EL Rincón de Yanka: SALUD

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jueves, 30 de julio de 2026

LIBRO "VIOLENCIA EN LA ESTRUCTURA HOSPITALARIA": 🏥 ¿COSTUMBRE, NECESIDAD O SILENCIOS CÓMPLICES? por VINICIO VILLALOBOS


VIOLENCIA EN LA
ESTRUCTURA
HOSPITALARIA

¿COSTUMBRE, NECESIDAD O SILENCIOS CÓMPLICES?

VINICIO VILLALOBOS

Un amigo médico se fue de España por el problema del gran individualismo egotista, y de soberbia, y de ENVIDIA. Por el poco sentido de equipo (mal rollo entre médicos entre sí y entre enfermeras). Falta dirección en la sanidad pública. Y por la incomunicación y descoordinación entre ellos. Poca escucha y poca alteridad. No hay más asesinatos en la sanidad por pura providencia (NOTA DE YANKA).

La violencia en la estructura hospitalaria. ¿Costumbre, necesidad o silencios cómplices? Este libro surge de la sospecha compartida por muchos profesionales: en el hospital ocurren cosas que causan dolor, pero casi nunca se mencionan. Guardias usadas como castigo, humillaciones disfrazadas de enseñanza, decisiones de gestión que afectan la salud de quienes cuidan y de quienes reciben cuidado. Todos las reconocen; pocos las llaman violencia. Con más de treinta y cinco años de experiencia clínica en Venezuela, Arabia Saudita, Guinea Ecuatorial y España, el autor enfrenta una contradicción: 
¿cómo, en un lugar donde se salvan vidas cada día, también se tolera el maltrato, el silencio y la injusticia? 
El libro ofrece un mapa claro y cercano de la violencia que permea la estructura hospitalaria: desde la dirección hacia los profesionales, entre médicos, entre enfermeros, entre médicos y enfermeros, hacia los pacientes, desde los pacientes y entre los propios pacientes. No solo abarca agresiones físicas ni insultos evidentes. 
El énfasis está en la violencia normalizada: protocolos incumplidos, consentimientos poco claros, jerarquías que utilizan el miedo como método y culturas del «aguantar» donde pedir ayuda se percibe como debilidad. También incluye formas más dolorosas y silenciadas: 
la violencia obstétrica, psiquiátrica e institucional contra mujeres, personas con enfermedades psiquiátricas, migrantes y colectivos vulnerables. 
En lugar de limitarse a la denuncia, el libro proporciona algo que falta en muchos debates: un lenguaje para describir lo que sucede, criterios éticos para analizarlo y ejemplos concretos de respuestas existentes y efectivas en algunos lugares, como protocolos de prevención, planes de humanización, liderazgos que protegen sin humillar y alianzas entre profesionales, sindicatos, colegios y pacientes.
La violencia en la estructura hospitalaria abarca el maltrato normalizado, las jerarquías rígidas y el abuso de poder institucionalizado. Se manifiesta en las relaciones entre la dirección y el personal, entre los propios trabajadores de la salud, y hacia los pacientes, afectando tanto el bienestar físico como la salud mental en el entorno clínico.
Manifestaciones Principales

Abuso jerárquico: Guardias usadas como castigo y humillaciones disfrazadas de docencia o disciplina médica.
Violencia horizontal: Conflictos y malos tratos cotidianos entre médicos, personal de enfermería y equipos de gestión.
Violencia institucional hacia el paciente: Incumplimiento de protocolos, trato deshumanizado y decisiones administrativas que priorizan la burocracia frente al cuidado.

Factores de Persistencia

Normalización cultural: Costumbres arraigadas donde el silencio y la injusticia se toleran bajo la premisa de que "el sistema debe funcionar".
Falta de denuncia: Miedo a represalias laborales y complicidad institucional que invisibilizan el problema.

Introducción

Razones para elegir este libro

Hay una pregunta que muchas personas que trabajan en un hospital han pensado alguna vez, aunque no siempre hayan encontrado las palabras para formularla.
¿Cómo es posible que en lugares creados para cuidar, cuya misión principal es aliviar el sufrimiento, ocurran tantas formas de daño que casi nunca se mencionan, se registran muy pocas veces y, por esa razón, casi nunca se corrigen?

Esta pregunta no nace de la desconfianza hacia la medicina ni hacia quienes la ejercen. Nace de la experiencia. De más de treinta y cinco años de práctica clínica en cuatro países -Venezuela, Arabia Saudita, Guinea Ecua­torial y España- que poco tienen en común en recursos, organización o cul­tura, pero donde ciertos mecanismos de daño se repiten con una coherencia inquietante, dejando a menudo un nudo en el estómago y una sensación de que se ha cruzado una línea invisible.

Lo que este libro intenta hacer es mirar esa pregunta de frente. No con la comodidad de quien señala desde fuera, sino con la incomodidad más difí­cil: la de alguien que ha formado parte del sistema que analiza, que ha con­ tribuido a sostenerlo y que sabe, por experiencia propia, que la línea entre cuidar y dañar a veces es más fina de lo que sugieren los códigos éticos. Esa incomodidad -mezcla de vergüenza, responsabilidad y deseo de hacer las cosas de otra manera- es el tono desde el que están escritas estas páginas.

Si eliges este libro, no encontrarás un relato neutro ni aséptico. Encontra­rás un intento de pensar con honestidad sobre una contradicción que atra­viesa el corazón mismo del hospital: la posibilidad de que, mientras se cura, también se hiera. Y, al mismo tiempo, una invitación a acompañar el males­tar que muchas personas ya sienten en su práctica diaria, dándole nombre y lugar, para que pueda convertirse en motor de cambio y no solo en motivo de frustración silenciosa.

De qué trata este libro

Este libro habla de violencia en el hospital, pero no solo de la que aparece en los titulares: no se limita al puñetazo en urgencias ni al caso extremo que acaba en la prensa o en los tribunales. Habla también de esa violencia más silenciosa, cotidiana, que rara vez se reconoce como tal y, sin embargo, deja huella.

Habla de la corrección pública, que no busca enseñar sino humillar. Tam­bién menciona la guardia de veinticuatro horas utilizada como castigo, y el consentimiento informado convertido en un trámite que nadie explica ni escucha. Incluye las denuncias que se archivan sin una verdadera investi­gación, los diagnósticos comunicados en un lenguaje incomprensible para el paciente y la cultura del aguante que convierte el maltrato en prueba de vocación.

Habla, por supuesto, de la violencia más evidente: el acoso entre profe­sionales, las agresiones de pacientes y familiares, la violencia obstétrica, la violencia psiquiátrica, las violencias institucionales que afectan de forma desproporcionada a mujeres, personas con trastorno mental, migrantes, per­sonas con discapacidad...
Cada capítulo intenta sostener un equilibrio difícil: suficiente rigor con­ceptual para que no se convierta solo en una colección de anécdotas, sufi­ciente atención a la experiencia clínica para que no se quede en un ejercicio abstracto. Y, hacia el final, el libro se pregunta qué se puede hacer: no con optimismo ingenuo, sino apoyándose en herramientas y prácticas que ya existen, que ya funcionan en algunos contextos y que podrían funcionar en muchos más si se dieran las condiciones adecuadas. El propósito no es conso­lar, sino ofrecer criterios y ejemplos concretos para que el daño evitable deje de parecerlo.

Cómo está organizado

La estructura del libro tiene un flujo intencionado: inicia con conceptos, pasa a detalles concretos y luego vuelve a lo propositivo.
Los primeros capítulos construyen el marco: qué entendemos por violen­cia en el hospital, cómo distinguirla de otras formas de conflicto, qué ti­pologías ayudan a nombrarla con precisión y qué raíces históricas explican por qué las jerarquías, las culturas del daño y el silencio son tan resistentes. También exploran cómo los principios de la ética y la bioética se encuentran -o  se chocan- con la práctica real, y cómo ese choque se traduce en formas de malestar moral que muchos profesionales reconocerán.

Los capítulos centrales siguen el rastro de la violencia en las distintas relaciones que atraviesan el hospital: desde la dirección hacia los profesiona­les, entre médicos, entre enfermeras, entre médicos y enfermeras, hacia los pacientes, desde los pacientes hacia el personal, entre los propios pacientes. A ello se suman capítulos dedicados a violencias institucionales más espe­cíficas, como la obstétrica, la psiquiátrica o la dirigida a colectivos especial­ mente vulnerables.

Los capítulos posteriores abordan las respuestas posibles: el papel de la ética clínica como marco para analizar y exigir; la prevención como conjunto de medidas concretas (protocolos, planes, estrategias de liderazgo, cultura del cuidado); el papel de colegios profesionales y sindicatos; y lo que pode­mos aprender de experiencias ya en marcha.
Finalmente, el libro se cierra con dos planos distintos: unas reflexiones finales que intentan sintetizar sin simplificar y un testimonio personal que no pretende demostrar nada, pero sí mostrar de dónde provienen muchas de las preguntas que han guiado este trabajo y qué se siente al formularlas desde dentro.
El objetivo de esta organización es sencillo: ofrecer primero un mapa, des­ pués recorrer el territorio y, al final, volver al mapa con otra mirada, menos ingenua y más atenta a los signos de violencia y de cuidado.

A quién va dirigido

Este libro no está dirigido a un lector ideal en abstracto, sino a varias perso­nas que se encuentran en el hospital al mismo tiempo.
Para el profesional de primera línea -médico, enfermera, auxiliar, resi­dente- que siente que algo en su servicio le produce malestar, pero no sabe cómo nombrarlo ni qué hacer al respecto.
Para quien dirige un servicio, una unidad o un equipo y necesita criterios para delimitar dónde acaba la exigencia y empieza el maltrato, y herramien­tas para actuar cuando esa línea se cruza.

Para las personas que toman decisiones sobre plantillas, recursos, protoco­los y espacios, y necesitan ver con claridad que cada decisión degestión tiene consecuencias éticas concretas para quienes trabajan y son atendidos en la institución.
Para el estudiante o residente en sus primeras guardias, puede resultar confuso distinguir si lo que experimenta forma parte de su aprendizaje o si simplemente no debería ocurrir en ningún entorno de formación.

Para el paciente o el familiar que ha salido del hospital con una mezcla de gratitud y heridas, que percibe que algo en el trato no fue digno, pero no en­cuentra palabras para explicarlo.
Para quienes investigan, gestionan o diseñan políticas de salud, que nece­sitan entender no solo el funcionamiento teórico del sistema, sino también la experiencia interna cuando la violencia permea sus mecanismos.

Si te reconoces en alguno de estos lugares -o en varios a la vez-, este libro intenta hablar contigo, no sobre ti. Y hacerlo desde un reconocimiento previo: tu malestar no es una rareza individual, sino una señal de que algo en la estructura merece ser examinado con cuidado.

Este no es un tratado académico clásico ni solo un relato personal. Es un ensayo clínico-analítico que se apoya en tres capas de conocimiento que dia­logan entre sí: la experiencia, la evidencia y el marco conceptual.

La primera sección incluye escenas clínicas basadas en más de 35 años de experiencia en hospitales de Venezuela, Arabia Saudita, Guinea Ecuatorial y España. Para garantizar la confidencialidad, los casos están anonimizados y, cuando ha sido necesario, fusionados o alterados en los detalles no esencia­ les. No buscan ser «representativos» en un sentido estadístico, sino reflejar patrones que muchos identificarán y emociones que muchos han sentido sin poder nombrarlas.

La segunda capa comprende datos y definiciones provenientes de infor­mes de organismos internacionales (OMS, OIT), planes de salud, estudios observacionales y revisiones sistemáticas sobre la violencia laboral, la vio­lencia institucional y los riesgos psicosociales. No es una revisión sistemá­tica exhaustiva, sino una revisión narrativa centrada en palabras clave y en fuentes de referencia confiables.

La tercera capa incluye las herramientas conceptuales de la ética, la filo­sofía política y las ciencias sociales: autores como Foucault, Cortina, Beau­champ y Childress, entre otros, que proporcionan vocabulario y categorías útiles para aclarar prácticas concretas. No se busca adaptar la realidad clínica a una teoría, sino emplearla para identificar aquello que, sin ella, sería difuso: ese malestar que se siente en la guardia, en la sesión clínica o en la sala de es­pera y que rara vez aparece en los protocolos.

La interacción entre estas capas presenta límites claros: las escenas no abarcan toda la realidad, los datos dependen de la calidad de los estudios y las teorías son siempre interpretaciones parciales. 
Sin embargo, en conjunto, proporcionan un marco lo suficientemente sólido para lo que busca este libro: brindar un lenguaje, criterios y ejemplos que ayuden a reconocer la violencia en la estructura hospitalaria y a comenzar a cambiarla, empezando por lo que cada cual tiene a su alcance.

Una advertencia necesaria

Este libro no busca acusar. No afirma que los hospitales estén llenos de per­sonas malintencionadas ni que la medicina, en su esencia, sea dañina. 
Más bien, plantea algo más incómodo y, creo, más útil: que el daño puede ocurrir -y a veces de manera especial- incluso en manos de personas decentes, en instituciones con protocolos adecuados y en sistemas con recursos suficien­tes. Sus raíces no solo están en las personas, sino también en las estructuras, jerarquías y culturas que organizan la vida del hospital.

Reconocer esto no constituye pesimismo, sino un paso fundamental para lograr cambios honestos y duraderos. Los hospitales pueden convertirse en espacios donde el cuidado se brinde con dignidad tanto a quienes lo reciben como a quienes lo ofrecen. En ocasiones, ya lo son en parte. 

La diferencia entre el hospital actual y el hospital ideal depende en gran medida de cuán­ tas personas estén dispuestas a identificar el problema, comprender sus cau­sas y actuar en consecuencia, aunque sea en decisiones muy concretas.

Este libro quiere aportar algo a ese esfuerzo. Si al terminarlo sientes que tienes palabras nuevas para nombrar lo que antes te dolía en silencio, o ves con más claridad dónde podrías empezar a cambiar algo -aunque sea muy pequeño- en tu propio ámbito, habrá cumplido su propósito más impor­tante.




El aumento considerable de la violencia es un fenómeno reconocido ampliamente. Según el Consejo Internacional de Enfermería (CIE, 1999), este fenómeno afecta a toda la población, atravesando fronteras de edad, raza, condición socioeconómica, sexo y lugar.

Diversos estudios en la temática de la violencia que afecta a los espacios laborales concluyen que precisamente algunos de estos lugares de trabajo y ocupaciones tienen un mayor riesgo de hechos violentos que otros. Se reconoce en estas investigaciones que la violencia en el lugar de trabajo en el sector salud es universal, la que genera un alto grado de estrés, lo que también puede instar a comportamientos violentos, y en las que se evidencia que las enfermeras y el personal de ambulancias tienen mayor riesgo a ser víctimas de hechos agresivos, el que especialmente corresponde a violencia de tipo psicológico (CIE, 2002; Sánchez, 2002). Para Kingma (1999), la violencia que afecta a las enfermeras tiene una doble consecuencia, ciertamente negativa, porque afecta por un lado la vida de este profesional y, por el otro, puede afectar el tipo de servicios de salud prestados, es decir, la repercusión se pudiera extender a la calidad de los cuidados de salud otorgados a los pacientes. Así, este complejo fenómeno de la violencia es reconocido también en el ambiente hospitalario, enfocado desde la perspectiva de los trabajadores de la atención de salud. Sin embargo, estudios orientados en este tema desde el punto de vista de los pacientes o usuarios de los servicios de salud, principal foco de atención en este contexto, han sido escasamente abordados.

La condición de hospitalización hace al individuo vulnerable a variados estímulos, no sólo provenientes de la enfermedad que le afecta, sino también del medio ambiente y relaciones que se establecen durante la hospitalización, en el que adopta o pasa a ser incluido en el "status de paciente" (Martínez, 1997). Al respecto, Jiménez (2000) señala que este paciente ve alterado su autoestima y se producen cambios emocionales intensos que requieren de reajustes. Estos cambios, para Moro (1999), repercuten en las necesidades de seguridad y pertenencia, en la que un medio extraño, con una serie de normas y a veces falto de privacidad, potencia los sentimientos de inferioridad, aparecen sentimientos de culpa que aumentan con el tratamiento despersonalizado de los procesos diagnósticos, terapéuticos y asistenciales a los que se ve sometido durante la hospitalización.

Entonces el hospital, junto con ofrecer atención sanitaria, se constituye en un sistema social complejo y delicado, en el que la multiplicidad de personas, con diferentes roles, conforman una red interactiva que puede inducir a desarrollar o modificar actitudes (Valenzuela, 1995), las que pueden predisponer a hechos agresivos o violentos

Existen ciertas situaciones que se presentan durante la atención que se brinda al paciente hospitalizado y que tal vez, asociados a la masificación y complejidad creciente de la atención de salud, no sean analizados con la frecuencia y profundidad que merecen, y que pueden ser considerados manifestaciones de agresión o violencia.

Uno de ellos que pareciera ser inherente a la hospitalización, es la falta de intimidad, definida como "toda aquella realidad oculta, relativa a un sujeto o grupo determinado que merece reserva". Ésta se ve de alguna manera vulnerada en el paciente hospitalizado, el que se manifiesta desde la invasión no sólo al espacio territorial, reducido a una cama y un velador (Vacarezza, 2000), sino también al ser examinado en su unidad por innumerables personas a las que generalmente desconoce y respondiendo preguntas relativas a su historia de vida personal, muchas veces sin una explicación previa del porqué son necesarios estos procedimientos y estas respuestas. Pareciera ser más importante el órgano afectado que la persona enferma, olvidando el respeto a la desnudez y el pudor del otro (Rodríguez, 1999). Esto se ha ido presentando en la medida en que la enfermedad monopoliza la atención e inconscientemente se olvida la naturaleza humana de la atención de salud, tornándose ésta fría e impersonal, lo que ha violentado la relación amistosa y de confianza, pasando más bien a un vínculo de tipo despersonalizado (Iceta, 1996; Goic, 2000). Esto estaría asociado a lo que Jiménez y cols. (1990) llaman una relación asimétrica y jerárquica entre los dispensadores de cuidados y los pacientes.

En una relación de poder, por ejemplo, que establecen las enfermeras con los pacientes hospitalizados, provocan una actitud obediente, sumisa y pasiva del usuario frente a las diversas relaciones e interacciones que se presentan. En un estudio realizado por Moris, Riveros y Pucheau (1996), se identificaron los factores significativos en la percepción de la atención que recibían los pacientes hospitalizados en un hospital público, resultando que los pacientes consideraban importante las relaciones que se establecen con el equipo de salud, identificando como un atributo significativo el trato respetuoso del personal que los atendía.

En el contexto hospitalario el foco de atención es el cuidado del paciente hospitalizado y sus necesidades, lo que implica identificar constantemente los factores internos y externos que están influyendo en la salud de los que están a nuestro cargo, es decir, la atención de enfermería está dirigida al individuo en forma integral, contemplando distintos tipos de estímulos y respuestas en este medio, muchas veces desconocido y doloroso para quienes, por distintos motivos, presentan alguna alteración en el estado de salud, de resolución médica o quirúrgica, y que requieren el ingreso a un establecimiento hospitalario.

Los pacientes, receptores de los servicios sanitarios, pueden ser violentados a través de variadas manifestaciones, que vulneran sus derechos y los que muchas veces no son solamente ignorados por los dispensadores de la atención de salud, sino también por los mismos usuarios. En una atención que ha priorizado la tecnificación y conocimientos teóricos que son elementos importantes en la atención en salud, éstos no son suficientes si se vulneran los derechos a una atención basada en el trato humano, lo que permite otorgar ciertamente no sólo una mejor atención, sino que un cuidado más digno.

El CIE (2002) ha adoptado una clara oposición en este referente, condenando toda forma de abuso y de violencia en los contextos hospitalarios, es por esta razón que junto con la Organización Mundial de la Salud (OMS), Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la Internacional de Servicios Públicos (PSI), establecen una campaña para erradicar la violencia en el sector salud, que según reconocen influye en los cuidados brindados a los pacientes.

Las escasas investigaciones en este tema desde la perspectiva de los pacientes y, por otro lado, el interés de los autores de realizar un diagnóstico en dos servicios clínicos hospitalarios sobre la violencia en la atención de salud otorgada a sus usuarios, llevaron a plantear los siguientes objetivos e hipótesis de investigación:

La percepción de violencia identificada en un contexto hospitalario representa un hallazgo considerado importante, puesto que esto significa que no solamente los trabajadores de salud son víctimas de violencia (CIE, 1999; Sánchez, 2002), sino que esta problemática afecta también a los usuarios de los servicios de hospitalización. Este hecho debe llamar a la reflexión sobre la forma en la que se está llevando a cabo la atención a los pacientes, que son nuestro principal sujeto de atención, y cómo se vulneran sus derechos.

Los pacientes identificaron una o más conductas violentas, las que correspondieron en su gran mayoría a manifestaciones de violencia de tipo psicológico. Dentro de las que se destacaban, la "falta de atención" en la satisfacción de necesidades de aseo y/o confort fue ejemplificada recurrentemente por los pacientes en estudio con el tiempo prolongado que demoraba el personal de salud en atender llamados de solicitud y retiro de chatas, y la falta de cooperación en la realización del aseo personal, en especial de aquellos más dependientes. Esto se puede relacionar con la escasez de personal para la atención específica de aseo y confort de los pacientes hospitalizados; el recurso humano disponible es limitado, y no logra atender a tiempo a todos los llamados de los usuarios que requieren atención.

La "frialdad en el trato" del personal de salud es otro aspecto considerado como violentador por el paciente/usuario de los servicios hospitalarios, que se identifican con conductas poco empáticas e impersonales. Los pacientes identifican este trato impersonal, por ejemplo, al ser tuteados por el personal que les atiende, y a la relación indiferente que los funcionarios de salud establecen con ellos. Este trato frío e indiferente también es un factor estresante en los pacientes durante la hospitalización, ya que las personas en esta condición necesitan establecer una relación de confianza con el personal a cargo de su cuidado (Roa, 1995). A este punto se refiere también Rodríguez (1999), cuando dice que la calidez en la atención que otorga el equipo de salud se torna un aspecto importante -el saber escuchar, establecer una dinámica de relación que puede ir desde el contacto visual hasta el abrazo estrecho, sonreír y el consolar sinceramente- que condiciona la relación entre prestadores y usuarios. Las investigadoras comparten ampliamente la necesidad que existe de establecer una comunicación basada en la empatía y respeto con el paciente; sin embargo, esta relación se ve alterada tal vez, por un lado, con la demanda asistencial -que muchas veces limita la comunicación más estrecha con los pacientes- y, por otro, por las conductas de algunos funcionarios que aún consideran al paciente como un mero receptor de cuidados, y no como un integrante activo de la atención en salud.

El que el mayor porcentaje de pacientes no logre diferenciar claramente al estamento de los funcionarios agresores, puede estar relacionado con el hecho de que cuando un paciente es ingresado a un hospital es separado de su ambiente familiar -conocido y estable- y sometido a otro extraño, en el que debe relacionarse con múltiples personas, sufriendo algún grado de confusión, especialmente cuando el personal de salud no se identifica previamente o no porta una identificación clara y/o por lo similar del vestuario. En este punto es necesario destacar que especial confusión se presentaba en los casos en que los pacientes debían diferenciar las enfermeras de los paramédicos, quedando de manifiesto la poca distinción que realiza el usuario del profesional universitario y del técnico, identificándolos a ambos como enfermeras. Por otro lado, esto puede estar asociado además a que los pacientes entrevistados no quieran señalar un estamento determinado, por no comprometerse mayormente en la denuncia de un hecho de violencia identificando al agente agresor.

Los pacientes hospitalizados señalaron en el presente estudio que en el turno de noche es cuando se presenta la mayor cantidad de conductas violentas. El turno de noche corresponde a la jornada de trabajo intrahospitalaria en que existe menor cantidad de funcionarios, comparados con los turnos diurnos. Durante el día son múltiples personas las que encuentran en los servicios clínicos atendiendo y satisfaciendo las necesidades de los pacientes, no solamente se encuentra el personal hospitalario (enfermeras, técnicos paramédicos, médicos, auxiliares de servicio), sino que además se están: alumnos de enfermería, medicina, técnicos paramédicos y los familiares en las horas de visita. Todas estas personas colaboran durante el día con las diversas actividades asistenciales. Sin embargo, durante la noche sólo se encuentran, y en menor número, los funcionarios del hospital, los que, aunque realizan menor cantidad de actividades que en el turno diurno, deben también realizar controles, procedimientos y diversos cuidados a los pacientes hospitalizados. ¿Será que el personal del turno nocturno es insuficiente o que la atención brindada en este horario difiere del resto?

Chapell y Di Martino (1998) reconocen que el estrés es un factor determinante en la presentación de comportamientos violentos en los individuos. Este aspecto ha sido también analizado por el CIE (2001), el que señala que una de las causas de estrés en el personal de salud es el tratar con la muerte y los moribundos, conflictos entre compañeros de trabajo, preparación inadecuada para tratar necesidades emocionales de pacientes y sus familias, y precisamente la sobrecarga o exceso de trabajo, la que a su vez puede llevar a la falta de atención en las actividades y al cambio de comportamientos. Los mismos profesionales de enfermería, según Sánchez (2002), atribuyen a la presión asistencial como el principal factor asociado a la violencia. Este aspecto requiere mayor atención, ya que tanto los dispensadores de los cuidados de salud como los propios pacientes receptores de los cuidados, reconocen al estrés como causal de violencia.

La mayoría de los pacientes que señalan percibir conductas violentas durante la atención recibida en la hospitalización, aceptan estas situaciones sin decir ni hacer nada. El adoptar una actitud pasiva frente a las conductas violentas puede relacionarse con la relación asimétrica y jerárquica que se establece entre el personal de salud y los pacientes en los hospitales públicos (Rocha y cols., 2000), en la que los pacientes en una situación de dependencia en mayor o menor grado toleran las diversas conductas y manifestaciones que surgen durante la hospitalización. Ferreira y Figueiredo (1997), en un estudio basado en las relaciones de poder entre las enfermeras y pacientes adultos hospitalizados, estos últimos adoptaban una actitud sumisa, pasiva y obediente, aceptando la atención de salud desde su rol pasivo, como mero receptor de los cuidados, actitud que se ha tratado de cambiar impulsando la participación activa de los usuarios en la atención en salud, por ejemplo a través de la divulgación de los deberes y derechos del paciente.

CONCLUSIONES Y SUGERENCIAS

- Un alto porcentaje de pacientes durante la hospitalización perciben conductas que catalogan como violentas de parte de los funcionarios que les atienden, siendo este porcentaje en la realidad probablemente mayor, ya que algunos pacientes no quisieron reconocer violencia durante la atención por temor a represalias posteriores.
- La mayoría de los pacientes hospitalizados que percibe violencia durante la atención refiere que ésta fue de una intensidad moderada y corresponden a manifestaciones del tipo de violencia psicológica en la gran mayoría de los casos, dentro de las que se destaca la "falta de atención" y el "trato frío".
- Un alto porcentaje de pacientes reconoce no diferenciar al agente agresor hospitalario.
- Los pacientes identificaron que las conductas violentas se presentaban mayoritariamente cuando solicitaban atención y en el horario de turno de noche.
- El factor predisponente del agresor para efectuar conductas violentas, según la percepción de los pacientes corresponde al estrés por sobrecarga de trabajo.
- El mayor porcentaje de pacientes frente a las conductas violentas adoptaba una actitud pasiva.
- La evaluación de la atención recibida durante la hospitalización, realizada por el mayor porcentaje de pacientes que conformaron la muestra, refirieron haber sido siempre bien atendidos a pesar que percibieron conductas violentas, aceptando éstas durante la hospitalización.
- Mediante el análisis de regresión logística, independiente del servicio clínico de procedencia, los pacientes más jóvenes, con mayor nivel educacional y que tienen una mala evaluación de la atención de salud, son los que mayormente perciben violencia en el contexto intra-hospitalario.

Según los resultados obtenidos, se hace necesario implementar medidas orientadas a la disminución y manejo adecuado del estrés por sobrecarga de trabajo del personal de salud, reconocido como el principal factor predisponente a la violencia, a través del aumento de funcionarios, especialmente durante los turnos nocturnos. Además, de ejecutar programas destinados a promover en los funcionarios los derechos y deberes de los pacientes, enfatizando en la relación de ayuda efectiva que se debe establecer con los usuarios.

Se hace imperativo reconocer la diferencia entre los estamentos funcionarios de salud de parte de los pacientes, promoviendo el uso de una identificación clara y visible, para delimitar responsabilidades cuando así se requiera.

Las futuras investigaciones en esta línea deben cautelar el momento en el que serán recogidos los datos, si bien para esta investigación fue considerado el momento del alta hospitalaria, el hecho de tener que volver a controles posteriores y la posibilidad de un eventual reingreso al servicio clínico, no liberaba totalmente a los pacientes a manifestar sus percepciones sin temor.

Este hallazgo de percepción de violencia, en un medio cuyo objetivo es atender las necesidades de salud de las personas, debe llevar a una profunda reflexión de cómo se están realizando las prestaciones sanitarias, la que ciertamente debe contemplar la forma cómo nos acercamos y presentamos al paciente, los gestos, tono de voz, uso de palabras claras basadas en un diálogo respetuoso y empático, nunca olvidar que el que está al otro lado es un ser humano como cualquier otro, que merece un trato digno.


La violencia dentro de los hospitales existe, pero se esconde detrás de un muro de normalización. Y el mayor problema es que casi nadie se atreve a nombrarla. 🏥🤐
No te equivoques: no siempre se trata de gritos o de conflictos evidentes. A veces se manifiesta de formas mucho más sutiles pero devastadoras:
Un trato cotidiano que humilla en silencio. 💔
Una jerarquía rígida que aplasta el criterio profesional. 📉
Un silencio cómplice que pesa en cada pasillo. 🤫
Y lo más difícil de asimilar es que muchas veces no hay un "malo" de la película. No es una persona en particular; es la propia estructura de poder la que está diseñada de una forma que hace daño. ⚙️💥
Seguir ignorando este diagnóstico solo perpetúa el problema. Nombrar lo que ocurre en el día a día es el primer paso indispensable para poder cambiarlo. De eso trata este libro: de tener la valentía de mirar de frente la cultura sanitaria. 🧠📘

DERECHOS DE LOS PACIENTES

VER+:
















viernes, 24 de julio de 2026

EVALUACIÓN CIENTÍFICA DE LOS RIESGOS DE LA LOCURA POR LA MARIHUANA (PORRO) 😵😱 por DR. ROBIN MURRAY


Evaluación de los riesgos
de la locura por la marihuana
😵😱

Los estudios que vinculan el consumo de cannabis con la esquizofrenia en el cerebro en desarrollo son solo la punta del iceberg en lo que respecta a la marihuana. 
¿Son especialmente peligrosas las distintas variedades y los cannabinoides sintéticos? 
¿Estamos haciendo lo suficiente para educar a los jóvenes sobre los riesgos? ¿Disminuye el coeficiente intelectual el consumo de marihuana? 
¿Dónde está el límite entre la marihuana medicinal y la recreativa? 
Nuestro autor, un reconocido psiquiatra británico, ofrece una perspectiva europea sobre estas cuestiones.
Las manifestaciones clínicas producidas por una intoxicación aguda por Cannabis son muy variables entre personas y dependen de la dosis, del contenido de THC, de la proporción THC/CBD, de la forma de administración, así como la personalidad, las expectativas y experiencias previa del sujeto y también del contexto en que se consume. 
Algunos autores afirman que las personas que consumen grandes cantidades de marihuana pueden presentar desorientación, despersonalización, paranoia y probables alucinaciones. Algunos estudios sugieren que puede producir enfermedades mentales graves como psicosis tóxicas en las que aparecen síntomas como alucinaciones y delirios graves, mientras que otros indican que puede acelerar la aparición de enfermedades psicóticas.

Quienes padecen esquizofrenia están especialmente predispuestos a estos efectos, existe probada evidencia de que la esquizofrenia puede empeorar con el uso de marihuana. Según algunos estudios, los consumidores de marihuana son más propensos a presentar anhedonia y desorganización cognitiva. Pueden producirse reacciones de pánico. Otros efectos incluyen taquicardia. Sin embargo se han encontrado evidencias sustanciales del uso del CBD (cannabidiol) como antipsicótico, ya que actúa en ciertas dosis como inhibidor natural del receptor CB1.

Actualmente hay suficiente evidencia científica para confirmar el efecto perjudicial del consumo diario de cannabis en la salud mental, asociado de forma directa a las mayores concentraciones de THC, especialmente de las variedades de alta potencia. El consumo habitual de cannabis produce un palpable deterioro cognitivo, incluyendo disminución del coeficiente intelectual, amnesia y perdida de memoria, sobre todo en menores de 21 años. Un metaanálisis de 2007 calcula que el consumo de cannabis está estadísticamente asociado con un aumento dosis-dependiente del riesgo de desarrollo de trastornos psicóticos. En un estudio de 2019 publicado en la revista The Lancet Psychiatry, por ejemplo, se confirma que el consumo de cannabis afecta la incidencia de trastornos psicóticos, incluyendo la esquizofrenia, al punto de que puede afirmarse que el consumo de marihuana en la actualidad (año 2025) triplica el riesgo de contraer dicha enfermedad mental, debido al incremento de su contenido de THC en comparación con el pasado reciente. En varias investigaciones, se ha comprobado incluso que el consumo diario de cannabis puede causar cambios epigenéticos en el consumidor, que a su vez pueden ser transmisibles a dos generaciones siguientes. Se reconocen, por tanto, los potenciales efectos adversos asociados con el consumo diario de cannabis, especialmente de las variedades de alta potencia en lo que a la salud mental se refiere.

Efectos a largo plazo

El consumo de cannabis se ha evaluado en diversos estudios que lo correlacionan con el desarrollo de ansiedad, psicosis y depresión, además del desarrollo de trastornos de pánico, independiente de si se continúa consumiendo o no, actuando, por lo tanto, el cannabis como detonante en al menos el 33 % de ataques de pánico sufrido por pacientes, que lo presentaron por primera vez y 48 horas post-consumo.

Con respecto a la aparición de trastornos mentales, tales como depresión y ansiedad, los consumidores diarios tienen 5 veces más posibilidades de desarrollarlos que los no consumidores, mientras que aquellos que son consumidores semanales tienen cerca del doble de posibilidades que los no consumidores. Con respecto a la posibilidad de sufrir esquizofrenia, se triplica al consumir cannabis.

Respecto a la aparición de trastornos psicóticos, los individuos con predisposición tienen entre un 25 y un 40 % más de posibilidades de padecer alguno de estos trastornos, mientras que en los individuos sin predisposición alcanza un 4 a 6 % más de incidencia. Algunos estudios avalan estos resultados afirmando que, probablemente el consumo de cannabis incremente el riesgo de reacciones psicóticas o sea la única causa del desarrollo de trastornos psicóticos en aquellos individuos que se encontraban sanos, previo al inicio del consumo, mientras que otros argumentan que ello es poco probable debido a la existencia de otros factores.

Estudios en consumidores de cannabis crónicos reportaron una reducción del volumen del hipocampo y de la amígdala.

Se considera que los consumidores ocasionales de cannabis tienden a acumular el THC, ya que el mismo suele depositarse en zonas ricas en grasa (como el cerebro, el hígado y las gónadas), esta acumulación suele asociarse a problemas de pérdida de memoria, (ocasionados por las alteraciones del hipocampo), como también a otros problemas de salud como impotencia. Se estima que se necesitan alrededor de 4 semanas para que el THC sea eliminado completamente del organismo, en consumidores ocasionales; sin embargo se cree que los consumidores crónicos de cannabis, requieren mucho más tiempo para recuperar sus funciones cognitivas, y que algunos de los trastornos producidos son crónicos.

Una característica de los efectos del consumo de psicotrópicos, como la marihuana, es el conocido como síndrome amotivacional, estudiado primero por Richard H. Schwartz, caracterizado por abulia, apatía, pasividad, indiferencia o irritabilidad, dificultad en mantener la atención y fatiga. Pero esto no está claro del todo ya que existen fuentes que afirman que esto tiene que ver con la personalidad y la conducta del individuo más que con el consumo en sí mismo. Aunque algunos estudios (IRMf) han mostrado fuertes cambios en la función neurológica a largo plazo en los consumidores diarios de cannabis, no se observaron cambios significativos en la conducta de aquellos individuos que realizaron un período de abstinencia de la sustancia.

A partir de mediados de la década de 1980, los psiquiatras europeos, como yo, comenzamos a ver un número creciente de adolescentes que antes funcionaban bien y que habían desarrollado alucinaciones y delirios: el cuadro clínico característico de la esquizofrenia. Estos pacientes con problemas nos desconcertaban porque la mayoría habían sido inteligentes y sociables y no tenían ninguna relación con los factores de riesgo habituales, como antecedentes familiares del trastorno o daño cerebral durante el desarrollo. Familiares y amigos solían decir: «Quizás sea por todo el cannabis que han estado fumando», y nosotros, con seguridad, les asegurábamos que estaban equivocados y les decíamos que el cannabis era una droga segura.

Mi perspectiva comenzó a cambiar cuando un colega, Peter Allebeck, del Instituto Karolinska de Estocolmo, inició su propia investigación. A él también le había llamado la atención observar cómo jóvenes bien adaptados desarrollaban esquizofrenia sin razón aparente. El excelente sistema nacional de registros suecos le permitió rastrear la evolución de 45.750 jóvenes a quienes se les preguntó sobre su consumo de drogas al ser reclutados en el ejército sueco. A partir del análisis de estos datos, Allebeck y sus colegas informaron en 1987 que los reclutas que habían consumido cannabis más de cincuenta veces tenían seis veces más probabilidades de desarrollar esquizofrenia en los siguientes quince años que aquellos que nunca lo habían consumido.

Debido a que solo existía un estudio, la mayoría de los psiquiatras se convencieron de que los consumidores de cannabis probablemente estaban predispuestos a la esquizofrenia antes de empezar a fumar. Como resultado, los hallazgos de Allebeck fueron prácticamente ignorados. Incluso la prestigiosa revista médica The Lancet, que había publicado el artículo de Allebeck, incluyó un editorial en 1995 que reiteraba la opinión médica predominante de que «fumar cannabis, incluso a largo plazo, no es perjudicial para la salud».

Sin embargo, con la ayuda de un joven psiquiatra, Anton Grech, comencé a estudiar a pacientes que habían fumado cannabis y habían sido ingresados ​​en el Hospital Maudsley de Londres con un diagnóstico de psicosis. Nuestro objetivo era observar qué sucedía con aquellos que continuaban consumiendo cannabis. Si, como algunos sugerían, los pacientes psicóticos usaban cannabis para "automedicarse" o para sobrellevar su enfermedad, cabría esperar que los consumidores persistentes tuvieran un mejor pronóstico. Pero encontramos lo contrario: cuatro años después, los pacientes que seguían consumiendo cannabis tenían muchas más probabilidades de seguir presentando delirios y alucinaciones. 3 Numerosos estudios han replicado estos hallazgos.

Entonces, si fumar cannabis exacerba la psicosis establecida, ¿podría también desempeñar un papel causal? Esta pregunta impulsó a varios grupos de investigación a intentar replicar el estudio del ejército sueco mediante el seguimiento de muestras de jóvenes de la población general, divididos en consumidores y no consumidores de cannabis. Desde 2002, una serie de diez estudios de este tipo han informado que las personas que consumían cannabis en la evaluación inicial tenían un mayor riesgo de desarrollar posteriormente. síntomas psicóticos e incluso esquizofrenia manifiesta que los no consumidores. Otros estudios de consumidores de cannabis que habían buscado atención médica mostraron que tenían un riesgo significativamente mayor de desarrollar esquizofrenia posteriormente.  Tal unanimidad es poco común en la epidemiología psiquiátrica.

Una reacción hostil

Gran parte de la comunidad científica recibió estos hallazgos con hostilidad, al igual que quienes abogaban por una actitud más liberal respecto al consumo de cannabis. Mis colegas y yo fuimos acusados ​​de ser prohibicionistas encubiertos; algunos sugirieron que estábamos experimentando nuestra propia versión de "locura por la marihuana". Los críticos insinuaron que quienes consumían cannabis lo hacían porque eran personas extrañas y estaban destinadas a desarrollar esquizofrenia de todos modos. 

Pero en un estudio de jóvenes que habían sido sometidos a un intenso escrutinio desde su nacimiento en Dunedin, Nueva Zelanda, pudimos excluir a aquellos que ya parecían propensos a la psicosis a los once años. Aun así, encontramos una relación entre el consumo de cannabis y la esquizofrenia posterior, incluso cuando excluimos los efectos de otras drogas conocidas por aumentar el riesgo de psicosis. Otra crítica fue que tal vez algunas personas consumían cannabis en un intento de aliviar los síntomas de la psicosis o sus precursores. Sin embargo, un segundo estudio neozelandés, esta vez de Christchurch, mostró que una vez que se desarrollaban síntomas psicóticos leves, las personas tendían a fumar menos.

Finalmente, el gran volumen de datos convenció a los psiquiatras europeos y australianos de la existencia de un vínculo. Actualmente, se acepta generalmente que el cannabis es una causa de esquizofrenia aunque en menor medida en Norteamérica, donde este tema ha recibido poca atención). Sin embargo, persiste el debate sobre la magnitud de la psicosis asociada al cannabis. En diferentes países, la proporción de esquizofrenia atribuida al consumo de cannabis oscila entre el 8 y el 24 por ciento, dependiendo, en parte, de la prevalencia de dicho consumo. 
El exceso se convierte en una preocupación importante.

La mayoría de las personas disfrutan del cannabis con moderación y sufren pocos o ningún efecto adverso. Les reconforta saber que algunas de las figuras más célebres del planeta —Paul McCartney, Oprah Winfrey y Barack Obama, por ejemplo— han admitido consumir cannabis sin sufrir efectos negativos. Sin embargo, el consenso científico indica que, si bien no existe evidencia concluyente de una relación con la ansiedad o la depresión, el consumo excesivo de cannabis puede provocar psicosis. En resumen: los consumidores habituales que fuman grandes cantidades aumentan su riesgo de desarrollar esquizofrenia.

Sin embargo, la gran mayoría de los consumidores no desarrollarán psicosis. De hecho, cuando se les pregunta a los jóvenes que han desarrollado esquizofrenia tras años de consumo de cannabis si creen que su hábito pudo haber contribuido, suelen responder: «No, mis amigos fuman tanto como yo y están bien». Parece que algunas personas son especialmente vulnerables.

Como era de esperar, las personas con una personalidad paranoide o propensa a la psicosis son las que corren mayor riesgo, junto con aquellas con antecedentes familiares de psicosis. La investigación también sugiere que heredar ciertas variantes de genes que influyen en el sistema dopaminérgico, implicado en la psicosis, puede hacer que algunos usuarios sean especialmente susceptibles; ejemplos de estos genes incluyen AKT1, DRD2 y posiblemente COMT. 

Otra pregunta importante es: ¿Son algunos tipos de cannabis más riesgosos que otros?

La naturaleza cambiante del cannabis

Se cree que la planta de cannabis es originaria de Asia central o de las estribaciones del Himalaya. Produce compuestos conocidos como cannabinoides en los tricomas glandulares, principalmente alrededor de las flores de la planta. El cannabis recreativo se deriva de los tricomas y tradicionalmente ha estado disponible como hierba (marihuana, hierba) o resina (hachís); la primera es más común en Norteamérica y la segunda en Europa. El cannabis actúa sobre el receptor cannabinoide CB1, parte del sistema endocannabinoide, que ayuda a mantener la estabilidad neuroquímica en el cerebro. La planta de cannabis produce más de 70 cannabinoides, pero los más importantes son el tetrahidrocannabinol (THC) y el cannabidiol (CBD). El THC es responsable del efecto psicoactivo que experimentan los consumidores. Activa el receptor cannabinoide CB1, que es uno de los receptores más extendidos en el cerebro.

La proporción de THC en la marihuana tradicional y la resina en la década de 1960 era de aproximadamente entre el 1 y el 3 por ciento. La potencia del cannabis comenzó a aumentar en la década de 1980, cuando cultivadores como David Watson, conocido como "Sam the Skunkman", huyeron de la "Guerra contra las Drogas" impulsada por Reagan y llevaron semillas de cannabis a Ámsterdam, donde se podía vender legalmente en los "coffee shops". Junto con entusiastas holandeses, experimentaron para producir plantas más potentes. Esto marcó la tendencia para un aumento lento pero constante de una nueva variedad de marihuana llamada sinsemilla, cosechada de flores femeninas no polinizadas (a menudo llamada "skunk" por su fuerte olor). A principios del siglo XXI, en Inglaterra y los Países Bajos, respectivamente, la potencia de la sinsemilla, medida por la proporción de THC, había aumentado a entre el 16 y el 20 por ciento, y había acaparado gran parte del mercado tradicional, desplazando a la resina.

En 1845, el psiquiatra francés Jacques-Joseph Moreau (apodado «Moreau de Tours») consumió cannabis en el Club de Hashischins, cuyo nombre resultaba muy apropiado, y se lo administró a algunos de sus estudiantes y pacientes.  
Concluyó que el cannabis podía precipitar «reacciones psicóticas agudas, que generalmente duraban solo unas horas, pero ocasionalmente hasta una semana». Sin embargo, desde entonces, sorprendentemente, se ha investigado muy poco científicamente sobre los efectos del THC en humanos.

Uno de los primeros estudios sobre el THC fue realizado por Paul Morrison, un psicofarmacólogo escocés de nuestro grupo en el King's College de Londres, quien administró el ingrediente por vía intravenosa a jóvenes voluntarios sanos y entusiastas. Sus reacciones variaron desde euforia hasta sospecha, paranoia y alucinaciones. Posteriormente, él y Amir Englund  pretrataron a sus voluntarios con cannabidiol (CBD), el otro ingrediente principal del cannabis tradicional, antes de administrarles THC por vía intravenosa; los efectos de este último fueron mucho menores. Por lo tanto, el CBD pareció contrarrestar los efectos psicotrópicos del THC. Un ensayo clínico alemán respalda esta idea: Marcus Leweke descubrió que el CBD tenía acciones antipsicóticas equivalentes a las de un antipsicótico estándar, la amisulprida, en pacientes con esquizofrenia.

Las variedades de cannabis de alta potencia, como la sinsemilla (skunk), se diferencian de las tradicionales no solo por la cantidad de THC que contienen, sino también por la proporción de CBD. Curiosamente, las plantas cultivadas para producir una alta concentración de THC no pueden producir también mucho CBD, por lo que las variedades de cannabis con alto contenido de THC contienen poco o ningún CBD. 

¿Podrían, por lo tanto, los tipos de cannabis de alta potencia tener más probabilidades de inducir psicosis que las formas tradicionales? Para examinar esta cuestión, mi esposa, Marta Di Forti, psiquiatra financiada por el Consejo de Investigación Médica del Reino Unido, comparó los hábitos de consumo de cannabis de 410 pacientes ingresados ​​en el Hospital Maudsley con su primer episodio de trastorno psicótico con los de 390 personas de control de la población local. Quienes habían consumido cannabis de alta potencia (skunk) presentaban un riesgo mucho mayor de psicosis que los consumidores de resina. Las personas que consumían cannabis tipo skunk a diario tenían cinco veces más probabilidades que los no consumidores de sufrir un trastorno psicótico , mientras que los consumidores de resina tradicional no presentaban diferencias con los no consumidores. Otro estudio que analizó el cabello en busca de cannabinoides mostró que los consumidores con THC y CBD detectables en el cabello presentaban menos síntomas psicóticos que aquellos con solo THC.

Por lo tanto, la creciente disponibilidad de tipos de cannabis de alta potencia explica por qué los psiquiatras deberían estar más preocupados por el cannabis ahora que en las décadas de 1960 y 1970. La tendencia hacia una mayor potencia no se está desacelerando, y se informa que nuevas formas de resina y aceite de resina contienen hasta un 60 por ciento. Estas formas particularmente muy potentes siguen siendo inusuales, pero los cannabinoides sintéticos (a menudo denominados "spice" o "K2") ahora se anuncian y venden comúnmente en sitios web que cumplen con la ley al etiquetar sus productos como incienso, o agregando "no apto para el consumo humano". Mientras que el THC solo activa parcialmente el receptor CB1, la mayoría de las moléculas spice/K2 activan completamente el receptor y, por lo tanto, son más potentes. En consecuencia, las reacciones adversas agudas son más comunes. Una encuesta a 80 000 consumidores de drogas mostró que aquellos que usaban cannabinoides sintéticos tenían treinta veces más probabilidades de terminar en una sala de emergencias que los consumidores de cannabis tradicional.  La agitación, la ansiedad, la paranoia y la psicosis que pueden resultar del uso de cannabinoides sintéticos se han denominado “espiceofrenia”. 

La dependencia y el deterioro cognitivo siguen siendo temas controvertidos.

Si bien la dependencia psicológica y la tolerancia se presentan, el tema de la dependencia física sigue siendo objeto de intenso debate. Quienes la defienden señalan la aparente ausencia de síntomas agudos de abstinencia del cannabis (hasta la fecha no se han realizado estudios que examinen específicamente a consumidores con alto contenido de THC). En circunstancias normales, los síntomas de abstinencia están ausentes porque el cannabis permanece en el cuerpo durante varias semanas; por lo tanto, la abstinencia es muy gradual y poco evidente, aunque pueden desarrollarse ansiedad, insomnio, trastornos del apetito y depresión. Algunos afirman que el 10 % de las personas que experimentan con cannabis desarrollarán dependencia y que las tasas de dependencia entre los consumidores diarios alcanzan al menos el 25 %. Independientemente de la veracidad de estas cifras, la dependencia del cannabis es una causa cada vez más común de personas que buscan ayuda en Australia, Europa y Norteamérica. 

Otro tema controvertido es el deterioro cognitivo. El THC altera el hipocampo, la zona del cerebro crucial para la memoria. Cuando Paul Morrison indujo síntomas psicóticos administrando THC por vía intravenosa a voluntarios, también se observó un deterioro cognitivo transitorio. Es probable que este deterioro explique por qué los conductores bajo los efectos del cannabis tienen el doble de riesgo de sufrir accidentes de tráfico. 

Los consumidores habituales muestran deterioro cognitivo, pero persiste la controversia sobre qué sucede cuando dejan de consumir. Algunos estudios sugieren que pueden recuperarse por completo, mientras que otros indican que solo es posible una recuperación parcial.  Un estudio (aún no replicado) que generó gran preocupación fue un informe de Madeleine Meier y sus colegas, basado en el estudio de Dunedin.  Este sugirió que el consumo persistente de cannabis durante varias décadas provoca una disminución de hasta ocho puntos en el coeficiente intelectual.

Una posible explicación para los resultados cognitivos inconsistentes es que los efectos sobre la cognición podrían depender de la edad de inicio del consumo de cannabis. Harrison Pope y sus colegas examinaron a consumidores habituales de cannabis a largo plazo y descubrieron que aquellos que iniciaron su consumo antes de los diecisiete años presentaban puntuaciones de CI verbal más bajas.  Meier también halló un mayor deterioro en aquellos de su cohorte de Dunedin que comenzaron a consumir en la adolescencia. 

Otros estudios han señalado una asociación entre el consumo de cannabis en la adolescencia y un bajo rendimiento académico. Edmund Silins y sus colegas analizaron a más de 2500 jóvenes en Australia y descubrieron que el consumo diario de cannabis antes de los diecisiete años se asociaba con una clara disminución en la probabilidad de completar la escuela secundaria y obtener un título universitario. 

Los investigadores han planteado preguntas similares con respecto a la edad de inicio y el riesgo de psicosis. En nuestro estudio de Dunedin, encontramos que las personas que comenzaron a consumir cannabis a los dieciocho años o más mostraron solo un pequeño aumento, no significativo, en el riesgo de psicosis similar a la esquizofrenia a los veintiséis años. Pero entre quienes comenzaron a los quince años o antes, el riesgo se cuadruplicó.  Otros estudios han reportado disparidades similares. 

Estudios experimentales en roedores han revelado que la administración de THC produjo un mayor impacto en la función cognitiva en ratas jóvenes que en ratas adultas. Además, algunos estudios recientes de neuroimagen en personas que consumen cannabis de forma prolongada y en grandes cantidades han afirmado encontrar cambios cerebrales detectables, especialmente en aquellos que comenzaron en la adolescencia. Aunque los estudios de neuroimagen siguen siendo controvertidos, una posible explicación es que comenzar a consumir cannabis a una edad en la que el cerebro aún se está desarrollando podría dañar permanentemente el sistema endocannabinoide e impactar en otros neurotransmisores como el sistema dopaminérgico —conocido por estar implicado tanto en el aprendizaje como en la psicosis.

Trascendencia

Las actitudes hacia el cannabis están cambiando a nivel mundial. Uruguay ha legalizado su uso, al igual que cuatro estados estadounidenses. Además, diecisiete estados han despenalizado el cannabis, mientras que otros veintitrés han aprobado leyes sobre la marihuana medicinal basándose en que ayuda a personas con dolor crónico y síntomas asociados a la quimioterapia. Se ha abierto una curiosa brecha entre Norteamérica y Europa. En Estados Unidos, el consumo de cannabis entre los jóvenes ha aumentado desde mediados de la década de 1990, a medida que ha disminuido la percepción de riesgo sobre su consumo. En contraste, el consumo ha disminuido en muchos países europeos, en parte debido a un mayor conocimiento de los riesgos para la salud mental. En Inglaterra, por ejemplo, en 1998, el 26% de las personas de entre dieciséis y veinticuatro años admitió haber consumido cannabis el año anterior. Para 2013, esa cifra había descendido al 15%. 

Al considerar el futuro del uso legal del cannabis, los legisladores y políticos deben equilibrar el disfrute de muchos con el potencial de daño. Este desafío se evidencia en el Reino Unido, donde los grupos de presión a favor y en contra del cannabis han protagonizado una acalorada discusión. En 2004, el gobierno siguió la recomendación del Consejo Asesor sobre el Abuso de Drogas, que afirmaba que el consumo de cannabis no tenía efectos adversos graves, y redujo las restricciones sobre la droga. Al año siguiente, el Consejo Asesor revirtió su postura y aceptó la evidencia que vinculaba el cannabis con la psicosis. Algunos periódicos que habían hecho campaña a favor de la liberalización respondieron atacando a los políticos "liberales". Para 2007, el clamor mediático había alcanzado tal magnitud que el gobierno volvió a aumentar las restricciones. Ahora, la presión para la liberalización vuelve a crecer. 

Al analizar las opiniones contradictorias, los políticos y reguladores deben reconocer que la "marihuana medicinal" se ha convertido en gran medida en una tapadera para la introducción del uso recreativo por parte de la industria de la marihuana, y que hay médicos inescrupulosos y cada vez más adinerados involucrados. Sin embargo, se debe fomentar la investigación sobre los numerosos componentes del cannabis, ya que, al igual que la investigación sobre los opiáceos, puede dar lugar a fármacos con importantes usos médicos. Los componentes cannabinoides individuales pueden entonces someterse a ensayos para medir su eficacia en diversas dolencias (por ejemplo, esclerosis múltiple, epilepsia) del mismo modo que se evalúa cualquier otro fármaco propuesto. Cuando sea eficaz, debería estar disponible bajo prescripción médica; varios fármacos cannabinoides ya están disponibles de esta manera.

Pero debemos ser cautelosos, ya que la evidencia que hemos revisado sugiere que el cannabis, al igual que otras drogas psicotrópicas, tiene efectos tanto negativos como positivos. Si consideramos que casi 200 millones de personas en todo el mundo consumen cannabis, es probable que el número de personas que sufren psicosis inducida por cannabis ascienda a millones, y la cantidad de personas en riesgo de desarrollar problemas graves de salud mental se convierte en una gran preocupación.

Los europeos siguen con gran interés la evolución del debate sobre el cannabis en Estados Unidos. La despenalización y la legalización del cannabis y los cannabinoides sintéticos están sobre la mesa. 
¿Conllevará la legalización un aumento del consumo? ¿Esto resultará en un mayor uso por parte de los adolescentes, quienes parecen ser los más susceptibles a los efectos adversos? ¿Podrán los servicios de salud mental y de tratamiento de adicciones hacer frente a la situación? ¿Cómo se desarrollarán las campañas educativas sobre los riesgos del consumo regular de cannabis de alta potencia o cannabinoides sintéticos? ¿Podría una simple prueba genética revelar quién tiene más probabilidades de sufrir efectos mentales adversos? 
A medida que el consumo de cannabis sigue ganando aceptación, persisten tantas preguntas como respuestas.

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