EL Rincón de Yanka: TRAICIÓN

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miércoles, 2 de septiembre de 2026

PELÍCULAS "EL JUDAS", 1952 DIRIGIDO POR IGNACIO FERRÉS IQUINO y "EL BESO DE JUDAS", 1954 POR RAFAEL GIL


EL JUDAS
1952

Un individuo de malos sentimientos y peores acciones, dispuesto a todo con tal de satisfacer su avaricia y vanidad, se muestra descontento con el papel de Judas que encarna en la Pasión que tradicionalmente se representa en su pueblo. Él aspira a interpretar el papel de Jesús. El tema religioso (la Pasión de Esparreguera en Cataluña es el escenario) permitió que esta película se exhibiera en catalán durante los años del régimen autoritario de Franco (Después hablan los nazionalistas).
Excelente film de Ignacio Ferrés Iquino, uno de los directores y productor a la vez, más prolíficos e interesantes del cine español. “El judas” nos presenta un drama social que tiene su inspiración en la Pasión de Esparraguera. Una antigua tradición que proviene del siglo XV en esta pequeña población catalana, en la que participa todo el pueblo en una serie de representaciones, mundialmente famosas a día de hoy, de la Pasión de Cristo durante la cuaresma. La película pertenece a un tiempo en que el cine religioso era apoyado y subvencionado generosamente por el régimen de Franco (como en todo el mundo), e Iquino que atravesaba un mal momento económico se adscribió con este interesante trabajo que desde mi punto de vista, se presta a muchas interpretaciones, más allá de las que vigilaba la censura. Pues el film plantea soterradamente un mordaz crítica sobre la falsa caridad y la doble moral.

El cineasta que también participó en el guion, se sirve de los propios habitantes y actores aficionados de la representación, además del excelente trabajo profesional de Antonio Vilar como protagonista absoluto. El dilema moral que plantea este profundo drama, reside en cómo el perfil espiritual de un personaje pude influenciar al ser humano que lo interpreta, transformando progresivamente a un ser perverso. Si la obsesión por ese personaje ejemplar, termina contaminando positivamente la moral del actor y su personalidad en la vida real. Tema recurrente en otras películas americanas.

Y es que, ahí reside la grandeza del cine, que consiste en hacer posible lo improbable, porque Mariano Torné es un tipo que no tiene sentimientos cristianos y que hace el papel de Judas en la representación anual, un rol de malvado que debe a su reputación. Mariano es lo que se dice, una mala persona, un tipo agrio y mal encarado, corroído por la codicia y el egoísmo, capaz de esquilmar a su propia familia, un tipo despreciable que goza con el sufrimiento ajeno. Pero su vanidad es infinita y hará lo posible por encarnar el papel de Jesús, el más importante de la escena. Entonces es cuando la misma dirección del evento se divide a la hora de permitir a tal villano sus aspiraciones, por la ausencia del Jesús habitual.

Y aquí se articula lo que puede crear la magia del cine, que un hombre cruel sea capaz de redimirse. La grandeza de esta película se articula huyendo de la moralina habitual en el cine religioso, cine de historias bienintencionadas pero soporíferas y previsibles. Iquino concibe una historia que atrapa porque el villano se nos presenta cercano y está perfectamente dibujado, como decía Hitchcock: “Cuanto mejor está descrito el malo, más interesante y atractiva es la historia”. Iquino saca todo el jugo posible a este film, cercano al neorrealismo, pero que no renuncia a la ficción del personaje de Jesús, obligándonos a reflexionar sobre nuestro comportamiento personal con nuestros convecinos. Excelente puesta en escena, ilustrada con una excelente música sacra de Bach y Handel.


 
El Judas | Película Completa

EL BESO DE JUDAS, 1954

EL BESO DE JUDAS 1954

Por motivos ideológicos, filosóficos, sincera convicción o como un simple ejercicio literario, durante los siglos XIX y XX algunos autores abordaron la figura de Judas buscando hallar alguna justificación a sus actos.
En este contexto hay que situar "El beso de Judas", frase que, lo mismo que el nombre de su protagonista, está indefectiblemente unido al de traición.
Lo mismo que "Las memorias de Judas" (Petruccelli della Gattina, 1867), la obra de Gil describe a un Judas revolucionario, un nacionalista que está al frente de las revueltas judías contra Roma. De hecho lo vemos en una de las primeras escenas, con una actitud claramente política, rechazar las súplicas del padre de un joven revoltoso (Sancho) que va a ser ajusticiado por su participación en las algaradas.
Es decir que Judas de Keriot, como es nombrado en la cinta y de donde derivaría Iscariote, cree al pie de la letra que Jesús, "El Salvador de Israel", ha venido para "Restaurar el reino de Israel", para convertirse en "El Rey de los judíos". De ahí su decepción al comprender demasiado tarde que "Mi Reino no es de este mundo", que Tiberio y el resto de gobernadores romanos continuarán como siempre han hecho "Dándoles estiércol para recoger su oro".
Cinematográficamente contada en infinidad de ocasiones, la Pasión y muerte de Jesús se ofrece aquí con una perspectiva nueva, original, desde el desengaño de uno de los grandes protagonistas de la tragedia del Gólgota.
Naturalmente la dirección se centra en el personaje de Judas destacando su ambición y rebeldía, pero también su inteligencia y pragmatismo que le llevará, decepcionado, a traicionar al Maestro.
Magnífica la interpretación de Rivelles, como la del resto del elenco. Tal vez Rabal en su papel del centurión Licinio peque de cierta sobreactuación.
Gil debía tenerle tomada la medida a las películas religiosas, pues el año anterior había estrenado "La guerra de Dios", otra obra excelente.
"El beso de Judas" es para nosotros una de las mejores representaciones de la Pasión de Cristo. Dramática, realista, sobrecogedora.
Como acertadamente señalan otras críticas, si la cinta se hubiera hecho en cualquier otro sitio bajo la dirección de un apellido de campanillas no habría Semana Santa que no la pasasen las televisiones y, en consecuencia, los votantes de FA se contarían por miles y no con poco más de un par de cientos.
Una gran película española de los 50 que merece ser reivindicada.


martes, 1 de septiembre de 2026

⛤LIBRO "MARRUECOS, EL VECINO INCÓMODO": TODAS LAS CLAVES DEL REINADO DE MOHAMED VI por SONIA MORENO


MARRUECOS, 
EL VECINO 
INCÓMODO
Todas las claves del reinado 
de Mohamed VI y de una relación 
imprescindible para España

Una obra fundamental para entender las ambiciones geoestratégicas, territoriales y económicas de nuestro vecino del sur, así como su actitud y percepción hacia España.
Nos guste o no, Marruecos es esencial para nuestro país en las relaciones internacionales, el comercio, los flujos migratorios y la seguridad. Esta realidad contrasta con una alarmante dejadez de la opinión pública española que puede costarnos muy cara.
La periodista Sonia Moreno, corresponsal en Marruecos durante más de una década, se apoya en relevantes testimonios directos y nos ofrece un análisis único de la monarquía de Mohamed VI, un régimen que combina la modernización con un férreo control ejercido por los servicios de inteligencia y la represión de las voces críticas.
El libro aborda las crisis migratorias, el espionaje con Pegasus y el apoyo de Pedro Sánchez al plan marroquí para el Sáhara Occidental. También analiza las tensiones con Argelia, las alianzas militares con Estados Unidos e Israel y el papel estratégico del Magreb, así como la situación de Ceuta y Melilla o las aguas del archipiélago canario.
INTRODUCCIÓN

Existen dos grandes misterios sin resolver en los veinticinco años de reinado de Mohamed VI: el espionaje con el programa Pegasus y el giro copernicano del presidente Pedro Sánchez para apoyar el plan de autonomía marroquí para el Sáhara Occidental. Ni el rey de Marruecos ni el presidente del Gobierno de España han dado explicaciones sobre los motivos o las intenciones de estos asuntos. Dos momentos en las relaciones bilaterales que han suscitado diferentes teorías, pero ninguna verdad. A lo largo del libro intentaremos explicar las diferentes teorías, el modus operandi de este espionaje. También veremos cómo Marruecos está implicado en casos de persecución a periodistas y activistas con otros métodos más sencillos de comprobar que el sistema israelí. 

La espina dorsal de este reinado es el reconocimiento de la soberanía del Sáhara Occidental, una herencia de Hassan II, que el rey Mohamed VI quiere dejarle resuelto, o al menos muy encaminado, a su heredero, que sin duda será su hijo Moulay Hassan, el futuro rey Hassan III. Así, mandatarios como Pedro Sánchez o Emmanuel Macron, ambos acechados con Pegasus, claudicaron en el reconocimiento del plan de autonomía marroquí para el Sáhara Occidental ante la presión de Rabat. 

Igualmente, dos escenarios de crisis marcan los últimos veinticinco años del país vecino: el incidente de Perejil durante el mandato de José María Aznar y el suceso fronterizo de España y Marruecos de 2021 con Pedro Sánchez como presidente. Ambos son ejemplos claros de hasta dónde está dispuesto a llegar el país vecino. En el primero, una escalada en la tensión diplomática bilateral desde la llegada al trono de Mohamed VI culminó con la ocupación de la isla de Perejil en julio de 2002, durante el mandato de Aznar, incluyendo la retirada del embajador marroquí en España en octubre de 2001. El islote fue recuperado por fuerzas especiales españolas y no se produjo ninguna víctima. Un año más tarde, en mayo de 2003, tuvieron lugar los atentados en Casablanca contra diversos objetivos en la ciudad marroquí, entre los que se contaba el restaurante del centro cultural Casa de España y la Cámara de Comercio española, que está junto a ella. Estos atentados, junto con los de Madrid en 2004, cambiaron la manera de relacionarnos con Marruecos. Hay que añadir también la crisis diplomática originada en 2021 por la acogida en España de Brahim Gali, secretario general del Frente Polisario, que fue ingresado en un hospital de Logroño en estado grave por COVID-19. Entonces, la Gendarmería Real Marroquí permitió entrar a aproximadamente 12.000 personas a Ceuta en solo dos días, de las cuales al menos 1.500 eran menores de edad, aunque la mayoría fueron devueltos a Marruecos en pocos días, según la presidencia de la ciudad. Desde hace muchos años, tanto el control de la migración como del terrorismo son las dos herramientas que utiliza Marruecos para coaccionar a terceros, y han modificado las relaciones bilaterales con España y con la Unión Europea. 

La situación geoestratégica del país magrebí, su rearme en los últimos años, las recientes alianzas con Israel y los lazos más que fortalecidos con Estados Unidos suponen una serie de dificultades para España. A eso hay que añadir, especialmente, el conflicto que Marruecos mantiene con Argelia, su vecino, y el Frente Polisario, actores que también son cercanos a nuestro territorio. 

El control de Marruecos se extiende fuera de sus fronteras. Tal como desveló en los diarios franceses Mediapart y L’Humanité el historiador, profesor universitario, escritor, periodista, activista político y defensor de los derechos humanos Maâti Monjib, «los servicios de inteligencia tienen archivos de todas las personalidades públicas. El más mínimo desacuerdo te expone, inmediatamente, a la deshonestidad». Monjib ha estado en prisión bajo la acusación de «atentar contra la seguridad del Estado y fraude», y ahora tiene prohibido abandonar el país. Esa censura, y una condena de cárcel, también la han padecido el periodista Omar Radi y otras personas críticas con el régimen, como veremos a lo largo de estas páginas. 

Solo nos separan 14 kilómetros de Marruecos. España se ha convertido en su primer socio comercial y en un aliado estratégico; sin embargo, los marroquíes saben más de España que los españoles de Marruecos. El país vecino es un gran desconocido porque, más allá de tomar el sol y surfear en sus playas, regatear y comprar en los zocos, perderse por las medinas, caminar por las montañas del Atlas, visitar el patrimonio histórico y cultural y comer cuscús, tajines o dulces, ¿qué sabemos del Reino alauita? Lo cierto es que Mohamed VI no se deja ver con asiduidad y ha concedido contadas entrevistas en sus veinticinco años de reinado, la mayoría fuera de Marruecos. De hecho, ha recibido a muy pocos periodistas de medios españoles. Visitó España en 2000 y 2005, pero aún nos preguntamos: 
¿Cómo es el rey de Marruecos? ¿Cuáles son los asuntos pendientes de este reinado? ¿Cuándo y en quién abdicará? ¿Han cambiado las relaciones entre las monarquías española y la marroquí, tras la muerte de Hassan II y la retirada del emérito Juan Carlos I? ¿Por qué Rabat no acogió al anterior rey español, refugiado en los Emiratos Árabes Unidos? ¿Qué hay de las relaciones bilaterales con España? ¿Qué papel desempeña el Gobierno marroquí? ¿Cómo funcionan los dos servicios secretos del país vecino? Y, finalmente, ¿por qué el espionaje con Pegasus señala a Rabat? 

Estas son algunas de las cuestiones que se intentan responder en este libro, que pretende echar la mirada atrás y recorrer los veinticinco años del reinado de Mohamed VI, haciendo hincapié en lo que ha significado para las relaciones con la monarquía, los servicios de inteligencia y los diferentes gobiernos españoles. Esto puede ayudarnos a estar más informados y bien documentados respecto a nuestro vecino del sur. Es esencial conocer mejor a Marruecos porque nuestra posición geográfica nos condena a entendernos. Marruecos es importante para España porque supone la puerta de entrada a África, y España es importante para Marruecos porque es el eslabón con Europa. A pesar de esa cercanía, nuestras relaciones fluctúan entre un tira y afloja, y si estamos al corriente de las alianzas y las rivalidades podremos evitar las crisis futuras, o al menos prever hasta cierto punto lo que nos viene encima. 

Mohamed VI, el «sobrino» del emérito Juan Carlos I y «primo» de Felipe VI, es el máximo representante del poder monárquico, ejecutivo, militar y religioso en el país vecino. Su dinastía reina desde hace un cuarto de siglo al sur de España, en la puerta de África, y lucha por recuperar el Gran Magreb.1 En 2024 se cumplieron los veinticinco años de su subida al trono. Por eso, hemos considerado necesario realizar un repaso a ese cuarto de siglo, siempre desde el análisis de los hechos, con una perspectiva geoestratégica y con informaciones recogidas sobre el terreno. 

Mohamed VI destaca por su faceta de empresario y son sobresalientes su capacidad de gestión y su perfil económico. De hecho, esta vertiente más financiera lo diferencia de su predecesor, Hassan II, con un sistema preponderadamente político y diplomático. A pesar de la concentración de poderes que representa, la popularidad del monarca ha descendido en este cuarto de siglo, con la oposición de los conservadores, que no están de acuerdo con impulsar avances sociales ni con las amistades de palacio. Molesta la relación personal que el soberano mantiene con Abu, Omar y Ottman Azaitar, tres hermanos boxeadores, sobre todo porque están restando oportunidades a la burguesía, especialmente en el norte del país, donde los amigos del rey han abierto negocios propios. 

Además, determinados grupos que han adquirido mucho poder en estas décadas intentan arrinconarlo para cobrar protagonismo. 
«¿Está el jefe de la seguridad marroquí —en referencia a Abdellatif Hammouchi— dando un golpe de Estado, convirtiendo al país en un Estado fallido que Londres, París y Washington ya no pueden reconocer ni influenciar?», preguntaba de manera retórica el sitio de información Maghrebi.org, en su edición del 28 de mayo de 2024. 

Marruecos es uno de los países modelo en África, con una gran estabilidad dentro del mundo árabe. Sorteó las consecuencias de la Primavera Árabe de 2011, y además es un enclave de la geopolítica, el comercio, la cultura y el deporte regionales. Sin embargo, en la sombra está controlado por un temido aparato de inteligencia y seguridad que se ha colado por las grietas que ha dejado un rey que, de alguna manera, ya está de salida. El jefe de la seguridad del país, Abdellatif Hammouchi, no solo ha impuesto su mano dura con los testigos de la represión, los disidentes, los activistas, los críticos y los periodistas libres, a los que ha sometido y encarcelado, sino que además usurpa la imagen oficial del monarca entre las grandes masas. Dirige a la vez la Direction Générale de la Surété Nationale (DGSN), es decir la Policía, y la Direction Générale de la Surveillance du Territoire (DGST), uno de los servicios secretos marroquíes encargado de la lucha contra el terrorismo.2 Cada vez es más frecuente verlo controlando los campos de fútbol o recibir ovaciones en eventos multitudinarios a los que no acude Mohamed VI, como si se tratara del jefe del Gobierno o del Estado. 

Hammouchi se ha llegado a reunir con la CIA en Madrid después de conocerse el espionaje con Pegasus a España. Sin embargo, su última jugada fue difundir una fotografía suya acompañado del rey Felipe VI durante la celebración oficial en mayo de 2024 de los doscientos años de la creación del Cuerpo Nacional Policía español. Y eso a pesar de que el Gobierno de coalición intentó evitar que su visita tuviera repercusión, porque estuvo acusado en Francia de presuntas torturas y de estar detrás del espionaje con Pegasus. En todo caso, Hammouchi fue el único responsable de seguridad e inteligencia africano que asistió a este evento. 

En estos últimos veinticinco años, las relaciones de las monarquías marroquí y española han sido más estables que las de los respectivos gobiernos. En todo caso, ese vínculo afectivo ha decaído. Esto quedó en evidencia cuando el rey Juan Carlos I salió de España en 2020 tras las investigaciones abiertas en Suiza y en España sobre los supuestos fondos acumulados en paraísos fiscales. ¿Por qué Mohamed VI no lo acogió en Marruecos? La inteligencia de un país occidental considera que las buenas relaciones de Rabat con Londres impidieron que le diera asilo. Corinna zu Sayn-Wittgenstein-Sayn —así se la identificaba en los procesos judiciales en Reino Unido—, conocida como Corinna Larsen, examante del monarca, había denunciado acoso ante la justicia británica. Por lo tanto, en el supuesto de que hubiera perdido el juicio, el Reino Unido podía haber pedido la extradición de Juan Carlos I a países aliados como Marruecos. Asimismo, una grabación del polémico comisario José Manuel Villarejo a Corinna destapó en Londres en 2015 que Juan Carlos I la utilizaba como testaferro en Marruecos. «Te levantas por la mañana y alguien te llama y te dice: “Tienes un terreno en Marrakech, dámelo”. Entonces le explicas: “Oye, ¿por qué no me has consultado?”», decía la empresaria en la cinta incautada a Villarejo tras su detención en noviembre de 2017. 

Está claro que la monarquía española ha intentado no enfadar a Hassan II y a Mohamed VI. Los reyes Juan Carlos I y Sofía solo visitaron oficialmente Ceuta y Melilla en una ocasión y durante una jornada, en noviembre de 2007. Las ciudades autónomas, consideradas por Marruecos como «ciudades ocupadas» o «presidios ocupados», le entregaron a Juan Carlos I la Llave de Oro de Ceuta y el Bastón de Mando de Melilla. En ambas ocasiones pronunció el mismo discurso: «Tenía un compromiso pendiente con Ceuta/Melilla, con los ceutíes/melillenses y con sus autoridades, pero también con nosotros mismos como reyes que se deben, ante todo, a todos los españoles. No quería dejar pasar más tiempo sin venir a Ceuta/Melilla, para expresaros todo nuestro afecto y apoyo, al igual que lo hemos venido haciendo en tantas otras ciudades y lugares de España». 

Ese viaje se produjo cuando Juan Carlos I llevaba tres décadas reinando y no se repitió, a pesar de que, incluso en 1980, la ciudad de Ceuta le concedió la Medalla de Oro. Con todo, las relaciones se volvieron a tensar en 2014. Mohamed VI se quejó a Felipe VI porque la Guardia Civil le dio el alto cuando navegaba por aguas ceutíes. Los agentes interceptaron dos lanchas de recreo y tres motos de agua en un momento en que ese tipo de embarcaciones introducían a personas migrantes en España. «¿No saben quién soy?», les preguntó en español el pasajero de una de las embarcaciones, tocado con gorra y unas gafas de sol. Cuando se las quitó, uno de los agentes españoles reconoció a Mohamed VI, por lo que renunciaron a ir más allá. Sin embargo, las autoridades marroquíes llamaron a consultas al embajador español en Rabat, Alberto Navarro, y cinco días más tarde entraron a nado en Ceuta 920 personas y otras 80 lograron saltar la valla en Melilla. 

Las relaciones con los distintos gobiernos españoles han tenido muchos sinsabores. En especial con el Ejecutivo de José María Aznar y el Gobierno de coalición de Pedro Sánchez, mientras Rabat fomentó una relación muy cordial con los distintos dirigentes socialistas, incluso con presidentes de la Generalidad de Cataluña al margen del Partido Socialista Catalán (PSC), como Jordi Pujol de Convergencia y Unión (CIU). Es larga la lista de ministros, exministros y expresidentes del PSOE que amparan, junto al actual dirigente español, las actuaciones de nuestro vecino. 

Los tentáculos de Marruecos se extienden desde España a toda Europa, como desveló el escándalo «Marocgate». El grupo de presión marroquí compró supuestamente a eurodiputados y a periodistas en Bruselas para conseguir el reconocimiento del Sáhara Occidental como marroquí y para ocultar la falta de respeto a los derechos humanos y a las libertades individuales.3 En España también ponen precio a políticos, periodistas y otras personas que puedan influir en su favor. A mí me llegó una oferta en 2014, mientras compartía un tajín en la región de Nador, frontera con Melilla, con una fuente de los servicios de inteligencia. La propuesta, tal como me soltó el individuo durante la comida, era sencilla: escribir artículos «dulces» de Marruecos a cambio de «ingentes cantidades de dinero, que no sabrás de dónde te llegan». La metodología de captación y las formas de presión son muy variadas, desde aprovecharse de la vulnerabilidad de las personas con el ofrecimiento de prebendas hasta el espionaje y el chantaje. De esta manera, ciertos periodistas y medios españoles, así como marroquíes residentes en España, dirigidos desde los consulados en la península, tocan la partitura que compone Rabat. 

Marruecos se ha convertido en un aliado estratégico de España en el norte de África y España en el primer socio comercial de Marruecos desde 2012. La Primavera Árabe y la desestabilización de los países del norte de África y Oriente Medio beneficiaron la relación de Marruecos con la Unión Europea. De hecho, Marruecos se embolsó, junto a Jordania, las ayudas europeas destinadas a otros países como Egipto, Túnez y Libia en plena vorágine de manifestaciones y actos de protesta por la Primavera Árabe. Los despachos de la Comisión Europea en el barrio rabatí de Hay Riad realizaron malabares para que el Gobierno del islamista Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD) presentara los proyectos acordes para esas partidas monetarias, muchos destinados a jóvenes y al empoderamiento de las mujeres. Una de las funcionarias europeas me confesó que las autoridades habían dejado pasar una cuantiosa ayuda destinada a las mujeres por no presentar la documentación requerida. Esa cantidad no se podía invertir en otro plan diferente para el que se creó, por lo que se desperdició. En la Comisión siempre dudaron de si la razón era la falta de preparación de ese Gobierno o que la partida fuera dirigida al empoderamiento de las mujeres en una sociedad musulmana gobernada por una formación de orientación islamista. 

También conviene mirar al futuro para adelantarse a lo que vendrá: la abdicación de Mohamed VI y la coronación de su primogénito, el príncipe heredero Moulay Hassan, como Hassan III, o el futuro de Ceuta, Melilla y las islas Canarias. Tras conseguir que Pedro Sánchez reconociese el plan de autonomía marroquí para el Sáhara occidental como la solución «más seria, creíble y realista», es decir que el presidente se posicionase abiertamente a favor de Marruecos en detrimento del Frente Polisario y de Argelia, Rabat se centra ahora en las aguas jurisdiccionales que comparte con España, sobre todo las que se solapan con las de las islas Canarias; y en un modelo de vecindad con Ceuta y Melilla, con el que pretende conseguir una especie de cosoberanía y zona económica compartida. Mientras que el reconocimiento del Sáhara como territorio marroquí formaba parte de un plan para 2020, las ciudades autónomas aparecen en una hoja de ruta de cara al 2030, un proyecto político que ha heredado de su padre, el rey Hassan II. Por supuesto, después de la Copa Mundial de Fútbol de 2030, que coorganiza junto a España y Portugal.

Expertos en defensa reconocen ya que Marruecos utiliza estrategias híbridas y de zona gris, que anda a medio camino entre la política convencional (blanco) y el enfrentamiento armado directo (negro). En efecto, el Gobierno de Marruecos defendió en un documento dirigido a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) que «Melilla sigue siendo un presidio ocupado y por este hecho no podríamos hablar de fronteras, sino de simples puntos de paso». A pesar de los acuerdos, incluso de haber pactado no entrometerse en la soberanía del otro país, Rabat lleva la batuta de todo lo relacionado con los pasos fronterizos del Tarajal, en Ceuta, y de Beni Ensar, en Melilla. 

Por un lado, Marruecos ha ido ahogando a las dos ciudades autónomas españolas con la desaparición del comercio atípico, el cierre de las aduanas comerciales, la restricción en el régimen de viajeros y solo dos puestos fronterizos abiertos. Por otro lado, ha ido construyendo aeropuertos, puertos y complejos turísticos en las cercanías. Lo cierto es que la preocupación aumenta en Ceuta y Melilla, que ven cómo pierden población, cierran comercios, faltan mano de obra y materiales y, sobre todo, desconocen lo pactado en la famosa hoja de ruta acordada por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el rey Mohamed VI en Rabat el 7 de abril de 2022. 

Por otro lado, en plena crisis de la COVID-19, con el estado de alarma decretado en España y en Marruecos, con las fronteras entre ambos países cerradas y las relaciones bilaterales congeladas, Rabat hizo oficial las dos leyes de demarcación de sus aguas territoriales con España. Marruecos publicó el 30 de marzo de 2020 en su Boletín Oficial las dos leyes relativas a la extensión de sus fronteras marítimas en el Atlántico. Con ellas, fijaba en 12 millas náuticas sus aguas territoriales a lo largo de la costa del Sáhara Occidental. Además, delimitaba sus 200 millas náuticas de zona económica exclusiva (ZEE) y las 350 de plataforma continental, con lo cual se adentra en las 200 millas de España en Canarias. Tal como precisa el documento, «en la plataforma continental, el Reino tiene derechos exclusivos y soberanos sobre el fondo de los mares y el subsuelo de estos con el fin de explorar sus recursos naturales de conformidad con los acuerdos y tratados internacionales que son del Reino de Marruecos y en las áreas de explotación y utilización de islas artificiales». Asimismo, el artículo 3 recoge que la soberanía marroquí «se extiende al espacio aéreo, así como a la tierra y al fondo de este mar, a lo largo y ancho». Es decir, que después de que España aceptase el plan de autonomía marroquí para el Sáhara Occidental, las reivindicaciones de Marruecos continúan sobre los territorios españoles en el continente africano. Como veremos más adelante, el conflicto de delimitación de la plataforma continental esconde la disputa sobre un yacimiento de telurio, un material estratégico esencial para la fabricación de conductores de alta velocidad, y paneles solares. 

Es necesario también mirar al resto del mundo porque, en los últimos años, Marruecos ha establecido alianzas con Estados Unidos e Israel, al tiempo que sus pésimas relaciones con Argelia y la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) —no reconocida como Estado por España— han empeorado. El año 2020 es un momento clave para entender lo que estamos viviendo ahora y para el futuro del próximo rey marroquí. Mohamed VI quiere dejar todo bien atado a su sucesor, de modo que trabaja en una agenda económica y de seguridad en dirección a la próxima década. Ha cerrado filas con Estados Unidos e Israel en el ámbito económico, pero también en el sector de la seguridad y defensa. Con Estados Unidos negoció el reconocimiento del plan de autonomía marroquí para el Sáhara Occidental a cambio de restablecer las relaciones con Israel. Todo se hizo público en diciembre de 2020, a través de un tuit del presidente estadounidense Donald Trump en su primer mandato. A partir de ese momento se han producido numerosos intercambios diplomáticos, maniobras militares conjuntas y la firma de varios acuerdos. A cambio, en julio de 2023 Tel Aviv reconoció la ocupación de Marruecos del Sáhara Occidental.

Es evidente que el Sáhara Occidental, por sus recursos naturales y por su situación geoestratégica, es un territorio atractivo para varias potencias. Para Argelia e Israel, el Sáhara representa una salida al Océano Atlántico; para Estados Unidos, una aproximación al Sahel; para Alemania y otros Estados miembros de la Unión Europea es una formidable fuente de energía renovable y un gran banco de pesca. 

Envalentonado por esos intereses, Marruecos desalojó a algo más de un centenar de saharauis de los campamentos de Tinduf (Argelia) que se manifestaban en la franja desmilitarizada de Guerguerat, impidiendo el paso de camiones a Mauritania. Así, el 14 de noviembre de 2020 rompió el alto el fuego firmado en 1991 entre Marruecos y el Frente Polisario,4 y este último declaró la guerra a Marruecos. 

El conflicto sigue vigente cuatro años más tarde, aunque no tiene trascendencia internacional, entre otras cosas porque Rabat impide la entrada de periodistas, activistas u observadores internacionales a la zona. Reporteros sin Fronteras y Amnistía Internacional han denunciado el «silencio informativo» del que tenemos constancia los periodistas que trabajamos sobre el terreno. De hecho, colegas de medios nacionales españoles acreditados en Rabat durante años no han pisado nunca el Sáhara Occidental, y quienes lo hemos hecho hemos sido «pastoreados» en grupos organizados por el Gobierno de Rabat. Cuando llegas al territorio te conducen por calles engalanadas con la bandera de Marruecos y las fotografías del rey Mohamed VI, y por lugares donde resulta imposible acercarse a hablar con la población o introducirse en las protestas de los saharauis. Participé en una de las ediciones del Sahraouiya, un raid femenino de solidaridad, deporte y sostenibilidad que se celebra anualmente en Dajla, la antigua Villa Cisneros. Esa fue mi única manera de acercarme de manera legal al territorio. Sin embargo, no me permitieron cruzar la calle donde se celebraba el evento para poder hablar con unos activistas que alzaban pancartas de protesta, ni bajarme del todoterreno para realizar fotografías. Para no estar en contacto con la realidad, nos alojaron en jaimas (tiendas de campaña) en medio del desierto y en complejos turísticos de lujo cerrados a la población local. 

Realmente, Marruecos ha realizado una gran labor diplomática para convertir el Sáhara Occidental en una región más del país, con la apertura de consulados de diferentes países africanos y árabes que, a cambio de trabajos de construcción emprendidos por el grupo de empresas del rey, dan su apoyo al «Sáhara marroquí». 

Además, sigue ofreciendo oportunidades económicas beneficiosas dentro del territorio saharaui para los países interesados en las energías renovables, la pesca o los fosfatos. A ello se unen obras faraónicas, como el Puerto Dajla Atlantic, que incluso albergará una base militar internacional. Recientemente, también está amortizando las líneas aéreas abiertas con las ciudades saharauis, el turismo y la publicidad; a pesar de que, en los primeros cinco meses de 2025, Marruecos expulsó a catorce ciudadanos españoles de Dajla y El Aaiún. 

Las nuevas alianzas establecidas por Marruecos y el rearme —en 2025 el presupuesto del Ministerio de Defensa ascendió a 12.300 millones de euros, la cifra más alta hasta el momento— han contribuido a la mayor crisis con Argelia desde que en 1991 se declarara el alto el fuego en el Sáhara Occidental después de una guerra de dieciséis años. Ambos Estados compiten por el control económico y militar del Magreb. En el verano de 2021, rompieron las relaciones diplomáticas y Argel no renovó el contrato de utilización del gasoducto Magreb-Europa, por el que se transportaba gas a España. Igualmente, nuestro país ha resultado afectado con la paralización de las relaciones comerciales tras el apoyo de Pedro Sánchez a Marruecos en la cuestión del Sáhara Occidental. Las bases aéreas marroquíes de Dajla y Bojador, en el Sáhara Occidental, han recibido drones israelíes y turcos para atacar los campamentos del Frente Polisario en Tinduf (Argelia). Además de armas, especialistas israelíes y turcos le proporcionan formación, dispositivos de seguridad y espionaje, ejercicios militares y encargos industriales. Conviene no olvidar que Estados Unidos quiere tener presencia de la OTAN cerca del Sahel para el control del terrorismo y, además, para hacer de contrapeso a la base militar que China construye en Bata (Guinea Ecuatorial). 

Por su parte, Reino Unido ya ha manifestado públicamente su apoyo a Marruecos, que le permite seguir adelante con proyectos que el país magrebí desarrolla en el Sáhara Occidental, administrados por Rabat y no por el Frente Polisario, como rige el derecho internacional. Rabat y Londres vieron una oportunidad mutua en la salida de Reino Unido de la Unión Europea con el Brexit. Así, en 2019 ya renovaron de manera bilateral el acuerdo de asociación en los mismos términos que tenían cuando era un socio comunitario, de modo que, en 2020, con su salida de Europa, Marruecos se convirtió en puerto de las inversiones británicas en África mientras conseguía contratos de negocio, pero también de defensa y de migración circular. En los próximos años veremos cómo muchos de los trabajadores marroquíes temporales serán destinados a Reino Unido, como ahora ocurre con las recolectoras de fresas en el sur de España. Además, los británicos también están adquiriendo terrenos e implantando empresas agrícolas en Marruecos. 

Durante estos veinticinco años de reinado de Mohamed VI, Marruecos se ha desarrollado en aspectos como la industria aeronáutica o las infraestructuras, pero todavía quedan algunos retos por alcanzar. El monarca ha modernizado el país, sobre todo las regiones del norte, que su padre tenía abandonadas. Sin embargo, siguen existiendo lagunas importantes en el campo de las libertades individuales. Por eso he dedicado un capítulo del libro para tratar la gran asignatura pendiente: los derechos humanos.

Mohamed VI dejó atrás los «años de plomo» de Hassan II, con prácticas impropias de un Estado de derecho y terrorismo de Estado contra los disidentes. El rey intentó contener la Primavera Árabe con una renovación constitucional, y una mejora de los derechos de las mujeres con una reforma de la Mudawana, el código de familia marroquí, de inspiración sunita. Sin embargo, sigue manteniendo a activistas y ciudadanos críticos en las cárceles, ser homosexual o abortar constituyen sendos delitos penados en el Código Civil, periodistas críticos con el régimen cumplieron condenas en las cárceles marroquíes enjuiciados por el Código Civil y no por el Código de Prensa, acusados de delitos comunes prefabricados, y según certificó Amnistía Internacional, algunos de ellos, como el periodista Omar Radi, fueron espiados con el programa espía israelí Pegasus. Las cárceles de Marruecos están saturadas, en gran medida por la detención preventiva, pero también porque siguen encarcelando a críticos con el régimen. Es el caso de los jóvenes rifeños condenados hasta a veinte años de cárcel por salir a protestar para exigir mejoras sociales en la región de Alhucemas. El famoso Hirak —«movimiento», en árabe— surgió en octubre de 2016 cuando Mouhcine Fikri, un vendedor de pescado, murió triturado por un camión de basura al rescatar la mercancía de pez espada que le habían confiscado las fuerzas del orden en el puerto de Alhucemas. Un momento complicado se vivió cuando en 2018 se unieron a las protestas del Rif los mineros de Jerada, en la zona oriental del país, cercana a Argelia; y la población de Zagora, en el sur, por la escasez de agua. Hay que tener en cuenta que protestas de menos importancia acabaron desatando en Túnez la Primavera Árabe. 

El último escándalo que atañe a los derechos humanos y que ha traspasado las fronteras de Marruecos tiene relación con el espionaje a políticos, periodistas y activistas con el programa espía israelí Pegasus. La justicia española dictaminó que, debido a la falta de colaboración de Israel, es complicado probar quién introdujo el programa informático en los teléfonos móviles del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y de los ministros Margarita Robles, Fernando Grande-Marlaska y Luis Planas. Así que la Audiencia Nacional cerró el caso en julio de 2023. Sin embargo, nuevas aportaciones de Francia reabrieron el proceso en abril de 2024, y se identificó una de las direcciones de correo desde donde se descargaba la información de los teléfonos de las autoridades españolas espiadas, que además coincide con la que infestó también los teléfonos de saharauis y dirigentes del Frente Polisario, en el mismo periodo de tiempo, cuando España acogió a Brahim Gali, máximo representante del Frente Polisario. 

En el supuesto de otras intervenciones de teléfono ha sido más fácil descubrir a los autores del espionaje al tratarse de programas informáticos maliciosos más caseros que el software israelí, y por lo tanto con una mayor facilidad para su trazabilidad. Precisamente, la empresa Lazarus Technology, especializada en análisis forense digital, ciberinteligencia e investigación de amenazas avanzadas en el ámbito internacional, realizó una investigación forense de mis dispositivos en el primer trimestre de 2021, después de sufrir acoso y amenazas en las redes sociales y de que Marruecos me hubiera retirado la acreditación como corresponsal. ¡Bingo! El análisis pericial determinó que, desde abril de 2020 hasta febrero de 2021, me habían grabado 64 conversaciones privadas que mantuve con ese terminal marroquí, la mayor parte durante el confinamiento en Tánger, pero también en España, una vez me impidieron continuar trabajando en Marruecos, hasta que tuve indicios del espionaje. Además, el 28 de diciembre de 2020 me infestaron el ordenador con un programa que había sido creado tan solo ocho días antes, y con el que me extrajeron una carpeta de documentos personales y contraseñas. Los informáticos y analistas forenses digitales consideran que procede de Marruecos, porque detectaron la cuenta de correo desde la que me extraían la información y corresponde a un ciudadano de Tánger con nacionalidad española. En el epílogo del libro se desvela quiénes son los los presuntos responsables, llamados por la justicia a testificar en España y conectados con un partido político español. 

En lo que se refiere a la igualdad entre sexos, es cierto que Mohamed VI ha modernizado la monarquía alauita y ha dejado atrás la estela del harén que mantenía su padre, heredado de los sultanes del siglo xix. Se ha convertido en un rey moderno, casado una sola vez, con una plebeya, y que incluso se ha divorciado. Para mejorar la situación de las mujeres, el rey emprendió en 2023 la segunda reforma de la Mudawana, y recibió muchas críticas por parte de activistas feministas, ya que en las consultas intervinieron sobre todo hombres, algunos de ellos, religiosos. 

En definitiva, las asignaturas pendientes de esta regencia son de tipo social, un campo que hasta el presente ha ocupado un segundo plano. Otros asuntos olvidados son la alta tasa de desempleo juvenil; el analfabetismo, sobre todo entre las mujeres de las zonas rurales; el reconocimiento de los derechos de las personas LGTBI+ y la situación de los ciudadanos más vulnerables, como las personas discapacitadas o las personas migrantes. 

Para concluir, en estas páginas hago un recorrido por el último cuarto de siglo de la monarquía alauita. Me instalé en Rabat en octubre de 2010, época de la intifada saharaui con el campamento Gdeim Izik, y residí en Marruecos hasta el 2020, confinada por la pandemia de COVID-19 en Tánger. Durante ese tiempo cubrí para varios medios de comunicación españoles la Primavera Árabe, el referéndum y la reforma constitucional, el atentado de Marrakech de 2011, el drama migratorio en las fronteras terrestres y marítimas, las tragedias en El Tarajal (Ceuta) y la del paso de Barrio Chino (Melilla), la disrupción de Francia como primer socio comercial de Marruecos, las protestas en el Rif y la detención de los activistas del Hirak, el encarcelamiento de periodistas críticos, la expulsión de compañeros europeos, la mayor crisis diplomática hispano-marroquí desde el incidente de la isla de Perejil, el reconocimiento personal del presidente Pedro Sánchez del plan de autonomía marroquí para el Sáhara Occidental, el establecimiento de grandes alianzas internacionales, los enfrentamientos del país magrebí en la comunidad internacional, varias elecciones, y las idas y venida del monarca alauita. Mi trabajo como corresponsal comenzó en octubre de 2010 para el diario Público con seudónimo y finalizó en octubre de 2020 con la retirada de mi acreditación para informar desde el terreno, en esos momentos, para Cadena SER, El Español y elDiario.es. En consecuencia, voy a desvelar a lo largo del libro algunas vivencias que no había hecho públicas hasta el momento por mantener a salvo mi seguridad, y porque en esto del periodismo, considero que los protagonistas son los otros y nunca el reportero. Además, en ocasiones es más conveniente y necesario recurrir a la justicia que aparecer en los medios.

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1 El sultán de Marruecos, Mohamed V (1909-1901), se convirtió en rey en 1956, tras la independencia de su país de Francia. Magreb es la adaptación española de la voz árabe al-Magrib, que significa «lugar por donde se pone el sol», es decir, poniente u oeste del mundo árabe. El término Gran Magreb o Gran Marruecos es un concepto clave del nacionalismo marroquí y busca la unificación de territorios que ahora están fuera de las fronteras de Marruecos. El proyecto anhela incluir el Sáhara Occidental, Mauritania, zonas occidentales de Argelia y las ciudades españolas de Ceuta y Melilla, así como las plazas de soberanía españolas en la costa marroquí, e incluso las islas Canarias, de las que se destaca su condición de «africanidad».
2 El otro gran organismo de inteligencia marroquí es la Direction Générale des Études et de la Documentation (DGED), dirigido desde 2005 por Mohamed Yassine Mansouri. La DGED depende directamente del rey. Existen también otras entidades de inteligencia, pero son menos importantes.
3 «“Marocgate”: el grupo de presión marroquí que compra eurodiputados y periodistas para conseguir el reconocimiento del Sáhara», El Español, 24 de diciembre de 2022.
4 En el acuerdo de 1991 se restringía el despliegue de tropas en una franja desmilitarizada a ambos lados del muro construido por Marruecos para dividir el territorio del Sáhara. También establecía cuatro puntos para cruzar el muro de un lado a otro. Pero, posteriormente, Marruecos abrió otro paso fronterizo en Guerguerat, el extremo suroccidental del muro, que comunica con Mauritania. El Frente Polisario denunció como ilegal este paso. La ruta de Guerguerat tiene un importante papel geoestratégico, porque con ella Marruecos rompe su aislamiento geográfico y establece una conexión terrestre para sus exportaciones con el Magreb y el África subsahariana.

Presentación del libro 'Marruecos, el vecino incómodo' de Sonia Moreno

lunes, 24 de agosto de 2026

LIBRO "LA REBELIÓN DE LAS ÉLITES Y LA TRAICIÓN A LA DEMOCRACIA" por CHRISTOPHER LASCH


LA  REBELIÓN 
DE LAS ÉLITES
Y LA TRAICIÓN A LA DEMOCRACIA


En esta obra estimulante, Christopher Lasch realiza una contundente crítica de las deficiencias detectadas en los valores de las élites profesionales y directivas de nuestro tiempo. Este eminente historiador; así; afirma que la democracia actual no sólo está amenazada por las masas; como ya apuntó Ortega y Gasset; sino también por las élites; de manera que la ~rebelión de las masas~ del filósofo español se convierte aquí en la rebelión de las élites~; entes móviles y con una visión cada vez más global que se niegan a aceptar límites o lazos tanto nacionales como Lasch sostiene que; al aislarse en sus redes y enclaves; abandonan la clase media; dividen la nación y traicionan la idea de una democracia concebida por todos los ciudadanos. El autor; calculado en este punto de partida; utiliza el pasado para descubrir las raíces de nuestro dilema actual; rastrea el modo en que la meritocracia -el ascenso selectivo hacia la élite- ha ido sustituyendo gradualmente a los ideales humanistas del respeto y la tolerancia; y critica incisivamente; además de otras tendencias culturales; la moda de basar la autoestima en el éxito como (falso) remedio de los más profundos problemas sociales. La conclusión es que; por desgracia; todos nuestros males parecen proceder de la irracional e ilimitada fe de esas élites en los poderes de la ciencia y la economía global. Terminado inmediatamente antes de la muerte de Lasch; este libro constituye la culminación de su vigoroso y original pensamiento; pues; como sucede en toda su obra; la aparente sencillez y modestia de sus ideas no sólo pretenden el replanteamiento público de muchas cuestiones; sino sobre todo el examen de conciencia de todos aquellos lectores preocupados por el futuro de Occidente y de su democracia.
Su obra más célebre es "La cultura del narcisismo" (1979), que ganó el National Book Award y analiza el impacto del consumismo en la sociedad moderna.

INTRODUCCIÓN: EL MALESTAR DEMOCRÁTICO 

La mayor parte de mi obra reciente vuelve de una u otra manera a la cuestión de si la democracia tiene futuro. Creo que muchas personas se están planteando la misma pregunta. Los norteamericanos son mucho menos optimistas acerca del futuro de lo que solían, y con razón. El declive de la manufactura y la consiguiente pérdida de puestos de trabajo; la disminución de la clase media; el incremento del número de pobres; el creciente índice de criminalidad; el floreciente tráfico de drogas; la decadencia de las ciudades... Las malas noticias se suceden sin fin. Nadie tiene una solución plausible para estos problemas intratables, y la mayor parte de la supuesta discusión política ni siquiera los menciona. Se libran feroces batallas ideológicas sobre temas periféricos. Las élites, que definen los temas de discusión, han perdido el contacto con el pueblo. (Véase el capítulo 2, «La rebelión de las élites».) El carácter irreal, artificial, de nuestra política refleja su aislamiento de la vida corriente, así como la secreta convicción de que los verdaderos problemas son insolubles. 

El asombro de George Bush cuando vio por primera vez un dispositivo electrónico de registro en la caja de un supermercado reveló, como en un relámpago, el abismo que separa a las clases privilegiadas del resto de la nación. Siempre ha habido una clase privilegiada, incluso en América, pero nunca ha estado tan peligrosamente aislada de su entorno. En el siglo XIX las familias ricas siempre estaban asentadas, a menudo durante varias generaciones, en un escenario determinado. En una nación de nómadas su estabilidad de residencia proporcionaba una cierta continuidad. Se reconocía a las familias antiguas, especialmente en las más viejas ciudades costeras, sólo porque resistían el hábito migratorio y echaban raíces. Su insistencia en la santidad de la propiedad privada sólo quedaba limitada por el principio de que los derechos de propiedad no eran ni absolutos ni incondicionales. Se entendía que la riqueza conllevaba obligaciones cívicas. Hay bibliotecas, museos, parques, orquestas, universidades, hospitales, etc., que son otros tantos monumentos a la munificencia de la clase alta. 

Indudablemente esta generosidad tenía un aspecto egoísta: Proclamaba la posición majestuosa de los ricos, atraía nuevas industrias y contribuía a promocionar la ciudad propia frente a las rivales. La promoción pública redundaba en buenos negocios en una época de intensa competencia entre las ciudades, cada una de las cuales aspiraba a la preeminencia. Lo importante, sin embargo, era que la filantropía implicaba a las élites en la vida de sus vecinos y de las generaciones futuras. La tentación de recluirse en un mundo propio exclusivo quedaba contrarrestada por una persistente conciencia -que en algunos círculos sobrevivió incluso durante el desenfreno de la era Gilded- de que «todos han recibido beneficios de sus antepasados», como lo expresó Horace Mann en 1846, y por tanto «todos están obligados, como por un juramento, a transmitir esos beneficios, incrementados incluso, a la posteridad». Según este autor, sólo un «ser aislado, solitario... sin relaciones con la comunidad que le rodea» podría suscribir la «arrogante doctrina de la propiedad absoluta». Mann hablaba no sólo por sí mismo sino en nombre de un considerable grupo de opinión presente en las ciudades más antiguas, en gran parte de Nueva Inglaterra y en las zonas del viejo Noroeste culturalmente dependientes de Nueva Inglaterra. 

La decadencia del dinero viejo y de su ética de la responsabilidad cívica ha hecho que en la actualidad las lealtades locales y regionales estén tristemente atenuadas. La movilidad del capital y la emergencia de un mercado mundial han contribuido a producir ese mismo efecto. Las nuevas élites, que incluyen no sólo a los directivos de corporaciones sino a todos los profesionales que producen y manipulan información -la savia vital del mercado mundial- son mucho más cosmopolitas -o al menos más inquietas y migratorias- que sus predecesoras. El progreso profesional en el mundo de los negocios exige en nuestro tiempo la voluntad de dejarse arrastrar por el canto de sirena de la oportunidad, lleve a donde lleve. Los que permanecen en la ciudad natal pierden la ocasión de ascender. El éxito nunca ha estado tan estrechamente asociado con la movilidad, concepto éste que sólo figuraba marginalmente en la definición decimonónica de la oportunidad (véase capítulo 3, «La oportunidad en la tierra prometida»). Su relevancia en el siglo xx es otro importante síntoma de la erosión del ideal democrático, que ya no pretende la igualdad de situación sino el ascenso selectivo de los que no pertenecen a las élites de la clase profesional y directiva. 

Las personas ambiciosas entienden, pues, que una forma de vida migratoria es el precio que hay que pagar por avanzar. Es un precio que pagan con satisfacción, ya que relacionan la idea de ciudad natal con la de parientes y vecinos entrometidos, chismorreos intolerantes y convenciones rígidas. Las nuevas élites están en rebelión contra la «América media» que se imaginan así: una nación tecnológicamente atrasada, políticamente reaccionaria, represiva en su moralidad sexual, de gustos semiplebeyos, pagada de sí y suficiente, torpe y vulgar. Los que aspiran a incorporarse a la nueva aristocracia de cerebros tienden a congregarse en las costas, dando la espalda al interior y vinculándose con el dinero de rápida circulación, glamour, moda y cultura popular del mercado mundial. No está claro si se consideran a sí mismos americanos. El patriotismo no se encuentra, sin duda, entre las virtudes más apreciadas por ellos. El «multiculturalismo», por el contrario, les sienta perfectamente, ya que evoca la agradable imagen de un bazar mundial en el que se pueden saborear indiscriminadamente cocinas exóticas, ropas exóticas, músicas exóticas y costumbres tribales exóticas, sin preguntas ni compromisos. Las nuevas élites sólo se sienten en casa cuando están de tránsito, yendo a una conferencia de alto nivel, a la gran inauguración de una nueva franquicia, a un festival internacional de cine o a un lugar de vacaciones no descubierto. Su visión del mundo es esencialmente la de un turista, una perspectiva que difícilmente puede suscitar una devoción apasionada por la democracia. 

En The True and Only Heaven («El único y verdadero cielo») intenté recuperar una tradición de pensamiento democrático -que podemos llamar populismo a falta de un término mejor- que ha caído en desuso. Un crítico me sorprendió afirmando que el libro no tenía nada que ver con la democracia (un malentendido que confío haber refutado en el capítulo 4, «¿Merece sobrevivir la democracia?»). Que no entendiera la tesis central del libro dice algo sobre el actual clima cultural. Muestra lo equivocados que estamos sobre el significado de la democracia, cuánto nos hemos alejado de las bases sobre las que se fundó este país. El término ha llegado a servir para describir simplemente el estado terapéutico. Cuando hablamos hoy de democracia, nos referimos con frecuencia a la democratización de la «autoestima». Las palabras de moda -diversidad, compasión, posibilitar, tener derecho- expresan la melancólica esperanza de que la buena voluntad y un lenguaje cuidadoso permitan superar las profundas divisiones de la sociedad americana. Se nos pide que reconozcamos que todas las minorías tienen derecho al respeto no por sus logros sino por sus sufrimientos pasados. Se nos dice que la compasión contribuirá de algún modo a que mejore su opinión de sí mismos, y que la prohibición del uso de epítetos raciales hará maravillas para elevar su moral. Nuestra preocupación por las palabras nos ha hecho olvidar la dura realidad, que no puede suavizarse sencillamente halagando la autoimagen de las personas. ¿En qué beneficia a los habitantes del sur del Bronx que se establezcan ciertas limitaciones lingüísticas en las universidades de la élite? 

En la primera mitad del siglo XIX la mayor parte de los que pensaban sobre estos temas daban por supuesto que la democracia debía basarse en una amplia distribución de la propiedad. Opinaban que los extremos de la riqueza y la pobreza serían fatales para la experiencia democrática. Su temor al populacho, interpretado a veces erróneamente como desdén aristocrático, procedía de la observación de que una clase obrera degradada, servil y resentida a la vez, carecía de las cualidades mentales y de carácter necesarias en una ciudadanía democrática. Pensaban que los hábitos democráticos -confianza en sí mismo, responsabilidad, iniciativa- se adquirían mejor dirigiendo un negocio o administrando una pequeña propiedad. Una «Competencia», como la llamaban, era tanto una propiedad como la inteligencia y el carácter emprendedor necesarios para administrarla. Era razonable pensar, pues, que la democracia funcionaba mejor cuanto más distribuida estaba la propiedad entre los ciudadanos. 

La idea puede expresarse más ampliamente: la democracia funciona mejor cuando los hombres y las mujeres hacen las cosas por sí mismos, con la ayuda de sus amigos y vecinos, en lugar de depender del Estado. Esto no quiere decir que haya que identificar la democracia con el individualismo estricto. La confianza en sí mismo no equivale a la suficiencia. La unidad básica de la sociedad democrática no es el individuo sino la comunidad autogobernada, como intento demostrar en los capítulos 5 ( «¿Comunitarismo o populismo?» ), 6 («La conversación y las artes cívicas») y 7 («Política racial en Nueva York»). Lo que pone en cuestión el futuro de la democracia es, más que ninguna otra cosa, la decadencia de esas comunidades. Los centros comerciales de las afueras de las ciudades no pueden sustituir los barrios. El mismo modelo de desarrollo se ha repetido ciudad tras ciudad, con los mismos resultados desalentadores. La huida de la población al extrarradio, seguida por la huida de la industria y de los puestos de trabajo, ha dejado desamparadas nuestras ciudades. A medida que los impuestos recaudados disminuyen, los servicios y medios públicos desaparecen. Los intentos de revitalizar las ciudades construyendo centros de congresos e instalaciones deportivas sólo sirven para acentuar el contraste entre la riqueza y la pobreza. La ciudad se convierte en un bazar, pero el lujo exhibido en sus tiendas, hoteles y restaurantes exclusivos está fuera del alcance de la mayoría de los residentes. Algunos de éstos recurren al crimen como único modo de acceder al deslumbrante mundo que se anuncia seductoramente como el sueño americano. Mientras tanto, a los de aspiraciones más modestas se los exprime mediante altos alquileres, rehabilitaciones de edificios antiguos que pasan a poder de personas con más medios y una política equivocada de disolución de barrios étnicos que supuestamente dificultan la integración racial. 

El populismo, tal como yo lo entiendo, nunca fue una ideología exclusivamente agraria. No aspiraba a una nación sólo de granjeros sino también de artesanos y comerciantes. Ni tampoco se oponía implacablemente a la urbanización. En los cincuenta años anteriores a la Primera Guerra Mundial, el rápido crecimiento de las ciudades, el flujo de inmigrantes y la institucionalización del trabajo asalariado supusieron un formidable reto para la democracia; pero reformadores urbanos como Jane Addams, Frederick C. Howe y Mary Parker Follett confiaban en que las instituciones democráticas podían adaptarse a las nuevas circunstancias de la vida urbana. Howe expresó la esencia del llamado movimiento progresista cuando llamó a la ciudad la «esperanza de la democracia». Los barrios urbanos parecían recrear las condiciones de la vida en pequeñas localidades con las que la democracia había estado asociada en el siglo XIX. La ciudad favorecía nuevas formas de asociación, especialmente el sindicato, así como un vivo espíritu. cívico. 

El conflicto entre el campo y la ciudad, explotado por los demagogos nativistas que pintaban la ciudad como un pozo de iniquidad, fue en gran parte ilusorio. Las mejores mentes siempre han entendido que la ciudad y el campo son complementarios y que un saludable equilibrio entre ellos es condición necesaria para que haya una buena sociedad. Este equilibrio se destruyó cuando la ciudad se convirtió en una megalópolis, después de la Segunda Guerra Mundial. La propia distinción entre la ciudad y el campo dejó de tener sentido cuando la forma predominante de asentamiento ya no fue el urbano o el rural -y mucho menos una síntesis de ambos- sino un extenso y amorfo conglomerado sin límites, espacio público o identidad cívica claramente identificables. Robert Fishman ha defendido persuasivamente la idea de que el nuevo modelo ni siquiera puede definirse adecuadamente como suburbano, ya que el barrio periférico (suburb), antes un anexo residencial de la ciudad, ha asumido ahora la mayor parte de las funciones de ésta. El centro de la ciudad conserva una importancia residual como el lugar donde se encuentran los grandes bufetes, agencias publicitarias, editoriales, empresas de espectáculos y museos, pero los barrios de clase media que sostenían una vigorosa cultura cívica están desapareciendo rápidamente. Los centros de nuestras ciudades son meros vestigios cada vez más polarizados. Los profesionales de clase media-alta y los trabajadores de servicios que proveen sus necesidades mantienen un dominio precario sobre los distritos de alquileres elevados y se atrincheran contra la pobreza y el crimen que amenazan con tragarlos. 

Todo esto no presagia nada bueno para la democracia; pero el panorama se vuelve aún más oscuro si tenemos en cuenta el deterioro del debate público. La democracia exige un vigoroso intercambio de ideas y opiniones. Las ideas, como la propiedad, deben estar distribuidas lo más ampliamente que sea posible. Sin embargo, mucha de la «mejor gente» -en su propia opinión- siempre ha sido escéptica acerca de la capacidad de los ciudadanos corrientes de entender asuntos complejos y emitir juicios criticas. Desde su punto de vista, el debate democrático degenera demasiado fácilmente en un combate de gritos en el que la voz de la razón se deja oír con poca frecuencia. Horace Mann, acertado en tantas cosas, no fue capaz de ver que la controversia política y religiosa es educativa en sí misma y por eso intentó excluir los temas conflictivos de las escuelas públicas (capítulo 8, «Las escuelas públicas»). Su afán de evitar luchas sectarias es comprensible, pero dejó un legado que puede explicar el carácter blando, inocuo y adormecedor de la educación pública actual. 

El periodismo americano ha abrigado siempre reservas similares sobre la capacidad de razonar de los hombres y las mujeres corrientes (capítulo 9, «El arte perdido de la discusión»). Según Walter Lippmann, uno de los pioneros del periodismo moderno, el «ciudadano omnicompetente» era un anacronismo en la era de la especialización. En cualquier caso, a la mayoría de los ciudadanos -pensaba- les preocupaba muy poco la substancia de la política pública. La finalidad del periodismo no era fomentar el debate público sino suministrar a los expertos la información en la que basar decisiones inteligentes. Lippmann afirmaba, en contra de John Dewey y otros veteranos del movimiento progresista, que la opinión pública no era nada sólido. Estaba más configurada por la emoción que por el juicio razonado. El mismo concepto de pueblo era sospechoso. El pueblo idealizado por los progresistas, un pueblo capaz de dirigir inteligentemente los asuntos públicos, era un «fantasma». Sólo existía en la mente de los demócratas sentimentales. 
Lippmann escribió: «El interés público por un problema se limita a esto: a que haya reglas... Al pueblo le interesa la ley, no las leyes; el método de la ley, no la substancia». Las cuestiones sustantivas podían dejarse tranquilamente a los expertos, cuyo acceso al conocimiento científico les inmunizaba contra los «símbolos» y los «estereotipos» emocionales que dominaban el debate público. 

El razonamiento de Lippmann se basaba en una tajante distinción entre la opinión y la ciencia. Pensaba que sólo ésta podía pretender ser objetiva. La opinión, por el contrario, se basaba en impresiones vagas, prejuicios y espejismos. Este culto del profesionalismo ha tenido una influencia decisiva en el desarrollo del periodismo moderno. Los periódicos podrían haber servido como extensiones de las asambleas locales. Abrazaron, por el contrario, un equivocado ideal de objetividad y definieron su finalidad como la transmisión de información fidedigna; es decir, de la clase de información que no tiende a fomentar el debate sino a evitarlo. Lo más curioso de la situación es, por supuesto, que aunque los americanos actuales se ahogan en información gracias a los periódicos, la televisión y los otros medios de comunicación, las encuestas muestran regularmente un descenso constante de su conocimiento de los asuntos públicos. 
En la «era de la información», el pueblo americano está notablemente mal informado. La explicación de esta aparente paradoja es obvia, aunque se oye pocas veces: como la mayoría de los americanos han quedado excluidos de hecho del debate público debido a su falta de competencia, las grandes cantidades de información que reciben no les sirven para nada. Se han vuelto casi tan incompetentes como sus críticos siempre habían dicho que eran; lo que nos recuerda que es el debate, y sólo el debate, el que provoca el deseo de información útil. Ante la ausencia de intercambio democrático, la mayor parte de la gente no tiene incentivo alguno para hacerse con el conocimiento que les convertiría en ciudadanos competentes. 

La engañosa distinción entre el conocimiento y la opinión reaparece, de un modo ligeramente diferente, en las controversias que han convulsionado recientemente la universidad (capítulo 10, «El pseudorradicalismo académico»). Estas controversias son encarnizadas y no llegan a ningún resultado porque ambas facciones comparten la misma premisa no reconocida: que el conocimiento debe basarse en fundamentos indiscutibles para tener peso. Una facción -identificada con la izquierda aunque su punto de vista se parece poco a la tradición que dice defender- adopta la posición de que el derrumbamiento del «fundamentismo» permite ver por primera vez que el conocimiento sólo es otro nombre del poder. Los grupos dominantes -varones blancos eurocéntricos, según la formulación acostumbrada- imponen sus ideas, sus criterios, su lectura interesada de la historia a todos los demás. Su poder de suprimir los puntos de vista diferentes les capacita supuestamente para atribuir a su propia ideología particularista el estatuto de verdad universal y trascendente. Según la izquierda académica, la demolición crítica del fundamentismo muestra la falsedad de esta atribución y permite a los grupos privados de derechos oponerse a la ortodoxia hegemónica, que sólo serviría para mantener en su sitio a las mujeres, los homosexuales y las «personas de colon». Habiendo desacreditado la visión del mundo dominante, las minorías están en disposición de sustituirla por una que les pertenezca a ellos o al menos de asegurar la misma atención a los estudios negros, los estudios feministas, los estudios gays, los estudios chicanos y otras ideologías «alternativas». Una vez identificado el conocimiento con la ideología, deja de ser necesario discutir intelectualmente con los adversarios o abrirse a su punto de vista. Basta con desecharlos por eurocéntricos, racistas, sexistas, homofóbicos... en otras palabras, por políticamente sospechosos. 

Los críticos conservadores de la universidad, comprensiblemente incómodos ante este rechazo de toda la cultura occidental, no hallan mejor modo de defenderla que apelando a la misma premisa cuyo hundimiento provoca el ataque a los clásicos: que el reconocimiento de ciertos principios axiomáticos es la condición necesaria de todo conocimiento fidedigno. Desgraciadamente para su causa, es imposible a estas alturas resucitar los absolutos que en otros tiempos parecieron constituir un cimiento firme sobre el que erigir estructuras de pensamiento seguras. La búsqueda de la certeza, que se convirtió en un tema obsesivo del pensamiento moderno cuando Descartes intentó basar la filosofía en proposiciones indudables, era un comienzo equivocado. Como señaló John Dewey, distraía la atención del verdadero objetivo de la filosofía: el de intentar lograr «juicios concretos... sobre los fines y los medios en la regulación del comportamiento práctico». Buscando lo absoluto y lo inmutable, los filósofos adoptaron una perspectiva despectiva acerca de lo temporal y contingente. Como dice Dewey: 
«La actividad práctica» se convirtió para ellos en «algo intrínsecamente inferior». En la visión del mundo de la filosofía occidental, el saber llegó a separarse del hacer, la teoría de la práctica, la mente del cuerpo. 

La persistente influencia de esta tradición tiñe la crítica conservadora de la universidad. Los conservadores afirman que el fundamentismo proporciona la única defensa contra el relativismo moral y cultural. O el conocimiento se apoya en fundamentos inmutables o los hombres y mujeres pueden pensar lo que les parezca. «Las cosas se derrumban; el centro no sostiene; la anarquía se extiende por el mundo.» Los conservadores no se cansan de citar los versos de Yeats para mostrar lo que sucede cuando los principios axiomáticos pierden su autoridad. El conflicto de la academia, sin embargo, no se debe a la carencia de fundamentos seguros sino a la creencia -compartida, hay que repetirlo, por las dos partes de este debate- de que en su ausencia el único resultado posible es un escepticismo tan profundo que no puede distinguirse del nihilismo. Dewey habría visto muy claramente que ésta no es la única alternativa posible. La revitalización del pragmatismo como objeto de estudio histórico y filosófico -uno de los escasos puntos brillantes en un panorama por lo demás desalentador- nos permite esperar que exista una salida del callejón sin salida académico. 

La búsqueda de la certeza presenta un interés no meramente académico. También incide en la acalorada controversia sobre el papel público de la religión. De nuevo los dos bandos comparten aquí a menudo la misma premisa, en este caso la de que la religión proporciona una roca de seguridad en un universo imprevisible. Según los críticos de la religión, el derrumbamiento de las viejas certezas es lo que impide (al menos a los expuestos a la influencia corrosiva de la modernidad) tomarse en serio la religión. Los defensores de la religión tienden a argumentar desde la misma premisa. Sin un conjunto de dogmas incontestables, dicen, las personas pierden sus coordenadas morales. Lo bueno y lo malo se vuelven más o menos indistinguibles. Todo está permitido. Se desafía impunemente los antiguos mandatos. 

Estos argumentos no sólo los exponen predicadores evangélicos sino, en ocasiones·, intelectuales seculares preocupados por el peligro de anarquía moral (capítulo 12, «Philip Rieff y la religión de la cultura»). Estos intelectuales deploran, con razón, la privatización de la religión, la desaparición de los asuntos religiosos del debate público. Pero hay dos graves defectos que debilitan su argumentación. En primer lugar, es imposible que la creencia religiosa recupere su fuerza sólo porque sea socialmente útil. La fe proviene del corazón. No se la puede crear a la fuerza. De todos modos, no se puede esperar que la religión suministre un código de conducta exhaustivo y definitivo que resuelva todas las discusiones y solucione todas las dudas. Curiosamente, este mismo supuesto es el que provoca la privatización de la religión. Los que quieren mantener la religión al margen de la vida pública argumentan que la creencia religiosa, por su propia naturaleza, compromete al creyente con dogmas indiscutibles que se encuentran fuera del alcance de la argumentación racional. Estos escépticos ven la religión como una colección de férreos dogmas que los fieles tienen prohibido cuestionar. Las mismas cualidades que hacen que la religión sea atractiva para los que lamentan su decadencia -la supuesta seguridad que proporciona contra la duda y la confusión, la comodidad que se dice que los fieles obtienen de un sistema hermético que no deja nada sin explicar hacen que resulte repulsiva para la mente secular. Los oponentes de la religión afirman además que inevitablemente alimenta la intolerancia, ya que los que la abrazan creen que se encuentran en posesión de verdades absolutas, exclusivas, incompatibles con otras pretensiones de verdad. Si se les da la ocasión, invariablemente intentarán que todos se adapten a sus convicciones. Las personas cultas que desdeñan la religión sospechan que la tolerancia religiosa es una contradicción en los términos; opinión aparentemente justificada por la larga historia de las guerras religiosas. 

No cabe duda de que esta visión despectiva de la religión, que lleva tanto tiempo presente entre nosotros, tiene no poco de verdad; pero no comprende el desafío que la religión supone para la complacencia, no entiende el corazón y el alma de la fe (capítulo 13, «El alma del hombre bajo el secularismo»). En lugar de desaprobar la indagación moral, la religión puede igualmente estimularla llamando la atención sobre la contradicción entre la profesión verbal y la práctica, insistiendo en que una práctica superficial de los rituales prescritos no es suficiente para asegurar la salvación y animando a los creyentes a cuestionar continuamente sus motivaciones. Lejos de anestesiar las dudas y los temores, la religión ha producido con frecuencia el efecto de intensificarlas. Juzga con mayor dureza a los que profesan la fe que a los no creyentes. Les propone un modelo de conducta tan exigente que muchos de ellos inevitablemente no pueden alcanzarlo. No tiene paciencia con los que siempre están buscando excusas, un arte en el que los americanos han alcanzado un nivel inigualable.
Si últimamente perdona las debilidades y desatinos de los hombres, no lo hace porque los ignore o porque sólo se los atribuya a los no creyentes. Para los que se toman en serio la religión, la creencia es una carga, no una santurrona convicción de poseer un estado moral privilegiado. De hecho, es posible que la suficiencia sea más frecuente entre los escépticos que entre los creyentes. La disciplina espiritual contra la suficiencia es la verdadera esencia de la religión. 

La sociedad secular interpreta mal la naturaleza de la religión porque no comprende la necesidad de esa disciplina. Ésta consuela, pero, sobre todo, desafía y confronta. Desde un punto de vista secular, la principal preocupación espiritual no es la buena conciencia sino la «autoestima» (capítulo 11, «La abolición de la vergüenza»). Dedicamos precisamente la mayor parte de nuestra energía espiritual a combatir la vergüenza y la culpa, con la finalidad de que las personas «Se sientan bien consigo mismas». Las propias Iglesias se han incorporado a este ejercicio terapéutico cuyas principales beneficiarias, al menos en teoría, son las minorías castigadas a las que una cruel historia de opresión habría privado sistemáticamente de autoestima. Lo que necesitan estos grupos, según el consenso predominante, es el consuelo espiritual proporcionado por la afirmación dogmática de su identidad colectiva. Se les anima a recuperar su herencia ancestral, a recuperar rituales olvidados y a celebrar un pasado mítico en nombre de la historia. Que este recurso vigorizante relacionado con su pasado distintivo satisfaga o no los requisitos aceptados de la interpretación histórica es un tema secundario. Lo que importa es que contribuya a una autoimagen positiva que supuestamente favorecería la asunción de los derechos propios. Se piensa que hasta los beneficios que se asocian erróneamente con la religión -seguridad, comodidad espiritual, alivio dogmático de la duda- proceden de una política terapéutica de la identidad. La política de la identidad, en efecto, ha llegado a servir de sustituto de la religión; o al menos de la sensación de buena conciencia que se confunde tan frecuentemente con la religión. 

Estos desarrollos arrojan más luz sobre la decadencia del debate democrático. La «diversidad» -un eslogan a primera vista atractivo- ha llegado a significar lo contrario de lo que parece significar. En la práctica, la diversidad sirve para legitimar un nuevo dogmatismo en el que las minorías rivales se escudan tras un conjunto de creencias intocables por la discusión racional. La segregación física de la población en enclaves cerrados y racialmente homogéneos va unida a la balcanización de la opinión. Cada grupo intenta atrincherarse tras sus propios dogmas. Nos hemos convertido en una nación de minorías. Sólo falta su reconocimiento oficial como tales para que el proceso se complete. 1 
Esta parodia de «Comunidad» -un término muy apreciado pero no muy claramente entendido- se basa en el pernicioso presupuesto de que se puede esperar que todos los miembros de un grupo dado piensen de modo semejante. En ese caso la opinión se convierte en una función de la identidad racial o étnica, del género o la preferencia sexual. Los portavoces autodesignados de las minorías fomentan esta conformidad condenando al ostracismo a los que se apartan de la línea del partido, como por ejemplo los negros que «piensan en blanco». 
¿Cuánto podrá sobrevivir en estas circunstancias el espíritu de investigación libre y debate abierto?

Mickey Kaus, uno de los redactores-jefe de New Republic, ha propuesto una interpretación del malestar democrático, con el título provocativo y ligeramente engañoso de The End of Equality («El fin de la igualdad»), que tiene mucho en común con la interpretación propuesta en estas páginas.2 Según Kaus, la amenaza más grave para la democracia en nuestra época no procede tanto de la mala distribución de la riqueza como de la decadencia y el abandono de las instituciones públicas en las que los ciudadanos se encuentran como iguales. Sostiene que la igualdad de ingresos es menos importante que el «más factible» objetivo de la igualdad social o cívica. Nos recuerda que los observadores extranjeros solían maravillarse ante la falta de esnobismo, deferencia y sentimiento de clase que había en América. Wemer Sombart escribió en 1906 que el trabajador americano no tenía <<nada de oprimido ni de sumiso». «Lleva la cabeza en alto, camina con paso ligero y su expresión es tan franca y alegre como la de cualquier miembro de la clase media.» Pocos años después R. H. Tawney advirtió que América estaba «ciertamente caracterizada por una gran desigualdad económica, pero también por una gran igualdad social».
Es esta cultura de autorrespeto la que, según Kaus, estamos en peligro de perder. 

Desde este punto de vista, el problema de nuestra sociedad no es sólo que los ricos tengan demasiado dinero sino que éste los aísla de la vida corriente mucho más de lo que solía. La «aceptación rutinaria de los profesionales como una clase distinta» le parece a Kaus de mal agüero. Igual que el «arrogante desdén por los demográficamente inferiores» de esos mismos profesionales. Yo añadiría que parte del problema es que le hemos perdido el respeto al trabajo manual honrado. Creemos que el trabajo «Creativo» consiste en una serie de operaciones mentales abstractas realizadas en una oficina, preferiblemente con la ayuda de ordenadores, y no en la producción de alimentos, viviendas y otros bienes. Las clases pensantes están fatalmente separadas del aspecto físico de la vida; por eso intentan compensarlo realizando agotadores programas de ejercicio gratuito. Sólo se relacionan con el trabajo productivo como consumidores. No tienen experiencia de hacer nada sustancial o duradero. Viven en un mundo de abstracciones e imágenes, un mundo simulado hecho de modelos informáticos de la realidad -«hiperrealidad», como se la ha llamado- distinto de la realidad palpable, inmediata, física, habitada por hombres y mujeres corrientes. Su fe en la «Construcción social de la realidad» -dogma central del pensamiento posmoderno- refleja la experiencia de vivir en un medio artificial del que ha quedado rigurosamente excluido todo lo que se resiste al control humano (así como, inevitablemente, todo lo conocido y tranquilizador). El control se ha convertido en su obsesión. La tendencia de las clases pensantes hacia el aislamiento contra el riesgo y la contingencia -contra los riesgos imprevisibles que afligen la vida humana- no sólo las ha separado del mundo común que las rodea sino de la misma realidad. 

Las guerras culturales que han convulsionado América desde los años sesenta se entienden mejor como una forma de lucha de clases en la que una élite ilustrada (como se considera a sí misma) no intenta tanto imponer sus valores a la mayoría (una mayoría percibida como incorregiblemente racista, sexista, provinciana y xenófoba), y mucho menos persuadir a la mayoría mediante un debate racional público, como crear instituciones paralelas o «alternativas» en las que ya no sería en absoluto necesario enfrentarse a los ignorantes. 

Según Kaus, la política pública no debería intentar deshacer los efectos del mercado, que inevitablemente produce desigualdad de ingresos, sino limitar su alcance; «restringir el ámbito de la vida en el que importa el dinero». 
En Spheres of Justice («Ámbitos de justicia») Michael Walzer afirma que la meta del liberalismo cívico -en cuanto distinto del «liberalismo monetario»- consiste en «crear un ámbito de la vida en el que el dinero carezca de valor, para evitar que los que tienen dinero se crean superiores». A Walter también le preocupa limitar la «extracción no sólo de riqueza sino también de prestigio e influencia del mercado», en sus palabras. Trata el problema de la justicia como un problema de límites y de «revisión de límites». El dinero, más aún que otras cosas buenas como la belleza, la elocuencia y el encanto personal, tiende a «filtrarse a través de los límites» y comprar cosas que no deberían estar en venta: exenciones del servicio militar, amor y amistad, incluso cargos políticos (por el exorbitante coste de las campañas políticas)... Walter sostiene que no se apoya mejor el principio de igualdad garantizando una distribución igualitaria de los ingresos sino poniendo límites al imperialismo del mercado, que «transforma todos los bienes sociales en mercancías». «Lo que se plantea», escribe, «... es la hegemonía del dinero fuera de su esfera». 

Hay mucha sabiduría en estas palabras, y los que valoran la democracia deberían tenerlas en cuenta; pero es igualmente importante recordar algo que ni Walzer ni Kaus negarían en un último análisis: que la desigualdad económica es intrínsecamente indeseable, aunque se reduzca a su propio ámbito. El lujo es algo moralmente repugnante, y además su incompatibilidad con los ideales democráticos ha sido reconocida constantemente en las tradiciones que configuran nuestra cultura política. La dificultad de limitar la influencia de la riqueza hace pensar que lo que hay que limitar es la riqueza. Cuando habla el dinero, todo lo demás está condenado a callarse. Por esta razón, una sociedad democrática no puede permitir una acumulación ilimitada. La igualdad social y cívica presupone al menos un mínimo de igualdad económica. Una «pluralidad de ámbitos», como lo llama Walzer, es sumamente deseable, y habría que hacer todo lo posible por fortalecer los límites entre ellos; pero también hay que recordar que los límites son permeables, especialmente cuando se trata de dinero, que la condena moral de las grandes fortunas debe formar parte de toda defensa del mercado libre, y que la condena moral debe recibir el apoyo de una acción política efectiva. 

En los viejos tiempos, los americanos estaban de acuerdo, al menos en principio, en que los individuos no podían atribuirse el derecho de poseer riquezas que excedieran con mucho sus necesidades. La persistencia de esta creencia -aunque haya que reconocer que a contracorriente de la celebración de la riqueza que actualmente amenaza con ahogar todos los otros valores- permite mantener una cierta esperanza de que aún no todo esté perdido.
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1. La vaguedad del concepto impide que los que intentan llevar a cabo la política de minorías se pongan de acuerdo sobre la lista de minorías reconocidas con derecho a compensaciones por haber padecido una historia de opresión. Los científicos sociales empezaron a hablar de minorías, en el sentido actual del término, durante la época del New Deal. Se refería a los grupos que se habían «singularizado... por un trato diferencial y desigual», en palabras de Louis Wirth. A las minorías nacionales de Europa se las denunciaba como agresivas y belicosas; pero a las americanas se las veía com0 víctimas en lugar de como predadoras. Desde el comienzo, el estatuto de minoría confirió a los que podían atribuírselo una cierta ventaja política y moral. Si «el mero hecho de ser odiado generalizadamente... es lo que define a un grupo minoritario», como explicaban Arnold y Caroline Rose, la ventaja moral siempre se encuentra del lado de la «minoría» (aunque constituya una mayoría estadística de la población). 
La tendencia a ampliar la categoría, con la consiguiente pérdida de precisión, ha resultado irresistible. Para los años setenta ya incluía no sólo diversos grupos étnicos y raciales sino también a las mujeres (excepto cuando se las distinguía con la absurda fórmula «las mujeres y las minorías»), los homosexuales y los grupos (por ejemplo, los sordos) tratados anteriormente por los científicos sociales como "desviados». 
El juez Lewis Powell expuso en el caso Bakke (1978), la resolución definitiva aunque confusa del Tribunal Supremo en materia de acción afirmativa, que «los Estados Unidos se han convertido en una nación de minorías». Cualquier grupo que pudiera «atribuirse una historia de discriminación previa» podía defender su estatuto de minoría y su titularidad de los «derechos» de reciente creación otorgados por los tribunales en su interpretación expansiva de la acción afirmativa. Sin embargo, también era evidente que «no todos estos grupos» podían «recibir un trato preferencial», porque en ese caso «la única "mayoría" que quedaría sería la nueva minoría de los blancos anglosajones protestantes». 
¿Cómo habría que decidir entonces exactamente qué grupos son los elegibles para un trato compensatorio? Sería difícil discrepar de la conclusión de Powell de que «no hay principio básico que permita decidir qué grupos merecen "atención judicial intensificada" y cuáles no». A pesar de su evidente imprecisión, el concepto de minoría ha ejercido una enorme influencia en la política social. Un debate público sólo podría fortalecer la oposición popular contra la acción afirmativa y la idea de minoría que la sustenta. En ausencia de ese debate, los funcionarios de la administración se encuentran en la poco envidiable situación de tener que llevar a cabo una política que carece del menor vestigio de consenso social. Philip Gleason, en una reflexiva revisión del concepto de minoría, afirma que «el trato diferencial... exige indudablemente un reconocimiento y un debate más explícitos que los que ha recibido hasta ahora». Es difícil imaginar una declaración más modesta que ésta.
2. El título de Kaus es ambiguo porque no deja en absoluto claro si lo que propone es abandonar la lucha contra la desigualdad o si la meta u objetivo («fin») apropiado de una sociedad igualitaria, tal como él la concibe, es una rica vida cívica accesible para todos, no una equiparación de ingresos. La segunda lectura es la que acaba siendo la correcta. Sin embargo, esto no excluye la posibilidad de que una cierta igualdad económica sea un medio o condición importante para el fin de la igualdad cívica.
3. Preocupaciones semejantes se suscitaron, mucho antes, en la obra de sociólogos más o menos vinculados al movimiento progresista, especialmente en Social Process («El proceso social»), de Charles Horton Cooley, publicado en 1907. Cooley escribió: 
«El motivo pecuniario excluye regiones tan amplias de la vida que podemos maravillarnos ante nuestro grado de confianza en el proceso del mercado». En su opinión «los valores pecuniarios no pueden expresar la vida más elevada de la sociedad». El contrapeso al mercado se encontraría en actividades realizadas por sí mismas y no por obtener recompensas extrínsecas, en el arte, la destreza y la profesionalidad. «El placer del trabajo creativo y de compartirlo con los que aprecian el producto... al contrario que el placer de poseer cosas que ganamos frente a otros... aumenta cuanto más lo compartimos, y nos sustrae al ambiente egoísta de la competición cotidiana».

Lasch, Christopher - La Rebelión de Las Élites by giannimainiero


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La Nación frente al Globalismo | con José Javier Esparza

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