EL Rincón de Yanka: FALACIA

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viernes, 3 de julio de 2026

ESCOLIOS A UN TEXTO IMPLÍCITO por NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA: UN VERDADERO REACCIONARIO INTELECTUAL

ESCOLIOS A UN TEXTO IMPLÍCITO

NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA


ESTE libro contiene una recopilación de escolios de Nicolás Gómez Dávila, pensador colombiano nacido en 1913 y muerto en 1994. Fueron publicados originalmente en tres entregas y cinco volúmenes entre 1977 y 1992, esto es, durante el último cuarto del siglo XX. Es una antología más bien personal, por lo que no garantizo que refleje objetivamente el conjunto de la obra aforística del autor, cuya existencia desconocía hasta que hace un par de años la profesora Amalia Quevedo me dio noticia de él durante una estancia en Bogotá. 

En el viaje de vuelta a España empecé a leer los Escolios a un texto implícito y fui marcando con estrellitas los que me impresionaron particularmente. Más tarde conseguí hacerme con las otras dos colecciones, Nuevos escolios y Sucesivos escolios, saboreándolas siempre con el lápiz en la mano. Lo que ahora tiene en sus manos el lector es el resultado de esta selección improvisada. Supongo que habré dejado fuera por inadvertencia algunas de las mejores sentencias, aunque estoy convencido de no haber introducido ninguna mala, porque Dávila sólo las tiene excelentes y óptimas. 
Para contrapesar mi caprichoso modo de proceder he ordenado los escolios por temas, en lugar de imitar la proteica mezcolanza original. Dejo constancia de que mis agrupaciones no implican ni presuponen ningún esquema interpretativo o sistemático. 

Como tantos otros lectores, fui deslumbrado por la sabiduría de estos textos. Descubrí en su autor un genio cáustico y sin embargo lleno de matices. Agresivo e inmisericorde con la estupidez y la hipocresía, es muy capaz de discernir y mimar cuestiones delicadas que la mayoría ignora o desprecia. Se dice a veces que el pesimista no es más que un optimista bien informado. 
Nuestro hombre, lisiado por un accidente deportivo y encerrado de por vida entre los atestados anaqueles de su biblioteca, fue una de las personas mejor informadas de su siglo, y por ende de las más pesimistas en lo que se refiere al entorno inmediato, tanto histórico como existencial. Ahora bien, en una perspectiva más amplia la cosa cambia, porque aunque no creyera en el hombre, tenía fe en Dios y su voluntad redentora. 

Gómez Dávila ya no es el perfecto desconocido de hace diez o veinte años. El entusiasmo de algunos estudiosos pioneros, entre los que figuran nombres de la talla de Mutis o Volpi, hace que poco a poco empiece a sonar. Alguien se ha atrevido incluso a perpetrar la designación de «Nietzsche colombiano». Cursilerías aparte, la fama alcanzada y por alcanzar tiene en este caso el mejor aval posible: no fue buscada ni facilitada por quien la detenta a título póstumo. 

Me contaron a este propósito una anécdota sabrosa: cierto individuo quiso hacerse con uno de sus manuscritos y consiguió que lo invitaran al domicilio del maestro. Nada más llegar manifestó abruptamente su deseo. Dávila le entregó las anheladas páginas sin dar mayor importancia al gesto, pero se asombró de que el visitante, botín en mano, quisiera marcharse sin tomar el café y las pastas con que había planeado obsequiarle. También me ha llegado un rumor (¡qué bonito si fuera cierto!) según el cual muchos de sus cuadernos fueron directamente a la papelera: 

no por prurito de perfección, sino por no querer dar a tales ejercicios la pretenciosa consideración de obra. Como Descartes en Amsterdam, Dávila vivía solitario en medio de una humanidad afanada en lo que le desinteresaba. Sus congéneres le preocupaban, pero se negaba a entrar en la universal dinámica mercantilista que han ido adquiriendo las relaciones humanas: 
«¿Para qué marcher avec son siècle cuando no se pretende venderle nada?». 
A todas luces consiguió lo que se había propuesto: ser un marginal de la época que le tocó en suerte. Y para ponérselo fácil a quienes entonces y ahora prefieran desertar de sus cavilaciones, asumió con vehemencia una etiqueta ultradetestada en los tiempos que corren: la de reaccionario. 

Muchos temerían como la peste adquirir semejante fama, otros procurarían al menos pasar desapercibidos. Dávila pechaba con el sambenito y todas sus consecuencias, haciendo gala de humor y hasta cierta condescendencia: «Los reaccionarios les procuramos a los bobos el placer de sentirse atrevidos pensadores de vanguardia». Cierto que, para sobrellevar la supuesta indignidad, eligió gratos e ilustres compañeros de viaje: Platón, Rousseau, Hume, Burke, Blake, Wordsworth, Balzac, Nietzsche, Baudelaire, Eliot... Asumir que uno es reaccionario implica desmarcarse de la historia, renunciar a la praxis en beneficio de la theoria«El progresista siempre triunfa y el reaccionario siempre tiene razón». 

En todo caso, Dávila rechazó ser homologado con opciones políticas conservadoras: «Si el reaccionario no despierta en el conservador, se trataba sólo de un progresista paralizado». Su opción distaba mucho de un simple posicionamiento frente a la izquierda: «Izquierdistas y derechistas meramente se disputan la posesión de la sociedad industrial. 

El reaccionario anhela su muerte». Diría que en el caso de Dávila declararse reaccionario —o sea, autoestigmatizarse— era parte del precio que estaba dispuesto a pagar para conquistar el derecho a hablar sobre nuestro mundo y civilización desde sus afueras. El colombiano pretendió ser para el Occidente del siglo XX lo que fue el Usbek de las Cartas persas para la Francia del XVIII: alguien venido de muy lejos que juzga sin parcialidad porque no es parte de la realidad examinada. Bien pensado, sin embargo, Usbek sólo era un Montesquieu déguisé. 

En cambio Dávila fue un occidental convencido de que Occidente ha traicionado sus raíces y pervertido sus ideales. Por fidelidad a la idea de Europa (no a los intereses de clase, a la esclerosis mental, o al ultramontanismo religioso) se desmarcaba de su actual dueño, el racionalismo burgués industrial y antirromántico, así como de todas sus secuelas, es decir, del noventa por ciento del espectro social, político, cultural y religioso del mundo contemporáneo. Grave decisión la suya, equivalente no al borrón y cuenta nueva, sino al borrón y marcha atrás. Atrás menos en el tiempo de la historia que en el espacio de posibilidades malogradas por la deriva de los últimos siglos. 

Supongo que a estas alturas del prólogo ya nos habrán abandonado los eufóricos del progreso, los amantes de taxonomías fáciles y los domésticos de las modas intelectuales. Ya sólo contamos con los que, en lo que se refiere a la direccionalidad del pensamiento, se preocupan más del arriba y el abajo, que de la derecha y la izquierda o el delante y el atrás. 

Si Gómez Dávila sólo fuera un plutócrata latinoamericano recalcitrante no valdría la pena leerle, porque ¿qué más nos da lo que resultara «avanzado» o «retrógrado» en su país hace treinta o cuarenta años? La problemática de este libro poco tiene que ver con la historia sociopolítica de los países andinos, y menos aún con el papel desempeñado en ella por su autor. Dávila, en efecto, rechazó los cargos políticos que le ofrecieron y desdeñó la posibilidad de convertirse en un «intelectual comprometido» con alguna de las causas en boga —por aquel entonces—. 

Si todavía hoy merece nuestra atención es porque evitó enredarse en la letra pequeña de la vida política y social, para atender a lo suyo: proponer una enmienda a la totalidad del proyecto moderno. Desde el «no-lugar» y «no-tiempo» en que supo colocarse formuló una gravísima acusación contra una época que, muy a su pesar, era suya: «Ningún siglo anterior presenció tantas matanzas en nombre de tan transparentes imposturas». 

¿Quién osará apelar contra esta sentencia después de todo lo que sabemos? En nombre de intereses capitalistas obsoletos e imperios coloniales caducos murieron millones en la Primera Guerra Mundial y en tantas otras de menor escala; en nombre de una estrategia supuestamente infalible para promover la justicia y la igualdad murieron millones en decenas de revoluciones socialistas a la postre siempre fracasadas; en nombre de la absurda idea de la superioridad de unas razas y la inferioridad de otras murieron millones en la Segunda Guerra Mundial; en nombre de patrias, banderas y falaces descolonizaciones murieron millones en cientos de pretendidos procesos de liberación nacional y mentidas guerras de independencia. 

Ciencia y tecnología han provisto generosamente de medios destructivos a todos los usuarios según sus apetencias. 
Un buen número de canallas y desaprensivos se han encumbrado casi sin esfuerzo a las supremas magistraturas de países grandes y pequeños. Luego han cometido con total impunidad los mayores latrocinios de que haya memoria. Tales son los hechos y sobre ellos cabe poca discusión. 

La controversia surge a la hora de endosar responsabilidades. Entonces rápidamente se diversifica el diagnóstico: unos crímenes (los de los «amigos») se rebajan a simples «errores» mientras otros (los de los «enemigos») se emplean como arma arrojadiza contra el prójimo. Así llegan a ser condenadas inofensivas prácticas en las que un fino olfato inquisitorial capta analogías tangenciales o lejanos parentescos con el mal a exorcizar. Verbigracia, cualquiera puede resultar «fascista», empezando naturalmente por Hitler, mientras Stalin o Pol Pot son desposeídos sin fatiga de su pretendido «comunismo». 

El ejemplo es fácilmente multiplicable, puesto que las estrategias demonizadoras no son exclusivas de una sola facción; más bien caracterizan a todas ellas. Es plausible, tras contemplar este sórdido panorama de acusaciones mutuas, simpatizar con quien al menos busca lejanas e inalcanzables plataformas para expender verdades y pergeñar pronunciamientos morales. Gómez Dávila tiene una amplia lista de fobias y no se recata a la hora de materializar desaprobaciones y condenas. No obstante, sus juicios se sitúan en un plano deliberadamente genérico: prácticamente afectan a todos, lo cual resulta tranquilizador en un aspecto e inquietante en otro. Dávila lo ha dicho con toda claridad, conjugándolo en primera persona para disipar equívocos: «A cierto nivel profundo toda acusación que nos hagan acierta». 

La generalización de la culpa puede servir para trivializarla o para dar con su único remedio. Podemos sentirnos exonerados, en cuanto que no somos más responsables que otros. Sin embargo, también cabe concluir que todos tendríamos algo que hacer al respecto, puesto que en cualquier mano está parte de la cura. Depende, en definitiva, de que uno decida vegetar en la superficie o ahondar, aunque no sea del modo y manera en que lo ha hecho Gómez Dávila. Si son muchos los enemigos combatidos por Dávila, a sabiendas de estar condenado de antemano al fracaso («La única ejecutoria de nobleza, en nuestro tiempo, es la derrota»), cuenta en cambio con muy pocos aliados. 
Pocos y a primera vista mal avenidos. Los dos más importantes: la fe y el escepticismo. Pero él no los ve enfrentados; opina más bien que se dan la mano: 
«Entre el escepticismo y la fe no hay conflicto sino un pacto contra la impostura». 

Muchos discreparán escandalizados, tal vez por no ser suficientemente radicales sobre el sentido y alcance del escepticismo. Lo cierto es que en la historia el escepticismo genuino ha sido un aliado natural de los que se oponían al empeño de trasmutar la razón en medicina universal. Es el caso de muchos hombres de fe y también de Nicolás Gómez Dávila. Existe no obstante el riesgo de acabar en el otro extremo, porque junto a los que rechazan dárselo todo a la razón están los que quieren otorgárselo a la fe. Pero ahí no encontraremos a Dávila, pues para él «creer es penetrar en las entrañas de lo que meramente sabíamos». 

Por sublime que sea el papel que desempeña, la fe no es a su juicio metástasis invasora ni le compete suplantar los déficits de las facultades humanas. Simplemente sirve para llegar a donde aquéllas jamás llegarían por sí solas. 
La pugna sólo es posible cuando alguno de los factores en juego se traviste en otro: «Nunca hubo conflicto entre razón y fe, sino entre dos fes». 
Dejo para otro momento el comentario sobre la presencia de la religión en los aforismos de Dávila. 

Insistiré ahora en la misión que asigna al escepticismo: convertirse en antídoto contra la hipertrofia de racionalidad que, siempre a juicio del pensador colombiano, constituye el pecado original de la época moderna. Aun no compartiendo los presupuestos ni aceptando las conclusiones, bastantes espíritus poco sectarios encontrarán sus críticas justas e incluso irrebatibles. 

Sin embargo, es probable que echen de menos la presencia de alternativas viables: Dávila ataca la razón por los muchos abusos que en su nombre se cometen, pero no parece aportar otros sustitutos que la fe de antaño o el despego del desengañado. Ahora bien, podría objetarse: si desaparecen filósofos y teólogos, ¿quién nos defenderá de los embaucadores? 

Del mismo modo, cuando ataca a muerte la democracia, el socialismo, el liberalismo, la tecnocracia burguesa, podremos quizá aprobar en parte su furia iconoclasta, pero ¿qué ofrece a cambio? ¿El feudalismo, la Edad Media, los privilegios del Ancien Régime

Algo así parece sugerir cuando proclama: «No soy un intelectual moderno inconforme, sino un campesino medieval indignado». 
Son objeciones importantes. Veamos qué cabe decir en defensa de Dávila. Por una parte, que él no es constructor de sistemas ni valedor de soluciones globales. Es ante todo un desenmascarador de las que sin serlo pretenden pasar por tales. 
También se postula, en este sentido, como defensor de la totalidad frente a los que se empeñan en parcelar la realidad sin tener ni idea de cómo coser después los retales. No hace falta ser un nostálgico para reconocer que hemos perdido muchas de las cosas buenas que atesoraba el pasado. 

Dávila pretende mantener viva la memoria de esos valores frente a un progresismo desaforado de optimismo ortopédico. Por otro lado, su reivindicación del mito, de la religiosidad, de las fuentes cognoscitivas alternativas, incide en la tarea histórica más urgente a que nos enfrentamos en los albores del tercer milenio: superar de una vez por todas la modernidad. Lo más llamativo a este respecto es que da pistas transitables hacia un futuro programa que nada tiene que ver con el postmoderno, el único que hasta ahora se ha ensayado a gran escala y por cierto sin demasiado éxito. 

¿Cuáles serían esas pistas? Sospecho que bastantes de sus furibundos ataques a la democracia o a la racionalidad modernas podrían ser transformados en criterios para mejorarlas. Al menos, parece preferible intentarlo que defenderlas tal como son ahora con argumentos capciosos. Decir que la democracia —a pesar de lo corrupta que resulta su práctica cotidiana— o la razón —aunque sufra una degeneración elefantiásica— son maravillosas porque no disponemos de otros métodos operativos para gestionar la política y el conocimiento, puede resultar aceptable desde un punto de vista pragmático. Pero como argumento es inconsistente y tiene el efecto perverso de obstaculizar la búsqueda de soluciones mejores o —si se quiere— más evolucionadas. 

Gómez Dávila dice muchas cosas interesantes sobre piedras olvidadas por los constructores de la nueva torre de Babel, cuya recuperación contribuiría a mantener en pie el edificio y tal vez evitar que se vuelva a producir una nueva confusión de las lenguas. Dado que la democracia es la vaca sagrada más intocable de nuestra cultura y que guardamos mal recuerdo de las últimas pruebas ensayadas para ordenar la sociedad de otra manera, las agrias descalificaciones davileñas no cuentan con la aprobación de los rectores de la opinión pública. 

A pesar de ello, nuestras democracias precisan con mayor urgencia solución a sus problemas que inquebrantables adhesiones a su ejecutoria. En ese sentido, un reaccionario puede prestar más ayuda que cien turiferarios. Dávila advierte, por ejemplo: «Entre los vicios de la democracia hay que contar la imposibilidad de que alguien ocupe allí un puesto importante que no ambicione». 

La observación es atinada y debería ser tenida en cuenta por legisladores y constitucionalistas. Lo mismo ocurre con esta otra, que revela un desfallecimiento en las convicciones aristocratizantes del colombiano, pero que debiera inquietar también a sus adversarios: «El sufragio popular es hoy menos absurdo que ayer: no porque las mayorías sean más cultas, sino porque las minorías lo son menos». Con muchos «enemigos» así las democracias actuales tendrían mejor futuro que con tantos «amigos» empeñados en agusanarlas por dentro. 

Yendo un poco más al fondo del asunto, hay en el pensamiento de nuestro autor una preocupación constante que explica muchas de sus críticas a la cultura, política y filosofía reinantes. Y es que en ellas todo resulta demasiado abstracto: «Hasta el bien y el mal son anónimos en el mundo moderno». 
Hemos insistido demasiado en valores que permiten la coexistencia de diversidades sin resolver las tensiones que implican: tolerancia, multiculturalidad, antidogmatismo, respeto a la diferencia. Todo eso está muy bien, pero sólo como primer paso: debo respetar a mi vecino aunque no piense como yo. De acuerdo. Pero, una vez asegurado el respeto mutuo, debo aprender a hablar con mi vecino para darme y darle la oportunidad de convencernos uno a otro, lo cual nos permitirá ganar a ambos y caminar de la mano hacia un mundo mejor. 

Tarea nada fácil, ya lo sé. No obstante, si nos conformamos con la primera parte del programa y posponemos indefinidamente la segunda, llega un momento en que ésta desaparece para siempre de nuestras expectativas. Así se obtiene un mundo ayuno de sustancia, hueco, frágil, expuesto a los cantos de sirena de los que ofrecen colmar vacíos a costa de reprimir diferencias. El fantasma de la intolerancia renace precisamente donde creíamos haberlo conjurado para siempre. 
Y es que la bipolarización del sistema cultural obedece en realidad a un esquema hilemórfico (materia y forma): los valores que fomentan el respeto a la diversidad son formales; los que promueven principios de solidaridad sobre la base de identidades compartidas, materiales. 

Deberíamos, como buenos aristotélicos, tener presente que el esquema exige una buena integración de materia y forma, en lugar de bascular entre el vacuo formalismo hipercrítico y el brutal dogmatismo fundamentalista. Ya no se trata como antes de un choque entre culturas, sino de un problema interno que afecta a todas ellas. 

La actitud con que Gómez Dávila encara este contencioso resulta más sofisticada de lo que parece a primera vista. No es ni mucho menos un ultramontano del catolicismo ortodoxo. Ha leído y meditado todas las obras fundamentales de la tradición occidental, sin excluir los filósofos modernos y los teólogos liberales contemporáneos. 
Cuando confiesa: «Mis convicciones son las mismas que las de la anciana que reza en el rincón de una iglesia», no se está reafirmando en la «fe del carbonero»: sugiere que hay algo en la piedad de la beata que la filosofía y la teología radicales no han conseguido superar; quizá ni siquiera atisbar. De ahí su lúcida detección de un punto que desatendieron todos los epígonos de Kant: «A las éticas formales el diablo acaba dándoles el contenido». 

¿Quién puede describir mejor lo que ocurre cuando los miembros de Al Qaeda se comunican entre sí a través de internet o utilizan teléfonos móviles para sincronizar sus ataques? De no bastar lo dicho para disuadir al lector de la idea de despachar a Gómez Dávila con sarcasmos y etiquetas, renuncio a conseguirlo. Si, en cambio, se decide a dejar aparcada por un rato la manía de los rótulos, prepárese para una de las incursiones más estimulantes que hoy por hoy cabe hacer en el mundo de las ideas.

¡Buen provecho!




Los Escolios se condensan y aglutinan en torno a los eternos problemas de la filosofía: Dios, el alma, el mundo. En fin, todo espíritu vive de pocos temas y el talento del autor está en su hábil e inimitable orquestación. Siguiendo su método puntillista -combinado con un escandaloso dogmatismo y al gusto de la provocación sistemática-. Nicolás Gómez Dávila recoge estos temas en una visión sombría y desilusionada, pero lúcida e iluminadora del desolado paisaje de la Modernidad y de sus dudas nihilistas. No es que él se complazca en naufragar en un cupio dis­solvi. Al contrario, él pretende atestiguar, entre las ruinas, una verdad imperecedera, a la que su existencia se aferra:

«No pertenezco a un mundo que perece. Prolongo y trasmito una verdad que no mucre:. (Escolios JI, 858). Por eso él ataca con furor iconoclasta -con la denuncia, la sátira, la paradoja- la Modernidad entera, sus ideales, sus principios, sus presuntas conquistas sociales y políticas. Pues «nuestros odios son la exacta medida de nuestro rango» (Notas, 323).

El resultado es un antimodernismo inflexible e intransigente, que brota de la inamovible convicción de que la humanidad cayó en la historia moderna como un animal en una trampa:. (Escolios JI, 833). A la vez esta convicción se basa en un análisis histórico tan sencillo y esencial como contundente: 
«El mundo moderno resultó de la confluencia de tres series causales independientes: la expansión demográfica, la propaganda democrática, la Revolución industrial» (Sucesivos escolios, I 386). Esto desemboca en la barbarie de la humanidad actual, que «destruye más cuando construye que cuando destruye» (Escolios I, 261). Por tanto, no hay que hacerse ilusiones: 
«Los Evangelios y el Manifiesto Comunista palidecen; el futuro está en poder de la Coca-Cola y la pornografía» (Sucesivos escolios, 1404). 

La Modernidad ha abierto las puertas de par en par al ingreso triunfal en la historia a los tres enemigos más radicales del hombre: «el demonio, el Estado y la técnica» (Escolios Il, 514). El demonio porque es la perversión de la trascendencia. El Estado porque cuanto más crece más disminuye al individuo. Y la técnica por ser una permanente tentación de lo posible. Todo esto basado en una espantosa conjetura: «El Anticristo es, probablemente, el hombre» (Escolios I, 264).

Nicolás Gómez Dávila, que cuenta entre sus propios antepasados con Antonio Nariño, el traductor al español de los Derechos del hombre de Thomas Paine, se confiesa reaccionario con orgullo consciente. Pero la suya no es una reacción en el usual sentido político del término, demasiado débil y permisivo desde su intransigente punto de vista. Es cierto que entre los volúmenes de su biblioteca se encuentran, en primera fila, los escritos de Justus Möser, el padre del conservatismo rural, y la edición rusa de las obras completas de Konstantin Leont'ev, celebre fustigador del «europeo medio» como instrumento e ideal de la destrucción universal. Además de Joseph de Maistre, Donoso Cortés y otras fuentes del pensamiento reaccionario que lo han acompañado desde su juventud parisina, tales como Maurice Barres y Charles Maurras, de quienes se podría averiguar la influencia en su formación.

Los Escolios aparecen como una caleidoscópica variación sobre el tema de la reacción, que delincan y circunscriben hasta enfocarlo: 
«La única pretensión que tengo es no haber escrito un libro lineal, sino un libro concéntrico» (Nuevos escolios II, 1255). Sin embargo, el término «reaccionario» asume aquí un significado de principio, absoluto: reaccionario es aquel que está en contra de todo porque no existe ya nada que merezca ser conservado. En este sentido el reaccionario -que no es un soñador de pasados aboli­dos, sino cazador de sombras sagradas sobre las colinas eternas»- se considera mucho más radical que el conservador: 

«El reaccionario no se vuelve conservador sino en las épocas que guardan algo digno de ser conservado» (Escolios II, 496). Por lo tanto, se debe constatar: Hoy no hay por quien luchar. Solamente contra quien (Escolios Il, 642).

Ahora bien ¿cuáles son concretamente los adversarios de la reacción, aquellos de quien ella vive y se alimenta? Es claro, son: «el entusiasmo del progresista, los argu­mentos del demócrata, las demostraciones del materia­ lista» (Escolios II, 783). Son, en resumen, las ideas sobre las cuales la Modernidad ha construido aquella religión an­tropoteísta que se conoce bajo el nombre de «democra­cia». 

También aquí hay que llamar la atención sobre la acepción del término: con el vocablo "democracia" designamos menos un hecho político que una perversión me­tafísica» (Escolios II, 804). Vale decir: la democracia moderna es para Nicolás Gómez Dávila la teología del hombre-dios, ya que ella asume al hombre como Dios y de este principio deriva sus normas, sus instituciones, sus realizaciones. Pero «si el hombre es el único fin del hombre, una reciprocidad inane nace de ese principio como el mu­tuo reflejarse de dos espejos vacíos" (Escolios I, 79). 

Son igualmente inaceptables para Nicolás Gómez Dávila las recaídas de tales vacuidades sobre el plano político. Por ejemplo, el convencimiento de que la democracia sea el mejor sistema de gobierno. Al contrario, ésta parte de un punto de vista equivocado: 
»El error del pensamiento democrático: atribuir a cada individuo la totalidad de los atributos propios al concepto del hombre» (Notas, 278). De aquí, no se pueden derivar sino consecuencias erradas:

«La democracia es el sistema para el cual lo justo y lo injusto, lo racional y lo absurdo, lo humano y lo bestial, se determinan no por la naturaleza de las cosas, sino por un proceso electoral»; (Notas, 300). Además, «los demócratas describen un pasado que nunca existió y predicen un futuro que nunca se realiza» (Escolios ll, 796), y esto hace que las «democracias empíricas viven alarmadas tratando de eludir las consecuencias de la democracia teórica» (Escolios ll, 796). 

En resumen, su inconsistencia teórica produce una infinidad de debilidades empíricas: «Mientras más graves sean los problemas, mayor es el número de ineptos que la democracia llama a resolverlos» (Escolios I, 85). 
La única conclusión coherente nos constriñe a la lacónica constatación: «Vox populi... vox, et praeterea nihil». O sea: «La voz del pueblo... es una voz, y nada más» (Notas, 132).

Otra diana predilecta de Nicolás Gómez Dávila es el ideal de la igualdad: «Los hombres son menos iguales de lo que dicen y más de lo que piensan» (Escolios I, 432). Y "Si nacieran iguales, inventarían la desigualdad para matar el tedio» (Escolios ll, 711). Hoy además, teniendo en cuenta los efectos de la sociedad metropolitana de masas, constatamos la amarga previsión de sus hipótesis: 
«El cristal de la civilización es fusible a una determinada densidad demográfica» (Escolios !, 794). Por lo tanto: »Las jerarquías son celestes. En el infierno todos son iguales» (Escolios ll, 774). Por esta razón «sólo la muerte es demócrata» (Escolios!,438).

Nicolás Gómez Dávila lanza su crítica asimismo contra todas las ideas políticas de las cuales puedan derivarse ideales y, por tanto, ideologías: pues »todo individuo con "ideales" es un asesino potencial» (Escolios I, 321). Un anatema especial merece el marxismo, aunque »Marx corona el ateísmo vulgar de su época con un gesto de orgullo metafísico» (Notas,192). Y por consiguiente la ideología comunista: «El comunismo se ha vuelto iglesia, su doctrina dogma, sus congresos concilios, excomuniones sus expulsiones, heréticos sus disidentes y absolutismo papal su gobierno» (Notas, 193). Y al fin la socialista: 

"El socialismo es la filosofía de la culpabilidad ajena" (Notas, 329). La ideología aristocrático-liberal es la única que aparentemente se salva de la condena general: «Ninguna especie política me seduce tanto como la de esos aristócratas liberales, cuyo agudo sentido de la libertad no proviene de turbios anhelos democráticos, sino de la conciencia inalterable de la dignidad individual y de la lúcida noción de los deberes de una clase dirigente. Tocqueville es su más noble representante» (Notas, 245).

Otro blanco de sus dardos es la confianza moderna en la perfectibilidad del hombre y en el mito del progreso. A la que él contrapone una desconsoladora pero ineludible constatación: después que «sustituyó el mito de una pretérita edad de oro con el de una futura edad de plás­tico» (Escolios ll, 525), la humanidad »va de la mediocridad al horror y del horror a la mediocridad»(Notas,79).

Menos evidente, pero no menos decidida, es su crítica a la ciencia y a la técnica. No tanto por lo que ellas son y representan en la visión moderna del mundo, sino por la ingenuidad que han favorecido: »El hombre está creando un mundo poroso a su acción. Ya parece que a la voluntad humana nada resiste, y como en las viejas profecías milenarias quizá veremos florecer los desiertos. Pero es aquí, cuando parece que se aproxima el cumplimiento de las más antiguas esperanzas, que surge desde el vago limbo, donde un Prometeo progresista la había remitido, la máscara la­mentable de la tragedia humana. 

La ciencia se ha revelado milagrosamente capaz de enseñarnos cómo se hacen las cosas, pero incapaz radicalmente de decirnos lo que debe­mos hacer» (Notas, 199). El resultado es evidente: la máquina moderna es siempre más compleja, y el hombre siempre más elemental.

Esta insostenible dualidad, la discrepancia entre el »saber hacer» y el «¿qué hacer?:., se vuelve en pretexto para una crítica llevada al plano universal, filosófico: »La ciencia es una ontología monista, irracional, contingente y sin sentido» (Notas, 47). En cuanto al realismo en el que ella está basada en gran parte, Nicolás Gómez Dávila lo liquida con un golpe bajo: «Haber estado enamorado basta para refutar todo realismo epistemológico» (Notas, 263). 

En lo que se refiere a la técnica y sus sacerdotes, su sarcasmo no es menos tajante: »Los técnicos son como los gusanos que, sin saber cómo, producen seda» (Notas, 230). Al hacer un balance tan hostil y cáustico de la Modernidad, no sorprende que el reaccionario auténtico llegue a una conclusión intransigente: »Todo hombre auténticamente moderno que no se suicida a los cuarenta años es un imbécil» (Notas, 272). 

Aún más, en un escandaloso crescendo declara: «Razón, Progreso, Justicia, son las tres virtudes teologales del tonto» (Escolios ll, 620). No hay que sorprenderse si, siguiendo este camino radical, se llega, fatalmente, a una forma de vida y de pensamiento insular. Solamente si se mantiene una posición solitaria es posible evitar el compromiso y la contaminación: «La lucha contra el mundo moderno tiene que ser solitaria. Donde haya dos hay traición (Escolios ll, 666).

Nicolás Gómez Dávila fue uno de los pensadores colombianos más originales y provocadores del siglo XX. Sus reflexiones resultan más actuales que nunca en una época marcada por internet, las redes sociales y el acceso inmediato a una cantidad casi infinita de información, gran parte de ella superficial, falsa o de escaso valor.
¿Todo avance representa una verdadera evolución? Reflexionamos sobre una sociedad capaz de construir máquinas cada vez más rápidas, mientras confunde información con conocimiento, opinión con pensamiento y novedad con verdad.
Una crítica al progreso convertido en dogma y a la creencia de que todo lo nuevo nos hace necesariamente más sabios.
📜 Contexto histórico: Nicolás Gómez Dávila nació en Bogotá en 1913, en el seno de una familia aristocrática. Autodidacta incansable, dominó varias lenguas y leyó a los grandes pensadores en sus textos originales.
Reunió una extraordinaria biblioteca de más de treinta mil volúmenes, entre ellos ediciones raras e incunables. Aquella biblioteca fue su refugio personal y también un punto de encuentro para figuras como Mutis, Lleras, Téllez, Laserna y Volkening, que acudían para conversar y escuchar el juicio de un hombre al que muchos ya trataban como a un sabio.
Tras su muerte en 1994, gran parte de aquella colección fue adquirida por la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá, donde hoy se conserva como el Fondo Nicolás Gómez Dávila.
Johann Sebastian Bach ocupó un lugar privilegiado en su sensibilidad musical. En su obra aforística Notas, Gómez Dávila describió su música como un universo completo, perfecto y autónomo: un verdadero objeto estético puro.
🎙️ Nota de Transparencia: Imagen y voz generadas con inteligencia artificial con fines culturales y divulgativos.



Nicolas Gomez Davila Escolios a Un Texto Implicito by juandelaerre

viernes, 19 de junio de 2026

LIBRO "LA INVOLUCIÓN DEL SIGLO XXI": DE HOMOSAPIENS A BONOBOS CON TECNOLOGÍA por A. CARLOS GONZÁLEZ


LA INVOLUCIÓN 
DEL SIGLO XXI
DE HOMOSAPIENS 
A BONOBOS CON TECNOLOGÍA

UNA CRÍTICA TAN DESPIADADA COMO NECESARIA 
DE LOS PRINCIPALES PROBLEMAS 
QUE AFECTAN A LA SOCIEDAD ACTUAL

EL PROGRESO SE HA DECONSTRUIDO, 
LOS VALORES SE HAN PERDIDO, 
EL ODIO SE HA IMPLANTADO


Podemos definir la involución como la detención y/o retroceso de una evolución, tanto si ésta es biológica, económica, cultural, política o social. En el último siglo se han producido más avances —a todos los niveles— que en toda la historia de la humanidad, pero existe una alta probabilidad de que en los anales de la historia se hable del siglo XXI para explicar cómo se produjo una de las mayores involuciones de la humanidad.

En el año 2004, las redes sociales entraron en escena. Al mismo tiempo, el movimiento feminista cobró fuerza, se aprobó la Ley Integral contra la Violencia de Género y comenzaron a darse toda una serie de eventos imprevistos. Las relaciones comenzaron a dañarse y el número de nuevos matrimonios comenzó a descender al mismo tiempo que los divorcios se comenzaron a disparar.

En los siguientes años llegaron los teléfonos inteligentes, y las redes sociales cambiaron su estrategia con el fin de obtener más ingresos, comenzando a gestar un problema que nunca antes ha experimentado la humanidad. Las personas comienzan a ser víctimas de este nuevo entorno, al mismo tiempo que comienzan a surgir discursos de odio entre hombres y mujeres como nunca antes se había visto. El periodismo desaparece por completo y ya sólo busca manipular la información y transformar las noticias convirtiéndose en parte del problema.

En el año 2015, por primera vez, el número de divorcios comienza a superar el número de nuevos matrimonios, coincidiendo con un aumento considerable de enfermedades de transmisión sexual. El porqué esta observación es importante, únicamente es para entender un proceso involutivo que ya ha vivido el humano en varias ocasiones y que nos avisa del inicio de un ciclo. Por otra parte, el concepto de belleza mínima estándar se vuelve preocupante por culpa, nuevamente, de las redes sociales. Los problemas relacionados con la salud mental se disparan de forma alarmante. La sociedad del siglo XXI se sumerge en una involución social disfrazada de progreso. Y estamos a tiempo de revertirlo.

A lo largo de este ensayo, sustentado en la biología, psicología y antropología, confrontaremos algunas de las principales ideas que nos están dirigiendo a abrir puertas que deberían permanecer cerradas.
  • Analizaremos a fondo la idea de deconstruir el matrimonio, la destrucción del concepto de familia y el fin de la monogamia, pues en el siglo XXI es el camino hacia el que nos dirigimos, y acabaremos pagando las consecuencias. Eso que algunos llaman "tradiciones anticuadas" es lo que ha mantenido viva a nuestra especie, siendo también lo que nos ha hecho progresar como sociedad. Ya dejamos de ser bonobos.
  • Veremos los motivos de esta guerra sin sentido entre hombres y mujeres.
  • Hablaremos de cómo los algoritmos y redes neuronales están destrozando (literalmente) nuestro cerebro y nuestra forma de vida en lo que es el mayor experimento en tiempo real y a escala masiva que el mundo haya conocido.
  • Analizaremos los peligros del nuevo estándar de belleza y de los problemas que está ocasionando en nuestros jóvenes y no tan jóvenes.
  • Y por supuesto, analizaremos desde varios ángulos las políticas de género y otros asuntos.Además encontrarás.¿Por qué los senderistas de Tinder tienen más probabilidad de contagiarte una ETS?
  • Conversaciones filosóficas con una prostituta.
  • ¿Por qué ellas siguen buscando hombres con dinero a pesar de que son económicamente independientes?
  • ¿Por qué no funcionan ni funcionarán las relaciones sexualmente abiertas?
  • y mucho más...
Hoy en día, tanto lo superficial como lo material están a la orden del día. El mundo seguirá girando en la dirección correcta gracias a esas mujeres que rechazan las locas ideas de odio y desunión que promueven este tipo de movimientos. La toxicidad se ha instalado en las altas esferas de la sociedad y pretende arrasar con todo sin importarle las consecuencias. No demos lugar a ello.

Me ha sorprendido la forma en que ha ido enlazando los diferentes estudios antropológicos para terminar llegando a conclusiones psicológicas. Si bien se nota que Carlos ha hilado para llegar a la conclusión deseada lo ha logrado hacer con maestría, de forma que como él mismo dice, «podrás estar de acuerdo o no, pero te costará refutarlo con coherencia». En este libro nos advierte de los peligros futuros de romper las relaciones sexoafectivas y el concepto de familia, del daño cerebral que están produciendo las redes sociales y las redes neuronales, de los peligros de estándar de belleza actual y otras muchas hipótesis que ha elaborado. Buen ensayo donde condensa de forma precisa, amena y al grano, sobre los principales problemas que se encuentran en la sociedad actual.
Y efectivamente, si nos dejamos arropar por las nuevas tecnologías e ideologías sin sentido crítico, simplemente nos involucionaremos de forma irreversible, tal como se plantea, aún estamos a tiempo de revertirlo.

Para Tenenbaum, al igual que para la escritora Virginia Woolf y Kate Millet, el matrimonio y las relaciones sexoafectivas son un constructo social reciente que oprime a la mujer. Este discurso parte de la premisa de que, en la prehistoria, las relaciones eran abiertas y polígamas. El matrimonio únicamente es una invención reciente cuyo propósito es poseer, dominar y oprimir a la mujer, pues la misión de la mujer ha sido la de corresponder y satisfacer los deseos de su marido, mientras que el marido podía mantener relaciones sexuales con otras mujeres sin que la mujer le pudiera reprochar absolutamente nada. La mujer simplemente aceptaba esta conducta del hombre. También se habla de esas épocas en las que los matrimonios eran en su mayoría por conveniencia y la mujer era obligada a casarse con un hombre que ella no había elegido. Es cierto que estas situaciones se han dado. En pleno siglo XXI ya no podemos comprar la teoría de ese feminismo marxista que relacionaba la monogamia con la opresión hacia la mujer, donde el matrimonio era comparable a la relación entre el capitalista (hombre) y el obrero (mujer).

Hoy en día ambas partes pueden decidir deshacer un matrimonio sin dar explicaciones; ni marido ni mujer están obligados a permanecer en esta unión por hipocresía o por guardar las apariencias; la mujer no está obligada a aguantar que su marido tenga relaciones extramaritales a cambio de comida, casa y validación social. El hombre es libre. La mujer es libre. Ambos miembros de la pareja pueden decidir quedarse o marcharse. Ahora existe otro discurso que podría partir de una base algo más egoísta. Para Tamara y un amplio grupo de mujeres y hombres, tener una relación de pareja estable monógama únicamente significa que te estás perdiendo la oportunidad de estar con otras personas; podrías perderte la oportunidad de estar con alguien mejor; podrías perderte la oportunidad de disfrutar mucho más. La relación perfecta, según la literatura feminista actual, sería tener una relación afectiva estable, pero al mismo tiempo, que la relación sea abierta sexualmente. Es decir, tener un novio o novia —marido o mujer—, pero si te apetece tener sexo con otra persona, hacerlo con total libertad.

Hoy día, un gran porcentaje de personas han incorporado el hábito de consumismo extremo al terreno de las relaciones. De la misma forma que consumimos productos, ahora consumimos personas. La pregunta sería si, al igual que ocurre con el consumismo desmedido—que no aporta más felicidad—, cuando consumimos personas de forma desmedida, ¿somos capaces de encontrar más felicidad? En principio, los niveles de infelicidad en las personas promiscuas nos indicaría que no. Debemos comprender que una de las cosas que está predominando en la sociedad del siglo XXI es el egoísmo de las personas y la búsqueda del placer inmediato y, a menudo, sin detenerse a pensar en las consecuencias. Tampoco estamos dispuestos a hacer ningún tipo de sacrificio si ese sacrificio conlleva perdernos algo de placer. Lo queremos todo; no queremos perdernos nada.
n tocarse, dormir, tener sexo y comer, los humanos tenemos ciertas obligaciones, incluso ciertos propósitos de vida, por lo que para fomentar las relaciones abiertas
A diferencia del chimpancé o el bonobo, cuyas únicas preocupaciones so, éstas deben sustentarse en otro tipo de discurso que no sea únicamente decir que la monogamia no está en nuestra naturaleza. Porque posiblemente la única naturaleza del ser humano sea la supervivencia, y fue debido —precisamente— a esa naturaleza de supervivencia que nuestros antepasados eligieron la monogamia. De lo contrario, en estos momentos seguiríamos haciendo lo mismo que hacen los bonobos.

Las relaciones abiertas surgen para darle una solución al desgaste que produce la pareja monógama estable. Estas personas piensan que la pareja durará más si normalizan el hecho de que pueden tener sexo con otras personas, teniendo fuera de casa lo que ellos consideran que va a fallar dentro de casa, pero en mucho casos, se acaban dando de bruces con la realidad. Y es que, además de los problemas que mencionamos en el apartado anterior, aquí surge otro problema. Las parejas abiertas tienen solucionado el problema del sexo, pero no solucionan los problemas que acarrea la convivencia ni solucionan los problemas que tenemos como seres individuales. Finalmente, este tipo de parejas acaban siendo almas libres sexualmente que conviven como compañeros de piso que, de vez en cuando, mantienen relaciones sexuales entre ambos (compañeros de piso con derecho a sexo). Pero no desaparecen los problemas que tienen las parejas monógamas, como es el hecho del reparto de tareas, el cuidado de los niños— en caso de que existan—, el carácter y personalidad de los partícipes, así como posiblemente, nuevas discusiones por este estilo de relaciones sexualmente abiertas. Esta situación es mucho peor en las relaciones poliamorosas, donde ya no es únicamente una cuestión de sexo abierto, sino que en este caso, también es una relación abierta afectivamente. En este tipo de relaciones “a tres” o más, existen —eso sí— unas claras ventajas, como puede ser un mejor y efectivo reparto de tareas y una mayor contribución económica al núcleo familiar. El problema de estos matrimonios poliamorosos es una cuestión de sentido común y matemáticas. Supongamos que una mujer está conviviendo con dos hombres. En una relación monógama, encontraríamos las discusiones típicas entre marido y mujer. Es decir, el marido puede tener ciertos problemas con su mujer y la mujer puede tener ciertos problemas con el marido. Evidentemente, al haber otro miembro más dentro de la relación, el problema se duplicaría.

Los hombres denominados INCEL (Celibato Involuntario), una subcultura que nace del resentimiento hacia la mujer, debido a que estos hombres tienen serias dificultades para mantener relaciones románticas y sexuales con mujeres. Según ellos, las mujeres se han vuelto demasiado exigentes y no logran atraer el interés de las féminas. Algunos simplifican el mensaje de esta “comunidad”, reduciéndolo a algo tan simple como: “Están molestos porque no consiguen follar”. Pero lo cierto es que su molestia va más allá del sexo. En realidad les duele la carencia afectiva.

Podríamos definir la hipergamia como el acto de buscar una pareja o cónyuge de mejor nivel socioeconómico que ella, es decir, una mujer buscaría una pareja que, como mínimo, tenga los mismos ingresos que ella, pero, preferiblemente, por encima de su nivel. En el caso del hombre, si éste tiene un nivel socioeconómico alto, la hipergamia consistiría en el interés de este hombre por una mujer que, independientemente de su nivel de ingresos, sea de un atractivo físico superior —o más juventud y belleza— que él mismo. Traducido a un lenguaje sencillo y coloquial— de la forma que circula en la actualidad por las redes sociales—, una mujer guapa sólo estaría interesada en un hombre con más dinero que ella, mientras que un hombre con dinero únicamente estaría interesado en una mujer más guapa y/o más joven. La mayoría de mujeres niegan que se fijen en el nivel de ingresos de un hombre a la hora de elegir pareja. Y posiblemente sea cierto, al menos el hecho de que lo hagan de forma totalmente consciente, racional y deliberada.

Posiblemente Tinder sea la aplicación de citas líder del momento, con más de 100 millones de descargas únicamente en la Play Store, y más de 50 millones de usuarios activos que cada semana interactúan deslizando su dedo hacia la izquierda o hacia la derecha en la búsqueda de ese deseado Match. Si bien la idea original de esta aplicación es que puedas encontrar el amor, todo indica que la mayoría de los usuarios —aun no descartando que se pueda encontrar pareja— la usan para tener encuentros sexuales (algunos de ellos ni siquiera saben que la usan con estas intenciones y lo descubren una vez que únicamente están teniendo encuentros sexuales). Muchas mujeres se quejan de que algunos hombres les entren directamente con sus intenciones sexuales cuando reciben un match, pero, posiblemente, estos hombres entren de esa manera, debido a que les ha funcionado con otras mujeres. 

En 2014 llegué a la conclusión de que en una aplicación de citas es más fácil quedar para practicar sexo que para tomarse un café. Y por desgracia, en 2022 es aún más fácil—más fácil tener sexo, más difícil encontrar algo serio—. Y también es cierto que la gente ahora miente bastante más. El mayor problema del VIH es que un alto porcentaje de los seropositivos no saben que son seropositivos, por lo que mantienen relaciones sexuales con otras personas dentro de la nueva moda sexual, que no deja de ser variada y desprotegida. Esto respondería a la pregunta que hacíamos en el apartado anterior: 
¿Importa la conducta y hábitos sexuales de una persona con la que vas a tener encuentros sexuales? Importa desde muchos puntos de vista, pero para este punto en cuestión, importa bastante. Con el uso de protección —preservativos en este caso— es cierto que eliminamos gran parte del riesgo, aunque no el 100% en la mayoría de enfermedades de transmisión sexual. En el caso del VPH, el preservativo es donde menos practicidad encontramos, pues los propios fluidos y roce de piel con piel pueden ser suficientes para contagiarte. De hecho, aunque poco probable, no es del todo descartable que una persona se pueda contagiar incluso con besos profundos. 

En este sentido, no todos los científicos se ponen de acuerdo. Algunos dicen que sí existe posibilidad, mientras que otros aseguran que la probabilidad es nula. Si algo debemos saber con respecto a la ciencia es que nunca existe el 100% de certeza en algo. Según las investigaciones, las mujeres (al igual que los hombres) son más propensas a tener sexo sin protección con una persona atractiva. Si a ésto le añadimos que, además, esa persona lleva —o aparenta llevar— un tipo de vida saludable, nuestra cabeza automáticamente descarta la idea de que esa persona pueda ser portadora de alguna enfermedad de transmisión sexual, por lo que la mujer bajará la guardia a la hora de protegerse en sus relaciones sexuales; algo que no haría, en la mayoría de los casos, con una persona físicamente menos atractiva o con un tipo de vida menos saludable. Y aquí es donde olvidamos que las enfermedades de transmisión sexual no entienden de atractivo físico, y únicamente entienden de cuántas veces has tenido sexo de riesgo con otras personas que eran portadoras de alguna ETS. A mayor actividad sexual, mayor probabilidad de dar con una persona que en ese momento esté infectada por alguna ETS, y por tanto, mayor probabilidad de ser infectado.

En la actualidad (2022), Internet —con las redes sociales al frente— se ha dividido en dos claros bandos. Por una parte, el discurso feminista radical donde se muestra un odio jamás antes visto hacia los hombres, tachándolos de potenciales violadores y maltratadores. Por otro lado, esos hombres que, viendo el panorama y los discursos de odio de las mujeres hacia los hombres, deciden combatirlo con el mismo odio. Artículos y vídeos virales en ambos sentidos donde se parte de una peligrosa deducción: la generalización de géneros. “Todas las mujeres son…” y “todos los hombres son…” Todo sea dicho de paso, aquí el problema también se debe a los vendedores de odio. Un hombre y una mujer no son iguales. Es más, no deberían serlo, pues gracias a eso, se ha mantenido viva nuestra especie. Las primeras diferencias entre ambos géneros, como ya hemos visto, tienen mucho que ver con la biología, y otras muchas diferencias sí que podrían estar interpuestas por causas culturales, aunque en cierto modo, como ya explicamos antes, algunas de las causas culturales se han dado debido a las causas biológicas. Y con esto no estoy insinuando que una mujer deba estar en casa y su marido trabajando. Simplemente que, al igual que en una empresa o en un equipo deportivo, todos no pueden hacer lo mismo; hay que repartir tareas y funciones.

Lo que comenzó siendo un feminismo que únicamente buscaba la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres —algo en lo que creo que a día de hoy no existe nadie que esté en contra —, acabó convirtiéndose en un movimiento político que ha metido sus garras en lo económico, social, cultural y sexual. Y este movimiento está alejado de la construcción. Usan con frecuencia la palabra deconstrucción, pero para deconstruir, primero hay que destruir. El problema es todo lo que están destruyendo a su paso. El algoritmo o red neuronal de cualquier red social puede conocernos mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos. Es más, ni siquiera necesitaría conocernos, pues la alteración de un algoritmo puede guiarnos en nuestra forma de pensar. Viendo las publicaciones y los “me gusta” de tu perfil en una red social, cualquier persona puede hacerte el molde. No hay que ser un genio para saber, a partir de tu actividad en redes sociales, si te gustan los coches o el cine, si eres más afín a la izquierda o a la derecha, si pasas los fines de semana en discotecas o de viaje (sobre todo si eres de los que publica toda clase de actividades e intimidades). Eso lo ve cualquier persona. Pues bien, un algoritmo es capaz de hacerte el molde con mucha más exactitud que 1000 humanos observando tu actividad en redes sociales y conviviendo contigo 24 horas al día. El algoritmo no sólo ve tus “me gusta”, sino aquellas publicaciones en las que más tiempo pasas, aquellos vídeos que ves hasta el final aunque no le des un “me gusta”, incluso tus conversaciones privadas en el chat.

Los medios de información siempre han estado polarizados, y por supuesto, siempre han intentado influir en la forma de pensar de los lectores. Eso no es nada nuevo del siglo XXI. Lo que sí es nuevo, es que ahora no se esfuerzan por disimular que lo hacen. Tratan a los usuarios como verdaderos idiotas sin tomarse la más mínima molestia por tratar de ocultarlo. Si quieres cambiar la línea editorial de un medio de información, quítales la interacción, y cambiarán la línea de su discurso. Recuerda que el periodismo de hoy día es como un mercenario. No actúa en base a un código ni a unos valores. Si no recibe dinero, no va a la guerra. Por lo tanto, si no recibe interacción en una línea editorial, dejará de trabajar en esa línea editorial al ser un tema de poco interés para el lector. Por desgracia, hasta ahora les ha funcionado. La guerra de mujeres contra hombres comenzó, y a base de noticias cruzadas, a menudo sensacionalistas, se fue implantando en el cerebro de los consumidores de noticias el hecho de que los hombres son malvados por naturaleza. Y por ende, los hombres, tras ver este tipo de mensajes, comenzaron a pensar que a las mujeres se les estaba yendo la cabeza con este tipo de discursos. Si el objetivo de algunas partes interesadas era acabar generando desconfianza entre la unión afectiva de un hombre y una mujer, sintiéndolo mucho, a grandes rasgos, lo lograron. La familia tradicional está en peligro en el siglo XXI. La pregunta sería: 
¿Estaba en peligro y por ello los medios comenzaron a hablar de esta situación, o fue a raíz de que los medios comenzaron a magnificar este problema, lo llegamos a convertir en un serio problema? Tengo mis dudas en este sentido. Quizás pusimos esta guerra de sexos entre las películas más vistas, y gracias a ello se convirtió en la película más vista.

Al problema de los medios de comunicación se le sumó el problema de los creadores de contenido. Y es que un creador de contenido, siendo honestos, busca un nicho que le genere una interacción que le permita ganar dinero. La guerra de sexos era un tema candente en este sentido. 
En el caso del odio entre hombres y mujeres, existen demasiados interesados. Por una parte, los propios medios de comunicación y creadores de contenido que cubren este tipo de contenido que genera odio, y por tanto alimenta la interacción de los usuarios. Por otra parte, la desunión entre hombres y mujeres como forma de dirigir al 50% de la población (mujeres) hacia una ideología política concreta. Si a esto le añadimos la ideología completa, la división es mucho más amplia, pues ya también incluirían dentro de un mismo grupo a mujeres, trans, homosexuales, inmigrantes y todo colectivo al que se le ha hecho creer que existe un enemigo común. 
De esta manera, el partido político hace suyos a un grupo de colectivos que, sumados entre sí, son un grupo bastante amplio de personas. Los beneficiados en este sentido serían los interesados en hacerse con estos colectivos. 
Las víctimas: todo el mundo. Y con el tiempo nos daremos cuenta de eso.

La INVOLUCIÓN del siglo XXI - Un análisis de los problemas de la sociedad actual.

La Involución Del Siglo XXI - A. Carlos González by David Villota


martes, 12 de mayo de 2026

LIBRO "USOS del PESIMISMO": EL PELIGRO DE LA FALSA ESPERANZA por ROGER SCRUTON y "EL OPTIMISMO ES EL OPIO DEL PUEBLO"

USOS del PESIMISMO

EL PELIGRO DE LA
FALSA ESPERANZA

ROGER SCRUTON


"Un estudio sobre los usos del pesimismo revelará
un rasgo todavía más interesante de la naturaleza humana:
que los errores más obvios son los más difíciles de rectificar".
Pocas actitudes están mejor vistas socialmente y necesitan menos defensa que el optimismo. La mayoría de personas creen que en el futuro desaparecerán las enfermedades, que la buena disposición anímica es la clave para superar las adversidades, que una comunidad de individuos libres es compatible con la igualdad social, que podemos conseguir cualquier cosa que nos propongamos si la queremos con suficiente intensidad…
¿Pero qué ocurre cuando nuestro optimismo se vuelve tan desmesurado que no nos deja calcular correctamente nuestras posibilidades de éxito, cuando nos empuja a pensar que podemos conseguir nuestras metas sin esfuerzo, cuando el optimismo choca con la realidad? En muchas ocasiones, cuando las expectativas se frustran, las personas, en lugar de reconsiderar sus objetivos, consideran que los que tienen éxito (países, ciudadanos, grupos sociales) son los responsables del fracaso, de este sentimiento germinan las políticas del resentimiento que al perseguir la utopía de la igualdad social, cultural, económica y educativa están socavando las instituciones, las tradiciones y las costumbres que posibilitan que los seres humanos convivan civilizadamente.
Usos del pesimismo. El peligro de la falsa esperanza, está dirigido a los “pesimistas” razonables. Es decir, a esas personas que creen que vivimos en un momento de desconcierto ideológico, moral, cultural y político y buscan argumentos para combatir la sinrazón que parece haberse apoderado de nuestra sociedad. Una sociedad que da síntomas de haberse dejado seducir por las falacias de un puñado de ilusionistas utópicos, vendedores de sueños irrealizables. Roger Scruton rastrea en la historia, en la psicología, en la filosofía y en la política para analizar de dónde viene el poder de sugestión de esos vendedores de falsas esperanzas y cuáles son las falacias que se esconden tras sus discursos optimistas. 

Toma de Schopenhauer el significado del “optimismo” para conducir al lector a la conclusión de que debe huir de las utopías irrealizables y concentrar sus energías en la defensa de la “libertad con restricciones” y de la felicidad conseguida con sacrificios: 
“En este libro examino el optimismo en el sentido en que Schopenhauer llamaba su modalidad ‘perversa’ o ‘sin escrúpulos’, y analizo el papel que desempeña el pesimismo cuando se trata de restablecer el equilibrio y la sensatez en la dirección de los asuntos humanos”. Así pues, un “optimista sin escrúpulos” será, para Scruton, aquel que quiere resolver los conflictos humanos aferrándose siempre a la que considera solución ideal, al “mejor caso posible”, y se niega a analizar cualquier otra posibilidad. Lejos de asumir la responsabilidad de equivocarse, estos “optimistas” siempre están dispuestos a hacer recaer sobre otros la culpa de sus errores, descalifican a quienes les critican o tratan de poner freno a su afán reformador, considerándolos “seres diabólicos” que, poseídos de un cinismo cruel, pretenden destruir “las esperanzas de la humanidad”. 

El optimista sin escrúpulos actúa como un devoto que dominado por la arrogancia que le da su fe aspira a la mejora de “la especie”, al tiempo que ignora y desprecia las necesidades de sus semejantes; no gusta de soluciones individuales, sueña con planificaciones a gran escala, transformaciones redentoras cuyas consecuencias desconoce. En su optimismo y su afán redentor pone en peligro, y a veces destruye, las instituciones y los procedimientos que podrían servir para corregir los errores. 

La falsa esperanza de estos optimistas, advierte Scruton, nada tiene que ver con la esperanza del que cree en una vida eterna, que sabe que el Reino de Dios no es de este mundo y “que cualquier intento de construir el cielo en la Tierra sería tan presuntuoso como irracional”. Tampoco tiene que ver con la forma de actuar de los que Scruton considera optimistas “con escrúpulos”, quienes, antes de tomar una decisión, acuden a las fuentes del conocimiento respetando la jerarquía del saber, consideran la posibilidad de equivocarse y optan por la que piensan será mejor decisión, asumiendo los riesgos de un posible error. 

El uso del pesimismo sirve de freno a la falsa esperanza de los “optimistas sin escrúpulos” que están dispuestos a redimir a los hombres y establecer el Reino de Dios en la Tierra. “El pesimismo –escribe Scruton– nos enseña a no idealizar a los seres humanos, para así perdonar sus errores y podernos esforzar en privado para enmendarlos”. El estudio de Scruton sobre los usos del pesimismo “revelará un rasgo todavía más interesante de la naturaleza humana: que los errores más obvios son los más difíciles de rectificar”. 
Esa dificultad de rectificar los errores reside en el hecho de que las decisiones que llevaron a cometerlos no fueron dictadas por la razón sino por la aceptación de una serie de falacias que, una vez se apoderan de la mente del hombre, quedan adheridas a lo más profundo de sus emociones. 

Los individuos que sucumban al poder de esos engaños intelectuales se verán sumergidos en un mundo de ilusiones tan confortable que inventarán cualquier estrategia y utilizarán todas las armas posibles con tal de no verse obligados a abandonarlo. Además de “la falacia del mejor caso posible”, que definiría el optimismo sin escrúpulos, Scruton analiza otras seis falacias, a las que llama “el nacidos en libertad”, “la utopía”, “la suma cero”, “la planificación”, “el movimiento del espíritu” y “la agregación”. 
En su estudio recorre los graves errores a los que conduce la creencia en las falsas ilusiones que producen y alerta del poder que aún ejercen en nuestro tiempo.




Merece la pena exponer brevemente cómo analiza Scruton estas falacias. 

LA FALACIA DEL ‘NACIDOS EN LIBERTAD’ 

El artífice de esta falacia fue Rousseau, que en su Contrato social “anunció de manera grandilocuente que el hombre nace libre, pero que en cualquier parte del mundo se encuentra cubierto de cadenas”. No se decide Scruton a situar a Rousseau entre los optimistas, pero afirma con rotundidad que el autor de las Confesiones “suministró el lenguaje y las líneas de pensamiento con las que presentar un nuevo concepto de libertad humana, de acuerdo con el cual la libertad es lo que queda cuando retiramos todas las instituciones, restricciones, leyes y jerarquías”. 

Desde la Revolución francesa, esa idea de que la libertad es una condición natural del género humano que exige la eliminación de las instituciones y de la jerarquía ha ido ganando fuerza en la filosofía, en la política y en la educación. Una interpretación de la libertad que para Scruton es absolutamente falaz, pues “Instituciones, leyes, restricciones y disciplina moral son una parte de la libertad y no su enemigo, liberarse de ellas acabaría rápidamente con la libertad”. 
El niño solamente cuando sale de su yo egoísta tiene la oportunidad de entrar en el mundo de los otros y de aprender a respetarlos. Y sólo entonces, cuando es capaz de respetar a los otros, puede respetarse a sí mismo. Solamente cuando ha aprendido a compartir el mundo con los demás, cuando ha llegado a aceptar las restricciones que hacen posible el disfrute de la libertad en un grupo humano, habrá aprendido lo que es la libertad. 
El niño debe aprender que el disfrute de la libertad exige responsabilizarse de las consecuencias de nuestras acciones. Así que, concluye Scruton, no nacemos libres, “La libertad, aunque valiosa en sí misma, no es un regalo de la naturaleza, sino el resultado de un proceso educativo, algo que debemos obtener a través de la disciplina y el sacrificio”. 

El filósofo nos induce a llegar a la conclusión de que sería absurdo pensar que nacemos libres cuando es evidente que no nacemos responsables. Scruton encuentra un magnífico ejemplo de esta falacia en “la revolución que barrió las escuelas y departamentos de educación durante los años cincuenta y sesenta, y que nos indicó, enarbolando la autoridad de una ristra de pensadores que iban de Rousseau a Dewey, que la educación no debía fundamentarse en la obediencia y el estudio, sino en la expresión de la personalidad y el juego”. Y como ejemplo concreto cita el informe Children and their Primary Schools, realizado en 1967 en Inglaterra por el Consejo Central de Educación, presidido por Lady Plowden, con el que se obligó a las escuelas británicas a sustituir los métodos tradicionales de enseñanza por una “pedagogía progresista”. 

La aplicación del informe se llevó por delante los programas tradicionales, la disciplina en las aulas, la instrucción y la autoridad académica de los profesores para, aparentemente, hacer triunfar la creatividad del niño, el autoaprendizaje o la libre y lúdica construcción del propio conocimiento. Y por si acaso algo fallaba, para protegerse del posible error, el informe descargaba de toda responsabilidad a los responsables directos de la educación, es decir, a los padres, profesores y alumnos, y señalaba como únicos culpables a la sociedad, a los jerarcas y a la falta de recursos económicos. 
No es necesario ser un experto en educación para estar de acuerdo con Scruton en que esta falacia del “nacido libre” ha dominado el pensamiento educativo a lo largo del siglo XX. Una falacia que se apoderó de las mentes de unos optimistas que carecieron de escrúpulos para imponerla a la sociedad y lograron encontrar las armas necesarias para protegerse de la realidad. 

LA FALACIA DE LA UTOPÍA 

Los utópicos, según Scruton, ven el mundo de una forma muy particular. Son capaces de ignorar o desechar los hallazgos de la experiencia o del sentido común, y colocar en el centro de cada deliberación un proyecto que saben es absurdo e irrealizable. Pero el hecho de ser absurdo, en vez de considerarlo un defecto, lo utilizan como forma de descalificar a quien se atreva a señalar que la idea es descabellada. 
La utopía se protege de la refutación, de la realidad de los hechos, mediante la descalificación moral: 
“El ideal se vuelve tan puro como se pretendía. Quienes creen que pueden refutarlo recurriendo a los hechos, es evidente que están guiados por ‘conciencias falsas’”. “Este marco mental–escribe Scruton– ha desempeñado durante dos siglos un papel determinante en la política europea, y en ningún caso la experiencia de los desastres ha tenido el menor efecto para conseguir algún resultado a la hora de frenar a los nuevos reclutas”. No le faltan ejemplos a Scruton para describir la tragedia que puede sobrevenir cuando un puñado de utópicos alcanza el poder. 
Ante cualquier sospecha de que la realidad pueda empañar sus sueños, buscarán víctimas propiciatorias contra las que dirigir su cólera. Lo hicieron los jacobinos contra los aristócratas, lo hizo Hitler contra los judíos, lo hicieron los bolcheviques contra los burgueses, los kulaks, y “cualquier grupo que pudiera satisfacer el papel de víctima sacrificial, tal y como exige la falacia de la utopía”. 

LA FALACIA DE LA SUMA CERO 

Cuando los optimistas sin escrúpulos deben afrontar un fracaso buscan siempre un culpable. Instintivamente les funciona un cierto sentido de compensación: si yo fracaso es porque alguien ha tenido éxito. Es lo que Scruton llama “falacia de la suma cero”, en la que “cada pérdida es la ganancia de otro”. El Norte será cada vez más rico a costa de que el Sur se empobrezca. La pobreza del Tercer Mundo se debe al enriquecimiento de sus colonizadores. 
Esta falacia, que “ha sido la raíz del pensamiento socialista desde los escritos de Saint-Simon, pero sólo se ha convertido en un clásico después de que Marx formulase la teoría de la plusvalía”, conduce inexorablemente al resentimiento y a la confusión entre igualdad y justicia que ha gobernado las reformas educativas de las sociedades occidentales. Scruton cuenta cómo siendo de familia pobre tuvo la suerte de conseguir una plaza en la Grammar School de su distrito. Las Grammar Schools eran centros públicos de enseñanza secundaria en los que sólo podían matricularse los niños que obtenían una buena nota en los exámenes conocidos como Eleven plus que todos debían realizar a los once años, edad en que finalizaban la educación primaria. 

Este sistema se implantó en Inglaterra en 1944 y se mantuvo hasta que, en 1965, el ministro de Educación laborista, Anthony Crosland, decidiera cerrar las Grammar Schools e imponer como único modelo de enseñanza secundaria el de las Comprehensive Schools, en las que ingresaban todos los niños de once años y permanecían hasta los dieciséis recibiendo las mismas enseñanzas. Para Scruton, la explicación del odio de los laboristas hacia las Grammar Schools puede encontrarse en esta falacia de “la suma cero”. 
Un sistema que permitía el éxito de algunos inevitablemente permitiría el fracaso de otros. No se podía permitir que unos gozaran de todas las oportunidades mientras otros quedaban al margen. “De este modo –escribe Scruton– nació el movimiento de la educación comprehensiva, junto con la hostilidad a las clases tradicionales y la degradación de los exámenes, con el propósito de evitar que el sistema educativo produzca y reproduzca ‘desigualdades’”. 

Era fácil asegurar la igualdad en el campo de la educación, bastaba con retirar todas las posibilidades de prosperar, de manera que ningún estudiante consiguiera aprender algo. “Un sistema que ofrecía a niños de familias pobres una oportunidad de avanzar por los méritos de su talento o de su esfuerzo, fue destruido sin más, por la simple razón de que distinguía a los que triunfaban de los que fracasaban”. Con una pequeña dosis de realismo, añade Scruton, se podría haber pensado que un chico puede triunfar en una cosa y fracasar en otra. 
“Sólo un sistema educativo diversificado, con exámenes rigurosos y bien diseñados, permitiría a los críos desarrollar su pericia, su habilidad o su vocación hacia el campo que les resultase más natural”. 

LA FALACIA DE LA PLANIFICACIÓN 

Como ejemplo del efecto de esta falacia que, según Scruton, domina a políticos de diferentes ideologías, el escritor hace una crítica demoledora del funcionamiento de la Unión Europea, en la que altos funcionarios diseñan normas que han de aplicarse en países muy diversos. “La institución carece de medios para rectificar los errores y es muy difícil pedir responsabilidades a las personas que toman decisiones. (…) Algunas regulaciones son tan ridículas que pueden provocar las carcajadas de toda la Unión Europea, pero la risotada resuena en el vacío, pues no hay ningún responsable para sonrojarse o responder”. 

LA FALACIA DEL MOVIMIENTO DEL ESPÍRITU 

El tiempo avanza, avanzar con el tiempo siempre es progresar. Volver hacia atrás es intolerable. Esta falacia, que protege a los optimistas sin escrúpulos de toda rectificación, se ve “agravada por el mito del ‘progreso’”. 
El progreso científico se produce añadiendo descubrimientos a los conocimientos adquiridos por la generación anterior. Esto, que es cierto en el campo de la ciencia, no es trasladable a otros campos en los que no hay una acumulación de saberes sobre los que construir. Y no lo es, por ejemplo, en la esfera política, donde el cambio unas veces es a mejor y otras a peor. Scruton explora también el campo del arte y de la arquitectura y se despacha a gusto contra la obligatoria modernidad de sus cánones de belleza. 

LA FALACIA DE LA AGREGACIÓN 

“Cuando los revolucionarios franceses compusieron su lema ‘Libertad, igualdad y fraternidad’, se sentían en un estado de exaltación utópica que les impedía ver ningún error. A sus ojos, la libertad era buena, la igualdad era buena y la fraternidad era buena, así que la combinación de las tres era, por definición, buena”. “Ni siquiera cuando Robespierre proclamó fanáticamente ‘el despotismo de la libertad’ se les ocurrió a los jacobinos considerar que estaban inmersos en una contradicción. Sólo cuando se pusieron en marcha los tribunales revolucionarios, los más sensatos de entre ellos captaron que el objetivo de la igualdad requería la destrucción de la libertad. 
Las cabezas jacobinas en las que germinó este pensamiento crítico fueron rápidamente cortadas para evitar que la idea diera sus frutos. Desde entonces, una y otra vez la humanidad ha cometido el mismo error, al considerar la búsqueda de la igualdad como la verdadera vía para alcanzar la libertad y defendiendo la sumisión al Estado como la ‘liberación’ de las masas ante las ataduras de la explotación”. Vuelve Scruton a referirse a la educación para buscar ejemplos que muestren el error de esta nueva falacia. 

Los optimistas sin escrúpulos, al considerar la educación de los inmigrantes, apostaron por el multiculturalismo. Si una cultura es buena, dos culturas serían mejor y muchas culturas, algo muchísimo mejor. 
El multiculturalismo no ha sido capaz de crear nuevos programas de estudio, sólo ha destruido los que había. El multiculturalismo ha criado una generación de jóvenes de origen inmigrante que no se sienten identificados ni con el país que los acoge ni con su lugar de origen. 

Scruton rastrea el poder de todas estas falacias a lo largo de la historia y llega a la conclusión de que estuvieron presentes y fueron necesarias en la organización social del hombre prehistórico, y que vuelven a aparecer en tiempos de guerra o en casos de emergencia en los que peligra el mantenimiento de la paz. Son situaciones en las que la población pone su voluntad en manos del líder con la confianza ciega de que velará por su seguridad. Pero en tiempos de paz, dice Scruton, deben escucharse las voces de los “pesimistas”, con sus llamadas a la reflexión, a la sensatez y a la prudencia.

“Las falacias que he diagnosticado en este libro no lo son porque el pensamiento que ejemplifican sea absurdo, sino porque pretenden aplicar en tiempos de paz y cooperación social la actitud propia de la guerra”. De vez en cuando, a lo largo de la historia, han surgido grupos de “optimistas sin escrúpulos” que han intentado utilizar todo tipo de falacias para destruir la forma asentada de gobierno. Lo hizo “una minúscula banda de bolcheviques” y, ahora, quieren hacerlo los islamistas que persiguen imponer en los países musulmanes una forma de vida tribal. 

Termina Scruton con una reflexión sobre dos valores que considera irrenunciables del legado espiritual de la manera europea de vivir: la ironía y el perdón. 
La ironía, que no el “sarcasmo”, sería la facultad que tenemos de observarnos desde fuera, como si fuéramos otra persona. Somos capaces de juzgar nuestras propias acciones como si fueran de otro, y reconocer en ellas los aciertos y los errores. 
La ironía, dice Scruton “permite que incluso en nuestros peores momentos deseemos vivir”. Scruton considera que en ese “barullo de las falsas esperanzas”, de las utopías irrealizables, se ha perdido uno de los mensajes más propios de nuestra cultura: el de que “la felicidad no proviene de la persecución del placer ni está garantizada por la libertad. La felicidad viene del sacrificio (…). 

Y en la tradición judeocristiana el acto primero del sacrificio es el perdón”. El perdón nos ofrece la oportunidad de reparar las cosas, de encontrar soluciones a los conflictos y evitar la llamada a la venganza. Pero el perdón sólo puede ser concedido si el que ha injuriado reconoce su falta. Un reconocimiento que, según Scruton, requiere penitencia y expiación: 
“A través de estos actos fundamentales el malhechor se dirige de nuevo a su víctima y restablece la igualdad moral que hace el perdón posible”. Scruton se refiere al terrorismo islámico cuando habla del perdón. La mayor parte de los musulmanes que viven en Occidente querrían vivir en paz, aceptar las reglas del juego del país que les acoge, pero los islamistas han recurrido al terror para imponerles una sociedad tribal, incompatible con nuestra organización ciudadana. 

“Al-Qaeda es un producto de las falacias que he descrito en este libro. Promete un plan divino, un gobierno top-down (que emana de arriba hacia abajo) y una visión utópica; y que considera el éxito de los otros como una causa suficiente para castigarles”. Para poner fin a su ensayo, Scruton cita al poeta irlandés William Butler Yeats: The best lack all conviction, while the worst Are full of passionate intensity. (Los mejores carecen de convicción, mientras los peores Rebosan intensidad apasionada) Versos que escribió el poeta en 1919 “probablemente –dice Scrutoncomo reacción contra la Revolución rusa, una anticipada visión apocalíptica de la destrucción venidera. Pero también pueden ser leídos de otro modo: como una verdad universal”. 

Scruton anima a las gentes de buena voluntad que quieran preservar los valores tradicionales de la cultura europea a afianzarse en sus convicciones y a hacer uso de un pesimismo razonable para “restablecer el equilibrio y la sensatez en la dirección de los asuntos humanos” y frenar así las peligrosas consecuencias que podrían derivarse de la toma del poder de estos ilusionistas utópicos, capaces de cualquier cosa con tal de no renunciar a sus sueños irrealizables.





El optimismo es el opio del pueblo


Lo primero y casi urgente que debo hacer, dados los tiempos que corren, es explicitar que la frase que sirve de epígrafe a esta reflexión no es mía sino solo un préstamo (ustedes ya me entienden…) Los lectores de Milan Kundera recordarán que en su primera novela, "La broma" (1967), el escritor checo cuenta cómo su protagonista, el joven Ludvik, escribe a su medio novia Marketa en una postal visible a todo el mundo “El optimismo es el opio del pueblo". El espíritu sano hiede a idiotez”. Es la broma que da título a la novela y la causa de todas las desgracias del pobre Ludvik, empezando por su condena a seis años de trabajos forzados.

“¿Tú crees que se puede edificar el socialismo sin optimismo?”, le pregunta a Ludvik un camarada que hace las veces de moralista, censor y juez. Es inútil, casi patético, que el acusado trate de defenderse alegando que era tan solo una broma. ¿Una broma? “¿A vosotros os hace reír?” le pregunta uno de los camaradas-jueces a los otros. Formulada así, la pregunta lleva implícita su respuesta. A partir de este momento al protagonista ya no le cabe ninguna duda de lo que le espera. En determinados ambientes el optimismo está lejos de ser un simple estado de ánimo. Es una obligación. Y cualquier broma sobre ello se paga muy caro.
En determinados ambientes el optimismo está lejos de ser un simple estado de ánimo. Es una obligación
Hoy, afortunadamente, aquella atmósfera lóbrega y opresiva del socialismo real nos parece lejana y extraña, como urdida por la mente fantasiosa de un Kafka o un Orwell. Pero el optimismo obligatorio –una incongruencia, ya ven- sigue gozando de buena salud, ahora no como espíritu preceptivo del paraíso socialista sino como pensamiento positivo en las llamadas sociedades libres y desarrolladas. Aunque los contextos que sirven de referencia son opuestos en casi todos los sentidos -democracias avanzadas versus dictaduras burocratizadas-, la exigencia sigue siendo la misma: el buen ciudadano debe tener una actitud positiva, emprendedora y en última instancia alegre (entendida como alegría militante).

Quizá en España no se percibe la epidemia con nitidez. Afectado por un pesimismo crónico y una desconfianza secular en sus propias fuerzas, el españolito –el diminutivo lo dice todo- afronta la vida con una mezcla peculiar de improvisación y cinismo, lejos de la moral calvinista invertida que sustenta el optimismo reglamentado. Pero en sociedades como la estadounidense, la tendencia se ha desarrollado, aliada a la corrección política, como un cáncer que afecta a toda la vida económica y social y, por descontado, a casi todas las instituciones, desde la empresa a la universidad, pasando naturalmente por los centros educativos, culturales y religiosos.

Me suscitan estas consideraciones la provechosa lectura de un ensayo de Barbara Ehrenreich que acaba de aparecer en el mercado español con el título un poco infantil (o con resonancias de Halloween) de Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo (traducción de María Sierra, Turner). En mi opinión, algunas de las páginas más brillantes del libro son las que la autora dedica a la comparación entre el pensamiento positivo y la antes aludida moral calvinista, argumentando que la pretendida antítesis en las formas o apariencias solo encubre la continuidad de fondo entre el uno y la otra. En síntesis, la misma autoexigencia que conduce a la angustia y la alienación.
Por más que uno se empeñe en verlo todo de color de rosa, están las dificultades cotidianas y las propias limitaciones
Como es bien sabido, el pensamiento positivo implica o, mejor dicho, impone, una actitud resueltamente afirmativa en un sentido pragmático hacia todo lo que nos rodea. Por ello, lejos de la metafísica bienpensante de un Leibniz, le interesa tan solo la dimensión funcional e inmediata. Pero enseguida el positivo topa con que el mundo se le resiste. Por más que uno se empeñe en verlo todo de color de rosa, están las dificultades cotidianas y las propias limitaciones y ello sin contar con los obstáculos y convulsiones sociales, las enfermedades y en último extremo la muerte. Aquí entra en juego la distorsión alienante: las circunstancias no importan. Sobreponerse y triunfar es cuestión de determinación. Todo depende de atreverse, de querer hacerlo.

Claro que si todo depende de uno mismo, el yo se hipertrofia hasta extremos inasumibles. Me explico: si el problema de no conseguir los objetivos que me propongo no es consecuencia en medida alguna de cosas externas a mí –sean ellas las que fueren- sino absoluta responsabilidad mía, el fracaso afecta a mi ser integral como persona. Solo yo soy responsable o, traducido en los términos usuales, soy yo el único culpable. Si este énfasis en la responsabilidad personal se mantuviera en límites mesurados, sería un buen antídoto para esa manía contraria, tan propia de nuestros lares, de echarle la culpa de todo a la sociedad o los otros en general. Pero como siempre los extremos se tocan: tan absurdo es responsabilizarme a mí, como individuo concreto, de una guerra civil en mi país como justificar mis delitos por un trauma infantil.

Cuando el pensamiento positivo se ve forzado a reconocer que algo no va bien, convierte lo malo en venturosa ocasión. De ahí esas proclamas de bienvenida al cáncer, pues la enfermedad nos hace más felices y mejores personas. Pero, más que en la dimensión psicológica, me interesa resaltar aquí las consecuencias sociales y políticas de esta tendencia. En el ámbito de la empresa, el pensamiento positivo se ha convertido en una formidable arma de control social. Los altos ejecutivos dirán, como en la URSS de los planes quinquenales, que si los objetivos no se cumplen es por desidia o incompetencia de sus empleados. Hay que trabajar más y mejor… ¡y más alegre! Si aún así le amenazan con el despido, ¡no se preocupe… y sonría! 

¡Está ante una nueva oportunidad!

Se establecen de este modo algunos dogmas básicos. Por ejemplo, que lo importante en cualquier actividad es la motivación. No hay obstáculos insuperables cuando existe una motivación positiva. Dice Ehrenreich que la mayoría de las grandes empresas norteamericanas dan a sus nuevos empleados unos cursillos de adoctrinamiento intensivo en esa línea. Lo normal es que cada cierto tiempo todos los trabajadores tengan que seguir obligatoriamente un reciclaje motivacional. A veces se llega a establecer un himno de la empresa, se fija un control del ocio o simplemente se reducen los períodos vacacionales, buscando eso sí el asentimiento espontáneo de los interfectos: ¿dónde van a ser más felices que en la actividad laboral cotidiana?

Hay que reafirmarse en la insatisfacción, el gran motor de la historia y del progreso

Se produce así una sorprendente convergencia. Al final, toda agrupación humana termina regida por los mismos criterios. Las distintas confesiones religiosas se gestionan cada vez con más mentalidad empresarial y con técnicas de marketing –el pastor o el predicador siguen el modelo de showman- pero, al mismo tiempo, otras instituciones o corporaciones, como las empresas, las universidades o hasta los propios sindicatos, van adoptando unas pautas seudorreligiosas. Unas y otros coinciden en los valores y conceptos del pensamiento positivo: sigue adelante, puedes hacerlo (sea lo que sea), no desmayes, esfuérzate, el triunfo está en tu mano. O, como dice un portavoz de esta ideología: “Dios quiere que lo des todo en tu trabajo. Sé entusiasta. Conviértete en un ejemplo”.

Volvamos al principio, a la broma de Kundera. El novelista satirizaba el orden socialista pero, como acabamos de ver, el pensamiento positivo también amenaza las bases de una sociedad libre. No puede haber libertad sin pensamiento crítico, inconformista, heterodoxo. Como es obvio, a los poderes establecidos les interesa difundir ese opio del mejor de los mundos posibles. La generalización de dicha actitud complaciente conduce a la peor versión conservadora, el inmovilismo. Estoy por decir que ese pensamiento a lo que verdaderamente conduce es a la sonrisa floja de los imbéciles. Frente a los émulos del doctor Pangloss (recuérdese el Cándido de Voltaire) hay que reafirmarse en la insatisfacción, el gran motor de la historia y del progreso.


Roger Scruton-Usos Del Pesimismo by goreleg