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jueves, 10 de septiembre de 2026

LIBRO "EL CAMPAMENTO DE LOS SANTOS" (EL DESEMBARCO) por JEAN RASPAIL: SER ES DEFENDERSE


EL  CAMPAMENTO 
DE  LOS  SANTOS
EL  DESEMBARCO

JEAN RASPAIL


Se acaba la era de los mil años. Ya salen las naciones 
que están en los cuatro lados de la tierra 
y que abundan tanto como la arena de los mares. 
Partirán en expedición por la superficie de la tierra, 
ocuparán el Campamento de los Santos y la muy amada Ciudad.
Apocalipsis 20, 7-9

Podríamos buscar juntos un nuevo estilo de vida 
que permitiera la existencia de ocho mil millones 
de seres humanos que se calcula poblarán el planeta en el año 2000. 
De lo contrario, no hay suficientes bombas atómicas 
que puedan contener el maremoto constituido 
por los miles de millones de seres humanos que, 
intentando sobrevivir, partirán un día de la patria meridional 
y pobre del mundo para irrumpir en los espacios 
relativamente abiertos del rico hemisferio septentrional. 
H. Boumedienne, presidente de Argelia (marzo de 1974) 

La pregunta es ahora: ¿cómo vamos a inventar 
un modo de relación pacífico con un grupo importante 
que ya forma parte del Estado francés, 
que tiene derecho a ser lo que es, puesto que se trata 
de una situación de hecho que hemos acepado y querido? 
¿Cómo vamos a inventar modos de coexistencia 
dentro de Francia que posibiliten tal cohabitación 
dentro del amor y el respeto de la libertad de cada cual? 
Es ésta una de las tareas de las generaciones venideras. 
Cardenal Lustiger (abril de 1984)
En esta profética novela, escrita a principios de los 70, el autor nos plantea un dilema de gran actualidad y que resuelve él mismo con una trama predeterminada por la decadencia ideológica de Occidente. 
¿Qué pasaría si un millón de indios arribasen al unísono a las costas europeas?
Un domingo de Pascua, al anochecer, cien navíos herrumbrosos zarpan de un muelle del Tercer Mundo con un millón de hambrientos a bordo. No portan armas. No quieren conquistar. Solo anhelan un futuro mejor.
Mientras la flota cruza el mar rumbo a Europa, Occidente contempla paralizado el espectáculo. Los gobiernos se reúnen sin decidir, los obispos predican misericordia, los periodistas celebran el acontecimiento, los militares aguardan órdenes que nunca llegan. Solo unos pocos intuyen que lo que está en juego no es una frontera ni una política: es la supervivencia de la sociedad en la que viven.
Con la fuerza de una parábola bíblica y la precisión de un cronista, Jean Raspail planteó las preguntas que Occidente no se atreve a responder: si tiene derecho a defenderse, y si siquiera lo desea. Medio millón de ejemplares después, sigue siendo la novela más incómoda y más lúcida sobre el porvenir de Europa.

En su obra más conocida, "El desembarco, publicada en 1973", Raspail predice el colapso de la civilización occidental como consecuencia de una abrumadora ola de inmigración del Tercer Mundo. El libro ha sido traducido al inglés, alemán, español, italiano, afrikáans, checo, neerlandés, polaco y portugués, y desde 2006, se estima que han sido vendidas más de 500,000 copias. En un artículo coescrito en 1985 para la revista Le Figaro, Raspail reiteró los puntos de vista dados en esta novela, afirmando que “la proporción de la población inmigrante no europea de Francia seguiría creciendo, y esto a su vez pondría en peligro la supervivencia de los valores, la cultura y la identidad francesa”.
Raspail fue candidato a la Academia Francesa en el año 2000, por lo cual recibió la mayoría de los votos, pero finalmente no obtuvo los votos requeridos para la elección al puesto vacante de Jean Guitton.
Criticó la política de inmigración francesa en un artículo para la revista Le Figaro publicado el 17 de junio de 2004 con el título La patria traicionada por la República. El artículo fue demandado por la Liga Internacional contra el Racismo y el Antisemitismo por “incitación al odio racial”, pero el tribunal rechazó la acción el 28 de octubre de ese mismo año.

«El verdadero valor de la novela no está en adivinar acontecimientos, sino en conmovernos al mostrar cómo se adaptan las liturgias y las almas cuando colapsa una civilización superior» (Kiko Méndez-Monasterio, del prólogo).
«La clave no estriba tanto en exponer una invasión; lo que expone, más bien, representa una capitulación. Y las capitulaciones rara vez se producen porque el enemigo sea invencible: se producen porque el capitulado ha dejado de creer que merezca la pena resistir» (Miguel Ángel Quintana Paz, del epílogo).

PREFACIO 
A LA TERCERA EDICIÓN FRANCESA (1985)

Publicada por primera vez en 1973, esta novela anticipa una situación que actualmente resulta plausible y constituye una amenaza cuya eventualidad ya a nadie le parece inverosímil: describe la invasión pacífica de Francia, luego de Occidente, por el tercer mundo convertido en multitud. En todos los ámbitos — conciencia universal, gobiernos, equilibrio de civilizaciones y, sobre todo, en el fuero interno de cada cual— se plantea la misma pregunta, pero demasiado tarde: ¿qué hacer? ¿Qué hacer, puesto que nadie puede renunciar a su dignidad de hombre a costa de consentir el racismo? ¿Qué hacer, puesto que, al mismo tiempo, cualquier hombre —y cualquier nación— tiene el derecho sagrado de preservar sus diferencias y su identidad en nombre de su futuro y de su pasado? 

Nuestro mundo se ha constituido en medio de una extraordinaria diversidad de culturas y razas que sólo han podido desarrollarse, a menudo hasta la última y particular perfección, mediante una necesaria segregación de hecho. 

Los enfrentamientos que de ello se derivan y que siempre se han derivado no son enfrentamientos racistas —y ni siquiera raciales. Forman parte simplemente del movimiento perpetuo de las fuerzas que, oponiéndose, forjan la historia del mundo. Los débiles se eclipsan, después desaparecen; los fuertes se multiplican y triunfan. El expansionismo occidental, por ejemplo, desde las Cruzadas y los grandes descubrimientos terrestres y marítimos hasta la epopeya colonial y sus últimos combates de retaguardia, obedecía a diversos motivos —nobles, políticos o mercantiles—, pero en los cuales el racismo no ocupaba ningún lugar y no desempeñaba ningún papel, salvo quizás entre las almas viles. La correlación de fuerzas estaba a nuestro favor, esto es todo. Tanto si se aplicaba las más de las veces en detrimento de otras razas —aunque algunas de ellas fueron salvadas de su adormecimiento natural—, dicha correlación sólo era la consecuencia de nuestra sed de conquista: no un motor y ni siquiera una coartada ideológica. 

Hoy, cuando la correlación de fuerzas se ha invertido diametralmente y nuestro antiguo Occidente, trágicamente minoritario en esta tierra, refluye tras sus murallas desmanteladas y ya está perdiendo batallas en su propio territorio; hoy, cuando Occidente empieza a percibir, asombrado, el sordo estruendo de la formidable marea que amenaza con sumergirlo, es preciso acordarse de lo que anunciaban los antiguos relojes solares: 
«Es más tarde de lo que crees...». Esta última referencia no ha surgido de mi pluma. La escribió Thierry Moulnier a propósito, precisamente, de El desembarco. Perdóneseme por citar otra referencia, la del profesor Jeffrey Hart, de la universidad de Princeton, cronista literario y célebre columnista estadounidense: «Raspail no escribe sobre la raza: escribe sobre la civilización». 

El desembarco es, por lo demás, un libro simbólico, una especie de profecía bastante brutalmente puesta en escena con los medios de que disponía, pero al ritmo de la inspiración, pues si un libro me ha sido alguna vez inspirado, tengo que confesar que ha sido exactamente éste. 
¿De dónde diablos hubiera podido, si no, sacar la fuerza de escribirlo? De ese trabajo de dieciocho meses salí, por lo demás, irreconocible, a juzgar por la foto de contraportada de la primera edición de 1973: un rostro agotado que aparentaba diez años más de los que tengo ahora, y cuya mirada era la de alguien al que han atormentado demasiadas visiones. Y, sin embargo, lo que en este libro correspondía a mi verdadera naturaleza era, precisamente, el mucho humor que también se desgrana en él: un buen humor hecho de ridiculización, en que lo cómico aparece bajo lo trágico, con una cierta dosis de bufonería como antídoto del apocalipsis. 

Siempre he sostenido que, pese a su tema, esta novela no es un libro triste, y estoy agradecido a quienes como Jean Dutourd, en particular, así lo han comprendido: «Como nuestro Occidente se ha convertido en un payaso, su tragedia final bien pudiera ser una enorme payasada. Es por ello por lo que este libro terrible es, en el fondo, tan cómico». Para volver a la acción de El desembarco, si ésta constituye un símbolo, no pertenece a la utopía, o, mejor dicho, ya ha dejado de pertenecer a la utopía. Si profecía hay, hoy estamos viviendo sus primicias. 

Simplemente, en El desembarco esta profecía es tratada como una tragedia a la antigua, con unidad de tiempo, lugar y acción: todo sucede durante tres días en las costas del sur de Francia, donde queda sellado el destino del mundo blanco. Siguiendo mecanismos que desde 1973 se describían, por lo demás, en esta novela (boat people, radicalización en Francia de la comunidad magrebí y de otros grupos alógenos, gran acción sicológica de las ligas humanitarias, exacerbación del evangelismo entre los responsables religiosos, angelismo de las conciencias, negativa a encarar la realidad, etc.), el proceso está, en la realidad, muy avanzado, pero el desenlace no estallara en tres días, sino que lo hará, casi con toda seguridad, después de numerosas convulsiones acontecidas en las primeras décadas del tercer milenio —apenas dentro de una o dos generaciones. 

Cuando se sabe lo que representa hoy una generación en nuestros viejos países europeos —generación «ahí-me-las-den-todas», a imagen de la familia «ahí-me-las-den-todas» y de la nación «ahí-me-las-den-todas»—, a uno se le rompe el corazón y le embarga el desaliento. Basta pensar en las terribles previsiones demográficas para los próximos treinta años, y las que voy a citar nos son las más favorables. Cercados en medio de siete mil millones de hombres, se hallan setecientos millones de blancos, apenas un tercio de los cuales —y poco frescos, muy envejecidos— se encuentran en nuestra pequeña Europa, teniendo frente a ellos, al otro lado del Mediterráneo y procedentes del resto del mundo, una vanguardia de cerca de cuatrocientos millones de magrebíes y musulmanes, el cincuenta por ciento de los cuales tiene menos de veinte años. 

¿Cabe imaginar un solo instante, y en nombre de qué política de avestruz, que se pueda sobrevivir en medio de tal desequilibrio? Hablando de ello, ha llegado ahora el momento de explicar por qué, en El desembarco, son masas humanas procedentes del lejano Ganges y no de orillas del Mediterráneo las que invaden el sur de Francia. Se debe a diversas razones. Una de ellas consistía en cierta prudencia por mi parte y, sobre todo, a mi rechazo de entrar en el debate trucado del racismo y del antirracismo en la vida francesa, así como a mi repulsa por ilustrar, con riesgo de envenenarlas, tensiones raciales ya perceptibles pero aún no candentes. Es cierto, ya se encuentra entre nosotros una considerable vanguardia, la cual manifiesta claramente la intención de quedarse, al tiempo que rechaza la asimilación; una vanguardia que, dentro de veinte años, contará dentro del pueblo antiguamente francés con más de un treinta por ciento de alógenos sumamente «motivados». 

Es una señal, pero sólo una señal. Uno puede detenerse en ella. Uno puede incluso, a este respecto, emprender algunas escaramuzas, al tiempo que ignora o finge ignorar que el verdadero peligro no reside sólo ahí, sino que está en otro sitio, está por llegar, y por su amplitud será de naturaleza distinta. Tengo en efecto la convicción de que, a escala planetaria, todo se desencadenará como en un billar en el que las bolas se empujan unas a otras a partir de un impulso inicial, el cual podría surgir en cualquiera de estas inmensas reservas de miseria y de multitud como las existentes ahí, en el Ganges.

Probablemente las cosas no sucedan exactamente como lo he descrito, pues "El desembarco" sólo es una parábola, pero a fin de cuentas el resultado no será distinto, aunque quizás se produzca siguiendo formas más difusas y aparentemente más tolerables. Así fue como murió el imperio romano: a fuego lento, es cierto, aunque esta vez puede que se produzca un incendio repentino. Se dice que la historia nunca se repite, lo cual es una enorme majadería. La historia de nuestro planeta no está hecha sino de vacíos sucesivos y de ruinas que otros, a su vez, han ido llenando y en algunas ocasiones regenerando. 

Lo cierto es que Occidente está vacío, por más que aún no esté verdaderamente consciente de ello. Civilización extraordinariamente inventiva, la única capaz de responder a los inconmensurables desafíos del tercer milenio, Occidente ya no tiene alma. A escala de las naciones, razas y culturas, así como a escala individual, es siempre el alma la que gana los combates decisivos. Es ella, y sólo ella, la que constituye la trama de oro y bronce con que se forjan los escudos que salvan a los pueblos fuertes. Casi ya no diviso alma entre nosotros. 

Mirando, por ejemplo, a mi propio país, Francia, tengo a menudo la impresión, como en una pesadilla despierta, de que muchos franceses «de origen» sólo son actualmente como moluscos que viven en las conchas abandonadas por los representantes de una especie ya desaparecida, que se llamaba la especie francesa y en nada presagiaba a la que, por no se sabe qué misterio genético, se ha amparado ahora de este nombre. Se contentan con durar. Aseguran marginalmente su sobrevivencia día a día y de forma cada vez más blanda. 

Enarbolando la bandera de una ilusoria solidaridad interna y «tranquilizadora», ya no son solidarios de nada, y ni siquiera son conscientes de nada de lo que constituye el esencial fondo común de un pueblo. En el plano práctico y materialista —el único que aún puede encender una lucecita de interés en su mirada envidiosa—, constituyen una nación de muy pequeños burgueses que, en medio de una riqueza heredada y cada vez menos merecida, se ha pagado y aún se paga, en plena crisis, a millones de domésticos: los inmigrados. 

¡Ah, cómo van a temblar! Los domésticos tienen numerosísimos parientes más allá y más acá de los mares —en realidad tienen una sola y famélica familia que puebla toda la tierra. Espartaco a escala planetaria... Por citar sólo un ejemplo entre mil, la población de Nigeria, en África, cuenta con cerca de setenta millones de habitantes que su país es incapaz de alimentar, puesto que dedica más del cincuenta por ciento de sus ingresos petrolíferos a adquirir alimentos. 

A comienzos del tercer milenio habrá cien millones de nigerianos y el petróleo se habrá agotado. Pero el muy pequeño burgués sordo y ciego sigue siendo un bufón que ni se entera. Aún disfrutando milagrosamente de la abundancia en sus fértiles prados de Occidente, grita mirando de reojo a su vecino más inmediato: «¡Que paguen los ricos!» 
¿Se entera al menos, pero, en fin, se entera de que el rico es precisamente él? ¿Se entera de que este grito de justicia, este grito de todas las revueltas, clamado por miles de millones de voces, es contra él, y contra él solo, contra quien pronto se alzará? He ahí todo el tema de El desembarco. Entonces, ¿qué hacer? Soy novelista. No tengo teoría, sistema o ideología que proponer o defender. Me parece tan sólo que ante nosotros se presenta una única alternativa: aprender la valentía resignada de ser pobres o volver a encontrar la inflexible valentía de ser ricos. En ambos casos, la caridad denominada cristiana se revelará impotente. Serán crueles esos tiempos. 
J.R.
Jean Raspail denuncia en su novela el suicidio programado de Europa: una civilización decadente, paralizada por la culpa y el sentimentalismo, que se entrega dócilmente a la invasión demográfica, renunciando a su alma, su historia y su derecho a vivir.

En los últimos tiempos estamos viviendo las consecuencias del colapso europeo a través del fenómeno migratorio, que no es en absoluto casual y es evidente que obedece a intereses espurios, ajenos a los deseos y anhelos de los diferentes pueblos que componen el conjunto de naciones de la Europa occidental. Ciertamente es un tema censurado por los grandes medios de comunicación, objeto de manipulaciones y tergiversaciones desinformativas, como buenos apéndices mediáticos del aparato político que son. El reciente caso de Torre Pacheco (Murcia, España) nos ofrece un buen ejemplo de ello, aunque no vamos a entrar directamente en este caso particular, que nos haría perder una perspectiva mucho más general del tema, que es necesaria para comprender la dimensión del problema.

Queremos tomar como ejemplo la novela de Jean Raspail (1925-2020), afamado escritor francés de orientación tradicionalista católica, que publicó en 1973 Le camp des saints, traducida al español como «El campamento de los santos» o «El desembarco». No se trata de una simple novela, de la narración de una historia más, sino de una parábola radical sobre el colapso moral y espiritual de Occidente, o más bien de Europa (no nos gusta referirnos en estos términos a Europa, dado que consideramos que es un concepto ideológico que nos remite a la Europa sometida a Estados Unidos y sus adláteres). Escrita con un estilo profético, una enorme lucidez visionaria, violencia estética y teñida de un humor trágico, nos presenta unos hechos que ya se perfilaban amenazantes sobre el horizonte, en una especie de escenificación hiperbólica y simbólica que narra la disolución de Europa, su destrucción bajo el peso de un doble fenómeno: por un lado el nihilismo interno, que nos recuerda a aquella sentencia de Will Durant, cuando dice aquello de que «Una gran civilización no es conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde dentro»; por otro lado, por la presión demográfica y cultural externa, procedente del Tercer mundo.

La imagen central de la obra es tan poderosa como grotesca, una flota de barcos desvencijados salidos de las costas de la India y cargados con cerca de un millón de inmigrantes de todas aquellas latitudes del sudeste asiático que llega hasta el Sur de Francia. Las consecuencias inmediatas de este hecho no suponen ningún enfrentamiento y, lejos de ser rechazados, los viajeros de aquellos barcos cochambrosos representan una extraña paradoja, en la que los supuestos débiles, los que huyen de su lugar de origen, representan la voluntad de vivir frente a los teóricos fuertes, la civilización europea, que ha decidido morir. Se trata de una rendición que trasciende lo físico y material, tiene un carácter moral, psicológico y espiritual. Es una Europa que ha renunciado a sí misma, a su esencia e idiosincrasia.

Una vez esbozado el eje central de la obra, es obvio que las acusaciones de racismo, ya en aquella época, iban a prevalecer sobre cualquier otro criterio y visión interpretativa. El propio Jean Raspail era consciente de que se le acusaría de ello, pero lo cierto es que no convierte las cuestiones raciales en el centro de su relato. Lo que realmente le interesa al escritor francés es la pérdida del alma por parte de la civilización europea, la cual ha sustituido sus precedentes certezas históricas por una vergüenza histórica, sentimentalismo humanitario y autodesprecio. Estos últimos son precisamente tres de los motivos que han articulado en la actualidad el discurso de aceptación de la inmigración en Europa. Por eso hablamos del suicidio de una civilización que ha dejado de creer en el derecho a existir, esa es la idea dominante a lo largo del libro. Una Europa que renuncia a su fuerza y vitalidad interna, ante su voluntad, su dignidad, su memoria y su conciencia histórica.

Una fábula profética y cruel

A pesar de que el relato tiene una estructura de novela, lo cierto es que podemos ver un método de parábola asociado a su desarrollo, al estilo de las tragedias clásicas, es decir, hay una unidad de tiempo, de lugar y de acción. Todo transcurre en un corto espacio de tiempo, concretamente en tres días. No hay digresiones ni subtramas complejas. El ritmo de la novela está concentrado para generar una sensación sobre el lector de fatalidad inminente y desolación. Podríamos calificar la novela como de una épica negativa, la crónica escrita de un desastre inaplazable e inevitable.

Raspail confesaba haber escrito esta novela en una situación de trance, presa de una inspiración profunda. Y pese a lo trágico que envuelve la trama, tampoco podemos hablar de un relato lúgubre y oscuro, sino que también encontramos muestras de un humor negro y corrosivo, de una sátira descarnada contra la hipocresía de las élites europeas. Unas élites y personalidades públicas compuestas por políticos cobardes, intelectuales degenerados, religiosos sentimentalistas, artistas abstractos, periodistas rastreros y todo tipo de personajes decadentes, degenerados y sin el menor ápice de dignidad. Todos ellos componen un cuadro inmejorable de la decadencia integral de Europa.

La novela busca precisamente eso, sacudir las conciencias embotadas en la ilusión de lo material y lo crematístico que domina las sociedades europeas, que se ve retratada a través de imágenes burlescas y caricaturescas, deliberadamente exageradas. No se trata de una novela para complacer, ni de un cuadro de personajes adaptado al gusto burgués, sino que todo está orientado a agitar y forzar a ver lo que la mayoría se niegan a ver, que el mundo que habitamos está compuesto en base a un relato, en ningún caso a la verdad. Vivimos bajo una mentira espiritual, un simulacro de fe en la igualdad universal que esconde una profunda voluntad de sumisión.


El Desembarco - Jean Raspail by BRUSI


 
«El campamento de los santos», de Jean Raspail, con Kiko Méndez-Monasterio y M. Á. Quintana Paz

SER ES DEFENDERSE

lunes, 11 de mayo de 2026

CONOZCA, ¿QUIÉN ES EL GRAN ENEMIGO DE VENEZUELA? 💩


¿CUÁL ES EL GRAN ENEMIGO
DE LOS VENEZOLANOS?


«La SOCIEDAD VENEZOLANA es terriblemente ignorante, emocionalista, irresponsable y sin la capacidad de razonar y accionar por sí misma». 
Y es que HISTÓRICAMENTE la SOCIEDAD VENEZOLANA ha sido culpable de su propio fracaso. El mismo Bolívar comenzó a ver con profunda decepción y frustración que enfrentaba a una fuerza mayor y más destructiva que el mismo ejército del Imperio español: 

*«...un PUEBLO IGNORANTE es instrumento ciego de su propia destrucción»* 

Su preocupación central era que, tras lograr la independencia militar de España, el pueblo no supiera gestionar su propia libertad. Argumentaba que un pueblo que no conoce sus derechos ni sus deberes es fácilmente manipulable por tiranos o demagogos. Bolívar temía que ese "vicio" de la obediencia ciega se trasladara a los nuevos gobiernos republicanos, donde la gente podría seguir a líderes autoritarios simplemente por no tener un criterio propio. 

Y HOY, 207 años después de que Bolívar pronunciara esas palabras, no solamente siguen en vigencia, sino que además confirman la RAIZ de nuestros males: 

"SOMOS UN PUEBLO IGNORANTE" 

El mayor enemigo es justamente esa IDIOSINCRASIA, esa "VIVEZA", esa "masa amorfa, sin ideología, principios, sin orden ni consciencia propia" que tiene la capacidad de sufragar: EL PUEBLO. 
Y es que sería A TRAVÉS DEL VOTO que la misma SOCIEDAD VENEZOLANA se pondría una pistola en la frente. Es que si Chávez no hubiera nacido, la SOCIEDAD VENEZOLANA, igual se lo inventa. 

LA MALDICIÓN DEL IGNORANTE 

Y el problema NO es que SOMOS IGNORANTES, el problema es que NO LO QUEREMOS RECONOCER... 
NO solo se trata de que en 1999 LA SOCIEDAD VENEZOLANA votó por Hugo Chávez fuese presidente, sino que se trata también que durante los siguientes 27 años contribuyó a que permaneciera en el poder. Porque no hay nadie más fácil de manipular y engañar que UN IGNORANTE. 
Y en Venezuela los IGNORANTES no solo están en los barrios, no solo es la gente humilde de los estratos bajos. Hay también muchos IGNORANTES de clase alta con Maestrías y Postgrados. 

EL CICLO DE LOS 6 AÑOS 

Dicen que: "El que NO aprende de sus errores ESTÁ CONDENADO A REPETIRLOS". Nosotros cometíamos LOS MISMOS ERRORES cada seis años: 
  • Se levanta un "líder opositor" que promete que, participando en un proceso electoral, se desplazará al Chavismo del poder.  
  • La SOCIEDAD VENEZOLANA lo apoya irrestrictamente: Sin críticas, sin cuestionamientos de ningún tipo, de forma masiva y contundente.  
  • Se va a unas ELECCIONES, a pesar de que el Chavismo controla el tablero, pone las fichas, y dicta las normas del juego.  
  • El Resultado es obvio: El Chavismo "gana" las elecciones.  
  • La SOCIEDAD VENEZOLANA sale a las calles a reclamar, se manifiesta, hay revueltas y protestas.  
  • El líder opositor derrotado convence a la SOCIEDAD VENEZOLANA que regrese a sus hogares. Se luchará en otros ámbitos.  
  • La Oposición se sienta a "negociar" con el Régimen.  
  • Se adormece a la SOCIEDAD VENEZOLANA hasta que se necesite para un NUEVO PROCESO ELECTORAL, donde se levantará un nuevo "Líder Opositor" que reiniciará el Ciclo.  
*¿CUÁL ES EL COSTO DE LA IGNORANCIA?* 

Este es el resumen de lo que nos ha dejado CADA CICLO por 27 años: 

*Detenciones*: Más de 18,980 personas detenidas por motivos políticos. La mayoría sufrió torturas y tratos crueles con secuelas físicas y psicológicas permanentes. 
*Asesinados*: Más de 280 fallecidos documentados en el contexto de manifestaciones masivas. 
*Exiliados y migrantes*: 7.9 millones de personas han salido de Venezuela hasta la fecha (cifra oficial de la plataforma R4V) Pero son muchísimos venezolanos más sin registro. 

¿Y SI LO HACEMOS A "LA AMERICANA"? 

Por primera vez en 27 años SE ROMPIÓ EL CICLO: El 03 de Enero una variable inesperada golpeó la mesa y derribó el tablero.  
  • Se sometió al RÉGIMEN.  
  • Se apartó a la FALSA OPOSICIÓN.  
  • Se tutela a la SOCIEDAD VENEZOLANA. 
¿Será que esta vez NO lo arruinaremos?

Somos lo que somos PORQUE FUIMOS lo que fuimos.
Y estamos como estamos, porque somos como somos.
No somos capaces de ver la realidad de nuestra realidad.
Nuestra "VIVEZA" es nuestra "TORPEZA".

27 años Bailando: Daniel Lara Farías



DES-CHAVITIZAR VENEZUELA


ABSOLUTEDU: Fíjense, por años vimos, leímos y escuchamos que la dictadura solo estaba en Miraflores, en los tribunales, en los cuarteles, en los medios tomados y en las instituciones secuestradas…
Pero en los últimos meses (y años) he visto en respuestas a algunos post, en videos de comunicadores, políticos y hasta en portales de noticias, algo que debería llamarnos la atención… hay una parte de la dictadura instalada en los hábitos.

¿Dónde?
En la viveza que se celebra como inteligencia.
En la chapa que es usada como privilegio.
En el contacto que resuelve lo que debería resolver la ley.
En el abuso pequeño que se normaliza porque “así funciona el país”…
En la corrupción y el enchufe disfrazado de necesidad.
En la obediencia maquillada de prudencia… y un largo etcétera de comportamientos que se están justificando.

Yo creo que Venezuela no solo necesita justicia política. Como hemos dicho en otros post, necesitamos una reconstrucción moral, cívica y cultural. Porque no basta con cambiar el poder si seguimos repitiendo los códigos que nos enseñaron a sobrevivir dentro del desastre.
Sí, la tiranía nos condicionó… Sí, la escasez nos empujó a vivir en emergencia. El miedo dejó marcas profundas. Pero entender el daño no puede convertirse en coartada para seguir justificando hábitos que también nos rompieron como sociedad…
Desaprender una dictadura implica recuperar convivencia, confianza, pensamiento crítico, responsabilidad ciudadana y el sentido común!! 🙏🏻
Así que les pregunto, ¿Qué hábito de dictadura crees que debemos desaprender primero?




No es un carrusel para generar división. Es un recordatorio de una historia que millones vivimos en carne propia.

📍1998 – El inicio del chavismo.
🌧️ 1999 – La tragedia de Vargas.
⚖️ 2002–2003 – Golpe de Estado y paro petrolero.
💸 2013–2019 – Hiperinflación.
✊ 2014, 2017 y 2019 – Protestas nacionales.
🛒💊 2016–2021 – Escasez de alimentos y medicinas.
⚫ 2019 – El apagón nacional.
🧳 Más de 7 millones de venezolanos obligados a emigrar.
🗳️ Las elecciones que millones consideran les arrebataron la esperanza de un cambio.
🌎 2026 – Los terremotos que golpearon a Venezuela.

Y aun así… seguimos de pie.

Cada crisis nos cambió. Cada despedida nos hizo más fuertes. Cada obstáculo nos enseñó a reinventarnos.

Ser venezolano es llevar cicatrices que no siempre se ven, pero también una capacidad inmensa para levantarse una y otra vez. 💛💙❤️

A todos los que siguen en Venezuela y a quienes hemos tenido que empezar de cero lejos de casa: este también es nuestro homenaje.

Que nunca olvidemos de dónde venimos y que nunca perdamos la esperanza de volver a ver una Venezuela libre, segura y llena de oportunidades. 🇻🇪❤️


VER+:

📕 LIBRO "NO VALE, YO NO CREO" 
DE AGUSTÍN BLANCO MUÑOZ 
Y EL OPTIMISMO ES EL OPIO DEL PUEBLO 😇











domingo, 10 de mayo de 2026

LIBRO "OCCIDENTE BIEN VALE UNA MISA": Por un resurgimiento judeocristiano en Europa por Éric Zemmour

OCCIDENTE 
BIEN VALE 
UNA MISA
Por un resurgimiento 
judeocristiano en Europa


«Una civilización es todo aquello 
que se aglutina en torno a una religión». 
André Malraux, escritor francés.
La decadencia europea y occidental no es solo demográfica, militar, técnica, económica, científica, comercial e industrial; es, ante todo, una cuestión filosófica. El periodista Éric Zemmour, una voz tan disidente como resonante en Francia, advierte de que Occidente sufre una colonización demográfica y cultural por parte del sur musulmán y africano; una conquista industrial a manos de la «fábrica del mundo» china; y un sometimiento tecnológico impuesto por el Silicon Valley estadounidense.
Este proceso afecta tanto a Francia como España, donde el olvido de sus raíces, el abandono de su cultura y de sus costumbres y el desprecio hacia su historia y sus grandes figuras han dejado a la nación indefensa, a merced de quien quiere vengarse de sus antiguos dominadores. El amor desmedido por el «otro» en detrimento de los suyos se ha revelado, antes que una ventaja, una debilidad mortal para el viejo mundo. España, al igual que Francia, debe recuperar su cultura, sus raíces y, ante todo, su religión si quiere sobrevivir.
Esta obra es un llamamiento a la resurrección identitaria y religiosa de Occidente en torno a sus raíces judeocristianas.
PREFACIO

La obra que tiene en sus manos nació como un artículo publicado en una revista estadounidense. Más tarde, tras ampliarlo y profundizar en él, aquel texto dio paso a un libro editado en Francia. Esa versión francesa se ha convertido hoy, para usted, en una obra en español; y mañana lo será en italiano, alemán, inglés, húngaro o polaco. 

Todos estos pueblos se han enfrentado duramente a lo largo de los siglos por medio de conflictos militares, pero también económicos, comerciales, financieros, intelectuales, científicos y culturales. Cada uno de ellos buscaba imponer su hegemonía en Europa y resucitar, en beneficio propio, el desaparecido Imperio romano de Occidente. 

Estos enfrentamientos no solo trajeron consigo guerras, muerte, destrucción, sufrimiento, odio y rencor, sino también una rivalidad, una competencia, un estímulo, que impulsó a cada pueblo a dar lo mejor de sí mismo. Todos se influyeron mutuamente. Para comprender la historia de cualquiera de estos pueblos, es imprescindible conocer la de los demás, hecho que demuestra su pertenencia a una misma civilización, la civilización europea, la civilización occidental, cimentada sobre los pilares comunes de la religión cristiana, el pensamiento griego y el orden romano. 

Esta civilización occidental posee otra seña de identidad única: ha sido ella la que, gracias a sus proezas técnicas y a su filosofía humanista y universalista, ha globalizado el mundo. 

Desde los veleros del siglo xvi hasta los buques portacontenedores de finales del xx —pasando por el tren, el avión, los satélites y los cohetes—, los occidentales han sido los artífices de derribar fronteras y descubrir tierras ignotas. Han aproximado física y culturalmente a los pueblos, unificado el planeta hasta convertirlo en un pueblo, desbrozado bosques y saneado marismas. También erradicaron epidemias, redujeron la mortalidad infantil, cultivaron tierras, abrieron rutas, levantaron fábricas y llevaron a cada rincón milagros como el agua corriente y la electricidad. Todo aquello que, no hace mucho y sin complejos, conocíamos simplemente como «la civilización». 

Por descontado, nada de esto se logró sin cañonazos, violencia, brutalidad, injusticias, expolio, destrucción, humillaciones e, incluso, exterminios. Y es que la historia no es una cena de gala, por parafrasear la célebre sentencia de Mao Zedong sobre la revolución. 

Cada uno de los pueblos europeos ha contribuido de alguna manera a esta obra colosal. Todos han desempeñado su papel. Cada cual ha vivido su momento de gloria y su etapa de relativo ocaso. La historia de Europa es una suerte de carrera de relevos en la que los pueblos se turnan para liderar la marcha antes de ceder el testigo al siguiente, y así sucesivamente.

España, al igual que Francia, lo ha vivido y sufrido todo. Conoció la hegemonía triunfante sobre Europa y el mundo en el siglo xvi, pero también el declive e incluso la decadencia del xix. Vivió la época del imperialismo fuerte y dominante («El imperio en el que nunca se pone el sol») y la época de la feroz defensa de su identidad (cuando a Napoleón le decían que los españoles defendían a su rey y a sus sacerdotes, sinceramente desconcertado, contestaba: «Pero, vamos a ver, ¿de qué se quejan? ¡Si les traigo el Código Civil!»). 

Pero, hoy, todos esos pueblos que antaño fueron tan belicosos se han vuelto pacíficos, e incluso pacifistas. Aquellas naciones antes imperiosas, conquistadoras y dominantes, son ahora tolerantes, cuando no temerosas. Todas las antiguas potencias coloniales se están convirtiendo, poco a poco, en pueblos colonizados: sufren una colonización demográfica y cultural por parte del sur musulmán y africano; una colonización industrial a manos de la «fábrica del mundo», china; y una colonización tecnológica impuesta por el Silicon Valley estadounidense.

Los pueblos europeos harían bien en reflexionar sobre la advertencia de Cioran (autor rumano que adoptó el francés como lengua literaria): «Mientras una nación está segura de su superioridad, es feroz y respetada; en cuanto deja de estarlo, se ablanda y deja de ser tenida en cuenta». 

La decadencia europea y occidental no es solo demográfica, militar, técnica, económica, científica, comercial e industrial; es, ante todo, una cuestión filosófica. 

El universalismo europeo y occidental —cimentado en el humanismo del pensamiento griego y en la fe católica (katholicos significa universal, y como dijo San Pablo: «Ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer»)— permitió al hombre blanco, occidental y cristiano conquistar el mundo. Sin embargo, hoy esa fuerza se está tornando en debilidad. Mientras el resto de las civilizaciones se han ido apropiando de las técnicas y conceptos de Occidente, ahora piden su revancha frente a su antiguo dominador. Lo hacen con una saña y un afán de desquite que los europeos suelen subestimar.

Pero, ante todo, lo hacen regresando a sus raíces, a su cultura y a su historia, despojándose de esa piel occidental que se habían visto obligadas a vestir bajo la presión de sus vencedores. 

El universalismo de los occidentales se convierte así en una debilidad mortal. España, al igual que Francia, ha llegado demasiado lejos en el olvido de sus raíces, en el abandono de su cultura y de sus costumbres, y en el autoodio y el desprecio hacia su historia y sus grandes figuras. En un amor desmedido por el «otro» en detrimento de los suyos. España, al igual que Francia, debe recuperar su cultura, sus raíces y, ante todo, su religión; en definitiva, su civilización, pues, como decía André Malraux: «Una civilización es todo aquello que se aglutina en torno a una religión». 

Este es el propósito de este libro: un llamamiento a la resurrección identitaria y religiosa de Occidente. El título Occidente bien vale una misa apela a toda Europa y a todo Occidente, y por tanto, de manera primordial, a España.

INTRODUCCIÓN

No soy católico. Ni siquiera cristiano. Crecí según la tradición judía de mis antepasados. Mi infancia transcurrió al ritmo del Sabbat y las festividades, entre melopeas orientales que se elevaban hacia las vidrieras sin rostro de la sinagoga, y una sucesión de ritos que mi mente asocia a exquisitos platos y deliciosos pasteles que mi madre preparaba con una destreza admirada por todos: mi numerosa y bulliciosa familia, que se apiñaba alrededor de la mesa familiar, y mis compañeros de clase, que se abalanzaban de manera voraz sobre aquellas pastas de nombres exóticos que yo les repartía a cuentagotas.

Mi contacto con el catolicismo era lejano y más bien superficial. Lo percibía en las fachadas cinceladas de las iglesias góticas que se alzaban con orgullo hacia el cielo en las calles de París o en los barrios de las afueras donde vivían mis padres. También en aquellos pocos sacerdotes con sotana que caminaban siempre deprisa, por razones que yo entonces no entendía; y en las monjas, con la mirada baja y una sonrisa discreta. A menudo, desde la ventana de mi casa, veía pasar a grupos de jovencitas vestidas de blanco que se dirigían felices a la iglesia para hacer la comunión. No me sentía en absoluto fuera de lugar. A los trece años, yo también celebraría un rito parecido al de esos niños católicos: por entonces, nuestras bar mitzvá eran presentadas por nuestros padres como una «comunión» o como la «mayoría religiosa». 

Me acerqué al catolicismo como me había acercado a Francia y, en realidad, como me he acercado a casi todo en este mundo desde que aprendí a leer: a través de la literatura. Hacia los trece años descubrí a Blaise Pascal. Por aquellos años, en el instituto estudiábamos dos de sus textos más famosos, los cuales ocupaban un lugar destacado en la edición de Lagarde-Michard dedicada al siglo xvii: por un lado, teníamos el de «el espíritu de sutileza y el espíritu de geometría» y, por otro, el de «verdad a un lado de los Pirineos, error al otro». 

Quedé entusiasmado, incluso deslumbrado: la limpidez del estilo, unida a la firmeza del pensamiento, me cautivaba por completo, me transportaba, me conmovía. Le pedí a mi madre que me comprara el volumen de Pensamientos de Pascal. Nunca se hacía de rogar para ese tipo de peticiones y se apresuró a adquirir una hermosa edición con tapa de cartón gris y dorado. Mi madre, que cuidaba hasta el más mínimo gasto cotidiano, hábito adquirido, sin duda, de la pobreza que vivió en Argelia, jamás me regaló un libro de bolsillo. Aún conservo esa edición, la cual releo regularmente con una delectación teñida de una invencible melancolía. 

Tras leer Los tres mosqueteros y Veinte años después, Las ilusiones perdidas y Esplendores y miserias de las cortesanas, había llegado a una edad en la que mi biblioteca personal no se limitaba a los libros juveniles de la Biliothèque verte: estaba creciendo. 

No obstante, Pascal tenía grandes adversarios: todos los autores del iconoclasta y libertino siglo xviii que lo atacaban, lo ridiculizaban y lo señalaban sin descanso. El pobre ni siquiera podía defenderse, y yo percibía claramente que la escuela había tomado partido: desde luego, no estaba del lado de Pascal. Voltaire, en particular, hacía gala de una formidable eficacia en su combate por «aplastar al Infame», como llamaba al catolicismo. Disponía de un arma poderosa: la risa; y el granuja insolente que yo era no supo resistirse a ella. Al parecer, no fui el único. 

(Voltaire) tuvo el funesto talento de poner de moda la incredulidad entre un pueblo caprichoso y afable. Damas de la alta sociedad e importantes filósofos se subían al púlpito de la incredulidad. Finalmente, se impuso la idea de que el cristianismo no era más que un sistema bárbaro, cuya desaparición no podía sino acelerar la libertad de los hombres, el progreso de las Luces, los placeres de la vida y la elegancia de las artes.

Sabré recordar esto: en Francia, siempre hay que tener de tu lado a los que ríen. 

Yo no era mejor que aquellos franceses del siglo XVIII. Estaba en la edad rebelde de la adolescencia, en la que uno se opone a todo, en especial a su padre; edad en la que renegamos de cualquier herencia o tradición. Fui adolescente durante los años setenta, y esa época me marcó profundamente: eran tiempos en los que se arrojaban por la borda los dioses y los sujetadores. Napoleón tenía razón al decir que «para comprender a un hombre, solo hay que fijarse en cómo era el mundo cuando tenía veinte años». 

Cumplí veinte años en 1978. Metía en el mismo saco de la vergüenza las tradiciones judías, que conocía bien, y el catolicismo, que apenas conocía: incluso antes de leer a Ernest Renan, había inventado mi propio «judeocristianismo». Sin un ápice de originalidad, vomitaba mis lecturas escolares y oscilaba entre el «dios relojero» de Voltaire y el «opio del pueblo» de Marx. Mantenía aireados debates con mi padre sobre Dios, la fe, la moral, la salvación tras la muerte y el vínculo entre el judaísmo y el catolicismo. Recuerdo que, por aquel entonces, el islam no era un tema de conversación. Mi padre se aferraba a una estricta línea defensiva que bloqueaba todos mis ataques: Dios entregó los Diez Mandamientos y la Torá a los judíos, y Jesús es uno de los grandes profetas judíos. Por esta razón, sí es cierto que fue el «hijo de Dios», porque «todos somos hijos de Dios». 

Estas afrentas no conducían a nada, o más bien, conducían a todo: afilaban mi mente y la educaban en la controversia. Eran también, sin duda, la forma más pudorosa que mi padre y yo encontramos, con las reservas que caracterizan a los hombres de mi familia, de decirnos que nos queríamos. Mi padre era de esos judíos sefardíes cuya mirada sobre el universo católico difería de la de nuestros correligionarios asquenazíes. Conocía bien el antijudaísmo cristiano, la hostilidad milenaria hacia el «pueblo deicida», así como el antisemitismo moderno, en particular en su expresión maurrasiana y vichysta. Me enseñó que Édouard Drumont y Max Régis, dos antisemitas notorios, fueron elegidos diputados por la pequeña población pied-noir de Argel, que no había aceptado que el decreto Crémieux elevara a la categoría de ciudadanos franceses a esos judíos harapientos que apenas acababan de salir del Mellah. Pero sus recuerdos no eran parciales ni selectivos. Conocía también —y muy de cerca— el antijudaísmo difuso y normalizado que reinaba en el mundo arabomusulmán donde nuestros antepasados vivieron durante siglos. 

Mi padre cubría de inventivas y sarcasmo el movimiento antirracista de los años ochenta, encabezado por numerosos judíos de izquierda procedentes del trotskismo. Les reprochaba su ingenuidad y su desconocimiento del mundo musulmán y del Corán. A diferencia de esos izquierdistas radicales, en su mayoría asquenazíes, a quienes maldecía, sin que yo supiera muy bien si lo que más le irritaba era su ideología o sus orígenes, él hablaba y entendía perfectamente el árabe. Recitaba de memoria suras y proverbios y pasaba largas noches junto a su padre compartiendo una botella de whisky y escuchando esa música oriental que conocían al detalle, interpretada con maestría por el violín de Sylvain, el padre de Enrico Macias.

Mi madre, por su parte, jamás olvidó ni perdonó el navajazo que su padre, oficial del ejército francés, recibió durante las revueltas de Sétif, su ciudad natal. Ella era la personificación de aquellos judíos argelinos que amaban a Francia con un fervor desmedido desde aquel día de 1830 en el que las tropas francesas entraron a Argelia entre los vítores de una multitud judía que las miraba con la devoción ciega que se tiene por un ejército de liberación. Un día, a un taxista que le preguntó insistentemente si era judía, mi madre le respondió con aplomo: «No, señor, soy israelita». Con esta incisiva afirmación, lo que mi madre quería transmitir es que ella pertenecía de manera deliberada a esa estirpe de franceses de confesión judía y patriotismo incandescente cuya divisa era «francés en la calle, judío en casa». No tenía gusto por las grandes palabras, y menos aún por las grandes ideas; prefería los actos a las teorías, las pruebas de amor a las declaraciones. Nos obligaba a quitarnos las kipás de la cabeza en cuanto salíamos de la sinagoga. Había comprendido y asimilado perfectamente, sin necesidad de teorizarlo, el espíritu mismo de la laicidad a la francesa, ese «deber de discreción» del que hablaría décadas más tarde, y en un contexto muy distinto, Jean-Pierre Chevènement. 

Blaise Pascal acabaría teniendo su revancha. Muchos años más tarde, retomé, de su mano, aquella iniciación al catolicismo que había dejado en suspenso. Un día volví a encontrarme con nuestro «genio aterrador» (Chateaubriand) al hojear un libro de retratos de los grandes escritores franceses. Estaba escrito con una pluma cuya concisa elegancia, tan típicamente francesa, me recordaba al brillante estilo del autor de Pensamientos. Fue entonces cuando descubrí a André Suarès. Su admiración sin reservas por Pascal me ayudó a comprender como nadie el alma profunda de Francia: «Los franceses, vayan o no a la iglesia, llevan los Evangelios en la sangre». Esa lección no la he olvidado. 

Continué con mis lecturas. Me sumergí entonces en el mundo de Racine, Chateaubriand y Joseph de Maistre. Más tarde, me adentraría en la Historia de los orígenes del cristianismo de Ernest Renan, quien se convertiría en uno de mis maestros del pensamiento, junto a Taine. El conservadurismo francés del siglo XIX remodeló mi manera de ver las cosas, mi mirada hacia la historia de Francia, de su pueblo, su grandeza y su declive. 

Además, gracias a los primeros vuelos chárter que pude adquirir a un precio bastante competitivo durante mi juventud, me enamoré de Roma, de sus callejuelas y de sus incontables iglesias. Siempre que podía, organizaba una pequeña escapada. Pasaba horas en aquellas iglesias sombrías, cuyo frescor me protegía del sofocante calor, contemplando sus vidrieras iridiscentes y sus majestuosas esculturas. Un amigo de aquella época me descubrió la música sagrada, los réquiems de Mozart y de Fauré, los stabat mater de Pergolesi o de Vivaldi, las cantatas de Bach y los Ave María. Mi alma vibraba al unísono de esas maravillas que me embriagaban de emoción. Aznavour, Brel, Brassens, Ferré y Ferrat, los Beatles y los Rolling Stones, a los cuales veneraba desde mis primeros años de juventud, ya no eran suficiente. 

Años después, mis artículos, mis libros y mis controversias televisivas me proporcionarían un público fiel, entre el cual se encontraría un gran número de católicos devotos. Siempre que organizábamos una reunión por alguna de mis obras, no faltaba un sacerdote con sotana que me bendijera. Me regalaban medallas sagradas de la Virgen María para darme buena suerte y yo me acordaba de mi abuela en su afán de protegerme contra el «mal de ojo»: estaba bien respaldada. Me daban las gracias afectuosamente: «Usted es el único que defiende la religión católica en la televisión, ¡y ni siquiera es usted católico!». 

Hace poco, tras vivir un tiempo en California, tuve la fortuna de conocer a profesores, intelectuales y editores con los que simpaticé. El director de una revista, First Things, me propuso escribir un artículo que intentara responder a la siguiente pregunta: «¿Cómo salvar el catolicismo en Europa?». Acepté encantado. No obstante, la redacción de dicho artículo, inevitablemente breve, me dejó con ganas de más. Quería entregarme a ello con más profundidad. Quería saber más sobre mí mismo, sobre nosotros mismos y sobre el futuro del catolicismo en Francia y en Europa. 

Por aquel entonces, yo estaba inmerso en la lectura de los Cahiers de Maurice Barrès —ese azar de lectura que, sin duda, no lo es— y anoté esta frase que podría hacer plenamente mía: 
«Me alineo con el catolicismo amenazado y lo defiendo porque soy patriota, en nombre del interés nacional… Arrancar el catolicismo de nuestra tierra sería sacudir todo nuestro edificio nacional, toda nuestra civilización. Entre el catolicismo y nuestra civilización ya no cabe distinguir». 

El papa Juan Pablo II dijo en una ocasión, refiriéndose a los judíos, que eran los «hermanos mayores en la fe» de los católicos. Devuelvo con mucho gusto el cumplido al santo padre. En Francia, el cristianismo es el hermano mayor del resto de religiones, incluso de los ateos. El cristianismo construyó Francia. En su célebre Historia de la decadencia y de la caída del Imperio romano, Edward Gibbon defiende que «los obispos construyeron Francia». Ellos «eran los consejeros del rey en todos sus consejos».

La Iglesia construyó a los reyes, quienes construyeron la nación, y esta, a su vez, dio lugar a la República. Francia sin el cristianismo deja de ser Francia. Y quiero seguir viviendo en Francia.

Salvar a Occidente: el reto de Eric Zemmour


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