EL Rincón de Yanka: 📙 SUPERHÉROES DEL IMPERIO, MITO Y REALIDAD DE LOS HOMBRES QUE FORJARON ESPAÑA

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sábado, 28 de abril de 2018

📙 SUPERHÉROES DEL IMPERIO, MITO Y REALIDAD DE LOS HOMBRES QUE FORJARON ESPAÑA

Superhéroes del Imperio, 
Mito y Realidad de los hombres 
que forjaron España
La editorial La Esfera de los Libros publica «Superhéroes del Imperio», un intento de separar el mito de la realidad en personajes a los que se les atribuye habilidades más allá de los límites humanos. Un trabajo contra la exageración literaria y, al mismo tiempo, contra la leyenda negra, que nos ha presentado a algunos de los mayores héroes españoles como villanos de la historia.
La historia de España está repleta de personajes con excepcionales cualidades físicas e intelectuales que les proporcionaron un talento por encima del resto. Fuertes, valientes, resistentes, inteligentes… «Superhéroes», al fin y al cabo.
César Cervera rescata, con excepcional agudeza y detalle, el mito y la realidad de aquellos hombres y mujeres que trufaron los campos de batalla de Europa con extraordinarias gestas. Desde Diego García de Paredes al Duque de Osuna, pasando por Julián Romero, Juan del Águila o la Monja Alférez, esta obra pretende ser un recuerdo objetivo y certero, alejado de pasiones desmedidas, de aquellos héroes que los libros de historia borraron de sus páginas con el paso del tiempo.

Superhéroes del Imperio español: de Francisco Pizarro al Mediohombre vasco (Blas de Lezo)
Convivimos a diario con lo extraordinario. En el Mundial de Atletismo de 1991, el norteamericano Mike Powell realizó un salto de longitud de 8,95 metros, el equivalente a saltar quince lavadoras colocadas en fila india. Usain Bolt fue capaz de correr 100 metros en poco más de nueve segundos y medio, suficiente para dejar atrás a una mamba negra o un camello arábigo. El hombre más fuerte del mundo puede levantar más de media tonelada, aunque se conocen casos de personas corrientes que en situaciones extremas han movido pesos aún más elevados. Tres generaciones de una familia italiana, los Marsili, no saben lo que es el dolor. Se pueden romper una pierna o dislocarse el hombro, pero por una extraña mutación genética solo sienten una ligera molestia. En el plano mental, Kim Peek, el hombre que inspiró la película Rain Man, con Dustin Hoffman como uno de los protagonistas, memorizó más de 12.000 libros hasta su muerte en 2009. Rebecca Sharrock es una australiana con autismo capaz de recordar cada instante de su vida desde que tenía menos de un mes.

Los seres humanos fuera de lo común, ya sea por condiciones innatas o debido a las circunstancias extremas, se remontan a lo más hondo del pasado. En el siglo XVI, las crónicas nos narran que un caballero de Jerez de la Frontera recorrió desnudo 18.000 kilómetros de rutas desconocidas y plagadas de elementos adversos a través de lo que hoy es el sur de Estados Unidos. Entre tanto, un extremeño de gran talla al servicio del Gran Capitán causó 500 muertos en una misma jornada con su mandoble. Por no mencionar al hombre que nació sin miedo, al soldado que parecía tener más vidas y heridas que Allan Quatermain, o al viejo que venció a una multitud de samuráis piratas en Filipinas. ¿Son sus hazañas menos creíbles por estar escritas en documentos ya amarillentos?

La historia de España está repleta de personajes asombrosos, cuyas cualidades mentales o físicas les otorgaron talentos por encima del resto de individuos. Fuertes, valientes, resistentes, inteligentes… superhéroes, al fin y al cabo, en la mayoría de los casos relacionados con lo militar, porque era lo que demandaba entonces el país. Los héroes han sido elementos imprescindibles en la memoria colectiva de todas las sociedades occidentales. La proyección del ideal de los ciudadanos de una patria, adaptada así a los tiempos en los que vivieron. No se espera lo mismo de un héroe de la Guerra del Peloponeso que de uno de la Guerra de Vietnam. Los perfiles y las sensibilidades van evolucionando. En la potencia hegemónica de hoy, Estados Unidos, son militares (como George Patton o el Capitán América), científicos (como Thomas Alva Edison o Bruce Banner) o empresarios (como Henry Ford o Bruce Wayne).

Todos ellos, reales o ficticios, encarnan los valores patrióticos propios del siglo XX, pero ¿qué ocurre con un país, como España, que ha carecido de una auténtica ética del patriotismo? Aquí los héroes más cantados han sido el Cid Campeador o Don Pelayo, más ficción ideológica que histórica, cuando no directamente inventados, como Don Quijote. Los verdaderos héroes militares han sido desechados en España, lo que siempre resulta más placentero que aquellos vilipendiados bajo juicios actuales, como en el caso de los conquistadores «genocidas» o del gran duque de Alba, retorcido de forma grotesca por la leyenda negra. El resultado es que los españoles no conocen apenas a los hombres que murieron creyendo que sus descendientes vivirían mejor gracias a sus sacrificios.

El Imperio español tuvo la fortuna de contar con estos seres en sus filas, cuando las ambiciones desmedidas de sus monarcas levantaron la maquinaria militar más calibrada que había conocido el mundo. España podría haber invertido el oro y la plata que llegaba en grandes remesas desde América en obras públicas o en los cimientos de una sociedad mejor. No lo hizo. Por el contrario, la dinastía de los Austrias antepuso sus intereses familiares al fortalecimiento de España y a su proyecto americano. Todo ello en unas fechas en las que la guerra disparó radicalmente su coste. Mientras que los Reyes Católicos apenas tenían tropas propias, a mediados del reinado de Felipe II la maltrecha Hacienda española mantenía un ejército de 86.000 hombres solo en los Países Bajos.

Los muertos, la ruina económica y la caída demográfica dibujaron la cara más terrible de esta inversión en guerra. El mastodóntico esfuerzo militar legó, no obstante, una rica historia que emplaza operaciones españolas en las selvas de Camboya, los desiertos chilenos, la aridez africana o los campos anegados del corazón de Europa, que durante 150 años contuvo la respiración con cada salida desde Italia de los Tercios españoles. Diría de esta infantería uno de sus generales, Francisco de Melo: «Estos son aquellos hombres que fueron tan famosos y temidos en el mundo, los que avasallaron príncipes, los que dominaron naciones, los que conquistaron provincias, los que dieron ley a la mayoría de Europa». Aparte de un continente explorado de arriba abajo. Un océano tan domado que terminó por llamarse el Lago Español. Y guerras simultáneas, en inferioridad numérica, contra Francia, el Imperio otomano, Inglaterra, Holanda, parte de Alemania, Venecia, Saboya, Suecia, Roma… «Todos contra Nos, Nos contra todos», que diría el Conde-Duque de Olivares.

Tan inverosímiles fueron algunas de sus empresas que la memoria de los superhéroes ha acabado a veces trufada de datos exagerados o modulada por el relato que cada España ha necesitado. Si la España conservadora ha requerido montones de defensores del catolicismo, la España progresista se quiso imaginar a héroes románticos como los comuneros o los liberales del levantamiento de Riego. 
Superhéroes del Imperio pretende rescatar del olvido a estos héroes y separar la leyenda de la realidad en la medida de lo posible, siendo consciente de que la historia la cuentan los vencedores, que a veces simplemente son los que sobreviven a expediciones salvajes o a combates hasta el último hombre en pie. Porque detrás de todo gran hombre hay una gran mujer, pero sobre todo un buen narrador. Los héroes anónimos no permanecen mucho tiempo en los libros de Historia.

Nuestros héroes han sido desfigurados por la leyenda negra en base a mentiras en el extranjero. Mientras que nuestros cronistas, y luego la historiografía romántica, han exagerado las biografías de algunos de estos personajes en base a verdades. Esto segundo no es ninguna anomalía en el mundo. Los superhéroes de las películas no dejan de ser hoy la proyección de americanos excepcionales llevados al extremo. Del mismo modo, en nuestras crónicas se exageraba porque, ya por entonces, lo que se buscaba es que el público las leyera y que fuesen atractivas
Francisco Pizarro sería Ironman, porque tuvo una resistencia mucho más allá de la biología. Parece imposible que pudiera sobrevivir a todas las penurias por las que pasó sin tener algo sobrenatural. Pero así fue. Cruzó el Atlántico, viaje en el que muchísimos morían, y sobrevivió. Posteriormente participó en decenas de expediciones en las que, según las crónicas, murieron más del 50% de sus integrantes. A Juan Pablo de Carrión me gusta compararle con el Lobezno más viejo, un hombre que ya está en el ocaso de su vida y que acomete su última empresa heroica.

Convivimos a diario con lo extraordinario. En el Mundial de Atletismo de 1991, el norteamericano Mike Powell realizó un salto de longitud de 8,95 metros, el equivalente a saltar quince lavadoras colocadas en fila india. Usain Bolt fue capaz de correr 100 metros en poco más de nueve segundos y medio, suficiente para dejar atrás a una mamba negra o un camello arábigo. El hombre más fuerte del mundo puede levantar más de media tonelada, aunque se conocen casos de personas corrientes que en situaciones extremas han movido pesos aún más elevados. Tres generaciones de una familia italiana, los Marsili, no saben lo que es el dolor. Se pueden romper una pierna o dislocarse el hombro, pero por una extraña mutación genética solo sienten una ligera molestia. En el plano mental, Kim Peek, el hombre que inspiró la película Rain Man, con Dustin Hoffman como uno de los protagonistas, memorizó más de 12.000 libros hasta su muerte en 2009. Rebecca Sharrock es una australiana con autismo capaz de recordar cada instante de su vida desde que tenía menos de un mes. 

Los seres humanos fuera de lo común, ya sea por condiciones innatas o debido a las circunstancias extremas, se remontan a lo más hondo del pasado. En el siglo xvi, las crónicas nos narran que un caballero de Jerez de la Frontera recorrió desnudo 18.000 kilómetros de rutas desconocidas y plagadas de elementos adversos a través de lo que hoy es el sur de Estados Unidos. Entre tanto, un extremeño de gran talla al servicio del Gran Capitán causó 500 muertos en una misma jornada con su mandoble. Por no mencionar al hombre que nació sin miedo, al soldado que parecía tener más vidas y heridas que Allan Quatermain, o al viejo que venció a una multitud de samuráis piratas en Filipinas. ¿Son sus hazañas menos creíbles por estar escritas en documentos ya amarillentos? 

La historia de España está repleta de personajes asombrosos, cuyas cualidades mentales o físicas les otorgaron talentos por encima del resto de individuos. Fuertes, valientes, resistentes, inteligentes… Superhéroes, al fin y al cabo, en la mayoría de los casos relacionados con lo militar, porque era lo que demandaba entonces el país. Los héroes han sido elementos imprescindibles en la memoria colectiva de todas las sociedades occidentales. La proyección del ideal de los ciudadanos de una patria, adaptada así a los tiempos en los que vivieron. No se espera lo mismo de un héroe de la Guerra del Peloponeso que de uno de la Guerra de Vietnam. Los perfiles y las sensibilidades van evolucionando. En la potencia hegemónica de hoy, Estados Unidos, son militares (como George Patton o el Capitán América), científicos (como Thomas Alva Edison o Bruce Banner) o empresarios (como Henry Ford o Bruce Wayne). 

Todos ellos, reales o ficticios, encarnan los valores patrióticos propios del siglo xx, pero ¿qué ocurre con un país, como España, que ha carecido de una auténtica ética del patriotismo? Aquí los héroes más cantados han sido el Cid Campeador o Don Pelayo, más ficción ideológica que histórica, cuando no directamente inventados como Don Quijote. Los verdaderos héroes militares han sido desechados en España. Lo que siempre resulta más placentero que aquellos vilipendiados bajo juicios actuales, como en el caso de los conquistadores «genocidas» o del gran duque de Alba, retorcido de forma grotesca por la leyenda negra. El resultado es que los españoles no conocen apenas a los hombres que murieron creyendo que sus descendientes vivirían mejor gracias a sus sacrificios. 

El Imperio español tuvo la fortuna de contar con estos seres en sus filas, cuando las ambiciones desmedidas de sus monarcas levantaron la maquinaria militar más calibrada que había conocido el mundo. España podría haber invertido el oro y la plata que llegaba en grandes remesas desde América en obras públicas o en los cimientos de una sociedad mejor. No lo hizo. Por el contrario, la dinastía de los Austrias antepuso sus intereses familiares al fortalecimiento de España y a su proyecto americano. Todo ello en unas fechas en las que la guerra disparó radicalmente su coste. Mientras que los Reyes Católicos apenas tenían tropas propias, a mediados del reinado de Felipe II la maltrecha Hacienda española mantenía un ejército de 86.000 hombres solo en los Países Bajos. 

Los muertos, la ruina económica y la caída demográfica dibujaron la cara más terrible de esta inversión en guerra. El mastodóntico esfuerzo militar legó, no obstante, una rica historia que emplaza operaciones españolas en las selvas de Camboya, los desiertos chilenos, la aridez africana o los campos anegados del corazón de Europa, que durante 150 años contuvo la respiración con cada salida desde Italia de los Tercios españoles. Diría de esta infantería uno de sus generales, Francisco de Melo: «Estos son aquellos hombres que fueron tan famosos y temidos en el mundo, los que avasallaron príncipes, los que dominaron naciones, los que conquistaron provincias, los que dieron ley a la mayoría de Europa». Aparte de un continente explorado de arriba abajo. Un océano tan domado que terminó por llamarse el Lago Español. Y guerras simultáneas, en inferioridad numérica, contra Francia, el Imperio otomano, Inglaterra, Holanda, parte de Alemania, Venecia, Saboya, Suecia, Roma… «Todos contra Nos, Nos contra todos», que diría el Conde-Duque de Olivares. 

Tan inverosímiles fueron algunas de sus empresas, que la memoria de los superhéroes ha acabado a veces trufada de datos exagerados o modulada por el relato que cada España ha necesitado. Si la España conservadora ha requerido montones de defensores del catolicismo, la España progresista se quiso imaginar a héroes románticos como los comuneros o los liberales del levantamiento de Riego. Este libro pretende rescatar del olvido a estos héroes y separar la leyenda de la realidad en la medida de lo posible, siendo consciente de que la historia la cuentan los vencedores, que a veces simplemente son los que sobreviven a expediciones salvajes o a combates hasta el último hombre en pie. Porque detrás de todo gran hombre hay una gran mujer, pero sobre todo un buen narrador. Los héroes anónimos no permanecen mucho tiempo en los libros de Historia.