EL Rincón de Yanka: LIBRO "EL RETORNO DE LOS DIOSES FUERTES". NACIONALISMOS, POPULISMO Y EL FUTURO DE OCCIDENTE 💫

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martes, 3 de noviembre de 2020

LIBRO "EL RETORNO DE LOS DIOSES FUERTES". NACIONALISMOS, POPULISMO Y EL FUTURO DE OCCIDENTE 💫

NACIONALISMOS, POPULISMO Y EL FUTURO DE OCCIDENTE

A mediados del siglo XX, al calor de las teorías aperturistas de Popper y Hayek y con los horrores de la Segunda Guerra Mundial todavía dolorosamente grabados en la retina comunitaria, las élites políticas occidentales llegaron a una desafortunada conclusión: que las afirmaciones fuertes —Dios, nación, verdad, justicia, etc.— desembocaban inexorablemente en violencia y que, por tanto, habían de ser sustituidas por afirmaciones débiles, suaves, relativas. De ese modo, promovieron un cambio cuyos efectos siguen manifestándose hoy. La noción de “sentido” reemplazó a la de “verdad”, la de “equidad” a la de “justicia” y la de “diversidad” a la de “cohesión”; al tiempo que la política, disciplina otrora orientada al bien común, iba degenerando en una mera gestión de intereses particulares y las identidades nacionales iban disolviéndose en un homogeneizador cosmopolitismo.

En "El retorno de los dioses fuertes", R.R. Reno analiza este proceso y lo relaciona luminosamente con las convulsiones políticas que hoy, en los albores del siglo XXI, tambalean los cimientos del consenso de posguerra. Según Reno, esos acontecimientos desestabilizadores que la élite mediática reúne bajo el término “populismo” son en verdad expresiones de un mismo epifenómeno, o ecos de un mismo rugido: el de los dioses fuertes, que han despertado por fin de su letargo.

El declive de las afirmaciones fuertes

Los vínculos, las afirmaciones, las creencias e incluso la nación son concebidos por el orden emanado de la Segunda Guerra Mundial como amenazas, como vicios que culminan indefectiblemente en violencia y totalitarismo. Es por eso que, fundado en las ideas de Popper, Hayek, Friedman, etc., ha tratado de erigir sociedades sin patriotismo, sin arraigo, sin tradiciones o, lo que es lo mismo, sin dioses fuertes. Para lograr este difícil objetivo, el nuevo orden ha desplegado todos los medios de los que dispone: desde las universidades hasta las televisiones, pasando por las instituciones, las organizaciones supranacionales y el mercado.
De acuerdo con Popper y Hayek, una cultura antitotalitaria exige renunciar a las convicciones firmes que despiertan lealtades fuertes. El comité de Harvard deseaba mantener la tradición al tiempo que moderaba su autoridad, cambiando la verdad por el sentido, la convicción por el juicio crítico. Y resulta que el materialismo antimetafísico de las ciencias sociales es crucial para ese cambio. Las explicaciones reduccionistas de las ciencias sociales neutralizan el poder existencial de la verdad. Creencias y convicciones se transforman en preferencias e intereses. Como consecuencia de esto, a finales del siglo veinte, la relevancia político-cultural de las ciencias sociales, la neurociencia y la sociobiología, lejos de contradecir la preocupación de las humanidades por la raza, la clase y el sexo, servía para promoverla. Reducir la condición humana a intereses económicos o «genes egoístas» a tiene el mismo efecto cultural que el multiculturalismo. Ambos desencantan y debilitan, sirviendo así a los ideales de una sociedad abierta.

El antidogmatismo como único dogma

Los teóricos de la sociedad abierta proclaman como dogma el antidogmatismo y no articulan más afirmaciones que las encaminadas a censurar las afirmaciones. A su vez, sustituyen la tradicional noción de “comunidad” por una de “sociedad” como amalgama informe de individuos y reducen la política a la mera gestión de intereses particulares:
El establishment político de la posguerra, lo mismo de centroderecha que de centroizquierda, ha adoptado la visión de consenso de que este «debilitamiento» debe ser incentivado. Nos hace menos propensos a unirnos en apoyo de lealtades colectivas que alimentan una política agresiva, proclive al conflicto y conducente a medidas opresoras.
La cultura política de Occidente se ha vuelto políticamente inerte, quedando reducida a la gestión tecnocrática de utilidades privadas y libertades personales.

El auge de los dioses fuertes

El dominio de las sociedades abiertas y la primacía de las ideas que las fundamentan se ha prolongado durante décadas, pero el autor sostiene que asistimos a su debilitamiento. La aparición de los populismos, el brexit y la elección de Trump se nos presentan como evidencias que sustentan su afirmación. Todos esos fenómenos implican una vuelta a los ideales y, sobre todo, un non serviam frente a la corrección política. En consecuencia, el establishment contempla lleno de rabia cómo su legitimidad, otrora indiscutida, es hoy ampliamente refutada, y recurre a sus lacayos ―medios de comunicación, instituciones, multinacionales y gobiernos― para tratar de defenderse.
La globalización económica, la ideología de la diversidad y la inmigración masiva gozan del prestigio del debilitamiento y el aligeramiento. Estos potentes imperativos culturales explican por qué el populismo genera hoy tanta ansiedad entre nuestra clase dirigente, hasta el punto de suscitar preocupaciones histéricas por un supuesto retroceso a los años treinta del siglo pasado. El populismo es más que una rebelión contra la subcontratación, la corrección política y el exceso de inmigrantes. Es un rechazo del consenso de la posguerra. Esto aterroriza a nuestra clase dirigente, que ha sido educada en la convicción ahistórica de que los imperativos de la sociedad abierta son la única base legítima para las disposiciones económicas y políticas. Todas las demás alternativas, en opinión de nuestro establishment, nos llevan de vuelta al fascismo. Son caminos de servidumbre.

Retornarán porque así tiene que ser

Al contrario que la creación de las sociedades abiertas, el regreso de los dioses fuertes no exige un plan premeditado ni un proceso dirigido. Aunque existan movimientos que lo impulsen dentro de las instituciones, no requiere de un establishment para triunfar. ¿Por qué? Porque la existencia de los dioses fuertes ―y, por lo tanto, su regreso― responde a la naturaleza humana. En efecto: la lealtad, el arraigo, el patriotismo, la familia o el amor nos corresponden, son connaturales a nuestro ser, y sin ellos no puede haber tal cosa como una comunidad.
El hombre no fue creado para estar solo. No es la calma lo que anhelamos, ni siquiera cuando estamos saciados de placeres sin número. Ansiamos la unión con nuestros semejantes, no sólo en el vínculo matrimonial, sino también en los vínculos cívicos y religiosos. El «nosotros» brota del amor, un poder arrollador que busca reposar en algo más grande que sí mismo.
La vida pública, la vida doméstica y la vida religiosa: estas son las que Russell Hittinger denominaba las tres «sociedades necesarias». Los dioses fuertes están retornando al dominio público, dando vida al populismo que busca restaurar la nación.
PRÓLOGO 

PARA ACABAR CON EL SIGLO XX

Existen dos tipos de crítica social. La primera –la más común– se centra en describir los males, en deplorarlos y, eventualmente, en proponer paliativos. La segunda se centra en identificar el juego de causalidades y de complicidades que han hecho los males posibles. La primera forma de crítica suele ser de tipo jeremíaco –la lamentación es su registro favorito– y en el fondo conformista: el mal es un agente externo que viene a fastidiarnos el goce y disfrute de un sistema que constituye, en esencia, el mejor de los mundos posibles. La segunda forma de crítica es de tipo radical –se remonta a las raíces del mal– y disidente, en cuanto no viene a apuntalar el sistema sino a denunciar lo podrido de sus fundamentos. 

No es difícil dictaminar a cuál de los dos tipos pertenece "El retorno de los dioses fuertes", del teólogo estadounidense R.R. Reno. A lo largo de su alegato, el autor pone el foco en las endebleces del consenso ideológico occidental tal y como ha sido conformado a partir de 1945. En lógica consecuencia, lo que sigue es una crítica radical del laissez-faire capitalista, del globalismo y del individualismo neoliberal, es decir, del horizonte mental insuperable de tantos supuestos defensores de la “civilización judeocristiana”. En ese sentido, a pesar de ser un libro contra la corrección política y el progresismo hegemónico, se sitúa a un nivel muy diferente al de esa plétora de filípicas contra el "totalitarismo progresista" y el “marxismo cultural” que hoy inundan el debate público, y que suelen ser el producto apresurado de una derecha que por fin ha descubierto -tras décadas tecnocrátismo flácido- la adrenalina de la "guerra cultural". Pero el malestar en nuestra civilización tiene unos orígenes bastante más complejos de lo que pretende la sabiduría periodística de guerreros culturales y comunicólogos. 

Sin riesgo de incurrir en spoiler –la riqueza del libro exige una lectura íntegra– comprimimos lo esencial de la tesis de R. R. Reno: la generación que padeció los horrores de las guerras mundiales del siglo XX emergió con un comprensible deseo de evitar que todo eso volviera a producirse. Y con ese fin creó un consenso orientado a debilitar toda la constelación de ideas que el autor denomina los “dioses fuertes”, es decir, “los objetos de amor y devoción para el hombre, la fuente de las pasiones y lealtades que unen a las sociedades”. Ideas como la nación, el pueblo, la patria, las religiones, las identidades arraigadas y la familia fueron, de forma progresiva, arrojadas por la borda. Y nuevos mitos fueron erigidos para reemplazarlas: el mito de la “sociedad abierta”, elaborado por Karl Popper; el mito del mercado libre como panacea universal, elaborado por Friedrich Hayek y posteriormente por la Escuela de Chicago; el mito de la emancipación individual, elabora- do por la Escuela de Frankfurt utilizando (y adulterando) el idiolecto académico marxista. En realidad, casi todos los mitos, mitemas y modas ideológicas subsiguientes –desde la corrección política hasta el anarco- capitalismo, desde la deconstrucción hasta los estudios decoloniales, desde la ideología de género hasta la teoría queer– derivan, de forma directa o indirecta, inadvertida o consciente, de los pilares ideológicos asentados en ese gran consenso de posguerra. 

Es por eso por lo que podemos afirmar -señala R.R. Reno en la tesis central del libro– que vivimos todavía en el siglo XX, en cuanto nuestros reflejos mentales, visiones, dogmas y prejuicios siguen condicionados por el trauma de las dos guerras mundiales. En cierto modo –añadimos nosotros– lo que ha venido después continúa siendo, desde el punto de vista ideológico, una nota a pie de página a todo lo que se dirimió en aquel cataclismo. 

Consignados los “dioses fuertes” al basurero de la historia, hemos asistido –a partir de 1945 y, de forma acelerada, tras 1968– a un reseteo completo de la mentalidad occidental. ¿Qué herramientas se han utilizado para ello? 

R. R. Reno designa como “terapias de desencantamiento” a la metodología empleada para conjurar la "mentalidad autoritaria" y dejar atrás, de forma definitiva, el trauma de las guerras mundiales. El término procede de Max Weber, quien como es sabido señalaba que la modernidad viene a culminar –tras un laborioso proceso de racionalización cultural y devaluación del misticismo– el “desencantamiento del mundo”. Pero con mayor razón podríamos hablar de “terapias de debilitamiento”, en cuanto el objetivo es fragilizar lo que antes era fuerte, licuar lo que antes era sólido. Es cierto que los pedagogos de la inmediata posguerra quisieron mantener las tradiciones liberales de la civilización occidental, pero lo hicieron –señala R. R. Reno– con un sesgo novedoso: la idea de “verdad” fue sustituida por la idea de "significado"; y la idea de "convicción" fue sustituida por el “cuestionamiento crítico” permanente. El resultado sería, a la larga, una ideología relativista que se dedicó a empequeñecer y a “problematizar” las identidades culturales de los pueblos occidentales, así como a inocular un sinuoso complejo de culpa entre quienes se reconocían en ellas. Los “dioses fuertes” cayeron de sus pedestales y fueron reducidos a constructos culturales, a arcaísmos antropológicos, a tristes payasos. Cuan- do no a ideas tóxicas, peligrosas y malignas, a desvaríos por erradicar de la mente, de forma punitiva si es preciso. Surge así la nueva policía del pensamiento. El sueño de la “sociedad abierta” ha engendrado monstruos.

El imperio de los dioses débiles 

Nuestra época sigue amarrada al lenguaje político de los dos últimos siglos. Los desarrollos inéditos que se han sucedido en las últimas décadas –en el ámbito social, cultural, científico, epistemológico- no se han visto acompañados por una actualización paralela de los conceptos políticos. Seguimos hablando de “izquierda” y de “derecha”, de “conservadores” y de “progresistas”, de “fascistas”, de “nazis” y de “comunistas” como si siguiéramos en el siglo XX1. Cabe sospechar que esta atrofia conceptual no responde a una desoladora falta de imaginación, sino a una estrategia y una voluntad interesada. Desde los centros de poder y sus terminales mediáticas se intenta a toda costa mantener el marco mental del siglo XX. De esta forma, cualquier discurso mínimamente incómodo para el statu quo puede reconducirse a las tranquilizadoras aguas del progresismo versus conservadurismo, cuando no a la del antifascismo versus fascismo. El anacronismo está a la orden del día y el antifascismo (sin fascismo) funciona como pretensión a la superioridad moral absoluta. Cualquier elemento que venga a desestabilizar del orden imperante será ritualmente transformado en “Hitler”, será “hitlerizado” o “estalinizado” (aunque más bien lo primero, porque Hitler y sus secuaces son más pintorescos que el comunismo y hacen mejor el papel de Doctor Maligno)2 . No tiene mucho de extraño que el lenguaje político permanezca más o menos estancado en 1945, la época a partir de la cual los “dioses fuertes” fueron reemplazados por los “dioses débiles”. 

Pero ¿qué dioses son esos? ¿Y qué tiene de malo ese reemplazo, si al fin y al cabo los dioses débiles son más benignos? 

Hace algunos años, en una de sus geniales viñetas, el humorista gráfico "El Roto" dibujaba un cazabombardero arrojando una ráfaga de bombas, al tiempo que un piloto le decía al otro: “Qué ganas tengo de jubilarme para dedicarme al diálogo intercultural y al desarrollo sostenible”. En su concisión, esta imagen sintetiza la gigantesca hipocresía, la epatante tramoya de nuestra época. Los “dioses débiles” del siglo XXI no son ni más benignos ni más buenos ni menos malos que los “dioses fuertes” de antaño, sino que son un implacable instrumento de dominación. 

El imperio de los dioses débiles, o cómo destruir y troquelar países, cómo fomentar guerras civiles y cómo financiar revoluciones en nombre de la democracia y los “derechos humanos”. El imperio de los dioses débiles, o cómo desmantelar el Estado providencia al tiempo que se blanquea el capitalismo con ideologías compasivas y actitudes “empáticas”. El imperio de los dioses débiles, o cómo los ricos se hacen cada vez más ricos, los pobres cada vez más pobres y las clases medias se van al garete –el coronavirus es un acelerador de ese proceso– mientras el personal se distrae con “revoluciones” feministas, empoderamientos LGTBIQ y conflictos raciales made in USA. Fenómenos todos ellos que se presentan como parangón del frenesí anticapitalista, al tiempo que las grandes firmas, las grandes marcas y las estrellas de Hollywood se suman entusiastas a todas las cruzadas. En su defensa de las minorías victimizadas y de los colectivos oprimidos, los “dioses débiles” se presentan como revolucionarios y “subversivos”. Tal vez lo sean para la sociedad, pero no para el sistema. Porque, como señala el ensayista norteamericano Walter Benn Michaels, “el proyecto de crear una sociedad más igualitaria ha sido sustituido por el de conducir a los individuos (a nosotros, y en particular a los demás) a renunciar a su racismo, a su sexismo, a su clasismo y a su homofobia”. Por eso –concluía– “el antirracismo se ha convertido en esencial para el capitalismo contemporáneo”. Como si quisieran darle la razón, en verano de 2020 multina- cionales como Louis Vuitton, Amazon, L´Oreal, Apple, Nike o Walt Disney rivalizaban en su apoyo ostentoso al movimiento Black Lives Matter, al tiempo que se mostraban algo más tibias ante el drama de los millones de parados ocasionados por el coronavirus. El culto a los dioses del arco iris es una vía regia para hacer caja3

¿Cómo se crean los “dioses débiles”? ¿Dónde ani- dan, quién los nutre, quién viste al muñeco, quién saca brillo a la peana? Podemos dirigir la mirada, en primer lugar, a las universidades anglosajonas y sus estudios de humanidades, auténticos laboratorios I+D del globalis- mo neoliberal, centros de vaciamiento mental encargados de adoctrinar a las generaciones más dogmáticas, más maniqueas, más fanatizadas, más sobretituladas y más lerdas de la historia. Análisis como el de Jonathan Haidt en The Coddling of the American Mind –con su disección de la fragilización intelectual y emocional a la que hoy se somete a los universitarios norteamericanos– ofrecen un trabajo de campo de cómo los “dioses débiles” reducen el cerebro de sus acólitos y los convierten en la joven guardia roja del Capital. Este tipo de análisis se leerán con provecho y son complementarios al de R. R. Reno4 . Ni que decir tiene que este diagnóstico, que es válido para las universidades anglosajonas, lo es también para las de todo el hemisferio occidental, aquejadas de servilismo intelectual y mimetismo palurdo de las metrópolis imperiales. 

Señalábamos arriba que la diatriba de R.R. Reno contra la deconstrucción de la civilización occidental difiere en mucho de la de otros cultivadores del género, procedentes con frecuencia de la derecha homologada y respetable. Frente a los “excesos” de la corrección política, los “delirios” de la ideología de género y la “intolerancia” de la izquierda progresista, los moderados en pantuflas y trapecistas del equilibrio razonable se refugian en la añeja receta “liberal-conservadora” –combinada eso sí en juiciosas dosis– con la satisfacción del que ha encontrado el principio de Arquímides. Pero por muy juicioso que sea el mejunje, de la combinación de dos recetas gastadas y contradictorias no puede surgir una síntesis superadora ni una “Aufhebung” en sentido hegeliano (permítasenos la concesión a la pedante- ría universitaria) sino, a lo más, un triste remiendo para seguir tirando. No es recurriendo al lenguaje del siglo XX como saldremos de este embrollo. Tampoco hay garantía de que con otro tipo de lenguaje saldremos del mismo, pero al menos convendría intentarlo. 

Apología de la barbarie 

¿Cuál es el plus que nos aporta un libro como el de R. R. Reno? ¿Qué diagnóstico nos ofrece sobre este cáncer del alma que corroe nuestra civilización y que los clásicos llamaban, simplemente, decadencia? 

Nuestro autor podría haberse contentado con de- plorar las consecuencias de la corrección política, podía haberse contentado con atacar el “marxismo cultural”, con hacer un encendido elogio del patriotismo cívico, de los valores de la Ilustración y de los logros de la civilización liberal, añadiendo tal vez como colofón una defensa de la herencia judeocristiana. Pero con ello hubiera seguido empantanado en el lenguaje del siglo XX. Por el contrario, nuestro autor da un giro radical y nos conduce a otro campo de juego: esto no es una crisis en el sistema sino una crisis del sistema. R. R. Reno –editor de la prestigiosa revista católica norteamericana First Things– tenía todos los boletos para discurrir por los senderos más trillados y, sin embargo, ha preferido echarse al monte. Diríase que se ha pasado al lado oscuro o que, como en Matrix, ha elegido la “píldora roja”. ¿Qué ha pasado?

Tal vez se trate, simplemente, de lo que sucede tras un esfuerzo coherente de clarificación intelectual. Al trazar la historia del pensamiento a partir de 1945, Reno identifica los endebles fundamentos que, al erosionarse, provocan la ruina de todo el edificio. Los dioses débiles son esos fundamentos, mientras que los dioses fuertes –o los titanes que, como Atlas, podrían sostener todo el edificio- han sido expulsados de la ciudad. Reno nos retrata la tragedia del liberalismo: ésta consiste en su “pequeñez”, en su alergia a la grandeza y la trascendencia, en su celebración de la “diversidad”, en su rechazo de las diferencias. Reno nos retrata la tragedia del economicismo, de la reducción de la condición humana a los intereses económicos del “gen egoísta”, una ideología disolvente que se acompasa a los efectos sociales y políticos del multiculturalismo. Reno nos retrata las terapias de desencanto y debilitamiento –las páginas dedicadas a la teología de la “muerte de Dios” son reveladoras– y cómo esas terapias han moldeado, a lo largo de décadas, la educación de varias generaciones. Reno retrata la imposición de la “sociedad abierta” a través de una ingeniería social que hace tabla rasa del tejido humano, social y cultural de las naciones occidentales. No hay por lo tanto ruptura alguna entre 2020, 1989, 1968 o 1945, sino continuidad y desarrollo coherente. Porque si, como aseguraba Popper, el totalitarismo está en el ADN de la filosofía occidental, entonces será preciso hacer tabla rasa de esa filosofía y de esa cultura. Los zelotas universitarios que quieren proscribir la memoria de los odiados Old White Men son, en este sentido, dignos continuadores de Popper. La sociedad abierta desemboca en una apología de la barbarie. “El consenso cultural de la posguerra –escribe R. R. Reno– se consolidó en torno a una ambivalencia sobre la cultura que, con el tiempo, ha evolucionado hacia una actitud anticultural. Figuras como Popper y Hayek sugerían que las normas de la tradición occidental no eran enteramente razonables y humanas”. Que ambos paladines de la “sociedad abierta” y del “todo es mercado” continúen siendo los diosecillos tutelares de la intelligentsia “liberal-conservadora” dice bastante sobre la claridad de luces de dicha intelligentsia. 

Quid est es Veritas?

Hay otro punto esencial en el análisis de Reno: el que se refiere a la disolución de la idea de "verdad". Al referirse a las “terapias de debilitamiento”, el autor denuncia que la idea de “verdad” ha sido sustituida por la de "significado". No en vano el pensamiento de posguerra se ha esforzado por demostrar que las instituciones, las obras de arte y los usos sociales no son el reflejo de una aspiración a la verdad, sino los resultados de condiciones económicas, raciales, sociales y culturales injustas. 

Conclusión: lo que antaño merecía nuestra devoción o lealtad no tiene ningún mérito intrínseco. Más que buscar la verdad, de lo que se trata ahora es de producir "significados" -o "narrativas" y "relatos" que diría un posmodernista. Los funcionarios de la inteligencia llenan estanterías para explicarnos que las naciones, los pueblos, las razas y los sexos no existen, que no son más que “constructos” inventados por poetas, por escritores y por ideólogos, y que son por lo tanto artificiales y “deconstruibles” (en alarde de originalidad académica los títulos de estas obras suelen encabezarse con “la invención de” o “la construcción de”). La verdad no existe, parece ser.  Quid est veritas? 

R. R. Reno es un teólogo católico, y cuando reivindica la idea de Verdad cabría esperar una perorata apologética. Pero no hay nada de eso. Reno se limita a reivindicar la “búsqueda de la trascendencia” y, en ese sentido, su mensaje se dirige a creyentes y no creyentes. Porque lejos de agotarse en su dimensión religiosa, la idea de trascendencia apunta a lo que está más allá de uno mismo, a la idea de que el hombre no se reduce  a un átomo aislado, ni a una partícula elemental, ni a una unidad de producción y consumo, y de que no es infinitamente maleable. La idea de trascendencia se proyecta en la idea de comunidad, de sociedad y de patria, y por ahí enlaza con una cierta idea de Verdad: la que expresaba Alphonse de Lamartini cuando afirmaba que “la sociedad es la verdad suprema”. Conviene recordar que en la polis griega la certitud filosófica de "verdad" tenía una proyección estrictamente comunitaria, en tanto que proyección de “verdad de una comunidad”. Así lo subraya el filósofo italiano Constanzo Preve cuando escribe que “la Verdad era originariamente un desvelamiento sapiencial de las condiciones que presidían la reproducción de la comunidad misma, mientras que la falsedad se identificaba, directamente, con las fuerzas de la disolución de esa comunidad (…) Cuando la comunidad se disuelve, la verdad que le servía de fundamento se arruina con ella”5 . Podemos concluir por tanto que es verdad todo lo que opera a favor del mantenimiento y el desarrollo de la comunidad. Es falso todo lo que amenaza a su supervivencia. Quien tenga oídos para oír, que oiga. 

Enfoque de clase 

La crítica de R. R. Reno a la cultura del liberalismo es radical. Señalábamos arriba que uno de los reproches que le hace es su “pequeñez”, la voluntad deliberada de empequeñecerlo todo (“to analyze down”, o “analyzing downward to the low, the ugly and the base”, en el texto original). 
Desmitificarlo todo, afearlo todo, ése es el objetivo central de las “terapias de desencantamiento”. “El objetivo de una educación liberal –leemos en un informe de Harvard en 2007– es desestabilizar presunciones, hacer ajeno aquello que nos era familiar, descubrir lo que ocurre bajo la superficie y más allá de las apariencias, desorientar a los jóvenes”. 

Claro que, una vez abierta la veda, nada impide que este frenesí deconstruccionista se vuelva contra sus inventores. Deconstruir a los deconstructores, ese es el objetivo de R.R. Reno. Para lo cual emplea –entre otros instrumentos– un enfoque de clase. 

“Desorientar a los jóvenes”, se lee en el informe interno de Yale, la muy elitista universidad americana. “Ser una persona educada -escribe nuestro autor- significa hoy adquirir la virtud del desencantamiento”. Pero siempre en un sentido unidireccional y dirigido exclusivamente a los “dioses fuertes”. El objetivo es expulsarlos de Occidente y para eso es preciso “relativizarlos, ponerlos en sus contextos históricos, criticar sus legados xenófobos, patriarcales, racistas y cisgénero, demostrar que son el resultado de un proceso sociobiológico producido por nuestra mente tribal reptiliana”. ¿A qué obedece el éxito social –innegable– de este empeño? Entre otras cosas, a que funciona como un robusto marcador de clase. “La diversidad –encarnarla, apreciarla, defenderla– manifiesta el elevado estatus de uno y suministra un arma para atacar a la gente de clase baja que supuestamente carece de ella”. Mantra favorito del esnobismo progre, el desdén por los “dioses fuertes” y la apología de las virtudes fashion –tales como la diversidad y el multiculturalismo– son características de las clases acomodadas que viven en barrios seguros y en casas con vigilancia privada. Las mismas clases sociales, ¡oh coincidencia!, “ganadoras en la competición de la economía abierta, y que según el consenso de la sociedad abierta son las que merecen gobernar: los virtuosos campeones de la diversidad”. El Imperio del Bien no da puntada sin hilo. 

¡Alabada sea la sociedad abierta! Así como el mercado global nos hace a todos más ricos –reza el estribillo oficial- el libre flujo de mano de obra permite que la gente acuda allí donde se encuentran las oportunidades económicas. De esta forma “todos ganan” (lógica win-win en la jerga burocrático-globalista) porque, así como los inmigrantes acceden a la prosperidad (o a la explotación, la marginalidad y los salarios de miseria), las sociedades de acogida se benefician del agua bendita de la diversidad y el multiculturalismo. Caminamos así hacia una sociedad cada vez más escindida, más desigualitaria y más neofeudal, compuesta de oligarquías globalistas encastilladas en sus ciudadelas y de una masa creciente de ciudadanos desclasados y de parias. Un escenario abundantemente descrito por autores como David Goodhart, Roger Eatwell, Mathew Goodwin, Joel Kotkin, Michel Lindt, Walter Benn Michaels y Thomas Frank, o en el área francófona por Christophe Guilluy y Jean-Claude Michéa, entre otros6 .

¿A alguien no le gusta todo esto? Pues entonces le recordamos la Segunda Guerra Mundial. Marchando otra película de nazis. “Verdadera arma de clase –escribe Christophe Guilluy–, el antifascismo presenta un interés mayor. Confiere una superioridad moral a las élites legitimadas al asimilar cualquier crítica de los efectos de la mundialización a una deriva fascista o racista”7 . El sistema nos mantiene encerrados en el marco mental del siglo XX. 

Los nuevos clérigos 

En el viejo feudalismo la clerecía suministraba la argamasa ideológica que solidificaba el edificio, ¿Quiénes son los clérigos del nuevo feudalismo?

Vivimos en la época del retorno del clero. Los nuevos clérigos son los maestros de la deconstrucción, los virtuosos de las terapias de desencantamiento, los gurús del debilitamiento. Los nuevos clérigos tienen su precedente directo en el tipo de “intelectual comprometido” que surge en Europa a raíz del escándalo Dreyfus, un tipo de autor moralmente comprometido y orgánicamente vinculado a un grupo social determinado. Este tipo de intelectual conoció su época dorada en las décadas anteriores a 1968, hasta que posteriormente mutó en una especie bastante menos noble: la del “animador mediático autorizado” (Constanzo Preve). ¿Cuál es la función de esta nueva clerecía? 

Entramos a ritmo de crucero –señala Preve– en “una sociedad de castas a escala mundial, de naturaleza oligárquica, neofeudal y neoseñorial”. Esta estructura piramidal adolece necesariamente de un déficit de legitimación, un vacío que se colma –aplicamos aquí el análisis de R. R. Reno– a través de la religión de los dioses débiles. Estos son el fruto de la secularización y la manipulación de las religiones monoteístas precedentes. Es la religión de los Derechos Humanos y la Democracia, con su derecho de intervención armada, sus bombardeos humanitarios, sus tropas de misioneros sin armas, sus coadjuntores oenegeros y sus sacerdocios hipócritas. La nueva elite clerical –señala el norteamericano Joel Kotkin– domina la parte superior de los rangos profesionales, las universidades, los medios de comunicación, la cultura y las organizaciones de caridad, y controla los flujos de información de un sistema en cuya cúspide se encuentran los oligarcas financieros y los patrones tecnológicos de riqueza sin precedentes8 . La nueva clerecía había sido ya vislumbrada por Aldous Huxley en Un mundo feliz, con su visión distópica de unos “controladores mundiales” (World Controllers) que no eran fundamentalistas fanáticos sino ejecutivos racionales y managers bien educados. Su habilidad consistía no en reprimir salvajemente (aunque eso tampoco estaba excluido) sino en “moldear los valores culturales: suprimir las ideas inaceptables no por la fuerza bruta, sino caracterizándolas como deplorables, ridículas o absurdas o incluso pornográficas". Para Constanzo Preve la nueva clerecía se divide entre un clero secular (circo mediático y periodístico) y un clero regular (profesorado universitario, unificado y globalizado). 
Thomas Piketty la denomina “la izquierda Brahman”. Son los “ingenieros del alma” de la época de Stalin, pero en versión posmoderna. 

¿Objetivo final? Conformar un tipo humano que Constanzo Preve describe como “un tipo sexual unificado y andrógino, más allá de la obsoleta separación entre hombres y mujeres (…) Una raza única mestiza que supere los antiguos colores obsoletos, de forma que la única distinción sea, exclusivamente, el poder adquisitivo (…) Una única forma multicultural que se oponga virtuosamente a los nacionalismos y a las religiones”9.

Es la comunidad de fieles de los dioses débiles. Su código de acceso es la corrección política. 

El pasado que no pasa 

Continuamos mentalmente –decíamos arriba– en el siglo XX. Nuestras percepciones continúan moldeadas por el deseo de evitar que la catástrofe vuelva a producirse. Un deseo comprensible, pero utilizado de forma espuria a para legitimar un sistema que no admite alternativas. La sociedad abierta es incuestionable, los mercados abiertos son incuestionables, la inmigración es in- cuestionable, el multiculturalismo es incuestionable, la ideología de género es incuestionable, la globalización es incuestionable; sólo así podremos prevenir el retorno a Auschwitz. No es casual que los fenómenos políticos, sociales o diplomáticos sean interpretados a través de símiles, analogías, ejemplos y contraejemplos sacados de la Segunda Guerra Mundial y del totalitarismo. De un pasado que no acaba de pasar. Está claro –apunta Constanzo Preve– que “una sociedad sin comunidad, formada por un tejido de relaciones entre individuos atomizados y desarraigados, movidos sólo por flujos de consumo e imágenes publicitarias virtuales, es incapaz de decir la verdad sobre ella misma. Por eso proyecta su legitimación sobre un pasado donde todavía había fascistas contra antifascistas, comunistas contra anticomunistas”10. La crisis del siglo XX está grabada de tal forma en nuestra psique que podría compararse –forzando una analogía– a la importancia de las historias de Homero para los antiguos griegos: marcos mentales de referencia que moldean una visión del mundo. ¿Cómo salir de este interminable siglo XX? 

¿Cómo plantear alternativas sin ser reconducidos, de forma recurrente, al marco mental del siglo XX y a la lucha cósmica entre el Bien y el Mal? Ésta es la pregunta que plantea R. R. Reno y la que hace que su libro sea importante. 

Quede claro que, al plantear esta pregunta, el autor no pretende alimentar el gastado debate entre conservadores y progresistas. Ante los conservadores nuestro autor se muestra pasablemente despectivo. Por ejemplo, cuando nos relata su asistencia a una reunión conservadora en Yale en la que los asistentes enfatizaban la necesidad de concentrarse “en lo que realmente importa”: en el análisis económico, en los “pequeños mundos” privados, en una versión libertaria de la libertad. “La economía lo decide todo”, decían. Esta pobreza metafísica –predica- da por Karl Popper– es la que caracteriza a los conservadores actuales, amarrados al consenso de posguerra como si fuera un salvavidas. El debate se sitúa por tanto a otro nivel, mucho más trascendente y radical. 

¿Un libro “pagano”? 

R.R. Reno es un autor católico y escribe desde un punto de vista cristiano. Pero su libro nos evoca imágenes paganas. Es un libro en el que la nostalgia por lo sagrado –por esa dimensión de trascendencia en la vida social– impregna todo el argumento. El eclipse de lo sagrado –el dios se retira, que decía Heidegger– se ha visto acelerado por la cultura de la duda y las terapias de debilitamiento. El cristianismo –o, al menos, cierta forma de entenderlo– no es enteramente ajeno a ello, y eso es algo sobre lo que nuestro autor aporta páginas reveladoras. Como es sabido, Nietzsche acusaba al cristianismo de debilitar –con su énfasis en la culpa y la renuncia– los instintos funda- mentales que sirven a la vida. Y Heidegger se refería a la metafísica cristiana como vector del nihilismo, en cuanto impulsaba una visión racionalista que provoca, a la larga, la extinción de lo sagrado. Sea como fuere, ése no es el tema de este libro. Tampoco es el tema de estas líneas, salvo para apuntar que Reno nos sitúa ante un debate sobre las causas últimas del eclipse de los “dioses fuertes”. 

¿Un eclipse definitivo?

Desde una perspectiva filosófica, los dioses son proyecciones ideales de los afanes y pasiones humanas, representaciones de las leyes generales de la existencia. 

El coraje, el sentido del honor y la fidelidad eran virtudes paganas por excelencia, virtudes vinculadas a los dioses tutelares de la polis. Por eso podemos hablar – aunque la fórmula les chirríe a algunos– de un catolicismo pagano, en el sentido de una religión enraizada, asertiva; de una religión que, al reformular la vivencia de lo sagrado, alumbró las naciones y los pueblos europeos. 

Pero las naciones y pueblos europeos –como “dioses fuertes” que son– parecen hoy conminados a autoanularse, a disolverse. La idea de base –señala Reno– es que “todo lo que es fuerte –ya sean amores fuertes o verdades fuertes– conduce a la opresión, mientras que la libertad y la prosperidad requieren amores débiles y verdades débiles”. Con lo que volvemos a la obsesión histórica del antifascismo y del antitotalitarismo. Pero esta obsesión reposa sobre una doble falacia. Falacia conceptual en primer lugar, porque los “dioses fuertes” no son buenos o malos per se, sino que pueden ser tan positivos como destructivos. Falacia histórica en segundo lugar: no es cierto que la Segunda Guerra Mundial fuera una lucha entre los “dioses fuertes” y los “dioses débiles”, sino que, por el contrario, fueron las naciones y los pueblos –y no la caridad, la diversidad y las buenas intenciones– los que derrotaron al nazismo. Hasta una ideología universalista como el comunismo tuvo que reconvertirse en patriotismo ruso para sumar voluntades y hacer frente a la invasión alemana. La Segunda Guerra Mundial fue una lucha entre dioses fuertes, algo que demasiadas veces se olvida. 

¿Qué futuro tendrán las terapias de debilitamiento? ¿Nos encontramos ante un proceso irreversible? Como resultados que son de traumas históricos concretos, fenómenos como la apología de la diversidad, el rechazo de la identidad propia y el etnomasoquismo son productos exclusivamente occidentales. Pretender universalizarlos, por tanto, responde a un supremacismo cultural soterrado. El resto del mundo no termina de “comprar” estas recetas occidentales –más bien todo lo contrario– y no cabe descartar que en el pro- pio Occidente tengan también fecha de caducidad. Por nuestra parte –y desde nuestras concretas circunstancias– sólo podemos aspirar a enterrarlas lo antes posible. Porque nada útil, ni bueno ni perdurable puede construirse con los dioses débiles y sus pedestales de barro. El libro de R. R. Reno –cuyo título parece rendir tributo a las viejas concepciones cíclicas de la historia– nos ofrece un estímulo para ello, un trampolín teórico, una pista de despegue para expandir el análisis, para radicalizarlo. 

¿Por qué tan blandos, tan poco resistentes y tan dispuestos a ceder? ¿Por qué hay tanta negación, tanta renegación en vuestro corazón? ¿Y tan poco destino en vuestra mirada?” –se preguntaba el Zaratustra de Nietzsche, en unas palabras que parecen dirigidas a nuestra época. 

“Apolo volverá, y será para siempre”, decía dos mil años antes el oráculo de Delfos. 

Entre las convulsiones del presente –nacionalismos, populismos, migraciones, lucha de clases, retorno Y con él, el eterno retorno de los dioses fuertes. 
Adriano Erriguel


1 En un libro reciente, el filósofo político Daniel Innerarity denunciaba la falta de actualización de nuestros conceptos políticos, pensados en una época de relativa simplicidad social y política: «Las distinciones izquierda-derecha, conservador-progresista, élite-pueblo, transformación-conservación proporcionan más orden en el mundo del que corresponde a una adecuada descripción de su complejidad y sus contradicciones. Se podría decir que explican demasiado poco porque explican demasiado, porque ordenan, categorizan e implican más de lo que la complejidad de las cosas permite (…) Los principales la derecha conservadora, los liberales individualistas– mantienen por lo general un andamiaje ideológico que no está en consonancia con la complejidad social ni con cómo conciben sociedad e individuo, trans- formación y conservación, ni con sus objetivos ni con sus métodos». Una teoría de la democracia compleja. Gobernar en el siglo XXI. Galaxia Gutenberg 2020, pp.18-19. 
2 Constanzo Preve, Éloge du communautarisme. Aristote- Hegel– Marx. Ediciones Krisis 2012, p. 194.
3 Walter Benn Michales, La diversité contre l´égalité. Raisons d´A- gir Éditions, 2009, p. 16. Entrevista en Marianne 20 de octubre 2009.
4 Hay traducción española: Jonathan Haidt y Greg Lukianoff, La transformación de la mente moderna: cómo las buenas intenciones y las malas ideas están condenando a una generación al fracaso, Deusto 2019.
5 Constanzo Preve, Éloge du communautarisme. Aristote-He- gel-Marx. Edicones Krisis 2012, pp. 114-115.
6 David Goodhart: The Road to Somewhere: The New Tribes Shaping British Politics. Penguin 2027; Roger Eatwell-Matthew Goodwin: National Populism. The Revolt against Liberal Democracy, Pelican 2018; Joel Kotkin: The coming of Neo-Feudalism: A Warning to the Global Middle Class. Encounter Books, 2020; Michael Lind: The New Class War. Saving Democracy from the Metropolitan Elite, Atlantic Books, 2020; Thomas Frank: What´s the Matter with Kansas? How Conservatives Won the Heart of America, Macmillan USA 2005; Listen Liberal: or what ever happened to the party of the people, Scribe KU 2016; Christophe Guilluy: La France péripherique: , Flammarion 2016; Le crepuscule de la France d´ en haut, Flammarion 2017; No Society: la Fin de la classe moyenne occidentale, Flammarion 2018. 
7 Christophe Guilluy, Le crépuscule de la France d´en haut. Flammarion 2017, p. 173.
8 Joel Kotkin, The coming of Neo-Feudalism: A Warning to the Global Middle Class. Encounter Books, 2020.
9 Constanzo Preve, Éloge du communautarisme. AristoteHegel-Marx. Edicones Krisis 2012, pp. 257- 258. 115.
10 Constanzo Preve, Obra citada, pp. 91-92

¿Vivimos bajo la dictadura de lo políticamente correcto? 
Descúbralo en el nuevo libro de R. R. Reno