EL Rincón de Yanka: CONCIENCIA

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jueves, 30 de julio de 2026

LIBRO "VIOLENCIA EN LA ESTRUCTURA HOSPITALARIA": 🏥 ¿COSTUMBRE, NECESIDAD O SILENCIOS CÓMPLICES? por VINICIO VILLALOBOS


VIOLENCIA EN LA
ESTRUCTURA
HOSPITALARIA

¿COSTUMBRE, NECESIDAD O SILENCIOS CÓMPLICES?

VINICIO VILLALOBOS

Un amigo médico se fue de España por el problema del gran individualismo egotista, y de soberbia, y de ENVIDIA. Por el poco sentido de equipo (mal rollo entre médicos entre sí y entre enfermeras). Falta dirección en la sanidad pública. Y por la incomunicación y descoordinación entre ellos. Poca escucha y poca alteridad. No hay más asesinatos en la sanidad por pura providencia (NOTA DE YANKA).

La violencia en la estructura hospitalaria. ¿Costumbre, necesidad o silencios cómplices? Este libro surge de la sospecha compartida por muchos profesionales: en el hospital ocurren cosas que causan dolor, pero casi nunca se mencionan. Guardias usadas como castigo, humillaciones disfrazadas de enseñanza, decisiones de gestión que afectan la salud de quienes cuidan y de quienes reciben cuidado. Todos las reconocen; pocos las llaman violencia. Con más de treinta y cinco años de experiencia clínica en Venezuela, Arabia Saudita, Guinea Ecuatorial y España, el autor enfrenta una contradicción: 
¿cómo, en un lugar donde se salvan vidas cada día, también se tolera el maltrato, el silencio y la injusticia? 
El libro ofrece un mapa claro y cercano de la violencia que permea la estructura hospitalaria: desde la dirección hacia los profesionales, entre médicos, entre enfermeros, entre médicos y enfermeros, hacia los pacientes, desde los pacientes y entre los propios pacientes. No solo abarca agresiones físicas ni insultos evidentes. 
El énfasis está en la violencia normalizada: protocolos incumplidos, consentimientos poco claros, jerarquías que utilizan el miedo como método y culturas del «aguantar» donde pedir ayuda se percibe como debilidad. También incluye formas más dolorosas y silenciadas: 
la violencia obstétrica, psiquiátrica e institucional contra mujeres, personas con enfermedades psiquiátricas, migrantes y colectivos vulnerables. 
En lugar de limitarse a la denuncia, el libro proporciona algo que falta en muchos debates: un lenguaje para describir lo que sucede, criterios éticos para analizarlo y ejemplos concretos de respuestas existentes y efectivas en algunos lugares, como protocolos de prevención, planes de humanización, liderazgos que protegen sin humillar y alianzas entre profesionales, sindicatos, colegios y pacientes.
La violencia en la estructura hospitalaria abarca el maltrato normalizado, las jerarquías rígidas y el abuso de poder institucionalizado. Se manifiesta en las relaciones entre la dirección y el personal, entre los propios trabajadores de la salud, y hacia los pacientes, afectando tanto el bienestar físico como la salud mental en el entorno clínico.
Manifestaciones Principales

Abuso jerárquico: Guardias usadas como castigo y humillaciones disfrazadas de docencia o disciplina médica.
Violencia horizontal: Conflictos y malos tratos cotidianos entre médicos, personal de enfermería y equipos de gestión.
Violencia institucional hacia el paciente: Incumplimiento de protocolos, trato deshumanizado y decisiones administrativas que priorizan la burocracia frente al cuidado.

Factores de Persistencia

Normalización cultural: Costumbres arraigadas donde el silencio y la injusticia se toleran bajo la premisa de que "el sistema debe funcionar".
Falta de denuncia: Miedo a represalias laborales y complicidad institucional que invisibilizan el problema.

Introducción

Razones para elegir este libro

Hay una pregunta que muchas personas que trabajan en un hospital han pensado alguna vez, aunque no siempre hayan encontrado las palabras para formularla.
¿Cómo es posible que en lugares creados para cuidar, cuya misión principal es aliviar el sufrimiento, ocurran tantas formas de daño que casi nunca se mencionan, se registran muy pocas veces y, por esa razón, casi nunca se corrigen?

Esta pregunta no nace de la desconfianza hacia la medicina ni hacia quienes la ejercen. Nace de la experiencia. De más de treinta y cinco años de práctica clínica en cuatro países -Venezuela, Arabia Saudita, Guinea Ecua­torial y España- que poco tienen en común en recursos, organización o cul­tura, pero donde ciertos mecanismos de daño se repiten con una coherencia inquietante, dejando a menudo un nudo en el estómago y una sensación de que se ha cruzado una línea invisible.

Lo que este libro intenta hacer es mirar esa pregunta de frente. No con la comodidad de quien señala desde fuera, sino con la incomodidad más difí­cil: la de alguien que ha formado parte del sistema que analiza, que ha con­ tribuido a sostenerlo y que sabe, por experiencia propia, que la línea entre cuidar y dañar a veces es más fina de lo que sugieren los códigos éticos. Esa incomodidad -mezcla de vergüenza, responsabilidad y deseo de hacer las cosas de otra manera- es el tono desde el que están escritas estas páginas.

Si eliges este libro, no encontrarás un relato neutro ni aséptico. Encontra­rás un intento de pensar con honestidad sobre una contradicción que atra­viesa el corazón mismo del hospital: la posibilidad de que, mientras se cura, también se hiera. Y, al mismo tiempo, una invitación a acompañar el males­tar que muchas personas ya sienten en su práctica diaria, dándole nombre y lugar, para que pueda convertirse en motor de cambio y no solo en motivo de frustración silenciosa.

De qué trata este libro

Este libro habla de violencia en el hospital, pero no solo de la que aparece en los titulares: no se limita al puñetazo en urgencias ni al caso extremo que acaba en la prensa o en los tribunales. Habla también de esa violencia más silenciosa, cotidiana, que rara vez se reconoce como tal y, sin embargo, deja huella.

Habla de la corrección pública, que no busca enseñar sino humillar. Tam­bién menciona la guardia de veinticuatro horas utilizada como castigo, y el consentimiento informado convertido en un trámite que nadie explica ni escucha. Incluye las denuncias que se archivan sin una verdadera investi­gación, los diagnósticos comunicados en un lenguaje incomprensible para el paciente y la cultura del aguante que convierte el maltrato en prueba de vocación.

Habla, por supuesto, de la violencia más evidente: el acoso entre profe­sionales, las agresiones de pacientes y familiares, la violencia obstétrica, la violencia psiquiátrica, las violencias institucionales que afectan de forma desproporcionada a mujeres, personas con trastorno mental, migrantes, per­sonas con discapacidad...
Cada capítulo intenta sostener un equilibrio difícil: suficiente rigor con­ceptual para que no se convierta solo en una colección de anécdotas, sufi­ciente atención a la experiencia clínica para que no se quede en un ejercicio abstracto. Y, hacia el final, el libro se pregunta qué se puede hacer: no con optimismo ingenuo, sino apoyándose en herramientas y prácticas que ya existen, que ya funcionan en algunos contextos y que podrían funcionar en muchos más si se dieran las condiciones adecuadas. El propósito no es conso­lar, sino ofrecer criterios y ejemplos concretos para que el daño evitable deje de parecerlo.

Cómo está organizado

La estructura del libro tiene un flujo intencionado: inicia con conceptos, pasa a detalles concretos y luego vuelve a lo propositivo.
Los primeros capítulos construyen el marco: qué entendemos por violen­cia en el hospital, cómo distinguirla de otras formas de conflicto, qué ti­pologías ayudan a nombrarla con precisión y qué raíces históricas explican por qué las jerarquías, las culturas del daño y el silencio son tan resistentes. También exploran cómo los principios de la ética y la bioética se encuentran -o  se chocan- con la práctica real, y cómo ese choque se traduce en formas de malestar moral que muchos profesionales reconocerán.

Los capítulos centrales siguen el rastro de la violencia en las distintas relaciones que atraviesan el hospital: desde la dirección hacia los profesiona­les, entre médicos, entre enfermeras, entre médicos y enfermeras, hacia los pacientes, desde los pacientes hacia el personal, entre los propios pacientes. A ello se suman capítulos dedicados a violencias institucionales más espe­cíficas, como la obstétrica, la psiquiátrica o la dirigida a colectivos especial­ mente vulnerables.

Los capítulos posteriores abordan las respuestas posibles: el papel de la ética clínica como marco para analizar y exigir; la prevención como conjunto de medidas concretas (protocolos, planes, estrategias de liderazgo, cultura del cuidado); el papel de colegios profesionales y sindicatos; y lo que pode­mos aprender de experiencias ya en marcha.
Finalmente, el libro se cierra con dos planos distintos: unas reflexiones finales que intentan sintetizar sin simplificar y un testimonio personal que no pretende demostrar nada, pero sí mostrar de dónde provienen muchas de las preguntas que han guiado este trabajo y qué se siente al formularlas desde dentro.
El objetivo de esta organización es sencillo: ofrecer primero un mapa, des­ pués recorrer el territorio y, al final, volver al mapa con otra mirada, menos ingenua y más atenta a los signos de violencia y de cuidado.

A quién va dirigido

Este libro no está dirigido a un lector ideal en abstracto, sino a varias perso­nas que se encuentran en el hospital al mismo tiempo.
Para el profesional de primera línea -médico, enfermera, auxiliar, resi­dente- que siente que algo en su servicio le produce malestar, pero no sabe cómo nombrarlo ni qué hacer al respecto.
Para quien dirige un servicio, una unidad o un equipo y necesita criterios para delimitar dónde acaba la exigencia y empieza el maltrato, y herramien­tas para actuar cuando esa línea se cruza.

Para las personas que toman decisiones sobre plantillas, recursos, protoco­los y espacios, y necesitan ver con claridad que cada decisión degestión tiene consecuencias éticas concretas para quienes trabajan y son atendidos en la institución.
Para el estudiante o residente en sus primeras guardias, puede resultar confuso distinguir si lo que experimenta forma parte de su aprendizaje o si simplemente no debería ocurrir en ningún entorno de formación.

Para el paciente o el familiar que ha salido del hospital con una mezcla de gratitud y heridas, que percibe que algo en el trato no fue digno, pero no en­cuentra palabras para explicarlo.
Para quienes investigan, gestionan o diseñan políticas de salud, que nece­sitan entender no solo el funcionamiento teórico del sistema, sino también la experiencia interna cuando la violencia permea sus mecanismos.

Si te reconoces en alguno de estos lugares -o en varios a la vez-, este libro intenta hablar contigo, no sobre ti. Y hacerlo desde un reconocimiento previo: tu malestar no es una rareza individual, sino una señal de que algo en la estructura merece ser examinado con cuidado.

Este no es un tratado académico clásico ni solo un relato personal. Es un ensayo clínico-analítico que se apoya en tres capas de conocimiento que dia­logan entre sí: la experiencia, la evidencia y el marco conceptual.

La primera sección incluye escenas clínicas basadas en más de 35 años de experiencia en hospitales de Venezuela, Arabia Saudita, Guinea Ecuatorial y España. Para garantizar la confidencialidad, los casos están anonimizados y, cuando ha sido necesario, fusionados o alterados en los detalles no esencia­ les. No buscan ser «representativos» en un sentido estadístico, sino reflejar patrones que muchos identificarán y emociones que muchos han sentido sin poder nombrarlas.

La segunda capa comprende datos y definiciones provenientes de infor­mes de organismos internacionales (OMS, OIT), planes de salud, estudios observacionales y revisiones sistemáticas sobre la violencia laboral, la vio­lencia institucional y los riesgos psicosociales. No es una revisión sistemá­tica exhaustiva, sino una revisión narrativa centrada en palabras clave y en fuentes de referencia confiables.

La tercera capa incluye las herramientas conceptuales de la ética, la filo­sofía política y las ciencias sociales: autores como Foucault, Cortina, Beau­champ y Childress, entre otros, que proporcionan vocabulario y categorías útiles para aclarar prácticas concretas. No se busca adaptar la realidad clínica a una teoría, sino emplearla para identificar aquello que, sin ella, sería difuso: ese malestar que se siente en la guardia, en la sesión clínica o en la sala de es­pera y que rara vez aparece en los protocolos.

La interacción entre estas capas presenta límites claros: las escenas no abarcan toda la realidad, los datos dependen de la calidad de los estudios y las teorías son siempre interpretaciones parciales. 
Sin embargo, en conjunto, proporcionan un marco lo suficientemente sólido para lo que busca este libro: brindar un lenguaje, criterios y ejemplos que ayuden a reconocer la violencia en la estructura hospitalaria y a comenzar a cambiarla, empezando por lo que cada cual tiene a su alcance.

Una advertencia necesaria

Este libro no busca acusar. No afirma que los hospitales estén llenos de per­sonas malintencionadas ni que la medicina, en su esencia, sea dañina. 
Más bien, plantea algo más incómodo y, creo, más útil: que el daño puede ocurrir -y a veces de manera especial- incluso en manos de personas decentes, en instituciones con protocolos adecuados y en sistemas con recursos suficien­tes. Sus raíces no solo están en las personas, sino también en las estructuras, jerarquías y culturas que organizan la vida del hospital.

Reconocer esto no constituye pesimismo, sino un paso fundamental para lograr cambios honestos y duraderos. Los hospitales pueden convertirse en espacios donde el cuidado se brinde con dignidad tanto a quienes lo reciben como a quienes lo ofrecen. En ocasiones, ya lo son en parte. 

La diferencia entre el hospital actual y el hospital ideal depende en gran medida de cuán­ tas personas estén dispuestas a identificar el problema, comprender sus cau­sas y actuar en consecuencia, aunque sea en decisiones muy concretas.

Este libro quiere aportar algo a ese esfuerzo. Si al terminarlo sientes que tienes palabras nuevas para nombrar lo que antes te dolía en silencio, o ves con más claridad dónde podrías empezar a cambiar algo -aunque sea muy pequeño- en tu propio ámbito, habrá cumplido su propósito más impor­tante.




El aumento considerable de la violencia es un fenómeno reconocido ampliamente. Según el Consejo Internacional de Enfermería (CIE, 1999), este fenómeno afecta a toda la población, atravesando fronteras de edad, raza, condición socioeconómica, sexo y lugar.

Diversos estudios en la temática de la violencia que afecta a los espacios laborales concluyen que precisamente algunos de estos lugares de trabajo y ocupaciones tienen un mayor riesgo de hechos violentos que otros. Se reconoce en estas investigaciones que la violencia en el lugar de trabajo en el sector salud es universal, la que genera un alto grado de estrés, lo que también puede instar a comportamientos violentos, y en las que se evidencia que las enfermeras y el personal de ambulancias tienen mayor riesgo a ser víctimas de hechos agresivos, el que especialmente corresponde a violencia de tipo psicológico (CIE, 2002; Sánchez, 2002). Para Kingma (1999), la violencia que afecta a las enfermeras tiene una doble consecuencia, ciertamente negativa, porque afecta por un lado la vida de este profesional y, por el otro, puede afectar el tipo de servicios de salud prestados, es decir, la repercusión se pudiera extender a la calidad de los cuidados de salud otorgados a los pacientes. Así, este complejo fenómeno de la violencia es reconocido también en el ambiente hospitalario, enfocado desde la perspectiva de los trabajadores de la atención de salud. Sin embargo, estudios orientados en este tema desde el punto de vista de los pacientes o usuarios de los servicios de salud, principal foco de atención en este contexto, han sido escasamente abordados.

La condición de hospitalización hace al individuo vulnerable a variados estímulos, no sólo provenientes de la enfermedad que le afecta, sino también del medio ambiente y relaciones que se establecen durante la hospitalización, en el que adopta o pasa a ser incluido en el "status de paciente" (Martínez, 1997). Al respecto, Jiménez (2000) señala que este paciente ve alterado su autoestima y se producen cambios emocionales intensos que requieren de reajustes. Estos cambios, para Moro (1999), repercuten en las necesidades de seguridad y pertenencia, en la que un medio extraño, con una serie de normas y a veces falto de privacidad, potencia los sentimientos de inferioridad, aparecen sentimientos de culpa que aumentan con el tratamiento despersonalizado de los procesos diagnósticos, terapéuticos y asistenciales a los que se ve sometido durante la hospitalización.

Entonces el hospital, junto con ofrecer atención sanitaria, se constituye en un sistema social complejo y delicado, en el que la multiplicidad de personas, con diferentes roles, conforman una red interactiva que puede inducir a desarrollar o modificar actitudes (Valenzuela, 1995), las que pueden predisponer a hechos agresivos o violentos

Existen ciertas situaciones que se presentan durante la atención que se brinda al paciente hospitalizado y que tal vez, asociados a la masificación y complejidad creciente de la atención de salud, no sean analizados con la frecuencia y profundidad que merecen, y que pueden ser considerados manifestaciones de agresión o violencia.

Uno de ellos que pareciera ser inherente a la hospitalización, es la falta de intimidad, definida como "toda aquella realidad oculta, relativa a un sujeto o grupo determinado que merece reserva". Ésta se ve de alguna manera vulnerada en el paciente hospitalizado, el que se manifiesta desde la invasión no sólo al espacio territorial, reducido a una cama y un velador (Vacarezza, 2000), sino también al ser examinado en su unidad por innumerables personas a las que generalmente desconoce y respondiendo preguntas relativas a su historia de vida personal, muchas veces sin una explicación previa del porqué son necesarios estos procedimientos y estas respuestas. Pareciera ser más importante el órgano afectado que la persona enferma, olvidando el respeto a la desnudez y el pudor del otro (Rodríguez, 1999). Esto se ha ido presentando en la medida en que la enfermedad monopoliza la atención e inconscientemente se olvida la naturaleza humana de la atención de salud, tornándose ésta fría e impersonal, lo que ha violentado la relación amistosa y de confianza, pasando más bien a un vínculo de tipo despersonalizado (Iceta, 1996; Goic, 2000). Esto estaría asociado a lo que Jiménez y cols. (1990) llaman una relación asimétrica y jerárquica entre los dispensadores de cuidados y los pacientes.

En una relación de poder, por ejemplo, que establecen las enfermeras con los pacientes hospitalizados, provocan una actitud obediente, sumisa y pasiva del usuario frente a las diversas relaciones e interacciones que se presentan. En un estudio realizado por Moris, Riveros y Pucheau (1996), se identificaron los factores significativos en la percepción de la atención que recibían los pacientes hospitalizados en un hospital público, resultando que los pacientes consideraban importante las relaciones que se establecen con el equipo de salud, identificando como un atributo significativo el trato respetuoso del personal que los atendía.

En el contexto hospitalario el foco de atención es el cuidado del paciente hospitalizado y sus necesidades, lo que implica identificar constantemente los factores internos y externos que están influyendo en la salud de los que están a nuestro cargo, es decir, la atención de enfermería está dirigida al individuo en forma integral, contemplando distintos tipos de estímulos y respuestas en este medio, muchas veces desconocido y doloroso para quienes, por distintos motivos, presentan alguna alteración en el estado de salud, de resolución médica o quirúrgica, y que requieren el ingreso a un establecimiento hospitalario.

Los pacientes, receptores de los servicios sanitarios, pueden ser violentados a través de variadas manifestaciones, que vulneran sus derechos y los que muchas veces no son solamente ignorados por los dispensadores de la atención de salud, sino también por los mismos usuarios. En una atención que ha priorizado la tecnificación y conocimientos teóricos que son elementos importantes en la atención en salud, éstos no son suficientes si se vulneran los derechos a una atención basada en el trato humano, lo que permite otorgar ciertamente no sólo una mejor atención, sino que un cuidado más digno.

El CIE (2002) ha adoptado una clara oposición en este referente, condenando toda forma de abuso y de violencia en los contextos hospitalarios, es por esta razón que junto con la Organización Mundial de la Salud (OMS), Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la Internacional de Servicios Públicos (PSI), establecen una campaña para erradicar la violencia en el sector salud, que según reconocen influye en los cuidados brindados a los pacientes.

Las escasas investigaciones en este tema desde la perspectiva de los pacientes y, por otro lado, el interés de los autores de realizar un diagnóstico en dos servicios clínicos hospitalarios sobre la violencia en la atención de salud otorgada a sus usuarios, llevaron a plantear los siguientes objetivos e hipótesis de investigación:

La percepción de violencia identificada en un contexto hospitalario representa un hallazgo considerado importante, puesto que esto significa que no solamente los trabajadores de salud son víctimas de violencia (CIE, 1999; Sánchez, 2002), sino que esta problemática afecta también a los usuarios de los servicios de hospitalización. Este hecho debe llamar a la reflexión sobre la forma en la que se está llevando a cabo la atención a los pacientes, que son nuestro principal sujeto de atención, y cómo se vulneran sus derechos.

Los pacientes identificaron una o más conductas violentas, las que correspondieron en su gran mayoría a manifestaciones de violencia de tipo psicológico. Dentro de las que se destacaban, la "falta de atención" en la satisfacción de necesidades de aseo y/o confort fue ejemplificada recurrentemente por los pacientes en estudio con el tiempo prolongado que demoraba el personal de salud en atender llamados de solicitud y retiro de chatas, y la falta de cooperación en la realización del aseo personal, en especial de aquellos más dependientes. Esto se puede relacionar con la escasez de personal para la atención específica de aseo y confort de los pacientes hospitalizados; el recurso humano disponible es limitado, y no logra atender a tiempo a todos los llamados de los usuarios que requieren atención.

La "frialdad en el trato" del personal de salud es otro aspecto considerado como violentador por el paciente/usuario de los servicios hospitalarios, que se identifican con conductas poco empáticas e impersonales. Los pacientes identifican este trato impersonal, por ejemplo, al ser tuteados por el personal que les atiende, y a la relación indiferente que los funcionarios de salud establecen con ellos. Este trato frío e indiferente también es un factor estresante en los pacientes durante la hospitalización, ya que las personas en esta condición necesitan establecer una relación de confianza con el personal a cargo de su cuidado (Roa, 1995). A este punto se refiere también Rodríguez (1999), cuando dice que la calidez en la atención que otorga el equipo de salud se torna un aspecto importante -el saber escuchar, establecer una dinámica de relación que puede ir desde el contacto visual hasta el abrazo estrecho, sonreír y el consolar sinceramente- que condiciona la relación entre prestadores y usuarios. Las investigadoras comparten ampliamente la necesidad que existe de establecer una comunicación basada en la empatía y respeto con el paciente; sin embargo, esta relación se ve alterada tal vez, por un lado, con la demanda asistencial -que muchas veces limita la comunicación más estrecha con los pacientes- y, por otro, por las conductas de algunos funcionarios que aún consideran al paciente como un mero receptor de cuidados, y no como un integrante activo de la atención en salud.

El que el mayor porcentaje de pacientes no logre diferenciar claramente al estamento de los funcionarios agresores, puede estar relacionado con el hecho de que cuando un paciente es ingresado a un hospital es separado de su ambiente familiar -conocido y estable- y sometido a otro extraño, en el que debe relacionarse con múltiples personas, sufriendo algún grado de confusión, especialmente cuando el personal de salud no se identifica previamente o no porta una identificación clara y/o por lo similar del vestuario. En este punto es necesario destacar que especial confusión se presentaba en los casos en que los pacientes debían diferenciar las enfermeras de los paramédicos, quedando de manifiesto la poca distinción que realiza el usuario del profesional universitario y del técnico, identificándolos a ambos como enfermeras. Por otro lado, esto puede estar asociado además a que los pacientes entrevistados no quieran señalar un estamento determinado, por no comprometerse mayormente en la denuncia de un hecho de violencia identificando al agente agresor.

Los pacientes hospitalizados señalaron en el presente estudio que en el turno de noche es cuando se presenta la mayor cantidad de conductas violentas. El turno de noche corresponde a la jornada de trabajo intrahospitalaria en que existe menor cantidad de funcionarios, comparados con los turnos diurnos. Durante el día son múltiples personas las que encuentran en los servicios clínicos atendiendo y satisfaciendo las necesidades de los pacientes, no solamente se encuentra el personal hospitalario (enfermeras, técnicos paramédicos, médicos, auxiliares de servicio), sino que además se están: alumnos de enfermería, medicina, técnicos paramédicos y los familiares en las horas de visita. Todas estas personas colaboran durante el día con las diversas actividades asistenciales. Sin embargo, durante la noche sólo se encuentran, y en menor número, los funcionarios del hospital, los que, aunque realizan menor cantidad de actividades que en el turno diurno, deben también realizar controles, procedimientos y diversos cuidados a los pacientes hospitalizados. ¿Será que el personal del turno nocturno es insuficiente o que la atención brindada en este horario difiere del resto?

Chapell y Di Martino (1998) reconocen que el estrés es un factor determinante en la presentación de comportamientos violentos en los individuos. Este aspecto ha sido también analizado por el CIE (2001), el que señala que una de las causas de estrés en el personal de salud es el tratar con la muerte y los moribundos, conflictos entre compañeros de trabajo, preparación inadecuada para tratar necesidades emocionales de pacientes y sus familias, y precisamente la sobrecarga o exceso de trabajo, la que a su vez puede llevar a la falta de atención en las actividades y al cambio de comportamientos. Los mismos profesionales de enfermería, según Sánchez (2002), atribuyen a la presión asistencial como el principal factor asociado a la violencia. Este aspecto requiere mayor atención, ya que tanto los dispensadores de los cuidados de salud como los propios pacientes receptores de los cuidados, reconocen al estrés como causal de violencia.

La mayoría de los pacientes que señalan percibir conductas violentas durante la atención recibida en la hospitalización, aceptan estas situaciones sin decir ni hacer nada. El adoptar una actitud pasiva frente a las conductas violentas puede relacionarse con la relación asimétrica y jerárquica que se establece entre el personal de salud y los pacientes en los hospitales públicos (Rocha y cols., 2000), en la que los pacientes en una situación de dependencia en mayor o menor grado toleran las diversas conductas y manifestaciones que surgen durante la hospitalización. Ferreira y Figueiredo (1997), en un estudio basado en las relaciones de poder entre las enfermeras y pacientes adultos hospitalizados, estos últimos adoptaban una actitud sumisa, pasiva y obediente, aceptando la atención de salud desde su rol pasivo, como mero receptor de los cuidados, actitud que se ha tratado de cambiar impulsando la participación activa de los usuarios en la atención en salud, por ejemplo a través de la divulgación de los deberes y derechos del paciente.

CONCLUSIONES Y SUGERENCIAS

- Un alto porcentaje de pacientes durante la hospitalización perciben conductas que catalogan como violentas de parte de los funcionarios que les atienden, siendo este porcentaje en la realidad probablemente mayor, ya que algunos pacientes no quisieron reconocer violencia durante la atención por temor a represalias posteriores.
- La mayoría de los pacientes hospitalizados que percibe violencia durante la atención refiere que ésta fue de una intensidad moderada y corresponden a manifestaciones del tipo de violencia psicológica en la gran mayoría de los casos, dentro de las que se destaca la "falta de atención" y el "trato frío".
- Un alto porcentaje de pacientes reconoce no diferenciar al agente agresor hospitalario.
- Los pacientes identificaron que las conductas violentas se presentaban mayoritariamente cuando solicitaban atención y en el horario de turno de noche.
- El factor predisponente del agresor para efectuar conductas violentas, según la percepción de los pacientes corresponde al estrés por sobrecarga de trabajo.
- El mayor porcentaje de pacientes frente a las conductas violentas adoptaba una actitud pasiva.
- La evaluación de la atención recibida durante la hospitalización, realizada por el mayor porcentaje de pacientes que conformaron la muestra, refirieron haber sido siempre bien atendidos a pesar que percibieron conductas violentas, aceptando éstas durante la hospitalización.
- Mediante el análisis de regresión logística, independiente del servicio clínico de procedencia, los pacientes más jóvenes, con mayor nivel educacional y que tienen una mala evaluación de la atención de salud, son los que mayormente perciben violencia en el contexto intra-hospitalario.

Según los resultados obtenidos, se hace necesario implementar medidas orientadas a la disminución y manejo adecuado del estrés por sobrecarga de trabajo del personal de salud, reconocido como el principal factor predisponente a la violencia, a través del aumento de funcionarios, especialmente durante los turnos nocturnos. Además, de ejecutar programas destinados a promover en los funcionarios los derechos y deberes de los pacientes, enfatizando en la relación de ayuda efectiva que se debe establecer con los usuarios.

Se hace imperativo reconocer la diferencia entre los estamentos funcionarios de salud de parte de los pacientes, promoviendo el uso de una identificación clara y visible, para delimitar responsabilidades cuando así se requiera.

Las futuras investigaciones en esta línea deben cautelar el momento en el que serán recogidos los datos, si bien para esta investigación fue considerado el momento del alta hospitalaria, el hecho de tener que volver a controles posteriores y la posibilidad de un eventual reingreso al servicio clínico, no liberaba totalmente a los pacientes a manifestar sus percepciones sin temor.

Este hallazgo de percepción de violencia, en un medio cuyo objetivo es atender las necesidades de salud de las personas, debe llevar a una profunda reflexión de cómo se están realizando las prestaciones sanitarias, la que ciertamente debe contemplar la forma cómo nos acercamos y presentamos al paciente, los gestos, tono de voz, uso de palabras claras basadas en un diálogo respetuoso y empático, nunca olvidar que el que está al otro lado es un ser humano como cualquier otro, que merece un trato digno.


La violencia dentro de los hospitales existe, pero se esconde detrás de un muro de normalización. Y el mayor problema es que casi nadie se atreve a nombrarla. 🏥🤐
No te equivoques: no siempre se trata de gritos o de conflictos evidentes. A veces se manifiesta de formas mucho más sutiles pero devastadoras:
Un trato cotidiano que humilla en silencio. 💔
Una jerarquía rígida que aplasta el criterio profesional. 📉
Un silencio cómplice que pesa en cada pasillo. 🤫
Y lo más difícil de asimilar es que muchas veces no hay un "malo" de la película. No es una persona en particular; es la propia estructura de poder la que está diseñada de una forma que hace daño. ⚙️💥
Seguir ignorando este diagnóstico solo perpetúa el problema. Nombrar lo que ocurre en el día a día es el primer paso indispensable para poder cambiarlo. De eso trata este libro: de tener la valentía de mirar de frente la cultura sanitaria. 🧠📘

DERECHOS DE LOS PACIENTES

VER+:
















domingo, 24 de mayo de 2026

LAS ARMAS DE LA FE (EL 2 DE MAYO DE 1808 EN MADRID): LA LEY HUMANA OBLIGA EN CONCIENCIA SOLO CUANDO ES JUSTA. RADIO MARÍA por P. BENITO PÉREZ LOPO

 

LAS ARMAS DE LA FE


Con los ojos de la fe miramos al acontecimiento que tuvo lugar el 2 de mayo de 1808 (en Madrid), con esos ojos, lo que se ve no es solo una batalla. Ve una lección sobre la conciencia. Sobre el sacrificio. Sobre lo que significa ser parte de un pueblo. Sobre la memoria como forma de fidelidad. Y sobre la pregunta que este programa lleva en el nombre: ¿qué armas son las que de verdad sostienen a un hombre cuando todo se derrumba?
* Y rendimos homenaje al Arma de Artillería española y a su patrona, Santa Bárbara, a quien dedicaremos un momento especial al final del programa.


Las armas de la fe 09/05/26/ 2 de mayo de 1808, Madrid

Son cientos los episodios en los que la valentía española se hace un hueco en la historia. No obstante, pocos hechos hay más heroicos que los protagonizados por los capitanes Luis Daoiz y Pedro Belarde, quienes murieron en las calles de Madrid luchando con apenas un mosquete y un sable contra miles de invasores franceses.
De San Bernardo hasta Fuencarral, calles por las que hoy caminan centenares de madrileños. 

El 2 de mayo de 1808, el pueblo español se levantó contra el enemigo que amenazaba su soberanía. Junto a él, multitud de soldados también tomaron las armas y aunque en aquel momento la revuelta fue reprimida, sin duda sentó las bases para la expulsión francesa 5 años después.

Para conocer la historia de estos dos heroicos españoles es necesario remontarse hasta el año 1807 tras la creación de una alianza entre Francia de Napoleón y la España de Carlos IV.
Por aquellos tiempos, el pequeño corso quería a toda costa conquistar Portugal y ofreció a Manuel Godoy un tratado aparentemente inmejorable, el reparto de Portugal una vez derrotado. Las condiciones parecían óptimas para España. Únicamente debían abrir las fronteras al ejército francés para que llegara a Portugal a través de la península. El llamado Tratado de Fontainebleau (1807) hizo mella en la corona que permitió al Ejército imperial cruzar España de punta a punta. Sin embargo, lo que nadie podía imaginarse es que las intenciones del emperador eran otras. De los más de 60,000 soldados que entraron en España, no todos se dirigieron hacia la frontera portuguesa.

Multitud de unidades imperiales fueron estableciéndose en decenas de localidades españolas para sorpresa de sus ciudadanos.
Esta toma pacífica de territorios provocó el rencor de los españoles que comenzaron a sospechar de una posible invasión encubierta.
Finalmente, la paciencia de los ciudadanos de la capital terminó por acabarse cuando observaron que Napoleón pretendía trasladar a un miembro de la familia real fuera de Madrid. Ese mismo día, el 2 de mayo de 1808, el pueblo se levantó harto del pequeño corso. Multitud de madrileños salieron a la calle armados con todo tipo de rudimentarias armas para combatir al ejército imperial, en defensa de la libertad e independencia española.

No obstante, no tendrían el apoyo oficial del Ejército español. Los altos mantos dependían de la junta del gobierno, entregada en esos momentos a la voluntad de Napoleón. Las órdenes eran tajantes, colaborar con los franceses y no participar en los combates. Y en aras de la disciplina, los militares no se movieron de los cuarteles.
Hay algo que merece que nos detengamos aquí un momento. 
El pueblo español intuyó que algo estaba mal mucho antes de que los hechos lo demostraran. Esa capacidad de leer la realidad con ojos limpios, de no dejarse engañar por las apariencias, es lo que la tradición cristiana llama discernimiento.

El evangelio lo dice con una imagen sencilla pero poderosa: "Sed astutos como serpientes y sencillos como palomas". 
No toda obediencia es virtud.  A veces la primera arma de la fe es saber ver la verdad cuando otros prefieren mirar a otro lado. 

Por aquel entonces, la casualidad quiso que en Madrid se encontrara el capitán andaluz Luis Daoiz y el militar cántabro Pedro Belarde. 
El primero de 41 años se encontraba al mando del parque de artillería de Monteleón, ubicado en la actual plaza del 2 de mayo y tenía a sus espaldas más de 30 años de servicio fiel a España
El segundo, que contaba con 29 añitos, se había hecho un hueco en las altas esferas del Estado Mayor del Cuerpo de Artillería. Ambos vieron en esta revolución un momento perfecto para luchar por la soberanía española. Y a pesar que desde el gobierno se les había ordenado no combatir contra los franceses, decidieron ponerse al lado del pueblo que con piedras, palos y navajas se enfrentaba a miles de soldados imperiales.

Las fuerzas eran escandalosamente desiguales. Los españoles eran unos 5000 hombres, en su mayoría acuartelados fuera de la ciudad. Los franceses unos 40,000, situados en el casco urbano y sus alrededores.
El primer paso para organizar una defensa era liberar el parque de artillería de Monteleón, uno de los pocos enclaves donde los escasos militares rebeldes podían plantar cara al ejército francés. El lugar, sin embargo, estaba guardado por una unidad de 80 soldados franceses.
Belerde convenció a un oficial superior para que le cediera el mando de una unidad española, afirmando que pretendía ayudar a los franceses que defendían Monteleón. Le fue concedido el mando de la tercera compañía del capitán Goigochea.

Por la calle de San Miguel y San José marchaba paso redoblado y arma terciada esa compañía. En su camino, la sangre de los madrileños salpicaba las calles de la capital, pues enfrentaban a una fuerza mejor armada y preparada.
Los patriotas tuvieron que enfrentarse casi desarmados contra las bien equipadas unidades de infantería y caballería napoleónica apoyadas por cañones que barrieron a la población civil.
Al llegar a Monteleón junto a una trentena de soldados, Belarde no tuvo problemas en entrar engañando a los franceses.

El español anunció con voz firme que las tropas de infantería que traía estaban destinadas a reforzar la seguridad del parque. El oficial francés accedió a que los soldados franqueasen los portones. Sin embargo, cuando sus soldados tomaron posiciones alrededor de las tropas de Napoleón, la actitud de Belarde cambió radicalmente. Se giró hacia el oficial francés y le informó de que a sus hombres tiraban las armas o serían masacrados.
Al francés no le quedó más remedio que capitular. ya estaba hecho. Los españoles habían tomado el emplazamiento arengados por los madrileños que desde fuera pedían que se les entregasen armas para poder enfrentarse en igualdad de condiciones a los imperiales. Y es, tras tomar Monteleón, Belarde pensaba encontrarse con un Daoiz dispuesto a combatir. Nada más lejos de la realidad.
El siempre sereno Luis Daoiz había llegado hecho una furia. Él era el oficial al mando de Monteleón y el capitán de mayor antigüedad.

Belarde había atribuido unos poderes y una autoridad que no le correspondían.
Ambos capitanes tuvieron más que palabras. Daoiz quería seguir las órdenes de no atacar a los franceses.
Belarde estaba convencido de que debían unirse al pueblo y entonces ocurrió algo que merece quedarse grabado en la memoria.
Luis Daoiz se detuvo en seco, alzó la vista, se quitó el bicornio, desenvainó su sable, se volvió hacia sus 20 artilleros y su voz sonó más alta en el patio de arena:

- Abrid las puertas, las armas al pueblo. ¿No son nuestros hermanos?

Detengámonos aquí.

Daoiz tenía órdenes claras, firmadas, emanadas de la autoridad legítima, no combatir. Y sin embargo, en ese patio, algo en su interior le resultó imposible de callar. Eso que se negaba callar tiene nombre, se llama conciencia.
Y la conciencia para el cristiano no es una mera opinión personal. Santo Tomás de Aquino enseñaba que la ley humana obliga en conciencia solo cuando es justa. Cuando un orden viola esa orden moral, inscrito por Dios en el corazón del hombre, la obligación se invierte. Daoiz no traicionó su juramento. Fue fiel a algo más alto que cualquier juramento. El militar creyente no es un autómata, tiene conciencia y esa conciencia es sagrada. Mientras los defensores armaban al pueblo, las columnas francesas habían conseguido conquistar casi todo el centro de Madrid y se dirigían hacia Monteleón. El parque carecía de defensas naturales. Su acceso estaba franco desde tres calles que confluían en su portón. Ninguna era defendible desde el interior del vasto edificio que nunca había sido diseñado con fines militares. No obstante, aunque su muerte parecía segura, prepararon las defensas para resistir.

Los primeros combates fueron contra una pequeña unidad de tiradores franceses que al acercarse al enclave y pedir hablar con el oficial al mando, fueron recibidos a balazos. Pero esto no fue más que una escaramuza inicial.
El primer combate serio llegó cuando una unidad francesa originaria de Westfalia se acercó a Monteleón. 
Lo que no sabían los asaltantes es que les esperaba una cruel sorpresa. Al tratar de descarrajar la puerta, un estruendo de humo y fuego llenó la calle.
Varios soldados cayeron heridos por el fuego de los mosquetes y en ese momento, un estruendo aún mayor echó las puertas abajo. Las tres piezas de artillería desplegadas en el interior habían abierto fuego, abatiendo el portón que cayó sobre los Westfalianos.
Su filial al mando solo pudo gritar una orden, la de huida.

Los españoles aprovecharon la ventaja y persiguieron en su carrera a los enemigos, gritando consignas contra los soldados imperiales y alabanzas en favor del rey Fernando.
Daoiz aprovechó la retirada para ordenar desplegar los cañones, dos hacia la calle San Bernando, otros dos hacia Fuencarral y el último hacia la calle de San Pedro Nueva.
Ese pueblo que entró en Monteleón sin uniforme y sin rango, esas mujeres que transportaban munición bajo el fuego, como Clara del Rey que murió allí junto a su marido y a su único hijo.

Esos vecinos que se pusieron detrás de los cañones sin que nadie les llamara. Son una imagen que San Pablo conocía bien. Si un miembro sufre, todos sufren contra él. La fe crea comunidad. Nadie se salva solo, nadie defiende solo. No son nuestros hermanos, había gritado Daoiz.
No era retórica. Esta primera victoria fue efímera. Los franceses hicieron su aparición en más ante Monteleón y comenzaron a coser a cañonazos las posiciones españolas, pretendiendo acabar con los defensores y agotar su munición. La táctica imperial fue efectiva. Los madrileños sufrieron grandes bajas.
Finalmente, las tropas francesas se decidieron asaltar Monteleón con la bayoneta calada. Los españoles lanzaron una descarga de artillería causando grandes bajas.
Pero no consiguieron frenar su ánimo. El final estaba cerca. Y entonces, cuando los defensores casi podían sentir el frío acero de los cuchillos franceses, algo inesperado ocurrió. 
A lo lejos apareció un oficial local portando una bandera blanca. Los franceses detuvieron su carga. Los españoles dejaron sus puestos de fuego.
El oficial designado por la junta de gobierno instó a voz en grito a que los defensores se rindieran. La conversación no duró mucho. Unos de los defensores se interpuso entre ambos oficiales gritando vítores a Fernando VI.
La reacción fue inmediata. Los españoles dispararon sus cañones y sus fusiles a quemarropa contra los franceses que estaban con la guardia baja esperando el fin de las negociaciones. La inesperada descarga barrió la cabeza de la compañía francesa. La mayoría arrojó sus fusiles al suelo y levantó los brazos en señal de rendición.

La picaresca española había conseguido ganar una batalla, pero los franceses no cometerían nuevamente ese error. Tras detener el ataque, los militares hicieron un recuento de los supervivientes. Apenas quedaban 10 artilleros entre mandos y soldados. Otra veintena larga de infantes y medio centenar de civiles seguían peleando y solo quedaban media docena de cargas por pieza de artillería.
Belarde decidió usar las afiladas piedras de silex de los mosquetes como metralla.
Las cosas pintaban realmente mal. Sin apenas combatientes ni munición, los españoles solo podían esperar la hora de su muerte.
Este pequeño enclave había hecho perder la paciencia de Murat, que no entendía Como unos pocos soldados y unos centenares de civiles podían contrarrestar la fuerza de un ejército imperial. Ordenó asaltar Monteleón desde todas las calles posibles. Más de 2000 franceses preparaban su tercer asalto. Menos de 100 españoles los esperaban sin intención de rendirse. El ataque, como había ordenado Murat, fue simultáneo desde las calles de San Miguel, San José y San Pedro Nueva. 

Las tres columnas con las compañías de granaderos a su cabeza aparecieron como una negra sombra erizada de bayonetas destellantes. 
Y aquí está el momento más hondo de toda esta historia: Daoiz y Belarde sabían lo que significaba esos números. Eran militares profesionales, no eran ingenuos y sin embargo, siguieron disparando hasta la última piedra de Silex.

¿Por qué?

El evangelio de Juan lo dice con una sencillez que corta la respiración: "Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos".
No murieron en un arrebato. Eligieron con la cabeza fría y el corazón encendido. Sabían que el gesto valía, aunque el resultado fuera adverso. Eso no es heroísmo romántico. Es lo que San Pablo llama esperanza contra toda esperanza. Esperar no porque los números acompañen, sino porque el bien merece ser defendido, aunque cueste la vida.

El asalto definitivo asoló a los españoles, superados por una fuerza 30 veces mayor. El fuego de tiradores franceses situados en balcones y casas hizo bajar rápidamente el número de defensores.
Daoiz fue alcanzado por la espalda con una balloneta y posteriormente acribillado a estocadas. El valiente capitán había defendido hasta su último aliento Monteleón.
800 franceses confluyeron en las puertas del parque desde sus tres costados, barriendo a los últimos 50 defensores a ballonetazos y con un fuego devastador y a quemarropa.
Por su parte, Belarde cayó cuando acudía junto a varios fusileros a reforzar una de las entradas. Un oficial polaco le disparó a quemarropa en el corazón y su cuerpo cayó con violencia en el suelo. Todo había acabado.
El cuerpo de Daoiz fue trasladado a su casa, el de Belarde fue profanado por el enemigo. Hasta que horas más tarde fue recogido por sus compañeros, trasladado al cuartel y posteriormente a la iglesia de San Martín, donde fue amortajado con un hábito de San Francisco.

Al día siguiente fue enterrado en el jardinillo dentro del templo junto a Daoiz. Ambos acabaron como empezaron juntos. Ese hábito franciscano con el que amortajaron a Belarde no es un detalle menor. Es el pueblo diciendo: "Este hombre es de los nuestros, pertenece a algo sagrado". 
Y el hecho de que fueran enterrados juntos en tierra consagrada habla de algo que va más allá de la camaradería militar. Es una imagen de comunión. Nadie muere solo cuando muere por los demás. La historia no terminó. 

El 2 de mayo de 1808, terminada la guerra de independencia de 1814, los restos de Daoiz y Belarde fueron exhumados y entonces ocurrió algo conmovedor: 

Sus cadáveres peregrinaron por toda España, por ciudades y pueblos. La gente se congregaba para clamarlos, para llorarlos, para darles el homenaje que la guerra había impedido. Dos capitanes de artillería que habían muerto casi en secreto, enterrados a escondidas en una iglesia bajo un hábito franciscano, recibieron en muerte lo que no pudieron recibir en vida. Hoy descansan en el monumento a los héroes del 2 de mayo en Madrid, juntos como murieron. 



¿Por qué nos tomamos las molestias de recordar? ¿Por qué peregrinar con unos restos mortales? ¿Por qué levantar monumentos? ¿Por qué dedicar un programa de radio a algo que ocurrió hace 218 años?
Porque la memoria, queridos oyentes, no es nostalgia. La memoria es fidelidad.
La Iglesia lo sabe bien. Por eso tenemos el santoral, por eso celebramos el martirologio. Por eso cada misa es en su esencia un acto de memoria. Haced esto en memoria mía. No recordamos a los santos porque vivamos en el pasado. Lo recordamos porque su vida nos dice algo sobre cómo vivir la nuestra.

Daoiz y Belarde nos preguntan a nosotros hoy, ¿qué harías tú si la orden fuera injusta? ¿Seguirías disparando cuando los números no te acompañan? ¿Reconocerías al vecino como hermano cuando la situación se pone difícil?
Para quienes vivís el servicio militar desde la fe, para los hombres y mujeres que escucháis este programa, la pregunta es todavía más concreta: 
¿De qué está hecha vuestra conciencia? ¿Qué os sostiene cuando la misión es dura? Y el horizonte no está claro. Ellos nos respondieron con su vida. Nosotros debemos responder con la nuestra. 


SANTA BÁRBARA ES ELEGIDA 
PATRONA DEL ARMA DE ARTILLERÍA 
Y DEL CUERPO DE INGENIEROS TÉCNICOS 
DE ARMAMENTO Y CONSTRUCCIÓN.

El 4 de diciembre, se celebra la festividad de Santa Bárbara, patrona del Arma de Artillería y del Cuerpo de Ingenieros de Armamento.

Su culto entra en España en el siglo XI. "Si es cierto -dice el historiador Padre Luis Urbano- que el Cuerpo de Artillería es el más antiguo de Europa, porque aquí se introdujo antes que en los demás países el uso de la pólvora para la guerra, y si a principios del siglo XV en los ejércitos volantes de Don Fernando de Antequera, vemos ya indicios del Cuerpo de Artillería, razón será que entre nosotros naciese el patronato de Santa Bárbara, y que fuera español aquel ejército que pintan las leyendas alemanas invadiendo la costa de África y conquistando una ciudad bajo lluvia de granizo, tras heroicos esfuerzos, que sólo se coronaron por el éxito cuando los soldados rezaron en su favor a Santa Bárbara; o que naciese esta devoción por haberse conquistado Baza por los ejércitos cristianos, con la brillante cooperación de los artilleros, precisamente el día de Santa Bárbara, el 4 de diciembre de 1499".

Para los componentes del Arma de Artillería y del Cuerpo de Ingenieros de Armamento, la fe en Santa Bárbara, la joven mártir de Bitinia, está por encima de la evidencia o la duda, ya que la santa existe y vive en la mente y en el corazón de cuantos sirven a España en este Arma y Cuerpo del Ejército.

DATOS HISTÓRICOS DE SANTA BÁRBARA:

Bárbara nació en Nicomedia, cerca del mar de Mármara, el 4 de diciembre del año 273 d.C., a principios del siglo III.
Era hija de un sátrapa, Dióscoro, quien la encerró en la torre de un castillo para evitar que los hombres la sedujeran, pues era muy bella, y para evitar que fuera atrapada por el proselitismo cristiano de la época.
Durante su encarcelamiento fue adquiriendo una enorme cultura. Tenía maestros que le dieron una amplia y diversa formación. Entre otras materias, estudió poesía y filosofía. Debido a esto, y a que su padre estaba ausente con frecuencia, Bárbara se convirtió al cristianismo. Mandó un mensaje a Orígenes, un erudito de la Iglesia cristiana, para que fuera a educarla en esta fe.

Se bautizó y mandó construir una tercera ventana en su habitación de la torre, simbolizando así la Trinidad.
Cuando su padre regresó, quiso casar a Bárbara, pero ella se opuso a este matrimonio, diciéndole que era cristiana y que elegía a Cristo como esposo. Su padre se encolerizó y quiso matarla, para lavar su honor ante sus dioses. Por este motivo, Bárbara huyó. Su padre con algunos de sus hombres la perseguía y cuando estaban ya muy cerca de ella, una gran roca se abrió milagrosamente, para que ella pudiera esconderse allí. Pero pese a todo, fue capturada.

Bárbara sufrió un martirio horroroso: fue atada a una columna, flagelada, le desgarraron la piel con hierros, la colocaron sobre trozos de piedras afiladas y allí marcaban su cuerpo con hierros candentes.
Al final de este penoso martirio, fue su propio padre quien la decapitó, en lo alto de una montaña. En ese momento fue alcanzado por un rayo, muriendo él también.
Santa Bárbara es protectora contra los daños del temporal, las tormentas y los rayos.