Un pacto con el diablo. Los orígenes del liberalismo venezolano, constituye un penetrante y necesario ensayo, en el cual Elías Pino Iturrieta vuelve la mirada hacia los años fundacionales de la república venezolana para explorar un momento decisivo: el intento temprano -y frustrado- de instaurar una política civil inspirada en los principios del liberalismo. A través de una lectura crítica de *las Epístolas Catilinarias (1835) de Francisco Javier Yanes, el autor recupera una voz precoz que ya advertía sobre los riesgos de una república sin bases sólidas, expuesta a la inestabilidad, a la personalización del poder y a la ausencia de una ciudadanía activa.
Un pacto con el diablo. Los orígenes del liberalismo venezolano, nos acerca a la fragilidad que marcó el nacimiento del ideal republicano, donde la guerra, la incertidumbre y la falta de instituciones crearon un terreno movedizo sobre el cual se intentó levantar el proyecto. Las tensiones entre el ideal civil y las prácticas autoritarias minaron desde temprano esa promesa. Así, el liberalismo venezolano surgió en disputa, cercado por la desconfianza, las urgencias del mando y la escasa tradición de deliberación ciudadana.
Este libro no es solo una indagación histórica, sino también una advertencia. En tiempos en que el debate público se reduce y el futuro de la república vuelve a parecer incierto, la pregunta por sus orígenes cobra una nueva urgencia: ¿es posible imaginar una república distinta?
* Las Epístolas Catilinarias fueron escritas por Francisco Javier Yanes en 1835 para criticar las revoluciones y golpes de estado en Venezuela durante las primeras guerras civiles. El fragmento presentado critica la inestabilidad política causada por los caudillos que buscaban el poder y los empleos públicos usando pretextos como las reformas. El autor argumenta que esta inestabilidad dañaría la reputación y economía de Venezuela y desalentaría a los extranjeros a invertir en el país.
Epístolas Catilinarias, escritas por Francisco Javier Yanes, hijo (1806 – 1848). Por muchos años se pensó, erróneamente, que el autor de estos textos era Juan Vicente González, pero el escritor e investigador Pedro Grases descubrió su verdadero autor.
Fragmento:
Ningún país del mundo ha pagado con más profusión los servicios que se le han hecho, que el nuestro; pero la corrupción, la disipación, han dejado a muchos de ellos en una situación de que ahora no encuentran otro modo de libertarse que haciendo revoluciones a costa del propietario honrado. Las ideas de Bolívar no son más que un pretexto: la comodidad de vivir de empleos es el verdadero móvil. (…) Una revolución. Este es el modo de vivir más conocido en nuestro país. El pretexto que más puede alucinar es el de las reformas (…). Se dará una nueva Constitución que sin duda será vista con desprecio por los pueblos que todos los años están jurando constituciones, se inspirará el desaliento, se acarrearán males infinitos, pero este desaliento y estos males convienen a nuestras miras. Colóquese por fin en la presidencia al hombre que nos dé empleos, y esto nos basta, proclamemos reformas. (…) El descrédito internacional en que va a caer Venezuela (…) es un mal tan evidente como fatal por sus resultados. Nosotros gozábamos ya de una reputación honrosa (…) era un cuadro verdaderamente halagüeño para todos (…)
Yo no abandonaré mi patria, dirá con razón un extranjero, para transportar mi capital a un país en que de un día para otro las personas y propiedades se encuentran a merced de una facción; en que los soldados pagados y mantenidos por el pueblo para que sean custodios de su seguridad, conviertan las armas que él puso en sus manos en instrumentos de opresión (…) y en que los mismos agentes del gobierno, burlando sus juramentos, (…) conspiran contra su propia existencia. Yo me guardaré bien de habitar una tierra en que a cada momento se invoca el derecho sagrado de la insurrección, y en que la impunidad de todo crimen se ha erigido en sistema. (Fragmentos, 1835).
Las Epístolas Catilinarias fueron escritas en el contexto de las primeras guerras civiles (1835). Los sucesivos golpes de estado y la lucha de los caudillos por el poder movieron a este intelectual a escribir estas cartas que han tenido gran influencia en la historia y literatura venezolana. Sus principales características son:
1. Se puede observar que el verbo de esta carta está inflamado de emociones por lo que el discurso tiene carácter subjetivo.
2. El autor trata de demostrar su posición con argumentos lo que le confiere propiedades de texto ensayístico.
3. Se observa la presencia de la primera persona lo que muestra la empatía con la situación planteada.
"Venezuela es una hechura militar": Elías Pino Iturrieta y la trampa de la República
Rafael Gil se adentra en el mundo interior y en la vida pastoral de un sacerdote que ha de ejercer su ministerio en un pueblo minero, donde muchos hombres se han apartado de la fe. El cura de “La guerra de Dios“ es un hombre joven, lleno de pasión, de ímpetu e ilusión que ha de enfrentarse a una realidad complicada que sobrepasa con creces lo que le fue enseñado en el seminario. Su fe se pone a prueba, pero es sólida, resiste, soporta el sacrificio, perdona las ofensas, y sobre todo se pone al servicio de los pobres.
La descripción de la mina es dura y sombría y se inspira en dos grandes clásicos como "La Ciudadela" de King Vidor y "Qué verde era mi valle", de John Ford. Los tonos oscuros, la aspereza de los comportamientos, el odio y el recelo de las gentes, todo se expresa de forma admirable, resultando aún más dramático cuando, en las escasas escenas luminosas de la película, se enfrentan a la belleza tranquila de un paisaje ajeno a los odios humanos.
El personaje del sacerdote es clave en la película y Gil no dudó en contratar a Claude Laydu, actor francés que acababa de interpretar un personaje similar de cura atormentado, solitario y místico en la famosa “Diario de un cura de rural“, de Robert Bresson (NOVELA DE GEORGES BERNANOS).Claude Laydu borda su personaje aportando en todo momento la pureza, la voluntad y la inspiración necesarias. Junto a Laydu destaca Fernando Sancho, actor de carácter que llegó a trabajar en casi doscientas películas y que se convertiría en habitual en los repartos del director. Un joven Francisco Rabal y unos ajustados José Marco Davó, Gerard Tichy, Alberto Romea y Julia Caba Alba completan el elenco.
En definitiva, una estupenda película que se contempla hoy con el mismo interés que en su época y que nos demuestra que en aquellos años también se hacían buenas películas en España.
AL TEMPLE HEROICO DE NUESTRAS JUVENTUDES QUE LUCHARON
POR HACER POSIBLE LA HERMANDAD SOCIAL DE LOS HOMBRES DE ESPAÑA,
VA DEDICADA ESTA PELÍCULA
"Conviene que exista una virtud superior
que ordene todas las virtudes al bien común y ésta es la justicia".
Santo Tomás de Aquino
Magnífica película dirigida de manera impecable por Rafael Gil. Como no pertenece al "Trío de la B" (Buñuel, Bardem, Berlanga) el espectador de hoy no tendrá ni puñetera idea de quién es. Además, ya se encargarán los críticos 'de verdad' de ningunearlo y de tildar su cine -con sonrisa estúpida y compasiva- de religioso y patriótico. Por favor, hágame caso mi querido espectador, manténgase firme y vea sin prejuicios esta estupenda película.
Rafael Gil da una lección de cine digna de los más grandes directores americanos de los 30, 40 y 50 (los mejores, por si alguien no lo sabe) manejando con habilidad y, seguramente con muchísimo trabajo, los sutiles engranajes que pueden hacer del cine, no el séptimo arte, sino incluso el primero. Estos son: un buen guion que potencia con bellísimas imágenes, una puesta en escena y ambientación absolutamente admirables, una fotografía en blanco y negro que ensamblada con la banda sonora nos golpea en la retina por su sordidez y desesperación y, por si esto fuera poco, una espléndida dirección de actores culminada con otra lección magistral en la dirección de los niños.
Por si esto no fuera suficiente Gil nos presenta a Andrés, el cura, como un Don Quijote enfrentado a caciques y mineros, aparentemente débil y al que todos desprecian. Gracias a esto y a la suave y contenida interpretación de Claude Laydu, ya empezamos a quererlo. Es Andrés lo que un hombre debería ser: valiente con los déspotas y los violentos, y tierno con los débiles e indefensos. Expone su vida tantas veces haga falta y su fe es inquebrantable (atrapado en la mina contesta con naturalidad "No, no todo se termina aquí abajo"). Y verlo correr de vuelta al pueblo, igual que un niño corre para abrazar a su padre y a su madre, es toda una delicia. "Caray" pensamos "ese es un gran tipo".
Como curiosidad señalar que Claude Laydu había interpretado tres años antes a otro sacerdote rural en la aclamadísima "Diario de un cura de campo". Película ésta que es un tostón de mucho cuidado. Pero como la dirigió un francés de nombre Robert Bresson, los críticos 'de verdad' dicen que es una obra maestra. Pues véanla y comparen. Si tienen arrestos claro.
Una electrizante cinta de acción ambientada en la Laponia finesa durante la IIGM sigue a un buscador de oro, encarnado por un gran Jorma Tommila (como curiosidad, es cuñado del director, su actor fetiche, y su hijo en la vida real es el conductor del tanque que lo persigue) un sexagenario actor (63 años en la vida real) que parece poseído por el mismo diablo, sin articular palabra hasta el final, estoico, todo lo dice con su poderosa expresividad y sus penetrantes ojos, donde también habla de su pasado su magullado y cicatrizado cuerpo, ser que parece salido de las mismísimas entrañas del Averno para ajustar cuentas con los nazis, intenta asegurar su oro robado y defenderse de un escuadrón nazi dirigido por un brutal oficial de las SS, al que da vida un notable Aksel Hennie.
La película se rodó cerca del pueblo de Nuorgam en Laponia con un presupuesto de unos 6 millones de euros (6,5 millones de dólares), según Helander, la película “First Blood” (1982) y el francotirador militar finlandés de la vida real Simo Häyhä, luchó contra el Ejército Rojo (mató a 542 enemigos), sirvieron de gran inspiración para la película.
Sisu es una palabra finlandesa que hace referencia al interior del individuo, nos dice un texto de apertura, concepto imposible de definir que denota una "forma de coraje y determinación inimaginable… Sisu se manifiesta cuando se pierde toda esperanza”.
Simo Häyhä: LA MUERTE BLANCA está considerado como el francotirador más letal de toda la historia. Durante la Guerra de Invierno librada por Finlandia y la Unión Soviética entre 1939 y 1940 infligió a los soviéticos 542 muertes confirmadas, un récord que aun hoy prevalece. Silencioso y veloz, el objetivo rara vez escapaba a su mira. Su manera de actuar en el campo de batalla se ha convertido en un modelo para los francotiradores de todo el mundo. Esta biografía de Tapio Saarelainen, oficial de carrera en el Ejército finlandés y experto tirador de élite, explora en profundidad la vida de Simo Häyhä, la Muerte Blanca, en todas sus facetas. Desde sus hazañas en la Guerra de Invierno contra Stalin, hasta los secretos de su éxito en los nevados paisajes finlandeses, analiza también su carácter y personalidad, su técnica y, también, una mirada detallada de su propio fusil. En definitiva, una obra fundamental para entender la guerra a pequeña escala.
El día que la Unión Soviética invadió Finlandia, Simo Häyhä estaba preparado para convertirse en leyenda. Medía poco más de metro y medio y era reconocido por su amplia sonrisa, sus técnicas para enterrarse en la nieve como un perro siberiano y su eficacia a la hora de disparar, haciendo blanco a 300 metros de distancia.
Con 33 años y durante 98 días, el granjero nacido en Rautjärvi se convirtió en el terror de los soldados soviéticos que avanzaban entre el bosque y las montañas dejando a cada paso manchones rojos en los caminos nevados, heridos de muerte una y otra vez sin siquiera saber de dónde provenían los disparos.
Durante la breve Guerra del Invierno que se desarrolló entre noviembre de 1939 y marzo de 1940, y hasta que cayó herido con un disparo que le deformó el rostro para siempre, Häyhä dejó fuera de combate a medio millar de militares rusos, puntualmente a 542 personas, según las cuentas de sus camaradas, 200 de las cuales murieron.
Lo apodaron “La muerte blanca”.
El francotirador usaba un rifle M28 Pystykorva con un cargador de 5 municiones calibre 7.62 mm, la variante del fusil de cerrojo ruso Mosin-Nagant M28.
El mayor Tapio Saarelainen, tirador experto del Ejército Finlandés y quien escribió un libro sobre su vida, dijo que el granjero tenía una precisión increíble para dar en el blanco y que, durante los entrenamientos, podía acertar a un objetivo a 150 metros de distancia unas 16 veces en menos de 60 segundos.
Este fue un logro increíble con un rifle de cerrojo, considerando que cada cartucho tenía que ser alimentado manualmente con un cargador fijo de 5 municiones.
Cada vez que era entrevistado como un excombatiente condecorado -recibió la Cruz de Caballero Mannerheim, el más alto honor militar de su país-, él repetía que su secreto no era otro que la “práctica”. Y que no se arrepentía de haber matado o herido a tantas personas, porque había hecho lo que le pidieron que hiciera: “Lo mejor que pude”.
Luego de la guerra, Simo se dedicó a la caza mayor y a la crianza de animales. No se le conocieron parejas, amores ni descendencia, más que sus adorados perros. Murió de viejo, el 1 de abril de 2002. Tenía 97 años.
Un País Portátil (1968), Adriano González León retrata a Andrés Barazarte, un joven que carga no solo un arma, sino también la memoria de un país marcado por la violencia y las heridas de su historia. La novela muestra cómo la fractura social y política de Venezuela no empezó ni terminó con un régimen, sino que es una herencia que todos llevamos a cuestas: un “país portátil”.
País Portátil es una película Venezolana dirigida por Iván Feo, Antonio Llerandi que está basada en la novela del mismo nombre, del escritor Adriano González León, cuya temática está inspirada en su personaje central, Andrés Barazarte, que es un estudiante de derecho de la Universidad central de Venezuela en los convulsionados años 70 y que se involucra en las guerrillas urbanas de esos años. Pero Andrés Barazarte es mucho más que eso, él pertenece a una familia con tradición guerrera que comienza con su tatarabuelo el General Doctor Epifanio Barazarte, terrateniente que posee una gran hacienda de café en Trujillo en los andes venezolanos y que a finales del siglo XIX participa en varios alzamientos militares a favor del partido liberal y así mediante la guerra y pactos políticos llega a ser presidente de su estado.
Esta película tiene una característica muy importante que es que se desarrolla interpolando épocas distintas de la historia de Venezuela y la vida de la familia Barazarte en paralelo para mostrar varias épocas de la historia del país y explicar de alguna forma que desde que terminó la guerra de independencia en nuestro país nunca hemos podido disfrutar de una verdadera paz ya que siempre hay facciones o grupos descontentos con el estado de cosas que ocurren políticamente y quieren demostrar cada uno mediante la fuerza que tienen la razón.
En lo personal considero que más que nunca esta película está vigente y que vale la pena volverla a ver y de ser posible leer la novela.
Acudí a releer al magnífico escritor Adriano González León, quien legó una novela clave para entender a Venezuela"País Portátil". Allí muestra que nunca logramos sembrar instituciones garantes de derechos humanos, y menos el vislumbre de una esperanza en la construcción del futuro. En País Portátil, las verdades amargas no deben ser desechadas, la primera refiere a las grandes decisiones políticas, la reflexión sobre el reparto de poder en los inicios de la democracia. La decisión primera de nuestro naciente liderazgo civil giraba en torno a quién era el sujeto del poder después de la derrota del caudillismo en el siglo XIX y de la “aparente” desaparición del militarismo en el siglo XX. Lejos aún de los descubrimientos de Tocqueville en la democracia americana cuando afirmaba que en ese territorio donde priva el dogma de la soberanía del pueblo, cada individuo constituye una parte igual de esa soberanía y participa igualmente en el gobierno del Estado.
La decisión antes de 1958 era contundente, o nos inclinábamos por una sociedad que fortaleciera las personas, la responsabilidad individual, el Estado de Derecho y la libertad, o decidíamos armar un poderoso guardián que presuntamente podría garantizar que los derechos pautados en la Constitución fuesen respetados. Aquí ocurre el momento de quiebre, la gran decisión, optamos por ceder a una Institución “Estado” el poder de cancerbero y propietario, basado en las amargas experiencias posindependentistas, la guerra incesante de caudillos (más de 93 asonadas en un solo año), la falsa creencia que este era el mejor camino para erradicar las atrocidades de las dictaduras militares o las ambiciones oligárquica de ciertos grupos inescrupulosos. Cómo el ánimo de estos primeros líderes de la democracia era alcanzar el bienestar del pueblo, imponer la justicia para todos y evitar el renacimiento de pretensiones dictatoriales, se depositaron todas las esperanzas en ese Estado, institución que paralelamente a la modernización y urbanización del país encarnaría un camino incesante de concentración de poder político, hijo legítimo del gran propietario de la riqueza nacional.
La concentración de poder en el Estado y más propiamente en el Poder Ejecutivo fue el principio de diseño de la nación Venezuela, totalmente respaldado por las disposiciones jurídicas contenidas en las Constituciones vigentes.
Si el poder del Estado crecía, el poder del ciudadano decrecía. La responsabilidad ciudadana era un reclamo sin fuerzas, no el motor que movía la gestión, la administración y el orden del país. El resto de las instituciones, legislativas y judiciales simplemente se subordinaron a la existencia de un poder central cada vez más fuerte. Allí está la clave del País Portátil, ser sólo aquello que el poder central decide, no hay otra esperanza que acercarse a la centrífuga de esa enorme maquinaria de poder. Las posiciones divergentes se anclaron en utopías, como vivió el personaje Andrés Barazarte, promotor de la lucha de clases, motor de la historia, de la dictadura de un proletariado inexistente porque la economía dependía de los ingresos del petróleo y no del esfuerzo de emprendedores y trabajadores. Crecer, inventar, educarse, emprender, no fueron nunca los grandes desafíos. El tema era poder entrar en la vorágine del reparto nacida desde el corazón de la bestia, el Estado central. Por supuesto, en esta secuencia no es descabellado pensar que alguna vez ese Estado podría ser tomado por aquellos que escondían sus ambiciones tras la consigna de lograr una mayor suma de felicidad para todos. Si todo el poder lo tenía el Estado nada impedía saltar hacia el socialismo, la vieja utopía. Y el País Portátil así lo hizo, su carga institucional era muy débil en favor de la libertad, el mercado y la responsabilidad individual.
Hoy, varias décadas después, entre ruinas, con gente emigrando despavorida, el mayor éxodo del mundo. Cuatro veces superior a los que huyeron de Cuba aterrorizados por Fidel Castro y el Che, quienes eliminaron directamente a más de mil personas, hasta el País Portátil se volvió escombros. Todavía hoy Diaz-Canel sostiene que su principal objetivo en Cuba es luchar contra el capitalismo y la economía de mercado. Creo que le bastaría dar una ojeada a los resultados de su revolución para cambiar los propósitos.
Sin embargo, Dios aprieta, pero no ahoga y renace la oportunidad. El País Portátil no logró construir las instituciones que garantizan la libertad, pero enseñó que la utopía socialista es un camino a la servidumbre apoyado en las armas, antípodas de la libertad humana. Hoy es posible fortalecer el espíritu del ciudadano que decide, ejerce poder y lo vigila, crear instituciones al servicio de sus aspiraciones de un desarrollo humano anhelante de libertad.
Hoy como ayer tenemos una gran tarea construir nuestro basamento institucional entendiendo que estas entidades son como las define Douglas North: “Instituciones como reglas del juego (formales o informales) y los medios disponibles para su aplicación”. Esta definición diferencia “instituciones” (reglas y medios para aplicarlas) de “organizaciones”.
En este camino metodológico en el año 2012 Daron Acemoğlu y James Robinson publican, según los comentaristas una obra que ha conmovido a los analistas políticos y sociales, el título: ¿Por qué fracasan los países? A partir de un análisis de las instituciones en diferentes espacios y tiempos, logran determinar las causas del fracaso. Los autores de este texto según los comentaristas defienden una idea muy original “Existe una mayor probabilidad de que los países desarrollen instituciones adecuadas cuando tienen sistemas políticos plurales y abiertos, con competencia entre los candidatos a escoger cargos políticos y un amplio electorado con capacidad de apostar por nuevos líderes políticos.
Un concepto que enlaza las instituciones políticas y económicas. Afirman que instituciones políticas con voluntad integradora que apoyan instituciones económicas con carácter inclusivo resultan claves para una prosperidad sostenida. Nos quedan grabadas las imágenes del texto de Acemoglu y Robinson. La diferencia entre dos pueblos situados en la misma localización geográfica “las luces en Corea del Sur y la oscuridad en Corea del Norte” o el caso de Nogales en México y Nogales en Estados Unidos, separados sólo por una valla, pero con indicadores económicos totalmente diferenciados, favorables al pedazo de Estados Unidos y negativos para México.
La gran tarea es transformar ese Estado –aún vivo- y esas reglas de juego que niegan la existencia de instituciones integradoras que han presidido nuestra realidad sociopolítica. Que decida el espíritu, la razón y no el poder aniquilador de la fuerza. Si estamos de acuerdo en superar el País Portátil tenemos la oportunidad de decidir por ello.
País Portátil, Film de Iván Feo y Antonio Llerandi (1979)
Tras décadas de un cristianismo blando y buenista, muchos han perdido el ideal del caballero cristiano que sostiene a su familia y defiende su fe. Hoy la Iglesia parece dejar poco espacio a la fortaleza y al heroísmo, sustituidos por una moderación sin principios. Hoy parece que sólo hay sitio para la moderación y la tolerancia, que es la virtud de quien no tiene principios fuertes, un mundo para hombres igualmente moderados y en cierta medida afeminados.
Nosotros propone recuperar una manera viril de vivir según el plan de Dios, ofreciendo claves para discernir su voluntad y encarnar la fe con fuerza, pasión y firmeza. Este libro es un campo de entrenamiento espiritual para hombres católicos, para vivir la fe con fuerza, con heroísmo, con pasión, con garra, una propuesta verdaderamente evangélica, apostólica y firme en la fe.
Nosotros. Palestra ascética para hombres (2025) es un libro que nace, en la parroquia de Sant Jordi de Vallcarca de Barcelona, del compromiso personalísimo del Padre Antonio José Gómez Mir para con una pastoral catequética muy concreta… Este sacerdote catalán se dio cuenta de la necesidad de responder a un largo proceso de infantilización y feminización del varón acaecido en las últimas décadas no sólo en el ámbito social en general, sino también en el seno de la Iglesia. Así, “Nosotros nació con la vocación de dar respuesta a esta desorientación del hombre católico en el mundo moderno y en la Iglesia”.
La orfandad provocada por la ausencia de modelos de “hombre” virtuoso (héroe, caballero, mártir, monje, padre) ha venido generando un cristianismo débil, pusilánime y emasculador que hace que, en palabras del autor, “no nos resulte difícil imaginar a unas viejecitas rezando el rosario, pero ya nuestra imaginación no concibe al caballero cristiano”.
Es “un libro de espiritualidad y ascética católica para hombres” que se va fraguando al calor de la palabra viva, siempre incandescente, esto es, a través de una serie de conferencias y catequesis para jóvenes, que están disponibles en el formidable canal de YouTube del Padre: Stat Crux. Y digo “al calor”, a conciencia, porque queda claro, a lo largo del libro, que el hombre está compuesto de un material de cierta ductilidad (al menos en dos sentidos: la virtud y el vicio). La fe será acrisolada al sol, al igual que las virtudes serán acrisoladas en una forja de la voluntad que exige de la concurrencia del Hombre (en su relación con el “otro”) y, sobre todo, de la Gracia. De ahí que, invocando el pasaje de Proverbios 27, 17 nos diga Gómez Mir: “El hierro con el hierro se afila; el hombre, en el roce con su prójimo”.
Palestra significa “escuela de lucha” y “la lucha ascética es la base para vivir esta llamada a una concepción fuerte de la fe cristiana”. El objetivo es, en el contexto de un hiperconsumismo esquizoide y un nihilismo rampante, “virilizar nuestra vida con la ascética para vencer el afeminamiento de una voluntad enferma”.
Investidos de una dignidad concreta…
Según la tradición veterotestamentaria, nuestra dignidad está ya inscrita en nuestra propia naturaleza: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó. Después los bendijo Dios con estas palabras: ‘Sed fecundos y multiplicaos’” (Gn 1, 27-28). Hemos sido creados hombre y mujer por el Creador “a imagen suya”, por ende, debe haber una coherencia interna del ser creado.
Al igual que María, imagen perfecta de la feminidad, es “la esclava del Señor”, la Iglesia es la esposa de Jesucristo. Asimismo, José, arquetipo bíblico de virilidad, actuó sin prácticamente mediar palabra. En él se da esa precondición de todo hombre para seguir a Jesucristo: “se necesita ser un verdadero hombre para servir a Cristo”, dice Gómez Mir. Y para ello es necesario romper los afectos desordenados e idolatrías, es decir, despojarse del hombre viejo.
Por desgracia, “la desorientación antropológica que caracteriza la sociedad y la cultura actual ha contribuido a la desestructuración tanto de la familia como de la sociedad, evidenciándose en una tendencia a cancelar las diferencias inherentes entre el hombre y la mujer”. Ya saben eso de Ernst Jünger: “Lo peligroso no es el hombre inculto, sino el hombre deformado por la cultura”. Una cultura de la indiferenciación. Frente a esta existe una “verdad de ser hombres”. Una coherencia perfecta entre el ser hombre y la fuente misma del Ser, a saber, Dios. Nosotros se propone “recuperar la antropología cristiana, que contempla la sexualidad como un elemento fundamental de la personalidad, constituyendo una manifestación única de ser, de sentir, de expresar y de vivir el amor humano”.
Es por esto por lo que nuestras ensoñaciones prometeicas de superar la condición humana sólo podrían, en el mejor de los casos, abocarnos a la locura o, lo que es lo mismo, a la pérdida de cordura… Como es bien sabido, cordura proviene del latín cordis (corazón). Aristóteles defendía filosóficamente una teoría llamada “cardio-centrismo”. Para él, la phronesis (a diferencia de la noción abstracta de episteme) es la virtud de la prudencia que reside en el corazón y que debe dirigir la acción humana. Hoy, no obstante, vivimos fuera de quicio, fuera de toda cordura, nos rebelamos contra lo más íntimo de nuestro ser, aquello que nos inviste de una dignidad concreta, intransferible e inescindible.
Y en un mundo en que experimentamos la “crisis de la virilidad” fruto de la cerrazón y la hybris, Nosotros apuesta por un itinerario de virilidad en Cristo, “una virilidad que es verdadera virtud cristiana”, ya que, como dice San Pablo: “Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente y esforzaos. Todas vuestras cosas sean hechas con amor” (1 Cor 16, 13-14).
El abrazar nuestro ser más íntimo debe llevarnos al correcto discernimiento de nuestra vocación (imbricada en nuestro sexo biológico): “Es Dios –nos dice el Padre Gómez Mir– quien nos dice qué quiere de nosotros (…). Uno no elige su identidad, su ser quien es. Le viene dada por Dios (…). Hemos de entender vocación como dirección, como sentido de una meta. Y luego también hemos de entender la misión como significado del día a día (…). La vocación llena de sentido nuestra vida y permite asumirla como misión personalísima. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan, de pronto, su verdadero sitio”.
Cristo: Ecce Homo
Ahora bien, el problema de la aparente “incomparecencia” del Hombre (con mayúscula) en la historia de la humanidad es un problema que nos ha acompañado desde la Antigüedad clásica…
Se cuenta que Diógenes de Sinope, pensador griego del siglo IV a. C. y exponente de la corriente filosófica cínica, vivió gran parte de su vida en la opulenta Atenas en condiciones extremadamente austeras (hasta el punto de dormir en una tinaja; de ahí lo del Síndrome de Diógenes) y empleó el aguijón de la provocación para criticar la hipocresía de la sociedad ateniense. En ese contexto, surge la célebre anécdota de la lámpara: Diógenes recorría las calles de la ciudad a plena luz del día diciendo: “Busco a un hombre”… Evidentemente, la frase no aludía a la búsqueda literal de un azaroso “alguien” sin más, sino a la dificultad de encontrar un ser humano verdaderamente recto, honesto y virtuoso. Tendríamos que esperar cuatrocientos años al Jesús de Nazaret, presentado por Poncio Pilato ante la “masa enfurecida”, para llegar a ese hombre que anhelaba encontrar Diógenes: Ecce Homo, he aquí el Hombre…
Ese hombre de carne y hueso, persona de la imagen trinitaria del Dios cristiano, fue, es y será siempre, en tanto que la historia humana no puede sino ser Cristocéntrica, el modelo de virtus por antonomasia, el “justo”. La cristiandad, como el colorido jardín de las delicias de El Bosco, ha dado frutos de todas las formas y colores, Dios se ha valido de hombres corrientes que, sin embargo, han hecho de lo corriente algo extraordinario al vaciarse de sí e inflamarse del amor Dei: San Esteban, San Jorge de Capadocia, San Antonio Abad, Constantino el Grande, Carlomagno, San Bernardo de Claraval, Rodrigo Díaz de Vivar el Cid, San Ignacio de Loyola, etc. Sea como fuere, el libro Nosotros, plantea una pregunta y una respuesta que simultáneamente nos interpelan: “¿Cuál era el modelo de hombre en la sociedad tradicional? El modelo era el guerrero, era el mártir, era el monje, era el héroe, era el caballero (…). La Iglesia, en el último siglo, ha hecho daño también a esa masculinidad”. Es la obra de Dios en el hombre la que eleva su naturaleza caída mediante la Gracia.
Ahora bien, en relación con esto último, si se me permite hacer una crítica constructiva al libro, diría que el Padre Gómez Mir se apoya excesivamente en referencias contemporáneas al intentar “actualizar” el magisterio (Dorothy Sayers, C. S. Lewis, John Senior, John Eldredge, Thoreau, Robert Redeker, R. R. Reno, Viktor Frankl), perdiendo así la oportunidad de profundizar en las citadas grandes figuras de la cristiandad. Prueba de ello es que, incluso en su capítulo “Héroes y santos, arquetipos para educar”, incurre en cierto “actualismo” al citar más a Heidegger, Nietzsche, Tocqueville, Huizinga, Chesterton, Scheler y Redeker, que las Sagradas Escrituras, los Padres, el magisterio de la Iglesia y, en definitiva, la fecundísima Tradición católica stricto sensu.
Sin embargo, hay una cesura irreversible en la intrahistoria humana entre el Cristo del Nuevo Testamento y la Antigüedad clásica. En la Antigüedad mediterránea el modelo de hombre virtuoso era Aquiles, el “héroe”. La fortaleza pagana hecha carne, el hombre que ansía la eternidad en tanto que proyección de sí. A raíz del Nuevo Testamento, “Jesús es el nuevo modelo de hombre. Ya no lo es Aquiles. ¿Por qué? Porque Jesús es aquel que alcanza la plenitud dando su vida por amor. Él es el nuevo modelo de la masculinidad, no una masculinidad que se busca a sí misma y su gloria como Aquiles, sino que busca la gloria de Dios, la voluntad de Dios”.
Por ello, el Padre Raniero Cantalamessa, en su predicación del Viernes Santo del 2 de abril de 2010 pudo decir, siguiendo a René Girard, lo siguiente: “Jesucristo desenmascara y rompe el mecanismo del chivo expiatorio que sacraliza la violencia, haciéndose Él la víctima inocente de toda la violencia. Cristo no vino con la sangre de otro, sino con la suya propia. No puso sus propios pecados en los hombros de los demás –hombres o animales– sino que puso los pecados de los demás sobre sus propios hombros (…). En Cristo es Dios quien se hace víctima (…). Ya no es el hombre el que ofrece sacrificios a Dios, sino Dios quien se ‘sacrifica’ por el hombre (…). El sacrificio de Cristo contiene un mensaje formidable para el mundo de hoy. Grita al mundo que la violencia es un residuo arcaico (…). En casi todos los mitos antiguos la víctima es el vencido y el verdugo el vencedor. Jesús cambió el signo de la victoria. Ha inaugurado un nuevo tipo de victoria (…). Vitor quia victima, vencedor porque víctima, así define Agustín al Jesús de la cruz. El valor moderno de la defensa de las víctimas, de los débiles y de la vida amenazada nació sobre el terreno del cristianismo, es un fruto tardío de la revolución llevada a cabo por Cristo”.
El Espíritu que trae Jesucristo al mundo, que manifiesta el amor de Dios hacia el hombre en su debilidad, en sus pecados, en su podredumbre, es el que nos abre a la posibilidad de ser otro Cristo. Sólo sintiéndonos amados en nuestra pobreza, podemos ser vehículo de este amor. Jesucristo, es la víctima propiciatoria de la iniquidad del género humano y, en tanto que cristianos, estamos llamados a imitarle, es decir, a la santidad.
Es por ello por lo que el Padre Gómez Mir no se cansa de repetir una misma idea: “La opción más violenta para un hombre, la más heterodoxa para el mundo moderno, es ser católico”, algo que tiene resonancias, apócrifas o no, de Michel Foucault (aunque en un sentido radicalmente distinto): “Hay que ser un héroe para enfrentarse con la moralidad de la época”.
Ecce Ego: la pulsión tanática del hombre cerrado en el “yo”
Otra de las ideas recurrentes del libro es el cómo “la nada nadea” (Das Nichts nichtet), en expresión de Martin Heidegger, cuando el hombre se busca a sí mismo. Gómez Mir echa mano de la sugerente cita de John Senior, según la cual: “Debemos trabajar muy duro para restaurar, primero en nosotros mismos y luego por influencia en otros, lo opuesto a esa búsqueda furiosa del placer que culmina en el deseo real del horror y el placer de la muerte”.
Y es que no estamos descubriendo el fuego si decimos que vivimos envueltos en una cultura tanática, en tanto que hedonista. Nuestro autor nos ofrece una fotografía precisa del mundo actual: “El mundo postmoderno nos ofrece un modelo de hombre individualista y egoísta, el hombre de la sociedad liberal, que es estrictamente un productor y un consumidor, y a veces ni siquiera un productor, porque a nuestra sociedad le basta con que seamos consumidores (…). En el libro del Éxodo vemos a los israelitas esclavizados, como imagen de este hombre postmoderno esclavizado”. Esta afirmación del “yo”, Ecce Ego, es la imagen invertida del Cristo como cordero de Dios.
La experiencia de la insatisfacción infinita de los goces de la carne y el uso indebido de una libertad rebajada a libertinaje nos arroja a esa atrayente y oscura Nada que desemboca en la ausencia absoluta de sentido. La cultura de la muerte es la cara tenebrosa de esa búsqueda del placer desaforado que nos acecha continuamente (descentrado de ese centro de la cordura): aborto y eutanasia, OnlyFans e industria pornográfica, transición de género y farmacologización, lo gore y el espectáculo, estetización de la violencia y terrorismo, etc.
El filósofo italiano Diego Fusaro –autor al que aprecio personalmente–, en su ensayo El nuevo orden erótico. Elogio del amor y de la familia (2022), se ha detenido recientemente en esto al hablar de un “hedonismo mortal” que se consumó fatídicamente con el Mayo del 68.
A propósito de la película Saló, o los 120 días de Sodoma (1975), de su compatriota Pier Paolo Pasolini, Fusaro da cuenta del estrecho vínculo entre la búsqueda del placer autorreferencial y el nihilismo:
“El goce ilimitado y autorreferencial, ahora sin límite ni medida, domina incontrolado en todo nuestro horizonte, se traduce puntualmente en Todestrieb, ‘pulsión de muerte’. La villa en la que se desarrolla la historia de Pasolini, articulada en círculos que recuerdan a la geografía del Infierno de Dante, se convierte para las víctimas, en el lugar de la experimentación en carne viva de la estrategia de una perversión desenfrenada: el goce llevado hasta sus consecuencias extremas se transforma, sin solución de continuidad, en la muerte. El placer hiperhedonista, como fin en sí mismo (…), se convierte en un macabro ritual mortal, en una práctica nihilista que lejos de emancipar a los amantes, los disuelve en la nada. Torturas sádicas, humillaciones de todo tipo, prácticas coprofágicas, el asesinato como fin en sí mismo y otras barbaridades se suceden en la villa de Saló (…). Para promover la apoteosis del plusgoce sin aplazamientos y autorreferencial, la civilización del consumo debe, al mismo tiempo, ‘darle muerte’ a las figuras del amor auténticamente relacional y donativo. En una escena, una muchacha, sumergida en una bañera de excrementos grita desesperada –retomando el pasaje evangélico de san Marcos– ‘Dios mío, Dios mío. ¿Por qué nos has abandonado?’.
La globocracia de la omnimercantilización del mundo sumerge a toda la humanidad en la mugre”.
Inmersos en un desolador escenario como este, en el que dostoyevskienamente si Dios no existe, todo está permitido, en un mundo en el que hemos constatado –por la vía de los hechos– que el placer sin límites degenera en fascinación por lo oscuro, lo violento o lo destructivo, ¿cómo no perder la esperanza? ¿cómo creer hoy día en un camino de ascensión e imitación de Cristo? ¿cómo estar prestos a la batalla?
El Padre Gómez Mir nos ofrece cuatro verdades perennes fundamentales: Hemos sido creados para alabar, servir y hacer la voluntad de Dios.
Partimos del hecho de que somos seres caídos por el pecado original.
Estamos llamados a protagonizar un combate que llamamos la lucha ascética.
Hay un auxilio sobrenatural para dominar a ese hombre viejo y para transformarlo en un hombre nuevo que es la gracia que Jesucristo, nuestro señor, nos ganó muriendo en la cruz y resucitando.
Lucha ascética: el campo de batalla del combate escatológico
Entramos en el núcleo del libro… El combate escatológico, que no es un combate ahistórico entre las huestes demoníacas rebeldes y las huestes de Dios; que tampoco es un combate entre fuerzas eternas e increadas del Bien y el Mal como polos de una tensión cósmica (como creían los maniqueos); y que tampoco es un combate que se dará única y exclusivamente en el fin de los tiempos; sino que se trata de un combate que se está librando cada día en nuestro interior, en cada pensamiento, en cada decisión, en cada acto. “El hombre ha nacido en un mundo en guerra”.
¡Qué caprichoso es el destino! ¿verdad? Un sacerdote, párroco de la Iglesia de Sant Jordi, exhortándonos al combate… Y lo hace a partir de la tríada Job-San Pablo-San Ignacio de Loyola.
i) Mediante Job, constata que la vida del hombre es combate: “Job se preguntó retóricamente: ‘¿No es acaso milicia la vida del hombre sobre la tierra?”;
ii) mediante la meditación de las “dos banderas” de San Ignacio de Loyola, delimita los protagonistas del combate: “San Ignacio nos dice que Cristo llama y que nos quiere a todos bajo su bandera. Lucifer, al contrario, nos quiere bajo la suya. ¿Bajo qué bandera estamos militando? (…). Los dos campos que se enfrentan, dice San Ignacio, son Jerusalén y Babilonia”;
iii) mediante la Epístola a los Efesios de San Pablo, precisa quién es el enemigo real y el cómo y con qué armas es preciso combatirle:
“Buscad vuestra fuerza en el Señor y en su invencible poder. Poneos las armas de Dios, para poder afrontar las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra los hombres de carne y hueso, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire (…). Por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios. Siempre en oración y súplica, orad en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con constancia, y suplicando por todos los santos”.
Más claro el agua… Verdad, justicia, prontitud, fe, salvación y espíritu, “siempre en oración y súplica”. Si la batalla fuera tan sólo contra la carne, no necesitaríamos ni a Dios ni al Espíritu Santo, ni oración o súplica algunas; no seríamos católicos nos bastaría con ser estoicos (mortificación del cuerpo, ayuno, abstinencia). Reconocer que el enemigo verdadero son los “espíritus malignos” es reconocer tanto nuestra pequeñez y fragilidad como la necesidad de auxilio, porque, como se esmera en destacar el Padre Gómez Mir en su libro: “No somos voluntaristas. Somos cristianos. El hombre sin gracia de Cristo no puede alcanzar este dominio. Podría alcanzar un dominio moral relativo (…). Los medios son la oración, la lectura de la Palabra de Dios, el auxilio frecuente de los sacramentos y la mortificación”.
Precisamente, este acto de auto-reconocimiento de pequeñez, el pedir auxilio (en oración y súplica) para combatir en nosotros esos “espíritus malignos” que quieren someternos y subyugarnos con su embriagadora luz, y el hacer uso de las “armas de Dios”, exige que nos pongamos en marcha. Y es el Espíritu que actúa en y con nosotros. ¿Dónde salir, pues, a su encuentro, se preguntarán? En la Palabra de Dios y en el cuerpo y la sangre de Cristo que cada domingo se abren como una semilla en nuestros corazones (aquellos donde reside la cordura y el sentido de misión): “En misa nos ponemos en pie para escuchar la palabra de Dios. Este ponernos en pie es como el gesto propio de una milicia que está a la espera de escuchar la palabra de aquel que es su capitán, como diría san Ignacio de Loyola, para salir al combate”.
Escrito el domingo de Pentecostés, mayo de 2026.
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Pío Moa explica en el prólogo lo que considera charlatanes académicos en tres rasgos: El Frente Popular fue una alianza de comunistas, socialistas bolchevizados, racistas separatistas, con anarquistas y golpistas de Azaña como auxiliares. Sostener que tal alianza representaba la democracia, entra ya en el terreno de la charlatanería. La negativa a entablar un debate intelectual al respecto, ya demuestra charlatanería abierta. Y apoyar o no oponerse a leyes de «memoria» contra las libertades democráticas, leyes sovietizantes o frentepopulistas, por las que unos políticos incultos y corruptos se permiten dictar a los españoles lo que deben creer sobre su pasado, ya la charlatanería escala a un nivel más dañino. Y es lo que ocurre con los autores criticados en este libro. El problema de fondo es el del enfoque o perspectiva general. Identificar al Frente Popular con la democracia es un dislate intelectual y político decisivo. Sin embargo, con un mal enfoque se pueden hacer estudios parciales valiosos, como ocurre con varios de los historiadores aquí tratados. Pero esos estudios servirán como material de desguace, al modo como un coche mal construido no podría moverse, pero sus materiales podrían utilizarse de otro modo. Puede considerarse también este libro como una llamada de atención sobre el estado deplorable de nuestra Universidad, tantas veces denunciado y nunca corregido hasta hoy.
Los «charlatanes» del título son una treintena de nombres, en su mayoría historiadores profesionales, que con su mayor o menor prestigio han pretendido dar marchamo de verosimilitud a la versión oficial ingente sobre la Guerra Civil y la era de Franco. Que es ahora, además, la única «legal» en virtud de la Ley de Memoria Democrática. Sus propagandistas se han beneficiado de ella, pues apuntarse con entusiasmo a esa versión oficial es el peaje que exige el régimen de la Transición a toda carrera que aspire a verse reconocida académica y mediáticamente.
Pío Moa no niega a dichos autores (los Raymonda Carr, Paul Preston o Anthony Beevor, entre los extranjeros; los Ángel Viñas, Jan Pablo Fusi o Javier Tusell, entre los españoles) el mérito de tal o cual investigación específica. Pero sí les acusa de difundir tesis que los hechos desmienten (por ejemplo, el comportamiento democrático de la izquierda durante la Segunda República o la mediocridad personal y militar de Franco) y un enfoque generalmente falso –los célebres «consensos básicos» de ese gremio– que «desvirtúa o distorsiona en profundidad el relato» de lo realmente acontecido en España entre 1931 y 1975.
Un maestro en los detalles que sin embargo falsea el conjunto, con una verborrea destinada a ocultar la verdad pasada en beneficio de la política presente, y que además se niega a debatirla en público para que no queden en evidencia sus carencias es, en sentido estricto, un charlatán: un embaucador, si nos guiamos por el diccionario de la Real Academia. Moa no ofende a nadie, pues, con la denominación. Lo que hace en estas páginas es demostrar lo ajustado del sustantivo, al cuestionar en cada epígrafe algunas de las afirmaciones de esos charlatanes, a quienes lleva desenmascarando sin misericordia intelectual alguna desde la trilogía encabezada por Los orígenes de la Guerra Civil (1999) y luego con el impresionante éxito de Los mitos de la Guerra Civil (2003).
Puede sorprender que el volumen se abra con unas páginas donde se nos habla de la reconquista, del Imperio, de la paz y el progreso del siglo XVIII español o de la decadencia decimonónica (o de la vieja querella entre Américo Castro y Claudio Sánchez-Albornoz). La forma en la que los historiadores extranjeros entienden la Guerra Civil y el franquismo es muy deudora de los esquemas mentales de la Leyenda Negra en todas sus manifestaciones, no siendo la menor la creencia en una «excepcionalidad» española (por inferioridad congénita, conflictividad interna y atraso económico) a cuya negación ha consagrado Moa varias obras. La idea de que los españoles, más que otros pueblos, estamos destinados a matarnos (aquí es tópico el adjetivo cainita) difumina las responsabilidades individuales y, endosa al bando que encarnaría esa tradición histórica –el bando «fascista»–, dejando en el lado contrario a quienes habrían querido superar esa maldición con la luminosa forma de convivencia que nació el 14 de abril.
El problema es que el 14 de abril no nació ninguna luminosa forma de convivencia. En respuesta a Edward Malefakis o Santos Juliá, Moa detalla cómo las izquierdas convirtieron la República desde esa misma fecha en un mero agente de imposición legal de su agenda, la subvirtieron cunado perdieron su control (el golpe del 34) y la despeñaron por la ilegalidad tras amañar las elecciones de febrero de 1936. El bando alzado no se sublevó contra la democracia, sino contra un proceso revolucionario cuyos impulsores señalaban claramente un objetivo: la dictadura del proletariado.
A la contra, que es como está escrito este libro, Pío Moa es tan contundente o más que cuando expone, y no sólo contra sus contradictores progresistas. También contra quienes, desde la derecha del establishmente, buscan una equidistancia en la puritana creencia –que nos libera a nosotros, ochenta años después, de la exigencia de discernimiento, y nos absuelve moralmente, al situarnos por encima de la vesania de nuestros antepasados– de que en el campo de batalla se enfrentaron «canallas y sádicos sayones que habrían arrastrado contra su voluntad a cientos de miles de hombres buenos». La frase es de Pedro J. Ramírez y Moa la considera «una vacuna e impostada ostentación de enojo seudoético» contra unos y otros.
No, no podemos auto-eximirnos de analizar quién fue el culpable de la guerra, porque lo hubo y no fue quien se levantó contra el poder, sino quien lo ocupaba. En ese sentido, en Galería de charlatanes encontramos sendos capítulos consagrados a Francisco Franco y a Juan Negrín, al frente del bando frentepopulista desde mayo de 1937 –cuando sustituyó a Francisco Largo caballero– hasta el final del conflicto. Nos encontramos con puntos muy interesantes, como el regalo a Moscú del oro del Banco de España, su «comitrágica» polémica con Indalecio Prieto por el tesoro del Vita o la verdad sobre la salvación de los tesoros del Museo del Prado. Aquí Moa desnuda la mendacidad de la propaganda oficial, que presenta al bando nacional poco menos que empeñado en acabar a base de bombardeos con nuestras más valiosas obras de arte, cuando en su retaguardia no se produjo una sola destrucción de una sola de ellas, en contraste con los incendios masivos de monumentos, bibliotecas, cuadros e imágenes –en su mayoría religiosos, pero no solo– que se vivieron en la retaguardia frentepopulista.
Por último, en otros dos capítulos el autor discute dos asuntos que son a la vez cuantitativos y cualitativos: la ayuda extranjera y la represión.
En cuanto a lo primero, Moa recuerda, de la mano de Jesús Salas Larrazábal, que puede hablarse que colaboraciones externas equivalentes y, por tanto, no decisivas, y, en cualquier caso –de la Legión Cóndor a la Brigadas Internacionales– minoritarias respecto a la participación de españoles. Pero hay diferencias: una, que los nacionales pagaron menos, a pesar de que tuvieron que hacerlo a crédito, siendo la corrupción una de las razones de mayor coste que tuvo la ayuda recibida para el bando dizque republicano; y dos, que Franco no sacrificó su independencia frente a Alemania e Italia, mientras que Largo y Negrín quedaron encadenados a Stalin.
Por lo que hace a la represión, siguiendo a Ángel David Martín Rubio se inclina por una cantidad similar en la retaguardia en ambos bandos (60.000-70.000), a la que sumar los 25.000-30.000 de postguerra (13.000-14.000 según estudios de Miguel Platón de pronta publicación). Sin olvidar que buena parte de la represión en este segundo periodo fue en castigo por delitos de sangre que en cualquier legislación contemporánea implicaba la pena capital.
En Galería de charlatanes encontramos buena parte del argumentario conocido de Pío Moa, esta vez contrapuesto directamente, con nombre y apellidos, a los divulgadores de los «consensos» falsarios. Son páginas de gran valor didáctico y una óptima síntesis de casi treinta años de labor intelectual, al rebatir las falsedades y los errores de interpretación tal y como éstos son presentados al público por sus divulgadores.
Creo en el Dios de Jesús y de María, el Dios de los bienaventurados, sencillos y sabios humildes como Abraham y Sara; Isaac y Rebeca; Jacob y Raquel. Y no el de los expertos racionalistas e ideologistas teólogos y entendidos escribas de todos los tiempos, El Mismo JesuCristo nunca los eligió ni como apostóles ni como discípulos. Ni antes ni ahora. Soy Venezolano, Maracucho/Maracaibero, Zuliano y Paraguanero, Falconiano; Soy Español, Gallego, Coruñés e Fillo da Morriña; HISPANOAMÉRICANO; exalumno marista y salesiano; amigo y hermano del mundo entero.
La Línea Editorial de este Rincón es la Veracidad y la Independencia imparcial.
¡¡¡ Que El Señor de La Comunicación, de La Amistad, de La Paz con Justicia, te bendiga, te guarde, te proteja, siempre... AMÉN !!! ________________________________
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#YoTambiénSoyCristianoPerseguido
#NoEstánSolos: Ya estamos hartos de que los criminales exterminen a los cristianos solo por su fe. Ha llegado la hora de movilizarse y defenderlos. Basta de cobardía. Se valiente y osado frente a los asesinos y defiende con ardor tu fe y a los que son perseguidos por la horda. Coloca en tu página el símbolo creado por el movimiento en defensa de los cristianos perseguidos para la campaña mundial que se ha iniciado para que no nos olvidemos de todos aquellos que están siendo perseguidos y masacrados por ser cristianos. El símbolo del centro es la letra N del alfabeto árabe, con la que los yihadistas están marcando las casas de los Nazarenos, que es como ellos llaman a los cristianos. Juntos hagamos que no se olviden aquellos hermanos perseguidos en todo el mundo por amar a su Dios. #NoEstanSolos #PrayForthem #ن #YoTambiénSoyCristianoPerseguido #Iglesia #Kenya #Siria #Irak #Afganistán #ArabiaSaudí #Egipto #Irán #Libia #Nigeria #Pakistán #Somalia #Sudán #Yemen y otros...
EL SILENCIO CULPABLE
QUE LA LUZ BRILLE SOBRE TI, TIERRA FÉRTIL #SOSVENEZUELA
VENEZUELA UN PAÍS PARA QUERER Y PARA LUCHAR
“Nací y crecí en un lugar donde dicen ” Pa’lante es pa’llá”, donde se pide la bendición al entrar, al salir, al levantarte y al acostarte, donde se comen arepas, cachapas y espaguetti con diablito, donde se menea el whisky con el dedo, donde se respira alegría aún en las adversidades, donde se regalan sonrisas hasta a los extraños, donde todos somos panas, donde aguantamos chalequeos, donde se trata con cariño sincero, donde los hijos de tus amigos son tus sobrinos, donde la gente siempre es amable, donde los problemas se arreglan hablando y tomando una cervecita, donde no se le guarda rencor a nadie y donde nadie se molesta por tonterías, donde hasta de lo malo se saca un chiste, donde besamos y abrazamos muchísimo, donde expresamos con cariño nuestros sentimientos, donde hay hermosas playas, ríos, selvas, montañas, nieve, llanos, sabana y desierto, un país de gente bella, cariñosa y alegre donde se mezclaron armoniosamente las razas, donde el extranjero se siente en casa y donde siempre encontramos cualquier motivo para celebrar con los amigos. Nací y crecí en VENEZUELA, me siento orgulloso de ser venezolano y seguiré manteniendo mi espíritu venezolano en cualquier lugar del mundo”
¡NO TE RINDAS!
♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥ Si la angustia te seca, si la ansiedad te asfixia, si la tristeza te ahoga, si el pesimismo te ciega... llora, grita, comunícate, exterioriza tu dolor.... pero JAMÁS te rindas.
Levanta tu mirada, respira hondo... ¡LUCHA..! amig@...lucha ... PORQUE Sí hay salida. Sí hay sentido. Sí hay ESPERANZA. Levanta tus manos y pide ayuda.
No te des por vencid@...y poco a poco verás La Luz. NO te rindas amig@, lucha. NO ESTÁS SOL@.
PORQUE VERÁS QUE SÍ VALIÓ LA PENA... ♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥
LA FUERZA INVENCIBLE DE LA FE
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
"Ya veis que no soy un pesimista, ni un desencantado, ni un vencido, ni un amargado por derrota alguna. A mí no me ha derrotado nadie, y aunque así hubiera sido, la derrota sólo habría conseguido hacerme más fuerte, más optimista, más idealista, porque los únicos derrotados en este mundo son los que no creen en nada, los que no conciben un ideal, los que no ven más camino que el de su casa o su negocio, y se desesperan y reniegan de sí mismos, de su patria y de su Dios, si lo tienen, cada vez que le sale mal algún cálculo financiero o político de la matemática de su egoísmo.
¡Trabajo va a tener el enemigo para desalojarme a mi del campo de batalla! El territorio de mi estrategia es infinito, y puedo fatigar, desconcertar, desarmar y doblegar al adversario, obligándolo a recorrer por toda la tierra distancias inmensurables, a combatir sin comer, ni beber, ni tomar aliento, la vida entera; y cuando se acabe la tierra, a cabalgar por los aires sobre corceles alados, si quiere perseguirme por los campos de la imaginación y del ensueño. Y después, el enemigo no podrá renovar su gente, por la fuerza o por el interés., que no resisten mucho tiempo, y entonces, o se queda solo, o se pasa al amor, que es mi conquista, y se rinde con armas y bagajes a mi ejército invisible e invencible...."
(Fragmento de una página del discurso de Joaquín V. González "La universidad y alma argentina" 1918). ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
COMBATE Y DENUNCIA A LOS PEDÓFILOS (PEDERASTAS)
SEÑOR, TE PEDIMOS QUE PROTEJAS A L@S NIÑ@S, TE LO PEDIMOS EN EL NOMBRE DE JESÚS. AMÉN. ¡Ay de aquel que escandalice a uno de estos pequeñitos! Mejor le fuera que le ataran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar, que hacer tropezar a uno de estos pequeñitos....... Lc 17,1-2 -- ÚNETE Y DENUNCIA --
SI LOS MEDIOS CALLAN, EL PUEBLO GRITA...
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Cuando existe la esperanza, todos los problemas son relativos
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SOMOS ANTI-OBSOLESCENCIA: NUESTRA CALIDAD TIENE VALOR
OBSOLESCENCIA ES LA planificación o programación del fin de la vida útil de un producto o servicio de modo que este se torne obsoleto, no funcional, inútil o inservible tras un período de tiempo calculado de antemano, por el fabricante o empresa de servicios, durante la fase de diseño de dicho producto o servicio, nos conduce al CONSUMISMO exacerbado, por culpa de algo evitable, destruimos recursos, planeta y dinero por algo que podríamos tener durante mucho tiempo.