EL Rincón de Yanka

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viernes, 26 de septiembre de 2025

EL CLERO DURANTE EL PROCESO DE LAS INDEPENDENCIAS DE HISPANOAMÉRICA: 🌍🌎 "LAS HERIDAS ABIERTAS DE LA HISPANIDAD"

 


“Mirad la roca de la que habéis sido tallados 
y el manantial del que habéis salido”.
(“Adtendite ad petram unde excisi 
estis et ad cavernam laci de qua praeci -si estis. 
Isaías 51, 1)

El clero representó un papel fundamental en el momento de las guerras de la independencia (1810-1824), pues su influencia, su prestigio y sobre todo su plena integración en la sociedad iberoamericana hacían muy deseable su colaboración, tanto en el campo legitimista como en el independentista. La grave crisis política de las independencias lo dividió en dos grupos. Gran número de religiosos, la mayoría de ellos nacidos en la Península, y gran parte de los obispos, nombrados por el Rey según el Patronato, permanecieron fieles a la Corona. El clero secular criollo y regulares criollos, en cambio, disgustado por el monopolio del clero peninsular sobre los cargos y oficios importantes, se mostró partidario de las independencias.

Las independencias dieron lugar a un periodo difícil para la Iglesia católica, pieza clave del Antiguo Régimen, aunque la crisis había comenzado ya en la segunda mitad del siglo XVIII, con la política ilustrada y regalista de Madrid y Lisboa, que procuró reforzar el control de la Corona sobre el clero y que provocó la expulsión de los jesuitas en 1759 de los dominios de Portugal y en 1767 de las posesiones de España. Quizás fue la principal razón por la que una buena parte del clero se apartó de la Corona o, al menos, se sentía incómodo con ella.

La ilustración católica que los jesuitas promovían en sus colegios fue abortada con su expulsión. En gran parte las elites criollas fueron educadas por ellos. Los colegios de los jesuitas eran centros importantes de difusión de la cultura europea. Se comprende que los partidarios de la ilustración anticatólica o anticlerical quisieran, a todo trance, apagar su antorcha y encender otra distinta, que la sustituyera. Debido a las guerras de independencia, los daños materiales fueron cuantiosos, hubo numerosas bajas del clero en los combates, el clero legitimista fue repatriado a España, se cerraron seminarios, escasearon las vocaciones y abundaron las secularizaciones. El clero descendió entre un 25 y un 60%, según las regiones. Este descenso supuso, por ejemplo, en México, entre 1810 y 1834, que el clero secular pasó de 4.229 a 2.282 miembros y el clero regular de 3.112 a 1.726. Quedó gravemente afectada la obra docente y asistencial de la Iglesia.

Por otra parte, las nuevas circunstancias políticas dificultaron el nombramiento de nuevos obispos. Esto explica el largo periodo vacante de muchas sedes episcopales, que llegó hasta los veintidós años en el caso de Buenos Aires. Recordemos que el Papa Pío VII condenó el movimiento de independencia, apoyando los derechos reales de patronato en materia eclesiástica de la monarquía española. Pero León XII, su sucesor, se preocupó de restablecer los contactos desde México hasta Chile1 y Argentina. A partir de 1835, la Santa Sede reconoció oficialmente la república de Nueva Granada (actual Colombia), la de México y todas las demás repúblicas2.

¿Cuál fue la actitud de la Iglesia católica ante la independencia de la América española? La respuesta es compleja. Hubo clérigos en una y otra parte. A pesar de dos intervenciones de la Santa Sede, un Breve de Pío VII, de 1816 y otro de León XII, de 1824, en los que se pedía la vuelta a la situación anterior y la obediencia al rey de España, las nuevas Repúblicas americanas buscaron el entendimiento con la Santa Sede por estrategia política y por el deseo de que se cubriesen las vacantes episcopales. Consiguieron ambos objetivos muy pronto con el Papa Gregorio XVI, que nombró obispos residenciales a partir de 1831 y desde 1835 inició el reconocimiento oficial de los gobiernos independientes, de los nuevos Estados. La verdad es que ya antes León XII se había preocupado de restablecer los contactos desde México hasta Chile3 y Argentina. 

En el proceso de las independencias no se enfrentaron dos Iglesias ni se trató de una guerra de religión o conflicto religioso. La inmensa mayoría de los protagonistas eran católicos en una y otra parte. No le falta razón a monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, actual obispo de San Cristóbal de Las Casas, al declarar que "el proceso de independencia fue un movimiento político y social con profunda raigambre religiosa católica". Cf. Carta de Obispos Mexicanos (Conferencia Episcopal Mexicana) 

Tampoco hay que olvidar el protagonismo de los masones, anticatólicos, en ese proceso. Los británicos fomentaron la creación de logias masónicas como un arma contra España. De hecho, las logias masónicas londinenses aportaron fondos para el proyecto de independencia. Tres importantes protagonistas, Simón Bolívar, José San Martín y Bernardo O'Higgins, pertenecían a una logia fundada en Londres por Sebastián Francisco de Miranda, nacido en Caracas, hijo de padres españoles. Más tarde, en Cádiz, este mismo fundó otra logia, a la que pertenecieron Manuel Belgrano, creador de la bandera argentina, y Andrés Bello, influyente intelectual que tuvo un gran protagonismo, como profesor y legislador, en los primeros años de la independencia de Chile. Los masones hispanoamericanos, invocando los principios de la hermandad universal masónica, querían liberarse del poder de las autoridades españolas y de la Iglesia.

1 Se conoce bine la Mision Muzi, 1823 1825, de la que formo parte el futuro Pío IX, por el relato de José Sallush; Historia de la Misiones Apostólicas de Monseñor Juan Muzi en Estado de Chile, Traducción del original italiano, Santiago, 1906.
Cf Pedro Letuna, Relación entre la Santa Sede y Américas Relación de Pío VII y Bolívar.
Se conoce bien la Misión Muzi, 1823 1825, de la que formó parte el futuro Pío IX, por el relato de José Sallush; Historia de la Misiones Apostólicas de Monseñor Juan Muzi en Estado de Chile, Traducción del original italiano, Santiago, 1906.


El mediodía de la traición

19 de abril de 1810. Mediodía. Caracas hierve bajo un sol implacable.
José Cortés de Madariaga sale del Cabildo donde acaba de presenciar la firma del acta de traición disfrazada de independen­cia. Sus tacones resuenan contra las piedras coloniales.

Tac, tac, tac.

Cada pisada marca el compás de la mentira que acaba de pre­senciar.
El calor se filtra por su sotana negra. El sudor empapa su frente, pero no es solo el dima tropical. Es la adrenalina de quien sabe que está a punto de cambiar la historia de un continente entero.
Su misión está clara: mentir. Violar conscientemente el man­damiento que ha predicado desde el púlpito: "No mentirás".
Carnina sin mirar a nadie. Vecinos le piden la bendición, él no responde. Sus ojos están fijos en el suelo, pero su mente en el balcón donde lo espera Vicente Emparan.

Tac, tac, tac.

Los pasos marcan el ritmo dela traición.
Este cura, que cada domingo predica la importancia de la ver­dad, está apunto de cometer la mentira más grande de la his­toria venezolana.

Los escalones del engaño

Llega al Palacio del Cabildo. La multitud se agolpa en Ja plaza, sudorosa, esperando noticias.
Madariaga comienza a subir las escaleras. Ya no suenan pie­dras, ahora crujen maderas viejas.

Cric, crac, cric.

Cada escalón es una nota más en la sinfonía dela traición:
  • Primer escalón: piensa en Miranda, el precursor de ideales republicanos.
  • Segundo escalón: piensa en Bolívar, el joven ambicioso que no firmó porque ya calculaba su próximo movi­miento.
  • Tercer escalón: piensa en el pueblo que espera abajo, ignorante de la manipulación.
Su respiración se agita. No es solo esfuerzo físico. 
Es el peso moral de lo que está por hacer.

El encuentro

En el salón principal lo espera Vicente Emparan, Capitán Gene­ral de la Provincia de Venezuela.
Un español educado, ilustrado, que había administrado Cu­maná durante doce años con eficiencia. Construyó hospita­les, escuelas, puertos modernos. Un administrador honesto en tiempos de corrupción colonial.
Al ver a Madariaga, Emparan se incorpora:
- Padre, su bendición.
Madariaga murmura una bendición vacía. Sus palabras apenas audibles. ¿Cómo invocar a Dios cuando vas a violar sus man­damientos?
El sudor corre por sus sienes. Sonríe, pero es la sonrisa de quien guarda un secreto terrible.

La manipulación

Con gesto teatral, Madariaga indica el balcón:
- Capitán, el pueblo lo espera. Pregúnteles qué desean.
Emparan, confiado en su popularidad y en la lealtad que había cultivado, acepta. Caminan juntos hacia el balcón.
Los pasos de Emparan son firmes. Los de Madariaga, calcula­dos. Cada uno parte de la coreografía del engaño.

El momento de la traición

Se asoman al balcón. La plaza bulle de gente. El calor hace que el aire ondule como agua.
Emparan grita con dignidad:
- ¡Pueblo de Caracas! ¿Queréis que siga gobernando?
En ese instante, Madariaga ejecuta su plan. Se coloca de­trás, visible para la multitud. Agita los brazos indicando NO y mueve la cabeza con énfasis.
El pueblo, confundido, no entiende del todo lo que ocu­rre, pero al ver al respetado canónigo -su referente de honestidad y "representante de Dios en la Tierra"-­ negar con tanta convicción, responde al unísono:

- ¡Nooo!

La decisión queda sellada.
"He sido yo quien ha preparado todo esto con la mayor maña...
El pueblo ha obrado como yo quería que obrase".

El daño está hecho

- Pues si no me quieren, yo tampoco quiero mando. Emparan se quita la banda de Capitán General. Se va en paz.
Prefiere la humillación personal antes que bañar Caracas en sangre. Tenía soldados suficientes para masacrar a la multi­tud, pero elige el exilio.
Madariaga lo ve partir. Sonríe satisfecho. La misión está cum­plida.


Huérfanos de madre patria desangrada

El bicentenario de la independencia de Hispanoamérica es la ocasión para escribir la historia de un desencuentro: el de la España que echa de menos a América, y el de la América que extraña a la madre patria. En medio, como vínculo inquebrantable, la fe transmitida por la Iglesia. Después de doscientos años de distancia, surge la pregunta: ¿qué habría ocurrido si hubiéramos seguido juntos?
¿Es de verdad la independencia de las colonias españolas en América la negación de la conquista y de las motivaciones surgidas tras el Descubrimiento? 
Doscientos años después de la independencia de las primeras naciones americanas, con el Nuevo Continente amenazado por una deriva populista que aspira a reescribir la Historia, la cuestión de la independencia hispanoamericana requiere sus matices. Don Emilio Martínez Albesa, profesor de Ciencias Históricas en la Facultad de Teología del Pontificio Ateneo Regina Apostolorum, de Roma, y organizador del Congreso La Iglesia católica ante la independencia de la América española, defiende que «las naciones que iniciaban la lucha por la independencia en 1810 venían formándose desde muy atrás. 

Por ello, la decisión de independencia política debe encuadrarse dentro de un más amplio proceso emancipador. Es por tanto preciso leer la emancipación hispanoamericana desde la clave de la justicia integradora más que desde la del autogobierno libertario, para comprenderla en profundidad. Podríamos multiplicar los ejemplos con las reiteradas referencias al despotismo español, es decir, a la ausencia de libertad, como causa legitimadora del alzamiento por la independencia. Los patriotas hispanoamericanos, al menos en su mayoría, no se sintieron rebeldes, sino que presentaron su revolución dentro del marco de la justicia natural y también del derecho institucional hispánico. Los criollos buscan reaccionar contra lo que consideran un trato injusto que, contrariando el derecho natural, histórico e institucional, les mantiene extranjeros en su propia patria».

De hecho, tal como afirma don José Antonio Ullate, autor del libro "Españoles que no pudieron serlo", «la inmensa mayoría de los americanos eran y se sentían españoles, fueran criollos, indios, mestizos o mulatos. Se piense lo que se piense de la ruptura de la unidad hispánica, fue un hecho trágico y así fue percibido por todos». A ambos lados del Atlántico existía una única España «con una sola comunidad política, y todos -continúa Ullate- perseguían uno solo y el mismo bien común temporal. Cuando, por razones que resultan mucho más complejas que lo que se suele admitir, comienza la desmembración, España deja de existir como comunidad política y subsiste como realidad cultural o como se quiera. Insisto en que lo que se dinamita es una comunidad política y, en tal sentido, los españoles americanos y peninsulares dejan de tener ese marco natural para la búsqueda del bien común. Es una orfandad sentida por muchos a un lado y al otro del Atlántico».
Al final fueron muy pocos los que salieron ganando con la independencia, y más bien hubo que lamentarse ante las pérdidas sufridas tanto aquí como allí. 

«Quienes salieron ganando fueron -afirma José Antonio Ullate- Inglaterra, que se aseguró un mercado cautivo desde entonces; la masonería, que adquirió proporciones endémicas a raíz de la independencia; y las oligarquías económicas deseosas de traficar con Inglaterra. Todo el resto salió perdiendo. Los mismos partidarios de la independencia no podían dejar de admitir la postración moral que en todo el continente siguió a la secesión. En particular, los más perjudicados fueron los indígenas. En países como Argentina prácticamente desaparecieron; y en otros, como en México, un indio, Benito Juárez, les sometió a vejaciones desconocidas antes, llegando incluso a prohibir el uso de los idiomas nativos. Pero también aquí, en la Península ibérica, salimos gravemente heridos por una falta de identidad política que arrastramos desde entonces».

La nación, en peligro

En la conmemoración del bicentenario del inicio de la independencia de las naciones hispanoamericanas, no puede en modo alguno olvidarse el papel de la Iglesia católica. Frente a los intentos populistas actuales que, sin duda, tratarán de dar a las celebraciones un tinte libertario que lleve consigo una toma de distancia con respecto a una Iglesia presuntamente retrógrada y aliada de los absolutismos, es necesario dejar claro cuál ha sido la contribución de la Iglesia en la construcción de América, no sólo tras el Descubrimiento y primera evangelización, sino también después de los procesos independentistas.

Para ello, basta escuchar las voces de un obispo contrario a la revolución y de uno de los clérigos protagonistas de la independencia de México. «La nación española ha sido nuestra madre, nuestra nutriz y nuestra maestra; a ella debemos nuestra creencia, nuestra civilización, y aun los progresos en las artes»: 
así escribía el obispo fray Antonio Sánchez Matas, en 1821. Y el cura Miguel Hidalgo afirmaba diez años antes: 
«No hubiéramos desenvainado la espada si no nos constase que la nación iba a perecer irremediablemente, y nosotros a ser viles esclavos de nuestros mortales enemigos, perdiendo para siempre nuestra religión, nuestra ley, nuestra libertad, nuestras costumbres, y cuanto tenemos de más sagrado y más precioso que custodiar».

No todo es blanco ni negro en la independencia de las naciones hispanoamericanas. Don José Ignacio Saranyana, miembro del Comité Pontificio de Ciencias históricas y profesor de la Universidad de Navarra, afirma que la guerra de independencia fue básicamente una guerra civil entre criollos y españoles: 
«Es verdad que bastantes obispos y superiores religiosos fueron realistas y defendían los vínculos con España, pero también los hubo de la otra parte. En cualquier caso, todos los que combatieron en la independencia americana fueron católicos». 

De este modo, «hubo un clero insurgente que tomó las armas. Algunos de estos sacerdotes han sido exaltados por la posteridad, como los mexicanos Miguel Hidalgo y José María Morelos. Pero la contribución del clero a la insurgencia se concretó más bien por otras vías, apoyando con homilías, proclamas y discursos patrióticos a los sublevados contra el dominio español». 
Más adelante, una vez producida la independencia, «la Iglesia colaboró en la construcción de las nuevas patrias que nacían de la emancipación. Hubo muchos eclesiásticos en las Cortes constituyentes de las nuevas naciones. Sólo más tarde, a partir de los embates del liberalismo radical, se produjo una ruptura entre los nacientes regímenes y la jerarquía eclesiástica. La situación de enfrentamiento también se resolvió con los años».

Para don Emilio Martínez Albesa, la guerra de independencia «planteaba unas cuestiones morales nada fáciles de discernir. La independencia en principio es un asunto político, y a ella, en sí misma, no ofrecía una respuesta la doctrina de la Iglesia. Pero, en las circunstancias históricas de entonces, variables de un lugar a otro de un enorme continente y cambiantes a lo largo de casi dos decenios, hubo seis cuestiones morales con las que ese tema político tuvo de hacer cuentas: el juramento de fidelidad al rey Fernando VII, el derecho de autodeterminación de los pueblos, el deber de contribuir al bien común de la monarquía hispánica de ambos lados del Atlántico, el derecho a la participación política de los ciudadanos, la legitimidad de la opción por la guerra, y los deberes y derechos durante la guerra misma. Todos estos temas, si bien con la terminología de entonces, se debatieron y afrontaron en aquella coyuntura histórica». Por ello no se puede afirmar con rotundidad que la Iglesia apoyara abiertamente a cualquiera de los dos bandos.
Otra cuestión a discernir es la del papel del Vaticano en el conflicto. 

El profesor José Ignacio Saranyana destaca que «la Santa Sede, implicada en las guerras napoleónicas, se abstuvo, al principio, de intervenir. Derrotado Napoleón, la Santa Sede tuvo dos intervenciones desafortunadas: 
un Breve de Pío VII, de 1816; y otro de León XII, de 1824, éste último por la presión de la Cancillería de Madrid. En ambos casos, se pedía la vuelta a la situación primitiva y la obediencia al rey de España. Hay que entender ambos documentos en el contexto político del momento: el Congreso de Viena había impuesto la Restauración, es decir, que todo volviera a la situación anterior. Los dos Breves produjeron bastantes escrúpulos entre los criollos, muchos de ellos católicos fervorosos. En este punto fue decisiva la intervención de algunos teólogos americanos que ayudaban a resolver este problema, probando que los dos Breves no obligaban en conciencia. Para ello echaron mano de algunos presupuestos jansenistas y regalistas».

Desde el primer momento, las nuevas Repúblicas americanas buscaron el entendimiento con Roma, por dos motivos: por estrategia política, y porque deseaban que se cubriesen las muchas vacantes episcopales. «Alcanzaron tanto una cosa como otra muy tempranamente -afirma don José Ignacio Saranyana-, con el Papa Gregorio XVI, que designó obispos residenciales a partir de 1831 (con gran enfado de España) y empezó a reconocer los nuevos Estados, desde 1835». Y don Emilio Martínez Albesa concluye que «la llegada al solio pontificio de Gregorio XVI, en febrero de 1831, abrirá una última y definitiva etapa de opción americanista. Se trató de un americanismo por razones del bien espiritual de los fieles. Supuso regresar al nombramiento de obispos propietarios y, además, desde 1835, iniciar el reconocimiento oficial de los Gobiernos independientes».

Una herencia noble y rescatable

Ni se enfrentaron dos Iglesias ni se trató de una guerra de religión, ni fueron clérigos los principales protagonistas, pero sí es cierto que la fe jugó un papel decisivo para los combatientes de ambos bandos. La independencia no fue un conflicto religioso, pero quienes la protagonizaron tenían una dimensión religiosa que no podían esconder. No en vano, con motivo del bicentenario de la independencia de México, monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, ha declarado que, «sin el ingrediente religioso, el movimiento independentista o no se hubiera producido o habría tomado otro rumbo. El proceso de independencia fue un movimiento político y social con profunda raigambre religiosa católica que, dentro del dramatismo de los hechos y sus excesos, es una herencia noble y rescatable que debemos agradecer».

De esta misma herencia hablaba Juan Pablo II en su discurso a los obispos del CELAM, en Santo Domingo, en 1984: «La antigua evangelización, la que hicieron aquellos esforzados españoles en condiciones heroicas y precarias, no estuvo al servicio de la Corona, sino al servicio de Nuestro Señor. No los movía la leyenda de El Dorado o intereses personales, sino la urgente llamada a evangelizar a unos hermanos que aún no conocían a Jesucristo».

Doscientos años después del comienzo de la independencia de la América española, sólo cabe hacer suposiciones acerca de lo que habría resultado si la independencia no se hubiese producido, pero de lo que no cabe duda es de que, a la luz de la Historia, ni España ni América habrían llegado a ser lo que son sin la fe de aquellos esforzados españoles.

El decisivo papel de la masonería

«El principal responsable de todo fue Sebastián Francisco de Miranda»: así de claro se expresa el sacerdote don Manuel Guerra, experto en sectas y buen conocedor de la masonería. Nacido en Caracas, hijo de padres españoles, Sebastián Francisco de Miranda combatió en la guerra de la independencia de Estados Unidos junto a Washington y allí conoció a Lafayette. Más tarde, en Londres, se entrevistó con el Primer Ministro inglés, tratando de conseguir ayuda económica para su proyecto de Independencia de América, y así recibe fondos de las logias masónicas londinenses. «Fundó en Londres una logia -afirma don Manuel Guerra-, en la que descuellan los que posteriormente serían los libertadores de América: Simón Bolívar, José San Martín y Bernardo O’Higgins. Más tarde, en Cádiz funda otra logia a la que pertenecen otros revolucionarios, como Manuel Belgrano, creador de la bandera de Argentina, y Andrés Bello. El sueño de Sebastián Francisco de Miranda era fundar un imperio que fuera desde el Missisipi a la Patagonia. El propio Bernardo O’Higgins es el fundador de la logia Lautaro en Cádiz, que influyó en la independencia de Chile y Perú; en las logias de Madrid se gestó la independencia de Filipinas; masones fueron los promotores de las primeras revueltas de independencia en México. Y está probado que los británicos fomentaron la creación de logias masónicas como un arma contra España. Todos ellos querían la independencia de América pero, como eran masones, también eran anticatólicos. Querían liberarse de las autoridades españolas y de la Iglesia, invocando los principios de la hermandad universal masónica».

 


Durante la Primera República de Venezuela entre 1811 y 1812, bajo el mando de Francisco de Miranda como dictador, se vivió una etapa de represión y desorden. En este contexto fueron condenados a muerte dos eclesiásticos: el doctor don Martín González y don J. López (o N. López).
Señala la «Relación documentada de los principales sucesos ocurridos en Venezuela - Tomo I» del historiador Francisco Javier Yanes la causa de su ejecución fue:
«[...] condenándolos a muerte por estar convencidos legalmente de haber predicado y obrado activamente contra la independencia que habían jurado, conmoviendo los pueblos de Cara y Camatagua, y el Generalísimo confirmó la sentencia y mandó que se ejecutara. Puestos en capilla pidieron una audiencia [...]; Miranda fue a la pieza en que se hallaban y a la entrada se arrojaron a sus pies los padres implorando perdón y clemencia [...]. El Generalísimo les contestó que él no estaba autorizado para infringir la ley [...] y al día siguiente, a las seis de la mañana, fueron ejecutados en el sitio del juego de pelota, sin preceder degradación».

José Francisco de Heredia, regente de la Real Audiencia de Caracas, escribió en sus memorias lo siguiente:
«Dos sacerdotes fueron de las víctimas sacrificadas en la Victoria [...]; este espectáculo tan nuevo para un pueblo piadoso [...], lejos de inspirar el terror que deseaba el Gobierno (Miranda), lo hizo detestar como impío y sacrílego. Fue más lamentable la tragedia por las cualidades personales de aquellos eclesiásticos, que eran jóvenes instruidos y piadosos».
El historiador Felipe Tejera señaló en 1895 en su «Manual de historia de Venezuela» sobre Miranda que:
«Más que enérgico, mostróse cruel ajusticiando a los presbíteros don Martín González y N. López, con una mera apariencia de juicio».
Estas ejecuciones, realizadas sin la degradación eclesiástica previa y en un pueblo profundamente católico, generaron rechazo generalizado. Lejos de fortalecer la causa independentista, la dureza de Miranda contribuyó a su aislamiento y a la caída de la Primera República en 1812. Este episodio sigue siendo uno de los más controvertidos y crueles de esa etapa inicial.

Autor: Emilio Acosta.

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La iglesia y la independencia de Venezuela con Manuel Hernández González #Sacerdotes

Tuvimos el honor de entrevistar a Manuel Hernández González, Profesor Catedrático de Historia de América de la Universidad de La Laguna, España. Ha sido profesor invitado y becario postdoctoral de la Universidad Johns Hopkins de Baltimore. Ha publicado más de sesenta libros, diez de ellos en América, más de cincuenta ediciones con estudios críticos y más de cien artículos. Miembro de las Academia de la Historia de Canarias, Cuba, Venezuela y República Dominicana, ha ganado seis premios de investigación histórica; el día de hoy estaremos hablando sobre su último libro «La iglesia en la independencia de Venezuela: los sacerdotes desterrados España». En esta obra González Hernández analiza el papel del clero durante la Guerra de Independencia venezolana. A través de documentos inéditos, como cartas y procesos judiciales, reconstruye la vida de sacerdotes desterrados a España por su apoyo al movimiento independentista. Destaca sus dilemas éticos, su influencia en la sociedad y las tensiones con la Corona. La obra ofrece una visión detallada de cómo la Iglesia navegó este periodo convulso, mostrando tanto su resistencia como su adaptación al cambio político.

jueves, 25 de septiembre de 2025

INFANTICIDIO Y GENOCIDIO DE LOS NIÑOS DE LÍDICE, CHECOSLOVAQUIA 👦👧👦👧👦👧

 


La representación de este grupo de niños resulta, por lo menos, inquietante. Rostros mirando al frente, sin a penas expresión. Parece que interpelan a todo aquel que se atreve a posar la mirada sobre sus ojos durante unos segundos. Niños y niñas, de varias edades, algunos de la mano de sus hermanos mayores, otros en solitario. Sobrecogedora la escultura, pero más aterradora la historia que esconde bajo el bronce.

Un enfurecido Hitler recibió la noticia del asesinato del dirigente de las SS, Reinhard Heydrich, protector de la entonces Checoslovaquia, y desencadenó la tragedia. El führer ordenó la búsqueda de sus asesinos y para ello emprendió una cruel represión contra la población civil. Una de las localidades más perseguidas fue Lídice, que se había erigido como una de las más combatientes contra la entrada de los nazis. Allí asesinó en un primer momento a decenas de hombres, y capturó a mujeres y niños a los que trasladó a campos de concentración y exterminio. Los separó por etnias y muchos fueron liquidados en la cámara de gas.

En total murieron 82 niños, que en este tiempo han servido de símbolo contra la barbarie. En su memoria, la artista checa Marie Uchytilová, junto a su esposo el también escultor Jirím V. Hamplem, esculpió durante años un voluminoso grupo de figuras que representa a aquellos niños fallecidos de forma tan dramática. Es uno de los recuerdos imborrables que lleva Europa en su cargada mochila de transgresiones flagrantes contra la humanidad. La obra, ubicada en la localidad asediada, tardó en acabarse por falta de financiación y su autora nunca la vio concluida.

Es una imagen que nos pone en alerta sobre la protección de la infancia. En Europa, en Siria, en Ruanda, en Liberia, en Pakistán, en Palestina, en la frontera mexicana de EEUU, en Venezuela y en Colombia… Es la visibilización del horror en su lado más terrible. Las guerras, los conflictos, las desigualdades son asuntos que se abordan en las mesas de los mayores, de los “adultos” que tienen la capacidad, el poder, la edad… de debatirlos. Y mientras, casi siempre la infancia paga la factura de sus incoherencias en su papel de víctimas de un desastre que han heredado sin decidirlo.



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miércoles, 24 de septiembre de 2025

PELÍCULA "HEARTLAND" (1979): CARTAS DE UNA GRANJERA PIONERA QUE LLEVA DENTRO EL CAMBIO SOCIAL 🐎🐄🐄🐄🐂🐑🐏🐓

 

HEARTLAND (1979): 
CARTAS DE UNA GRANJERA PIONERA 

En 1910 una viuda y su hija viajan a Wyoming para trabajar como ama de casa de un ranchero. Una vez instalada la mujer querrá adquirir un trozo de terreno para su cultivo, pero la buena fortuna no le acompañará en su cometido.
Hace más de cien años una joven viuda decide marcharse a colonizar las deshabitadas montañas de Wyoming con su hija pequeña. Partiendo de cero, aprende a realizar todas las tareas necesarias para vivir entre una naturaleza tan exuberante como implacable. 
Cartas de una pionera narra en primera persona cómo Elinore Pruitt Stewart rompió convencionalismos sociales y tomó por completo las riendas de su vida. La autora, con una gran maestría y una espontaneidad feliz y llena de humor, le cuenta a su antigua empleadora,la señora Coney, su día a día en el rancho y un sinfín de aventuras con sus nuevos y entrañables vecinos. En un tiempo en el que la mujer sólo podía dedicarse al cuidado de su familia, Elinore Pruitt Stewart apostó por reinventarse y aprender a valerse por sí misma, en un entorno tan generoso como exigente. Las narraciones de las escapadas campestres que hace junto a su hija pequeña, en medio de nevadas, cuatreros y fogatas, llenarán del aire fresco de las montañas de Wyoming nuestro lugar de lectura irremediablemente. De la mano de esta mujer increíble aprenderemos a cazar, a plantar tomates verdes y a montar a Chub, el caballo más perezoso de todo Wyoming.

NOTA DEL EDITOR DE 1914 

La autora de las siguientes cartas es una mujer joven que perdió a su marido en un accidente ferroviario y fue a Denver en busca de sustento para ella y para su hija de dos años, Jerrine. Primero se puso a trabajar como limpiadora doméstica y lavandera. Más tarde, por ese afán suyo de mejorar en la vida, aceptó una oferta de ama de llaves en casa de un adinerado ganadero escocés, el señor Stewart, quien se había hecho con una cuarta parte del territorio de Wyoming. Las cartas, escritas en el transcurso de varios años, cuentan la historia de su nueva vida en una región nueva para ella. Se trata de cartas auténticas, transcritas tal y como fueron escritas, a excepción de alguna omisión ocasional y algún que otro cambio de nombre. 

HOUGHTON MIFFLIN CO. 

INTRODUCCIÓN 

Si bien podríamos decir que toda obra artística es hija de su tiempo, el contexto histórico, social y económico cobra una importancia capital en títulos como el que aquí nos trae. Las Cartas de una pionera se comenzaron a publicar en octubre de 1913 en la Atlantic Monthly, la revista literaria por excelencia del Boston liberal y vanguardista. Las primeras entregas supusieron ya un enorme éxito de crítica y público. Tanto, que en 1914 la Houghton Mifflin Company reunió todas las cartas y las publicó en un solo volumen. Una joven y desconocida escritora narraba su nueva vida como colona en el oeste de los Estados Unidos, tierra aún con resonancias exóticas y salvajes para los urbanitas de Nueva Inglaterra. 

Estamos en los primeros años del siglo XX. Los Estados Unidos son el nuevo aspirante a potencia mundial; se han impuesto a España en la guerra de Cuba y necesitan nuevas fuentes de riqueza para seguir expandiéndose. 

El primer paso para ello es acabar de poblar el enorme territorio arrebatado a la corona británica tras la guerra de independencia. Los nativos americanos ya no suponen un problema: pocos años antes de la victoria en Cuba, el gobierno estadounidense ha conseguido doblegar a los últimos indios rebeldes y los ha obligado a trasladarse a las reservas habilitadas para reubicarlos. La vía está libre para que en 1862 se apruebe la norma que regula la colonización de las vastas tierras del oeste de Estados Unidos, la Homesteading Act. 

A cada persona que lo solicitase se le cedían 160 acres (casi 650.000 m²) por 15,5 dólares inicialmente, a condición de que construyera allí una casa y la empleara como vivienda habitual durante al menos cinco años. Si el solicitante era una mujer, se le requería que fuera mayor de 21 años, soltera, viuda, divorciada o cabeza de familia. La aventura de la colonización se hacía atractiva a los ojos de los trabajadores de la costa este. Fueron muchos y muchas los solicitantes de tierras en los estados menos poblados de norteamérica. 

El perfil medio es el de un asalariado que prefiere probar fortuna en la arriesgada empresa de colonización a seguir pasando penurias con las sangrantes condiciones laborales que se le ofrecen en el este. Se habla de la colonización como válvula de seguridad ante posibles conflictos sociales y económicos. Pero lo cierto es que la clase trabajadora de Nueva York o Boston no tenía ni los conocimientos ni el dinero como para triunfar fácilmente en su nueva vida de pioneros. De modo que muchos de los que lo intentaron, acabaron trabajando para otros en los sembrados y ganaderías del oeste. 

La mayoría de quienes sí triunfaron en su propósito de convertirse en hacendados compaginaban las duras labores agrícolas con otros oficios que solían representar su primera fuente de ingresos. De entre los muchos testimonios que nos quedaron de este proceso de colonización tardío, sobresale uno en particular: el de Elinore Pruitt Stewart. Viuda, con una hija pequeña y asqueada de su penosa vida en Denver, Elinore decide irse a las frías tierras de Wyoming para comenzar una nueva vida, primero como gobernanta en la casa de un acaudalado ranchero, y luego como hacendada ella misma. 

Elinore está dotada de un innato talento para construir narraciones a pesar de apenas haber cursado estudios elementales. Conocemos al detalle las evoluciones de su lucha por la supervivencia a través de las cartas que periódicamente enviaba a una antigua patrona suya, la señora Juliet Coney, de Denver, Colorado. Y es por esas geniales cartas por las que ha trascendido en el tiempo y por las que cien años después será leída por primera vez en castellano. 

Elinore Pruitt Stewart destaca sobre todo por su carácter y por su ironía. Las difíciles circunstancias que ha vivido a lo largo de sus treinta años no le han restado capacidad para afrontar con decisión lo que se le ponga por delante, y para contarlo con gracia e ingenio. Nacida en plena reserva india de Oklahoma, quedó huérfana a muy temprana edad, de modo que tuvo que asumir la educación y el cuidado de sus ocho hermanos pequeños, como nos cuenta ella misma en sus cartas. A los catorce años ella y otros cinco hermanos comienzan a trabajar para el ferrocarril, principal motor de la economía del momento. Aprenden a cocinar, a llevar todo tipo de maquinaria y a valerse por sí mismos. 

Elinore se casa muy joven con un viudo bastantes años mayor que ella y, aunque en sus cartas afirma que su marido murió en un accidente ferroviario, lo cierto es que hay indicios que nos llevan a pensar que en realidad se habían divorciado anteriormente. Posteriormente, Elinore se traslada al medio oeste y consigue trabajo como enfermera primero y como lavandera después. Con treinta y tres años y una hija de dos, responde a la oferta de trabajo de un ranchero escocés residente en la frontera entre Wyoming y Utah, y se convierte en la gobernanta de la casa del señor Stewart, que así se llama su nuevo patrón. Pero la historia de Elinore es la de una mujer insumisa, no nacida para las ataduras. A pesar de las loas al matrimonio y a la vida en pareja que menudean en sus cartas, predomina en ella un espíritu inconformista y rebelde que la lleva a perseguir el mito de la vida en la frontera: 

Lo único que quería era andar por ahí descalza y libre y ver la vida como la ven los gitanos. Había pensado ir a ver las viviendas de los moradores de los barrancos; quedarme allí mismo hasta poder imbuirme del alma del entorno y así revivir sus andanzas, aunque solo fuera con la imaginación. También tenía planeado ir a visitar las viejas misiones e ir a Alaska; ir a cazar a Canadá. Incluso soñé con Honolulú. La vida se me antojaba un largo y feliz paseo.

Uno de los conflictos que afronta la protagonista de estas cartas es la poligamia que siguen ejerciendo de manera disimulada sus vecinos mormones de Utah, a los que busca para conocer más en profundidad y fustigar sin piedad. Y es que Elinore es una mujer que no se somete al papel que de ella se esperaba hace un siglo. Tiene bien claro que quiere valerse por sí misma, y que aspira a ganarse el respeto del género masculino con su capacidad de trabajo y adaptación al medio. Es por eso que se habla de Elinore Pruitt Stewart como de una protofeminista, a pesar de que no tenga consciencia de ello, ni de que, obviamente, alce la bandera de la emancipación femenina. Pero sí tiene claro que es preferible trabajar para una misma en la durísima vida de las montañas de Wyoming, que sufrir los salarios de hambre que ofrecen las ciudades norteamericanas. 

Es por eso que las aventuras de Elinore tuvieron y siguen teniendo tantísimo éxito entre la sociedad estadounidense. El espíritu de superación e independencia de nuestra heroína enlazaba con los valores de individualismo del americano hecho a sí mismo; el Atlantic Monthly era leído en buena parte por mujeres acomodadas de clase media y alta, que vibraban con el espíritu aventurero de su par en el salvaje oeste, un retrato rústico y encantador de la vida en la frontera; incluso la defensa del entorno puro y saludable de la naturaleza de Wyoming encajaba a la perfección con el resurgir que tuvo el movimiento de vuelta al campo a principios del siglo XX. 

De hecho, entre 1898 y 1917 se colonizó más tierra que en las tres décadas anteriores. Pero en las cartas de Elinore Pruitt Stewart encontramos mucho más que costumbrismo y defensa de los valores tradicionales. Nos hayamos frente a una persona con escasa formación académica que ha desarrollado su innata capacidad narrativa de una manera formidable, a partir únicamente de su bagaje como lectora. Son continuas las referencias literarias que hace la Stewart en su epistolario, clásicos norteamericanos y anglosajones, sobre todo. Sus descripciones de la exuberante naturaleza del medio oeste nos envuelven y trasladan a las áridas planicies de Utah, a la frondosidad de los bosques de Wyoming, a la inmensidad del medio ambiente frente al insignificante ser humano: 

Al rato dejamos atrás el Valle de Henry Fork; pequeños y prósperos ranchos salteaban la vista, el grano crujía con gusto mientras maduraba a la luz cálida de la mañana, y los campos de alfalfa recién segada se distinguían como manchas brillantes en medio del paisaje pardusco. Los álamos temblones comenzaban a tornarse amarillos; por todas partes se extendían espectaculares mantos de áster morado, menos donde crecían matas de chamisa, ondeando sus dorados plumeros. Y planeando por encima de todo, un cielo de azul intenso, con alguna que otra nubecilla liviana y blanca vagando perezosa. Cada brisa traía perfumes de cedro, pino y salvia. 

Y también: 

¡En mi vida había visto semejante nevada! La nieve había empujado las ramas hacia abajo, de ahí el coscorrón que me di en la cabeza. Nuestra fogata seguía ardiendo con alegría y el calor impedía que entrara la nieve. Salí gateando y aticé el fuego; luego, como apenas eran las cinco, volví a la cama. Aquí estaba yo, a treinta o cuarenta millas de casa, en unas montañas que no pisaba nadie en invierno y donde sabía que la nieve podía alcanzar los diez o quince pies de altura. Como no servía de nada abatirse, me levanté y preparé el desayuno, mientras Baby se ponía los zapatos. Comimos ardillas y más patatas asadas y yo me tomé un café negro delicioso.

Uno no puede más que dejarse llevar por las sensaciones que transmite nuestra protagonista, envolverse en pieles y mantas y deslizarse junto a ella en el trineo tirado por caballos sobre el suelo cubierto de nieve. Y nos encontramos también frente a una gran psicóloga, capaz de examinar el interior de cada persona y de actuar en consonancia con lo que de ella se espera. O de apretar la tecla precisa para conseguir de su nuevo marido aquello que necesita o que le gustaría hacer. Nos lo cuenta además con un estilo narrativo tremendamente ingenioso, irónico, atractivo. 

Es la escritura de una sureña que expresa con sarcástica resignación el choque cultural con sus nuevos vecinos (incapaces de «comprender», por ejemplo, el «cariño» racista que sienten los del sur hacia los negros). Porque el vecindario de Burnt Fork es como una pequeña y sorprendente torre de Babel. Ahí están el insufrible gaitero Stewart (que más tarde se convertirá en su marido) y el entrañable eremita sureño Zebulon Pike, con sus «bichos» y su shakespeariana historia de amor. 

Están también las mellizas Sedalia y Regalia, y la prusiana señora Louderer, «con su grasa de ganso, su pan y sus deliciosos kuchens». Y por supuesto, Cora Belle y la eficiente señora O’Shaughnessy, maestra costurera y de «naricilla tan respingona que parece estar siempre olfateando las estrellas». Con todos ellos, Elinore acabará trabando una sincera amistad y vivirá numerosas y disparatadas aventuras en medio de las montañas azules de Wyoming. 

Las cartas de Elinore son el triunfo de la mujer que lleva dentro el cambio social. Si bien acepta el matrimonio como recurso de apoyo mutuo, Elinore es un espíritu libre que no se someterá jamás al papel que en sus tiempos se reservaban a la mujer, no se resigna a llevar una vida abnegada como madre de familia, dependiente de su marido y consagrada al cuidado de sus niños: 

Cuando usted me vuelva a ver se pensará que no me caben más condecoraciones en el pecho, pero es que dicen de mí que soy casi tan sensata como un hombre, y ese es un honor al que nunca había aspirado, ni en mis sueños más alocados.

Ese carácter positivo, alegre, optimista, hacen de sus cartas una obra apasionante y divertida, y un buen ejemplo de solidaridad y preocupación por el prójimo. Porque a pesar de los intereses del editor en destacar el triunfo del espíritu emprendedor e individualista, lo que nos narra Elinore es la victoria de la cooperación. 

En estas cartas el mito del pionero solitario, que se impone a las adversidades con su solo esfuerzo, se tambalea. Elinore echa mano de las familias vecinas cuando necesita ayuda, y los vecinos saben que pueden contar con ella para lo que haga falta. Con las inmensas distancias existentes y los retos que implica el clima extremo de Wyoming, la hospitalidad es obligada, y todos abren sus puertas y disponen la cena para cualquier forastero, sin importar quién sea o de dónde venga. Y es la conjunción de todos estos factores lo que hace de la lectura de Cartas de una pionera una experiencia deliciosa. 

Cien años llevan las aventuras de esta alocada madre soltera encandilando a lectores de todo el planeta. No necesitamos más que bajar la luz, abrir la ventana, y comenzar a respirar el aire puro de las montañas nevadas del oeste norteamericano. 
LAURA SANDOVAL, 
marzo de 2013

Heartland es una película estadounidense de 1979, dirigida por Richard Pearce, protagonizada por Rip Torn y Conchata Ferrell. La película es una cruda descripción de la vida rural en el Oeste americano. Está basada en las memorias de Elinore Pruitt Stewart, tituladas "Cartas de una mujer granjera pionera" (1914).
En 1980, la película fue presentada como un "tesoro enterrado" (una película que recibió poca atención durante su presentación inicial) por los críticos de cine Roger Ebert y Gene Siskel, calificando la película como una de las mejores películas de 1981. En el mismo año, la película compartió el premio Oso de Oro a la Mejor Película en el 30º Festival Internacional de Cine de Berlín, y un año más tarde estuvo entre las Diez Mejores Películas del National Board of Review junto a pesos pesados ​​del cine como la ganadora del Premio de la Academia a la Mejor Película Carros de fuego y el éxito de taquilla de Steven Spielberg Indiana Jones y los cazadores del arca perdida.

Las críticas sobre Heartland (1979) son abrumadoramente positivas, elogiando su realismo auténtico y la actuación extraordinaria de Conchata Ferrell. Los críticos destacan la habilidad del director para capturar la dureza y la vida cotidiana de la frontera de una manera honesta, así como la fotografía impactante y la representación de mujeres pioneras fuertes. 
La película se basa en las cartas de la pionera real Elinore Pruitt Stewart, lo que le otorga una base de hechos que añade profundidad y autenticidad a la historia.
La película se aleja de las representaciones glorificadas de la frontera, ofreciendo un retrato crudo y honesto de las dificultades de la vida de los colonos. 

Actuaciones destacadas: Conchata Ferrell y Rip Torn reciben elogios por sus interpretaciones naturales y convincentes, que hacen que los personajes se sientan como personas reales.
Representación de mujeres fuertes: A diferencia de otros westerns, Heartland se centra en la tenacidad y el espíritu de las mujeres en la frontera, ofreciendo una visión más compleja y auténtica de su papel.
Fotografía: La cinematografía es elogiada por su belleza y por capturar el paisaje de la frontera de una manera que hace que la naturaleza sea casi un personaje más en la película.
Adaptación de hechos reales: La película se basa en las cartas de Elinore Pruitt Stewart, una mujer real que se mudó a Wyoming a principios del siglo XX, lo que aporta credibilidad a la narrativa.


Heartland (1979) | Powerful Frontier Drama | Starring Rip Torn & Conchata Ferrell


ELVIS PRESLEY - In the garden ( con subtítulos en español ) BEST SOUND



Vengo solo al jardín,
Mientras el rocío está aún sobre las rosas;
Y la voz que oigo, cayendo sobre mi oído,
Me revela al Hijo de Dios.

Estribillo: Y Él camina conmigo, y Él habla conmigo,
y Él me dice que soy Suyo,
y la alegría que compartimos mientras permanecemos allí,
ningún otro la ha conocido jamás.

Él habla, y el sonido de su voz
es tan dulce que los pájaros callan su canto;
y la melodía que Él me dio
resuena dentro de mi corazón.

Me gustaría quedarme en el jardín con Él
, Aunque la noche caiga a mi alrededor;
Pero Él me pide ir; A través de la voz de la aflicción,
Su voz me llama.


What a Friend We Have in Jesus - George Lewis


Qué amigo tenemos en Jesús
What a Friend We Have In Jesus

Qué amigo tenemos en Jesús
What a friend we have in Jesus
¡Todos nuestros pecados y dolor tienen que soportar!
All our sins and grief’s to bear!
Qué privilegio llevar
What a privilege to carry
¡Todo a Dios en oración!
Everything to God in prayer!
Oh, qué paz perdemos a menudo
Oh, what peace we often forfeit,
Oh, qué dolor innecesario soportamos
Oh what needless pain we bear,
Todo porque no llevamos
All because we do not carry
¡Todo a Dios en oración!
Everything to God in prayer!

¿Tenemos pruebas y tentaciones?
Have we trials and temptations?
¿Hay problemas en algún lugar?
Is there trouble anywhere?
Nunca debemos desanimarnos
We should never be discouraged
Llévenselo al Señor en oración
Take it to the lord in prayer
¿Podemos encontrar un amigo tan fiel?
Can we find a friend so faithful
¿Quién compartirán todas nuestras penas?
Who will all our sorrows share?
Jesús conoce todas nuestras debilidades
Jesus knows our every weakness;
Llévenselo al Señor en oración
Take it to the lord in prayer

Encontré un amigo, encontré un amigo
Found a friend, I found a friend
Encontré un amigo, encontré un amigo
Found a friend, I found a friend
Tienes el tipo de amor no te defraudará
Got the kind of love won’t let you down
Nunca voy a encontrar un sonido más dulce
I’m never gonna find a sweeter sound
Encontré un amigo, encontré un amigo
Found a friend, I found a friend