EL Rincón de Yanka: PRÓLOGO DEL LIBRO "ÚLTIMAS NOTICIAS DEL HOMBRE (Y DE LA MUJER)" POR FABRICE HADJADJ 📰

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sábado, 25 de abril de 2020

PRÓLOGO DEL LIBRO "ÚLTIMAS NOTICIAS DEL HOMBRE (Y DE LA MUJER)" POR FABRICE HADJADJ 📰

ÚLTIMAS NOTICIAS DEL HOMBRE
 (Y DE LA MUJER) 
PRÓLOGO

Últimas noticias del hombre (y de la mujer) no es un libro más de Fabrice Hadjadj. Originariamente, no fue un ensayo sobre un tema concreto, sino una colección de artículos aparecidos en "Avvenire" con periodicidad semanal, entre septiembre de 2015 y julio de 2017. 
Este prólogo pretende explicar, sobre todo, por qué esta circunstancia permite que la prosa de Hadjadj brille como nunca (¡y ya es decir!) y por qué arroja luz sobre las obras anteriores y sobre el carácter del propio autor. Pero empecemos por el principio.

Fabrice Hadjadj (Nanterre, 1971) es, además del escritor católico de moda, muchas otras cosas, y no me refiero esta vez a sus múltiples raíces biográficas -francés de origen judío, apellido y familia tunecina y padres maoístas, con pasado nihilista y revolucionario, converso desde 1998, casado con la actriz Siffreine Michel y padre por ahora de siete hijos-, aunque todas esas cosas, todas, una tras otra, dejan una huella muy honda en su escritura. Fabrice Hadjadj es también escritor teatral, aplaudido conferenciante y cantautor casi secreto.

En España, la editorial "Nuevo Inicio", loable iniciativa del Arzobispado de Granada, apostó por empezar, fiel a su nombre, a traducir al entonces desconocido autor. Lo hizo en espléndidas versiones Sebastián Montiel, el mismo traductor de este volumen. En Granada se han editado "La fe de los demonios" (2010), "La profundidad de los sexos" (2010), "Tenga usted éxito en su muerte" (2011), "El paraíso en la puerta" (2012), "¿Cómo hablar de Dios hoy?" (2013), "¿Qué es una familia? "(2015) y "Puesto que todo está en vías de destrucción" (2016). Cuando una misma editorial (y pequeña) sostiene ese esfuerzo ciclópeo sin solución de continuidad y a todo ritmo, es que, además de otras consideraciones más elevadas, ha dado con un público. Encima, lejos de agotar el mercado o de saturarlo, Hadjadj ha enraizado en España, y a los libros publicados en "Nuevo Inicio", se han sumado la BAC, que publicó, traducido por José Luis Abares, una estremecedora (y divertidísima) obra de teatro "Job o la tortura de los amigos" (2015); y Ediciones Rialp, con "La suerte de haber nacido en nuestro tiempo" (2016) en traducción de Gloria Esteban. Horno Legens se une ahora a la fiesta con estas "Últimas noticias del hombre (y de la niujer)".

Porque Fabrice Hadjadj es una fiesta. Sus raíces intelectuales coinciden con sus raíces biográficas y él no las oculta, las exalta. Presume del pensamiento judío, del que se siente heredero, y al que cita con fruición. ¡Qué de historias talmúdicas en sus libros! También se le notan las maneras del revolucionario que fue en su querencia a la provocación y en su irreprimible pasión por epatar al burgués. ¡Qué francesa es, finalmente, su fascinación por esa femme fatale que es la frase refinada!

Si conjugar en una obra extensa y coherente todas esas raíces ya tiene un enorme mérito y un gran atractivo, más aún su capacidad de armonizar todos los intereses intelectuales y vitales que se le ramifican. Si fuera de sus libros ya dijimos que es escritor teatral, aplaudido conferenciante e, incluso, cantante casi secreto; en ellos, Hadjadj es, a la vez, teólogo, filósofo, crítico literario, exégeta bíblico, comentarista de tendencias sociales, polemista, humorista, cascarrabias, vividor, micro-narrador y poeta entrelíneas. De todo ello, menos dela canción de autor, quedan testimonios en sus páginas.
Quizá lo más urgente sea subrayar que hace auténtica teología porque es lo más elevado y porque es lo que sostiene todo lo demás. Más claro no puede avisarlo: 

"Cuando se pretende fundamentar el humanismo sobre el hombre mismo, ocurre lo mismo que cuando se pretende erigir un edificio al margen de cualquier apoyo exterior: se derrumba. Para que el edificio pueda elevarse, le hace falta un suelo. Para que el hombre pueda elevarse, le hace falta un cielo". 

El afán teológico es un propósito firme de Hadjadj: tras citar a Benny Lévy ("¿y si bajo los adoquines de la política se escondiera la playa de la teología?"), explicita que la misión del pensamiento es "excluir lo cripto" y avisa de que "lo político es criptoteológico". Sin embargo, porque lo teológico parece que ya no entra para nada en nuestros cálculos y como él no ahueca jamás la voz, puede pasársenos por alto tal interés en lo Alto. Asombra la cantidad de lecturas que confluyen en unos textos de factura tan desenfadada. Ha leído a fondo a santo Tomás de Aquino, a Bernanos, a Pascal, a Girard; ha dialogado desde la fe con Baudelaire, con Houellebecq, con Finkielkraut; ha venerado a santa Teresa de Jesús, a santa Teresita de Lisieux, a la beata Teresa Benedicta de la Cruz y a la madre Teresa de Calcuta, y no por fijación con un nombre, sino por el interés en una linea continuada de espiritualidad que ese nombre resalta. Pero lo que más y mejor ha leído Fabrice Hadjadj es la Biblia. Deslumbran sus análisis textuales, ante los que se siente la gravitación de la raza, la sabia herencia de los cabalistas.

Aunque tan francés, trae muy bien aprendida la lección de los apologetas ingleses. La fe de los demonios recordaba, más que nada, a "Las cartas del diablo a su sobrino" de C. S. Lewis. En ambas obras se utiliza al demonio como guía moral (contrario sensu, por supuesto) y a la ironía como herramienta ascética. Pero Chesterton es el gran predecesor de Hadjadj. Le ha heredado la pasión por las paradojas, el recurso al humor como excusa para decir lo que nadie se atreve por demasiado serio y la alegría corno telón de fondo de la vida.

Como Chesterton, Hadjadj es un escritor excelente. A veces, demasiado, si puede decirse así, pues algo abusa de los juegos de palabras. ¿No define su obra como una lección de Ka(ra)tecismo , técnica de lucha doctrinal? La mayoría de sus incesantes juegos de ingenio son, sin embargo, brillantes, iluminan al lector y contribuyen a hacer de la filosofía una disciplina con chispa. Coincidiendo, de nuevo, con Chesterton, la explicación de tanto jugueteo es teológica. Hadjadj se ha tomado en serio la encarnación. Por eso, su gozosa defensa del sexo, naturalmente. Y esa repugnancia casi física al intelectualismo, a la gnosis y a las teorías que no se realizan (todo lo imperfectamente que sea) en una vida concreta. Contra la tentación del quietismo escribe esta frase definitiva: "Abandonarse a Dios es abandonarse a la causa primera de todo obrar". Su amor por los significantes y por la sintaxis no es sino la expresión verbal de un materialismo que paladea hasta el mínimo acento y se goza con la más forzada aliteración. Los sonidos y las letras, los significantes, son el cuerpo de los significados, y es natural que un partidario del sexo se recree así en su plástica materia.

De ahí deriva la agotadora intensidad que ofrece y exige su lectura. Su obra no da un respiro al lector. Sus libros monográficos no siguen un hilo argumentativo, sino un reguero de pólvora. Lo reconoce abiertamente cuando nos invita a abrirlos por donde queramos, sin guardar ningún orden. Allí (o sea, en cualquier parte) encontraremos un polvorín de ideas capaces de hacernos saltar por los aires. O de hacer saltar por los aires, mejor dicho, nuestras cómodas ideas preconcebidas y nuestra confortable moral de salón. "Cuidado, que explota", deberían avisar las portadas de sus libros.

La explosión del fenómeno Hadjadj resulta estimulante. Celebro su éxito comercial a posta y contra mi querencia, como excepción. En condiciones normales, apenas doy importancia al éxito de un escritor que me gusta. Deduzco, como mucho, que su éxito es un accidente que no añade nada de nada a su calidad intrínseca. Por supuesto, Hadjadj me interesaría lo mismo si fuese un autor secreto, pero de su predicamento me alegro en especial. Es un indicio de esperanza.

Significa que lo que podríamos llamar "el método Chesterton" sigue vivo y coleando. No consiste, como piensan algunos, en la llana declaración de la ortodoxia a contrapelo, con lo meritoria que pueda ser esa declaración, sino en una manera particular de sostener la ortodoxia. Sin ninguna concesión en lo doctrinal, pero con toda la versatilidad del talento literario: fe y razón, sí, y también estilo. Englobándose en el estilo, las paradojas , por supuesto, y el humor (la fe y la gracia) y el cariño a los rivales ideológicos, esto es, la suprema caridad de señalarles que están bastante equivocados sin negarles ni un ápice de la verdad que pudieran tener sus discursos, ni darlos a ellos jamás por perdidos. Éstos agradecen, generalmente, que se les trate como adultos, que no se les adultere el desacuerdo y que, si acaso, se les endulce sólo con las buenas maneras del aprecio personal. ¡Están tan poco acostumbrados, últimamente, a lo uno y a lo otro!

Ese espíritu chestertónico, exacerbado en Hadjadj, es el causante de algunos de los que, a simple vista, pudieran parecer defectos suyos. La crítica, ojo, se la hace él solo: "Me da miedo no haber pasado de retórico", nos confiesa. Y se la remató una vez, según nos cuenta, Claude Mussino, un vecino: "Has estado muy brillante", le dijo, "tan brillante que teníamos la impresión de que muy bien hubieras podido defender la tesis contraria". Hadjadj a ratos brilla hasta perder la transparencia y parece capaz de sostener con repentinos relámpagos retóricos cualquier idea.

Queda bastante paradójico en el prólogo de un libro destacar algunos defectos menores del autor. ¿Por qué lo hago? Porque de entre toda la bibliografia de Hadjadj este libro es, como adelanté, el que mejor los conjura. Precisamente (¡otra paradoja más!) porque incurre en ellos más que ninguno de los precedentes. Y, de paso, los explica y aclara.

Fabrice Hadjadj es un escritor católico también en el sentido etimológico del término. El universo entero sostiene su fe y su visión. "El diablo triunfa cada vez que despreciamos una parcela de la creación, porque a través de ese desprecio se insulta a su Creador", nos ha advertido, y él, desde luego, ni desprecia ni deja la mínima parcela sin visitar. Husmea en todas. Es lógico que no se le acaben los ejemplos, las metáforas y las historias. Y también que, a veces, prime el apunte sobre el acabado. Va a toda pastilla y a todas partes. Avanza en zig-zags.

Él lo ha descrito reconociendo el síntoma, detectando una causa y regocijándose en las consecuencias. Nada más empezar ¿Qué es una familia?, advierte que ese libro "no hubiera nacido sin el concurso de los que me han impedido hacerlo".Es un libro sobre la familia que su familia no le ha permitido escribir (bien). Cuando le preguntan cómo hace para publicar tantos títulos con una familia tan numerosa, contesta: "Pues lo hago mal. Dejo que los niños hagan imposible mi Gran Obra, y dejo que los te'tos que sigo garabateando hagan que no pueda estar del todo disponible para los niños". "Pero puede que así lo esté haciendo bien. Porque lo que una y otra cosa pierden en perfección lo ganan en verdad de vida". Y en vibración estilística. Esta prosa nerviosa, fibrosa, forzuda, deshilachada por los bordes, esta prosa que nos electrifica, sería imposible sin la tensión familiar que la potencia. Vuelve a explicarlo: su familia es menos un obstáculo que un dique que hace que suba el nivel de las aguas. No estamos ante un autor que habla sobre la familia. Habla desde la familia, bajo la familia, con la familia, alrededor de la familia, desde dentro de la familia, sumergido. Él se lo diagnostica con su familia, pero le pasa, en realidad, con la realidad entera.
A las causas teológicas y a las consecuencias estilísticas, se suman las características filosóficas. Porque ese encontrarse desbordado y sin tiempo para investigar, deviene en una vuelta a los primeros principios, que le beneficia. Lo sabe muy bien: "El metafisico es, a menudo, un hombre demasiado perezoso para documentarse. Los demás tienen la diligencia de acumular montones de información y, por eso, se ven condenados a ser superficiales". Hadjadj puede ser profundo porque, gracias a su interés desperdigado y a su falta de tiempo para especializarse en todos sus frentes abiertos, ha de centrarse sin ren1edio en lo esencial de todo.

En ninguno de sus libros anteriores cumple tanto como "En últimas noticias del hombre (y de la mujer)" con este despliegue cósmico. "En la profundidad de los sexos", recogía la defensa de Parménides [Platón, Pannénides 13oc-e] de la filosofía que se ocupa del pelo, del barro, de la suciedad o de cualquier otra cosa despreciable y vil. Entonces, cuando Sócrates replica que tiene miedo a caer en algún abismo de necedad y perderse, Parménides le contesta: "Es que todavía eres joven, Sócrates, y la filosofía no te ha cogido aún con la mano firme con que, estoy seguro, te cogerá el día en que ya no desprecies esas cosas". Siendo este libro una colección de artículos de prensa, se propicia que Hadjadj se ocupe, a lo Parménides, de cualquier cosa. Era su querencia en todos los libros anteriores. Ahora la realiza. Ha encontrado el género literario para hacerlo a gusto, a bote pronto y a base de bien. El columnismo resulta un magnífico sostén para una atención de 360° a la redonda. Si lo dudan, vayan a ese artículo maravilloso al dedo gordo del pie. El dedo índice del filósofo del cuadro de Rafael, se convierte en cualquiera de los veinte dedos del hombre, todos buenos para una metafísica de paisano a pie de obra.

Tanta libertad le favorece. La pluma de Hadjadj es de velocista. Él es como esos atletas olímpicos capaces de correr y ganar en los 400 metros libres, en los 200 y en los 110 metros vallas, pero con las condiciones inmejorables para los 100 metros lisos, porque son explosivos y despliegan la máxima potencia en las distancias cortas. Un libro de artículos es una sucesión de pistoletazos de salida, líneas rectísimas y vertiginosas llegadas a la cinta de meta. El espacio preciso para alcanzar la máxima punta de velocidad. Este libro es un conjunto de apabullantes sprints de un velocista nato.

Para que nada falte, tampoco cuesta trabajo encontrar un hilo conductor, aunque aquí no sea un punto de partida o un camino marcado, sino una línea de llegada. Una vez que se tiene el hilo, aparece, tirando de él hacia atrás, el laberinto. Y, a renglón seguido, hace su aparición estelar, como mandan los cánones, el Minotauro.

En "Últimas noticias del hombre (y de la mujer)", hay una advertencia constante contra el Minotauro del transhumanisnmo y la biotecnología. El hilo, por tanto, es la maraña de cables que el progreso plantea al hombre (y a la mujer). Quizá Hadjadj no sigue ese hilo, pero éste le persigue con la fidelidad de una obsesión apremiante. Hadjadj, que ha escrito "La suerte de haber nacido en nuestro tiempo", matiza aquí su optimismo. Estamos ante su obra más combativa e, incluso, reaccionaria. Hadjadj argumenta, como siempre, con paradojas a lo Chesterton, pero, de golpe, con la virulencia inadaptada de un Bloy.

Ve al hombre (a la naturaleza humana, al hombre y a la mujer, a todos) en grave peligro. El sentido ha sido reemplazado por el progreso y, por tanto, la tendencia y la tentación serán suprimir al ser humano tal y como lo conocemos: "Sus necesidades van contra el progreso. Es el último obstáculo para la felicidad de la humanidad. Igual que un jardín puede vivir sin flores, ¿no puede el hombre vivir sin él mismo? El problema está ahí. La experiencia está en curso", cita a Vialatte. Fabrice Hadjadj no puede quedarse con los brazos cruzados. Frente a la eutanasia, al aborto, a la confusión entre medios y fines, al control de natalidad, etc., constata que "el que quiere ser cristiano de veras se ve casi obligado, al estilo de Bloy, a ir contra el 'amor' y preferir la cólera". Es una frase muy seria. Si no le ha impresionado bastante, pruebe usted con otra: "La caridad está llamada a parecer cada día más cruel, la misericordia cada vez menos compasiva".

La sombra de Bloy es alargada. No digo que no estuviese subterránea en sus libros anteriores, pero aquí la sombra sale (otra paradoja) a la luz. Claro que Hadjadj no deja de argumentar como Chesterton. Qué magistral, por ejemplo, cuando al referirse a las tecnologías del futuro, recuerda que Jim Thomas las llama NBIC, pero que él prefiere llamarlas BANG: "bits, átomos, neuronas y genes". De un solo golpe de muñeca provoca la muy justa e inquietante onomatopeya de la explosión.

Tras un diagnóstico tan duro de la actualidad y unas profecías tan negras, no se resigna. Traza un plan de combate. El título, tal y como nos explica, es polisémico, periodístico y apocalíptico a la par: "Últimas noticias: las dos cosas a la vez, frescas y fatídicas". Pero también es un título paradójico. Las últimas noticias no son, como amaga el título, sobre el hombre y la mujer, sino de aquello que rodea (cerca (sitia)) al hombre y a la mujer de hoy. Es al revés: contra las últimas noticias, se alza el hombre y la mujer de siempre, su naturaleza común y sincronizada. Lo permanente es la última esperanza.

Las barricadas de defensa que propone Hadjadj resultan muy interesantes. Desde luego, la carne, que ya le había ocupado en "La profundidad de los sexos" (por una mística de la carne). Estamos ante un teólogo encarnado, heredero legítimo de la teología del cuerpo de san Juan Pablo II y de su sangre judía. Hadjadj no cesa de repetirlo: "Dios creo a la mujer para que el hombre pudiera abarcar el universo", y eso tiene consecuencias en el mundo superurbano, donde "el cuerpo sexuado es el último bastión de la vida natural, por no decir de la vida salvaje". Como estamos ante un libro combativo, no puede evitar una carga de profundidad al dogma de lo ecológico, puesto que "si no escuchamos a la naturaleza allí donde más cercana nos resulta -a saber, en nuestros cuerpos, a través del nacimiento, de la diferencia de sexos,de la necesidad de alimentos-, el ecologismo se convierte en fantasía, en ideología".

De la defensa del sexo, nace la de la familia. Es un tema muy suyo, en la teoría y en la práctica. Y donde consigue inmejorables tonos épicos, con densidad de poema, como en esta descripción de la mesa de la comida familiar: "Como bustos siameses de un mismo centauro inmóvil, reunidos, abriéndose como ramas floridas de un único árbol místico y manifestándose en su especificidad humana, es decir, a la vez animal y razonable, comiendo con la boca y hablando con ella por turnos, con sus manos entrechocando los vasos y haciendo que circulen los platos".

Mucho más novedosa es su postura sobre la propiedad y la economía. Reconoce un cambio de posición o, al menos, de predisposición: "Hay una frase de la que yo he hecho uso, hasta el abuso, después de que otros muchos lo hicieran antes que yo: 'Los hombres se preocupan de tener, pero se trata, ante todo, de ser', para continuar después con una denuncia de la 'posesión' y de las 'riquezas'... ¡Cuántos medio filósofos han puesto este disco una y otra vez! Su trabajo metafísico consiste en plantear tan obsesivamente la 'cuestión del ser' que se olvidan de la del tener, dejándola fuera del pensamiento, abandonándola al capricho y al cálculo. Hablan también de la esencia del hombre corno si no fuera esencial para él tener un hábitat y unos hábitos, mientras sugieren que, sin embargo, sí sería decisivo que tuviera sus libros, los escritos por ellos". La cita es larga y podría serlo más, porque es un tema en el que insiste. Con ternura, describe la sorpresa de unos jóvenes enamorados cuando se dan cuenta de que necesitan también un respaldo patrimonial, que es parte de su proyecto de vida: "El romanticismo no los había preparado para eso, entregándolos al amor con las manos y los pies atados. Está claro que ellos lo perciben como una caída. Pero la caída original es, por el contrario, convertirse en una pareja sin economía: caer, para Adán y Eva, fue perder ese Edén en cuyo seno fueron 'establecidos para cultivarlo y guardarlo"'. Y cita a santo Tomás de Aquino y a Martin Heidegger para recordar, por el campo de la ontología más pura, la trascendencia del tener.

La subsiguiente defensa de la economía, concebida como la ordenación de la casa familiar, frente a la política, que organiza la ciudad, confluye sorpresivamente con la de Roger Scruton y reúne a ambos pensadores en un sentido común que es un denominador común. Hadjadj prima la economía doméstica, con magnífica audacia y audaz beligerancia, no sólo a la política, sino también a la técnica y, por supuesto, a las finanzas. Scruton no hace otra cosa.

Hemos hablado de que "Ultimas noticias del hombre (y de la mujer)", al ser una colección de artículos de prensa, implica una limitación en el espacio de los capítulos y una ampliación en una diversidad de temas que permiten que Fabrice Hadjadj se concentre estilísticamente, mientras temáticamente se abre en abanico, beneficiándose de ambos movimientos contradictorios y complementarios. Pero, junto a la limitación del espacio, la segunda dimensión del articulista de prensa es la premura de tiempo. Los breves plazos se te echan (quien los probó lo sabe) encima, y generan una especie de respuesta instantánea a los incentivos de la actualidad. Como si de un test psicológico proyectivo se tratase, fuerzan una reacción semiautomática.

Es un factor esencial para entender las peculiaridades de este libro. La denuncia es la primera reacción instintiva del intelectual y, por eso, el tono aquí se hace más áspero. El combate y la defensa vienen a renglón seguido. La alegría, en cambio, es fruto más tardío. Nace de una reflexión más honda sobre la esperanza, y aquí está, pero llegando, no dada por supuesta. Este libro, que nos muestra un Hadjadj más espontáneo (¡aún!), nos permite comprender los ritmos de su alma, los desarrollos de su mente. Bajo el optimismo antropológico de sus otros libros, bajo su esperanza teológica, bajo su alegría ignífuga, late un esfuerzo de resistencia que no duda en enfrentarse, con las armas de la inteligencia y el humor, a lo más tonto y triste de nuestro tiempo.

ENRIQUE GARCÍA-MÁIQUEZ

Introducción
Soñar con el mundo tal como es

Las "últimas noticias" pueden entenderse de tres formas: como las más recientes, como las finales o como las dos cosas a la vez, frescas y fatídicas. El sentido que prevalece aquí es el tercero. El que conjuga frescura y fatalidad.

Una primera interpretación podría explicarlo todo de esta manera: lo fresco es fatídico, el reino de la innovación es el de la obsolescencia programada. Su novedad provisional no solo supone la muerte de lo antiguo, sino también la destrucción de la novedad precedente, la cual, por consiguiente, estaba condenada a desaparecer desde su aparición. No hay nada más contrario a la innovación que la misma innovación. Quien quisiera adquirir para siempre uno de sus productos se transformaría inmediatamente en conservador. Conduciría un Ford-T. Tendría un fonógrafo de cilindros.

En "El mapa y el territorio", Michel Houellebecq evoca "tres productos perfectos" de la industria más reciente: "los zapatos Paraboot Marche, el combinado ordenador portátil / impresora Canon Libris y la parka Camel Legend'', y luego se echa a llorar. Estos tres productos ya no se pueden encontrar. Es imposible repararlos o pagar un rescate por ellos. Houellebecq habría podido deplorar igualmente -quizá mejor- la pérdida de la sandalia de cuero, de la pluma de oca o de la toga romana, que hicieron gala, cada una en su tiempo, de una perfección insuperable. En el fondo, si llora es porque vislumbra que su suerte apenas se distingue de la de esos objetos:el hombre del futuro es el hombre desechable, obligado a pagarse la última prótesis o a cambiar de cerebro electrónico para que no lo lleven al desguace demasiad!o pronto.

El hombre de antes poseía una novedad bastante más duradera. Dios le había dado un modelo de cuerpo más exactamente, dos modelos emparejados, macho y hembra- y ahí se detuvo al ver que aquello era muy bueno. Sin demasiada vanidad ni errores -¿acaso no era el Todopoderoso?-, se había asegurado de hacer algo nuevo para siempre, como algo que fluyera de una fuente, que surgiera de esa eternidad que se mantiene más venerable que lo antiguo y más joven que lo porvenir. Con una garantía divina como esa, todos estábamos llamados a renovar nuestra visión de lo ya presente. A redescubrir unas manos más capaces de recibir que de tomar, una boca en la que entra el pan y de la que sale la palabra, un sexo como un dedo índice o como un vaso vuelto siempre hacia el otro...

Esa época parece pasada. El sentido ha sido reemplazado por el progreso. Si las cosas tienen sentido, se hace difícil sustituirlas por nuevas mercancías.Para eso, haría falta que perdieran el sentido. Que nuestras manos perdieran su vocación eterna (manejar la horquilla, tocar la lira, acariciar a la mujer, elevarse como ofrenda de la tarde...) para ser reemplazadas por cualquier mecanismo con oferta especial de lanzamiento.

Esta primera interpretación, que pone el acento sobre la fatalidad, se va transformando por sí sola en una segunda, que comienza y acaba en la frescura. Es usual oponer frontalmente a los "decadentistas" y a los "progresistas". Sin embargo, a poco que se reflexione, dicha oposición pierde toda su evidencia. El progresista magnifica el mundo futuro: ¿no menosprecia de esa forma el presente? Por tanto, él es el primero en creer en la decadencia: tuvimos la decadencia de la Antigüedad, la de la Edad Media, la del Renacimiento, la de la Modernidad; ahora tenemos la decadencia de todo lo actual en beneficio de lo que se proyecta en un programa carente de promesa (porque la promesa sigue estando del lado de la memoria). Por esa razón, al final, lo único que hace el decadentista es consolar al progresista. Donde uno muestra los escombros, el otro envía sus excavadoras. Al discurso de la reconstrucción le es necesario el de la ruina.

Por lo que a mí respecta, como no soy decadentista, tampoco soy progresista. El mundo, en mi opinión, sigue siendo demasiado bello. Todavía no se ha agotado mi fascinación por las lombrices de tierra. Y sé que ninguna tecnología me permitirá comprender a mi mujer, ni quererla más. Mi resistencia frente al progresismo procede de querer acoger el mundo tal como se nos ha dado, incluso en su dramatismo. Aún no he aprendido a construir una casa ni a cultivar un huerto ni a pensar como san Agustín ni a cantar como Dante -¿para qué iba a matarme por un casco de realidad aumentada? No soy todavía lo bastante humano, ¿para qué iba a querer convertirme en un cíborg? Sería como abandonar mi puesto con la excusa de querer ir a vanguardia. Quien se queda maravillado por el nacimiento de un niño es poco sensible a la publicidad del último iPhone. Quien todavía sabe clamar por nuestra salvación no es lo bastante crédulo para consagrarse a la inteligencia artificial. A menos que la inteligencia artificial lo ayude a gritar con más fuerza, y a asombrarse de las lombrices de tierra.

Debo confesar, no obstante, que toda esa frescura la percibimos gracias a la hiperartificialización. Donde todo se recubre de cemento, la menor brizna de hierba que brote entre las losas es un milagro. Somos así desde el homo erectus, desde que las primeras generaciones descubrieran la marcha. Para nuestros padres, caminar era algo banal y no merecía asombro ninguno. Para nosotros, que vivimos sobre ruedas, en transportes motorizados o en naves espaciales, se ha convertido en algo tan raro que con frecuencia se oye a alguien contar el descubrimiento de sus piernas como una proeza que supera a la ciencia. Ahora que todo está sometido a la hegemonía de la innovación, un viejo grimorio necesitado de una nueva encuadernación, escrito a mano en latín, se convierte en algo nuevo y emocionante. Ahora que nuestros "contactos" se realizan sistemáticamente a través de la red, se hace inaudito tener un amigo que llame a la puerta. Pronto acabaremos inventando el agua caliente. Ya estamos a punto de descubrir nuestros diez dedos. Y soñamos con el mundo tal como es...

No soy enemigo de los objetos tecnológicos. No creo en un fantasmal "retorno a la naturaleza". Mis crónicas someten a juicio a la tecnología como paradigma que pretende sustituir al paradigma de la cultura. No se trata de excluir, sino de establecer una jerarquía: que el iPod se subordine a la guitarra, que la tableta electrónica se ponga al servicio de la tabla de madera sobre la que comemos, porque la tableta y el iPod nos empujan a un consumo individual desencarnado, mientras que la guitarra y la mesa nos invitan a prácticas carnales y sociales. Critico la tecnologia, pero solo en nombre de la misma técnica; las ciencias aplicadas, en nombre del saber hacer; la ingeniería, en nombre de la cultura; no para que esta última consiga abolir a la primera, sino para que la asuma, de tal forma que, en lugar de empeñarse en impulsar el crecimiento de la hierba tirando de ella hacia arriba, nos esforcemos por integrar la innovación en un crecimiento orgánico, fabriquemos máquinas que se arreglen para esposar el ritmo de la hierba.

Las palabras que uso están un poco devaluadas. Tomo prestadas las expresiones "paradigma tecnológico" y "paradigma tecno-económico" de la encíclica Laudato si'. La ventaja de la segunda es que pone en evidencia el vínculo entre el numerario y lo numérico: sería imposible hacer una crítica de la tecnología sin adentrarse en una crítica del capitalismo. Por eso -el fuerte olor a cerrado marxista que conlleva este último término así lo demuestra-, estos significantes mantienen una relación sesgada con sus significados e incluso con su referente original, de modo que la denuncia que se hace de ellos tiende a confirmar la usurpación que enuncia. En efecto, ataco el "paradigma tecno-económico "y, sin embargo, lo que le opongo es la técnica y la economía -en su sentido primero, vinculado con la tekhne y el oikos, si queremos hablar en griego, y con la cultura y la domus, si preferimos el latín. Y lo que es aún más molesto: normalmente uso el epíteto "liberal" en sentido peyorativo, mientras que, para los antiguos, la liberalidad es una virtud social opuesta a los principios del liberalismo. Tomás de Aquino establece esta definición: "Liberal es aquel que reserva para los demás una parte mayor que para sí mismo". Lo mismo pasa con lo "digital": lo desacredito a veces, pero únicamente porque nos priva de lo dactilar.

El principio fundamental -que se expone en el texto titulado "Eco-lógica"-es que nuestra relación con el mundo nunca es directa, sino que siempre está condicionada por un entorno económico y técnico. La práctica precede a la teoría, y esta no puede distanciarse de sus condicionantes más que por medio de otras prácticas, a riesgo de extraviarse en una abstracción lejana o en una neutralidad ilusoria. Solamente podremos relativizar Twitter con una lectura poética regular. Solamente podremos pensar Internet si aprendemos a cultivar patatas. Mis alumnos viven sin "ifi, no porque yo les ordene apagarlo, sino porque hacen la experiencia de tener una comunicación ultratecnológica, usando medios que cada vez son más revolucionarios: la mesa, el pan y el vino compartidos, los platos lavados entre todos, las canciones alrededor del fuego, el libro leído en voz alta...

Detrás de los dos paradigmas que compiten entre sí, lo que está en juego es nuestra manera de estar en el mundo. A decir verdad, no hay tal competencia. El mundo tiene sustancia únicamente si existe un orden trascendente que se ofrece y que se resiste a nosotros, que nos precede y que nos sobrepasa. El paradigma de la cultura garantiza el encuentro con él. Con la cultura, en efecto, tomada en su acepción agrícola (que no tiene nada que ver con la del Ministerio de Cultura), la cosa va de reconocer, de acompañar y de prolongar un dinamismo dado, por la naturaleza y por la historia, que es anterior a nosotros. Con el paradigma de la tecnología, se trata, por el contrario, de imponer nuestros planes y nuestros fines a una naturaleza sin finalidad propia,que existe solo como almacén de materiales, de energías y de leyes que podemos orientar a nuestro gusto. En este contexto, podríamos preguntarnos si todavía estamos en el mundo o si no estaremos, más bien, insertados en un dispositivo. Pero no insertados del todo aún, gracias a Dios.

Estas últimas noticias son, por lo tanto, las de un mundo al que ya no queremos venir, pero en el que nos fuerzan a entrar para ingresar en su "sistema de explotación'', como confiesa la informática. Venir al mundo es nacer. Desde que la innovación ha suplantado al nacimiento, ya no se trata de venir al mundo, sino de integrarse en un circuito. Solo nos queda, como he dicho más arriba, una vez instaurado el imperio de los robots, que el menor nacimiento aparezca ante nosotros como una Natividad. Hasta el niño trisómico es un mesías que nos salva del control de la instrumentalización. Y el buey y el asno son prodigios que ni Steve Jobs ni Larry Page habrían imaginado fabricar jamás.

Estas crónicas eran semanales. Aparecieron todos los domingos, desde comienzos de septiembre de 2015 hasta finales de julio de 2017, en el diario italiano Avvenire, traducidas por mi amigo Ugo Moschella. Muchas de ellas fueron puestas on line en la página de la revista Lünite. Su título era "Últimas noticias del hombre" -a secas. 

Retornaba yo así el título de una colección de crónicas ya existente, las de Alexandre Vialatte en Le spectacle du monde. La apropiación era voluntaria. Deseaba rendir un homenaje al maestro. El servicio jurídico de la editorial Tallandier estimó que el homenaje podría verse como un robo de propiedad intelectual. Optamos, por lo tanto, por modificarlo y elegir Últimas noticias del mundo, que también podría ir bien. ¡Pero resulta que ese título coincidía con el de una novela de Anthony Burgess que nunca he leído! François Maillot, que me honra publicando esta recopilación, ya no sabía qué hacer y se preguntaba, con Alfred de Musset, si, puesto que todos los títulos buenos parecen estar ya elegidos, no habremos "llegado demasiado tarde a un mundo demasiado viejo".

Para sacarlo del lío, le propuse una alternativa: volver al título inicial, añadiéndole este legítimo paréntesis: "y también de la mujer" (véase el texto titulado "Género cómico"), o decidirnos resueltamente por otro título que me parecía muy original y completamente acorde con mis consideraciones sobre la frescura y la fatalidad: Las flores del mal... Mi querido editor no tuvo ninguna dificultad para decidirse.

Una nota de Vialatte (aparecida en La Montagne, el día 2 de agosto de 1960) empezaba como sigue: "¿Qué es el hombre? Todavía lo conservamos, decía nuestra última crónica. Provisionalmente. Para el postre.
Ahora acaban de encontrar a uno que data de la Guerra de los Cien Años. Un inglés. En Boissy-le-Roi.
Buscando en el agua [...]. Pero la tendencia será, más bien, suprimir al hombre. Sus necesidades van contra el progreso. Es el último obstáculo para la felicidad de la humanidad. Igual que un jardín puede vivir sin flores, ¿no puede el hombre vivir sin él mismo? El problema está ahí. La experiencia está en curso".
Todavía no ha terminado. Y, por eso, Allah es grande.

Praroman, 29 de junio de 2017,
 En la solemnidad de los Santos Pedro y Pablo


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Fabrice Hadjadj - El hombre puede vivir sin religion?