EL Rincón de Yanka

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jueves, 6 de diciembre de 2018

LIBRO "HABRÁ QUE JURAR QUE TODO ESTO HA OCURRIDO" DE RAFA LATORRE 💥


Así fue cómo una comunidad próspera de un país estable de la Unión Europea se embarcó en un proceso que la conducía a un destino incierto y peligroso. Este es el relato de un tiempo de extorsión sentimental y mentiras en el que Cataluña se situó al borde de la ruptura. Durante años, los españoles creyeron que el nacionalismo catalán era solo una estrategia de negociación con el Estado. La fase culminante del procés desmintió esa idea y demostró que había una parte sustancial de Cataluña que estaba dispuesta a empobrecerse y envilecerse para alcanzar la independencia. Para comprenderlo es preciso repasar los mitos de la construcción nacional, el papel de la religión, el carácter de sus élites y la peculiar parálisis de los defensores de la Constitución. La historia de un autosacrificio que condujo a la melancolía y la furia.

PRÓLOGO

Todo ha sido transmitido en directo. Minuto a minuto. La construcción de una realidad paralela en la que se instalaron gozosos millones de catalanes, a los que su gobierno, una insólita alianza transversal de plutócratas y antisistema, invitó a un autosacrificio en el altar de la patria. Es prácticamente imposible hallar un acontecimiento informativo tan perfectamente documentado. Las fechas de cada una de las liturgias de la ruptura estaban en el calendario y se cumplieron con estricta puntualidad. Y sin embargo, dentro de un tiempo -quizás cuando usted lea esto, ese tiempo ya haya llegado- va a haber que jurar que todo ha ocurrido.

No solo porque la proclamación de la independencia de Cataluña llegó arrastrada por un alud de mentiras. Ni por la complicidad de dos millones de ciudadanos, que la recibieron con entusiasmo y que inventaron nuevas ficciones que oponer a cada golpe que les asestaba la realidad. No será únicamente porque la verdad se convirtió en una mera opinión y, como ocurre hasta en los procesos políticos más atroces, lo que parecía inadmisible comenzó a asumirse con una deprimente naturalidad. No porque no existan pruebas y testimonios suficientes para armar un relato preciso y exacto de lo que ha pasado.

Habrá que jurar que todo ha ocurrido porque la política siempre termina imponiendo la amnesia para superar los verdaderos problemas, aquellos que afectan a la médula de la vida democrática. Es una forma que tiene de restablecer la convivencia entre los que piensan distinto: exonerar de su responsabilidad a quienes la han quebrado. Y llegará el día -quizás cuando usted lea esto, ya haya llegado-en que hombres de Estado decidan que lo mejor es enterrar el agravio e imponer el armisticio del olvido.

España vivió durante un lustro paralizada por lo que se dio en llamar el desafío catalán. El debate político permaneció secuestrado por el nacionalismo, que desde hacía tiempo había dejado de referirse a sí mismo como tal. Al igual que con otros tantos caprichos, la España oficial transigió con la nueva nomenclatura , que permitía desplazar al sujeto activo de la independencia. Si un buen número de catalanes quería independizarse ya no era por su propia ideología sino por la de su antagonista. En Cataluña dejó de haber nacionalistas casi de la noche a la mañana.

Las razones de la hostilidad hacia España son difusas y han ido cambiando a medida que el odio iba creciendo. Lo habitual es señalar como el origen la frustración generada por la tramitación del Estatut de 2006, pero ni siquiera los independentistas más recalcitrantes -quizás ellos menos que ninguno- sabrían precisar qué artículos fueron expurgados del texto inicial por el Tribunal Constitucional. En la exposición de motivos para la secesión suelen ocultarse las razones identitarias y la cuestión fiscal resulta demasiado antipática como para reivindicarla. Las motivaciones reales -sean cuales sean- suelen enmascararse con metáforas infantiles como las de un matrimonio en el que la mujer decide separarse de un marido brutal que la retiene a su lado. El proceso de independencia de Cataluña ha inspirado la peor literatura política de la historia reciente de Europa. Es uno de los residuos románticos del siglo XIX y no ha heredado ninguna de sus virtudes estéticas.

El nacionalismo ha gobernado durante tanto tiempo Cataluña que ya se le puede considerar un régimen y durante todos estos años reprodujo con exactitud todos y cada uno de los crímenes que, según dicen, han empujado a los catalanes a renunciar a España. Pero la independencia es un sueño a medida del que lo sueña. Una primitiva comuna anarcosindicalista para el cupero, un New Hampshire mediterráneo para el convergente o una Noruega del sur para el de Esquerra.

Hablaba de metáforas. La más horrenda no es obra del nacionalismo sino del tercerismo. Suya es la expresión «choque de trenes», que da la medida de su equilibrio. El Estado ya no sería la vía por la que circula la locomotora de la Generalitat -puestos a jugar a metáforas- sino otra locomotora de similar tamaño que se aproxima con la misma velocidad suicida a una catástrofe de responsabilidad compartida.

Cuando Cataluña se preparaba para el anunciado choque de trenes, yo aterrizaba en "El Mundo". Apenas un par de meses antes de que se produjera la declaración unilateral de independencia más triste que haya conocido la historia de las naciones. Este es el relato de un tiempo de extorsión sentimental, de deslealtad y mentiras, en el que se tambalearon algunas de las convenciones que, al menos yo, creía eternas.

DIOS Y LEYES VIEJAS

Poco más de un mes después de la declaración unilateral de independencia, Fernando García de Cortázar, un hombre de Dios además de un gran historiador, me explicó la extraña fascinación que el nacionalismo ejerce sobre los curas: «Alrededor de casi todos los nacionalismos conservadores se apiñan los curas en tal número y con tanta fogosidad que no pocos politólogos vienen destacando la importancia de la contribución cristiana a la propagación de dicha ideología. Se esgrimen distintos argumentos. El clima emocional que envuelve al comportamiento religioso prefiere antes las cálidas y piadosas abstracciones de la nación o pueblo que las frías y materiales reivindicaciones de la clase social».

Los engranajes mentales del nacionalista son muy parecidos a los del creyente, solo que su fe desborda la esfera íntima y pretende regir lo público, que es la forma más aberrante de vivir la religión. Cuando hablamos de nacionalismo hablamos de fe en una realidad inmaterial, de la promesa de una redención; de un blindaje de mitos, leyendas y abstracciones contra el que se estrella la fría razón. Y finalmente de la disposición al sacrificio. Propio y ajeno.

Yo siempre había creído que el nacionalismo catalán era la consecuencia política de las tribulaciones fiscales de una comunidad rica. No era así. O no solo era así. En diciembre de 2017 dos millones de catalanes demostraron que estaban dispuestos a empobrecerse por la patria. Las elecciones del 21-D, convocadas por Mariano Rajoy, tuvieron la virtud de depurar lo que había de fervor religioso en el movimiento independentista. La decantación no pudo ser más alarmante. Cada uno de los dos millones de votos que obtuvieron los partidos separatistas era un voto consciente por la división, el enfrentamiento y el sacrificio. Propio y ajeno. Medía Cataluña era un brazo desgarrándose las fibras para separarse del cuerpo.

Puede que una parte de quienes se empecinaron en el independentismo lo hiciera sabiendo, paradójicamente, que el Estado no le permitiría consumar la automutilación y que, llegado el momento le curaría las heridas autoinfligidas. Esta es una teoría del periodista Arcadi Espada. Miles de hijos de la prosperidad que actuaban como votantes coquetos: habían comprobado dónde se encuentra el muro del Estado e incluso habían escuchado cómo suena la cabeza de sus dirigentes chocando contra él y sabían que la existencia y consistencia de ese muro les permitía darse el capricho de la subversión sin que las consecuencias fueran catastróficas. Letales, al menos. Es una hipótesis plausible pero el camino por el que habían apostado iba a estar de todas maneras jalona do de penurias e inestabilidad y eso no se compadece con la imagen de avaro calculador que nos habíamos creado del nacionalista catalán.

El mapa de la hegemonía independentista en Cataluña coincide con una precisión asombrosa con los lugares donde en el pasado había arraigado el carlismo. No es casual. García de Cortázar rescata un dicho cuyo origen no he logrado averiguar: «Donde hubo carlismo, hubo curas y hay separatismo». Haylos: durante todo el procés, muchos sacerdotes cumplieron el papel que les correspondía en la constituccíón nacional. A título personal y vicario.

Les voy a describir una escena. La tarde del domingo 1de octubre se llenó la iglesia del pueblo de Vila-Rodona, en Tarragona. Parecía que se estaba celebrando una misa pero generalmente no acuden tantos y además para esa tarde no había oficio fijado. Esa era la intención del párroco: que pareciera que se estaba celebrando una misa. Por si irrumpía la policía. La misa como mascarada. El sacerdote se vistió con el alba y la estola y se colocó de píe tras el atril. Los asistentes se distribuyeron por los bancos hasta llenar el templo y entonaron cánticos religiosos. Habían terminado de votar en la Casa de Cultura y llevaron las urnas a la iglesia para evitar que se las requisaran. A la izquierda del cura, tres mujeres y dos hombres montaron el chiringuito electoral y se enfrascaron en la tarea, poco piadosa, de secuestrar la soberanía nacional. De espaldas al altar contaron votos y así la casa de Dios fue, en Vila-Rodona, el caballo de Troya del referéndum. Una alegoría perfecta del rol que una parte de la Iglesia ha cumplido históricamente para el nacionalismo.

El cura del pueblo, Francesc Manresa, no oculta sus simpatías políticas. El pastor coincide con su rebaño. Se trata de una parroquia en casi perfecta comunión nacionalista. En Vila-Rodona, en el Alto Campo tarraconense, viven poco más de 1.200 personas. El 21 de diciembre votaron 745, un 86 por ciento del censo. Los independentistas fueron 551, algo más del 74 por ciento. El día del referéndum muchos fueron a la iglesia y no oyeron misa, pero la liturgia en la que participaron requería de la misma fe en un paraíso venidero, situado más allá de este valle de lágrimas que es el mundo real.

La Conferencia Episcopal prefirió no inmiscuirse en lo que estaba ocurriendo en Cataluña. En 2006 los obispos habían hecho una defensa insólita, para su taimada costumbre, de la unidad de España como «bien moral». Durante la crisis catalana, en cambio, manda la finezza. Hasta tal punto que el director adjunto de La Vanguardia, Enríe Juliana, se convence de que la Iglesia puede ser el mediador perfecto para llegar a una síntesis entre el golpismo y la Constitución.

Quizás en ello tuvo algo que ver una entrevista en exclusiva que el diario del grupo Godó había conseguido en 2014. El periodista Henrique Cymmerman le preguntó al papa Francisco sí le preocupaba el conflicto entre Cataluña y España. El Pontífice contestó con su habitual ligereza: «Hay que estudiar caso por caso. Escocía, la Padania, Catalunya. Habrán casos que serán justos y casos que no serán justos, pero la secesión de una nación sin un antecedente de unidad forzosa hay que tomarla con muchas pinzas y analizarla caso por caso». El análisis del papa Francisco sobre el caso concreto de España y sus regiones llegó al fin, pero a través de persona interpuesta. El embajador de España ante la Santa Sede Gerardo Bugallo pudo escuchar el rechazo del Pontífice, que utiliza, por lo que contó el diplomático, términos muy parecidosa los del resto de los jefes de Estado de todo el mundo.

Decir que en Cataluña la Iglesia católica es políticamente uniforme es lo mismo que decir que Cataluña es un sol poble. Según los datos del Episcopado, en la comunidad desempeñan su labor algo más de 2.000 curas y religiosos. De ellos apenas unos 300 se sumaron a un manifiesto inequívocamente independentista que consideraba «legítima y necesaria» la realización del referéndum ilegal -este adjetivo no lo utilizaron ellos- y que invitaba a su grey a votar. Tres centenares de curillas se antoja un número escaso, si no fuera porque la superioridad jerárquica catalana también tiene una opinión y esta sí es unánime.

Los responsables de las diez diócesis catalanas se reúnen en un órgano de nombre curioso: Conferencia Episcopal Tarraconense. Ellos fechan su origen en 1969 y su denominación todavía está pendiente de aprobación por la Santa Sede. En sus pretensiones no se diferencia del Estado que el nacionalismo ha ido construyendo durante décadas. En mayo de 2017 difundió una «Nota de los Obispos de Cataluña sobre el momento que se está viviendo en nuestro país». Dice que se sienten «herederos de la larga tradición de nuestros predecesores, que les llevó a afirmar la realidad nacional de Cataluña» y que creen «humildemente que conviene que sean escuchadas las legítimas aspiraciones del pueblo catalán, para que sea valorada su singularidad nacional, especialmente su lengua propia y su cultura».

Pasó el tiempo desde la difusión de aquella nota y el procés continuó su camino. Su senda, que diría un sacerdote. Cuando los derechos de los parlamentarios de la oposición fueron violentados en las jornadas ominosas del 6 y 7 de septiembre, sus pastores no dijeron nada. A diez días de la consulta pidieron «que la sensatez y el deseo de ser justos y fraternos nos guíe a todos». Una vez celebrada, los más afines al nacionalismo condenaron la violencia con la que las Fuerzas de Seguridad del Estado habían tratado de evitarla y se refirieron al movimiento independentista con el término de «resistencia».

El caso del obispo de Solsona Xavier Novell es el más estridente. Reparte su fe entre el mensaje conciliador de Cristo y el segregador del nacionalismo y utiliza el púlpito para el más crudo proselitismo independentista. No solo se vale para ello del templo, al igual que el párroco de Vila-Rodona, sino que sus soflamas políticas atruenan también durante la misa. Como aquella en el Santuario del Milagro en el municipio leridano de Riner, tras las detenciones de parte de los miembros del govern que había declarado la independencia. Allí pronunció una frase que difumina cualquier frontera entre los asuntos de Dios y los asuntos del César: «No os confundáis, los cristianos no nos guiamos por leyes positivas sino por lo que es justo, verdad y digno». El cura comparte programa con la exactivista Ada Colau, que llegó a la alcaldía de Barcelona prometiendo que solo obedecería las leyes que le parecieran justas, solo que con la mediación divina. «Somos una nación que tiene derecho a decidir cuál es nuestro futuro», predicaba Novell frente al altar, con una mano en el báculo y la otra en el pecho, en una escena donde Dios y nación se funden en el puro desprecio a las leyes de los hombres, constituyendo un perfecto cuadro teocrático.

Las escaramuzas políticas del clero catalán nunca han merecido una sanción por parte de las autoridades eclesiásticas. Ni siquiera el párroco de Calella, que atizó al pueblo contra la presencia de la Guardia Civil y animó sus escraches y ceremonias de repudio, fue reconvenido. Aunque esto no es del todo exacto. Un sacerdote sí fue amonestado. Su nombre es Custodio Ballester y su pecado fue acudir ensotanado a una marcha de legionarios y rezar por la unidad de España en el madrileño Cerro de los Ángeles. El arzobispo de Barcelona Juan José Omella le invitó a tomarse un año sabático, una manera muy recurrente que tiene la Iglesia de imponer disciplina ante los problemas de actitud de alguno de sus sacerdotes.

En Cataluña, Dios es nacionalista, y también lo es en el País Vasco. El único partido español que todavía le guarda un sitio en su lema es el PNV: Jaungoikoak eta lege zarra. La síntesis del reaccionario: Dios y las leyes viejas (fueros).

Es un lugar común eso de que el seminario es la cantera de los partidos independentistas en Cataluña. De hecho, el pastor catalán más orgulloso que ha tenido Dios no es clérigo. Oriol Junqueras ha hecho la más contumaz profesión pública de fe que se le recuerda a un político tras el franquismo.

¿Queda alguien en España que no sepa que el líder de Esquerra Republicana de Catalunya es cristiano? El mismo 27 de octubre, durante la deprimente ceremonia de liberación que se improvisó en el Parlament después de que Carles Puigdemont declarara la independencia de Cataluña, el entonces vicepresidente de la Generalitat fue el único que se acordó de Dios. Lo hizo para tranquilizar a independencia de Cataluña, el entonces vicepresidente de la Generalitat fue el único que se acordó de Dios. Lo hizo para tranquilizar a los que estuvieran inquietos, que eran todos los que no estaban eufóricos ante la perspectiva de un golpe a la democracia de consecuencias inciertas. «Nosotros [una de las primeras medidas del vicepresidente de la nueva república fue establecer un "nosotros" y un "vosotros", y pretendía que su discurso fuera tranquilizador para los millones de catalanes que formaban parte de aquel "vosotros"] siempre apelamos a valores universales, que el mundo cristiano llama "la igualdad a ojos de Dios", o "el amor fraterno", y que el mundo ilustrado llama "fraternidad, igualdad y libertad", que son los mismos valores». Puede que en la intimidad adquiera otra connotación pero, cuando hay alguien más en la sala, el dios de Junqueras es un dios instrumental. El cristianismo ha sido, durante el tramo final del procés, su coartada moral, una estrategia de defensa. Arriesgada, como todo esencialismo que se le pretenda oponer a la forzosamente existencialista Justicia, pero pertinaz. En su última comparecencia como hombre libre ante la juez Carmen Lamela, el ya depuesto vicepresidente invocó sus creencias como argumento exculpatorio. «Yo soy muy creyente», le dijo a la magistrada, donde el «muy» opera, como el mucho de un «te quiero», como inconsciente elemento reductor frente al absoluto de la fe.

Junqueras volvió a ofrecer su credo como garantía unas semanas después, durante la vista para revisar las medidas cautelares que lo mantenían en prisión preventiva. Ya en el Supremo, ante el juez Pablo Llarena, igual que antes en la Audiencia Nacional ante Lamela, el líder de ERC alegó que la creencia le incapacita para la violencia que requiere la rebelión, que era de lo que le estaban acusando por su participación en el procés. Es un argumento lícito -ya cualquier argumento en la situación en la que se encuentra Junqueras es lícito- pero algo extravagante. Como si la religión no hubiera sido, en manos de hombres creyentes -muy creyentes­ una trituradora de carne. Como si al propio Jordi Pujol, pongamos por caso, el cristianismo le hubiera disuadido de acarrear su dinero a Andorra en bolsas de basura. Y, sobre todo, como si a la Justicia le importase lo que uno es en lugar de lo que uno hace.





Federico Jiménez Losantos entrevista a Rafa Latorre


VER+:
“Hay que elegir entre la convivencia o la guerra. 
Ojalá optemos por lo primero”.





miércoles, 5 de diciembre de 2018

📕📒📕 SIEMPRE TUVIMOS HÉROES. LA IMPAGABLE APORTACIÓN DE ESPAÑA AL HUMANITARISMO

SIEMPRE TUVIMOS HÉROES
LA IMPAGABLE APORTACIÓN DE ESPAÑA
AL HUMANITARISMO 

En España utilizamos nuestra historia como arma arrojadiza. ¿Tanto tenemos de que avergonzarnos? ¿Somos como se nos pinta y aún peor? ¿Tan malos gobernantes hemos tenido siempre? ¿Será verdad que en España se ha puesto el sol? 
España tiene mucho de lo que sentirse orgullosa. Y los españoles debiéramos de estarlo también, pues a despecho de la Leyenda Negra, muchas cosas debe el mundo y la Humanidad a España: 

Como las aportaciones de la Escuela de Salamanca y la de Traductores de Toledo; como las Leyes de Burgos o el Tratado de Socorro de los Pobres de Juan Luis Vives, aportaciones humanistas y humanitarias siglos antes de que se hiciera algo análogo en otros países. Orgullosos de personajes como Fidel Pagés, el comandante médico que inventara la anestesia epidural tras su paso por la Guerra del Rif; como de la Duquesa de la Victoria, Carmen Angoloti, un ángel en el infierno de esa guerra en Marruecos; de Alonso de Salazar, un inquisidor que acabó con los procesos contra las brujas tras lo de Zugarramurdi; de Celestino Mutis, un biólogo al servicio de la Humanidad; de los diplomáticos españoles, Justos Entre Las Naciones, que salvaron a miles de judíos de una muerte segura en la Segunda Guerra Mundial; de la Oficina Pro Cautivos de Alfonso XIII en la Primera Guerra Mundial; de un referente como Francisco de Javier, un expatriado de ONG antes de que existieran; de Javier Balmis y de su periplo erradicando la viruela en la primera expedición sanitaria a nivel mundial de la Historia; de nuestra primera misión humanitaria de nuestras Fuerzas Armadas en plena guerra del Vietnam... 

Todo esto, en un libro único con todas estas historias reunidas y narradas por Javier Santamarta del Pozo para que sepamos que "SIEMPRE TUVIMOS HÉROES", y que debemos estar más que orgullosos por ellos.


“No te dejes vencer por nada extraño a tu espíritu; piensa en medio de los accidentes de la vida, que tienes dentro de ti una fuerza madre, algo fuerte e indestructible, como un eje diamantino, alrededor del cual giran los hechos mezquinos que forman la trama del diario vivir; y sean cuales fueran los sucesos que sobre ti caigan, sean de los que llamamos prósperos, o de los que llamamos adversos, o de los que parecen envilecernos con su contacto, mantente de tal modo firme y erguido, que al menos se pueda decir siempre de ti que eres un hombre”. Séneca

Nadie duda de la importancia de las aportaciones de España a la Historia Universal. Esta obra nos aporta un enfoque novedoso que hará sentirnos más íntimamente orgullosos de ella. Día a día parecen reivindicarse nuestras gestas militares, pero no las humanas. Para eso nace este libro que recoge casi 1000 años de nuestra historia, desde el 1085 hasta 1971, en los que el humanitarismo fue el principal quehacer de los héroes que siempre tuvimos. Aunque no fuéramos conscientes de ello, tuvimos héroes que no dudaron en poner su vida al servicio de otros. En este libro se condensan por vez primera toda una serie de episodios donde encontraremos esos personajes (María del Carmen Angoloti y Mesa, Alfonso XIII, Fidel Pagés Miravé...) que nos harán estar orgullosos de qué fuimos y qué hicimos a lo ancho del mundo, entregando así un legado que es ya universal.


¡Oh patria! Cuántos hechos, cuántos nombres
Cuántos sucesos y victorias grandes…
Pues tienes quién haga y quién te obliga
¿Por qué te falta, España, quién lo diga?

Francisco de Quevedo Villegas


PREFACIO

España ha sido siempre 
muy poca cosa para un español.
Antonio Machado,
carta a Ramiro de Maeztu

España por sí y para la Humanidad

ME PERDONARÁN MIS AMIGOS ANDALUCES, y el propio Blas Infante, el descarado plagio para mí introducción del lema de nuestra región más conocida en el mundo. Pues no hay mejor frase para representar lo que en este libro brevemente se cuenta en una serie de capítulos sobre esos otros héroes que España ha dado para sí misma y, además, ha legado al mundo. De primeras, sé que muchos ya no estarán de acuerdo con mí afirmación de que Andalucía es el territorio más representativo que tenemos. Seamos francos: es una metonimia que se suma a otras, por ejemplo, que vivimos en un país árido donde solo comemos paella, seguramente picante, y, por supuesto, todos somos morenos, bailamos flamenco y las mujeres van a los toros con mantilla negra.

Desgraciadamente, desde Washington Irving con sus Cuentos de la Alhambra, hasta el bon vivant exagerado de Ernest Hemingway con su Fiesta, pasando por un Próspero Merimée al que diera el aldabonazo final George Bizet con Carmen, convirtiéndola en ópera internacional, no nos quitamos ese sambenito de tópicos mal conocidos. A despecho, inclusive, de las propias singularidades andaluzas.

No hay más que ver cualquier superproducción de Hollywood para advertir, por ejemplo, cómo a los píes de la Sagrada Familia o en cualquier calle de Barcelona se oye el rasgueo de una guitarra flamenca. En la mítica Los Simpsons, Homer va a Cataluña con un tal Eduardo Barcelona (sic), que, por supuesto, quiso ser torero. En una serie como The Unit, será en Valencia donde se oiga música flamenca. Más divertido es ver cómo se sueltan toros sin recorrido vallado alguno en unos Sanfermínes... por las calles de Sevilla! Aunque la cota homérica la podemos encontrar cuando Anthony Hopkins le suelta a Tom Cruise en Sevilla ¡dónde sí no!-: «Estas fiestas son un fastidio, honrar a los santos quemando cosas. Curiosa manera de venerarlos, ¿no cree?»; mientras, unas falleras valencianas junto con pamplonicas de traje blanco y pañuelo rojo queman a saber qué, al tiempo que pasa una efigie de Semana Santa entre amenazadoras antorchas llevadas por danzantes al son de una música indescriptible. Impagable.

Aceptémoslo, al pasear por las calles de nuestras ciudades, ya sabemos lo que vamos a encontrar en nuestras tiendas de souvenirs. Cuando hablamos con amigos de otras latitudes, podemos llegar a la desesperación para erradicar tópicos que más nos parecen chistes. Aclarando que no, no nos echamos la siesta. Que ese póster de Asturias que ven no es Irlanda. Y que el toreo y el flamenco no son asignaturas evaluables obligatorias. Pero lo peor es cuando salen a colación referencias a aspectos de nuestra Historia. Una Historia que parece reducirse a la Inquisición española y al presunto genocidio que perpetramos en América. No hay más. Los españoles somos una panda de intolerantes católicos, apostólicos y romanos, ávidos de oro, que quemamos a todos los judíos posibles.

Para colmo, a esa imagen fruto de la célebre y malintencionada Leyenda Negra, los primeros que han dado pábulo, expandido y dotado de total credibilidad, hemos sido los propios españoles. En la más amplía acepción histórica del término, en la que incluyo a aquellos «españoles de ambos hemisferios» de los que nos hablaba la Constitución de 1812. Los del «otro» hemisferio, que aun habiendo sido españoles durante más tiempo que ciudadanos de cada uno de los Estados independientes americanos a partir del principio del siglo XIX, su asunción de la parte alícuota de la Historia, de «SU» Historia, la han dejado al margen y renegado. Como si fueran directos herederos de los indígenas anteriores al siglo XV y durante cientos de años solo hubieran sufrido masacre y genocidio planificado . Y no. No ha sido así.

No quiero que se me tilde de revisionista ni de defensor de crueldades y matanzas. Que las hubo. Quiero poner el punto con estas líneas sobre los aspectos positivos de esos otros héroes sin espada -o aun con ella- que, día a día, quisieron llevar a cabo una labor en la que el natural egoísmo humano dejó paso a la filantropía. Al amor al hombre, a la Humanidad, sin distinción de sexo, como la palabra griega nos indica. ¿Por qué hemos siempre de poner el énfasis en los aspectos más despreciables del ser humano? ¿Por qué ese cainismo en que centramos nuestro análisis sobre las acciones más aberrantes cometidas por los inquilinos de este planeta Tierra? Es más, ¿por qué esa especial inquina sobre un pueblo, una nación, unos naturales como los que de esta España surgieron a lo largo de los cientos de años en que bajo este nombre podemos reconocer esta tierra milenaria, amalgama de gentes fraguadas en el crisol de esta península y de las islas que bajo su nombre quedaron?

Una tierra variada y que en nada se parece a ese árido lugar que, hasta en cómics tan de referencia como los de Astérix y Obélix, ambos héroes galos no hacen sino recorrer en su aventura en Hispania, una estepa arenosa plagada, eso sí, de pueblos en fiestas. Citando al primer autor que escribiera un libro de viajes sobre España -al menos desde el griego Estrabón y el romano Plinio-, el inglés Richard Ford, en su más que recomendable y curioso Cosas de España (el país de lo imprevisto), de 1846, podemos encontrar de primeras una definición más que interesante que deja clara la diversidad de estas tierras:
Nada resulta más vago e inexacto que dar por supuesta la existencia de una sola cosa de España o los españoles que pueda ser aplicada por igual a todas sus heterogéneas partes integrantes. Las provincias del noroeste son más lluviosas que el condado de Devon, y las llanuras centrales están más calcinadas que las de Marruecos, mientras el rudo agricultor gallego, el industrioso artesano fabril de Barcelona y el alegre y voluptuoso andaluz son tan esencialmente diferentes entre sí, como los diversos tipos de una misma fiesta de disfraces.
En esta obra, compendio de muchos tópicos, pero de bastantes verdades sobre la heterogeneidad de las Españas, aparte de quejarse de la aparentemente ya endémica corrupción -nihil novum sub sole, me temo-, vio este hispanista que «el pueblo español es muy superior a sus dirigentes y clases altas». Sea como fuere, ese pueblo español, capaz de lo mejor y de lo peor, como en cualquier sitio y lugar del mundo, ha quedado con un sambenito -ya saben, esa prenda propia de los condenados-, ¡que no se lo quita ni la propia Iglesia católica y eso que ha sido el mayor adalid de la misma! Así, podemos ver cómo dos romanos pontífices tan diferentes en lo ideológico - por decirlo de alguna manera -, han pedido perdón por nosotros y aun calentarnos las orejas.
En la visita que efectuara el hoy santo Juan Pablo II a la capital de la República Dominicana, Santo Domingo, en fecha tan señalada como la de 1992, con ocasión de la conmemoración del V Centenario del Descubrimiento -que no del «encuentro», como algunos lo quisieron llamar, pues fue el momento en que se darían a conocer tales tierras de manera oficial para todos, aunque romanos, fenicios, vikingos o vascos pudieran haber andado por allá, que eso es otro tema-, en la alocución a los indígenas y naturales de la que fuera llamada La Española, dijo el santo padre: «Como pastor de la iglesia os pido que perdonéis a quienes os han ofendido; que perdonéis a todos aquellos que durante estos 500 años han sido causa de dolor y sufrimiento para vuestros antepasados y para vosotros».

Más recientemente, el actual papa Francisco, en su visita a Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, el 9 de julio de 2015, en el II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares, proclamó: «pido que la Iglesia se postre ante Dios e implore perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos... y pido perdón, no solo por las ofensas de la propia Iglesia sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América».

No satisfecho con esto, al día siguiente, en Quito, Ecuador, durante su homilía en la llamada Misa por la Evangelización de los Pueblos, dijo que imaginaba «ese susurro de Jesús en la Última Cena, como un grito en esta misa que celebramos en El Parque Bicentenario. Imaginémoslos juntos. El bicentenario de aquel Grito de Independencia de Hispanoamérica. Ese fue un grito nacido de la conciencia de la falta de libertades, de estar siendo exprimidos, saqueados, sometidos a conveniencias circunstanciales de los poderosos de turno».
Ningún otro pueblo ha sido objeto de juicios tan críticos ni severos como el español. Ni de alegóricas collejas de cualquier mano posible. No es victimismo, como vemos, es un hecho objetivo del que sus gobernantes tampoco se libran, pues son tratados como cómplices de la avaricia y del saco llevado a cabo por sus súbditos. Cuando no directamente instigadores del horror. Lo que empezó como lucha abierta contra quien gobernaba el orbe de uno a otro confín por vez primera en la historia mundial, el vallisoletano rey Felipe II, acabó siendo el paradigma de todo el tópico y del odio que, para colmo, ha llegado a nuestros días y ha sido asumido -además ampliamente- por los naturales de esta siempre ingrata «patria común e indivisible» que, según nos dice la Constitución de 1978, es España.

Lo que fuera absoluta y clara propaganda contra Felipe II, iniciada por Guillermo de Orange en su Apología, de la que bien nos da cuenta -entre otras perlas de conocimiento- el historiador y sociólogo Julián Juderías en su imprescindible obra reivindicativa, ha sido el referente primigenio para que todo lo peor sobre «lo español» pueda ser representado. Y qué decir de la fuerza de los grabados de otro súbdito de los Países Bajos, el belga Thierry de Bry, un sujeto que, en el siglo XVII, llegó a convertir su obra gráfica en la mayor denuncia visual nunca antes vista contra un pueblo y una empresa. Al mismo tiempo, eso sí, que blanqueaba las tropelías que protagonizaban los ingleses en las costas norteamericanas, con un maniqueísmo que, de aberrante, fue sin duda extremadamente efectivo.

Para mayor inri, la corona de espinas vino rematada en ese caso al ser las profusas ilustraciones de la obra de un español. Sí antes, al relato del mencionado Guillermo de Orange se le unió un opúsculo del huido y taimado secretario de Felipe II, Antonio Pérez, en este caso, el español necesario para dar más fuerza a esa negra leyenda fue el domínico Bartolomé de las Casas, cuya inexacta Brevísima relación de la destrucción de las Indias -con una primera traducción curiosamente en holandés- sería engalanada por el grabador belga en una versión de 1598 en latín, por entonces la lengua vehicular del conocimiento, con esas láminas que tan vivamente han quedado marcadas en el imaginario colectivo.

Y aunque dejamos de ser Imperio, dio igual. Pasamos de ser odiados por ser temidos, a ser despreciados por ser ya apenas eco de ese pasado imperial. A ser vilipendiados por la lógica que da ser hegemonía (como es lo habitual, y ha sido y sigue siendo a lo largo de la Historia); a ser ninguneados al no ser ya España un actor necesario en el escenario internacional. Aquellos tiempos de una gloría ajada hicieron cuestionarse hasta la idea de España a nuestros intelectuales y literatos tras la pérdida de Cuba y Filipinas, los últimos enclaves, hispanos de ultramar. Atrás queda cualquier atisbo de orgullo en quienes apoyan el echar siete llaves al sepulcro del Cíd se niegan a blandir laureles como gloria de una herencia de siglos y se transformarán en los más acérrimos críticos. España llega a convertirse en un problema.

Azorín habla de esa generación que surge a raíz del antes y el después de 1898 como aquella que siente «el destino infortunado de España, derrotada y maltrecha, más allá de los mares». Ganivet achaca todos los males a «la abulia». Machado declama: «Castilla miserable, ayer dominadora / envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora / ¿Espera, duerme o sueña? ¿La sangre derramada / recuerda, cuando tuvo la fiebre de la espada?». Baroja llega a escribir: «Europa acaba en los Pirineos». Todo se resumirá en aquel «Me duele España» que exclamara Unamuno.

Hoy tal vez estemos igual... o peor. España es un concepto discutido y discutible -parafraseando a un presidente del Gobierno español-, de manera permanente. Nuestra Historia cuesta verla en positivo, tal vez por la exaltación sobreactuada durante los treinta y seis años del franquismo. Llevamos cuarenta y dos de democracia y no solo no superamos esta confusión, sino que hasta el episodio de la llamada Transición está puesto en entredicho.

El pasado se ha convertido en leyendas locales de nacionalismos periféricos, pues solo así se puede entender que hechos objetivos
acaben en un grado de distorsión que ralla lo grotesco. El indigenismo malentendido lleva a que un día tan celebrados como el 12 de octubre, el Ayuntamiento de Madrid, ¡la capital de España nada menos!, lo conmemore como día nefando y exhiba en los balcones institucionales una bandera wiphala en honor a la resistencia indígena. Cualquier opinión histórica acaba deviniendo en ideológica.

En definitiva, en España utilizamos nosotros mismos la Historia como arma arrojadiza.
¿Tanto tenemos que avergonzarnos? ¿somos como se nos pinta y aún peor? ¿Hemos sido incapaces de dar un legado al mundo que no sea el de odio? ¿Tan malos gobernantes hemos tenido siempre? ¿No hay nada más que epopeya sangrienta de espadones, lanzas y picas puestas en Flandes? Con perdón de Eduardo Marquina, ¿será verdad que en España se ha puesto el sol?

Sinceramente, no lo creo. Pero hay que ayudar a que entre todos nos despertemos de este marasmo en que estamos inmersos y dejemos una culpa que ningún pueblo más lleva sobre los hombros. Recuerdo pasear hace demasiados años por París, y tras un tour de force viendo todos los monumentos posibles de tan ciclópea ciudad, un buen amigo me llamó la atención sobre el hecho de que daba igual si eran en honor a la monarquía de los Capetos o de los Borbones, a los ciudadanos levantados en armas de la Revolución Francesa o al corso legendario que devino Napoleón, ¡todos habían muerto por la France! Entrar, cruzando el canal, en Londres, en la abadía de Westminster, es todo un acoquinamiento personal para el foráneo, y un subidón de orgullo para el inglés. Banderas históricas cuelgan con jactancia sobre las naves que albergan reyes, primeros ministros, militares, poetas...

Desde Eduardo I y su esposa, Leonor de Castilla, a Isabel I Tudor. Desde Isaac Newton a Charles Darwin. Desde Gladstone a Neville. Desde Hii.ndel a Chaucer. Desde Kipling a Dickens. ¡Hasta tienen un monumento al almirante Vernon!, aquel a quien derrotara Blas de Lezo de manera épica, con un epitafio que reza: «Y en Cartagena conquistó hasta donde la fuerza naval pudo llevar la victoria». No creo que haga falta recordar que no hubo tal victoria y que Blas de Lezo y Olavarrieta le dio lo suyo en Cartagena de Indias. Hoy el almirante inglés es conmemorado en la abadía de Westminster. Nosotros no sabemos ni por dónde anda el cadáver del almirante guipuzcoano.

En España creamos un Panteón de Hombres Ilustres (sic) y solo hay políticos enterrados en él. Normal que no lo visite nadie y sea, según Patrimonio Nacional, el menos concurrido de todos los que tiene a su cargo. Y eso que hay personalidades tan ilustres como Cánovas del Castillo, Canalejas o Sagasta. Al presidente y héroe Juan Prim lo reclamaron los de Reus y ya no está. A los héroes Palafox y Castaños también los movieron; el primero a Zaragoza y el segundo a Bailén. No sabemos dónde están (aunque al menos sabemos dónde estuvieron) los restos de Cervantes, Lope de Vega, Velázquez, Calderón de la Barca, Claudio Coello, Juan de Herrera -arquitecto del mayor panteón real conocido, el de El Escorial, que quedó él mismo sin tumba desde que desapareciera de la iglesia de San Nicolás, las más antigua de Madrid-. Los supuestos restos -apenas nada- de Quevedo no reposan en su Madrid, como él quería y dejó escrito.

¿Dónde quedaron los cuerpos de Luís Vives, Jorge Juan, Jovellanos, Murillo, Tirso de Molina ...? Nadie lo sabe. Y nadie visita, sin embargo, las conocidas tumbas en la capital de España de Galdós, Baroja, Ramón y Cajal..., perdidas entres los cipreses de la sacramental de La Almudena.
Decía un político contemporáneo que «en España sabemos enterrar muy bien». Discrepo. A no ser que se refiriera a que, una vez enterrados, de lo bien bajo tierra que estaban nunca más íbamos ya a saber de ellos. Ni querer saber. Lo mismo nos hemos pasado con esa doble llave que antes comentamos, que echamos no ya al Cid, sino a toda nuestra Historia.

Creo que es tiempo de abrir a martillazos ese candado, no para enorgullecernos de falsos oropeles o vanas glorias. Ni siquiera de la gloría real que conquistáramos a despecho de unos y otros, como cuando en tiempos de Felipe IV, el Rey Planeta, acuñáramos el lema de «Todos contra Nos, Nos contra Todos». Es tiempo de recordar que el mundo le debe mucho a España, como afortunadamente varios historiadores están ya empezando a rememorar. No hace falta irnos a don Marcelino Menéndez Pelayo o atrevernos a ser tan políticamente incorrectos de leer y reivindicar los escritos de Ramiro de Maeztu, cuya Defensa de la Hispanidad recomiendo sin vergüenza ni falsos complejos. Día a día nuestras librerías se llenan de libros reivindicando ora nuestras gestas militares, ora nuestras gestas humanas.

Todo el orbe reconocerá, o seguro que le sonará, aquel explorador inglés, David Livingstone (por cierto, también enterrado en la citada abadía londinense), y sus aventuras cartográficas en África en busca de las fuentes del Nilo. La del llamado Nilo Blanco, porque la del Nilo Azul, reivindicado su descubrimiento por el escocés James Bruce en 1769, resulta que habían sido halladas por un madrileño, de Olmeda de las Fuentes más concretamente, Juan Páez Jaramíllo ¡en el 1618! Este jesuita partió como misionero a Etiopía en 1603, siendo además el primer europeo que tomaría una curiosa y estimulante infusión procedente de las bayas de un arbusto de la etíope región de Kaffa, y que hoy conocemos como, café.

Los libros de viajes y aventureros que tanto nos gustan y que tanto predicamento y éxito tienen en el mundo anglosajón, no han hecho que el de Páez, Historia de Etiopía, publicado en 1620, fuera no ya leído por nadie, sino conocidot. De hecho, la primera traducción al español data, pásmense, de 2010. La obra es tan valiosa e interesante que, según señala el escritor Javier Reverte: «Los ingleses lo valoran como un antecedente de Darwín porque es un libro de alto contenido científico». En el texto podemos encontrar el emocionante momento del descubrimiento del que se apropiaron otros: «Confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver antiguamente el rey Ciro y su hijo Cambises, Alejandro Magno y el famoso Julio César».

Otro tanto nos puede pasar con el veneciano Marco Polo, cuyos viajes han sido profusamente comentados y conocidos por películas y series de televisión. El contenido de su Libro de las Maravillas ha sido empero puesto en entredicho, y sus viajes tal vez no fueran de tal magnitud como se presume. Sin embargo, su gloría es mundial y, como dicen los italianos, se non e vero, e ben trovato. Aunque, ¿cuántos saben de la embajada que el rey Enrique III de Castilla, en la persona de un tal don Ruy González de Clavijo, enviara a Samarcanda, capital del imperio del turco-mogol, para entrevistarse con el gran conquistador Tamerlán? Un viaje hacía Trebisonda (Turquía) y a lugares que hoy conocemos como Iraq, Irán y Uzbekistán. Hoy, en Samarcanda, Uzbekistán, se recuerda esa embajada con el nombre de la avenida «Rui Gonsales de Klavixo» y se denomina «Madrid» a una pequeña villa, ya barrio, de la misma capital uzbeca. Mientras, en la ciudad que le viera nacer, una calleja de apenas cíen metros cerca de la ribera del Manzanares, desconocida salvo por los que allí viven, «homenajea» al que fuera autor de un maravilloso libro de viajes medieval llamado Embajada a Tamorlán, que en nada desmerece en comparación con el que escribiera el famoso veneciano.

Son dos ejemplos, tal vez tontos y sin gran trascendencia. Pero, ¿por qué incluso seguimos cayendo en el tópico de que desde España jamás apoyamos la ciencia? ¿Es que nuestra Corona estuvo siempre ceñida por reyes pacatos, mojigatos y beatos, que abjuraban de la Ciencia como si del mismo diablo se tratara? Eso parece, dirán muchos. La imagen negra de un Felipe II enlutado, lamiéndose las heridas por la pérdida de la Invencible y permanentemente rezando un rosado caído de hinojos en El Escorial, es cuando menos, injusta. E idiota. ¿Hemos de creer que el que gobernaba un imperio que iba del uno al otro confín no estaría interesado en hacerlo crecer y hacerse aún más fuerte si cabe? ¿Es esto posible sin innovación ni investigación y solo a base de paternóster y jaculatorias? Aunque fuera por egoísmo, la ciencia y la tecnología durante este periodo resultaron más que importantes.

Baste citar algunos ejemplos, pues el amor al saber queda más que probado con tan solo una visita a la biblioteca de San Lorenzo de El Escorial que, por cierto, no era un simple depósito de libros, sino un lugar de trabajo científico y estudio, que tuvo como primer encargado nada menos que a Benito Alias Montano. La tecnología naval no tuvo rival en ese tiempo, pero tampoco obras de ingeniería o de hidráulica. Los mejores ingenieros del mundo eran contratados al servicio de la Corona: Giovanni Battista Antonelli no solo se dedicó a las fortalezas y castillos, sino al proyecto de hacer el río Tajo navegable desde Toledo hasta Lisboa. El genial Juanelo Turriano, mate1nático mayor e inventor entre otras cosas de aparatos voladores, armas similares a las ametralladoras o autómatas, desarrolló también el «ingenio o artificio », colosal obra que permitía subir agua del Tajo al Alcázar de Toledo, salvando un desnivel de 100 metros.

En 1582 se crea en Madrid la Academia de Matemáticas, donde estarán juntos ingenieros civiles y militares, arquitectos y cosmógrafos. Su primer director será el arquitecto, matemático y militar Juan de Herrera. Esta academia será el antecedente directo de la de Ciencias, Exactas, Físicas y Naturales, que nos recuerda como, en tiempos de Felipe II, la preocupación de esta institución era
«fomentar la enseñanza de las matemáticas con vistas a sus aplicaciones de carácter pragmático, con vertientes tan distintas como el
cálculo mercantil, la fundamentación de la cosmografía, la astrología y el arte de navegar, o el uso para problemas concretos del arte militar y la técnica de la construcción».

La importancia de la medicina y de la farmacopea llevó también a Felipe II a impulsar un gran viaje por los territorios americanos para buscar y analizar las posibles nuevas especies de la botánica del Nuevo Mundo. Con este objetivo iba a surgir la primera expedición científica de la Historia Moderna. La idea inicial, ambiciosa como pocas, era recorrer los virreinatos de la Nueva España y del Perú, aunque luego se quedó la cosa «tan solo» en los territorios del primero. La expedición de 1571 la llevaría a cabo el doctor Francisco Hernández, de la Puebla de Montalbán, Toledo. Médico por la Universidad de Alcalá y autor de una obra magna que no llegaría a ver impresa: Tesoro de las cosas Médicas de la Nueva España o de las Plantas, Animales y Minerales de los Mexicanos. Sus descripciones, sus dibujos (ien 38 tomos!), su estudio de la flora y fauna mesoamericana (230 especies de aves), son un portento. En sus tres años de expedición aprendería la lengua náhuatl, preparando la obra para que fuera publicada en dicha lengua, latín y castellano. Su trabajo es la base de la botánica y de muchos aspectos de la medicina y la farmacopea modernas.

A la hora de imprimir tamaña obra, el coste era tan elevado que hubo que hacer copias abreviadas. Y es que, en palabras del bibliotecario de El Escorial, José de Sigüenza, era «empresa verdaderamente grande para ponerla en competencia de Alexandro con Aristóteles». La academia científica más antigua del mundo, según se dice, la italiana L'Accademia dei Lincei, tuvo como encargo regio por parte de Felipe IV llevar a cabo finalmente la edición príncipe (recordemos que se publicaba en latín y por ello no tiene tanta importancia el lugar) de la obra de Francisco Hernández. Sin embargo, iba a contar con el problema de toparse con que su académico más importante, Galileo Galilei, no estaba de acuerdo con su contenido, al no creer que los descubrimientos ahí mostrados fueran posibles o reales.


UNIVERSIDADES FUNDADAS POR ESPAÑA EN AMÉRICA Y FILIPINAS

Tan solo cuarenta y seis años después del descubrimiento de América el imperio Español fundó la primera universidad del Nuevo Mundo. Era el 28 de octubre de 1538. El centro universitario de Santo Tomás de Aquino, en Santo Domingo, se convirtió así en la primera de las casi treinta universidades que los españoles fundaron en América.

La Monarquía Hispánica creó hasta el siglo XIX, entre veinticinco y treinta universidades (según acotemos la fecha) y dieciséis colegios mayores, además de incontables escuelas. Ningún imperio puede compararse al español en cuanto a número de universidades fundadas durante su dominio. Portugal no creó ninguna universidad en su época colonial en Brasil, al igual que el Imperio belga en el Congo. Hubo que esperar al siglo XX para que Holanda fundara la primera universidad en una colonia suya. “Hay que sumar la totalidad de las universidades creadas por Bélgica, Inglaterra, Alemania, Francia e Italia en la expansión colonial de los siglos XIX y XX para acercarse a la cifra de las universidades hispanoamericanas durante la época imperial española”, asegura Elvira Roca Barea, colaboradora del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
El Imperio británico fundó la universidad de Harvard en América del Norte en 1636, ochenta y cinco años después de la fundación de las dos grandes universidades españolas en el Nuevo Mundo: la Real Pontificia de México y la de San Marcos en Lima (Perú) en 1551.

En el siglo XVI se fundaron siete universidades, en el siglo XVII otras trece, y ocho más en el siglo XVIII. España fue durante trescientos años, “el agente más poderoso para transferir plantas, animales e instituciones europeas al Nuevo Mundo”, asegura el catedrático de Estudios Latinoamericanos J.Tate Lanning, quien añade que una característica de la universidad americana de la época fue “su contacto íntimo con la sociedad y su intenso interés en el bien del Estado”.
Al igual que las peninsulares, las universidades del Nuevo Mundo se clasificaron en generales y en particulares, o lo que viene a ser lo mismo, en estatales y particulares, públicas o privadas. Las generales estaban sometidas a la autoridad real y su modelo fue la Universidad de Salamanca, mientras que las particulares dependían de las órdenes religiosas: dominicos, franciscanos y jesuitas, y su referente fue la universidad alcalaína. Cada universidad era autorizada para impartir estudios por Real Cédula o Bula Pontificia, o por ambos en el caso de que fueran a la vez ‘Reales y Pontificias’, como eran la mayoría de las universidades en el Nuevo Mundo. En demasiadas ocasiones la Bula Pontificia precedió a la Real Cédula, sobre todo cuando la universidad era fundada por una orden religiosa. Este hecho ha provocado que los historiadores no se pongan de acuerdo en establecer cuál es la primera universidad creada por los españoles en el Nuevo Mundo. La universidad de Santo Tomás de Aquino no gozó de autorización real hasta 1558, a pesar de sí contar con Bula Papal desde su creación en 1538. Situación que ha provocado cierta controversia sobre quién tiene el honor de ostentar el título de primera universidad de América Latina, que para muchos es la Universidad Real Pontificia de San Marcos en Lima (Perú) creada en 1551.
A las universidades creadas en el Nuevo Mundo acudían sacerdotes, funcionarios de la administración, hijos de peninsulares, criollos e indios cuyo estatus social, por lo general, era alto.
¿Y qué se estudiaba en las universidades? En líneas generales y traducido a la actualidad, Derecho (Canónico y Civil), Teología, Medicina, Artes y Filosofía, sin olvidar las cátedras de lenguas indígenas. El conocimiento de éstas lenguas era obligatorio para ejercer la enseñanza sobre todo para los religiosos, que como los jesuitas, tenían prohibido ejercer la profesión si no sabían alguna lengua de indios. Pero también en las universidades se cursaban los grados de Bachiller, Licenciado, Doctor y Maestro. Hasta la independencia de las colonias americanas, 150.000 licenciados salieron de las universidades españolas en América.
Los centros universitarios creados por los españoles en América sirvieron como trasvase cultural entre Europa y el Nuevo Mundo. Más de treinta mil libros entraron en México a finales del siglo XVI. El estudio universitario de las ciencias, las artes industriales y las bellas artes “colocó a Nueva España y al Perú en un alto lugar entre los pueblos cultos del mundo”. Alumnos que pasaron por las universidades fundadas por los españoles en América fueron considerados autoridades internacionales en su materia. Profesores de prestigio dieron clase en sus aulas. Las universidades europeas no eran mejores que las americanas. Si la Universidad de París, Bolonia y Salamanca fueron un referente para Europa, las universidades de Lima y México lo fueron, y lo son hoy en día para América.

Estamos haciendo referencia a que, con errores o con aspectos claramente execrables por abusos cometidos por desalmados, la monarquía hispánica desarrolló una labor que iba mucho más allá de esquilmar pueblos o acabar con sus gentes en un genocidio planificado. ¿Alguien entendería que tal cosa fuera posible mientras se establecían instituciones y municipios, como si se quisiera emular una nueva Roma, al mismo tiempo que se fundaban universidades y hospitales? Universidades y hospitales no para los colonos. Para todos. Así, el listado solo para el siglo XVI, incluiría:
  • Real y Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino, Santo Domingo, República Dominicana. 1538.
  • Real y Pontificia Universidad de San Marcos, Lima, Perú. 1551.
  • Real y Pontificia Universidad de México, Ciudad de México. 1551.
  • Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino, Bogotá, Colombia. 1580.
  • Universidad de San Fulgencio, Quito, Ecuador. 1586.
Al principio del nuevo siglo, en 1613, se uniría a estas la Pontificia Universidad de Córdoba (Argentina) y, en 1619, la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino, en Santiago de Chile. Cabe recordar que la universidad más antigua de Estados Unidos, obviamente organizada por los colonos ingleses, es la de Harvard, fundada en 1636. La tan famosa de Yale no lo sería hasta 1701. ¿Qué estuvieron haciendo los ingleses desde que, en 1583, mandara la reina Isabel I Tudor al corsario Walter Raleigh a fundar colonias al norte de lo que era la Florida española? ¡Quién sabe!

El caso es que, en los nuevos siglos, aquellos llamados de la Ilustración, España y su Corona no estuvieron mano sobre mano. Así, podemos seguir encontrando epopeyas que nada tienen de militares o de conquista. Seguramente no muy populares, pero, como vamos viendo, sí soterradamente conocidas. En ese sentido resulta muy sorprendente lo al tanto que estaban de descubrimientos y aportaciones hispanas quienes siempre se mostraron corno enemigos nuestros. Luego, entre la fama y Hollywood, la suerte de nuestra Historia quedó echada.

Me parece absurdo preguntar si han oído o leído algo del viaje del Beagle. Seguro que conocen el bergantín en que viajara Charles Darwin, donde llevaría a cabo su periplo científico en 1831. Una expedición que hasta tendría su reflejo épico en la gran pantalla en una conocida película con actores de lujo, donde aparece un remedo del gran naturalista y biólogo inglés. Cierto es que Darwin va a ofrecer un libro fundamental para la ciencia. Pero lpor qué nadie conoce o apenas si nos suena, el viaje científico de la llamada Expedición Malaspina-Bustamante, realizada en 1789 por encargo de nuestro rey ilustrado Carlos III?

La expedición Malaspina efectuó una travesía que duró poco más de cinco años, a bordo de dos corbetas que recorrieron todo aquel llamado Lago Español, como era conocido el océano Pacífico, con un objetivo netamente científico. A bordo de ellas navegaban naturalistas, botánicos, astrónomos, hidrógrafos, dibujantes... de la más alta cualificación. Los mejores en su momento. La Corona española no escatimaba en los recursos y medios presupuestarios para el desarrollo científico, en monto muy superior al resto de monarquías europeas, máxime en los tiempos de un rey tan amante del progreso como fuera Carlos III. Lamentablemente, el monarca ilustrado no iba a ver el resultado de esta expedición, para mal de todos.  )

Como no puede haber español que deje de estar al quite para torpedear nuestros propios barcos, sería esta vez Manuel Godoy, Príncipe de la Paz y secretario de Estado, quien entendió que el capitán de navío Malaspina había cometido traición contra el nuevo rey Carlos IV (contra sus propios intereses más bien y, por tanto, incautará toda la documentación del viaje, prohibiendo para colmo el que se divulgara nada sobre ella. Tuvimos que esperar hasta 1885 para que el teniente de navío y académico de la historia, Pedro Novo y Colsón, publicara el estudio que llamaría Viaje Político-Científico alrededor del mundo por las Corbetas Descubierta y Atrevida, al mando de los Capitanes de Navío Don Alejandro Malaspina y Don José Bustamante y Guerra desde 1789 a 1794; así vio por fin la luz la gran tarea llevada a cabo por estos militares y científicos españoles.

Una expedición que llegará tan hasta el mediodía como la Patagonia y la Tierra del Fuego, y tan hasta septentrión como Alaska; recorriendo y fondeando a lo largo de toda la costa occidental de las Américas . Navegando hacía el ocaso hasta Nueva Zelanda, Australia, Filipinas o Cantón, en China, anclando además en islas como las Fidji, las Marianas (Guam), las de San Pedro (hoy conocidas como Georgias del Sur, Reíno Unido), Tonga, la Micronesia española (hoy islas Marshall, Estados Unidos), las Célebes y las Malucas (ambas de Indonesia), las Malvinas...
Territorios descubiertos y explorados en su tiempo por navegantes españoles que dieron nombre y cartografiaron aquel vasto territorio oceánico desde el siglo XV,y a quienes ya nadie recuerda. Por citar solo a unos pocos, pues sería una lista interminable:
El primer europeo en llegar al archipiélago de lo que hoy son las mencionadas islas Marshall fue el explorador español Alonso de Salazar en 1526, durante la expedición de García Jofre de Loaísa. Las llamadas islas de Poniente, a las que puso ese nombre su descubridor, Fernando de Magallanes, serían denominadas finalmente como Filipinas en honor de Felipe II, por Ruy López de Víllalobosen 1543. 
En 1565 Andrés de Urdaneta descubre y documenta la ruta a través del océano Pacífico desde Filipinas hasta Acapulco. Se llamará el «tornaviaje», un auténtico adelanto marítimo para la navegación. En 1567 Álvaro de Mendaña de Neíra navegó desde Perú hasta las islas Salomón, a las que díó nombre, y descubrió además Guadalcanal y las islas Marquesas. 
Los primeros europeos que llegarían a la Nueva Zelanda (nombre puesto por los holandeses) fueron el explorador español Juan Fernández, en 1576, y Luís Váez de Torres, marino gallego o portugués al servicio de la Corona española (como la mayoría por no decir todos los navegantes portugueses en ese momento), que surcaría las aguas del estrecho que hoy lleva su nombre, entre Nueva Guinea y la península del actual Cabo York (nombre puesto por James Cook, que llegara en 1771), en el norte de Australia.

¿Cuántos de estos héroes conocías?

La historia de España está llena de personajes que cambiaron el rumbo del mundo con su valor, inteligencia y liderazgo. Sin embargo, muchos apenas aparecen en los libros de texto.
En este carrusel descubrirás 16 héroes españoles que dejaron una huella imborrable y cuyo legado merece ser recordado.
Por supuesto que hay muchos más, daría para serie de @Netflix con 20 temporadas o más.

La Escuela de Salamanca, cuna de los Derechos del Hombre

VER+:









Catolicismo e Hispanidad, ¿dos caras de la misma moneda? Con Gabriel Calvo Zarraute 

LAS RELIGIONES SON LAS QUE FUNDAN LAS CIVILIZACIONES: 
Ante la crisis cierta de la civilización occidental, presa de altas dosis de relativismo moral e ideologización de las instituciones, es necesario rescatar la obra de uno de los grandes historiadores de la edad contemporánea, el erudito británico Arnold Joseph Toynbee [1889- 1975]. Desde una maestra filosofía de la historia, Toynbee nos ha dejado para los anales de la ciencia histórica una teoría fundamental no ajena a polémicas y críticas, tanto en las comparaciones realizadas como en las conclusiones obtenidas. Su teoría “cíclica” sobre la Historia, esencia de su pensamiento, partía del desarrollo de las civilizaciones como resultado de la respuesta de un grupo humano a los desafíos que sufría, ya fueran naturales o sociales. No existía una “historia universal” (propia de un Universo extra-histórico), sino una historia humana centrada en las creaciones y relaciones de las civilizaciones. Así lo propuso en dos de sus grandes libros. En Estudio de la Historia (A Study of History,) compuesto por doce volúmenes (escritos entre 1934 y 1961) principió esta teorización sobre “el concepto de desarrollo de las civilizaciones”. Toda civilización crecía y evolucionaba sí su respuesta a un desafío estimulaba una nueva serie de desafíos (especialmente en función de factores religiosos), mientras que decaía y llegaba a desaparece cuando la misma se mostraba impotente para enfrentarse a los desafíos que se le presentaban. En este texto desarrolló, pues, la idea de “unidad del Estudio Histórico”, al presentar una visión sistemática y unificadora de la historia de la humanidad comprendida en el estudio de sus diversas civilizaciones.

martes, 4 de diciembre de 2018

🌎 "LA CRUZADA DEL OCÉANO": He aquí la mayor aventura jamás vivida por pueblo alguno

LA CRUZADA DEL OCÉANO
La gran aventura de la conquista de América
He aquí la mayor aventura jamás vivida por pueblo alguno. En poco más de medio siglo, los españoles hallaron, exploraron, conquistaron y en buena parte poblaron un territorio veinte veces mayor que la península Ibérica, llegaron a un nuevo continente, abrieron dos océanos y dieron por vez primera la vuelta al mundo. 
El descubrimiento y conquista de América cambiaron para siempre la historia universal. Las hazañas de Colón, Núñez de Balboa, Cortés, Pizarro, Elcano, Cabeza de Vaca y tantos otros son simplemente sobrecogedoras. Con ellos, otros miles de españoles anónimos tuvieron que enfrentarse a situaciones de una dureza extrema. Pero no solo hubo proezas náuticas y bélicas. En América, por primera vez, una potencia vencedora prohibió esclavizar a los vencidos, les reconoció dignidad de seres humanos, dictó órdenes para su protección... 
La evangelización dio a la conquista un tono absolutamente singular. Fue una cruzada: la cruzada del océano. Este libro de José Javier Esparza, autor de algunos éxitos como La gran aventura del reino de Asturias —más de 50.000 ejemplares vendidos—, cuenta, paso a paso, esa apasionante aventura. Y responde a algunas preguntas decisivas: ¿Hubo genocidio en América? ¿Qué papel jugaron las mujeres en la conquista? ¿Por qué se dio el mestizaje?... Con espíritu divulgativo, se describe la mayor hazaña de todos los tiempos, que en buena medida prolonga la gesta de la Reconquista.

PRÓLOGO

En poco más de cincuenta años, entre 1492 y 1545, España descubrió, exploró, conquistó y en buena parte pobló un territorio veinte veces mayor que la Península Ibérica.En poco más de medio siglo, España abrió al conocimiento occidental un continente nuevo y dos océanos, hasta las islas del Pacífico. En poco más de cincuenta años, un país de en torno a 7 millones de habitantes, que además mantenía una guerra en Europa y otra en las costas africanas, había derrotado a dos poderosos imperios autóctonos en América. En poco más de cincuenta años, España creó el más longevo de los imperios ultramarinos y lo mantuvo durante casi tres siglos frente al permanente acoso de Francia e Inglaterra. 

Si esto lo hubieran hecho otros, nos parecería una hazaña extraordinaria. Como lo hemos hecho nosotros, españoles, todos los días echamos basura encima. Pero no: fue, objetivamente, una hazaña extraordinaria. Y la hicieron españoles. 

La conquista española de América es una de las mayores gestas jamás escritas por pueblo alguno. Lo es por el desafío físico, material, de dominar un territorio tan inmenso. Pero lo es,sobre todo, por los rasgos civilizadores que la conquista trajo consigo. Nunca antes una potencia vencedora había prohibido esclavizar a los vencidos;España lo prohibió. Nunca antes una potencia vencedora había sometido a examen moral la legitimidad de sus conquistas; España la sometió. Nunca antes una potencia vencedora había trasladado sus conocimientos a las lenguas autóctonas de los vencidos; España los trasladó.Todas esas cosas no se hicieron por prurito humanista, sino por razones religiosas: la conquista de América quiso ser, ante todo, una obra de expansión de la fe cristiana, tal y como estas cosas se entendían en los siglos XV y XVI. Fue propiamente una cruzada. La última cruzada. La cruzada del océano.

Este libro cuenta exactamente eso: el descubrimiento, exploración, conquista y población de América, desde el primer viaje de Colón en 1492 hasta la culminación de las grandes conquistas y exploraciones. El relato de La cruzada del océano comienza con la llegada de Colón al monasterio de La Rábida y concluye con las campañas de exploración y conquista en el Pacífico, ya entrada la década de 1560. Metódicamente se repasan las empresas de Indias desde la llegada a las Antillas hasta las grandes exploraciones por Norteamérica y el Amazonas, pasando por las conquistas de Panamá, México, el Perú, Nueva Granada, Chile y el Plata. Un capítulo final reconstruye los aspectos fundamentales del mundo virreinal —la estructura política, la evangelización, la economía, etc.— y, a modo de epílogo, proponemos un salto en el tiempo para contar la última gran campaña española en América, que fue la vacunación masiva contra la viruela en 1803. La cruzada del océano tiene que verse como un manual divulgativo que en un solo volumen, de forma sintética pero lo más completa posible, narra y describe qué fue la conquista de América y cómo se hizo. El libro viene a prolongar, en cierto modo, los tres volúmenes publicados en La Esfera de los Libros sobre la Reconquista: La gran aventura del Reino de Asturias, Moros y cristianos y ¡Santiago y cierra, España!, porque la aventura americana es prolongación natural de la Reconquista, hija de un mismo espíritu. 

¿Qué aporta este libro? Ante todo, la voluntad de reconocer la conquista en su justa dimensión, que ciertamente es enorme.Además, la determinación de escapar tanto de las leyendas rosas como de las leyendas negras, porque tanto unas como otras no son sino distorsiones de la realidad. La conquista de América, la cruzada del océano, fue propiamente una conquista, es decir, una operación de dominio, de poder, y en su crónica surgen inevitablemente los mismos episodios de violencia, depredación y guerra que en cualquier otra conquista de cuantas la Historia conoce. Pero, al mismo tiempo, fue una empresa guiada por un innegable espíritu de misión en el sentido religioso del término: se trataba de convertir a la Cruz a pueblos que vivían al margen de ella, y por eso en la aventura aparecen elementos tan insólitos como la prohibición de la esclavitud, la protección legal de los indígenas, el mestizaje o la multiplicación de catedrales, universidades y hospitales a lo largo de todo el territorio conquistado. El resultado de todo eso fue un mundo nuevo: un mundo que ya no era el de las culturas amerindias, pero que tampoco era propiamente una España ultramarina, porque la América Hispana muy pronto tuvo su singular personalidad.El antecedente más parecido que se le puede encontrar a este magno proceso es la construcción del imperio romano: del mismo modo que Roma creó en Europa un mundo sobre la base de su lengua, sus legiones y su derecho,así España creó en América un mundo sobre la base de su religión, su idioma y su ley. 

La religión, en efecto, es crucial, y nada se entiende sin ella. Por supuesto que los aspectos económicos y políticos fueron determinantes en la iniciativa del salto al otro lado del mar —y ello desde su origen—, pero una visión objetiva del asunto obliga a revisar muchos tópicos sobre la naturaleza económica de la conquista. La empresa americana difícilmente se habría prolongado en el tiempo sin la convicción de estar actuando en consonancia con un proyecto de origen divino, bajo un expreso mandato evangelizador.En un mero cálculo de coste-beneficio, la empresa de Indias habría quedado suspendida muy pronto, en cuanto se vio que aquello no era Asia, ni había allí ricas ciudades ni prósperos mercados, ni se hallaba el paso a Cipango y a Catay. Durante los primeros veinte años hay más sinsabores que gloria y, por otro lado, las cifras de bajas son aterradoras: un 30, un 40, hasta un 50 por ciento de muertos en cada expedición a los pocos meses de pisar tierra. ¿Beneficios? Durante muchos años,muy pocos. Las grandes entradas de oro y plata tendrán que esperar hasta la década de 1540. ¿Y mientras tanto? Mientras tanto, nuestra gente actuaba movida por la certidumbre de ser el brazo de Dios para convertir a aquellos infieles, un sentimiento inseparable del afán de gloria y fama que elevara el nombre del conquistador hasta el Olimpo de los grandes héroes. Por eso España no se marchó de allí. 

Enfrente estaban los indios, por supuesto. Pero también sobre este particular hay que hacer infinitas matizaciones y revisar numerosos tópicos.Los excesos románticos de la literatura indigenista nos han vendido la imagen del pérfido depredador español que llega a las Indias para explotar al buen indio que dormitaba tranquilamente en la puerta de su bohío. Es una imagen ridícula. Primero y ante todo: los indios son tan protagonistas de la conquista como los propios españoles.Colón jamás habría podido instalarse en La Española sin la aquiescencia de una buena parte de los taínos. Cortés jamás habría conquistado México sin los tlaxcaltecas y otros pueblos aliados, como Pizarro jamás habría conquistado el Perú sin los tallanes, los huancas y los chachapoyas, entre otros muchos. Segundo y no menos fundamental: taínos, tlaxcaltecas, tallanes y demás pueblos aliados de los conquistadores se unieron a los españoles porque estaban siendo salvajemente explotados por los caribes, los aztecas y los incas, respectivamente. Esa era la realidad. 

La estampa del indio que dormitaba feliz a la puerta de su bohío es estrictamente falsa. Las comunidades amerindias, prácticamente sin excepción, eran sociedades muy conflictivas, muy violentas, donde unos pueblos aniquilaban a otros sin la menor contemplación, donde la esclavitud era una institución absolutamente convencional, donde las mujeres —en términos generales— eran usadas como objeto de cambio y donde los sacrificios humanos formaban parte de la vida cotidiana.Todo esto no fue un invento de los cronistas para legitimar la hegemonía española; todos los hallazgos arqueológicos lo confirman. Por eso los pueblos más débiles, los que sufrían la violencia de los más fuertes, se unieron a los españoles de muy buen grado:aquellos sujetos barbudos envueltos en hierro eran su única salvación. La conquista no se sustancia, pues, en un simple esquema «europeos contra indios». La realidad fue muchísimo más compleja. Y así como hubo poblaciones indígenas enteramente aniquiladas, hubo otras —de hecho, la mayoría— que abrieron la puerta a la conquista y contribuyeron a la radical transformación del continente. Las cosas fueron así. 

¿Y no hubo una gran mortandad de indígenas? Sí. ¿Y no se exterminó a los indios hasta el punto de que se puede hablar de un genocidio? No, y este es otro tópico que es imperativo revisar.A este respecto los estudios de los últimos treinta años son prácticamente unánimes: hubo ciertamente altas cifras de mortandad entre las poblaciones amerindias, pero las cifras se reparten por igual entre los aliados de los españoles y sus enemigos, y aún más, las cifras de mortandad entre los propios españoles son, proporcionalmente,más elevadas aún que entre los nativos. Es decir que la mortandad es cierta, pero no el genocidio. ¿Cuál fue la causa? Todo apunta a que la causa principal de la mortandad entre nativos y entre españoles fueron los virus: los indígenas cayeron a mansalva bajo el efecto de enfermedades que los españoles llevaron consigo y que en aquel mundo eran desconocidas —peste porcina, viruela, sarampión, etc.—, mientras que los españoles quedaban aniquilados por enfermedades tropicales —malaria, dengue, leishmaniosis, tripanosomiasis, etc.— que no sabían cómo tratar. 

Cuando Pizarro llega al Perú, la población del imperio inca llevaba varios años soportando los efectos de una dura epidemia de viruela mucho antes de que ningún español hubiera asomado por allí el morrión. Cuando Hernando de Soto se encuentra con la misteriosa Dama de Cofitachequi, en la actual Carolina del Sur, lo que halla a su alrededor es un poblado convertido en necrópolis por el efecto de las enfermedades. La llegada a las Indias de los primeros niños europeos, con su carga de varicelas, sarampiones, paperas y demás, fue más letal que cualquier ejército. Mientras tanto, las expediciones de Bobadilla, Ovando y Pedrarias, por ejemplo, contabilizaban hasta un 50 por ciento de bajas mortales apenas dos meses después de haber desembarcado, los de Pizarro caían fulminados por infecciones, etc. Los avances de la medicina en el último medio siglo han permitido explicar numerosos episodios de este género. Es asombroso que todavía hoy tantos historiadores sigan renuentes a introducir el factor médico en sus narraciones de la conquista. En este volumen el lector hallará frecuentes referencias a estos aspectos médicos, imprescindibles para hacerse una idea correcta de la situación. 

Hay en La cruzada del océano otros elementos que no es habitual encontrar en las narraciones genéricas sobre la conquista. Por ejemplo, el papel de las mujeres, tanto españolas como indias. Por ejemplo, la dimensión científica de aquella aventura, porque el hallazgo de un mundo nuevo modificó radicalmente el acervo del conocimiento occidental. Por ejemplo, el aspecto económico, porque la Carrera de Indias —y su extensión al Pacífico con la conquista de Filipinas— construyó la primera red comercial global de la Historia. Hay, en fin, otras muchas cosas que decir, pero tal vez el mejor modo de hacerlo sea, sencillamente, contar lo que pasó.Baste consignar que a principios del siglo XIX, pocos años antes de que aquel Nuevo Mundo obtuviera su independencia, un alemán como Humboldt se admiraba de que en México no hubiera esclavitud, de que allí los campesinos fueran menos pobres que en Alemania y de que las instituciones científicas de la Nueva España volaran a un nivel superior al de buena parte de Europa. Baste, igualmente, señalar que la mayor parte de las comunidades indígenas, llegadas las guerras de la independencia, prefirieron defender las banderas de la corona española antes que las de la oligarquía criolla. Son dos datos que permiten hacerse una idea fehaciente de la extraordinaria magnitud de aquella aventura. Una vez más, la comparación con lo que históricamente supuso el imperio romano no es improcedente. 

«No todo fue horror —escribe Octavio Paz en sus Vislumbres de la India—:sobre las ruinas del mundo precolombino los españoles y los portugueses levantaron una construcción histórica grandiosa que, en sus grandes trazos, todavía está en pie.Unieron a muchos pueblos que hablaban lenguas diferentes,adoraban dioses distintos, guerreaban entre ellos o se desconocían. Los unieron a través de leyes e instituciones jurídicas y políticas pero, sobre todo, por la lengua, la cultura y la religión. Si las pérdidas fueron enormes, las ganancias han sido inmensas». 

Este libro describe cómo empezó todo: los primeros movimientos de un balance donde, en efecto, las ganancias fueron inmensas. Para todos.




Entrevista a José Javier Esparza 
sobre el descubrimiento y conquista de América