EL Rincón de Yanka: NIHILISMO

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viernes, 16 de enero de 2026

LIBRO "EL AULLIDO DEL LOBRO": 🐺 ORIENTACIONES ESPIRITUALES PARA JÓVENES GUERREROS por GONZALO RODRÍGUEZ GARCÍA

El aullido del lobo
Orientaciones espirituales 
para jóvenes guerreros

🐺
Un aldabonazo que impulsa la lucha contra la decadencia y el nihilismo de nuestro tiempo

El Aullido del Lobo. Orientaciones espirituales para jóvenes guerreros es una llamada, una sacudida dirigida a quienes presienten —aunque sea vagamente— que algo esencial se ha quebrado en el mundo moderno. A quienes intuyen que la crisis de nuestro tiempo no es económica ni política, sino espiritual.
A partir de las enseñanzas de la cosmovisión tradicional y de la Sophia Perennis, Gonzalo Rodríguez García ofrece una crítica implacable al nihilismo contemporáneo y plantea las claves para su confrontación y superación. Frente a la bancarrota espiritual de la modernidad, este libro propone una visión renovada del mundo, la vida, la muerte y el ser humano, donde el ideal clásico de la areté —la excelencia del alma— vuelve al centro de la existencia.

Alumbra así una juventud rebelde, no por moda, sino por nobleza. Una juventud forjada en la disciplina, guiada por el honor y decidida a reconquistar su alma. Inspirado en la sabiduría perenne —del platonismo griego al dharma hindú, del estoicismo romano al espíritu heroico celta y germano, del Grial medieval a la mística cristiana y la cristiandad hispánica—, El Aullido del Lobo traza una cruzada interior y exterior.

Nada será más revolucionario. Nada, más disidente. Frente a una época que progresa hacia la necedad en nombre de la emancipación, este libro propone la restauración del hombre de acuerdo al camino y enseñanzas del «guerrero espiritual».

El lobo ha aullado. El combate ha comenzado.
¿Responderás a la llamada?

Llega el libro que despierta a una 
juventud disidente, espiritual y combativa

En un momento histórico dominado por la confusión espiritual, la disolución de referentes y la exaltación del vacío, llega una obra que irrumpe con fuerza en el debate contemporáneo desde el corazón mismo de la tradición filosófica y metafísica.
El aullido del lobo. Orientaciones espirituales para jóvenes guerreros, de Gonzalo Rodríguez García, no es un libro más de filosofía o autoayuda: es un manifiesto, una guía de combate interior, un aldabonazo dirigido a los que intuyen que la verdadera crisis de nuestro tiempo no es política ni económica, sino espiritual.
Inspirado en la Sophia Perennis, el autor construye una crítica implacable al nihilismo moderno y plantea una alternativa que no es evasión ni reformismo, sino restauración radical del alma y del ideal clásico de la areté: la excelencia moral, la virtud activa, la vida forjada en la disciplina y guiada por el honor.
A través de influencias que van del platonismo y el estoicismo al hinduismo védico, del espíritu heroico germánico a la mística cristiana medieval, Rodríguez traza un recorrido vital y filosófico que reclama una nueva nobleza del alma. 
Una juventud que no se conforme con sobrevivir, sino que aspire a reconquistar su centro interior, restaurar el orden perdido y actuar en el mundo como guerreros de luz.

Dividido en dos grandes bloques —“El guerrero espiritual” y “Cabalgar el tigre”— el libro ahonda en conceptos clave del pensamiento tradicional y los traduce en prácticas, ideas y caminos para resistir, trascender y vencer la inercia de una época que ha hecho del caos su bandera.
Una cruzada contra el ruido, la superficialidad y la pérdida del sentido que ofrece una brújula firme para quienes no aceptan la mediocridad espiritual como destino.

Presentación

Este libro es ante todo y en primer lugar un libro sobre espiritualidad y dirigido a personas con sensibilidad y vocación espiritual. Y es desde dicha espiritualidad, en primer término y razón de ser, plantea varias cosas que como corriente de fondo sostienen todo su discurso. 
En pri­mer lugar, plantea una mirada crítica respecto del proceso histórico moderno y del significado del momento presente. Marcado este por las ideas de nihilismo y alienación espiritual y, en consecuencia, de decadencia y degeneración. 
Por otro lado, plantea la posibilidad de un tipo humano antagónico a dicho momento presente y proceso histórico moderno, y capaz de actualizar en sí mismo aquello que precisamente permite superar todo nihilismo y alienación espiritual y, por ende, toda la decadencia y degeneración a la que habríamos arribado. Unido a esto plantea una serie de orientaciones espirituales, prácticas y disciplinas, para dicho tipo humano antagónico al nihilismo, y conducentes a dicha actualización y superación. Y, finalmente, señala la fuente de dicha mirada crítica y de dichas orientaciones y disciplinas en el mundo de la cosmovisión tradicional. De la Tradición Sapiencial. De la Tradición como Sophia Perennis.

Siendo esa la fuente, el texto se argumenta y desarrolla con conceptos y términos que provendrán de la Grecia clásica y el mundo romano. Del platonismo y del estoicismo. También de la India védica, del Sanatana Dharma, y del budismo. También de la mística cristiana, los «padres del desierto», y la cristiandad hispánica. Y, finalmente y en menor medida, de los mitos y leyendas del antiguo mundo céltico y germánico, así como de la literatura artúrica y el ciclo del Grial.
El texto es así en sus fuentes y en su intención abiertamente anti­ moderno y se escribe conforme a las coordenadas filosóficas del tra­dicionalismo. Del tradicionalismo planteado como perennialismo, y es desde ahí, hace tanto el ejercicio de discernimiento crítico respecto del proceso histórico moderno y del momento presente al que hemos arri­bado como de orientación espiritual, alternativa filosófica, y práctica y disciplina, a la contra de dicha modernidad. Todo ello sin dejar de tener presente y con absoluto realismo, el especial oscurecimiento espiritual de nuestro tiempo, pero también, y a partir de ahí, su especial oportunidad...
*
De acuerdo a todo esto, este libro no es para todo el mundo. No está es­crito para el común y no pretende llegar a cualquiera que pudiera saber de él. No tiene así ni intención ni vocación de dirigirse a todos ni de con­ vencer o debatir con quien es ajeno a sus términos. Sino que está escrito y dirigido a un tipo concreto de persona. A un tipo humano específico. 
El libro es para aquel que, aunque sea vagamente, sabe que el mundo moderno es un dislate... Una enfermedad que no puede curarse a sí misma. Una subversión nihilista y un desorden distópico que no puede corregirse desde dentro con sus propias ideologías y fórmulas. Que todo él es un error. Y que tiene que haber «otra cosa» exterior y superior a él, que sea perenne, universal e incondicionada, y a su vez potencial en el ser humano, y que deba poder reemerger para desenmascararlo, tras­cenderlo y dejarlo atrás...

El libro está escrito así para lo que hemos llamado los hombres y mujeres de la «Raza del Espíritu»... Para los hombres y mujeres en los que todo lo que en el ser humano es mera individualidad fenoménica y existencial, mero soporte psicofísico y emocional, está llamado a ser órgano e instrumento de expresión y acción de aquello que es anterior y superior a esa mera individualidad condicionada. De modo tal que no aspirarán a deberse a los temores y apegos, ansias y vanidades, afec­taciones o traumas, caprichos, emociones, biografía y deseos de dicha individualidad, sino a deberse a la conquista de sí mismos y la posesión total de la personalidad. A realizar su dimensión espiritual, supraindi­vidual e incondicionada, a pleno de su potencia y superioridad. Dando lugar así a que la realidad esencial, central, adamantina e incondicio­nada del Hombre, despierte, se haga presente y se afirme y gobierne. Todo ello fruto de una vía de disciplina y ascesis que supera, subordina, controla y agota, todo sentido puramente fenoménico, subjetivo, individual, psicofísico y existencial del yo. Poniendo entonces ese núcleo Incondicionado y «extrasamsárico» de la personalidad, al frente de la propia vida y el gobierno de sí. No habiendo entonces, a la manera del auriga platónico, soberanía interior ni libertad sin sabiduría espiritual y autoconocimiento. Y siendo entonces, a la manera estoica, el ánimo imperturbable e impasible, la cima del poder y la dominación sobre uno mismo...

A partir de aquí y al modo de las tradiciones míticas recabadas en la Grecia clásica por Hesíodo, diríamos que llegada la Edad del Hierro y el «oscurecimiento del mundo», Zeus, «rey de los Dioses» y símbolo del principio inmortal y Olímpico, generará una «raza de héroes» provista potencialmente de la posibilidad de reconquistar y restaurar dicho principio Olímpico en sí mismos y en el mundo, poniendo fin con ello a la Edad del Hierro, poniendo fin a la «Edad Oscura». Y en esos mismos términos y horizonte de restauración resonará y llamará a los Hombres de la «Raza del Espíritu» nuestra época, toda vez que esta discurre por las antípodas de tan alta posibilidad y principio Olímpico e inmortal e incluso ofrece su contraimagen, como logro de emancipación y pro­greso...

Y efectivamente hemos dicho «Raza del Espíritu» y hemos hecho referencia al platonismo y al estoicismo, y hemos hecho referencia a conceptos como Incondicionado, samsárico, adamantino, fenoménico, inmortal, Olímpico, etc. Todo un glosario de términos que recogemos alfabéticamente en el apartado correspondiente y allí definimos y ex­plicamos. Siendo fundamental para el buen entendimiento y provecho de este libro, tener dicho glosario muy presente para poder seguir el sentido que vamos a dar a lo largo del texto a muchos conceptos que ire­mos trayendo a colación. Tanto así que sin la definición y compresión correspondiente de dichos términos, e incluso del uso particular que haremos de algunos de ellos, podría perderse el hilo de lo que vamos planteando. Del mismo modo y conforme al peso que algunos de estos conceptos tendrán nos reservamos el derecho a dejarlos por escrito en mayúsculas.

*
Por último: el libro se plantea y redacta con una fuerte vocación de llamada y aldabonazo. De «aullido en la noche», de «forja de la espada», de «Convertir el asco en acero y salir al mundo a buscar tus iguales». Y es desde dichas coordenadas que se escribe y proyecta sus imágenes, ideas fuerza, su uso del lenguaje y de términos y conceptos muy concretos. Con intención de resonancia, sugestión, conexión y esclarecimiento. Este estilo, unido a los propios temas que trataremos, aspiramos a que funcione como filtro para esos hombres y mujeres a los que va diri­gido...

Prólogo: apertura y llamada...

Arribados a la Medianoche del Mundo el fuego del Espíritu debe ser de nuevo avivado en nuestras almas...

Con especial tesón y consagración debemos volver al argumento primero, hoy día olvidado, en el que nos jugamos el ser o no ser: la forja del alma... Pues somos ya los habitantes del confín de la Historia allá donde pare­cerá que solo un nuevo amanecer puede cambiar las tornas de esta oscura noche por la que transitamos. Y ese nuevo amanecer no llegará sin más y de manera fatal, sino que también dependerá de nosotros. Del despertar en nosotros a una sabiduría y una fuerza que hace ya demasiado tiempo hemos dejado de conocer, entender, y cultivar y que, sin embargo, perma­nece perenne en los adentros del alma como una semilla escondida que nunca muere y siempre es posible, conforme al correspondiente aprendizaje y disciplina, hacer germinar. Dando entonces como fruto un «centro inte­rior» Incondicionado, invulnerable, y libre. Un centro «autoluminoso» que no es otro que el argumento mismo de la vida humana para los hombres y mujeres de la «Raza del Espíritu»... La cual a su vez no es sino la antítesis absoluta a la degeneración y decadencia por la que transitamos. Su anta­gonista total y su «Némesis»...
*
Como nunca antes es así preciso la existencia de hombres y mujeres dis­puestos a avivar en sus almas la llama del Espíritu, en pleno corazón del «Kali Yuga», en esta medianoche del Mundo a la que hemos arribado. For­jando su ser más íntimo en dicha «llama imperecedera» y elevando su alma hacia lo Incondicionado. Hacia ese «Centro autoluminoso e inmutable» que no es sino el centro mismo de nuestro ser. Punto de unión de la Tras­cendencia en la inmanencia, de la «Vertical en la horizontal». Actuando entonces en el mundo desde dicha forja y elevación, desde dicho «Centro y Vertical», en actuar puro y absoluto, supraindividual y liberado. Hecho de Consciencia y presencia plenas, calma profunda y entrega total...

Frente al tipo humano de la decadencia y la degeneración, del «ruido que no cesa», del estado de carencia, del psiquismo incesante, de la mente insomne y el ánimo neurótico, puramente «Samsárico», inconscien­temente alienado, inconsciente de sí... Preparar y anunciar el horizonte de una «Nueva Restauración». De un «Nuevo Hombre» que trae un «Nuevo Tiempo» que no es sino la actualización de lo Eterno. De una renovada Aristeía frente al nihilismo y decadencia posmoderna.

Y esa es la tarea que pide nuestro tiempo a los hombres y mujeres de la «Raza del Espíritu» y de la verdadera Revolución, si es que Revolución sig­nifica realmente eso: «Volver al Origen». Volver a la fuente primera...

*
Las enseñanzas de la cosmovisión tradicional ya nos advirtieron de la decadencia y fanatismo que el nihilismo traería, que la noche del Kali Yuga generaría, y de cómo frente a todo ello, el «Hombre de la Areté» se postula como antítesis, respuesta, y antídoto. Un Hombre que en primer lugar y como punto de partid a, sabe y asume de manera radical que ninguna dificultad material, decepción personal, decadencia sociocultural y política, golpe de mala suerte o fatalidad puede ser más terrible para él y hacerle más daño y alienarle más que un alma ofuscad a, sin discernimiento ni Consciencia ni esclarecimiento, sin «Silencio y libertad»... Del mismo modo, que ninguna riqueza material, prosperidad, buena compa­ñía, tiempo histórico de esplendor y grandeza, éxito profesional o golpe de buena suerte le puede hacer más bien, elevarle y reportarle más que un alma trabajada, purificad a, esclarecida, recta y dueña de sí... Que un ser interior liberado, centrado, «vertical y supraindívidual». Y que es precisa­ mente esa Aristeía, esa vía de la Areté, esa «forja interior» en la «llama imperecedera» del Espíritu, el punto de partida y raíz para toda contestación completa, impugnación total y superación sin remisión, del tiempo de nihilismo, degeneración, fanatismo, decadencia y subversión, que estamos viviendo.

El Guerrero Espiritual es así el auténtico sujeto revolucionario que necesita nuestra época...

Él es el «Cruzado» al que toda mera aspiración burguesa, lucha obrera o reivindicación nacionalista, no dejan de parecerle cuestiones secundarias tras cuya primacía política e ideológica se esconde en gran medida el desnorte y sinsentido de nuestra época.

La verdadera batalla entonces, la cuestión fundamental en la que el Hom­bre se juega el ser o no ser, es el conocimiento y conquista de sí mismo. Y siempre ha sido así y siempre será así. Y es partir de ahí que se articula, une, armoniza y ordena todo lo demás... Y esa ha sido la esencia de la cosmovisión tradicional y ha sido precisamente el olvido de esto o su in­ comprensión, el fundamento de la subversión moderna y el origen de la decadencia. Y es así en el recuerdo y actualización de dichas enseñanzas del mundo de la Tradición, que tenemos las palancas de fuerza para salir del atolladero al que hemos llegad o. Las palancas de fuerza para liberarnos del mundo de ofuscación, inconsciencia, ignorancia, temor, carencia, debi­lidad interior y ansía que nos rodea.

*
...Y aquellos que consiguen enraizarse en la Verdad, gobernarse así mismos y ser así realmente libres son entonces buscados por aquellos a los que les pesan las cadenas y quieren también la fuerza para romperlas. Y se unen en lazos de lealtad, confianza y respeto y forman de este modo una comuni­dad de personas tan unidas como decidid as a ser lúcidas, despiertas, fuer­tes y libres, y a ayudarse las unas a las otras en este propósito. Y ellos son la auténtica disidencia y el germen de la nueva élite revolucionaría. Ellos son la «forja de la espada» y el «aullido del lobo», el anuncio del fin de la Edad Oscura y la vanguardia del nuevo amanecer...

El guerrero espiritual y el Kali Yuga

ENTENDER NUESTRA ÉPOCA: 
TRADICIÓN, MODERNIDAD Y REVOLUCIÓN...

A modo expositivo y sintético si bien sería más profuso de detallar, planteamos casi como si fuera una cartografía básica de situación, que dos grandes corrientes principales de pensamiento y compren­sión habrán configurado la historia de Occidente. Dos corrientes que aun cuando se han sucedido cronológicamente a lo largo del proceso histórico occidental, su relación no será la de la continuidad en pro­gresión ascendente de la una a la otra, sino la del antagonismo y la contraposición . Un antagonismo raíz, que sigue operativo hoy día, que estuvo operativo en el pasado, y que contrapone lo que por un lado de­ nominaremos cosmovisión tradicional o directamente Tradición. Y lo que denominaremos genéricamente Modernidad. Desde el ángulo de la Modernidad la Tradición fue superada y el avance de la historia sería un progreso en emancipación y libertad en el que en todo caso los para­digmas de la Tradición quedarían subordinados al avance y liberación moderna. Desde el ángulo de la Tradición, la Modernidad sería una caída de grado, una decadencia espiritual e incluso degeneración cuyo sueño de emancipación habría conducido sin embargo a la alienación y al nihilismo.

La cosmovisión tradicional corresponderá a una visión «trascendente y espiritual» de la vida, el Hombre, y el mundo, y, muy sucintamente señalado, en ella encontraremos la idea de un principio superior de orden Incondicionado y atemporal, sobrenatural y metafísico, que se configura tanto como fundamento, origen y sostén de toda realidad na­tural y material, condicionada y temporal, como horizonte último de sentido de la vida humana, cuya razón de ser fundamental sería así el conocimiento unitivo de dicho principio. Siendo entonces que dicha dimensión «trascendente y espiritual» se encontrará en el centro mismo del alma humana y como en estado de potencia. De esencia en latencia o semilla. Y el argumento mismo de la vida del Hombre no será otro que despertar a dicha esencia y actualizar dicha potencia. «Despertar» a dicha dimensión «trascendente y espiritual», que sería inmanente al alma humana, y hacerlo conforme a una elevación ontológica del sujeto al plano supraindividual de la personalidad. Más allá de la mera egoidad fenoménica, condicionada y existencial.

Platón y Homero, en las raíces mismas de Europa, estarán en claro entroncamiento con dicha cosmovisión trascendente y espiritual del mundo de la Tradición. El Rig-veda y su corolario en los Upanishads, al otro lado del mundo, en la India, resonarán a su vez en análoga cosmo­visión al pensamiento platónico y los himnos de Homero. De Oriente a Occidente, del Indo a Europa, un arco de expansión y diversificación de un mismo «linaje» espiritual de comprensión y sabiduría tradicional.

En términos de la posterior tradición cristiana, nada sintetizará mejor la cosmovisión tradicional que la consigna evangélica «la Verdad os hará libres». La Verdad como la raíz y asiento propio del ejercicio de la libertad y, a su vez, la palanca de toda «liberación» verdadera. De todo descondicionamiento y superación de la mera existencia pasiva y reac­ tiva frente a la mundanidad. Inserta unilateralmente en el mero deve­ nir y la mera individualidad fenoménica.

De otra manera, la ética heroica del antiguo mundo germánico y céltico, su horizonte de «gloria trascendente» en clave épica, de honor, valor, arrojo e ímpetu de combate, de «sed de Valhalla», apuntará tam­bién en la misma dirección que la cosmovisión «trascendente y espi­ritual» del mundo de la Tradición. Y del mismo modo ocurrirá con la literatura medieval, los cantares de gesta, el ideal de la «Caballería espi­ritual» y, de manera especialmente refinada y de profundo simbolismo, en la literatura artúrica y las sagas del Grial.

En frente, el mundo de la Modernidad (advenido fundamentalmente a lo largo de los últimos quinientos años), se moverá exactamente en las antípodas de la cosmovisión tradicional y hará, por el contrario, de la realidad meramente natural y material, y de la existencia mera­ mente fenoménica, condicionada y contingente, el fundamento y reali­ dad única de todas las cosas e incluso la causa eventualmente oculta que subyacería a toda inquietud humana, aun cuando esta se expresara en términos espirituales o religiosos. Pensadores claramente modernos como Hume, Marx, Freud o Nietzsche, aunque muy diferentes entre sí, desde distintos ámbitos y perspectivas, convergerán sin embargo en un mismo principio a la hora de afrontar la realidad humana y natural: para todos ellos la referencia a la «trascendencia» no tendrá lugar... Siendo entonces las fuerzas desnudas de la naturaleza, de la materia, la economía, el azar, el subconsciente, el instinto de supervivencia y de reproducción, la voluntad de poder, o cualquier otra instancia «no espi­ritual», el verdadero fundamento, sostén y explicación del Hombre y el Mundo. Y siendo entonces y además que, desde ahí, se querrá levantar acta de defunción del mundo de la Tradición, que «finalmente habrá podido ser dejado atrás» para amanecer a un nuevo horizonte de eman­cipación: el horizonte de la Modernidad... Que es a su vez entendido como el lugar predilecto al que el ser humano tenía que llegar y avanzar. El horizonte y paradigma que deja atrás el «oscurantismo metafísico» de la Tradición, nos libera de «sus cadenas» y nos impele a un horizonte de progreso, siempre inconcluso y siempre con renovadas líneas de avance que alcanzar, cuya mirada última alcanza efectivamente la utopía...

Esta corriente de pensamiento, meramente materialista, cientificista y de raíz antimetafísica y antitrascendente, es la que ha sostenido de fondo el desarrollo de nuestros tiempos modernos y es la que está en la base de los paradigmas de nuestra época. Época la presente que se arroga superioridad y marchamo de progreso y avance respecto de toda época pasada, si bien cada vez resulte más evidente que más allá del desarrollo científico-técnico y el bienestar material, que como nunca antes se habrá logrado, para todo lo demás, nos moveremos sin embargo en el ámbito de un hondo nihilismo y sinsentido. De una «debilidad del alma» para la que bien parecerá que efectivamente la «utopía moderna» ha terminado por arribar y sin desviación mediante a la «distopía posmoderna». La emancipación respecto de la «Verdad» con mayúsculas, y tal como desde las coordenadas de la Tradición se advertía, no ha conducido a la «Liberación», sino a la alienación, la ca­rencia, la sinrazón de ser, la insania, y el absurdo...

Nada sintetizará mejor de este modo el significado de la Modernidad que la consigna invertida y luciferina de: «La Libertad os hará verda­deros». La libertad ejercida por sí misma y no como fruto y consecuen­cia de la Verdad. La libertad entendida así como mera expresión de la individualidad, personal o colectiva, convertida en piedra de toque de la verdadera humanidad que ahora sí, tras siglos de «oscurantismo», se puede hacer realidad... Aquello respecto de lo que las enseñanzas de la Tradición Sapiencial nos libera y eleva, convertido en el centro y argumento moderno. Y al tiempo esa misma cosmovisión tradicio­nal, anagógica y liberadora, señalada como imposición, oscurantismo, mera fantasía y condena.

En este sentido, el contraste entre el mundo de la Tradición, entendida esta ante todo como Sophia Perennis; y el Mundo Moderno, entendido este ante todo no como progreso de la ciencia y la técnica, sino como emancipación respecto de todo principio de «Verdad espiritual» y, por ende, de superior Auctoritas, tendrá un reflejo fundamental en el ám­bito de la gnoseología y la ética. Así mientras que para el mundo de la Tradición el Hombre puede acceder a la «Verdad espiritual» y es desde ahí que está llamado a ser Libre. Para la Modernidad, toda verdad que no sea descripción científica de la realidad será relativizada, no habrá así «verdad espiritual», y, por ende, la libertad, quedará entonces confundida con el mero ejercicio y validación de la individualidad y la subjetividad. La cual una vez sacralizada tenderá a organizar y articular la vida personal, social y política de la Modernidad, que a su vez y en úl­tima instancia parecerá configurarse en gran medida como un sistema para el incentivo, cultivo, satisfacción y salvaguarda de dicha subjetivi­dad. Incluyéndose aquí no solo la subjetividad individual propiamente dicha, sino también los «individualismos colectivos» de clase, nación o género, que la Modernidad también en algunas de sus variantes ideológicas sobredimensiona hasta poner unilateralmente en el mismo centro de la acción política, rompiendo así el sentido «orgánico», «de cuerpo», que el mundo de la Tradición asignaría a cada uno de dichos niveles.

En todo caso lo que nos estaríamos encontrando aquí, y esta sería una de las claves de la subversión moderna, sería ese paso anteriormente señalado de la consigna cristiana que nos dice: «La Verdad os hará li­bres»; a la consigna posmoderna que nos dice: «La Libertad os hará verdaderos»... Consigna posmoderna que efectivamente, y a la luz de esa misma tradición cristiana, no será sino el corolario del non serviam luciferino. Del atentar contra el principio de Auctoritas en nombre de la individualidad. La consecuencia final de dicha subversión y atentado «contra la Verdad» en nombre de la «individualidad», no será sin em­bargo ninguna «liberación», ninguna «conquista interior», sino todo lo contrario... Su fruto maduro es la distopía posmoderna: el tipo humano de la «carencia perpetua», de la «agitación samsárica», del «infierno del alma», de la Dukkha: la sed que no cesa y, por ende, el malestar, la neuro­sis la alienación, la debilidad del alma y la civilización del nihilismo...

Yendo a lo que sería el punto de vista histórico y recogiéndolo de ma­nera muy sintética, diremos que con la caída de Roma se habría cerrado el ciclo histórico de la Antigüedad europea. Ciclo que, con su con­fluencia de mundo griego, romano, celta y germano, habría marcado definitivamente la identidad de la Europa tradicional. Seguidamente, la cristiandad medieval sucederá y continuará a Roma como nuevo ciclo histórico tradicional de nuestra civilización. Y en dicho medievo euro­ peo, algunos de los andamiajes fundamentales de la Antigüedad segui­rán presentes. Si bien con renovadas formas y posibilidades surgidas ahora de la tradición cristiana.

Es así que sucintamente podrá decirse que la filosofía griega (con Platón y Aristóteles a la cabeza), junto al ideal romano del Imperium (prefigurado ya por Alejandro y después por César), más la cultura guerrera, ética heroica y vínculos espirituales con la naturaleza de los pueblos bárbaros (fundamentalmente celtas y germanos), unido todo ello a la tradición cristiana medieval, terminarán por darnos las claves básicas de la Europa tradicional premoderna. La cual tendría así dos ciclos históricos: el pagano y el cristiano. Siendo que en cada uno de ellos y en continuidad el segundo con el primero, habrán mantenido y más allá de sus infinitas vicisitudes, variantes, e incluso confrontación de un ciclo respecto del otro, un argumento de fondo basado siempre en la dimensión de la Trascendencia y la posibilidad de alinearse y unirse a ella a partir de la propia naturaleza humana.

Más adelante, sin embargo, la decadencia de la civilización medieval, el nominalismo y el güelfismo, y el subsiguiente antropocentrismo re­nacentista, más la Reforma Protestante, el Absolutismo, la Ilustración, el Romanticismo y finalmente las revoluciones contra un ya esclerótico Antiguo Régimen (con Francia como paradigma revolucionario, pero también en Norteamérica), darán lugar a toda una nueva fase histórica en la cual se decantará la Europa moderna propiamente dicha. Europa moderna cuyo fruto maduro será precisamente la civilización ajena y de espaldas, e incluso abiertamente «negacionista», respecto de la dimensión de la Trascendencia. Una civilización antitética a la tradicio­nal, a la cosmovisión tradicional, y a cuyo propio nihilismo antimetafí­sico, lo considerará progreso y emancipación...

Y efectivamente es ahí donde estamos y nuestro tiempo histórico no será así, sino resultado de dicho proceso moderno. Y entender todo esto, distinguiendo el ciclo tradicional, en su etapa pagana y después cristiana, del proceso de la Modernidad, del Renacimiento a la Revolu­ción francesa, será fundamental para comprender cómo hemos llegado hasta aquí y qué significado tiene la época que estamos viviendo. Más aún cuando de la Revolución francesa a la Segunda Guerra Mundial se sucederán tres siglos de respuesta, guerra y confrontación a la sub­versión moderna que aun pretendiendo contraponer el horizonte de la Tradición al despliegue de la Modernidad, ya no será capaz de hacerse sin limitaciones, desviaciones y adulteraciones y, así y finalmente, la subversión se impondrá... la civilización del nihilismo se hará realidad. Tanto así que, a día de hoy, Europa vive y se ordena totalmente con­ forme a los paradigmas de dicho nihilismo moderno, y lo que fue la Europa premoderna y tradicional, habría quedado reducida a un mero «paisaje de ruinas». Ruinas evocadoras, quizás incluso monumentales y artísticas, dignas de deslumbrarnos en los museos, y sin embargo ajenas de toda vez al desarrollo del proyecto moderno de Hombre y Civilización.

Es en este contexto que hay que entender que surge como síntoma característico y definitorio del Mundo Moderno, ese fenómeno que hemos llamado del «nihilismo»: el Mundo Moderno, con su olvido o negación de la Tradición y su vivir de espaldas a la dimensión de la Trascendencia, habría ido dejando a su paso una subyacente sensación de absurdo y sinsentido que los lenitivos del progreso científico, el materialismo práctico y la cultura del consumo, apenas conseguirán miti­gar. Ocurriendo entonces que en ocasiones dichas «ruinas» del pasado, aun no siendo ya algo realmente vivo y presente en nuestra cultura, sensibilizarán sin embargo a los europeos menos modernizados, despertándoles a la conciencia de lo fatuo y vacío del proyecto moderno...

Se tiene entonces la impresión de que el ingente desarrollo científico y económico técnico de nuestro tiempo se habría pagado conforme a una suerte de «progreso decadente». Una bancarrota espiritual que el «progreso» no compensaría y que, rastreable a todos los niveles, re­sultará especialmente lacerante en la generación de sujetos sin apenas centro ni gobierno interior. Sujetos neurotizados, anestesiados, fanati­zados, alienados, envilecidos o idiotizados, en una sociedad inorgánica y atomizada, de escaso discernimiento y gran debilidad emocional. Una sociedad que deja inerme al sujeto frente a sí mismo y sus neurosis, y que parecerá abocar a una vida de bajísimas expectativas espiritua­les y, sin embargo, fijación obsesiva en todo lo meramente material, cuantitativo, instrumental, accesorio, pulsional, emocional, instintivo, subjetivo o prepersonal. Y es que la sociedad moderna se caracteri­zará por no dotar al sujeto de herramientas espirituales y disciplinas para construirse auténticamente como «Persona». Siendo entonces que quedará abocado fácilmente a la propia estupidez, inseguridad, miedo, apegos, ofuscación o bajeza de su mera individualidad condicionada y existencial.

Y precisamente, frente a ese peligro de no llegar a construirnos au­ténticamente como «Personas», de ser víctimas nuestra propia «debili­dad», se constituía lo más fundamental de la Tradición Sapiencial...

*
Para el mundo de la Tradición, para la Sophia Perennis, el Hombre está llamado a ser Libre. Y decimos «Libre» en el sentido de no ser un pro­ ducto alienado de su propia ignorancia u ofuscación, apego y temor, de su mero yo fenomenológico o egoidad. Está llamado así a «liberarse de sí mismo», para poder llegar a ser «SÍ mismo», para poder llegar a ser quien «realmente Es». La Tradición se configura de este modo y en gran medida como vía y disciplina de «autoconocimiento y liberación». De esclarecimiento y conquista interior. A partir de aquí, los Hombres au­ténticamente libres, tampoco podrán ser producto de alguna otra cosa o proceso que se les sobreponga; léase aquí la economía, la clase social, las pulsiones, el medio natural o la inercia histórica... Siendo entonces sus circunstancias de toda índole, el mero «soporte material» desde el cual recorrer el arduo «camino vertical», de elevación anagógica y su­ praindividual de la personalidad, hacia el conocimiento y señorío de sí, hacia la Aristeía y la Autárkeia, hacia la «liberación» interior en el plano del Ser, respecto del plano del mero devenir. De la dimensión de la asei­dad sobre la mera contingencia...

El Hombre no sería así un mero agregado de vida biológica y psi­quismo, un mero ente horizontal de la realidad fenoménica, atrapado en el Samsara de la simple vida y la simple muerte, del estado de carencia, apego y temor, y de la mente que no cesa y no sabe de su «Cen­tro»... Muy al contrario, en su interior habría un núcleo «extra samsá­rico» Incondicionado, principio de Consciencia, aseidad y liberación, «autoluminoso», inmutable e invulnerable, «chispa divina», «llama del Espíritu Santo», que en estado de potencia aguarda, para conforme a la correspondiente Areté y Áskesis, ser «despertado»...

Más allá así del «yo opaco» de la egoidad, embotellado en su pura individualidad fenoménica, en su psiquismo y su emotividad, ajeno e incluso refractario a «la luz» del Nous y su dimensión de Conscien­cia y Logos, habría la posibilidad de un «Yo esencial», de un «sujeto trascendente», «central y supraindividual», alineado con dicho Nous y Logos, y fruto de una ardua Áskesis o disciplina espiritual, que descon­dicionado y liberado de dicha «Opacidad», es el argumento mismo de la cosmovisión tradicional. Y, por ende, el principio fundamental de toda verdadera autoridad, jerarquía y orden personal y colectivo.

Nous y Logos, Consciencia supramental, discernimiento, esclareci­miento, y «estado de presencia». Eje vertebrador de la personalidad del sujeto «descondicionado». «Central y Vertical». Supraindividual y anagógico. Señor de sí y de la Autárkeia. Dimensión del Ser, de la asei­dad, sobre el plano del mero devenir. Consciencia de Trascendencia in­manente frente al estado de Avidya, de «ignorancia espiritual», de mero individuo, fenoménico y existencial. De mera egoidad. Del «paria del alma». Del «sujeto samsárico», del sujeto de la carencia, el apego y el temor. Del Hombre del Kali Yuga...

El «Centro y la Vertical» como presencia así de la dimensión de la aseidad en el alma humana, y lugar y escala ontológica propia del Hom­bre. Del «Hombre verdadero». Del que se ha diferenciado del estado de «caída», de «carencia», de «ignorancia», de «opacidad», de «medio hacer» y «des-Gracia», y que ha alcanzado por el contrario la plena posesión de su naturaleza más íntima y central. Espiritual y verti­cal. Inafectada y libre. Presencia actualizada de la «Gracia del Espíritu Santo», «suficiente y eficiente», dentro de sí. Como esencia radical del ser humano. Como su más verdadera identidad, motor y sentido. Que debe ser desvelada y hecha presente «más allá de nuestra naturaleza caída» y que nos impele así a hacer de la disciplina, de la Areté y la Áske­sis, del autoconocimiento y la liberación, de la «salvación del alma», el argumento primero de la vida humana. Y desde ahí, todo lo demás...

Manual para jóvenes guerreros espirituales | Con Gonzalo Rodríguez García



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domingo, 28 de diciembre de 2025

LIBRO "LA DICTADURA DE LA APATÍA": 🐑🐑🐑🐑 LA PROGRESIVA E IMPARABLE DOMESTICACIÓN DE OCCIDENTE por PABLO CAMBRONERO PIQUERAS

LA DICTADURA
 DE LA APATÍA 

LA PROGRESIVA E IMPARABLE 
DOMESTICACIÓN DE OCCIDENTE

Esta batalla tiene consecuencias reales; 
cada uno de nosotros tiene un papel que jugar en la lucha por el futuro.

Navegando por las fuentes de la batalla cultural

"La dictadura de la apatía" ofrece al lector una descripción concisa y accesible de las batallas culturales que los ciudadanos enfrentan diariamente, ya sea de manera consciente o inconsciente. En pocas páginas y con un lenguaje claro y preciso, se exploran las estrategias empleadas por los centros de poder para estructurar políticas y dirigir a la sociedad hacia objetivos que a menudo no reflejan las verdaderas necesidades de los ciudadanos.
Pablo Cambronero, desde su experiencia en la política, aborda los grandes desafíos de la actual guerra cultural, como el cambio climático, el lenguaje inclusivo, la creación y consolidación de narrativas engañosas, y otros temas que el lector identificará claramente.
La obra se presenta desde una perspectiva combativa, ofreciendo al lector la oportunidad de posicionarse en cualquiera de los bandos. Según el autor, no se puede ignorar la guerra sociocultural que se libra en las calles, las escuelas y los parlamentos.
«Recuerden siempre algo importante: si no saben en qué posición se encuentran en esta guerra cultural o desconocen que esta guerra está en marcha y en plena intensidad, es porque están del lado del enemigo. Piénsenlo bien…» Pablo Cambronero Piqueras
A todos aquellos que son conscientes 
de que viven en una dictadura, 
cada día menos silenciosa, contra la que se revelan

PRÓLOGO 

Como habrá inferido el lector por el título, el autor está harto. Sería imposible que un hombre como Pablo Cambronero no se hartase de la apatía general. Eso sí, él es de los que, cuando se harta, escribe un libro. O sea, que se harta de manera constructiva, que es lo contrario a quejarse y no hacer nada. A mi amigo y excompañero de bancada parlamentaria le ha dado por mirar a su alrededor y se ha dado cuenta de la distancia sideral que separa a su idea de responsabilidad de la común, la del resto del mundo, empezando por los otros 349 ocupantes de escaños en la carrera de San Jerónimo con quienes compartió dos legislaturas. Lo interesante, aunque doloroso, vino en la segunda, la de su fructífero martirio. 

En Cambronero se han dado dos circunstancias cuya coincidencia no puede resultar más significativa: es el único diputado de la anterior legislatura que ha pasado largo tiempo sin despacho propio y sin la mínima asistencia —teniendo que despachar y escribir en el bar del Parlamento— y, a la vez, es quien más ha trabajado, con diferencia. Si a alguien se le ocurriera introducir entre sus señorías algo parecido a unos mínimos de productividad, y esa productividad se fi jara en la quinta parte de lo que él ha hecho, nadie la alcanzaría. Quizá habría que rebuscar en los archivos del siglo xix —y ni así, sospecho— para dar con similar afán de control y supervisión del Ejecutivo.

El diputado paria había formado parte del grupo de Ciudadanos cuando alcanzó (alcanzamos) los 57 diputados, rozando al Partido Popular en número de votos. Sufrió (sufrimos) el abandono de todos los medios de comunicación, empeñados en nuestra supuesta obligación de regalarle a Pedro Sánchez nuestros votos para su investidura, pese a la evidencia de que no los quería, y pese a haber alcanzado nosotros aquel notable resultado con un mensaje central de campaña que podría resumirse así: «No pactaremos con Pedro Sánchez». 

¡Qué pandilla de cabrones! ¡Han cumplido su promesa! No infravaloren el papel de los medios, cuando se ponen a coincidir, a la hora de hacerle a usted creer lo contrario de lo que pensaba ayer. Cambronero formó parte del grupo de 10 diputados en que fue a parar un gran proyecto de regeneración de España. Se topó con un triste cambio de rumbo en el partido y consideró, acertadamente, que era su posición, y no la posición de la nueva dirigencia, la coherente con el programa de Ciudadanos, formación hoy extinta. 

En consecuencia, decidió mantener su escaño y recibió el peor trato que haya recibido un diputado en democracia, viéndose privado de su derecho a intervenir y a registrar y, como se ha dicho, hasta de mesa y lámpara. Pero, si alguien creyó que eso lo iba a desmotivar, es que no conocía la rectitud y la capacidad de sacrificio de Pau, inherente esta última, por cierto, a su profesión. De la ingente cantidad de preguntas que planteó al Gobierno en esa su segunda legislatura, y desde su insólito ostracismo, dará él cumplida cuenta en su momento. Su experiencia, sumada a su interés por la cosa pública, más el lamentable estado del debate en el ágora, lo han llevado a conclusiones y propuestas que, pese al pesimismo que impregna su estilo, dejan ver una luz de confianza en la razón, en la democracia y en el futuro. Eso sí, siendo plenamente consciente de que, para seguir esa luz, para decir las cosas que la cultura política hegemónica no quiere oír, para plantear argumentos en vez de consignas, es preciso participar en la guerra cultural o batalla de las ideas. 

El autor se ha dotado del requisito imprescindible para intervenir en los debates contemporáneos con alguna posibilidad de éxito, aunque sea remoto: identificar el problema, analizarlo, conocerlo. Y el problema es el cambiazo de la izquierda tradicional por el wokismo. Con la izquierda tradicional se podía coincidir o no, pero sus planteamientos tendían a ser racionales y a buscar el contraste; no en balde, el marxismo en el que hundían sus raíces se había presentado en su día como el único socialismo científico. 

Lo que hoy se llama «izquierda» es, para empezar, lo contrario: una adhesión sentimentalista a causas que no soportan el intercambio de pareceres. La crítica es una agresión cuando viene de la derecha, y la agresión es una crítica cuando viene de la izquierda. Por eso a Vox lo califican de ultraderecha los wokes de todos los partidos y a los exetarras sin arrepentir los tienen por hombres de paz. Ya no existe nada lejanamente parecido a una cosmovisión de izquierdas; existe un mosaico de causas fragmentarias que tienen en común, precisamente, ser profundamente reaccionarias, al punto de amenazar, de estar deteriorando seriamente, los fundamentos de la democracia liberal: libertad de expresión, presunción de inocencia, igualdad ante la ley, justicia independiente, proscripción de las leyes particulares, etc. 

Simplificando el tema, y sin faltar a la verdad, podríamos limitarnos a señalar que no existe democracia allá donde no es posible discrepar, defender tus ideas y —también— ofender. La izquierda cree que no existe un derecho a ofender, pero, para empezar, ese es un coste inevitable de la libertad de expresión, algo fundacional en democracia. Y, además, esa misma izquierda tan sensible no hace otra cosa que ofender a quienes se resisten al trágala, a quienes no aceptan la bondad de unas causitas que no admiten contrastes de pareceres; que solo exigen fe, algo más propio de la religión que del debate racional. 

Ello se debe a que esas causas operan, a menudo, como religiones de sustitución. El propio concepto de lo «científico» es acientífico cuando lo invoca la izquierda, pues exige que te calles y no admite disidencias, arguyendo que existe un «consenso» respecto al tema en cuestión; por ejemplo, el catastrofismo climático, el carácter antropogénico del calentamiento, la proximidad del apocalipsis… Pero la ciencia no se hace por consenso. Parece mentira que haya que recordar estas cosas. Sin embargo, es un deber hacerlo, a riesgo de que te cuelguen las etiquetas de rigor, que solo son un intento más intenso y coercitivo de que cierres la boca. 

La ciencia, entérense las gretas y los gretos, se hace buscando y buscando el error en las teorías vigentes. Cuanto más resistan la falsación popperiana, más fuertes son. Cuán débil será el catastrofismo climático para no admitir contrastes ni discusión. Qué poco tendrá que ver con la ciencia y cuánto con la superstición. Lo dicho sobre esta concreta causa sirve para todo el resto de teselas del mosaico woke. 

Me he ocupado del asunto por extenso en Sentimentales, ofendidos, mediocres y agresivos y me complace sobremanera que mi amigo y excompañero político Pablo Cambronero, desde otras vías, haya alcanzado algunas conclusiones similares; sobre todo en lo que hace a sus advertencias sobre el lenguaje, a no aceptar la terminología dominante, a no participar en debates trucados por esquemas mentales predeterminados y, en general, a no caer en el error del seguidismo, propio de una supuesta derecha que, de tan avergonzada como estaba de su naturaleza, ha mutado hasta convertirse en socialdemócrata. Hoy ocupa en España el respetable, discutible y rentable espacio que hace algunos años ocupaba el PSOE. 

Siga el lector la vía difícil, como Pablo Cambronero, o déjese llevar por quienes están preparando la penúltima utopía y por quienes lo consienten. Pero no olvide esto: cada vez que se ha tratado de materializar una utopía, ha acabado en catástrofe. Juan Carlos Girauta

LA DICTADURA DE LA APATÍA 

Lo primero y principal es darles las gracias, queridos lectores. Si han llegado a abrir este pequeño trozo de mí, espero sinceramente que les resulte interesante lo que en él se contiene; si no les parece interesante, espero al menos hacerles reflexionar, que no es poca cosa. Sí, queridos lectores, tengo que admitir con frustración que «nos la suda todo», y nos la suda fuerte. Mientras la cerveza siga disponible y lo suficientemente fría, el plato lleno (cada día más caro, menos saludable y más inaccesible), Netflix funcionando y nuestras «comodidades» intactas, no se atisbará ninguna reacción organizada más allá de un amargo «quejío» minoritario que no supuso, supone ni supondrá más que una puñalada en el agua, efímera e irrelevante. 

¿Cómo demonios hemos llegado a vivir así? ¿Qué nos ha pasado para permanecer dóciles, maniatados y presos de un sistema idiotizante llamado «estado de bienestar»? Hay muchas explicaciones a este estado de dejadez, para esta frustración conformista generalizada, aceptada en nuestras psiques anestesiadas y estómagos agradecidos obturados de tóxicos generadores potenciales de enfermedad. 

Aquí intentaré ofrecer la mía. No hay vocación pedagógica en esta pieza que comienzo aquí; lo que sí pretendo, con más o menos acierto (juzguen ustedes), es una pretensión de la búsqueda de una explicación plausible a un modelo social decadente y plagado de ejemplos de lo que se puede llegar a conseguir dirigiendo a una masa social aborregada y esclava de las pantallas. Pretendo llegar, a través de la lógica que se extrae de la propia realidad vigente, a conocer y a que conozcan cómo hemos llegado a donde hoy estamos, usando la descripción libre de lo que nos rodea y de cómo vivimos. Imagino que, si leen completamente estas reflexiones, verán referencias claras a un filme que resume a la perfección la situación. Los invito a pensar cuál es, pero primero lean. 

La situación de nuestra sociedad es alarmante; fíjense hasta dónde estamos llegando que podemos ver cómo padres de familia, que presumen en sus autómatas redes sociales del infinito amor que sienten por sus hijos, siguen asesinando económica y socialmente a sus vástagos sin pestañear ni dudar ni por una centésima de segundo de si lo que hacen, dicen y defienden hoy, basado todo ello en el seguidismo patológico de las políticas de los poderes fácticos, mejorará las vidas de sus descendientes en el futuro. Si lo pensáramos solo un poco, muy poco, veríamos con nitidez que, con nuestra docilidad galopante, estamos complicando enormemente la vida a nuestros hijos. Esta docilidad la van a pagar cara nuestros descendientes. 

Dirigentes políticos totalmente vendidos a la autocracia de lo políticamente correcto, siendo conscientes (los hay también que no tienen conciencia de lo que defienden) de que gran parte de lo que sostienen solo tiene un claro objetivo de control de la población y del guiado social hacia comportamientos dóciles y, en no pocas ocasiones, absurdos y contradictorios con la más elemental de las lógicas. Nuestros actuales modelos sociales nacen presos de discursos en los que se establecen mantras carentes de cualquier fundamento científico indubitado; se promocionan arengas que, automáticamente, expulsan a quienes osen siquiera dudar de sus prerrogativas y dictan comportamientos que repetimos como autómatas. Y así nos luce el pelo, lánguidos, aburridos, mustios y sin muestras palpables de pasión más allá del generado por el deporte o de cualquier actividad que nos venga impuesta en cualquier pantalla por una secta excluyente y generalizada.

El título de esta pieza no necesita explicación; pretendo que se entienda perfectamente cuál es la situación y no creo que a estas alturas de la vida nadie ose a quitarme la razón en mi conclusión usando la lógica y la objetividad de la realidad: uno de los grandes males de la generación que poblamos el planeta (al menos, los privilegiados que vivimos en el primer mundo) es la apatía general, la desidia, la vagancia, la incapacidad crítica generalizada y siempre castigada. Tampoco se extrañen de que la palabra que más se contenga en este texto (donde se usa un marcado e intencionado lenguaje «coloquial») sea woke. Woke es el sustantivo con el que se define (no en lo estrictamente gramatical, pues su significado poco tiene que ver con lo que representa en esta pieza) al movimiento que ha logrado con un éxito enorme extirpar la capacidad revolucionaria lógica social y encumbrar al olimpo de lo correcto a todos los victimismos que han sido capaces de crear. Woke, en inglés, significa ‘despertar’ y lo que pretende este movimiento económico y social es precisamente lo contrario: adormecer nuestro ardor guerrero contra un sistema putrefacto para poder dirigirnos como el dócil rebaño victimizado que hoy somos. 

Fíjense cómo el movimiento ha tomado un nombre que, de forma natural, invita a considerarlo una secta peligrosa. Piénsenlo y vean cómo suena al leerlo: «el despertar…». Vivimos en «Wokelandia» y es necesario saber, o al menos tener una idea aproximada, de lo que puede acarrear nuestro sometimiento compulsivo. Cada uno de los capítulos de esta obra puede leerse en solitario; tienen sentido por sí mismos y en ellos se hace una descarnada descripción de la realidad, realidad que puedo ver por haber salido de Matrix, de haberme liberado de la sumisión que impone la secta mayoritaria woke. Leerlos todos pienso que equivale a tener una fotografía bastante nítida y libre de la situación que estamos viviendo. 

El sometimiento como rasgo definitorio principal de nuestro comportamiento social nace de una obediencia ciega (o, más bien, esclavitud total) a diversos instrumentos que han resultado notablemente eficaces como medios de control social. Hablo de las pantallas, del marco informativo institucional impuesto y de los amenazantes apocalipsis que nos mantienen atentos, en tensión y obedientes a cualquier salvador que sacie nuestro instinto de supervivencia. 

Esta es una generación frágil, con la piel excesivamente fina y una alarmante capacidad de crear categorías victimológicas y discursos victimistas para que cualquiera pueda acogerse a los innumerables modos y formas de tutela que el Estado papá crea para generar dependencia. Si no la han visto —una recomendación más que apropiada—, vean la película La vida de Bryan, esa vetusta oda a la estupidez humana, estrenada en el año de mi nacimiento (allá por los setenta). 

Podrán comprobar cómo los discursos absurdos, con clara vocación humorística, hoy son realidades traídas a los ordenamientos jurídicos progres. Este es un pequeño ejemplo de la involución de nuestra sociedad. Puede el lector analizar cada uno de los discursos consolidados, de los mantras usados y afianzados. 
Podrán descubrir cómo entes determinados y determinables han conseguido llegar y quedarse en su psique conduciendo su comportamiento y dirigiéndolos hacia el campo de lo que la secta ha establecido como políticamente correcto. Espero que sean capaces de descubrir, en estas discretas líneas, todo el sectarismo impuesto que domina sus vidas. Lean, si gustan; acompáñenme en estas reflexiones que, si han adquirido esta pieza con mis cavilaciones, creo que compartirán en gran medida. 

Mis conclusiones son solo mías, aunque espero que pronto sean mayoritarias, por nuestro bien. Eso sí, recuerden algo siempre: si no saben dónde están en esta guerra cultural o desconocen hasta que esta guerra está activa y en plena ebullición, es porque están con el enemigo. Reflexionen…

EL IMPERIO DE LA APATÍA 

Tengo que comenzar dejando claro que estuve en política activa al mayor nivel estatal posible; formé parte de ese grupo de personas que, habiendo obtenido y ostentando el privilegio de representar a sus semejantes en la principal cámara legislativa de las Cortes Españolas, desaprovechan este privilegio permaneciendo fieles a partidos que anulan su capacidad crítica y los convierten en meros pulsadores de botones con capacidad para poco más, pero, en mi caso, solo estuve anulado y dócil a un partido político dos años; tuve la suerte (no carente de arrojo) de tener otros dos años representando a los ciudadanos sin el yugo y el lastre que supone pertenecer a un partido político y el sectarismo que se destila en esas organizaciones empresariales. 

Los políticos (esa raza indeterminada y siempre criticada) tienen en sus manos la oportunidad de cambiar la sociedad, de convertirse en los héroes que saquen al pueblo de su adormecimiento mental e ideológico fomentando la meritocracia, el progreso y convirtiéndose en la legítima solución a los problemas de la sociedad, pero están más ocupados en su propia supervivencia en esa burbuja de poder. Los «políticos de partido» pagan gustosos condenas a penas de cadena perpetua que sufren por su pertenencia y dependencia a proyectos políticos sectarios. También están presos del propio y efímero bienestar que les generan artificialmente esas rentabilísimas empresas llamadas «partidos políticos».

Quienes hemos participado en política con una mente abierta (y un comportamiento libre) quizá hemos podido ser más conscientes de que, hace muchos años, se consolidó entre quienes dirigían naciones una corriente interesadamente pueril que dividía salomónicamente lo correcto de lo incorrecto, lo sano de lo insano; en definitiva, el bien del mal. Quizá lo peor de todo sea que la pretensión antaño ingenua de los dirigentes mundiales (en su inmensa mayoría de izquierda) ha terminado imponiéndose por incomparecencia del rival; es decir, quienes tenían encargada la defensa de la lógica, de los postulados de la ciencia y la enriquecedora capacidad de dudar del ser humano no han planteado ningún tipo de batalla, o lo están haciendo demasiado tarde. 

Es más: hasta ellos se vendieron a la dictadura de lo políticamente correcto, a la autocracia establecida por la izquierda, y mamaron de esa diosa ramera llamada ideología woke, saciando sus voraces apetitos económicos y sus infinitas ansias de poder con las migajas que dejan los franquiciados de esta secta. Tristemente, muchos de quienes tenían el encargo ideológico de luchar contra las ideas sectarias han sucumbido a ellas y se han entregado a los placeres que les otorgan las multitudinarias pitanzas que organiza la secta woke. Este análisis inicial debe conducirnos, necesariamente (al menos a mí me dirige), hacia el más profundo de los pesimismos. El sistema establecido funciona, y funciona bien para sí mismo. 

Ha costado muchos años establecer los dogmas de una corriente ideológica excluyente capaz de convertir la ciencia en otro instrumento más al servicio del régimen. Muchos, como Agustín Laje, en su obra La batalla cultural, han intentado analizar objetivamente la situación y generar la chispa para que quienes dudamos, los que tenemos espíritu crítico y quienes pensamos con libertad luchemos contra esta dictadura moral. Pero me temo que no es precipitado afirmar que la batalla está perdida en la mayoría de los campos. Se han creado y sentado como verdades universales dogmas, como mínimo, dudosos. 

El enemigo tiene su estrategia tan desarrollada que hasta le ha dado para crear su propia forma de hablar, su propio y nuevo idioma; que, por supuesto, es excluyente con cualquier otro. Está firmemente establecido un muro moral infranqueable contra todo aquel que ose alzarse contra sus postulados; el rebelde, automáticamente, pasará a ser incluido en la cada vez más amplia bolsa de fascistas y terribles locos negacionistas. 

Es evidente que este movimiento mundial ha sido creado desde postulados de la izquierda, como ya dije anteriormente, pero lo realmente preocupante es la actitud de la derecha de comprar compulsivamente y por inercia estos inamovibles y absurdos postulados.

La derecha ha comprado los argumentos victimistas woke y ha interiorizado su papel de verdugo hasta el punto de pedir perdón por situaciones (reales o inventadas) que les imputa la izquierda dominante. A tal punto ha llegado la situación que se ha llegado a establecer una «agenda» con un cercano límite temporal para eliminar cualquier sombra de oposición a sus ya divinos designios, y ¡pobre de aquel que ose oponerse a esa agenda! «Agenda 2030» la han llamado. 

En ella se establecen y se consolidan cuidadosa y pormenorizadamente todos y cada uno de los mantras que se han impuesto para que nuestras vidas (les) resulten provechosas. La Agenda 2030 ha sido ideada por la izquierda progre con un claro objetivo de mover la ventana de Overton hacia el lugar deseado, que es la consolidación de los postulados woke como verdades universales. 

Hago una pequeña parada en este punto para hacer una brevísima definición de lo que es y supone la teoría de la ventana de Overton, que ha sido aprovechada como nadie por la ideología que condeno en esta pieza. Overton, estudioso de la filosofía política fáctica, vio con nitidez que el clima público con respecto a determinadas políticas era mucho más relevante (medido todo en número de votos) que lo que el propio político podía pensar como mejor para el pueblo, incluso que lo que el propio pueblo piense mayoritariamente. Siendo así, se estableció un rango jerárquico en forma de grados de aceptación de determinados mantras a los que los propios políticos se amoldaban para generar empatía y, sobre todo, capacidad de atracción electoral. 

Una vez terminen la lectura de esta pieza, podrán comprobar cómo se han establecido con arreglo a esta categorización de ideas o situaciones las grandes ideas que hoy se erigen como normas absolutas por las que cualquiera que las obvie renuncia automáticamente a ostentar cargo público representativo. Fíjense en este ejemplo y trasládenlo a los temas que hoy son ley y ayer eran terribles acontecimientos. Coincidirán conmigo en que el incesto es absolutamente condenable, delito que puede y debe provocar las peores condenas posibles que tiene a su disposición el ius puniendi del Estado. Pues bien, imaginen que un grupo o colectivo de cualquier tipo pretende que el incesto pueda ser contemplado como un derecho. 

Las fases de la ventana de Overton se pondrían a funcionar. En una primera fase, algo que resultaría impensable, condenable e incluso antinatural, aparece ya como radical, como digna de estudio para «ver sus razonamientos». 
En una segunda fase, estos informes mostrarían que el incesto podría ser aceptable bajo las premisas que pudieran resultar menos «dolorosas» a la sociedad. 
En la tercera fase, el incesto perdería este nombre, pues está asociado a algo tradicionalmente horrible, y podría ser denominado como «relación afectuosa familiar». A partir de ahí, se podría hacer incluso popular este término para defender el incesto como algo sensato y coherente. 
En una última etapa de la ventana de Overton, el incesto, ya desprovisto de cualquier rasgo negativo, pasaría a incluirse en el debate político y en el jurídico como algo para regular y fomentar. 

Así funciona este sistema, y seguro que coincidirán conmigo que lo estamos viendo hoy día institucionalizado en la Moncloa. Pero, recuperando el hilo del capítulo, llego a la conclusión preliminar de que hay una cosa clara: estamos perdiendo la batalla por pura desidia, por apatía galopante, por inasistencia voluntaria e injustificada, aunque plenamente entendible por el fomento de la frustración individual y colectiva desde las propias instituciones. La reacción ya no puede ser políticamente correcta, pues es jugar en casa del contrario y es una auténtica ratonera. 

No tenemos las armas para luchar de igual a igual contra dependientes y estómagos agradecidos de un sistema autocrático que no hace prisioneros, pero es peor vivir de rodillas que morir de pie. Desgana, indolencia, incluso pereza que desemboca en la más cutre vagancia social generalizada. Esa es la norma de comportamiento necesaria (y plenamente vigente) para dirigir a la masa hacia comportamientos queridos y deseados por quienes se aprovechan de ese aborregamiento general. Y está funcionando, eso sí, con conatos de rebeldía minoritarios pero cada vez más populares. Ahí me ubico. 

Estamos viviendo en una dictadura: algunos somos conscientes; ello nos obliga a reaccionar con lo que tengamos y siempre iluminados por el sentido común, que ha sido salvajemente erradicado de nuestra cotidianidad. 
Sean plenamente conscientes de que, en el imperio de la apatía, se pone el sol únicamente por oriente.

La entrevista del día: Pablo Cambronero presenta su libro ‘La dictadura de la apatía’

lunes, 30 de septiembre de 2024

"CUANDO NO HAY VOLUNTAD DE LUCHAR, EL MAL GANARÁ" por JOCKO WILLINK SEAL 👿👥💀


"CUANDO NO HAY VOLUNTAD DE LUCHAR, 
EL MAL GANARÁ"


Jocko Willink SEAL
retirado de la Marina estadounidense, se ha pronunciado sobre la devastadora situación que se vive en Afganistán esta semana, ya que muchos están intentando huir del país después de que cayera en manos del grupo militante talibán. Willink recurrió a las redes sociales para compartir sus pensamientos sobre el asunto.
"Hay maldad en el mundo. Si se le da la oportunidad, crecerá en fuerza y ​​poder", "Lo único que puede detener la maldad es la gente dispuesta a luchar y sacrificarse para destruirla".
"Cuando no hay voluntad de luchar, el mal ganará".
“La gente inocente sufrirá” y “la oscuridad se expandirá”. Y aunque la “batalla está llena de sangre y lágrimas, fracaso y derrota” y “angustia y pérdida”, las “almas buenas y valientes se mantendrán firmes” y verán que “la rectitud prevalecerá”.
Sin embargo, hay una batalla que debe ganarse y la gente necesita luchar continua y fervientemente por la libertad porque "la libertad no es gratis".
"Hay maldad en el mundo. Si se le da la oportunidad, crecerá en fuerza y ​​poder", escribió Willink, que también es autor y podcaster, en su página de Facebook . "Lo único que puede detener la maldad es la gente dispuesta a luchar y sacrificarse para destruirla".

"Cuando no hay voluntad de luchar, el mal ganará".

Willink enfatizó que cuando no hay voluntad para enfrentar el mal, “la gente inocente sufrirá” y “la oscuridad se expandirá”. Y aunque la “batalla está llena de sangre y lágrimas, fracaso y derrota” y “angustia y pérdida”, las “almas buenas y valientes se mantendrán firmes” y verán que “la rectitud prevalecerá”.

Sin embargo, hay una batalla que debe ganarse y la gente necesita luchar continua y fervientemente por la libertad porque "la libertad no es gratis".

Willink reiteró que "la libertad no es gratis" y sostuvo que hay algunos individuos que tienen "voluntad de luchar", tal como él y sus camaradas lo hicieron en el pasado. Sin embargo, ahora está viendo una falta de ese mismo espíritu de lucha del que fue testigo en el pasado. De hecho, el Secretario de Defensa de Estados Unidos, Lloyd Austin, puede compartir el mismo sentimiento.

"EL CRISTIANO HA NACIDO PARA LUCHAR"
 PAPA LEÓN XIII

“Retirarse ante el enemigo o callar cuando por todas partes se levanta un incesante clamoreo para oprimir la verdad, es actitud propia o de hombres cobardes o de hombres inseguros de la verdad que profesan.

"La cobardía y la duda son contrarias a la salvación del individuo y a la seguridad del Bien Común, y provechosas únicamente para los enemigos del cristianismo, porque la cobardía de los buenos fomenta la audacia de los malos. El cristiano ha nacido para la lucha”.