EL Rincón de Yanka: ENCUENTRO

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lunes, 6 de abril de 2026

LIBRO Y PELÍCULA "EL CASO DE CRISTO": ENCUENTRA AL JESÚS VERDADERO por LEE STROBEL

(THE CASE FOR CHRIST)

Educado en leyes y periodismo, Lee Strobel entrevistó a tres eruditos y autoridades haciéndoles las preguntas más difíciles acerca de Jesús de Nazaret, y el historial bíblico de su vida. Lee llega a la conclusión de que se necesitaría más fe para seguir siendo ateo, que para confiar en Jesús. Creo que Lee está en lo cierto. El Caso de Cristo presenta abrumadora evidencia histórica de que Jesús es el que dijo ser.
Basada en hechos reales, “El caso de Cristo” (The case for Christ) nos cuenta un momento crucial en la vida de Lee Strobel, afamado escritor estadounidense, autor de varios libros en el área de la apologética cristiana.
La apologética es la defensa de la fe, es decir, la presentación de argumentos para dar razón de las creencias espirituales de alguien ante los argumentos contrarios a ella. El debate sobre la existencia de Dios y la historicidad de la resurrección de Jesús es una cuestión que apunta a las bases de la fe cristiana. Esta problemática ha tenido un especial ascenso en los últimos siglos con la irrupción del pensamiento científico como el paradigma predominante, poniendo una aparente distancia irreconciliable entre fe y razón.

En los tiempos más recientes el ateísmo militante, que hace proselitismo de su escepticismo, se ha hecho popular gracias a algunas obras que atacan sin cuartel a todas las religiones en conjunto, presentándolas no solo como falsas sino como un daño para las personas y para la sociedad.
Esta parece ser la visión que tenía Lee Strobel sobre la fe cristiana que llegó a su casa. Tanto él como su esposa habían sido criados en el ambiente eclesiástico, pero en la juventud decidieron que el ateísmo era un camino mejor. Para Strobel, el que su esposa abandonara esa posición rompía con el aparentemente perfecto statu quo de su hogar.

Muchos son los que ven la fe como una enfermedad intelectual que lleva a las personas a tener una vida atrasada. Asocian el progreso social y económico con el escepticismo, mientras que el subdesarrollo financiero y la violencia se vinculan con tener una creencia espiritual. Para ellos, lo único que vale es la creencia en los hechos, en las pruebas, en lo tangible. Así era Lee, hasta que se vio en un callejón sin salida en el que se da cuenta de que cristianismo y ateísmo son dos caras de la misma moneda: una cuestión de fe en Dios o fe en la nada.

ENCUENTRA AL JESÚS VERDADERO 
UNA GUÍA PARA CRISTIANOS CURIOSOS 
Y BUSCADORES ESCÉPTICOS 


¿Cuál es el Jesús verdadero? Como ya lo he descrito en libros anteriores, yo fui un escéptico en cuanto a las cosas espirituales hasta que mi esposa se convirtió al cristianismo en 1979. Impresionado por los cambios que aprecié en su carácter y en cuanto a los valores, decidí usar mi capacitación en lo legal y en lo periodístico para investigar sistemáticamente si el cristianismo (o, para el caso cualquier otra fe) era digna de alguna credibilidad. 

Luego de casi dos años, concluí que los datos científicos apuntaban poderosamente hacia la existencia de un Creador y que la evidencia histórica de la resurrección establecían fehacientemente que Jesús es divino. Pero permítanme ahora contarles el resto de la historia: Siendo un nuevo cristiano, me ofrecí en la iglesia como voluntario para responder las preguntas que presentaran algunas de las personas que asistían a las reuniones que se llevaban a cabo los fines de semana. 

Un domingo recibí una tarjeta de una muchachita de doce años que decía simplemente que deseaba saber más acerca de Jesús. Cuando la llamé, me preguntó si yo y mi esposa podíamos ir a cenar con ella y su papá. 
«¿No te parece lindo?», le dije a Leslie. «iVa a ser divertido!». Cuando su padre abrió la puerta, entré y miré hacia la mesita de café de la sala. Sobre ella descansaban pilas de pesados libros. Resultó ser que el hombre era un científico que había dedicado años a estudiar artículos y libros que atacaban la imagen tradicional de Jesús. Durante horas, entre pizzas y refrescos, él me acribilló con fuertes objeciones, algunas de las cuales yo nunca siquiera había considerado durante mis investigaciones referidas al cristianismo. Oleadas de temblores sacudieron mi fe. De hecho, la cabeza me comenzó a dar vueltas. Sentía una especie de «vértigo espiritual», esa sensación de mareo y desorientación que recorre todo el cuerpo cuando alguien desafía el mismo corazón de nuestra fe de un modo en el que no logramos darle respuestas. Un frío me recorrió la espalda. ¡Tal vez él esté en lo cierto! Tal vez no hice todas las preguntas correctas. Tal vez me he tragado todo este asunto del cristianismo a pie juntillas sin haberlo analizado adecuadamente. 

¿Alguna vez han sentido vértigo espiritual? Aquí va una predicción: Si nunca lo han experimentado, probablemente les suceda a ustedes también, y muy pronto, debido a que los desafíos que confrontan nuestra comprensión tradicional acerca de Jesús nos están llegando rápida y furiosamente. ¿Sabían, por ejemplo, que la iglesia ha suprimido evangelios alternativos que presentan a Jesús bajo una luz completamente distinta a la de la Biblia? ¿O que el Nuevo Testamento está tan irremediablemente plagado de errores que no se puede confiar en él? ¿O que Jesús no ha logrado cumplir con las profecías mesiánicas? ¿O que Jesús realmente nunca murió en la cruz ni resucitó de entre los muertos? 

Si ustedes son cristianos, ¿qué van a hacer cuando sus hijos, hijas, vecinos o colegas tropiecen con alguna de estas acusaciones y los acribillen a preguntas? Y si son investigadores espirituales, ¿cómo saben que la imagen de Jesús con la que se encuentran en Internet o reciben de sus profesores de la universidad constituye realmente una descripción exacta de él? 

En otras palabras, ¿cuál es el verdadero Jesús? Durante dos milenios, el retrato de Cristo pintado por la iglesia ha sido el del divino Jesús, el Dios que se hizo hombre. Esto es lo que celebramos en Navidad: Dios se encarnó. Como lo señala el apóstol Pablo: «Él es la imagen del Dios invisible». 

El apóstol Juan lo pone en forma más poética: «En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios... Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros». Pero ahora los críticos pintan a Jesús de un modo muy diferente. Por ejemplo, está: 
  • El Jesús gnóstico, que es proveedor de una sabiduría secreta en lugar de ser el redentor de la humanidad; 
  • El Jesús citado erróneamente, cuya historia en la Biblia está tan signada por el error que no se puede confiar en ella; 
  • El Jesús que fracasó, y que no pudo cumplir las profecías mesiánicas; 
  • El Jesús no crucificado, que nunca murió en la cruz por los pecados de nadie; 
  • El Jesús difunto, que nunca probó su divinidad levantándose de la tumba. 
Algunos de los argumentos que se ofrecen a favor de estas nuevas semblanzas resultan muy persuasivos. Pero Proverbios 18:17 hace esta aguda observación: 
«El primero en presentar su caso parece inocente, hasta que llega la otra parte y la refuta). 

En otras palabras, el cuadro puede cambiar significativamente cuando escuchamos la otra parte de la historia. Preguntémosle si no es así a Frank Walus. Así que, ¿por qué no me acompañan en mi travesía de descubrimiento? Viajaré de Los Ángeles a Charlotte y de Dalias a Halifax para confrontar a algunos eruditos con estas últimas aseveraciones referidas a Jesús. En realidad, este es el tipo de búsqueda al que nos invita la Biblia. El apóstol Pablo nos insta: «Sométanlo todo a prueba, aférrense a lo bueno». 

Decidamos desde el principio mantener una mente abierta y vayamos tras los hechos dondequiera que ellos nos lleven, aunque se trate de una conclusión que nos presente desafíos hasta en los niveles más profundos. 
Al final descubriremos si el retrato tradicional de Jesús es un artículo genuino de un infinito valor, o una imitación barata que debería ser arrojada al tacho de basura de la historia.






El caso de Cristo: Demostrando la realidad de la Resurrección

jueves, 19 de febrero de 2026

DOCUMENTAL "LIBRES" 2023: VIAJE AL INTERIOR DEL SER HUMANO EN LOS MONASTERIOS DE CONTEMPLACIÓN Y DE ENCUENTRO

LIBRES  (2023)

A veces el mundo se mueve tan rápido que encontrar paz parece algo imposible.
Sin embargo, el sosiego y el silencio son tesoros que se esconden tras los muros de los monasterios.
Si alguna vez te has preguntado cómo sería vivir como un monje en pleno siglo XXI…

El ser humano es una perfecta simbiosis de cuerpo, mente y alma.
Desde hace siglos España ha sido cuna de la Contemplación.
LIBRES es un viaje al interior del hombre en el que hemos logrado el permiso para entrar y hablar con personas que rara vez pronuncian palabra y lugares que permanecen cerrados para el mundo: LOS MONASTERIOS.
Esta es nuestra oportunidad de conocer, qué le lleva a una persona en pleno siglo XXI a decidir encerrarse entre cuatro muros por el resto de su vida. Cómo es su día a día, sus motivaciones, su vinculación con la Naturaleza pura y su vida exterior, que mucho tiene que ver con la interior.

La película «Libres» nace en la trágica pandemia del año 2020. Durante la misma, formé parte de un equipo de profesionales para realizar una campaña de comunicación. El objetivo era recaudar fondos para ayudar a religiosos de clausura que, al no poder vender sus productos, no tenían dinero para comprar alimentos si quiera. Me gusta pensar que de las buenas decisiones que en ocasiones tomamos en la vida, salen cosas grandes e inesperadas.

Cuando pudimos salir, dirigí una campaña publicitaria para la Fundación DeClausura. Esta vez, pasé cuatro días en un monasterio conviviendo con monjes. A mi regreso, empecé a investigar más sobre esta vida oculta tan especial y desconocida en el siglo XXI.
El mundo y la Iglesia os necesita como faros que iluminan el camino de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo». 
¿Qué filosofía de vida o plenitud interior deben tener estas personas para que el Papa les ponga de referentes, de faros que nos iluminan?
Así comienza un camino que culmina con la película «Libres». Ojalá haga descubrir a muchos la verdad de algunos temas que nos afectan a diario y quizá el mundo en el que vivimos nos arrastra en otra dirección.



Desde hace siglos, muchos hombres y mujeres lo dejan todo para entregar su vida a la contemplación. LIBRES es un viaje al interior del hombre. Hemos logrado el permiso para entrar y hablar con personas que rara vez pronuncian palabra, en lugares que permanecen cerrados para el mundo: LOS MONASTERIOS. ¿Qué lleva a una persona a despojarse del mundo que conoce, a retirarse de él para el resto de su vida? ¿Cómo piensa una persona así? LIBRES se acerca a grandes cuestiones de la existencia del hombre, con un solo objetivo: escucharles.


viernes, 16 de enero de 2026

LIBRO "EL AULLIDO DEL LOBRO": 🐺 ORIENTACIONES ESPIRITUALES PARA JÓVENES GUERREROS por GONZALO RODRÍGUEZ GARCÍA

El aullido del lobo
Orientaciones espirituales 
para jóvenes guerreros

🐺
Un aldabonazo que impulsa la lucha contra la decadencia y el nihilismo de nuestro tiempo

El Aullido del Lobo. Orientaciones espirituales para jóvenes guerreros es una llamada, una sacudida dirigida a quienes presienten —aunque sea vagamente— que algo esencial se ha quebrado en el mundo moderno. A quienes intuyen que la crisis de nuestro tiempo no es económica ni política, sino espiritual.
A partir de las enseñanzas de la cosmovisión tradicional y de la Sophia Perennis, Gonzalo Rodríguez García ofrece una crítica implacable al nihilismo contemporáneo y plantea las claves para su confrontación y superación. Frente a la bancarrota espiritual de la modernidad, este libro propone una visión renovada del mundo, la vida, la muerte y el ser humano, donde el ideal clásico de la areté —la excelencia del alma— vuelve al centro de la existencia.

Alumbra así una juventud rebelde, no por moda, sino por nobleza. Una juventud forjada en la disciplina, guiada por el honor y decidida a reconquistar su alma. Inspirado en la sabiduría perenne —del platonismo griego al dharma hindú, del estoicismo romano al espíritu heroico celta y germano, del Grial medieval a la mística cristiana y la cristiandad hispánica—, El Aullido del Lobo traza una cruzada interior y exterior.

Nada será más revolucionario. Nada, más disidente. Frente a una época que progresa hacia la necedad en nombre de la emancipación, este libro propone la restauración del hombre de acuerdo al camino y enseñanzas del «guerrero espiritual».

El lobo ha aullado. El combate ha comenzado.
¿Responderás a la llamada?

Llega el libro que despierta a una 
juventud disidente, espiritual y combativa

En un momento histórico dominado por la confusión espiritual, la disolución de referentes y la exaltación del vacío, llega una obra que irrumpe con fuerza en el debate contemporáneo desde el corazón mismo de la tradición filosófica y metafísica.
El aullido del lobo. Orientaciones espirituales para jóvenes guerreros, de Gonzalo Rodríguez García, no es un libro más de filosofía o autoayuda: es un manifiesto, una guía de combate interior, un aldabonazo dirigido a los que intuyen que la verdadera crisis de nuestro tiempo no es política ni económica, sino espiritual.
Inspirado en la Sophia Perennis, el autor construye una crítica implacable al nihilismo moderno y plantea una alternativa que no es evasión ni reformismo, sino restauración radical del alma y del ideal clásico de la areté: la excelencia moral, la virtud activa, la vida forjada en la disciplina y guiada por el honor.
A través de influencias que van del platonismo y el estoicismo al hinduismo védico, del espíritu heroico germánico a la mística cristiana medieval, Rodríguez traza un recorrido vital y filosófico que reclama una nueva nobleza del alma. 
Una juventud que no se conforme con sobrevivir, sino que aspire a reconquistar su centro interior, restaurar el orden perdido y actuar en el mundo como guerreros de luz.

Dividido en dos grandes bloques —“El guerrero espiritual” y “Cabalgar el tigre”— el libro ahonda en conceptos clave del pensamiento tradicional y los traduce en prácticas, ideas y caminos para resistir, trascender y vencer la inercia de una época que ha hecho del caos su bandera.
Una cruzada contra el ruido, la superficialidad y la pérdida del sentido que ofrece una brújula firme para quienes no aceptan la mediocridad espiritual como destino.

Presentación

Este libro es ante todo y en primer lugar un libro sobre espiritualidad y dirigido a personas con sensibilidad y vocación espiritual. Y es desde dicha espiritualidad, en primer término y razón de ser, plantea varias cosas que como corriente de fondo sostienen todo su discurso. 
En pri­mer lugar, plantea una mirada crítica respecto del proceso histórico moderno y del significado del momento presente. Marcado este por las ideas de nihilismo y alienación espiritual y, en consecuencia, de decadencia y degeneración. 
Por otro lado, plantea la posibilidad de un tipo humano antagónico a dicho momento presente y proceso histórico moderno, y capaz de actualizar en sí mismo aquello que precisamente permite superar todo nihilismo y alienación espiritual y, por ende, toda la decadencia y degeneración a la que habríamos arribado. Unido a esto plantea una serie de orientaciones espirituales, prácticas y disciplinas, para dicho tipo humano antagónico al nihilismo, y conducentes a dicha actualización y superación. Y, finalmente, señala la fuente de dicha mirada crítica y de dichas orientaciones y disciplinas en el mundo de la cosmovisión tradicional. De la Tradición Sapiencial. De la Tradición como Sophia Perennis.

Siendo esa la fuente, el texto se argumenta y desarrolla con conceptos y términos que provendrán de la Grecia clásica y el mundo romano. Del platonismo y del estoicismo. También de la India védica, del Sanatana Dharma, y del budismo. También de la mística cristiana, los «padres del desierto», y la cristiandad hispánica. Y, finalmente y en menor medida, de los mitos y leyendas del antiguo mundo céltico y germánico, así como de la literatura artúrica y el ciclo del Grial.
El texto es así en sus fuentes y en su intención abiertamente anti­ moderno y se escribe conforme a las coordenadas filosóficas del tra­dicionalismo. Del tradicionalismo planteado como perennialismo, y es desde ahí, hace tanto el ejercicio de discernimiento crítico respecto del proceso histórico moderno y del momento presente al que hemos arri­bado como de orientación espiritual, alternativa filosófica, y práctica y disciplina, a la contra de dicha modernidad. Todo ello sin dejar de tener presente y con absoluto realismo, el especial oscurecimiento espiritual de nuestro tiempo, pero también, y a partir de ahí, su especial oportunidad...
*
De acuerdo a todo esto, este libro no es para todo el mundo. No está es­crito para el común y no pretende llegar a cualquiera que pudiera saber de él. No tiene así ni intención ni vocación de dirigirse a todos ni de con­ vencer o debatir con quien es ajeno a sus términos. Sino que está escrito y dirigido a un tipo concreto de persona. A un tipo humano específico. 
El libro es para aquel que, aunque sea vagamente, sabe que el mundo moderno es un dislate... Una enfermedad que no puede curarse a sí misma. Una subversión nihilista y un desorden distópico que no puede corregirse desde dentro con sus propias ideologías y fórmulas. Que todo él es un error. Y que tiene que haber «otra cosa» exterior y superior a él, que sea perenne, universal e incondicionada, y a su vez potencial en el ser humano, y que deba poder reemerger para desenmascararlo, tras­cenderlo y dejarlo atrás...

El libro está escrito así para lo que hemos llamado los hombres y mujeres de la «Raza del Espíritu»... Para los hombres y mujeres en los que todo lo que en el ser humano es mera individualidad fenoménica y existencial, mero soporte psicofísico y emocional, está llamado a ser órgano e instrumento de expresión y acción de aquello que es anterior y superior a esa mera individualidad condicionada. De modo tal que no aspirarán a deberse a los temores y apegos, ansias y vanidades, afec­taciones o traumas, caprichos, emociones, biografía y deseos de dicha individualidad, sino a deberse a la conquista de sí mismos y la posesión total de la personalidad. A realizar su dimensión espiritual, supraindi­vidual e incondicionada, a pleno de su potencia y superioridad. Dando lugar así a que la realidad esencial, central, adamantina e incondicio­nada del Hombre, despierte, se haga presente y se afirme y gobierne. Todo ello fruto de una vía de disciplina y ascesis que supera, subordina, controla y agota, todo sentido puramente fenoménico, subjetivo, individual, psicofísico y existencial del yo. Poniendo entonces ese núcleo Incondicionado y «extrasamsárico» de la personalidad, al frente de la propia vida y el gobierno de sí. No habiendo entonces, a la manera del auriga platónico, soberanía interior ni libertad sin sabiduría espiritual y autoconocimiento. Y siendo entonces, a la manera estoica, el ánimo imperturbable e impasible, la cima del poder y la dominación sobre uno mismo...

A partir de aquí y al modo de las tradiciones míticas recabadas en la Grecia clásica por Hesíodo, diríamos que llegada la Edad del Hierro y el «oscurecimiento del mundo», Zeus, «rey de los Dioses» y símbolo del principio inmortal y Olímpico, generará una «raza de héroes» provista potencialmente de la posibilidad de reconquistar y restaurar dicho principio Olímpico en sí mismos y en el mundo, poniendo fin con ello a la Edad del Hierro, poniendo fin a la «Edad Oscura». Y en esos mismos términos y horizonte de restauración resonará y llamará a los Hombres de la «Raza del Espíritu» nuestra época, toda vez que esta discurre por las antípodas de tan alta posibilidad y principio Olímpico e inmortal e incluso ofrece su contraimagen, como logro de emancipación y pro­greso...

Y efectivamente hemos dicho «Raza del Espíritu» y hemos hecho referencia al platonismo y al estoicismo, y hemos hecho referencia a conceptos como Incondicionado, samsárico, adamantino, fenoménico, inmortal, Olímpico, etc. Todo un glosario de términos que recogemos alfabéticamente en el apartado correspondiente y allí definimos y ex­plicamos. Siendo fundamental para el buen entendimiento y provecho de este libro, tener dicho glosario muy presente para poder seguir el sentido que vamos a dar a lo largo del texto a muchos conceptos que ire­mos trayendo a colación. Tanto así que sin la definición y compresión correspondiente de dichos términos, e incluso del uso particular que haremos de algunos de ellos, podría perderse el hilo de lo que vamos planteando. Del mismo modo y conforme al peso que algunos de estos conceptos tendrán nos reservamos el derecho a dejarlos por escrito en mayúsculas.

*
Por último: el libro se plantea y redacta con una fuerte vocación de llamada y aldabonazo. De «aullido en la noche», de «forja de la espada», de «Convertir el asco en acero y salir al mundo a buscar tus iguales». Y es desde dichas coordenadas que se escribe y proyecta sus imágenes, ideas fuerza, su uso del lenguaje y de términos y conceptos muy concretos. Con intención de resonancia, sugestión, conexión y esclarecimiento. Este estilo, unido a los propios temas que trataremos, aspiramos a que funcione como filtro para esos hombres y mujeres a los que va diri­gido...

Prólogo: apertura y llamada...

Arribados a la Medianoche del Mundo el fuego del Espíritu debe ser de nuevo avivado en nuestras almas...

Con especial tesón y consagración debemos volver al argumento primero, hoy día olvidado, en el que nos jugamos el ser o no ser: la forja del alma... Pues somos ya los habitantes del confín de la Historia allá donde pare­cerá que solo un nuevo amanecer puede cambiar las tornas de esta oscura noche por la que transitamos. Y ese nuevo amanecer no llegará sin más y de manera fatal, sino que también dependerá de nosotros. Del despertar en nosotros a una sabiduría y una fuerza que hace ya demasiado tiempo hemos dejado de conocer, entender, y cultivar y que, sin embargo, perma­nece perenne en los adentros del alma como una semilla escondida que nunca muere y siempre es posible, conforme al correspondiente aprendizaje y disciplina, hacer germinar. Dando entonces como fruto un «centro inte­rior» Incondicionado, invulnerable, y libre. Un centro «autoluminoso» que no es otro que el argumento mismo de la vida humana para los hombres y mujeres de la «Raza del Espíritu»... La cual a su vez no es sino la antítesis absoluta a la degeneración y decadencia por la que transitamos. Su anta­gonista total y su «Némesis»...
*
Como nunca antes es así preciso la existencia de hombres y mujeres dis­puestos a avivar en sus almas la llama del Espíritu, en pleno corazón del «Kali Yuga», en esta medianoche del Mundo a la que hemos arribado. For­jando su ser más íntimo en dicha «llama imperecedera» y elevando su alma hacia lo Incondicionado. Hacia ese «Centro autoluminoso e inmutable» que no es sino el centro mismo de nuestro ser. Punto de unión de la Tras­cendencia en la inmanencia, de la «Vertical en la horizontal». Actuando entonces en el mundo desde dicha forja y elevación, desde dicho «Centro y Vertical», en actuar puro y absoluto, supraindividual y liberado. Hecho de Consciencia y presencia plenas, calma profunda y entrega total...

Frente al tipo humano de la decadencia y la degeneración, del «ruido que no cesa», del estado de carencia, del psiquismo incesante, de la mente insomne y el ánimo neurótico, puramente «Samsárico», inconscien­temente alienado, inconsciente de sí... Preparar y anunciar el horizonte de una «Nueva Restauración». De un «Nuevo Hombre» que trae un «Nuevo Tiempo» que no es sino la actualización de lo Eterno. De una renovada Aristeía frente al nihilismo y decadencia posmoderna.

Y esa es la tarea que pide nuestro tiempo a los hombres y mujeres de la «Raza del Espíritu» y de la verdadera Revolución, si es que Revolución sig­nifica realmente eso: «Volver al Origen». Volver a la fuente primera...

*
Las enseñanzas de la cosmovisión tradicional ya nos advirtieron de la decadencia y fanatismo que el nihilismo traería, que la noche del Kali Yuga generaría, y de cómo frente a todo ello, el «Hombre de la Areté» se postula como antítesis, respuesta, y antídoto. Un Hombre que en primer lugar y como punto de partid a, sabe y asume de manera radical que ninguna dificultad material, decepción personal, decadencia sociocultural y política, golpe de mala suerte o fatalidad puede ser más terrible para él y hacerle más daño y alienarle más que un alma ofuscad a, sin discernimiento ni Consciencia ni esclarecimiento, sin «Silencio y libertad»... Del mismo modo, que ninguna riqueza material, prosperidad, buena compa­ñía, tiempo histórico de esplendor y grandeza, éxito profesional o golpe de buena suerte le puede hacer más bien, elevarle y reportarle más que un alma trabajada, purificad a, esclarecida, recta y dueña de sí... Que un ser interior liberado, centrado, «vertical y supraindívidual». Y que es precisa­ mente esa Aristeía, esa vía de la Areté, esa «forja interior» en la «llama imperecedera» del Espíritu, el punto de partida y raíz para toda contestación completa, impugnación total y superación sin remisión, del tiempo de nihilismo, degeneración, fanatismo, decadencia y subversión, que estamos viviendo.

El Guerrero Espiritual es así el auténtico sujeto revolucionario que necesita nuestra época...

Él es el «Cruzado» al que toda mera aspiración burguesa, lucha obrera o reivindicación nacionalista, no dejan de parecerle cuestiones secundarias tras cuya primacía política e ideológica se esconde en gran medida el desnorte y sinsentido de nuestra época.

La verdadera batalla entonces, la cuestión fundamental en la que el Hom­bre se juega el ser o no ser, es el conocimiento y conquista de sí mismo. Y siempre ha sido así y siempre será así. Y es partir de ahí que se articula, une, armoniza y ordena todo lo demás... Y esa ha sido la esencia de la cosmovisión tradicional y ha sido precisamente el olvido de esto o su in­ comprensión, el fundamento de la subversión moderna y el origen de la decadencia. Y es así en el recuerdo y actualización de dichas enseñanzas del mundo de la Tradición, que tenemos las palancas de fuerza para salir del atolladero al que hemos llegad o. Las palancas de fuerza para liberarnos del mundo de ofuscación, inconsciencia, ignorancia, temor, carencia, debi­lidad interior y ansía que nos rodea.

*
...Y aquellos que consiguen enraizarse en la Verdad, gobernarse así mismos y ser así realmente libres son entonces buscados por aquellos a los que les pesan las cadenas y quieren también la fuerza para romperlas. Y se unen en lazos de lealtad, confianza y respeto y forman de este modo una comuni­dad de personas tan unidas como decidid as a ser lúcidas, despiertas, fuer­tes y libres, y a ayudarse las unas a las otras en este propósito. Y ellos son la auténtica disidencia y el germen de la nueva élite revolucionaría. Ellos son la «forja de la espada» y el «aullido del lobo», el anuncio del fin de la Edad Oscura y la vanguardia del nuevo amanecer...

El guerrero espiritual y el Kali Yuga

ENTENDER NUESTRA ÉPOCA: 
TRADICIÓN, MODERNIDAD Y REVOLUCIÓN...

A modo expositivo y sintético si bien sería más profuso de detallar, planteamos casi como si fuera una cartografía básica de situación, que dos grandes corrientes principales de pensamiento y compren­sión habrán configurado la historia de Occidente. Dos corrientes que aun cuando se han sucedido cronológicamente a lo largo del proceso histórico occidental, su relación no será la de la continuidad en pro­gresión ascendente de la una a la otra, sino la del antagonismo y la contraposición . Un antagonismo raíz, que sigue operativo hoy día, que estuvo operativo en el pasado, y que contrapone lo que por un lado de­ nominaremos cosmovisión tradicional o directamente Tradición. Y lo que denominaremos genéricamente Modernidad. Desde el ángulo de la Modernidad la Tradición fue superada y el avance de la historia sería un progreso en emancipación y libertad en el que en todo caso los para­digmas de la Tradición quedarían subordinados al avance y liberación moderna. Desde el ángulo de la Tradición, la Modernidad sería una caída de grado, una decadencia espiritual e incluso degeneración cuyo sueño de emancipación habría conducido sin embargo a la alienación y al nihilismo.

La cosmovisión tradicional corresponderá a una visión «trascendente y espiritual» de la vida, el Hombre, y el mundo, y, muy sucintamente señalado, en ella encontraremos la idea de un principio superior de orden Incondicionado y atemporal, sobrenatural y metafísico, que se configura tanto como fundamento, origen y sostén de toda realidad na­tural y material, condicionada y temporal, como horizonte último de sentido de la vida humana, cuya razón de ser fundamental sería así el conocimiento unitivo de dicho principio. Siendo entonces que dicha dimensión «trascendente y espiritual» se encontrará en el centro mismo del alma humana y como en estado de potencia. De esencia en latencia o semilla. Y el argumento mismo de la vida del Hombre no será otro que despertar a dicha esencia y actualizar dicha potencia. «Despertar» a dicha dimensión «trascendente y espiritual», que sería inmanente al alma humana, y hacerlo conforme a una elevación ontológica del sujeto al plano supraindividual de la personalidad. Más allá de la mera egoidad fenoménica, condicionada y existencial.

Platón y Homero, en las raíces mismas de Europa, estarán en claro entroncamiento con dicha cosmovisión trascendente y espiritual del mundo de la Tradición. El Rig-veda y su corolario en los Upanishads, al otro lado del mundo, en la India, resonarán a su vez en análoga cosmo­visión al pensamiento platónico y los himnos de Homero. De Oriente a Occidente, del Indo a Europa, un arco de expansión y diversificación de un mismo «linaje» espiritual de comprensión y sabiduría tradicional.

En términos de la posterior tradición cristiana, nada sintetizará mejor la cosmovisión tradicional que la consigna evangélica «la Verdad os hará libres». La Verdad como la raíz y asiento propio del ejercicio de la libertad y, a su vez, la palanca de toda «liberación» verdadera. De todo descondicionamiento y superación de la mera existencia pasiva y reac­ tiva frente a la mundanidad. Inserta unilateralmente en el mero deve­ nir y la mera individualidad fenoménica.

De otra manera, la ética heroica del antiguo mundo germánico y céltico, su horizonte de «gloria trascendente» en clave épica, de honor, valor, arrojo e ímpetu de combate, de «sed de Valhalla», apuntará tam­bién en la misma dirección que la cosmovisión «trascendente y espi­ritual» del mundo de la Tradición. Y del mismo modo ocurrirá con la literatura medieval, los cantares de gesta, el ideal de la «Caballería espi­ritual» y, de manera especialmente refinada y de profundo simbolismo, en la literatura artúrica y las sagas del Grial.

En frente, el mundo de la Modernidad (advenido fundamentalmente a lo largo de los últimos quinientos años), se moverá exactamente en las antípodas de la cosmovisión tradicional y hará, por el contrario, de la realidad meramente natural y material, y de la existencia mera­ mente fenoménica, condicionada y contingente, el fundamento y reali­ dad única de todas las cosas e incluso la causa eventualmente oculta que subyacería a toda inquietud humana, aun cuando esta se expresara en términos espirituales o religiosos. Pensadores claramente modernos como Hume, Marx, Freud o Nietzsche, aunque muy diferentes entre sí, desde distintos ámbitos y perspectivas, convergerán sin embargo en un mismo principio a la hora de afrontar la realidad humana y natural: para todos ellos la referencia a la «trascendencia» no tendrá lugar... Siendo entonces las fuerzas desnudas de la naturaleza, de la materia, la economía, el azar, el subconsciente, el instinto de supervivencia y de reproducción, la voluntad de poder, o cualquier otra instancia «no espi­ritual», el verdadero fundamento, sostén y explicación del Hombre y el Mundo. Y siendo entonces y además que, desde ahí, se querrá levantar acta de defunción del mundo de la Tradición, que «finalmente habrá podido ser dejado atrás» para amanecer a un nuevo horizonte de eman­cipación: el horizonte de la Modernidad... Que es a su vez entendido como el lugar predilecto al que el ser humano tenía que llegar y avanzar. El horizonte y paradigma que deja atrás el «oscurantismo metafísico» de la Tradición, nos libera de «sus cadenas» y nos impele a un horizonte de progreso, siempre inconcluso y siempre con renovadas líneas de avance que alcanzar, cuya mirada última alcanza efectivamente la utopía...

Esta corriente de pensamiento, meramente materialista, cientificista y de raíz antimetafísica y antitrascendente, es la que ha sostenido de fondo el desarrollo de nuestros tiempos modernos y es la que está en la base de los paradigmas de nuestra época. Época la presente que se arroga superioridad y marchamo de progreso y avance respecto de toda época pasada, si bien cada vez resulte más evidente que más allá del desarrollo científico-técnico y el bienestar material, que como nunca antes se habrá logrado, para todo lo demás, nos moveremos sin embargo en el ámbito de un hondo nihilismo y sinsentido. De una «debilidad del alma» para la que bien parecerá que efectivamente la «utopía moderna» ha terminado por arribar y sin desviación mediante a la «distopía posmoderna». La emancipación respecto de la «Verdad» con mayúsculas, y tal como desde las coordenadas de la Tradición se advertía, no ha conducido a la «Liberación», sino a la alienación, la ca­rencia, la sinrazón de ser, la insania, y el absurdo...

Nada sintetizará mejor de este modo el significado de la Modernidad que la consigna invertida y luciferina de: «La Libertad os hará verda­deros». La libertad ejercida por sí misma y no como fruto y consecuen­cia de la Verdad. La libertad entendida así como mera expresión de la individualidad, personal o colectiva, convertida en piedra de toque de la verdadera humanidad que ahora sí, tras siglos de «oscurantismo», se puede hacer realidad... Aquello respecto de lo que las enseñanzas de la Tradición Sapiencial nos libera y eleva, convertido en el centro y argumento moderno. Y al tiempo esa misma cosmovisión tradicio­nal, anagógica y liberadora, señalada como imposición, oscurantismo, mera fantasía y condena.

En este sentido, el contraste entre el mundo de la Tradición, entendida esta ante todo como Sophia Perennis; y el Mundo Moderno, entendido este ante todo no como progreso de la ciencia y la técnica, sino como emancipación respecto de todo principio de «Verdad espiritual» y, por ende, de superior Auctoritas, tendrá un reflejo fundamental en el ám­bito de la gnoseología y la ética. Así mientras que para el mundo de la Tradición el Hombre puede acceder a la «Verdad espiritual» y es desde ahí que está llamado a ser Libre. Para la Modernidad, toda verdad que no sea descripción científica de la realidad será relativizada, no habrá así «verdad espiritual», y, por ende, la libertad, quedará entonces confundida con el mero ejercicio y validación de la individualidad y la subjetividad. La cual una vez sacralizada tenderá a organizar y articular la vida personal, social y política de la Modernidad, que a su vez y en úl­tima instancia parecerá configurarse en gran medida como un sistema para el incentivo, cultivo, satisfacción y salvaguarda de dicha subjetivi­dad. Incluyéndose aquí no solo la subjetividad individual propiamente dicha, sino también los «individualismos colectivos» de clase, nación o género, que la Modernidad también en algunas de sus variantes ideológicas sobredimensiona hasta poner unilateralmente en el mismo centro de la acción política, rompiendo así el sentido «orgánico», «de cuerpo», que el mundo de la Tradición asignaría a cada uno de dichos niveles.

En todo caso lo que nos estaríamos encontrando aquí, y esta sería una de las claves de la subversión moderna, sería ese paso anteriormente señalado de la consigna cristiana que nos dice: «La Verdad os hará li­bres»; a la consigna posmoderna que nos dice: «La Libertad os hará verdaderos»... Consigna posmoderna que efectivamente, y a la luz de esa misma tradición cristiana, no será sino el corolario del non serviam luciferino. Del atentar contra el principio de Auctoritas en nombre de la individualidad. La consecuencia final de dicha subversión y atentado «contra la Verdad» en nombre de la «individualidad», no será sin em­bargo ninguna «liberación», ninguna «conquista interior», sino todo lo contrario... Su fruto maduro es la distopía posmoderna: el tipo humano de la «carencia perpetua», de la «agitación samsárica», del «infierno del alma», de la Dukkha: la sed que no cesa y, por ende, el malestar, la neuro­sis la alienación, la debilidad del alma y la civilización del nihilismo...

Yendo a lo que sería el punto de vista histórico y recogiéndolo de ma­nera muy sintética, diremos que con la caída de Roma se habría cerrado el ciclo histórico de la Antigüedad europea. Ciclo que, con su con­fluencia de mundo griego, romano, celta y germano, habría marcado definitivamente la identidad de la Europa tradicional. Seguidamente, la cristiandad medieval sucederá y continuará a Roma como nuevo ciclo histórico tradicional de nuestra civilización. Y en dicho medievo euro­ peo, algunos de los andamiajes fundamentales de la Antigüedad segui­rán presentes. Si bien con renovadas formas y posibilidades surgidas ahora de la tradición cristiana.

Es así que sucintamente podrá decirse que la filosofía griega (con Platón y Aristóteles a la cabeza), junto al ideal romano del Imperium (prefigurado ya por Alejandro y después por César), más la cultura guerrera, ética heroica y vínculos espirituales con la naturaleza de los pueblos bárbaros (fundamentalmente celtas y germanos), unido todo ello a la tradición cristiana medieval, terminarán por darnos las claves básicas de la Europa tradicional premoderna. La cual tendría así dos ciclos históricos: el pagano y el cristiano. Siendo que en cada uno de ellos y en continuidad el segundo con el primero, habrán mantenido y más allá de sus infinitas vicisitudes, variantes, e incluso confrontación de un ciclo respecto del otro, un argumento de fondo basado siempre en la dimensión de la Trascendencia y la posibilidad de alinearse y unirse a ella a partir de la propia naturaleza humana.

Más adelante, sin embargo, la decadencia de la civilización medieval, el nominalismo y el güelfismo, y el subsiguiente antropocentrismo re­nacentista, más la Reforma Protestante, el Absolutismo, la Ilustración, el Romanticismo y finalmente las revoluciones contra un ya esclerótico Antiguo Régimen (con Francia como paradigma revolucionario, pero también en Norteamérica), darán lugar a toda una nueva fase histórica en la cual se decantará la Europa moderna propiamente dicha. Europa moderna cuyo fruto maduro será precisamente la civilización ajena y de espaldas, e incluso abiertamente «negacionista», respecto de la dimensión de la Trascendencia. Una civilización antitética a la tradicio­nal, a la cosmovisión tradicional, y a cuyo propio nihilismo antimetafí­sico, lo considerará progreso y emancipación...

Y efectivamente es ahí donde estamos y nuestro tiempo histórico no será así, sino resultado de dicho proceso moderno. Y entender todo esto, distinguiendo el ciclo tradicional, en su etapa pagana y después cristiana, del proceso de la Modernidad, del Renacimiento a la Revolu­ción francesa, será fundamental para comprender cómo hemos llegado hasta aquí y qué significado tiene la época que estamos viviendo. Más aún cuando de la Revolución francesa a la Segunda Guerra Mundial se sucederán tres siglos de respuesta, guerra y confrontación a la sub­versión moderna que aun pretendiendo contraponer el horizonte de la Tradición al despliegue de la Modernidad, ya no será capaz de hacerse sin limitaciones, desviaciones y adulteraciones y, así y finalmente, la subversión se impondrá... la civilización del nihilismo se hará realidad. Tanto así que, a día de hoy, Europa vive y se ordena totalmente con­ forme a los paradigmas de dicho nihilismo moderno, y lo que fue la Europa premoderna y tradicional, habría quedado reducida a un mero «paisaje de ruinas». Ruinas evocadoras, quizás incluso monumentales y artísticas, dignas de deslumbrarnos en los museos, y sin embargo ajenas de toda vez al desarrollo del proyecto moderno de Hombre y Civilización.

Es en este contexto que hay que entender que surge como síntoma característico y definitorio del Mundo Moderno, ese fenómeno que hemos llamado del «nihilismo»: el Mundo Moderno, con su olvido o negación de la Tradición y su vivir de espaldas a la dimensión de la Trascendencia, habría ido dejando a su paso una subyacente sensación de absurdo y sinsentido que los lenitivos del progreso científico, el materialismo práctico y la cultura del consumo, apenas conseguirán miti­gar. Ocurriendo entonces que en ocasiones dichas «ruinas» del pasado, aun no siendo ya algo realmente vivo y presente en nuestra cultura, sensibilizarán sin embargo a los europeos menos modernizados, despertándoles a la conciencia de lo fatuo y vacío del proyecto moderno...

Se tiene entonces la impresión de que el ingente desarrollo científico y económico técnico de nuestro tiempo se habría pagado conforme a una suerte de «progreso decadente». Una bancarrota espiritual que el «progreso» no compensaría y que, rastreable a todos los niveles, re­sultará especialmente lacerante en la generación de sujetos sin apenas centro ni gobierno interior. Sujetos neurotizados, anestesiados, fanati­zados, alienados, envilecidos o idiotizados, en una sociedad inorgánica y atomizada, de escaso discernimiento y gran debilidad emocional. Una sociedad que deja inerme al sujeto frente a sí mismo y sus neurosis, y que parecerá abocar a una vida de bajísimas expectativas espiritua­les y, sin embargo, fijación obsesiva en todo lo meramente material, cuantitativo, instrumental, accesorio, pulsional, emocional, instintivo, subjetivo o prepersonal. Y es que la sociedad moderna se caracteri­zará por no dotar al sujeto de herramientas espirituales y disciplinas para construirse auténticamente como «Persona». Siendo entonces que quedará abocado fácilmente a la propia estupidez, inseguridad, miedo, apegos, ofuscación o bajeza de su mera individualidad condicionada y existencial.

Y precisamente, frente a ese peligro de no llegar a construirnos au­ténticamente como «Personas», de ser víctimas nuestra propia «debili­dad», se constituía lo más fundamental de la Tradición Sapiencial...

*
Para el mundo de la Tradición, para la Sophia Perennis, el Hombre está llamado a ser Libre. Y decimos «Libre» en el sentido de no ser un pro­ ducto alienado de su propia ignorancia u ofuscación, apego y temor, de su mero yo fenomenológico o egoidad. Está llamado así a «liberarse de sí mismo», para poder llegar a ser «SÍ mismo», para poder llegar a ser quien «realmente Es». La Tradición se configura de este modo y en gran medida como vía y disciplina de «autoconocimiento y liberación». De esclarecimiento y conquista interior. A partir de aquí, los Hombres au­ténticamente libres, tampoco podrán ser producto de alguna otra cosa o proceso que se les sobreponga; léase aquí la economía, la clase social, las pulsiones, el medio natural o la inercia histórica... Siendo entonces sus circunstancias de toda índole, el mero «soporte material» desde el cual recorrer el arduo «camino vertical», de elevación anagógica y su­ praindividual de la personalidad, hacia el conocimiento y señorío de sí, hacia la Aristeía y la Autárkeia, hacia la «liberación» interior en el plano del Ser, respecto del plano del mero devenir. De la dimensión de la asei­dad sobre la mera contingencia...

El Hombre no sería así un mero agregado de vida biológica y psi­quismo, un mero ente horizontal de la realidad fenoménica, atrapado en el Samsara de la simple vida y la simple muerte, del estado de carencia, apego y temor, y de la mente que no cesa y no sabe de su «Cen­tro»... Muy al contrario, en su interior habría un núcleo «extra samsá­rico» Incondicionado, principio de Consciencia, aseidad y liberación, «autoluminoso», inmutable e invulnerable, «chispa divina», «llama del Espíritu Santo», que en estado de potencia aguarda, para conforme a la correspondiente Areté y Áskesis, ser «despertado»...

Más allá así del «yo opaco» de la egoidad, embotellado en su pura individualidad fenoménica, en su psiquismo y su emotividad, ajeno e incluso refractario a «la luz» del Nous y su dimensión de Conscien­cia y Logos, habría la posibilidad de un «Yo esencial», de un «sujeto trascendente», «central y supraindividual», alineado con dicho Nous y Logos, y fruto de una ardua Áskesis o disciplina espiritual, que descon­dicionado y liberado de dicha «Opacidad», es el argumento mismo de la cosmovisión tradicional. Y, por ende, el principio fundamental de toda verdadera autoridad, jerarquía y orden personal y colectivo.

Nous y Logos, Consciencia supramental, discernimiento, esclareci­miento, y «estado de presencia». Eje vertebrador de la personalidad del sujeto «descondicionado». «Central y Vertical». Supraindividual y anagógico. Señor de sí y de la Autárkeia. Dimensión del Ser, de la asei­dad, sobre el plano del mero devenir. Consciencia de Trascendencia in­manente frente al estado de Avidya, de «ignorancia espiritual», de mero individuo, fenoménico y existencial. De mera egoidad. Del «paria del alma». Del «sujeto samsárico», del sujeto de la carencia, el apego y el temor. Del Hombre del Kali Yuga...

El «Centro y la Vertical» como presencia así de la dimensión de la aseidad en el alma humana, y lugar y escala ontológica propia del Hom­bre. Del «Hombre verdadero». Del que se ha diferenciado del estado de «caída», de «carencia», de «ignorancia», de «opacidad», de «medio hacer» y «des-Gracia», y que ha alcanzado por el contrario la plena posesión de su naturaleza más íntima y central. Espiritual y verti­cal. Inafectada y libre. Presencia actualizada de la «Gracia del Espíritu Santo», «suficiente y eficiente», dentro de sí. Como esencia radical del ser humano. Como su más verdadera identidad, motor y sentido. Que debe ser desvelada y hecha presente «más allá de nuestra naturaleza caída» y que nos impele así a hacer de la disciplina, de la Areté y la Áske­sis, del autoconocimiento y la liberación, de la «salvación del alma», el argumento primero de la vida humana. Y desde ahí, todo lo demás...

Manual para jóvenes guerreros espirituales | Con Gonzalo Rodríguez García



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domingo, 21 de septiembre de 2025

LIBRO «EL HECHO EXTRAORDINARIO» QUE DERRUMBÓ LAS CERTEZAS DE UN ESCÉPTICO por MANUEL GARCÍA MORENTE

El hecho extraordinario 
que derrumbó las certezas 
de un escéptico


En 1940, pocos meses antes de recibir la ordenación sacerdotal, García Morente escribe una carta a su director espiritual, José Mª García Lahiguera, en la que relata el Hecho extraordinario que vivió en la noche del 29 al 30 de abril de 1937. En esta carta explica su radical conversión a la fe, su profunda y singularísima experiencia de Dios y su decisión de entregarse a las almas a través del sacerdocio.
«Nadie mejor que yo —a no ser Nuestro Señor mismo, que todo sabe— sabe lo pecador, lo radicalmente perverso que soy en mi fondo natural. Toda la ira, toda la escala de los más abyectos pecados, había sido recorrida por mi alma. Con la agravante de una superestructura doctrinal o ideológica que los encubría bajo el manto mendaz de una ética natural, humana, más o menos filosófica y racional, rematada en una concepción absurda e impía de Dios y su providencia. ¿Y a semejante tipo iba Dios Nuestro Señor a presentarse para derramar sobre él mercedes extraordinarias? No. No lo puedo creer». Manuel García Morente

«“El Hecho extraordinario” es la obra maestra de Manuel García Morente. En este relato autobiográfico nos da a conocer quién fue, cómo era su corazón, cuál fue su trayectoria vital, qué pensaba, cuál fue su filosofía, y cuáles fueron las claves de la evolución de ésta. Es uno de los pocos grandes relatos de conversión de uno de los grandes conversos. Es revelación del pensamiento de quién, en palabras del ilustre filósofo don Antonio Millán Puelles, fue “uno de los pensadores españoles más insignes y representativos de la primera mitad del siglo XX”».
Hay historias que nos marcan no solo por lo que cuentan, sino por cómo llegan a lo más profundo de nuestra existencia. La vida de Manuel García Morente es una de ellas

"En los designios de la Providencia no hay meras coincidencias" (San Juan Pablo II, tras su atentado el 13 mayo de 1981)

Al estallar la Guerra Civil será desposeído del cargo y sustituido por Julián Besteiro, el político socialista. García Morente, jienense nacido en 1886, fallecerá en Madrid en 1942, tras experimentar "El Hecho extraordinario", que le produjo una fulminante conversión mientras vivía exiliado en París para evitar ser asesinado. Hijo de un reputado oftalmólogo, volteriano y no creyente, y una ferviente católica, crecerá educado en la fe que abandonará pronto. Su formación liberal pasará por la Institución Libre de Enseñanza y opositará joven a la cátedra universitaria señalada.

Un mes después de comenzada la guerra, el 28 de agosto, fue informado de que un comando de la FAI había asesinado a su yerno de 29 años, por el que sentía un profundo afecto y cariño. Ingeniero agrónomo y geógrafo, gozaba de prestigio profesional y de virtudes humanas. Morente tenía dos pequeños nietos del matrimonio entre éste y una de sus hijas, que a los 22 años se encontró viuda, con su madre ya fallecida y su padre dedicado a su intensa vida universitaria. La noticia le abrió una dolorosa herida. Un mes después recibió un aviso, de solvencia contrastada, advirtiéndole de la urgencia en abandonar España porque, en determinados ámbitos, se preparaba asesinarle.

Salió con un salvoconducto hacia Barcelona para llegar a París el 2 de octubre de 1936 sin medio económico alguno. Allí, comenzó una nueva vida, donde la Providencia se desarrollará en su pensamiento y en su vida de forma cada vez más intensa. Será precisamente el hecho de constatar cómo gestiones que había iniciado no salían adelante y, sin embargo, otras no emprendidas sí lo conseguían, lo que le llevó a plantearse seriamente la existencia de alguien ajeno a él que lo dirigía.

"Un golpe de suerte"

A finales de enero, "un golpe de suerte" le abrió la puerta a la esperanza al recibir una carta por la que se le ofrecía, por parte de una editorial, la elaboración de un nuevo diccionario que le permitirá compensar a la viuda de un amigo ya fallecido que le daba de comer cada día en su casa.
A los pocos días recibe "otro golpe de teatro" al otorgarle un amigo suyo –decano de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires– la cátedra de Filosofía en la Universidad de Tucumán, en Argentina, lo que aceptó inmediatamente a la espera de poder viajar cuando consiguiera llevar a su familia con el. Desde su llegada a París había iniciado gestiones para traer a sus hijas y nietos, resultando todas ellas infructuosas.

Un día, al visitar a su buen amigo José Ortega y Gasset, también exiliado como él, tendrá una sencilla experiencia que le impactará, al caer en la cuenta de que el recorrido que llevaba efectuando por las calles de París tantas veces para verse con él atravesaba la calle "de la Asunción" y el convento de las religiosas con las que se había educado su querida esposa ya fallecida.
Nunca se había fijado en ese detalle, que hizo rebrotar su esperanza y, llegado a casa de don José, coincidirá, para su sorpresa, con un buen amigo de Madrid que tenía un hijo secretario de Negrín que llegaba al día siguiente a París, lo que confiaba daría solución a la salida de España de su familia.

Esas coincidencias le harán reflexionar hondamente: En esa carta escribió: "Me quedé pasmado. ... Alrededor de mí o, mejor dicho, sobre mí e independientemente de mí, se iba tejiendo, sin la más mínima intervención de mi parte, toda mi vida. El encargo del diccionario, el ofrecimiento de la cátedra argentina, el felicísimo encuentro con el padre de un secretario de Negrín –entonces ministro de Hacienda del gobierno de la República–, nada de eso había sido ni buscado, ni procurado, ni siquiera sospechado por mí (..). Diríase que algún poder incógnito, dueño absoluto del acontecer humano, arreglaba sin mí todo lo mío. Es más, todo lo que yo hacía o intentaba por propia iniciativa, salía mal y fracasaba; las gestiones en la Embajada inglesa, con la Cruz Roja Internacional, todas las innumerables gestiones para encontrar trabajo en París, habían fracasado estrepitosamente. En cambio, me caían como llovidos del cielo acontecimientos que ni podía imaginar y en los que mi personal iniciativa no había tenido la menor parte. Por tercera vez, la idea de la Providencia se clavó en mi mente. Pero, por tercera vez, la rechacé con terquedad y soberbia".
Determinismo o providencia

García Morente prosigue en la carta a su director espiritual: "La idea cósmica del determinismo universal anidó en mi mente, y rechacé como una puerilidad la idea de rezar a Dios". Mientras tanto, los obstáculos para que sus hijas y nietos pudieran reunirse con él no se superaban, lo que le convenció de que el gobierno las mantenía allí para impedir que pudieran escribir o hablar algo no conveniente para ellos.
Su gozo dio paso a una cierta depresión y desánimo al no poder tomar posesión con su familia de la cátedra argentina: "¿Qué está haciendo –pensaba– Dios conmigo, la Providencia, la Naturaleza, el Cosmos, o lo que sea?". 
"La impotencia, la ignorancia, una noche sombría en derredor, y nada, absolutamente nada, sino esperar la sentencia de los acontecimientos; y una esperanza que no sabe lo que espera, es sencillamente la desesperación".

El 27 y el 28 de abril el amigo que le había cedido una habitación en su casa tuvo que ausentarse y quedo sólo, incrementando su insomnio nocturno y sus razonamientos: "Desde que empezó la guerra yo no había intervenido en la contextura, en los hechos de mi propia vida. Los hechos de mi vida se habían hecho sin mí, sin mi intervención. De alguna manera yo los había experimentado pero no los había causado. ¿Qué o quién o cuál había sido la causa de esa vida que, siendo mía, no había sido causada por mí? Esa contradicción me obligaba a plantearme una antinomia que no tenía aparente solución", escribirá.La única respuesta que encontró es que ese alguien había pensado una vida para él, y se la entregaba, pudiendo él libremente rechazarla.

La idea de Dios providente comenzó a arraigar en su cabeza, y su corazón. La noche del 29 de abril se quedó dormido en un sillón ante la ventana que dominaba la ciudad de París, tras escuchar por la radio una suave melodía, despertando súbitamente y poniéndose en pie. Frente a él, Montmartre y, al girar la cabeza hacia la oscura habitación, allí estaba Él. En silencio, sin tocarlo, permaneció inmóvil en su presencia. Cayo de rodillas balbuceando entre lágrimas el Padre nuestro y el Ave María, y la decisión de ordenarse sacerdote.

Pocos días después, el gobierno de Largo Caballero caía y el Dr. Negrín le sustituyó. Recibió un telegrama de sus hijas anunciándole que salían hacia Francia. El 9 de junio embarcaban para Lisboa y, de allí, a Buenos Aires. El 28 de junio de 1938 se despedía de la Universidad de Tucumán. En el barco de regreso a España, entre sollozos y con gran alegría, comunicó a sus hijas su decisión. El 10 de septiembre de 1938 comenzaba su preparación para el sacerdocio y, 2 años después, escribía esta carta. Falleció como un ejemplar sacerdote el 7 de diciembre de 1942.

Filósofo, académico y racionalista convencido, la vida de Manuel García Morente está atravesada por un suceso inesperado, un golpe del destino que trastoca su mundo: su conversión repentina al cristianismo.
Su obra «El hecho extraordinario» no es simplemente un testimonio de fe, es la crónica de un hombre que, en medio de la tormenta, descubre un horizonte insospechado.
«El hecho extraordinario» es un documento autobiográfico de excepcional interés. Se trata de una carta que García Morente escribió en 1940, al doctor José María García Lahiguera, y que se hizo pública después de la muerte del autor.
La vida es un torbellino de incertidumbres. Manuel García Morente no buscaba a Dios. No oraba, no le interesaban los dogmas ni las respuestas religiosas.
Y, sin embargo, una noche, en la más absoluta soledad, sintió que lo divino irrumpía en su vida sin previo aviso.

Su conversión no fue el resultado de largas reflexiones, sino un hecho extraordinario, un instante que le partió el alma en dos y le mostró un camino que nunca pensó recorrer. Porque así es como se manifiesta Dios, cuando menos te lo esperas.

Cuando la vida se desmorona

Imagina perderlo todo de la noche a la mañana: tu patria, tu estabilidad, tus raíces. García Morente, un hombre que vivía por y para la razón, se encontraba en el exilio, sumido en una angustia abrumadora.
¿Cómo se reconstruye alguien cuando lo único que tiene es el eco de su propia desesperanza?
En ese estado de abatimiento, sucedió algo imposible de prever. En medio de la noche, solo en su cuarto, sintió una presencia envolvente, algo tan real como el dolor que lo atormentaba. No fue un razonamiento lógico ni un autoengaño, sino una certeza indudable: Dios estaba allí. En un instante, su incredulidad se hizo trizas y su vida tomó un rumbo que nunca imaginó.
«Era como si toda la habitación se hubiera llenado de una luz y de una dulzura inefables» (García Morente, El hecho extraordinario).
«No era un pensamiento, no era una sensación, era una realidad objetiva que se imponía con una evidencia irresistible» (El hecho extraordinario). Su relato nos deja una pregunta importante: ¿estamos abiertos a lo inesperado? ¿O hemos cerrado las puertas de nuestra alma?

La fe no es una evasión ni una ilusión para débiles.

Es una fuerza que transforma, que da sentido, que levanta al que ha caído. Pero para recibirla, hay que estar dispuestos a abrir el corazón, a dejar que lo extraordinario nos alcance, a admitir que, quizás, no lo sabemos todo. «Comprendí en ese instante que toda mi vida hasta entonces había sido ciega y sorda a una dimensión esencial de la existencia» (El hecho extraordinario).
Las grandes preguntas están para todos ahí: ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Qué nos sostiene cuando todo lo demás se derrumba?
«Cuando el hombre se queda solo consigo mismo, sin más ruido que el de su propio pensamiento, es cuando la verdad puede entrar» (El hecho extraordinario).

¿Qué podemos aprender?

1. La razón no lo es todo

Imagínese a un pensador, un hombre que ha dedicado su vida a la razón, al estudio minucioso, a la búsqueda del conocimiento absoluto. Y, de repente, su mundo racional se tambalea.
García Morente descubre que hay experiencias que no encajan en la lógica, que la realidad tiene pliegues que la mente no puede desdoblar del todo. ¿No será que la razón es solo una pequeña linterna en la oscuridad de lo desconocido?
Su historia es un recordatorio de que aferrarnos solo a la lógica puede convertirnos en prisioneros de nuestra propia seguridad.
«¿Quién es ese algo distinto de mí que hace mi vida en mí y me la regala? Claro está que enseguida se me apareció en la mente la idea de Dios. Pero también enseguida debió asomar en mis labios la sonrisa irónica de la soberbia intelectual»

2. La transformación a través del sufrimiento

Para García Morente, la tragedia del exilio, la soledad y la pérdida se convirtieron en una grieta por donde entró la luz.
Su conversión no fue un ejercicio teórico, sino una consecuencia de un sufrimiento que lo llevó a un abismo, y en ese abismo, halló un resplandor inesperado. Fue necesaria la caída para que existiese una resurrección.
¿Cuántas veces evitamos el dolor, sin darnos cuenta de que es precisamente en él donde se esconde un regalo de transformación?

«Desde que empezó la guerra, yo no había intervenido ni poco ni mucho en mi propia vida, en la contextura real de los hechos de mi vida, se habían hecho sin mí, sin mi intervención. En cierto sentido cabría decir que yo los había presenciado, pero de ningún modo causado. ¿Quién, pues, o qué o cuál era la causa de esa vida que, siendo la mía, no era mía? Porque lo curioso y extraño era que todos estos acontecimientos eran hechos de mi vida, esto es, míos; pero, por otra parte, no habían sido causados ni provocados ni siquiera sospechados por mí; esto es, no era míos. Había aquí una contradicción evidente. Por un lado, mi vida me pertenece, puesto que constituye el contenido real histórico de mi ser en el tiempo. Pero, por otro lado, esa vida no me pertenece, no es, estrictamente hablando, mía, puesto que su contenido viene, en cada caso, producido y causado por algo ajeno a mi voluntad.
No encontraba yo a esta antinomia más que una solución: algo o alguien distinto de mí hace mi vida y me la entrega, me la atribuye, la adscribe a mi ser individual. El que algo o alguien distinto de mí haga mi vida, explica suficientemente el por qué mi vida, en cierto sentido, no es mía. Pero el que sea vida, hecha por otro, me sea como regalada o atribuida a mí, explica en cierto sentido el que yo la considere como mía. Sólo así cabría deshacer la contradicción u oposición entre esa vida no mía porque otro la hizo, y sin embargo, mía porque sólo yo la vivo.
Pero, llegado a esta conclusión, se me plantearon dos nuevos problemas: Primero. ¿Quién es ese algo, distinto de mí, que hace mi vida en mí y me la regala?» (El hecho extraordinario).

3. La experiencia del misterio

El momento crucial de su relato no es una gran revelación pública ni una manifestación ruidosa. Es, más bien, un susurro, un instante íntimo y personal en el que lo divino se hace presente sin necesidad de argumentos.
García Morente no nos ofrece pruebas, solo nos comparte lo que vivió, nos regala su vida y su experiencia. Y ese es el gran misterio: hay cosas que no se explican, solo se experimentan, pues son un don tan grande de difícil explicación.
Nos recuerda que lo trascendente no se conquista, se recibe. Se produce un encuentro, un tú a Tú.

4. La importancia del silencio y la interioridad

Imagine un mundo sin ruido, sin móvil en la mano de forma constante, sin distracciones.
En la quietud de su cuarto, lejos del bullicio, García Morente se abre a lo extraordinario.
Su conversión ocurre en un espacio de recogimiento, como si la verdad solo pudiera encontrarnos cuando todo lo demás se apaga.
El hecho extraordinario nos invita a redescubrir la importancia del silencio, del diálogo interior, de la posibilidad de contemplar y de escuchar lo que siempre ha estado ahí.

5. La fe como don inesperado

García Morente no buscaba la fe. No era un proyecto, ni un plan, ni un objetivo.
Y, sin embargo, un día, sin previo aviso, la fe lo encontró a él.
Su testimonio es una bofetada a nuestra mentalidad moderna, que nos hace creer que todo es cuestión de esfuerzo, de planificación, de méritos.
No. La fe, como el amor, simplemente se recibe.
Dios está ahí
García Morente nos ha dejado un testimonio de esos que estremecen el alma. Dios nos busca.
La contemplación de ese Dios de carne y hueso, que se compromete por amor a compartir la suerte del hombre, convirtió aquella distancia infranqueable para García Morente en una cercanía sobrecogedora.

Esa vecindad hizo posible la interrelación personal, la oración, el diálogo con Dios: un encuentro que suscita sentimientos de paz y transforma la vida y la mentalidad del hombre que ora.
«Volví la cara hacia el interior de la habitación y me quedé petrificado. Allí estaba Él. Yo no lo veía, yo no lo oía, yo no lo tocaba. Pero Él estaba allí».

Aceptar con humildad a Dios. Había aceptado a Dios. «El acto más propio y verdaderamente humano –decía– es la aceptación de la voluntad de Dios. Querer libremente lo que Dios quiera: he ahí el ápice supremo de la condición humana.»
García Morente se hallaba angustiado por resolver el gran problema que acosaba su espíritu: aunar la libertad y la obediencia, sentir la vida como propia y al tiempo reconocer que uno es dependiente de otras realidades que son distintas, pero no ajenas, al propio destino.
Tal vez, como Manuel, muchos de nosotros nos aferramos a la razón, a la seguridad de lo medible, lo tangible. Pero, ¿qué hacemos cuando la razón se nos queda corta? ¿Qué hacemos cuando el dolor nos arrebata incluso las certezas más férreas?

La respuesta de Morente fue sencilla y vertiginosa: se dejó encontrar.

Nos toca a nosotros preguntarnos si estamos dispuestos a lo mismo. Si estamos dispuestos a salir al encuentro de ese susurro que, aún en medio del estruendo de nuestras vidas, sigue llamándonos.
No con imposiciones ni con exigencias, sino con la delicadeza, idioma y la certeza de lo inefable.
Basta con estar atentos, con permanecer en silencio, con atrevernos a recibirla.
«¡Querer libremente lo que Dios quiera! He aquí el ápice supremo de la condición humana. Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo».




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Manuel García Morente (Biografía)