EL Rincón de Yanka: CIVILIZACIÓN

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viernes, 3 de julio de 2026

ESCOLIOS A UN TEXTO IMPLÍCITO por NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA: UN VERDADERO REACCIONARIO INTELECTUAL

ESCOLIOS A UN TEXTO IMPLÍCITO

NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA


ESTE libro contiene una recopilación de escolios de Nicolás Gómez Dávila, pensador colombiano nacido en 1913 y muerto en 1994. Fueron publicados originalmente en tres entregas y cinco volúmenes entre 1977 y 1992, esto es, durante el último cuarto del siglo XX. Es una antología más bien personal, por lo que no garantizo que refleje objetivamente el conjunto de la obra aforística del autor, cuya existencia desconocía hasta que hace un par de años la profesora Amalia Quevedo me dio noticia de él durante una estancia en Bogotá. 

En el viaje de vuelta a España empecé a leer los Escolios a un texto implícito y fui marcando con estrellitas los que me impresionaron particularmente. Más tarde conseguí hacerme con las otras dos colecciones, Nuevos escolios y Sucesivos escolios, saboreándolas siempre con el lápiz en la mano. Lo que ahora tiene en sus manos el lector es el resultado de esta selección improvisada. Supongo que habré dejado fuera por inadvertencia algunas de las mejores sentencias, aunque estoy convencido de no haber introducido ninguna mala, porque Dávila sólo las tiene excelentes y óptimas. 
Para contrapesar mi caprichoso modo de proceder he ordenado los escolios por temas, en lugar de imitar la proteica mezcolanza original. Dejo constancia de que mis agrupaciones no implican ni presuponen ningún esquema interpretativo o sistemático. 

Como tantos otros lectores, fui deslumbrado por la sabiduría de estos textos. Descubrí en su autor un genio cáustico y sin embargo lleno de matices. Agresivo e inmisericorde con la estupidez y la hipocresía, es muy capaz de discernir y mimar cuestiones delicadas que la mayoría ignora o desprecia. Se dice a veces que el pesimista no es más que un optimista bien informado. 
Nuestro hombre, lisiado por un accidente deportivo y encerrado de por vida entre los atestados anaqueles de su biblioteca, fue una de las personas mejor informadas de su siglo, y por ende de las más pesimistas en lo que se refiere al entorno inmediato, tanto histórico como existencial. Ahora bien, en una perspectiva más amplia la cosa cambia, porque aunque no creyera en el hombre, tenía fe en Dios y su voluntad redentora. 

Gómez Dávila ya no es el perfecto desconocido de hace diez o veinte años. El entusiasmo de algunos estudiosos pioneros, entre los que figuran nombres de la talla de Mutis o Volpi, hace que poco a poco empiece a sonar. Alguien se ha atrevido incluso a perpetrar la designación de «Nietzsche colombiano». Cursilerías aparte, la fama alcanzada y por alcanzar tiene en este caso el mejor aval posible: no fue buscada ni facilitada por quien la detenta a título póstumo. 

Me contaron a este propósito una anécdota sabrosa: cierto individuo quiso hacerse con uno de sus manuscritos y consiguió que lo invitaran al domicilio del maestro. Nada más llegar manifestó abruptamente su deseo. Dávila le entregó las anheladas páginas sin dar mayor importancia al gesto, pero se asombró de que el visitante, botín en mano, quisiera marcharse sin tomar el café y las pastas con que había planeado obsequiarle. También me ha llegado un rumor (¡qué bonito si fuera cierto!) según el cual muchos de sus cuadernos fueron directamente a la papelera: 

no por prurito de perfección, sino por no querer dar a tales ejercicios la pretenciosa consideración de obra. Como Descartes en Amsterdam, Dávila vivía solitario en medio de una humanidad afanada en lo que le desinteresaba. Sus congéneres le preocupaban, pero se negaba a entrar en la universal dinámica mercantilista que han ido adquiriendo las relaciones humanas: 
«¿Para qué marcher avec son siècle cuando no se pretende venderle nada?». 
A todas luces consiguió lo que se había propuesto: ser un marginal de la época que le tocó en suerte. Y para ponérselo fácil a quienes entonces y ahora prefieran desertar de sus cavilaciones, asumió con vehemencia una etiqueta ultradetestada en los tiempos que corren: la de reaccionario. 

Muchos temerían como la peste adquirir semejante fama, otros procurarían al menos pasar desapercibidos. Dávila pechaba con el sambenito y todas sus consecuencias, haciendo gala de humor y hasta cierta condescendencia: «Los reaccionarios les procuramos a los bobos el placer de sentirse atrevidos pensadores de vanguardia». Cierto que, para sobrellevar la supuesta indignidad, eligió gratos e ilustres compañeros de viaje: Platón, Rousseau, Hume, Burke, Blake, Wordsworth, Balzac, Nietzsche, Baudelaire, Eliot... Asumir que uno es reaccionario implica desmarcarse de la historia, renunciar a la praxis en beneficio de la theoria«El progresista siempre triunfa y el reaccionario siempre tiene razón». 

En todo caso, Dávila rechazó ser homologado con opciones políticas conservadoras: «Si el reaccionario no despierta en el conservador, se trataba sólo de un progresista paralizado». Su opción distaba mucho de un simple posicionamiento frente a la izquierda: «Izquierdistas y derechistas meramente se disputan la posesión de la sociedad industrial. 

El reaccionario anhela su muerte». Diría que en el caso de Dávila declararse reaccionario —o sea, autoestigmatizarse— era parte del precio que estaba dispuesto a pagar para conquistar el derecho a hablar sobre nuestro mundo y civilización desde sus afueras. El colombiano pretendió ser para el Occidente del siglo XX lo que fue el Usbek de las Cartas persas para la Francia del XVIII: alguien venido de muy lejos que juzga sin parcialidad porque no es parte de la realidad examinada. Bien pensado, sin embargo, Usbek sólo era un Montesquieu déguisé. 

En cambio Dávila fue un occidental convencido de que Occidente ha traicionado sus raíces y pervertido sus ideales. Por fidelidad a la idea de Europa (no a los intereses de clase, a la esclerosis mental, o al ultramontanismo religioso) se desmarcaba de su actual dueño, el racionalismo burgués industrial y antirromántico, así como de todas sus secuelas, es decir, del noventa por ciento del espectro social, político, cultural y religioso del mundo contemporáneo. Grave decisión la suya, equivalente no al borrón y cuenta nueva, sino al borrón y marcha atrás. Atrás menos en el tiempo de la historia que en el espacio de posibilidades malogradas por la deriva de los últimos siglos. 

Supongo que a estas alturas del prólogo ya nos habrán abandonado los eufóricos del progreso, los amantes de taxonomías fáciles y los domésticos de las modas intelectuales. Ya sólo contamos con los que, en lo que se refiere a la direccionalidad del pensamiento, se preocupan más del arriba y el abajo, que de la derecha y la izquierda o el delante y el atrás. 

Si Gómez Dávila sólo fuera un plutócrata latinoamericano recalcitrante no valdría la pena leerle, porque ¿qué más nos da lo que resultara «avanzado» o «retrógrado» en su país hace treinta o cuarenta años? La problemática de este libro poco tiene que ver con la historia sociopolítica de los países andinos, y menos aún con el papel desempeñado en ella por su autor. Dávila, en efecto, rechazó los cargos políticos que le ofrecieron y desdeñó la posibilidad de convertirse en un «intelectual comprometido» con alguna de las causas en boga —por aquel entonces—. 

Si todavía hoy merece nuestra atención es porque evitó enredarse en la letra pequeña de la vida política y social, para atender a lo suyo: proponer una enmienda a la totalidad del proyecto moderno. Desde el «no-lugar» y «no-tiempo» en que supo colocarse formuló una gravísima acusación contra una época que, muy a su pesar, era suya: «Ningún siglo anterior presenció tantas matanzas en nombre de tan transparentes imposturas». 

¿Quién osará apelar contra esta sentencia después de todo lo que sabemos? En nombre de intereses capitalistas obsoletos e imperios coloniales caducos murieron millones en la Primera Guerra Mundial y en tantas otras de menor escala; en nombre de una estrategia supuestamente infalible para promover la justicia y la igualdad murieron millones en decenas de revoluciones socialistas a la postre siempre fracasadas; en nombre de la absurda idea de la superioridad de unas razas y la inferioridad de otras murieron millones en la Segunda Guerra Mundial; en nombre de patrias, banderas y falaces descolonizaciones murieron millones en cientos de pretendidos procesos de liberación nacional y mentidas guerras de independencia. 

Ciencia y tecnología han provisto generosamente de medios destructivos a todos los usuarios según sus apetencias. 
Un buen número de canallas y desaprensivos se han encumbrado casi sin esfuerzo a las supremas magistraturas de países grandes y pequeños. Luego han cometido con total impunidad los mayores latrocinios de que haya memoria. Tales son los hechos y sobre ellos cabe poca discusión. 

La controversia surge a la hora de endosar responsabilidades. Entonces rápidamente se diversifica el diagnóstico: unos crímenes (los de los «amigos») se rebajan a simples «errores» mientras otros (los de los «enemigos») se emplean como arma arrojadiza contra el prójimo. Así llegan a ser condenadas inofensivas prácticas en las que un fino olfato inquisitorial capta analogías tangenciales o lejanos parentescos con el mal a exorcizar. Verbigracia, cualquiera puede resultar «fascista», empezando naturalmente por Hitler, mientras Stalin o Pol Pot son desposeídos sin fatiga de su pretendido «comunismo». 

El ejemplo es fácilmente multiplicable, puesto que las estrategias demonizadoras no son exclusivas de una sola facción; más bien caracterizan a todas ellas. Es plausible, tras contemplar este sórdido panorama de acusaciones mutuas, simpatizar con quien al menos busca lejanas e inalcanzables plataformas para expender verdades y pergeñar pronunciamientos morales. Gómez Dávila tiene una amplia lista de fobias y no se recata a la hora de materializar desaprobaciones y condenas. No obstante, sus juicios se sitúan en un plano deliberadamente genérico: prácticamente afectan a todos, lo cual resulta tranquilizador en un aspecto e inquietante en otro. Dávila lo ha dicho con toda claridad, conjugándolo en primera persona para disipar equívocos: «A cierto nivel profundo toda acusación que nos hagan acierta». 

La generalización de la culpa puede servir para trivializarla o para dar con su único remedio. Podemos sentirnos exonerados, en cuanto que no somos más responsables que otros. Sin embargo, también cabe concluir que todos tendríamos algo que hacer al respecto, puesto que en cualquier mano está parte de la cura. Depende, en definitiva, de que uno decida vegetar en la superficie o ahondar, aunque no sea del modo y manera en que lo ha hecho Gómez Dávila. Si son muchos los enemigos combatidos por Dávila, a sabiendas de estar condenado de antemano al fracaso («La única ejecutoria de nobleza, en nuestro tiempo, es la derrota»), cuenta en cambio con muy pocos aliados. 
Pocos y a primera vista mal avenidos. Los dos más importantes: la fe y el escepticismo. Pero él no los ve enfrentados; opina más bien que se dan la mano: 
«Entre el escepticismo y la fe no hay conflicto sino un pacto contra la impostura». 

Muchos discreparán escandalizados, tal vez por no ser suficientemente radicales sobre el sentido y alcance del escepticismo. Lo cierto es que en la historia el escepticismo genuino ha sido un aliado natural de los que se oponían al empeño de trasmutar la razón en medicina universal. Es el caso de muchos hombres de fe y también de Nicolás Gómez Dávila. Existe no obstante el riesgo de acabar en el otro extremo, porque junto a los que rechazan dárselo todo a la razón están los que quieren otorgárselo a la fe. Pero ahí no encontraremos a Dávila, pues para él «creer es penetrar en las entrañas de lo que meramente sabíamos». 

Por sublime que sea el papel que desempeña, la fe no es a su juicio metástasis invasora ni le compete suplantar los déficits de las facultades humanas. Simplemente sirve para llegar a donde aquéllas jamás llegarían por sí solas. 
La pugna sólo es posible cuando alguno de los factores en juego se traviste en otro: «Nunca hubo conflicto entre razón y fe, sino entre dos fes». 
Dejo para otro momento el comentario sobre la presencia de la religión en los aforismos de Dávila. 

Insistiré ahora en la misión que asigna al escepticismo: convertirse en antídoto contra la hipertrofia de racionalidad que, siempre a juicio del pensador colombiano, constituye el pecado original de la época moderna. Aun no compartiendo los presupuestos ni aceptando las conclusiones, bastantes espíritus poco sectarios encontrarán sus críticas justas e incluso irrebatibles. 

Sin embargo, es probable que echen de menos la presencia de alternativas viables: Dávila ataca la razón por los muchos abusos que en su nombre se cometen, pero no parece aportar otros sustitutos que la fe de antaño o el despego del desengañado. Ahora bien, podría objetarse: si desaparecen filósofos y teólogos, ¿quién nos defenderá de los embaucadores? 

Del mismo modo, cuando ataca a muerte la democracia, el socialismo, el liberalismo, la tecnocracia burguesa, podremos quizá aprobar en parte su furia iconoclasta, pero ¿qué ofrece a cambio? ¿El feudalismo, la Edad Media, los privilegios del Ancien Régime

Algo así parece sugerir cuando proclama: «No soy un intelectual moderno inconforme, sino un campesino medieval indignado». 
Son objeciones importantes. Veamos qué cabe decir en defensa de Dávila. Por una parte, que él no es constructor de sistemas ni valedor de soluciones globales. Es ante todo un desenmascarador de las que sin serlo pretenden pasar por tales. 
También se postula, en este sentido, como defensor de la totalidad frente a los que se empeñan en parcelar la realidad sin tener ni idea de cómo coser después los retales. No hace falta ser un nostálgico para reconocer que hemos perdido muchas de las cosas buenas que atesoraba el pasado. 

Dávila pretende mantener viva la memoria de esos valores frente a un progresismo desaforado de optimismo ortopédico. Por otro lado, su reivindicación del mito, de la religiosidad, de las fuentes cognoscitivas alternativas, incide en la tarea histórica más urgente a que nos enfrentamos en los albores del tercer milenio: superar de una vez por todas la modernidad. Lo más llamativo a este respecto es que da pistas transitables hacia un futuro programa que nada tiene que ver con el postmoderno, el único que hasta ahora se ha ensayado a gran escala y por cierto sin demasiado éxito. 

¿Cuáles serían esas pistas? Sospecho que bastantes de sus furibundos ataques a la democracia o a la racionalidad modernas podrían ser transformados en criterios para mejorarlas. Al menos, parece preferible intentarlo que defenderlas tal como son ahora con argumentos capciosos. Decir que la democracia —a pesar de lo corrupta que resulta su práctica cotidiana— o la razón —aunque sufra una degeneración elefantiásica— son maravillosas porque no disponemos de otros métodos operativos para gestionar la política y el conocimiento, puede resultar aceptable desde un punto de vista pragmático. Pero como argumento es inconsistente y tiene el efecto perverso de obstaculizar la búsqueda de soluciones mejores o —si se quiere— más evolucionadas. 

Gómez Dávila dice muchas cosas interesantes sobre piedras olvidadas por los constructores de la nueva torre de Babel, cuya recuperación contribuiría a mantener en pie el edificio y tal vez evitar que se vuelva a producir una nueva confusión de las lenguas. Dado que la democracia es la vaca sagrada más intocable de nuestra cultura y que guardamos mal recuerdo de las últimas pruebas ensayadas para ordenar la sociedad de otra manera, las agrias descalificaciones davileñas no cuentan con la aprobación de los rectores de la opinión pública. 

A pesar de ello, nuestras democracias precisan con mayor urgencia solución a sus problemas que inquebrantables adhesiones a su ejecutoria. En ese sentido, un reaccionario puede prestar más ayuda que cien turiferarios. Dávila advierte, por ejemplo: «Entre los vicios de la democracia hay que contar la imposibilidad de que alguien ocupe allí un puesto importante que no ambicione». 

La observación es atinada y debería ser tenida en cuenta por legisladores y constitucionalistas. Lo mismo ocurre con esta otra, que revela un desfallecimiento en las convicciones aristocratizantes del colombiano, pero que debiera inquietar también a sus adversarios: «El sufragio popular es hoy menos absurdo que ayer: no porque las mayorías sean más cultas, sino porque las minorías lo son menos». Con muchos «enemigos» así las democracias actuales tendrían mejor futuro que con tantos «amigos» empeñados en agusanarlas por dentro. 

Yendo un poco más al fondo del asunto, hay en el pensamiento de nuestro autor una preocupación constante que explica muchas de sus críticas a la cultura, política y filosofía reinantes. Y es que en ellas todo resulta demasiado abstracto: «Hasta el bien y el mal son anónimos en el mundo moderno». 
Hemos insistido demasiado en valores que permiten la coexistencia de diversidades sin resolver las tensiones que implican: tolerancia, multiculturalidad, antidogmatismo, respeto a la diferencia. Todo eso está muy bien, pero sólo como primer paso: debo respetar a mi vecino aunque no piense como yo. De acuerdo. Pero, una vez asegurado el respeto mutuo, debo aprender a hablar con mi vecino para darme y darle la oportunidad de convencernos uno a otro, lo cual nos permitirá ganar a ambos y caminar de la mano hacia un mundo mejor. 

Tarea nada fácil, ya lo sé. No obstante, si nos conformamos con la primera parte del programa y posponemos indefinidamente la segunda, llega un momento en que ésta desaparece para siempre de nuestras expectativas. Así se obtiene un mundo ayuno de sustancia, hueco, frágil, expuesto a los cantos de sirena de los que ofrecen colmar vacíos a costa de reprimir diferencias. El fantasma de la intolerancia renace precisamente donde creíamos haberlo conjurado para siempre. 
Y es que la bipolarización del sistema cultural obedece en realidad a un esquema hilemórfico (materia y forma): los valores que fomentan el respeto a la diversidad son formales; los que promueven principios de solidaridad sobre la base de identidades compartidas, materiales. 

Deberíamos, como buenos aristotélicos, tener presente que el esquema exige una buena integración de materia y forma, en lugar de bascular entre el vacuo formalismo hipercrítico y el brutal dogmatismo fundamentalista. Ya no se trata como antes de un choque entre culturas, sino de un problema interno que afecta a todas ellas. 

La actitud con que Gómez Dávila encara este contencioso resulta más sofisticada de lo que parece a primera vista. No es ni mucho menos un ultramontano del catolicismo ortodoxo. Ha leído y meditado todas las obras fundamentales de la tradición occidental, sin excluir los filósofos modernos y los teólogos liberales contemporáneos. 
Cuando confiesa: «Mis convicciones son las mismas que las de la anciana que reza en el rincón de una iglesia», no se está reafirmando en la «fe del carbonero»: sugiere que hay algo en la piedad de la beata que la filosofía y la teología radicales no han conseguido superar; quizá ni siquiera atisbar. De ahí su lúcida detección de un punto que desatendieron todos los epígonos de Kant: «A las éticas formales el diablo acaba dándoles el contenido». 

¿Quién puede describir mejor lo que ocurre cuando los miembros de Al Qaeda se comunican entre sí a través de internet o utilizan teléfonos móviles para sincronizar sus ataques? De no bastar lo dicho para disuadir al lector de la idea de despachar a Gómez Dávila con sarcasmos y etiquetas, renuncio a conseguirlo. Si, en cambio, se decide a dejar aparcada por un rato la manía de los rótulos, prepárese para una de las incursiones más estimulantes que hoy por hoy cabe hacer en el mundo de las ideas.

¡Buen provecho!




Los Escolios se condensan y aglutinan en torno a los eternos problemas de la filosofía: Dios, el alma, el mundo. En fin, todo espíritu vive de pocos temas y el talento del autor está en su hábil e inimitable orquestación. Siguiendo su método puntillista -combinado con un escandaloso dogmatismo y al gusto de la provocación sistemática-. Nicolás Gómez Dávila recoge estos temas en una visión sombría y desilusionada, pero lúcida e iluminadora del desolado paisaje de la Modernidad y de sus dudas nihilistas. No es que él se complazca en naufragar en un cupio dis­solvi. Al contrario, él pretende atestiguar, entre las ruinas, una verdad imperecedera, a la que su existencia se aferra:

«No pertenezco a un mundo que perece. Prolongo y trasmito una verdad que no mucre:. (Escolios JI, 858). Por eso él ataca con furor iconoclasta -con la denuncia, la sátira, la paradoja- la Modernidad entera, sus ideales, sus principios, sus presuntas conquistas sociales y políticas. Pues «nuestros odios son la exacta medida de nuestro rango» (Notas, 323).

El resultado es un antimodernismo inflexible e intransigente, que brota de la inamovible convicción de que la humanidad cayó en la historia moderna como un animal en una trampa:. (Escolios JI, 833). A la vez esta convicción se basa en un análisis histórico tan sencillo y esencial como contundente: 
«El mundo moderno resultó de la confluencia de tres series causales independientes: la expansión demográfica, la propaganda democrática, la Revolución industrial» (Sucesivos escolios, I 386). Esto desemboca en la barbarie de la humanidad actual, que «destruye más cuando construye que cuando destruye» (Escolios I, 261). Por tanto, no hay que hacerse ilusiones: 
«Los Evangelios y el Manifiesto Comunista palidecen; el futuro está en poder de la Coca-Cola y la pornografía» (Sucesivos escolios, 1404). 

La Modernidad ha abierto las puertas de par en par al ingreso triunfal en la historia a los tres enemigos más radicales del hombre: «el demonio, el Estado y la técnica» (Escolios Il, 514). El demonio porque es la perversión de la trascendencia. El Estado porque cuanto más crece más disminuye al individuo. Y la técnica por ser una permanente tentación de lo posible. Todo esto basado en una espantosa conjetura: «El Anticristo es, probablemente, el hombre» (Escolios I, 264).

Nicolás Gómez Dávila, que cuenta entre sus propios antepasados con Antonio Nariño, el traductor al español de los Derechos del hombre de Thomas Paine, se confiesa reaccionario con orgullo consciente. Pero la suya no es una reacción en el usual sentido político del término, demasiado débil y permisivo desde su intransigente punto de vista. Es cierto que entre los volúmenes de su biblioteca se encuentran, en primera fila, los escritos de Justus Möser, el padre del conservatismo rural, y la edición rusa de las obras completas de Konstantin Leont'ev, celebre fustigador del «europeo medio» como instrumento e ideal de la destrucción universal. Además de Joseph de Maistre, Donoso Cortés y otras fuentes del pensamiento reaccionario que lo han acompañado desde su juventud parisina, tales como Maurice Barres y Charles Maurras, de quienes se podría averiguar la influencia en su formación.

Los Escolios aparecen como una caleidoscópica variación sobre el tema de la reacción, que delincan y circunscriben hasta enfocarlo: 
«La única pretensión que tengo es no haber escrito un libro lineal, sino un libro concéntrico» (Nuevos escolios II, 1255). Sin embargo, el término «reaccionario» asume aquí un significado de principio, absoluto: reaccionario es aquel que está en contra de todo porque no existe ya nada que merezca ser conservado. En este sentido el reaccionario -que no es un soñador de pasados aboli­dos, sino cazador de sombras sagradas sobre las colinas eternas»- se considera mucho más radical que el conservador: 

«El reaccionario no se vuelve conservador sino en las épocas que guardan algo digno de ser conservado» (Escolios II, 496). Por lo tanto, se debe constatar: Hoy no hay por quien luchar. Solamente contra quien (Escolios Il, 642).

Ahora bien ¿cuáles son concretamente los adversarios de la reacción, aquellos de quien ella vive y se alimenta? Es claro, son: «el entusiasmo del progresista, los argu­mentos del demócrata, las demostraciones del materia­ lista» (Escolios II, 783). Son, en resumen, las ideas sobre las cuales la Modernidad ha construido aquella religión an­tropoteísta que se conoce bajo el nombre de «democra­cia». 

También aquí hay que llamar la atención sobre la acepción del término: con el vocablo "democracia" designamos menos un hecho político que una perversión me­tafísica» (Escolios II, 804). Vale decir: la democracia moderna es para Nicolás Gómez Dávila la teología del hombre-dios, ya que ella asume al hombre como Dios y de este principio deriva sus normas, sus instituciones, sus realizaciones. Pero «si el hombre es el único fin del hombre, una reciprocidad inane nace de ese principio como el mu­tuo reflejarse de dos espejos vacíos" (Escolios I, 79). 

Son igualmente inaceptables para Nicolás Gómez Dávila las recaídas de tales vacuidades sobre el plano político. Por ejemplo, el convencimiento de que la democracia sea el mejor sistema de gobierno. Al contrario, ésta parte de un punto de vista equivocado: 
»El error del pensamiento democrático: atribuir a cada individuo la totalidad de los atributos propios al concepto del hombre» (Notas, 278). De aquí, no se pueden derivar sino consecuencias erradas:

«La democracia es el sistema para el cual lo justo y lo injusto, lo racional y lo absurdo, lo humano y lo bestial, se determinan no por la naturaleza de las cosas, sino por un proceso electoral»; (Notas, 300). Además, «los demócratas describen un pasado que nunca existió y predicen un futuro que nunca se realiza» (Escolios ll, 796), y esto hace que las «democracias empíricas viven alarmadas tratando de eludir las consecuencias de la democracia teórica» (Escolios ll, 796). 

En resumen, su inconsistencia teórica produce una infinidad de debilidades empíricas: «Mientras más graves sean los problemas, mayor es el número de ineptos que la democracia llama a resolverlos» (Escolios I, 85). 
La única conclusión coherente nos constriñe a la lacónica constatación: «Vox populi... vox, et praeterea nihil». O sea: «La voz del pueblo... es una voz, y nada más» (Notas, 132).

Otra diana predilecta de Nicolás Gómez Dávila es el ideal de la igualdad: «Los hombres son menos iguales de lo que dicen y más de lo que piensan» (Escolios I, 432). Y "Si nacieran iguales, inventarían la desigualdad para matar el tedio» (Escolios ll, 711). Hoy además, teniendo en cuenta los efectos de la sociedad metropolitana de masas, constatamos la amarga previsión de sus hipótesis: 
«El cristal de la civilización es fusible a una determinada densidad demográfica» (Escolios !, 794). Por lo tanto: »Las jerarquías son celestes. En el infierno todos son iguales» (Escolios ll, 774). Por esta razón «sólo la muerte es demócrata» (Escolios!,438).

Nicolás Gómez Dávila lanza su crítica asimismo contra todas las ideas políticas de las cuales puedan derivarse ideales y, por tanto, ideologías: pues »todo individuo con "ideales" es un asesino potencial» (Escolios I, 321). Un anatema especial merece el marxismo, aunque »Marx corona el ateísmo vulgar de su época con un gesto de orgullo metafísico» (Notas,192). Y por consiguiente la ideología comunista: «El comunismo se ha vuelto iglesia, su doctrina dogma, sus congresos concilios, excomuniones sus expulsiones, heréticos sus disidentes y absolutismo papal su gobierno» (Notas, 193). Y al fin la socialista: 

"El socialismo es la filosofía de la culpabilidad ajena" (Notas, 329). La ideología aristocrático-liberal es la única que aparentemente se salva de la condena general: «Ninguna especie política me seduce tanto como la de esos aristócratas liberales, cuyo agudo sentido de la libertad no proviene de turbios anhelos democráticos, sino de la conciencia inalterable de la dignidad individual y de la lúcida noción de los deberes de una clase dirigente. Tocqueville es su más noble representante» (Notas, 245).

Otro blanco de sus dardos es la confianza moderna en la perfectibilidad del hombre y en el mito del progreso. A la que él contrapone una desconsoladora pero ineludible constatación: después que «sustituyó el mito de una pretérita edad de oro con el de una futura edad de plás­tico» (Escolios ll, 525), la humanidad »va de la mediocridad al horror y del horror a la mediocridad»(Notas,79).

Menos evidente, pero no menos decidida, es su crítica a la ciencia y a la técnica. No tanto por lo que ellas son y representan en la visión moderna del mundo, sino por la ingenuidad que han favorecido: »El hombre está creando un mundo poroso a su acción. Ya parece que a la voluntad humana nada resiste, y como en las viejas profecías milenarias quizá veremos florecer los desiertos. Pero es aquí, cuando parece que se aproxima el cumplimiento de las más antiguas esperanzas, que surge desde el vago limbo, donde un Prometeo progresista la había remitido, la máscara la­mentable de la tragedia humana. 

La ciencia se ha revelado milagrosamente capaz de enseñarnos cómo se hacen las cosas, pero incapaz radicalmente de decirnos lo que debe­mos hacer» (Notas, 199). El resultado es evidente: la máquina moderna es siempre más compleja, y el hombre siempre más elemental.

Esta insostenible dualidad, la discrepancia entre el »saber hacer» y el «¿qué hacer?:., se vuelve en pretexto para una crítica llevada al plano universal, filosófico: »La ciencia es una ontología monista, irracional, contingente y sin sentido» (Notas, 47). En cuanto al realismo en el que ella está basada en gran parte, Nicolás Gómez Dávila lo liquida con un golpe bajo: «Haber estado enamorado basta para refutar todo realismo epistemológico» (Notas, 263). 

En lo que se refiere a la técnica y sus sacerdotes, su sarcasmo no es menos tajante: »Los técnicos son como los gusanos que, sin saber cómo, producen seda» (Notas, 230). Al hacer un balance tan hostil y cáustico de la Modernidad, no sorprende que el reaccionario auténtico llegue a una conclusión intransigente: »Todo hombre auténticamente moderno que no se suicida a los cuarenta años es un imbécil» (Notas, 272). 

Aún más, en un escandaloso crescendo declara: «Razón, Progreso, Justicia, son las tres virtudes teologales del tonto» (Escolios ll, 620). No hay que sorprenderse si, siguiendo este camino radical, se llega, fatalmente, a una forma de vida y de pensamiento insular. Solamente si se mantiene una posición solitaria es posible evitar el compromiso y la contaminación: «La lucha contra el mundo moderno tiene que ser solitaria. Donde haya dos hay traición (Escolios ll, 666).

Nicolás Gómez Dávila fue uno de los pensadores colombianos más originales y provocadores del siglo XX. Sus reflexiones resultan más actuales que nunca en una época marcada por internet, las redes sociales y el acceso inmediato a una cantidad casi infinita de información, gran parte de ella superficial, falsa o de escaso valor.
¿Todo avance representa una verdadera evolución? Reflexionamos sobre una sociedad capaz de construir máquinas cada vez más rápidas, mientras confunde información con conocimiento, opinión con pensamiento y novedad con verdad.
Una crítica al progreso convertido en dogma y a la creencia de que todo lo nuevo nos hace necesariamente más sabios.
📜 Contexto histórico: Nicolás Gómez Dávila nació en Bogotá en 1913, en el seno de una familia aristocrática. Autodidacta incansable, dominó varias lenguas y leyó a los grandes pensadores en sus textos originales.
Reunió una extraordinaria biblioteca de más de treinta mil volúmenes, entre ellos ediciones raras e incunables. Aquella biblioteca fue su refugio personal y también un punto de encuentro para figuras como Mutis, Lleras, Téllez, Laserna y Volkening, que acudían para conversar y escuchar el juicio de un hombre al que muchos ya trataban como a un sabio.
Tras su muerte en 1994, gran parte de aquella colección fue adquirida por la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá, donde hoy se conserva como el Fondo Nicolás Gómez Dávila.
Johann Sebastian Bach ocupó un lugar privilegiado en su sensibilidad musical. En su obra aforística Notas, Gómez Dávila describió su música como un universo completo, perfecto y autónomo: un verdadero objeto estético puro.
🎙️ Nota de Transparencia: Imagen y voz generadas con inteligencia artificial con fines culturales y divulgativos.



Nicolas Gomez Davila Escolios a Un Texto Implicito by juandelaerre

jueves, 21 de mayo de 2026

LIBRO "LA GUERRA INVISIBLE": LA OPERACIÓN DE INFILTRACIÓN Y CONTROL MÁS SOFISTICADA DE LA HISTORIA por JABIER BENEGAS


LA GUERRA 
INVISIBLE

LA OPERACIÓN DE INFILTRACIÓN Y CONTROL 
MÁS SOFISTICADA DE LA HISTORIA

Durante décadas, el ascenso de China se presentó como una historia inevitable de crecimiento, tecnología y eficacia. Pero detrás de ese relato hay otra realidad: una guerra silenciosa, paciente y profundamente estratégica.
China: la guerra invisible revela cómo el Partido Comunista Chino ha aprendido a proyectar poder sin declararlo, a influir sin parecer propaganda y a convertir la cooperación, la inversión y la dependencia económica en instrumentos de infiltración política. Desde los medios occidentales hasta los think tanks, desde las infraestructuras críticas hasta la transición energética, Pekín no solo compite: moldea percepciones, crea vulnerabilidades y desplaza lentamente el equilibrio de poder.
Este libro desmonta también el mito de la superpotencia invencible. La crisis demográfica, el colapso inmobiliario, la sobrecapacidad industrial y la centralización absoluta del poder muestran un régimen mucho más frágil de lo que aparenta. China no es una tecnocracia impecable, sino un sistema autoritario capaz de sostener durante décadas errores gigantescos porque carece de contrapoderes y de verdaderos mecanismos de corrección.
Pero la amenaza no está solo en Pekín. Está también en un Occidente debilitado, confundido y cada vez más dispuesto a aceptar como inevitables formas de dependencia que comprometen su libertad.
Esta no es una guerra con tanques ni misiles. Es una guerra por el relato, la soberanía y el futuro.
Y ya está en marcha.
INTRODUCCIÓN

LA VÍCTIMA PROPICIATORIA

Durante años se nos ha dicho que la sensación de deterioro que recorre las sociedades occidentales es, en buena medida, un problema de disonancia cognitiva producto de la nostalgia, la resistencia al cambio y la incapacidad para adaptarse a un mundo más complejo. Que los servicios no funcionan peor, sino que somos más exigentes. Que la industria no desaparece, se transforma. Que no vivimos con menos, sino de otra manera. Pero cuando el malestar se convierte en experiencia (salarios que no alcanzan, vivienda inaccesible, energía cara, infraestructuras envejecidas, dependencia exte­rior) quizá el problema no sea psicológico, sino político en el sentido más profundo del término. Pero ese deterioro no se produce en el vacío. Coin­cide con la emergencia de actores que no solo compiten dentro del sistema, sino que aprenden a operar sobre sus debilidades. China no es una amenaza en abstracto ni un adversario clásico que actúe desde fuera. Se convierte en un problema cuando encuentra un entorno debilitado, fragmentado y, sobre todo, dispuesto a aceptar como inevitables cambios que, en otro contexto, habrían sido impensables. No empuja; aprovecha. No impone; se adapta. Desde esa perspectiva, el malestar no es solo una sensación interna, sino también el reflejo de un cambio más amplio en el equilibrio global.

Cada vez más analistas empiezan a admitirlo: 
no estamos ante un bache coyuntural, sino ante un reajuste profundo del modelo económico y geopolítico surgido tras la Guerra Fría. La sensación de que «todo parece romperse» no sería un error de diagnóstico, sino la manifestación de un sistema que ahora se ve forzado a redistribuir costes, poder y oportunida­des en un entorno mucho más competitivo y fragmentado.

Esta idea ha sido expresada espléndidamente en un texto difundido en X, firmado por The Long View (@HayekAndKeynes) y titulado The Great Re­balancing: 
Why Everything Feels Like It's Breaking-and Why That's the Point. Su tesis de partida, que la inestabilidad actual no es un accidente, sino la consecuencia lógica de un modelo agotado, sirve aquí como punto de par­tida, aunque no necesariamente de llegada.

Muy resumidamente, el artículo explica que el «orden» anterior no fue tan sólido como parecía: 
se sostuvo gracias a condiciones excepcionales. En Europa, tres factores sostuvieron durante décadas la ilusión de que nuestra prosperidad seguiría creciendo eternamente y sin fricciones: 
mano de obra barata (China como fábrica del mundo), energía barata (Rusia como provee­dor) y crédito abundante (deuda pública y privada como sucedáneo de la productividad). A estos tres ingredientes se añadió un cuarto: 
el «dividendo de la paz», la creencia de que la historia había terminado y, por tanto, podía recortarse en defensa sin asumir riesgos. Así, Europa priorizó la eficiencia sobre la resiliencia. Y lo que se maximiza durante demasiado tiempo ter­ mina por volverse frágil.

Hasta aquí el diagnóstico resulta bastante razonable. Sin embargo, este tipo de análisis suele pasar por alto un elemento decisivo: 
no todos los acto­ res afrontan este reajuste en igualdad de condiciones. Mientras Europa se ve obligada a adaptarse entre tensiones internas, límites regulatorios y ciclos políticos cada vez más cortos, otras potencias operan con horizontes más largos y una coherencia estratégica difícil de replicar. Esa asimetría no solo explica quién gana y quién pierde, sino también por qué el reajuste adopta una forma concreta.

Lo que suele quedar fuera del foco es algo bastante más inconveniente: 
que este reajuste no funciona como un fenómeno natural, como si fuera un terremoto económico imposible de evitar, sino que está muy condicionado por decisiones políticas, ideas dominantes y relaciones de poder que acaban decidiendo quién paga la factura y quién sale beneficiado. Y, visto lo visto, la factura no se reparte al azar: siempre acaba en los mismos bolsillos.

Entre los perdedores aparece, cada vez con más claridad, Europa. En pocos años ha visto cómo se cierran fábricas, se pierden empleos industriales y se encarece de forma estructural la energía, justo lo que hace más difícil produ­cir y competir. A eso se suma una dependencia cada vez mayor del exterior para cosas tan básicas como componentes, materias primas o tecnología. No es solo que otros produzcan más barato; es que aquí producir se ha vuelto cada vez más complicado, más caro y más incierto.

Esa diferencia no responde únicamente a factores de mercado. Mientras en Occidente la producción se somete a marcos regulatorios cada vez más exigentes y fragmentados, China combina mercado, planificación estatal y objetivos estratégicos en una misma lógica de actuación. No compite solo en precio; compite en estructura.

En el lado opuesto está China. Mientras en Europa se reduce capacidad industrial en nombre de la transición energética y de la corrección política, China ha hecho justo lo contrario: 
ha reforzado su industria, ha asegurado el control de materias primas clave y se ha colocado como proveedor casi imprescindible de muchas de las tecnologías que ahora se consideran «es­tratégicas». Paneles solares, baterías, componentes electrónicos... buena parte de lo que Europa necesita comprar para cumplir sus propios objetivos depende hoy de fábricas chinas.

El resultado es claro: capacidad productiva, empleo y poder económico se desplazan desde Europa hacia Asia, mientras aquí se multiplican las nor­mas, los costes y la dependencia. Presentarlo como una simple consecuencia inevitable de la globalización resulta, como mínimo, profundamente enga­ñoso. No ha sido la mano invisible del mercado lo que nos ha traído hasta aquí: han sido las decisiones políticas.

Como advirtió Will Durant, las civilizaciones rara vez caen solo por pre­sión externa; antes suelen haber debilitado internamente los principios que las sostenían.

Durante décadas, las economías occidentales han ido desplazando su centro de gravedad desde la producción hacia la gestión. Menos industria, menos capacidad manufacturera, menos autonomía energética y tecnoló­gica; más intermediación, más regulación, más certificación, más depen­dencia de cadenas globales de suministro.

La economía se parece cada vez menos a un taller y cada vez más a una gestoría administrativa: 
menos fabricación, más procedimiento; menos riesgo, más cumplimiento normativo. Este desplazamiento no es neutro. A medida que la economía se vuelve más dependiente de decisiones adminis­trativas, se aproxima, en lo funcional, a modelos donde el Estado ocupa un papel central en la asignación de recursos. No es una copia consciente, pero sí una convergencia difícil de ignorar. Este proceso se ha presentado como una evolución natural de sociedades avanzadas que «ascienden en la cadena de valor». En la práctica, una pérdida sostenida de capacidad productiva y una vulnerabilidad creciente frente a potencias extranjeras que no comparten ni las mismas reglas ni los mismos escrúpulos.

La complejidad regulatoria no es un simple subproducto de las buenas intenciones sociales o ambientales. Funciona como un mecanismo de se­ lección económica tramposa. Las grandes corporaciones disponen de los re­ cursos jurídicos, financieros y políticos necesarios para adaptarse, influir e incluso moldear la sobrerregulación. Para el pequeño y mediano productor es una debacle. Cada nueva capa regulatoria se traduce en costes añadidos, incertidumbre jurídica y barreras de entrada que acaban expulsándolo del mercado o impidiéndole crecer. La regulación no solo ordena el mercado: 
también altera profundamente sus incentivos y su estructura, concentrando la actividad en manos de quienes están más cerca del poder político y admi­nistrativo. La llamada captura regulatoria no requiere conspiraciones explí­citas. Basta con una interacción sostenida entre regulador y regulado en la que los intereses convergen y las decisiones acaban reflejando las prioridades de quienes tienen acceso permanente al proceso normativo.

El resultado es una economía cada vez más dependiente de rentas po­líticas:
subvenciones, fondos de transición, contratos públicos, incentivos fiscales. Sectores enteros pasan a vivir no de su competitividad, sino de su alineación con las agendas estatales y transnacionales. La innovación se su­bordina a las directivas burocráticas, y el talento aprende pronto que resulta mucho más importante estudiar los formularios que asumir riesgos.

A esto se añadió un rasgo clave del mundo post Unión Soviética: se ex­ternalizó la seguridad casi con la misma alegría con la que se externalizó la producción. La subinversión en defensa, sostenida durante décadas, no solo fue una decisión presupuestaria: 
fue un síntoma cultural de confianza excesiva en un orden internacional garantizado por terceros. Ese espejismo se rompió cuando la guerra volvió a Europa como realidad estratégica y no como un desajuste de intereses susceptible de resolverse con declaraciones y manuales de usuario. Desde el punto de vista social, el efecto es demoledor. Cuando el empleo, la viabilidad de los negocios o incluso la supervivencia de las pequeñas empresas depende de decisiones administrativas, la autonomía económica desaparece. No hace falta censura para erradicar el disenso: 
basta con que la supervivencia material esté condicionada a la aceptación a pies juntillas del marco político dominante. El reajuste deja de ser una simple adaptación a un mundo más competitivo y pasa a convertirse en una reor­ganización social en la que muchos dependen cada vez más de decisiones administrativas, mientras tienen cada vez menos margen para salir adelante por sus propios medios. Quienes más lo notan son las clases medias, que no cuentan ni con grandes patrimonios ni con redes de seguridad internaciona­les que amortigüen los golpes.

A esta pérdida de estabilidad económica se suma la fractura cultural. Cuando el sistema promete protección a quienes se quedan atrás y acaba ofreciendo sobre todo discursos moralizantes, es lógico que crezca la sensa­ción de abandono. El problema se agrava cuando, en lugar de políticas que faciliten el acceso al empleo, a la educación o a la promoción social, se opta por repartir reconocimiento mediante cuotas, etiquetas que establecen arbi­trarias jerarquías de victimismo.

Dentro de este esquema identitario, ya no se asciende por mérito ni por esfuerzo, sino por pertenencia a supuestos colectivos vulnerables etiqueta­ dos desde arriba. Quienes carecen de la perceptiva etiqueta, aunque sufran precariedad, pérdida de estatus o falta de oportunidades, quedan fuera. No cuentan como «Víctimas», pero sí como contribuyentes netos y como desti­natarios de admoniciones morales.

El mensaje es devastador: no importa lo que haces o lo que aportas, sino el grupo al que perteneces. Cuando esa lógica se impone desde el poder, el malestar deja de ser solo económico y empieza a convertirse en desafección política, en rechazo frontal a unas élites que parecen más preocupadas por inventar y gestionar identidades que por facilitar la vida al ciudadano. Aquí conviene empezar poniendo las cosas en claro. Una cosa es constatar que la temperatura media del planeta ha subido en las últimas décadas. Y otra muy distinta es convertir ese dato en un apocalipsis cuya evitación exigiría cambios económicos inmediatos y casi irreversibles. Aceptar lo primero no obliga, ni científica ni lógicamente, a aceptar lo segundo. Más allá del calen­tamiento, las certezas se diluyen cuando se plantean interrogantes clave: 
si existe una temperatura «ideal» del planeta, si un clima algo más templado es necesariamente peor para la vida, o qué tipo de impactos reales cabe espe­rar en los escenarios más probables, no en los más extremos. En este vasto territorio hay debates, matices y grados de incertidumbre que sorprendente­ mente los políticos ignoran.

La propia historia de la Tierra muestra largos periodos más cálidos que el actual en los que la vida prosperó, no se extinguió. Algunas especies desapa­recieron, como siempre ocurre con los cambios del clima que se prolongan en el tiempo, pero otras muchas surgieron y se propagaron. La naturaleza no atiende a esquemas morales simples, aunque políticos y activistas insis­tan en reducir un fenómeno enormemente complejo a una narrativa binaria de culpables y salvadores. Tampoco es serio afirmar que el aumento de temperatura esté provocando ya una avalancha de catástrofes naturales sin precedentes. Lo que sí ha aumentado es la población, la concentración ur­bana y la cantidad de infraestructuras expuestas a los fenómenos naturales. Y, sobre todo, lo que ha aumentado es la cobertura mediática que convierte cada suceso meteorológico en un espectáculo global. Pero eso no significa que el planeta esté fuera de control.

Aun así, el discurso político dominante ha optado por dar por buenos los escenarios más disparatados. Es fácil de entender por qué los gobernantes dan pábulo a los catastrofistas: 
cuanto más apocalíptico es el diagnóstico, más fácil resulta justificar intervenciones extremas en la economía y en la vida cotidiana. De este modo, el clima acaba convertido en el motor de una reordenación económica: 
energía más cara, impuestos al consumo, cierre de industrias y transferencia masiva de recursos hacia sectores etiquetados como «Verdes» por decisión política. El efecto de ese desplazamiento es es­pecialmente visible cuando se observa en perspectiva global. La demanda no desaparece; simplemente cambia de proveedor. Y en ese proceso, quienes concentran la capacidad industrial -corno China en el ámbito de las tecno­logías verdes- pasan a ocupar una posición aún más dominante. El impacto social de este proceso no se reparte por igual. Quienes tienen más renta pueden absorber sin grandes sobresaltos el encarecimiento de la energía, de la movilidad o de la vivienda. Para la clase media, en cambio, la transición se traduce en una pérdida dramática de calidad de vida: 
desplazarse cuesta más, adaptar la vivienda es caro, y muchos empleos industriales desapare­cen sin que haya alternativas.

El caso alemán es especialmente revelador. Tras invertir sumas gigantes­ cas de euros en su transición energética y cerrar buena parte de su parque nuclear, Alemania ha tenido que volver al carbón y a importar gas en con­diciones cada vez más comprometidas. Tal vez hayan reducido emisiones en casa pero a costa de encarecer su industria, destruir empleo de forma masiva y aumentar su dependencia exterior, sin que el balance climático global haya mejorado una milésima. Alemania es un ejemplo paradigmático de cómo determinadas políticas impulsadas desde escenarios de emergencia pueden generar problemas estructurales muy difíciles de revertir. Este empobreci­miento forzoso se envuelve en un discurso de virtud: 
se habla de responsabi­lidad, de cambio cultural, de madurez colectiva. En la práctica, se impone el empobrecimiento a amplias capas de la población como si fuera un signo de progreso.

Es aquí donde la transición energética enlaza con la idea del decre­cimiento, aunque pocas veces se mencione abiertamente. No como pro­ grama explícito, sino como horizonte implícito: 
producir menos, consumir menos, aspirar a menos. Todo ello sin que el tamaño ni la ambición del apa­ rato administrativo se reduzcan en la misma proporción; al contrario, se amplían para gestionar la escasez que el propio sistema contribuye a crear. 

Durante años, la irrupción de China en el comercio mundial se explicó en términos de ventajas comparativas: 
escala productiva, políticas industriales agresivas y planificación estatal de largo plazo. Esta explicación es correcta, hasta donde llega. Pero resulta insuficiente para entender el grado de depen­dencia que muchas economías occidentales han aceptado en ámbitos críti­cos. Una cosa es competir con un productor más eficiente; otra muy distinta es externalizar capacidades estratégicas hacia un rival con objetivos de largo plazo. Energía, telecomunicaciones, tierras raras, paneles solares, baterías, componentes electrónicos: 
la lista de sectores en los que se ha pasado de la producción a la dependencia es larga y sigue creciendo. Hoy, más del ochenta por ciento de la capacidad mundial de producción de paneles solares se con­ centra en China, al igual que el procesamiento de materiales críticos para baterías y tecnologías verdes. Las políticas occidentales de descarbonización, lejos de reducir dependencias estratégicas, han contribuido a consolidar otras nuevas, desplazando producción industrial hacia un país cuyos diri­gentes contemplan el orden occidental como los bárbaros Roma.

China, dicen, simplemente aprovecha oportunidades creadas por las pro­pias decisiones occidentales. Al fin y al cabo, ningún Estado desaprovecha los errores que le brinda el adversario. El artículo de @HayekAndKeynes se detiene aquí con bastante cautela, sugiriendo que Pekín ha sabido explotar con inteligencia nuestro marco regulatorio e ideológico. La cuestión que se plantea en este texto es ligeramente más atrevida: 
una vez comprobado que ciertos marcos regulatorios e ideológicos debilitaban estructuralmente a sus competidores, ¿se limitó China a observar o empezó también a reforzarlos? La influencia, en estos casos, rara vez es directa o fácilmente identificable. No se impone; se integra en los circuitos existentes. Aparece en la financiación de proyectos, en la colaboración académica, en los foros donde se fijan mar­ cos de debate. No dicta decisiones concretas, pero contribuye a definir qué decisiones resultan aceptables. En geopolítica, la influencia no se ejerce solo mediante presión directa. También opera a través del poder blando. Como se­ñaló Joseph Nye, «la mejor propaganda no parece propaganda». 
La influencia más eficaz no dicta políticas, moldea los marcos dentro de los cuales ciertas políticas se vuelven aceptables, como las climáticas, y otras, las que apuestan por el crecimiento y el progreso, impresentables. Aquí cabe preguntarse si el disparate del Net Zero es una iniciativa exclusivamente europea o si, en un momento dado, fue estimulada desde fuera.

Quizá la cooperación universitaria, la financiación de centros de in­vestigación, la presencia en think tanks, las inversiones estratégicas y las relaciones de excargos públicos europeos con corporaciones chinas forman parte de una estrategia orientada a crear entornos regulatorios y culturales favorables a los intereses de Pekín. Esto no implica un control absoluto ni una conspiración centralizada. Pero sí sugiere que, cuando determinadas narra­tivas (demonización de la industria, crítica moral al crecimiento económico, glorificación del empobrecimiento) coinciden de forma tan sistemática con las ventajas competitivas de una potencia exportadora como China, esa coincidencia no es mera casualidad, aunque se interprete como tal. China se­guramente no ha inventado la ideología que promueve el desmantelamiento industrial de Europa. Pero ha sabido aprovecharla reforzándola y comprando voluntades aquí y allá en el entorno de unas élites cada vez más desconec­tadas de la economía productiva y muy integradas en circuitos regulatorios transnacionales. Su mayor eficacia no reside en imponer su modelo, sino en normalizar ciertos supuestos. En conseguir que determinadas formas de intervención estatal, de control o de organización económica dejen de perci­birse como excepcionales. Cuando eso ocurre, la influencia deja de ser visible porque ya no necesita justificarse.

La influencia externa es muy eficaz cuando existe una vulnerabilidad interna previa:
complejo de culpa, fe tecnocrática, desprecio de la soberanía económica y una convicción dogmática de que las normas sustituyen a la estrategia. La pandemia mostró hasta qué punto esa fe había dejado a Europa y a Occidente en general a los pies de los caballos: 
cadenas globales opti­mizadas al milímetro, sin reservas, sin capacidad local para lo más esencial. La interdependencia global, presentada como antídoto contra el conflicto, se reveló también como un potentísimo instrumento de coerción. Cuando un modelo, por ejemplo, el de la Unión Europea, deja de ofrecer prosperidad, tiende a reforzar su legitimidad simbólica. Si no puede prometer prosperi­dad, promete virtud. Si no puede garantizar ascenso social, ofrece redención moral. El debate se desplaza así del terreno de la eficacia real al de la correc­ción ética. Las políticas ya no se discuten por sus resultados, sino por las intenciones morales que se les atribuyen. Quien cuestiona este enfoque es retratado como insolidario, ignorante, negacionista o peligroso. Este control no se impone mediante prohibiciones explícitas. Funciona a través de meca­nismos de estigmatización social, penalización profesional y, cada vez más, intermediación privada que introduce criterios normativos «creativos» allí donde antes bastaba con cumplir la ley. No hace falta que una opinión sea ilegal para que empiece a tener consecuencias laborales. financieras o reputacionales. Basta con que resulte contraria al clima moral dominante para que se justifique un linchamiento. De este modo, la obediencia no se impone formalmente, se incentiva; y la disidencia no se prohíbe, se convierte en una opción extremadamente costosa.

En los últimos años, criterios de reputación, ambientales y sociales han ido entrando, poco a poco, en decisiones tan básicas como conceder un crédito, contratar a alguien o permitir el acceso a determinados servicios. No suele hacerse mediante prohibiciones claras, sino a través de sistemas automáticos, valoraciones de riesgo y normas internas arbitrarias. El re­sultado es que opiniones perfectamente legales pueden acabar teniendo consecuencias económicas muy graves, aunque nadie llegue a reconocerlo abiertamente. El ciudadano ya no se relaciona con el poder solo a través del Estado. También lo hace, cada vez más, a través de grandes empresas y plataformas que, sin legislar, actúan como filtros de lo que es aceptable. La presión no adopta la forma clásica de la censura, sino la de pequeñas fricciones cotidianas: 
una cuenta que pierde visibilidad, una candidatura que no prospera, un contrato que no se renueva. Cosas difíciles de demos­trar y casi imposibles de atribuir a una causa concreta. El control más eficaz es, precisamente, el que no parece control, porque se confunde con el funcionamiento normal de la sociedad. El malestar no desaparece, pero se dispersa y se desplaza hacia los márgenes. Al no encontrar canales para expresarse dentro del marco dominante, se radicaliza o simplemente se silencia. Esa radicalización sirve luego como argumento para reforzar los mismos mecanismos de control que se presentaban como necesarios para evitarla.

Existe una tentación bastante extendida de ver el momento actual como el final inevitable de un ciclo: 
sociedades envejecidas, menos dinámicas, obligadas a aceptar que los años de crecimiento y prosperidad son cosa del pasado. Esta interpretación no es inocente: 
diluye la responsabilidad política en una especie de fatalismo acomodado. El declive no sería el resultado de decisiones concretas, sino de fuerzas históricas colosales y complejas frente a las que poco o nada puede hacerse. Pero las civilizaciones no pierden peso en el mundo por ciencia infusa. Lo pierden cuando dejan de confiar en los principios que las hicieron prosperar: 
iniciativa individual, inversión pro­ ductiva, innovación tecnológica, movilidad social y una idea de futuro que no se limita a gestionar lo existente, sino que aspira a mejorar el mañana. Administrar el retroceso no es una estrategia; es lavarse las manos. Durante siglos, el progreso no se vio como un exceso, sino como una responsabilidad. En palabras de Robert Nisbet, «la idea de progreso es, ante todo, la creencia de que el mañana puede y debe ser mejor que el hoy». Cuando esa convicción se traiciona, la política se convierte en gestión de la decadencia o algo peor.

La alternativa no pasa por nostalgias ni por regresos imposibles al pa­sado, sino por recuperar la convicción de que el crecimiento económico es la base material de la estabilidad social, de la libertad política y de la capacidad real de decidir el propio rumbo. Sin una base productiva sólida no hay transición tecnológica que funcione, ni integración social que se sostenga, ni soberanía que pase de las declaraciones a los hechos. El «gran reajuste» no significa el fin de la globalización, sino su transformación. Las cadenas de suministro seguirán siendo globales, pero tenderán a ser más cortas, más diversificadas y más alineadas con los intereses estratégicos. Devolver parte de la producción a casa, depender de socios fiables, mante­ner reservas y capacidad local para lo esencial. Nada de eso será barato ni inmediato. Exigirá aceptar costes hoy para ganar margen de maniobra ma­ñana. Y, sobre todo, exigirá decir la verdad: 
que la eficiencia sin soberanía acaba siendo una peligrosa forma de dependencia. En ese punto, la cuestión deja de ser exclusivamente económica o geopolítica. Pasa a ser, en sentido estricto, civilizatoria. No se trata solo de quién produce más, sino de qué modelo de sociedad se consolida y bajo qué condiciones se ejerce la libertad individual.

El «gran reajuste» no es un proceso neutro e indoloro. Tendrá ganadores y perdedores. La cuestión no es si el mundo será más competitivo. Ya lo es. La cuestión es si las sociedades occidentales, y muy especialmente las eu­ropeas, van a responder reforzando su capacidad productiva, su autonomía estratégica y su confianza en el progreso, o si van a perseverar en un modelo que convierte la renuncia en virtud y la dependencia en costumbre. Si ese es finalmente el camino elegido, el problema no será el reajuste global, sino la decisión de no plantar cara a sus efectos. Y eso no es una ley de la historia. Es una elección. Y, como toda elección, tendrá consecuencias.

Entrevistas en casa: Javier Benegas - La ideología invisible

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