EL Rincón de Yanka: PROFECÍAS

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jueves, 10 de septiembre de 2026

LIBRO "EL CAMPAMENTO DE LOS SANTOS" (EL DESEMBARCO) por JEAN RASPAIL: SER ES DEFENDERSE


EL  CAMPAMENTO 
DE  LOS  SANTOS
EL  DESEMBARCO

JEAN RASPAIL


Se acaba la era de los mil años. Ya salen las naciones 
que están en los cuatro lados de la tierra 
y que abundan tanto como la arena de los mares. 
Partirán en expedición por la superficie de la tierra, 
ocuparán el Campamento de los Santos y la muy amada Ciudad.
Apocalipsis 20, 7-9

Podríamos buscar juntos un nuevo estilo de vida 
que permitiera la existencia de ocho mil millones 
de seres humanos que se calcula poblarán el planeta en el año 2000. 
De lo contrario, no hay suficientes bombas atómicas 
que puedan contener el maremoto constituido 
por los miles de millones de seres humanos que, 
intentando sobrevivir, partirán un día de la patria meridional 
y pobre del mundo para irrumpir en los espacios 
relativamente abiertos del rico hemisferio septentrional. 
H. Boumedienne, presidente de Argelia (marzo de 1974) 

La pregunta es ahora: ¿cómo vamos a inventar 
un modo de relación pacífico con un grupo importante 
que ya forma parte del Estado francés, 
que tiene derecho a ser lo que es, puesto que se trata 
de una situación de hecho que hemos acepado y querido? 
¿Cómo vamos a inventar modos de coexistencia 
dentro de Francia que posibiliten tal cohabitación 
dentro del amor y el respeto de la libertad de cada cual? 
Es ésta una de las tareas de las generaciones venideras. 
Cardenal Lustiger (abril de 1984)
En esta profética novela, escrita a principios de los 70, el autor nos plantea un dilema de gran actualidad y que resuelve él mismo con una trama predeterminada por la decadencia ideológica de Occidente. 
¿Qué pasaría si un millón de indios arribasen al unísono a las costas europeas?
Un domingo de Pascua, al anochecer, cien navíos herrumbrosos zarpan de un muelle del Tercer Mundo con un millón de hambrientos a bordo. No portan armas. No quieren conquistar. Solo anhelan un futuro mejor.
Mientras la flota cruza el mar rumbo a Europa, Occidente contempla paralizado el espectáculo. Los gobiernos se reúnen sin decidir, los obispos predican misericordia, los periodistas celebran el acontecimiento, los militares aguardan órdenes que nunca llegan. Solo unos pocos intuyen que lo que está en juego no es una frontera ni una política: es la supervivencia de la sociedad en la que viven.
Con la fuerza de una parábola bíblica y la precisión de un cronista, Jean Raspail planteó las preguntas que Occidente no se atreve a responder: si tiene derecho a defenderse, y si siquiera lo desea. Medio millón de ejemplares después, sigue siendo la novela más incómoda y más lúcida sobre el porvenir de Europa.

En su obra más conocida, "El desembarco, publicada en 1973", Raspail predice el colapso de la civilización occidental como consecuencia de una abrumadora ola de inmigración del Tercer Mundo. El libro ha sido traducido al inglés, alemán, español, italiano, afrikáans, checo, neerlandés, polaco y portugués, y desde 2006, se estima que han sido vendidas más de 500,000 copias. En un artículo coescrito en 1985 para la revista Le Figaro, Raspail reiteró los puntos de vista dados en esta novela, afirmando que “la proporción de la población inmigrante no europea de Francia seguiría creciendo, y esto a su vez pondría en peligro la supervivencia de los valores, la cultura y la identidad francesa”.
Raspail fue candidato a la Academia Francesa en el año 2000, por lo cual recibió la mayoría de los votos, pero finalmente no obtuvo los votos requeridos para la elección al puesto vacante de Jean Guitton.
Criticó la política de inmigración francesa en un artículo para la revista Le Figaro publicado el 17 de junio de 2004 con el título La patria traicionada por la República. El artículo fue demandado por la Liga Internacional contra el Racismo y el Antisemitismo por “incitación al odio racial”, pero el tribunal rechazó la acción el 28 de octubre de ese mismo año.

«El verdadero valor de la novela no está en adivinar acontecimientos, sino en conmovernos al mostrar cómo se adaptan las liturgias y las almas cuando colapsa una civilización superior» (Kiko Méndez-Monasterio, del prólogo).
«La clave no estriba tanto en exponer una invasión; lo que expone, más bien, representa una capitulación. Y las capitulaciones rara vez se producen porque el enemigo sea invencible: se producen porque el capitulado ha dejado de creer que merezca la pena resistir» (Miguel Ángel Quintana Paz, del epílogo).

PREFACIO 
A LA TERCERA EDICIÓN FRANCESA (1985)

Publicada por primera vez en 1973, esta novela anticipa una situación que actualmente resulta plausible y constituye una amenaza cuya eventualidad ya a nadie le parece inverosímil: describe la invasión pacífica de Francia, luego de Occidente, por el tercer mundo convertido en multitud. En todos los ámbitos — conciencia universal, gobiernos, equilibrio de civilizaciones y, sobre todo, en el fuero interno de cada cual— se plantea la misma pregunta, pero demasiado tarde: ¿qué hacer? ¿Qué hacer, puesto que nadie puede renunciar a su dignidad de hombre a costa de consentir el racismo? ¿Qué hacer, puesto que, al mismo tiempo, cualquier hombre —y cualquier nación— tiene el derecho sagrado de preservar sus diferencias y su identidad en nombre de su futuro y de su pasado? 

Nuestro mundo se ha constituido en medio de una extraordinaria diversidad de culturas y razas que sólo han podido desarrollarse, a menudo hasta la última y particular perfección, mediante una necesaria segregación de hecho. 

Los enfrentamientos que de ello se derivan y que siempre se han derivado no son enfrentamientos racistas —y ni siquiera raciales. Forman parte simplemente del movimiento perpetuo de las fuerzas que, oponiéndose, forjan la historia del mundo. Los débiles se eclipsan, después desaparecen; los fuertes se multiplican y triunfan. El expansionismo occidental, por ejemplo, desde las Cruzadas y los grandes descubrimientos terrestres y marítimos hasta la epopeya colonial y sus últimos combates de retaguardia, obedecía a diversos motivos —nobles, políticos o mercantiles—, pero en los cuales el racismo no ocupaba ningún lugar y no desempeñaba ningún papel, salvo quizás entre las almas viles. La correlación de fuerzas estaba a nuestro favor, esto es todo. Tanto si se aplicaba las más de las veces en detrimento de otras razas —aunque algunas de ellas fueron salvadas de su adormecimiento natural—, dicha correlación sólo era la consecuencia de nuestra sed de conquista: no un motor y ni siquiera una coartada ideológica. 

Hoy, cuando la correlación de fuerzas se ha invertido diametralmente y nuestro antiguo Occidente, trágicamente minoritario en esta tierra, refluye tras sus murallas desmanteladas y ya está perdiendo batallas en su propio territorio; hoy, cuando Occidente empieza a percibir, asombrado, el sordo estruendo de la formidable marea que amenaza con sumergirlo, es preciso acordarse de lo que anunciaban los antiguos relojes solares: 
«Es más tarde de lo que crees...». Esta última referencia no ha surgido de mi pluma. La escribió Thierry Moulnier a propósito, precisamente, de El desembarco. Perdóneseme por citar otra referencia, la del profesor Jeffrey Hart, de la universidad de Princeton, cronista literario y célebre columnista estadounidense: «Raspail no escribe sobre la raza: escribe sobre la civilización»

El desembarco es, por lo demás, un libro simbólico, una especie de profecía bastante brutalmente puesta en escena con los medios de que disponía, pero al ritmo de la inspiración, pues si un libro me ha sido alguna vez inspirado, tengo que confesar que ha sido exactamente éste. 
¿De dónde diablos hubiera podido, si no, sacar la fuerza de escribirlo? De ese trabajo de dieciocho meses salí, por lo demás, irreconocible, a juzgar por la foto de contraportada de la primera edición de 1973: un rostro agotado que aparentaba diez años más de los que tengo ahora, y cuya mirada era la de alguien al que han atormentado demasiadas visiones. Y, sin embargo, lo que en este libro correspondía a mi verdadera naturaleza era, precisamente, el mucho humor que también se desgrana en él: un buen humor hecho de ridiculización, en que lo cómico aparece bajo lo trágico, con una cierta dosis de bufonería como antídoto del apocalipsis. 

Siempre he sostenido que, pese a su tema, esta novela no es un libro triste, y estoy agradecido a quienes como Jean Dutourd, en particular, así lo han comprendido: «Como nuestro Occidente se ha convertido en un payaso, su tragedia final bien pudiera ser una enorme payasada. Es por ello por lo que este libro terrible es, en el fondo, tan cómico». Para volver a la acción de El desembarco, si ésta constituye un símbolo, no pertenece a la utopía, o, mejor dicho, ya ha dejado de pertenecer a la utopía. Si profecía hay, hoy estamos viviendo sus primicias. 

Simplemente, en El desembarco esta profecía es tratada como una tragedia a la antigua, con unidad de tiempo, lugar y acción: todo sucede durante tres días en las costas del sur de Francia, donde queda sellado el destino del mundo blanco. Siguiendo mecanismos que desde 1973 se describían, por lo demás, en esta novela (boat people, radicalización en Francia de la comunidad magrebí y de otros grupos alógenos, gran acción sicológica de las ligas humanitarias, exacerbación del evangelismo entre los responsables religiosos, angelismo de las conciencias, negativa a encarar la realidad, etc.), el proceso está, en la realidad, muy avanzado, pero el desenlace no estallara en tres días, sino que lo hará, casi con toda seguridad, después de numerosas convulsiones acontecidas en las primeras décadas del tercer milenio —apenas dentro de una o dos generaciones. 

Cuando se sabe lo que representa hoy una generación en nuestros viejos países europeos —generación «ahí-me-las-den-todas», a imagen de la familia «ahí-me-las-den-todas» y de la nación «ahí-me-las-den-todas»—, a uno se le rompe el corazón y le embarga el desaliento. Basta pensar en las terribles previsiones demográficas para los próximos treinta años, y las que voy a citar nos son las más favorables. Cercados en medio de siete mil millones de hombres, se hallan setecientos millones de blancos, apenas un tercio de los cuales —y poco frescos, muy envejecidos— se encuentran en nuestra pequeña Europa, teniendo frente a ellos, al otro lado del Mediterráneo y procedentes del resto del mundo, una vanguardia de cerca de cuatrocientos millones de magrebíes y musulmanes, el cincuenta por ciento de los cuales tiene menos de veinte años. 

¿Cabe imaginar un solo instante, y en nombre de qué política de avestruz, que se pueda sobrevivir en medio de tal desequilibrio? Hablando de ello, ha llegado ahora el momento de explicar por qué, en El desembarco, son masas humanas procedentes del lejano Ganges y no de orillas del Mediterráneo las que invaden el sur de Francia. Se debe a diversas razones. Una de ellas consistía en cierta prudencia por mi parte y, sobre todo, a mi rechazo de entrar en el debate trucado del racismo y del antirracismo en la vida francesa, así como a mi repulsa por ilustrar, con riesgo de envenenarlas, tensiones raciales ya perceptibles pero aún no candentes. Es cierto, ya se encuentra entre nosotros una considerable vanguardia, la cual manifiesta claramente la intención de quedarse, al tiempo que rechaza la asimilación; una vanguardia que, dentro de veinte años, contará dentro del pueblo antiguamente francés con más de un treinta por ciento de alógenos sumamente «motivados». 

Es una señal, pero sólo una señal. Uno puede detenerse en ella. Uno puede incluso, a este respecto, emprender algunas escaramuzas, al tiempo que ignora o finge ignorar que el verdadero peligro no reside sólo ahí, sino que está en otro sitio, está por llegar, y por su amplitud será de naturaleza distinta. Tengo en efecto la convicción de que, a escala planetaria, todo se desencadenará como en un billar en el que las bolas se empujan unas a otras a partir de un impulso inicial, el cual podría surgir en cualquiera de estas inmensas reservas de miseria y de multitud como las existentes ahí, en el Ganges.

Probablemente las cosas no sucedan exactamente como lo he descrito, pues "El desembarco" sólo es una parábola, pero a fin de cuentas el resultado no será distinto, aunque quizás se produzca siguiendo formas más difusas y aparentemente más tolerables. Así fue como murió el imperio romano: a fuego lento, es cierto, aunque esta vez puede que se produzca un incendio repentino. Se dice que la historia nunca se repite, lo cual es una enorme majadería. La historia de nuestro planeta no está hecha sino de vacíos sucesivos y de ruinas que otros, a su vez, han ido llenando y en algunas ocasiones regenerando. 

Lo cierto es que Occidente está vacío, por más que aún no esté verdaderamente consciente de ello. Civilización extraordinariamente inventiva, la única capaz de responder a los inconmensurables desafíos del tercer milenio, Occidente ya no tiene alma. A escala de las naciones, razas y culturas, así como a escala individual, es siempre el alma la que gana los combates decisivos. Es ella, y sólo ella, la que constituye la trama de oro y bronce con que se forjan los escudos que salvan a los pueblos fuertes. Casi ya no diviso alma entre nosotros. 

Mirando, por ejemplo, a mi propio país, Francia, tengo a menudo la impresión, como en una pesadilla despierta, de que muchos franceses «de origen» sólo son actualmente como moluscos que viven en las conchas abandonadas por los representantes de una especie ya desaparecida, que se llamaba la especie francesa y en nada presagiaba a la que, por no se sabe qué misterio genético, se ha amparado ahora de este nombre. Se contentan con durar. Aseguran marginalmente su sobrevivencia día a día y de forma cada vez más blanda. 

Enarbolando la bandera de una ilusoria solidaridad interna y «tranquilizadora», ya no son solidarios de nada, y ni siquiera son conscientes de nada de lo que constituye el esencial fondo común de un pueblo. En el plano práctico y materialista —el único que aún puede encender una lucecita de interés en su mirada envidiosa—, constituyen una nación de muy pequeños burgueses que, en medio de una riqueza heredada y cada vez menos merecida, se ha pagado y aún se paga, en plena crisis, a millones de domésticos: los inmigrados. 

¡Ah, cómo van a temblar! Los domésticos tienen numerosísimos parientes más allá y más acá de los mares —en realidad tienen una sola y famélica familia que puebla toda la tierra. Espartaco a escala planetaria... Por citar sólo un ejemplo entre mil, la población de Nigeria, en África, cuenta con cerca de setenta millones de habitantes que su país es incapaz de alimentar, puesto que dedica más del cincuenta por ciento de sus ingresos petrolíferos a adquirir alimentos. 

A comienzos del tercer milenio habrá cien millones de nigerianos y el petróleo se habrá agotado. Pero el muy pequeño burgués sordo y ciego sigue siendo un bufón que ni se entera. Aún disfrutando milagrosamente de la abundancia en sus fértiles prados de Occidente, grita mirando de reojo a su vecino más inmediato: «¡Que paguen los ricos!» 
¿Se entera al menos, pero, en fin, se entera de que el rico es precisamente él? ¿Se entera de que este grito de justicia, este grito de todas las revueltas, clamado por miles de millones de voces, es contra él, y contra él solo, contra quien pronto se alzará? He ahí todo el tema de El desembarco. Entonces, ¿qué hacer? Soy novelista. No tengo teoría, sistema o ideología que proponer o defender. Me parece tan sólo que ante nosotros se presenta una única alternativa: aprender la valentía resignada de ser pobres o volver a encontrar la inflexible valentía de ser ricos. En ambos casos, la caridad denominada cristiana se revelará impotente. Serán crueles esos tiempos. 
J.R.
Jean Raspail denuncia en su novela el suicidio programado de Europa: una civilización decadente, paralizada por la culpa y el sentimentalismo, que se entrega dócilmente a la invasión demográfica, renunciando a su alma, su historia y su derecho a vivir.

En los últimos tiempos estamos viviendo las consecuencias del colapso europeo a través del fenómeno migratorio, que no es en absoluto casual y es evidente que obedece a intereses espurios, ajenos a los deseos y anhelos de los diferentes pueblos que componen el conjunto de naciones de la Europa occidental. Ciertamente es un tema censurado por los grandes medios de comunicación, objeto de manipulaciones y tergiversaciones desinformativas, como buenos apéndices mediáticos del aparato político que son. El reciente caso de Torre Pacheco (Murcia, España) nos ofrece un buen ejemplo de ello, aunque no vamos a entrar directamente en este caso particular, que nos haría perder una perspectiva mucho más general del tema, que es necesaria para comprender la dimensión del problema.

Queremos tomar como ejemplo la novela de Jean Raspail (1925-2020), afamado escritor francés de orientación tradicionalista católica, que publicó en 1973 Le camp des saints, traducida al español como «El campamento de los santos» o «El desembarco». No se trata de una simple novela, de la narración de una historia más, sino de una parábola radical sobre el colapso moral y espiritual de Occidente, o más bien de Europa (no nos gusta referirnos en estos términos a Europa, dado que consideramos que es un concepto ideológico que nos remite a la Europa sometida a Estados Unidos y sus adláteres). Escrita con un estilo profético, una enorme lucidez visionaria, violencia estética y teñida de un humor trágico, nos presenta unos hechos que ya se perfilaban amenazantes sobre el horizonte, en una especie de escenificación hiperbólica y simbólica que narra la disolución de Europa, su destrucción bajo el peso de un doble fenómeno: por un lado el nihilismo interno, que nos recuerda a aquella sentencia de Will Durant, cuando dice aquello de que «Una gran civilización no es conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde dentro»; por otro lado, por la presión demográfica y cultural externa, procedente del Tercer mundo.

La imagen central de la obra es tan poderosa como grotesca, una flota de barcos desvencijados salidos de las costas de la India y cargados con cerca de un millón de inmigrantes de todas aquellas latitudes del sudeste asiático que llega hasta el Sur de Francia. Las consecuencias inmediatas de este hecho no suponen ningún enfrentamiento y, lejos de ser rechazados, los viajeros de aquellos barcos cochambrosos representan una extraña paradoja, en la que los supuestos débiles, los que huyen de su lugar de origen, representan la voluntad de vivir frente a los teóricos fuertes, la civilización europea, que ha decidido morir. Se trata de una rendición que trasciende lo físico y material, tiene un carácter moral, psicológico y espiritual. Es una Europa que ha renunciado a sí misma, a su esencia e idiosincrasia.

Una vez esbozado el eje central de la obra, es obvio que las acusaciones de racismo, ya en aquella época, iban a prevalecer sobre cualquier otro criterio y visión interpretativa. El propio Jean Raspail era consciente de que se le acusaría de ello, pero lo cierto es que no convierte las cuestiones raciales en el centro de su relato. Lo que realmente le interesa al escritor francés es la pérdida del alma por parte de la civilización europea, la cual ha sustituido sus precedentes certezas históricas por una vergüenza histórica, sentimentalismo humanitario y autodesprecio. Estos últimos son precisamente tres de los motivos que han articulado en la actualidad el discurso de aceptación de la inmigración en Europa. Por eso hablamos del suicidio de una civilización que ha dejado de creer en el derecho a existir, esa es la idea dominante a lo largo del libro. Una Europa que renuncia a su fuerza y vitalidad interna, ante su voluntad, su dignidad, su memoria y su conciencia histórica.

Una fábula profética y cruel

A pesar de que el relato tiene una estructura de novela, lo cierto es que podemos ver un método de parábola asociado a su desarrollo, al estilo de las tragedias clásicas, es decir, hay una unidad de tiempo, de lugar y de acción. Todo transcurre en un corto espacio de tiempo, concretamente en tres días. No hay digresiones ni subtramas complejas. El ritmo de la novela está concentrado para generar una sensación sobre el lector de fatalidad inminente y desolación. Podríamos calificar la novela como de una épica negativa, la crónica escrita de un desastre inaplazable e inevitable.

Raspail confesaba haber escrito esta novela en una situación de trance, presa de una inspiración profunda. Y pese a lo trágico que envuelve la trama, tampoco podemos hablar de un relato lúgubre y oscuro, sino que también encontramos muestras de un humor negro y corrosivo, de una sátira descarnada contra la hipocresía de las élites europeas. Unas élites y personalidades públicas compuestas por políticos cobardes, intelectuales degenerados, religiosos sentimentalistas, artistas abstractos, periodistas rastreros y todo tipo de personajes decadentes, degenerados y sin el menor ápice de dignidad. Todos ellos componen un cuadro inmejorable de la decadencia integral de Europa.

La novela busca precisamente eso, sacudir las conciencias embotadas en la ilusión de lo material y lo crematístico que domina las sociedades europeas, que se ve retratada a través de imágenes burlescas y caricaturescas, deliberadamente exageradas. No se trata de una novela para complacer, ni de un cuadro de personajes adaptado al gusto burgués, sino que todo está orientado a agitar y forzar a ver lo que la mayoría se niegan a ver, que el mundo que habitamos está compuesto en base a un relato, en ningún caso a la verdad. Vivimos bajo una mentira espiritual, un simulacro de fe en la igualdad universal que esconde una profunda voluntad de sumisión.


El Desembarco - Jean Raspail by BRUSI


 
«El campamento de los santos», de Jean Raspail, con Kiko Méndez-Monasterio y M. Á. Quintana Paz

SER ES DEFENDERSE

jueves, 3 de septiembre de 2026

EL P. JAMES MANJACKAL RECIBIÓ LA EFUSIÓN DEL ESPÍRITU SANTO Y TODO CAMBIÓ EN SU VIDA


Un cura indio explica cómo pasó 
de mediocre y acomodado 
a evangelizar con pasión


Recibió la efusión del Espíritu Santo y todo cambió en su vida. Dios le curó una grave enfermedad y él, extremadamente tímido, se convirtió en un predicador.

El P. James Manjackal es un sacerdote indio que, como tantos otros cristianos –también les ocurre a ellos-, era poco fervoroso, acostumbrado a lo justo y, de alguna forma, acomodaticio; nada afecto a creer en las conversiones repentinas y en la acción del Espíritu Santo en la vida de los hombres.
Una persona, en fin, instalada en la mediocridad. Sin embargo, un día se le cruzó Dios en el camino y hoy es un predicador lleno del Espíritu Santo, sacerdote a tiempo completo, misionero no sólo en su tierra natal y en Occidente, sino incluso en lugares a donde pocos se atreven a ir: a los países de mayoría musulmana como los de la península de Arabia.

Retiros de milagros y conversiones
En sus retiros, en donde se reúnen miles de personas, se dan auténticas conversiones y curaciones físicas y psíquicas. Quienes acuden a ellos explican su fervor y su hondura a la hora de celebrar la Eucaristía, la fuerza de su predicación, su pasión por Cristo… El P. James narra su testimonio de conversión, o mejor dicho de efusión del Espíritu Santo.

Testimonio personal de conversión
El P. James nació en una familia católica, como la mayoría de Kerala. Ingresó en la congregación de los Misioneros de San Francisco de Sales y se ordenó sacerdote en 1946.

Persona tímida e introvertida
Sus primeros destinos pastorales fueron las misiones en Visakhapatnam y después, por fin para él, fue nombrado profesor en el seminario de Kerala. Este destino fue una meta largamente anhelada, pues la pastoral de parroquia no estaba hecha para él. La razón es que desde pequeño fue una persona tímida e introvertida.
Sufrió por parte de sus compañeros lo que hoy llamaríamos “bulling”, haciendo de él una persona más bien intelectual y poco dada a las relaciones sociales. Su timidez era tan grande que incluso en la homilía de su Primera Misa no fue capaz de decir más que “mis queridos hijos, mis queridos hijos…”.

Promoción personal y seguridad…
A su carácter se le sumaron sus no siempre honestas inquietudes personales: “Cuando era un estudiante en el seminario, mi deseo más sincero era el ser profesor en la universidad o en el seminario. Una posición cómoda y honorable en la vida sacerdotal. Yo no me podía imaginar yendo como un vagabundo de lugar en lugar, confrontando diferentes situaciones, gente, cultura y comidas –explica el sacerdote indio-. Dentro de mí, buscaba comodidades materiales y la seguridad de una vida feliz”.
En pocas palabras, el destino del seminario era la meta perfecta para un hombre como él.

… pero algo cambió en un retiro

En esas fechas, más por curiosidad que por otro motivo, el P. James fue a un retiro carismático. Le gustó la predicación y los cantos. Poco más.
Sin embargo hubo algo que le suscitó especial interés: en una de las actividades, denominada “efusión del Espíritu”, el sacerdote responsable del retiro imponía las manos a los asistentes. Cuando llegó su turno, el predicador le dijo: “James, vas a ser un predicador carismático”. Al escuchar esto se rió, ¿cómo iba a ser un predicador carismático si en su vida jamás había sido capaz de pronunciar un discurso?

Una enfermedad llega a su vida

Pero ya sabemos que lo que es imposible para el hombre es posible para Dios. Y sí, efectivamente, Dios tenía sus medios para conseguir lo que buscaba. El medio o la ocasión llegó al acabar el retiro, y, como también suele ser habitual, por medio de una enfermedad.
El padre fue pasando de médico en médico y de hospital en hospital, hasta que finalmente fue diagnosticado, entre otras afecciones, de tuberculosis en los riñones. Su vida corría serio peligro.
Estando en el hospital se presentó un joven en su habitación. Le explicó que hacía poco que se había convertido a la fe católica, que el Espíritu Santo le había dado varios dones y que, yendo en autobús, el Espíritu le había indicado que debía acercarse al hospital para imponerle las manos y curarle.

Un desconocido ora por él y lee su alma
Antes que el P. James pudiera reaccionar, el joven ya estaba manos a la obra orando en voz alta por la sanación del sacerdote. Oró al Padre, oró a Jesucristo, oró en lenguas… Oró por su enfermedad y oró recordando episodios de su vida pasada –su infancia, cuando perdió a su padre, cuando era rechazado por sus compañeros…

– ¡Oh, Señor! Este sacerdote es un buen sacerdote, pero no es capaz de predicar tu Evangelio porque es muy tímido debido a su complejo de inferioridad, el cual desarrolló al principio de su niñez. Perdió a su padre cuando tenía siete años, Señor. Se sintió rechazado y discriminado entre los otros cinco niños con los que creció. La madre, joven y viuda, tuvo cantidad de problemas para sacar a sus hijos adelante.

Como él era muy gordo, sus hermanos y hermanas lo molestaban llamándole “gordito”. Los compañeros de colegio lo llamaban “negrito” por el color de su piel. Por esto, en su temprana infancia, este niño ha sido muy herido. Tiene mucho resentimiento en su corazón.
Señor, Espíritu Santo, cura sus heridas internas y resentimientos y dale un nuevo yo interior. Libéralo de todas sus esclavitudes y del poder de la oscuridad. ¡Oh, Espíritu Santo! llena su corazón con tu amor…

«Todo eso era verdad»
En esos momentos de auténtica sorpresa y vértigo, el P. James comenzaba a resquebrajarse por dentro:

“Todo lo que decía de mi vida era verdad. Sabía que todo lo que había dicho en oración no estaba en el historial del hospital. Él estaba leyendo un historial diferente, el del Espíritu Santo. Derramé lágrimas sobre mi orgullo, especialmente sobre mi orgullo intelectual –explica el P. James-. Me di cuenta de que este muchacho joven, un recién convertido, había nacido en el Espíritu, mientras que yo, un católico tradicional, un sacerdote ordenado, permanecía en la carne”.

El Señor lo sana
En esos momentos, además, sintió una sensación de calor en el estómago y en los riñones. ¿Le estaría curando el Señor? Con todo, su mente estaba en otro lugar: ¿y si el joven comienza a revelar en voz alta sus pecados más escondidos? Todo llega:

– Jesús, tú eres quien lo llamó al sacerdocio, pero él está ofreciendo Misas con un corazón impuro y con manos impuras. Este sacerdote está teniendo mucha falta de perdón hacia muchos, dale la gracia de perdonar al prójimo y lávalo en tu preciosa sangre y dale un corazón más blanco que la nieve.

Llamar entre lágrimas al Señor
“Para entonces –explica el P. James- el mismo Espíritu Santo comenzó a acusarme de mis pecados. Yo no sabía que el muchacho había salido de la habitación para orar sobre otros. Vi una página blanca de papel enfrente de mí en la que estaban escritos claramente todos mis pecados, pecados que fueron confesados, y algunas veces escondidos en las confesiones debido al temor o vergüenza. Vi claramente a las personas a las cuales no había perdonado y con las que todavía no me había reconciliado en mi corazón».

Entre lágrimas dije: «Señor, no puedo liberarme de estos malos hábitos, yo soy incapaz. No puedo continuar, no puedo ser un sacerdote puro. Entre lágrimas empecé a llamar a gritos al Señor, a lo mejor era la primera vez que yo oraba llorando. Estaba en una absoluta confusión, no sabía si debía dejar el sacerdocio o continuar. El Espíritu me decía que si continuaba debía ser un sacerdote santo, una persona diferente».

«Pensé que las Misas ofrecidas en el pasado no habían sido aceptadas por el Padre en el Cielo y que ninguna de mis oraciones había sido escuchada por el Señor. Cuando fuese al Altar debería haber perdonado y reconciliado. Debería haber perdonado a los otros para que mis oraciones pudieran ser efectivas. ¡Pensé que era un ser miserable, completamente perdido!”

Y Cristo le dice…
En esos momentos, Jesucristo le habló claramente: James, tú eres mi sacerdote desde siempre. Incluso cuando Yo fui concebido en el vientre de mi Madre, tú estabas ahí como un sacerdote compartiendo mi Sacerdocio eterno. Yo te perdono todos tus pecados y te hago completamente nuevo.

El médico confirmó que estaba curado
Volvió en sí cuando una enfermera le llamó por su nombre. Le traía las medicinas, pero las rechazó porque se sentía curado. El doctor también insistió, pero al ver los evidentes cambios –podía levantarse, estaba con fuerzas, dormía sin somníferos…- decidió repetir todas las pruebas. Éstas fueron concluyentes.
El doctor “me llamó a su despacho y me enseñó los antiguos y los nuevos resultados de las pruebas clínicas, y me confirmó que mi riñón estaba completamente curado, que podía dejar de tomar las medicinas y que estaba dado de alta del hospital. Yo no sé cómo explicar la alegría que sentí en ese momento. Dije ‘alabado sea el Señor’, abracé al doctor y abandoné el hospital”.

Comienza como predicador carismático
La experiencia vivida en el hospital fue un romper aguas, un antes y un después en su vida. Tal y como le habían anunciado en el retiro sería a partir de ahora un predicador carismático. Renunció a su trabajo, incluso a la oferta que le hicieron sus superiores de los Misioneros de San Francisco de Sales, su congregación, de ir al extranjero a estudiar un doctorado.
Las rechazó porque el Espíritu Santo le dijo claramente: “Yo soy suficiente para ti”. El recién bautizado en el Espíritu Santo cambió de vida: de tímido y acomodado profesor pasó a ser predicador y apóstol de Jesucristo. Incansable y constante.

Una casa de retiros para miles de personas
Fundó la Charis Bhavan, en su Kerala natal, una casa para retiros que se ha convertido en un lugar de encuentro con Dios para miles de personas. Con programas de ayuda para resolver o, en última instancia, sobrellevar los problemas sociales, económicos, psicológicos, domésticos y espirituales.
Pero el P. James hace tiempo que decidió cruzar fronteras y se ha convertido en un predicador incansable por Sudamérica y USA, por Bosnia, Croacia, España, Francia, Suiza y centro Europa, por Asia e, incluso, en algunos países islámicos de la península arábiga.
Ha publicado libros, poemas, artículos y canciones que circulan por millares y han sido traducidos a innumerables idiomas. Entre sus libros se encuentran: "27 oraciones carismáticas", "Entra en el Arca" y "Eureka". Y entre sus artículos destacan algunos relativos a la incompatibilidad entre el Yoga y la fe cristiana.

Apóstol en toda ocasión

Quienes asisten a sus retiros son testigos de primera mano de la acción del Espíritu Santo sobre sus vidas, pero quienes se encuentran con él por el camino de la vida también son testigos de ese soplo divino.
En cierta ocasión, estando en el aeropuerto de Bombay esperando a subir al avión, había un joven europeo vestido como un hindú, de color azafrán y con ceniza en su frente, discutiendo con la policía. La razón era relativamente obvia: el joven pretendía subir al avión con sus dioses encima, es decir, con un ratón y una serpiente enroscada al cuello, que por supuesto estaban vivos. Ni que decir tiene que el joven estaba cargado de razones para hacerlo:

– Estos son mis dioses recibidos en la India y vosotros policías indios, ¿no me permitís ir con ellos?, les preguntaba a los agentes de aduanas.
Mientras los policías resolvían esta cuestión relativa a la fe y a las leyes, la gente comenzaba a desesperarse y a gritar. Allí se encontraba también el P. James, quien se puso a rezar por aquel joven tan despistado en cuestiones de fe. Movido por el Espíritu Santo, actuó:

– José, ¿no eres un católico alemán? ¿No estarás queriendo tomar a estas criaturas como tus dioses?, le preguntó mientras ponía la mano sobre su hombro.
– ¿Quién le ha dicho que me llamo José y que soy católico alemán?, le respondió con sorpresa. Sacando un crucifijo le explicó el sacerdote:
– Él es mi Dios, que me revela estas cosas por medio del Espíritu Santo.

Con lágrimas en los ojos le preguntó si estaba dispuesto a hablarle más sobre Jesús y el Espíritu Santo. Dijo que sí, pero le puso como condición que renunciase a aquellos animales. Él, como un niño, obedeció y tiró el ratón y la serpiente al cubo de la basura.
Durante el vuelo, el padre le explicó a José muchas cosas sobre Jesús y el Espíritu Santo. Él era un católico que había abandonado la fe para ir tras las mujeres, las drogas y el alcohol, y que había adoptado el hinduismo como forma de vida. Confesó que todo eso no había dado sentido a su vida y que le faltaba algo.
Terminó por confesarse y recibir la Comunión en una Misa que el P. James celebró en el hotel de Ryad, en Arabia Saudita. El joven estaba feliz y con lágrimas le dijo: Ahora mi sed y mi hambre de Dios han sido colmados con Jesús en la Comunión.

El P. James comenta, a raíz de este caso, que el sacerdote recibe muchas alegrías al perdonar los pecados de quienes estaban alejados de Dios: “Habría valido la pena haber nacido y haber sido sacerdote para confesar a este hombre pecador y después haber muerto al ver su alegría y su paz. ¡Vale la pena morir para dar vida!”.

PADRE JAMES MANJACKAL ✝️ 7 AÑOS de GRAN TRIBULACION 🌍 2026-2033

«Es hora de que Europa despierte y regrese al Señor Jesús, el único refugio y ayuda. Deben saber que hasta hace poco estos eran países católicos y cristianos. Ahora, en estos dos países, ni siquiera el 4% de la población asiste a la misa dominical, y este es el requisito mínimo para la identidad cristiana. Hay muchos niños sin bautizar, un gran número de hombres y mujeres conviven fuera del matrimonio, pocas personas se confiesan o reciben otros sacramentos, ¡y la oración familiar es inexistente! Es cierto lo que dijo el profeta Jeremías: 
“Han abandonado a Dios, la fuente de la vida”. ¡El divorcio, las uniones entre personas del mismo sexo, el aborto, la eutanasia y toda otra forma de inmoralidad están legalizadas en estos países! ¡Son como Sodoma y Gomorra! Entre sus habitantes no hay temor ni de Dios ni de los hombres. Ciertamente, el Señor no está complacido con estos ni con otros países similares. Creo que el castigo y la retribución de Dios se acercan», son las palabras del padre James Manjackal.

Ahora es el momento para que quienes ostentan el poder, y toda la población de estos países, vuelvan sus ojos al Señor y comiencen a invocar su nombre; porque todo aquel que invoca el nombre de Dios será salvo. Es tiempo de arrepentirse, cambiar de conducta y decidir vivir conforme a la voluntad de Dios. El Señor dice: «Vuelvan a mí y yo volveré a ustedes». Nuestro Dios, Jesús, es misericordioso y bondadoso. Cuando, tras el llamado de Noé, los ninivitas se arrepintieron, Dios se arrepintió y cambió su plan de destruirlos. Es tiempo de que la Europa cristiana despierte y regrese a las raíces de su vida y cultura, que son Cristo y el cristianismo. Necesita renunciar a la frialdad, la tibieza y la indiferencia hacia Cristo y la Iglesia, quienes son los únicos que tienen las respuestas y soluciones a los problemas de hoy. Si Europa reconoce su fe en Cristo vencedor, Él estará con los europeos y acabará con sus enemigos actuales, advierte el padre James Manjackal.

También es hora de que los líderes políticos de Europa se unan en Cristo para luchar contra el enemigo. Es lamentable que Europa esté dividida; el enemigo se aprovecha de estas divisiones. Ruego que Europa se una en la fe en Cristo y en la Iglesia, y que crezca en paz y prosperidad. Deseo y ruego que todos los cristianos europeos lleguen a conocer el poder de Cristo, su Salvador y Señor. Que María, Madre de Cristo y Reina de Europa, interceda por la salvación de Europa, dijo el Padre James Manjackal al mundo.

domingo, 30 de agosto de 2026

LIBRO "LOS PROFETAS DE LA PIEL DE TORO" por JOSÉ MARÍA SÁNCHEZ DE TOCA

 LOS PROFETAS DE LA PIEL DE TORO

JOSÉ MARÍA SÁNCHEZ DE TOCA

Los Profetas de la Piel de Toro es fruto de una investigación rigurosa de José María Sánchez de Toca que ha sacado a luz un sorprendente repertorio de revelaciones: un desconocido versículo bíblico del profeta Abdías, pergaminos con textos de la Iglesia de las catacumbas y de la enérgica pluma de San Isidoro; consejos y ayudas celestiales para reyes medievales y dirigentes contemporáneos; denuncias de la perdición del pueblo por culpa de malos pastores y gobernantes sin conciencia; voces de santos, monjas y gente sencilla que en nombre de Dios avisaron peligros para nuestro destino colectivo; y apariciones del siglo XX con humildes peticiones y severas advertencias. Todo un caudal de puntos de vista frescos y originales, opiniones insólitas y viejas promesas para un futuro mejor.
Un tema que hasta su publicación en este libro estaba inédito porque tradicionalmente ha sido ignorado por científicos e historiadores y ha chocado con la hostilidad de gobernantes y teólogos.

Este libro recoge y expone hechos, personas y palabras que nos interpelan personalmente en un momento en que nos movemos peligrosamente cerca del abismo. Son hechos, personas y palabras inquietantes, seguramente incómodos, pero al fin hechos de realidad indiscutible; y hay que recordar que si los hechos escapan a los esquemas generalmente admitidos, no se deben rechazar, porque lo que está equivocado no son los hechos.

Los Profetas de la Piel de Toro, por José María Sánchez de Toca

Hace años, cuando investigaba escenarios de guerra, di con un grueso haz de tradiciones centroeuropeas sobre el destino de Europa. Durante más de un milenio, en Bohemia, Polonia y los países de lengua alemana, un centenar de hombres y mujeres de todas las épocas entre la Edad Media y nuestros días, habían predicho los graves acontecimientos de los siglos XIX y XX, así como otros muchos que afortunadamente no han ocurrido y que mejor será que no pasen nunca. El tema era tan interesante que cuando volví a ser dueño de mi tiempo lo publiqué con el título de Los profetas del Bosque.

Al poco de publicarse, Manuel María Echarte, que por entonces enseñaba Historia en San Sebastián, me escribió: …me dejas aguardando con ansia otro libro que recoja los profetas de la piel de toro, y sus palabras fueron un reto para escribir lo que ya sabía y para seguir buscando lo que sospechaba que existía. El empeño ha resultado una larga marcha a bibliotecas venerables que guardan la suave textura de los viejos pergaminos y al magnífico Archivo del Santo Oficio en Roma, donde tuve en mis manos los expedientes de Ezquioga, La Salette, la Madre Rafols y el Padre Pío. Busqué por Cataluña francesa un pueblo llamado Milhas que no estaba en el mapa, y que al final apareció en Comminges, cerca del valle de Arán. He visitado los lugares de apariciones del siglo XX y he entrevistado a gente sencilla que decía haber hablado con Jesús y su Madre.

Ha sido una investigación atípica, compuesta de una treintena de investigaciones distintas, que ha dado por resultado un libro de historia que trata de hechos, personas y palabras. Profetas y profecías, limitadas al ámbito de la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana, lo bastante complejo de por sí como para salir a buscar fuera.
Tal vez hubiera debido llamarlo Las Profecías sobre Hispania, pero me gustaba más el título que puso Echarte, pues desde Estrabón llamamos Piel de Toro al suelo que ocuparon las Hispanias romana y gótica, el mismo que hoy comparten España y Portugal.
Este es un libro que me hubiera gustado encontrar, pero que aún no estaba hecho, porque en los últimos doscientos años han visto la luz en España varias colecciones de profecías que, meritorias o discutibles, no dicen casi nada de España y Portugal...


Para empezar, el repertorio desgranado a lo largo de los capítulos preceden tes no está completo; por ejemplo faltan San Millán, Colón o Donoso Cortés. En los primeros siglos pudo haber profecías que hoy desconocemos. Y otras, como los plomos del Sacromonte, habrían de estudiarse a la luz de los medios actuales para determinar con precisión su antigüedad. Faltan profecías medievales y es probable que otros místicos de los Siglos de Oro también profetizaran sobre la Monarchia Catholica de entonces. Un escrutinio a fondo de los autores y santos de estas tierras posiblemente sacara a la luz alguna profecía más.

Además, en el siglo XX han proliferado las apariciones y no tienen trazas de desaparecer en el siglo XXI. En los últimos treinta años se han debido producir en la Piel de Toro un centenar largo de apariciones, más otra docena en los archipiélagos y plazas de soberanía, y algunas más que empezaron bien y después se torcieron. El fenómeno de las apariciones no sólo es español, sino universal, y sólo conocemos la punta de un iceberg que, por cuanto se puede juzgar, está igual de ignorado e inexplorado en todas partes.

Pero éste no es un estudio de apariciones, sino un libro de Historía (o de historias, si se prefiere) sobre los seres humanos que profetizaron sobre la Piel de Toro, y lo que dijeron cuando hablaban de parte de Dios. Un poco más de la mitad fueron hombres; algo más de la mitad eran laicos; el conjunto es muy heterogéneo en género, edad y clase. Entre los laicos hubo reyes, niños, amas de casa y un zapatero portugués, y entre los consagrados un par de arzobíspos, dos obispos, dos jesuítas, un benedictino, varios franciscanos y monjas profesas, así como una oblata cocinera y un hermano portero. Por su lugar de nacimiento, muchos eran castellanos, diez eran catalanes, cinco portugueses y dos valencianos; de fuera, seis eran franceses, una alemana, una sueca, un italiano, un griego, un palestino y un galés.

La santidad del profeta no es requisito indispensable para que una profecía sea cierta, teniendo en cuenta que Caifás profetizó y también lo hizo la burra de Balaam, pero más de la mitad de los profetas citados son santos o están en trámites de serlo: ocho están canonizados y veinte están en diversos estadios del proceso de canonización (beatos, venerables o siervos de Dios) aunque los españoles no hayamos empujado como sería de justicia.

Las profecías que recoge este libro se han producido a lo largo de veinticinco siglos: una es de 700 o 500 años antes de Cristo, otra del siglo primero después de Cristo y tres son de antes de los moros. Aumentaron ligeramente en la Alta Edad Media, volvieron a crecer al alba de la Edad Moderna, y finalmente crecieron bruscamente desde el siglo XIX a nuestros días. Entre Abdías y el nacimiento de Cristo hay un vacío de cinco siglos en que no sabemos si hubo o no profecías sobre Iberia o Hispania, y después está el hueco de las omitidas entre la Alta y la Baja Edad Media, las profecías que anunciaron su destino a Fernán González y el Cid, o la muerte a Fernando I y Alfonso X el Sabio.

En cuanto a su contenido, las hay que perpetúan el recuerdo de la ayuda sobrenatural en momentos difíciles a reyes, caudillos y gobernantes, desde Wam ba hasta nuestros días pasando por don Alonso Henriques, el primer soberano portugués. Sería fascinante, aunque supongo que muy difícil, averiguar si esa ayuda ha sido general y permanente y sí persiste en nuestros días; creo que hay motivos para suponer que sí. Cosa distinta es que las hagan caso.

Pero la mayoría de estas profecías son mensajes de amor de Dios a su pueblo y quejas del desdeñado Amante, como en la Biblia. Avisos de peligro, señales para identificarlo, remedios para prevenirlo y algunas instrucciones para regiones y lugares concretos.

En estas profecías el amor de Dios se expresa de modo que evoca el Antiguo Testamento, como si España fuera un ser personal digno de ser amado, pero tan capaz de pecar como de merecer. Los mensajes la llaman “querida, amada, predilecta, país que amo por su fidelidad, modelo y aliento para otras naciones, cuna y jardín de la Virgen”, y la razón de este amor, según un mensaje del siglo XVII, es que “tienen los españoles a mi Madre por tan suya que por particular grandeza los llama “hijos de mi seno”.

Paralelamente a este amor, los mensajes constatan amargamente su desvío con palabras muy duras (he leído un “España puta” en un viejísimo manuscrito) así como la queja y el dolor de Dios por el grado de envilecimiento en que España ha caído varias veces a lo largo de los siglos. Las expresiones del “Planto” de San Isidoro (sean suyas o de un autor desconocido mil años posterior) son aplicables al pasado, al presente y quién sabe si también al futuro; son quejas que repiten Eiximenis y Juan de Unay en el siglo XV, la aldeana alemana Ana Catalina Emmerich (“¿Por qué he de ver yo, miserable pecadora, estas cosas?”) y la Madre Rafols en el XIX; y que vuelven a sonar en el siglo XX, en voz alta y en público, en Ezquioga, la Cruz Blanca y El Escorial: ¡“Pobre España”; “España, ciega nación”; “España, España, desgraciada España”!

Esta serie de tristísimos plantos denuncian sobre todo la mala conducta de los clérigos y de los gobernantes: “Ay de ti, España, que harás barragana a la esposa de Jesucristo, que darás sus cargos a pecadores que serán peores que los idólatras”, (San Isidoro); “Príncipes y prelados negligentes de la salud del pueblo, se dedicarán a hacer dinero y tiranías” (Eiximenis); “Príncipes espirituales peores que los príncipes mundanos” (San Francisco de Paula); “¡Cómo usan de simonías!” dice el Bandarra. A la Madre Rafols se le dice: “lo que más me duele es que me ofendan, olviden y desprecien las almas que me están consagradas”. Tam bién La Peregrina y Ana Catalina Emmerich describen el triste estado de la Iglesia española. En Ezquioga, Jesús se quejaba de “los apóstoles ingratísimos, senta dos en la ola de la Revolución”; en 1943 sor Lucía exhortaba a remediar el relajamiento de los sacerdotes y religiosos; en 1965, el ángel afirmó en Garabandal que muchos sacerdotes, obispos y cardenales iban camino de la perdición; y en El Escorial en 1983 se dijo que los pecados de las almas consagradas claman venganza al Cielo.

Los gobernantes no merecen mejor juicio en las visiones de Ána Catalina ni en las locuciones de la Madre Rafols. En Ezquioga, en un momento en que ya no había monarquía y la expresión tenía que referirse al futuro, se dice que España está “seducida por el mal gobierno y la monarquía está llena de engaños y asechanzas”; allí también se habló de “gobernantes traidores de la patria”. En El Escorial, los mensajes increpan a la nueva clase política perfectamente amoral: “Gobernantes de los pueblos que estáis sembrando la mala semilla, engañando a los hombres… ¡Ay de vosotros que arrastráis miles y miles de almas con vuestras mentiras y engaños, hijos míos!”.

Paralelamente a estas quejas, se hacen una serie de promesas: La vuelta a las ciudades del Sur de la profecía de Abdías, la ayuda permanente desde el Pilar de Zaragoza, la tutela de Santiago sobre toda la Piel de Toro. Se promete que el Sagrado Corazón de Jesús reinará en España, y que “gozaréis de vuestra antigua libertad”. Los malvados “no conseguirán desarraigar la fe católica”, pues “la providencia se reserva un medio imprevisto” y el “Cielo tiene designios sobre España”. “Quiero que España sea siempre grande y lo será sí se mantiene en la fe”. A mediados del siglo XIX, el confesor del obispo de Loja preveía el desastre del 98 pero iba más allá cuando afirmaba: “Será la nación más poderosa del mundo”.

De todas estas promesas, la más llamativa, que se ha repetido a lo largo de siglos, es la del hombre (u hombres) al que las profecías dan el nombre de Vespertilio, Murciélago, Rat Penat, Encubierto, León, Rey León, Guerrero, Caudillo o Jinete del Tajo, Rey General, hombre de la estirpe de España, y Capitán de la Santa Milicia de los Crucíferos. Nombres para uno o más reyes o caudillos que, junto al Papa santo, “Nuevo David”, han de reformar la Iglesia, reconquistar los Santos Lugares, vencer en el Tajo y en los Pirineos y establecer la paz universal; algo que recuerda inevitablemente el arquetipo bíblico de Josué y Zorobabel y el apocalíptico de los dos candelabros.

Pero antes que llegue este salvador (o salvadores), los mensajes avisan de muchos peligros: San Isidoro describe varias situaciones de peligro en las malas nupcias, el fallecimiento del príncipe y la falta de varón. Varias veces se anuncia una guerra terrible y decisiva en los Pirineos. Se nos dice que dos olas revolucionarias arrasarán España y la segunda hundirá su barquilla, y también se habla de un ataque desde Italia. España “dividida en dos por un robo injusto y muchas traiciones” sufrirá crueles infortunios; “te harán jirones la piel y te harán beber la hiel de corazones podridos”. Amenazada por la masonería, ha de cebarse en ella el espíritu del mal; “se proponen descristianizar la familia”. “Si España deja perder la religión, será destruida”. Especial significación cobran hoy los párrafos dedicados a la educación y los derechos de los padres dictados a la Madre Rafols y los videntes de Ezquioga.

Y entre todas las amenazas pronunciadas sobre la Piel de Toro, persiste la de los agarenos anunciada por San Metodio, aunque los mensajes prometan tam bién el héroe fuerte —el Encubierto, el Rey León— que recuperará España y África y extirpará la secta de Mahoma antes de reconquistar los Santos Lugares para la Cristiandad.

La época de estos peligros está indicada por señales: San Vicente Ferrer dice que será cuando no se pueda distinguir chico y chica y cuando dos quieran ser reyes; y en Ezquioga, cuando el vicio sea tenido por virtud y la virtud por locura.

Los mensajes dan también una serie de remedios o defensas para las calamidades que España se atrae cada vez que se aparta de la ley de Dios: la intercesión de la Virgen del Pilar, la oración del rosario, la devoción y las imágenes del Sagrado Corazón de Jesús, la consagración al Inmaculado Corazón de María, la comunión reparadora de los cinco primeros sábados, el trisagio, la imagen de la Virgen del Olvido, Triunfo y Misericordias. En pleno siglo XX, Sulamitis escribe una oración para pedir por España.

Y finalmente hay en los mensajes una serie de avisos para ciertas regiones y ciudades concretas de la Piel de Toro o de lo que fue un tiempo la Monarquia Católica: En Portugal nunca se perderá la fe y Cuba la recuperará junto con la libertad. Hay avisos proféticos y plantos para Cataluña, Andalucía, Asturias, Navarra y Guipúzcoa así como las ciudades de Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Zaragoza, Córdoba, Granada, Cádiz, Vitoria y San Sebastián.

Pero las dos cuestiones capitales que suscitan estas profecías, son las de su autenticidad y credibilidad de cada una de ellas.

En cuanto a lo primero, a investigación ha puesto de manifiesto una serie de problemas que esperan solución: La necesaria exégesis del versículo de Abdías. Establecer un texto castellano fiable del sermón de San Metodio y revisar la crítica a su autoría. Encontrar los textos más antiguos de las profecías de San Isidoro, su “Libro de los Secretos” y los libros citados por el Padre Vieira. Revisar objetivamente las críticas al Voto de Santiago. Establecer y traducir el texto de la profecía de Poblet. Confirmar las citas, ahora inciertas, de Santa Brígida y San Vicente Ferrer. Encontrar los primeros textos de Castillon sobre el Buc de Milhas. Consultar el expediente, por ahora secreto, de la Madre Rafols durante el pontificado de Pio XII. Identificar al obispo de Loja y su confesor, así como al venerable Jacinto Coma. Y sobre todo, confiar en que las apariciones de Ezquioga, Garabandal, la Cruz Blanca y El Escorial sean objeto de investigación imparcial y profunda, que discierna y examine sus frutos, y que estudie los miles de mensajes recibidos en aquellos lugares.

Por lo demás, a la vista de lo que ha costado encontrar todas estas profecías, no parece posible que se hayan copiado unas a otras. Aunque haya pasado alguna vez, ni ha podido ser siempre ni todas las veces. Las mismas ideas o parecidas frases en diferentes labios de épocas distintas, no es que hayan copiado, sino que tienen al final el mismo origen.

En cuanto al criterio de credibilidad, el precepto evangélico y el sentido común dicen que hay que juzgar las cosas por sus frutos. Todavía sirve el consejo de aquel fariseo del siglo I: No despreciéis las profecías, antes bien, examinadlo todo y quedaros con lo bueno.

Estas profecías (salvo, naturalmente, la de Abdías) son revelaciones privadas que nadie está obligado a creer (aunque a veces pueda ser imprudente no creerlas) porque son meros asuntos de fe humana, y en materia de fe humana, los aciertos pasados aumentan la confianza, pero no dan seguridad de acertar el futuro: el hombre del tiempo acierta casi todos los días pero de vez en cuando se equivoca.

La parte final de esta investigación ha discurrido por los lugares de apariciones de la Piel de Toro en el siglo XX, con nostalgia de lo que pudieron haber sido; por los mismos años que en Vitoria se obstinaban en aplastar a Ezquioga, los obispos de Bélgica reconocieron dos lugares de apariciones en Banneux y Beauraign, que hoy son santuarios florecientes.

El trato que han dado a las apariciones nuestras autoridades cíviles y eclesiásticas (así como en determinados momentos, también algunos jueces y milita res) ha sido garrafal, para decirlo suavemente, y no es extraño que una vidente oyese a la Virgen en Lourdes que “En España me acogen peor que en ningún otro sitio”.

Tras sus brutales intervenciones en Fátima y Ezquioga, las autoridades civiles aprendieron, las eclesiásticas van aprendiendo más despacio. Tiene que resultar irritante que venga un niño (o un ama de casa, o la señora de la limpieza, o el hermano portero) a decir de parte de Dios al obispo (o al general, al cirujano, al arquitecto o al ingeniero) lo que tiene que hacer. Lo terrible del caso es que los caminos de Dios no son los nuestros, porque hace lo que le parece y se manifiesta como quiere sin necesidad de pedir permiso a las jerarquías de la Tierra.

Al visitar lugares de apariciones no se puede dejar de imaginar cuán distintas hubieran sido las cosas si los videntes hubieran tenido desde el principio un director que presidiera los cultos, velara por la doctrina y expulsara a los indeseables. Si hubieran sido estudiadas por una comisión de expertos, pero expertos de verdad, no psiquiatras o rabdomantes, porque los que entienden de mística son los místicos. Si se hubiera dado satisfacción sin tardanza a lo que pedía la Virgen, porque si lo que pedía era una capilla, una consagración o unos rezos, la cortesía, la prudencia y el sentido común aconsejaban hacerlo cuanto antes, aunque solamente fuera por si acaso; otra cosa sería si hubiera pedido un estadio o un bar de copas.

Hay que rectificar y evitar los errores del pasado y muy especialmente el acuerdo de no reconocer apariciones, que parece un pecado contra el Espíritu Santo. Si los lugares de apariciones hubieran tenido enseguida un director espiritual, una encuesta imparcial y una capilla, que son tres cosas sencillas y de sentido común, no habría en el Santo Oficio un expediente sobre Ezquioga, pero en Ezquioga habría un santuario mariano lo mismo que en La Codosera, Garabandal y El Palmar. No existiría la Iglesia Católica Apostólica Palmariana, pero la Virgen de los Dolores tendría su capillita en el Prado Nuevo de El Escorial, que es lo que ella pedía.

No se puede reprimir el espíritu, porque los pueblos lo necesitan tanto como las personas. En esta época complicada en la que muchos días asalta la tentación de ceder al cansancio, el hastío o el asco, las profecías nos traen un aliento luminoso, unas opiniones, avisos y exhortaciones que no son humanas, que llaman a las cosas por su nombre y que nos devuelven, como una brisa saludable, el claro sonido de la verdad que teníamos olvidada. La palabra de Dios siempre es fecunda y no regresa hasta que cumple su cometido en la Tierra. Las profecías sirven para enseñar, para orientar nuestra marcha colectiva, para corregir errores, para hacer recuperar a la gente el verdadero sentido de la vida, para advertir riesgos, para dar señales, para prepararse a lo peor, para ayudar a conducir la Historia, para enseñar a leer los signos de los tiempos.

Para dar esperanza

Los Profetas de La Piel de Toro. José María Sánchez de Toca. Análisis del libro

LA PIEL DE TORO1 by Leire Noteimporta