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viernes, 3 de julio de 2026

ESCOLIOS A UN TEXTO IMPLÍCITO por NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA: UN VERDADERO REACCIONARIO INTELECTUAL

ESCOLIOS A UN TEXTO IMPLÍCITO

NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA


ESTE libro contiene una recopilación de escolios de Nicolás Gómez Dávila, pensador colombiano nacido en 1913 y muerto en 1994. Fueron publicados originalmente en tres entregas y cinco volúmenes entre 1977 y 1992, esto es, durante el último cuarto del siglo XX. Es una antología más bien personal, por lo que no garantizo que refleje objetivamente el conjunto de la obra aforística del autor, cuya existencia desconocía hasta que hace un par de años la profesora Amalia Quevedo me dio noticia de él durante una estancia en Bogotá. 

En el viaje de vuelta a España empecé a leer los Escolios a un texto implícito y fui marcando con estrellitas los que me impresionaron particularmente. Más tarde conseguí hacerme con las otras dos colecciones, Nuevos escolios y Sucesivos escolios, saboreándolas siempre con el lápiz en la mano. Lo que ahora tiene en sus manos el lector es el resultado de esta selección improvisada. Supongo que habré dejado fuera por inadvertencia algunas de las mejores sentencias, aunque estoy convencido de no haber introducido ninguna mala, porque Dávila sólo las tiene excelentes y óptimas. 
Para contrapesar mi caprichoso modo de proceder he ordenado los escolios por temas, en lugar de imitar la proteica mezcolanza original. Dejo constancia de que mis agrupaciones no implican ni presuponen ningún esquema interpretativo o sistemático. 

Como tantos otros lectores, fui deslumbrado por la sabiduría de estos textos. Descubrí en su autor un genio cáustico y sin embargo lleno de matices. Agresivo e inmisericorde con la estupidez y la hipocresía, es muy capaz de discernir y mimar cuestiones delicadas que la mayoría ignora o desprecia. Se dice a veces que el pesimista no es más que un optimista bien informado. 
Nuestro hombre, lisiado por un accidente deportivo y encerrado de por vida entre los atestados anaqueles de su biblioteca, fue una de las personas mejor informadas de su siglo, y por ende de las más pesimistas en lo que se refiere al entorno inmediato, tanto histórico como existencial. Ahora bien, en una perspectiva más amplia la cosa cambia, porque aunque no creyera en el hombre, tenía fe en Dios y su voluntad redentora. 

Gómez Dávila ya no es el perfecto desconocido de hace diez o veinte años. El entusiasmo de algunos estudiosos pioneros, entre los que figuran nombres de la talla de Mutis o Volpi, hace que poco a poco empiece a sonar. Alguien se ha atrevido incluso a perpetrar la designación de «Nietzsche colombiano». Cursilerías aparte, la fama alcanzada y por alcanzar tiene en este caso el mejor aval posible: no fue buscada ni facilitada por quien la detenta a título póstumo. 

Me contaron a este propósito una anécdota sabrosa: cierto individuo quiso hacerse con uno de sus manuscritos y consiguió que lo invitaran al domicilio del maestro. Nada más llegar manifestó abruptamente su deseo. Dávila le entregó las anheladas páginas sin dar mayor importancia al gesto, pero se asombró de que el visitante, botín en mano, quisiera marcharse sin tomar el café y las pastas con que había planeado obsequiarle. También me ha llegado un rumor (¡qué bonito si fuera cierto!) según el cual muchos de sus cuadernos fueron directamente a la papelera: 

no por prurito de perfección, sino por no querer dar a tales ejercicios la pretenciosa consideración de obra. Como Descartes en Amsterdam, Dávila vivía solitario en medio de una humanidad afanada en lo que le desinteresaba. Sus congéneres le preocupaban, pero se negaba a entrar en la universal dinámica mercantilista que han ido adquiriendo las relaciones humanas: 
«¿Para qué marcher avec son siècle cuando no se pretende venderle nada?». 
A todas luces consiguió lo que se había propuesto: ser un marginal de la época que le tocó en suerte. Y para ponérselo fácil a quienes entonces y ahora prefieran desertar de sus cavilaciones, asumió con vehemencia una etiqueta ultradetestada en los tiempos que corren: la de reaccionario. 

Muchos temerían como la peste adquirir semejante fama, otros procurarían al menos pasar desapercibidos. Dávila pechaba con el sambenito y todas sus consecuencias, haciendo gala de humor y hasta cierta condescendencia: «Los reaccionarios les procuramos a los bobos el placer de sentirse atrevidos pensadores de vanguardia». Cierto que, para sobrellevar la supuesta indignidad, eligió gratos e ilustres compañeros de viaje: Platón, Rousseau, Hume, Burke, Blake, Wordsworth, Balzac, Nietzsche, Baudelaire, Eliot... Asumir que uno es reaccionario implica desmarcarse de la historia, renunciar a la praxis en beneficio de la theoria«El progresista siempre triunfa y el reaccionario siempre tiene razón». 

En todo caso, Dávila rechazó ser homologado con opciones políticas conservadoras: «Si el reaccionario no despierta en el conservador, se trataba sólo de un progresista paralizado». Su opción distaba mucho de un simple posicionamiento frente a la izquierda: «Izquierdistas y derechistas meramente se disputan la posesión de la sociedad industrial. 

El reaccionario anhela su muerte». Diría que en el caso de Dávila declararse reaccionario —o sea, autoestigmatizarse— era parte del precio que estaba dispuesto a pagar para conquistar el derecho a hablar sobre nuestro mundo y civilización desde sus afueras. El colombiano pretendió ser para el Occidente del siglo XX lo que fue el Usbek de las Cartas persas para la Francia del XVIII: alguien venido de muy lejos que juzga sin parcialidad porque no es parte de la realidad examinada. Bien pensado, sin embargo, Usbek sólo era un Montesquieu déguisé. 

En cambio Dávila fue un occidental convencido de que Occidente ha traicionado sus raíces y pervertido sus ideales. Por fidelidad a la idea de Europa (no a los intereses de clase, a la esclerosis mental, o al ultramontanismo religioso) se desmarcaba de su actual dueño, el racionalismo burgués industrial y antirromántico, así como de todas sus secuelas, es decir, del noventa por ciento del espectro social, político, cultural y religioso del mundo contemporáneo. Grave decisión la suya, equivalente no al borrón y cuenta nueva, sino al borrón y marcha atrás. Atrás menos en el tiempo de la historia que en el espacio de posibilidades malogradas por la deriva de los últimos siglos. 

Supongo que a estas alturas del prólogo ya nos habrán abandonado los eufóricos del progreso, los amantes de taxonomías fáciles y los domésticos de las modas intelectuales. Ya sólo contamos con los que, en lo que se refiere a la direccionalidad del pensamiento, se preocupan más del arriba y el abajo, que de la derecha y la izquierda o el delante y el atrás. 

Si Gómez Dávila sólo fuera un plutócrata latinoamericano recalcitrante no valdría la pena leerle, porque ¿qué más nos da lo que resultara «avanzado» o «retrógrado» en su país hace treinta o cuarenta años? La problemática de este libro poco tiene que ver con la historia sociopolítica de los países andinos, y menos aún con el papel desempeñado en ella por su autor. Dávila, en efecto, rechazó los cargos políticos que le ofrecieron y desdeñó la posibilidad de convertirse en un «intelectual comprometido» con alguna de las causas en boga —por aquel entonces—. 

Si todavía hoy merece nuestra atención es porque evitó enredarse en la letra pequeña de la vida política y social, para atender a lo suyo: proponer una enmienda a la totalidad del proyecto moderno. Desde el «no-lugar» y «no-tiempo» en que supo colocarse formuló una gravísima acusación contra una época que, muy a su pesar, era suya: «Ningún siglo anterior presenció tantas matanzas en nombre de tan transparentes imposturas». 

¿Quién osará apelar contra esta sentencia después de todo lo que sabemos? En nombre de intereses capitalistas obsoletos e imperios coloniales caducos murieron millones en la Primera Guerra Mundial y en tantas otras de menor escala; en nombre de una estrategia supuestamente infalible para promover la justicia y la igualdad murieron millones en decenas de revoluciones socialistas a la postre siempre fracasadas; en nombre de la absurda idea de la superioridad de unas razas y la inferioridad de otras murieron millones en la Segunda Guerra Mundial; en nombre de patrias, banderas y falaces descolonizaciones murieron millones en cientos de pretendidos procesos de liberación nacional y mentidas guerras de independencia. 

Ciencia y tecnología han provisto generosamente de medios destructivos a todos los usuarios según sus apetencias. 
Un buen número de canallas y desaprensivos se han encumbrado casi sin esfuerzo a las supremas magistraturas de países grandes y pequeños. Luego han cometido con total impunidad los mayores latrocinios de que haya memoria. Tales son los hechos y sobre ellos cabe poca discusión. 

La controversia surge a la hora de endosar responsabilidades. Entonces rápidamente se diversifica el diagnóstico: unos crímenes (los de los «amigos») se rebajan a simples «errores» mientras otros (los de los «enemigos») se emplean como arma arrojadiza contra el prójimo. Así llegan a ser condenadas inofensivas prácticas en las que un fino olfato inquisitorial capta analogías tangenciales o lejanos parentescos con el mal a exorcizar. Verbigracia, cualquiera puede resultar «fascista», empezando naturalmente por Hitler, mientras Stalin o Pol Pot son desposeídos sin fatiga de su pretendido «comunismo». 

El ejemplo es fácilmente multiplicable, puesto que las estrategias demonizadoras no son exclusivas de una sola facción; más bien caracterizan a todas ellas. Es plausible, tras contemplar este sórdido panorama de acusaciones mutuas, simpatizar con quien al menos busca lejanas e inalcanzables plataformas para expender verdades y pergeñar pronunciamientos morales. Gómez Dávila tiene una amplia lista de fobias y no se recata a la hora de materializar desaprobaciones y condenas. No obstante, sus juicios se sitúan en un plano deliberadamente genérico: prácticamente afectan a todos, lo cual resulta tranquilizador en un aspecto e inquietante en otro. Dávila lo ha dicho con toda claridad, conjugándolo en primera persona para disipar equívocos: «A cierto nivel profundo toda acusación que nos hagan acierta». 

La generalización de la culpa puede servir para trivializarla o para dar con su único remedio. Podemos sentirnos exonerados, en cuanto que no somos más responsables que otros. Sin embargo, también cabe concluir que todos tendríamos algo que hacer al respecto, puesto que en cualquier mano está parte de la cura. Depende, en definitiva, de que uno decida vegetar en la superficie o ahondar, aunque no sea del modo y manera en que lo ha hecho Gómez Dávila. Si son muchos los enemigos combatidos por Dávila, a sabiendas de estar condenado de antemano al fracaso («La única ejecutoria de nobleza, en nuestro tiempo, es la derrota»), cuenta en cambio con muy pocos aliados. 
Pocos y a primera vista mal avenidos. Los dos más importantes: la fe y el escepticismo. Pero él no los ve enfrentados; opina más bien que se dan la mano: 
«Entre el escepticismo y la fe no hay conflicto sino un pacto contra la impostura». 

Muchos discreparán escandalizados, tal vez por no ser suficientemente radicales sobre el sentido y alcance del escepticismo. Lo cierto es que en la historia el escepticismo genuino ha sido un aliado natural de los que se oponían al empeño de trasmutar la razón en medicina universal. Es el caso de muchos hombres de fe y también de Nicolás Gómez Dávila. Existe no obstante el riesgo de acabar en el otro extremo, porque junto a los que rechazan dárselo todo a la razón están los que quieren otorgárselo a la fe. Pero ahí no encontraremos a Dávila, pues para él «creer es penetrar en las entrañas de lo que meramente sabíamos». 

Por sublime que sea el papel que desempeña, la fe no es a su juicio metástasis invasora ni le compete suplantar los déficits de las facultades humanas. Simplemente sirve para llegar a donde aquéllas jamás llegarían por sí solas. 
La pugna sólo es posible cuando alguno de los factores en juego se traviste en otro: «Nunca hubo conflicto entre razón y fe, sino entre dos fes». 
Dejo para otro momento el comentario sobre la presencia de la religión en los aforismos de Dávila. 

Insistiré ahora en la misión que asigna al escepticismo: convertirse en antídoto contra la hipertrofia de racionalidad que, siempre a juicio del pensador colombiano, constituye el pecado original de la época moderna. Aun no compartiendo los presupuestos ni aceptando las conclusiones, bastantes espíritus poco sectarios encontrarán sus críticas justas e incluso irrebatibles. 

Sin embargo, es probable que echen de menos la presencia de alternativas viables: Dávila ataca la razón por los muchos abusos que en su nombre se cometen, pero no parece aportar otros sustitutos que la fe de antaño o el despego del desengañado. Ahora bien, podría objetarse: si desaparecen filósofos y teólogos, ¿quién nos defenderá de los embaucadores? 

Del mismo modo, cuando ataca a muerte la democracia, el socialismo, el liberalismo, la tecnocracia burguesa, podremos quizá aprobar en parte su furia iconoclasta, pero ¿qué ofrece a cambio? ¿El feudalismo, la Edad Media, los privilegios del Ancien Régime

Algo así parece sugerir cuando proclama: «No soy un intelectual moderno inconforme, sino un campesino medieval indignado». 
Son objeciones importantes. Veamos qué cabe decir en defensa de Dávila. Por una parte, que él no es constructor de sistemas ni valedor de soluciones globales. Es ante todo un desenmascarador de las que sin serlo pretenden pasar por tales. 
También se postula, en este sentido, como defensor de la totalidad frente a los que se empeñan en parcelar la realidad sin tener ni idea de cómo coser después los retales. No hace falta ser un nostálgico para reconocer que hemos perdido muchas de las cosas buenas que atesoraba el pasado. 

Dávila pretende mantener viva la memoria de esos valores frente a un progresismo desaforado de optimismo ortopédico. Por otro lado, su reivindicación del mito, de la religiosidad, de las fuentes cognoscitivas alternativas, incide en la tarea histórica más urgente a que nos enfrentamos en los albores del tercer milenio: superar de una vez por todas la modernidad. Lo más llamativo a este respecto es que da pistas transitables hacia un futuro programa que nada tiene que ver con el postmoderno, el único que hasta ahora se ha ensayado a gran escala y por cierto sin demasiado éxito. 

¿Cuáles serían esas pistas? Sospecho que bastantes de sus furibundos ataques a la democracia o a la racionalidad modernas podrían ser transformados en criterios para mejorarlas. Al menos, parece preferible intentarlo que defenderlas tal como son ahora con argumentos capciosos. Decir que la democracia —a pesar de lo corrupta que resulta su práctica cotidiana— o la razón —aunque sufra una degeneración elefantiásica— son maravillosas porque no disponemos de otros métodos operativos para gestionar la política y el conocimiento, puede resultar aceptable desde un punto de vista pragmático. Pero como argumento es inconsistente y tiene el efecto perverso de obstaculizar la búsqueda de soluciones mejores o —si se quiere— más evolucionadas. 

Gómez Dávila dice muchas cosas interesantes sobre piedras olvidadas por los constructores de la nueva torre de Babel, cuya recuperación contribuiría a mantener en pie el edificio y tal vez evitar que se vuelva a producir una nueva confusión de las lenguas. Dado que la democracia es la vaca sagrada más intocable de nuestra cultura y que guardamos mal recuerdo de las últimas pruebas ensayadas para ordenar la sociedad de otra manera, las agrias descalificaciones davileñas no cuentan con la aprobación de los rectores de la opinión pública. 

A pesar de ello, nuestras democracias precisan con mayor urgencia solución a sus problemas que inquebrantables adhesiones a su ejecutoria. En ese sentido, un reaccionario puede prestar más ayuda que cien turiferarios. Dávila advierte, por ejemplo: «Entre los vicios de la democracia hay que contar la imposibilidad de que alguien ocupe allí un puesto importante que no ambicione». 

La observación es atinada y debería ser tenida en cuenta por legisladores y constitucionalistas. Lo mismo ocurre con esta otra, que revela un desfallecimiento en las convicciones aristocratizantes del colombiano, pero que debiera inquietar también a sus adversarios: «El sufragio popular es hoy menos absurdo que ayer: no porque las mayorías sean más cultas, sino porque las minorías lo son menos». Con muchos «enemigos» así las democracias actuales tendrían mejor futuro que con tantos «amigos» empeñados en agusanarlas por dentro. 

Yendo un poco más al fondo del asunto, hay en el pensamiento de nuestro autor una preocupación constante que explica muchas de sus críticas a la cultura, política y filosofía reinantes. Y es que en ellas todo resulta demasiado abstracto: «Hasta el bien y el mal son anónimos en el mundo moderno». 
Hemos insistido demasiado en valores que permiten la coexistencia de diversidades sin resolver las tensiones que implican: tolerancia, multiculturalidad, antidogmatismo, respeto a la diferencia. Todo eso está muy bien, pero sólo como primer paso: debo respetar a mi vecino aunque no piense como yo. De acuerdo. Pero, una vez asegurado el respeto mutuo, debo aprender a hablar con mi vecino para darme y darle la oportunidad de convencernos uno a otro, lo cual nos permitirá ganar a ambos y caminar de la mano hacia un mundo mejor. 

Tarea nada fácil, ya lo sé. No obstante, si nos conformamos con la primera parte del programa y posponemos indefinidamente la segunda, llega un momento en que ésta desaparece para siempre de nuestras expectativas. Así se obtiene un mundo ayuno de sustancia, hueco, frágil, expuesto a los cantos de sirena de los que ofrecen colmar vacíos a costa de reprimir diferencias. El fantasma de la intolerancia renace precisamente donde creíamos haberlo conjurado para siempre. 
Y es que la bipolarización del sistema cultural obedece en realidad a un esquema hilemórfico (materia y forma): los valores que fomentan el respeto a la diversidad son formales; los que promueven principios de solidaridad sobre la base de identidades compartidas, materiales. 

Deberíamos, como buenos aristotélicos, tener presente que el esquema exige una buena integración de materia y forma, en lugar de bascular entre el vacuo formalismo hipercrítico y el brutal dogmatismo fundamentalista. Ya no se trata como antes de un choque entre culturas, sino de un problema interno que afecta a todas ellas. 

La actitud con que Gómez Dávila encara este contencioso resulta más sofisticada de lo que parece a primera vista. No es ni mucho menos un ultramontano del catolicismo ortodoxo. Ha leído y meditado todas las obras fundamentales de la tradición occidental, sin excluir los filósofos modernos y los teólogos liberales contemporáneos. 
Cuando confiesa: «Mis convicciones son las mismas que las de la anciana que reza en el rincón de una iglesia», no se está reafirmando en la «fe del carbonero»: sugiere que hay algo en la piedad de la beata que la filosofía y la teología radicales no han conseguido superar; quizá ni siquiera atisbar. De ahí su lúcida detección de un punto que desatendieron todos los epígonos de Kant: «A las éticas formales el diablo acaba dándoles el contenido». 

¿Quién puede describir mejor lo que ocurre cuando los miembros de Al Qaeda se comunican entre sí a través de internet o utilizan teléfonos móviles para sincronizar sus ataques? De no bastar lo dicho para disuadir al lector de la idea de despachar a Gómez Dávila con sarcasmos y etiquetas, renuncio a conseguirlo. Si, en cambio, se decide a dejar aparcada por un rato la manía de los rótulos, prepárese para una de las incursiones más estimulantes que hoy por hoy cabe hacer en el mundo de las ideas.

¡Buen provecho!




Los Escolios se condensan y aglutinan en torno a los eternos problemas de la filosofía: Dios, el alma, el mundo. En fin, todo espíritu vive de pocos temas y el talento del autor está en su hábil e inimitable orquestación. Siguiendo su método puntillista -combinado con un escandaloso dogmatismo y al gusto de la provocación sistemática-. Nicolás Gómez Dávila recoge estos temas en una visión sombría y desilusionada, pero lúcida e iluminadora del desolado paisaje de la Modernidad y de sus dudas nihilistas. No es que él se complazca en naufragar en un cupio dis­solvi. Al contrario, él pretende atestiguar, entre las ruinas, una verdad imperecedera, a la que su existencia se aferra:

«No pertenezco a un mundo que perece. Prolongo y trasmito una verdad que no mucre:. (Escolios JI, 858). Por eso él ataca con furor iconoclasta -con la denuncia, la sátira, la paradoja- la Modernidad entera, sus ideales, sus principios, sus presuntas conquistas sociales y políticas. Pues «nuestros odios son la exacta medida de nuestro rango» (Notas, 323).

El resultado es un antimodernismo inflexible e intransigente, que brota de la inamovible convicción de que la humanidad cayó en la historia moderna como un animal en una trampa:. (Escolios JI, 833). A la vez esta convicción se basa en un análisis histórico tan sencillo y esencial como contundente: 
«El mundo moderno resultó de la confluencia de tres series causales independientes: la expansión demográfica, la propaganda democrática, la Revolución industrial» (Sucesivos escolios, I 386). Esto desemboca en la barbarie de la humanidad actual, que «destruye más cuando construye que cuando destruye» (Escolios I, 261). Por tanto, no hay que hacerse ilusiones: 
«Los Evangelios y el Manifiesto Comunista palidecen; el futuro está en poder de la Coca-Cola y la pornografía» (Sucesivos escolios, 1404). 

La Modernidad ha abierto las puertas de par en par al ingreso triunfal en la historia a los tres enemigos más radicales del hombre: «el demonio, el Estado y la técnica» (Escolios Il, 514). El demonio porque es la perversión de la trascendencia. El Estado porque cuanto más crece más disminuye al individuo. Y la técnica por ser una permanente tentación de lo posible. Todo esto basado en una espantosa conjetura: «El Anticristo es, probablemente, el hombre» (Escolios I, 264).

Nicolás Gómez Dávila, que cuenta entre sus propios antepasados con Antonio Nariño, el traductor al español de los Derechos del hombre de Thomas Paine, se confiesa reaccionario con orgullo consciente. Pero la suya no es una reacción en el usual sentido político del término, demasiado débil y permisivo desde su intransigente punto de vista. Es cierto que entre los volúmenes de su biblioteca se encuentran, en primera fila, los escritos de Justus Möser, el padre del conservatismo rural, y la edición rusa de las obras completas de Konstantin Leont'ev, celebre fustigador del «europeo medio» como instrumento e ideal de la destrucción universal. Además de Joseph de Maistre, Donoso Cortés y otras fuentes del pensamiento reaccionario que lo han acompañado desde su juventud parisina, tales como Maurice Barres y Charles Maurras, de quienes se podría averiguar la influencia en su formación.

Los Escolios aparecen como una caleidoscópica variación sobre el tema de la reacción, que delincan y circunscriben hasta enfocarlo: 
«La única pretensión que tengo es no haber escrito un libro lineal, sino un libro concéntrico» (Nuevos escolios II, 1255). Sin embargo, el término «reaccionario» asume aquí un significado de principio, absoluto: reaccionario es aquel que está en contra de todo porque no existe ya nada que merezca ser conservado. En este sentido el reaccionario -que no es un soñador de pasados aboli­dos, sino cazador de sombras sagradas sobre las colinas eternas»- se considera mucho más radical que el conservador: 

«El reaccionario no se vuelve conservador sino en las épocas que guardan algo digno de ser conservado» (Escolios II, 496). Por lo tanto, se debe constatar: Hoy no hay por quien luchar. Solamente contra quien (Escolios Il, 642).

Ahora bien ¿cuáles son concretamente los adversarios de la reacción, aquellos de quien ella vive y se alimenta? Es claro, son: «el entusiasmo del progresista, los argu­mentos del demócrata, las demostraciones del materia­ lista» (Escolios II, 783). Son, en resumen, las ideas sobre las cuales la Modernidad ha construido aquella religión an­tropoteísta que se conoce bajo el nombre de «democra­cia». 

También aquí hay que llamar la atención sobre la acepción del término: con el vocablo "democracia" designamos menos un hecho político que una perversión me­tafísica» (Escolios II, 804). Vale decir: la democracia moderna es para Nicolás Gómez Dávila la teología del hombre-dios, ya que ella asume al hombre como Dios y de este principio deriva sus normas, sus instituciones, sus realizaciones. Pero «si el hombre es el único fin del hombre, una reciprocidad inane nace de ese principio como el mu­tuo reflejarse de dos espejos vacíos" (Escolios I, 79). 

Son igualmente inaceptables para Nicolás Gómez Dávila las recaídas de tales vacuidades sobre el plano político. Por ejemplo, el convencimiento de que la democracia sea el mejor sistema de gobierno. Al contrario, ésta parte de un punto de vista equivocado: 
»El error del pensamiento democrático: atribuir a cada individuo la totalidad de los atributos propios al concepto del hombre» (Notas, 278). De aquí, no se pueden derivar sino consecuencias erradas:

«La democracia es el sistema para el cual lo justo y lo injusto, lo racional y lo absurdo, lo humano y lo bestial, se determinan no por la naturaleza de las cosas, sino por un proceso electoral»; (Notas, 300). Además, «los demócratas describen un pasado que nunca existió y predicen un futuro que nunca se realiza» (Escolios ll, 796), y esto hace que las «democracias empíricas viven alarmadas tratando de eludir las consecuencias de la democracia teórica» (Escolios ll, 796). 

En resumen, su inconsistencia teórica produce una infinidad de debilidades empíricas: «Mientras más graves sean los problemas, mayor es el número de ineptos que la democracia llama a resolverlos» (Escolios I, 85). 
La única conclusión coherente nos constriñe a la lacónica constatación: «Vox populi... vox, et praeterea nihil». O sea: «La voz del pueblo... es una voz, y nada más» (Notas, 132).

Otra diana predilecta de Nicolás Gómez Dávila es el ideal de la igualdad: «Los hombres son menos iguales de lo que dicen y más de lo que piensan» (Escolios I, 432). Y "Si nacieran iguales, inventarían la desigualdad para matar el tedio» (Escolios ll, 711). Hoy además, teniendo en cuenta los efectos de la sociedad metropolitana de masas, constatamos la amarga previsión de sus hipótesis: 
«El cristal de la civilización es fusible a una determinada densidad demográfica» (Escolios !, 794). Por lo tanto: »Las jerarquías son celestes. En el infierno todos son iguales» (Escolios ll, 774). Por esta razón «sólo la muerte es demócrata» (Escolios!,438).

Nicolás Gómez Dávila lanza su crítica asimismo contra todas las ideas políticas de las cuales puedan derivarse ideales y, por tanto, ideologías: pues »todo individuo con "ideales" es un asesino potencial» (Escolios I, 321). Un anatema especial merece el marxismo, aunque »Marx corona el ateísmo vulgar de su época con un gesto de orgullo metafísico» (Notas,192). Y por consiguiente la ideología comunista: «El comunismo se ha vuelto iglesia, su doctrina dogma, sus congresos concilios, excomuniones sus expulsiones, heréticos sus disidentes y absolutismo papal su gobierno» (Notas, 193). Y al fin la socialista: 

"El socialismo es la filosofía de la culpabilidad ajena" (Notas, 329). La ideología aristocrático-liberal es la única que aparentemente se salva de la condena general: «Ninguna especie política me seduce tanto como la de esos aristócratas liberales, cuyo agudo sentido de la libertad no proviene de turbios anhelos democráticos, sino de la conciencia inalterable de la dignidad individual y de la lúcida noción de los deberes de una clase dirigente. Tocqueville es su más noble representante» (Notas, 245).

Otro blanco de sus dardos es la confianza moderna en la perfectibilidad del hombre y en el mito del progreso. A la que él contrapone una desconsoladora pero ineludible constatación: después que «sustituyó el mito de una pretérita edad de oro con el de una futura edad de plás­tico» (Escolios ll, 525), la humanidad »va de la mediocridad al horror y del horror a la mediocridad»(Notas,79).

Menos evidente, pero no menos decidida, es su crítica a la ciencia y a la técnica. No tanto por lo que ellas son y representan en la visión moderna del mundo, sino por la ingenuidad que han favorecido: »El hombre está creando un mundo poroso a su acción. Ya parece que a la voluntad humana nada resiste, y como en las viejas profecías milenarias quizá veremos florecer los desiertos. Pero es aquí, cuando parece que se aproxima el cumplimiento de las más antiguas esperanzas, que surge desde el vago limbo, donde un Prometeo progresista la había remitido, la máscara la­mentable de la tragedia humana. 

La ciencia se ha revelado milagrosamente capaz de enseñarnos cómo se hacen las cosas, pero incapaz radicalmente de decirnos lo que debe­mos hacer» (Notas, 199). El resultado es evidente: la máquina moderna es siempre más compleja, y el hombre siempre más elemental.

Esta insostenible dualidad, la discrepancia entre el »saber hacer» y el «¿qué hacer?:., se vuelve en pretexto para una crítica llevada al plano universal, filosófico: »La ciencia es una ontología monista, irracional, contingente y sin sentido» (Notas, 47). En cuanto al realismo en el que ella está basada en gran parte, Nicolás Gómez Dávila lo liquida con un golpe bajo: «Haber estado enamorado basta para refutar todo realismo epistemológico» (Notas, 263). 

En lo que se refiere a la técnica y sus sacerdotes, su sarcasmo no es menos tajante: »Los técnicos son como los gusanos que, sin saber cómo, producen seda» (Notas, 230). Al hacer un balance tan hostil y cáustico de la Modernidad, no sorprende que el reaccionario auténtico llegue a una conclusión intransigente: »Todo hombre auténticamente moderno que no se suicida a los cuarenta años es un imbécil» (Notas, 272). 

Aún más, en un escandaloso crescendo declara: «Razón, Progreso, Justicia, son las tres virtudes teologales del tonto» (Escolios ll, 620). No hay que sorprenderse si, siguiendo este camino radical, se llega, fatalmente, a una forma de vida y de pensamiento insular. Solamente si se mantiene una posición solitaria es posible evitar el compromiso y la contaminación: «La lucha contra el mundo moderno tiene que ser solitaria. Donde haya dos hay traición (Escolios ll, 666).

Nicolás Gómez Dávila fue uno de los pensadores colombianos más originales y provocadores del siglo XX. Sus reflexiones resultan más actuales que nunca en una época marcada por internet, las redes sociales y el acceso inmediato a una cantidad casi infinita de información, gran parte de ella superficial, falsa o de escaso valor.
¿Todo avance representa una verdadera evolución? Reflexionamos sobre una sociedad capaz de construir máquinas cada vez más rápidas, mientras confunde información con conocimiento, opinión con pensamiento y novedad con verdad.
Una crítica al progreso convertido en dogma y a la creencia de que todo lo nuevo nos hace necesariamente más sabios.
📜 Contexto histórico: Nicolás Gómez Dávila nació en Bogotá en 1913, en el seno de una familia aristocrática. Autodidacta incansable, dominó varias lenguas y leyó a los grandes pensadores en sus textos originales.
Reunió una extraordinaria biblioteca de más de treinta mil volúmenes, entre ellos ediciones raras e incunables. Aquella biblioteca fue su refugio personal y también un punto de encuentro para figuras como Mutis, Lleras, Téllez, Laserna y Volkening, que acudían para conversar y escuchar el juicio de un hombre al que muchos ya trataban como a un sabio.
Tras su muerte en 1994, gran parte de aquella colección fue adquirida por la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá, donde hoy se conserva como el Fondo Nicolás Gómez Dávila.
Johann Sebastian Bach ocupó un lugar privilegiado en su sensibilidad musical. En su obra aforística Notas, Gómez Dávila describió su música como un universo completo, perfecto y autónomo: un verdadero objeto estético puro.
🎙️ Nota de Transparencia: Imagen y voz generadas con inteligencia artificial con fines culturales y divulgativos.



Nicolas Gomez Davila Escolios a Un Texto Implicito by juandelaerre

jueves, 23 de abril de 2026

LIBRO "ÍDOLOS CON PIES DE BARRO": LOS FALSOS HÉROES DE LA IZQUIERDA Y LA CULTURA WOKE por NICOLÁS MÁRQUEZ 👿👥💩

ÍDOLOS CON 
PIES DE BARRO
Los falsos héroes de la izquierda y la cultura woke


Una crítica frontal a los ídolos fabricados por la propaganda de izquierda. Diez biografías que exponen cómo figuras públicas fueron usadas para promover una agenda ideológica destructiva.
Descubre la verdad detrás de figuras que marcaron la cultura y el pensamiento popular. Este libro te invita a cuestionar mitos y ampliar tu visión con argumentos sólidos.
El mundo los ha visto como héroes. Se nos instó a admirarlos e imitarlos. Pero detrás del brillo propagandístico, la fama y los elogios acríticos, se esconde una maquinaria ideológica que ha intoxicado la cultura, los valores, la política y la conciencia colectiva.

Nicolás Márquez te invita a reexaminar el legado de íconos como Che Guevara, Hugo Chávez, Diego Armando Maradona, Frida Kahlo y otros, cuyas historias reales revelan contradicciones y alianzas ideológicas que merecen un análisis detallado. A través de estas biografías críticas y demoledoras, el texto revela cómo artistas, pensadores, deportistas, guerrilleros y políticos han sido utilizados, y en muchos casos, se han ofrecido gustosos, como peones de una agenda que promueve el resentimiento, la división y el colapso de los principios que alguna vez sostuvieron a nuestras sociedades.

Ídolos con pies de barro no es un libro para tibios ni para quienes temen ser ofendidos. Esta obra es una bomba contra el relato dominante. Constituye una herramienta de combate cultural, escrita con precisión, ironía y coraje, destinada a todos aquellos que estén listos para abrir los ojos y dejar de aplaudir a sus propios verdugos.
Prepárate para leer lo que nadie en los medios se atreve a decir. Porque la batalla no es solo política: es espiritual, cultural y urgente.

lunes, 6 de octubre de 2025

🦔🦊 LIBRO "EL ERIZO Y LA ZORRA": TOLSTOI Y SU VISIÓN DE LA HISTORIA por ISAIAH BERLIN

EL ERIZO Y LA ZORRA:
TOLSTOI Y SU VISIÓN DE LA HISTORIA
🦔🦊


El autor analiza las distintas formas de concebir el mundo a partir de la figura de Lev Tolstói

Hay un verso entre los fragmentos del poeta griego Arquíloco que dice: «La zorra sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una importante». 
La fórmula, según Isaiah Berlin, puede servir para diferenciar a dos clases de pensadores, de artistas, de seres humanos en general: aquellos que poseen una visión central, sistematizada, de la vida, un principio ordenador en función del cual tienen sentido y se ensamblan los acontecimientos históricos y los menudos sucesos individuales, la persona y la sociedad, y aquellos que tienen una visión dispersa y múltiple de la realidad y de los hombres, que no integran lo que existe en una explicación y orden coherente, pues perciben el mundo como una compleja diversidad. Berlin, luego de formularla, se apresura a prevenirnos contra los peligros de cualquier clasificación de esa naturaleza. En efecto, ellas pueden ser artificiales y hasta absurdas. Pero la suya no lo es. Todo lo contrario: muerde en carne viva y resulta iluminadora para entender dos actitudes ante la vida que se proyectan en todos los campos de la cultura». Mario Vargas Llosa

UN HÉROE DE NUESTRO TIEMPO
PRÓLOGO DE MARIO VARGAS LLOSA

UN FILÓSOFO DISCRETO (MODESTO; NO MEDIOCRE).

Hace años leí, en traducción de Alianza editorial, libro sobre Marx, tan claro, limpio de prejuicios y sugestivo, que pasé un buen tiempo tratando de encontrar otros libros de su autor: Isaiah Berlin. Después supe, que hasta hace relativamente poco, obra de éste, era difícil de leer, pues se hallaba dispersa, para no decir enterrada, en publicaciones académicas. Con excepción de sus libros sobre “Vico y Herder y los Cuatro Ensayos sobre la Libertad”, que circulaban en mundo de lengua inglesa, grueso de su obra, vivía recoleta vida de biblioteca y revista especializada.

Ahora, gracias a discípulo, Henry Hardy, que ha reunido sus ensayos, éstos se ponen al alcance del público en 4 volúmenes: “Russian Thinkers”, “Against the Current”, “Concepts and Categories” y “Personal Impressions”. Se trata de acontecimiento, pues Isaiah Berlin; -de origen latvio, pero criado y educado en Inglaterra, donde ha sido profesor de Teoría social y política, en Oxford, y Presidente de Academia Británica; es una de mentes más notables de nuestro tiempo, un pensador político y filósofo social de extraordinaria sabiduría, cuyas obras, a la vez que producen raro placer por su versación y brillantez intelectuales, prestan ayuda invalorable, para entender en toda su complejidad, problemas morales e históricos, que enfrenta hombre contemporáneo.

Profesor Berlin, cree apasionadamente, en ideas y en influencia que éstas tienen en conducta de individuos y de sociedades. Al mismo tiempo, sin embargo, como buen pragmático, está consciente del espacio que suele abrirse, entre ideas y palabras que pretenden expresarlas, y entre éstas, y los hechos que dicen materializarlas. Sus libros, pese a densidad intelectual que pueden tener, jamás nos parecen abstractos; como nos lo parecen, por ejemplo, los de un Michel Foucault o últimos de Roland Barthes; resultado de un virtuosismo especulativo y retórico, que en un momento, cortó amarras con la realidad, sino que, en Berlin, están firmemente arraigados en experiencia común de la gente. Colección de ensayos “Russian Thinkers”, constituye fresco épico de Rusia decimonónica, en el aspecto intelectual y político, pero personajes más descollantes, no son hombres sino ideas: éstas brillan, se mueven, rivalizan y cambian con vivacidad con la que lo hacen héroes de buena novela de aventuras.

Así como en otro bello libro de tema parecido “Hacia la Estación de Finlandia”, de Edmund Wilson; pensamiento de protagonistas parecía transpirar de retrato persuasivo y multicolor que hacía autor de sus personas, aquí, en cambio, son los conceptos que formularon, ideales y argumentos con que se enfrentaron uno a otro, sus intuiciones y conocimientos, los que dibujan figuras de Tolstoi, de Herzen, de Belinski, de Bakunin y de Turguéniev, lo que los vuelve plausibles o censurables. Pero, más todavía que “Russian Thinkers”, conjunto de textos de “Against the Current” (Contra la Corriente), quedará sin duda, como principal contribución del profesor Berlin, a cultura de nuestro tiempo.

También, cada ensayo de esta obra maestro, se lee como un capítulo de novella, cuya acción transcurre en mundo del pensamiento, y en la que príncipes y villanos son las ideas. Maquiavelo, Vico, Montesquieu, Hume, Sorel, Marx, Disraeli, hasta Verdi, cobran, por obra de este erudito, que no pierde jamás la mesura, y al que nunca, la rama enturbia visión del bosque, una formidable actualidad, y las cosas que creyeron, propusieron o criticaron, iluminan poderosamente conflictos políticos y sociales, que creíamos equivocadamente específicos de nuestra época.

La más sorprendente característica de este pensador, es, a simple vista, la de carecer de un pensamiento propio. Parece sinsentido decir algo semejante, pero no lo es; pues, cuando uno lo lee, tiene impresión de que Isaiah Berlin consigue en sus ensayos, eso que, después de Flaubert (y gracias a él), han tratado de conseguir mayoría de novelistas modernos en sus novelas: abolirse, invisibilizarse, dar ilusión de que sus historias son autogeneradas. Hay muchas técnicas para «desaparecer al narrador» en una novela. Técnica que emplea profesor Berlin, para hacernos sentir que él, no está detrás de sus textos, es el “fair play”.

Es decir, escrupulosa limpieza moral, con que analiza, expone, resume y cita, pensamiento de los demás, atendiendo todas sus razones, considerando los atenuantes, limitaciones de época, no empujando jamás palabras o ideas ajenas, en una dirección u otra, para de este modo acercarlas a las propias. Esta objetividad en transmisión de lo inventado por los demás, hace que tengamos fantástica impresión, de que, en estos libros que dicen tantas cosas, Isaiah Berlin mismo no tenga nada personal que decir. Impresión rigurosamente falsa, claro está. “Fair play” (juego limpio) es sólo una técnica, que, como todas las técnicas narrativas, no tiene otra function, que la de hacer más persuasivo un contenido. Una historia que parece no contada por nadie en particular, que finge estarse haciendo a sí misma, por sí misma, en momento de la lectura, puede resultar más verosímil y hechicera para lector.

Un pensamiento que parece no existir por sí mismo, que nos llega indirectamente, a través de lo que pensaron en determinado momento de sus vidas, ciertos hombres eminentes, de épocas y culturas distintas, o que simula nacer, no del esfuerzo creativo de una mente individual, sino del contraste de concepciones filosóficas y políticas de otros, y de errores y vacíos de estas concepciones, puede ser más convincente, que aquel que se presenta, explícito y arrogante, como teoría singular. Discreción y modestia de Isaiah Berlin, son en realidad, astucia de su talento.

Debemos decir, que - es filósofo «reformista», defensor de soberanía individual, convencido a la vez, de necesidad de cambio y progreso social, y de inevitables concesiones que éstos exigen de aquélla; - es creyente en la libertad como alternativa práctica para individuos y naciones, aunque consciente de servidumbres que hacen pesar sobre esta opción de libertad, los condicionamientos económicos, culturales y políticos; y - que es decidido defensor de «pluralismo», es decir de tolerancia y coexistencia de ideas y formas de vida diferentes, y adversario resuelto de cualquier clase de despotismo, intelectual o social. Decir esto, creo que es decir algo cierto, pero también es, en cierto modo, privar a lector de placer de descubrirlo a través de ese método moroso, sutil, indirecto, de novelista; que utiliza profesor Berlin, para desenvolver sus convicciones.

Hace algunos años, perdí gusto a utopías políticas, esos apocalipsis, que prometen bajar el Cielo a la Tierra: y más bien, suelen provocar iniquidades tan graves, como las que quisieran remediar. Desde entonces, pienso que sentido común, es la más valiosa de las virtudes políticas.

Leyendo a Isaiah Berlin, he visto con claridad, algo que intuía de manera confusa. Verdadero progreso, aquel que ha hecho retroceder o desaparecer usos e instituciones bárbaras, que eran fuente de infinito sufrimiento para el hombre, y han establecido relaciones y estilos más civilizados de vida, se han alcanzado siempre gracias a aplicación sólo parcial, heterodoxa, deformada, de teorías sociales.

De teorías sociales en plural, lo que significa que sistemas ideológicos diferentes, a veces irreconciliables, han determinado progresos idénticos o parecidos. Requisito fue siempre que estos sistemas fueran flexibles, que pudieran ser enmendados, rehechos, cuando pasaban de lo abstracto a lo concreto, y se enfrentaban con experiencia diaria de seres humanos. Cernidor que no suele equivocarse, al separar en esos sistemas, lo que conviene o no conviene, a los hombres, es la razón práctica de éstos.

VERDADES CONTRADICTORIAS

Una constante en pensamiento occidental, es creer que existe una sola respuesta verdadera, para cada problema humano, y que una vez hallada esta respuesta, todas las otras deben ser rechazadas por erróneas. Creencia complementaria de la anterior y tan antigua como ella, es que más nobles ideales que animan a hombres: justicia, libertad, paz, placer, etc., son compatibles unos con otros. Para Isaiah Berlin, estas creencias son falsas, y de ellas, se han derivado buena parte de tragedias de humanidad. De este escepticismo, profesor Berlin extrae argumentos poderosos y originales, en favor de libertad de elección y pluralismo ideológico. Fiel a su método indirecto, Isaiah Berlin expone su teoría de verdades contradictorias, o de fines irreconciliables, a través de otros pensadores, en los que encuentra indicios, adivinaciones, de esta tesis. Así, por ejemplo, en su ensayo sobre Maquiavelo, nos dice que éste detectó, de manera involuntaria, casual, esta «inconfortable verdad»: que no todos los valores son necesariamente compatibles, que noción de única y definitiva filosofía, para establecer sociedad perfecta, es material y conceptualmente imposible.

Maquiavelo llegó a esta conclusión, al estudiar mecanismos de poder, y comprobar que ellos eran írritos a todos los valores de vida cristiana, que nominalmente, regulaban vida de Sociedad. Llevar «vida cristiana», aplicar rigurosamente normas éticas prescritas por ella, significaba condenarse a impotencia política, ponerse a merced de inescrupulosos y hábiles. Si se quería ser políticamente eficiente y construir comunidad «gloriosa» como Atenas o Roma, había que renunciar a educación cristiana, y reemplazarla por otra más apropiada, a ese fin. A profesor Berlin no le parece tan importante, que Maquiavelo propusiera esa disyuntiva como su intuición de que 2 términos de ella, eran igualmente persuasivos y tentadores, desde punto de vista moral y social.

Es decir, que autor de “El Príncipe”, advirtiera, que hombre podía verse desgarrado entre metas que lo solicitaban por igual, y que sin embargo, eran alérgicas una a la otra. Todas las utopías sociales, de Platón a Marx, han partido de un acto de fe: que ideales humanos, grandes aspiraciones de individuo y colectividad, son capaces de congeniar, que satisfacción de uno o varios de estos fines, no es obstáculo, para materializar también los otros. Quizá nada expresa mejor este optimismo que rítimico lema de Revolución francesa: «Libertad, igualdad, fraternidad».

Generoso movimiento que pretendió establecer gobierno de la razón, sobre la Tierra, y materializar estos ideales simples e indiscutibles, demostró al mundo, a través de sus repartidas carnicerías y múltiples frustraciones, que realidad social era más tumultuosa e impredecible de lo que suponían impecables abstracciones de filósofos, que habían prescrito recetas para felicidad de los hombres. Más inesperada demostración; que aún hoy muchos se niegan a aceptar; fue la de que estos ideales se repelían uno al otro, desde instante mismo en que pasaban de teoría a práctica; de que, en vez de apoyarse entre sí, se saboteaban. Revolucionarios franceses, descubrieron, asombrados, que libertad era fuente de desigualdad y que país en el que ciudadanos gozaran de una total o muy amplia capacidad de iniciativa y gobierno de sus actos y bienes, sería tarde o temprano, país escindido por numerosas desigualdades materiales y espirituales.

Así, para establecer la igualdad, imponen coacción, vigilancia y acción todopoderosa y niveladora del Estado. Que injusticia social fuera precio de la libertad, y dictadura el de la igualdad; y que fraternidad sólo pudiera concretarse de manera relativa y transitoria, por causas más negativas que positivas, como en caso de guerra o cataclismo, que aglutinan a población en movimiento solidario; es algo lastimoso y difícil de aceptar. Sin embargo, según Isaiah Berlin, más grave que aceptar este terrible dilema del destino humano, es negarse a aceptarlo (“jugar al avestruz”).

Por lo demás, por trágica que sea, esta realidad, permite sacar lecciones provechosas y pensadores políticos que intuyeron este conflicto; el de verdades contradictorias; han mostrado mayor aptitud para entender proceso de civilización, el fenómeno humano. Por camino distinto al de Maquiavelo, Montesquieu también advirtió como característica central, en el discurrir de humanidad, que fines de los hombres, fueron muchos y distintos, y a menudo incompatibles unos con otros, y que ésta era la raíz de choques entre civilizaciones, y de diferencias entre comunidad; de rivalidades entre clases y grupos; y … en la propia intimidad de la conciencia individual, de crisis y desgarramientos.

Como Montesquieu en S. XVIII, gran escritor e inconforme ruso Alexandre Herzen, percibe este dilema, en S. XIX, y ello le permite analizar más lúcidamente que otros contemporáneos, fracaso de revoluciones europeas de 1848 y 1849. Herzen es vocero privilegiado de Isaiah Berlin; sus afinidades son enormes, y uno entiende que le haya consagrado uno de sus más luminosos ensayos. Escepticismo tiene en ambos, signo curiosamente positivo y estimulante, es llamado a la acción, pues se refuerza con consideraciones pragmáticas y toques de optimismo.

Herzen fue uno de primeros en rechazar, como fuente de crímenes, noción de que existe futuro esplendoroso para humanidad, al que las generaciones presentes deben ser sacrificadas. Como Herzen, profesor Berlin recuerda a menudo, pruebas de política injusta, o libertad que naciera de opresión. Ambos, por eso, creen que en cuestiones sociales son siempre preferibles los éxitos mediocres pero efectivos, a grandes soluciones totalizadoras, fatalmente quiméricas.

Que haya verdades contradictorias, que ideales humanos puedan ser adversaries, no significa para Isaiah Berlin, que debamos desesperar y declararnos impotentes. Significa que debemos tener conciencia de importancia de libertad de elegir. Si no hay una sola respuesta para nuestros problemas, nuestra obligación es vivir constantemente alertas, poniendo a prueba las ideas, leyes, valores que rigen nuestro mundo, confrontándolos unos con otros, ponderando el impacto que causan en nuestras vidas, y eligiendo unos y rechazando o modificando los demás. Al mismo tiempo que argumento a favor de responsabilidad y libertad de elección, Isaiah Berlin ve en esta condición de destino humano, irrefutable razón para comprender que tolerancia, «pluralismo», son, más que imperativos morales, necesidades prácticas, para supervivencia de hombres.

Si hay verdades que se rechazan, y fines que se niegan, debemos aceptar posibilidad de error en nuestras vidas, y ser tolerantes para con él. También admitir que la diversidad; de ideas, acciones, costumbres, morales, culturas es única garantía que tenemos, para que error, si se entroniza, no cause demasiados estragos, ya que no existe solución para nuestros problemas, sino muchas y todas ellas precarias.

LAS 2 LIBERTADES

Palabra libertad se ha usado, al parecer, de doscientas maneras diferentes. Profesor Isaiah Berlin ha contribuido con 2 conceptos propios, a esclarecer esta noción, que con justicia, llama proteica: los de libertad «negativa» y «positiva». Aunque sutil y escurridizo, cuando se plantea en términos abstractos, este distingo entre 2 formas o sentidos de idea de libertad, resulta en cambio muy claro, cuando se trata de juzgar opciones concretas, situaciones históricas y políticas específicas. Y sirve, sobre todo, para entender a cabalidad, problema enmascarado tras artificiosa disyuntiva entre libertades «formales» y libertades «reales», que suelen esgrimir casi siempre aquellos que quieren suprimir las primeras.

Libertad está estrechamente ligada a coerción, es decir a aquello que la niega o limita. Se es más libre, en medida en que uno encuentra menos obstáculos para decidir su vida, según su propio criterio. Mientras menor sea autoridad que se ejerza sobre mi conducta; mientras ésta pueda ser determinada de manera más autónoma por mis propias motivaciones; mis necesidades, ambiciones, fantasías personales; sin interferencia de voluntades ajenas, más libre soy. Este es concepto «negativo» de libertad. Es concepto más individual que social, y absolutamente moderno. Nace en sociedades que han alcanzado alto nivel de civilización, y cierta afluencia. Parte de supuesto que soberanía de individuo, debe ser respetada, porque es ella, en última instancia, raíz de creatividad humana, de desarrollo intelectual y artístico, de progreso científico. Si individuo es sofocado, condicionado, mecanizado, fuente de creatividad queda cegada, y resultado es mundo gris y mediocre, pueblo de hormigas o robots.

Quienes defienden esta noción de libertad, ven siempre en el poder y la autoridad el peligro mayor y proponen por eso que, como es inevitable que existan, su radio de acción sea mínimo, sólo el indispensable para evitar el caos y la desintegración de la sociedad, y que sus funciones estén escrupulosamente regulados y controladas. Aunque pensadores como John Stuart Mill y Benjamin Constant fueron quienes defendieron con más ardor esta idea de la libertad, y liberalismo de S. XIX, fuera su expresión política más evidente, sería erróneo creer que libertad «negativa» se agota con ellos. En realidad, abarca algo mucho más vasto, diverso y permanente; es aspiración escondida detrás de sinnúmero de programas políticos, formulaciones intelectuales y maneras de actuar.

Es este concepto «negativo» de libertad, el que está detrás, por ejemplo, de todas las teorías democráticas, para las cuales, coexistencia de puntos de vista o credos diferentes, es indispensable, así como respeto de minorías, y el que alienta convicción de que libertades de prensa, de trabajo, de religión, de movimiento; o, en nuestros días, de comportamiento sexual; deben ser salvaguardadas, pues sin ellas, vida se empobrece y degrada. Cosas tan dispares como romanticismo literario, órdenes monásticas y el misticismo, algunas corrientes anarquistas, socialdemocracia, la economía de mercado y la filosofía liberal resultan vinculadas, por encima de sus grandes discrepancias, pues comparten esta noción de la libertad.

Pero no hay que pensar que en campo político, sólo sistemas democráticos la materializan. Isaiah Berlin muestra, que por paradójico que parezca, ciertas dictaduras que repugnan a conciencia, se acomodan con ella, y al menos en parte, la practican. En América Latina lo sabemos, como lo supieron españoles de años finales de Franco. Ciertas dictaduras de derecha, que ponen énfasis en libertades económicas, pese a abusos y crímenes que cometen, garantizan por lo común, margen más amplio de libertad «negativa» a ciudadanos, que democracias socialistas y socializantes. En tanto que libertad «negativa» quiere sobre todo limitar la autoridad, la «positiva» quiere adueñarse de ella, ejercerla. Esta noción es más social que individual, pues se funda en idea (muy justa) de que posibilidad que tiene cada individuo, de decidir su destino, está supeditada en buena medida, a causas «sociales», ajenas a su voluntad. ¿Cómo puede analfabeto disfrutar de libertad de prensa?

¿De qué le sirve libertad de viajar, a quien vive en la miseria? ¿Significa acaso lo mismo, libertad de trabajo a dueño de empresa, que para desempleado? En tanto que libertad «negativa», tiene en cuenta principalmente hecho de que individuos son diferentes, «positiva» considera ante todo, lo que tienen de semejante. A diferencia de aquélla, para la cual libertad está más preservada cuanto más se respetan variantes y casos particulares, ella estima que hay más libertad en términos sociales, cuanto menos diferencias se manifiestan en cuerpo social, cuanto más homogénea es una comunidad. Todas las ideologías y creencias totalizadoras, finalistas, convencidas de que existe meta última y única, para colectividad dada; nación, raza, clase o humanidad entera; comparten concepto “positivo” de libertad. De éste, se han derivado multitud de beneficios para hombre, y gracias a él, existe conciencia social: saber que desigualdades económicas, sociales y culturales, son mal corregible, y que pueden y deben ser combatidas.

Nociones de solidaridad humana, de responsabilidad social e idea de justicia, se han enriquecido y expandido gracias a concepto «positivo» de libertad, y éste ha servido también, para frenar o abolir iniquidades, como esclavitud, racismo, servidumbre y discriminación. Pero también este concepto de libertad, ha generado sus correspondientes iniquidades. Como general Pinochet y general Franco (de años «liberales») podían hablar de libertad «negativa» con cierta pertinencia, Hitler y Stalin podían, sin exagerar demasiado, decir que sus respectivos regímenes estaban estableciendo la verdadera libertad (la «positiva») en sus pueblos. Todas las utopías sociales, de derecha o izquierda, religiosas o laicas, se fundan en noción «positiva» de libertad.

Ellas parten de convencimiento de que en cada persona, hay además del individuo particular y distinto, algo más importante, un «yo» social idéntico, que aspira a realizar ideal colectivo, solidario, que se hará realidad en futuro dado, y al que debe ser sacrificado todo lo que lo impide u obstruye. Por ejemplo, aquellos «casos particulares» que constituyen amenaza contra armonía y homogeneidad social. Por eso, en nombre de esta libertad «positiva»; esa sociedad utópica futura, la de raza elegida triunfante, la de sociedad sin clases y sin estado o la ciudad de bienaventurados eternos; se han librado guerras crudelísimas, establecido campos de concentración, exterminado a millones de seres humanos, impuesto sistemas asfixiantes, y eliminado toda forma de disidencia y de crítica. Estas 2 nociones de libertad, son alérgicas la una a la otra, se rechazan recíprocamente, pero no tiene sentido tratar de demostrar, que una es verdadera y la otra falsa, pues aunque palabra de que ambas se sirven sea la misma, se trata de cosas distintas.

EL ERIZO Y EL ZORRO

Entre fragmentos conservados de poeta griego Arquíloco, uno dice: «muchas cosas sabe el zorro, pero el erizo sabe una sola y grande». Fórmula, según Isaiah Berlin, puede servir para diferenciar a 2 clases de pensadores, de artistas, de seres humanos en general:

- aquellos que poseen visión central, sistematizada, de la vida; un principio ordenador en función del cual tienen sentido, y se ensamblan acontecimientos históricos y menudos sucesos individuales, persona y sociedad,

y - aquellos que tienen visión dispersa y múltiple de realidad y de hombres, que no integran lo que existe, en una explicación u orden coherente, pues perciben mundo como compleja diversidad, en la que, aunque hechos o fenómenos particulares gocen de sentido y coherencia, el todo es tumultuoso, contradictorio, inapresable.

Primera, es visión «centrípeta». Segunda «centrífuga».

Dante, Platón, Hegel, Dostoievski, Nietzsche, Proust fueron, según Isaiah Berlin, erizos. Y zorros: Shakespeare, Aristóteles, Montaigne, Moliere, Goethe, Balzac, Joyce. El profesor Berlin está, qué duda cabe, entre los zorros. Lo está no sólo por su concepción abierta, pluralista, del fenómeno humano, sino por astucia con que se las arregla para presentar sus formidables intuiciones y descubrimientos intelectuales, al sesgo, como simples figuras retóricas, accidentes del discurso o pasajeras hipótesis de trabajo. Metáfora de erizo y zorro, aparece al principio de su magistral ensayo sobre teoría de historia de Tolstoi y sus semejanzas con las de pensador ultramontano Joseph de Maistre; e Isaiah Berlin, luego de formularla, se apresura a prevenirnos contra peligros de cualquier clasificación de esta naturaleza.

En efecto, ellas pueden ser artificiales y hasta absurdas. Pero la suya no lo es. Todo lo contrario: muerde en carne viva, y resulta tan iluminadora para entender 2 actitudes ante la vida, que se proyectan en todos los campos de cultura; filosofía, literatura, política, ciencia; como lo era su distingo entre libertad «negativa» y «positiva», para entender problema de la libertad. Es cierto que hay visión «centrípeta», de erizo, que reduce, explícita o implícitamente, todo lo que ocurre y lo que es, a núcleo bien trabado de ideas, gracias a las cuales, caos de vida, se vuelve orden; y confusión de cosas, se torna transparente.

Es visión que se asienta a veces en la fe, como en san Agustín o en santo Tomás; a veces en la razón, como en Marqués de Sade, Marx o Freud, y que, por encima de grandes diferencias de forma y contenido y propósito (y, claro está, de talento) de sus autores, establece entre ellos, un parentesco. Ante todo, es totalizadora, dueña de instrumento universal, que permite llegar a raíz de todas las experiencias; de llave que permite conocerlas y relacionarlas.

Este instrumento, esta llave; gracia, inconsciente, pecado, relaciones sociales de producción, deseo; representa estructura general que sostiene la vida, y es al mismo tiempo, marco dentro del cual evolucionan, padecen o gozan, hombres y la explicación de por qué, y cómo lo hacen. Azar, lo accidental, lo gratuito, desaparecen del mundo (o quedan relegados a margen tan subalterno, que es como si no existieran), en visión de erizos. A diferencia de éstos, en los que predomina lo general, zorro está confinada en lo particular. Para ella, en última instancia, lo «general» no existe: sólo existen casos particulares; tantos y tan diversos unos de otros, que suma de ellos, no constituye unidad significativa, sino, más bien, confusión vertiginosa; magma de contradicciones.

Ejemplos literarios de Shakespeare y Balzac, que da Isaiah Berlin, son prototípicos. Obra de ambos, es hervidero extraordinario de individuos, que no se parecen, ni en sus motivaciones recónditas, ni en sus actos públicos; vasto abanico de conductas y morales, de posibilidades humanas. Críticos que tratan de extraer «constantes» de esos mundos, y resumir en interpretación singular, visión del hombre y vida que proponen, nos dan impresión de empobrecer o traicionar, a Shakespeare y a Balzac. Ocurre que no tenían una visión; tenían varias y contradictorias.

Disfrazado o explícito, en todo erizo hay un fanático; en una zorro, un escéptico. Quien cree haber encontrado una explicación última del mundo, termina por acuartelarse en ella, y negarse a saber nada de las otras. Quien es incapaz de concebir explicación de este género, termina, tarde o temprano, por poner en duda, que ella pueda existir. Gracias a erizos, se han llevado a cabo extraordinarias hazañas; descubrimientos, conquistas, revoluciones; pues para este género de empresas, se requiere casi inevitablemente, ese celo y heroísmo, que suele inspirar a sus adeptos; visión centrípeta y finalista, como la de cristianos y marxistas. Gracias a zorros, ha mejorado «calidad» de vida, pues nociones de tolerancia, respeto mutuo, permisibilidad, de libertad, son más fáciles de aceptar; y en ciertos casos, más necesarias para poder vivir; en aquellos que, incapaces de percibir orden único y singular en la vida, admiten tácitamente que haya varios y disímiles.

Hay campos, en los que, de manera natural, han prevalecido erizos. Política, por ejemplo, donde explicaciones totalizadoras, claras y coherentes, de problemas, son siempre más populares, y al menos en apariencia, más eficaces a la hora de gobernar. En artes y literatura, en cambio, zorros son más numerosas; no así en ciencias, donde éstas son minoría.

Profesor Berlin muestra, en caso de Tolstoi, que erizo y zorro pueden convivir, en misma persona. Genial novelista de lo «particular», prodigioso descriptor de diversidad humana, de protoplasmática diferencia de casos individuales que forman realidad cotidiana, feroz impugnador de todas las abstracciones de historiadores y filósofos que pretendían explicar dentro de sistema racional el desenvolvimiento humano; zorro Tolstoi; vivió hipnóticamente tentado por ambición de visión unitaria y central de la vida, y acabó por incurrir en ella, primero en determinismo histórico de “Guerra y Paz”, y sobre todo, en su profetismo religioso de últimos años.

Creo que caso de Tolstoi no es único; que todas los zorros vivimos envidiando perpetuamente a erizos. Para éstos, la vida siempre es más vivible. Aunque vicisitudes de existencia sean en ambos idénticas, por una misteriosa razón, sufrir y morir, resultan menos difíciles e intolerables; a veces, fáciles; cuando uno se siente poseedor de una verdad universal y central, pieza perfectamente nítida, dentro de ese mecanismo que es la vida, y cuyo funcionamiento cree conocer. Pero existencia de zorros, es asimismo, eterno desafío para erizos, el canto de sirenas que aturdió a Ulises. Porque, aunque sea más fácil vivir dentro de claridad y orden, es atributo humano irremediable, renunciar a esta facilidad, y a menudo, preferir sombra y desorden.

HÉROES DE NUESTRO TIEMPO

¿Qué influencia tiene individuo en historia? ¿Son los grandes acontecimientos colectivos, desenvolvimiento de humanidad, resultado de fuerzas impersonales, de mecanismos sociales, sobre los que personas aisladas, tienen escasa o nula intervención? ¿O, por el contrario, todo lo que ocurre, es generado primordialmente por visión, genio, fantasía y hazañas de ciertos hombres? A estas preguntas, parece querer responder último volumen de obras reunidas de Isaiah Berlin: “Personal Impressions”.

Libro contiene 14 textos, escritos entre 1948 y 1980, generalmente en elogio de políticos, académicos y escritores, para ser leídos en ceremonias universitarias o publicadas en periódicos. Pese a ser trabajos de circunstancias, y alguno de ellos de mero compromiso, en todos aparecen buena prosa, inteligencia, vasta cultura y estimulantes intuiciones de sus ensayos de más aliento. Conjunto forma galería de figuras representativas de aquellos que profesor Berlin considera más admirables, y dignos de respeto, entre sus contemporáneos, su antología personal de héroes de nuestro tiempo. Impresión más inmediata que lector se lleva de esa curiosa y a veces inesperada sociedad; en la q’conviven celebridades como Churchill y Pasternak, con oscuros ratones de biblioteca de Oxford; es que de Isaiah Berlin se puede decir, lo que, según él, pensaba uno de sus modelos (Einstein): que si hay que rendir homenaje a ciertos individuos, debe ser a aquellos que han logrado algo importante en campo de intelecto y cultura, antes que en el de conquista y poder.

Entre visión individualista, romántica, de historia, y visión colectivista y abstracta de positivismo y socialismo, profesor Berlin prefiere resueltamente la primera, aunque, como siempre, atenuándola, matizándola (pues toda posición rígidamente unilateral, es impensable en él). No niega que haya «fuerzas objetivas» en los procesos sociales. Pero no hay duda, pues sus artículos sobre Churchill, Roosevelt y Chaim Weizmann, lo dicen explícitamente, que, para él, intervención de individuos; líderes, gobernantes, ideólogos, en la historia, es fundamental y decisiva.

Que ellos pueden relegar esas «fuerzas objetivas» a segundo plano, determinando, en muchos casos, dirección de todo un pueblo, modelando su conducta, designios, e inculcándole energía y voluntad o espíritu de sacrificio, para defender ciertas causas, o materializar cierta política. Ni formidable, y durante buen tiempo, solitaria resistencia británica contra nazismo, hubiera sido lo mismo, sin Winston Churchill, ni New Deal; gran experimento social de «Nuevo trato», en favor de fórmulas más igualitarias y democráticas en Estados Unidos; lo que fue, sin Franklin D. Roosevelt, ni sionismo moderno y creación de Israel, hubieran tenido características que tuvieron, sin Chaim Weizmann.

Isaiah Berlin sabe de sobra, temibles deformaciones que ha tenido esta concepción de «héroe» como pivote de historia, demagogia que ha brotado en torno, desde libro de Carlyle hasta justificación de «caudillo» omnímodo que personifica a su pueblo, como Hitler, Stalin, Franco, Mussolini, Mao y tantos otros pequeños semidioses de hoy. Precisamente, convencido antitotalitario que hay en él, subraya en elogios, de aquellos 3 «héroes» suyos, que admiración que le merecen se debe, sobre todo, a que siendo grandes hombres, dotados de extraordinaria aptitud para influir sobre sus conciudadanos y precipitar cambios en sociedad, actuaran siempre dentro de marco democrático, respetuosos de legalidad, tolerantes para con crítica y adversarios y obedientes de veredicto electoral. Es esta condición de «caudillos» amantes de ley y libertad, que, según Berlin, aproxima a conservador Churchill, a demócrata Roosevelt y a liberal Weizmann, por sobre sus diferencias doctrinarias.

Pero historia no la hacen únicamente políticos, ni consta sólo de hechos objetivos. En panteón civil de Isaiah Berlin, figuran en lugar privilegiado, estudiosos, pensadores, enseñantes. Es decir, todos aquellos que producen, critican o diseminan ideas. Igual que en sus otros libros, en éste también es manifiesta, convicción de profesor Berlin de que aquéllas son fuerza motriz de la vida, telón sobre el cual se inscriben ocurrencias sociales, y llaves para entender realidad exterior, y entrar a explorar intimidad del hombre. Su entusiasmo se vuelca por eso, sin reservas, hacia aquellos que como Einstein, innovaron radicalmente nuestro conocimiento de mundo físico, o, como Aldous Huxley y Maurice Bowra, o poetas Anna Ajmátova y Boris Pasternak, enriquecieron espiritualmente, época en que vivieron, cuestionando valores intelectuales establecidos, y explorando nuevos temas de reflexión, o creando obras cuyas belleza y profundidad, sirvieron a la vez, de goce e iluminación a los demás. En el racionalista convencido que es Isaiah Berlin hay también un moralista.

Aunque no lo diga con estas mismas palabras, de sus «elogios» se desprende, que para él, es difícil, acaso imposible, disociar grandeza intelectual y artística, de individuo de su rectitud ética. Todas las personas que desfilan por estas páginas reverentes, son de signo positivo, simultáneamente en 2 órdenes: intelectual y moral; a tal extremo, que a veces tenemos sensación de que estos 2 órdenes fueron para el profesor Berlin, uno solo. Es verdad que algunos de sus hombres ejemplares, como historiador L. B. Namier, lucen psicologías difíciles y por momentos inaguantables; pero en todos ellos, hay, siempre, en base de personalidad, nobleza de sentimientos, generosidad, decencia, pureza de propósitos. Isaiah Berlin es tan persuasivo, que cuando uno lo lee, hasta esto está dispuesto a creerle: que talento y virtud van unidas.

Pero ¿es así? Entre autores que he leído estos últimos años, Isaiah Berlin es uno de los que más me ha impresionado. Sus opiniones filosóficas, históricas y políticas, me parecen esclarecedoras, compartibles. Sin embargo, pienso que aunque tal vez muy pocos en nuestros días hayan visto de manera tan penetrante como él, lo que es la vida; la de individuo en sociedad, la de sociedades en el tiempo, impacto de ideas en experiencia cotidiana; hay toda una dimensión del hombre que no asoma, o lo hace de manera furtiva, en su visión: aquella que describió, mejor que nadie, George Bataille.

Ese mundo de sinrazón que subyace, y a veces obnubila y mata a la razón; el de inconsciente, que en dosis siempre inverificables y dificilísimas de detectar, impregna, orienta y a veces esclaviza la conciencia; el de esos oscuros instintos, que por inesperados caminos surgen de pronto súbitamente, para competir con ideas, y a menudo sustituirlas como resortes de acción, e incluso destruir lo que ellas construyen. Nada más alejado de visión limpia, serena, armoniosa, lúcida y sana, del hombre que tiene Isaiah Berlin, que concepción sombría, confusa, enferma y ardiente, de Bataille. Y, sin embargo, sospecho que vida es probablemente algo que abraza y confunde en una sola verdad, en su poderosa incongruencia, a esos 2 enemigos.
MARIO VARGAS LLOSA
WASHINGTON, NOVIEMBRE, 1980


Hay que leer su concepto de libertad negativa y positiva. La libertad negativa protege la esfera individual frente a la intromisión. La libertad positiva busca garantizar las condiciones para que el individuo pueda autodeterminarse. Berlin no las presenta como conceptos mutuamente excluyentes, pero sí subraya que existe un conflicto entre ambas cuando se llevan al extremo: demasiada libertad negativa puede llevar a la desigualdad y dominación de los más fuertes; demasiada libertad positiva puede justificar la coacción en nombre del “verdadero yo”.

Berlin. El erizo y la zorra..pdf by Daniel Felipe Garavito Rincón