EL Rincón de Yanka: ESTATISMO

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martes, 6 de octubre de 2026

JORGE BUXADÉ: ¿CUÁNTOS IMPUESTOS Y TASAS HAY QUE PAGAR PARA CONSTRUIR VIVIENDA? 🏤🏣🏢🏨🏦🏡


¿CUÁNTOS IMPUESTOS Y TASAS 
HAY QUE PAGAR PARA CONSTRUIR VIVIENDA?

🏤🏣🏢🏨🏦🏡

🎥Trabaja el empresario, el arquitecto, el aparejador, el notario o el registrador, el abogado, el auditor y por supuesto los trabajadores de la promoción o la construcción, y los funcionarios que aseguran la legalidad del proceso pero en cada paso, hay una o dos Administraciones que devoran la riqueza y ponen frenos al crecimiento.
Todo para financiar inmigración ilegal, chiringuitos de género, y castas políticas que llenan ayuntamientos, regiones, sociedades públicas de todo pelaje, Estado o Unión Europea.


miércoles, 9 de septiembre de 2026

LIBROS "LAS 48 LEYES DEL PODER" por ROBERT GREENE y "PRINCIPIOS DEL PODER" por SERGIO HORACIO FELER


PRINCIPIOS
DEL   PODER

Libro I: Éxito y Felicidad

Volumen I: Poder Interior

Sergio Horacio Feler

Introducción

El libro en tus manos es un compilado de “Principios” básicos, pero poderosos. Son ideas profundas, que funcionan como herramientas mentales prácticas para pensar y actuar con inteligencia.

No vienen a decirte cómo vivir, sino a mostrarte caminos posibles. No buscan que admires, sino que te transformes. Están escritos para generar impacto, no para complacer.

Estos surgen de la síntesis e integración de disciplinas esenciales como la economía, la filosofía, la psicología y las finanzas. También se nutren de las enseñanzas de figuras como Aristóteles, Charlie Munger, Maquiavelo, Sun Tzu, Ayn Rand, Adam Smith, Warren Buffett y Daniel Kahneman, entre otros.

Aclaración: Tenga el lector presente que estos “Principios” no son recetas universales, son generalizaciones que admiten excepciones, y deben ser usados como mapas, no como mandatos. Con ellos no pretendo tener la verdad absoluta ni decirle a nadie cómo vivir; pero me complace si ayudan a otras personas.

Gracias por leer.


Izquierda y derecha sirven para orientarnos políticamente. El problema empieza cuando creemos que explican todo.
Más Estado no significa automáticamente izquierda. Mercado no significa automáticamente derecha. El populismo puede aparecer en ambos lados. También el autoritarismo.
Y quizás el error más interesante sea creer que dos movimientos son necesariamente opuestos porque se ubican en extremos distintos del mapa político.
Las etiquetas ayudan. Hasta que empiezan a pensar por nosotros.


LAS 48 
LEYES DEL 
P
O
D
E
R


Una guía diseñada para mostrarle al lector cuáles son las cualidades personales que se deben de tener para alcanzar el poder en términos sociológicos, un método práctico para todo aquel que quiera conseguir el poder, observe el poder, o tenga que defenderse del poder. La obra contiene temas y elementos de El príncipe de Nicolás Maquiavelo y ha sido comparado con el clásico de Sun Tzu, El arte de la guerra. Para explicar sus leyes y cómo estas se deben de ejecutar, el autor utiliza como ejemplo las estrategias, los aciertos y desaciertos de personajes históricos famosos como Julio César, Haile Selassie  I, Napoleón Bonaparte, Carl von Clausewitz, Isabel I, Henry Kissinger, Pancho Villa, P.  T.  Barnum, Mao Zedong y muchos otros, recurriendo también a hechos reales importantes de la historia universal.

El libro es una guía diseñada para poder mostrarle al lector cuáles son las "cualidades personales" que se deben de tener para alcanzar el poder en términos sociológicos, un método práctico para todo aquel que quiera conseguir el poder, observe el poder, o tenga que defenderse del poder. La obra contiene temas y elementos de El príncipe de Nicolás Maquiavelo y ha sido comparado con el clásico de Sun Tzu, El arte de la guerra.

Para explicar sus leyes y cómo estas se deben de ejecutar, el autor utiliza como ejemplo las estrategias, los aciertos y desaciertos de personajes históricos famosos como Julio César, Haile Selassie I, Napoleón Bonaparte, Carl von Clausewitz, Isabel I, Henry Kissinger, Pancho Villa, P. T. Barnum, Mao Zedong, Lope de Aguirre y muchos otros, recurriendo también a hechos reales importantes de la historia universal. El libro contiene 48 capítulos, uno dedicado a cada ley, y cada ley posee su propia transgresión, observación y regresión.

CLAVES PARA ALCANZAR EL PODER 

El animal humano se distingue por su constante creación de formas. Al expresar muy raras veces sus emociones de manera directa, le da forma a través del lenguaje o rituales socialmente aceptables. No podemos comunicar nuestras emociones sin algún tipo de forma. Sin embargo, las formas que creamos cambian de manera constante: en moda, en estilo, en todos los fenómenos humanos que representan el humor y el estado de ánimo del momento. Constantemente alteramos las formas que hemos heredado de las generaciones previas, y estos cambios son signos de vida y vitalidad. La verdad es que las cosas que no cambian, las formas que se vuelven rígidas, terminan pareciéndonos muertas y las destruimos. Es entre los jóvenes donde se observa esto con toda claridad: incómodos con las formas que la sociedad les impone, sin una identidad formada, juegan con sus propios caracteres, probándose una diversidad de máscaras y poses para expresarse. Esa es la vitalidad que impulsa el motor de la forma y crea constantes cambios de estilo. Los poderosos son a menudo personas que en su juventud han demostrado enorme creatividad para expresar algo nuevo mediante nuevas formas. 

La sociedad les otorga poder porque ansía la renovación y la premia con generosidad. El problema surge más tarde, cuando esos jóvenes creativos se tornan conservadores y posesivos: ya no sueñan con crear nuevas formas, sus identidades están demarcadas, sus hábitos se han congelado y su rigidez los convierte en blancos fáciles. Todo el mundo conoce o intuye el próximo paso que darán. En lugar de imponer respeto, generan aburrimiento: ¡Bájese del escenario!, decimos, deseosos de que otra persona, más joven, diferente, nos entretenga. Cuando permanece encerrado en el pasado, el poderoso resulta cómico: una fruta demasiado madura que espera caer del árbol.

El poder solo puede crecer y desplegarse si es flexible en sus formas. Ser cambiante en las formas que se adoptan no significa ser amorfo, todo tiene una forma, esto es algo imposible de evitar. La no forma del poder se parece más al agua, o al mercurio, que adopta la forma de lo que lo rodea. Como cambia constantemente, nunca es predecible. Los poderosos crean formas sin cesar, y su poder proviene de la rapidez con que son capaces de cambiar. Esa carencia de forma definida está destinada al enemigo, que no puede ver lo que ellos traman y por lo tanto no disponen de un objeto sólido que atacar. Esta es la principal pose del poder: inasible, evasivo y veloz como el dios Mercurio, que podía tomar la forma que más le complacía y usaba esa habilidad para crear gran confusión en el monte Olimpo. 

Las creaciones humanas evolucionan hacía la abstracción, hacia una identidad más mental y menos material. Esta evolución se evidencia en el arte que en este siglo hizo el gran descubrimiento de la abstracción y el conceptualismo. También se lo puede ver en política, que a través del tiempo se ha vuelto menos abiertamente violenta, más complicada, indirecta y cerebral. La guerra y la estrategia han seguido este modelo. La estrategia comenzó con la manipulación de ejércitos en tierra, dispuestos en formaciones ordenadas. En tierra, la estrategia es relativamente bidimensional y es controlada por la topografía. Pero todas las grandes potencias han terminado por volcarse hacia el mar, tanto para el comercio como para la colonización. Y para proteger sus rutas comerciales debieron aprender a luchar en el mar. 

La guerra marítima requiere tremenda creatividad y capacidad de pensamiento abstracto, dado que las líneas cambian de modo constante. El capitán de navío se destaca por su habilidad de adaptarse a la literal fluidez del medio y confundir al enemigo con formas abstractas y difíciles de prever. Opera en una tercera dimensión: la mente. En tierra, la guerra de guerrillas también demuestra esa evolución hacia la abstracción. T. E. Lawrence fue quizás el primero de los estrategas modernos en desarrollar y practicar la teoría en que se basa este tipo de guerra. Sus ideas influyeron a Mao, que vio que sus escritos eran un extraño equivalente occidental del wei-chi.

Lawrence trabajaba con árabes que luchaban por defender su territorio contra los turcos. Su idea consistió en hacer que los árabes se mimetizaran con el vasto desierto, de modo de no ofrecer nunca un blanco ni reunirse nunca en un lugar. A medida que los turcos se esforzaban al tratar de combatir a ese ejército espectral, se desgastaban y agotaban, desperdiciaban energía al moverse de un lugar a otro sin obtener resultados. Eran los turcos quienes tenían la mayor capacidad de fuego, pero los árabes tomaban la iniciativa jugando al gato y al ratón, sin darles nada a que aferrarse y destruyéndoles la moral. 

«La mayoría de las guerras fueron guerras de contacto… La nuestra debiera ser una guerra de distanciamiento —escribió Lawrence—. Debemos contener al enemigo con la amenaza secreta de un vasto desierto desconocido, sin mostrarnos hasta que nos ataquen». Esta es la forma más sofisticada de estrategia. La guerra del enfrentamiento directo es demasiado peligrosa y costosa, lo indirecto y evasivo permite lograr mejores resultados a un costo mucho menor. El principal costo, en realidad, es el mental: el pensamiento y la planificación que exige alinear las fuerzas en un esquema disperso y socavar la mente y la psicología del adversario. Nada enfurecerá y desorientará tanto al enemigo como la falta de una forma definida. 

En un mundo en que las guerras de distanciamiento están a la orden del día, la no forma es fundamental. 
El primer requisito psicológico de la no forma es el de aprender a no tomar nada de manera personal. Nunca se muestre a la defensiva. Cuando actúa a la defensiva, usted muestra sus emociones y revela una forma clara. Sus adversarios se darán cuenta de que han tocado un nervio, un talón de Aquiles, y volverán a golpearlo una y otra vez. De modo que entrénese para no tomar nada en forma personal. Sea como una pelota enjabonada que nadie puede sostener: no permita que nadie vea qué es lo que lo afecta o hiere, ni cuáles son sus puntos débiles. Mantenga su rostro como una máscara sin forma y terminará enfureciendo y desorientado a sus intrigantes colegas y adversarios. 

Un hombre que supo utilizar esta técnica fue el barón James Rothschild. Como judío (SIONISTA) alemán en París, inmerso en una cultura hostil a los extranjeros, Rothschild nunca tomaba como algo personal cualquier ataque que le hicieran, ni se mostraba herido de modo alguno. Además, iba adaptándose al clima político del momento, cualquiera que fuere: la acartonada y formal restauración de la monarquía de Luis XVIII, el reino burgués de Luis Felipe, la revolución democrática de 1848, el surgimiento de Luis Napoleón, coronado emperador en 1852. 

Rothschild los aceptaba a todos y se mimetizaba con el entorno. Podía darse el lujo de parecer un hipócrita o un oportunista, porque lo valoraban por su dinero, no por su política, su dinero era la moneda del poder. Mientras se adaptaba y prosperaba, sin mostrar forma alguna por fuera, la mayoría de las otras grandes familias que al comienzo del siglo poseían inmensas fortunas se arruinaron en los complejos vaivenes sociopolíticos y económicos. Al aferrarse al pasado, se tornaban visibles. A lo largo de la historia, el estilo de gobernar por medio de la no forma fue practicado con preferencia por reinas que regían solas. Una reina se encuentra en una posición radicalmente distinta que un rey, por ser mujer, sus súbditos y cortesanos suelen dudar de su habilidad para gobernar y de su fuerza de carácter. Si se inclina por una de las partes en algún forcejeo ideológico, la acusan de actuar por motivaciones emocionales. 

Por otra parte, si reprime sus emociones y asume el papel de monarca autoritaria, al estilo masculino, despierta aún mayores críticas. Ya sea por naturaleza o por experiencia, las reinas tienden a adaptar un estilo de gobierno flexible, que a la larga se revela más poderoso que la masculina forma directa. Dos líderes femeninas que constituyen un claro ejemplo de este estilo de gobierno sin forma definida son la reina Isabel I de Inglaterra y la emperatriz Catalina la Grande de Rusia. Durante las violentas guerras entre católicos y protestantes, Isabel mantuvo un curso intermedio. Evitó alianzas que la comprometerían con una u otra parte y a la larga perjudicarían al país. Se las ingenió para mantener la paz hasta que estuvo lo bastante fuerte para enfrentar una guerra. Su reinado fue uno de los más gloriosos de la historia, gracias a su increíble capacidad de adaptación y a su ideología flexible. También Catalina la Grande desarrolló un estilo de improvisación en su gobierno.

Después de destituir a su esposo, el emperador Pedro II, y asumió el control de Rusia, nadie creyó que consiguiera sobrevivir. Pero no tenía ideas preconcebidas ni filosofías o teorías que dictaran sus políticas. A pesar de que era extranjera (alemana), comprendió la mentalidad rusa y los cambios que esta nación había sufrido a lo largo de los años. «Hay que gobernar de forma tal que el pueblo crea que son ellos mismos quienes desean hacer lo que uno les ordena», dijo, y para lograr este objetivo siempre debió anticiparse a los deseos de su pueblo y adecuarse a su resistencia. Al no imponer nunca algo por la fuerza, logró reformar Rusia en un período sorprendentemente breve. Este fluido estilo de gobierno femenino, quizás haya surgido como una forma de sobrevivir y prosperar en circunstancias difíciles, pero ha resultado muy seductor para quienes lo han ejercido. Con un gobernante fluido, la obediencia resulta bastante fácil a los súbditos, ya que se sienten menos presionados, objeto de menor coerción, menos obligados a seguir la ideología del gobernante. También abre opciones en las cuales la adherencia a una doctrina los aísla. No comprometerse con un sector determinado permite al gobernante usar a un enemigo contra el otro. 

Las normas rígidas podrán parecer fuertes, pero con el tiempo su inflexibilidad crispa los nervios y los súbditos encuentran formas de sacar de escena a esos soberanos. Los gobernantes flexibles, sin forma definida, serán muy criticados pero perduran, y con el tiempo la gente termina identificándose con ellos, dado que son como sus súbditos: cambiantes frente a los cambiantes tiempos, abiertos a las circunstancias. A pesar de trastornos y demoras, el estilo de poder permeable y flexible, es en general el que triunfa, así como Atenas prevaleció sobre Esparta gracias a su dinero y su cultura. 

Cuando usted se encuentre inmerso en un conflicto con alguien más fuerte y más rígido permítale una victoria temporal. Simule inclinarse ante su superioridad. Luego, prescindiendo de una forma definida y adecuándose, conquiste poco a poco el alma del rival. De esta manera lo sorprenderá con las defensas bajas, porque quienes son rígidos, están siempre a la defensiva para repeler golpes directos, sin reparar en que eso los torna indefensos ante lo sutil y lo insinuante. Para tener éxito con este tipo de estrategia es necesario convertirse en camaleón: adecuarse por fuera mientras se doblega al enemigo desde adentro. 

Durante siglos, los japoneses aceptaron graciosamente a los extranjeros y se mostraron susceptibles a las culturas e influencias foráneas. João Rodríguez, un sacerdote portugués que llegó a Japón en 1577 y vivió allí muchos años, escribió lo siguiente: «Estoy pasmado ante la disposición de los japoneses a probar y aceptar todo lo que sea portugués». Veía en las calles a los japoneses, vestidos con ropa portuguesa, con rosarios alrededor del cuello y crucifijos sujetos a los cinturones. Podrán parecer una cultura débil y mutante, pero la adaptabilidad de Japón fue lo que protegió al país de que se le impusiera una cultura extranjera a través de una invasión militar. Sedujo a los portugueses y a otros occidentales y les hizo creer que los japoneses cedían a una cultura superior, cuando en realidad la cultura extranjera no era más que una moda que se usaba y luego se descartaba. Bajo aquella superficie de adaptación prosperaba la verdadera cultura japonesa. Si los japoneses hubiesen sido rígidos e intentado defenderse de toda influencia extranjera, podrían haber sufrido las heridas que Occidente le infligió a China en sucesivas guerras. 

Este es el poder de la no forma: no ofrece al agresor nada que agredir. En la evolución de las especies, la dimensión excesiva es a menudo el primer paso hacia la extinción. Lo que carece de movilidad y además necesita alimentarse constantemente. Los poco inteligentes suelen ceder a la tentación de creer que el tamaño es símbolo de poder. 

En el siglo 483 a. C. el rey Jerjes de Persia invadió Grecia, creyendo poder conquistar el país con una sola y rápida campaña. Después de todo, él disponía del ejército más grande que se hubiese reunido jamás para una invasión, estimado por el historiador Herodoto en más de cinco millones de hombres. Los persas proyectaban construir un puente por sobre el Helesponto para invadir Grecia por tierra, mientras su armada, igualmente inmensa, retenía a los buques griegos en el puerto e impedía que sus fuerzas escaparan por vía marítima. El plan parecía perfecto, pero mientras Jerjes preparaba aquella invasión, su asesor Artabano le advirtió de sus temores: 
«Las dos potencias más poderosas del mundo están contra ti». 
Jerjes se echó a reír: ¿qué potencia podía compararse con su inmenso ejército? «Te diré cuáles son —contestó Artabano—. La tierra y el mar». No había puertos seguros lo bastante grandes para albergar la flota de Jerjes. Y cuanto más tierra conquistaran los persas, más se estirarían sus líneas de abastecimiento y mayor y más deficitario sería el costo de alimentar al inmenso ejército. Creído de que su consejero era un cobarde, Jerjes procedió a la invasión. Sin embargo, tal como Artabano había predicho, las tormentas diezmaron la flota persa, que era demasiado grande para refugiarse en cualquier puerto. 

En tierra, entretanto, los persas destruyeron todo cuanto encontraron a su paso, por lo cual resultó imposible alimentar a las tropas, ya que la destrucción incluía cosechas y depósitos. Las fuerzas persas constituían además un objetivo lento y fácil de atacar. Los griegos llevaron a cabo todo tipo de maniobras engañosas para desorientarlos. Al fin, la derrota de Jerjes a mano de los aliados griegos fue un desastre de increíble magnitud. 

Esta historia es simbólica para todos aquellos que sacrifican movilidad por tamaño: los ágiles y flexibles casi siempre ganarán, porque tienen más opciones estratégicas. Cuanto más gigantesco sea el enemigo, tanto más fácil será lograr que se desmorone. La necesidad de la no forma se hace mayor a medida que avanzamos en edad, dado que tendemos a reafirmarnos en nuestras modalidades y adoptamos formas demasiado rígidas. Nos tornamos predecibles, lo cual es siempre la primera señal de la decrepitud. Y la predecibilidad hace que resultemos cómicos. Aunque el ridículo y el desdén parezcan formas leves de agresión, en realidad constituyen armas poderosas que con el tiempo erosionan los fundamentos del poder. 

Un enemigo que no lo respeta se volverá audaz, y la audacia convierte en peligroso aun al animal más pequeño. La corte francesa de fines del siglo XVIII, uno de cuyos principales exponentes fue María Antonieta, se había atado sin remedio a una rígida formalidad, que el francés promedio consideraba una reliquia estúpida. Esta devaluación de una institución que había perdurado durante siglos fue la primera señal de una enfermedad terminal, dado que representaba una liberación simbólica de los lazos entre el pueblo y la monarquía. A medida que la situación empeoraba, María Antonieta y el rey Luis XVI se iban aferrando con mayor firmeza al pasado, lo cual no hizo sino acelerar su camino rumbo a la guillotina. 

El rey Carlos I de Inglaterra reaccionó de forma similar ante la ola de cambio democrático que sacudió a Inglaterra en la década de 1630: disolvió el Parlamento y los rituales de su corte se tornaron cada vez más formales y distantes. Quería regresar a un antiguo estilo de gobierno y observar de modo estricto todo tipo de mezquinos protocolos. Su rigidez intensificó el deseo de cambio de los súbditos. Antes de poder recapacitar, fue arrastrado a una devastadora guerra civil, y al fin perdió la cabeza bajo el hacha del verdugo. A medida que usted vaya envejeciendo deberá apoyarse cada vez menos en el pasado. Esté atento, no sea que la forma que adopte lo haga parecer una reliquia del pasado. Pero tampoco se trata de imitar las modas de juventud, algo igualmente ridículo. 

Es su mente la que deberá adecuarse de manera constante a cada nueva circunstancia, incluso al inevitable cambio que implica comprender que ha llegado el momento de dar un paso al costado y dejar que los más jóvenes se preparen a ascender. La rigidez solo le dará la apariencia desagradable de un cadáver. 

Nunca olvide, sin embargo, que la falta de forma es una pose estratégica. Le brinda espacio para crear sorpresas tácticas, mientras sus enemigos luchan por adivinar el próximo paso que dará usted, revelan su propia estrategia, y se ponen en decidida desventaja. Esto permite que usted conserve la iniciativa y en muchos casos trabe por completo el accionar de sus enemigos al obligarlos a reaccionar de continuo. Así, usted anula el espionaje y el trabajo de inteligencia del rival. Recuerde que la no forma es una herramienta. 

Nunca confunda esta estrategia con el estilo de «nadar con la corriente» o con una resignación religiosa a las vueltas del destino. Utilice la falta de forma definida, no para alcanzar armonía y paz interior, sino para incrementar y reafirmar su poder. Por último, aprender a adaptarse a cada nueva circunstancia significa ver los hechos a través de sus propios ojos, y a menudo ignorar los consejos que la gente le ofrece. Significa que, en última instancia, usted tendrá que desechar las leyes que otros predican y los manuales que otros escriben, y también el sabio consejo de sus mayores.

«Las leyes que rigen las circunstancias son abolidas por las nuevas circunstancias», escribió Napoleón, lo que significa que es responsabilidad de usted evaluar cada situación nueva. Si confía demasiado en las ideas de los demás, terminará adoptando una forma que no es la construida por usted. Demasiado respeto por la sabiduría ajena hará que usted termine despreciando la suya. Sea brutal con el pasado, sobre todo con el suyo propio, y no respete las filosofías que le sean endilgadas desde afuera.

Utilizar el espacio para dispersarse y crear diseños abstractos no debiera ser sinónimo de abandonar la concentración de poder cuando ello resulta ventajoso y de gran valor. La ausencia de una forma definida hace que los adversarios busquen en todas partes y dispersen sus propias fuerzas, tanto mentales como físicas. Sin embargo, cuando usted al fin los enfrente, deberá asestarles un golpe poderoso y certero. 

Así fue como Mao triunfó sobre los nacionalistas: fraccionó las fuerzas enemigas en pequeñas unidades aisladas, a las cuales luego pudo vencer con un solo y enérgico ataque. 

La ley de concentración fue lo que prevaleció. Cuando usted juegue con la ausencia de forma, no pierda el control del proceso y tenga siempre presente su estrategia a largo plazo. Cuando adopte una forma y se lance al ataque, use la concentración, la rapidez y el poder. Como dijo Mao: «Cuando luchamos contra usted, nos aseguramos de que no pueda escapar».


Ley nº 1.- Nunca le hagas sombra a tu jefe.
Ley nº 2.- Nunca confíes demasiado en tus amigos; aprende a utilizar a tus enemigos.
Ley nº 3.- Disimula tus intenciones.
Ley nº 4.- Di siempre menos de lo necesario.
Ley nº 5.- Casi todo depende de tu prestigio; defiéndelo a muerte.
Ley nº 6.- Busca llamar la atención a cualquier precio.
Ley nº 7.- Logra que otros trabajen por ti, pero no dejes nunca de llevarte los laureles.
Ley nº 8.- Haz que la gente vaya hacia ti y, de ser necesario, utiliza la carnada más adecuada para lograrlo.
Ley nº 9.- Gana a través de tus acciones, nunca por medio de argumentos.
Ley nº 10.- Peligro de contagio: evita a los perdedores y los desdichados.
Ley nº 11.- Haz que la gente dependa de ti.
Ley nº 12.- Para desarmar a tu víctima, utiliza la franqueza y la generosidad en forma selectiva.
Ley nº 13.- Cuando pidas ayuda, no apeles a la compasión o a la gratitud de la gente, sino a su egoísmo.
Ley nº 14.- Muéstrate como un amigo pero actúa como un espía.
Ley nº 15.- Aplasta por completo a tu enemigo.
Ley nº 16.- Utiliza la ausencia para incrementar el respeto y el honor.
Ley nº 17.- Mantén el suspenso. Maneja el arte de lo impredecible.
Ley nº 18.- No construyas fortalezas para protegerte: el aislamiento es peligroso.
Ley nº 19.- Averigua con quién estás tratando: no ofendas a la persona equivocada.
Ley nº 20.- No te comprometas con nadie.
Ley nº 21.- Finge candidez para atrapar a los cándidos: muéstrate más tonto que tu víctima.
Ley nº 22.- Utiliza la táctica de la capitulación. Transforma la debilidad en poder.
Ley nº 23.- Concentra tus fuerzas.
Ley nº 24.- Desempeña el papel de cortesano perfecto.
Ley nº 25.- Procura recrearte permanentemente.
Ley nº 26.- Mantén tus manos limpias.
Ley nº 27.- Juega con la necesidad de la gente de tener fe en algo, para conseguir seguidores incondicionales.
Ley nº 28.- Sé eficaz al entrar en acción.
Ley nº 29.- Planifica tus acciones de principio a fin.
Ley nº 30.- Haz que tus logros parezcan no requerir esfuerzos.
Ley nº 31.- Controla las opciones: haz que otros jueguen con las cartas que repartes.
Ley nº 32.- Juega con las fantasías de la gente.
Ley nº 33.- Descubre el talón de Aquiles de los demás.
Ley nº 34.- Actúa como un rey para ser tratado como tal.
Ley nº 35.- Domina el arte de la oportunidad.
Ley nº 36.- Menosprecia las cosas que no puedes obtener: ignorarlas es la mejor de las venganzas.
Ley nº 37.- Arma espectáculos imponentes.
Ley nº 38.- Piensa como quieras, pero compórtate como los demás.
Ley nº 39.- Revuelve las aguas para asegurarte una buena pesca.
Ley nº 40.- Menosprecia lo que es gratuito.
Ley nº 41.- Evita imitar a los grandes hombres.
Ley nº 42.- Muerto el perro, muerta la rabia.
Ley nº 43.- Trabaja sobre el corazón y la mente de los demás.
Ley nº 44.- Desarma y enfurece con el efecto espejo.
Ley nº 45.- Predica la necesidad de introducir cambios, pero nunca modifiques demasiado a la vez.
Ley nº 46.- Nunca te muestres demasiado perfecto.
Ley nº 47.- No vayas más allá de tu objetivo; al triunfar, aprende cuándo detenerte: lo puedes perder todo.
Ley nº 48.-Sé cambiante en tu forma.

VER+:


Principios Del Poder Volumen I(Mar2026) by megavil68


Las 48 Leyes Del Poder by Ronald Rincon Salgado


martes, 25 de agosto de 2026

LIBRO "UN PACTO CON EL DIABLO": Los orígenes del liberalismo venezolano por Elías Pino Iturrieta 👿👥💥💀


UN PACTO CON EL DIABLO
Los orígenes del liberalismo venezolano


Un pacto con el diablo. Los orígenes del liberalismo venezolano, constituye un penetrante y necesario ensayo, en el cual Elías Pino Iturrieta vuelve la mirada hacia los años fundacionales de la república venezolana para explorar un momento decisivo: el intento temprano -y frustrado- de instaurar una política civil inspirada en los principios del liberalismo. A través de una lectura crítica de * las Epístolas Catilinarias (1835) de Francisco Javier Yanes, el autor recupera una voz precoz que ya advertía sobre los riesgos de una república sin bases sólidas, expuesta a la inestabilidad, a la personalización del poder y a la ausencia de una ciudadanía activa.

Un pacto con el diablo. Los orígenes del liberalismo venezolano, nos acerca a la fragilidad que marcó el nacimiento del ideal republicano, donde la guerra, la incertidumbre y la falta de instituciones crearon un terreno movedizo sobre el cual se intentó levantar el proyecto. Las tensiones entre el ideal civil y las prácticas autoritarias minaron desde temprano esa promesa. Así, el liberalismo venezolano surgió en disputa, cercado por la desconfianza, las urgencias del mando y la escasa tradición de deliberación ciudadana.
Este libro no es solo una indagación histórica, sino también una advertencia. En tiempos en que el debate público se reduce y el futuro de la república vuelve a parecer incierto, la pregunta por sus orígenes cobra una nueva urgencia: ¿es posible imaginar una república distinta?

* Las Epístolas Catilinarias fueron escritas por Francisco Javier Yanes en 1835 para criticar las revoluciones y golpes de estado en Venezuela durante las primeras guerras civiles. El fragmento presentado critica la inestabilidad política causada por los caudillos que buscaban el poder y los empleos públicos usando pretextos como las reformas. El autor argumenta que esta inestabilidad dañaría la reputación y economía de Venezuela y desalentaría a los extranjeros a invertir en el país.
Epístolas Catilinarias, escritas por Francisco Javier Yanes, hijo (1806 – 1848). Por muchos años se pensó, erróneamente, que el autor de estos textos era Juan Vicente González, pero el escritor e investigador Pedro Grases descubrió su verdadero autor.

Fragmento:

Ningún país del mundo ha pagado con más profusión los servicios que se le han hecho, que el nuestro; pero la corrupción, la disipación, han dejado a muchos de ellos en una situación de que ahora no encuentran otro modo de libertarse que haciendo revoluciones a costa del propietario honrado. Las ideas de Bolívar no son más que un pretexto: la comodidad de vivir de empleos es el verdadero móvil. (…) Una revolución. Este es el modo de vivir más conocido en nuestro país. El pretexto que más puede alucinar es el de las reformas (…). Se dará una nueva Constitución que sin duda será vista con desprecio por los pueblos que todos los años están jurando constituciones, se inspirará el desaliento, se acarrearán males infinitos, pero este desaliento y estos males convienen a nuestras miras. Colóquese por fin en la presidencia al hombre que nos dé empleos, y esto nos basta, proclamemos reformas. (…) El descrédito internacional en que va a caer Venezuela (…) es un mal tan evidente como fatal por sus resultados. Nosotros gozábamos ya de una reputación honrosa (…) era un cuadro verdaderamente halagüeño para todos (…)
Yo no abandonaré mi patria, dirá con razón un extranjero, para transportar mi capital a un país en que de un día para otro las personas y propiedades se encuentran a merced de una facción; en que los soldados pagados y mantenidos por el pueblo para que sean custodios de su seguridad, conviertan las armas que él puso en sus manos en instrumentos de opresión (…) y en que los mismos agentes del gobierno, burlando sus juramentos, (…) conspiran contra su propia existencia. Yo me guardaré bien de habitar una tierra en que a cada momento se invoca el derecho sagrado de la insurrección, y en que la impunidad de todo crimen se ha erigido en sistema. (Fragmentos, 1835).

Las Epístolas Catilinarias fueron escritas en el contexto de las primeras guerras civiles (1835). Los sucesivos golpes de estado y la lucha de los caudillos por el poder movieron a este intelectual a escribir estas cartas que han tenido gran influencia en la historia y literatura venezolana. Sus principales características son:

1. Se puede observar que el verbo de esta carta está inflamado de emociones por lo que el discurso tiene carácter subjetivo.
2. El autor trata de demostrar su posición con argumentos lo que le confiere propiedades de texto ensayístico.
3. Se observa la presencia de la primera persona lo que muestra la empatía con la situación planteada.

 
"Venezuela es una hechura militar": Elías Pino Iturrieta y la trampa de la República

VER+:




domingo, 12 de julio de 2026

LIBRO "EL HOMBRE JUGANDO A SER DIOS": ¿CÓMO LUCHAR CONTRA LOS ADORADORES DE LA RELIGIÓN DEL ESTADO? por EMMANUEL RINCÓN

 
EL HOMBRE 
JUGANDO  A SER 
DIOS

¿CÓMO LUCHAR CONTRA LOS ADORADORES 
DE LA RELIGIÓN DEL ESTADO?

EMMANUEL RINCÓN

El hombre jugando a ser Dios se une a las crecientes filas de obras que desafían el mal ante nosotros. Ayudará a despertar a la gente antes que sea demasiado tarde. Y una vez más, como la gente sensata ha demostrado tantas veces antes, la libertad y el sentido común saldrán triunfantes de la Edad Media de la tiranía y el engaño. Dentro de un siglo, cuando sus bisnietos recuerden esta época, ¿cuál de estas dos cosas querría que dijeran de usted?
A) Cuando la luz de la libertad corría peligro de apagarse, mis antepasados tiraron la toalla, se acobardaron en un rincón, y por eso ahora vivo en la tiranía,
o B) En el momento en que el mundo más necesitaba hombres y mujeres con valor e integridad, mis antepasados se pusieron a la altura de las circunstancias, nos rescataron del abismo y por eso hoy soy libre. Si es una persona con conciencia, ya sabe la respuesta. Ahora hay que ponerse a trabajar.
Lawrence W. Reed
PRÓLOGO

Para un ciudadano sensato, el mundo en este momento parece tener cada vez menos sentido con cada día que pasa. Los valores que una vez apreciamos, que nos unían en una sociedad civil vibrante, se enfrentan a un bombardeo diario. Cosas ofensivas que nunca diríamos o haríamos hace una generación, se dicen y se hacen hoy con la intención de inflamar, denigrar y dividir. 
Las libertades que dábamos por sentadas -las libertades de pensamiento, expresión, prensa y religión- se están desvaneciendo rápidamente a medida que el Gobierno intrusivo y la cultura de la cancelación ganan terreno.

«Orwelliano» ya no es solo un adjetivo derivado de una obra de ficción de hace más de siete décadas; ahora parece describir algún nuevo aconteci­miento en nuestras vidas cada día. La propia historia se está reescribiendo para servir a las agendas políticas.

¿El mundo se está volviendo loco o es solo usted, o solo yo?

Emmanuel Rincón es un pensador serio. No observa las cosas en silencio. Las pone en contexto, las evalúa, las juzga por los frutos quedan y da la voz de alarma para que la civilización aún pueda salvarse. Este libro sostiene que sus sentidos no le engañan; el mundo se está volviendo loco, ante nuestros ojos.

El mal anda suelto. No te deprimas por este hecho, porque un espíritu derro­tista te desarmará fatalmente, y eso es precisamente lo que el mal quiere. Lo último que el mal espera es lo que el libro de Rincón trata de inspirar: una ciudadanía informada y deseosa de contraatacar con fuerza. No es inevitable que el mal gane, a menos que la gente buena se rinda.

La esencia del mal que combatimos es el engaño, y su enemigo mortal es la verdad. Lo que parece una locura es en realidad una guerra contra la verdad. Es un asalto ala razón, a la mente, a la propia naturaleza humana. Quiere que creamos el mito de que todo el mundo es una víctima o un opresor, que la libertad individual debe ser sofocada en favor del colectivismo y la concen­tración del poder político. Es una perspectiva profundamente reaccionaria y pesimista de la vida. 
Exige que nos callemos y nos conformemos con las manipulaciones de titiriteros corruptos que presumen de que el resto de no­sotros somos sus marionetas.
Como explica hábilmente Rincón, el mal, por un lado, nos insta a rechazar la creencia en el Dios tradicional, mientras que, por otro, eleva al Estado a la categoría de Dios. Este no es un engaño nuevo. De hecho, es tan antiguo como la Torre de Babel. A lo largo de los siglos, ha destruido una civilización, un imperio, una nación tras otra. De hecho, el progreso de la libertad humana solo llega cuando un pueblo reúne el valor y la integridad intelectual para lu­char contra el mal, con uñas y dientes.

En 1943, el mundo se vio inmerso en una terrible guerra que fue diseñada por hombres malvados -Hitler, Stalin, Tojo-, quienes creían saber cómo debían vivir los demás. Estos hombres tergiversaron la verdad para servir a sus fines, que justificaban los medios más atroces. Afirmaron ser los salvado­res de la humanidad, incluso mientras mataban a millones de personas. En medio de esa oscuridad, el aclamado autor británico]. R. R. Tolkien escribió una carta a su hijo Christopher. 
En ella, resumía una de las verdades más du­raderas del mundo, que resulta ser también el tema del libro de Rincón:

«...El trabajo más impropio de cualquier hombre, incluso de los santos (que al menos no estaban dispuestos a asumirlo), es mandar a otros hombres. Ni uno entre un millón es apto para ello, y menos aún los que buscan la oportunidad».

Siguiendo el espíritu del viejo refrán, «Siempre es más oscuro antes del amanecer», opto por creer que el «pico de locura» puede estar cerca. El hombre ju­gando a ser Dios se une a las crecientes filas de obras que desafían el mal ante nosotros. Ayudará a despertar a la gente antes de que sea demasiado tarde. Y una vez más, como la gente sensata ha demostrado tantas veces antes, la libertad y el sentido común saldrán triunfantes de la Edad Media de la tiranía y el engaño.

Dentro de un siglo, cuando sus bisnietos recuerden esta época, ¿cuál de estas dos cosas querría que dijeran de usted?

A) Cuando la luz de la libertad corría peligro de apagarse, mis antepasados tiraron la toalla, se acobardaron en un rincón, y por eso ahora vivo en la tira­nía, o..
B) En el momento en que el mundo más necesitaba hombres y mujeres con valor e integridad, mis antepasados se pusieron a la altura de las circunstan­cias, nos rescataron del abismo y por eso hoy soy libre.

Si eres una persona con conciencia, ya sabes la respuesta. Ahora ponte a trabajar.


Lawrence W. Reed
Presidente Emérito, 
Fundación para la Educación 
Económica Atlanta, Georgia

viernes, 27 de febrero de 2026

LIBRO "LA CULPA ES NUESTRA": Cómo las preferencias ciudadanas frenan las reformas en España por BENITO ARRUÑADA

 


LA CULPA ES NUESTRA
Cómo las preferencias ciudadanas 
frenan las reformas en España


Este libro parte de una tesis incómoda: nuestras instituciones no fallan solo por culpa de políticos, élites o leyes, sino porque reflejan nuestras propias preferencias, a menudo mal informadas, contradictorias e incoherentes.
La culpa es nuestra no busca culpables fáciles ni se entrega a la denuncia moral, sino a la comprensión. Con rigor y claridad, muestra cómo nuestras decisiones colectivas —como votantes, ciudadanos y consumidores— alimentan el mismo sistema que después criticamos.
Con un estilo incisivo pero sereno, Benito Arruñada examina los mecanismos que explican el estancamiento español: desde la educación y la vivienda hasta la organización territorial y la cultura política. Frente a la comodidad de culpar a otros, propone una salida exigente pero realista: una ciudadanía mejor informada, más responsable y menos crédula ante promesas mágicas.
Estas páginas no invitan a la resignación, sino a ser adultos y recuperar la iniciativa. Porque si la culpa es nuestra, también lo es la solución.

«Los antiguos decían que cuando los dioses nos eran favorables ignoraban nuestros deseos y cuando querían castigarnos los cumplían. De igual modo, los españoles expresamos preferencias que los políticos procuran cumplir con resultados insatisfactorios. Este libro perspicaz y minucioso analiza por qué exigimos al Estado lo que nos frustra y luego le culpamos por dárnoslo». Fernando Savater

INTRODUCCIÓN

¿QUIÉN TIENE LA CULPA DE NUESTROS MALES?

Es habitual que se atribuyan los problemas sociales, desde la corrupción al desempleo o al derroche del presupuesto público, a los políticos y las élites. Este libro defiende que esa atribución es simplista. Muchos problemas sociales derivan menos de la incompetencia o el egoísmo de unos pocos que de la interacción entre preferencias ciudadanas y decisiones políticas. Además, atribuir una responsabilidad excesiva a las élites conduce a buscar soluciones equivocadas que, lejos de resolver los problemas, suelen agravarlos. 

Para ir más allá de ese señalamiento fácil, basta con reconocer que buena parte del problema no reside tanto en los políticos o en las instituciones con las que los elegimos, sino en la racional ignorancia y el propio interés de los ciudadanos. Más exactamente: no solo fallan las instituciones encargadas de transmitir las preferencias de la ciudadanía, sino también aquellas destinadas a conformarlas, darles coherencia y hacer visibles las consecuencias de su puesta en práctica. De hecho, según revelan las encuestas de opinión, las decisiones de los gobernantes se ajustan a las preferencias que manifiesta la mayoría. Somos los europeos más partidarios de que el Estado controle la economía, resuelva nuestros problemas e imponga una fiscalidad redistributiva, al tiempo que nos resistimos a cualquier recorte significativo del gasto público o la liberalización efectiva del mercado laboral. Es cierto que nuestros políticos siguen sin contener el déficit público y que las propuestas electorales de todos los partidos tienden a aumentarlo. También es cierto que, incluso para niveles medios de renta, imponen una escala de tipos impositivos tan desincentivadora como la del actual IRPF, o que mantienen una regulación laboral de las más restrictivas de Europa. Por supuesto, al tomar esas decisiones, los políticos responden a su propio interés, pero también obedecen fielmente a nuestras preferencias. 

Lo grave es que esa correspondencia no asegura que se cumplan nuestros deseos. Al contrario: son precisamente esas políticas las que nos impiden alcanzarlos. Sucede que, si bien los políticos ponen en pie los medios que queremos, esos medios son a menudo contrarios a nuestros fines últimos. Pero la responsabilidad no es solo del gobernante que aplica las políticas, sino también del ciudadano que las demanda, y ello por varios motivos. Sobre todo, por la contradicción entre los deseos últimos de bienestar del ciudadano y los medios que permite adoptar a sus representantes políticos. Asimismo, por el tipo de político que prefiere como gobernante. Como tiende a elegirlo más por afinidad que por competencia, no es de esperar que ese político, tan lleno de ideología como escaso de conocimiento, aporte gran racionalidad a las tareas de gobierno. 

La contradicción entre fines y medios y la afinidad emocional al elegir líderes enlazan con una incoherencia más profunda. Los sondeos de opinión también muestran que, a la vez que nos permitimos ser muy críticos con nuestros políticos e instituciones, los españoles somos los europeos que menos nos molestamos en informarnos. Además, decimos odiar mucho la corrupción o la injusticia de indultos y amnistías, pero ni siquiera dejamos de votar a los políticos de nuestro partido «de siempre» cuando demuestran ser corruptos o mentirosos, ni siquiera cuando incumplen de manera flagrante sus promesas electorales. Tanto es así que muchos observadores llegaron a considerar una heroicidad el que algún escritor confesara sentirse frustrado porque las políticas adoptadas por su partido favorito tras las elecciones generales del 23 de julio de 2023 eran opuestas a las que había prometido durante la campaña electoral. Ello a pesar de que esa frustración no le llevaba más que a prometer votar en blanco, con la incongruente excusa de que toda la clase política es irresponsable. Como suele suceder, solo exigía responsabilidad a los demás. 

El ejemplo ilustra un patrón más amplio. Cuando no desdeñamos la política, más que como ciudadanos, nos comportamos como forofos. Parece que nuestro enojo solo se manifiesta cuando la política no puede darnos el consumo al que aspiramos. Queremos reformas, pero si duelen solo a los demás. Y puestos a elegir, ninguna opción política real satisface nuestros deseos. No es casual que nuestras respuestas a las crisis suelan ser tardías e incompletas, como sucedió en las de 1957, 1973, 2008 o 2020. Pese a que en cada una de esas ocasiones las instituciones políticas eran muy distintas, las respuestas fueron similares: reaccionamos cuando no quedaba otro remedio, a medias y con marcha atrás. 

Si estoy en lo cierto, sería superficial responsabilizar únicamente a los políticos, a las élites o a las instituciones. Es más, sería un error, pues cambiar a los políticos no tiene efecto alguno si se mantienen los mismos incentivos, que constituyen, en última instancia, el núcleo de las instituciones. Pero, aunque cambiar los incentivos sea fácil, mejorarlos es difícil. Por eso, reformar las instituciones, aunque costoso, no asegura obtener buenos resultados. Tampoco conviene confiar en remedios simples, como el mero cambio de líder o de partido gobernante. Ni siquiera en modificaciones estructurales del sistema de representación, como, por ejemplo, el pasar de un sistema proporcional a uno mayoritario. Menos aún depositar esperanzas en elegirlos dentro de un eventual Estado independiente, como algunos pretendían para Cataluña, llevándola así, por un falso idealismo desnortado, a mostrarse más española que nadie. 

Por este motivo, es erróneo exonerar a las masas, como hacen los planteamientos maniqueos, tanto populistas como intelectuales. En realidad, sus miembros somos igual de «extractivos» que las élites: el fraude no campea solo en la fiscalidad de las grandes fortunas (por desgracia, no tan grandes y más bien escasas), sino también —y, quizá, sobre todo— en los pequeños pero mucho más numerosos fraudes de la economía sumergida y las prestaciones sociales. 

Por si fuera poco, sucede que las masas solemos ser más «disipadoras» porque nuestra corrupción no solo redistribuye rentas, sino que en buena medida las dilapida, pues gastamos y hacemos gastar muchos recursos para capturarlas. Por ejemplo, el que quizá haya sido nuestro mayor derroche, la desproporcionada inversión en obras públicas, contó durante décadas con apoyo general de la ciudadanía y parece bastante claro que, más que distribuir rentas, las ha malgastado, sin prever los costes de mantenimiento, cuyo déficit comienza ya a notarse. Así es que, averías mediante, seguimos viajando felices en alta velocidad, aunque la mayoría de los viajeros no tenga prisa alguna, como revela el que muchos de ellos estén ya en la estación una hora antes de la salida, permanezcan inmóviles sin caminar en los pasillos rodantes y algunos incluso hayan tardado más en llegar a la estación que en recorrer su trayecto en tren. Pero el AVE sigue contando con apoyo mayoritario gracias a que el coste de su construcción sigue oculto y no se refleja plenamente en el precio de los billetes y a que la mayoría de los viajeros rehúsa hacer esfuerzo alguno para verlo. Al usuario de AVE le cuesta creer que este sea un derroche, por mucho que las evaluaciones coincidan en afirmar que el coste social de la red de alta velocidad excede sus beneficios (AIReF, 2020b). Tenemos la red más densa pero menos utilizada del mundo. La última vez que, años ha, Ciudadanos discutió la posibilidad de racionalizar las inversiones reculó enseguida, tras constatar cómo empezaba a perder votos en varias regiones y sin que aumentaran sus votos en las demás. 

Por lo común de este tipo de espejismo presupuestario, me temo que tanto la reforma como (aún más) la ruptura con las instituciones representativas —las que se limitan a «transmitir» nuestras preferencias— están condenadas, si no a fracasar, al menos a defraudar las expectativas y ser insuficientes. Nuestros procesos colectivos de decisión no fallan principalmente porque los mecanismos de transmisión sean defectuosos, sino porque nuestras preferencias se forman mal y resultan incoherentes. Lo queremos todo sin aportar nada. En particular, lo queremos todo del Estado sin cooperar en su vigilancia y control, y menos aún en su mantenimiento. 

En estas condiciones, es lógico que el ocaso del bipartidismo, con el consiguiente aumento de la competencia entre partidos políticos, haya dado peores resultados de lo que se esperaba. No debería extrañarnos. Los efectos de la competencia resultan de las reglas que la rijan, en todo tipo de ámbito, desde la selva hasta el deporte, e incluidas la economía y la política. Como ha demostrado durante décadas la política catalana, mayor competencia entre partidos no produce necesariamente más información ni mejores decisiones, sino que a menudo incrementa la propaganda y el populismo. Mucho depende de las reglas de juego —el deporte solo es un espectáculo valioso cuando sus reglas se diseñan y aplican con esmero—, pero también, en última instancia, de las cualidades de la ciudadanía: sobre todo, de su disposición a informarse y ejercer como ciudadanos maduros y no como gregarios, sin dejarse arrastrar por emociones epidérmicas.

La lección trasciende el caso catalán. En la medida en que este diagnóstico se ajuste a la realidad, necesitamos que el diseño de las instituciones y de las políticas públicas considere, si no las raíces, al menos las restricciones culturales. Esto no implica que estemos atados indefinidamente a nuestra cultura, pero las reformas que no consideran esas restricciones pecan de frivolidad, cuando no de oportunismo, y están condenadas a fracasar. La cultura es fruto a largo plazo de las instituciones, pero el cambio institucional, para ser viable, y máxime quizá en democracia, ha de respetar las restricciones culturales e incluso aprender a usarlas como palanca. Lo contrario lleva al error, tantas veces repetido, del despotismo más o menos ilustrado. 

Consideremos el fracaso de la liberalización del alquiler residencial de 1985: como analizaré más adelante en el capítulo 4, apenas nueve años después, ya volvíamos a restringirlo, a iniciativa, como en el caso de los horarios comerciales, del muy regresivo partido de Jordi Pujol. Treinta años más tarde, la Ley de vivienda de 2023 nos acercó a los niveles de intervencionismo que habíamos vivido desde 1920 hasta 1985. 

En este orden de ideas, la gran duda es si cabe o no pensar en similares términos de adaptación respecto a la Transición política y la Constitución de 1978. Si bien esta ha servido para organizar la convivencia durante más de cuatro décadas, lo ha logrado a costa de tolerar una deriva notable respecto a los principios de igualdad y respeto mutuo que la habían inspirado. Como consecuencia, a la altura de 2025 abundan los indicios de un posible colapso institucional. 

Si es así, cobra más urgencia que nuestras preferencias como ciudadanos se hagan más racionales, compensando nuestra escasa disposición a informarnos y cooperar en el control de lo público, para poder abordar una profunda renovación institucional. No se trata de una cuestión de educación formal o académica, porque tenemos pocos incentivos para hacernos mejores ciudadanos. Tampoco de grandes ejercicios deliberativos, igualmente costosos. Es debido a esos costes que, por ejemplo, cualquier empleador suele saber más acerca de la realidad sustancial de nuestras relaciones laborales que muchos expertos en derecho y economía laboral, acostumbrados estos a prestar atención a problemas secundarios y contemplarlos desde representaciones jurídicas y estadísticas que a menudo distorsionan la realidad sustantiva. 

Por ello, es importante que las reformas reduzcan los costes de información ciudadana, de modo que nuestra educación cívica sea automática e inevitable. Hagamos evidentes el pago de impuestos y el coste de usar los servicios públicos: menos cargas fiscales ocultas, como el IRPF mayoritariamente «a devolver», los precios «con IVA incluido» y la Seguridad Social «a cargo de la empresa»; y menos secretismo sobre la eficacia relativa de los servicios públicos. Publiquemos, por ejemplo, cómo se emplea y cuánto gana cada graduado según su carrera y centro universitario, un dato disponible desde hace años, pero que en la mayoría de las autonomías permanece silenciado. 

Hagamos, en suma, que nos resulte ineludible informarnos, como sucede en nuestras comunidades de vecinos. Distan mucho de ser perfectas, pero ni despilfarran tantos recursos ni atienden a afiliaciones políticas para castigar la corrupción de sus presidentes y administradores. Están gobernadas por españoles, pero opera en ellas la inmediatez e incluso, ante casos de fraude, el instinto de posesión. Si esa lógica funciona a pequeña escala, podemos trasladar su esencia al nivel nacional, activando fuerzas similares en lo público: divulgar ingresos y aportaciones fiscales es costoso en términos de privacidad, pero ayuda a reclutar para el bien común esas inclinaciones naturales al cotilleo y la envidia que apenas hemos domesticado culturalmente.

Esa mejor conciencia de lo público contribuiría a homogeneizar con las del resto de Europa nuestras actuales preferencias, hoy más estatistas y contrarias a la competencia. Quizá así accederíamos a dotarnos de los incentivos individuales que aseguraran el bienestar. Entre nosotros, estos incentivos deben ser más personalizados que en aquellos países cuya cultura lleva a sus ciudadanos a vigilar algo más que ninguno eluda su aportación al bien común. Es un asunto clave, porque los fallos de acción colectiva no solo afectan a la política, sino también a todo tipo de ámbitos, desde la educación hasta la empresa, desde las profesiones hasta los medios de comunicación. Necesitamos esos incentivos «compensatorios» de nuestros valores para alinear mejor las retribuciones con las conductas. Los incentivos individuales son el motor de nuestros mejores deportistas y profesionales: esos españoles no triunfan porque renuncien a sus valores, sino porque los aplican en un contexto diferente, ya que trabajan bajo reglas estables que los retribuyen por su rendimiento. El modelo es aplicable a todo tipo de actividades, pero nos resistimos a adoptarlo, pues preferimos sistemas que, en esencia, frenan la competencia y diluyen los incentivos individuales. 

Esa convicción vertebra la estructura del libro, que volverá reiteradamente a ese argumento. Lo hará desde perspectivas diferentes, pero atendiendo siempre a esos tres factores condicionantes: las preferencias de la ciudadanía, las instituciones que las canalizan y las políticas en que se acaban concretando, cuyas consecuencias intentaré valorar para desvelar su escasa coherencia con los intereses reales de los ciudadanos. Los capítulos avanzan desde planteamientos generales a sectoriales, pero la mayoría pone el foco en cuestiones concretas, desde la regulación laboral del trabajo doméstico hasta la afición de muchos padres españoles por una enseñanza poco exigente para sus hijos. 

El libro se divide en tres partes. 
La primera tiene un contenido más teórico y menos aplicado que las otras, pues, tras preguntarse si los fallos de la sociedad española son atribuibles a sus élites políticas e intelectuales o a los ciudadanos, analiza las preferencias de estos últimos. Pone así de relieve que, en buena medida, muchas de nuestras políticas e instituciones se ajustan a ellas, aunque a menudo no a los intereses reales de los ciudadanos. 
La segunda parte confirma este diagnóstico tras analizar tres cuestiones críticas de carácter sectorial y transversal, como son la vivienda, la educación y las comunidades autónomas. 
Por último, la tercera parte tiene carácter más normativo que positivo, pues reflexiona sobre qué hacer, aunque no pretende aportar soluciones propiamente dichas. Más que mejorar los mecanismos de gobierno, debemos empezar a pensar de otra manera. Para ello, hemos de renovar nuestro «mercado» de ideas, pero también mejorar la información disponible de forma automática al ciudadano. Esa mejor información dotará de mayor coherencia a sus preferencias y, en consecuencia, mejorará sus decisiones políticas. Es imprescindible si de verdad queremos hacer realidad nuestros deseos. 

Se trata de una propuesta optimista: no solo cree en una democracia de ciudadanos adultos bien informados, sino también en su racionalidad potencial y en su capacidad para asumir sus responsabilidades. Confía en que, sean cuales sean sus preferencias, supondrá una diferencia radical el que empiece a comprender la necesidad de atenderlas con medios más apropiados que los que suele demandar. 

El libro condensa trece años de trabajo académico y reflexión pública. Muchas de sus tesis fueron desarrolladas y contrastadas en investigaciones previas, charlas y tribunas publicadas sobre todo en The Objective. Aquí se presentan no como una recopilación, sino como una síntesis crítica y articulada que amplía y depura los argumentos que han resistido el juicio del tiempo, el contraste público y mis propios cambios de opinión. 

Mi propósito ha sido ordenar ese conjunto en un marco coherente, acumulativo y comparado. No se trata de provocar ni de convencer por vía emocional, sino de contribuir a entender por qué nuestras instituciones y políticas funcionan como lo hacen, y qué papel desempeñamos los ciudadanos en su configuración y en sus disfunciones. El enfoque combina observación empírica, fundamentos teóricos y reflexión crítica, con la ambición de ofrecer un diagnóstico que nos permita pensar el cambio institucional desde nuestras propias limitaciones culturales. 

Si de verdad queremos cambiar nuestra situación, creo que el primer paso es mirarnos con objetividad a nosotros mismos. 

«Una democracia de ciudadanos informados 
puede corregir sus errores sin líderes 
ni expertos providenciales»

La prioridad no es solo mejorar las instituciones, sino formar una ciudadanía más lúcida, capaz de ver el coste real de lo que exige. Ninguna reforma durará si no cambia también la forma en que pensamos y votamos.
Ahí reside la esperanza —y el mensaje optimista— del libro: la solución a nuestros problemas está a nuestro alcance. Una democracia de ciudadanos informados puede corregir sus errores sin líderes ni expertos providenciales. La prosperidad no necesita héroes ni santos, sino mecanismos que nos obliguen a pensar. Basta con que cada ciudadano sienta lo que da y lo que recibe. Entonces la corrupción dejará de parecernos un espectáculo ajeno y se sentirá como una ofensa personal. Si la culpa es nuestra, también lo es la solución.

 
Diálogo; «¿La culpa es nuestra? Cómo las preferencias ciudadanas frenan las reformas en España»