EL Rincón de Yanka: FAMILIA

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sábado, 1 de agosto de 2026

LIBRO "EL VIEJO Y LA TIERRA": UNA MEDITACIÓN SOBRE LA VIDA 👴👵 por FRANCISCO MARCOS HERRERO

EL VIEJO Y LA TIERRA

Aquí no hay viejos 
Solo, nos llegó la tarde: 
Una tarde cargada de experiencia 
Experiencia para dar consejos. 
Aquí no hay viejos 
Solo nos llegó la tarde. 
Viejo es el mar y se agiganta. 
Viejo es el sol y nos calienta. 
Vieja es la luna y nos alumbra. 
Vieja es la tierra y nos da vida. 
Viejo es el amor y nos alienta. 
Aquí no hay viejos 
Solo nos llegó la tarde. 
Somos seres llenos de saber. 
Graduados en la escuela. 
De la vida y en el tiempo. 
Que nos dio el postgrado. 
Subimos al árbol de la vida. 
Cortamos de sus frutos lo mejor. 
Son esos frutos nuestros hijos. 
Que cuidamos con paciencia. 
Nos revierte esa paciencia con amor. 
Fueron niños son hombres serán viejos. 
La mañana vendrá y llegará la tarde. 
Y ellos también darán consejos. 
Aquí no hay viejos 
Solo nos llegó la tarde. 
Joven: si en tu caminar encuentras. 
Seres de andar pausado. 
De miradas serenas y cariñosas. 
De piel rugosa, de manos temblorosas. 
No los ignores ayúdalos. 
Protégelos ampáralos. 
Bríndales tu mano amiga. Tu cariño. 
Toma en cuenta que un día. 
También a ti, te llegará la tarde.... 

¿Mario Benedetti?

EL VIEJO Y LA TIERRA

Con manos de corteza y piel de arcilla,
el viejo camina lento por el barbecho,
conoce cada piedra, cada orilla,
y el lenguaje del viento bajo el techo.

Es la tierra su espejo y su memoria,
donde hundió la juventud en cada surco,
testigo silencioso de su historia,
lejos del ruido y del asfalto esturco.

"Vieja es la tierra", murmura en su jornada,
mientras recoge un puñado entre los dedos,
sintiendo la promesa de la siembra amada,
que borra los dolores y los miedos.

Sus pasos son raíces que se extienden,
su espalda es la colina que resiste,
los años pasan, pero ellos se entienden:
el hombre cuida el suelo, el suelo lo subsiste.

Y cuando el sol se oculta en la llanura,
entona una plegaria agradecida,
sabiendo que en el polvo y su estructura
dejará la semilla de su vida.

El viejo y la tierra es el monólogo intenso y a la vez sosegado de un hombre anciano ante su mujer. Un viaje sentimental de triunfos y decadencias, de agobios que le provocan los años y de impotencia frente a la traición desgranan la hechura del narrador.
El desarrollo es contundente y eficaz, escueto y rápido. La vida de los personajes pasa sin ambages. El protagonista muestra la impronta de hombre fuerte, luchador e irónico, tierno y humillado. A la postre el reguero de una vida.
Es una novela densa, de lectura rápida, que dejará en el lector posos de meditación y tal vez el deseo de leerla de nuevo para recuperar los matices subjetivos.

Sus hijos han vendido su casa.

La casa que levantó con sus propias manos. La tierra que le dio de comer. El mundo donde aprendió a amar, a trabajar y a sobrevivir.
Ahora, viejo y solo, Remigio pasa una larga noche hablando con Encarna, su esposa muerta. Mientras a su alrededor vacían habitaciones, arrancan recuerdos y deciden su destino como si él ya no existiera, su voz reconstruye una vida entera: el amor, los hijos, la fe, la dureza del campo, la dignidad, la memoria… y las heridas que nunca terminan de cerrar.
Pero Remigio no solo recuerda: embiste. Su monólogo es tierno y feroz, poético y descarnado, atravesado por una ironía áspera, una lucidez amarga y un humor rural que convierte cada página en una forma de resistencia.

Con una voz narrativa de extraordinaria autenticidad y un lenguaje de deslumbrante riqueza, "El viejo y la tierra" es una novela de altísima intensidad literaria y emocional: una tragedia íntima sobre el desarraigo, la pérdida y la dignidad humana.
Elogiado por Miguel Delibes por su “prosa fuerte pero elástica, de contenido intenso y lenguaje rico”, Francisco Marcos Herrero firma una obra que anticipa algunas de las grandes preocupaciones de la narrativa neorrural contemporánea: 
la desaparición del mundo rural, la ruptura entre generaciones, la memoria de los humildes y la lucha por conservar una forma de estar en el mundo.

Hay novelas que no solo se leen: se escuchan, se habitan y permanecen.

El Viejo y la Tierra está narrado por Remigio, un anciano campesino que, en las últimas horas de su vida, rememora el camino que lo ha llevado hasta ese momento. Sentado en la tranquilidad de su hogar, habla —a veces con ternura, a veces con severidad— a la memoria de su esposa, Encarna.
A través de este monólogo interior, el lector recorre las escenas de su vida: la juventud, el amor, el matrimonio, la guerra, el trabajo, la paternidad y las lentas transformaciones de un mundo rural que comienza a desvanecerse a medida que las generaciones más jóvenes emigran a la ciudad.
La historia de Remigio no es heroica en el sentido convencional. Es simplemente la de un hombre sentado, hablando. Sin embargo, de sus recuerdos surge algo íntimo y universal a la vez: una meditación sobre la vida.


¿Por qué cuanto más urbano se vuelve el mundo, más novelas se escriben sobre el campo?
Tal vez porque la literatura tiene una extraña costumbre: empieza a mirar con atención aquello que dejamos de considerar cotidiano.
El neorruralismo no habla solo de pueblos. Habla de memoria, de tiempo, de arraigo... y de todo lo que una sociedad descubre que ha perdido cuando ya no forma parte de su vida diaria.
Quizá por eso está más vivo que nunca.
¿Crees que el interés por el mundo rural responde a la nostalgia o a la necesidad de entender mejor el presente?

Prólogo
a la primera edición

Todos los viejos miran amorosos y temerosos hacia la tierra, puesto que ella va a ser su morada definitiva en un tiempo más o menos cercano. Pero el protagonista de esta novela no sólo la contempla con esa doble per­cepción, sino que casi se fusiona con ella, tanto por ser hombre del ámbito rural como por ser el relato una re­membranza y un soliloquio con su mujer.

A nuestro viejo le embarga la fatal resignación o la re­ signada fatalidad de los que han vivido mucho y esperan poco. Hay mucho sentido del fatum latino en quienes más que débiles se sienten debilitados por los años. Mucho hay de tragedia griega, aunque sin coturno ni clámide ni máscara, antes bien con descarnada sobriedad, con la­cónica brevedad y con acertado comedimiento en esta novela. 

La solidez y la austeridad del mundo rural se trasvasan a la forma narrativa, a las descripciones y al diálogo o tal vez sean las bien sujetas bridas de la expo­sición y el desarrollo del tema las que imponen el recio y sereno galope. Todo acontece con pasmosa naturali­dad, como resultan naturales el sol o la hierba, con la diferencia de que en estas páginas el sol es el corazón o el motor de los sentimientos y la hierba es el enmarañado matorral de los instintos. Sin embargo, los sentimientos de nuestros personajes no deslumbran ni queman, sino que sus rayos están tamizados por el quehacer y los afa­nes vulgares, así como los matojos van creciendo en si­lencio dentro de la tierra de cada uno. Hasta que un día los cristales que servían de tamiz desaparecen y el sol fulmina a un buen hombre, que es ya un desvalido viejo, y el herbazal se ha espesado tanto que asfixia el metafórico suelo en el que el anciano había edificado sus me­jores recuerdos y sus más nobles sueños, es decir, sus más ínclitas posesiones, pues le arrebatan su tesoro ín­timo y los bienes acumulados en su espíritu.

Francisco Marcos Herrero mantiene en esta novela los notables logros de sus títulos anteriores, aunque ahora da una gran zancada en el aspecto formal de la narración. En las novelas precedentes refulgía el mismo portentoso lenguaje, la sobreabundancia de vida, el vigoroso traza­ do humano de los personajes, la visión plástica de las situaciones y la atmósfera ambiental gravitando con singular peso sobre los moradores de su mundo de ficción. 
La vida desbordante define sustancialmente al verdade­ro novelista, pero tal cualidad comporta también una mayor o menor dosis de caos o descontrol, exactamente co­mo acaece en nuestra existencia. 

En "El viejo y la tierra" la riqueza, sabor y colorido del lenguaje siguen siendo pasmosos, los personajes rezuman verdad humana por los cuatro costados, el ambiente y las situaciones forman y conforman personas y conductas y chorrea igual la vida, si bien este chorro está disciplinadamente encauzado por un formidable ejercicio de contención y así esta so­bria y simple canalización permite deslizarse sin obstá­culos la poderosa agua y potenciar sus efectos.

Estamos, pues, ante una novela modélica, en todos los sentidos y de un modo particular en el de concepción, estructura y despliegue de la novela corta, que de ningu­na manera es una novela con menos páginas de las habituales, como algunos pudieran suponer, sino un género propio y con unas leyes propias. Novela corta es concen­tración argumental y, por ende, carencia de episodios secundarios o divergentes. Novela corta es unidad de tiempo o de lugar o de acción. 
Novela corta es economía de medios expresivos. Novela corta es, con evidente exageración, pero por ahí se anda la cosa, esquematismo o, si se quiere, croquis, en el que está todo, y muy claro, y con sugestivo perfil, un croquis rellenado de vida que acaba siendo la casa entera y completa. 

En El viejo y la tierra todo avanza con sumo talento narrativo y perfecta­ mente delineado a una espléndida sorpresa final, pero la esplendidez literaria y humana arranca ya desde las primeras líneas. Como debe ser.
Francisco Marcos Herrero demuestra ser con esta obra y con su conjunto quehacer novelístico un viejo conoce­dor de los seres humanos y un sabio dominador de la difícil y agreste tierra que toda novela es.

JOSÉ CAROL
(Novelista y crítico literario)

Nostalgias - Sentires de mi Pueblo -Don Argañaraz


VER+:


viernes, 17 de abril de 2026

LIBRO "EL SUEÑO DEL JAGUAR": 🐯 TRES GENERACIONES, CIEN AÑOS DE REVOLUCIONES, MIL HISTORIAS por MIGUEL BONNEFOY


El sueño del jaguar
🐯

Tres generaciones, cien años de revoluciones, mil historias de amor.

Al norte está la razón estudiando la lluvia, 
descifrando los truenos. 
Al sur están los danzantes 
engendrando la lluvia, 
inventando los truenos. 
William Ospina

Una épica saga familiar donde el destino de los protagonistas se entrelaza con la historia de Venezuela.

Cuando una mendiga muda de Maracaibo, en Venezuela, encuentra a un recién nacido abandonado en las escaleras de una iglesia, no imagina el extraordinario destino que le espera al niño. Criado en la pobreza, Antonio será vendedor de cigarrillos, estibador y mozo en un burdel antes de convertirse en uno de los cirujanos más ilustres de su país. Lo conseguirá gracias a la ayuda de una mujer excepcional, Ana María, la primera médica de la región, con la que tendrá una hija a la que pondrán el nombre de su nación: Venezuela
Ligada así para siempre al lugar que la vio nacer, Venezuela soñará con marcharse a París pese a tenerlo todo en contra. Es en el cuaderno de Cristóbal, el último eslabón de la familia, donde por fin echarán raíces las mil historias de este asombroso linaje.

Inspirándose en su singular mitología familiar, Miguel Bonnefoy construye una apasionante saga en la que el destino de sus protagonistas se entrelaza con la turbulenta historia de Venezuela.
Ganador del Gran Premio de Novela de la Academia Francesa y del premio Femina 2024, El sueño del jaguar es uno de los grandes éxitos de la literatura francesa reciente.
Su abuelo, criado en la pobreza, fue uno de los cirujanos más ilustres de su país. Su abuela, la primera médica de la región de Maracaibo. Dos historias de superación. ¿Existe hoy esa pasión por el esfuerzo?

Miguel Bonnefoy nos habla de su libro, EL SUEÑO DEL JAGUAR.


El-sueño-del-jaguar-Miguel-Bonnefoy by Alba Paz Castro


sábado, 21 de marzo de 2026

PELÍCULA "CERCA DE TI" (NOWHERE SPECIAL) 2020 BUSCANDO A ALGUIEN MUY ESPECIAL 👨💞👦


CERCA DE TI 
(NOWHERE SPECIAL) 2020
BUSCANDO A ALGUIEN 
MUY ESPECIAL

👨💞👦

"Mientras tratamos de enseñar a nuestros 
hijos todo acerca de la vida, 
nuestros hijos nos enseñan de qué trata la vida". 
(Angela Schwindt)

A sus 35 años, John, un limpiador de ventanas, cría solo a su hijo de cuatro años Michael. Su vida es simple y está en orden, pero todo su amor no será suficiente para evitar que le queden unos meses de vida. Durante el tiempo que le queda, intentará encontrar una familia que adopte a su niño para que este tenga una oportunidad.

Umberto Pasolini nos presenta su tercer largometraje basado en una historia real, la de un padre en fase terminal con un niño de cuatro años. El mismo ha escrito el guion. En su anterior película "Nunca es demasiado tarde" ya tocaba el tema de la muerte. La cinta nos llega con bastante retraso a la cartelera, después de formar parte de la Sección oficial del Festival de Cine de Valladolid (Seminci) en la edición del año pasado, donde obtuvo el Premio del Público.

Nos cuenta la historia de John, un limpiador de cristales sin más familia que su pequeño, cuando se entere que padece una enfermedad terminal, hará todo lo posible para buscar un hogar para su hijo. John durante la película pasa por varias etapas en su búsqueda, un de ellas son las breves entrevistas a posibles familias adoptantes sin que su hijo sepa qué ocurre y con la ayuda de un asistente social.

El padre se pasa toda la película preparando a su hijo para el fatal desenlace, le hace una caja de recuerdos para que la vea cuando él no este. A pesar de que la situación donde se ubican los protagonistas es muy dramática, el director intenta en todo momento evitar el melodrama y el sentimentalismo, mostrándonos todo de una manera sutil y directa. La película desprende una belleza descomunal, la relación entre padre e hijo es espectacular y los dos nos regalan unas interpretaciones inmensas. El niño lo interpreta el actor Daniel Lamont y el padre es interpretado por James Norton.



VER+:



martes, 3 de marzo de 2026

LIBRO Y PELÍCULA "VIEJOS MUCHACHOS (1995) "THE GOOD OLD BOYS" por ELMER KELTON y TOMMY LEE JONES, RESPECTIVAMENTE

 

VIEJOS MUCHACHOS (1995) 
"THE GOOD OLD BOYS"


"Uno de los mejores de una nueva generación de escritores del Oeste" presenta una novela clásica "Uno de los mejores de una nueva generación de escritores del Oeste" presenta una novela clásica sobre un vaquero de la vieja escuela que lucha contra el cierre de la frontera (The New York Times ).
Hewey Calloway tiene un problema. En su tierra natal del oeste de Texas en 1906, el estilo de vida que ama está cambiando demasiado rápido para su gusto.
Hewey sueña con la libertad; solo quiere ser un vaquero a caballo sin ataduras, vagando sin cesar por la pradera. Pero la pradera de su infancia está desapareciendo lentamente: la tierra se está parcelando y las cercas de alambre de púas están apareciendo por todas partes. Por si fuera poco, los coches y otras máquinas invaden la sencilla vida vaquera de Hewey, apestando la zona y amenazando con reemplazar los viajes a caballo. Mientras Hewey lucha contra la implacable corriente del "progreso", llega a comprender que la vida sencilla de su infancia se acabó, que un hombre no puede vivir una vida cuyo tiempo ha pasado y que cada elección que hace, incluso aquellas que conducen a la felicidad, requiere un requiere un sacrificio.

Hewey Calloway es un vaquero que siempre ha llevado una vida errante. Sin embargo, el país está cambiando a marchas agigantadas, y Calloway se siente necesitado del amor de una familia.
Esta producción televisiva supuso el debut como director de Tommy Lee Jones, que ya llevaba 25 años como actor, y acababa de consagrarse un par de años antes, con El fugitivo. Adapta la novela de Elmer Kelton 'The Good Old Boys'.


domingo, 22 de febrero de 2026

LIBRO "EN FAMILIA": 👪 EL ARTE DE SER PERSONA por RICARDO PIÑERO MORAL

En   familia.
El   arte   de   ser   persona
👪

Ricardo Piñero Moral

Arte y familia son expresión de un modo de vida natural y posibilitan el crecimiento de la persona y el desarrollo de la sociedad. El arte no solo enriquece el patrimonio cultural de una nación o de un grupo, antes bien presta un servicio social cualificado. De la misma manera, la familia no solo contribuye a aumentar cuantitativamente el número de individuos, sino que los forma, los conforma, los educa para que sean ciudadanos libres, inteligentes, generosos, serviciales y comprometidos con el bien común. Si, además, arte y familia acogen una dimensión espiritual, estarán ofreciendo una visión más completa de la persona.
Solo con el título los ha dicho todo. Conlleva un rechazo de ese individualismo egoísta y estéril, que hoy se presenta como un modelo de conducta social. Estás expresando, en cambio, que vivir en familia es el modo de ser persona. Haces referencia a la familia natural, de la que todos procedemos, y que es atacada por quienes defienden modelos de convivencia, que muchas veces son de soledad y que se caracterizan por lo efímero, aunque no lleven impresa la fecha de caducidad como los artículos de consumo. Sin embargo, se observa en ellos la misma mentalidad de nuestra sociedad de consumo. La libertad se ha reducido a la libertad de elegir como en las estanterías del supermercado.

Tu enfoque en el libro sobre la familia va unida a nociones de estética. Sabes relacionar la crisis de la familia y de la persona con la crisis del arte, la belleza y cualquier otra forma de trascendencia. De ahí que en la segunda mitad del libro analices algunas pinturas y esculturas de diversas épocas en las que aparecen distintas familias. Hay cuadros de los primitivos flamencos, de los holandeses del siglo XVII, de Velázquez, de Picasso o del impresionismo francés, sin olvidar esculturas de Botero y Moore, aunque también te remontas a algún mosaico pompeyano en el que se muestra el poder inexorable del paterfamilias romano. Pienso que muchos profesores pueden utilizar estos recursos para transmitir valores en sus clases. Unos recursos que hacen pensar, observar los detalles y ejercer el pensamiento crítico. Me imagino que eso es lo que haces en tus clases, que, según la entrevista de El Mundo, se caracterizan, entre otras cosas, no solo por la gran afluencia de alumnos sino también la de sus novios y novias respectivas.

Tu libro es una afirmación de que los valores de la familia son los valores de la vida humana. La familia es, como bien afirmas, el auténtico modelo de felicidad, verdadera y duradera. Pero el individualismo imperante ha hecho creer a muchos que tener una familia representa una pérdida de autonomía personal y una renuncia a la propia libertad. Añado que también hay personas que están convencidos de la importancia de la familia y que en teoría quieren formar una, aunque siempre buscan excusas para aplazar la puesta en práctica. Pese a todo, a lo largo del libro vas desplegando los rasgos informadores de la familia, acompañados por una serie de obras de arte que sirven de reflexión. Estos son los rasgos en concreto: Seguridad, Alegría, Generosidad, Respeto, Justicia, Responsabilidad, Lealtad, Confianza, Intimidad, Libertad…

Finalmente, en el epílogo del libro nos estás diciendo que no nos quedemos en las obras maestras del arte que han sido descritas. La obra maestra la hemos de hacer cada uno haciendo de nuestra propia familia una obra de arte. Una obra de arte que para los cristianos se transforma en una referencia a un Dios que es familia, el Dios de la Trinidad.


Pensar para ser Feliz: una Conversación que te Transformará - Ricardo Piñero | Aladetres 162


miércoles, 4 de febrero de 2026

LIBRO "LA POÉTICA DEL ESPACIO" por GASTÓN BACHELARD


LA POÉTICA DEL ESPACIO



INTRODUCCIÓN

I

GASTÓN BACHELARD: Un filósofo que ha formado todo su pensamiento adhiriéndose a los temas fundamentales de la filosofía de las ciencias, que ha seguido tan claramente como ha podido el eje del racionalismo activo, el eje del racionalismo creciente de la ciencia contemporánea, debe olvidar su saber, romper con todos sus hábitos de investigación filosófica si quiere estudiar los problemas planteados por la imaginación poética. 
Aquí, el culto pasado no cuenta, el largo esfuerzo de los enlaces y las construcciones de pensamientos, el esfuerzo de meses y años resulta ineficaz. Hay que estar en el presente, en el presente de la imagen, en el minuto de la imagen: si hay una filosofía de la poesía, esta filosofía debe nacer y renacer con el motivo de un verso dominante, en la adhesión total a una imagen aislada, y precisamente en el éxtasis mismo de la novedad de la imagen. 

La imagen poética es un resaltar súbito del psiquismo, relieve mal estudiado en causalidades psicológicas subalternas. Nada general ni coordinado tampoco puede servir de base a una filosofía de la poesía. La noción de principio, la noción de "base", sería aquí ruinosa. Bloquearía la actualidad esencial, la novedad psíquica esencial del poema. Mientras la reflexión filosófica que se ejercita sobre un pensamiento científico largamente elaborado exige que la nueva idea se integre en un cuerpo de ideas experimentadas, aunque ese cuerpo se someta, a causa de la nueva idea, a una elaboración profunda, como sucede en el caso de todas las revoluciones de la ciencia contemporánea, la filosofía de la poesía debe reconocer que al acto poético no tiene pasado, que no tiene al menos un pasado próximo, remontándose al cual se podría seguir su preparación y su advenimiento. 

Cuando más tarde nos retiramos a la relación entre una imagen poética nueva y un arquetipo dormido en el fondo del inconsciente, tendremos que comprender que dicha relación no es, hablando con propiedad, causal. La imagen poética no está sometida a un impulso. No es el eco de un pasado. Es más bien lo contrario: en el resplandor de una imagen, resuenan los ecos del pasado lejano, sin que se vea hasta qué profundidad van a repercutir y extinguirse. En su novedad, en su actividad, la imagen poética tiene un ser propio, un dinamismo propio. Procede de una ontología directa. Y nosotros queremos trabajar en esta ontología. Es, pues, en la inversa de la causalidad, en la repercusión, en la resonancia, tan finamente estudiada por Minkowsky,1 donde creemos encontrar las verdaderas medidas del ser de una imagen poética. 

En esa resonancia, la imagen poética tendrá una sonoridad de ser. El poeta habla en el umbral del ser. Para determinar el ser de una imagen tendremos que experimentar, como en la fenomenología de Minkowsky, su resonancia. Decir que la imagen poética escapa a la causalidad es, sin duda, una declaración grave. Pero las causas alegadas por el psicólogo y el psicoanalista no pueden nunca explicar bien el carácter verdaderamente inesperado de la imagen nueva, ni la adhesión que suscita en un alma extraña al proceso de su creación. 

El poeta no me confiere el pasado de su imagen y, sin embargo, su imagen arraiga enseguida en mí. La comunicabilidad de una imagen singular es un hecho de gran significado ontológico. Volveremos a esta comunión por actos breves, aislados, activos. Las imágenes arrastran —después de surgir—, pero no son los fenómenos de un arrastre. Claro está que en las investigaciones psicológicas se puede prestar atención a los métodos psicoanalíticos para determinar la personalidad de un poeta, se puede encontrar así una medida de las presiones —sobre todo de la opresión— que el poeta ha debido padecer en el curso de su vida, pero el acto poético, la imagen súbita, la llamarada del ser en la imaginación, escapan a tales encuestas. Para iluminar filosóficamente el problema de la imagen poética es preciso llegar a una fenomenología de la imaginación. Entendamos por esto un estudio del fenómeno de la imagen poética cuando la imagen surge en la conciencia como un producto directo del corazón, del alma, del ser del hombre captado en su actualidad.

II

Se nos preguntará tal vez por qué, modificando nuestro punto de vista anterior, buscamos ahora una determinación fenomenológica de las imágenes. En nuestros trabajos anteriores sobre la imaginación, en efecto, estimamos preferible situarnos lo más objetivamente posible ante las imágenes de los cuatro elementos de la materia, de los cuatro principios de las cosmogonías intuitivas. Fieles a nuestros hábitos de filósofo de las ciencias, habíamos tratado de considerar las imágenes fuera de toda tentativa de interpretación personal. Poco a poco, dicho método, que tiene a su favor la prudencia científica, me ha parecido insuficiente para fundar una metafísica de la imaginación. 

La actitud "prudente", ¿no es acaso por sí sola la negación de obedecer a la dinámica inmediata de la imagen? Por otra parte hemos comprobado cuán difícil resulta despegarse de esta "prudencia". Decir que se abandonan los hábitos intelectuales es una declaración fácil, ¿pero cómo cumplirla? Hay ahí, para un racionalista, un pequeño drama cotidiano, una especie de desdoblamiento del pensamiento que, por parcial que sea su objeto -una simple imagen— no deja de tener una gran resonancia psíquica. Pero este pequeño drama de cultura, este drama al simple nivel de una imagen nueva, contiene la paradoja de una fenomenología de la imaginación: 

¿Cómo una imagen, a veces muy singular puede aparecer como una concentración de todo el psiquismo? ¿Cómo, también, ese acontecimiento singular y efímero que es la aparición de una imagen poética singular, puede ejercer acción -sin preparación alguna- sobre otras almas, en otros corazones, y eso, pese a todas las barreras del sentido común, a todos los prudentes pensamientos, complacidos en su inmovilidad? 

Nos ha parecido entonces que esta transubjetividad de la imagen no podía ser comprendida, en su esencia, únicamente por los hábitos de las referencias objetivas. Sólo la fenomenología —es decir la consideración del surgir de la imagen en una conciencia individual— puede ayudarnos a restituir la subjetividad de las imágenes y a medir la amplitud, la fuerza, el sentido de la transubjetividad de la imagen. 

Todas esas subjetividades y transubjetividades no pueden determinarse de una vez por todas. En efecto, la imagen poética es esencialmente variable. No es, como el concepto, constitutiva. Sin duda, la tarea de desprender la acción mutadora de la imagen poética en el detalle de las variaciones de las imágenes es dura, aunque monótona. Para un lector de poemas, la referencia a una doctrina que lleva el nombre tan a menudo mal entendido de fenomenología, corre el riesgo de permanecer oscura. Sin embargo, fuera de toda doctrina, esa referencia es clara. Se pide al lector de poemas que no tome una imagen como un objeto, menos aún como un sustituto de objeto, sino que capte su realidad específica. Para eso hay que asociar sistemáticamente el acto de la conciencia donadora con el producto más fugaz de la conciencia: la imagen poética. 

Al nivel de la imagen poética, la dualidad del sujeto y del objeto es irisada, espejeante, continuamente activa en sus inversiones. En ese dominio de la creación de la imagen poética por el poeta, la fenomenología es, si así puede decirse, una fenomenología microscópica. Por esta razón, dicha fenomenología tiene probabilidades de ser estrictamente elemental. En esta unión, por la imagen, de una subjetividad pura pero efímera y de una realidad que no va necesariamente hasta su constitución completa, el fenomenólogo encuentra un campo de innumerables experiencias; aprovecha observaciones que pueden ser precisas porque son simples, porque "no tienen consecuencias", a la inversa de lo que sucede con los pensamientos científicos, que son siempre pensamientos enlazados. La imagen, en su simplicidad, no necesita un saber. Es propiedad de una conciencia ingenua. En su expresión es lenguaje joven. 

El poeta, en la novedad de sus imágenes es siempre origen del lenguaje. Para especificar bien lo que puede ser una fenomenología de la imagen, para aclarar que la imagen es antes que el pensamiento, habría que decir que la poesía es, más que una fenomenología del espíritu, una fenomenología del alma. Se deberían entonces acumular documentos sobre la conciencia soñadora. 

La filosofía en lengua francesa contemporánea, y a fortiori la psicología, no se sirven apenas de la dualidad de las palabras alma y espíritu. Son por este hecho, una y otra, un poco sordas respecto a los temas tan numerosos en la filosofía alemana, en que la distinción entre el espíritu y el alma (der Geist y die Seele) es tan clara. Pero puesto que una filosofía de la poesía debe recibir todos los poderes del vocabulario, no debe simplificar nada ni endurecer nada. Para dicha filosofía, espíritu y alma no son sinónimos. Tomándolos en sinonimia, se nos impide traducir textos preciosos, se deforman los documentos entregados por la arqueología de las imágenes. La palabra alma es una palabra inmortal. En ciertos poemas es imborrable. Es una palabra del aliento.2 

La importancia vocal de una palabra debe retener por sí sola la atención de un fenomenólogo de la poesía. La palabra alma puede ser dicha con tal convicción que comprometa todo un poema. El tono poético que corresponde al alma debe, pues, quedar abierto a nuestras encuestas fenomenológicas. En el terreno de la pintura misma, donde la realización parece traer decisiones que proceden del espíritu, que encuentran obligaciones del mundo de la percepción, la fenomenología del alma puede revelar el primer compromiso de una obra. Rene Huyghe, en el bello prefacio que ha escrito para la exposición de las obras de Georges Rouault en Albi, dice: "Si hubiera que buscar por dónde hace explotar Rouault las definiciones..., tal vez tuviéramos que evocar una palabra un poco caída en desuso, a saber, alma". 

Y René Huyghe muestra que para comprender, para sentir y amar la obra de Rouault "hay que lanzarse al centro, al corazón, a la encrucijada donde todo toma su origen y su sentido: y encontramos de nuevo la palabra olvidada o reprobada, el alma". Y el alma—la pintura de Rouault lo demuestraposee una luz interior, la que una "visión interior" conoce y traduce en el mundo de los colores resplandecientes, en el mundo de la luz del Sol. Así, se exige una verdadera inversión de las perspectivas psicológicas al que quiere comprender, amando, la pintura de Rouault. Tiene que participar en una luz interior que no es el reflejo de una luz del mundo exterior; sin duda las expresiones de visión interior, de luz interior se reivindican con demasiada facilidad. 

Pero el que habla aquí es un pintor, un productor de luces. Sabe de qué foco parte la iluminación. Vive el sentido íntimo de la pasión de lo rojo. En el principio de tal pintura hay un alma que lucha. Semejante pintura es, pues, un fenómeno del alma. La obra debe redimir a un alma apasionada. Las páginas de René Huyghe nos confirman en la idea de que el hablar de una fenomenología del alma no carece de sentido. 

En muchas circunstancias, debe reconocerse que la poesía es un compromiso del alma. La conciencia asociada al alma es más reposada, menos intencionada que la conciencia asociada a los fenómenos del espíritu. En los poemas se manifiestan fuerzas que no pasan por los circuitos de un saber. Las dialécticas de la inspiración y del talento se iluminan si se consideran sus dos polos: el alma y el espíritu. A nuestro juicio, alma y espíritu son indispensables pata estudiar los fenómenos de la imagen poética en sus diversos matices, para seguir sobre todo la evolución de las imágenes poéticas desde el ensueño hasta la ejecución. 

En particular, estudiaremos en otra obra el ensueño poético como fenomenología del alma. El ensueño es por sí solo una instancia psíquica que se contunde demasiado frecuentemente con el sueño. Pero cuando se trata de un ensueño poético, de un ensueño que goza no sólo de sí mismo, sino que prepara para otras almas goces poéticos, se sabe muy bien que no estamos en la pendiente de las somnolencias. 

El espíritu puede conocer un relajamiento, pero en el ensueño poético el alma vela, sin tensión, descansada y activa. Para hacer un poema completo, bien estructurado, será preciso que el espíritu lo prefigure en proyecto. Pero para una simple imagen poética, no hay proyecto, no hace falta más que un movimiento del alma. En una imagen poética el alma dice su presencia. Y así un poeta plantea el problema fenomenológico del alma con toda claridad. Pierre-Jean Jouve escribe:
3 "La poesía es un alma inaugurando una forma". 

El alma inaugura. Es aquí potencia primera. Es dignidad humana. Incluso si la forma fuera conocida, percibida, tallada en los "lugares comunes", era, antes de la luz poética interior, un simple objeto pata el estudio. Pero el alma viene a inaugurar la forma, a habitarla, a complacerse en ella. La frase de Pierre-Jean Jouve puede tomarse como una clara máxima de una fenomenología del alma.

Puesto quo pretende ir tan lejos, descender a tanta profundidad, una encuesta fenomenológica sobre la poesía debe rebasar, por obligación de métodos, las resonancias sentimentales con las que recibimos más o menos ricamente —según que esta riqueza esté en nosotros o en el poema— la obra de arte. Aquí debe sensibilizarse la duplicación fenomenológica de las resonancias y de la repercusión. Las resonancias se dispersan sobre los diferentes planos de nuestra vida en el mundo, la repercusión nos llama a una profundización de nuestra propia existencia. En la resonancia oímos el poema, en la repercusión lo hablamos, es nuestro. 

La repercusión opera un cambio del ser. Parece que el ser del poeta sea nuestro ser. La multiplicidad de las resonancias sale entonces de la unidad de ser de la repercusión. Más simplemente dicho, tocamos aquí una impresión bien conocida de todo lector apasionado de poemas: el poema nos capta enteros. Esta captación del ser por la poesía tiene un signo fenomenológico que no engaña. La exuberancia y la profundidad de un poema son siempre fenómenos de la duplicación resonancia-repercusión. 

Parece que por su exuberancia el poeta reanima en nosotros unas profundidades. Para dar cuenta de la acción psicológica de un poema habrá, pues, que seguir dos ejes de análisis fenomenológicos, hacia las exuberancias del espíritu y hacia la profundidad del alma. Claro que —¿será preciso decirlo?— la repercusión, pese a su nombre derivado, tiene un carácter fenomenológico simple en los dominios de la imaginación poética donde queremos estudiarla. Se trata, en efecto, de determinar, por la repercusión de una sola imagen poética, un verdadero despertar de la creación poética hasta en el alma del lector. Por su novedad, una imagen poética pone en movimiento toda la actividad lingüística. La imagen poética nos sitúa en el origen del ser hablante. 

Por esa repercusión, yendo enseguida más allá de toda psicología o psicoanálisis, sentimos un poder poético que se eleva candorosamente en nosotros mismos. Después de la repercusión podremos experimentar ecos, resonancias sentimentales, recuerdos de nuestro pasado. Pero la imagen ha tocado las profundidades antes de conmover las superficies. Y esto es verdad en una simple experiencia del lector. Esta imagen que la lectura del poema nos ofrece, se hace verdaderamente nuestra. Echa raíces en nosotros mismos. La hemos recibido, pero tenemos la impresión de que hubiéramos podido crearla, que hubiéramos debido crearla. Se convierte en un ser nuevo en nuestra lengua, nos expresa convirtiéndonos en lo que expresa, o dicho de otro modo, es a la vez un devenir de expresión y un devenir de nuestro ser. Aquí, la expresión crea ser.

Esta última observación define el nivel de la ontología en la que trabajamos. En tesis general, pensamos que todo lo que es específicamente humano en el hombre es logos. No alcanzamos a meditar en una región que existiría antes que el lenguaje. Incluso si esta tesis parece rechazar una profundidad ontológica, nos debe ser concedida, por lo menos, como hipótesis de trabajo bien adecuada al tipo de investigaciones que perseguimos sobre la imagen poética. Así, la imagen poética, acontecimiento del logos, nos es personalmente innovadora. Ya no la tomamos como un "objeto". 

Sentimos que la actitud "objetiva" del crítico ahoga la "repercusión", rechaza, por principio, esta profundidad de donde debe partir el fenómeno poético primitivo. En cuanto al psicólogo, está ensordecido por las resonancias, y quiere describir sus sentimientos. Y en cuanto al psicoanalista, pierde la repercusión, ocupado en desenredar la madeja de sus interpretaciones. Por una fatalidad del método, el psicoanalista intelectualiza la imagen. Comprende la imagen más profundamente que el psicólogo. Pero, precisamente, la "comprende". Para el psicoanalista la imagen poética tiene siempre un contexto. Interpretando la imagen, la traduce en otro lenguaje que el del logos poético. Por lo tanto, nunca se puede decir, con más razón: "traduttore, traditore". 

Recibiendo una imagen poética nueva, experimentamos su valor de intersubjetividad. Sabemos que la repetiremos para comunicarnos nuestro entusiasmo. Considerada en la trasmisión de un alma a otra, se ve que una imagen poética elude las investigaciones de causalidad. Las doctrinas tímidamente causales como la psicología, o fuertemente causales como el psicoanálisis, no pueden determinar la ontología de lo poético: nada prepara una imagen poética, sobre todo no la cultura en el modo literario, ni la percepción en el modo psicológico. Por lo tanto, llegamos siempre a la misma conclusión: la novedad esencial de la imagen poética plantea el problema de la creatividad del ser que habla. Por esta creatividad, la conciencia imaginante resulta ser, muy simplemente, pero muy puramente, un origen. Al desprender este valor de origen de diversas imágenes poéticas debe abordarse, en un estudio de la imaginación, la fenomenología de la imaginación poética.

IV

Limitando de esta manera nuestra encuesta a la imagen poética en su origen, a partir de la imaginación pura, dejamos de lado el problema de la composición del poema, como agrupación de imágenes múltiples. En esta composición del poema intervienen elementos psicológicamente complejos, que asocian la cultura más o menos lejana y el ideal literario de un tiempo, y otros componentes que una fenomenología completa debería tener en cuenta. Pero un programa tan vasto podría empañar la pureza de las observaciones fenomenológicas, resueltamente elementales, que queremos presentar. 

El verdadero fenomenólogo tiene la obligación de ser sistemáticamente modesto. Por lo tanto, nos parece que la simple referencia a poderes fenomenológicos de lectura, que convierten al lector en un poeta al nivel de la imagen leída, supone ya un matiz de orgullo. Sería para nosotros inmodesto asumir personalmente una facultad de lectura que volvería a encontrar y resucitaría el poder de creación organizada y completa que integra el conjunto de un poema. Y menos aún podemos esperar llegar a una fenomenología sintética que domine, como creen lograr ciertos psicoanalistas, el conjunto de una obra. Es, pues, al nivel de las imágenes aisladas donde podemos "repercutir" fenomenológicamente. Pero precisamente este punto de orgullo, este orgullo menor, este orgullo de simple lectura que se nutre con la soledad de la lectura, lleva en sí un signo fenomenológico innegable, si se conserva su simplicidad. 

El fenomenólogo no tiene aquí nada que ver con el crítico literario que, como se ha observado con frecuencia, juzga una obra que no podría crear, e incluso según testimonio de las censuras fáciles, una obra que no querría hacer. El crítico literario es un lector necesariamente severo. Volviendo del revés como un guante un complejo que el uso excesivo ha desvalorizado hasta el punto de penetrar en el vocabulario de los estadistas, podría decirse que el crítico literario, que el profesor de retórica, que saben siempre y juzgan siempre, tienen un simplejo de superioridad. 

En cuanto a nosotros, aficionados a la lectura feliz, no leemos ni releemos más que lo que nos gusta, con un pequeño orgullo de lector mezclado con mucho entusiasmo. Mientras el orgullo suele desarrollarse por lo general en un sentimiento avasallador que pesa sobre todo el psiquismo, la punta de orgullo que nace de la adhesión a una dicha de imagen, es siempre discreta, secreta. Está en nosotros, simples lectores, para nosotros, únicamente para nosotros. Es un orgullo de cámara. Nadie sabe que revivimos, leyendo, nuestras tentaciones de ser poetas. 

Todo lector un poco apasionado por la lectura, alienta y reprime, leyendo, un deseo de ser escritor. Cuando la página leída es demasiado bella la modestia reprime ese deseo. Pero el deseo renace. De todas maneras, todo lector que relee una obra que ama, sabe que las páginas amadas le conciernen. Jean-Pierre Richard, en su hermoso libro Poesía y profundidad, escribe entre otros estudios uno sobre Baudelaire y otro sobre Verlaine. Baudelaire es puesto en relieve, precisamente porque, como dice el autor, su obra "nos concierne". 

De un estudio a otro, la diferencia de tono es grande. Verlaine no recibe como Baudelaire la adhesión fenomenológica total. Y así sucede siempre; en ciertas lecturas que nos simpatizan a fondo, somos "parte interesada" en la expresión misma. En su 77- tán Jean-Paul Richter dice de su héroe: 
"leía los elogios de los grandes hombres con tanto placer como si él hubiera sido el objeto de esos panegíricos".4 De todas maneras la simpatía en la lectura es inseparable de la admiración. Se puede admirar más o menos, pero siempre es necesario un impulso sincero, un pequeño impulso de admiración para recibir el provecho fenomenológico de una imagen poética. La menor reflexión crítica detiene este impulso, situando al espíritu en posición secundaria, lo cual destruye la primitividad de la imaginación. 

En esta admiración que rebasa la pasividad de las actitudes contemplativas, parece que el goce de leer sea reflejo del goce de escribir como si el lector fuera el fantasma del escritor. Por lo menos el lector participa en este júbilo de creación que Bergson da como signo de la creación misma.5 Aquí la creación se produce sobre el hilo tenue de la frase, en la vida efímera de una expresión. Pero esta expresión poética, aun no teniendo una necesidad vital, es de todas maneras una tonificación de la vida. El bien decir es un elemento del bien vivir. La imagen poética es una emergencia del lenguaje, está siempre un poco por encima del lenguaje significante. Viviendo los poemas se tiene la experiencia saludable de la emergencia. 

Es sin duda una emergencia de poco alcance. Pero esas emergencias se renuevan; la poesía pone al lenguaje en estado de emergencia. La vida se designa en ellas por su vivacidad. Esos impulsos lingüísticos que salen de la línea ordinaria del lenguaje pragmático, son miniaturas del impulso vital. Un microbergsonismo que abandonara la tesis del lenguaje-instrumento, para adoptar la tesis del lenguaje-realidad, encontraría en la poesía muchos documentos sobre la vida completamente actual del lenguaje. Así, junto a consideraciones sobre la vida de las palabras, tal y como aparece en la evolución de una lengua a través de los siglos, la imagen poética nos presenta, al estilo del matemático, una especie de diferencial de esta evolución. 

Un gran verso puede tener una gran influencia sobre el alma de una lengua. Despierta imágenes borradas. Y al mismo tiempo sanciona lo imprevisible de la palabra. ¿Hacer imprevisible la palabra no es un aprendizaje de la libertad? 
¡Qué hechizo tiene para la imaginación poética el evadirse de las censuras! Antaño, las artes poéticas codificaban las licencias. Pero la poesía contemporánea ha puesto la libertad en el cuerpo mismo del lenguaje. La poesía aparece entonces como un fenómeno de la libertad.
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1 Cf. Eugéne Minkowsky, Vers une cosmologie, cap. IX
2 Charles Nodier, Dictionnaire raisonné des onomatopées françaises, París, 1828, 3 p. 46. "Los diferentes nombres del alma, en casi todos los pueblos, son otras tantas modificaciones del aliento y onomatopeyas de la respiración."
4 Pierre-Jean Jouve, En Miroir, Mercare de France, p. 1 1.
5 Jean-Paul Richter, El Titán. Berlín, 1800-1803. Bergson, Lénergie spirituelle', p. 23.

¿Qué es La poética del espacio de Gaston Bachelard?

Es una obra filosófica y poética en la que Gaston Bachelard explora los espacios íntimos —la casa, la habitación, el rincón, el nido— como escenarios fundamentales de la experiencia humana. Lejos de entender el espacio como una magnitud geométrica, Bachelard lo concibe como un lugar vivido, cargado de memoria, afecto e imaginación. Cada espacio habitado se convierte en una imagen que estructura la subjetividad y revela cómo la intimidad se construye a partir de refugios simbólicos. La poética del espacio propone una fenomenología de la imaginación, donde habitar no es solo ocupar un lugar, sino soñar en él, recordar en él y reconocerse a través de sus formas silenciosas.


Una media de 1.132 al mes.
Un año muy duro para el pequeño comercio, con cifras récord de bajas, según datos de la UPTA (Unión de Profesionales y Trabajadores Autónomos)
Y no dejo de ver noticias así.
Locales de toda la vida que bajan la persiana.
En barrios, en pueblos, en ciudades.
Es algo que tenemos que tener en cuenta, a nivel individual, a nivel colectivo y a nivel Estatal.

Porque cada vez que cierra un comercio no solo desaparece un negocio.


Muere su historia.
Su vida.
Sus recuerdos.
Su legado.

MY FAMILY MY LOVE por Charlie Peacock



























🎨 El mundo contemporáneo atraviesa un evidente proceso de neutralización estética, en el que los tonos vibrantes están siendo sustituidos por el dominio absoluto del gris, el blanco y el negro. Esta transición refleja una búsqueda del minimalismo y la funcionalidad, pero acaba dando lugar a un entorno visualmente homogéneo que carece de la energía y la personalidad de épocas pasadas.
🏢 En la arquitectura urbana, la preferencia por paletas neutras en las fachadas de las viviendas tiene como objetivo facilitar la reventa y transmitir una idea de sofisticación industrial moderna. Esta estandarización, sin embargo, acaba eliminando la identidad cultural única que los colores específicos aportaban a cada barrio, transformando las ciudades en escenarios monocromáticos que parecen desconectados de la vitalidad local.
🚗 El sector automovilístico refleja esta tendencia global de forma acentuada, donde la oferta masiva de coches negros, blancos y plateados domina las calles por cuestiones de practicidad y reventa. La elección de colores sobrios se ha convertido en el estándar seguro de la industria, dejando el diseño creativo en un segundo plano y estandarizando el paisaje urbano de forma casi imperceptible a la vista cotidiana.
👕 En el mundo de la moda y los artículos de consumo, el estilo «limpio» se ha convertido en el sinónimo aspiracional de estatus y organización personal en todas las clases sociales. Esta reducción cromática se vende como una solución para simplificar la vida acelerada, pero el resultado es una uniformidad estética en la que la expresión individual acaba siendo sofocada por la norma vigente.
✨ Valorar el color es recuperar la capacidad de imprimir vitalidad y humanidad en un mundo que parece cada vez más adormecido por el gris técnico. Romper con este patrón monocromático no es sólo una elección estética, sino un acto de resistencia contra la pasteurización del entorno y una invitación a recuperar la emoción que sólo la diversidad cromática puede proporcionar.

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