EL Rincón de Yanka: SER

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domingo, 12 de julio de 2026

LIBRO "EL HOMBRE JUGANDO A SER DIOS": ¿CÓMO LUCHAR CONTRA LOS ADORADORES DE LA RELIGIÓN DEL ESTADO? por EMMANUEL RINCÓN

 
EL HOMBRE 
JUGANDO  A SER 
DIOS

¿CÓMO LUCHAR CONTRA LOS ADORADORES 
DE LA RELIGIÓN DEL ESTADO?

EMMANUEL RINCÓN

El hombre jugando a ser Dios se une a las crecientes filas de obras que desafían el mal ante nosotros. Ayudará a despertar a la gente antes que sea demasiado tarde. Y una vez más, como la gente sensata ha demostrado tantas veces antes, la libertad y el sentido común saldrán triunfantes de la Edad Media de la tiranía y el engaño. Dentro de un siglo, cuando sus bisnietos recuerden esta época, ¿cuál de estas dos cosas querría que dijeran de usted?
A) Cuando la luz de la libertad corría peligro de apagarse, mis antepasados tiraron la toalla, se acobardaron en un rincón, y por eso ahora vivo en la tiranía,
o B) En el momento en que el mundo más necesitaba hombres y mujeres con valor e integridad, mis antepasados se pusieron a la altura de las circunstancias, nos rescataron del abismo y por eso hoy soy libre. Si es una persona con conciencia, ya sabe la respuesta. Ahora hay que ponerse a trabajar.
Lawrence W. Reed
PRÓLOGO

Para un ciudadano sensato, el mundo en este momento parece tener cada vez menos sentido con cada día que pasa. Los valores que una vez apreciamos, que nos unían en una sociedad civil vibrante, se enfrentan a un bombardeo diario. Cosas ofensivas que nunca diríamos o haríamos hace una generación, se dicen y se hacen hoy con la intención de inflamar, denigrar y dividir. 
Las libertades que dábamos por sentadas -las libertades de pensamiento, expresión, prensa y religión- se están desvaneciendo rápidamente a medida que el Gobierno intrusivo y la cultura de la cancelación ganan terreno.

«Orwelliano» ya no es solo un adjetivo derivado de una obra de ficción de hace más de siete décadas; ahora parece describir algún nuevo aconteci­miento en nuestras vidas cada día. La propia historia se está reescribiendo para servir a las agendas políticas.

¿El mundo se está volviendo loco o es solo usted, o solo yo?

Emmanuel Rincón es un pensador serio. No observa las cosas en silencio. Las pone en contexto, las evalúa, las juzga por los frutos quedan y da la voz de alarma para que la civilización aún pueda salvarse. Este libro sostiene que sus sentidos no le engañan; el mundo se está volviendo loco, ante nuestros ojos.

El mal anda suelto. No te deprimas por este hecho, porque un espíritu derro­tista te desarmará fatalmente, y eso es precisamente lo que el mal quiere. Lo último que el mal espera es lo que el libro de Rincón trata de inspirar: una ciudadanía informada y deseosa de contraatacar con fuerza. No es inevitable que el mal gane, a menos que la gente buena se rinda.

La esencia del mal que combatimos es el engaño, y su enemigo mortal es la verdad. Lo que parece una locura es en realidad una guerra contra la verdad. Es un asalto ala razón, a la mente, a la propia naturaleza humana. Quiere que creamos el mito de que todo el mundo es una víctima o un opresor, que la libertad individual debe ser sofocada en favor del colectivismo y la concen­tración del poder político. Es una perspectiva profundamente reaccionaria y pesimista de la vida. 
Exige que nos callemos y nos conformemos con las manipulaciones de titiriteros corruptos que presumen de que el resto de no­sotros somos sus marionetas.
Como explica hábilmente Rincón, el mal, por un lado, nos insta a rechazar la creencia en el Dios tradicional, mientras que, por otro, eleva al Estado a la categoría de Dios. Este no es un engaño nuevo. De hecho, es tan antiguo como la Torre de Babel. A lo largo de los siglos, ha destruido una civilización, un imperio, una nación tras otra. De hecho, el progreso de la libertad humana solo llega cuando un pueblo reúne el valor y la integridad intelectual para lu­char contra el mal, con uñas y dientes.

En 1943, el mundo se vio inmerso en una terrible guerra que fue diseñada por hombres malvados -Hitler, Stalin, Tojo-, quienes creían saber cómo debían vivir los demás. Estos hombres tergiversaron la verdad para servir a sus fines, que justificaban los medios más atroces. Afirmaron ser los salvado­res de la humanidad, incluso mientras mataban a millones de personas. En medio de esa oscuridad, el aclamado autor británico]. R. R. Tolkien escribió una carta a su hijo Christopher. 
En ella, resumía una de las verdades más du­raderas del mundo, que resulta ser también el tema del libro de Rincón:

«...El trabajo más impropio de cualquier hombre, incluso de los santos (que al menos no estaban dispuestos a asumirlo), es mandar a otros hombres. Ni uno entre un millón es apto para ello, y menos aún los que buscan la oportunidad».

Siguiendo el espíritu del viejo refrán, «Siempre es más oscuro antes del amanecer», opto por creer que el «pico de locura» puede estar cerca. El hombre ju­gando a ser Dios se une a las crecientes filas de obras que desafían el mal ante nosotros. Ayudará a despertar a la gente antes de que sea demasiado tarde. Y una vez más, como la gente sensata ha demostrado tantas veces antes, la libertad y el sentido común saldrán triunfantes de la Edad Media de la tiranía y el engaño.

Dentro de un siglo, cuando sus bisnietos recuerden esta época, ¿cuál de estas dos cosas querría que dijeran de usted?

A) Cuando la luz de la libertad corría peligro de apagarse, mis antepasados tiraron la toalla, se acobardaron en un rincón, y por eso ahora vivo en la tira­nía, o..
B) En el momento en que el mundo más necesitaba hombres y mujeres con valor e integridad, mis antepasados se pusieron a la altura de las circunstan­cias, nos rescataron del abismo y por eso hoy soy libre.

Si eres una persona con conciencia, ya sabes la respuesta. Ahora ponte a trabajar.


Lawrence W. Reed
Presidente Emérito, 
Fundación para la Educación 
Económica Atlanta, Georgia

martes, 9 de junio de 2026

LIBRO "VIEJOS Y NUEVOS MUNDOS": 🌍🌎 AMÉRICA Y SU DUALIDAD por MARIANO PICÓN SALAS

 

El escritor merideño Mariano Picón Salas, analizó el devenir del continente americano y la dualidad identitaria que ha llenado las páginas de nuestra historia. Entendió como pocos, que el estudio del pasado es vital para avanzar como sociedad, viendo más allá de las acostumbradas tergiversaciones ideológicas de indigenistas e hispanistas radicales, cuya dicotomía genera un debate estéril que en nada contribuye a la construcción de una identidad firme y coherente.

Mariano Picón Salas: 
Historia útil para tiempos de coyuntura


MARIANO PICÓN SALES, fundador de la Revista Nacional de Cultura y de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Venezuela, Mariano Picón Salas es uno de esos escritores nacionales que todo venezolano y latinoamericano debería leer.


Guillermo Sucre, en el prólogo a una edición recopilatoria de Biblioteca Ayacucho (esa joya del pensamiento latinoamericano que fue posible gracias a la iniciativa de Carlos Andrés Pérez), titulada "Viejos y Nuevos Mundos", ya señalaba algunas de las implicaciones en la manera de escribir e historiar de Picón Salas. Con respecto a su decisión de suprimir los textos publicados antes de 1938 en una edición de sus Obras selectas en 1958, justificada en la observación de un abuso del “yo” en estos, Sucre desarrolla la opinión de que lo que le ocurre escritural y vitalmente a Picón Salas es un alejamiento de ese “yoísmo” inicial para dar paso a la persona. No se trata solamente, aclara, de un recurso estilístico (el uso del “nosotros” en lugar de “yo”), sino del nacimiento de un “sujeto imaginario” que para Sucre se encuentra en las “creaciones auténticas”, “en las que se borran los límites entre realidad e invención”. El viaje de la vida se torna también la aventura del descubrimiento y desciframiento de América. Su obra es la vida en su Mérida natal, la remota Caracas de comienzos de siglo XX, su exilio en Chile y Chile mismo, Perú, Brasil, Estados Unidos, México, Checoslovaquia, países desde los que observaba o participaba en el devenir político de su patria mientras los descubre y se descubre en ellos. En esa aventura de doble descubrimiento, el de los rostros que pululan por las ciudades y el de sí mismo como latinoamericano, y más aún como venezolano merideño, hay una correspondencia directa con su acercamiento a la Historia.

Para Salas, había que “ver, más allá de la Historia externa y de las fórmulas frecuentemente convencionales y mentirosas, lo que Don Miguel de Unamuno llamaba la intrahistoria, el oculto y replegado meollo de los hechos”, lo cual es, según él, “la tarea sutilísima del historiador”. Es decir, la Historia es también la vida de todos los días y no sólo (e)vocación libresca; una necesidad humana primordial, algo útil, esencial:

“Tanto como una fuente escrita son testimonios históricos para explicar contactos o formas peculiares de cultura, los instrumentos musicales del pueblo, el ritmo de sus canciones, los materiales de su casa o decoración, el estilo de su cocina. Que la historia nos sirva más; que concurra con sus datos para aclararnos problemas e interrogantes de cada día; que no sea tan sólo el tema del discurso heroico sino la propia vida y el repertorio de formas de la comunidad”. De este modo recomienda “completar siempre la Venezuela ya escrita en los Archivos y papeles viejos, con la que el emocionado caminador, el auténtico baquiano de la patria, descubre en un diálogo campesino, en una canción popular, en una de esas casas de provincia donde parece haberse detenido el tiempo”.

Es de este modo que en una de las bellas páginas de Comprensión de Venezuela Salas atrapa un fragmento del alma caraqueña. Teniendo en mente los momentos compartidos con su amigo Pedro Emilio Coll, escribe:
“Dentro de lo que puede llamarse nuestra tradición literaria, la auténtica nota caraqueña ─pensemos en Bolívar, en Pedro Emilio Coll, en Teresa de la Parra─ no es de ningún modo el tropicalismo estrepitoso, sino un arte más íntimo de sugestión, de prontitud metafórica y hasta de amable ironía que suaviza todo estruendo como las nieblas del monte Ávila templan desde el mediodía, la abierta y regocijada luz de este valle. El alma frecuentemente extrovertida del hombre costero y la seria intraversión de nuestro hombre serrano, parecen armonizarse en este clima medio, en la espontaneidad no exenta de discreta reserva, del caraqueño. Aunque la inmigración Antillana y el descuido de la escuela en corregir los defectos fonéticos, cada vez más frecuentes, están estropeando demasiado la lengua común, el caraqueño habla con gracia; una metáfora inesperada le sirve para reemplazar el más tranquilo proceso del pensamiento lógico. Y estos hallazgos del habla vernácula; casi lo que llamaríamos el surrealismo popular hecho de asociaciones y símbolos sorpresivos; ese arte de evitarse todo un discurso de Sociología con una anécdota reveladora, constituía, en gran parte, el encanto de charlar con Pedro Emilio Coll”.
La Historia no se puede comprender en su totalidad a través de los libros. Una enorme cantidad se escapa al historiador en la tradición oral, en el compartir con las personas que van tejiendo esas intrahistorias que la componen. Lo mismo nos mostraba José Rafael Pocaterra en sus Memorias de un venezolano de la decadencia: una historia siempre presente y viva en su extraordinaria experiencia.
Ahora bien, ¿para quién escribió la Historia Picón Salas? Directamente a nosotros, lectores del siglo XXI. En un momento tan desalentador como este, me parece más que oportuno citar y divulgar largamente estas palabras:

“Quizás los estallidos que frente a la voluntad de orden democrático siempre se produjeron en el país, sea también un sutil y complicado problema de cultura colectiva. En 150 años de vida independiente no hemos podido aprender todavía el buen juego de la política como se puede practicar en Inglaterra o en los países escandinavos. Hay que continuar civilizando la política como todas las actividades humanas, como el deporte, el amor o la cortesía. Hay que enfriar a los fanáticos que aprendieron una sola consigna, se cristalizaron en un solo ‘slogan’ y no se afanarán en comprender y discutir lo distinto para que no se les quebrante su único y desesperado esquema. Hay que sacar a muchas gentes de las pobres fórmulas abstractas que mascullan con odio y sin análisis, para que por un proceso fenomenológico (tan característico del pensamiento contemporáneo) definan el hecho y la circunstancia concreta. Hay que acercar nuestra Cultura no sólo al siglo XX ─que ya está bastante canoso─ sino al siglo próximo que emerge en la inmediata lejanía, con sus promontorios y cordilleras de problemas. Contra la idea de una catástrofe y una retaliación universal donde la sangre del hombre sería el combustible revolucionario, brota también de nuestra época una más humana esperanza. La Ciencia, La Técnica y sobre todo el fortalecimiento de la conciencia moral, puede ayudarnos a ganar las nuevas batallas y aventuras del hombre sin necesidad de ‘paredones’ y guillotinas. 

En un país como el nuestro, ya no sólo 8 millones de venezolanos que debemos ser en el momento, sino los muchos que seremos en el año 2000, podrían vivir en concordia, seguridad y justicia si nos dedicamos a la seria tarea de valorizar nuestro territorio; si trabajamos y estudiamos de veras, si aquel igualitarismo social que proclamó hace ya cien años la guerra federal se realiza en la educación para todos, en la equilibrada redistribución de la renta pública; en salvar por medio de la renta y de la seguridad social los tremendos desniveles de fortuna. Y sentir lo venezolano no sólo en la Historia remota y el justo respeto por los próceres que duermen en el panteón, sino como vivo sentimiento de comunidad, como la empresa que nos hermana a todos. El venezolanismo de nuestros hombres ejemplares ─de Bolívar, de Miranda, de Bello, de Simón Rodríguez, de Fermín Toro─ tampoco se quedó enclavado a la sombra del campanario, sino salió a buscar en los libros, las instituciones y caminos del mundo, cómo enriquecerse y aprender de la humanidad entera.

El país es hermoso y promisorio, y vale la pena que los venezolanos lo atendamos más, que asociemos a su nombre y a su esperanza nuestra inmediata utopía de concordia y felicidad”.

Este mensaje de vida y esperanza, como hubiese dicho Rubén Darío, nos sirve también para reconocer a aquellos que con sus antítesis históricas nos han llevado a la retaliación (nunca mejor dicho) en la que estamos. Ya señalaba Salas: 

“El engrandecimiento y tecnificación del país debe hacerse aun por encima de las guerras políticas y colisiones de credos e ideologías que tornaron tan áspera la Historia Universal de los últimos años”. Y el chavismo no se ha cansado de enrojecer al Estado venezolano, rechazando así a una inmensa cantidad de gente apta y con un gran amor por el país (a contracorriente de la supuesta verdad que ellos se inventan). Además, como veremos de inmediato, ha hecho tediosa y exactamente lo contrario a lo que Salas aconsejaba: 
“Conocer sin que el conocimiento se convierta, precisamente, en consigna política”.

Ociel Alí López, en su libro "Dale más gasolina" (publicado en 2015 por la Casa Bello) ha comparado las “hordas” chavistas con esa masa de desposeídos que, como señala Orlando Araujo, se mantuvieron en su condición después de la Guerra de Independencia y más tarde se sublevaron durante la Guerra Federal con el mismo resultado (pero esta vez dejando al país arruinado, como ahora). López también retoma otros antecedentes de odio similares, como este de Boves:

“El éxodo a oriente de 1814, es una de las máximas representaciones del terror. Pero más recientemente, el petróleo terminó de impulsar al pueblo en retaguardia a tomar las ciudades que permanecían en manos blancas y urbanizadas.

Lo que presentamos a continuación es un intento de construir otro enfoque para entender nuestra historia. La guerra interminable seguirá, pero ahora en los espacios que los europeos creían ‘pacificados’. Justo allí sale un zambo, vengador anónimo, que roba, secuestra y mata a decir de Humboltd. Caracas y las ciudades de calma terminan siendo ‘ciudades de despedida’”.

De ese espíritu de igualitarismo del que hablaba Salas al mencionar este surgimiento militar en los llanos venezolanos, López hace la fuente de un devastador resentimiento, con el cual justifica la violencia social que anualmente arrasa con la vida de miles de venezolanos de todas las clases sociales. Si esta es la escritura chavista, entonces el chavismo es toda esa abstracción que Salas advertía. Basándose en sus lecturas de Gramsci, de Baudrillard, etc., López quiere justificar hechos injustificables; en pocas palabras, celebrar el crimen y la violencia. Y lo hace destrozando ese pacto social que Salas llamaba “la conciencia de nuestro mestizaje conciliador”. Es la antítesis histórica de la cual debe surgir una tesis de país futuro y convivial.

Contra el pesimismo y la celebración de la anomia, Salas dejaba unas palabras desde las cuales valdría la pena pensar este hilo histórico en su relación al chavismo, la coyuntura actual y, por lo tanto, con su propia manera de entender la apropiación del pasado:

“La Historia no puede interpretarse sólo como antítesis, como alternancia de gloria y miseria, de premio o de castigo. El hecho histórico tiene una vibración infinitamente más amplia que la que le impone nuestro subjetivismo romántico. Y ver, por ejemplo, en Venezuela una época grandiosa y dorada a la que se opone en claroscuro una época negra, es una forma de ilusión, una metáfora. La turbulencia y la ilegalidad violenta de todo un período de nuestra historia no significa para nosotros, ninguna inferioridad específica en relación con cualquier pueblo americano o europeo, sino una explicable etapa de nuestro proceso social. Y aún podemos preguntarnos si esas revueltas que retardaron nuestro avance material no contribuyeron, desde cierto punto de vista, a solucionar o cuando menos a precipitar, la solución de otros problemas que sin ellas gravarían o complicarían más la vida venezolana”.

VER+:



Viejos y Nuevos mundos - MarianoPiconSalas.pdf by Deiller Leandro


domingo, 31 de mayo de 2026

¿LOS HOMBROS DE AMÉRICA O NUESTROS PROPIOS HOMBROS?: 💪🎭 DRAMA-COMEDIA SOBRE LA INMIGRACIÓN Y LA EMIGRACIÓN: ESPAÑA Y VENEZUELA

Primer montaje de "Los Hombros de América" 
de Fausto Verdial 
con dirección de Cabrujas. 
Fue en el Teatro Las Palmas. 

🎭

¿Los hombros de América 
o nuestros propios hombros?
"Los Hombros de América" nos ofrece una mirada al pasado, nos conecta con las experiencias de los inmigrantes con los desafíos contemporáneos del desarraigo de los emigrantes. Es una obra de resistencia, como la misma idea del teatro, que busca cuestionar el mundo en el que vivimos (convivimos) y reflexionar sobre los que se fueron y los que todavía luchan por un cambio. Héctor Manrique, en su discurso, expresó su deseo de que la obra sirviera de impulso para transformar la realidad, una esperanza que se mantiene viva a pesar de las adversidades".
LOS HOMBROS DE AMÉRICA es un canto a la memoria y la cultura, por los afectos que se fueron y los que se quedaron. Porque la Patria son todas aquellas personas que forman parte de tu historia.
Los hombros de América es una célebre pieza teatral escrita por el dramaturgo Fausto Verdial. Es una conmovedora comedia costumbrista sobre el exilio, la inmigración y el desarraigo.
La obra retrata la historia de dos familias españolas asentadas en Caracas en las décadas de 1950 y 1970. Su dinámica explora los contrastes entre quienes decidieron echar raíces en el país de acogida y quienes vivían esperando la muerte del dictador Francisco Franco para regresar a España.
En esta obra que narra la visión de dos españoles republicanos exiliados. Javier, un exilado republicano español que en noviembre de 1975 aguarda en Caracas la muerte de Francisco Franco para regresar a la madre patria y Manuel, también republicano exiliado que ha logrado insertarse en Venezuela, entendiendo que ésta es ahora su patria también. Así vemos confrontada estas dos visiones del exilio: aquel que sueña regresar y el que decide adoptar una segunda patria.

Es una comedia sobre costumbres de familias españolas que emigraron a Venezuela entre los años 50 y 60, pero profundamente conmovedora en la actualidad por el tema central y universal que es la inmigración y el desarraigo; sobre la gente que se va de su país y cómo hay unos que asumen como suyo la nación donde llegan y cómo otros viven siempre soñando con regresar de donde vinieron. En la trama, un español se ancla al país y se casa con una venezolana (Manrique) y el otro (Sciamanna) vino casado con una española esperando que Franco muera para regresar a su patria. Cuando eso sucede, tras ver la tragicomedia a la que se somete el personaje que añora regresar a España para poner las cosas en su punto y hacer justicia, a los 6 años se va y consigue un país totalmente distinto donde no se haya, termina siendo un hombre desarraigado en su propio país y, por ende, retorna a Venezuela.

Héctor Manrique señala que esta pieza de Verdial siempre tiene algo que decirle al país en distintos contextos y recalca la vigencia de la misma: “Cuando estrenamos en 1991 lo llamativo era lo pintoresco y picaresco del español de aquel entonces, pero ahora cuando ya un grupo numeroso de venezolanos ha emigrado, además de su contenido irónico y chispeante, la obra empieza a tener una conexión más profunda y conmovedora con el espectador, ya que eso que le sucedía a los españoles, portugueses e italianos, ahora es la tragedia que vivimos los venezolanos, ¿quién no tiene un amigo a familiar que se ha ido? Por eso creo que esta obra que escribió Fausto como un reglo a Venezuela en los 90, ahora tiene mayor vigencia en su contenido, antes era una obra de españoles para españoles, ahora es de un español para los venezolanos y eso la hace muy necesaria actualmente”.

Cabe destacar que se estrenó hace 33 años en el Teatro Las Palmas con Fausto Verdial, Tania Sarabia, Marisela Berti, Orlando Urdaneta, Martha Estrada y Héctor Manrique, con la dirección de José Ignacio Cabrujas y desde ese entonces se ha remontado con varios elencos en distintas etapas de Venezuela y con una entusiasta acogida del público.


Más de una vez he comentado cuánto me impresionó aquel comentario sobre la poca eficacia y compromiso del teatro en Venezuela, realizado por el director teatral Enrique León cuando tuve la oportunidad de estudiar con él.
Su señalamiento se refería a que no entendía por qué los directores en nuestro país se empeñaban en montar a los grandes clásicos u obras de autores que nos mostraban el invierno, las bajas temperaturas de sus países, los vestuarios de pieles y abrigos, las salas con chimeneas, los colores oscuros o los grises.
Con ello se dejaba al margen del escenario el colorido, producto del sol brillante que tenemos, lo cual habla no sólo de esa luz especial, sino de lo particulares que podemos ser.

Creo que aquella clase marcó no solo mi dramaturgia, sino la capacidad de ver nuestro país desde todo aquello que define lo que somos.
Esta reflexión, sobre la que insisto cada vez que tengo oportunidad, me sirve para explicar con certeza por qué la pieza teatral Los hombros de América de Fausto Verdial logra una conexión emocional con el espectador que va más allá de la risa fácil o del aplauso de pie del que suele abusar el público caraqueño.

El valor de esta obra, estrenada por primera vez en 1991 y cuya vigencia se mantiene intacta, es que todo cuanto hay en ella nos pertenece. Todo cuanto expresan estos personajes contiene la luz de nuestro sol, pero por si eso fuera poco, reconoce el encuentro de dos mundos que tanta fuerza tiene en nuestra sociedad. Un encuentro que desde el primer momento construye nuestra riqueza estructural como sociedad. 
¿Qué hubiera sido de nosotros, no sólo sin ese mestizaje originario, sino sin la fuerza migratoria que caracterizó los años 50 y que contribuyó de forma relevante a nuestro desarrollo con perspectivas y reconocimiento al compromiso y al trabajo?

He leído algunas opiniones de espectadores sobre este trabajo que se muestra en el Trasnocho Cultural de la mano de Héctor Manrique, quienes dicen que ver la obra en la actualidad te permite conectar con ella de manera diferente a cuando fue presentada por el nuevo grupo porque hemos pasado por un proceso de emigración. Hay algo de razón en ello, pero creo que en esa conexión existe el reconocimiento a la autenticidad de unos personajes que, en medio de sus sueños, ambiciones y desencuentros, nos hablan de lo que nos caracteriza y de las realidades que preñan el exilio.

Los hombres y mujeres que llegaron a nuestro país para el momento en el que nos ubica la obra tenían conciencia de las bondades del país que los acogía y su compromiso esencial tenía que ver con trabajar para ganar el dinero suficiente que les permitiera ahorrar y para dar a sus hijos la educación que consideraban necesaria. Javier, el personaje interpretado magníficamente por Luigi Sciamanna, nos habla de ello, del acento que te conecta con el lenguaje materno, con la tierra de origen, la inquietud ideológica, las ansias de superación para mejorar las condiciones familiares, pero también te habla de cómo tus angustias, prejuicios, creencias y posiciones radicales viajan con cada uno en su maleta y no importa a dónde vayas si no eres capaz de desprenderte de toda esa carga. Si no lo haces, no podrás iniciar una nueva vida en paz. Ese es un duro mensaje en el trasfondo de este personaje. El que no logra soltar las amarras y se mantiene sujeto al pasado, añorando lo que dejó, terminará por ser un desterrado emocional. Tal es el caso de Javier y su esposa, quienes cuando logran cumplir el sueño de regresar a España, descubren que ese no es el país que han tenido siempre en su pensamiento y deciden regresar a Venezuela.

Por el contrario, el personaje que interpreta Héctor Manrique (Manuel) nos habla de quien se va de su país consciente de la decisión que tomó y del reto que tiene por delante, conformado por el desprendimiento y, por otro lado, por la inserción en la sociedad que te acoge y te hace parte de ella. La tolerancia y el agradecimiento.
Si más allá de la risa que generan las diversas situaciones desmenuzamos el mensaje de la pieza, el mismo es para pensar.
Manuel y su familia esperan a sus viejos amigos con la certeza que les da la seguridad de haber elegido el camino correcto, lo cual abre el camino hacia eso que los seres humanos entendemos como felicidad.
Juntas ambas familias verán como nace una nueva generación que unirá las dos posiciones encontradas para seguir adelante.

Sin duda, este es un trabajo para no dejar de ver. El trabajo de dirección marca un elemento muy importante que es el trabajo de los personajes, tan bien construidos por el propio Manrique, Sciamanna, Nerea Fernández, Marielena González, Claudia Rojas y Pedro Borgo que terminan por ser totalmente creíbles.
La obra, resuelta a través de una puesta en escena bastante natural, nos permite entrar como curiosos a la casa de Manuel y su familia, en la que se desarrolla la mayor parte de la trama. La música de referencia de la época, el vestuario, los accesorios, nos ubican en la típica casa o apartamento de los emigrantes de esa época que poblaron diversas zonas de Caracas, en las que no había lujos, pero sí lo necesario para vivir con comodidad.

Regreso al comienzo de esta reseña: lo visto en el teatro del Trasnocho y la reacción del público no hacen más que confirmar aquella teoría de nuestras particularidades. No se quede al margen de reconocerse en ese escenario o en cualquier otro que apoye la dramaturgia venezolana, porque además nos ha tocado vivir etapas donde buscar las referencias para construir memoria es algo fundamental para alcanzar un futuro cónsono con lo que somos.

Fausto Verdial - Los Hombros De América by Gabriel Sulbarán


domingo, 10 de mayo de 2026

LIBRO "OCCIDENTE BIEN VALE UNA MISA": Por un resurgimiento judeocristiano en Europa por Éric Zemmour

OCCIDENTE 
BIEN VALE 
UNA MISA
Por un resurgimiento 
judeocristiano en Europa


«Una civilización es todo aquello 
que se aglutina en torno a una religión». 
André Malraux, escritor francés.
La decadencia europea y occidental no es solo demográfica, militar, técnica, económica, científica, comercial e industrial; es, ante todo, una cuestión filosófica. El periodista Éric Zemmour, una voz tan disidente como resonante en Francia, advierte de que Occidente sufre una colonización demográfica y cultural por parte del sur musulmán y africano; una conquista industrial a manos de la «fábrica del mundo» china; y un sometimiento tecnológico impuesto por el Silicon Valley estadounidense.
Este proceso afecta tanto a Francia como España, donde el olvido de sus raíces, el abandono de su cultura y de sus costumbres y el desprecio hacia su historia y sus grandes figuras han dejado a la nación indefensa, a merced de quien quiere vengarse de sus antiguos dominadores. El amor desmedido por el «otro» en detrimento de los suyos se ha revelado, antes que una ventaja, una debilidad mortal para el viejo mundo. España, al igual que Francia, debe recuperar su cultura, sus raíces y, ante todo, su religión si quiere sobrevivir.
Esta obra es un llamamiento a la resurrección identitaria y religiosa de Occidente en torno a sus raíces judeocristianas.
PREFACIO

La obra que tiene en sus manos nació como un artículo publicado en una revista estadounidense. Más tarde, tras ampliarlo y profundizar en él, aquel texto dio paso a un libro editado en Francia. Esa versión francesa se ha convertido hoy, para usted, en una obra en español; y mañana lo será en italiano, alemán, inglés, húngaro o polaco. 

Todos estos pueblos se han enfrentado duramente a lo largo de los siglos por medio de conflictos militares, pero también económicos, comerciales, financieros, intelectuales, científicos y culturales. Cada uno de ellos buscaba imponer su hegemonía en Europa y resucitar, en beneficio propio, el desaparecido Imperio romano de Occidente. 

Estos enfrentamientos no solo trajeron consigo guerras, muerte, destrucción, sufrimiento, odio y rencor, sino también una rivalidad, una competencia, un estímulo, que impulsó a cada pueblo a dar lo mejor de sí mismo. Todos se influyeron mutuamente. Para comprender la historia de cualquiera de estos pueblos, es imprescindible conocer la de los demás, hecho que demuestra su pertenencia a una misma civilización, la civilización europea, la civilización occidental, cimentada sobre los pilares comunes de la religión cristiana, el pensamiento griego y el orden romano. 

Esta civilización occidental posee otra seña de identidad única: ha sido ella la que, gracias a sus proezas técnicas y a su filosofía humanista y universalista, ha globalizado el mundo. 

Desde los veleros del siglo xvi hasta los buques portacontenedores de finales del xx —pasando por el tren, el avión, los satélites y los cohetes—, los occidentales han sido los artífices de derribar fronteras y descubrir tierras ignotas. Han aproximado física y culturalmente a los pueblos, unificado el planeta hasta convertirlo en un pueblo, desbrozado bosques y saneado marismas. También erradicaron epidemias, redujeron la mortalidad infantil, cultivaron tierras, abrieron rutas, levantaron fábricas y llevaron a cada rincón milagros como el agua corriente y la electricidad. Todo aquello que, no hace mucho y sin complejos, conocíamos simplemente como «la civilización». 

Por descontado, nada de esto se logró sin cañonazos, violencia, brutalidad, injusticias, expolio, destrucción, humillaciones e, incluso, exterminios. Y es que la historia no es una cena de gala, por parafrasear la célebre sentencia de Mao Zedong sobre la revolución. 

Cada uno de los pueblos europeos ha contribuido de alguna manera a esta obra colosal. Todos han desempeñado su papel. Cada cual ha vivido su momento de gloria y su etapa de relativo ocaso. La historia de Europa es una suerte de carrera de relevos en la que los pueblos se turnan para liderar la marcha antes de ceder el testigo al siguiente, y así sucesivamente.

España, al igual que Francia, lo ha vivido y sufrido todo. Conoció la hegemonía triunfante sobre Europa y el mundo en el siglo xvi, pero también el declive e incluso la decadencia del xix. Vivió la época del imperialismo fuerte y dominante («El imperio en el que nunca se pone el sol») y la época de la feroz defensa de su identidad (cuando a Napoleón le decían que los españoles defendían a su rey y a sus sacerdotes, sinceramente desconcertado, contestaba: «Pero, vamos a ver, ¿de qué se quejan? ¡Si les traigo el Código Civil!»). 

Pero, hoy, todos esos pueblos que antaño fueron tan belicosos se han vuelto pacíficos, e incluso pacifistas. Aquellas naciones antes imperiosas, conquistadoras y dominantes, son ahora tolerantes, cuando no temerosas. Todas las antiguas potencias coloniales se están convirtiendo, poco a poco, en pueblos colonizados: sufren una colonización demográfica y cultural por parte del sur musulmán y africano; una colonización industrial a manos de la «fábrica del mundo», china; y una colonización tecnológica impuesta por el Silicon Valley estadounidense.

Los pueblos europeos harían bien en reflexionar sobre la advertencia de Cioran (autor rumano que adoptó el francés como lengua literaria): «Mientras una nación está segura de su superioridad, es feroz y respetada; en cuanto deja de estarlo, se ablanda y deja de ser tenida en cuenta». 

La decadencia europea y occidental no es solo demográfica, militar, técnica, económica, científica, comercial e industrial; es, ante todo, una cuestión filosófica. 

El universalismo europeo y occidental —cimentado en el humanismo del pensamiento griego y en la fe católica (katholicos significa universal, y como dijo San Pablo: «Ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer»)— permitió al hombre blanco, occidental y cristiano conquistar el mundo. Sin embargo, hoy esa fuerza se está tornando en debilidad. Mientras el resto de las civilizaciones se han ido apropiando de las técnicas y conceptos de Occidente, ahora piden su revancha frente a su antiguo dominador. Lo hacen con una saña y un afán de desquite que los europeos suelen subestimar.

Pero, ante todo, lo hacen regresando a sus raíces, a su cultura y a su historia, despojándose de esa piel occidental que se habían visto obligadas a vestir bajo la presión de sus vencedores. 

El universalismo de los occidentales se convierte así en una debilidad mortal. España, al igual que Francia, ha llegado demasiado lejos en el olvido de sus raíces, en el abandono de su cultura y de sus costumbres, y en el autoodio y el desprecio hacia su historia y sus grandes figuras. En un amor desmedido por el «otro» en detrimento de los suyos. España, al igual que Francia, debe recuperar su cultura, sus raíces y, ante todo, su religión; en definitiva, su civilización, pues, como decía André Malraux: «Una civilización es todo aquello que se aglutina en torno a una religión». 

Este es el propósito de este libro: un llamamiento a la resurrección identitaria y religiosa de Occidente. El título Occidente bien vale una misa apela a toda Europa y a todo Occidente, y por tanto, de manera primordial, a España.

INTRODUCCIÓN

No soy católico. Ni siquiera cristiano. Crecí según la tradición judía de mis antepasados. Mi infancia transcurrió al ritmo del Sabbat y las festividades, entre melopeas orientales que se elevaban hacia las vidrieras sin rostro de la sinagoga, y una sucesión de ritos que mi mente asocia a exquisitos platos y deliciosos pasteles que mi madre preparaba con una destreza admirada por todos: mi numerosa y bulliciosa familia, que se apiñaba alrededor de la mesa familiar, y mis compañeros de clase, que se abalanzaban de manera voraz sobre aquellas pastas de nombres exóticos que yo les repartía a cuentagotas.

Mi contacto con el catolicismo era lejano y más bien superficial. Lo percibía en las fachadas cinceladas de las iglesias góticas que se alzaban con orgullo hacia el cielo en las calles de París o en los barrios de las afueras donde vivían mis padres. También en aquellos pocos sacerdotes con sotana que caminaban siempre deprisa, por razones que yo entonces no entendía; y en las monjas, con la mirada baja y una sonrisa discreta. A menudo, desde la ventana de mi casa, veía pasar a grupos de jovencitas vestidas de blanco que se dirigían felices a la iglesia para hacer la comunión. No me sentía en absoluto fuera de lugar. A los trece años, yo también celebraría un rito parecido al de esos niños católicos: por entonces, nuestras bar mitzvá eran presentadas por nuestros padres como una «comunión» o como la «mayoría religiosa». 

Me acerqué al catolicismo como me había acercado a Francia y, en realidad, como me he acercado a casi todo en este mundo desde que aprendí a leer: a través de la literatura. Hacia los trece años descubrí a Blaise Pascal. Por aquellos años, en el instituto estudiábamos dos de sus textos más famosos, los cuales ocupaban un lugar destacado en la edición de Lagarde-Michard dedicada al siglo xvii: por un lado, teníamos el de «el espíritu de sutileza y el espíritu de geometría» y, por otro, el de «verdad a un lado de los Pirineos, error al otro». 

Quedé entusiasmado, incluso deslumbrado: la limpidez del estilo, unida a la firmeza del pensamiento, me cautivaba por completo, me transportaba, me conmovía. Le pedí a mi madre que me comprara el volumen de Pensamientos de Pascal. Nunca se hacía de rogar para ese tipo de peticiones y se apresuró a adquirir una hermosa edición con tapa de cartón gris y dorado. Mi madre, que cuidaba hasta el más mínimo gasto cotidiano, hábito adquirido, sin duda, de la pobreza que vivió en Argelia, jamás me regaló un libro de bolsillo. Aún conservo esa edición, la cual releo regularmente con una delectación teñida de una invencible melancolía. 

Tras leer Los tres mosqueteros y Veinte años después, Las ilusiones perdidas y Esplendores y miserias de las cortesanas, había llegado a una edad en la que mi biblioteca personal no se limitaba a los libros juveniles de la Biliothèque verte: estaba creciendo. 

No obstante, Pascal tenía grandes adversarios: todos los autores del iconoclasta y libertino siglo xviii que lo atacaban, lo ridiculizaban y lo señalaban sin descanso. El pobre ni siquiera podía defenderse, y yo percibía claramente que la escuela había tomado partido: desde luego, no estaba del lado de Pascal. Voltaire, en particular, hacía gala de una formidable eficacia en su combate por «aplastar al Infame», como llamaba al catolicismo. Disponía de un arma poderosa: la risa; y el granuja insolente que yo era no supo resistirse a ella. Al parecer, no fui el único. 

(Voltaire) tuvo el funesto talento de poner de moda la incredulidad entre un pueblo caprichoso y afable. Damas de la alta sociedad e importantes filósofos se subían al púlpito de la incredulidad. Finalmente, se impuso la idea de que el cristianismo no era más que un sistema bárbaro, cuya desaparición no podía sino acelerar la libertad de los hombres, el progreso de las Luces, los placeres de la vida y la elegancia de las artes.

Sabré recordar esto: en Francia, siempre hay que tener de tu lado a los que ríen. 

Yo no era mejor que aquellos franceses del siglo XVIII. Estaba en la edad rebelde de la adolescencia, en la que uno se opone a todo, en especial a su padre; edad en la que renegamos de cualquier herencia o tradición. Fui adolescente durante los años setenta, y esa época me marcó profundamente: eran tiempos en los que se arrojaban por la borda los dioses y los sujetadores. Napoleón tenía razón al decir que «para comprender a un hombre, solo hay que fijarse en cómo era el mundo cuando tenía veinte años». 

Cumplí veinte años en 1978. Metía en el mismo saco de la vergüenza las tradiciones judías, que conocía bien, y el catolicismo, que apenas conocía: incluso antes de leer a Ernest Renan, había inventado mi propio «judeocristianismo». Sin un ápice de originalidad, vomitaba mis lecturas escolares y oscilaba entre el «dios relojero» de Voltaire y el «opio del pueblo» de Marx. Mantenía aireados debates con mi padre sobre Dios, la fe, la moral, la salvación tras la muerte y el vínculo entre el judaísmo y el catolicismo. Recuerdo que, por aquel entonces, el islam no era un tema de conversación. Mi padre se aferraba a una estricta línea defensiva que bloqueaba todos mis ataques: Dios entregó los Diez Mandamientos y la Torá a los judíos, y Jesús es uno de los grandes profetas judíos. Por esta razón, sí es cierto que fue el «hijo de Dios», porque «todos somos hijos de Dios». 

Estas afrentas no conducían a nada, o más bien, conducían a todo: afilaban mi mente y la educaban en la controversia. Eran también, sin duda, la forma más pudorosa que mi padre y yo encontramos, con las reservas que caracterizan a los hombres de mi familia, de decirnos que nos queríamos. Mi padre era de esos judíos sefardíes cuya mirada sobre el universo católico difería de la de nuestros correligionarios asquenazíes. Conocía bien el antijudaísmo cristiano, la hostilidad milenaria hacia el «pueblo deicida», así como el antisemitismo moderno, en particular en su expresión maurrasiana y vichysta. Me enseñó que Édouard Drumont y Max Régis, dos antisemitas notorios, fueron elegidos diputados por la pequeña población pied-noir de Argel, que no había aceptado que el decreto Crémieux elevara a la categoría de ciudadanos franceses a esos judíos harapientos que apenas acababan de salir del Mellah. Pero sus recuerdos no eran parciales ni selectivos. Conocía también —y muy de cerca— el antijudaísmo difuso y normalizado que reinaba en el mundo arabomusulmán donde nuestros antepasados vivieron durante siglos. 

Mi padre cubría de inventivas y sarcasmo el movimiento antirracista de los años ochenta, encabezado por numerosos judíos de izquierda procedentes del trotskismo. Les reprochaba su ingenuidad y su desconocimiento del mundo musulmán y del Corán. A diferencia de esos izquierdistas radicales, en su mayoría asquenazíes, a quienes maldecía, sin que yo supiera muy bien si lo que más le irritaba era su ideología o sus orígenes, él hablaba y entendía perfectamente el árabe. Recitaba de memoria suras y proverbios y pasaba largas noches junto a su padre compartiendo una botella de whisky y escuchando esa música oriental que conocían al detalle, interpretada con maestría por el violín de Sylvain, el padre de Enrico Macias.

Mi madre, por su parte, jamás olvidó ni perdonó el navajazo que su padre, oficial del ejército francés, recibió durante las revueltas de Sétif, su ciudad natal. Ella era la personificación de aquellos judíos argelinos que amaban a Francia con un fervor desmedido desde aquel día de 1830 en el que las tropas francesas entraron a Argelia entre los vítores de una multitud judía que las miraba con la devoción ciega que se tiene por un ejército de liberación. Un día, a un taxista que le preguntó insistentemente si era judía, mi madre le respondió con aplomo: «No, señor, soy israelita». Con esta incisiva afirmación, lo que mi madre quería transmitir es que ella pertenecía de manera deliberada a esa estirpe de franceses de confesión judía y patriotismo incandescente cuya divisa era «francés en la calle, judío en casa». No tenía gusto por las grandes palabras, y menos aún por las grandes ideas; prefería los actos a las teorías, las pruebas de amor a las declaraciones. Nos obligaba a quitarnos las kipás de la cabeza en cuanto salíamos de la sinagoga. Había comprendido y asimilado perfectamente, sin necesidad de teorizarlo, el espíritu mismo de la laicidad a la francesa, ese «deber de discreción» del que hablaría décadas más tarde, y en un contexto muy distinto, Jean-Pierre Chevènement. 

Blaise Pascal acabaría teniendo su revancha. Muchos años más tarde, retomé, de su mano, aquella iniciación al catolicismo que había dejado en suspenso. Un día volví a encontrarme con nuestro «genio aterrador» (Chateaubriand) al hojear un libro de retratos de los grandes escritores franceses. Estaba escrito con una pluma cuya concisa elegancia, tan típicamente francesa, me recordaba al brillante estilo del autor de Pensamientos. Fue entonces cuando descubrí a André Suarès. Su admiración sin reservas por Pascal me ayudó a comprender como nadie el alma profunda de Francia: «Los franceses, vayan o no a la iglesia, llevan los Evangelios en la sangre». Esa lección no la he olvidado. 

Continué con mis lecturas. Me sumergí entonces en el mundo de Racine, Chateaubriand y Joseph de Maistre. Más tarde, me adentraría en la Historia de los orígenes del cristianismo de Ernest Renan, quien se convertiría en uno de mis maestros del pensamiento, junto a Taine. El conservadurismo francés del siglo XIX remodeló mi manera de ver las cosas, mi mirada hacia la historia de Francia, de su pueblo, su grandeza y su declive. 

Además, gracias a los primeros vuelos chárter que pude adquirir a un precio bastante competitivo durante mi juventud, me enamoré de Roma, de sus callejuelas y de sus incontables iglesias. Siempre que podía, organizaba una pequeña escapada. Pasaba horas en aquellas iglesias sombrías, cuyo frescor me protegía del sofocante calor, contemplando sus vidrieras iridiscentes y sus majestuosas esculturas. Un amigo de aquella época me descubrió la música sagrada, los réquiems de Mozart y de Fauré, los stabat mater de Pergolesi o de Vivaldi, las cantatas de Bach y los Ave María. Mi alma vibraba al unísono de esas maravillas que me embriagaban de emoción. Aznavour, Brel, Brassens, Ferré y Ferrat, los Beatles y los Rolling Stones, a los cuales veneraba desde mis primeros años de juventud, ya no eran suficiente. 

Años después, mis artículos, mis libros y mis controversias televisivas me proporcionarían un público fiel, entre el cual se encontraría un gran número de católicos devotos. Siempre que organizábamos una reunión por alguna de mis obras, no faltaba un sacerdote con sotana que me bendijera. Me regalaban medallas sagradas de la Virgen María para darme buena suerte y yo me acordaba de mi abuela en su afán de protegerme contra el «mal de ojo»: estaba bien respaldada. Me daban las gracias afectuosamente: «Usted es el único que defiende la religión católica en la televisión, ¡y ni siquiera es usted católico!». 

Hace poco, tras vivir un tiempo en California, tuve la fortuna de conocer a profesores, intelectuales y editores con los que simpaticé. El director de una revista, First Things, me propuso escribir un artículo que intentara responder a la siguiente pregunta: «¿Cómo salvar el catolicismo en Europa?». Acepté encantado. No obstante, la redacción de dicho artículo, inevitablemente breve, me dejó con ganas de más. Quería entregarme a ello con más profundidad. Quería saber más sobre mí mismo, sobre nosotros mismos y sobre el futuro del catolicismo en Francia y en Europa. 

Por aquel entonces, yo estaba inmerso en la lectura de los Cahiers de Maurice Barrès —ese azar de lectura que, sin duda, no lo es— y anoté esta frase que podría hacer plenamente mía: 
«Me alineo con el catolicismo amenazado y lo defiendo porque soy patriota, en nombre del interés nacional… Arrancar el catolicismo de nuestra tierra sería sacudir todo nuestro edificio nacional, toda nuestra civilización. Entre el catolicismo y nuestra civilización ya no cabe distinguir». 

El papa Juan Pablo II dijo en una ocasión, refiriéndose a los judíos, que eran los «hermanos mayores en la fe» de los católicos. Devuelvo con mucho gusto el cumplido al santo padre. En Francia, el cristianismo es el hermano mayor del resto de religiones, incluso de los ateos. El cristianismo construyó Francia. En su célebre Historia de la decadencia y de la caída del Imperio romano, Edward Gibbon defiende que «los obispos construyeron Francia». Ellos «eran los consejeros del rey en todos sus consejos».

La Iglesia construyó a los reyes, quienes construyeron la nación, y esta, a su vez, dio lugar a la República. Francia sin el cristianismo deja de ser Francia. Y quiero seguir viviendo en Francia.

Salvar a Occidente: el reto de Eric Zemmour


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miércoles, 15 de abril de 2026

PARA CAMBIAR LAS COSAS, EMPECEMOS POR MIRARNOS A LA CARA por EMMANUEL LÉVINAS 👨👩


El principio de la filosofía en Emmanuel Lévinas: la responsabilidad por el ser del otro, expresado en el rostro. A veces sucede que creemos que el ser es el principio de la filosofía. Mas con ello no avanzamos mucho, pues “ser” puede decirse y tomarse en un muy diversos sentidos. ¿En que sentido concibe E. Lévinas al “ser”? En su último libro de filosofía -coherente con los anteriores- siguiendo las formas de filosofar de Edmundo Husserl y de Martín Heidegger, sus maestros, Lévinas concibió el ser no como ente, ni como naturaleza o totalidad de lo que es, ni como lo más indefinido, ni como Dios. Del ser se puede hablar al menos en cuatro sentidos:

1) La palabra “ser” puede tomarse como un sustantivo (el ser), o sea, como una cosa o sujeto que se es;
2) o bien como un verbo: como proceso, como un estar o ir siendo, como un irse haciendo; y Lévinas lo asume, en este segundo sentido, como punto de partida. O bien
3) como “secreto inteligible”, como lo que ilumina pero estando más allá de la lógica; como un ámbito inteligible que ilumina a los sustantivos y a los entes, pero sin reducirse a ellos pues, en este caso, perdería su misterio.
“Partiré del ser en el sentido verbal de esta palabra: no de los ´entes´ -cosas, cuerpos animados, individuos humanos- ni de la naturaleza que a todos ellos abarca, de una u otra forma, en su totalidad. Partiré del ser en el sentido verbal de la palabra, en el que se sugiere y entiende de algún modo como proceso, acontecimiento o aventura de ser...” (11, p. 9; Cfr. 30, p. 36).
“Es inteligible: se ubica como en su propia casa en su forma gramatical del verbo, sin significar estrictamente ni acto, ni movimiento... pero sin confundirse con la estabilidad puntual de una eternidad, completamente inmóvil, completamente distinto de su ´secreto inteligible´, que pierde al hallarse a plena luz y que ilumina a los sustantivos y a los entes”(11, p. 233; 12, p. 24-25).
O bien 4) existe una cuarta forma de ser: el “hay”. El hay es para Lévinas el fenómeno del ser impersonal: un ello que se da. El hay es la escena en donde se da el ser. Lévinas lo considera como un pre-concepto de ser; como lo anterior a la creación que no es ni Dios, ni la nada ni un ser donde acontece un ente determinado. Se trata de la idea de existencia sin existente aún, sin sujeto ni objeto determinados (26, p. 44; E. f. 16, p. 94). En este sentido, el ser rehusa la forma personal (L´être se refuse á la forme personnelle). La misma idea de ser es impersonal, y mal se puede aplicar a Dios (E, f. 16, p. 18). El ser aparece como lo que no tiene respuesta (L´être est sans réponse), que nos es extraño y nos choca (E. f., 16, p. 28).

Sin embargo, Lévinas se fue separando de la concepción heideggeriana del ser. Heidegger distinguía: 
a) el ser de b) los entes. El ser es fuente de claridad (Lichtung) y de ser para los entes: éstos son por aquél. No debemos olvidar que sin el ser no hay entes. El hombre es el único ente que habita en el ser y en éste se encuentra el sentido de los demás entes. Pero el hombre es un ente que aunque está abierto por el conocimiento al ser, está -según Heideggercerrado realmente hasta la muerte en sí mismo. El hombre de Heidegger “muere para sí” y es incapaz de morir por otro, de sentir compasión por los demás, es incapaz de ser humano y ser moral (11, p. 143, 202. 240).

La filosofía contemporánea rechaza comprometerse con el Otro; prefiere el saber indiferente e impersonal a comprometerse. El itinerario de esta filosofía es el de Ulises: una aventura que no es más que un retorno al yo, al egoísmo (12, p. 38).

El ser, como verbo, según Lévinas, es un acto o una actividad, que remite implícitamente a un sujeto que la realiza. Por ello, ser, en el sujeto humano, significa, para Lévinas, “de entrada preocuparse de ser” (11, p. 10). Esto ubica, también de entrada, a la filosofía de Lévinas, por su contenido, como una filosofía ética: el ser es preocupación moral del ser, esto es, del otro19; pero su método filosófico se encuadra en la fenomenología: “Pienso que, a pesar de todo, lo que hago es fenomenología”: descubrir dimensiones de sentido siempre nuevas20. Para ello utiliza el recurso del énfasis, de la hipérbole o de la exageración: no se contenta, por ejemplo, con constatar el hecho de ser; lo enfatiza y lo convierte en una responsabilidad; y a ésta la enfatiza hasta hacer del hombre un rehén del otro (13, p. 150, 153). 

“Ser”, en la filosofía de Lévinas, no significa un neutro o anodino ser, existir, estar por ahí; sino una responsabilidad por el ser del otro. Pero no se trata de una preocupación por ser uno mismo, por la propia identidad; sino por un preocuparse entendido como “consagrarse-a-otro”. Aquí es donde comienza lo humano propiamente dicho. “Decir: heme aquí. Hacer algo por otro. Dar. Ser espíritu humano es eso” (30, p. 91). La filosofía misma, para Lévinas -y en este punto está más cerca de Kierkegaard que de otros filósofos- no puede dispensarse de pensamientos des-equilibrados: la filosofía no es conocimiento seguro, respuesta satisfactoria, resultado probado. Todo esto pertenece a un psiquismo incapaz aún de “pensamientos en los que la palabra Dios tenga sentido”. La filosofía consiste en tratar con sabiduría ideas “descabelladas”, “en aportar una sabiduría al amor” (11, p. 97,130). La filosofía no es amor a la sabiduría (φ ι λ ο σ ο φ ι α), sino sabiduría acerca de que es amar (σ ο φ ι α τ ησ φ ι λ ι α σ).

Lévinas toma con gran seriedad la idea de que ser es “una preocupación por el otro llevada hasta el sacrificio, hasta la posibilidad de morir por él”. Ser o existir-para-otro es más fuerte que la amenaza de la muerte. La aventura existencial del prójimo importa al yo antes que la suya, y sitúa desde el inicio al yo como responsable de lo ajeno: esto hace al ser humano humano, elegido, único. El ser humano es un “fuera-de-sí-para-otro en el sacrificio o en la posibilidad del sacrificio, en la perspectiva de la santidad”(11, p. 10). El principio de la filosofía de Lévinas es entonces el prójimo. Aunque el reconocimiento del prójimo sea, según Lévinas, lo esencial del mensaje bíblico, esa interpretación de lo bíblico es de Lévinas: es la elaboración de su principio para su filosofía (30, p. 109). Su filosofía no es un existencialismo ni una fenomenologismo; más bien podría llamarse proximismo. 

“A la inteligibilidad como logos racional se opone la inteligibilidad como proximidad... La proximidad significa una razón anterior a la tematización de la significación por un sujeto pensante... una razón pre-original que no procede de ninguna iniciativa del sujeto, una razón an-árquica. Una razón anterior al comienzo... Transcendencia anterior a la certeza y a la incertidumbre, las cuales surgen dentro del saber” (22, p. 247). 

Lévinas comenzó asumiendo las exigencias de la fenomenología y del existencialismo en las que se analiza el existir humano; pero las trascendió: para él, existir no es simplemente comprender el ser en forma teórica, sino comprometerse en toda la actividad que se es. “Pensar ya no es contemplar sino comprometerse, estar englobado en aquello que se piensa, estar embarcado: acontecimiento dramático de estar-en-el-mundo” (11, p. 15. Cfr. 22, p. 264-265). Pero adviértase que el hombre es responsable por todo otro hombre, no porque él lo decide; sino porque esa debe ser su naturaleza: solo así es humano. 

“Somos responsables más allá de nuestras intenciones”. Ser-responsable, ser-responsabilidad es el principio ontológico de la filosofía de Lévinas: principio que fundamenta las consecuencias pero que él, en sí mismo, no posee fundamento: simplemente es. “Ser” es vivir humanamente; es ser responsable por el otro aunque yo no lo haya decidido ni querido. La filosofía implica una analítica de la alteridad, pero, ante todo, presupone la alteridad y se convierte en un manifiesto testimonial del Otro, que por respeto siempre se debería escribir con mayúscula, siendo su rostro un referente del Infinito. 

“El encuentro con el Otro es ante todo mi responsabilidad respecto de él. Este hacerse responsable del prójimo es, sin duda, el nombre serio de lo que se llama amor al prójimo, amor sin Eros, caridad, un amor en el cual el momento ético domina sobre el momento pasional” (11, p. 129). Eros es el amor que se convierte en goce, en placer, en sensualidad; por el contrario, ágape, caridad, es la responsabilidad respecto del otro. Mas dado que la palabra amor ha sido adulterada con el uso, Lévinas prefiere entonces hablar de “hacerse cargo del destino de los otros”. La justicia nace del amor; el amor debe vigilar siempre a la justicia.

SER COMO POSESIÓN EN LA COMPRENSIÓN Y, COMO ROSTRO, EN EL FUNDAMENTO DE LA ÉTICA

Es desde el otro, desde donde el ser humano es humano. El ser humano, en cuanto “ser vivo, no es solo un pensamiento confuso; sino que no es pensamiento en absoluto... La sensación no es sensación de algo sentido” (11, p. 28 y 63; 22, p. 80-81). El viviente, al sentir, no sabe lo que siente. Su vivir es un sentir sin saber: no es un pensamiento confuso. El ser vivo es intimidad, “conciencia sin conciencia” de sentirse, sin la claridad que se abre en el horizonte de la inteligencia que capta el ser en general y en él a los entes con sus límites históricos. La afectividad, por sí misma, sólo comporta “estados interiores, sin revelarnos nada acerca del mundo” (11, p. 58). 

El conocer nos permite pensar, sopesar; posibilita tomar distancia al yo respecto de la totalidad de las cosas que conoce (11, p. 29). Sentir es tener una conciencia sin exterioridad, una interioridad que no se capta como parte de un todo. “El pensamiento comienza cuando concibe la exterioridad más allá de su naturaleza viviente en la que está encerrada; cuando se convierte al mismo tiempo en conciencia de sí y en conciencia de la exterioridad que rebasa su naturaleza, cuando deviene metafísica” (11, p. 28-29). Con el pensar, por el cual el sujeto se ubica como una parte en una totalidad sin quedar absorbido en ella, surge también la libertad, y la posibilidad de concebir una libertad exterior a la suya: la libertad del otro. 

Mas el otro no es solo ni principalmente ente-objeto-de-comprensión. Si comprendemos al otro hombre solo desde nuestra apertura al ser y en su ser, entonces comprender es tomar posesión de él por el conocimiento; es reducirlo a un objeto de conocimiento. El objeto conocido pierde su independencia: es capturado como objeto.

El conocimiento aparece entonces como una violencia, como una posesión y “la posesión es el modo en que un ente deja de existir, resulta parcialmente negado” (11, p. 21)21. Mas a Lévinas le interesa poco una filosofía entendida como el amor a la sabiduría, si no es también sabiduría acerca de que es amar. Comprender es captar al otro en la apertura del ser en general, como un elemento del mundo en el que me enfrento como objeto y lo percibo en el horizonte de todo lo que es; lo domino dándole una significación y una cataloguización. Lo que es comprendido queda, como objeto, expuesto a las astucias de la inteligencia; es captado mediante la luz del ser en general y reducido a concepto.

Pero el pensamiento posibilita su superación máxima cuando advierte su propio límite que consiste en hacer un objeto de todo lo que conoce y piensa. Entonces la conciencia moral (que se inicia con el reconocimiento de este límite) es la condición del verdadero pensamiento humano, o sea, moral. Por ello, Lévinas puede afirmar: “El pensamiento comienza con la posibilidad de concebir una libertad exterior a la mía” (11, p. 31)22. El yo humano es aquel que, antes que toda decisión, ha sido elegido para soportar toda la responsabilidad del Mundo, aunque él no la haya buscado. “Ser yo es siempre tener una responsabilidad de más” (11, p. 78). La filosofía occidental, en la mayoría de sus autores, desde Sócrates a Husserl y Heidegger, ha sido un intento por comprender; mas, después de Auschwitz, Lévinas advierte que hay que superar esa finalidad. La filosofía debe pasar de ser amor a la sabiduría para convertirse en sabiduría acerca de que es amar al otro; y, para convertirse, solo así, en filosofía de la religión. El rostro: la expresión del encuentro con el otro.

El rostro es la expresión del encuentro con el otro, entendido como no-posesión del otro: es estar más allá del ser. No es otro modo de ser, sino otro modo distinto que el ser: algo totalmente distinto de la problemática del ser, la nada o los entes (ontología). Lévinas ya no estima que la filosofía deba comenzar por la ontología (o por un retorno al ser, como lo deseaba Heidegger) o por el análisis fenomenológico del ser (Husserl), o por la filosofía del lenguaje, sino por la ética que se expresa en el rostro. 

“Rostro, lenguaje anterior a las palabras, lenguaje original de rostro humano, despojado de la compostura que le aportan los nombres propios... Lenguaje original, llamada, ruego... mendicidad pero también imperativo que me obliga a responder del prójimo, a pesar de mi propia muerte; mensaje de la difícil santidad, del sacrificio; origen del valor y del bien, idea del orden humano en el mandato que se da al ser humano. Lenguaje inaudible, lenguaje inaudito... mandato... que ordena hacerme responsable del otro: más allá de la ontología. Palabra de Dios” (11, p. 266, 267; Cfr. 7, p. 75). 

En el rostro, la persona es toda su desnudez y se dirige a la conciencia moral de quien le está enfrente. Es persona porque no es reducible a un objeto de pensamiento: por ello también, solo lo absoluto (Ab-solutum: independiente) es persona (11, p. 36). “La verdadera esencia del hombre se presenta en su rostro” (7, p. 295), porque “el hombre está referido al hombre” (12, p. 94); el hombre es sujeto en cuanto originariamente está sujeto a los demás, en forma pre-original, anteriormente al ejercicio de su libertad (22, p. 222)23. El pensamiento encierra como en un retrato a lo que conoce; pero la persona que se expresa en un rostro presente, no se deja reducir a retrato. 

“La relación con el rostro no es conocimiento de objeto”(7, p. 98; 12, p. 45). La persona, la mía y la de los otros, es responsabilidad ante un rostro. La responsabilidad es lo que nos individualiza como personas (11, p. 134). Es cierto que “del hombre puede esperarse cualquier cosa” (11, p. 43), precisamente porque es libre; pero es humano solo cuando es responsable del otro, ante el rostro del otro y, por ello, se plantea la cuestión de la ética: “A este cuestionamiento de mi espontaneidad por la presencia del Otro, se llama ética” (7, p. 67).

“El rostro es la identidad misma de un ser” humano (11, p. 46). Por él se produce un acontecimiento totalmente diverso al que nos sucede con las cosas: aparece el cara a cara, que deja a ambas caras en la desnudez, en la indefensión. El rostro implanta la proximidad; mas la proximidad es encuentro cercano: no es la idea de proximidad. La proximidad no surge como una conciencia que parte del yo (del sí mismo, del yo mismo, de mi identidad: el yo es lo Mismo, la expresión de la conciencia de sí) y se dirige al Otro. 

La proximidad es un acontecimiento que despoja a la conciencia de su iniciativa y la descoloca de su reino de conocimientos y posesiones, para hacerla responsable aunque mi conciencia no lo haya decidido ni querido. Ante el Otro, el yo pasa a un segundo plano, a pesar de ser evidentemente primordial, idéntico, mi propiedad (11, p. 110). El tú cuestiona el yo, lo saca del sí mismo: lo despierta a la vida. Martín Buber ha afirmado que existe una simetría entre el yo y el tú, de modo que no hay yo sin tú y viceversa; pero para Lévinas, no existe moralmente tal simetría o reciprocidad: 
“La relación con el Rostro es la asimetría: en el punto de partida me importa poco lo que el otro sea con respecto a mí; para mí, él es ante todo aquel de quien yo son responsable”. No obstante hay un límite: el que amenaza al prójimo, el que apela a la violencia “no tiene ya Rostro”. Por ello, también hay un límite para el Estado, especialmente para el Estado totalitario donde las relaciones interpersonales no son posibles. No toda violencia es necesariamente injusta. La violencia, que realiza la justicia dentro del límite de la caridad, es legítima, lo que no significa que no hay que evitarla en la medida de lo posible.

Mas en principio, no debo preocuparme por la ética del otro, por la responsabilidad del otro como excusa para no ser yo responsable; en principio “todos somos responsables de todo y de todos, y yo más que los demás” (11, p. 130-131). El Otro inocente, en fin, tiene el primer plano. Es el punto de partida de la inteligibilidad y del ser de la vida humana (que es una vida ética): la misma filosofía es el discurso teorético que se inicia ante la radical responsabilidad por el otro que surge con el rostro humano. 

“El Rostro, con todo lo que el análisis puede revelar acerca de su significación, es el comienzo de la inteligibilidad. Bien entendido: toda perspectiva ética queda diseñada también de este modo; pero no puede decirse que esto sea ya filosofía. La filosofía es el discurso teorético” (11, p. 129). Desde la perspectiva bíblica, el creyente suspira por la luz del Rostro de Dios: “Signada está sobre nosotros la luz de tu Rostro, Señor”(Sal. 4,7; Cfr. 31,17). 

“Ilumine Yahvéh su Rostro sobre ti” (Núm. 6,25). El Rostro Dios es signo de vida (Prov. 16,15; Dn. 9, 17). El deseo de ver a Dios es quizás el deseo más profundo del creyente. Sin embargo, nadie puede ver el Rostro de Dios y vivir: El Rostro de Dios es inaprensible. Moisés pide ver a Dios, y Yahvéh le responde: 
“Yo te cubriré con mi mano mientras paso..., me verás de espaldas, pero mi Rostro no se puede ver” (Ex. 33, 22). 

El significado, lo que tiene sentido, no comienza con el ser impersonal. Lo significativo está en el rostro. El rostro aporta la “primera significación, instaura la significación misma en el ser, el lenguaje no sirve solamente a la razón, sino que es la razón”. En el cara a cara, “brilla la racionalidad primera, el primer inteligible”. De acuerdo con el principio del rostro -principio de la filosofía de Lévinas, principio de projimidad-, es necesario revisar toda la terminología filosófica para adecuarla a este principio25. Así, por ejemplo, la universalidad no es la característica o ser propio de un concepto abstracto, sino “la presencia de la humanidad en los ojos que me miran”; bondad, por ejemplo, significa “el Otro cuenta más que el yo mismo”; amar es “temer por otro, socorrer su debilidad” (7, p. 221, 122, 261, 266).

El prójimo es ante todo un rostro. 

El rostro polariza toda la persona. El rostro, con su expresión y sus nobles arrugas, es el mapa de una personalidad. Otros filósofos cristianos o judíos, como Martín Buber, han puesto la medida del amor en la expresión “Ama al prójimo como a ti mismo”, con lo cual se viene a significar que lo que más se ama es a uno mismo y el amor propio es la medida de todo otro amor. Lévinas, por el contrario, traduce la citada expresión hebrea como: 
“Ama a tu prójimo: eso eres tú mismo”, con lo cual el Otro -manifestado en el rostro- se convierte en la medida de mi amor y de lo que soy. La Biblia tiene sentido en su conjunto; ahora bien “la Biblia es la prioridad del otro con respecto a mí” (13, p. 154-155; Cfr. 12, p. 87- 88)26. 

Yo me debo al otro hasta el punto de sustituirlo para que no sufra injustamente. Lo que el otro pueda hacer de mí es asunto suyo. Lévinas aposta aquí, con Kierkegaard, a la ruptura con el triunfalismo del sentido común: en el aparente fracaso se alboroza un triunfo; el hombre de bien triunfa al sufrir su vida viviente, triunfa a la luz de su aflicción, sin esperar su triunfo en el futuro o en otro mundo (13, p. 183). 

En este contexto, “el único valor absoluto” es la posibilidad de otorgar a otro prioridad sobre uno mismo. Los valores no constituyen una entidad abstracta que hacen valioso al hombre, sino al contrario: “Lo concreto del Bien es el valer del otro hombre” (13, p. 237). Este el ideal de la humanidad, es un ideal de santidad. Aunque nadie logre quizás ser santo (Lévinas no posee una filosofía optimista a este respecto), esta santidad es un ideal incontestable. La libertad no es aquí el valor absoluto: la heteronomía es más fuerte que la autonomía (11, p. 135, 140).

¿De los otros al Otro Infinito?

La desnudez del rostro es un sustraerse al contexto del mundo, donde se hallan las cosas. El rostro es el despojo total, “la pobreza de la ausencia que constituye la proximidad de Dios”: la huella de Dios. El rostro es la única huella que no hace inmanente lo trascendente: “Huella significa más allá del ser” (12, p. 56).

La huella no es un signo como cualquier otro. Un signo está compuesto de un significante sensible (un sonido o imagen, por ejemplo) y un significado (una idea, algo entendido) y está hecho con la expresa intención de significar. La huella, en cambio, “significa al margen de cualquier intención de significar”, sucede como quien deja la huella al borrar sus huellas. Requiere -el detective de lo religioso lo sabe- un esfuerzo especial de interpretación, pues la huella no es un signo directo, una imagen o copia de quien la dejó: es más bien la presencia no intencional de una ausencia absoluta. El rostro no es una máscara, algo concreto, sino un punto de referencia hacia la persona que se presenta. La persona no es el rostro, es más abstracta o profunda que el rostro, si a éste se lo desea entender como un dato bruto de los empiristas. El rostro hace presente y, sin embargo, la deja ausente a la persona. 

La relación con los demás es el comienzo de lo inteligible: un ser humano no entiende nada de lo humano si no comienza por entender esto. No puede describir la relación con Dios sin hablar de lo que me compromete con respecto a otro. 
“No se trata de una metáfora: en el otro se da la presencia real de Dios”. 

El otro ciertamente no es Dios, sino que en su rostro se escucha la palabra de Dios, como para los cristianos se lo recuerda el capítulo 25 del Evangelio de Mateo (11, p. 135; 12, p. 40). El rostro está más allá de la ontología: es palabra de Dios (11, p. 267), el inicio de la filosofía de la religión, entendida de otro modo que como búsqueda del ser o amor del ser o al ser. En este punto, Lévinas se muestra como seguidor de Platón, pero como un Lévinas que comienza donde Platón termina su discurso. La Idea del bien remite a Alguien, el Bien, que es el verdadero objeto de la filosofía. No se ama a una idea: 
se ama a Alguien. Habrá que buscar “...Más allá de la sabiduría del conocer, la sabiduría del amor o la sabiduría en forma de amor. Filosofía como amor al amor. Una sabiduría que se aprende en el rostro del otro hombre. 
¿No era esto lo que anunciaba el Bien más allá de la esencia y por encima de las Ideas en el libro IV de la República de Platón? Un bien con respecto al cual aparece el ser mismo. Un Bien al cual debe el ser la claridad de su manifestación y su fuerza ontológica. Un bien en vista del cual ´hace toda alma cuanto hace´(República, 505 e)” (11, p. 268).

El rostro del otro es la metáfora que implanta “una nueva racionalidad, más allá del ser”. Racionalidad del Bien superior a toda esencia. Inteligibilidad de la bondad (11, p. 276, 279). Cuando pensamos que yo soy yo, él es él, somos seres ontológicamente separados; somos sinceros, pero falta la percepción y la perspectiva ética. Entonces podemos responder como Caín: 
¿Acaso soy el guardián de mi hermano? 

“Aquí el Rostro del Otro se toma por una imagen entre otras imágenes, la palabra de Dios de la que es portador, resulta ignorada” (11, p. 136; 12, p. 12). Pero la “semejanza de Dios se manifiesta en el tú y no en el yo. El movimiento que nos lleva al prójimo nos lleva también a Dios” (32, p. 91). Se podría decir que Lévinas vive en Dios, cuenta con el, tiene fe; pero Dios no es objeto de prueba lógica. No cree en un Dios término de un silogismo: 
es este sentido Dios es improbable y su rostro inaprensible. A Dios se lo encuentra en el rostro del prójimo que nos lleva a Dios. Dios, misterio infinito, está en el misterio del prójimo. El Infinito me viene a la idea en la significación del rostro: 
“El rostro significa el Infinito” (30, p. 97). Pero el Infinito o Dios nunca aparece como tema, como objeto explícito de conocimiento, sino como exigencia ética. El rostro “procede enigmáticamente del Infinito y de su pasado inmemorial”. 

Se da una alianza entre la pobreza del rostro (que con sus marcas señala el paso irremediable del tiempo) y el Infinito que se me manifiesta “a mi responsabilidad antes de todo compromiso por mi parte”. 20. Lo infinito es alteridad inasible; es diferente respecto a todo lo que “se muestra, se señala, se simboliza, se anuncia y se rememora”; es diferente respecto a “todo lo que se presenta y representa”. 

“La relación con lo Infinito no es conocimiento sino proximidad”. Es deseo, o sea, un pensamiento que piensa infinitamente más de lo que piensa, pero que no puede encarnarse en lo deseable, sino siempre en un más allá de... (11, p. 75). A la idea de infinito no le corresponde lo infinito real; es una idea que no se realiza: le corresponde, en el hombre, sólo el deseo de lo infinito (12, p. 47- 48). Pero la relación con lo Infinito no es de proximidad directa ni cercana, ni visible, ni representable con Él mismo. Nos acercamos a Dios en la medida en que nos acercamos a los otros. 

“Entre el Yo y el Él absoluto se inserta un Tú”. Lévinas asume, de este modo, desde su filosofía, el pensamiento bíblico: Conociendo al afligido y al menesteroso es como se lo conoce a Él (Jeremías 22, 16).

La relación con el Infinito resulta ser una relación de amor, pero mediada, mediatizada por el amor al tú, a los otros, sin que el yo lo haya decidido. “Amor significa, ante todo, acoger al otro como un tú” (11, p. 83). El yo despierta al amor gracias al Otro, al Extranjero, al Apátrida, es decir, al prójimo. Lévinas utiliza la mayúscula para referirse al prójimo; porque éste, sobre todo por su carácter de indefensión, es como la huella que nos acerca a Dios. El Otro toma el primer lugar. 

Es a partir del Otro que mi mundo comienza a ser racional y comienza a ser universal, esto es, más extenso que yo mismo. “El Otro como lo absoluto es una trascendencia anterior a toda razón y a lo universal, porque es, precisamente, la fuente de toda racionalidad y de toda universalidad”. 

Amar es la libre “sustitución de mí por el otro”; es la expiación, mediante el sufrimiento, de las faltas del Otro. Esto es ser humano: ex-posición al Otro. Es así como el ser humano adquiere su esencia; pero “esencia” no significa un ser abstracto, sino un ser, una actividad. La esencia es el acto de ser, por ello Lévinas la llama “essancia” (del esse latino, o acto, acontecimiento o proceso de ser). 

El Otro es un rostro que debe ser amado, esto es, del cual debemos hacernos cargo. El Otro no es un objeto de mutuo conocimiento y posesión. De los otros hombres, pues, al Otro. Dios no se manifiesta - como en la mejor de las interpretaciones podría esperarse de Hiedegger- sobre la base de una inteligibilidad anónima y neutra (la apertura del ser y al ser), “a la que se subordina la revelación de Dios” (11, p. 142). Dios se manifiesta más allá del ser: en la relación con los otros, en el alimentar al que tiene hambre y vestir al que está desnudo. Heidegger no teme a los demás ni a Dios, es decir, no se siente responsable por ellos.

VER+:


Cada rostro -cada persona- frente a nosotros nos impone una responsabilidad infinita de cuidado. No es una regla social o religiosa: es una llamada instantánea e intuitiva que nos sobrepasa y que no podemos negar.
Entonces, si queremos cambiar las cosas, empecemos por mirarnos a la cara.  



Levinas Emmanuel - De Otro Modo Que Ser o Más Allá de La Esencia by Lucía Bonilla


Levinas Emmanuel - La Huella Del Otro by NoEs Barrera