EL Rincón de Yanka: ❤ EL FARISEO DEL QUE SE HABLA EN LAS SANTAS ESCRITURAS SOY YO MISMO

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martes, 20 de febrero de 2018

❤ EL FARISEO DEL QUE SE HABLA EN LAS SANTAS ESCRITURAS SOY YO MISMO

EL FARISEO DEL QUE SE HABLA 
EN LAS SANTAS ESCRITURAS SOY YO

Jesús vino para poner a una ramera por encima de un fariseo, al ladrón penitente por encima del sumo sacerdote, y al hijo pródigo por encima de su hermano ejemplar. Para todos los farsantes y falsarios que dirían que nunca podrían unirse a la Iglesia porque su Iglesia no era lo suficientemente santa, les preguntaría: “¿Cómo de santa debe ser la Iglesia antes de que usted entre en ella?” (Fulton J. Sheen)
Me parece frustrante cuando la gente habla de los fariseos como si fueran sólo un ejemplo histórico de lo que no hay que hacer.
Algo que no tiene nada que ver con nosotros.
De hecho, muy a menudo, cuando la gente habla de los fariseos, en realidad habla como ellos: “¡Gracias a Dios, no soy como esa gente!”
Sí, es obvio que Jesús no se limitaba a considerar a esos hombres como ejemplos de lo que no hay que hacer. Por ejemplo, muchas veces estaba con ellos. Iba a sus casas. Comía su comida. Perdía el tiempo con ellos, respondía a sus preguntas.

Si la Escritura denuncia a los fariseos, cuando la leo me está denunciando a mí. Como consecuencia lógica, también denuncia el fariseísmo en general, pero lo primero que hace es denunciar mi propio fariseísmo, que sin duda lo tengo. Cuando leo o escucho que el “puñetero” Pilatos se desentiende de la verdad y la justicia, que Herodes sólo quiere ver prodigios, que el joven rico está muy apegado a sus bienes, no me estoy enterando de nada si pienso que eso está escrito para Luis, Yolanda, Antonio o Juan Nadie. La Palabra de Dios me dice eso a mí, porque soy un cobarde que se avergüenza de la verdad del Evangelio a poco que el Mundo me esté mirando, porque le pido milagritos y consuelos constantemente al Señor y me enfurruño si no me los da y porque para librarme de los bienes a los que está apegado mi corazón necesitaría una flota entera de camiones de mudanzas.

Del mismo modo que el principio de la sabiduría es el temor del Señor, lo primero que hace falta para comprender por qué en el Evangelio hay palabras tan duras contra los fariseos, Herodes, los ricos, los soberbios, los que no acogen a los que predican el Evangelio, los que no se visten de fiesta para el banquete del Reino, los satisfechos de sí mismos, los que dicen que tienen fe pero no tienen obras, los que no creen o los que pecan contra el Espíritu Santo, entre otros, es reconocerse a uno mismo en ellos. Como dice la Carta a los Corintios, estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron, y no seáis idólatras, como algunos.

Para entender de verdad lo que es el fariseísmo, hay que empezar diciendo, por obra de la gracia de Dios: el fariseo soy yo. No hay otro camino. O mejor dicho, hay otros caminos, pero son caminos que llevan inevitablemente al doble fariseísmo, al fariseizar fariseando del que hablábamos: “gracias, Señor, porque no soy como estos fariseos”. 

San Pablo lo entendió perfectamente: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el primero.

Como también decía un lector hace poco, la primera consecuencia de encontrarse con la luz de Cristo es que uno se da cuenta de que es feo de narices, porque ve sus propias arrugas y verrugas. Se encuentra así con la paradoja fundamental del cristianismo: siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros. Dios nos ha amado y nos ha salvado sin que lo mereciéramos. Por pura gracia habéis sido salvados.

No es de extrañar que esa gran experiencia paradójica tenga dos consecuencias también paradójicas: por un lado, un gran amor y una gran paciencia con los pecadores y, por otro, un terrible odio al pecado. Cuando falta una de las dos cosas, es señal de que la paradoja fundamental del cristianismo se ha sustituido por algún tipo de ideología humana, meramente humana, que no puede salvar.

Jesús amaba a los fariseos
No creo que él les hubiera hablado tan duramente si no les amaba. Es más bien como si Jesús les estuviera mostrando su frustración, “¡ya estáis llegando! ¡sólo seguidme un poco más de cerca!”

San Pablo era un fariseo, lo que evidencia que el celo y la escrupulosidad mal dirigidas pueden orientarse hacia un asombroso celo por la evangelización y la santidad.

Por esto creo que es importante que los fieles cristianos pongan atención a los fariseos y a la crítica de Jesús hacia su conducta. Si vamos a la Iglesia, conocemos nuestra fe y ponemos a Dios en primer lugar, entonces todos corremos el peligro de comportarnos como los fariseos. De hecho, podemos estar bastante seguros de que vamos a actuar como ellos en un momento u otro.

Si logramos darnos cuenta de cuándo nuestro comportamiento es similar al de ellos, en sentido negativo, entonces podremos tratar de convertirnos en una persona que observa la fe cristiana con la intensidad y el equilibrio que Pablo mostró y que Jesús alentó.

Teniendo esto en mente, he aquí cinco signos de un fariseo moderno, según las Escrituras:

La levadura del desasosiego
Jesús nos dice que tengamos cuidado “con la levadura de los fariseos” (Mc 8, 15).

Es interesante considerar el papel de levadura o de la fermentación en la fabricación de pan. Comienza pequeña, pero infecta todo el pan. De hecho, una de las definiciones de la palabra fermento es “incitar o provocar (problemas o trastornos)”.

Cuando nos comportamos como los fariseos, creamos problemas entre los fieles. A menudo, nuestras intenciones son buenas. Pero nuestras acciones causan gran malestar, un fermento insano y poco santo en la mayor parte de los fieles. Podemos discernir si el desasosiego es saludable mediante el análisis de sus frutos.

Si el fruto de la “levadura” de una persona es el miedo, el enfado, el desasosiego, en lugar de la paz, el amor, la alegría y el resto de frutos del Espíritu, tenemos que estar en guardia. El Señor no actúa allí donde los frutos del Espíritu no están presentes. Y especialmente, no está presente allí donde el fruto de las acciones de una persona es el temor: “No hay temor en el amor” (Jn 4, 18). Cuando nuestro comportamiento es un fermento santo, lleva a los demás a desear la santidad, a acercarse a Dios y a actuar con caridad.

Jesús, ayuda a que mis palabras y obras lleven a los demás a la santidad y a experimentar a Dios y los frutos del Espíritu.

Expertos en vigilancia
Hay un evangelio que me hace reír a carcajadas cada vez que lo leo. Jesús está caminando por el campo con sus discípulos en sábado, y los discípulos arrancan trigo porque tienen hambre. Los fariseos (¡que debían estar escondidos en los campos!) aparecen e inmediatamente se enfrentan a Jesús porque sus discípulos están violando el sábado (Mc 2, 23–24).

Los extremos a los que llegan los fariseos para decir que Jesús y sus seguidores estaban equivocados son de verdad absurdos. Variaciones de la frase “estaban vigilándole” pueden encontrarse por todas partes en los evangelios. Mientras Jesús está ocupado curando, haciendo milagros y predicando el reino de Dios, los ojos de los fariseos están siempre encima suyo, no para aprender de él sino para encontrar algo que esté haciendo mal.

Rara vez hay un comentario en internet que no sea básicamente “Sí, pero …”. Nos encanta pasar el arado en todas las cosas buenas para encontrar justo esa parte en la que hay algo que no va bien. Nos convertimos en fariseos cuando siempre miramos hacia afuera con un ojo crítico. Nada es nunca lo suficientemente bueno para el fariseo. Y nada merece regocijo, a menos que sea la caída de los demás.

Jesús, ayúdame a fijarme en ti, no como los fariseos, sino como un niño que no quiere más que imitar a su papá. Ayúdame a ver la dignidad de los demás como tu los ves, y a tratar a los demás con respeto y gran amor.

Gracias a Dios no soy como…. (quien sea)
Todos nos acordamos del fariseo de la Escritura que estaba de pie y rezaba diciendo, “Te doy gracias Señor porque no soy como este y este” (Lc 18, 11).

Este fariseo de verdad creía que la oración adecuada suponía reconocer todo lo que hacía bien. Este es el peligro de estar cerca de la derecha: empezamos a creernos algo por ello. Nos fijamos en otros que están haciendo las cosas mucho peor, y asumimos que escapamos de ese camino porque algo de lo que somos nos hace mejores.

Pensamos, mis pecados pueden ser malos, pero gracias a Dios no son tan malos como los de esa persona. Gracias a Dios no soy como ese liberal que todo lo acepta, ese estirado tradicionalista, ese progresista hereje, ese carismático loco, ese conservador atrapado en el pasado o ese católico ignorante.
O incluso estás leyendo esto y pensando, ¡gracias a Dios no soy un fariseo!
El problema con esta manera de pensar, y es evidente en la conducta de los santos, es que la verdadera santidad se fija en lo que necesita mejorar en uno mismo. Y si los santos podían encontrar en sí mismos muchas cosas que mejorar, esta es la actitud que deberíamos tener.

Jesús, ayúdame a agradecerte por todas las gracias que me has concedido en la vida. Ayúdame a ser luz para los demás y a abrirme a lo que los demás tengan que enseñarme.

Relación insana con la autoridad
Es interesante observar que Jesús dice a la gente que se someta a la autoridad de los fariseos. Les dice de “hacer todo lo que dicen” aunque les advierte que no deben seguir su ejemplo (Mt 23, 3). Cuando lo pensé por primera vez, me sorprendí. Ahí está el Hijo de Dios, aceptando la autoridad de los fariseos, porque su autoridad en la tierra representa la autoridad del Padre.

Los fariseos, por su parte, se indignan cuando ven a Jesús actuar con autoridad. Jesús demostraba su poder mostrando qué prácticas eran superfluas y qué era esencial según la ley. En respuesta a la autoridad divina de Jesús, los fariseos planean su muerte. Jesús reconoce la autoridad legítima, pero los fariseos, mientras que están al tanto de un aspecto de la misma, son ciegos a la fuente de la propia autoridad.

Como seres humanos pecadores, tenemos una relación ambigua con la autoridad desde el principio. Es difícil para nosotros reconocer la autoridad de Dios, no digamos la de sus mediadores en la tierra. Es verdad que la rebelión y el cuestionamiento saludable puede ser una cosa buena. Pero abusamos de esta verdad cuando desobedecemos cuando pensamos que sabemos más que Dios o cuando la crítica a los demás se convierte en una obsesión que nos lleva a hacer de la desobediencia un estilo de vida.

Jesús, ayúdame a tener la virtud de la obediencia en mi corazón para que pueda reconocer tu autoridad en la tierra y pueda ser más amable, dócil y llena de caridad.

Exactitud despiadada
En la parábola del fariseo y el publicano, mientras el fariseo se da palmaditas en la espalda, el publicano suplica misericordia. Es una dinámica interesante. El fariseo cree que está bien y que no necesita misericordia. Pero el publicano sabe que está enfermo, y que necesita a Dios.

Esta dinámica interna en uno mismo a menudo se extiende a los demás. Si nos vemos a nosotros mismos como poco necesitados de misericordia, no daremos misericordia a los demás. Si sabemos que necesitamos gran cantidad de misericordia de Dios, entonces extendemos esa misericordia a los demás. ¿Por qué es esto? Porque cuando sabemos que estamos necesitados de la misericordia, nos acercamos a Dios y él nos acuna en sus brazos. Cuando hemos experimentado este amor absoluto e incondicional del Padre, dudamos menos en dar el mismo amor a los demás. Lo conocemos, lo hemos experimentado, y nos desborda.

En todos los corazones crece a veces la frialdad del fariseo. Todos tenemos dificultad para sentir compasión por ciertas personas. Cuando esto sucede, pide ayuda al Señor que te ayude a ver tu propio pecado con mayor claridad, no para hundirnos en la culpa, sino para poder ver tu propia necesidad de aceptar la misericordia de Dios y extenderla a otros.
Jesús, acógeme en tu corazón misericordioso. Quiero ser un administrador de amor y misericordia para los demás; ayúdame a ser como Tú.

Lo opuesto a ser cristiano o a ser discípulo de Jesucristo no es ser pecador, es ser FARISEO:
- No se deja salvar gratuitamente por la gracia de Dios.
- Es cumplidor exigente y riguroso de la ley de Dios. 
- Le cobra a Dios. Se cree mejor que los demás, los juzga y los condena.
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