentido esencialmente positivo y propositivo. Para él, disentir "no es sólo negar un acuerdo, sino que es, sobre todo, pretender otro sentido" de manera que el disenso se transforma en una actitud de libertad personal y colectiva: la de "afirmar otra cosa a la propuesta"; esto es, un pensar diferente que enriquece el panorama cultural y político y al mismo tiempo contribuye, con aportes nuevos, a tonificar una verdadera civilización plural capaz de invalidar o por lo meno de limitar los intentos de imponer una homogenización mundialista de nuestra sociedad según un modelo totalitario.

Toda veraz pluralidad del mundo - sostiene Buela - se nutre de valores compartidos (lenguaje, creencias, instituciones) que constituye como un interculturalismo cuando cada identidad se piensa entre otras, pero a partir de su diferencia y no del solo hecho de pertenecer a una minoría; lo que desnaturaliza sus meritos intrínsecos, incurriendo en el grave error que hoy cometen los antropólogos multiculturalistas del pensamiento progresista.

En el pensamiento de nuestro autor, el disenso alcanza entonces su plenitud en la construcción de una teoría (el pensamiento alternativo) llevada a la práctica de una acción cultural y política que transita gradualmente desde el nivel social de un "arte del bien común " hacia los espacios conceptuales de una "metafísica de los principios" donde la política misma es rescatada de las trampas utilitaristas del hedonismo economicista imperante y elevada a las cumbres de la metapolítica concebida en su dimensión trascendente de "ciencias de los fines últimos".

De ese modo, el disenso - nacido a contrario sensu cual pensamiento disidente - asume dignidad y nobleza ético-política, siendo entendida la política - en su significación clásica y en su carácter sustantivo - como la expresión actual y viviente de la Politeia platónica (ciudad y civilización elevadas a la cumbre de la armonía y de la sapiencia) y de la Res pública ciceroniana (cosa del pueblo concebido no como simple agregación accidental de individuos, sino reunión de cives, ciudadanos asociados según consensus iuris et communis utilitatis).

De aquí las crisis recurrentes de los regímenes políticos erigidos sobre las elucubraciones abstractas de la "voluntad general" y no sobre la realidad esencial de los pueblos, sean esos regímenes de corte vetero-liberales o vetero-socialistas.

La cultura del disenso discrepa directamente de la cultura ilustrada importada en nuestra América y según la cual la entidad básica de la sociedad no es la persona concreta dotada de libertad y autonomía, sino el individuo abstracto al que se atribuye una soberanía ilusoria, luego absorbida en una "voluntad general" que anula todas las referencias sociales concretas.

El análisis históricos, incorporado como instrumento metodológico esencial de la cultura del disenso, nos aclara que - como enseñó el italiano Giovanbattista Vico en su magna obra La Ciencia Nueva (Nápoles 1725) - la sociedad (y el Estado en cuanto sociedad organizada) es originada no por contrato sino por "derecho natural eterno que transcurre en el tiempo", siendo la sociedad conformada básicamente "por la familia, la justicia, la religión"; es decir por elementos no pactados y no pactables.

La crisis institucional y funcional que ha afectado la democracia moderna, ha sido originada esencialmente por la confusión entre los conceptos de soberanía política y de soberanía social atribuidos al ciudadano abstracto postulado por la cultura de la Ilustración y no a la persona concreta considerada en su doble referencia social: ser el elemento humano que integra el Estado caracterizado por su jurisdicción en un ámbito territorial definido; y participar, al mismo tiempo, del conjunto de entidades subordinadas e intermedias entre las personas y el Estado, armonizando así la unidad necesaria en el ámbito político con la variedad que reina en las estructuras sociales.

Las entidades intermedias constituyen una realidad vigente en la sociedad contemporánea, tanto en el ámbito territorial (pueblos, municipios distritos, provincias, regiones) como en el dominio social (familias, gremios, colegios profesionales, asociaciones culturales, organizaciones sociales voluntarias, etc.), pero sin ejercer el rol participativo que les corresponde en el molde institucional de la sociedad

Por consiguiente el análisis crítico postulado por la cultura del disenso, destaca entonces la necesitad de restituir institucionalmente la soberanía social (de la que actualmente está despojado) al conjunto de las entidades intermedias en el contexto de una democracia orgánica, de la cual debe ser partícipe no el ciudadano uti singulus, como acaece en la actual democracia individualista, sino la persona uti socius, definida por la antropología social del Cristianismo como un ser personal, genéticamente orientado a relacionarse con los demás para realizar con ellos la Civitas hominum en su máxima potencialidad.

La soberanía social resulta, pues, el necesario elemento integrador de la soberanía política ejercida por los organismos del Estado sustentados en el sistema representativo plural de los partidos. Y tal integración - extendido el ejercicio de la libertad responsable y participativa desde las personas hacia los cuerpos intermedios - rescatará finalmente el consorcio civil desde las contradicciones liberticidas del presente, donde las funciones específicas de la sociedad han sido usurpadas por la tiranía sin rostro de la partitocracia.

Según la filosofía del disenso teorizada por Buela, la democracia cesa, entonces, de ser un simple formalismo procedimental, vaciado de todo contenido, incapaz por lo tanto de encauzar la compleja multiplicidad social de la era contemporánea en un régimen auténtica y dinámicamente representativo.

La cultura del disenso, mediante su vigor crítico y su racionalidad propositiva, restituye la democracia a su sentido clásico originario, como lo fue en el contexto de la civilización greco-romana; esto es: cesa de ser el fetiche de la utópica declaración de principios proclamados por la revolución francesa y regresa a ser - como para los antiguos - una complementación de la efectiva libertad del hombre libre - el polites eleutheros - que nutre una democracia holística donde los valores de libertad, pertenencia y participación son los fundamentos de una comunidad orgánica y no de individualismos e igualitarismos abstractos, come en el caso de las democracias modernas.

El disenso según Buela expresa la "gran delusión política" en la que se resume la crisis mundial inherente al agotamiento de los partidos políticos tradicionales y busca al mismo tiempo una representatividad más auténtica, capaz de enfrentar problemas específicos como el rescate de una efectiva soberanía nacional de los Países Iberoamericanos, soberanía caducada merced el afán de unas clases políticas para sumarse a un mundo globalizado según un modelo neoliberal único. Y es aquí donde la cultura crítica del disenso postulada por Alberto Buela destaca la autonomía y la especificidad del mundo iberoamericano con respeto a la cultura anglosajona que ha moldeado la noción de sociedad en América del Norte; una noción, esta, que - destaca oportunamente Buela - está relacionada con una idea de la "humanidad civilizada" semejante a aquella postulada por los filósofos europeos del Iluminismo, mientras que, como se deduce de todo su pasado histórico, es propio de Iberoamérica el concepto de "comunidad como unión orgánica y natural del hombre" vinculada a su tierra y a sus raíces ancestrales, elemento básico para "la creación de pequeñas comunidades orgánicas autónomas que permitan la instauración de una verdadera democracia participativa", según proponía para su mismo País un decenio atrás el italo-norteamericano Paul Piccone, citado por Buela.

Alberto Buela denuncia el carácter ideológico del consenso, cual simulacro que enmascara la voluntad de poder de un grupo político o una clase social; además observa oportunamente que el disenso es algo consustancial a la historia del continente americano que logró su independencia quebrantando el orden colonial establecido.

Característica del ecúmene iberoamericana es, pues, el predominio histórico (pensamos en las civilizaciones mayas e incaicas) de instituciones comunitarias sobre el masificado individualismo anglosajón extendido en Norteamérica.

Es a partir de los movimientos populares y de las tradiciones nacionales que el disenso motiva su oposición a una sociedad global sin raíces, siendo que todo pensamiento popular auténtico brota siempre desde la tradición; es decir: desde la autenticidad y fidelidad de su origen concebida no como una fosilización de sus principios y valores genéticos, sino como su constante revitalización. Por eso la cultura del disenso se sitúa más allá de las obsoletas clasificaciones ideológicas de izquierda y derecha para arraigarse al genius loci de las ecúmenes locales que expresan de forma permanente distintas realidades valóricas y existenciales, enriqueciendo así todo verdadero pluralismo social y cultural. De ese modo el pensamiento disidente entronca con el pasado y deduce de nuestro decurso histórico las sugerencias más útiles para trazar fundamentales rumbos humanos hacia el futuro.

En el trasfondo de nuestro patrimonio clásico, cultural e histórico, emerge la sugerencia que nos proporciona la sabiduría de Cicerón cuando nos explica que la Res publica siempre coincide con la Res populi, mientras que se distingue tanto de la res familiaris (concerniente la vida privada del ciudadano encentrada en la familia) como de las res divinae que atañen el ámbito religioso.

De la antigua historia de los Romanos entonces aprendemos que cuando el régimen político de la República está subordinado al bien común, este mismo régimen expresa su tendencia esencial a buscar la armonía entre los depositarios del poder (es decir, el pueblo orgánico, "asociado por consentimiento de derecho y por participación de utilidad") y la conducción orgánica del Estado.

Pero la historiografía guiada por la curiosidad crítica del disenso nos advierte que la naturaleza de la Res publica sufre alteraciones y se deforma en la medida en la que el régimen político se aleja de la subordinación al bien común, porque - como anotaba oportunamente el español Gonzalo Fernández de La Mora - "El Estado no se justifica por la gracia, al modo luterano, sino por las obras, al modo romano. El buen Estado es siempre un Estado de obras". [4]

De aquí, entonces, que la obra del buen político sea resumida, como aquella de los antiguos romanos, en el acto de tueri terram, expresada acabadamente mediante el condere urbem; esto es: en la acción civilizadora de fomentar el pensamiento, fundar ciudades y poblar la tierra. Lo que me induce a esperar, en la línea del pensamiento alternativo propugnado por Alberto Buela, que un destino providencial depare al iberoamericano de la postmodernidad, (futuro cives de una Hispanoamérica que personalmente prefiero definir América Románica) la tarea fundacional de condere urbem americanam, para salir de una vez de las contradicciones que, desde más de dos siglos, apenan a nuestro continente sumido periódicamente en un nefasto moto pendular entra anarquía y tiranía, mientras incumbe todavía el peligro de una reductio ad unum que apunta a una globalización totalitaria del consorcio humano.

A la amenaza del pensamiento único y globalizante responde la riqueza variada de la cultura del disenso, que revitaliza la lección del clásico lema: ex diversis facere unum. Sólo por medio de las diversidades se alcanza la unión.

Pongamos, pues, bajo este lema la gran impresa de difundir las inquietudes y las esperanzas, los principio y los valores que conlleva el "pensar diferente" con sus reflexiones críticas y propuestas nuevas, para propiciar en las distintas ecúmenes de nuestra América Románica un dinámico equilibrio entre espacios sagrados e instituciones sociopolíticas, sin preocuparnos de los matices dionisíacos de incertidumbre que tiñen nuestra época.

Detrás del simulacro de Dionisos ya se asoma el amanecer del sol apolíneo que anuncia una regeneración de la historia, en un traspasar desde la sombra criptopolítica del presente hacia la luz metapolítica del futuro.

[1] Simone Weil, destacada intelectual de la izquierda francesa de los años treinta, en 1944 participó como asesora cultural del General Charles De Gaulle, en la cúpula del movimiento político-militar de resistencia al nazismo che ocupaba parte de Francia. En tal función redactó un memorial con una serie de consideraciones sobre el proyecto de nueva constitución de la República francesa una vez abatido el nazismo. Tituló un capítulo de ese documento: "Apuntes para la supresión de los partidos políticos en Francia" en lo que afirmaba: "cada partido es totalitario en germen y como aspiración". (Ver las consideraciones sobre el asunto de Giancarlo Gaeta, tituladas "Il radicamento della politica" en: Simon Weil, La prima radice - traducción . italiana del francés L'enracinement. Prélude á une déclaración des devoir envers l'etre humain - Ed. SE, Milan 1990), p. 277.
[2] G. Fernández de la Mora, La Partitocracia Ed. Gabriela Mistral, Santiago de Chile 1976, p. 151.
[4] G. FERNÁNDEZ DE A MORA, Obra cit., p. 16.













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