A lo largo de mi vida de creyente, luchando contra mis propias imperfecciones, he sido involuntario testigo y hasta partícipe de muchísimas oraciones mal hechas, ya sea por ansiedad, por ignorancia, por arrogancia o por cualquiera de esas cosas que nuestra carne, nos pone en la mente a la hora de comunicarnos con el Padre celestial. El resultado de esas oraciones, quizás le suene a usted bastante conocido: pedir, pedir y pedir. Una trilogía reiterada de una misma palabra que puede traducirse en otra: Inmadurez.
En aquellos años en que recién me había convertido y por esa simple causa no podía pasar del clásico: “-¡Señor! Bendíceme a mí, a mi familia, a mi casa y a mi perro-“, solía reunirme en el domicilio de otro creyente, con un grupo que estaba mucho más crecido que yo. O, al menos, tenían más horas-templo que yo. Y recuerdo que uno de ellos, cuando oraba, siempre solía pedirle al Señor que lo quebrantara. A mí, esa oración me parecía muy espiritual y muy madura y casi anhelaba poder tener esa valentía delante de Dios. Yo no me atrevía, tenía –lo confieso- mucho miedo, esa es la verdad, de orar por eso, pero a él se lo justificaba porque era uno de los que me había guiado a Cristo.
Con el correr del tiempo, ese joven comenzó a tener problemas en su familia. Primero con su suegra, factor que resultó incidente a que los extendiera a su esposa. Comenzó a sentirse muy mal, se enredó en pensamientos muy extraños, se le empezaron a desmoronar todas las cosas materiales y espirituales que había construido y, en un momento, hasta llegó a perder su legendaria línea de sobriedad, serenidad y aplomo. Fue exactamente allí cuando, en su congregación, apareció una joven que al enterarse de sus problemas comenzó a dialogar con él y a “comprenderlo” mucho. Obviamente; concluyeron encontrándose todos los días, a toda hora y en todo lugar y, finalmente cayeron en el más antiguo de los pecados de la carne y terminaron apartándose de la iglesia primero y del Camino mismo más adelante, con todo lo que eso significa y que solamente puede saberlo aquel que lo haya vivido.
Pasó mucho tiempo antes que yo me diera cuenta que el Señor había respondido a la oración, que comenzó a permitir algunas cosas en su vida con la intención de que él, si realmente deseaba un quebrantamiento tal cual lo pedía en oración, pudiera crecer batallándolas. El problema fue que él ni se acordó de aquella vieja oración repetitiva, no pensó ni por un instante en que eso que de pronto se metía en su vida era para que en el final se decretara la victoria que Dios y todos sus ángeles querían disfrutar y celebrar. No lo vio y, naturalmente, se vino abajo.
La pregunta que me hice durante mucho tiempo y que seguramente usted mismo se está haciendo en este momento al leer esto, fue: ¿Cómo pudo Dios permitir eso? ¿Cómo es que, si Dios sabía que lo que iba a suceder, lo dejó caerse así? Obviamente, aún yo no sabía absolutamente nada con respecto a la importancia del quebrantamiento y sus posteriores consecuencias y frutos. Lo que sí aprendí, fue que el quebrantamiento tiene pasos que necesariamente debemos cumplir, trasvasar y vencer, si es que realmente deseamos crecer y madurar.
Cualquier persona que sirva a Dios, habrá de descubrir tarde o temprano, que el gran obstáculo en su servicio no son los demás como en algún momento supone, sino él mismo. Descubrirá que su hombre exterior y su hombre interior. No están en armonía, porque los dos se inclinan en sentidos o direcciones opuestas. También se dan cuenta de la incapacidad de su hombre exterior, de someterse al control del Espíritu, lo que lo hace incapaz de obedecer a los designios más elevados de Dios. Rápidamente se dará cuenta que la mayor dificultad está en el hombre exterior, que le impide usar su espíritu.
Dijo alguien, alguna vez, que en nuestro interior conviven un león blanco y un león negro que están continuamente peleándose. El león blanco simbolizaba el espíritu y el negro la carne. Y remataba este hombre puntualizando que ganaba la batalla aquel león que estaba mejor alimentado. Bonito ejemplo. Sólo un problema: dentro nuestro no hay ningún león, ni blanco ni negro. Sólo hay un alma que no acepta sujetarse al Espíritu Santo que vive en nuestro espíritu humano. De todos modos, es importantísimo saber con qué se alimenta usted en mayor medida. ¿Ingerimos para el alma o para el espíritu?
Muchos siervos de Dios no son capaces de practicar, incuso las obras más elementales. De modo general, por el ejercicio de su espíritu, ellos deberían tener condiciones de conocer la Palabra de Dios, de discernir la condición espiritual de los demás, de transmitir los mensajes de Dios bajo su santa unción y de recibir las revelaciones de Dios. Sin embargo, debido a las distracciones del hombre exterior, nunca fue tratado. Por esta razón, el reavivamiento, el celo, las súplicas y las actividades son nada más que un desperdicio de tiempo. Como vemos, existe solamente un tratamiento básico que capacita al hombre para ser útil delante de Dios: el quebrantamiento.
CONOCIMIENTO DEL HOMBRE INTEROR Y EXTERIOR
Primero, Deberemos notar que la Biblia divide concreta y perfectamente al hombre interior (el espiritual) del hombre exterior, (el carnal). Estas tres escrituras que voy a incluir ahora, sustentan claramente lo que le estoy diciendo y dejan abiertas las puertas de un estudio mucho mayor que nos lleve, definitivamente, a conocernos primero, para saber quienes y como somos, pero esencialmente, hacia adonde vamos.
(Romanos 7: 22)= Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios. (La ley antigua, es hoy la Palabra, la Biblia. Es imposible deleitarse, disfrutar, gozar de la Biblia a través de nuestro hombre exterior. Se duerme, se aburre y se enoja. Sólo el interior lo puede entender.)
(Efesios 3: 16)= Para que os dé, conforma a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior, por su espíritu. (Dios fortalece con poder y por su Espíritu, nuestro hombre interior. El exterior, apenas puede fortalecerse con la temporalidad de un poder mundano, endeble y vulnerable)
(2 Corintios 4: 16)= Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día (Esto significa que: mientras nuestros cuerpos van envejeciendo y deteriorándose como parte de una ley natural inconmovible, nuestros espíritus van creciendo, madurando y creciendo a la estatura del varón perfecto. ¿Adónde está radicado su máximo interés? ¿Anhela crecimiento espiritual o combatir su vejez?)
Cuando Dios viene a habitar en nosotros por su Espíritu, vida y poder, él entra en nuestro espíritu humano al cual llamamos Hombre Interior. Por fuera de este hombre está el alma, donde funcionan nuestros pensamientos, emociones y voluntad. El hombre más exterior, es el cuerpo físico. Por lo tanto, hablaremos del hombre interior como el Espíritu, del hombre exterior como el Alma, y del hombre más exterior como el cuerpo físico.
Nunca podemos olvidarnos que el hombre interior es el espíritu humano, donde habita Dios, donde su Espíritu se une con nuestro espíritu. Así como cubrimos nuestro cuerpo con ropas, nuestro hombre interior “es vestido” por el hombre exterior: el espíritu “está vestido” por el alma. Del mismo modo el espíritu y el alma están “vestidos” por el cuerpo. Es evidente que los hombres en general están más conscientes del hombre exterior y del más exterior; difícilmente reconocen o entienden su espíritu.
Debemos saber que la persona que puede trabajar para el Señor es aquella cuyo hombre interior puede ser liberado. La dificultad fundamental de un siervo está en el fracaso de pasar el hombre interior por el hombre exterior. Por lo tanto, debemos reconocer delante de Dios que la primera dificultad de nuestro trabajo no está en los demás, sino en nosotros.
Nuestro espíritu parece estar cubierto por una cáscara de tal manera que él no puede soltarse fácilmente. Si no aprendemos a liberar nuestro hombre interior, haciéndolo salir a través del hombre exterior, no estaremos aptos para servir. Nada puede molestarnos tanto como el hombre exterior. Si nuestras realizaciones son fructíferas o no, depende de si nuestro hombre exterior ha sido quebrado por el Señor, para que el hombre interior pueda salir por aquella fisura. El Señor quiere quebrar nuestro hombre exterior para que el hombre interior tenga una manera de salir. Cuando el hombre interior es liberado, tanto incrédulos como cristianos, serán bendecidos.
¿CÓMO SE PRODUCE EL QUEBRANTAMIENTO?
(Juan 12: 24)= De cierto, de cierto os digo; que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.
La vida está en el grano de trigo. Con todo, existe una cáscara, una cáscara muy dura por fuera. Mientras esa cáscara no sea partida, el trigo no puede crecer. Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere. ¿Qué es la muerte en este caso? Es la fisura en la cáscara hecha con la ayuda de la temperatura, de la humedad, etc. En la tierra. Una vez que la cáscara es partida, el trigo comienza a crecer. Por lo tanto, el problema no es si existe la vida dentro del grano, sino que la cáscara está quebrada.
(Verso 25)= El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará.
El Señor aquí nos muestra que la cáscara es nuestra propia vida (vida del alma), mientras que la vida interior es la vida eterna la cual Él nos ha dado. Para permitir que la vida interior salga, es imperativo que la vida exterior sea perdida. Si el exterior permanece sin ser quebrado, el interior jamás será capaz de salir.
Fijémonos en los creyentes, en los que poseen vida en el Señor. En ellos podemos encontrar dos condiciones diferentes: una, incluye a aquellos en los cuales la vida está limitada, restringida, aprisionada, e incapaz de salir; la otra incluye a aquellos en los cuales el Señor ha forjado un camino, y por lo tanto, la vida es liberada desde el interior de ellos.
Consecuentemente, el asunto no es cómo obtener vida, sino cómo permitir que esa vida sea liberada. Cuando decimos que necesitamos que el Señor nos quiebre, esto no es meramente un modo de hablar ni una doctrina. Es vital que seamos quebrados por el Señor. No es que la vida de Él no pueda recorrer la tierra; el problema es que SU vida es aprisionada por nosotros. No significa que el Señor no pueda bendecir la iglesia, sino que la vida del Señor está tan restringida dentro de nosotros que no puede fluir. Si el hombre exterior permanece intacto no podemos esperar que la palabra sea bendecida por Dios, por medio de nosotros.
UN VASO DE ALABASTRO DEBE SER QUEBRADO
Mc 14,3-9
La Biblia habla del nardo puro. Dios, en su Palabra, usa a propósito el término “puro” para mostrarnos que Él es verdaderamente espiritual. No obstante si el vaso de alabastro no es quebrado, el nardo puro no va a fluir. Es extraño decirlo, pero muchos aún están atesorando el vaso de alabastro pensando que su valor excede a su contenido, el bálsamo. Muchos piensan que su hombre exterior es más precioso que su hombre interior. Este, llega a ser un problema en la iglesia. Uno atesora su capacidad, pensando que es muy importante, otro atesora sus propias emociones, sintiéndose una persona muy importante. Otros, se estiman grandemente, sintiéndose que son mejores que los demás, que su elocuencia ultrapasa a los demás, que su rapidez de acción y exactitud al juzgar son superiores. Sin embargo, no somos coleccionistas de antigüedades, no somos admiradores de vasos; somos aquellos que desean sentir sólo la fragancia del bálsamo, del contenido del vaso. Sin quebrar el exterior, el interior no saldrá. Así, individualmente, no tenemos el fluir, ni la iglesia posee un camino vivo. Entonces, ¿Por qué debemos considerarnos tan preciosos, si nuestro exterior sólo aprisiona la fragancia, en lugar de liberarla?
El Espíritu Santo no paró de trabajar: un episodio tras otro, una cosa tras otra, vienen a nosotros. Toda obra disciplinadora del Espíritu Santo no tiene otro propósito que quebrar nuestro hombre exterior, para que el hombre interior sea liberado. No obstante aquí está nuestra dificultad: nos aborrecemos por cosas mínimas, murmuramos por pequeñas pérdidas. El Señor está preparando una manera de usarnos; con todo, apenas su mano nos toca, ya nos sentimos infelices, al punto de contender con Dios y ser negativos en nuestra actitud. Desde que fuimos salvos, muchas veces y de varias maneras hemos sido tocados por el Señor, con el único propósito de quebrar nuestro hombre exterior. Si estamos conscientes de este hecho o no, el propósito del Señor es uno: destruir ese hombre exterior.
A partir de la destrucción del hombre exterior de la que estamos hablando, descubrimos algo muy importante: que el tesoro está en vasos de barro, pero si el vaso de barro no es quebrado, ¿Quién puede ver el tesoro que está dentro de él? ¿Cuál es el objetivo final del Señor en nuestra vida? Es quebrar ese vaso de barro, quebrar nuestro vaso de alabastro; partir nuestra cáscara. El Señor anhela encontrar una manera de bendecir al mundo por medio de aquellos que le pertenecen. El quebrantamiento es el camino de la bendición, el camino de la fragancia, es el camino de la fructificación; sin embargo, también es una velada rociada de sangre. Sí, hay sangre de muchas heridas. Cuando nos ofrecemos al Señor para servirlo, no nos podemos permitir ser indulgentes para guardarnos. Debemos permitir que el Señor quiebre completamente nuestro hombre exterior para que Él pueda encontrar un camino para SU obra exterior.
Cada uno de nosotros debe descubrir por sí mismos cuál es el propósito del Señor en su vida. Es un hecho muy lamentable que muchos no conozcan la voluntad o la intención del Señor para su vida. Como ellos necesitan que el Señor abra sus ojos para que vean todo lo que sucede en su vida puede ser significativo. El Señor no ha desperdiciado nada. Para que podamos entender el propósito del Señor, es necesario que veamos bien claramente que Él tiene un único objetivo: destruir o quebrar el hombre exterior.
Sin embargo, antes que el Señor levante la mano, ya están perturbados. Debemos darnos cuenta que todas las experiencias, todos los problemas y pruebas que el Señor permite en nuestras vidas, son para nuestro provecho. No podemos esperar y mucho menos pedir, que el Señor nos dé mejores cosas por una simple razón: ¡Estas son sus mejores cosas! Si alguien llega al Señor y ora diciendo: “-¡Oh Señor! ¡Por favor! ¿Déjame elegir lo mejor!-“ Creo que el Señor le dirá: “Lo que te he dado es lo mejor; tus pruebas diarias son para tu mejor provecho.” Por lo tanto, el motivo detrás de todos los arreglos de Dios, es destruir nuestro hombre exterior. Una vez que esto sucede y el espíritu sale, comenzamos a ser capaces de ejercitar nuestro espíritu.
¿CUÁNTO DURA NUESTRO QUEBRANTAMIENTO?